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    <title><![CDATA[elDiario.es - Rafael SM Paniagua]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/rafael-sm-paniagua/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Rafael SM Paniagua]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Mirar la profundidad de la herida para poder curarla]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/interferencias/mirar-profundidad-herida-curarla_132_6153564.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7e905a95-6b0f-42e3-8657-a0d0afb5b153_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Mirar la profundidad de la herida para poder curarla"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El debate sobre la difusión de las imágenes del sufrimiento humano resurge de tanto en tanto cada vez que nos enfrentamos a algún acontecimiento molesto, normalmente porque nos pone delante de los ojos los conflictos en los que estamos inmersos y que tratamos de ignorar para vivir tranquilos</p></div><p class="article-text">
        Como advert&iacute;an todas las agencias de noticias, el v&iacute;deo del asesinato de George Floyd es perturbador. Al verlo uno comienza a perder tambi&eacute;n la respiraci&oacute;n y a sentir la rabia ante la actuaci&oacute;n policial. Sin embargo, la contemplaci&oacute;n de estas im&aacute;genes debi&oacute; de tener la capacidad de tocar alguna fibra interna porque en lugar de producir indiferencia una vez m&aacute;s o resultar paralizador, lo cierto es que las miles de personas que contemplaron estas im&aacute;genes (que el gobierno y las fuerzas del orden habr&iacute;an querido a toda costa esconder) experimentaron lo intolerable y se lanzaron a las calles para exigir el desmantelamiento de las pol&iacute;ticas racistas. Las im&aacute;genes de las revueltas <em>Black Lives Matters </em>son el contraplano en lucha y esperanzador de esa imagen dolorosa que la gente conect&oacute; con sus propias vidas y heridas colectivas. Si miramos las im&aacute;genes dif&iacute;ciles con verdadera atenci&oacute;n, quiz&aacute; pueden <em>conmovernos </em>de un modo que inciten transformaciones liberadoras en nosotros. 
    </p><p class="article-text">
        El debate sobre la difusi&oacute;n de las im&aacute;genes del sufrimiento humano <a href="https://www.eldiario.es/interferencias/infancia-estetica-politica_132_2501198.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">resurge de tanto en tanto</a> cada vez que nos enfrentamos a alg&uacute;n acontecimiento molesto, normalmente porque nos pone delante de los ojos los conflictos en los que estamos inmersos y que tratamos de ignorar para vivir tranquilos. Influidos por la moralidad del decoro period&iacute;stico y sobretodo por una relaci&oacute;n mediocre con los asuntos de la muerte, opinamos que algunas im&aacute;genes son innecesariamente duras, morbosas y lesivas para las v&iacute;ctimas o sus familiares, ni ayudar&aacute;n a solucionar o ni siquiera entender nada. Un descreimiento que incurrir en contradicciones cuando se refiere a v&iacute;ctimas lejanas o, por el contrario, m&aacute;s pr&oacute;ximas a nuestra sociedad.
    </p><p class="article-text">
        Es una discusi&oacute;n tan antigua como la historia pol&iacute;tica del sufrimiento humano y la disputa por ocultarlo para evadir responsabilidad, o bien evidenciarlo para intentar repararlo y hacerle justicia. Es seguro que los victimarios que cometen los abusos no querr&iacute;an que ciertas im&aacute;genes fueran reveladas p&uacute;blicamente. Sin embargo, no se puede decir lo mismo de las v&iacute;ctimas. Es un hecho hist&oacute;rico que quien ha sufrido violencia pol&iacute;tica de forma injusta intenta mostrar sus heridas a la sociedad. Esto es lo que nos hizo la polic&iacute;a cuando nadie miraba; esto es lo que provoc&oacute; en nosotros y en nuestros hijos el gas, el agua o el aceite contaminado que nos hicieron respirar, beber y comer; esto es lo que provocaron vuestras bombas; este el oc&eacute;ano en el que nos abandon&aacute;is a nuestra suerte. Testimoniar para evitar el olvido no es poca cosa, pero quiz&aacute; los brutales relatos e im&aacute;genes de las v&iacute;ctimas de abusos pol&iacute;ticos se dirigen a nosotros con la intenci&oacute;n, no de provocar culpa o conmiseraci&oacute;n, sino con el &aacute;nimo de establecer alianzas compasivas y tejer complicidades solidarias contra la injusticia que han sufrido y que podr&iacute;a ser tambi&eacute;n, llegado el punto, dedicada a nosotros. Mitigar toda esa carga terrible, hacer un poco de ecolog&iacute;a visual e higienizar nuestros telediarios puede que haga el dolor m&aacute;s llevadero, pero a larga terminar&aacute; pudriendo nuestra sociedad. La pretensi&oacute;n de que no necesitamos este tipo de im&aacute;genes para hacernos cargo de las heridas pol&iacute;ticas es quiz&aacute; la base de nuestra falta de responsabilidad activa con la dimensi&oacute;n sensible de la miseria que nos rodea. 
