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    <title><![CDATA[elDiario.es - Tim Wu]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/tim-wu-2/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Tim Wu]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Comerciantes de la atención]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/tecnologia/comerciantes-atencion_129_6138063.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7b22f93d-ad73-462c-a6c1-50fc9404f3c0_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Comerciantes de la atención"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La atención de la gente se ha convertido en el gran producto comercial del siglo XXI</p><p class="subtitle">Pack verano - Hazte socio o socia antes del 30 de agosto y te regalamos el especial Greenwashing de Ballena Blanca y las dos últimas revistas de elDiario.es</p></div><p class="article-text">
        <em>Tim Wu (Washington D. C., 1972), abogado, profesor de la escuela de derecho de la Universidad de Columbia y experto en la industria de los medios y la tecnolog&iacute;a, analiza en &lsquo;Comerciantes de la atenci&oacute;n&rsquo; c&oacute;mo ha cambiado nuestras vidas este escenario en el que grandes compa&ntilde;&iacute;as tecnol&oacute;gicas pujan por seducirnos a trav&eacute;s de las redes para convertir nuestro tiempo en dinero. Pero Wu sit&uacute;a el inicio de este proceso mucho antes de la llegada de Internet. Lo cuenta en una obra que fue considerada por &lsquo;The New York Times&rsquo; libro del a&ntilde;o en EE UU, que ahora publica en Espa&ntilde;a Capit&aacute;n Swing y de la que ofrecemos su &uacute;ltimo cap&iacute;tulo.</em>
    </p><h3 class="article-text">Ep&iacute;logo</h3><h3 class="article-text">El t&eacute;menos</h3><p class="article-text">
        &iquest;Igual en realidad todo era un sue&ntilde;o? A finales de la d&eacute;cada de 2010 quiz&aacute; se lo pareciese a los <em>cortacables</em> [1] ricos o conocedores de la tecnolog&iacute;a que disfrutaban de televisi&oacute;n sin anuncios en Netflix o Amazon, le&iacute;an libros electr&oacute;nicos o navegaban por internet en un tel&eacute;fono o en un ordenador que ten&iacute;a bloqueada la publicidad. Era perfectamente posible pensar que el reinado de los comerciantes de atenci&oacute;n hab&iacute;a sido una aberraci&oacute;n, un intervalo s&oacute;rdido en la senda hacia un mundo mejor, aunque el hechizo hubiese durado todo un siglo. Quiz&aacute; la larga y oscura noche del arbitraje de la atenci&oacute;n, incluso de la propia publicidad &mdash;que compraba barata nuestra conciencia y la vend&iacute;a con margen de beneficio&mdash;, estuviera llegando a su fin. Lo cierto es que entre sus objetivos demogr&aacute;ficos m&aacute;s deseados &mdash;los j&oacute;venes y los acaudalados&mdash; la publicidad parec&iacute;a haberse convertido en una toxina m&aacute;s que conven&iacute;a evitar para tener un estilo de vida saludable, otra invenci&oacute;n del siglo XX que hab&iacute;amos cometido el error de considerar inofensiva, como los refrescos azucarados, los alimentos procesados y los solarios.
    </p><p class="article-text">
        Una exageraci&oacute;n, tal vez. Aun as&iacute;, ni a los comerciantes de atenci&oacute;n ni a sus agentes de la industria publicitaria les sentaron bien el creciente desagrado del nuevo milenio por la publicidad y la voluntad sin precedentes de pagar por disfrutar de paz y tranquilidad.
