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    <title><![CDATA[elDiario.es - Tamara Tenenbaum]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/tamara-tenenbaum/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Tamara Tenenbaum]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Una chica “de ahora”]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/chica-ahora_129_13071020.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/36219966-ec0c-4211-9982-1393e92a0aad_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una chica “de ahora”"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En "Hamnet", la directora Chloé Zhao recrea la vida familiar de William Shakespeare desde una mirada íntima y sensible, centrada en la figura de Agnes. A través de este personaje, la película presenta a una joven que desafía las expectativas de su época y muestra una forma de pensar sorprendentemente cercana a la sensibilidad contemporánea.</p><p class="subtitle">Premios Oscar 2026: lista completa de ganadores
</p></div><p class="article-text">
        Vi <em>Hamnet </em>en su avant premier en Argentina: desde ese d&iacute;a hasta el d&iacute;a en que saldr&aacute; esta columna, cuando se decidir&aacute; su suerte en los Oscar, siento que la pel&iacute;cula pas&oacute; por much&iacute;simas conversaciones. El privilegio de verla antes de leer casi cualquier cosa fue clave: pude disfrutarla antes de escuchar que <strong>Chlo&eacute; Zhao</strong> no sabe filmar o, peor todav&iacute;a, que la pel&iacute;cula es &ldquo;porno del duelo&rdquo;, lo que sea que eso signifique.
    </p><p class="article-text">
        <em>Hamnet</em> es una especie de caja china de derivaciones: fue primero una novela de la brit&aacute;nica <strong>Maggie O&rsquo;Farrell</strong>, pero que es a su vez una suerte de ficcionalizaci&oacute;n de la vida de <strong>William Shakespeare</strong> en la que &eacute;l es un personaje completamente lateral y la protagonista es su esposa, particularmente el modo en que ella lidia con la muerte de su hijo Hamnet (que, en esta lectura, ser&iacute;a la inspiraci&oacute;n para la obra maestra <em>Hamlet</em>). Esta novela, que es entonces una especie de adaptaci&oacute;n de la historia de la literatura, es luego adaptada al cine por la cineasta china Chlo&eacute; Zhao. Zhao debut&oacute; en el cine como documentalista, de modo que no es extra&ntilde;a al trabajo con la realidad; y sin embargo, en la pel&iacute;cula se sumerge en la fantas&iacute;a con una libertad refrescante y casi inocente.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Habiendo le&iacute;do el libro, me pareci&oacute; que la pel&iacute;cula no hac&iacute;a tanto &eacute;nfasis en lo que para m&iacute; era lo m&aacute;s notable de la novela original de O&rsquo;Farrell: Agnes, la protagonista (una versi&oacute;n ficcional de la esposa de Shakespeare), es una mujer del siglo XXI atrapada en el siglo XVI. El duelo, y sobre todo el duelo de un hijo, son experiencias intraducibles de una &eacute;poca a la otra. O&rsquo;Farrell intenta todo el tiempo, a lo largo de su texto, mostrarnos la cercan&iacute;a que exist&iacute;a en la &eacute;poca isabelina con la muerte, y quiz&aacute;s sobre todo entre la muerte y los ni&ntilde;os. 
    </p><p class="article-text">
        Los hijos de Agnes y Shakespeare viven sumergidos en la violencia de la naturaleza: sin tutores ni miedos, sin medicina moderna, en una forma de vida cuasi aut&oacute;noma, sucia y salvaje que no se parece en casi nada a lo que hoy entendemos por infancia. La muerte de los hijos, entonces, era ciertamente triste, pero ser&iacute;a raro decir que era tr&aacute;gica: definitivamente no era considerada, como lo es hoy, como &ldquo;lo peor que puede pasarle a una persona&rdquo;. Era m&aacute;s bien, quiz&aacute;s, an&aacute;loga a lo que hoy ser&iacute;a la muerte de un padre, o de una pareja; una de las durezas de la vida, pero de esas que le tocan m&aacute;s o menos a todo el mundo y que se espera que una pueda sobrevivir. Agnes, en cambio, lo trata como lo tratar&iacute;amos nosotros: a ojos de todo su entorno, entonces, enloquece.
    </p><p class="article-text">
        En la novela, este contraste entre lo que se espera de una madre (que siga adelante con su vida) y lo que Agnes de hecho hace es uno de los temas centrales. En la pel&iacute;cula, en cambio, esta diferencia entre Agnes y su entorno est&aacute; mucho menos clara; de alguna manera, la pel&iacute;cula aprovecha el hecho de que su protagonista tenga la sensibilidad de una chica &ldquo;de ahora&rdquo; para sencillamente contarnos la historia como si sucediera &ldquo;ahora&rdquo;. Entonces Agnes no solo es una madre del siglo XXI; es tambi&eacute;n una esposa del siglo XXI. El modo en que Agnes se molesta con la insensibilidad de su esposo, con el hecho de que &eacute;l s&iacute; siga adelante con su vida y su carrera luego de la muerte del peque&ntilde;o Hamnet, es claramente extempor&aacute;neo.
    </p><p class="article-text">
        Pocas cosas me producen tanta curiosidad como las emociones de hace siglos: c&oacute;mo era ser mujer, hombre, padre, madre, amigo, amiga, hijo o hija antes de que las familias fueran eso que&nbsp;son hoy. C&oacute;mo era enamorarse; c&oacute;mo era criar; c&oacute;mo era separarse; c&oacute;mo era duelar.<em> Hamnet</em> es una pel&iacute;cula preciosa y sensible; me result&oacute; admirable, sobre todo, el modo en que Zhao narra la naturaleza, y la importancia de los tiempos y los colores de lo silvestre para el personaje de Agnes. Es virtuoso, tambi&eacute;n, el trabajo de Jessie Buckley construyendo una protagonista al mismo tiempo opaca y transparente. Pero si la pel&iacute;cula tiene algo imperdonable es su falta de curiosidad por la sensibilidad de la &eacute;poca que retrata: Zhao abraza esas contradicciones que est&aacute;n en el texto de O&rsquo;Farrell, pero un poco para suavizarlas y pararse firmemente de un lado, el lado de nuestra manera de entender los sentimientos. Se pierde, entonces, de preguntarse por lo situado de nuestra manera de sentir, lo contextual y lo temporal del modo en que entendemos cosas supuestamente tan eternas como la vida y la muerte, el duelo y el amor. 
    </p><p class="article-text">
        Pienso que hay un solo v&iacute;nculo en la pel&iacute;cula que escapa a este problema: la relaci&oacute;n entre Agnes y su suegra, la madre de Shakespeare, encarnada por Emily Watson. Creo que tanto en lo que ponen las actrices como en el texto, o sobre todo en la falta de &eacute;l, ah&iacute; se construye una camarader&iacute;a femenina antigua en el mejor de los sentidos, una complicidad basada solamente en la suerte compartida, o m&aacute;s bien en la falta de ella, que estaba m&aacute;s a flor de la piel cuando la vida de todas las personas, pero quiz&aacute;s ante todo la de las mujeres, estaba m&aacute;s determinada por la naturaleza. Dos mujeres que en principio se tratan con frialdad y desconfianza se vuelven hermanas no, como lo har&iacute;amos en el siglo XXI, compartiendo experiencias a trav&eacute;s de las palabras, sino comparti&eacute;ndolas porque la gente viv&iacute;a demasiado cerca, porque no exist&iacute;a la privacidad ni la higiene an&oacute;nima de los hospitales tal como hoy la conocemos. En esos pocos momentos que ellas comparten est&aacute; escondida, en mi humilde opini&oacute;n, la pel&iacute;cula que podr&iacute;a haber sido. 
    </p><p class="article-text">
        <em>TT/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/chica-ahora_129_13071020.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 16 Mar 2026 10:31:12 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Premios Oscar,Películas,Actores]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La cultura del cinismo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/cultura-cinismo_129_12553822.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0b3f0a86-9572-40d3-9b04-55ab4cf76efa_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La cultura del cinismo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hablar mucho de política es casi una compulsión cultural, no siempre para entender más, sino para ocupar un lugar en la conversación o ubicarse en algún bando.</p></div><p class="article-text">
        Ya lo he dicho muchas veces, es dif&iacute;cil escribir todas las semanas en este pa&iacute;s una columna que no habla de coyuntura pol&iacute;tica. No es que pasen aqu&iacute; &ldquo;m&aacute;s cosas&rdquo; de las que pasan en otros pa&iacute;ses, por lo menos si hablamos de nuestra regi&oacute;n: nuestra vida pol&iacute;tica no es m&aacute;s inestable, movida o accidentada que las de Per&uacute;, Chile, Bolivia o Brasil. Pero supongo que s&iacute; hay una diferencia dif&iacute;cil de describir en el &aacute;mbito discursivo, un goce en desmenuzar el d&iacute;a a d&iacute;a de la cosa p&uacute;blica, un rasgo cultural que nos convoca a sentir una responsabilidad, incluso, de hablar mucho de pol&iacute;tica. Eso debe tener sus externalidades positivas, pero no hay que exagerarlas. Siempre recuerdo (y perd&oacute;n si lo cito demasiado seguido) lo que dice Foucault en el primer tomo de <em>Historia de la sexualidad</em>: no es verdad que siempre hablar m&aacute;s sobre sexo es &ldquo;liberador&rdquo; respecto del sexo. No funciona as&iacute; el discurso. Hay un punto en el que hablar sobre sexo o sobre pol&iacute;tica se trata m&aacute;s de instalar una forma correcta de hablar sobre algo que de efectivamente enterarse de algo; las palabras exhiben, pero tambi&eacute;n organizan. Al tiempo que exhiben, entonces, tambi&eacute;n ocultan. Separan la luz de la oscuridad y las aguas del cielo de las de la Tierra, como el Dios del<em> G&eacute;nesis</em> el d&iacute;a que invent&oacute; el mundo y el lenguaje. 
    </p><p class="article-text">
        Todo esto para decir que escribir sobre un libro, un chisme, una pel&iacute;cula o cualquier imagen azarosa que a una se le haya cruzado en el camino en lugar de dedicarse a reiterar el minuto a minuto de la corrupci&oacute;n y el desempleo a veces se lee como un escapismo, o como si una viviera en Marte; no creo que sea hacer patria, no creo que tenga nada necesariamente edificante pensar y escribir sobre nada, pero hay algo que tampoco se siente constructivo o comprometido de sumarse al runr&uacute;n constante sobre el devenir de nuestro chiquitaje pol&iacute;tico solo para demostrar que una tambi&eacute;n mira, que una tambi&eacute;n presta atenci&oacute;n, o que una est&aacute; del lado correcto, sobre todo si no se tiene, como es mi caso, nada que agregar. Hace poco una alumna en un taller me pregunt&oacute; si exist&iacute;a alguna diferencia entre un ensayo y una columna de opini&oacute;n, y yo le dije que no se me ocurr&iacute;a, pero ahora s&iacute; se me ocurre. En un ensayo una intenta, con mayor o menor &eacute;xito, darle lugar a un pensamiento, una imagen o una idea; opinar, en cambio, es suscribir a una posici&oacute;n u otra de otras que ya se suponen disponibles, fijadas. No sumarle al mundo, en otras palabras, ninguna novedad: solamente ubicarse. Supongo que es importante si uno es un funcionario en campa&ntilde;a o un ministro de relaciones exteriores; para el resto de nosotros, es vagancia y narcisismo.
    </p><p class="article-text">
        Hace un par de semanas vi en Mubi <em>Magic Farm</em>, una pel&iacute;cula biling&uuml;e y extra&ntilde;a escrita y dirigida por la joven argentina (criada en Espa&ntilde;a) <strong>Amalia Ulman</strong>. Me llam&oacute; la atenci&oacute;n en principio, supongo, por la misma raz&oacute;n que a otros espectadores argentinos: la posibilidad inveros&iacute;mil de ver actuar juntas a la reina del indie neoyorquino <strong>Chlo&euml; Sevigny</strong> y la reina del teatro independiente nacional <strong>Valeria Lois</strong>. Finalmente en la pel&iacute;cula creo que Sevigny y Lois no comparten ninguna escena, pero ambas se lucen a su manera como divas fuera de lugar: Sevigny como la conductora de un programa claramente berreta sobre &ldquo;tendencias alrededor del mundo&rdquo;, autopercibida mezcla de <strong>Susana Gim&eacute;nez</strong> con <strong>Oriana Fallacci</strong>, Lois como una de esas se&ntilde;oras medio jefas de pueblo que parecen estar la mitad del tiempo tratando de resolverle la vida a todo el mundo y la otra mitad deliciosamente desinteresadas en cualquier cosa que no se trate de ellas mismas. Es de hecho Popa, el personaje de Vale Lois, la encargada de revelarle a la crew del programa que no est&aacute;n encontrando al m&uacute;sico que vieron en TikTok porque se equivocaron de pa&iacute;s. A partir de ese descubrimiento, los productores deciden hacer lo que har&iacute;a cualquier profesional razonable en su lugar: inventar una tendencia y filmarla y listo, que est&aacute; ya est&aacute; todo pago y ac&aacute; nadie se iba a ganar un Pulitzer de todos modos.
    </p><p class="article-text">
        Para los cr&iacute;ticos ingleses o norteamericanos, por lo que vi en sus rese&ntilde;as, el gran tema de la pel&iacute;cula es el choque cultural entre los productores hipsters y los lugare&ntilde;os; yo no sent&iacute; eso para nada, m&aacute;s all&aacute; de alg&uacute;n que otro chiste. Es refrescante, de hecho, que no muestren al pueblo enloquecido por recibir unos gringos, como si nunca hubieran visto uno: ni unos ni otros parecen tan sorprendidos por nada, salvo el personaje de Sevigny, que justamente se lee como un poco anticuado. Todos los dem&aacute;s est&aacute;n, simplemente, tratando de hacer su trabajo, y en el medio de pasarla bien: conocer gente, conectar con sus compa&ntilde;eros y tambi&eacute;n con los desconocidos, volver a casa con algo que contar. Pero quiz&aacute;s lo que m&aacute;s interesante me pareci&oacute; fue el hecho de que casi desde el principio, mientras los norteamericanos hacen lo que pueden para inventarse un programa, se hace evidente que hay alg&uacute;n tipo de crisis ambiental en el pueblo. Todos son igual de indiferentes a ella: los lugare&ntilde;os la dan por sentada, mencionando las curiosas enfermedades de la gente, incluso suponiendo sus causas, como una ocurrencia cualquier; los gringos oyen con cara de nada, como si les hablaran del clima. No son unos demonios, no vemos al pueblo pidiendo ayuda y a ellos neg&aacute;ndose a darla: simplemente est&aacute;n todos en sus cosas. No subraya para nada la pel&iacute;cula esa contradicci&oacute;n de la &eacute;poca del contenido, en la que una tendencia falsa es m&aacute;s interesante que una oportunidad de periodismo genuina. 
    </p><p class="article-text">
        Me encanta que no aparezca ning&uacute;n personaje a enunciar el dilema: que nadie venga a preguntar si ellos hacen periodismo o hacen ruido: nada, es un debate viejo, ya se olvidaron, no es culpa de nadie, pero es as&iacute;. Es esto lo que me gust&oacute;, finalmente: los personajes en general son sensibles y atentos. No hace falta que sean c&iacute;nicos para que sean habitantes y part&iacute;cipes de la cultura del cinismo.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/cultura-cinismo_129_12553822.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 24 Aug 2025 20:26:45 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Las cuentas claras]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/cuentas-claras_129_12526619.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/81d6012d-3cd1-441e-a549-2cc9e6497aa3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Las cuentas claras"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Si la ficción del amor quiere ser de esta época, la época de la no ficción, tiene que hablar de clase, redes y capital cultural. Si el amor no dialoga con sus condiciones materiales, suena a fábula dicha en voz baja</p></div><p class="article-text">
        <em>Amores materialistas</em>, la nueva comedia rom&aacute;ntica de <strong>Celine Song</strong> protagonizada por <strong>Dakota Johnson</strong>, <strong>Chris Evans</strong> y <strong>Pedro Pascal</strong>, est&aacute; situada en alg&uacute;n sentido en la misma Nueva York de <em>Sex and the City</em>, ese mismo mundo de brillo y belleza en el que cada soltero codiciado quiere intentar entender exactamente <em>cu&aacute;n</em> codiciado es (la pel&iacute;cula repite varias veces en sus di&aacute;logos el leitmotiv de la relaci&oacute;n entre el amor y el valor: ser amado es ser valorado, sentirse valioso es sentirse amado, saber tu valor es saber qu&eacute; esperar en el amor), pero es una pel&iacute;cula para esta &eacute;poca, la &eacute;poca de la no ficci&oacute;n. Los editores que trabajaban ya en los 80 no pueden creer hoy que la no ficci&oacute;n le haga tanta competencia a la ficci&oacute;n en la literatura para adultos; la gente, m&aacute;s que comentar telenovelas, comenta informaci&oacute;n (sobre alimentaci&oacute;n, sobre bacterias, sobre accidentes a&eacute;reos, sobre lo que sea); hasta los ni&ntilde;os, que hist&oacute;ricamente solo consum&iacute;an relatos ficcionales, hoy quieren ver videos de influencers o de otros ni&ntilde;os abriendo regalos. Creo que es fundamentalmente esta diferencia la que hace que eso que est&aacute; impl&iacute;cito en<em> Sex and the City</em> est&eacute; dicho ya en el t&iacute;tulo de <em>Amores materialistas</em>. La forma contempor&aacute;nea de hablar del amor es, justamente, la de hablar de sus condiciones materiales m&aacute;s que de las fantas&iacute;as en torno de ellos; toda ficci&oacute;n sobre el amor que se pretenda actual debe tener alguna reflexi&oacute;n sobre estas condiciones. No s&eacute; si estoy a favor, de hecho, quiz&aacute;s estoy en contra, pero es lo que es; estoy describiendo, m&aacute;s que haciendo un juicio de valor.
    </p><p class="article-text">
        De las dificultades para el encuentro de las que se habla hoy en d&iacute;a suelo subestimar la cuesti&oacute;n del dinero, que es el tema central de <em>Amores materialistas</em>. Supongo que es un sesgo de contexto: a mi alrededor (no s&eacute; si algo argentino, algo latinoamericano, algo porte&ntilde;o; algo de sociedad segregada, evidentemente) la gente con plata suele salir con otra gente con plata, y la gente menos pudiente tiende a salir con gente de ese mismo nivel de ingreso. De modo que el dinero, si bien es un tema enorme (en la Argentina siempre lo es), no funciona como problema como parece funcionar en<em> Amores materialistas</em>; no veo a ninguna de mis amigas demasiado esperanzadas de ascender socialmente a trav&eacute;s del matrimonio, aunque evidentemente esta esperanza es bastante real en Nueva York. Pero incluso si no lo fuera, creo que <em>Amores materialistas</em> tiene un punto que va m&aacute;s all&aacute; de esa posibilidad de salvarse cas&aacute;ndose con un rico. Lo m&aacute;s notable del personaje de Lucy (Dakota Johnson), la casamentera transida entre el millonario Harry (Pedro Pascal) y el mozo-actor John, es lo profundamente fr&iacute;a que es: pensar a las parejas en t&eacute;rminos de listas de compatibilidades econ&oacute;micas, sociales y culturales le ha arruinado la vida, la mente y el coraz&oacute;n. Es tan fr&iacute;a que es casi imposible empatizar e identificarse con ella como solemos hacer con las hero&iacute;nas de las comedias rom&aacute;nticas, pero en el fondo es esa frialdad lo que quiere contar la pel&iacute;cula. 