    </p><p class="article-text">
        <em>&nbsp;</em>
    </p><h3 class="article-text">Inervaci&oacute;n de los &oacute;rganos receptivos y creativos&nbsp;</h3><p class="article-text">
        Por descontado, mirar las im&aacute;genes de las v&iacute;ctimas de violencia pol&iacute;tica no basta para hacerles justicia ni para hacer desaparecer sus causas. Hay v&iacute;ctimas adem&aacute;s que parece nunca encuentran una mirada solidaria y actuante, como sucede con el dram&aacute;tico archivo visual del pueblo palestino o, m&aacute;s pr&oacute;ximas, las im&aacute;genes de la probreza con la que convivimos de forma muy alarmante, por no hablar de lo acostumbrados que estamos a contemplar im&aacute;genes de la destrucci&oacute;n de ecosistemas naturales que nos producen un estremecimiento frustrante. Las im&aacute;genes no son infalibles pero toda imagen tiene capacidad de alcanzar los cuerpos y prender los corazones. Toda imagen dif&iacute;cil por su carga de muerte puede ser mirada y a la vez mirarnos con profundidad existencial, colocando nuestras vidas en perspectiva de comprensi&oacute;n, liberaci&oacute;n y emancipaci&oacute;n de eso que las amenaza, <em>inervando</em> nuestra receptividad y empuj&aacute;ndonos a la acci&oacute;n y creaci&oacute;n. Aunque sea de forma temporal, aunque su impacto sea limitado para la soluci&oacute;n de un conflicto social, aunque ni siquiera entendamos c&oacute;mo se produce este chispazo y aunque las im&aacute;genes en s&iacute; hayan sido construidas de forma fr&aacute;gil y precaria: su condici&oacute;n de im&aacute;genes pol&iacute;ticas significa, sobre todo, que contienen tambi&eacute;n una <em>carga de vida </em>que puede inducir a la acci&oacute;n colectiva y transformar esas muertes en un hecho vivificador, capaz de imaginar y construir un mundo distinto al que caus&oacute; todo ese dolor. Un vendedor ambulante que se quema a lo bonzo en T&uacute;nez. Un ni&ntilde;o sirio ahogado en la frontera de Europa. La costa impregnada de chapapote. No son im&aacute;genes pol&iacute;ticas por su contenido informativo, ni por el hecho de ser protagonizadas por oprimidos u opresores hist&oacute;ricos, sino por el modo en que nos interpelan y conmueven en su propia forma espec&iacute;fica, por el modo que nos relacionamos (o no) con ellas y, en general, por la manera en que funciona nuestro propio sistema perceptivo y operante, que las im&aacute;genes sacuden y estimulan, reconect&aacute;ndonos con nuestras capacidades de percibir y transformar la realidad. 