    </p><p class="article-text">
        Como se&ntilde;ala Michael Wolff, el 50% de los ingresos de la televisi&oacute;n en su conjunto &mdash;un porcentaje inaudito&mdash; depend&iacute;a de los cobros de las suscripciones; por su parte, el internet m&oacute;vil estaba sitiado y la red, atada, estaba cayendo en el olvido. Esas tendencias, que coincid&iacute;an con la creciente sensaci&oacute;n de que los medios de comunicaci&oacute;n hab&iacute;an sobrecargado nuestra atenci&oacute;n hasta un punto cr&iacute;tico, sin duda hicieron que pareciese que los comerciantes de atenci&oacute;n no ten&iacute;an ad&oacute;nde ir. No obstante, teniendo en cuenta el largo plazo, como hace nuestra historia, tales rebeliones contra la publicidad deben entenderse como parte de una din&aacute;mica m&aacute;s amplia. A fin de cuentas, estamos hablando de una industria a la que se ha dado por muerta por lo menos cuatro veces en los &uacute;ltimos cien a&ntilde;os. Una y otra vez, parec&iacute;a que la fiesta hab&iacute;a terminado, que los consumidores hab&iacute;an huido de una vez por todas y, aun as&iacute;, los comerciantes de atenci&oacute;n siempre encontraban la manera de superponerse a las nuevas y brillantes m&aacute;quinas que parec&iacute;an estar abri&eacute;ndose paso a machetazos por entre el viejo follaje. Por sorprendente que resulte, la d&eacute;cada de 1960, el cenit del antimercantilismo, dej&oacute; a los comerciantes de atenci&oacute;n m&aacute;s fuertes que nunca. Se supon&iacute;a que la World Wide Web o red inform&aacute;tica mundial, dise&ntilde;ada por investigadores cient&iacute;ficos, asestar&iacute;a un golpe fatal al mercantilismo de las comunicaciones, pero esas cuestiones obedecen a una l&oacute;gica propia: la publicidad siempre se vuelve menos molesta e intrusiva, y la gente redescubre su gusto por las cosas gratuitas. En esa visi&oacute;n a largo plazo, es dif&iacute;cil imaginar que pueda marchitarse sin m&aacute;s un negocio con una premisa de una simpleza tan maravillosa: captar la atenci&oacute;n de la gente a cambio de un poco de diversi&oacute;n y luego revenderla a las empresas que patrocinan el entretenimiento.
    </p><p class="article-text">
        Lo que hac&iacute;an en la d&eacute;cada de 2010 los cortacables y quienes evitaban los anuncios ten&iacute;a importancia, pero no era nuevo; m&aacute;s bien, no eran m&aacute;s que otras manifestaciones del esfuerzo general y continuo por ejercer el control de nuestro acuerdo con los comerciantes de atenci&oacute;n, sin importar que el contenido fuesen las noticias de la noche de la CBS o los v&iacute;deos de h&aacute;msteres de YouTube. Dado que la industria de la atenci&oacute;n, como cualquier otra, exige un crecimiento constante, los t&eacute;rminos del acuerdo est&aacute;n en constante evoluci&oacute;n y, por lo general, en perjuicio nuestro: m&aacute;s atenci&oacute;n a cambio de menos entretenimiento. Por lo tanto, las rebeliones peri&oacute;dicas contra el pacto no solo son predecibles, sino necesarias, pues, para que la econom&iacute;a de la atenci&oacute;n nos beneficie (y no solo nos explote), tenemos que supervisar su funcionamiento y expresar nuestro descontento ante sus tendencias degradantes. Como hemos visto, para sus peores excesos es posible que, en algunos casos, no haya m&aacute;s soluci&oacute;n que la ley.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, la cuesti&oacute;n m&aacute;s imperiosa que plantea este libro no tiene que ver con el eterno debate de si la publicidad es buena, mala o un mal necesario. La cuesti&oacute;n m&aacute;s apremiante de los tiempos que corren no es c&oacute;mo deber&iacute;an hacer negocios los comerciantes de atenci&oacute;n, sino d&oacute;nde y cu&aacute;ndo. Por desgracia, nuestra sociedad ha descuidado lo que en otros contextos llamar&iacute;amos las reglas de zonificaci&oacute;n, la regulaci&oacute;n de la actividad comercial que se desarrolla donde vivimos, en sentido tanto figurado como literal. Es una cuesti&oacute;n que va al meollo de c&oacute;mo valoramos lo que sol&iacute;a llamarse nuestra vida privada.