    </p><p class="article-text">
        No es posible, nos dice Celine Song, pasarse la vida calculando el valor de las personas y luego parpadear y darse al amor sin hacer cuentas. Estamos equivocados si pensamos que podemos compartimentar el alma de esa manera y tenerlo todo, la matem&aacute;tica y el calor. Creo que es eso lo que m&aacute;s me sedujo de la pel&iacute;cula: en las novelas de <strong>Jane Austen</strong> la hero&iacute;na logra siempre enamorarse del rico y de alguna manera hacer una s&iacute;ntesis de las dos partes de la vida, lo que quer&eacute;s y lo que te conviene. Doscientos a&ntilde;os despu&eacute;s, Song sabe que es muy dif&iacute;cil, no porque el mundo no te pueda dar esos lujos: es porque es la propia subjetividad la que no sale indemne de esa inundaci&oacute;n permanente de c&aacute;lculos de costo-beneficio. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/cuentas-claras_129_12526619.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 10 Aug 2025 19:37:43 +0000]]></pubDate>
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      <title><![CDATA[Hacerse señora]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/hacerse-senora_129_12443123.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a53d9dde-1639-404c-a519-e6ef821f1d6f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Hacerse señora"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La relación entre mujeres, hombres y dinero uno de los grandes tópicos de la época, atraviesa "Viudas negras", la nueva serie de Malena Pichot. Las aventuras de Mica y Maru, quienes en su tierna juventud se dedicaron a seducir y dopar tipos para desvalijarlos y ahora se ven obligadas a reincidir en una última misión para saldar una vieja deuda</p></div><p class="article-text">
        He escrito alguna vez ya aqu&iacute; que una de las partes m&aacute;s dif&iacute;ciles de la cr&iacute;tica cultural es la de resumir una trama en un p&aacute;rrafo, de manera tal que el lector que no vio la pel&iacute;cula o no ley&oacute; el libro pueda interesarse por el texto, pero sin dar tanta informaci&oacute;n como para que crea que ya ni le hace falta ver la pel&iacute;cula o leer el libro. Hay obras excelentes con sinopsis aburridas <em>(Mad Men</em>: una serie sobre publicistas conflictuados) y premisas archi prometedoras que se quedan en sus promesas (los ejemplos son infinitos). Pero en algunos casos contados, una se encuentra con obras f&aacute;ciles de contar de manera seductora que as&iacute; y todo superan, en la ejecuci&oacute;n, a la promesa de su premisa: obras que saben que ni la venta m&aacute;s vendedora de todas es suficiente para sustentar la belleza, que las cosas buenas tienen que tener siempre algo que no se puede terminar de contar. <em>Viudas negras </em>es uno de esos casos. 
    </p><p class="article-text">
        La nueva serie de Malena Pichot (protagonista, creadora y showrunner) sigue las aventuras de Mica y Maru, dos mujeres entre los treinta y largos y los cuarenta y pocos que en su tierna juventud se dedicaron al oficio de la viuda negra: seduc&iacute;an y dopaban tipos para desvalijarlos. La serie arranca con un flashback a esa &eacute;poca pero el presente las encuentra en lugares muy diferentes, ambas encaminadas en distintos sentidos: Mica (Pichot) se puso un sal&oacute;n de belleza y cr&iacute;a a sus hijos rodeada de las clientas del barrio, mientras que Maru (Pilar Gamboa) se cas&oacute; con un comerciante exitoso (Alan Sabbagh) y se fue a vivir a un country en el que nadie sabe nada de su vida anterior, con la que ha cortado todo lazo. Hace a&ntilde;os que no se hablan, pero el destino las lleva a reencontrarse y a volver a las andadas: el destino o algo mucho mejor, la gran Mar&iacute;a Fernanda Callej&oacute;n en la piel de Paola, una delincuente profesional que acaba de salir de la c&aacute;rcel y podr&iacute;a mandarlas a ellas dos de relevo. Paola pide, a modo de retribuci&oacute;n por no haber cantado sus nombres, una &uacute;ltima misi&oacute;n: que le duerman a un muchachito joven rico y estanciero y se lo entreguen en bandeja, sin preguntas ni dilaciones. Maru y Mica, amenazadas, no tienen otra opci&oacute;n que reunirse para esta &uacute;ltima misi&oacute;n; reunirse no solamente entre ellas, sino tambi&eacute;n con una amistad suspendida y con versiones de s&iacute; mismas que ya no reconocen.
    </p><p class="article-text">
        Suena rid&iacute;culo hablar con tanta seriedad de una comedia absurda, pero no tengo m&aacute;s remedio que hacerlo (y lo har&eacute;) porque la magia de <em>Viudas negras</em>, para m&iacute;, es el modo en que con su registro delirante puentea todos los debates al tiempo que no se queda afuera de ninguno. Ese fue siempre el gran talento de Malena Pichot que rara vez entienden sus cr&iacute;ticos: como persona p&uacute;blica ella jam&aacute;s tiene miedo de opinar, pero su arte siempre entra a los mismos temas que ella ataca de frente por una diagonal inesperada. Leo esta relaci&oacute;n retorcida y siempre original entre la obra de Pichot la actualidad en todos sus proyectos: en la loca de mierda como trabajo sobre el arquetipo de la ex novia resentida (diez a&ntilde;os antes de <em>Crazy Ex Girlfriend</em>), en <em>Cualca </em>como pregunta sobre la correcci&oacute;n pol&iacute;tica, en <em>Por ahora</em> como parodia odiosa y amorosa de los hippies con OSDE de Chacagiales y en varios otros m&aacute;s (mi favorito, lejos, <em>Leonor</em>) que en este momento no tengo ganas de reducir irrespetuosamente a un par de palabras clave. 
    </p><p class="article-text">
        Si la relaci&oacute;n entre mujeres, hombres y dinero es uno de los grandes t&oacute;picos de la &eacute;poca es evidente que <em>Viudas negras</em> viene a hablar de eso: del miedo de los tipos a <em>que los vivan</em>, de la sexualizaci&oacute;n como la &uacute;nica v&iacute;a de ascenso social abierta a las mujeres, de lo parecido que es en el fondo coger por plata y casarse por plata, aunque lo primero sea de marginal y lo segundo de mujer respetable (ya lo dijo esa provocadora que siempre habla en joda y en serio, Virginie Despentes: &iquest;qu&eacute; es una esposa sino una prostituta de un solo cliente?). La comedia teatral de<em> Viudas negras</em>, manejada de manera vertiginosa pero precisa por todo el elenco, pero tambi&eacute;n por los directores Nano Garay y Coca Novick, permite hacer las preguntas sin terminar de tomar partido, en el mejor de los sentidos: no en el de la indiferencia sino en el de la genuina curiosidad. Por supuesto que hay una cr&iacute;tica social en el retrato que hace Pichot de las nuevas amigas de Maru en el country (el tr&iacute;o desopilante de Marina Bellati, M&oacute;nica Anton&oacute;pulos y Paula Grinszpan), pero esa cr&iacute;tica no se hace desde un afuera de superioridad moral, porque esa superioridad est&aacute; completamente ausente de la serien. Ni Mica ni Maru son personajes particularmente m&aacute;s elevados o menos tilingos que esas chetas falsas, o falsas chetas: gran hallazgo de la parodia de Pichot, mostrar c&oacute;mo la clase alta argentina ha dado por tierra con cualquier diferencia entre old money y new money mientras uno tenga money. 
    </p><p class="article-text">
        Pero quiz&aacute;s lo m&aacute;s entra&ntilde;able y profundo de la serie sea el tratamiento protag&oacute;nico y descarnado de la amistad femenina: la amistad entre dos mujeres adultas que eligen vidas y distintas, y que en parte dejan de verse justamente porque no quieren que nadie les recuerde quienes fueron. No hace falta haber sido viuda negra para identificarse, como mujer, con ese resentimiento gratuito que una siente por las amigas que te conocen demasiado bien; esa oscuridad vergonzosa tiene mucho m&aacute;s que ver con los reveses reales de la amistad femenina que cualquier relato m&aacute;s supuestamente realista de competencia y banalidad. Viudas negras es, sobre todo, una serie desopilante, pero toca una fibra de &eacute;poca muy original, la de la pregunta por ser una mujer que vive mil vidas y, de un d&iacute;a para el otro, sin saber c&oacute;mo ni cu&aacute;ndo, se encuentra convertida en <em>se&ntilde;ora</em>, y pregunt&aacute;ndose si hay un camino de regreso a esa atorranta que una supo ser en sus supuestos mejores a&ntilde;os, con sus supuestas mejores amigas.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/hacerse-senora_129_12443123.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 06 Jul 2025 19:23:14 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Hacerse señora]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Generación de cristal]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/generacion-cristal_129_12386906.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7bb408af-e532-4ea0-978c-01ef46792bc0_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Generación de cristal"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">¿Estamos más quemados que antes, o solo nos sentimos más quemados que antes? ¿Cambió el mundo, o nuestra percepción? ¿O las dos cosas, o ninguna?</p></div><p class="article-text">
        &Uacute;ltimamente estoy bastante obsesionada con la pregunta de la relaci&oacute;n con lo p&uacute;blico antes de internet, o quiz&aacute;s m&aacute;s atr&aacute;s todav&iacute;a, antes de los medios masivos. &ldquo;Lo p&uacute;blico&rdquo; es una expresi&oacute;n intencionalmente vaga: puede referir a la participaci&oacute;n en la discusi&oacute;n p&uacute;blica, o a la militancia pol&iacute;tica m&aacute;s expl&iacute;cita, o a la vida comunitaria en t&eacute;rminos m&aacute;s generales, y en todos esos sentidos la estoy usando. 
    </p><p class="article-text">
        En el fondo esto que me pregunto es parte de un interrogante m&aacute;s grande: si estamos m&aacute;s quemados que antes, o solo nos sentimos m&aacute;s quemados que antes, si cambi&oacute; el mundo, o nuestra percepci&oacute;n, o las dos cosas, o ninguna; si de verdad el mundo de nuestros abuelos era tan distinto en relaci&oacute;n con el agotamiento que experimentamos hoy, o si solamente estamos m&aacute;s atentos.
    </p><p class="article-text">
        Cierto sentido com&uacute;n nost&aacute;lgico dir&iacute;a que <em>antes</em> (de las redes sociales, o de la televisi&oacute;n, o de la globalizaci&oacute;n) est&aacute;bamos menos informados pero m&aacute;s involucrados con la vida p&uacute;blica. La gente compart&iacute;a m&aacute;s &aacute;mbitos con otra gente, hac&iacute;a m&aacute;s cosas mezclada en el barrio y en el barro (ir a la escuela, al mercado, a la plaza, a trabajar), incluso quiz&aacute;s participaba m&aacute;s en clubes de comunidades, en iglesias o templos, en consorcios u otra clase de asociaciones; pero no se enteraba en tiempo real de una guerra del otro lado del mundo, y quiz&aacute;s tampoco segu&iacute;a minuto a minuto el deterioro de su democracia o las de los pa&iacute;ses vecinos.
    </p><p class="article-text">
        Los historiadores tienen herramientas para pensar este tipo de cuestiones, pero cualquiera con un poco de &eacute;tica te dice que son preguntas demasiado subjetivas, demasiado cargadas, y que reconstruir la experiencia interna de un sujeto a ese nivel solo se puede hacer con muchos par&eacute;ntesis. Me encantar&iacute;a, de todos modos, leer un libro que lo intentara; mientras tanto, me conformo con las aproximaciones que he le&iacute;do en relaci&oacute;n con per&iacute;odos espec&iacute;ficos (<em>Los a&ntilde;os setenta de la gente com&uacute;n</em> de Sebasti&aacute;n Carassai es un buen ejemplo), lo que puedo deducir de la ficci&oacute;n y de los diarios &iacute;ntimos y correspondencias de otros tiempos, y algunas intuiciones provisorias.
    </p><p class="article-text">
        Pienso en las conversaciones sobre pol&iacute;tica en novelas del siglo XIX o el XX, rusas o brit&aacute;nicas, o francesas, o norteamericanas, o argentinas. Releo, entonces, diarios y cartas de grandes personajes: de Sigmund Freud, de Virginia Woolf, de Franz Kafka, el <em>Borges </em>de Adolfo Bioy Casares. Sesgos evidentes: las personas que pasaron a la historia, que se convirtieron en los grandes autores de su tiempo, claramente ten&iacute;an una relaci&oacute;n con lo p&uacute;blico m&aacute;s cercana que la de las personas normales. 
    </p><p class="article-text">
        Hay sesgos de clase y de g&eacute;nero, tambi&eacute;n: cuando pienso en mi abuela, las abuelas de mayor&iacute;a de mis amigas, incluso las madres de muchas de nosotras, muchas pasaron los a&ntilde;os m&aacute;s agitados del siglo XX sin prestar demasiada atenci&oacute;n a casi nada. Las excepciones suelen ser las mujeres m&aacute;s ricas, que ten&iacute;an m&aacute;s empleadas y ni&ntilde;eras, y vidas m&aacute;s marcadas por la participaci&oacute;n en la <em>high society,</em> que les permitieron enterarse, al menos, de algunas cosas. 
    </p><p class="article-text">
        Otras excepciones: las madres y abuelas artistas o militantes, bohemias, que se mezclaron con el mundo a velocidades que no se usaban en sus tiempos. Leyendo diarios de toda esta clase de gente (en los de Freud, por ejemplo, est&aacute; muy claro; Virginia Woolf lo explicita tambi&eacute;n) se hace evidente que ellos estaban, muchas veces, tan sobrecargados de informaci&oacute;n como nosotros. Ellos ya sent&iacute;an, aun si no en el mismo grado, esa misma mezcla de angustia e impotencia que nos da cuando nos enteramos de todo lo que est&aacute; mal y sobre lo que no podemos hacer nada. La sensaci&oacute;n es que lo que vivimos hoy es, de alguna manera, una democratizaci&oacute;n de esa ansiedad que antes solo viv&iacute;an los intelectuales o los pol&iacute;ticos. Personas comunes recibimos a diario la informaci&oacute;n que en otra &eacute;poca solo recib&iacute;a un canciller, o alguien cuya posici&oacute;n social le permitir&iacute;a cenar con dicho canciller m&aacute;s o menos cualquier d&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Me pregunto esto porque esta semana pas&oacute; de todo (escal&oacute; la guerra en Medio Oriente, condenaron a una expresidenta) y mi percepci&oacute;n fue que somos muchos los que estamos tan agotados por todo lo que hace falta para pagar la tarjeta y organizar la vida cotidiana que es imposible conectar con algo que vaya m&aacute;s all&aacute; de lo urgente y (sobre todo) lo personal, lo individual, la quintita de cada uno, lo m&iacute;o y lo de mi gente. 
    </p><p class="article-text">
        Me niego a creer que las vidas antes fueran m&aacute;s sencillas: tenemos lavarropas, resolvemos con dos clics tr&aacute;mites para los que antes hab&iacute;a que tomarse d&iacute;as enteros, y as&iacute; con todo; y sin embargo no se siente como que tengamos m&aacute;s tiempo. No se siente que esas comodidades de la vida moderna nos hayan liberado alg&uacute;n tipo de espacio mental, para nada. No hay plaza griega a la que podamos ir a participar en ese rato que ya no pasamos almidonando camisas. &iquest;Es porque lo pasamos peleando con la web de AFIP? &iquest;O <em>scrolleando </em>fotos de casamientos de amigos de primos en Instagram? &iquest;O es que tenemos el tiempo, y lo que no tenemos es el inter&eacute;s? &iquest;Se nos quemaron las terminaciones nerviosas que nos sensibilizaban a sucesos que se ubicaban un poco m&aacute;s lejos de nuestra vida cotidiana que el precio del litro de leche?
    </p><p class="article-text">
        No s&eacute;, tampoco, si es importante que todos<em> estemos informados</em>. Quiz&aacute;s es una ficci&oacute;n, en efecto, una manera de sentirse comprometido con un resultado que no pod&eacute;s afectar en absoluto. Pero pienso que es demasiado optimista pensar que no har&aacute; ninguna diferencia un mundo cada vez m&aacute;s indiferente. Es una paradoja, quiz&aacute;s: la informaci&oacute;n desensitiza. Cuanto m&aacute;s sabemos todos los d&iacute;as menos nos impresiona, menos nos importa; menos probable es que intentemos hacernos cargo de algo.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/generacion-cristal_129_12386906.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 15 Jun 2025 20:51:06 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Generación de cristal]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Gaza,Franja de Gaza,Palestina,Israel,Conflicto Palestina-Israel]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[De todos nosotros me río]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/rio_129_12329043.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a4adeab7-e877-40fb-9d07-68638a6b3f19_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="De todos nosotros me río"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"La Revista del Cervantes", aunque recupera con nostalgia el tradicional esquema del capocómico y la vedette, recuerda que sacar el discurso político del mundo de las corbatas y la pacatería para llevarlo a lo escabroso era, también, una forma de denunciar la hipocresía</p></div><p class="article-text">
        De las veces que fui a Mar del Plata con alguna feria del libro o festival de cultura (los viajes laborales de los escritores a veces se parecen mucho a un viaje de egresados) recuerdo que siempre alguien propon&iacute;a organizarnos para ir todos juntos a ver teatro de revistas. Siempre nos deten&iacute;a el precio de las entradas de temporada, demasiado exorbitante para algo que &iacute;bamos a hacer un poco en chiste. Alguna vez alguien intent&oacute; conseguir gratis, pero &eacute;ramos muchos y la verdad tampoco ten&iacute;amos tantas ganas. La &uacute;ltima vez que fui a Mar del Plata y pens&eacute; en esto ya no hab&iacute;a en cartel nada que valiera la pena ver ni siquiera por curiosidad antropol&oacute;gica; ya no hay capoc&oacute;micos ni vedettes, y no me produce ni inter&eacute;s ni morbo ir a ver un pastiche protagonizado por alg&uacute;n chimentero y una ex Gran Hermano. Todo esto para decir que la primera revista que vi en mi vida fue <em>La Revista del Cervantes</em>, que se estren&oacute; esta semana, obviamente, en el Teatro Nacional Cervantes. 
    </p><p class="article-text">
        <em>La Revista del Cervantes</em> es un homenaje autoconsciente; en ning&uacute;n caso es una parodia. Con lo de &ldquo;autoconsciente&rdquo;<em> </em>me refiero a que el espect&aacute;culo (que es, ante todo, monumental: no solo en la maestr&iacute;a de sus int&eacute;rpretes y del despliegue esc&eacute;nico y de vestuario, sino tambi&eacute;n en la proeza t&eacute;cnica de su guion, que logra enhebrar n&uacute;meros hist&oacute;ricos de la era de oro de la revista con una trama simple, cl&aacute;sica y simp&aacute;tica, sin tener que meter nada con tenazas) se hace cargo de los elementos del g&eacute;nero que han quedado demasiado fechados. No intenta ser una pieza de museo, o m&aacute;s bien: opera como esas exposiciones que nos muestran obras de arte de otras &eacute;pocas, pero lo hacen para pensarlas en su contexto, sin hacer como que no ven lo que han quedado anticuado, pero tampoco qued&aacute;ndose solo en la denuncia o en la cr&iacute;tica. <em>La Revista del Cervantes</em> es, ante todo, una celebraci&oacute;n, pero eso no significa que celebre todo lo que ten&iacute;a que ver con la revista porte&ntilde;a.
    </p><p class="article-text">
        Me result&oacute; interesante lo que hace con el componente soez, si se quiere, de la revista; la centralidad de la vedette, las bailarinas y coristas; y si se quiere, tambi&eacute;n, esa otra cuesti&oacute;n sexual de la revista que es su binarismo absoluto, el juego de opuestos entre el capoc&oacute;mico y la primera vedette que se r&iacute;e de sus chistes. Otra vez, el eje que elige la obra es el de la celebraci&oacute;n: la celebraci&oacute;n de la belleza del cuerpo, pero con bailarines de todos los g&eacute;neros, y con un foco en el talento de los y las int&eacute;rpretes mucho m&aacute;s que en la exhibici&oacute;n de sus carnes. Lo <em>queer </em>aparece, pero lo que intenta hacer <em>La Revista del Cervantes</em> es, sobre todo, mostrar que ya estaba all&iacute;. Queda en evidencia que incluso ese esquema del capoc&oacute;mico y la vedette es, justamente, en su dicotom&iacute;a salvaje, un esquema queer: hay algo claramente travesti en la femineidad de la vedette, pero tambi&eacute;n en la masculinidad que portan tal como la portan el Tato Bores y el Enrique Pinti de la obra (toda imitaci&oacute;n es, en el fondo, una demostraci&oacute;n del travestismo cotidiano con el que nos trucamos todos los d&iacute;as).
