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    <title><![CDATA[elDiario.es - Lluís Pla Vargas]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/lluis-pla-vargas/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Lluís Pla Vargas]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Desde Cicely con amor]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/cicely-amor_129_9972693.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7c6ca12a-f57a-4425-b545-4acd992fe970_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Desde Cicely con amor"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Cada generación ha poseído, posee y poseerá su Arcadia. Cada una de ellas ha modelado su paraíso imaginario en la Tierra a través de materiales, formatos, imágenes y sonidos distintos. Toda educación sentimental se despliega mediante el impacto de múltiples productos —muchos de ellos comerciales— y la correspondiente modulación del gusto</p></div><p class="article-text">
        <em>Et in Arcadia ego</em> fue el t&oacute;pico que Virgilio poetiz&oacute;, hace m&aacute;s de dos mil a&ntilde;os, invitando a sus contempor&aacute;neos a apreciar la belleza del modo de vida pastoril que Te&oacute;crito hab&iacute;a cultivado literariamente tres siglos antes. En la poes&iacute;a de Virgilio, aunque no tanto en la de Te&oacute;crito, la Arcadia es el lugar de encuentro con una naturaleza amable, donde los reba&ntilde;os pastan apacibles junto a bellos arroyos y los j&oacute;venes pastores se entregan a sus amores sobre la hierba fresca. Cuando los amores han concluido, los pastores los recuerdan, los cantan y acompa&ntilde;an sus versos con la m&uacute;sica de la flauta. Esto no es algo prosaico, sino excelsamente po&eacute;tico. Es la musa, escribe Virgilio, la que ordena a los pastores &laquo;apacentar ovejas y [&hellip;] ensayar cantos humildes&raquo;. Sin embargo, con el fin del amor, el poema introduce tambi&eacute;n la extinci&oacute;n de todas las cosas y, en particular, de todas las cosas bellas. De este modo, la Arcadia expresa la dulzura de la felicidad y, al tiempo, el recordatorio de su desaparici&oacute;n inevitable. En los prados buc&oacute;licos se dan la mano el placer y la muerte.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cada generaci&oacute;n ha pose&iacute;do, posee y poseer&aacute; su Arcadia. Cada una de ellas ha modelado su para&iacute;so imaginario en la Tierra a trav&eacute;s de materiales, formatos, im&aacute;genes y sonidos distintos. Toda educaci&oacute;n sentimental se despliega mediante el impacto de m&uacute;ltiples productos &mdash;muchos de ellos comerciales&mdash; y la correspondiente modulaci&oacute;n del gusto. Sin embargo, cuando una generaci&oacute;n despliega el cat&aacute;logo de sus filias y sus fobias est&eacute;ticas, no deber&iacute;amos ver en ello solamente una voluntad de autoafirmaci&oacute;n. En el esp&iacute;ritu moderno, la diversidad del gusto es un efecto necesario de lo est&eacute;tico. Y, sin embargo, a veces se producen felices coincidencias est&eacute;ticas entre j&oacute;venes y no tan j&oacute;venes.
    </p><p class="article-text">
        Puesto que entramos en el territorio de la sensibilidad est&eacute;tica, gobernado por el sentimiento, espero que los lectores disculpen mi franqueza en dos ocasiones. La primera es ahora. Mi educaci&oacute;n sentimental est&aacute; ligada a muchos lugares, unos reales y otros imaginarios. Entre estos &uacute;ltimos podr&iacute;a mencionar el Zoo de Pitus, la Nueva York dibujada por Stan Lee, el apartamento de Baker Street donde conviven Holmes y Watson, el planeta helado Hoth, la Macondo relatada por Garc&iacute;a M&aacute;rquez, el piso de soltero en Seattle del psiquiatra Frasier, la siniestra Los &Aacute;ngeles del a&ntilde;o 2019 de <em>Blade Runner</em>, la Estambul del siglo XVI conjurada por la pluma de Orhan Pamuk en <em>Me llamo rojo</em>, la gruta de los nadadores de <em>El paciente ingl&eacute;s</em> o incluso la Bucarest que se eleva hacia el cielo en <em>Solenoide</em>, de Mircea Cartarescu. Sin embargo, si hay un lugar que para m&iacute; destaca por encima de todos los dem&aacute;s, donde he cre&iacute;do ser sabio y he sabido creer en la felicidad, entonces ese lugar solo puede ser Cicely, en Alaska.
    </p><p class="article-text">
        El mismo a&ntilde;o en que empec&eacute; a cursar filosof&iacute;a en la Universidad de Barcelona TVE empez&oacute; a emitir una curiosa serie sobre Joel Fleischman, un joven m&eacute;dico neoyorquino que, obligado a devolver la deuda contra&iacute;da por sus estudios universitarios, es destinado a Cicely, un villorrio agazapado entre las monta&ntilde;as nevadas del condado de <em>Arrowhead</em>, en Alaska. <em>Northern Exposure</em>, que fue titulada aqu&iacute; como <em>Doctor en Alaska</em> &mdash;y que ahora ha aparecido, pulcramente remasterizada, en una plataforma de contenidos audiovisuales de cuyo nombre no quiero acordarme&mdash;, fue mi catalizador sentimental y me puso en marcha hacia esa Arcadia que todav&iacute;a me era desconocida. Las peripecias de ese doctor jud&iacute;o, algo engre&iacute;do, pero, en el fondo, majo, y la extraordinaria corte de los milagros de Cicely, me sirvieron para decantar de una manera deliciosa todo lo que entonces representaba algo importante para m&iacute;: aspiraciones intelectuales, el poder de la literatura, el valor de la amistad, la potencia del amor y la reivindicaci&oacute;n ecologista.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero esto no pretende ser un informe de mis gustos. Hoy se dice que <em>Doctor en Alaska</em> es una serie de culto. Tal vez lo sea. Lo que yo s&iacute; dir&iacute;a es que es una serie donde la filosof&iacute;a y la reflexi&oacute;n sobre el sentido de la existencia aparecen con frecuencia. A principios de los a&ntilde;os noventa, cuando se estren&oacute; la serie, uno de los debates en boga en filosof&iacute;a pol&iacute;tica contrapon&iacute;a dos posiciones fundamentales: por un lado, la filosof&iacute;a pol&iacute;tica del liberalismo, que proven&iacute;a de John Locke, pero que estudi&aacute;bamos en las obras de John Rawls y Ronald Dworkin; por el otro, una serie de propuestas, denominadas comunitaristas, que arrancaban en &uacute;ltimo t&eacute;rmino de Hegel, pero cuyos cultivadores contempor&aacute;neos eran fil&oacute;sofos como Michael Sandel, Charles Taylor o Axel Honneth. La disputa entre estas dos concepciones giraba en torno a c&oacute;mo hab&iacute;a que entender los fundamentos de la subjetividad moral y del orden pol&iacute;tico. &iquest;Son la libertad y los derechos del individuo algo que deba sobrepujar la constricci&oacute;n social y conformar el dise&ntilde;o del Estado, de modo que el individuo es libre para revisar incluso sus fines &uacute;ltimos, o, por el contrario, no solo la libertad, sino tambi&eacute;n los fines &uacute;ltimos de la moral y del Estado, deben entenderse como expresiones de un modo de vida comunitario? Aunque las historias de <em>Doctor en Alaska</em> procuraban establecer un compromiso entre estas dos concepciones, ca&iacute;an casi siempre del mismo lado: admit&iacute;an el valor de la libertad individual, s&iacute;, pero alzaban sin vacilaciones la bandera del comunitarismo y exhib&iacute;an sus rasgos m&aacute;s atractivos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cicely parece hallarse ajeno al devenir del mundo moderno y gobernarse con leyes propias, no escritas, que mezclan en proporciones variables creencias ind&iacute;genas, las convicciones del esp&iacute;ritu de los pioneros, una marcada tendencia ecologista y un recto sentido de pertenencia a la comunidad compatible con el respeto inequ&iacute;voco a la libertad personal. Los relatos que evocaban el origen y las pr&aacute;cticas de la comunidad se cocinaban narrativamente a trav&eacute;s de di&aacute;logos chispeantes, el contraste acusado entre los personajes, unas gotas de humor surrealista y una iron&iacute;a insobornable. Como todos los habitantes de Cicely son emigrantes voluntarios o forzosos, la comunidad pretend&iacute;a simbolizar una miniatura maravillosa de los Estados Unidos de Am&eacute;rica. Se retomaba as&iacute; el mito de una Arcadia min&uacute;scula, sede de una convivencia ejemplar y de una cierta excelencia humana, ubicada a la orilla de lagos cristalinos, oculta tras los bosques de abetos atravesados por la ventisca, como si se tratase de una Shangri-La <em>country</em>, ante la cual las costumbres urbanas palidecen, son ridiculizadas o aparecen como absurdas. En una de las secuencias iniciales, al doctor neoyorquino, reci&eacute;n llegado de la Gran Manzana, no se le ocurre nada mejor que lanzarse a correr durante diez kil&oacute;metros, para ir desde su caba&ntilde;a al centro del pueblo y, una vez all&iacute;, se obceca en comprar un refresco <em>light</em>, lo que provoca el regocijo de los lugare&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        Los que llevan mucho tiempo viviendo en Cicely est&aacute;n perfectamente adaptados a las circunstancias m&aacute;gicas que se producen de vez en cuando y nunca se sorprenden de lo que sucede. Puesto que forman parte de Cicely, ello les otorga una prestancia, un <em>saber estar</em>, una calma relajada, que puede resultar exasperante a los que acaban de llegar. En cambio, son &eacute;stos, como nuestro doctor Joel Fleischman, los que no entienden nada de nada. Por no entender, no entienden siquiera que su incomprensi&oacute;n pueda deberse a algo que el comunitarismo asume sin ning&uacute;n problema: que nuestros patrones de inteligibilidad, as&iacute; como las normas que los incluyen y que sirven para organizar nuestra convivencia, dependen estrechamente de la comunidad en la cual construimos y desarrollamos nuestra vida. Por ejemplo, en Cicely es de mala educaci&oacute;n llamar a la puerta antes de entrar, puesto que esto significa dar por sentada una p&eacute;rdida de confianza con la persona a la casa de la cual uno se dirige. Uno debe agradecer tambi&eacute;n que un miembro de la comunidad ind&iacute;gena le regale una cabra en pago por un servicio, aunque no se sepa qu&eacute; debe hacer con el animal. Y, por otra parte, uno no debe sorprenderse excesivamente si frecuenta la compa&ntilde;&iacute;a de un vagabundo monta&ntilde;&eacute;s que, sin que se sepa muy bien c&oacute;mo, acaba metamorfose&aacute;ndose en oso.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, la perplejidad no es total; si lo fuera, y esto es lo interesante, no habr&iacute;a posibilidad de integraci&oacute;n. Para empezar, se comparte el idioma. Despu&eacute;s, en las ceremonias sociales habituales, la comida &mdash;hamburguesas de alce, en efecto, pero hamburguesas al fin y al cabo&mdash;, y la bebida, sobre todo cerveza y whisky destilado en alambique particular. En tercer lugar, se comparte una cierta conciencia colectiva que encuentra a su portavoz en Chris, el fil&oacute;sofo, predicador, artista y locutor, casi siempre apostado tras las ventanas de la emisora de radio local. En cuarto lugar, se comparten los sentimientos que son reconocibles en todas partes, pero, adem&aacute;s, uno que se desea destacar por encima de los dem&aacute;s: la solidaridad. Y, por fin, todos comparten el territorio bell&iacute;simo, infinito, blanco y agreste al que se sienten &iacute;ntimamente vinculados como a trav&eacute;s de una misteriosa cadena del ser que enlaza a los &aacute;rboles, las bestias y los hombres.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ahora bien, siempre que conclu&iacute;a alguno de los episodios, a menudo con la voz en <em>off</em> de Chris, resultaba f&aacute;cil admitir que el relato no pretend&iacute;a solamente reivindicar con humor nuestra vinculaci&oacute;n con la Madre Tierra y aguzar nuestro sentido del respeto al ecosistema. M&aacute;s all&aacute; de ello, lo que emerg&iacute;a era algo mucho m&aacute;s profundamente humano, intensamente social o incluso radicalmente pol&iacute;tico, algo que nos ven&iacute;a sugerido de maneras diversas desde la emisora K-Oso, el entarimado del bar de Holling, la tienda de Ruth-Anne o la consulta de Joel Fleischman. Se trataba de que era posible lograr la utop&iacute;a pol&iacute;tica de una comuni&oacute;n en el seno de una agrupaci&oacute;n humana excelente en la cual la individualidad de cada cual quedar&iacute;a felizmente preservada.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Me gustar&iacute;a creer que hoy, como lo fue ayer para tantos, la tolerancia de la diversidad y el poder de los v&iacute;nculos comunitarios que representa Cicely pudieran ser comprendidos como los dos aspectos compatibles de una misma actitud &eacute;tica. Me gustar&iacute;a creer que una mano izquierda tolerante y una mano derecha contundente pueden trabajar juntas para posibilitar nuestra redenci&oacute;n &eacute;tica y pol&iacute;tica. Y, por ese motivo, tambi&eacute;n me gustar&iacute;a creer que todas las cartas que pudi&eacute;ramos escribir desde ese lugar imaginario no pueden ser cartas de odio, sino solamente cartas de amor.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Disculpen mi franqueza por segunda y &uacute;ltima vez. Cicely represent&oacute; el sitio de mi recreo, el lugar donde aprend&iacute; a amar, mi regi&oacute;n inmortalmente nevada, mi trampol&iacute;n ecologista, el territorio de la mente libre y el coraz&oacute;n colmado, el paisaje propicio donde poder forjar un alma bella, en suma, mi Arcadia. Y, como los pastores de Virgilio, pienso que, puesto que aqu&iacute; he sido feliz, es aqu&iacute; donde no me importar&iacute;a morir. Solo pido que, tras una sencilla ceremonia, mis cenizas sean esparcidas a la orilla del lago Cle Elum. <em>Et in Cicely ego.</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Lluís Pla Vargas]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/cicely-amor_129_9972693.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 07 Apr 2023 19:43:05 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Desde Cicely con amor]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Salvación por el reconocimiento]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/salvacion-reconocimiento_129_9781686.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/bb8a5bd5-4345-4b81-82ab-38a48e6b7078_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Salvación por el reconocimiento"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hemos depositado la clave de nuestra salvación profana en el ritmo ciclotímico de las redes sociales, que, debido a su misma estructura, expresan claramente la comprensión espacio-temporal de la experiencia</p></div><p class="article-text">
        Cicer&oacute;n escribi&oacute; que la historia es <em>magistra vitae</em>. Aunque no dudamos de la verdad de esta sentencia, no parecemos atenderla debidamente. Quiz&aacute; no debamos sentirnos culpables por ello. Debido a una coyuntura social e hist&oacute;ricamente espec&iacute;fica, los hombres y mujeres del primer tercio del siglo XXI estamos absorbidos por la cultura de la actualidad y, en particular, por la esfera diversificada de la interacci&oacute;n comunicativa digital. Si logr&aacute;ramos hacer el esfuerzo que recomendaba Pierre Vilar, esto es, <em>pensar hist&oacute;ricamente</em>, podr&iacute;amos alcanzar en todo caso una cierta imagen general de nuestra propia &eacute;poca. Y, una vez en este punto, probablemente coincidir&iacute;amos en que esa imagen revela un mundo atenazado por una serie de problem&aacute;ticas de alcance global y resoluci&oacute;n dif&iacute;cil. Pero nuestra comprensi&oacute;n les resultar&iacute;a igualmente extra&ntilde;a a los antiguos y a los modernos. Al mismo tiempo que pensamos que el pasado apenas puede ense&ntilde;arnos algo, somos incapaces de imaginar un futuro promisorio.
    </p><p class="article-text">
        Pero, en concreto, &iquest;por qu&eacute; nos cuesta tanto pensar hist&oacute;ricamente? Una de las razones de esta dificultad est&aacute; conectada con la experiencia social contempor&aacute;nea del espacio y del tiempo. As&iacute; como resulta posible salvar grandes distancias en poco tiempo, tambi&eacute;n lo es regular matem&aacute;ticamente el orden de las actividades y multiplicarlas en franjas temporales homog&eacute;neas, de manera que lo que David Harvey denomin&oacute; la compresi&oacute;n espacio-temporal &mdash;la acumulaci&oacute;n acelerada de eventos en periodos cada vez m&aacute;s cortos de tiempo fruto en &uacute;ltimo t&eacute;rmino del ritmo capitalista&mdash; emerge como uno de los rasgos fundamentales de nuestra experiencia del tiempo. De este modo, por un lado, el dinamismo de la vida econ&oacute;mica, social y cultural desvela una actualidad abigarrada, plagada de l&iacute;neas de fuga, capaz de acaparar toda nuestra atenci&oacute;n; pero, por otro, ese mismo dinamismo acent&uacute;a la fuerza de atracci&oacute;n que el futuro ejerce sobre nuestras experiencias, pensamientos y actitudes. El pasado se resiente por ambos lados. Aparece como una imagen en blanco y negro que se reduce progresiva y velozmente en el retrovisor: un remoto punto de partida que se nos hace dif&iacute;cil comprender y al que, por eso mismo, no creemos que tenga mucho sentido regresar.
    </p><p class="article-text">
        Nuestra relaci&oacute;n con la naturaleza tambi&eacute;n diverge radicalmente de la experiencia que pudo haber tenido Cicer&oacute;n. Hoy sabemos que la imagen de una oposici&oacute;n entre lo natural y lo social es falsa. Para bien y para mal, naturaleza y sociedad est&aacute;n inextricablemente ligadas en nuestras pr&aacute;cticas econ&oacute;micas, sociales y pol&iacute;ticas y, claro est&aacute;, sus efectos compuestos act&uacute;an retroactivamente tanto sobre una como sobre la otra. Nuestra organizaci&oacute;n econ&oacute;mica y social ha alterado el curso de la Naturaleza, poniendo en riesgo la supervivencia de todas las especies vivas en nuestro planeta, incluida la nuestra, y ha empezado a hacerlo en el espacio exterior. A mediados del siglo XX, el pesimismo de un final de los tiempos estaba justificado por el temor a un conflicto nuclear a gran escala; a principios del siglo XXI, lo justifica el hecho de que hemos avanzado m&aacute;s all&aacute; del punto de reversibilidad con respecto al deterioro medioambiental. No parece haber escapatoria. Antes del fin del sistema social y econ&oacute;mico capitalista, o bien en paralelo, asistiremos a un colapso clim&aacute;tico.
    </p><p class="article-text">
        Nuestra &eacute;poca no es la primera y, probablemente, no ser&aacute; la &uacute;ltima en alumbrar concepciones acerca de un fin de los tiempos. Hace alrededor de 1000 a&ntilde;os, sectores relativamente amplios de la sociedad culta en zonas de lo que hoy conocemos como Europa occidental se vieron inmersos en un pavor desconocido, angustioso, abismal. Inspirados por el Apocalipsis de San Juan, el &uacute;ltimo libro del Nuevo Testamento, y profundamente conmovidos por las miniaturas de los libros denominados Beatos, muchos hombres y mujeres llegaron a convencerse de que el orden social y pol&iacute;tico no tardar&iacute;a en hundirse el d&iacute;a del Juicio Final con la llegada del Anticristo. Con creciente horror, con gran ansiedad, y redoblando sus oraciones para poder sobrellevar el miedo, le&iacute;an: &laquo;cuando los mil a&ntilde;os se cumplan, Satan&aacute;s ser&aacute; suelto de su prisi&oacute;n,&nbsp;y saldr&aacute; a enga&ntilde;ar a las naciones que est&aacute;n en los cuatro &aacute;ngulos de la tierra, a Gog y a Magog,&nbsp;a fin de reunirlos para la batalla; el n&uacute;mero de los cuales es como la arena del mar.&raquo; (<em>Apocalipsis</em>, 20, 7-8).&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Puede que no podamos evitar una sonrisa de conmiseraci&oacute;n. &iquest;Sonreir&aacute;n igual los hombres del futuro ante nuestros m&aacute;s fundados temores? Quiz&aacute;. No obstante, hay que se&ntilde;alar que los cl&eacute;rigos medievales creyeron haber localizado en los acontecimientos de su propia &eacute;poca suficientes indicios para justificar su miedo. La lenta descomposici&oacute;n del gran imperio carolingio &mdash;considerado el depositario del legado imperial romano&mdash;, la emergencia de corrientes her&eacute;ticas, la invasi&oacute;n musulmana de la pen&iacute;nsula ib&eacute;rica y la cercan&iacute;a de los a&ntilde;os 1000 y 1033, nutrieron su convicci&oacute;n de que el orden de la Cristiandad estaba en peligro. El contexto social, con la emergencia de las instituciones feudales, un monacato en proceso de reforma y una poderosa tendencia erem&iacute;tica, fue terreno abonado para la consolidaci&oacute;n de las orientaciones milenaristas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Desde finales del siglo X, los monasterios y su espiritualidad fascinaron a segmentos diversos de la sociedad altomedieval y ejercieron una gran influencia en la conformaci&oacute;n de su cultura. Una sociedad convencida de estar bajo el dictado de la Providencia alent&oacute; no solamente la concepci&oacute;n de que sus &oacute;rdenes sociales b&aacute;sicos eran los de los <em>oratores</em>, <em>bellatores</em> y <em>laboratores</em>, sino tambi&eacute;n la idea, formulada por el abad Abbon de Fleury, de que la jerarqu&iacute;a de los aut&eacute;nticos cristianos ten&iacute;a en su base a los laicos, en el segmento intermedio a los cl&eacute;rigos y en la cima a los monjes. Los hombres influyentes del momento, en la religi&oacute;n, la cultura y la pol&iacute;tica, fueron los monjes y, en particular, los abades de los grandes monasterios.