    </p><p class="article-text">
        Este libro empieza con la historia del aumento de la publicidad en las escuelas p&uacute;blicas, un fen&oacute;meno nuevo que se fundamenta en la premisa t&aacute;cita de que cada resquicio de nuestra atenci&oacute;n puede ser blanco de la explotaci&oacute;n comercial. Esa norma, como hemos visto, se fue extendiendo de manera lenta pero inexorable durante el siglo pasado, y se ha terminado convirtiendo en una posici&oacute;n por defecto con respecto a pr&aacute;cticamente todo el tiempo y el espacio que ocupamos. Es estremecedor lo poco que ha hecho falta para defender el alcance &iacute;ntegro de los comerciantes de atenci&oacute;n en nuestra experiencia vital. Antes, el estado de la tecnolog&iacute;a impon&iacute;a sus propios l&iacute;mites, pero en una &eacute;poca en la que ya no existe esa clase de limitaciones nos corresponde formular algunas preguntas fundamentales: &iquest;trazamos alguna l&iacute;nea entre lo privado y lo comercial? En caso afirmativo, &iquest;qu&eacute; momentos y qu&eacute; espacios debemos considerar lo suficientemente valiosos, personales o sacrosantos como para salvaguardarlos del violento ataque habitual?
    </p><p class="article-text">
        La costumbre respond&iacute;a a estas preguntas en &eacute;pocas anteriores, pero, al igual que la tecnolog&iacute;a ha trascendido sus antiguas limitaciones, tambi&eacute;n nosotros parecemos estar menos sujetos a los imperativos de la tradici&oacute;n. Hubo un tiempo en que esta limitaba d&oacute;nde y cu&aacute;ndo se pod&iacute;a abordar a la gente. Incluso con los avances tecnol&oacute;gicos necesarios, no siempre fue tan f&aacute;cil llegar a la gente cuando estaba en casa y mucho menos cuando iba andando o en taxi. Para la mayor&iacute;a, la pr&aacute;ctica religiosa sol&iacute;a definir ciertos espacios y momentos inviolables. Hab&iacute;a otras normas menos formales &mdash;como el tiempo reservado para las comidas familiares&mdash; que tambi&eacute;n ejerc&iacute;an una fuerza considerable. En ese mundo, la intimidad era la norma y las intrusiones publicitarias, la excepci&oacute;n. Y, aunque pudiera haber muchos aspectos que resultaran inconvenientes o frustrantes, la vieja realidad ten&iacute;a la ventaja de crear espacios protegidos de manera autom&aacute;tica, lo que conllevaba efectos saludables. El &uacute;ltimo medio siglo ha sido una era de individualismo sin precedentes, lo que nos ha permitido vivir de un mont&oacute;n de formas que antes no eran posibles. Un ejemplo de ello, que no se valora lo suficiente, es el poder que se nos ha dado para que construyamos nuestra vida atencional. Hasta en la sala de espera del dentista tenemos el mundo al alcance de los dedos: podemos echar un vistazo al correo electr&oacute;nico, navegar por nuestras p&aacute;ginas favoritas, jugar a alg&uacute;n juego y ver pel&iacute;culas, cuando antes ten&iacute;amos que contentarnos con un mont&oacute;n de revistas viejas. Sin embargo, este nuevo abanico de posibilidades tambi&eacute;n ha provocado que se erosione el per&iacute;metro de la vida privada. Por lo tanto, resulta un poco parad&oacute;jico que, al haber individualizado tan minuciosamente nuestras vidas atencionales, terminemos siendo menos nosotros mismos y m&aacute;s esclavos de nuestras diversas redes y dispositivos. Sin consentir a ello de manera expresa, la mayor&iacute;a de nosotros nos hemos expuesto pasivamente a que se explote nuestra atenci&oacute;n con fines comerciales en cualquier lugar y momento. Si queremos que haya alg&uacute;n esquema de zonificaci&oacute;n que frene esta expansi&oacute;n, tendr&aacute; que ser, sobre todo, un ejercicio de voluntad personal.