    </p><p class="article-text">
        Me hizo pensar, adem&aacute;s, en esa relaci&oacute;n tan persistente en la Argentina (&iquest;viene del vodevil franc&eacute;s, imagino?) entre el despliegue sexual y el humor pol&iacute;tico; por alguna raz&oacute;n, mucho m&aacute;s all&aacute; de la revista, la televisi&oacute;n insisti&oacute; en esa asociaci&oacute;n. No solemos recordarlo en la nostalgia del humor pol&iacute;tico de otra &eacute;poca, pero evidentemente hay una clave ah&iacute;, como si hubiera algo refrescante en sacar al discurso pol&iacute;tico del mundo de las corbatas y la pacater&iacute;a y llevarlo al de lo escabroso; en el fondo es parte de una denuncia de la hipocres&iacute;a. Por supuesto que es extra&ntilde;o pensar esto ahora, cuando el mundo de la pol&iacute;tica ya no tiene ninguna pretensi&oacute;n de seriedad, ninguna intenci&oacute;n de distinguirse del mundo del espect&aacute;culo, sino m&aacute;s bien todo lo contrario; es una experiencia curiosa, entonces, ver una revista en un mundo en el que ya no nos parece particularmente subversiva la falta de pudor en la pol&iacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        Y lo &uacute;ltimo: me qued&eacute; pensando en algo que hab&iacute;a olvidado de los mon&oacute;logos de Tato Bores y Enrique Pinti (son cosas que vi en repeticiones, digamos, no es tiempo real, y que tengo poco guardadas en la memoria) pero que, una vez que volvi&oacute; a mi mente, record&eacute; que siempre me hab&iacute;a parecido muy idiosincr&aacute;tico, muy caracter&iacute;stico de esa clase de humor pol&iacute;tico masivo, que es esa idea de que &ldquo;estamos todos en la misma&rdquo;, &ldquo;qu&eacute; dif&iacute;cil es ser argentinos, siempre nos cagan de una manera o de otra&rdquo;, &ldquo;si alguna vez nos pusi&eacute;ramos de acuerdo nos ahorrar&iacute;amos bastantes dolores de cabeza&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Supongo que tiene que ver con el 'ethos' de la postdictadura y el consenso alfonsinista en un sentido laxo (suponiendo, digamos, que ese consenso de alguna manera se mantuvo durante el menemismo), la idea de la importancia de construir consensos, de que somos todos buenos, y solo nos confunden las palabras, pero en realidad podr&iacute;amos tirar todos para el mismo lado; es curioso c&oacute;mo en alg&uacute;n momento esta idea estaba mezclada con esa otra que explot&oacute; en 2001, la de que estamos todos en la misma, menos los pol&iacute;ticos, que son los que nos cagan a todos los dem&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Hoy estas dos ideas est&aacute;n muy divorciadas; en la primera no cree casi nadie, la segunda es una de las ideas fuerza del gobierno de turno. No s&eacute; si existe hoy un humor pol&iacute;tico que consuman personas tan diversas como las que pod&iacute;an consumir a Tato Bores; pero me interesa pensar que no era solo ingenuidad lo que sosten&iacute;a la posibilidad de ese humor. Recuerdo ese momento final de <em>Esperando a la carroza</em>, cuando el personaje de Susana dice &ldquo;de todos nosotros me r&iacute;o&rdquo;; no hab&iacute;a en <em>Esperando a la carroza</em> una negaci&oacute;n del conflicto, por ejemplo, del conflicto de clase al interior de la familia protag&oacute;nica. El conflicto estaba, y as&iacute; y todo era pensable igual que en alg&uacute;n sentido pod&iacute;amos estar todos en el mismo barco. 
    </p><p class="article-text">
        No creo que se pueda regresar al mundo que hac&iacute;a posible ese humor. Esa supuesta unidad detr&aacute;s de todas las grietas no parece algo que podamos imaginar, ni de lo que nos podamos re&iacute;r; solo puede recordarse esa fantas&iacute;a con romanticismo, mirando una gran imitaci&oacute;n de Tato Bores.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/rio_129_12329043.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 25 May 2025 20:50:01 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[De todos nosotros me río]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Teatro,Musical,Cultura]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El héroe adulto]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/heroe-adulto_129_12269638.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/af6e860f-b5a7-4813-8a33-dfbc113604f9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Ricardo Darín en &quot;El Eternauta&quot;"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">“El Eternauta”, en la adaptación de Bruno Stagnaro, elige centrarse en un grupo de hombres que no buscan su destino, sino que deben hacerse cargo de sus decisiones. El “héroe colectivo” no es épico: emerge entre la desconfianza, la memoria compartida y los vínculos reales</p></div><p class="article-text">
        Ciencia ficci&oacute;n adulta: esa fue el primer giro que me vino a la mente una vez que par&eacute; a hacerme un caf&eacute; despu&eacute;s de ver al hilo tres cap&iacute;tulos de<em> El Eternauta</em>. No es que la ciencia ficci&oacute;n sea siempre para adolescentes, para nada; pero es innegable que la cuesti&oacute;n del <em>coming of age</em>, la angustia de ver a tu cuerpo cambiar, tener que <em>hacerte hombre</em> y dar con tu lugar en el mundo es una de las ideas centrales a la base de la ciencia ficci&oacute;n de superh&eacute;roes, una de las que m&aacute;s circulan en nuestra &eacute;poca. <em>El Eternauta</em> podr&iacute;a haber querido ser eso (una adaptaci&oacute;n puede querer ser cualquier cosa), y en cambio toma una decisi&oacute;n muy diferente: poner en la l&iacute;nea protag&oacute;nica a un grupo de tipos de edad mediana, que no tienen que encontrar su camino sino hacerse cargo de los caminos que han tomado. Un proyecto que puede ser tan desafiante y aterrador como crecer. 
    </p><p class="article-text">
        En relaci&oacute;n con lo p&uacute;blico y lo privado la serie funciona como una cajita china, o para explicarlo mejor: toma la estructura de historias de ciencia ficci&oacute;n como la supercl&aacute;sica <em>Star Trek</em> o como <em>Firefly</em>, de Joss Whedon (una de mis favoritas), en las que un grupo de personas viaja en una nave y se va encontrando, en diversas paradas, con lo desconocido. En el fondo, quiz&aacute;s, es simplemente la estructura de la <em>Odisea</em>. 
    </p><p class="article-text">
        Hay una dimensi&oacute;n de lo &iacute;ntimo, lo que sucede adentro de la nave, y hay un afuera que va rompiendo las escotillas y filtr&aacute;ndose hasta inundarlo todo, pero algo de la din&aacute;mica familiar del interior no se pierde nunca. En <em>El Eternauta</em> la nave es m&aacute;s bien metaf&oacute;rica, aunque los espacios cerrados se repiten: la casa de Favalli, el garage, los diversos espacios veh&iacute;culos que van tomando. Pero, incluso cuando el grupo se divide o cuando tienen que insertarse en espacios que los superan, hay algo de lo dom&eacute;stico entre ellos que prima: la memoria compartida, las internas, el truco, los viejos rencores, las canciones que les gustan a todos.
    </p><p class="article-text">
        Creo que esa dimensi&oacute;n de lo &iacute;ntimo es clave para incluirnos a los espectadores que no necesariamente somos fan&aacute;ticos del g&eacute;nero; incluso siento que nos ense&ntilde;a algo sobre el g&eacute;nero, nos muestra algo de su verdad. Sin apoyarse de manera excesiva en las met&aacute;foras (qu&eacute; representa la nieve, qu&eacute; representan los bichos, qu&eacute; representa el enemigo) esa conexi&oacute;n con lo dom&eacute;stico nos recuerda que lo importante no tiene por qu&eacute; estar en el afuera, en lo fant&aacute;stico o en lo incre&iacute;ble. Que ni siquiera en una producci&oacute;n de este tama&ntilde;o lo importante son los efectos especiales. Lo importante, al menos para Bruno Stagnaro, parece ser siempre la gente; mucho m&aacute;s que las misiones o que un lenguaje grandilocuente y vac&iacute;o sobre la humanidad toda. 
    </p><p class="article-text">
        As&iacute;, esa frase tan usada en el marketing de la serie que dice que &ldquo;el verdadero h&eacute;roe de <em>El Eternauta</em> es el h&eacute;roe colectivo&rdquo; no aparece pensada en un sentido &eacute;pico. Aparece, m&aacute;s bien, pensada en ausencia. No hay raz&oacute;n, parece decir Stagnaro, para pensar que la gente se va a comportar ante una amenaza sobrenatural de manera diferente que como se comporta ante las amenazas cotidianas, imaginarias o reales, de los migrantes o los pobres o los pol&iacute;ticos. No hay raz&oacute;n para imaginar que la desconfianza y el individualismo no van a ser el default; hasta el propio Juan Salvo tiene que autoconvencerse de cuidar a un chico cualquiera como si se tratara de su hija, porque eso le gustar&iacute;a que hicieran otros con ella.
    </p><p class="article-text">
        Pero quiz&aacute;s, igual que en <em>Okupas</em>, lo m&aacute;s interesante de esta obra sea el trabajo con la pregunta por la libertad en el mundo real: la cuesti&oacute;n del libre albedr&iacute;o. Jean Paul Sartre, el gran fil&oacute;sofo de la libertad, dijo que la libertad solo exist&iacute;a en una situaci&oacute;n. Solo podemos hablar de una persona libre, pensar el concepto de ser una persona libre, entendiendo a esa persona comprometida con un mundo que se le resiste. Lo genial de Stagnaro, desde mi humilde punto de vista, es que para pensar esto siempre se mete en situaciones en las que las jerarqu&iacute;as establecidas aparecen no invertidas ni invisibilizadas, pero s&iacute; tensadas o trastocadas: en <em>Okupas</em>, Ricardo sal&iacute;a de su mundo de clase media para mezclarse con los m&aacute;rgenes. No conservaba sus privilegios, aunque tampoco los perd&iacute;a del todo; por eso lo acusaba Sof&iacute;a de estar jugando a la pobreza, viviendo &ldquo;unas vacaciones raras&rdquo; mientras ella trataba de vivir su vida. Ricardo es libre, pero en alg&uacute;n momento se enreda tanto en su situaci&oacute;n que ya no tiene opciones. Descubre, entonces, que hay situaciones que te superan; ten&eacute;s que hacerte cargo igual, tus decisiones te representan igual, pero el mundo pesa tanto que la libertad ya no se siente, efectivamente, como esa ficci&oacute;n te&oacute;rica de que cualquiera podr&iacute;a hacer cualquier cosa. 
    </p><p class="article-text">
        Se siente, en cambio, como un conflicto permanente entre el sujeto y el mundo; igual que se siente para Juan Salvo, que insiste en no volver a portar un arma en su vida hasta que finalmente no tiene opci&oacute;n, y se hace cargo de lo que tiene que hacer, pero tambi&eacute;n de lo que plenamente ha decidido hacer. No recuerdo que en el c&oacute;mic Salvo tuviera ning&uacute;n rechazo particular por las armas. Creo que tiene que ver aqu&iacute; en la adaptaci&oacute;n con la historia de este Juan Salvo, el que fue a Malvinas, pero tambi&eacute;n con esta cuesti&oacute;n profunda que cruza la obra de Stagnaro (tambi&eacute;n <em>Un gallo para Esculapio</em>, tambi&eacute;n <em>Pizza, birra y faso</em>), que en este Juan Salvo adulto llega a su punto m&aacute;ximo; la pregunta por qu&eacute; significa ser un sujeto responsable, por la relaci&oacute;n profunda e indisociable entre ser un sujeto libre y sujeto responsable, de nuestros propios actos y de lo que producimos en el mundo, incluso sin querer queriendo.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/heroe-adulto_129_12269638.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 04 May 2025 20:31:35 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El héroe adulto]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Lo que no puede hacer una máquina]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/no-maquina_129_12197775.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/b55976e9-315b-4b08-9e8b-8bf15c28623e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Lo que no puede hacer una máquina"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hay algo en la improvisación musical que escapa a la lógica programable: sucede en el presente, entre personas, con una trama de acuerdos invisibles y memorias ocultas</p></div><p class="article-text">
        Hace bastante que estoy tratando de ver m&uacute;sica en vivo con m&aacute;s frecuencia, incluso varias veces por semana. Es un poco como volver a los diecisiete, cuando todos tus amigos y los amigos de tus amigos ten&iacute;an una banda o hab&iacute;an escuchado hablar sobre alguna banda y las ibas a ver a veces por obligaci&oacute;n, a veces por curiosidad, a veces para pasar el rato. 
    </p><p class="article-text">
        Es un poco parte de mi b&uacute;squeda para nada especial ni excepcional, porque est&aacute; todo el mundo en la misma, de usar menos el tel&eacute;fono. Pienso en la cuesti&oacute;n de la procrastinaci&oacute;n, problema que tengo, como todo el mundo, pero en una medida muy controlada; siempre digo lo mismo, que si una est&aacute; conectada er&oacute;ticamente con algo esa pulsi&oacute;n de vida en alg&uacute;n momento le gana al demonio ese que hace que la cabeza te pese en la almohada. 
    </p><p class="article-text">
        Pens&eacute; que la soluci&oacute;n a la adicci&oacute;n al tel&eacute;fono, problema que s&iacute; tengo en una medida muy descontrolada, deb&iacute;a ser parecida. No se trata tanto de prohibirse el tel&eacute;fono como de organizarse para hacer cosas que aut&eacute;nticamente te interesen. El cansancio es una trampa: decimos que estamos demasiado sobreexplotados para ir a escuchar al bar donde toca no s&eacute; qui&eacute;n y nos quedamos en casa <em>scrolleando </em>hasta las 4 de la ma&ntilde;ana, para terminar sinti&eacute;ndonos culpables, in&uacute;tiles y envidiosos de lo que sea que nos mantuvo en Instagram hasta la madrugada. 
    </p><p class="article-text">
        No me gusta ponerlo en t&eacute;rminos imperativos, m&aacute;s porque suenan a autoayuda que por alg&uacute;n tono autoritario, pero no se me ocurre nada m&aacute;s preciso: hay que ganar la guerra contra la supuesta comodidad, vestirse, ponerse las zapatillas, levantarse, saludar. 
    </p><p class="article-text">
        Cuesti&oacute;n que entonces en los &uacute;ltimos d&iacute;as fui a escuchar bastante m&uacute;sica. Cosas chiquitas, no me gustan demasiado los festivales grandes y hace a&ntilde;os ya que las estrellas que traen esos festivales rara vez me interesan lo suficiente como para aguantarme uno (la &uacute;ltima vez fue el Primavera Sound al que vino Bj&ouml;rk). Fui a una escucha del nuevo disco de Fonso y Las Paritarias, al debut del nuevo proyecto del trompetista Richard Nant y a un espect&aacute;culo musical en Centro de Experimentaci&oacute;n del Teatro Col&oacute;n que ten&iacute;a por protagonistas, por primera vez, a los trabajadores t&eacute;cnicos del teatro. Disfrut&eacute; los tres eventos, y de todos aprend&iacute; algo.
    </p><p class="article-text">
        Tengo el disco nuevo de Fonso y Las Paritarias (que se llama igual que ellos) en loop en el est&eacute;reo del auto. Me gusta lo que armaron: colores del rock de los 80 y de los 90, sonidos sucios pero muy cuidados, rockandroles y baladas (muy lindas las baladas, qu&eacute; suerte que est&eacute;n volviendo) y letras ingeniosas, bien de &eacute;poca, que van del humor y la iron&iacute;a a la sinceridad inocente que pega la vuelta. Hay incluso una zamba, mucho juego con la argentinidad tanto ah&iacute; como en los temas m&aacute;s rockeros que recuerdan a los Ratones Paranoicos; y tambi&eacute;n, sin pudor, influencias m&aacute;s poperas que pueden venir de Soda Stereo o Charly Garc&iacute;a, pero tambi&eacute;n de bandas que los influyeron a ellos, The Police y esa clase de cosas. 
    </p><p class="article-text">
        Es potente y guitarrero el disco, pero as&iacute; como no le teme a las baladas ni a los ochentas tampoco le teme a lo femenino; la voz de la bajista suma un color medio Velvet Underground a los temas en los que aparece, y m&aacute;s all&aacute; incluso de la voz de ella, no hay una impostaci&oacute;n de masculinidad en la est&eacute;tica del disco, ni en la voz grave y discreta de Fonso. Es un disco trabajado y honesto, que es fresco y nuevo porque se acaba de hacer con trabajo y honestidad: no necesita, entonces, probar que es fresco y nuevo, simplemente lo es. 
    </p><p class="article-text">
        Sent&iacute; algo parecido en el concierto de Shaolin, la banda de Richard Nant, hist&oacute;rico trompetista de La Bomba de Tiempo. Nant retoma, comandando a un conjunto de j&oacute;venes con mucho protagonismo de los vientos (y tocando, &eacute;l mismo, lo que quiere) la idea de la Bomba de la improvisaci&oacute;n con se&ntilde;as, pero con una orientaci&oacute;n m&aacute;s hacia cerrar los ojos y experimentar lo picante de la m&uacute;sica que a bailar y entregarse a la fiesta. 
    </p><p class="article-text">
        Los temas, que se nutren del jazz y de los ritmos latinos, pero tambi&eacute;n de unos matices rockeros que aparecen como por la ventana, empiezan como obras, vemos que los m&uacute;sicos leen partituras, pero las cosas van y&eacute;ndose de control con la sensaci&oacute;n de que nunca terminan de irse del todo, en la b&uacute;squeda e la mezcla perfecta entre una b&uacute;squeda consciente y un cierto darse al malentendido. 
    </p><p class="article-text">
        No queda del todo claro qu&eacute; est&aacute; escrito y qu&eacute; es espont&aacute;neo; la m&uacute;sica es buena, es linda de escuchar, compleja e interesante, y al mismo tiempo es lindo verla armarse; ni el juego es lo &uacute;nico divertido, ni la m&uacute;sica es lo &uacute;nico divertido, las dos cosas funcionan, y eso no es f&aacute;cil (mil veces a una le toca ver improvisaciones en las que los &uacute;nicos que se divierten son los que est&aacute;n arriba del escenario). 
    </p><p class="article-text">
        Cuando pienso en las cosas que la inteligencia artificial no va a poder reemplazar y van a revalorizarse en los pr&oacute;ximos a&ntilde;os pienso mucho en la improvisaci&oacute;n, la m&uacute;sica que sucede en el presente; las improvisaciones que est&aacute;n hechas de acuerdos, pero tambi&eacute;n de los m&uacute;sicos que casualmente est&aacute;n sentados ah&iacute; en ese momento preciso Est&aacute;n hechas de la contingencia, de las canciones y los ritmos que ni esos artistas saben que recuerdan. 