    </p><p class="article-text">
        El florecimiento del estilo de vida mon&aacute;stico, bajo la reglamentaci&oacute;n can&oacute;nica establecida por San Benito, atrajo, en igual medida, a cl&eacute;rigos y laicos, a ricos y pobres, y, al menos, en ciertas regiones, los abades constituyeron una &eacute;lite a la cual muchos buscaron acercarse, de la cual otros tantos solicitaron consejo y en la cual algunos intentaron integrarse. El im&aacute;n mon&aacute;stico consisti&oacute; en un ideal de vida comunitaria, austera y espiritual, capaz de combinar el trabajo y la plegaria, donde, en una estrecha conexi&oacute;n con la divinidad, pod&iacute;an tener sentido todos los esfuerzos realizados para la salvaci&oacute;n. En suma, no solo los monjes y el resto de los cl&eacute;rigos, sino tambi&eacute;n los laicos que entregaban a sus hijos a los monasterios e incluso aquellos caballeros que, intuyendo que la muerte les rondaba, renunciaban a sus obligaciones conyugales y solicitaban vestir el h&aacute;bito de monje, persegu&iacute;an un objetivo com&uacute;n: la salvaci&oacute;n de sus almas.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; tipo de salvaci&oacute;n buscamos nosotros? No, desde luego, la que aspira a una unificaci&oacute;n con la divinidad trascendente, tampoco la que podr&iacute;a ofrecer la gloria de la posteridad, pero s&iacute;, tal vez, la que persigue una aceptaci&oacute;n cabal por parte de los dem&aacute;s aqu&iacute; y ahora. Como percibieron Hegel y Koj&egrave;ve, y hoy sostiene Honneth, nuestra lucha es una lucha por el reconocimiento. Y, del mismo modo que otros hombres, en tiempos lejanos, usaron la oraci&oacute;n, la huida a los bosques, la limosna, el peregrinaje o el martirio como instrumentos de redenci&oacute;n, nosotros tambi&eacute;n empleamos los medios necesarios para conseguir la forma de salvaci&oacute;n profana que buscamos. Hoy regalamos a <em>Twitter</em>, <em>Instagram</em> y <em>TikTok</em> el tiempo de nuestras atenciones y, en contrapartida, ellas nos lo administran con el rigor de una regla mon&aacute;stica, al tiempo que emplean los datos que les concedemos &mdash;y &eacute;ste es el precio a pagar&mdash; para bombardearnos con publicidad teledirigida. Podr&iacute;a afirmarse que se ha abierto paso la idea de una salvaci&oacute;n profana en el mundo de las redes. A trav&eacute;s de ellas articulamos ocio y, cada vez m&aacute;s, trabajo; en ellas no ahorramos esfuerzos, a ellas elevamos nuestras plegarias m&aacute;s sentidas y de ellas se espera la expresi&oacute;n m&aacute;s universalmente compartida de lo que se entiende como reconocimiento social.
    </p><p class="article-text">
        Hemos depositado la clave de nuestra salvaci&oacute;n profana en el ritmo ciclot&iacute;mico de las redes sociales, que, debido a su misma estructura, expresan claramente la comprensi&oacute;n espacio-temporal de la experiencia. Es inevitable que, para la inmensa mayor&iacute;a de sus fieles, se deriven frustraciones prolongadas y, en todo caso, algunas recompensas ef&iacute;meras. Mientras tanto, como ya sabemos, la utop&iacute;a est&aacute; desactivada y la rememoraci&oacute;n de la sabidur&iacute;a de los antiguos suena intempestiva. Y aunque no nos quepa ya recurrir a Cicer&oacute;n, puede que s&iacute; nos valga la pena subirnos a hombros de otros gigantes m&aacute;s cercanos que, compartiendo el esp&iacute;ritu de la primera modernidad, sostuvieron tesis similares a las del jurista romano. Para autores como Erasmo, Montaigne, Cervantes o Maquiavelo, el pasado no solo era una fuente inagotable de ense&ntilde;anzas, sino que adem&aacute;s ten&iacute;a un valor intr&iacute;nseco: el valor de los ejemplos perdurables. Creo que valdr&iacute;a la pena bucear en la imagen de tales espejos a fin de acceder a formas de reconocimiento distintas a las versiones empobrecidas que hoy est&aacute;n en circulaci&oacute;n.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Lluís Pla Vargas]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/salvacion-reconocimiento_129_9781686.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 15 Dec 2022 22:15:35 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Salvación por el reconocimiento]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Recuerda que eres mortal]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/recuerda-mortal_129_9181095.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/97086b08-c86b-49a0-8c6e-bbcac41a6cda_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Recuerda que eres mortal"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La experiencia moderna de la muerte es la del fin absoluto, sin el consuelo de una prórroga espiritual, sin cielo ni infierno, un desplazamiento hacia la Nada, ese auténtico y misterioso castillo de irás y no volverás</p></div><p class="article-text">
        Un grupo de viejos amigos, profesores y profesoras, que se conocen desde la juventud y se&nbsp;ve&iacute;an a menudo antes de la pandemia, ha decidido reencontrarse despu&eacute;s de unos a&ntilde;os sin&nbsp;verse. Unos d&iacute;as antes del encuentro, la pareja de uno de los miembros del grupo los avisa&nbsp;de que Almudena, por desgracia, no acudir&aacute; a la reuni&oacute;n. Un c&aacute;ncer de huesos le ha&nbsp;arrebatado la vida con apenas 50 a&ntilde;os. Sus compa&ntilde;eros y compa&ntilde;eras, s&uacute;bitamente&nbsp;impactados y desolados, resuelven sobreponerse, mantener la cita, recordarla viva y, llegado&nbsp;el momento, brindar por ella. Alzando las copas y conteniendo apenas las l&aacute;grimas expresan&nbsp;su disposici&oacute;n a no olvidarla. &iexcl;Qu&eacute; reveladoras son a veces las convenciones! El objeto tradicional del brindis suele ser la alegr&iacute;a compartida, la expansi&oacute;n sentimental, como sucede&nbsp;en el brindis de <em>La Traviata</em>, pero, en el caso del que se hace por los definitivamente ausentes,&nbsp;lo que compartimos es lo contrario: la tristeza, la p&eacute;rdida, el olvido moment&aacute;neamente&nbsp; postergado. &iquest;No ser&aacute; &eacute;ste, y no aqu&eacute;l, el brindis aut&eacute;nticamente humano, el que clava y exhibe&nbsp;nuestra verdadera condici&oacute;n, como si se tratara del cad&aacute;ver disecado de un insecto en la caja del entom&oacute;logo?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Sabemos que lo inevitable nos espera al final del camino, o quiz&aacute;s en la pr&oacute;xima&nbsp; curva, pero hacemos como si no fuera as&iacute; o, lo que es peor, hacemos como si no fuera con&nbsp; nosotros. Es un craso error. Si hay algo que realmente va con nosotros, como una sombra&nbsp;insoslayable, es nuestra naturaleza mortal. Por ello, deber&iacute;amos pensar m&aacute;s en la muerte,&nbsp;hacer lo posible por apropi&aacute;rnosla simb&oacute;licamente antes de que se nos lleve por delante&nbsp;materialmente, admitirla como la limitaci&oacute;n fundamental capaz de laminar cualquier forma&nbsp; de soberbia. No otro sentido ten&iacute;a el <em>memento mori</em>, aquella costumbre de la antigua Roma que&nbsp;consist&iacute;a en que un esclavo le susurrara al general victorioso, precisamente el d&iacute;a de su regreso&nbsp; triunfal a la capital del imperio, que recordase que era mortal. Esta pr&aacute;ctica sol&iacute;a tener un&nbsp;sentido pol&iacute;tico: se trataba de convencer al militar vitoreado por las masas de la fugacidad de su triunfo -de todo triunfo, en realidad-, empujarlo a respetar las leyes y disuadirlo de toda&nbsp;clase de aventuras pol&iacute;ticas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero, &iquest;cu&aacute;l es nuestra actitud ante la muerte? Es decir, &iquest;de qu&eacute; modo se le enfrentan los hombres y las mujeres que viven en un mundo secularizado, un mundo que se sabe ajeno&nbsp;a dioses y demonios, consecuencia de ese proceso de racionalizaci&oacute;n que Max Weber&nbsp;denomin&oacute; <em>destituci&oacute;n de lo suprasensible</em>? El mismo Weber nos sugiere una clave. Una sociedad&nbsp;progresivamente racionalizada y abierta hacia el futuro emplaza a la vida humana en una&nbsp;especie de b&uacute;squeda sin t&eacute;rmino, en una suerte de avidez constitutiva, que no da respiro&nbsp;alguno. Los hombres del pasado pod&iacute;an morir cansados de vivir y reconciliados con su&nbsp;destino en virtud de profundas creencias religiosas, pero &ldquo;el hombre civilizado, inmerso en&nbsp;un mundo que constantemente se enriquece con nuevos saberes, ideas y problemas, puede&nbsp;sentirse &laquo;cansado de vivir&raquo;, pero no &laquo;saciado&raquo;&rdquo;. Y, puesto que la muerte no tiene sentido, seg&uacute;n Weber, tampoco lo tiene la cultura que, con su progresividad constante, priva a la&nbsp; muerte del sentido que anta&ntilde;o tuvo.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La experiencia moderna de la muerte es la del fin absoluto, sin el consuelo de una&nbsp;pr&oacute;rroga espiritual, sin cielo ni infierno, un desplazamiento hacia la Nada, ese aut&eacute;ntico y&nbsp;misterioso castillo de ir&aacute;s y no volver&aacute;s. Su imagen suele ser la de un tr&aacute;nsito vertiginoso y&nbsp;sin retorno hacia un destino desconocido: <em>el &uacute;ltimo viaje</em>, como escribi&oacute; Machado; <em>la diligencia&nbsp;del abismo</em>, como la caracteriz&oacute; Pessoa. Ahora bien, el proceso de racionalizaci&oacute;n y la&nbsp;perspectiva del desencantamiento, cuyas estructuras conceptuales solo atienden a la utilidad&nbsp;pr&aacute;ctica, al <em>para qu&eacute; </em>de cualquier gesto o acci&oacute;n, son incapaces de asumir el cortocircuito que&nbsp;supone la muerte. 
    </p><p class="article-text">
        Son las formas de esta mentalidad las que nos han conducido a la creencia&nbsp;de que la muerte es un hecho absurdo, pese a ser indiscutiblemente real; un fen&oacute;meno no&nbsp;gestionable, pese a que est&aacute; atravesado por tr&aacute;mites administrativos de toda &iacute;ndole; el&nbsp;contratiempo definitivo, pese a que se produce constantemente a nuestro alrededor; el acceso&nbsp;a lo sobrenatural en su forma m&aacute;s sobrecogedora, pese a tratarse de un proceso tan natural&nbsp;como la misma g&eacute;nesis de la vida. Pero si la muerte es un acontecimiento real e indiscutible,&nbsp;si su llegada nos obliga a todo tipo de gestiones administrativas, si su recurrencia es constante, si es estrictamente natural, en suma, si es un hecho absolutamente normal en el curso de la&nbsp; vida cotidiana, &iquest;c&oacute;mo es posible que nuestras actitudes persistentes hacia ella sean las del&nbsp;desconcierto, el terror, la desesperaci&oacute;n o la mera dificultad para asumirla? Puede que la&nbsp;respuesta sea que, a diferencia de los hombres del pasado, nosotros hemos perdido la&nbsp;familiaridad con la muerte.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        De hecho, el contraste con la experiencia antigua es agudo y sorprendente. La&nbsp;investigaci&oacute;n historiogr&aacute;fica ha mostrado que la mayor&iacute;a de nuestros antepasados, integrados&nbsp;en sociedades no urbanas, cuya reproducci&oacute;n estaba ligada a los ciclos naturales, mantuvieron&nbsp;una relaci&oacute;n distinta con la muerte, m&aacute;s cercana, abierta y franca, lo que posibilit&oacute; que, en el&nbsp;momento decisivo, pudieran ejercitar un sano y consciente autodominio. Quiz&aacute; debamos aprender algo de ellos. En su magn&iacute;fica monograf&iacute;a, <em>La muerte en Occidente</em>, el historiador&nbsp;Philippe Ari&egrave;s recoge testimonios reales y recreaciones literarias que se&ntilde;alan la particularidad de esa relaci&oacute;n. Los protagonistas de estos relatos no solo sab&iacute;an cu&aacute;ndo les estaba rondando&nbsp;la muerte, sino tambi&eacute;n en qu&eacute; momento preciso hab&iacute;an recibido el beso fatal. Ello permit&iacute;a que los que estaban a punto de fallecer tuvieran tiempo para despedirse de todos los&nbsp;allegados. En t&eacute;rminos generales, la muerte, sostiene Ari&egrave;s, estaba socialmente amaestrada:&nbsp;la gente mor&iacute;a en la cama, normalmente a causa de una enfermedad; lo hac&iacute;a rodeada de familiares y vecinos en lo que constitu&iacute;a sin duda un acto p&uacute;blico; y afrontaba el &uacute;ltimo&nbsp;momento con sencillez, mientras los circunstantes recib&iacute;an el hecho en correspondencia, al&nbsp;margen de dramatismos excesivos, sin aspavientos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Una de las expresiones m&aacute;s recordadas del fil&oacute;sofo Martin Heidegger es su&nbsp;caracterizaci&oacute;n del hombre como un ser para la muerte (<em>Sein zum Tode</em>). Heidegger expuso&nbsp;que el ser-para-la-muerte era uno de los rasgos fundamentales de la experiencia humana de&nbsp;estar en el mundo. Ahora bien, la cuesti&oacute;n que se nos abre en este punto es si la consciencia&nbsp;de este rasgo constitutivo nos obliga a entregarnos en cuerpo y alma, es decir, si nuestra vida&nbsp;debe estar orientada por el hecho de su acabamiento, o si, teniendo esto presente, hay la&nbsp; posibilidad de convivir con esa consciencia y hacerla valer para una vida provechosa,&nbsp;significativa, incluso feliz. La consciencia del fin deber&iacute;a ser una oportunidad para desplegar&nbsp; una vida con sentido. Si no quedamos convencidos, enfoquemos el asunto de manera&nbsp;contraf&aacute;ctica. De ser inmortales, &iquest;alentar&iacute;amos y cerrar&iacute;amos proyectos?, &iquest;perseguir&iacute;amos el&nbsp;bien?, &iquest;nos esforzar&iacute;amos por hacer de este mundo un lugar mejor?, &iquest;abrigar&iacute;amos el deseo&nbsp;de tener descendencia? No lo sabremos nunca a ciencia cierta, pero albergamos el poderoso presentimiento de que no har&iacute;amos ninguna de estas cosas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Puesto que imitar las actitudes del pasado sin un convencimiento aut&eacute;ntico no es una&nbsp;opci&oacute;n, &iquest;c&oacute;mo podr&iacute;amos recuperar una porci&oacute;n de aquella antigua presencia de &aacute;nimo, de&nbsp; aquella envidiable dignidad de los antiguos? Elizabeth Kubler-Ross reflexion&oacute; en cierta&nbsp; ocasi&oacute;n sobre el hecho de que aquellos que aprendieron a conocer la muerte, en lugar de&nbsp; temerla y combatirla, llegaron a ser nuestros maestros sobre la vida. En esta l&iacute;nea, una&nbsp; respuesta podr&iacute;a pasar por un doble frente educativo en todo caso conectado con la reflexi&oacute;n&nbsp; &eacute;tica. Por un lado, la introducci&oacute;n de una pedagog&iacute;a de la muerte, asociada a la tem&aacute;tica &eacute;tica&nbsp; y jur&iacute;dica del derecho a una muerte digna, entre los m&aacute;s j&oacute;venes, los estudiantes de&nbsp; secundaria. Se tratar&iacute;a en este caso de estimular la conciencia de la finitud en aquellos y&nbsp; aquellas que, vitalmente, m&aacute;s ajenos se sienten a ella. Por otro lado, la incentivaci&oacute;n, tanto&nbsp;desde la educaci&oacute;n reglada como desde la sociedad civil, de una reflexi&oacute;n que ponga de relieve&nbsp; c&oacute;mo nuestra mortalidad puede ser una condici&oacute;n para el desarrollo moral de los ciudadanos,&nbsp; esto es, que entre mortalidad y moralidad hay una relaci&oacute;n m&aacute;s compleja que la que sugiere&nbsp;la proximidad gr&aacute;fica de las palabras. A trav&eacute;s de ambas sendas se podr&iacute;an poner las bases&nbsp; para una comprensi&oacute;n futura y socialmente m&aacute;s sana de la muerte en la experiencia cotidiana&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        moderna.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Las dificultades que enfrentan estas estrategias son serias, estructurales, casi&nbsp;insuperables. Como resultado del proceso de racionalizaci&oacute;n, la tecnociencia contempor&aacute;nea&nbsp;fomenta la idea de un presente infinito a trav&eacute;s de un repertorio impresionante de soluciones tecnol&oacute;gicas. El capitalismo opera bajo la presuposici&oacute;n de que no hay l&iacute;mites t&eacute;cnicos,&nbsp; humanos o ecol&oacute;gicos para una extracci&oacute;n ampliada de plusval&iacute;a. Por lo dem&aacute;s, la muerte se&nbsp;ha banalizado y espectacularizado a partes iguales en los medios de comunicaci&oacute;n y en toda&nbsp;clase de plataformas. No es extra&ntilde;o que la humilde &eacute;tica de la finitud, junto con su conciencia&nbsp; de nuestra limitaci&oacute;n fundamental, palidezca en un rinc&oacute;n y que, como tantas otras cosas esenciales en la vida, se la eche en falta solo cuando ya es demasiado tarde. Sin embargo, el&nbsp;precio de no asumirla seguir&aacute; siendo una vivencia an&oacute;mala de nuestra humana condici&oacute;n. No permitamos que el &uacute;ltimo brindis lo haga la tanatofobia. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Lluís Pla Vargas]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/recuerda-mortal_129_9181095.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 20 Aug 2022 18:29:02 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Recuerda que eres mortal]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Se quiere otra vida]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/quiere-vida_129_9037065.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/3a310ad3-f983-4d61-b249-ede19994e36b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Se quiere otra vida"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Otra vida lejos de esta vorágine parece, no solo razonable, sino también deseable. Y lo cierto es que atisbos de esta existencia distinta y menos ingrata pueden emerger con un mero viaje, con el agotamiento imprevisto de la batería o con cualquier avería que afecte al teléfono</p></div><p class="article-text">
        En 1983, el m&uacute;sico Franco Battiato compuso la canci&oacute;n <em>Ci vuole un&rsquo;altra vita</em>. Su arranque orquestral, bello y evocador, contrasta poderosamente con la letra, que nos habla del tr&aacute;fico inacabable de la ciudad, de los coches aparcados en triple fila y del nerviosismo que genera la vida urbana. Sumidos en este escenario deprimente, comprobamos que no sirven los tranquilizantes ni las terapias, tampoco los excitantes o las ideolog&iacute;as. Y dado que no sirven, conclu&iacute;a Battiato, se quiere sencillamente otra vida. <em>Otra vida</em>, nada m&aacute;s y nada menos. En esta &eacute;poca dominada de principio a fin por el ritmo un&iacute;voco del reguet&oacute;n y el <em>trap</em>, recuerdo con frecuencia los temas hermosos y enigm&aacute;ticos, a veces en&eacute;rgicos, a veces melanc&oacute;licos, pero siempre un punto filos&oacute;ficos, del cantante siciliano. He rememorado <em>Ci vuole un&rsquo;altra vita</em> a causa de una noticia aparecida hace unos d&iacute;as en los medios de comunicaci&oacute;n y que no ha tenido, quiz&aacute;, la repercursi&oacute;n adecuada. Primero la BBC y, luego, algunos otros medios, informaron del incremento de las ventas de tel&eacute;fonos m&oacute;viles sin acceso a internet. La adquisici&oacute;n a escala mundial de estos dispositivos, conocidos como <em>dumbphones</em>, por oposici&oacute;n a los <em>smartphones</em>, ha pasado de 400 millones de unidades en 2019 a 1000 millones en 2021.
