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    <title><![CDATA[elDiario.es - José María Rosales]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/jose-maria-rosales/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - José María Rosales]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[No hay nada como el futuro para hacer política]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/no-hay-futuro-politica_129_6187767.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ecbcb72f-834c-40ea-b99a-528d1a64b46b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="No hay nada como el futuro para hacer política"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">De los desencantos aprendemos, si bien posponer muchas veces el vencimiento de una promesa conduce a la apatía o a la rabia</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;&iexcl;Por el horizonte asoma ya el comunismo!&rdquo;. Se asiste a un mitin para renovar la ilusi&oacute;n pol&iacute;tica y esa esperanza, con sus claroscuros, retrataba bien al dirigente de la Uni&oacute;n Sovi&eacute;tica Nikita Khrushchev.
    </p><p class="article-text">
        La escena la toma el historiador Reinhart Koselleck del libro de Alexander Drozdzynski&nbsp;<span class="highlight" style="--color:rgba(0, 0, 0, 0);"><em>El ingenio pol&iacute;tico en el bloque del este</em></span>, publicado en D&uuml;sseldorf en 1974.&nbsp;<a href="https://www.suhrkamp.de/buecher/vergangene_zukunft_28357.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Koselleck</a>&nbsp;la usa para ilustrar lo convincentes que parecen las previsiones de futuro cuando las asociamos a im&aacute;genes espaciales: cada &ldquo;horizonte de expectativa&rdquo; (lo que esperamos que suceda) puede abrir un nuevo &ldquo;espacio de experiencia&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Imaginamos el futuro porque orientamos as&iacute; nuestra vida. Necesitamos expectativas. El tiempo de la pol&iacute;tica est&aacute; hecho de ellas. Juega con el pasado y el presente hasta reorientar su temporalidad, pues todo cuanto toca lo env&iacute;a al futuro: el tiempo que siempre estamos esperando, que se anticipa como promesa o amenaza y que&nbsp;<span class="highlight" style="--color:rgba(0, 0, 0, 0);"><em>queremos creer</em></span>&nbsp;que llegar&aacute;, del modo que deseamos o del modo que tememos.
    </p><p class="article-text">
        Mientras nuestros representantes pol&iacute;ticos dicen diagnosticar la actualidad, piensan inevitablemente en el futuro. Apenas describen, imaginan. Lo que menos importa es lo que dicen sobre el presente. El inter&eacute;s de lo que expresan se encuentra en lo que prometen. Incluso cuando se refieren al pasado, su verdadera atenci&oacute;n se proyecta hacia el futuro de una manera irremediable.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Por qu&eacute; pasa esto? Hay varias respuestas que permiten aclararlo. La primera tiene que ver con nuestro modo de comunicarnos. La segunda, con c&oacute;mo argumentamos. La tercera explica los usos del tiempo pol&iacute;tico.
    </p><h3 class="article-text">De lo que decimos a lo que queremos decir</h3><p class="article-text">
        Al comunicarnos, ense&ntilde;aba&nbsp;<a href="https://books.google.es/books?id=XnRkQSTUpmgC&amp;printsec=frontcover#v=onepage&amp;q&amp;f=false" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">J. L. Austin</a>, conviven tres niveles de significaci&oacute;n: lo que expresamos, el modo y la intenci&oacute;n con la que lo hacemos, y lo que esperamos lograr al comunicarnos. A su vez, cada uno es un tipo de acci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Lo que expresamos suele ser lo menos relevante, lo m&aacute;s superficial de nuestra comunicaci&oacute;n. Quedarnos ah&iacute; limita cualquier posible entendimiento, aunque a veces se&ntilde;ala el comienzo necesario para ello. Tambi&eacute;n en pol&iacute;tica. El modo y la intenci&oacute;n suponen una llamada de atenci&oacute;n a nuestros interlocutores sobre algo de lo que queremos o pedimos. A veces representa lo m&aacute;s a lo que aspiramos porque pensamos que es lo necesario en un determinado momento: llamar la atenci&oacute;n sobre algo.