    </p><p class="article-text">
        Y en esa misma l&iacute;nea, supongo, en la de lo que no puede hacer una m&aacute;quina, est&aacute; <em>Experimentum Mundi</em>, el espect&aacute;culo dirigido por Lucas Urdampilleta en el que diversos trabajadores del Teatro Col&oacute;n (zapateros, alba&ntilde;iles, afiladores, hasta una cocinera) convierten sus oficios en una performance del ritmo y del cuerpo. La obra tiene dulzura, y a la vez tiene su humor: es gracioso ver el vocabulario de la m&uacute;sica contempor&aacute;nea utilizado como forma de volver extra&ntilde;os los trabajos m&aacute;s cotidianos. Se alcanza esa extra&ntilde;eza, se logra la m&uacute;sica, y a la vez nunca se pierde la idea de que lo que vemos son los trabajos de todos los d&iacute;as, la m&uacute;sica urbana de un taller o de una cocina, la sensaci&oacute;n de que el ritmo es justamente, eso que podemos hacer todos, aunque nunca hayamos le&iacute;do una partitura y no podamos afinar ni el <em>Feliz cumplea&ntilde;os</em>; el ritmo no es, en<em> Experimentum Mundi</em>, una cualidad de la m&uacute;sica, sino que es una cualidad de la vida que toma prestada la m&uacute;sica.
    </p><p class="article-text">
        El vicio del columnista es encontrar lo com&uacute;n entre eventos que aparentemente no tienen nada en com&uacute;n, como estos tres, solo porque los tres sucedieron cerca de la columna que una que tiene que entregar. Pero, muchas veces, los vicios son buenos consejeros, y en este caso tengo la sensaci&oacute;n de que lo que herman&oacute; a los tres conciertos que escuch&eacute; en estos d&iacute;as fue el deseo de experimentar con un lenguaje (sea el del rock, sea el del jazz, sea el de la m&uacute;sica acad&eacute;mica contempor&aacute;nea) y entregarse a su potencial, sin empujarlo ni achatarse en lo que ese lenguaje ya trae de por s&iacute;. 
    </p><p class="article-text">
        Vivimos en una &eacute;poca nost&aacute;lgica que, parad&oacute;jicamente, no conf&iacute;a en las posibilidades innovadoras de sus tradiciones. A veces la m&uacute;sica, en su relaci&oacute;n con vocabularios no verbales, y as&iacute; no tan ensuciados por la informaci&oacute;n, puede contestarle a esa falta de fe en el futuro con mucha m&aacute;s altura que las palabras.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/no-maquina_129_12197775.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 06 Apr 2025 19:42:47 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Las elecciones vitales]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/elecciones-vitales_129_12117428.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6476f8d2-9dba-4664-b50f-228fbad9f0c6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Las elecciones vitales"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En la posmodernidad actual compiten ciertas ideas de derechos y respeto de las libertades en las que no siempre se trata de pensar en las implicaciones colectivas de nuestras acciones individuales, sino de volver a juzgar y condenar las elecciones vitales privadas de los demás como era la norma en las sociedades tradicionales</p></div><p class="article-text">
        Cuando empec&eacute; a leer <em>La vegetariana</em> (el libro consagratorio de Han Kang, la escritora surcoreana que recibi&oacute; el Nobel hace unos meses) pens&eacute; que era divertido que una novela contempor&aacute;nea tan eminentemente fuera, a la vez, una novela familiar como las del siglo XIX. No es que no haya familias en las novelas de esta &eacute;poca, pero esas familias rara vez incluyen a la familia extendida: las novelas del siglo XXI son novelas de divorcios y matrimonios, o de gente soltera que cambia de parejas o tiene amigos; rara vez son novelas de <em>familiones</em> en las que los suegros y los cu&ntilde;ados tienen papeles tan preponderantes en la vida de las personas, como pod&iacute;a pasar en los libros del 1800 (y, probablemente, en la vida real del 1800 mucho m&aacute;s que en la de ahora). 
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;Las tres nouvelles encadenadas que componen <em>La vegetariana</em> est&aacute;n narradas desde la perspectiva de tres parientes distintos del personaje que da t&iacute;tulo a la novela: su marido, su cu&ntilde;ado y su hermana. Una tercera persona omnisciente que va haciendo foco en estos tres personajes nos va contando desde esos puntos de vista, el despliegue de una crisis en el seno de una familia surcoreana contempor&aacute;nea a partir de que Yeong-hye deje misteriosamente de comer carne. Hay algo muy actual no solo en este cambio alimenticio (que, en rigor, es mucho m&aacute;s que &ldquo;dejar de comer carne&rdquo; a medida que avanza la novela) sino tambi&eacute;n en el modo en que dicho cambio se entiende, en el contexto de una Corea del Sur atravesad&iacute;sima por las transformaciones culturales y econ&oacute;micas de este siglo, como una suerte de oportunidad para una batalla cultural. Ni el marido, ni la hermana, ni el cu&ntilde;ado ni los padres de Yeong-hye est&aacute;n dispuestos a tratar esta decisi&oacute;n de ella como un acto personal&iacute;simo e inapelable. El contraste con el modo en que eso funciona en las clases medias altas de las democracias europeas (la naturalidad con la que cualquiera puede decir &ldquo;soy vegano&rdquo; y que tanto conocidos como desconocidos lo acepten y se adapten) es notable. 
    </p><p class="article-text">
        M&aacute;s all&aacute;, entonces, de que a lo largo del libro se evidencie que lo que le pasa a Yeong-hye es mucho m&aacute;s que hacerse vegetariana, esta cruza entre lo contempor&aacute;neo y lo decimon&oacute;nico est&aacute; en el coraz&oacute;n de la novela de Han Kang. Habla, por una parte, de un tema muy espec&iacute;fico que le interesa literariamente a Han Kang, las formas en que se tramita la violencia en una democracia tan joven como la de surcoreana, atravesada a la vez por un capitalismo salvaje y por las marcas de una sociedad tradicional que no pas&oacute; por esa combinaci&oacute;n de prosperidad y destape de libertades que vivieron los pa&iacute;ses centrales entre las d&eacute;cadas del 60 y del 90. Pero, por otro lado, m&aacute;s all&aacute; de lo local, creo que <em>La vegetariana</em> trata algo m&aacute;s amplio y por eso nos resuena a quienes no estamos tan familiarizados con la realidad de Corea del Sur: que nuestras sociedades lidian con la violencia y las tensiones mucho peor de lo que a veces queremos aceptar, incluso al interior de las familias. Que en nuestra posmodernidad hoy compiten ciertas ideas de derechos y respeto de las libertades con pulsiones mucho menos nobles, y que esa competencia no la gana siempre el mejor de los dos polos; que cada vez m&aacute;s, quiz&aacute;s, la gana el segundo. Me hizo pensar, tambi&eacute;n, en que incluso en esos sectores sociales donde nos acomodamos si hay alg&uacute;n vegetariano en el asado nos estamos metiendo cada vez m&aacute;s en la vida de los dem&aacute;s, y somos capaces de enojarnos porque no tienen hijos o porque s&iacute; los tienen, por lo que comen o dejan de comer. Cada vez m&aacute;s las batallas culturales se tratan no de politizar las decisiones como pens&oacute; el feminismo, no de pensar en las implicaciones colectivas de nuestras acciones individuales, sino de volver a juzgar y condenar las elecciones vitales privadas de los dem&aacute;s como era la norma en las sociedades tradicionales.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/elecciones-vitales_129_12117428.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 09 Mar 2025 21:05:09 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Las elecciones vitales]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Una crítica ingenua]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/critica-ingenua_129_12077860.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2645dd7d-ea20-4689-8cb9-7f33851c5460_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una crítica ingenua"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Quizás la ventaja comparativa que tuvieron Javier Milei y los libertarios en las elecciones de 2023 fue que eran los únicos que hablaban convencidos y en serio en medio de los cortesanos irónicos de la vieja política. Esa “honestidad antiirónica”, percibida con simpatía tanto por sus seguidores como por votantes menos comprometidos, está ahora bajo significativa amenza de pérdida</p></div><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de muchos a&ntilde;os de recomendaciones de amigos me sent&eacute; a mirar <em>White Lotus</em>. La primera temporada, claro, porque no hab&iacute;a visto ninguna, aunque ahora est&eacute; todo el mundo comentando la tercera. No me enamor&oacute; porque claramente no aspira a tener alma, aunque s&iacute; divierte e interesa y funciona muy bien, y tiene algo as&iacute; como un &ldquo;alma residual&rdquo; dada por el talento de toda la gente involucrada que act&uacute;a, filma y escribe muy bien. Es una franquicia buena, como McDonald&acute;s, H&auml;agen-Dazs o los mismos ClubMed que la serie se propone parodiar. De eso se trata, entonces: un hotel de lujo distinto cada vez, los hu&eacute;spedes que llegan, el staff permanente que hace que todo suceda y un asesinato para darle una especie de ancla argumental (y un clima de misterio y tragedia) a cada temporada. 
    </p><p class="article-text">
        Supongo que mis amigos me la recomendaron, tambi&eacute;n, porque es un tema que me interesa: la obsesi&oacute;n contempor&aacute;nea con el turismo y el consumo de experiencias, la idea de que para descansar y relajarse hay que generar contextos muy costosos y muy espec&iacute;ficos que en general terminan siendo parad&oacute;jicamente estresantes (que si nos perdemos el desayuno, que la certificaci&oacute;n de buceo) y toda la bater&iacute;a de creencias que hay que sostener o suspender para participar de esta clase de vacaciones. 
    </p><p class="article-text">
        La serie hace mucho hincapi&eacute; en esto &uacute;ltimo, de una manera inteligente: a diferencia de lo que sucede en los <em>all inclusive </em>de la vida real, al menos en la experiencia del hu&eacute;sped, los empleados del hotel son muy protagonistas. Si la gracia en el <em>all inclusive </em>es regresar a esa sensaci&oacute;n de calma infantil en la que el papel higi&eacute;nico se cambia solo, en <em>White Lotus</em> est&aacute; todo el tiempo a la vista la cantidad de trabajo precario y esforzado que hace falta para sostener esa apariencia de que todo funciona sobre ruedas. Est&aacute; claro que la serie tiene una intenci&oacute;n cr&iacute;tica respecto de ese turismo de lujo: para que los ricos se diviertan, hace falta que los pobres se sacrifiquen. No hay nada inocente, dice <em>White Lotus</em>, en el lujo. 
    </p><p class="article-text">
        Estuve pensando si la cr&iacute;tica que hace <em>White Lotus</em> cae en ese tipo de discurso que David Foster Wallace (que el viernes pasado hubiera cumplido 63 a&ntilde;os) llam&oacute;, de manera despectiva, iron&iacute;a autoconsciente. Estuve hace poco dando en taller el ensayo &ldquo;De Unibus Pluram&rdquo;, en el que Foster Wallace desarrolla este concepto, sobre todo en relaci&oacute;n con la televisi&oacute;n: para Foster Wallace, el problema de la autocr&iacute;tica ir&oacute;nica que hace la televisi&oacute;n, y que en los 90 permeaba a toda la cultura p&uacute;blica es que esa autocr&iacute;tica no solamente no construye nada: parece constituir una especie de blindaje c&iacute;nico contra el cambio. 
    </p><p class="article-text">
        Foster Wallace no lleg&oacute; a verlo, pero esa iron&iacute;a autoconsciente de la cultura pop no qued&oacute; confinada a la d&eacute;cada del noventa. Si hoy una sale a quejarse de que las mismas actrices que protagonizan pel&iacute;culas sobre la violencia de los est&aacute;ndares de belleza participan activamente de esos est&aacute;ndares lo m&aacute;s probable es que sea acusada de solemne o aguafiestas; lo mismo con las estrellas que se escandalizan ante cualquier cosa, pero viven arriba de un avi&oacute;n privado, dando lecciones de moral mientras sus huellas de carbono semanales sobrepasan lo que las personas normales hacemos en una d&eacute;cada. No es que no se pueda &ldquo;denunciar&rdquo; estas cosas: es que una se ve y e siente rid&iacute;cula. El problema del imperio de la iron&iacute;a es que hablar en serio pasa a ser de tontol&oacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        Aunque creo que este sigue siendo el clima de &eacute;poca, creo que estamos en un momento de cambio. Nuestra cultura, y en especial la juventud, se est&aacute; cansando un poco de lo que Foster Wallace lleg&oacute; a llamar &ldquo;el autoritarismo&rdquo; de la iron&iacute;a y la imposibilidad de hablar en serio: tanto el fundamentalismo woke como la nueva derecha neoconservadora son sintom&aacute;ticas de ese cansancio. Por eso, si bien est&aacute; claro que en <em>White Lotus</em> hay iron&iacute;a sobre el turismo de lujo, creo que los personajes de los trabajadores representan una cr&iacute;tica seria y ya no ir&oacute;nica contra la industria tur&iacute;stica y relaciones desiguales que reproduce; una cr&iacute;tica ingenua, en el mejor de los sentidos.
    </p><p class="article-text">
        Foster Wallace hace pocas menciones en &ldquo;E Unibus Pluram&rdquo; al universo de la pol&iacute;tica profesional; creo que solo aparece el caso de Watergate como ejemplo de esta l&oacute;gica ir&oacute;nica en la que nadie dice la verdad de frente en el terreno de la pol&iacute;tica. Pasa r&aacute;pido esa alusi&oacute;n, pero Foster Wallace reconoce su gravedad, cuando la iron&iacute;a autoconsciente llega efectivamente a la pol&iacute;tica es porque ya no hay ning&uacute;n l&iacute;mite. Si ni los presidentes dicen la verdad, no tiene ni sentido jugar el juego de hablar en serio. 
    </p><p class="article-text">
        Vivimos, por supuesto, en el mundo post Watergate en el que nadie le cree a los pol&iacute;ticos, y en el que los pol&iacute;ticos piensan que les rinde m&aacute;s ser influencers que pol&iacute;ticos. Pero en el terreno de la pol&iacute;tica eso nunca termina de ser del todo verdad. La pol&iacute;tica se mueve siempre entre la l&oacute;gica de la espectacularizaci&oacute;n y de la de seguir sosteniendo cierta formalidad del siglo XX; los pol&iacute;ticos todav&iacute;a usan traje; incluso los m&aacute;s iconoclastas de ellos todav&iacute;a dan discursos de apertura de sesiones y van a aparatosos eventos diplom&aacute;ticos. En pocas palabras: todav&iacute;a tienen que lograr que la gente, en alg&uacute;n sentido, crea que est&aacute;n diciendo la verdad, en el sentido al menos de decir <em>su </em>verdad, de estar hablando en serio sobre algo de lo que est&aacute;n convencidos. 
    </p><p class="article-text">
        Pienso que esa fue una de las principales ventajas que tuvieron los libertarios en las elecciones de 2023, la de ser los &uacute;nicos que, equivocados o no, hablaban convencidos y en serio entre los cortesanos ir&oacute;nicos de la vieja pol&iacute;tica. Importaba menos si ten&iacute;an raz&oacute;n que esa actitud lineal y sincera. No creo que la estafa de Milei vaya a tener consecuencias terminales para su gobierno, s&iacute; creo que le hizo perder en alguna medida esa ventaja comparativa, esa honestidad antiir&oacute;nica que al menos sus seguidores (y muchos votantes menos comprometidos) ve&iacute;an en &eacute;l. Y no soy analista pol&iacute;tica, pero yo no subestimar&iacute;a tan r&aacute;pido esta p&eacute;rdida.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/critica-ingenua_129_12077860.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 23 Feb 2025 21:15:38 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Una crítica ingenua]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Fronteras porosas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/fronteras-porosas_129_12058398.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/fc6b2ac9-928d-4970-b560-1bcb5a3def8f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Fronteras porosas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La economización de las relaciones hace cada vez más difícil distinguir qué es trabajo sexual y qué no lo es. O será que esa confusión siempre existió y simplemente ahora la estamos aceptando</p></div><p class="article-text">
        Me sorprende, entre todo lo que estuve leyendo sobre los Oscar, no haber encontrado ning&uacute;n art&iacute;culo que pusiera en relaci&oacute;n a <em>Queer </em>de Luca Guadagnino con <em>Anora </em>de Sean Baker. Es verdad que la pel&iacute;cula de Guadagnino no recibi&oacute; ninguna nominaci&oacute;n, pero ese ninguneo fue noticia en s&iacute; mismo y, de todos modos, m&aacute;s all&aacute; de la competencia por los premios, es llamativo que dos de las pel&iacute;culas m&aacute;s comentadas de los &uacute;ltimos meses tuvieran en el centro de sus narrativas la relaci&oacute;n entre el sexo, el dinero y el amor. 
    </p><p class="article-text">
        El tema es, por supuesto, m&aacute;s expl&iacute;cito en <em>Anora</em>, en la que una prostituta de veintitr&eacute;s a&ntilde;os (que lleva el nombre de la pel&iacute;cula, pero se hace llamar Ani) se ve envuelta en una relaci&oacute;n con un heredero ruso que le pinta todo color de rosa, por un tiempo, hasta que las cosas se complican con sus padres y la pobre Anora es devuelta a la realidad de un golpe seco. <em>Queer</em>, en cambio, es una adaptaci&oacute;n de una novela hom&oacute;nima de William S. Burroughs, protagonizada por un gay cincuent&oacute;n norteamericano en la d&eacute;cada del cincuenta que se la pasa girando (se lee <em>yirando</em>, como se pronuncia en la acepci&oacute;n espec&iacute;fica del t&eacute;rmino en la comunidad homosexual) por Ciudad de M&eacute;xico hasta que se enamora de un joven soldado. El trabajo sexual no se lee necesariamente de manera tan expl&iacute;cita, pero s&iacute; aparece la cuesti&oacute;n del enredo entre cuerpos y recursos: William Lee, este protagonista encarnado de manera magistral por el ex Bond Daniel Craig, es el arquetipo del gay adinerado de cierta edad que utiliza el dinero que tiene a disposici&oacute;n (por razones que jam&aacute;s se explican) para garantizarse la compa&ntilde;&iacute;a de jovencitos que, de otro modo, parece suponer &eacute;l mismo, no le regalar&iacute;an su tiempo, o lo har&iacute;an de manera mucho menos generosa (hay, para hablar de un arquetipo que va m&aacute;s all&aacute; del personaje, un gag recurrente sobre un amigo de Lee al que los bellos efebos con los que se acuesta siempre lo terminan robando). 
    </p><p class="article-text">
        Lo que me interes&oacute; del link entre ambas pel&iacute;culas es que pienso que, justamente, las dos se ocupan de las l&iacute;neas borrosas entre el trabajo sexual y el sexo a secas, o peor, entre el trabajo sexual y el afecto, el reconocimiento o incluso el amor. Tanto en <em>Queer</em> como en <em>Anora </em>lo interesante sucede cuando las interacciones entre las personas se corren de los extremos, de los casos paradigm&aacute;ticos de relaci&oacute;n econ&oacute;mica o relaci&oacute;n libre de intercambio. No hay conflicto ni drama en las primeras escenas de <em>Anora</em>, en las que la protagonista (la revelaci&oacute;n Mikey Madison) ofrece un servicio con una tarifa precisa y t&eacute;rminos claros, que el casi adolescente Vanya Zakharov contrata. La cuesti&oacute;n se vuelve compleja una vez que &eacute;l la contrata por una semana entera, la lleva a fiestas y a viajes y a conocer a sus amigos; y m&aacute;s todav&iacute;a cuando le propone matrimonio y la relaci&oacute;n econ&oacute;mica pasa de ser expl&iacute;cita y medida a ser m&aacute;s abstracta, cuando Anora puede ilusionarse con graduarse de prostituta a esposa mantenida. De manera similar, pero en un recorrido inverso, la relaci&oacute;n entre Lee y Allerton, el muchacho del que Lee est&aacute; perdidamente enamorado, se pone rara cuando Lee propone irse juntos a Sudam&eacute;rica a cambio de pagarle todos los gastos. 
    </p><p class="article-text">
        Otra vez, la frontera porosa: si esta propuesta fuera tan clara como yo acabo de hacerla parecer no habr&iacute;a pel&iacute;cula, pero tanto el guion como la actuaci&oacute;n de Craig hacen que esa escena sea una cruza indistinguible entre una oferta econ&oacute;mica y una demanda de amor. Estos l&iacute;mites borrosos son el centro del atractivo sensual tanto de <em>Anora </em>como de<em> Queer</em>: le dan dimensi&oacute;n a sus tramas, capas a sus personajes y a las relaciones entre ellos, y ti&ntilde;en la atm&oacute;sfera de una suerte de sospecha sempiterna, una duda insoportable sobre lo que es cierto y lo que es negocio. 