    </p><p class="article-text">
        Comprender el porqu&eacute; de estas cifras tal vez nos conduzca a asumir el esp&iacute;ritu que animaba los versos de Battiato. No habr&iacute;a que descartar que la opci&oacute;n por adquirir tel&eacute;fonos sin acceso a internet tenga que ver con el aliciente de un precio asequible o con el aguij&oacute;n de la nostalgia. Sin embargo, m&aacute;s all&aacute; de estos motivos, podr&iacute;a sugerirse que el factor fundamental es la consciencia creciente de que la hiperconexi&oacute;n -la conexi&oacute;n total, permanente, continua y en actualizaci&oacute;n constante- ya no es considerada tan ventajosa y deseable como se nos hab&iacute;a hecho creer. En otras palabras, cada vez hay m&aacute;s personas que quieren otra vida. &iquest;Qu&eacute; clase de vida? Podr&iacute;amos responder: una -alejada relativa o completamente- de los m&oacute;viles conectados a internet, de la exposici&oacute;n continua y la disponibilidad constante, de la atenci&oacute;n volcada a la exterioridad y de la compulsi&oacute;n a dar respuestas inmediatas&hellip; En definitiva, una vida que, sin renegar de las virtudes de la comunicaci&oacute;n aut&eacute;ntica y, dir&iacute;ase, precisamente por querer estar a la altura de &eacute;stas, pretende situarse al margen de esa exigencia impl&iacute;cita y perversa de la sociedad de la transparencia seg&uacute;n la cual <em>estar</em> <em>presente</em> ya no es, como habr&iacute;a escrito Martin Heidegger, <em>estar con</em>, sino &uacute;nica y exclusivamente <em>estar para</em>.
    </p><p class="article-text">
        Los datos presentados en el informe <em>Ditrendia Mobile 2020</em> ya eran suficientemente reveladores del nivel de saturaci&oacute;n alcanzado en 2019, antes de la pandemia, y llevan a pensar que los datos acerca de la adicci&oacute;n al m&oacute;vil han debido de empeorar desde entonces hasta ahora. Seg&uacute;n ese informe, el 90 % de los adultos del mundo ten&iacute;a un m&oacute;vil con acceso a internet; la media de uso del m&oacute;vil era de 3 horas y 22 minutos al d&iacute;a, lo cual equivale a prestarle una atenci&oacute;n total durante 48 d&iacute;as al a&ntilde;o; el 91 % del tiempo estaba consagrado al uso de las aplicaciones; cada uno de los usuarios ten&iacute;a una media de 8,6 cuentas en redes sociales, entre las cuales <em>Facebook</em> todav&iacute;a manten&iacute;a la hegemon&iacute;a mientras que <em>Tik Tok</em> ya aparec&iacute;a como la plataforma de mayor crecimiento; y, por lo dem&aacute;s, se confirmaba que la mitad del tr&aacute;fico de internet se realizaba ya desde tel&eacute;fonos m&oacute;viles para a&ntilde;adir, finalmente, que &eacute;ste iba indudablemente al alza.
    </p><p class="article-text">
        Otra vida lejos de esta vor&aacute;gine parece, pues, no solo razonable, sino tambi&eacute;n deseable. Y lo cierto es que atisbos de esta existencia distinta y menos ingrata pueden emerger con un mero viaje, con el agotamiento imprevisto de la bater&iacute;a o con cualquier aver&iacute;a que afecte al tel&eacute;fono. En la simple alteraci&oacute;n de las circunstancias cotidianas aparece un horizonte no cotidiano. Esto ya es un indicio de que el mundo absolutamente previsible y controlado, ese mundo presupuesto por la agenda port&aacute;til y el imperio de las notificaciones, tiene m&aacute;s de ilusi&oacute;n que de realidad. En momentos as&iacute;, apunta una libertad que cre&iacute;amos olvidada o, si no es el caso, porque esto quiz&aacute; nos suene excesivo, lo cierto es que se abre, al menos, la vereda inopinada a trav&eacute;s de la cual es posible rehuir moment&aacute;neamente la presi&oacute;n. Moment&aacute;neamente, por supuesto, porque, en cualquier caso, el calco demoledor del universo de&nbsp; Matrix donde hacemos lo posible por sobrevivir -un mundo clausurado mucho m&aacute;s insidioso que la famosa <em>jaula de hierro</em> de la que hablara Max Weber- sigue siendo absoluto e inesquivable.
    </p><p class="article-text">
        Ahora bien, se trata de una jaula miniaturizada, que llevamos en la mano, y en la cual intentan meternos a peque&ntilde;os empujones, pero en la que, en defintiva, acabamos entrando por iniciativa propia. Como si se tratara de potencias m&iacute;ticas, a la vez ben&eacute;volas y mal&eacute;ficas, los <em>smartphones</em>, por un lado, nos ponen el mundo al alcance de los dedos, permiti&eacute;ndonos la comunicaci&oacute;n instant&aacute;nea, hacer fotograf&iacute;as y v&iacute;deos de calidad, realizar ciertas tareas, comprar bienes o servicios, entretenernos y orientarnos por el entorno; por otro lado, y al mismo tiempo, constituyen breves altares luminosos a trav&eacute;s de las cuales debemos acreditar que somos nosotros, y no otras personas, quienes estamos intentando acceder a alg&uacute;n servicio, o fisuras port&aacute;tiles a trav&eacute;s de las cuales se cuelan hasta nuestra limitada capacidad de comprensi&oacute;n un aluvi&oacute;n desagradable y potencialmente infeccioso de mensajes inesperados, llamadas inoportunas, avisos, publicidad y virus.
    </p><p class="article-text">
        Los antiguos creyentes cristianos establecieron la convenci&oacute;n de que el 10% del tiempo de las 24 horas del d&iacute;a -el diezmo del tiempo- deb&iacute;a dedicarse a orar a Dios -el Se&ntilde;or del tiempo-. Esto significa una pr&aacute;ctica de oraci&oacute;n de 2 horas y 24 minutos al d&iacute;a. La plegaria cotidiana ante el m&oacute;vil no solo es cuantitativamente m&aacute;s larga, sino tambi&eacute;n cualitativamente distinta. La atenci&oacute;n se centra m&aacute;s en las im&aacute;genes que en las palabras -y si es en ellas, frecuentemente bajo la forma de titulares-, est&aacute; m&aacute;s pendiente de los impactos emocionales -que giran en una rueda continua de historias o v&iacute;deos- que de los argumentos reflexivos y, finalmente, se puede dispersar f&aacute;cilmente en la misma medida que est&aacute; sometida a toda clase de intrusiones inesperadas. Pero hay algo todav&iacute;a peor. El abuso del m&oacute;vil invierte la relaci&oacute;n ordinaria que se establece entre el usuario y el instrumento. Debido al abuso del instrumento, &eacute;ste se convierte en finalidad, mientras que el usuario, que deber&iacute;a ser finalidad en tanto que emisor o receptor, emerge como un simple medio para la conectividad global. El fen&oacute;meno ya se ha descrito en relaci&oacute;n con las redes sociales m&aacute;s importantes del mundo digital, que se elevan como estructuras globales de producci&oacute;n de comunicaci&oacute;n y acumulaci&oacute;n de beneficios derivados de la publicidad. A la base de estos gigantes empresariales del mundo contempor&aacute;neo cuyas marcas poseen alcance planetario hay un ej&eacute;rcito de usuarios que, libre y voluntariamente, como esos arquet&iacute;picos adultos que consienten, propios del liberalismo doctrinario, no son solamente sus productores m&aacute;s baratos, sino tambi&eacute;n sus productos m&aacute;s preciados.
    </p><p class="article-text">
        A todas estas certezas que, pese a serlo, conviene recordar de vez en cuando para poder vislumbrar qu&eacute; nos estamos perdiendo cuando, conectados permanentemente con todo y con todos, creemos que no nos estamos perdiendo nada, habr&iacute;a que a&ntilde;adir otra certeza m&aacute;s del mismo tenor: la misma tecnolog&iacute;a que nos permite abrir una ventana al mundo infinito posibilita tambi&eacute;n que, por medio de ella, se puedan espiar nuestros pensamientos, nuestros movimientos y nuestros corazones. En suma, que no estamos en una id&iacute;lica <em>sociedad de la transparencia</em>, sino, m&aacute;s bien, en la siniestra era del <em>capitalismo de la vigilancia</em>, que dir&iacute;a Shoshana Zuboff. Y mientras tanto, la realidad no deja de gastar malas pasadas a nuestro pulcro lenguaje epocal, fascinado por la tecnolog&iacute;a, porque no deja de ser hasta cierto punto gracioso que sean los tel&eacute;fonos inteligentes, y no los <em>dumbphones</em>, los que permitan el espionaje. Los directivos de <em>WhatsApp</em> pueden jurar que nuestras conversaciones ser&aacute;n privadas en su plataforma debido a que nuestros mensajes est&aacute;n cifrados de extremo a extremo. Pero, dadas las circunstancias, esta declaraci&oacute;n parece un mal chiste, no porque se hayan descubierto ahora las maniobras de espionaje masivo que han afectado los m&oacute;viles de Pere Aragon&egrave;s y Pedro S&aacute;nchez, sino porque ni siquiera los tel&eacute;fonos de Donald Trump o Angela Merkel resultaron ser invulnerables en su momento.
    </p><p class="article-text">
        En suma, parece que hay varias y buenas razones para querer otra vida, una relativa o completamente desconectada, y parece que hay gente que est&aacute; dando pasos en esa direcci&oacute;n. Para ello, puede que no sea necesario prescindir todav&iacute;a del <em>smartphone</em> ni que debamos sustituirlo ya por un <em>dumbphone</em>. &iquest;Por qu&eacute; no empezar a abrir espacios <em>off line</em> no encendiendo el m&oacute;vil nada m&aacute;s despertarnos? Mejor escuchar entonces los latidos del propio coraz&oacute;n y los de la ciudad que tambi&eacute;n despierta. Y para compensar al a&ntilde;orado Franco Battiato, pongamos un CD o, mejor, un vinilo, y escuchemos <em>Ci vuole un&rsquo;altra vita</em> mientras tomamos el primer caf&eacute; del d&iacute;a.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Lluís Pla Vargas]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/quiere-vida_129_9037065.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 10 Jun 2022 04:01:10 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Se quiere otra vida]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[En defensa del filosofar]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/defensa-filosofar_129_8477861.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0eb6cae3-e02a-422f-8721-fc944aed75ca_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="En defensa del filosofar"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Deberíamos defender la filosofía como una actitud de interrogación ante la vida, como una disposición atenta al mundo y a los hombres, como un afán inextinguible de comprensión</p></div><p class="article-text">
        Hace apenas tres a&ntilde;os, la Proposici&oacute;n No de Ley (PNL) para recuperar un ciclo completo de contenidos filos&oacute;ficos, que cubriera desde cuarto de la Educaci&oacute;n Secundaria Obligatoria (ESO) hasta segundo de bachillerato, fue apoyada por todos los partidos del arco parlamentario en Espa&ntilde;a. La PNL fue apoyada as&iacute; por los representantes del Partido Popular que, en este sentido, se opusieron a lo que ellos mismos hab&iacute;an defendido antes mediante la llamada ley Wert. Sin embargo, estos &uacute;ltimos d&iacute;as se ha confirmado que el socio mayoritario del gobierno de coalici&oacute;n de PSOE-Unidas Podemos tiene tambi&eacute;n la intenci&oacute;n de contradecirse en esta materia. A diferencia de lo que sostuvo en 2018, y contra el criterio de los expertos, ha propuesto reducir el papel de la filosof&iacute;a a una materia de valores c&iacute;vicos y &eacute;ticos de una hora semanal y, adem&aacute;s, suprimir la asignatura de filosof&iacute;a que, como materia optativa, pod&iacute;a ser escogida por el alumnado en cuarto de la ESO. Si se tiene en cuenta que la materia de valores c&iacute;vicos y &eacute;ticos no tiene por qu&eacute; ser enfocada necesariamente desde un punto de vista filos&oacute;fico, lo que estos cambios implican es que los chicos y las chicas que no prosiguen sus estudios pueden cerrar su etapa educativa obligatoria sin haber o&iacute;do nunca en la escuela una palabra acerca de la filosof&iacute;a. Sin duda, esto es lamentable. Tan lamentable como si la decisi&oacute;n gubernamental consistiera en suprimir, o reducir a una caricatura, las horas dedicadas al estudio de la historia, la geograf&iacute;a, el arte o la cultura cl&aacute;sica y, por lo dem&aacute;s, tan lamentable como ser&iacute;a proponer la eliminaci&oacute;n de la pr&aacute;ctica de la educaci&oacute;n f&iacute;sica en el curr&iacute;culo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A diferencia de lo que suced&iacute;a en la escuela de hace cincuenta a&ntilde;os, en la cual se primaba la memorizaci&oacute;n, se desincentivaba la organizaci&oacute;n de los alumnos y &eacute;stos se situaban como meros receptores al final del eje de la transmisi&oacute;n de contenidos con el maestro como suministrador no evaluable de los mismos, el sistema educativo actual, bajo&nbsp; el marco de una sociedad democr&aacute;tica, pone &eacute;nfasis en el desarrollo competencial de los alumnos, la interacci&oacute;n constante entre &eacute;stos y los docentes y la necesidad de que la evaluaci&oacute;n vaya acompa&ntilde;ada de la autoevaluaci&oacute;n de estos &uacute;ltimos. Al menos en teor&iacute;a, lo que el modelo pretende es capacitar m&iacute;nimamente a los chicos y chicas para que puedan desenvolverse en la sociedad del futuro inmediato y llevar adelante una vida significativa. Todos deber&iacute;amos estar de acuerdo en que la escuela debe contribuir a preparar ciudadanos social, moral y ecol&oacute;gicamente responsables, no s&uacute;bditos obedientes, ego&iacute;stas irreflexivos ni operarios cerriles. Ahora bien, la exclusi&oacute;n de la filosof&iacute;a de esta etapa educativa, paralela a la minoraci&oacute;n de las humanidades no solo en la ESO, sino tambi&eacute;n en el bachillerato, confirma que el tipo de actitudes y competencias centrales que se desean promover no son otras que las que demanda el mercado laboral, y no tanto las adecuadas a la apertura epist&eacute;mica, el examen de las razones morales de nuestras acciones, la interrogaci&oacute;n constante acerca de nuestro modo de vida o la b&uacute;squeda de un modo de vida social y ecol&oacute;gicamente justo para todos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La escuela p&uacute;blica es una pieza clave del mecanismo de reproducci&oacute;n social y hoy en d&iacute;a no puede dudarse de su car&aacute;cter democr&aacute;tico. No obstante, como tambi&eacute;n sabemos, el <em>ethos</em> y las pol&iacute;ticas neoliberales han permeado nuestras sociedades durante cinco d&eacute;cadas y, en este sentido, no parecer&iacute;a sensato sostener que no hayan afectado tambi&eacute;n a la ense&ntilde;anza p&uacute;blica, a qu&eacute; se ense&ntilde;a, c&oacute;mo, en qu&eacute; condiciones y bajo qu&eacute; ideales normativos. Lo cierto es que lo han hecho y de m&uacute;ltiples maneras, con variaciones significativas entre las diversas etapas del ciclo educativo, y afectando a todos los participantes del proceso educativo, aunque haci&eacute;ndolo de distinta manera en pa&iacute;ses con tradiciones culturales y niveles de sindicaci&oacute;n entre el profesorado diferentes. Pero entre las ruinas del neoliberalismo, para decirlo con la fil&oacute;sofa Wendy Brown, pueden reconocerse a&uacute;n sus efectos duraderos. En el caso que nos ocupa, el dise&ntilde;o del curr&iacute;culo y el peso que los legisladores otorgan a una u otra materia viene a coincidir, en l&iacute;neas generales, con el dictamen del neoliberalismo acerca del mundo social que &eacute;l mismo ha contribuido a generar: que la realidad econ&oacute;mica es muy dura, que no hay alternativa al capitalismo, que el escenario ecol&oacute;gico que aguarda a las j&oacute;venes generaciones es de pesadilla, que vivir&aacute;n obviamente peor que sus padres, etc.&nbsp;Ante estos pron&oacute;sticos aparentemente indiscutibles, se viene a decir, la escuela, s&iacute;, p&uacute;blica y democr&aacute;tica, no puede estar para zarandajas. Por consiguiente, no ha de malgastar las preciosas horas del curr&iacute;culo ilustrando acerca de las aventuras del esp&iacute;ritu, incentivando a los alumnos para que se pregunten sobre los porqu&eacute;s &uacute;ltimos del universo f&iacute;sico o el mundo social y, si organiza salidas al campo o al museo, tiene la obligaci&oacute;n de verificar que los alumnos hayan extra&iacute;do alguna clase de aprendizaje cuantificable mediante las fichas correspondientes.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero si el subtexto que los alumnos asimilan bajo los diversos contenidos es que toda acci&oacute;n debe tener la expectativa de una acci&oacute;n rec&iacute;proca, sea bajo la forma de premio o castigo, entonces la instituci&oacute;n escolar no escapa del esquema econ&oacute;mico est&aacute;ndar seg&uacute;n el cual la iniciativa solo se lleva a cabo por la expectativa del beneficio. En la pr&aacute;ctica, es cierto, esta comprensi&oacute;n meramente economicista del rendimiento escolar queda cancelada d&iacute;a tras d&iacute;a por el trabajo, la generosidad, la empat&iacute;a y el compromiso &eacute;tico de muchos docentes, que son los que est&aacute;n en el aula, miran a los ojos a los alumnos y saben mejor que nadie que tienen entre manos la m&aacute;s fundamental, dif&iacute;cil y delicada de las tareas: contribuir a formar personas. Sin embargo, hay algo profundamente insatisfactorio en considerar no solo la escuela, sino tambi&eacute;n cualquier instituci&oacute;n educativa p&uacute;blica, exclusivamente como un ap&eacute;ndice de la producci&oacute;n, como un vivero de productores y consumidores, y hoy, en particular, como el mero trampol&iacute;n para lanzarse, si se tiene suerte, a las aguas inciertas del mundo del trabajo, y si no se tiene, a las aguas estancadas del paro estructural. Al fin y al cabo, como sostuvo Theodor W. Adorno, &ldquo;solo en virtud de su oposici&oacute;n a la producci&oacute;n, en tanto que no del todo asimilada por el orden, pueden los hombres dar lugar a una producci&oacute;n m&aacute;s dignamente humana&rdquo;. Para los alumnos, la escuela deber&iacute;a ofrecer, como deber&iacute;a hacerlo tambi&eacute;n el hogar, ambos tan cercanos a su experiencia, un lugar para &ldquo;una producci&oacute;n m&aacute;s dignamente humana&rdquo; o, en todo caso, &mdash;un lugar para plantar la semilla de que podr&aacute;n llevarla a cabo efectivamente alg&uacute;n d&iacute;a. La escuela deber&iacute;a ser un refugio, uno en el cual haya tiempo para pensar no para so&ntilde;ar&mdash; en la posibilidad de un mundo distinto y hacer acopio de ciertos recursos para la resistencia futura antes de que el viejo mundo, con sus rutinas y miserias, sus matones y acreedores, sus injusticias y arbitrariedades, su precariedad y desilusi&oacute;n, se abata definitivamente sobre las j&oacute;venes cabezas y los j&oacute;venes cuerpos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El fil&oacute;sofo John Dewey sostuvo que la educaci&oacute;n consiste en la formidable y siempre perfectible tarea de formar y dar curso a las disposiciones fundamentales intelectuales y emocionales de los j&oacute;venes respecto a la naturaleza y la sociedad. En su <em>Democracy and Education: An Introduction to the Philosophy of Education</em>, recogi&oacute; en una veta pragmatista la idea de que la filosof&iacute;a puede ser comprendida como la teor&iacute;a general de la educaci&oacute;n. Por su naturaleza proteica y cr&iacute;tica, por su notoria carencia de objeto de estudio privilegiado, por el hecho de incorporar la reflexi&oacute;n de que el aprendizaje nunca se acaba, por su apelaci&oacute;n impenitente a las razones que nos asisten en el discurso y la acci&oacute;n, la filosof&iacute;a est&aacute; cerca de la actitud de apertura cr&iacute;tica ante el mundo propia de los j&oacute;venes y se incorpora, con esa p&aacute;tina de naturalidad que nos ha concedido el decurso de la historia pol&iacute;tica, a una forma de entender la convivencia abierta a un experimentalismo democr&aacute;tico que debe ser, en todo caso, respetuoso de los derechos humanos. Si nos atenemos a estas razones, entonces la propuesta de desterrar a la filosof&iacute;a del curr&iacute;culo de la ESO no es simplemente equivocada, sino que expresa una traici&oacute;n al esp&iacute;ritu de esa escuela p&uacute;blica y democr&aacute;tica, espacio de apertura y refugio de libertad, que todos decimos defender.