    </p><p class="article-text">
        El ej&eacute;rcito de expertos en mercadotecnia, producci&oacute;n y consumo que han dado forma a nuestro mundo sabe bien que es actuando e interviniendo en la percepci&oacute;n como puede inducir a un tipo de acci&oacute;n o inacci&oacute;n. Por eso cada vez se dirigen m&aacute;s a los ni&ntilde;os, o a <em>nosotros como ni&ntilde;os</em>, pues de la infancia es caracter&iacute;stico el hecho de que la percepci&oacute;n est&aacute; a&uacute;n vinculada a la acci&oacute;n. Un ni&ntilde;o percibe una cosa, se siente atra&iacute;do o aterrado por ella, su cuerpo se pone en marcha y la agarra, o bien se aparta asustado. Tambi&eacute;n los enamorados habitan desde el v&iacute;nculo entre percepci&oacute;n y acci&oacute;n y en virtud del amor con el que percibimos y somos percibidos, actuamos o deber&iacute;amos de actuar. Las personas que hacen arte tambi&eacute;n saben que una nueva percepci&oacute;n, implica siempre una nueva acci&oacute;n formal-expresiva y viceversa. Por descontado, las personas que luchan no pueden observar las injusticias de este mundo sin hacer nada. Puede resultar rom&aacute;ntico, pero las personas revolucionarias son, en el mejor de los sentidos, como ni&ntilde;os que act&uacute;an conforme al deseo, como artistas-art&iacute;fices de nuevos mundos y como enamorados de la acci&oacute;n. Walter Benjamin explic&oacute; de forma meridiana c&oacute;mo el capitalismo intenta, con toda clase de mecanismos culturales, reconfigurar a su favor este aparato inervante humano, esta capacidad receptiva-creativa, minando la autonom&iacute;a de la experiencia personal y colectiva con sus fantasmagor&iacute;as de trabajo y consumo. 
    </p><p class="article-text">
        Parapetados en nuestra cr&iacute;tica a la sociedad del espect&aacute;culo, se ha impuesto el descreimiento sobre el impacto que la contemplaci&oacute;n de ciertas im&aacute;genes podr&iacute;a provocar en nosotros. La idea de que su exhibici&oacute;n nada cambiar&aacute;, sino que producir&aacute; m&aacute;s anestesia y provocar&aacute; m&aacute;s dolor a las v&iacute;ctimas, esconde una especie de autosabotaje de nuestra potencia perceptiva y actuante. Asumimos la desconexi&oacute;n sensorial con el desastre pol&iacute;tico en el que estamos con mayor o menor fortuna inmersos. No queremos mirar, no sabemos mirar, no creemos que ver importe o cambie nada y bajo esta l&oacute;gica de la desconexi&oacute;n entre percepci&oacute;n y acci&oacute;n, contemplamos las injusticias que nos rodean sin experimentar m&aacute;s que conmiseraci&oacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        Esta misma discusi&oacute;n surgi&oacute; durante los atentados en Madrid del 11M. Pese a que algunos medios publicaron im&aacute;genes desgarradoras, la moral del decoro period&iacute;stico se impuso. Sin embargo, la empat&iacute;a con las v&iacute;ctimas suscitada por las im&aacute;genes que conocimos, aunque fuera de forma fugaz, fortaleci&oacute; la exigencia colectiva de verdad y hubo manifestaciones multitudinarias que ning&uacute;n aparato pol&iacute;tico pudo cooptar. Con el tiempo, esa exigencia de verdad de las im&aacute;genes se convirti&oacute; en exigencia de justicia. Lamentablemente durante el juicio, de las 500 fotos disponibles de los atentados, los jueces observaron, &lsquo;por respeto&rsquo; a las v&iacute;ctimas, s&oacute;lo una veintena. Qui&eacute;n sabe si porque no fueron contempladas esas 500 fotos perdimos la posibilidad de comprender toda la dimensi&oacute;n de la tragedia del 11M y hacer as&iacute; verdadera justicia a quienes murieron, sentando en el banquillo de los acusados a quienes nos metieron en guerras injustas.
    </p><h3 class="article-text">Muertes pol&iacute;ticas sin imagen</h3><p class="article-text">
        Hasta hoy, 28.443 han muerto en Espa&ntilde;a debido a la pandemia. Tras unos meses dur&iacute;simos, el virus se ha reactivado&nbsp;entre nosotros. La historia de las plagas y el hecho de que la mayor&iacute;a de v&iacute;ctimas han sido personas ancianas y enfermas, vuelve m&aacute;s o menos &lsquo;naturales&rsquo; estas muertes, pero en verdad hay sectores de la sociedad m&aacute;s amenazados que otros. Pobres, trabajadores precarizados m&aacute;s expuestos que el resto, personas racializadas, ancianos aparcados en residencias-hoteles sin equipamientos m&eacute;dicos, o directamente sin hogar y sin cobertura sanitaria. Es de crucial importancia preguntarse por el car&aacute;cter pol&iacute;tico de estas p&eacute;rdidas ya que considerar natural que los d&eacute;biles se queden por el camino es en verdad el triunfo de la perspectiva neoliberal del mundo. 