    </p><p class="article-text">
        Creo, tambi&eacute;n, que en ese terreno l&iacute;mite los espectadores nos identificamos con estos protagonistas tan improbables de maneras muy inc&oacute;modas. Tanto <em>Anora</em> como <em>Queer </em>(aunque la segunda mucho m&aacute;s que la primera) son expl&iacute;citamente fantas&iacute;as, cuentos de hadas, con mucha m&aacute;s aspiraci&oacute;n de belleza que de realismo; pero eso no les impide (quiz&aacute;s, de hecho, todo lo contrario) acercarse a verdades fundamentales, sobre todo a partir de las grandes actuaciones de sus protagonistas. 
    </p><p class="article-text">
        La verdad fundamental que construyen Mikey Madison y Daniel Craig es la de la vulnerabilidad: podemos vernos en ellos porque incluso en la m&aacute;s calculadora de nuestras facetas, incluso si nos sentimos capaces de decirle a un heredero ruso que para pasar una semana con &eacute;l necesitamos quince mil d&oacute;lares y no diez mil, sabemos que nunca podr&iacute;amos disociarnos del todo. Eso es lo que, justamente, no pueden hacer estos protagonistas: si pudieran, como los personajes de la serie <em>Severance</em>, volverse robots en ciertas instancias de la vida, todo ser&iacute;a m&aacute;s sencillo: pero todo el punto es que no pueden, que sus sensibilidades est&aacute;n prendidas hasta en los momentos en que menos les conviene. 
    </p><p class="article-text">
        Pienso que no es raro que en esta &eacute;poca queramos ver estas historias: incluso quienes no tenemos pensado abrirnos un Only Fans podemos sentir que ya es imposible que la conversi&oacute;n de todo en econom&iacute;a y consumo no empape nuestros v&iacute;nculos; quiz&aacute;s, de hecho, sobre todo quienes no tenemos Only Fans nos sentimos m&aacute;s confundidos con el asunto. Porque es interesante lo que pasa: por un lado, la economizaci&oacute;n de los v&iacute;nculos genera la expansi&oacute;n de nuevas modalidades del trabajo sexual que pueden ser mucho menos vinculantes. Una puede vender contenido sexual sin jam&aacute;s verle la cara a un cliente; una puede, tambi&eacute;n, armarse listas de regalos en distintas apps, o exigirle a un hombre de maneras m&aacute;s o menos sutiles que le vaya comprando o pagando cada vez m&aacute;s cosas, sin jam&aacute;s tener que ensuciarte las manos con dinero. Por otro lado, esa misma ampliaci&oacute;n genera una incertidumbre tremenda: se va haciendo cada vez m&aacute;s dif&iacute;cil distinguir qu&eacute; es trabajo sexual y qu&eacute; no lo es. O quiz&aacute;s siempre fue dif&iacute;cil, y ahora solamente lo estamos empezando a aceptar; al fin y al cabo, <em>Queer</em> es una adaptaci&oacute;n de una novela de los a&ntilde;os cincuenta, y <em>Anora</em> ilumina con una claridad simple y di&aacute;fana esa tesis de Virginie Despentes seg&uacute;n la cual una esposa puede no ser mucho m&aacute;s que una prostituta de un solo cliente. 
    </p><p class="article-text">
        La pregunta que me qued&oacute; dando vueltas es por qu&eacute; <em>Anora</em> me pareci&oacute; tanto m&aacute;s triste y menos luminosa que <em>Queer</em>. Quiz&aacute;s es tan sencillo como que en <em>Queer</em> seguimos a un tipo rico, y en <em>Anora </em>a una chica pobre. Pero mi sensaci&oacute;n es que hay algo m&aacute;s. <em>Queer</em>, en una tradici&oacute;n, efectivamente, queer, parece tener fe en la posibilidad de que en relaciones mediadas por la precariedad, la clandestinidad, el estigma, la violencia y el c&aacute;lculo aparezca tambi&eacute;n el amor verdadero; en <em>Anora</em>, en cambio, esa ilusi&oacute;n parece una fantas&iacute;a infantil. De hecho, en Anora, es una confusi&oacute;n que solo puede aparecer por la belleza del cine; no aparece en los personajes, que nunca se dan un beso demasiado verdadero, nunca se conocen en profundidad ni se miran a los ojos. M&aacute;s all&aacute; de qu&eacute; pel&iacute;cula le guste a cada quien, creo que se juega algo importante sobre este tiempo en la pregunta de cu&aacute;l de ellas tiene m&aacute;s raz&oacute;n sobre el mundo.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/fronteras-porosas_129_12058398.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 16 Feb 2025 21:14:55 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Fronteras porosas]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cine,Cultura,Deseo,Sexo,Trabajadoras sexuales]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El fetiche con los hechos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/fetiche-hechos_129_12039648.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c2129097-9613-4107-aee9-0e3fd90452cf_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El fetiche con los hechos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Toda discusión estética siempre está marcada por la incertidumbre, es imposible acabar con los desacuerdos en el arte. Sin embargo, el debate estético ha sido desplazado hoy por los chismes sobre lo políticamente correcto</p></div><p class="article-text">
        No s&eacute; si estos a&ntilde;os post pand&eacute;micos hubo un revival del cine (en detrimento de las series), al que me sub&iacute; como muchos otros espectadores, o si sencillamente fue algo m&aacute;s personal. El hecho es que voy mucho m&aacute;s al cine, veo muchas menos cosas desde mi cama, y entonces llego m&aacute;s al d&iacute;a con los estrenos a la temporada de premios. Me pasa algo, tambi&eacute;n, que sabemos todos los que vamos al cine, o al teatro, o a ver m&uacute;sica en vivo; me importan much&iacute;simo m&aacute;s las cosas que veo fuera de mi casa, las cosas que me mov&iacute; para ver y que recib&iacute; de manera cuidada, con el audio, la imagen y la experiencia que sus autores quisieron para m&iacute;. Por todo esto, entonces, logro interesarme bastante m&aacute;s por el asunto de los Oscar, y este a&ntilde;o quiz&aacute;s m&aacute;s que nunca; otra vez, no creo que sea solo cosa m&iacute;a. 
    </p><p class="article-text">
        Siguiendo una combinaci&oacute;n de medios norteamericanos y discusiones en Twitter, una se entera de que efectivamente la de 2025 es una &ldquo;carrera al Oscar&rdquo; muy comentada. En el centro de la escena, por supuesto, est&aacute; <em>Emilia P&eacute;rez</em>, una pel&iacute;cula que ya est&aacute; haciendo una trayectoria tan oper&aacute;tica y extravagante como la de su propio guion. 
    </p><p class="article-text">
        Primero, celebrada en Cannes, en los Globos de Oro y hasta en la etapa de nominaciones de los Oscar; luego, en un declive dudoso, a partir de su estreno en Estados Unidos primero y en M&eacute;xico, sobre todo, despu&eacute;s. Y, finalmente, en una franqu&iacute;sima ca&iacute;da a partir de la cancelaci&oacute;n absoluta de su actriz protag&oacute;nica, Karla Sof&iacute;a Gasc&oacute;n, a partir de la &ldquo;salida a la luz&rdquo; de una serie de tuits racistas de unos a&ntilde;os atr&aacute;s. 
    </p><p class="article-text">
        En el camino, quisieron tambi&eacute;n cancelar a Selena Gomez por hablar mal espa&ntilde;ol (cualquiera que se tome la molestia de la pel&iacute;cula ver&aacute; que Selena Gomez, efectivamente, hace de una gringa que no tiene buen espa&ntilde;ol; lo rid&iacute;culo ser&iacute;a que hablara con fluidez). Finalmente, toda la campa&ntilde;a decidi&oacute; darle la espalda a Gasc&oacute;n, incluyendo el director, Jacques Audiard, que &ldquo;no puede creer&rdquo; las cosas que ella dijo, aunque &eacute;l declar&oacute;, hace muy poco, en una entrevista, que el espa&ntilde;ol es un idioma de &ldquo;gente humilde&rdquo;, en un registro mucho m&aacute;s serio y pensado que los tyuts que le encontraron a ella. N&oacute;tese que tampoco me parecer&iacute;a grave: estoy a favor de que los artistas sean gente rara que dice medio cualquier cosa, y que se las cobren, perfecto, pero no como si fuera delito. Estoy a favor, tambi&eacute;n, de establecer una diferencia grande entre decir y hacer (una declaraci&oacute;n es una declaraci&oacute;n; no puede tener el mismo peso ni que el acoso sexual ni que el maltrato laboral, por caso, ni para la ley ni para la opini&oacute;n p&uacute;blica).
    </p><p class="article-text">
        En cualquier caso, a este megaesc&aacute;ndalo de <em>Emilia P&eacute;rez</em> se le adosan unos cuantos m&aacute;s, bastante menores, pero tambi&eacute;n muy comentados en los medios especializados. <em>Anora</em>, de Sean Baker, fue criticada por haber decidido no utilizar un &ldquo;coordinador de intimidad&rdquo; (un puesto nuevo en Hollywood, dise&ntilde;ado para garantizar que todos los participantes se sientan c&oacute;modos en las escenas de sexo). La decisi&oacute;n fue tomada en conjunto por Baker y Mikey Madison, la actriz protagonista que personifica a una joven trabajadora sexual. 
    </p><p class="article-text">
        En el mismo tenor de &ldquo;controversia moderada&rdquo; apareci&oacute; la cuesti&oacute;n de la utilizaci&oacute;n de la inteligencia artificial en<em> The Brutalist</em> de Brady Corbet y otro asunto del pasado de Fernanda Torres, la actriz brasile&ntilde;a nominada por la pel&iacute;cula brasile&ntilde;a <em>I&rsquo;m Still Here </em>de Walter Salles, que tuvo que disculparse por salir con la cara pintada de negro (<em>blackface</em>, como dicen los gringos) en un programa humor&iacute;stico en el a&ntilde;o 2008. 
    </p><p class="article-text">
        Hace varios a&ntilde;os que la pulseada por &ldquo;separar la obra del artista&rdquo; la viene ganando el asunto de hablar del artista. Pienso que en este asunto el progresismo (me refiero a su versi&oacute;n m&aacute;s infantil y chabacana de internet) s&iacute; tiene bastante parte de culpa; es notable, por ejemplo, lo que sucede cuando una figura p&uacute;blica intenta disculparse honestamente por una mala conducta pasada para recibir, casi invariablemente, un &ldquo;lo que hiciste no tiene perd&oacute;n&rdquo;. Lo que sigue (es ilustrativo el caso de Louis C.K.) es, o bien, el retiro total de la vida p&uacute;blica, o bien la adopci&oacute;n de dicha figura por parte de la derecha, que no juzga tanto y aparece entonces como un espacio m&aacute;s amable. 
    </p><p class="article-text">
        Pero as&iacute; y todo, pienso que esta veta victoriana del progresismo (anticristiana, incluso) no es el &uacute;nico factor importante en lo que ha pasado con los Oscar, que es un microcosmos de la discusi&oacute;n p&uacute;blica sobre el arte en general, al menos en contextos masivos. Lo que sucede es que nadie quiere hablar de las pel&iacute;culas, ni de los libros, ni de las obras de teatro, ni de la m&uacute;sica. 
    </p><p class="article-text">
        Yo misma, confieso, fui a ver <em>Emilia P&eacute;rez</em> con una opini&oacute;n plenamente formada por recortes de Internet (que se confirm&oacute; en algunos sentidos y fue refutada en otros); yo misma pienso que ya le&iacute; tanto en Twitter sobre algunas pel&iacute;culas que ni siquiera necesito verlas. Tan importante como el goce de la cancelaci&oacute;n, pienso, es la transformaci&oacute;n que han atravesado nuestros cerebros en la &uacute;ltima d&eacute;cada: no se trata solo de la p&eacute;rdida de la capacidad de prestar atenci&oacute;n, aunque en gran parte s&iacute;, sino tambi&eacute;n de una especie de sesgo absoluto hacia lo que percibimos como &ldquo;informaci&oacute;n&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        No hablamos de los artistas solo porque tengamos ganas de ordenarlos moralmente. Hablamos tanto de los artistas, tambi&eacute;n, porque no queremos hablar de las obras. Hablar de obras no es solamente dif&iacute;cil; es improductivo, es hablar de mundos de fantas&iacute;a, de cosas que no tienen que ver con el mundo y que no sirven para nada. Hablar sobre coordinadores de intimidad o inteligencia artificial o qu&eacute; ser&iacute;a una representaci&oacute;n correcta de M&eacute;xico parece, en cambio, estar teniendo conversaciones &ldquo;importantes&rdquo;; estar hablando de verdades, de hechos, de esos <em>facts that don&acute;t care about your feelings</em>, como dec&iacute;a la gorrita de los republicanos (&ldquo;a los hechos no les importan tus emociones&rdquo;). 
    </p><p class="article-text">
        Es una tragedia que hablar de &ldquo;hechos&rdquo;, encima, se confunda con hablar de la politicidad de una obra; porque efectivamente, todas estas pel&iacute;culas que est&aacute;n nominadas a los Oscar tienen <em>problemas</em> (no en el sentido moral, sino en el sentido de enigmas, cuestiones a resolver) pol&iacute;ticos interesant&iacute;simos, todos mayormente ausentes de la discusi&oacute;n p&uacute;blica. Y una &uacute;ltima cosa: leo muchos conservadores, que a veces con buena intenci&oacute;n, dicen que lo importante es &ldquo;si la pel&iacute;cula es buena&rdquo;. Creo, reitero, que esa es una buena direcci&oacute;n para la discusi&oacute;n, pero vuelve a errarle al problema central: nadie sabe con certeza si una pel&iacute;cula es buena, si una novela es buena, si una obra de teatro es buena. Las discusiones est&eacute;ticas siempre est&aacute;n marcadas por esa incertidumbre: podemos argumentar, discutir, sofisticar nuestros razonamientos, pero en &uacute;ltima instancia es imposible acabar con los desacuerdos en el arte. En el fondo, si la discusi&oacute;n est&eacute;tica hoy ha quedado completamente sepultada por los chismes sobre lo pol&iacute;ticamente correcto es porque es ese pluralismo irresoluble sin ganadores inequ&iacute;vocos lo que no podemos soportar.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/fetiche-hechos_129_12039648.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 09 Feb 2025 21:08:56 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El fetiche con los hechos]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Nos vamos quedando solos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/quedando-solos_129_11994819.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2beef3b7-1b96-4350-b942-12a68d91b24b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Nos vamos quedando solos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Beatriz Sarlo y David Lynch tuvieron la curiosidad y el deseo genuino de involucrar a grandes audiencias en sus conversaciones. Con sus muertes, vamos a perder la última generación de intelectuales que tuvo la suerte, la valentía y el privilegio de hablarnos a tantas personas distintas</p></div><p class="article-text">
        Cada uno tiene con la idea de la muerte la relaci&oacute;n que puede. Digo con &ldquo;la idea&rdquo; porque la muerte es un hecho tan absoluto que ni siquiera me atrevo a afirmar nada sobre ella sin rebusques ni par&eacute;ntesis. En mi caso, tengo una terquedad involuntaria, una negativa natural a entristecerme por la muerte de una persona grande que hizo lo que quiso y vivi&oacute; en sus t&eacute;rminos. Morirse viejo y realizado, para m&iacute;, est&aacute; mucho m&aacute;s cerca de ser final feliz que de ser tragedia. Pienso entonces en dos fallecimientos recientes, el de <strong>Beatriz Sarlo</strong> y el de <strong>David Lynch</strong>, en los que conect&eacute; m&aacute;s con esa voluntad de recordarlos entre todos, de revisitar sus obras y repetir sus an&eacute;cdotas, que con los lamentos y con la idea repetida de que nos vamos quedando solos, aunque esto &uacute;ltimo siempre sea un poco cierto. 
    </p><p class="article-text">
        No escrib&iacute; sobre la muerte de Beatriz en su momento, y no creo tener una visi&oacute;n sobre la obra de Lynch suficientemente original como para ameritar un obituario m&iacute;o, pero si se me juntaron los dos en la mente no es solo por la cercan&iacute;a temporal de las muertes, sino porque mirando las despedidas amorosas y masivas que recibieron, cada uno a su escala, en Internet, me puse a pensar en cierto tipo de figura que fue clave en mi desarrollo personal e intelectual, y en el de much&iacute;sima otra gente que jam&aacute;s conoci&oacute; personalmente ni a Sarlo ni Lynch. 
    </p><p class="article-text">
        Vi <em>Twin Peaks</em> por primera vez a los 13 a&ntilde;os, despu&eacute;s de haber visto <em>Mulholland Drive</em> en el cine (recuerdo bien la edad que ten&iacute;a porque fue de las primeras pel&iacute;culas para mayores de 13 a la que pude ir a comprar entradas con confianza). Volvimos fascinadas con mi amiga del cine, y su hermana mayor nos puso a ver <em>Twin Peaks</em> en unos DVDs pirateados. Pero yo recordaba la existencia de esa serie. No la hab&iacute;a mirado, pero s&iacute; la hab&iacute;a visto pasar por las publicidades de Canal 9, y sab&iacute;a de gente m&aacute;s grande que yo que la miraba. Era una rareza, pero una rareza que circulaba por los mismos canales donde circulaban las mismas pavadas infantojuveniles que yo s&iacute; miraba en los 90. 
    </p><p class="article-text">
        Recuerdo, tambi&eacute;n, que la historia de Laura Palmer se me mezclaba mucho con la de Mar&iacute;a Soledad (chicas muertas en lugares que, desde el departamento de mi mam&aacute; en el centro de la Capital Federal, se ve&iacute;an lejanos y tenebrosos). Pero, me desv&iacute;o. El punto, creo yo, es que me pas&oacute; algo parecido con Sarlo, desde chica, los autores que nombraba y el lenguaje intelectual que desplegaba en los mismos programas period&iacute;sticos en los que se dec&iacute;an pavadas y planicies todo el resto del rato: la sensaci&oacute;n de ver a alguien hacer cosas raras en lugares muy masivos. Gente extra&ntilde;a que se mezclaba con orgullo con la gente normal.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute;s cuando decimos que nos estamos quedando solos estamos hablando de esto. Ni David Lynch ni Beatriz Sarlo hicieron toda su carrera en el mainstream: los dos tuvieron obras que circularon m&aacute;s y obras que menos, por razones voluntarias e involuntarias, pero ambos tuvieron la curiosidad y el deseo genuino de involucrar a grandes audiencias en sus conversaciones. Y, por las causas que sea, hubo una esfera p&uacute;blica capaz de hacer que esos di&aacute;logos fueran posibles. Creo que extra&ntilde;ar un mundo en el que una serie como <em>Twin Peaks</em> pod&iacute;a llegar a Canal 9 no solo no es snob: es lo contrario de snob. 