    </p><p class="article-text">
        Quisiera concluir con una &uacute;ltima y, espero, decisiva idea. En el retorno del conservadurismo que se advierte por doquier, no faltan partidarios de una cultura de museo que defienden la preservaci&oacute;n de la filosof&iacute;a en el curr&iacute;culo escolar como si con ello ejecutaran una reverencia de gratitud a lo que denominan las ra&iacute;ces de la cultura occidental, el <em>Sancta Sanctorum</em> del saber de la humanidad, el trasfondo sublime de las manifestaciones religiosas o art&iacute;sticas o, incluso, los fundamentos &uacute;ltimos de las ciencias positivas. Al expresarse en estos t&eacute;rminos, proyectan la mirada al pasado entendiendo la filosof&iacute;a como una disciplina, un acervo, un conjunto de aportaciones dignas de ser recordadas y no tanto como una historia movilizada por la cr&iacute;tica. No obstante, el acento reivindicativo de esta nota quiere descansar no en el pasado, sino en el futuro; no en lo viejo, sino en lo nuevo; no en los hombres y mujeres encallecidos, que est&aacute;n de vuelta de todo, sino en los j&oacute;venes que est&aacute;n todav&iacute;a en la escuela, aprendiendo, ilusionados, y que a&uacute;n no han tenido la ocasi&oacute;n de desmentirse a s&iacute; mismos, de frustrarse, de embrutecerse. Por eso, creo que, en lugar de defender a la filosof&iacute;a como acervo o resultado, como si sus sentencias hubieran de ser grabadas en piedra, deber&iacute;amos defenderla m&aacute;s bien como una actitud de interrogaci&oacute;n ante la vida, como una disposici&oacute;n atenta al mundo y a los hombres, como un af&aacute;n inextinguible de comprensi&oacute;n. Filosof&iacute;a, s&iacute;, pero, sobre todo, filosofar. Filosof&iacute;a de y para los especialistas, s&iacute;, pero filosofar de y para todos. En cierta ocasi&oacute;n, el fil&oacute;sofo estadounidense Richard Rorty expres&oacute; esta vocaci&oacute;n hacia el porvenir de la filosof&iacute;a con palabras incomparablemente mejores: &ldquo;[&hellip;] la filosof&iacute;a no tiene absolutamente nada que ver con la eternidad, el conocimiento o la permanencia, pero s&iacute; tiene mucho que ver con el futuro y la esperanza, con la decisi&oacute;n de agarrar al mundo por el cuello y repetir una vez m&aacute;s que en esta vida siempre habr&aacute; algo m&aacute;s de lo que jam&aacute;s hayamos imaginado&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Que as&iacute; sea, al menos, en la escuela.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Lluís Pla Vargas]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/defensa-filosofar_129_8477861.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 12 Nov 2021 05:00:53 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[En defensa del filosofar]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Autócratas electos. La descomposición del lenguaje democrático]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/autocratas-electos-descomposicion-lenguaje-democratico_129_8332631.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c5b8e6a0-ae05-414e-b4b6-fa14a39d44eb_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Autócratas electos. La descomposición del lenguaje democrático"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Al margen de la dificultad de vincular genuinamente los conceptos de pueblo y democracia, la contradicción más sangrante a la cual se enfrenta la democracia en las últimas décadas es la emergencia de regímenes autocráticos o tendencialmente autocráticos nacidos de las urnas</p></div><p class="article-text">
        En sus <em>Memorias de ultratumba</em>, el escritor Fran&ccedil;ois-Ren&eacute; de Chateaubriand refiere una historia fascinante acerca de ciertas lenguas extinguidas en los tr&oacute;picos. Una vez han desparecido todos sus hablantes, resulta que algunos de sus vocablos siguen escuch&aacute;ndose entre la frondosa vegetaci&oacute;n de aquellas zonas donde sol&iacute;an hablarse. &iquest;C&oacute;mo pod&iacute;a ser esto posible? El misterio se resuelve enseguida. &ldquo;Poblaciones enteras del Orinoco &ndash;escribe Chateaubriand&ndash; han dejado de existir; no ha quedado de su dialecto m&aacute;s que una docena de palabras pronunciadas en la copa de los &aacute;rboles por unos papagayos vueltos al estado de libertad, como el tordo de Agripina, que gorjeaba algunas palabras griegas en las balaustradas de los palacios de Roma. Tal ser&aacute; m&aacute;s pronto o m&aacute;s tarde la suerte de nuestras jergas modernas&hellip;&rdquo; A partir de esta sugestiva an&eacute;cdota, el escritor franc&eacute;s logr&oacute; extraer una advertencia sobre la ilusi&oacute;n de inmortalidad que alienta frecuentemente en el lenguaje humano y en las obras que este lenguaje puede generar.
    </p><p class="article-text">
        Pero si es posible representar el destino de &ldquo;nuestras jergas modernas&rdquo; bajo la imagen de unos p&aacute;jaros que repiten palabras que ning&uacute;n hablante reconoce ya como significativas, entonces quiz&aacute; no sea extempor&aacute;neo preguntarse por lo que le pueda estar sucediendo al lenguaje con el cual hablamos sobre la democracia. Si bien este sistema de ordenaci&oacute;n de la convivencia suele ser enfocado de modos diversos y levanta expectativas distintas entre los ciudadanos, los pol&iacute;ticos y los te&oacute;ricos, el consenso m&aacute;s b&aacute;sico que todos ellos comparten es la idea de que la democracia preserva la igualdad pol&iacute;tica mejor que cualquier otro r&eacute;gimen pol&iacute;tico alternativo. Se supone que la democracia establece un marco para la participaci&oacute;n efectiva de los ciudadanos en la toma de decisiones, el sufragio universal y equivalente, la posibilidad de ilustrarse acerca de todas las opciones pol&iacute;ticas que concurran y el control ciudadano de la agenda de las cuestiones relevantes. Con objeto de velar por todo ello, se han desarrollado instituciones pol&iacute;ticas que resultan necesarias para mantener una democracia a gran escala en los tiempos modernos. Una poliarqu&iacute;a democr&aacute;tica, por decirlo en los t&eacute;rminos del polit&oacute;logo Robert A. Dahl, requiere seis instituciones fundamentales: (1) cargos p&uacute;blicos electos, (2) elecciones libres, imparciales y frecuentes, (3) libertad de expresi&oacute;n, (4) fuentes alternativas de informaci&oacute;n, (5) autonom&iacute;a de las asociaciones y partidos y (6) ciudadan&iacute;a inclusiva.
    </p><p class="article-text">
        Esta aproximaci&oacute;n cristalinamente te&oacute;rica no impide a nadie ver que las democracias realmente existentes distan de ser perfectas. Incluso en democracias consolidadas se refuerzan instituciones contramayoritarias, el dinero invertido determina el resultado de las elecciones, se legisla en contra de la libertad de expresi&oacute;n, los partidos no se organizan internamente en t&eacute;rminos democr&aacute;ticos, se intenta controlar bajo cuerda a los medios de comunicaci&oacute;n y, a veces, se excluye <em>de facto</em> a sectores de la ciudadan&iacute;a. Quiz&aacute; ya no resulte sorprendente ni por supuesto escandalosa una declaraci&oacute;n como la que el soci&oacute;logo Guy Hermet escribiera en 2008: &ldquo;[&hellip;] el concepto de democracia como poder referido al menos simb&oacute;licamente al pueblo y ejercido en su nombre se ve reducido actualmente al rango de ingenuidad privada de justificaci&oacute;n seria&rdquo;. Sin embargo, al margen de la dificultad de vincular genuinamente los conceptos de pueblo y democracia,<em> </em>la contradicci&oacute;n m&aacute;s sangrante a la cual se enfrenta la democracia en las &uacute;ltimas d&eacute;cadas es a la emergencia de reg&iacute;menes autocr&aacute;ticos o tendencialmente autocr&aacute;ticos nacidos de las urnas. La lista de ejemplos podr&iacute;a ir desde la presidencia de Alberto Fujimori en Per&uacute;, que lleg&oacute; al poder mediante el eslogan &ldquo;Un presidente como t&uacute;&rdquo;, pasando por la de Recep Tayyip Erdogan, en Turqu&iacute;a, o la de Viktor Orb&aacute;n, en Hungr&iacute;a, a las presidencias recurrentes de Vlad&iacute;mir Putin en Rusia desde 1999 hasta la actualidad. En estos casos, y en otros, se observa una combinaci&oacute;n caracter&iacute;stica: una apariencia de institucionalidad democr&aacute;tica, dentro de la cual se habla de elecciones libres, separaci&oacute;n de los poderes legislativo y ejecutivo e independencia del poder judicial, todo ello de cara a la galer&iacute;a, y el hecho de que los mismos dirigentes se mantienen en el poder durante el mayor tiempo posible. Para que esta combinaci&oacute;n potencialmente autocr&aacute;tica resulte efectiva, los gobiernos deben esforzarse por anular todas las fuentes de oposici&oacute;n importantes, ya se trate de adversarios pol&iacute;ticos o medios de comunicaci&oacute;n cr&iacute;ticos. La estrategia habitual que han empleado, escasamente ilustrada, pero con todo efectiva, ha sido envolverse en la bandera y descalificar a continuaci&oacute;n a unos y otros como enemigos de la patria.
    </p><p class="article-text">
        Al hilo de casos como estos, desde finales del siglo XX, coincidiendo con la extensi&oacute;n de reg&iacute;menes democr&aacute;ticos en todo el mundo, pero tambi&eacute;n con las tensiones pol&iacute;ticas generadas por las diversas crisis econ&oacute;micas en el marco de la globalizaci&oacute;n, se ha ido abriendo paso en la teor&iacute;a pol&iacute;tica una l&iacute;nea de reflexi&oacute;n cr&iacute;tica sobre la salud y las perspectivas de los sistemas democr&aacute;ticos. Un repaso somero a bibliograf&iacute;a relativamente reciente nos confronta con t&iacute;tulos no demasiado esperanzadores: <em>Posdemocracia</em> (Colin Crouch), <em>El invierno de la democracia: auge y ca&iacute;da del gobierno del pueblo</em> (Guy Hermet), <em>La impotencia democr&aacute;tica</em> (Ignacio S&aacute;nchez-Cuenca) o <em>El pueblo contra la democracia</em> (Yascha Mounk). Uno de los &uacute;ltimos ejemplos de esta serie de reflexiones es <em>C&oacute;mo mueren las democracias</em>, el libro que los profesores de la Universidad de Harvard, Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, publicaron en 2018. La causa pr&oacute;xima que motiv&oacute; su redacci&oacute;n fue intentar explicar c&oacute;mo Donald Trump, un <em>outsider</em> de la pol&iacute;tica, con notorias tendencias autoritarias, que nunca hab&iacute;a obtenido un cargo electo, hab&iacute;a logrado acceder a la presidencia de los Estados Unidos superando todos los filtros de cribado imaginables, no solo institucionales, sino tambi&eacute;n partidistas. Si bien estos filtros han existido siempre, la victoria de Trump certific&oacute; que ya no eran tan efectivos como en el pasado. Dos elementos hab&iacute;an contribuido decisivamente a ello: en primer lugar, el cambio en el sistema de financiaci&oacute;n de las campa&ntilde;as pol&iacute;ticas (a ra&iacute;z de la sentencia que, en 2010, emiti&oacute; el Tribunal Supremo en el caso Ciudadanos Unidos <em>versus</em> la Comisi&oacute;n de Elecciones federales, cuyo dictamen consagr&oacute; la consideraci&oacute;n de las empresas como individuos, y que permiti&oacute;, en la pr&aacute;ctica, que tales &ldquo;individuos&rdquo; pudieran financiar sin l&iacute;mite a los candidatos de su preferencia); en segundo lugar, el nuevo entorno medi&aacute;tico, con los portales de noticias y opini&oacute;n, los blogs y las redes sociales de Internet, que permiti&oacute; que los nuevos candidatos se dieran a conocer en estos espacios y que ya no necesitaran entrar en el circuito de las emisoras de radio y televisi&oacute;n <em>mainstream</em> donde normalmente se han dado a conocer los candidatos del <em>establishment</em>.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ahora bien, Trump no es un caso extempor&aacute;neo en la tradici&oacute;n pol&iacute;tica de los Estados Unidos, puesto que, como Levitsky y Ziblatt hacen ver, personajes p&uacute;blicos como Charles Coughlin, Huey Long, Joseph McCarthy o George Wallace maniobraron de un modo similar en el pasado, utilizando los medios disponibles en cada momento hist&oacute;rico y logrando altos niveles de apoyo popular, ya fuese con objeto de ser un factor de influencia determinante en la pol&iacute;tica nacional, ya fuese con la idea de conseguir el cargo supremo de la presidencia. A diferencia de todos estos personajes, lo que hace especial a Trump es que, siendo muy parecido a ellos, obtuvo lo que ninguno de ellos obtuvo. Ahora bien, la revisi&oacute;n de la historia pol&iacute;tica de los Estados Unidos que llevan a cabo Levitsky y Ziblatt tiene por objeto servir de contrafuerte para un ejercicio de perspicacia politol&oacute;gica. Se proponen demostrar que hay un modo de conocer con relativa precisi&oacute;n si un candidato a primer ministro o presidente de un pa&iacute;s puede ser un aut&oacute;crata en potencia. La prueba consiste en determinar si el candidato en cuesti&oacute;n da positivo en uno, varios o todos estos patrones: (a) &iquest;muestra un compromiso d&eacute;bil con las reglas de juego democr&aacute;ticas?, (b) &iquest;niega la legitimidad de los adversarios?, (c) &iquest;tolera o alienta la violencia? y (d) &iquest;est&aacute; predispuesto a coartar las libertades civiles de los adversarios pol&iacute;ticos y de los medios de comunicaci&oacute;n cr&iacute;ticos?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Uno tiene la poderosa sensaci&oacute;n de que no es necesario desplazarse al Medio Oeste norteamericano, la meseta de Anatolia o la estepa rusa para comprobar que bastantes dirigentes pol&iacute;ticos cercanos no superar&iacute;an este test. Pero la tentaci&oacute;n autocr&aacute;tica no es un mero capricho pol&iacute;tico. Su atractivo responde a causas estructurales, como la crisis econ&oacute;mica, que suele acarrear una polarizaci&oacute;n pol&iacute;tica que se vive en t&eacute;rminos de oposici&oacute;n de visiones del mundo, como agudo conflicto existencial. Como ya sucedi&oacute; en tiempos m&aacute;s oscuros, los aut&oacute;cratas potenciales que hoy surgen en las imperfectas democracias liberales ya no tienen reparo en hablar de la democracia en t&eacute;rminos puramente instrumentales, esto es, como el mecanismo que les ha de permitir alcanzar el poder, instalarse en &eacute;l todo el tiempo posible y llevar a cabo las pol&iacute;ticas &ldquo;que la gente quiere&rdquo;. No obstante, muchos de ellos han abdicado de considerar la democracia como un sistema valioso por su respeto a la igualdad y el pluralismo. Y, por lo dem&aacute;s, en sus discursos, las viejas palabras de la democracia aparecen degradadas a r&oacute;tulos que ya no merecen examen (porque ellos, y todo el mundo, creen saber lo que significan) o a proyectiles que lanzan contra sus enemigos (porque ellos no tienen meros rivales pol&iacute;ticos). Ya dec&iacute;a Adorno que uno de los s&iacute;ntomas m&aacute;s claros del advenimiento del fascismo es la corrupci&oacute;n del lenguaje.
    </p><p class="article-text">
        El motivo de esta breve nota ha sido preguntarse si el lenguaje de la democracia puede ser todav&iacute;a un l&eacute;xico significativo e inspirador, uno que empleamos deliberadamente y con sentido porque conecta con una aut&eacute;ntica vida democr&aacute;tica o si, por el contrario, se trata del l&eacute;xico de un tiempo ido (si es que, en efecto, tal tiempo existi&oacute; alguna vez), uno que ya no es consistente con las hechuras reales de nuestra vida pol&iacute;tica, y que seguimos reproduciendo maquinal e irreflexivamente. Por descontado, este planteamiento no ten&iacute;a la intenci&oacute;n de ir dirigido a los aut&oacute;cratas electos de nuestros tiempos, que colaboran activamente en la descomposici&oacute;n del lenguaje democr&aacute;tico, sino a los ciudadanos que todav&iacute;a sospechen que no vale la pena cambiar una democracia permanentemente imperfecta por una autocracia tendencialmente perfecta. Porque si la ciudadan&iacute;a no est&aacute; en condiciones de validar en su vida cotidiana lo que el lenguaje est&aacute;ndar de la democracia parece prometerle y, en el caso de que eso no suceda, protestar vigorosamente por ello ante los responsables de las instituciones p&uacute;blicas, entonces me temo que acabar&aacute; repitiendo, como los papagayos del Orinoco o el tordo de Agripina, pero sin ser libres como ellos, conceptos que muchos de sus dirigentes ya no toman hoy realmente en serio.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Lluís Pla Vargas]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/autocratas-electos-descomposicion-lenguaje-democratico_129_8332631.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 01 Oct 2021 20:36:40 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Autócratas electos. La descomposición del lenguaje democrático]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Democracia,Elecciones,Política]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Roth, Trump y las teorías de la conspiración]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/roth-trump-teorias-conspiracion_129_8157608.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c60e8b1c-80c7-456b-82bb-6a33a1168146_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Roth, Trump y las teorías de la conspiración"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Se nos cuenta la historia a través de la mirada del pequeño de los Roth, el mismo Philip, que recuerda la admiración de su hermano mayor por Lindbergh, la frustración de su padre por no ser considerado ciudadano estadounidense de pleno derecho, las veleidades políticas de su tía y la abnegación cariñosa de su madre</p></div><p class="article-text">
        En 2004, el escritor estadounidense Philip Roth public&oacute;<em> The plot against America</em>, una de sus mejores novelas. Al a&ntilde;o siguiente, fue traducida al castellano por Jordi Fibla, que le puso como t&iacute;tulo <em>La conjura contra Am&eacute;rica</em>, y al catal&aacute;n por Xavier P&agrave;mies, con el t&iacute;tulo <em>Complot contra els Estats Units</em>. Le&iacute;da entonces, con los ecos del 11S todav&iacute;a resonando en el aire y mucho antes de la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, el texto me pareci&oacute; una poderosa, original, sensible y pol&iacute;ticamente compleja novela hist&oacute;rica. El relato recoge las peripecias noveladas de una familia jud&iacute;a de Newark, la del propio Roth durante su infancia, en el marco de unos Estados Unidos gobernados por un simpatizante declarado del nazismo. La ucron&iacute;a que Roth imagina es que, en 1940, quien gana las elecciones no es el dem&oacute;crata Franklin D. Roosevelt, sino el aviador filonazi Charles Lindbergh. Por lo visto, Roth decidi&oacute; usar este resorte argumental despu&eacute;s de haber le&iacute;do, en la autobiograf&iacute;a del historiador Arthur M. Schlesinger, que algunos senadores republicanos de aquella &eacute;poca hab&iacute;an valorado que Lindbergh fuera el candidato de su partido frente a Roosevelt. Sin embargo, quien fue postulado realmente como candidato republicano, y perdi&oacute; las elecciones, fue el abogado Wendell Willkie, un hombre que hasta hac&iacute;a muy poco se hab&iacute;a caracterizado como activista dem&oacute;crata y que solicit&oacute; el ingreso en el partido republicano solo un a&ntilde;o antes de la convocatoria electoral.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando rele&iacute; la obra a&ntilde;os despu&eacute;s, ya con Trump en la recta final de su mandato, el car&aacute;cter de ficci&oacute;n hist&oacute;rica perdi&oacute; relieve y, debido al contexto del presente, se agudizaron las resonancias pol&iacute;ticas hasta el punto &ndash;cabr&iacute;a decir&ndash; de que se tornaron ensordecedoras. La historia se inicia con los recuerdos dominados por el miedo del narrador que, siendo ni&ntilde;o, percibe que la designaci&oacute;n de Lindbergh como candidato republicano para las elecciones de 1940 supone una inflexi&oacute;n desdichada en su vida. En buena medida, la gracia de la novela se sostiene sobre el punto de vista adoptado por el autor. Se nos cuenta la historia a trav&eacute;s de la mirada del peque&ntilde;o de los Roth, el mismo Philip, que recuerda la admiraci&oacute;n de su hermano mayor por Lindbergh, la frustraci&oacute;n de su padre por no ser considerado ciudadano estadounidense de pleno derecho, las veleidades pol&iacute;ticas de su t&iacute;a y la abnegaci&oacute;n cari&ntilde;osa de su madre. Sobre el tel&oacute;n de fondo de la <em>Blitzkrieg</em> europea, con la ca&iacute;da de Polonia, Francia y los bombardeos alemanes sobre Gran Breta&ntilde;a, la llegada de Lindbergh a la presidencia no solo va a alterar la vida del pa&iacute;s, cuya administraci&oacute;n se declara no intervencionista, retorna a su inveterado aislacionismo y act&uacute;a con tibieza contra las manifestaciones fascistas, sino que tambi&eacute;n, como vamos leyendo, va a trastornar la entera vida de la familia Roth, que vivir&aacute; en carne propia las tensiones derivadas de ser parte de una minor&iacute;a perseguida en Europa, menospreciada en los Estados Unidos y, ahora, adem&aacute;s, situada en el bando pol&iacute;tico derrotado en su propio pa&iacute;s.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La productora audiovisual HBO dio un sutil y ajustado golpe de efecto pol&iacute;tico al encargar la realizaci&oacute;n y emisi&oacute;n de la miniserie sobre la novela de Roth durante la presidencia de Donald Trump. La miniserie es magn&iacute;fica por su elaborado guion, sus delicadas interpretaciones, su cuidada ambientaci&oacute;n y su <em>crescendo</em> dram&aacute;tico. Se suele decir que las comparaciones son odiosas, pero a veces lo son porque se acreditan como generadoras de perspectivas v&aacute;lidas. Es verdad que, entre 2017 y 2021, no ha habido ning&uacute;n nazi en el sal&oacute;n oval de la Casa Blanca, pero s&iacute; un personaje que se ha distinguido por no apoyar ninguna de las causas progresistas de nuestro tiempo: la protecci&oacute;n de los d&eacute;biles, el respeto a las minor&iacute;as raciales, el feminismo, el ecologismo, el pacifismo o el multilateralismo en pol&iacute;tica exterior. Trump rescindi&oacute; el mandato individual, impuesto por el programa llamado <em>Obamacare</em>, que obligaba a facilitar cr&eacute;ditos fiscales a aquellas familias que ganaban cuatro veces menos de lo que marca el umbral de la pobreza (casi unos 40 millones de personas en 2017). Cuando se produjeron los disturbios de Charlottesville, Trump afirm&oacute; que la violencia hab&iacute;a venido de todas partes, de aquellos que quer&iacute;an retirar la estatua del general confederado Lee y de aquellos que quer&iacute;an que se mantuviera en su lugar, entre los cuales se encontraban grupos que enarbolaban banderas confederadas y, tambi&eacute;n, una bandera con la esv&aacute;stica. Por lo dem&aacute;s, la actitud y el discurso de Trump conectaron con una amplia masa de hombres de mentalidad patriarcal que se sent&iacute;an y se sienten atemorizados por mujeres de las cuales intuyen que son, al menos, tan listas, trabajadoras e independientes como ellos mismos se creen que son y, en este sentido, Trump ha sido tan poco comprensivo con el movimiento <em>Me too</em> como con el movimiento <em>Black lives matter</em>. Siendo un negacionista del cambio clim&aacute;tico, Trump promovi&oacute; la vulneraci&oacute;n del refugio &aacute;rtico con objeto de proyectar la extracci&oacute;n de petr&oacute;leo y sac&oacute; a los Estados Unidos del Acuerdo de Par&iacute;s sobre el cambio clim&aacute;tico. Finalmente, en pol&iacute;tica exterior, como es bien conocido, su pol&iacute;tica de <em>America First</em>, unida a su notoria falta de <em>finezza</em>, le llev&oacute; a agudizar las tensiones con Corea del Norte, China, Venezuela y Rusia, mientras retiraba a los Estados Unidos del acuerdo sobre el programa nuclear de Ir&aacute;n, del Acuerdo Transpac&iacute;fico de Cooperaci&oacute;n Econ&oacute;mica y del Tratado sobre Fuerzas Nucleares de Rango Intermedio que hab&iacute;a sido acordado con la URSS en 1987.