    </p><p class="article-text">
        La clave &uacute;ltima, sin embargo, es lo que Austin llamaba &ldquo;acto perlocucionario&rdquo;, que&nbsp;<a href="https://books.google.es/books?id=t3_WhfknvF0C&amp;pg=PP5&amp;source=gbs_selected_pages&amp;cad=2#v=onepage&amp;q&amp;f=false" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">John R. Searle</a>&nbsp;llamar&iacute;a &ldquo;acto performativo&rdquo;. Es lo que queremos que nuestros interlocutores hagan tras atender a nuestra comunicaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Cada vez que Julio Anguita repet&iacute;a &ldquo;programa, programa, programa&rdquo;, por supuesto que daba por sentado lo evidente: que los partidos pol&iacute;ticos se presentan a las elecciones con programas. Pero su intenci&oacute;n iba m&aacute;s all&aacute;. Era una llamada de atenci&oacute;n doble: a la ciudadan&iacute;a, para que examinara racionalmente y comparara las propuestas de los partidos; y a sus correligionarios y rivales, para que en la contienda electoral no olvidaran el valor que como proyectos pol&iacute;ticos ten&iacute;an los programas electorales.
    </p><p class="article-text">
        Por su experiencia como alcalde en los a&ntilde;os ochenta del pasado siglo sab&iacute;a que la aspiraci&oacute;n performativa, realizar en la pr&aacute;ctica un programa electoral, s&oacute;lo pod&iacute;a lograrse de manera imperfecta. Era ilusorio incluso con mayor&iacute;as absolutas. Usaba ese recordatorio con el prop&oacute;sito de elevar la conversaci&oacute;n pol&iacute;tica al nivel deliberativo parlamentario de la confrontaci&oacute;n entre argumentos. Pero su idea de gobernar ten&iacute;a una impronta argumentativa tan fuerte, que reduc&iacute;a sus opciones de negociaci&oacute;n. La inteligencia pol&iacute;tica obliga no s&oacute;lo a deliberar sobre las mejores propuestas, sino tambi&eacute;n a negociar las que en cada momento pueden realizarse.
    </p><h3 class="article-text">Los tiempos de la argumentaci&oacute;n</h3><p class="article-text">
        Se argumenta en pol&iacute;tica de un modo distinto al derecho. Las pr&aacute;cticas argumentativas en un juicio comparten elementos con la actividad parlamentaria. Ambas siguen procedimientos reglados que ordenan el uso de un tiempo limitado y el tipo de acci&oacute;n que generan resulta de un debate p&uacute;blico entre dos partes. Pero su ret&oacute;rica, el modo en que cada una procede, no s&oacute;lo las diferencia de la ret&oacute;rica de una negociaci&oacute;n, en la que argumentos e intereses se contrapesan entre s&iacute;, sino que las sit&uacute;a en direcciones temporales opuestas.
    </p><p class="article-text">
        Mientras la ret&oacute;rica legal, que vemos en el curso de cualquier juicio, orienta la reconstrucci&oacute;n veros&iacute;mil de acciones del pasado que cada una de las partes enfrentadas presenta como versi&oacute;n alternativa, la ret&oacute;rica jur&iacute;dica, como muestra con brillantez&nbsp;<a href="https://books.google.es/books?id=7ibUDwAAQBAJ&amp;dq=Google+Books+%2B+%22Proceso+y+narraci%C3%B3n%22&amp;source=gbs_navlinks_s" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Jos&eacute; Calvo</a>, se despliega como aplicaci&oacute;n razonada de la ley a cada conflicto concreto. De esa forma, redactar una sentencia supone describir un orden narrativo cuya validez se asienta sobre su&nbsp;<span class="highlight" style="--color:rgba(0, 0, 0, 0);"><em>razonabilidad</em></span>&nbsp;m&aacute;s que sobre su racionalidad. En ambos tipos de ret&oacute;rica la atenci&oacute;n se dirige al pasado.
    </p><p class="article-text">
        Las argumentaciones pol&iacute;ticas, en cambio, no tienen capacidad forense ni hist&oacute;rica, pero tampoco period&iacute;stica. Lo son porque anticipan el futuro. El tiempo que ya ha pasado es el tiempo de la justicia y de la historia. Del presente queda constancia por los medios de comunicaci&oacute;n. Los usos pol&iacute;ticos del tiempo son juegos de apariencias.