    </p><p class="article-text">
        Recuerdo la primera vez que vi esos cap&iacute;tulos, que volv&iacute; a ver muchas veces, y que volver&iacute;a a ver mil m&aacute;s: por supuesto que tienen mil referencias y chistes que remiten a otras obras de arte que yo a los trece a&ntilde;os no hab&iacute;a visto, pero ese no era el n&uacute;cleo de la cuesti&oacute;n. Los misterios de la serie no est&aacute;n ah&iacute;: son misterios que no tienen soluci&oacute;n, que solamente van abriendo puertas para pensar algo tan terrenal como un femicidio en un pueblo con l&oacute;gicas que se ven raras, pero que tenemos muy cerca (el <em>red room</em> en el que volvemos a encontrarnos con Laura Palmer, por poner un ejemplo, no es f&aacute;cil de explicar en palabras, pero tampoco es dif&iacute;cil de entender para cualquiera que haya tenido sue&ntilde;os o haya preguntando alguna vez qu&eacute; pasa despu&eacute;s de la muerte); esas eran las oscuridades que le interesaban a Lynch, las que estaban justo al lado de nuestras vidas y ten&iacute;an la extra&ntilde;eza que tienen nuestras mismas vidas, si le prestamos atenci&oacute;n al modo retorcido en que hablan nuestros propios vecinos y a las cosas inconexas e inacabadas que pueden pasar en cualquier colegio o en cualquier barrio.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Yo sigo viendo grandes pel&iacute;culas. Sigo leyendo, tambi&eacute;n, a grandes intelectuales. Escucho, cada tanto, entrevistas geniales, a gente que habla tan bien como hablaba Sarlo o como hablaba David Lynch, que adem&aacute;s de ser un gran cineasta era un gran entrevistado. Pero ya no veo esas cosas en televisi&oacute;n abierta. Ya no veo esas cosas en un soporte que compartamos todos. Ya no puedo decirle a nadie que mire esa serie cuya tanda seguro vio pasar porque est&aacute; en el mismo horario que <em>Grande Pa</em>. Puedo recomendarle cualquier cosa a cualquiera, por supuesto. Pero no es inocuo que ya no existan las condiciones sociales, medi&aacute;ticas o econ&oacute;micas para poner a circular un discurso genuinamente novedoso en un lugar en el que tantas personas distintas podamos verlas al mismo tiempo. No es inocuo que ya nadie pueda o quiera costear el coraje de apoyar voces diversas, voces que hablan un idioma que la audiencia todav&iacute;a no sabe que quiere hablar. Creo que eso es lo que extra&ntilde;amos, lo que m&aacute;s vamos a extra&ntilde;ar a medida que desaparezca la &uacute;ltima generaci&oacute;n de intelectuales que tuvo la suerte, la valent&iacute;a y el privilegio de hablarnos a tantas personas distintas.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/quedando-solos_129_11994819.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 26 Jan 2025 20:49:39 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Nos vamos quedando solos]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El mejor lenguaje para dar miedo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/mejor-lenguaje-dar-miedo_129_11957953.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/9fe7874c-4ccf-4b3a-af48-e566a78134a7_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El mejor lenguaje para dar miedo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">¿La muerte contada como tragedia monstruosa y simbólica o como experiencia humana cruda y tangible? “Nosferatu” de Robert Eggers y “La habitación de al lado” de Pedro Almodóvar ilustran extremos opuestos de esta exploración</p></div><p class="article-text">
        Pienso mucho en eso que dice <strong>Michel Foucault</strong> sobre el tab&uacute; del sexo en el primer tomo de <em>Historia de la sexualidad</em> (y lo cito muy seguido, tambi&eacute;n, as&iacute; que perdonen, lectoras y lectores, si sienten que han le&iacute;do esto que voy a explicar hace demasiado poco): que es menos productivo afirmar que antes no se hablaba de sexo que preguntarse c&oacute;mo se habl&oacute; de sexo en cada &eacute;poca. Volv&iacute; a esta idea hace pocos d&iacute;as cuando vi la <em>Nosferatu</em> de <strong>Robert Eggers</strong>. Las historias de vampiros (igual que las de los hombres lobo, las de las bestias como la de <em>La bella y la bestia</em>, las de posesiones, las de sirenas y muchos otros mitos) son formas que encontrar diversas &eacute;pocas de pensar y conversar sobre sexualidad: mundos cargados de im&aacute;genes y s&iacute;mbolos que, al eludir la literalidad del asunto, permit&iacute;an investigar algunas de las fantas&iacute;as m&aacute;s indecibles con lo no humano, fuese lo animal o lo espiritual, lo monstruoso o lo ang&eacute;lico, lo que se vincula con la vida antes de la muerte y la vida despu&eacute;s de la muerte, o con la muerte misma. 
    </p><p class="article-text">
        Hace un rato discutimos con una amiga si esta &uacute;ltima versi&oacute;n de<em> Nosferatu</em> trataba sobre el abuso sexual. Como suele pasar en los relatos de vampiros, hay algo as&iacute; como una historia de amor entre un vampiro y una chica, pero en este caso se trata mucho m&aacute;s claramente de una historia de lujuria: Ellen (<strong>Lily Rose-Depp</strong>), la protagonista, est&aacute; casada con Thomas Hutter (Nicholas Hoult), un muchacho bueno y dulce, pero tiene unos impulsos irrefrenables que la dirigen sexualmente a una oscuridad que no sabe bien qu&eacute; es, pero de la que tiene una certeza inamovible y persistente en el tiempo. Si comprend&iacute; bien, Ellen invoc&oacute; a Nosferatu en sue&ntilde;os siendo adolescente, y desde entonces &eacute;l no se cansa de buscarla por las noches. 
    </p><p class="article-text">
        En uno de sus extra&ntilde;os acercamientos enso&ntilde;ados, Ellen le dice al vampiro que &eacute;l no es capaz de amar, que ella ama a su marido y &eacute;l no puede saber nada de eso; el vampiro, en efecto, le reconoce que no puede amar, pero tambi&eacute;n que no estar&aacute; satisfecho hasta tenerla; en varios momentos de la pel&iacute;cula se da a entender que Ellen tampoco alcanzar&aacute; ninguna plenitud sin un aut&eacute;ntico encuentro con el monstruo. 
    </p><p class="article-text">
        Yo le&iacute; toda esta historia como un cuento de hadas sobre el deseo: esa sensaci&oacute;n de que siempre hay algo m&aacute;s, de que incluso si una est&aacute; enamorad&iacute;sima no est&aacute; completa, y que es esa incompletud la que te acecha por las noches y te hace sentir que a veces est&aacute;s m&aacute;s enganchada con la muerte y la destrucci&oacute;n que con la vida y su reproducci&oacute;n. Es cierto, tambi&eacute;n, que la trama del abuso est&aacute;; quiz&aacute;s, sobre todo, en tanto fantas&iacute;a, la fantas&iacute;a sexual de la sumisi&oacute;n e incluso de la violaci&oacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        Digo &ldquo;sobre todo&rdquo; porque, en efecto, la pel&iacute;cula recupera un mito sobre los vampiros que es claramente un comentario sobre el consentimiento, la cuesti&oacute;n de la invitaci&oacute;n: es sabido que los vampiros no pueden entrar a una casa sin que alguien los invite a pasar. De la misma manera, el conde Orlok (<strong>Bill Skarsg&aring;rd</strong>, en esta encarnaci&oacute;n de <em>Nosferatu</em>) necesita el consentimiento de Ellen para acostarse con ella: no puede, dice, hacerlo a la fuerza, sino que necesita que ella acceda a que &eacute;l la destruya; es por eso que digo que lo que est&aacute; en juego es una fantas&iacute;a de violaci&oacute;n y no una violaci&oacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        En cualquier caso, lo que me result&oacute; m&aacute;s interesante que la discusi&oacute;n en s&iacute; fue la posibilidad de que existiera: que el lenguaje del tab&uacute; victoriano de la &eacute;poca hiciera posible un malentendido sobre el tema, en lugar de que la pel&iacute;cula tuviera una pol&iacute;tica sexual muy clara. De alguna manera, un vocabulario conceptual que hac&iacute;a que el sexo no reproductivo (porque el sexo con un no-muerto, a diferencia del sexo con el marido, parece apuntar hacia afuera de la reproducci&oacute;n) estuviera vinculado con lo demon&iacute;aco y lo inmoral parec&iacute;a, de todos modos, poder preguntarse por lo irrefrenable de ese deseo; en ese sentido, es un vocabulario que abre a la posibilidad de un claroscuro que el director Robert Eggers hace muy bien en subrayar sin desambiguar. Creo que este lenguaje es excelente para hacer pensar, justamente porque muestra los grandes dilemas de la vida, el amor y la muerte en una luz muy distinta de la de nuestra cotidianeidad; lo que no s&eacute; es si es el mejor lenguaje para dar miedo, me di cuenta de eso cuando alguien me pregunt&oacute; si te qued&aacute;s asustado. 
    </p><p class="article-text">
        Poco antes de ver Nosferatu vi <em>La habitaci&oacute;n de al lado</em>, la &uacute;ltima de <strong>Pedro Almod&oacute;var</strong>. Es una pel&iacute;cula &iacute;ntima y luminosa en la que, igual que en la m&aacute;s monumental <em>Dolor y gloria</em>, Almod&oacute;var se dispone a explorar los problemas de la vejez de gente que se le parece mucho; hombres y mujeres artistas, con vidas intensas, que se encuentran de pronto con un oleaje que est&aacute; cesando. <em>La habitaci&oacute;n de al lado</em>, que cuenta la historia de una mujer que ante un diagn&oacute;stico de c&aacute;ncer terminal decide que quiere elegir los t&eacute;rminos de su muerte, es una pel&iacute;cula que inequ&iacute;vocamente toma partido en favor de la muerte digna. No significa que no tenga ambig&uuml;edades o contradicciones, aunque se vean mucho menos tirantes que las de <em>Nosferatu</em>: hay algo dulce y esperanzador en la decisi&oacute;n de Martha (<strong>Tilda Swinton</strong>), pero tambi&eacute;n queda claro que no es una elecci&oacute;n que se tome con ni con toda la seguridad ni con toda la alegr&iacute;a. 
    </p><p class="article-text">
        Lo que me qued&eacute; pensando sobre todo es esto: <em>La habitaci&oacute;n de al lado</em> da m&aacute;s miedo que <em>Nosferatu</em> porque all&iacute; la muerte no es un s&iacute;mbolo de nada. No es lo oscuro, ni tiene esa relaci&oacute;n con la tragedia y hasta con el sexo que parece tener cuando una es muy joven, como la Ellen de <em>Nosferatu</em>. No tiene con qu&eacute; producir intriga y fascinaci&oacute;n. Es la muerte de quien ya casi no se acuesta con nadie, de los que est&aacute;n cansados, de los que se juntan con amigos a recordar la &eacute;poca de los altos contrastes. Es una como la que probablemente nos vaya a tocar, y todav&iacute;a no se invent&oacute; ning&uacute;n mecanismo m&aacute;s aterrador que ese.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/mejor-lenguaje-dar-miedo_129_11957953.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 12 Jan 2025 20:16:35 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El mejor lenguaje para dar miedo]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cine,Eutanasia,Pedro Almodóvar]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La bestia invisible]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/bestia-invisible_129_11943549.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/75c0c13d-32cd-47a8-8cb1-26bd6cb39e9d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La bestia invisible"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En un mundo que busca prescindir de la inteligencia que no sirve para vender algo, el arte y el pensamiento enfocados sólo en denunciar la tragedia, y no en proponer nuevos relatos, nos aplanan y limitan
</p></div><p class="article-text">
        Es dif&iacute;cil escribir sobre ciencia ficci&oacute;n (sobre todo, sobre pel&iacute;culas de ciencia ficci&oacute;n) sin hacer parecer los textos m&aacute;s aburridos de lo que son. Cualquier descripci&oacute;n de una obra de arte (y cuando una es columnista tiene que ir perfeccion&aacute;ndola en el arte de hacerlas, resumir una trama de manera tal que el lector que no ley&oacute; el libro pueda disfrutar de la columna) corre el riesgo de referirse solo a los temas, de hacer ver a la obra mucho m&aacute;s bajal&iacute;nea de lo que es: pero es peor con la ciencia ficci&oacute;n, porque encima, en el centro de las pel&iacute;culas <em>sci-fi</em> suelen estar las ansiedades m&aacute;s extendidas del presente.
    </p><p class="article-text">
        Es por eso, tambi&eacute;n, que la poca ciencia ficci&oacute;n que veo tiende a ser de otras &eacute;pocas. Las obsesiones de&nbsp;<em>Solaris</em>&nbsp;me abren un poco el horizonte; las de&nbsp;<em>Black Mirror</em>, en cambio, siempre hablan de lo mismo de lo que est&aacute;n hablando todos en Twitter. Todo esto para decir que<em>&nbsp;La bestia&nbsp;</em>(2023), una producci&oacute;n francocanadiense de&nbsp;<strong>Bertrand Bonello</strong>&nbsp;con protag&oacute;nico de&nbsp;<strong>L&eacute;a Seydoux</strong>&nbsp;que acaba de llegar a MUBI, es una pel&iacute;cula de ciencia ficci&oacute;n que habla de lo mismo de lo que est&aacute; hablando todo el mundo en Twitter, pero lo hace con tantos recursos y sutilezas que da la sensaci&oacute;n de aportar algo que no pueden dar las noticias.
    </p><p class="article-text">
        El &ldquo;tema&rdquo;, para salir de eso r&aacute;pido, es la inteligencia artificial y lo que su expansi&oacute;n puede implicar para las interacciones humanas. Hay tres tiempos en la pel&iacute;cula: el presente est&aacute; situado en 2044, y Gabrielle (L&eacute;a Seydoux) tiene problemas para buscar trabajo. En este futuro cercano que ella habita, la seguridad del mundo est&aacute; garantizada por haber eliminado las chances de que personas pose&iacute;das por el miedo o la ira tomen decisiones importantes. Por eso, para tener un puesto relevante en cualquier organizaci&oacute;n, hay que atravesar un proceso de &ldquo;purificaci&oacute;n&rdquo; que no te borra la memoria, pero s&iacute; la memoria emotiva.
    </p><p class="article-text">
        El procedimiento hace al sujeto pasar revista de sus vidas pasadas hasta que ya no tenga relaci&oacute;n con ellas. No s&eacute; si es intencional la parodia, pero me divirti&oacute; el hecho de que escuchado a muchos terapeutas modernos post psicoanal&iacute;ticos hablar en t&eacute;rminos muy similares: la idea de la &ldquo;purificaci&oacute;n&rdquo; parece ser que una pueda luego pasar por los momentos m&aacute;s dolorosos de su vida sin sentir nada. Esa ser&iacute;a la prueba definitiva de que tus emociones ya no te dominan, como si te hubieras convertido una cruza de cyborg con maestro zen.
    </p><p class="article-text">
        Gabrielle no quiere purificarse y quedarse sin sus emociones, y por eso est&aacute; condenada a hacer los trabajos m&aacute;s tediosos que existen; pero est&aacute; cansada, y finalmente decide probar. En el proceso se cruza con otro joven, Louis (<strong>George MacKay</strong>), que tambi&eacute;n tiene dudas. Iremos entendiendo que Gabrielle y Louis se encontraron al menos en otras dos vidas: en el siglo XIX, cuando ella era una pianista casada con un fabricante de mu&ntilde;ecas y &eacute;l un muchacho misterioso que la cortejaba, y en el a&ntilde;o 2014, cuando ella era una actriz desempleada cuidando una casa enorme en Los &Aacute;ngeles y &eacute;l un youtuber&nbsp;<em>incel</em>&nbsp;con hambre de venganza contra las rubias losangelinas.
    </p><p class="article-text">
        Parad&oacute;jicamente, o no, creo que le da a&nbsp;<em>La bestia</em>&nbsp;una frescura a la que ninguna franquicia podr&iacute;a aspirar es su relaci&oacute;n con &ldquo;La bestia en la jungla&rdquo; de&nbsp;<strong>Henry James</strong>. El cuento est&aacute; protagonizado por una pareja, tambi&eacute;n, pero aqu&iacute; el protagonista es el hombre: John Marcher es una suerte de c&eacute;libe paranoico, que piensa que no debe casarse porque est&aacute; convencido de que un mal desconocido lo acecha como una bestia en la jungla; no puede enamorarse, entonces, porque condenar&iacute;a a su esposa a sufrir esa tragedia que &eacute;l no sabe cu&aacute;l es, pero eventualmente llegar&aacute;. Acerc&aacute;ndose al final de su vida (supongo que se puede <em>spoilear </em>un relato de m&aacute;s de cien a&ntilde;os) entiende que ese mal que tanto tem&iacute;a termin&oacute; siendo autoinflingido: lo m&aacute;s grave que le pas&oacute; fue haberse quedado, por miedo, paralizado y sin amor.
    </p><p class="article-text">
        Es una excelente par&aacute;bola para nuestra &eacute;poca, en la que tantos problemas sociales (fundamentalmente uno muy comentado: la dificultad de millennials y centennials para hacerse adultos) se relacionan no solo con factores econ&oacute;micos, sino tambi&eacute;n con un miedo cr&oacute;nico a lo terrible que podr&iacute;a ser tomar una decisi&oacute;n sobre algo y luego tener que hacerse cargo de eso; miedo basado en una glorificaci&oacute;n de la seguridad que nos ense&ntilde;aron desde chicos y que nos volvi&oacute; pr&aacute;cticamente incapaces de tomar riesgos, combinado con el FOMO como modo de vida. Entre el miedo a tener que hacerse cargo de una decisi&oacute;n y el terror a perderse de todas las otras cosas que uno no ha elegido, todos estamos un poco como John Marcher, cuid&aacute;ndonos de una bestia invisible sin darnos cuenta de que efectivamente existe, y es el tiempo.
    </p><p class="article-text">
        Es una buena par&aacute;bola, tambi&eacute;n, para el g&eacute;nero que elige la pel&iacute;cula, la ciencia ficci&oacute;n, que &uacute;ltimamente est&aacute; m&aacute;s que nunca basado en la fijaci&oacute;n de que la humanidad est&aacute; autodestruy&eacute;ndose. Me interes&oacute; mucho m&aacute;s esta veta antiparanoica de la pel&iacute;cula que su relato paranoico sobre un mundo que se extirpa las emociones, aunque en el fondo creo que hay algo bello, interesante e inteligente en la insistencia de esta pel&iacute;cula tan fragmentada de entretejer ambas narrativas. Porque las dos cosas parecen ser ciertas, y en su convivencia se cifra nuestra desgracia: es verdad que una parte del desarrollo del mundo se est&aacute; orientando a prescindir de las formas de la inteligencia humana que no sirven para vender nada, y es igualmente claro que dedicar todos los esfuerzos del arte y el pensamiento a reflexionar sobre esa tragedia en lugar de intentar construir otros relatos nos est&aacute; aplanando y atrofiando, como una bestia invisible que da pisadas gigantes.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/bestia-invisible_129_11943549.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 05 Jan 2025 20:30:25 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La bestia invisible]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Ciencia ficción,Cine,Cultura]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Contener multitudes]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/contener-multitudes_129_11932675.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/b07ba5bf-473b-4124-850f-bb34689a1e0f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Contener multitudes"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La fluidez involuntaria, aunque tiene mala prensa, es una de las cosas más interesantes que nos enseña estar vivos en una realidad que incluye la dimensión del tiempo. Vivir, en definitiva, implica aceptar nuestras propias mutaciones</p></div><p class="article-text">
        Desde que termin&eacute; el colegio pienso que un poco el pasaje de un a&ntilde;o a otro es un asunto arbitrario al que no habr&iacute;a que darle mayor importancia. Nunca lo sent&iacute; m&aacute;s patente que cuando trabaj&eacute; en oficinas; te vas el 31 al mediod&iacute;a o a la media tarde y volv&eacute;s el 2 a la ma&ntilde;ana con la sensaci&oacute;n de que te avisaron que terminaba el mundo pero quienes estaban a cargo del apocalipsis se olvidaron y todo sigue igual, como pas&oacute; en el 2000 con la cat&aacute;strofe frustrada del Y2K. Ahora que soy un poco m&aacute;s grande pienso que el final del a&ntilde;o tiene m&aacute;s la estructura de una met&aacute;fora: no siempre es el momento en que m&aacute;s presente tengo el paso del tiempo (me lo recuerda m&aacute;s la jubilaci&oacute;n de mi mam&aacute;, el cierre de alg&uacute;n boliche o colegio que pens&eacute; que siempre ser&iacute;a parte del mundo, cruzarme por la calle a un profesor de la universidad y verlo por primera vez con bast&oacute;n), pero es un momento en que todos podemos pensar en eso a la misma vez.