    </p><p class="article-text">
        El ejemplo de la novela de Roth nos invita a pensar que no ser&iacute;a descabellado imaginar la redacci&oacute;n de un nuevo <em>Plot against America</em> a cargo de un escritor o escritora del futuro que, como miembro de alguna minor&iacute;a racial, haya vivido con ansiedad en su infancia los cuatro a&ntilde;os de presidencia de Trump. Por ejemplo, un ni&ntilde;o absolutamente angustiado por haber sido separado de su familia migrante en la frontera entre M&eacute;xico o Estados Unidos o, por ejemplo, una ni&ntilde;a que ha contemplado, horrorizada, las im&aacute;genes de los asesinatos reiterados de hombres negros o hispanos por parte de la polic&iacute;a; s&iacute;, por parte de esa polic&iacute;a que, en los distintivos de sus veh&iacute;culos, proclama que acude para servir y proteger. A diferencia de la tarea gris llevada a cabo por la filosof&iacute;a o la ciencia, el trabajo de la imaginaci&oacute;n emp&aacute;tica, propio de la literatura, puede transmitir con extrema vivacidad c&oacute;mo experimentan los individuos los acontecimientos sociales y pol&iacute;ticos. A menudo, incluso, son relatos literarios, que no siempre giran alrededor de cuestiones estrictamente pol&iacute;ticas, los que facilitan el proceso de concienciaci&oacute;n social y pol&iacute;tica de sus lectores y, de hecho, puede argumentarse que en la tradici&oacute;n literaria de los Estados Unidos han proliferado tal clase de historias, desde <em>La caba&ntilde;a del t&iacute;o Tom</em>, de Harriet Beecher Stowe hasta <em>United States of Banana</em>, de Giannina Braschi,<em> </em>pasando por <em>It Can&rsquo;t Happen Here</em>, de Sinclair Lewis, <em>Las uvas de la ira</em>, de John Steinbeck o <em>Harlot&rsquo;s Gosth</em>, de Norman Mailer.
    </p><p class="article-text">
        En una entrevista, realizada en 1984, Roth declar&oacute; que el objetivo de su existencia como escritor se cifraba en &ldquo;hacer una biograf&iacute;a de mentiras, una historia falsa, fraguando una existencia medio imaginaria a partir del drama verdadero de mi vida&rdquo;. Ciertamente, tal ha sido el tono general de su obra narrativa, desde la extra&ntilde;a y revolucionaria <em>El mal de Portnoy</em> (1969) hasta la breve y potente <em>Indignaci&oacute;n</em> (2016). Sin embargo, estas licencias, literariamente productivas, con las cuales Roth pretende explicarse su vida y, de paso, explic&aacute;rsela a los dem&aacute;s, palidecen frente a los experimentos con la verdad que llev&oacute; a cabo Trump antes, durante e incluso despu&eacute;s de su paso por la presidencia de los Estados Unidos. Las mentiras de Trump, a diferencia de las de Roth, tuvieron consecuencias inmediatas en el tipo de decisiones que tom&oacute; la administraci&oacute;n, en el estado de la opini&oacute;n p&uacute;blica y en la imagen que el pa&iacute;s proyect&oacute; al mundo. Pero ni siquiera el gran Roth podr&iacute;a haber imaginado el siniestro colof&oacute;n de la presidencia de Trump: su negativa a aceptar el resultado de las elecciones en caso de derrota y el hecho de que azuzara a un sector de sus partidarios m&aacute;s radicalizados a llevar adelante un asalto al Capitolio mientras se estaba realizando el escrutinio de los votos del Colegio electoral. &Eacute;sta s&iacute; fue una aut&eacute;ntica confabulaci&oacute;n contra el poder leg&iacute;timo de los ciudadanos de los Estados Unidos. Ahora bien, si el 6 de enero de 2021, hace ahora apenas seis meses, Roth hubiera estado vivo, es probable que la asonada trumpista retransmitida en directo, que se sald&oacute; con cinco personas muertas, m&aacute;s all&aacute; de escandalizarle, le habr&iacute;a sugerido la idea de que en la movilizaci&oacute;n de aquella turba extravagante y en la logorrea de su l&iacute;der rico, racista y mis&oacute;gino hab&iacute;a un buen material para elaborar un nuevo relato, otra m&aacute;s desgarrada, par&oacute;dica y decididamente posmoderna <em>Conjura contra Am&eacute;rica</em>.
    </p><p class="article-text">
        Y a esta nueva y peque&ntilde;a ucron&iacute;a literaria uno quisiera tambi&eacute;n a&ntilde;adir un deseo, del que un natural escepticismo deber&iacute;a hacernos desconfiar, pero que, en cualquier caso, expresa la esperanza de que el mal no debe tener la &uacute;ltima palabra: el anhelo de que las conspiraciones imaginadas por Roth sobrevivan durante m&aacute;s tiempo y de mejor manera, en las mentes de lectores sensibles, moralmente informados y pol&iacute;ticamente comprometidos con los desfavorecidos, que las maquinaciones imaginadas por Trump y sus asesores, las cuales, pese a haber contribuido a generar tanta confusi&oacute;n y tanto sufrimiento, pero tambi&eacute;n a hacer las delicias de los potentados, acaben siendo olvidadas o consideradas como una anomal&iacute;a que, en todo caso, ocupar&aacute; una peque&ntilde;&iacute;sima nota a pie de p&aacute;gina en la historiograf&iacute;a de los Estados Unidos.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Lluís Pla Vargas]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/roth-trump-teorias-conspiracion_129_8157608.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 27 Jul 2021 20:32:04 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Roth, Trump y las teorías de la conspiración]]></media:title>
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    </item>
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      <title><![CDATA[La obra de nuestras necesidades]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/obra-necesidades_129_8050001.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/5a3d0e94-1eec-426d-a4e2-f6e5bd5f1f22_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La obra de nuestras necesidades"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Las tesis de que la política es un mal necesario y que el poder del Estado debe ser limitado han estado presentes con mayor o menor intensidad en todas las versiones de la doctrina liberal a lo largo del siglo XX y principios del XXI</p></div><p class="article-text">
        El pensador Thomas Paine fue uno de los <em>Founding Fathers</em> a los que se suele hacer referencia en la literatura constitucional de los Estados Unidos de Am&eacute;rica. Al comienzo de su panfleto, <em>Common Sense</em>, publicado an&oacute;nimamente poco antes de la revoluci&oacute;n de las trece colonias contra el dominio brit&aacute;nico, declar&oacute;: &ldquo;La sociedad es obra de nuestras necesidades, y el gobierno, de nuestra perversi&oacute;n [&hellip;]. La primera es un patr&oacute;n, el &uacute;ltimo un verdugo&rdquo;. La desconfianza e incluso el terror que aqu&iacute; se expresan hacia la idea del gobierno &ndash;de todo gobierno&ndash; y, por extensi&oacute;n, hacia el conjunto del aparato estatal que le sirve de base, pueden resultar chocantes hoy en d&iacute;a. Paine fue un republicano. Pero sus ideas, como las de otros pensadores en esa misma tradici&oacute;n, acabaron siendo transformadas en el remolino del primer liberalismo. Las tesis de que la pol&iacute;tica es un <em>mal necesario</em> y que el poder del Estado debe ser limitado han estado presentes con mayor o menor intensidad en todas las versiones de la doctrina liberal a lo largo del siglo XX y principios del XXI, oscilando entre un liberalismo con sensibilidad social o <em>embridado</em> y un liberalismo <em>desatado</em> o neoliberalismo. Y, con todo, el liberalismo, cuya preocupaci&oacute;n principal fue y sigue siendo la preservaci&oacute;n de un espacio, asegurado material y jur&iacute;dicamente, para el ejercicio de la libertad econ&oacute;mica y la din&aacute;mica expansiva del capitalismo, contribuy&oacute; de manera decisiva a la elaboraci&oacute;n del Estado de derecho y, con el tiempo, sobre todo despu&eacute;s de la Segunda Guerra Mundial, llegar&iacute;a a admitir sin ambages la idea de que el Estado de derecho es el instrumento preciso y complementario para un r&eacute;gimen de democracia plena.
    </p><p class="article-text">
        La teor&iacute;a pol&iacute;tica liberal contempor&aacute;nea sostiene la idea de que el Estado de derecho es una construcci&oacute;n que hace prevalecer el imperio de la ley (<em>rule of law</em>). El derecho positivo aparece aqu&iacute;, como ya lo hac&iacute;a en la doctrina alemana del <em>Rechtsstaat</em>, como la argamasa del edificio estatal y como el mecanismo de justificaci&oacute;n principal para la toma de decisiones pol&iacute;ticas. En sus t&eacute;rminos estrictos, esta tesis se opone a la idea fundamental de la tradici&oacute;n republicana seg&uacute;n la cual la fuente de legitimidad fundamental reside en la soberan&iacute;a popular. En este sentido, la <em>Declaraci&oacute;n de derechos del hombre y del ciudadano</em> de 1789 ya dejaba claro, en su art&iacute;culo sexto, que la ley es la expresi&oacute;n de la voluntad general. En la medida que recoge elementos de ambas tradiciones, un Estado de derecho democr&aacute;tico deber&iacute;a contemplar ambos criterios de legitimidad como igualmente determinantes e incluso como mutuamente implicados. En otras palabras: un Estado de derecho democr&aacute;tico deber&iacute;a hacer justicia a la solicitud de protecci&oacute;n de los derechos y libertades de los individuos, cuando son entendidos como sujetos privados, y a sus demandas de autodeterminaci&oacute;n colectiva, cuando son entendidos como ciudadanos. En los albores del mundo contempor&aacute;neo, Rousseau y Kant, desde puntos de vista distintos, ofrecieron una pauta para ello mediante el concepto de autonom&iacute;a. Del mismo modo que el individuo puede autodeterminarse sirvi&eacute;ndose de su raz&oacute;n sin la gu&iacute;a de otro &ndash;lo cual coincide, seg&uacute;n Kant, con su mayor&iacute;a de edad&ndash;, una comunidad pol&iacute;tica es aut&oacute;noma cuando los autores del derecho por medio del cual se rige son, al mismo tiempo, sus destinatarios.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero este razonamiento aparentemente sencillo se hace menos claro a medida que se complejiza el <em>demos</em> y la vida en com&uacute;n, se difunde el pluralismo de los valores, se implementan mecanismos de participaci&oacute;n democr&aacute;tica m&aacute;s amplios, se desarrolla el capitalismo &ndash;ensanch&aacute;ndose las posibilidades de riqueza de algunos y reduci&eacute;ndose las de muchos otros&ndash;, emergen poderosas agencias estatales o paraestatales con gran influencia econ&oacute;mica y pol&iacute;tica, se juridifican las relaciones entre las personas en m&uacute;ltiples sectores de la vida social, los medios de comunicaci&oacute;n ganan protagonismo como vectores de la opini&oacute;n p&uacute;blica y, lo que no es menos importante, transcurre el tiempo. Por centrarnos solo en el problema que abre el &uacute;ltimo punto, no es evidente que la validez del pacto de autodeterminaci&oacute;n colectivo por medio del cual una comunidad pol&iacute;tica decide dotarse de una norma suprema siga vigente al cabo de dos, tres o cuatro generaciones. En todo caso, es el lenguaje del derecho, no el de la pol&iacute;tica, el que se convierte en el medio privilegiado para la expresi&oacute;n de su validez y es justamente en ese mismo lenguaje que se expresa el Estado. Que su voz sea la del derecho significa que su poder no puede ser arbitrario. A pesar de que el Estado pretende monopolizar la violencia dentro de un territorio, apareciendo como una instituci&oacute;n que puede imponerse por la fuerza, tanto esa violencia como esta imposici&oacute;n deben estar legitimadas.
    </p><p class="article-text">
        En t&eacute;rminos generales, los partidarios del liberalismo, el socioliberalismo y la socialdemocracia coinciden en conceder al derecho la clave para descifrar no solo la estructura del Estado, sino tambi&eacute;n las relaciones que mantiene con la comunidad pol&iacute;tica que tiene en su base. La reflexi&oacute;n jur&iacute;dica comparece aqu&iacute; como un instrumento adecuado para la clarificaci&oacute;n de los t&eacute;rminos de la oposici&oacute;n entre, digamos, el <em>poder de la ley</em> y la <em>ley del poder popular</em>, pero tambi&eacute;n surge como medio civilizado y racional para resolver las tensiones entre ambos. El derecho ha venido a ejercer un papel de <em>transformador</em> de los diversos l&eacute;xicos enfrentados en las sociedades contempor&aacute;neas. De ah&iacute; que se haya podido convenir en que el posible conflicto se reduce a un conflicto entre <em>tipos</em> de derechos: derechos subjetivos que garantizan la libertad de los ciudadanos <em>versus</em> derechos que garantizan la participaci&oacute;n pol&iacute;tica de los ciudadanos. Un Estado de derecho democr&aacute;tico debe velar por el respeto escrupuloso de ambos tipos de derechos; si no lo hace, entonces se enfrenta a dos peligros alternativos: o bien aparecer escorado hacia un rigorismo legal desconectado de la din&aacute;mica social o bien suscribir un voluntarismo democr&aacute;tico con capacidad para hacerse leyes a medida. Es f&aacute;cil suponer que, en situaciones de crisis, estos dos peligros pueden tornarse m&aacute;s acuciantes. En tales casos, los ciudadanos pueden tolerar mejor los rigores de un tecnocratismo juridiscista y/o encontrar atractivas las promesas de soluci&oacute;n ofertadas por l&iacute;deres supuestamente carism&aacute;ticos que quieren devolver la palabra al pueblo olvidado.
    </p><p class="article-text">
        Las sociedades contempor&aacute;neas occidentales se encuentran en una tesitura en la cual tales amenazas est&aacute;n claramente presentes. Exponer las causas de ello ser&iacute;a prolijo, pero, entre ellas, se podr&iacute;a mencionar el legado desastroso de m&aacute;s de cuarenta a&ntilde;os de neoliberalismo, el modo en que las instituciones transnacionales y los actores estatales han deseado ajustar la globalizaci&oacute;n a ese modelo, la destrucci&oacute;n del pacto&nbsp; b&aacute;sico que daba sentido y operatividad a la socialdemocracia en el marco nacional y el desplazamiento de las fuentes principales de la producci&oacute;n, la distribuci&oacute;n y el consumo mundiales hacia China y la cuenca del Oc&eacute;ano Pac&iacute;fico. El economista Dani Rodrik ha descrito el atolladero de manera ejemplar mediante lo que ha denominado el trilema pol&iacute;tico de la econom&iacute;a mundial: &ldquo;No podemos tener hiperglobalizaci&oacute;n, democracia y autodeterminaci&oacute;n nacional todo a la vez. Podemos tener, como mucho, dos de las tres. Si queremos hiperglobalizaci&oacute;n y democracia, tenemos que renunciar a la naci&oacute;n Estado. Si hemos de mantener la naci&oacute;n Estado y tambi&eacute;n queremos hiperglobalizaci&oacute;n, tendremos que olvidarnos de la democracia. Y si queremos combinar democracia con naci&oacute;n Estado, adi&oacute;s a una globalizaci&oacute;n profunda.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        Si Rodrik tiene raz&oacute;n, entonces mi respuesta al trilema es que vale la pena despedirse de una globalizaci&oacute;n profunda, sobre todo si, por tal, se entiende el tipo de din&aacute;micas desastrosas observadas en las &uacute;ltimas d&eacute;cadas: econom&iacute;a de casino, especulaci&oacute;n financiera irresponsable, inversores que acuden al albur de una oportunidad lucrativa y se marchan una vez caen las tasas de beneficio dejando a la poblaci&oacute;n local en la cuneta, erosi&oacute;n de los Estados democr&aacute;ticos, mantenimiento de boyantes para&iacute;sos fiscales y modelos econ&oacute;micos que funcionan con masas de trabajadores explotados y sin derechos, como en China, o con amplias cuotas ya estructurales de precariedad laboral, como en Europa. Mi respuesta es, pues, que vale la pena preservar la naci&oacute;n Estado &ndash;o los Estados de derecho&ndash; y la democracia, esto es, preservar el Estado democr&aacute;tico de derecho y, si cabe, extender ese modelo a las instituciones supranacionales, lo cual, como sabemos desde el fracaso de los diversos <em>referenda</em> para validar la Constituci&oacute;n europea, sigue siendo una importante tarea pendiente.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Cu&aacute;les ser&iacute;an las razones para esta elecci&oacute;n? La primera, y principal, es que el Estado de derecho es la &uacute;nica gran instituci&oacute;n hist&oacute;rica cuya raz&oacute;n de ser es la defensa de los derechos humanos. La segunda raz&oacute;n es que, en la idea del Estado de derecho democr&aacute;tico, se contempla un procedimiento para la elaboraci&oacute;n de las leyes que est&aacute; abierto a la libre participaci&oacute;n popular. Para el paradigma liberal, la democracia no puede definirse a s&iacute; misma, sino que es el derecho el que debe hacerlo. Pero, si el Estado de derecho democr&aacute;tico debe ser fiel a su herencia republicana, entonces cabr&iacute;a preguntarse si no es en el fondo la soberan&iacute;a popular la que, en &uacute;ltimo t&eacute;rmino, define el derecho que, a su vez, define la democracia. La tercera raz&oacute;n es la centralidad del imperio de la ley, que consagra una medida racional, p&uacute;blica y discutible no solo para la regulaci&oacute;n de la convivencia, sino tambi&eacute;n para la organizaci&oacute;n y control del Estado. Y la cuarta raz&oacute;n es que &eacute;ste no se entiende como una estructura &uacute;nica y monol&iacute;tica, sino dividida en poderes diversos, cuya primac&iacute;a ostenta el legislativo, el cual, a diferencia del ejecutivo o el judicial, da expresi&oacute;n cabal a la participaci&oacute;n popular en la elaboraci&oacute;n de las leyes.