    </p><p class="article-text">
        Las derechas espa&ntilde;olas culpabilizan al gobierno de estos muertos y en su estrategia es fundamental intentar secuestrar las im&aacute;genes del dolor y las v&iacute;ctimas. Calculando el beneficio electoral, exigieron im&aacute;genes con soberbia, como pruebas de una verdad de la que nadie dudaba, pues hemos conocido suficientes relatos de proximidad que la testimonian. El gobierno de coalici&oacute;n de izquierdas ha querido evitar esta instrumentalizaci&oacute;n denunciando la falta de escr&uacute;pulos de la derecha, pero tambi&eacute;n ocultando toda imagen que refiriera con crudeza lo que estaba pasando. Apenas hemos visto<a href="https://www.youtube.com/watch?v=-e_x4W0-38Ihttps://www.youtube.com/watch?v=-e_x4W0-38I" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> im&aacute;genes de las UCI desbordadas</a>, no hemos visto las morgues saturadas ni los enterramientos en soledad. <a href="https://www.elindependiente.com/politica/2020/06/13/los-muertos-invisibles-censura-en-la-pandemia/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Los fotoperiodistas han tenido verdaderos problemas para documentar</a> lo que ha pasado aqu&iacute;. Tuvieron menos problemas cuando la muerte es menos nuestra y m&aacute;s lejana. Estos fot&oacute;grafos conocen de primera mano la importancia de llevar un poco de luz a la muerte pol&iacute;tica, como por ejemplo a los desaparecidos de la guerras. Esta visibilidad resulta decisiva en el proceso de ser reparadas o por el contrario olvidadas. La extrema discreci&oacute;n con la que se desmont&oacute; una de las tres morgues de Madrid, ejemplifica la<a href="https://youtu.be/omzJO8_hMig?t=33" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> actitud visual</a> que los pol&iacute;ticos convinieron. Una superficie helada, donde a&uacute;n permanec&iacute;an los soportes de los ata&uacute;des y los n&uacute;meros identificativos de las 163 v&iacute;ctimas que all&iacute; se acumularon, escenario g&eacute;lido en el que posaron con solemnidad los pol&iacute;ticos enmascarados, es de lo poco que tenemos para intentar, no solo abordar la dimensi&oacute;n del desastre, sino tambi&eacute;n valorar la responsabilidad pol&iacute;tica de los que salen en la foto. Sin im&aacute;genes para pensar el alto precio que hemos pagado como sociedad al tolerar los procesos de capitalizaci&oacute;n de nuestras vidas, lo que incluye convertir la salud en un negocio. 
    </p><p class="article-text">
        Nuestro higienismo social, nuestra incapacidad de mirar o el miedo a que fueran instrumentalizadas, nos llev&oacute; a evitar las im&aacute;genes que quiz&aacute; podr&iacute;an explicar<em> mejor </em>los motivos por los que estamos en peligro. Una mezcla de miedo e incredulidad, quiz&aacute; de supervivencia, explicar&iacute;a el hecho de que una vez m&aacute;s evitemos cualquier encuentro con la muerte. La indiscriminada crueldad del virus y su masiva eficacia global nos sugiere que asumamos estas muertes como hechos fortuitos y azarosos. Pero si morimos por un virus originado debido a nuestra tendencia depredadora como especie; si morimos debido a que nuestras instituciones p&uacute;blicas no han funcionado porque est&aacute;n desde hace d&eacute;cadas insertas en din&aacute;micas de recortes y exclusi&oacute;n, puede decirse que estas muertes son pol&iacute;ticas y debemos relacionarnos con ellas pol&iacute;ticamente, con cuidado de no reducir la pol&iacute;tica al politiqueo partidista, sino abriendo una conversaci&oacute;n social y p&uacute;blica sobre ellas. 