    </p><p class="article-text">
        Hace unos d&iacute;as vi <em>Titane</em>, la pel&iacute;cula de la francesa Julia Ducournau que todo el mundo me recomend&oacute; en la pandemia y que por alguna raz&oacute;n me hab&iacute;a olvidado de ver. Los amigos me la hab&iacute;an comentado como &ldquo;la de la mina que coge con un auto&rdquo;, y es verdad que eso pasa, y la escena es b&aacute;rbara, pero me interes&oacute; m&aacute;s lo que sucede despu&eacute;s: la protagonista, que tiene que escapar de un par de malas decisiones, se corta el pelo, se ata los pechos y se lesiona la nariz para pasar por un jovencito desaparecido hace a&ntilde;os, al que su padre busca desesperadamente. El padre reconoce a &ldquo;su hijo&rdquo;, impide que lo sometan a un test de ADN y la chica se sumerge en un mutismo con excusa postraum&aacute;tica, probablemente para evitar meter la pata, y seguramente tambi&eacute;n para no mostrar su voz femenina. 
    </p><p class="article-text">
        En estas &uacute;ltimas semanas, tambi&eacute;n, hab&iacute;a estado releyendo <em>Orlando</em> de Virginia Woolf: digo releyendo porque f&aacute;cticamente es cierto, le&iacute; este libro por primera vez a los 17 o 18 a&ntilde;os, pero no tengo idea de qu&eacute; puedo haber entendido. Lo mejor de la novela es el humor, definitivamente, y no se me ocurre que yo pueda haber pescado en esas &eacute;pocas los chistes sobre escritores resentidos y arist&oacute;cratas avergonzados que hoy me hacen re&iacute;rme sola en voz alta; pero lo segundo mejor, tal vez, es el tratamiento del tiempo. Y de hecho, lo m&aacute;s famoso del libro, la transici&oacute;n de Orlando de hombre a mujer, es tanto un comentario queer como un comentario sobre el paso del tiempo. Si quisi&eacute;ramos hablar como fil&oacute;sofos posmodernos dir&iacute;amos que ese cambio de g&eacute;nero es un comentario sobre lo<em> </em>queer (usando su antigua acepci&oacute;n de queer como &ldquo;rarito&rdquo;) que es el tiempo. 
    </p><p class="article-text">
        Lo poco que recordaba yo del asunto era que Orlando se convert&iacute;a en Lady Orlando sin demasiadas explicaciones; no hab&iacute;a una decisi&oacute;n ni una b&uacute;squeda, ni una lucha interna ni una conquista; era m&aacute;s como la metamorfosis de Kafka, pero sin frustraciones. Levantarse mujer, para Orlando, parec&iacute;a ser como lo que ser&iacute;a para otra persona levantarse canosa o con diez kilos de m&aacute;s o diez kilos de menos; una de esas cosas que pueden pasar, ni buenas ni malas, cuando una porta un cuerpo a trav&eacute;s de los a&ntilde;os. Orlando es hombre y mujer porque vive cientos de a&ntilde;os; es hombre y mujer porque vive varias vidas, igual que la chica de <em>Titane</em>, igual que Don Draper, igual que todos nosotros. 
    </p><p class="article-text">
        Pienso que, en los &uacute;ltimos a&ntilde;os, la fluidez tiene mala prensa en general. Cuando les explico a mis estudiantes de filosof&iacute;a feminista el concepto de g&eacute;nero de Judith Butler les digo que la noci&oacute;n de &ldquo;identidad de g&eacute;nero&rdquo; que manejamos en la vida cotidiana es mucho m&aacute;s fija que lo que Butler ten&iacute;a en mente, al menos en esos primeros textos inspirados en las drag queens y su relaci&oacute;n l&uacute;dica con la posibilidad de ser cualquier cosa. Es l&oacute;gico, vivimos en un mundo con documentos de identidad y carnets de prepaga, y entonces necesitamos sostener que las subjetividades son asuntos m&aacute;s o menos estables; pero a veces nos olvidamos que eso de que una nunca se ba&ntilde;a dos veces en el mismo r&iacute;o est&aacute; m&aacute;s cerca de la verdad, y que la supuesta certeza de que ese r&iacute;o s&iacute; es el mismo r&iacute;o siempre est&aacute; m&aacute;s cerca de la ficci&oacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        Recuerdo que una vez un profesor me explic&oacute; que la diferencia central entre la izquierda y la derecha no era que una valorara la igualdad y la otra la libertad, sino que el valor fundamental para la derecha era el orden, en el sentido del conservadurismo m&aacute;s literal: que las cosas se mantuvieran m&aacute;s o menos como estaban. Creo que ese profesor ten&iacute;a raz&oacute;n cuando me lo explic&oacute;, pero que hoy hay conservadores de izquierda y conservadores de derecha; y que la sensaci&oacute;n es que lo que a esa gente le incomoda es el concepto de aceptar lo que cambia; no estar ni a favor ni en contra de ciertas transformaciones, sino aceptarlas en un sentido casi zen, intentar acomodarse a lo que realmente no podemos evitar. 
    </p><p class="article-text">
        Pienso que una de las cosas m&aacute;s interesantes que nos ense&ntilde;a estar vivos en una realidad que incluye la dimensi&oacute;n del tiempo es la de la fluidez involuntaria, esa que nos fascina en el personaje de una muchachita que descubre que puede convertirse en muchachito con solo raparse la cabeza y romperse la nariz, esa que tematiza Virginia en el personaje de un noble centenario que un d&iacute;a es mujer sin haberlo decidido (pero sin oponerse). De m&aacute;s chica pensaba que si una quer&iacute;a contener multitudes ten&iacute;a que propon&eacute;rselo; que si quer&iacute;as vivir una de esas vidas interesantes que son mil vidas hab&iacute;a que trabajar para ello. Ojal&aacute; fuera tan dif&iacute;cil.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/contener-multitudes_129_11932675.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 29 Dec 2024 20:12:55 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Contener multitudes]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[LGTBI,Identidad de género]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Las caras del sistema]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/caras-sistema_129_11903539.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/aaf88ef1-8beb-4df3-8661-401ccf5e2dbe_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Las caras del sistema"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Es como si los seguros fueran la metáfora del trauma millennial: me prometieron que si hacía las cosas bien (si terminaba la carrera, si pagaba la cuota) las cosas me iban a salir bien, porque había un sistema que funcionaba así, asignándoles recursos a las personas que se ocupan, pero no pasó, y ahora no hay a quién hacerle reclamo. Es poético, en algún sentido, que de todos los CEO Mangione haya elegido a uno de seguros</p></div><p class="article-text">
        Tengo dos amigos a los que hace d&iacute;as les mando sistem&aacute;ticamente todos los chistes buenos sobre <strong>Luigi Mangione</strong>, el joven norteamericano acusado de asesinar al CEO de seguros de salud Brian Thompson. Digo sistem&aacute;ticamente porque de verdad soy prolija, es casi como un mailing de prensa: dos o tres veces por d&iacute;a hago una curadur&iacute;a de los mejores y los env&iacute;o, sin ning&uacute;n comentario. Lo hago solamente porque divierte, y no veo nada extraordinario en esa diversi&oacute;n, ni en la m&iacute;a ni en la de los miles que hacen memes y tweets graciosos sobre el tema. La fascinaci&oacute;n con los asesinos es antiqu&iacute;sima. Ted Bundy, Jeffrey Dahmer y Charles Manson son estrellas de la cultura pop. Nahir Galarza no lleg&oacute; ni a terminar su condena que ya tiene su propia serie; y todos ellos, encima, asesinaron a v&iacute;ctimas que nadie ten&iacute;a ninguna raz&oacute;n para odiar. En la fascinaci&oacute;n que genera Mangione se mezclan dos figuras: la del asesino, por un lado, y la del justiciero, por el otro. No hay justificaci&oacute;n para matar a nadie, es cierto, y la ampl&iacute;sima mayor&iacute;a de la gente que comparte memes de Mangione lo sabe. Pero Mangione se meti&oacute; con una de esas personas que &ldquo;lucran con la salud de la gente&rdquo;, que viajan en aviones privados a costa de que una madre soltera se endeude de por vida por un accidente laboral. Es perfectamente posible que Brian Thompson fuera una excelente persona, e incluso si fuera la peor de todas quienes no creemos en la pena de muerte pensamos que no se merec&iacute;a que nadie lo matara. Y as&iacute; y todo, Thompson s&iacute; era una de las caras de un sistema injusto, violento e hip&oacute;crita. No hay nada extraordinario ni de &eacute;poca, reitero, en el hecho de que podamos hablar de eso con liviandad. 
    </p><p class="article-text">
        Hay algunos aspectos de la conversaci&oacute;n en torno de Mangione, por supuesto, que s&iacute; son de &eacute;poca. Lo primero, su presencia online: un asesino centennial tuvo Instagram, tuvo Twitter, tuvo Tinder, Goodreads incluso. Ese morbo irrefrenable que explotaban los canales de televisi&oacute;n hablando con sus amigos y vecinos y mostr&aacute;ndole a la audiencia el intento de entender c&oacute;mo una persona aparentemente normal llega a hacer algo tan por fuera de la norma hoy es una investigaci&oacute;n que todos tenemos a la mano. Internet est&aacute; llena de huellas de Mangione: todos podemos entrar a jugar al detective y buscar las huellas del desborde en sus posteos de vacaciones o su rese&ntilde;a de una pel&iacute;cula.
    </p><p class="article-text">
        Una segunda cuesti&oacute;n, un poco m&aacute;s amplia, es el hecho de que la figura del <em>descastado</em> est&aacute; claramente teniendo un momento. Eso que mostr&oacute; la primera <em>Joker</em>, el culto a un tipo que se sustrae del sistema y hace todo lo que no estar&iacute;amos dispuestos a hacer; la desconfianza de las instituciones existe desde que existen las instituciones, pero tiene &eacute;pocas, y pocas &eacute;pocas han sido m&aacute;s desconfiadas que esta. Las creencias pol&iacute;ticas de Mangione parecen haber sido tanto <em>woke </em>como<em> antiwoke</em>, por lo que podemos encontrar en Internet, pero la pulsi&oacute;n antisistema es lo &uacute;nico que parecen tener de coherente; y quiz&aacute;s ese clivaje, el que separa a los conservadores institucionalistas de los tirapiedras (uso los t&eacute;rminos como descriptivos, sin ninguna valoraci&oacute;n), sea hoy m&aacute;s importante que el que separa a la izquierda de la derecha. En alg&uacute;n sentido, los derechistas que entendieron eso y se pararon en contra de <em>la casta </em>(Milei y Trump, paradigm&aacute;ticamente) entendieron algo sobre la &eacute;poca que va mucho m&aacute;s all&aacute; de estar en contra del progresismo, o del contenido de sus ideas pol&iacute;ticas en general. Pienso, tambi&eacute;n, que cierto tipo de cr&iacute;tica reformista entr&oacute; en una crisis total, y por eso quiz&aacute;s yo puedo decir con mucha liviandad que Brian Thompson es una cara del sistema y no el sistema, y que la violencia contra personas individuales consigue poco; pero las herramientas de la democracia liberal han conseguido, a ojos de mucha gente (y en especial de mucha gente joven) tan poco que no probar con el crimen parece sencillamente terco. Es curioso: no vivimos tiempos particularmente violentos (los asesinatos pol&iacute;ticos, en occidente al menos, son una rareza total), pero la gente se horroriza ante el caos mucho menos que antes. El caos aparece como un descanso, un destello de autenticidad en un mundo cansado de la hipocres&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Y pienso una &uacute;ltima cosa, porque la hipocres&iacute;a y el agotamiento que ella produce est&aacute;n en la ra&iacute;z de todo esto. Los seguros son el caso paradigm&aacute;tico de la hipocres&iacute;a cansadora; me pas&oacute; arregl&aacute;ndome los dientes y arreglando el auto, y no es culpa de la Argentina, por una vez en la vida, es el tipo de cosas que pasa en todos lados. 
    </p><p class="article-text">
        Una paga algo todos los meses, y tiene una suerte de fe absurda en el contrato firmado. Absurda, digo, porque es evidente que el contrato es desigual hasta el rid&iacute;culo, y que negociar con un seguro siempre es negociar con un secuestrador. &ldquo;Te cubrimos hasta ac&aacute;, si no hacelo por afuera&rdquo;, te dicen, y la realidad es que no hay nada que hacer m&aacute;s que aceptar lo que te ofrecen y pagar un dinero que no ten&eacute;s, o no aceptarlo y pagar 10 veces ese dinero que no ten&eacute;s. 
    </p><p class="article-text">
        Es como si los seguros fueran la met&aacute;fora del trauma millennial: me prometieron que si hac&iacute;a las cosas bien (si terminaba la carrera, si pagaba la cuota) las cosas me iban a salir bien, porque hab&iacute;a un sistema que funcionaba as&iacute;, asign&aacute;ndoles recursos a las personas que se ocupan, pero no pas&oacute;, y ahora no hay a qui&eacute;n hacerle reclamo. Es po&eacute;tico, en alg&uacute;n sentido, que de todos los CEO Mangione haya elegido a uno de seguros. Si el sistema funcionara, parece decir, alguien leer&iacute;a la denuncia que escrib&iacute; en el libro de quejas; pero no funciona, as&iacute; que &iquest;para qu&eacute; molestarse con las palabras?&nbsp;&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/caras-sistema_129_11903539.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 15 Dec 2024 20:48:34 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Las caras del sistema]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Asesinatos,Seguros]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Sobre el supuesto fin de las novelas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/supuesto-novelas_129_11827942.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1ea6b71c-9d78-4400-a470-6ba858160429_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Sobre el supuesto fin de las novelas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Nadie se hace lector ni escritor porque leer sea bueno, importante o saludable. Es un lenguaje vomitivo. Y así y todo, decir que da lo mismo que la literatura y la lectura se vuelvan disciplinas de museo me parece un exceso de cinismo.
</p></div><p class="article-text">
        Leo en la revista<em>The New Yorker</em> sobre un libro que todav&iacute;a no sali&oacute; a la venta pero ya me tienta lo suficiente como para anotarme en la lista de espera; se llama <em>Stranger Than Fiction: Lives of the Twentieth-Century Novel </em>(&ldquo;M&aacute;s extra&ntilde;o que la ficci&oacute;n: las vidas de la novela del siglo XX&rdquo;) y b&aacute;sicamente, por lo que dice la nota de <em>The New Yorker</em>, se pregunta si existe algo as&iacute; como la novela del siglo XX. Seg&uacute;n dice tambi&eacute;n, el libro contesta que s&iacute;, y que la novela m&aacute;s o menos muere con el siglo XX: para Edwin Frank, autor del mentado libro y de la colecci&oacute;n de cl&aacute;sicos de la revista <em>New York Review of Books</em>, el siglo XX es el que lleva a la novela a su estadio revolucionario; son los autores de esta &eacute;poca los que terminan el camino que condujo a la novela desde el entretenimiento al arte, produciendo a veces novelas casi ilegibles, pero siempre valientes. Este mismo siglo, dice Frank, agota a la novela. Frank dice haberse inspirado, para este libro que escribi&oacute;, en <em>El ruido eterno</em>, el excelent&iacute;simo ensayo del cr&iacute;tico musical Alex Ross sobre la m&uacute;sica del siglo XX. A m&iacute;, que le&iacute; varias veces <em>El ruido eterno</em> y lo considero uno de mis ensayos favoritos, me sirve el dato para entender por d&oacute;nde va su hip&oacute;tesis. No creo que las novelas hayan muerto, del mismo modo en que no creo que haya muerto la m&uacute;sica acad&eacute;mica, pero me queda claro a lo que se refiere: la relevancia cultural de un compositor contempor&aacute;neo hoy es incomparable con la de Shostakovich. Ning&uacute;n novelista hoy, tampoco, va a tener un peso cultural que se acerque al que tuvieron Philip Roth o Gabriel Garc&iacute;a M&aacute;rquez hace pocas d&eacute;cadas. Uno puede amar la m&uacute;sica y la literatura, pero todo eso es innegable. Y es probablemente igual de innegable que la vitalidad de una forma art&iacute;stica est&aacute; vinculada, aunque de maneras indirectas, con el lugar que cumple en la cultura de su &eacute;poca. No es que no sea posible hoy escribir una excelente novela o una pieza de c&aacute;mara; pero las condiciones para que esas obras sean vibrantes y dialoguen con el presente est&aacute;n menos dadas que hace cincuenta a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        Louis Menand, el autor de la nota de <em>The New Yorker</em>, desarrolla una tesis relativista que no termino de entender si es suya o la saca del libro (lo sabremos despu&eacute;s del 19 de noviembre): la novela efectivamente ya no cumple el rol que cumpli&oacute; en el siglo XIX ni el que cumpli&oacute; en el siglo XX. Ese espacio, dice Menand, ha sido ocupado hoy por las series: la gente ya no te pregunta qu&eacute; est&aacute;s leyendo, sino qu&eacute; est&aacute;s viendo. Menand se pregunta, entonces, c&oacute;mo influye esto sobre las novelas del siglo XXI; si, por ejemplo, las novelas del siglo XXI se escriben ya pensando en la venta de derechos audiovisuales (y se escriben, entonces, para &ldquo;ser filmables&rdquo;). Personalmente, creo que el asunto es m&aacute;s complejo, o m&aacute;s triangular: seguramente muchas ficciones se escriben ya con la adaptaci&oacute;n cinematogr&aacute;fica en el horizonte, a nivel m&aacute;s o menos consciente, pero pienso que le falta un v&eacute;rtice a esta forma de pensar. La verdadera cuesti&oacute;n, me parece, es que las novelas que llegan a ser exitosas en general son las que m&aacute;s se parecen a la experiencia de ver una pel&iacute;cula o ver una serie: cortas, visuales, construidas en torno de personajes que uno puede seguir con amor u odio. <em>Ana Kar&eacute;nina</em> es una novela que ha sido adaptada much&iacute;simas veces, pero su lectura se parece poqu&iacute;simo a la experiencia de ver una serie o una pel&iacute;cula. La trama central tiene mucho de eso, pero hay que comerse p&aacute;ginas y p&aacute;ginas de discusiones ininteligibles sobre manejar un campo para llegar a ella; dif&iacute;cilmente un editor no te cortar&iacute;a esas locuras hoy si pensara que ten&eacute;s entre manos un <em>best seller</em> (si ten&eacute;s la suerte de no tenerlo, en cambio, pod&eacute;s poner todo lo que quieras). Hay excepciones a esto que digo; escrib&iacute; la semana pasada sobre Fortuna, de Hern&aacute;n D&iacute;az, una serie que tiene mucho de &ldquo;adaptable&rdquo; (y seguramente ya tiene sus derechos vendidos), pero tambi&eacute;n trabaja con algunas herramientas muy puramente &ldquo;textuales&rdquo; que brillan justamente porque se trata de una novela. Quiero decir, con todo esto: no es solo que los escritores tengan la mente formateada por las series; es quiz&aacute;s m&aacute;s importante el hecho de que las audiencias las tengan, y entonces, de todas las novelas que se publican cada a&ntilde;o, elijan masivamente esas, las m&aacute;s &ldquo;visuales&rdquo; de todas, para convertirlas en modestos &eacute;xitos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Digo que la tesis de Menand es relativista porque lo que dice es que da igual que en el centro de la cultura est&eacute;n las series o la literatura; que es una cuesti&oacute;n circunstancial, que los lectores de los siglos XVIII y XIX (e incluso los autores) estar&iacute;an profundamente sorprendidos de lo en serio que nos tomamos sus novelas, y entonces no tiene sentido pensar que hay algo m&aacute;s intr&iacute;nsecamente banal o intr&iacute;nsecamente serio en la lectura que en el visionado de series. Pienso que tiene raz&oacute;n en un sentido muy sustancial: he escrito una serie, y veo muchas, y creo que es una forma que tiene el mismo potencial que cualquier otra. Dicho lo cual, y esto lo digo muy a mi pesar, la experiencia de leer es algo profundamente distinto que la experiencia de poner una serie; lo saben todas las personas que te dicen que les cuesta un mont&oacute;n tener tiempo para leer y ponen cualquier serie para quedarse dormidas todas las noches.