    </p><p class="article-text">
        Ahora bien, si salimos de la &oacute;rbita de la teor&iacute;a y atendemos a la realidad sociol&oacute;gica e hist&oacute;rica del Estado de derecho democr&aacute;tico, es posible detectar que &eacute;ste padece problemas serios. De todos modos, como podr&iacute;a haber dicho Ronald Dworkin, el Estado de derecho democr&aacute;tico contin&uacute;a siendo una prometedora carta de triunfo. Solo un Estado de derecho democr&aacute;tico que no se entienda como resultado final, sino como esquema cambiante de las luchas hist&oacute;ricas por una mejor protecci&oacute;n de las libertades y los derechos fundamentales de los individuos, que sirva como proyecto para la creaci&oacute;n y regulaci&oacute;n de estructuras pol&iacute;ticas transnacionales desde bases de participaci&oacute;n democr&aacute;tica, podr&iacute;a acabar por darle la vuelta a la frase lapidaria de Paine con la cual inici&aacute;bamos esta nota. Porque el largo y penoso predominio del desorden neoliberal nos ha ense&ntilde;ado que una sociedad desregulada puede ser perfectamente el terreno de la perversi&oacute;n y que el gobierno de un Estado de derecho democr&aacute;tico podr&iacute;a ser, en cambio, la aut&eacute;ntica obra de nuestras necesidades, incluso de aquellas que tenemos por prioritarias, tanto, que las consideramos como las m&aacute;s inseparables de nuestra condici&oacute;n, tanto, que las hemos hecho valer bajo la forma de derechos inalienables.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Lluís Pla Vargas]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/obra-necesidades_129_8050001.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 18 Jun 2021 20:27:29 +0000]]></pubDate>
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      <title><![CDATA[El sumidero populista]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/sumidero-populista_129_7908832.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6ff548a8-fd2e-4237-8e40-4ea4b47108b3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El sumidero populista"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El populismo mantiene un vínculo férreo con la modernidad y la consolidación del sistema democrático, pero no resulta fácil caracterizarlo</p></div><p class="article-text">
        Para que un sumidero pueda recoger el agua y canalizarla debe estar situado a un nivel m&aacute;s bajo que el de la superficie. Debe situarse en un punto de un plano, sea en el centro o en uno de los v&eacute;rtices, que se inclina ligeramente en su direcci&oacute;n para facilitar el desplazamiento del agua hasta el desag&uuml;e. Sumidero y plano inclinado se necesitan mutuamente: sin el primero, el agua se acumular&iacute;a y, sin el segundo, se estancar&iacute;a con facilidad. El modo en que esta disposici&oacute;n de elementos materiales r&iacute;gidos puede dominar la fluidez del agua, conduci&eacute;ndola all&iacute; donde queremos que vaya, es el fruto de una tecnolog&iacute;a muy antigua que se pens&oacute; para facilitar la vida com&uacute;n en los primeros entornos urbanos. Esta imagen extra&iacute;da de la alba&ntilde;iler&iacute;a, la de un tipo antiguo de obra que sigue siendo indiscutiblemente &uacute;til hoy d&iacute;a, podr&iacute;a servirnos para ilustrar el modo en que los viejos modos del populismo se han impuesto como clave central de la pol&iacute;tica contempor&aacute;nea. Porque el populismo ha alterado el ecosistema pol&iacute;tico de las democracias liberales consolidadas, ha modificado el discurso de los partidos <em>mainstream</em>, los ha arrastrado a su juego ret&oacute;rico y, con el concurso entusiasta de medios de comunicaci&oacute;n independientes y orientados comercialmente, amenaza con engullir a trav&eacute;s de su rejilla los tipos de l&eacute;xico y acci&oacute;n caracter&iacute;sticos de la pol&iacute;tica bajo el eje liberalismo-socialdemocracia.
    </p><p class="article-text">
        El populismo mantiene un v&iacute;nculo f&eacute;rreo con la modernidad y la consolidaci&oacute;n del sistema democr&aacute;tico, pero no resulta f&aacute;cil caracterizarlo. Por un lado, se trata de un fen&oacute;meno complejo y cambiante en funci&oacute;n del contexto social y pol&iacute;tico, y, por otro, no resulta justo ni &uacute;til para el an&aacute;lisis considerarlo, como a veces se hace, bajo la forma de una patolog&iacute;a democr&aacute;tica. Mientras algunos opinadores y pol&iacute;ticos profesionales usan el t&eacute;rmino &ldquo;populismo&rdquo; con desparpajo en art&iacute;culos y declaraciones como si se tratara de un perfilado concepto universal, claro y distinto, los te&oacute;ricos y fil&oacute;sofos pol&iacute;ticos m&aacute;s solventes que se han ocupado de ello (Margaret Canovan, Ernesto Laclau, Cass Mudde, Nadia Urbinati, Loris Zanatta, etc.) adoptan una posici&oacute;n mucho m&aacute;s cautelosa. Aunque no coinciden siempre en las conclusiones, s&iacute; lo hacen en las premisas. En primer lugar, que existe una dificultad real para precisar el contenido del populismo y definir lo que parece que escapa a toda definici&oacute;n debido a que este tipo de movimiento, este &ldquo;modo de construir lo pol&iacute;tico&rdquo;, al decir de Laclau, puede hacerse compatible con ideolog&iacute;as a la izquierda, la derecha y el centro del espectro pol&iacute;tico. En segundo lugar, que ni el populismo ni el desaf&iacute;o que plantea a la pol&iacute;tica tradicional o <em>mainstream</em> son fen&oacute;menos nuevos, pues la consulta de las fuentes historiogr&aacute;ficas revela su emergencia como movimiento reconocible ya a mediados del siglo XIX, primero en Rusia con los <em>Narodnik</em>, y hacia finales de siglo en los Estados Unidos, con el <em>People&rsquo;s Party</em>. Y, en tercer lugar, que no todos los movimientos populistas son iguales, sino que cada cual exhibe un car&aacute;cter espec&iacute;fico como resultado de la cultura pol&iacute;tica espec&iacute;fica del pa&iacute;s en el que emerge y del tipo de divisiones sociales que est&aacute; interesado en promover, por ejemplo, entre la <em>elite corrupta</em> y el <em>sufrido</em> <em>pueblo</em>, entre <em>la casta</em> reducida de los ricos y los bur&oacute;cratas y la <em>mayor&iacute;a silenciosa </em>de los ciudadanos, o incluso entre los <em>urbanitas c&iacute;nicos</em> <em>y fr&iacute;volos </em>y los <em>campesinos trabajadores y honestos</em>.
    </p><p class="article-text">
        Nuestra imagen inicial pretend&iacute;a trasladar la idea de que el populismo es el sumidero hacia el que se deslizan m&aacute;s o menos inadvertidamente hoy todas las formaciones pol&iacute;ticas, sean viejas o nuevas, mientras que el tablero por el que &eacute;stas se mueven se ha visto inclinado por una concatenaci&oacute;n de causas que, al menos en Europa, se retrotrae a principios de la d&eacute;cada de 1990. Pero el s&iacute;mil tambi&eacute;n intentaba recoger algo m&aacute;s: la relaci&oacute;n estrecha y peculiar que el populismo mantiene con la democracia. En contraste con una opini&oacute;n generalizada, que conecta el populismo con el autoritarismo y con la relativizaci&oacute;n del papel de los partidos pol&iacute;ticos, el populismo se caracteriza, en realidad, por una suerte de extremismo democr&aacute;tico en cuyas coordenadas el partido y su l&iacute;der desempe&ntilde;an una funci&oacute;n trascendental. Es cierto que, en su din&aacute;mica, el l&iacute;der acaba adquiriendo un protagonismo tal que supera con frecuencia la identificaci&oacute;n de los afiliados y electores con el partido que lo encumbra, de ah&iacute; que, como observara Laclau, los movimientos populistas acaben siendo reconocidos con el apellido de sus l&iacute;deres: peronismo, lepenismo, chavismo, trumpismo, etc. Pero su baza fundamental, el as en la manga, lo que le otorga una capacidad de seducci&oacute;n innegable, incluso para una ciudadan&iacute;a educada y cr&iacute;tica, es que el populismo admite abiertamente el basamento sencillo del poder democr&aacute;tico, esto es, que &eacute;ste reside en el pueblo. De hecho, el populismo ha llevado a su molino con provecho las demandas de una mayor participaci&oacute;n de los ciudadanos y de una profundizaci&oacute;n de la democracia que se expresaron con motivo, por ejemplo, de la construcci&oacute;n y consolidaci&oacute;n de la Uni&oacute;n europea.
    </p><p class="article-text">
        El <em>pueblo</em> del populismo no solo puede, sino que debe depositar su confianza en un partido cuyo l&iacute;der conecte con sus preocupaciones, que comprenda sus problemas y los resuelva, pero que tambi&eacute;n sea capaz de recoger sus aspiraciones, en suma, un partido y un l&iacute;der que expresen, como se dir&iacute;a castizamente, su <em>sentir</em>. De este modo, el proyecto populista se distancia de los compromisos y los controles caracter&iacute;sticos de las democracias liberales, cuyos fallos explota interesadamente, y hace inclinar la balanza hacia un tipo de democracia plebiscitaria, esto es, una democracia por aclamaci&oacute;n popular, hostil al pluralismo (porque solo hay <em>un pueblo</em>) y aparentemente antielitista (porque el l&iacute;der, pese a ser millonario, se entiende que es, en el fondo, <em>uno de los nuestros</em>). Para ganar apoyos y obtener el poder, el l&iacute;der populista ha de mantenerse en contacto diario y directo con <em>el pueblo</em>, como hac&iacute;a Trump a trav&eacute;s de Twitter, librando una campa&ntilde;a electoral permanente y un punto quijotesca en nombre del pueblo olvidado o menospreciado. Mediante su apelaci&oacute;n continua al <em>pueblo</em>, a lo que piensa y quiere <em>la gente </em>y, por supuesto, contando con el aval de la victoria electoral, el l&iacute;der populista en el poder se cree legitimado para superar los <em>checks and balances</em> propios de la democracia constitucional, como hicieran Berlusconi, Orb&aacute;n y Trump. En este sentido, la apelaci&oacute;n populista a la ciudadan&iacute;a se dirige a un nivel m&aacute;s fundamental (o m&aacute;s <em>bajo</em>, por continuar con nuestra comparaci&oacute;n inicial con el sumidero) del que admiten p&uacute;blicamente los representantes de los partidos pol&iacute;ticos tradicionales: lo que vale, lo leg&iacute;timo, lo que no se puede traicionar, es lo que <em>el pueblo</em> democr&aacute;ticamente decide.
    </p><p class="article-text">
        El populismo constituye una tendencia reactiva; es un movimiento que se pone en marcha y gana apoyos articulando un conjunto creciente y diverso de demandas populares insatisfechas frente a lo que sus partidarios consideran el <em>establishment</em>. En el caso europeo, pueden se&ntilde;alarse como causas generales de su aparici&oacute;n las tensiones generadas por el impacto de la globalizaci&oacute;n, la ca&iacute;da del muro de Berl&iacute;n y el triunfo renovado del capitalismo, el proceso de construcci&oacute;n y estabilizaci&oacute;n de la Uni&oacute;n europea que ha consolidado una burocracia continental, la erosi&oacute;n de la capacidad de los partidos tradicionales para resolver los problemas de las ciudadan&iacute;as nacionales una vez socavado el paradigma socialdem&oacute;crata y, no menos importante, el papel de los medios a la hora de tratar la informaci&oacute;n pol&iacute;tica. En un enfoque m&aacute;s concreto, el polit&oacute;logo Cass Mudde afirma que el populismo tiene campo de acci&oacute;n cuando se combinan tres elementos principales: un resentimiento pol&iacute;tico persistente, la percepci&oacute;n de un desaf&iacute;o serio a &ldquo;nuestro estilo de vida&rdquo; por parte de sectores mayoritarios de la ciudadan&iacute;a y la presencia de un l&iacute;der populista atractivo. Ahora bien, estas causas, que pueden explicar el ascenso y el triunfo electoral en Europa de actores populistas desde principios de la d&eacute;cada de 1990, como Silvio Berlusconi, Marine Le Pen, J&ouml;rg Haider, Geert Wilders, Matteo Salvini o Thierry Baudet, son causas a las que no pueden mostrarse ajenos los partidos <em>mainstream</em>. As&iacute;, por ejemplo, el <em>Labour party</em> de Tony Blair despleg&oacute; una ret&oacute;rica populista durante buena parte del tiempo que ocup&oacute; el poder en Gran Breta&ntilde;a y algo bastante similar est&aacute; haciendo en la actualidad su oponente del <em>Tory party</em>, Boris Johnson, que, tras apoyar el s&iacute; en el refer&eacute;ndum del Brexit, cosech&oacute; una victoria electoral arrolladora.
    </p><p class="article-text">
        Que los partidos tradicionales mimeticen el discurso populista es uno de los efectos de su conformaci&oacute;n como sumidero de la pol&iacute;tica contempor&aacute;nea. Sin embargo, &iquest;no se hab&iacute;an rendido mucho antes a esa clase persuasi&oacute;n precisamente por el mismo v&iacute;nculo que establecen los populistas con una cierta concepci&oacute;n de lo que es la democracia? &iquest;Y no lo hab&iacute;an hecho en funci&oacute;n del perfil de sus dirigentes, de la clase de apoyos que &eacute;stos presum&iacute;an en la ciudadan&iacute;a y, en particular, cuando se encontraban en per&iacute;odo electoral? &iquest;No fue populista la declaraci&oacute;n del expresidente del gobierno Jos&eacute; Luis Rodr&iacute;guez Zapatero cuando en 2003 dijo &ldquo;apoyar&eacute; el Estatuto que salga del parlamento de Catalunya&rdquo;? &iquest;Y no lo fueron los comentarios del expresidente del gobierno Jos&eacute; Mar&iacute;a Aznar cuando en 2007 dijo, en una cr&iacute;tica velada a las campa&ntilde;as de la DGT para disuadir del consumo de alcohol a los conductores y mostrando su voluntad de conectar con el hombre de la calle, que &ldquo;Yo siempre pienso, &iquest;y qui&eacute;n te ha dicho a ti que quiero que conduzcas por m&iacute;? Las copas de vino que yo tengo o no tengo que beber d&eacute;jame que las beba tranquilamente&hellip;&rdquo;? Pero, por otra parte, cuando estos mismos partidos tradicionales han querido presentarse como alternativa a las fuerzas populistas, que buscan sin tapujos obtener el poder, aparte de mostrarse vacilantes y extremadamente cuidadosos a fin de evitar la cr&iacute;tica medi&aacute;tica o la intervenci&oacute;n judicial, se limitan a esgrimir una defensa comprometida, remilgada e ideol&oacute;gica de la democracia. En estos casos, la denominada <em>mayor&iacute;a silenciosa</em>, el <em>pueblo</em> al que no se escucha, los <em>humillados</em> y <em>ofendidos</em> se limitan a tomar nota y, llegado el momento de la verdad, votan con el coraz&oacute;n en la mano porque la raz&oacute;n no les complace ante tanto incumplimiento por parte de aquellos a los que ven como una elite y, en muchos casos, como una elite corrupta.
    </p><p class="article-text">
        Podr&iacute;a decirse que el fantasma que recorre Europa es el espectro del populismo, pero creo que ser&iacute;a mucho m&aacute;s preciso sostener que tal espectro en su forma actualizada lleva bastante tiempo entre nosotros. Se manifiesta abruptamente en partidos de nuevo cu&ntilde;o, pero tambi&eacute;n en las modulaciones que han sufrido los cuadros y los discursos de los viejos partidos, los cuales, si bien presentan variaciones en un amplio rango, parece que coinciden en haberse inoculado una cierta dosis de populismo para poder hacer frente con eficacia a los populistas desenfadados. Lo que quiz&aacute; no sea una estrategia efectiva, puesto que los ciudadanos desenga&ntilde;ados, como tambi&eacute;n ocurre entre los votantes de izquierda o los de derecha ante sus posibles opciones electorales, suelen optar por el original y rechazan la mala copia. Para acabar esta nota, sin embargo, exploremos un poco la met&aacute;fora surgida de la pluma de Marx y Engels. La tradici&oacute;n literaria ha consagrado la idea de que un fantasma es el esp&iacute;ritu de alguien que tuvo un mal morir. Si el populismo se muestra pujante y transversal, convincente y triunfador, no solo en Europa, sino tambi&eacute;n en otras latitudes, quiz&aacute; lo sea porque atiza la imaginaci&oacute;n de mucha gente acerca de c&oacute;mo podr&iacute;a haber sido la democracia si no tuvi&eacute;ramos, en su lugar, una democracia limitada, encorsetada y languideciente a beneficio de las elites, la <em>casta</em> o los <em>instalados</em>. Dicho de otro modo: si hay que evitar todo dogmatismo, entonces no habr&iacute;a que descartar completamente que los populistas no tengan algo de raz&oacute;n en la cr&iacute;tica a la que someten la democracia liberal. El sumidero del populismo no ser&iacute;a entonces una construcci&oacute;n precaria y provisional, v&aacute;lida solo para un tiempo de crisis social y pol&iacute;tica, sino un correctivo tal vez definitivo a la idea de democracia que nos leg&oacute; la segunda posguerra europea.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Lluís Pla Vargas]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/sumidero-populista_129_7908832.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 08 May 2021 19:42:52 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El sumidero populista]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Los márgenes de la crítica]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/margenes-critica_129_7348414.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7b3ee41e-f38e-41ec-9335-f3e7f3dd0f9d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los márgenes de la crítica"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La cuestión no es que no se lea; tampoco lo es el tipo de contenidos que se leen. La cuestión decisiva tiene que ver con cómo se lee</p></div><p class="article-text">
        En el lejano 1985, Neil Postman, el pedagogo y te&oacute;rico neoyorquino de la comunicaci&oacute;n, escribi&oacute; un libro estupendo, &aacute;gil y fresco: <em>Amusing Ourselves to Death</em>, que aqu&iacute; se tradujo como <em>Divertirse hasta morir.</em> En este ensayo, Postman examinaba c&oacute;mo hab&iacute;a cambiado el discurso p&uacute;blico en los Estados Unidos bajo la influencia del <em>show business</em> y los esquemas narrativos espectacularizados de la televisi&oacute;n. A su parecer, la tipograf&iacute;a hab&iacute;a dominado la expresi&oacute;n p&uacute;blica en los &aacute;mbitos de lo religioso, lo jur&iacute;dico, lo pol&iacute;tico y lo comercial durante los siglos XVIII y XIX, pero en el siglo XX ese dominio se hab&iacute;a trasladado a las im&aacute;genes de la publicidad y a las secuencias del cine y la televisi&oacute;n. Expuso que este cambio tambi&eacute;n se pod&iacute;a caracterizar como un desplazamiento desde la &ldquo;Era de la disertaci&oacute;n&rdquo; al &ldquo;Mundo de la diversi&oacute;n&rdquo;. Entre los s&iacute;ntomas contempor&aacute;neos de esta nueva etapa, mencionaba que el pa&iacute;s lo dirig&iacute;a Ronald Reagan, un presidente que hab&iacute;a sido actor y que no dejaba de serlo del todo mientras ejerc&iacute;a su cargo, y que la ciudad representativa de la naci&oacute;n ya no era la politizada Boston, la cosmopolita Nueva York o la industriosa Chicago, sino Las Vegas, una urbe erigida en medio del desierto y volcada en los negocios del juego y del espect&aacute;culo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Algunos cr&iacute;ticos han se&ntilde;alado que el trazo de Postman fue demasiado grueso, que exager&oacute; la extensi&oacute;n de la cultura literaria entre la poblaci&oacute;n de los nacientes Estados Unidos y que el modo en que explic&oacute; ese desplazamiento desde una cultura basada en la imprenta a otra basada en la televisi&oacute;n no ha sido, en realidad, tan dr&aacute;stico. No obstante, su intuici&oacute;n de fondo acerca del discurso p&uacute;blico no parece tan desencaminada en la era de YouTube, Twitter, Instagram y TikTok, la &eacute;poca de la multiplicaci&oacute;n de las pantallas, el <em>smartphone</em> como extensi&oacute;n insustituible de la mano y las plataformas omn&iacute;modas, porque la sociedad, y el discurso con el cual esta se explica a s&iacute; misma, parecen alejarse todav&iacute;a m&aacute;s de lo que Postman denomin&oacute; &ldquo;mente tipogr&aacute;fica&rdquo;. Uno no puede evitar preguntarse qu&eacute; habr&iacute;a pensado nuestro autor acerca de todas estas mutaciones de la cultura comunicativa, pero es probable que hubiera reparado, como podr&iacute;a hacerlo hoy alg&uacute;n observador casual, en que los adolescentes actuales, cuando tienen por delante una tarea ardua, pesada o compleja, expresan su desaliento mediante el simple comentario: &ldquo;mucho texto&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Y es el caso que el texto, los textos, en todo caso, <em>mucho texto</em>, ha sido tradicionalmente el contexto de la cr&iacute;tica, sus m&aacute;rgenes, el modo y el lugar donde cab&iacute;a presentar una argumentaci&oacute;n a favor o en contra, el espacio donde los razonamientos se la jugaban, tal como se supone que sucede todav&iacute;a en los tribunales de justicia o en los seminarios de filosof&iacute;a. A trav&eacute;s de textos elaborados, exhaustivamente pensados, conscientes incluso de sus limitaciones, los autores y autoras se han dirigido a un p&uacute;blico lector para defender sus ideas, relatar historias, cuestionar posiciones, presentar ejemplos, hacer aflorar las contradicciones de los oponentes y contribuir, en general, a un mundo donde reinen las palabras y la gente se atenga a ellas. Y esta no es precisamente una invenci&oacute;n reciente. Los primeros pensadores de la democracia, los sofistas de la antigua Grecia, mientras analizaban la ret&oacute;rica de los recursos argumentativos, conocieron y explotaron la ambivalencia de las palabras. Estas son, al mismo tiempo, poderosas y d&eacute;biles, porque pueden movilizar a la gente y ser in&uacute;tiles ante la gente movilizada; porque pueden ser alternativamente veh&iacute;culos de la verdad y de la mentira, de la opini&oacute;n autorizada y la ocurrencia insensata; porque, en fin, alientan la capacidad de transmitir los hechos y retorcerlos, mostrar y ocultar, confirmar o desmentir, ensalzar y denigrar.