    </p><p class="article-text">
        La impresi&oacute;n que estos fallecimientos sin im&aacute;genes produce en nuestra psique es algo que no hemos explorado mucho. El dolor que hemos conocido de forma m&aacute;s o menos cercana, o el temor a enfermar, ha motivado nuestro comportamiento y hemos cumplido con las indicaciones de los expertos, m&eacute;dicos y pol&iacute;ticos. Cuando no lo hac&iacute;amos, lo profesionales de la salud acusaban nuestra irresponsabilidad al hecho de no conocer de primera mano lo que ellos estaban viviendo en los hospitales. &iquest;Es la responsabilidad personal y p&uacute;blica algo que solo puede asumirse conociendo la dimensi&oacute;n visual de la pandemia? Como sucede con la eficacia demostrada de ilustrar <a href="https://journals.plos.org/plosone/article?id=10.1371/journal.pone.0184415" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">las cajetillas de tabaco</a> con &oacute;rganos destruidos por la nicotina, &iquest;es importante ver para hacernos verdaderamente cargo? &iquest;Cu&aacute;les son las im&aacute;genes de las que nos vamos a rodear para comprender la muerte que nos rodea si no la queremos ver? Subrayando que no se trata tanto de ver para creer, sino <em>para actuar </em>en justa consecuencia. 
    </p><p class="article-text">
        Es indiscutible que, a pesar de estos puntos ciegos, hemos hecho un gran esfuerzo por comprender la dimensi&oacute;n del drama social y hemos tomado medidas por responsabilidad y solidaridad colectiva. Pero d&iacute;a a d&iacute;a hemos visto c&oacute;mo crec&iacute;an las cifras de fallecidos. El c&aacute;lculo de la muerte, como dice Santiago Alba Rico, nos impide encontrar una justa medida. Relacionarse con todo lo que nos est&aacute; pasando mediante el lenguaje nativo de los expertos y tecn&oacute;cratas, es bien dif&iacute;cil y seguimos sinti&eacute;ndonos raros, a riesgo muchas veces de caer en las redes de la polarizaci&oacute;n y la desconfianza, sin mucha voluntad ni imaginaci&oacute;n para ocuparnos de articular socialmente la visualidad de la pandemia y sus muertes, que los poderes tratan de instrumentalizar mediante sus estrategias de ocultamiento o exposici&oacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        De modo que para negociar con este trist&iacute;simo momento, con todas estas muertes dolorosas y en soledad, no tenemos muchas herramientas culturales. Si observamos detenidamente su melod&iacute;a y su letra, el &eacute;xito de la canci&oacute;n <em>Resistir&eacute; </em>se explica quiz&aacute; a raz&oacute;n de la sutil mezcla de tristeza y alegr&iacute;a que suscita y que es una mezcla propia del vitalismo filos&oacute;fico mediterr&aacute;neo que nos invita a afirmar la vida, pese a todos los dramas y derrotas que contiene. Recuerden la escena final de <em>&Aacute;tame</em>, cuando vemos al sofisticado personaje que interpreta Victoria Abril llorar y re&iacute;r a la vez, o a Zorba el griego, celebrando alegremente tras el desastre sobrevenido. Un efecto, que caracteriza al gesto tambi&eacute;n vitalista de aplaudir alegremente cuando la muerte nos rodea. Terminamos confiando nuestra esperanza a los ni&ntilde;os y sus inocentes arcoiris pintados, cumpliendo con la vieja costumbre de dejar en manos infantiles, como se hac&iacute;a en la tradici&oacute;n funeraria popular, los dif&iacute;ciles ritos de la muerte. En el peque&ntilde;o pueblo donde vivo, donde hay un hospital que acogi&oacute; enfermos de toda la comunidad y en el que trabajan numerosas personas de la localidad, las campanas de la iglesia no han dejado de sonar su toque de difuntos. Su enigm&aacute;tica escala descendente llenaba el valle de un duelo solemne. Viejas formas de memorializar y neutralizar la inquietud han sido activadas en otros lugares de forma m&aacute;s o menos improvisada, como la llama permanente <a href="https://www.elmundo.es/madrid/2020/05/15/5ebe584221efa0b4368b461f.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">inaugurada el 15 de mayo </a>junto a la fuente de la Cibeles en Madrid, similar a la de los soldados desconocidos h&eacute;roes de la patria, o el&nbsp;funeral de Estado que el Gobierno y las instituciones civiles celebraron hace unos d&iacute;as, de nuevo en torno a un ritual del fuego que simb&oacute;licamente inscribe todo este dolor en el relato sacrificial. 