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                Comerciantes de la atención                            </span>
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        Lo que se necesita podr&iacute;a denominarse proyecto de recuperaci&oacute;n humana. A modo de comparaci&oacute;n, pensemos en esos proyectos que se emprenden con el objetivo de recuperar alg&uacute;n (otro) recurso natural, como cuando se reconvierte en naturaleza salvaje un aparcamiento abandonado. El recurso humano m&aacute;s fundamental que requerir&aacute; conservaci&oacute;n y protecci&oacute;n durante el pr&oacute;ximo siglo seguramente sea nuestra conciencia y espacio mental.
    </p><p class="article-text">
        En la pr&aacute;ctica, el movimiento podr&iacute;a originarse con individuos que operen cambios graduales, tan sencillos como reservar bloques de tiempo, como el fin de semana, para pasarlos fuera del alcance de los comerciantes de atenci&oacute;n. Las primeras agitaciones se perciben en las pr&aacute;cticas, ya existentes, de &ldquo;desconectar&rdquo; o tomarse &ldquo;d&iacute;as de descanso digital&rdquo;. El mismo impulso puede conducir tambi&eacute;n a recuperar santuarios m&aacute;s f&iacute;sicos, no solo el cobertizo del escritor en el patio trasero, sino tambi&eacute;n las aulas, las oficinas y las casas; cualquier lugar donde queramos interactuar los unos con los otros o lograr algo que sabemos que exige un alto grado de concentraci&oacute;n. De esta manera, la pr&aacute;ctica comienza a pagar dividendos comunales adem&aacute;s de beneficios individuales.
    </p><p class="article-text">
        Aunque es sencillo elogiar el objetivo de recuperar nuestro tiempo y nuestra atenci&oacute;n, es sorprendente lo dif&iacute;cil que puede resultar alcanzarlo. Cuesta horrores resistirse, aunque sea solo durante un fin de semana, a ciertos h&aacute;bitos tan profundamente arraigados como echar un vistazo al correo electr&oacute;nico, a Facebook y a otras redes sociales, ojear noticias que ni nos van ni nos vienen &mdash;por no hablar de los ciberanzuelos, que despiertan a&uacute;n m&aacute;s nuestro inter&eacute;s&mdash; o dejarse caer en el sof&aacute; para pasar varias horas zapeando. Esa dificultad es un reflejo de a&ntilde;os de condicionamiento y de la determinaci&oacute;n de los comerciantes de atenci&oacute;n de exprimir al m&aacute;ximo, por todos los medios posibles, el tiempo que les dedicamos. Cuando estamos absortos en el trabajo, leyendo un libro o jugando con los ni&ntilde;os, para los comerciantes de atenci&oacute;n es como si estuvi&eacute;ramos robando. Quieren &mdash;necesitan&mdash; que estemos constantemente fisgoneando en busca de migajas de su entretenimiento, que sintonicemos las pausas publicitarias de su programaci&oacute;n o que nos pongamos al d&iacute;a con nuestros amigos mediante alg&uacute;n sistema que pueda servir tambi&eacute;n a alg&uacute;n prop&oacute;sito de marca.