    </p><p class="article-text">
        Pueden falsear el pasado, como la&nbsp;<a href="https://theconversation.com/why-aung-san-suu-kyi-is-in-the-hague-defending-myanmar-against-allegations-of-genocide-125102" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">negaci&oacute;n</a>&nbsp;desde 2012 por Aung San Suu Kyi de la responsabilidad del gobierno de Myanmar en la persecuci&oacute;n a la minor&iacute;a Rohingy&aacute;. Pueden defender el statu quo bajo la apariencia de buscar la justicia o investigar la historia. Sus consecuencias explican la democratizaci&oacute;n interrumpida de Egipto desde 2011, o la involuci&oacute;n pol&iacute;tica de Nicaragua tras las presidenciales de 2006, cuando el vencedor, Daniel Ortega, hab&iacute;a prometido una nueva revoluci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Los usos pol&iacute;ticos del presente no son menos elusivos. Pueden llegar a desfigurarlo si se actualiza el pasado para desviar la conciencia del presente, o si se institucionaliza el presente como repetici&oacute;n continua de lo ya ocurrido.
    </p><p class="article-text">
        Lo primero condena a cualquier democracia a la par&aacute;lisis, pues el pasado se convierte en una trampa que impide proyectar el futuro. Israel se&ntilde;ala algunas de sus lecciones.
    </p><p class="article-text">
        Lo segundo, al despolitizar el presente, acerca a las democracias al tiempo lineal y mon&oacute;tono de las dictaduras. En Venezuela s&oacute;lo existe oficialmente el tiempo circular de la revoluci&oacute;n bolivariana. En Hungr&iacute;a hace a&ntilde;os que la transici&oacute;n a la democracia, con la promesa que tra&iacute;a, ha desaparecido del discurso oficial.
    </p><h3 class="article-text">La necesidad de futuro</h3><p class="article-text">
        La an&eacute;cdota del principio todav&iacute;a continuaba. Uno de los asistentes al mitin pregunt&oacute;: &ldquo;Camarada Khrushchev, &iquest;qu&eacute; es el horizonte?&rdquo;, a lo que Nikita Sergeyevich respondi&oacute;: &ldquo;Eso, b&uacute;scalo en el diccionario&rdquo;. Deseoso de saberlo, de vuelta a casa encontr&oacute; esta definici&oacute;n: &ldquo;Horizonte: l&iacute;nea brillante que separa el cielo de la tierra, y que cuando uno se acerca a ella, se aleja&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Puede que Khrushchev no supiera explicarlo con esa precisi&oacute;n l&eacute;xica, pero usaba la met&aacute;fora del horizonte con pleno conocimiento de lo que intentaba hacer: dar un significado radicalmente nuevo a su ideal pol&iacute;tico. Cambiar el terror por la esperanza tuvo un efecto terap&eacute;utico, pero qued&oacute; en eso. Varias d&eacute;cadas despu&eacute;s se descubri&oacute; que detr&aacute;s de aquel horizonte de expectativa, el espacio de experiencia obligaba a empezar de cero.
    </p><p class="article-text">
        Aunque nunca podamos alcanzar el horizonte, lo proyectamos como una expectativa razonable; incluso podemos, contra toda evidencia, aferrarnos a &eacute;l como un sue&ntilde;o imposible, tan grande es nuestra necesidad, acentuada en&nbsp;<a href="https://editorial.tirant.com/es/libro/las-campanas-electorales-y-sus-efectos-en-la-decision-del-voto-3-volumenes-ismael-crespo-martinez-E000000000500" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">momentos electorales</a>, de proyectar el futuro, de saber que hay un horizonte.
    </p><p class="article-text">
        Pero la esperanza es un bien escaso en pol&iacute;tica. Con ella se construyen los proyectos, que no son sino formas de aprovisionar tiempo para el futuro. Defraudarla por jugar con promesas incumplibles, que no es obligatorio creer, suele llevar tarde o temprano a cambios pol&iacute;ticos. De los desencantos aprendemos, si bien posponer muchas veces el vencimiento de una promesa conduce a la apat&iacute;a o a la rabia.
    </p><p class="article-text">
        Por eso la esperanza, para que no se convierta en moneda de cambio entre embaucadores que se apuestan el futuro de la gente, necesita templarse con una moderada dosis de distancia esc&eacute;ptica ante las promesas pol&iacute;ticas.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        <em><strong>Este art&iacute;culo fue publicado originalmente en&nbsp;</strong></em><a href="https://theconversation.com/es" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>The Conversation</em></a><em><strong>. Puedes leer el original&nbsp;</strong></em><a href="https://theconversation.com/no-hay-nada-como-el-futuro-para-hacer-politica-142498" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">aqu&iacute;.</a>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José María Rosales]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 30 Aug 2020 18:45:58 +0000]]></pubDate>
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