    </p><p class="article-text">
        Hubo intentos de humanizar a las v&iacute;ctimas conociendo sus historias personales a una escala que nos permitiera quiz&aacute; rozar lo humano y a la vez esquivar las representaciones m&aacute;s demoledoras de la pandemia. Manu Garrido, levant&oacute; en los primer&iacute;simos d&iacute;as del confinamiento, <a href="https://memorial2020.es/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">un memorial digital </a>dedicado a las v&iacute;ctimas que invitaba a sus familiares y conocidos a dejar un testimonio escrito en recuerdo de esa p&eacute;rdida. La web muestra trece puntos sobre la pen&iacute;nsula que son trece historias conmovedoras, sin duda, pero el mapa se encuentra vac&iacute;o. Aunque virtual, la hermosa idea de un memorial descentralizado y extenso se choca con el silencio colectivo que, tambi&eacute;n de modo silencioso hemos pactado como sociedad. La enorme proximidad de los relatos, su cercan&iacute;a y cotidianidad, nos sit&uacute;a ante la dimensi&oacute;n pol&iacute;tica de estas muertes, sin necesidad que &eacute;stas sean introducidas en el sucio combate ideol&oacute;gico o partidista. El &ldquo;PP privatiza, el PSOE autoriza&rdquo; se dec&iacute;a en las primeras manifestaciones para defender la sanidad p&uacute;blica madrile&ntilde;a a las que yo fui, que comenzaba a externalizar sus servicios a empresas que buscan recortar y obtener beneficios en una esfera en la que debe de regir el principio de gratuidad y universalidad. La externalizaci&oacute;n y privatizaci&oacute;n de lo p&uacute;blico es algo de lo que son responsables pr&aacute;cticamente la mayor&iacute;a de pol&iacute;ticos de este pa&iacute;s, pero quiz&aacute; esto no nos llega a preocupar lo suficiente como para articular, m&aacute;s all&aacute; de las luchas de los propios trabajadores de cada sector, un movimiento social de apoyo y defensa inexcusable de la vida que sea protagonista a su vez del relato y el imaginario del dolor del que nadie se est&aacute; ocupando de forma honesta y sincera. 
    </p><p class="article-text">
        Nos resistimos a mirar cara a cara a nuestros muertos. Tememos acaso quedar petrificados por alguna mirada med&uacute;sea y buscamos como Perseo con su escudo, la oblicuidad del reflejo que nos permita abordar el encuentro con la muerte. Es ir&oacute;nico, que la sociedad moderna, construida a base de conocer el mundo en virtud de sus posibilidades de explotaci&oacute;n mercantil, es decir, como si todo lo que nos rodeara estuviera ya muerto, no sea capaz de mirar de cara a la muerte cuando nos amenaza. No se trata de reclamar o aspirar a una imagen o experiencia por fin total que sintetice y re&uacute;na lo inmensurable de esta pandemia global &ndash;&iquest;ser&iacute;a posible?, &iquest;no son restringidos e imperfectos todos los intentos de generalizar el dolor colectivo?&ndash;, sino de poder acceder a la complejidad de estas muertes para comprender su car&aacute;cter pol&iacute;tico, lo que desborda la mera toma de conciencia. La experiencia que hagamos concierne a la verdad, a la justicia y la reparaci&oacute;n, pero tambi&eacute;n a la autonom&iacute;a de la sociedad a la hora de articular sus relatos e im&aacute;genes de vida y muerte. Mostrar las heridas permite descubrir su dimensi&oacute;n colectiva. Mirar su profundidad nos permite conocer la enfermedad para que pueda ser curada, cuando <em>curar</em> significa no solo ritualizar o memorializar en busca del consuelo, sino tambi&eacute;n que una lucha social prenda para reparar y corregir las pol&iacute;ticas de la muerte que las causaron.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Rafael SM Paniagua]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 07 Aug 2020 19:33:33 +0000]]></pubDate>
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