    </p><p class="article-text">
        Es deprimente, la verdad, dedicarse a una disciplina tan profundamente moralizada: nadie se hace lector ni escritor porque leer sea bueno, importante o saludable. Es un lenguaje vomitivo. Y as&iacute; y todo, decir que da lo mismo que la literatura y la lectura se vuelvan disciplinas de museo me parece un exceso de cinismo; una desconexi&oacute;n, sobre todo, de la batalla por la atenci&oacute;n que se disputan las corporaciones en nuestros dispositivos 24/7. Es una pena aut&eacute;ntica que la lectura tenga que ser reivindicada por lo que hace por nuestro cerebro, o por lo que hace por nuestros ni&ntilde;os, porque ese es el otro discurso moral en el que curiosamente ha quedado atrapada la lectura. La derecha norteamericana est&aacute; hace a&ntilde;os proscribiendo libros de las escuelas; hace pocas semanas, la derecha mileista que le copia la batalla cultural arranc&oacute; con la misma cantinela. Es profundamente deprimente; como escritora nada me resulta m&aacute;s triste que pedirle a la gente que lea libros porque hace bien o hablar de que a los ni&ntilde;os los libros les &ldquo;abren la cabeza&rdquo;; me siento como si estuviera vendiendo suplementos dietarios. Y as&iacute; y todo, evidentemente: la potencia de la lectura como eso que simb&oacute;licamente le hace frente a la guerra que se libra por la formaci&oacute;n de las mentes, sean las infantiles o las adultas (que a estas alturas ya tienen un <em>attention span</em> peor que las infantiles), est&aacute; en un momento quiz&aacute;s mucho m&aacute;s importante de lo que nos imaginamos quienes leemos todo el d&iacute;a por deformaci&oacute;n profesional, o alg&uacute;n otro defecto personal. Quiz&aacute;s la novela no haya terminado de abrir todas las discusiones que vino al mundo para dar.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/supuesto-novelas_129_11827942.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 17 Nov 2024 20:49:48 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Sobre el supuesto fin de las novelas]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Escritores de prólogos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/escritores-prologos_129_11748640.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6995193d-d0df-40d3-a0a4-c20cd49e00c2_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Escritores de prólogos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El humor cumple un rol extraño en una contemporaneidad que a veces parece la más solemne de las épocas y otras exactamente lo contrario. ¿Será una forma de protegernos o una sensibilidad que perdimos de tanto mirar tragedias todo el día en Internet? A propósito de una lectura, inconclusa, de Samuel Richardson</p></div><p class="article-text">
        Escribo pr&oacute;logos y contratapas bastante seguido y, sin embargo, casi nunca reparo en el hecho de que esos textos suelen ser el primer acercamiento de un lector a la cr&iacute;tica literaria. A los escritores siempre les preguntan c&oacute;mo llegan a la literatura, pero rara vez c&oacute;mo se llega a la cr&iacute;tica, y la cr&iacute;tica (adem&aacute;s de que tambi&eacute;n es literatura) les ense&ntilde;&oacute; a leer, escribir y pensar a pr&aacute;cticamente todos los autores que me interesan. Algunos habr&aacute;n llegado en la universidad, otros en el colegio o en la biblioteca de sus padres. Yo fui a un buen secundario, pero por alguna raz&oacute;n que desconozco en el colegio casi nunca te dan cr&iacute;tica para leer (ni siquiera cuando te dan libros bastante complejos, el tipo de libros que es m&aacute;s f&aacute;cil leer con bibliograf&iacute;a secundaria que sin ella), de modo que esos textos aparecieron en mi vida gracias a los pr&oacute;logos de las ediciones caras. Los pr&oacute;logos de C&aacute;tedra, de Alianza y de Losada, de algunos otros sellos que recuerdo menos. 
    </p><p class="article-text">
        Pienso tambi&eacute;n en las entrevistas a Borges, en sus pr&oacute;logos y en sus libros de ensayos que cada tanto aparec&iacute;an, casi por error, en la biblioteca de mi abuelo. Recuerdo cuando empec&eacute; a darme cuenta de que todos esos textos formaban parte de una conversaci&oacute;n en com&uacute;n, hac&iacute;an referencias a autores que se supon&iacute;a que una deb&iacute;a conocer. Con el tiempo fui entendiendo, tambi&eacute;n, que a esas bibliotecas de los cr&iacute;ticos no las hab&iacute;a le&iacute;do casi nadie. La mayor&iacute;a de los lectores de Borges no hab&iacute;an le&iacute;do a Hawthorne, aunque &eacute;l lo nombraba muy seguido como si todos los conoci&eacute;ramos. Los pr&oacute;logos de <em>Madame Bovary</em> (antes de saber que exist&iacute;an los libros de cr&iacute;tica, yo me compraba varias ediciones del mismo libro para tener muchos pr&oacute;logos) sol&iacute;an mencionar a Lord Byron y a Chateaubriand, pero la gente culta que yo conoc&iacute;a no los ten&iacute;a demasiado le&iacute;dos a ellos. Dos conceptos fueron imprimi&eacute;ndose en mi mente a partir de estos descubrimientos: los escritores que solo le&iacute;an otros escritores, por una parte, y la pregunta por los escritores que lograban ser le&iacute;dos en &eacute;pocas muy distintas a las suyas (Shakespeare, Cervantes, Tolst&oacute;i o Emily Bront&euml;) y los que por alguna raz&oacute;n o por otra, incluso habiendo pertenecido al canon, quedaban en el camino. 
    </p><p class="article-text">
        Hace unas semanas me puse a leer a uno de esos escritores que viven en los pr&oacute;logos: Samuel Richardson, estrella de todos los pr&oacute;logos a libros de Jane Austen que le&iacute; en mi vida, autor de unos cuantos cl&aacute;sicos que jam&aacute;s llegu&eacute; siquiera a tener en mis manos. Me cruc&eacute; con un texto en el que Harold Bloom, uno de mis cr&iacute;ticos favoritos, dec&iacute;a que <em>Clarissa</em> de Richardson era la mejor novela escrita en ingl&eacute;s, y pens&eacute; que, aunque seguramente me costara mucho, val&iacute;a la pena darle una oportunidad. Me cost&oacute; m&aacute;s que mucho leer una quinta parte de la novela (200 p&aacute;ginas; tiene como mil), y no s&eacute; si vali&oacute; particularmente la pena, pero me sirvi&oacute; para pensar en qu&eacute; clase de obras s&iacute; tienen sentido en esta &eacute;poca, y por qu&eacute;. 
    </p><p class="article-text">
        Llegu&eacute; a entender, en lo poco que le&iacute;, lo que le ven de parecido a Jane Austen, y tambi&eacute;n las tres o cuatro diferencias centrales que hacen que a Richardson ya no lo lea casi nadie, y que cada diez o quince a&ntilde;os tengamos que vivir para otra pascua de resurrecci&oacute;n de <em>Orgullo y prejuicio</em>. La longitud, por supuesto, primero y principal pero, sobre todo, una cuesti&oacute;n de tono. Clarissa Harlowe, la protagonista de <em>Clarissa</em>, termina no mal sino p&eacute;simo: enga&ntilde;ada, secuestrada, drogada, violada y luego muerta. Recuerda un poco a algunas chicas deshonradas en la periferia de las novelas de Austen: sobrinas, primas o conocidas de los personajes principales que dan el mal paso y terminan embarazadas de hijos bastardos en alg&uacute;n pueblo lejano, sobreviviendo gracias a la misericordia de alg&uacute;n t&iacute;o. En las novelas de Austen, igual que en las de Richardson, esas son pobres chicas, que por mala suerte o mal juicio o una combinaci&oacute;n de ambos (las violadas en las novelas inglesas casi siempre pecan de esto &uacute;ltimo) terminaron fuera de la buena sociedad a diferencia de las hero&iacute;nas, que encuentran el equilibrio entre el deseo y la virtud.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Austen se ríe de su propio tiempo de una manera en que a Richardson jamás se le ocurriría hacerlo. Es curioso, porque es bastante probable que Austen haya sufrido mucho más las limitaciones de su contexto que Richardson y, sin embargo, es ella la que logra establecer la distancia crítica necesaria para burlarse un poco de todo</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Se casan v&iacute;rgenes con un tipo que les gusta y que tiene una buena posici&oacute;n, y entonces resuelven el dilema: no tienen que elegir entre ser felices y ser normales. Seguimos leyendo a Austen entonces, en parte, porque aunque hable de otro mundo y de otra &eacute;poca los finales de sus novelas son una buena met&aacute;fora de los finales que nos gustar&iacute;a que nos toquen: integradas a las demandas sociales, pero sin sacrificar nada de lo que pensamos que nos hace &uacute;nicas (o casi nada, porque hasta Bloom, que de progre no ten&iacute;a un pelo, escribe siempre que habla de Austen que a todos nos resulta un poquito triste ver a las m&aacute;s picantes de las hero&iacute;nas austenianas convertidas en esposas bien comportadas).
    </p><p class="article-text">
        Pero hay algo incluso m&aacute;s importante, creo, una fuerza que cumple un rol extra&ntilde;o en nuestro lenguaje cultural, y que est&aacute; presente en Austen y no en Richardson: la liviandad, el humor y la iron&iacute;a respecto de la propia &eacute;poca. Austen se r&iacute;e de su propio tiempo de una manera en que a Richardson jam&aacute;s se le ocurrir&iacute;a hacerlo. Es curioso, porque es bastante probable que Austen haya sufrido mucho m&aacute;s las limitaciones de su contexto que Richardson y, sin embargo, es ella la que logra establecer la distancia cr&iacute;tica necesaria para burlarse un poco de todo. 
    </p><p class="article-text">
        Digo que el humor cumple un rol extra&ntilde;o en nuestra contemporaneidad porque a veces parece que vivi&eacute;ramos en la m&aacute;s solemne de las &eacute;pocas, un mundo donde todos se toman todo demasiado en serio, y otras veces parece exactamente lo contrario. Cuando voy al teatro, por ejemplo, y siento que es imposible construir un c&oacute;digo que no se trate de re&iacute;rse, que ya nadie va a sentarse a ver una tragedia o un melodrama. 
    </p><p class="article-text">
        Antes de abandonar por completo a <em>Clarissa</em> me lament&eacute; un poco por no tener en m&iacute; la sensibilidad para disfrutar de la muerte de una santa. M&aacute;s all&aacute; de la cuesti&oacute;n de la violaci&oacute;n y de que parezca que la novela la castiga a ella por ser violada, realmente eso no me afecta tanto. No es un problema de ideas, puedo leer ideas de toda clase. El problema es el modo en que esas ideas se sostienen. Algo en mi educaci&oacute;n sentimental se niega a tomarse las cosas tan en serio, incluso cuando se trata de cosas serias como la vida y la muerte. Quiz&aacute;s es un asunto m&iacute;o, pero creo que es algo que va m&aacute;s all&aacute;, un mal del que participamos todos o muchos: una forma de protegernos, tal vez, de no mirar a la experiencia a los ojos como a la luna en un eclipse. O una sensibilidad que perdimos de tanto mirar tragedias todo el d&iacute;a en Internet, un m&uacute;sculo que sencillamente ya no logramos activar, una atenci&oacute;n que aprendi&oacute; a desviarse autom&aacute;ticamente de lo insoportable para soportar y seguir mirando.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/escritores-prologos_129_11748640.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 20 Oct 2024 19:24:10 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Escritores de prólogos]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Literatura,Jane Austen,Crítica,Libros]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Creadores de contenido]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/creadores-contenido_129_11729668.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/3face6aa-b258-40ef-b745-a0b718f09df2_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Creadores de contenido"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Me molesta que a todo hoy se lo llame “contenido”. La sensación que genera esa palabra y el modo en que la gente la usa es que el soporte de una idea da igual; las cosas se cuentan en cualquier formato. Es distópico que quienes producen arte (o quienes lo financian) digan que hacen “contenido”</p></div><p class="article-text">
        En este mundo lleno de informaci&oacute;n realmente ya no s&eacute; qu&eacute; voy a buscar a ninguna parte. Quiero decir: supongo que en &eacute;pocas menos codificadas nos sent&aacute;bamos en el cine o en el teatro, o una sala de conciertos o en la cama con un libro y esper&aacute;bamos que alguien nos dijera algo. Quiz&aacute;s hasta lo recuerdo: dejar mis cosas en la butaca de al lado esperando que la pel&iacute;cula me dijera algo, algo que le diera sentido a todo esto. Una ven&iacute;a de su vida de discusiones familiares, la oficina, colectivos desviados o amores que no arrancaban y la sensaci&oacute;n era que la cotidianidad ten&iacute;a poco texto: el arte, en cambio, ten&iacute;a mucho, y eso era lo que una ven&iacute;a a encontrar. Ahora me pasa un poco al rev&eacute;s: llego al cine cansada de recibir datos y quiero que pase otra cosa, aunque no sepa ni bien qu&eacute;. No se trata de distraerse ni entretenerse, no es escaparse de la negatividad o de la angustia, todo eso me parece bien. Lo que ya no quiero es que el arte sea texto; le pido, humildemente, que me conecte con una realidad no textual. Vengo a buscar lo que se encuentra en un templo. Que no solo no es escapismo, tal vez es todo lo contrario: en los templos no se habla de idioteces. Se habla de la historia, de la vida y de la muerte. 
    </p><p class="article-text">
        Como pasa con el amor y la aventura, los mejores encuentros son aquellos en los que una no entiende qu&eacute; estaba buscando hasta que efectivamente se lo cruza, y eso me pas&oacute; hace unos d&iacute;as con <em>El Jockey</em>, la &uacute;ltima pel&iacute;cula de Luis Ortega. <em>El Jockey</em> sigue a Remo Manfredini (Nahuel P&eacute;rez Biscayart), un jinete adicto a todo que por razones que nunca terminan de quedar claras est&aacute; sujeto a las voluntades de un empresario que apuesta por &eacute;l en las carreras. Tiene, adem&aacute;s, una novia que tambi&eacute;n corre (&Uacute;rsula Corber&oacute;), mitad enamorada de &eacute;l y mitad harta de &eacute;l. Todo esto importa; importa para la pel&iacute;cula y le importa a Remo, pero es igual de evidente que estos compromisos econ&oacute;micos y afectivos no son todo lo que importa, ni para la pel&iacute;cula ni para Remo. Hay algo m&aacute;s, algo que est&aacute; detr&aacute;s de todo y en contra de todo: detr&aacute;s del amor y de la droga, detr&aacute;s de las carreras y de la adrenalina de escapar los mafiosos hay un hambre de velocidad y de experiencia que vendr&iacute;a a explicar todo lo inexplicable. 
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">El jockey me hizo pensar en aquello que me molesta de que a todo hoy se lo llame “contenido”. La sensación que genera esa palabra y el modo en que la gente la usa es que el soporte de una idea da igual; las cosas se cuentan en cualquier formato; primero viene el mensaje, después alguna forma expresiva que hace simplemente de vehículo</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <em>El Jockey</em> no es la primera pel&iacute;cula que explora la cuesti&oacute;n del hambre de vivir intensamente en relaci&oacute;n con una pregunta por la identidad y por el sentido de la vida; est&aacute; lejos de ser, por supuesto, la primera pel&iacute;cula en investigar la subjetividad de los que siempre tuvieron la certeza de que arder le ganaba a durar. Pero lo que es interesante es el modo en que la pel&iacute;cula llega a esos temas. No tengo idea de cu&aacute;l fue el proceso creativo de Luis Ortega. No vi entrevistas con &eacute;l, me interesa bastante menos que a nuestra &eacute;poca lo que los creadores piensan de sus propias obras (creo que la cr&iacute;tica era y es mejor cuando prescinde un poco de la adoraci&oacute;n de los artistas), as&iacute; que no estoy hablando de eso, sino m&aacute;s bien de los principios constructivos de la pel&iacute;cula. 
    </p><p class="article-text">
        El Jockey me hizo pensar en aquello que me molesta de que a todo hoy se lo llame &ldquo;contenido&rdquo;. La sensaci&oacute;n que genera esa palabra y el modo en que la gente la usa es que el soporte de una idea da igual; las cosas se cuentan en cualquier formato; primero viene el mensaje, despu&eacute;s alguna forma expresiva que hace simplemente de veh&iacute;culo. No es grave cuando se habla as&iacute; de periodismo, o de lo que sea que hacen los influencers y los streamers; pero es dist&oacute;pico que quienes producen arte (o quienes lo financian) digan que hacen &ldquo;contenido&rdquo;. Es aceptar sin m&aacute;s la reducci&oacute;n del arte a la comunicaci&oacute;n. Los procesos por los cuales uno tiene que encontrar la manera de juntar dinero para su arte tienden a conducirnos en esa direcci&oacute;n, y es muy dif&iacute;cil que esos procesos no se derramen despu&eacute;s sobre la obra: es dif&iacute;cil tener que hacer la &ldquo;venta&rdquo; de una pel&iacute;cula de un libro explicando los temas y que luego la obra no se vea, entonces, como un simple veh&iacute;culo para un tema. 
    </p><p class="article-text">
        <em>El Jockey</em> no solamente evita eso, record&aacute;ndonos, as&iacute;, por qu&eacute; es importante que siga existiendo el cine independiente, es que no tiene que pasar por un board de ejecutivos y un equipo de marketing para existir: <em>El Jockey</em> es una obra que llega a sus temas a partir del lenguaje del cine, de la filmaci&oacute;n y la actuaci&oacute;n. No es un formalismo vac&iacute;o, ni un videoclip de dos horas: es efectivamente una pel&iacute;cula que habla de t&oacute;picos existenciales e incluso contempor&aacute;neos, aunque el link con la &eacute;poca sea oblicuo, pero lo hace siempre buscando desde las herramientas de su lenguaje. Se encuentra con el tema de la libertad a partir de los caballos, y no al rev&eacute;s; empieza por la imagen m&aacute;s que por la met&aacute;fora. La pregunta por el sentido de la vida aparece tanto en los momentos en los que el camino de Manfredini se bifurca como en la extra&ntilde;eza profunda de un caballo japon&eacute;s viajando en un avi&oacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        En la actuaci&oacute;n de Nahuel P&eacute;rez Biscayart pasa esto mismo; supongo (otra vez, no le&iacute; ninguna entrevista) que &eacute;l debe haber le&iacute;do y estudiado mucho sobre el mundo de los jockeys o la vida de celebridades glamorosas como Irineo Leguizamo, pero el virtuosismo que trae a la pel&iacute;cula no es el de la imitaci&oacute;n, sino el de la b&uacute;squeda. A diferencia de esos actores que buscan un Oscar en el realismo milim&eacute;trico, P&eacute;rez Biscayart arma una performance completamente inventiva: en una pel&iacute;cula con poqu&iacute;simo texto, la verdad que &eacute;l porta de la cabeza a la punta de los dedos te cuenta todo lo que necesit&aacute;s saber sobre Manfredini para emocionarte sin que entiendas necesariamente por qu&eacute;. Ya le&iacute; un par de esos comentarios chapuceros que piensan que una pel&iacute;cula que no es expl&iacute;citamente pol&iacute;tica es ociosa, escapista o reaccionaria, m&aacute;s &ldquo;en estos tiempos&rdquo;. No es que me importe darles entidad, pero les contesto porque me sirven para mi punto: en &ldquo;estos tiempos&rdquo;, no hay nada m&aacute;s contestatario que negarse a la dictadura del contenido y entregarse sin control a buscar la verdad en los materiales, antes que en la informaci&oacute;n.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/creadores-contenido_129_11729668.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 13 Oct 2024 19:22:48 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Creadores de contenido]]></media:title>
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