    </p><p class="article-text">
        Por estas razones, los textos son compa&ntilde;eros exigentes, que requieren atenci&oacute;n, exclusividad, inmersi&oacute;n, y no les viene nada mal que el silencio se imponga en torno a sus destinatarios y que las fuentes de distracci&oacute;n se encuentren alejadas. De ah&iacute; que en nuestros tiempos la lectura y, en particular, la lectura anal&iacute;tica, cr&iacute;tica, aquella que extrae informaci&oacute;n no para confirmar c&oacute;mo es el mundo, sino para intentar pensar c&oacute;mo podr&iacute;a cambiarse y, <em>a fortiori</em>, mejorarse, tope con dificultades casi insuperables. No se trata solamente de la cacofon&iacute;a de fondo, sino de m&uacute;ltiples cacofon&iacute;as, a menudo amplificadas por razones promocionales, motivaciones pol&iacute;ticas o intereses comerciales, que pueden alcanzarnos a trav&eacute;s de un &uacute;nico dispositivo, que solemos llevar &#9472;valga la paradoja&#9472; junto al coraz&oacute;n. En la sala de espera del hospital, donde la mayor&iacute;a pasa el rato curioseando a trav&eacute;s del m&oacute;vil, aparece un hombre con un grueso libro bajo el brazo. Aunque parece cansado, se dispone a hacer el esfuerzo: abre el volumen y, durante un par de minutos, se le ve concentrado en &eacute;l. Su m&oacute;vil vibra entonces con una notificaci&oacute;n. Lo recoge del bolsillo de la chaqueta y lo deposita sobre el libro para consultarlo. Ya no regresa al libro, sino que dedica el resto de la espera al m&oacute;vil: aquel ha adoptado la funci&oacute;n de c&oacute;modo sost&eacute;n para este. Aquellos que busquen signos de los tiempos podr&iacute;an ver en esta an&eacute;cdota trivial algo emblem&aacute;tico porque el soporte tradicional de la educaci&oacute;n y la cr&iacute;tica se ha convertido en soporte de aquello que puede frustrarlas por medio de la dispersi&oacute;n ilimitada.
    </p><p class="article-text">
        Ahora bien, para no llevarse precipitadamente a enga&ntilde;o, habr&iacute;a que recordar que este no es un conflicto entre los <em>viejos y buenos tiempos</em> anal&oacute;gicos y la contemporaneidad digital despiadada, sino la expresi&oacute;n an&oacute;mala de un momento de transici&oacute;n entre dos eras dominadas por tecnolog&iacute;as diversas: la del libro moderno, que nace con la imprenta de Gutenberg y atesora casi seis siglos de historia, y la del microprocesador port&aacute;til con acceso a Internet, que tiene apenas 50 a&ntilde;os, pero que ya domina las rutinas sociales, la configuraci&oacute;n cultural y el discurso p&uacute;blico con su inmediatez caracter&iacute;stica. Como indican diversos estudios, no se lee menos en la era de Internet, sino que se lee m&aacute;s. Por otra parte, si bien cabe felicitarse de que la gente lea m&aacute;s, no parece relevante dedicar energ&iacute;as a lamentarse acerca de lo que la mayor&iacute;a de la gente lee. A fin de cuentas, los apocal&iacute;pticos del pasado, usando una vara de medir donde se concentraban sesgos de clase, de g&eacute;nero y una dosis indisimulada de elitismo cultural, alzaron sus cejas alarmados e indignados a partes iguales ante la lectura apasionada de novelas rom&aacute;nticas por parte de las j&oacute;venes de familias acomodadas, ante los folletines que aparec&iacute;an por entregas en los peri&oacute;dicos y se consum&iacute;an con avidez &#9472;como fue el caso de <em>Los miserables</em>, de V&iacute;ctor Hugo&#9472;, ante la afici&oacute;n por la poes&iacute;a <em>indecente</em> de Charles Baudelaire o ante el inter&eacute;s que el p&uacute;blico mostr&oacute; por <em>Lolita</em>, de Vladimir Nabokov. Y est&aacute; claro que hoy nadie discute el lugar de Austen, Hugo, Baudelaire o Nabokov en el pante&oacute;n de la literatura universal. En la amplitud y diversidad de ese cultivo de la humanidad, que es la cultura, ya est&aacute; dispuesta la simiente para la aparici&oacute;n de algunos pocos lectores at&iacute;picos, cr&iacute;ticos y rompedores que, aunque sea en menor n&uacute;mero, podr&aacute;n quiz&aacute; inspirar a autores y autoras con esas mismas caracter&iacute;sticas, los cuales, a su vez, en ese intercambio inagotable y fruct&iacute;fero de cartas a los amigos &#9472;que dir&iacute;a Peter Sloterdijk&#9472; inspirar&aacute;n a otros lectores y escritores innovadores.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; pues, la cuesti&oacute;n no es que no se lea; tampoco lo es el tipo de contenidos que se leen. La cuesti&oacute;n decisiva tiene que ver con c&oacute;mo se lee. Neil Postman relata que, a finales del siglo XVIII y principios del XIX, hab&iacute;a pocas oportunidades para la lectura ocasional porque las tareas diarias en un entorno predominantemente rural lo imped&iacute;an. &ldquo;La lectura &#9472;escribe&#9472; deb&iacute;a contener un elemento sagrado, de lo contrario, por lo menos, deb&iacute;a tener lugar como un ritual semanal investido de un significado especial.&rdquo; Y, dado que no hab&iacute;a luz el&eacute;ctrica, &ldquo;gran parte de la lectura ten&iacute;a lugar entre el amanecer y el comienzo de la actividad diaria. Lo que se leyera ten&iacute;a que hacerse con seriedad, intensamente y con un prop&oacute;sito definido&rdquo;. A pesar de que podamos expresar algunas dudas acerca de esta generalizaci&oacute;n, e incluso suponer que esta actitud reverencial hacia los textos estaba conectada con la frecuente lectura de la Biblia, lo cierto es que contrasta poderosamente con nuestra manera de leer. En la actualidad, cuando la gente lee <em>con seriedad, intensamente y con un prop&oacute;sito definido</em> lo hace normalmente por un motivo pr&aacute;ctico: est&aacute; leyendo la letra peque&ntilde;a de una p&oacute;liza de seguro, la en&eacute;sima normativa en relaci&oacute;n con las medidas de prevenci&oacute;n contra la COVID-19, el enunciado de un examen temible o las objeciones que determinado art&iacute;culo acad&eacute;mico puede plantearle a la tesis doctoral que lleva en curso, pero, por descontado, no es esta la manera habitual en que se leen los mensajes en Twitter, Instagram y WhatsApp o el modo en que se decodifican los <em>flashes</em> informativos de &uacute;ltima hora en la televisi&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Teniendo en cuenta este contexto comunicativo, &iquest;cu&aacute;les pueden ser hoy los m&aacute;rgenes para una lectura cr&iacute;tica de nuestra sociedad? Estoy convencido de que esta debe seguir recurriendo al an&aacute;lisis, incluso al an&aacute;lisis pormenorizado e inquisitivo, propio de aquel tipo de lecturas <em>serias</em>, <em>intensas</em> y con un <em>objetivo declarado</em> que rememoraba Postman. Una lectura cr&iacute;tica del presente deber&iacute;a esforzarse en hacer aflorar las injusticias que nos atenazan; deber&iacute;a desenterrarlas de las catacumbas donde son urdidas para exponerlas a la luz p&uacute;blica, no esperando ingenuamente que as&iacute; se resuelvan, como crey&oacute; la vieja Ilustraci&oacute;n, pero, al menos, ofreciendo la posibilidad de que la mayor&iacute;a de los que las padecen las conozcan y manteniendo la esperanza &#9472;la <em>esperanza de los desesperanzados</em>, como dijeron algunos&#9472; de que, conoci&eacute;ndolas, dediquen sus esfuerzos colectivos a abolirlas. Una lectura cr&iacute;tica de la sociedad deber&iacute;a romper el encantamiento de los discursos que encubren o justifican esas injusticias y que, en esa medida, contribuyen a perpetuarlas. Deber&iacute;a mostrar, incluso al precio de hacerse prolija e inc&oacute;moda, los mecanismos por medio de los cuales las razones y los prejuicios, las informaciones veraces y los sesgos, la riqueza y la miseria o la humildad y la prepotencia se usan en el dominio sistem&aacute;tico que unos cuantos seres humanos ejercen sobre la mayor&iacute;a de los seres humanos, un dominio que no cesa y que imposibilita su desarrollo en libertad. En definitiva, una lectura cr&iacute;tica deber&iacute;a mostrar c&oacute;mo, al igual que sucede con el lenguaje ambivalente, el mal y el bien pueden ser usados alternativamente para hacer el mal.
    </p><p class="article-text">
        En este punto, la cuesti&oacute;n es si la sociedad que requiere de esta cr&iacute;tica va a estar dispuesta a escucharla; mejor dicho, no si va a querer, sino si realmente va a poder enfrentarse a la tarea de su propia cr&iacute;tica, que es agotadora, a menudo frustrante y cuyos efectos, si se manifiestan, suelen hacerlo a largo plazo. Y la dificultad no se cifra solamente en el tipo generalizado de lectura dispersa, superficial y asediada por im&aacute;genes o secuencias de v&iacute;deo, sino tambi&eacute;n en los modelos precarios de <em>cr&iacute;tica</em> que resultan accesibles al p&uacute;blico en general &#9472;los memes, por un lado, y el tipo de declaraciones cortantes que los representantes pol&iacute;ticos suelen emplear para cuestionar los planteamientos de los adversarios, por otro&#9472;. Pero la alternativa a las burbujas t&oacute;xicas de informaci&oacute;n, que generan cat&aacute;strofes sociales y pol&iacute;ticas, quiz&aacute; no sea hacer chistes &#9472;aunque eso a veces sea refrescante&#9472;, ni tampoco limitarse a recoger los desplantes y los zascas de los pol&iacute;ticos que nos son afines &#9472;aunque eso nos complazca&#9472;. Porque solo la cr&iacute;tica tradicional <em>seria</em>, <em>intensa</em> y con <em>un prop&oacute;sito definido</em> puede reventar esas burbujas, pero no para volver al discurso tradicional, cuyo icono son estanter&iacute;as repletas de vol&uacute;menes ordenados, sino para renovarlo en combinaci&oacute;n con las nuevas herramientas de la sociedad digital, cuyo emblema es un hipertexto global que amalgama texto, imagen y v&iacute;deo. La cr&iacute;tica social necesaria requiere hoy de m&aacute;rgenes ampliados, pero tambi&eacute;n, y de manera no menos importante, de una educaci&oacute;n en el uso del hipertexto.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Lluís Pla Vargas]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/margenes-critica_129_7348414.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 31 Mar 2021 20:10:57 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Los márgenes de la crítica]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El retorno del objetivismo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/retorno-objetivismo_129_7264531.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d7771c10-b446-4b2b-9bc2-476894597aa7_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El retorno del objetivismo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La extensión de Internet, la multiplicación de las plataformas y el auge de las redes sociales en las últimas dos décadas ha generado una explosión comunicativa que no siempre ha traído de la mano a la buena información, solvente, contrastada y autocrítica</p></div><p class="article-text">
        Hace unos a&ntilde;os, como quiz&aacute; recuerden algunos, un conocido presentador de los informativos de una cadena p&uacute;blica de &aacute;mbito nacional sol&iacute;a concluir el relato de las noticias con el aserto: &ldquo;As&iacute; son las cosas y as&iacute; se las hemos contado&rdquo;. Algunos telespectadores atentos a&uacute;n podr&iacute;an haber interpretado que en esta declaraci&oacute;n se pretend&iacute;a distinguir entre <em>objeto</em> y <em>sujeto</em>, es decir, <em>grosso modo</em>, entre lo que la realidad mostraba y lo que los periodistas hab&iacute;an relatado; la mayor&iacute;a, sin embargo, interpretaban que lo que dec&iacute;a el esforzado <em>news anchor</em> no era tanto que cab&iacute;a distinguir entre <em>realidad</em> y <em>sujeto cognoscente</em>, sino, m&aacute;s bien, que este &#9472;es decir, &eacute;l&#9472; hab&iacute;a relatado exhaustiva y perfectamente aquella. 
    </p><p class="article-text">
        Ahora bien, si uno se adentra solo unos pasos en lo que se denomina Teor&iacute;a del conocimiento, esa vertiente compleja y transversal de la reflexi&oacute;n filos&oacute;fica, lo primero que aprende inmediatamente es que nada es lo que parece. As&iacute; que, ante la frase casi oracular de nuestro periodista, se la interprete como se la interprete, no hubiera estado de m&aacute;s haberle preguntado &#9472;y de paso habernos preguntado&#9472; unas cuantas cosas. &iquest;Qu&eacute; distinci&oacute;n puede establecerse entre la realidad y su descripci&oacute;n cuando para saber de la realidad precisamos de una descripci&oacute;n y, a su vez, necesitamos de esta para clarificarnos sobre aquella? &iquest;Puede la subjetividad ps&iacute;quica captar la objetividad real e independiente o es m&aacute;s bien la intersubjetividad del lenguaje, la sociedad o la <em>comunidad de investigadores</em> la que acaba constituyendo nuestra objetividad propiamente accesible? &iquest;Cu&aacute;l es la naturaleza de los datos con los cuales armamos nuestras explicaciones y narraciones de los hechos y cu&aacute;les son los criterios para cerciorarnos de su verdad o falsedad?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A decir verdad, todas estas cuestiones no son nada sencillas, pues involucran planteamientos no solo filos&oacute;ficos, ya de por s&iacute; espinosos, sino que tambi&eacute;n pueden acarrear explicaciones procedentes de la psicolog&iacute;a, la ling&uuml;&iacute;stica, la sociolog&iacute;a o incluso la biolog&iacute;a. Pero teniendo en cuenta que no solo los legos, sino incluso los fil&oacute;sofos m&aacute;s reputados, se han empantanado con frecuencia en estos terrenos, quiz&aacute; deber&iacute;amos acabar excusando a nuestro presentador de informativos. No es un secreto celosamente guardado que, a menudo, la m&aacute;s granada <em>teor&iacute;a</em> ha desarrollado meros t&oacute;picos del sentido com&uacute;n y que su excelso producto, el <em>conocimiento</em>, nunca o casi nunca ha podido desconectarse de arduas presuposiciones no explicitadas acerca del <em>sujeto</em> o del <em>objeto</em>, de la conciencia &#9472;o la sociedad&#9472; y la realidad &#9472;o la objetividad&#9472;. Pero los errores nos ayudan, pues el lenguaje de las teor&iacute;as tal vez no pueda ni deba estar tan alejado del tipo de l&eacute;xico que utilizamos en nuestras comunicaciones cotidianas si es que, al fin y al cabo, debe contribuir no solo a la comprensi&oacute;n del mundo y del sujeto, sino tambi&eacute;n a informar la acci&oacute;n pr&aacute;ctica.
    </p><p class="article-text">
        Debido a razones f&aacute;cilmente comprensibles, las crisis econ&oacute;micas, sociales y pol&iacute;ticas suelen generar impactos en la reflexi&oacute;n epistemol&oacute;gica. El conocimiento de lo que se daba por sentado, incluido <em>el conocimiento del conocimiento</em>, se ve puesto en tela de juicio repentina y dr&aacute;sticamente. En este sentido, la pandemia de la COVID-19 no ha representado una excepci&oacute;n. En tales circunstancias y, en particular, en aquellos momentos en que acontecen cambios de paradigmas, por decirlo con Thomas Kuhn, se asiste a un reajuste del repertorio de certezas, ignorancias y esperanzas o incluso a un vuelco de lo que el tablero conocido nos daba a conocer y nos permit&iacute;a esperar conocer. A consecuencia de ello, el resultado es, en algunas ocasiones, un progreso refinado en la comprensi&oacute;n de la cognici&oacute;n, que ampl&iacute;a el horizonte de aquello que podemos llegar a entender y de c&oacute;mo es posible entenderlo; en otras, en cambio, pueden observarse retrocesos a puntos de vista que la reflexi&oacute;n filos&oacute;fica ya hab&iacute;a largamente superado. La convicci&oacute;n que quisiera argumentar en esta breve nota es que nos encontramos en uno de estos &uacute;ltimos momentos y que la raz&oacute;n de ello no responde tanto a la intrahistoria filos&oacute;fica de la teor&iacute;a del conocimiento, sino m&aacute;s bien a una oposici&oacute;n fundamental en torno a la naturaleza de lo pol&iacute;tico.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La extensi&oacute;n de Internet, la multiplicaci&oacute;n de las plataformas y el auge de las redes sociales en las &uacute;ltimas dos d&eacute;cadas ha generado una explosi&oacute;n comunicativa que no siempre ha tra&iacute;do de la mano a la buena informaci&oacute;n, solvente, contrastada y autocr&iacute;tica, sino que tambi&eacute;n ha arrastrado consigo grandes cantidades de desinformaci&oacute;n, bulos infundados y teor&iacute;as de la conspiraci&oacute;n. La ambivalencia es manifiesta. Por poner un solo ejemplo, en la red podemos acceder y compartir f&aacute;cilmente enlaces del repositorio de <em>The Lancet</em>, pero tambi&eacute;n se nos abre la posibilidad de hacer lo mismo con los contenidos insensatos de la organizaci&oacute;n de extrema derecha QAnon. Quiz&aacute; como defensa precipitada, quiz&aacute; como carencia filos&oacute;fica o quiz&aacute; como una mezcla de ambas cosas, lo cierto es que el discurso p&uacute;blico con mayores pretensiones de seriedad se ha visto obligado a reorientarse para hacer frente a esta situaci&oacute;n desconcertante, y lo ha hecho asumiendo un realismo ingenuo, por un lado, y mostrando un respeto reverencial hacia los dict&aacute;menes de los cient&iacute;ficos, por otro. Pero, de este modo, la consecuencia ha sido retornar a un planteamiento obsoleto: el objetivismo. Este podr&iacute;a ser caracterizado mediante la intuici&oacute;n de que las percepciones subjetivas nos dan acceso a la objetividad del mundo, sea f&iacute;sica, psicol&oacute;gica o social, y que tal objetividad, recogida fielmente por la percepci&oacute;n o por los datos emp&iacute;ricos, resulta indistinguible de la verdad de los hechos. As&iacute; pues, el objetivismo entiende que la mente humana es un espejo pulido, capaz de reflejar la realidad externa e interna tal cual es, y que el lenguaje humano puede traducir sin errores esas im&aacute;genes a enunciados verdaderos sobre el mundo. La intuici&oacute;n es grosera porque no distingue entre los objetos del mundo &#9472;que pueden ser perceptibles&#9472;, los hechos &#9472;que no son perceptibles, sino fruto de la elaboraci&oacute;n argumentativa&#9472;, los enunciados &#9472;que son constructos gramaticales con pretensi&oacute;n cognitiva, al menos en algunos casos&#9472; y la verdad &#9472;que no est&aacute; ah&iacute; fuera, en el mundo, sino que es una relaci&oacute;n de validez asociada a los enunciados donde se expresan los hechos&#9472;.