    </p><p class="article-text">
        Si se necesita alguna motivaci&oacute;n pr&aacute;ctica para superar la incomodidad que genera reclamar la atenci&oacute;n que nos pertenece, puede venir bien pararse a pensar en los costes que entra&ntilde;a no hacerlo y que se van acumulando. Sean cuales sean nuestras metas personales, las cosas que nos gustar&iacute;a lograr, los objetivos de los comerciantes de atenci&oacute;n no suelen concordar con los nuestros. &iquest;Con qu&eacute; frecuencia te has sentado con la idea, pongamos, de escribir un correo electr&oacute;nico o comprar una cosa en Internet, y te has encontrado horas despu&eacute;s pregunt&aacute;ndote qu&eacute; ha pasado?
    </p><p class="article-text">
        Y &iquest;cu&aacute;les son los costes sociales de tener a todos los ciudadanos condicionados para que pasen gran parte de su vida, en vez de concentrados y abstra&iacute;dos, con la conciencia fragmentada y sometidos a interrupciones constantes? En ese sentido, nuestra vida se ha convertido en todo lo contrario de las que cultivaban los monjes, tanto los de Oriente como los de Occidente, cuyo objetivo era precisamente recoger los frutos de una atenci&oacute;n profunda y concentrada. Qu&eacute; ir&oacute;nico resulta que esa lamentable dispersi&oacute;n mental no proceda de una falta de empuje por nuestra parte, sino de los imperativos de un tipo en particular de empresa comercial que la mayor parte del tiempo ni siquiera resulta especialmente rentable. El resto del sector privado podr&iacute;a tener tantos motivos de queja como el individuo y la sociedad. Sin duda, ser&iacute;a estremecedor calcular el precio macroecon&oacute;mico de todo ese tiempo que dedicamos a los comerciantes de atenci&oacute;n, aunque sea para alertarnos sobre la r&eacute;mora que supone sobre nuestro propio &iacute;ndice de productividad, que es la medida en virtud de la cual sopesan los economistas todos nuestros actos.
    </p><p class="article-text">
        En el fondo, lo reconozcamos o no, los comerciantes de atenci&oacute;n han llegado a desempe&ntilde;ar un papel importante a la hora de marcar el rumbo de nuestra vida y, en consecuencia, el futuro de la raza humana, dado que ese futuro no ser&aacute; m&aacute;s que la suma de nuestros estados mentales individuales. &iquest;Suena exagerado? Fue William James, la fuente del pragmatismo estadounidense &mdash;que vivi&oacute; y muri&oacute; antes del florecimiento de la industria de la atenci&oacute;n&mdash;, quien sostuvo que en &uacute;ltima instancia nuestra experiencia vital equivaldr&iacute;a a aquello a lo que hubi&eacute;ramos prestado atenci&oacute;n. Por lo tanto, lo que est&aacute; en juego es algo similar a nuestra forma de vivir la vida. Eso deber&iacute;a bastar para que analicemos con m&aacute;s detalle los innumerables acuerdos que suscribimos habitualmente y, lo que es a&uacute;n m&aacute;s importante, para que tengamos en cuenta que en ciertas ocasiones nos conviene mantenernos completamente al margen. Si deseamos un futuro que evite la esclavitud del estado propagand&iacute;stico, as&iacute; como la narcosis de la cultura del consumo y del famoseo, primero tenemos que reconocer que nuestra atenci&oacute;n es valiosa y decidir no desprendernos de ella a un coste tan bajo o de una manera tan irreflexiva como tantas veces hemos hecho. Y luego debemos actuar, a nivel tanto individual como colectivo, para volver a ser due&ntilde;os de nuestra atenci&oacute;n y recuperar, as&iacute;, la titularidad de la mism&iacute;sima experiencia de vivir.
    </p><p class="article-text">
        (1) Los cortacables (del ingl&eacute;s &lsquo;cord-cutters&rsquo;) son los usuarios que dejan de pagar su suscripci&oacute;n a la televisi&oacute;n por cable y empiezan a consumir contenidos en Internet.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tim Wu]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/tecnologia/comerciantes-atencion_129_6138063.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 24 Aug 2020 15:39:53 +0000]]></pubDate>
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