    </p><p class="article-text">
        Desde el punto de vista filos&oacute;fico, la confianza en esta intuici&oacute;n nos solo nos sit&uacute;a por detr&aacute;s de la clarificaci&oacute;n en t&eacute;rminos de una antropolog&iacute;a del conocimiento basada en el giro ling&uuml;&iacute;stico llevada a cabo por J&uuml;rgen Habermas en <em>Conocimiento e inter&eacute;s</em> hace m&aacute;s de cinco d&eacute;cadas, sino que nos hace retroceder incluso por detr&aacute;s de la primera formulaci&oacute;n de una filosof&iacute;a trascendental, la de Immanuel Kant, desarrollada en la <em>Cr&iacute;tica de la raz&oacute;n pura </em>en 1781. No es este el lugar adecuado para profundizar en los detalles de estas obras ni en sus papeles respectivos en el marco de desarrollo de la epistemolog&iacute;a contempor&aacute;nea. Pero, en cualquier caso, si algo queda claro en este retorno del objetivismo, como ya pens&oacute; Kant frente a Hume o Habermas frente al positivismo, es que con &eacute;l, en primer lugar, se vuelve al esquema cl&aacute;sico del conocimiento como el producto de un sujeto que observa el mundo en actitud objetivante, desatendiendo no solo las condiciones subjetivas de constituci&oacute;n del&nbsp; conocimiento fiable (Kant), sino tambi&eacute;n el hecho de considerar el conocimiento no como el resultado monol&oacute;gico de un sujeto solitario, sino como fruto de un di&aacute;logo intersubjetivo frente a un mismo mundo diversamente interpretado (Habermas); pero adem&aacute;s, en segundo lugar, se prescinde de la autorreflexi&oacute;n metodol&oacute;gica sobre el conocimiento cient&iacute;fico, que se prolonga desde Arist&oacute;teles hasta Popper, Bunge y Latour, y que las ciencias se ven incapacitadas para abordar por s&iacute; solas. Porque ni la tecnociencia, orientada a la manipulaci&oacute;n de la realidad f&iacute;sica o qu&iacute;mica, ni las denominadas ciencias sociales y humanas, dirigidas a la comprensi&oacute;n del individuo en su dimensiones social e hist&oacute;rica, pueden prescindir por descontado de una metodolog&iacute;a, pero la reflexi&oacute;n fundamental sobre &eacute;sta no es cient&iacute;fica, sino filos&oacute;fica. Sin embargo, m&aacute;s all&aacute; de toda esta tematizaci&oacute;n, lo cierto es que un objetivismo renovado, riguroso y desvergonzado, que ignora su naturaleza de constructo social, est&aacute; encontrando hoy apoyo social y acreditaci&oacute;n por parte de expertos a trav&eacute;s del modo en que se ordena &#9472;o, m&aacute;s bien, se desordena&#9472; la arena pol&iacute;tica en el mundo contempor&aacute;neo.
    </p><p class="article-text">
        A mi modo de ver, existen dos tendencias opuestas y potentes en torno a lo pol&iacute;tico que subyacen a los ejes por medio de los cuales se han identificado habitualmente las opciones pol&iacute;ticas en el mundo occidental contempor&aacute;neo. Desde la Revoluci&oacute;n francesa, se ha entendido en t&eacute;rminos generales que exist&iacute;an diferencias sustantivas respecto a la concepci&oacute;n del Estado y la orientaci&oacute;n de las pol&iacute;ticas p&uacute;blicas en el espectro izquierda-derecha; m&aacute;s recientemente, sobre todo gracias a los estudios del soci&oacute;logo Ronald Inglehart, este an&aacute;lisis se ha completado con nuevas variables que se&ntilde;alan posiciones diversas en el eje de los estilos de vida y los valores materialistas y postmaterialistas. No obstante, como han apuntado diversos fil&oacute;sofos pol&iacute;ticos y polit&oacute;logos, las corrientes de fondo en la configuraci&oacute;n de la pol&iacute;tica se bifurcan en la actualidad entre populismo y tecnocracia. La tecnocracia, con su pretensi&oacute;n de ofrecer soluciones t&eacute;cnicas a problemas sociales o pol&iacute;ticos, y el populismo, con el &aacute;nimo de recoger y canalizar lo m&aacute;s fielmente posible la voluntad popular, tienen en com&uacute;n el objetivo de hacer irrelevantes, o suprimir, las instituciones de intermediaci&oacute;n, sean c&iacute;vicas, pol&iacute;ticas o judiciales, en democracia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La praxis pol&iacute;tica, que, entre otras cosas, consiste en el di&aacute;logo, la contrastaci&oacute;n de las interpretaciones, la formaci&oacute;n autocr&iacute;tica de la opini&oacute;n, la toma meditada e informada de decisiones y la asunci&oacute;n de responsabilidades por las decisiones tomadas en marcos no solo institucionales, representa para estas corrientes de fondo un laberinto de obst&aacute;culos que les impiden hacer <em>lo que hay que hacer.</em> En su sentido m&aacute;s hondo, por tanto, tecnocracia y populismo comprenden la pol&iacute;tica institucionalizada como un estorbo para la resoluci&oacute;n de los problemas de la gente. Como aquellos operarios que acuden a una reparaci&oacute;n urgente, no tienen tiempo que perder. Su actitud b&aacute;sica, mimetizada por las opciones pol&iacute;ticas tradicionales, es que no est&aacute;n para zarandajas ni sutilezas reflexivas; que de lo que se trata, valga la expresi&oacute;n, es de arremangarse y ponerse manos a la obra. Y, curiosamente, bajo lo que no son otra cosa que met&aacute;foras &#9472;aunque, todo hay que decirlo, hay pol&iacute;ticos que comparecen arremangados ante los medios&#9472;, cada una de estas tendencias, a su manera, presupone una realidad objetiva e indiscutible donde est&aacute;n claras las prioridades de acci&oacute;n y donde la reflexi&oacute;n, si no es prescindible dada la claridad admitida, se reduce al m&eacute;todo para conseguir los objetivos predefinidos o a la evaluaci&oacute;n de los resultados logrados. Pero, al mismo tiempo, ambas tendencias comparten tambi&eacute;n el <em>ba&ntilde;o de realidad</em> generado por la crisis. Ambas coleccionan datos que usan como clavos para cerrar el ata&uacute;d de las opciones alternativas: la socialdemocracia <em>hip&oacute;crita</em>, el liberalismo <em>c&iacute;nico</em>, el ecologismo <em>ut&oacute;pico</em>. Al modo cl&aacute;sico de los abogados encallecidos del capitalismo, como en otro tiempo ya hicieran los valedores del absolutismo mon&aacute;rquico o del feudalismo, los partidarios de la tecnocracia y el populismo nos dicen: &ldquo;esto es lo que hay&rdquo;; pero, en el fondo, quieren decirnos: &ldquo;esto es lo &uacute;nico que puede haber&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Ahora bien, como recuerda la sentencia memorable, atribuida a menudo a Winston Churchill, pero fruto en realidad de la pluma del escritor estadounidense Charles Dudley Warner, la pol&iacute;tica suele hacer extra&ntilde;os compa&ntilde;eros de cama. As&iacute; que no cabe descartar que, en un futuro pr&oacute;ximo, los caminos aparentemente divergentes de la tecnocracia y el populismo se unan y aparezcan f&oacute;rmulas como &ldquo;tecnocracia populista&rdquo; o &ldquo;populismo tecnocr&aacute;tico&rdquo; que, como sus modelos previos e individualizados, tambi&eacute;n sostendr&aacute;n la creencia en el objetivismo. &iquest;No era algo de este estilo lo que recog&iacute;a la caracterizaci&oacute;n que ofreciera Lenin del comunismo en t&eacute;rminos de &ldquo;los soviets m&aacute;s la electricidad&rdquo;? Lenin, en fin, otro ferviente defensor del objetivismo.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Lluís Pla Vargas]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/retorno-objetivismo_129_7264531.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 05 Mar 2021 21:16:22 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El retorno del objetivismo]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Una apología de la conformidad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/apologia-conformidad_129_7194489.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/b4540c65-9561-4228-ac26-a4fcad1a18c6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una apología de la conformidad"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">¿Son culpables las filosofías de Nietzsche, Foucault, Deleuze, Butler y Baudrillard de la falta de sentido con la que vive su vida el joven posmoderno?</p></div><p class="article-text">
        Se ha puesto de moda en los &uacute;ltimos tiempos hacer una enmienda a la totalidad del pensamiento filos&oacute;fico posmoderno, pero no ya en el &aacute;mbito acad&eacute;mico, donde esa cr&iacute;tica se retrotrae a la d&eacute;cada de 1980, sino en los medios period&iacute;sticos y en las redes sociales. Se trata de una cr&iacute;tica totalizadora, que parece beber m&aacute;s del disgusto ante la impotencia de la raz&oacute;n frente a las <em>fake news</em> y los <em>alternative facts</em> a los que se refer&iacute;an sin sonrojarse el anterior inquilino de la Casa Blanca y sus portavoces, que de argumentaciones filos&oacute;ficas donde se ejerce la negaci&oacute;n determinada. 
    </p><p class="article-text">
        Esta clase de cr&iacute;tica corre el riesgo de poner injustamente en el mismo saco a pensadores y pensadoras de diversa condici&oacute;n e influencia y, adem&aacute;s, de catalogar como fraude el ejercicio no ortodoxo del pensamiento. Y, sin embargo, la filosof&iacute;a tuvo y sigue teniendo algo de estramb&oacute;tico, de heterodoxo y de lib&eacute;rrimo, si bien, al mismo tiempo, se despliega atendiendo deliberadamente a asuntos muy serios. El fil&oacute;sofo Theodor W. Adorno, consciente de que la revoluci&oacute;n social anunciada por Marx ya no se llevar&iacute;a a cabo, escribi&oacute;: &ldquo;La serie completa de sufrimiento, miedo y amenaza obliga al pensamiento, que no pudo realizarse, a no envilecerse. Tras el instante desperdiciado, el pensamiento deber&iacute;a conocer sin sosiego porque el mundo, que aqu&iacute; y ahora podr&iacute;a ser el para&iacute;so, puede convertirse ma&ntilde;ana en el infierno. Ese conocimiento ser&iacute;a filosof&iacute;a&rdquo;. Releamos este pasaje y valoremos esta caracterizaci&oacute;n de la filosof&iacute;a. En estos tiempos de crisis sist&eacute;mica, acentuada por la pandemia, uno casi podr&iacute;a atreverse a modificar ligeramente la segunda frase y a&ntilde;adir que lo que nos dice este conocimiento proporcionado por la filosof&iacute;a es que, en lugar de esperar a ma&ntilde;ana, el infierno tal vez ya est&eacute; aconteciendo hoy.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Esta breve reflexi&oacute;n y el recuerdo de este melanc&oacute;lico pasaje han surgido despu&eacute;s de leer el art&iacute;culo <a href="https://www.elespanol.com/opinion/tribunas/20210115/carta-joven-postmoderno/551314865_12.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">&ldquo;Carta a un joven posmoderno&rdquo;</a>, del profesor Diego S. Garrocho, publicado este pasado 15 de enero. No he podido evitar pensar as&iacute; que, aunque el pensamiento no se haya realizado, ello no deber&iacute;a ser una excusa para que envilezca. Y he pensado en Adorno porque, probablemente, nadie como &eacute;l, en el siglo XX, haya reflexionado mejor sobre la tesitura en la cual se encontraba, y a&uacute;n se encuentra, la filosof&iacute;a entre la <em>reserva india</em> o enclave tolerado que, por una parte, le han concedido el desarrollo y la organizaci&oacute;n disciplinar de las ciencias y la obsolescencia efectiva a la que, por otra parte, le ha condenado una sociedad dominada por el intercambio mercantil y el rigor administrativo. 
    </p><p class="article-text">
        Pero en la carta del profesor Garrocho no hay un an&aacute;lisis estructural de este tipo. Nos encontramos en cambio con que su referencia al capitalismo es imprecisa, pues no se detalla, y la que hace al consumismo suena a la vieja cr&iacute;tica conservadora de la sociedad de consumo que empieza con Daniel Bell en la d&eacute;cada de 1960 y que, a d&iacute;a de hoy, ya es obsoleta. Lo que hay es, sin embargo, una interpelaci&oacute;n personal, amarga y condescendiente, a los j&oacute;venes que, despu&eacute;s de haberse atracado de lecturas al parecer poco recomendables, se hunden en la miseria del trabajo precario, se dedican al postureo en las redes sociales y alcanzan tarde la certeza de que sus maestros les hab&iacute;an estafado no en el aula, sino antes de entrar en ella. Pero lo que en este argumento se desliza inadvertidamente es que haber dedicado tiempo a aquellas lecturas est&aacute; causalmente conectado con la ruina en la que uno se ha convertido al final &ndash;pues con esta crudeza casi incre&iacute;ble lo afirma el autor: &ldquo;la leas como la leas, tu vida es una mierda&rdquo; o &ldquo;tu vida ya es una perfecta ruina&rdquo;&ndash;, y no est&aacute; conectado, en cambio, con las condiciones sociales y pol&iacute;ticas que hacen que el capitalismo sobreviva mediante las crisis, y no a pesar de ellas, y que, mientras tanto, los mercados laborales sean un panorama de desolaci&oacute;n, especialmente para los j&oacute;venes, tal como ha detallado profusamente el economista Guy Standing en sus estudios sobre el precariado.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Podr&iacute;a suponerse que en un art&iacute;culo de peri&oacute;dico no hay mucho margen para un an&aacute;lisis detallado de las condiciones hist&oacute;rico-sociales en las cuales se desarrolla la reflexi&oacute;n filos&oacute;fica contempor&aacute;nea. Concedido. Pero, una vez m&aacute;s, ello no deber&iacute;a ser una excusa para envilecer el pensamiento. Porque &eacute;ste es social y tiene una responsabilidad, que comparte con el arte, respecto a las v&iacute;ctimas de la historia. En esta carta de un fil&oacute;sofo hay, en cambio, una ins&oacute;lita falta de compasi&oacute;n. Se culpa a las v&iacute;ctimas de su desgracia. Se culpa a los j&oacute;venes de su desorientaci&oacute;n. Se les culpa, en definitiva, de ser j&oacute;venes. Ahora bien, desde las primeras escuelas catedralicias, en la Edad Media, el estudiantado no ha sido, en general, suficientemente perspicaz para discriminar lo valioso de lo prescindible y, por otra parte, si no se quiere ser dogm&aacute;tico, hay que admitir que nunca se sabe qu&eacute; acabar&aacute; sucediendo con los conocimientos que se adquieren. Ah&iacute; tenemos el ejemplo de Steve Jobs, que se refiri&oacute; al curso de caligraf&iacute;a que hizo en su d&iacute;a como uno de sus aprendizajes m&aacute;s fundamentales para su tarea como programador inform&aacute;tico.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Richard Rorty, un fil&oacute;sofo liberal espl&eacute;ndido, pero tan criticable como cualquier otro, se&ntilde;al&oacute; que una sociedad liberal deber&iacute;a estar presidida por el precepto supremo de evitar la crueldad. Si se me permite decirlo, creo que Garrocho es innecesariamente cruel en su carta, pero no solo con los j&oacute;venes, sino, sobre todo, y esto es lo m&aacute;s importante, con la curiosidad intelectual, con aquella apertura promisoria que el pensamiento anticipa, aunque no siempre cumple, y a la que los j&oacute;venes, por su condici&oacute;n y circunstancias espec&iacute;ficas, se sienten especialmente atra&iacute;dos. Y, por lo dem&aacute;s, a diferencia de lo que sugiere, los j&oacute;venes no han necesitado nunca leer a determinados autores especialmente cr&iacute;pticos para pensar que val&iacute;a la pena experimentar con sus cuerpos, pues la experimentaci&oacute;n sexual ha formado parte de la etapa juvenil de los estudiantes de filosof&iacute;a en la misma medida en que lo ha hecho de los de medicina, derecho o ingenier&iacute;a. La acusaci&oacute;n de que, con mimbres tomados de frases de autores como Nietzsche, Foucault, Deleuze, Butler y Baudrillard, junto a una acentuada falta de realismo pr&aacute;ctico, poco menos que se los ha echado a perder reproduce, en versi&oacute;n 2.0, el antiguo reproche de corromper a la juventud que el tribunal lanz&oacute; contra S&oacute;crates. Porque, aunque la carta va dirigida a &ldquo;un joven posmoderno&rdquo;, tambi&eacute;n va dirigida en parte a los profesores que tal joven tuvo &ndash;o, mejor dicho, padeci&oacute;&ndash; y que, por lo visto, contribuyeron a llevarlo por tal camino de perdici&oacute;n. Y, sin embargo, deber&iacute;amos suponer que los profesores de filosof&iacute;a que depositaron la semilla de la fragilidad de su yo y de su fracaso personal en su paso por el instituto no solo le ense&ntilde;aron el <em>pensamiento radical</em> de Nietzsche, sino tambi&eacute;n aquellas otras doctrinas, aparentemente menos radicales, de Plat&oacute;n, Arist&oacute;teles, Descartes, Hume, Stuart Mill y otros, las cuales, no obstante, convenientemente explicadas, pueden convertirse en aut&eacute;nticas bombas de pensamiento cr&iacute;tico. Mientras que, por otro lado, como es bien sabido, en las facultades de filosof&iacute;a, la estructura organizativa de las materias permite que los alumnos puedan recibir conocimientos diversos sin que ninguno de ellos pueda atribuirse, al menos p&uacute;blicamente, el monopolio de la <em>cr&iacute;tica cr&iacute;tica cr&iacute;tica</em> &ndash;por hacerle un gui&ntilde;o a Marx&ndash;.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; el problema sea creer; creer que el conocimiento ofrece la felicidad, que pondr&aacute; tarde o temprano las bases de nuestro bienestar, que nos dar&aacute; a trav&eacute;s del anaquel de la biblioteca aquel &ldquo;consuelo&rdquo; que incluso Garrocho parece echar en falta en la vida del joven posmoderno malogrado. Pero la filosof&iacute;a, la que se sume sin rubor en la problem&aacute;tica de los asuntos epistemol&oacute;gicos, ontol&oacute;gicos, morales y pol&iacute;ticos, intentando aclarar alguna cosa, deshacer por un instante el caos, detectar una porci&oacute;n del sentido de la vida humana en cada una de estas facetas, no puede ofrecer esta clase de caramelos con los que pasar la tarde y, si los ofrece, como si ya estuvieran empaquetados para el consumo del lector o lectora, entonces se traiciona a s&iacute; misma convirti&eacute;ndose en divulgaci&oacute;n inofensiva o ch&aacute;chara cultural de altos vuelos y, con ello, se traiciona ya en sus emisores, pero tambi&eacute;n, y esto es lo m&aacute;s preocupante, en sus destinatarios. El conocimiento, no solo el filos&oacute;fico, si ha de ser valioso, m&iacute;nimamente coherente, temporalmente perdurable, incluso meramente &uacute;til, deber&iacute;a transfigurarnos. Por eso afirman Deleuze y Guattari &ndash;otro par de desalmados posmodernos&ndash; que &ldquo;la filosof&iacute;a, la ciencia y el arte quieren que desgarremos el firmamento y nos sumerjamos en el caos. Solo a este precio lo venceremos&rdquo; y a&ntilde;aden que es precisamente a causa de este viaje que el fil&oacute;sofo, el cient&iacute;fico y el artista parecen &ldquo;regresar del pa&iacute;s de los muertos&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero en la carta al joven posmoderno del profesor Garrocho no hay ni un asomo de este atrevimiento doloroso, ni una pizca de aquella tarea que Michel Foucault insinu&oacute; una vez que deb&iacute;a abordar la filosof&iacute;a, es decir, &ldquo;en vez de legitimar lo que ya se sabe, [&hellip;] saber c&oacute;mo y hasta d&oacute;nde ser&iacute;a posible pensar distinto&rdquo;, sino que, muy al contrario, nos encontramos con una sonrojante apolog&iacute;a de la conformidad, un elogio de la normalidad. Normalidad que, por cierto, no necesita ni tan solo ser aclarada porque una vida normal es, como dictamina Garrocho, &ldquo;aquella en la que con esfuerzos normales podr&iacute;a adquirirse una independencia econ&oacute;mica tambi&eacute;n normal para tener, si te diera la gana, hijos a los 25, o a los 27. Lo normal, vaya&rdquo;. <em>Lo normal, vaya</em>; pues &iexcl;vaya con lo normal! No parecen ser &eacute;stas las condiciones en que la mayor&iacute;a de los j&oacute;venes, en particular, los espa&ntilde;oles, viven y llevan adelante sus vidas. Llegados aqu&iacute;, &iquest;eran necesarias estas alforjas filos&oacute;ficas para un viaje que concluye en una conclusi&oacute;n que se sit&uacute;a deliberadamente al margen de todo argumento filos&oacute;fico? &iquest;Son culpables las filosof&iacute;as de Nietzsche, Foucault, Deleuze, Butler y Baudrillard, pese a sus limitaciones y momentos de extrav&iacute;o, de la falta de sentido con la que vive su vida el joven posmoderno? &iquest;Est&aacute;n realmente desactivadas las armas conceptuales de la cr&iacute;tica? No, no y no. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Lluís Pla Vargas]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 05 Feb 2021 21:14:54 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Una apología de la conformidad]]></media:title>
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