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    <title><![CDATA[elDiario.es - Andrea Stefanoni]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/andrea-stefanoni/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Andrea Stefanoni]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[El cumpleaños de Borges]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/cumpleanos-borges_129_8347477.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/4f345c6a-f584-4e91-9556-efd7cdfd2479_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El cumpleaños de Borges"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Entre vuelta y vuelta por mi departamento escucho que me llega un mensaje al móvil, un mensaje que jamás esperé que me llegara en esta vida, aunque sí, la vida está llena de sorpresas: era una invitación al cumpleaños de Borges</p></div><p class="article-text">
        Cuando quedo con alguien con mucha antelaci&oacute;n para salidas o eventos, doy el s&iacute; s&uacute;per entusiasmada, me entusiasma la idea y adem&aacute;s me parece un gesto cordial decir que s&iacute; ante cualquier propuesta del tipo social. Esa es mi condena. Cuando est&aacute; por llegar el d&iacute;a empiezo a pensar excusas o peor, hago que pasen cosas que requieran que no pueda salir de mi casa. En algunos casos, hasta trato de convencer al anfitri&oacute;n de que no es una buena idea mi presencia en el lugar. Aquella tarde, en eso estaba: dando vueltas por la doble circulaci&oacute;n de mi departamento de N&uacute;&ntilde;ez en Buenos Aires, pensando que lo mejor ser&iacute;a decirle la verdad a mi amigo, que lo entender&iacute;a y que despu&eacute;s de todo me conoc&iacute;a m&aacute;s que nadie, pero tambi&eacute;n s&eacute; que le hab&iacute;a prometido que ir&iacute;a. Entre vuelta y vuelta escucho que me llega un mensaje al m&oacute;vil, un mensaje que jam&aacute;s esper&eacute; que me llegara en esta vida, aunque s&iacute;, la vida est&aacute; llena de sorpresas: era una invitaci&oacute;n al cumplea&ntilde;os de Borges. Jorge Luis Borges. Me entero en ese momento de que, despu&eacute;s de muerto, a Borges le siguen festejando el cumplea&ntilde;os. Como es mi costumbre, confirm&eacute; r&aacute;pidamente mi asistencia. Creo que cualquiera en su sano juicio hubiese hecho lo mismo. A mi amigo lo ve&iacute;a todos los d&iacute;as y la verdad es que al cumplea&ntilde;os de Borges no s&eacute; si me volver&iacute;an a invitar. 
    </p><p class="article-text">
        Respond&iacute; preguntando si pod&iacute;a ir acompa&ntilde;ada y me dijeron que s&iacute;. Entonces llam&eacute; a una amiga y le propuse ir juntas al cumplea&ntilde;os. Para que no hiciera demasiadas preguntas le dije que &iacute;bamos al cumplea&ntilde;os de un amigo. Tambi&eacute;n le dije que mi amigo era bastante formal, que se pusiera ropa acorde, entre formal y elegante. Lo cierto es que con cada explicaci&oacute;n que daba creaba m&aacute;s incertidumbre, como que me fui enmara&ntilde;ando sola creando as&iacute; un misterio exagerado, pero tampoco le quer&iacute;a decir a mi amiga que &iacute;bamos al cumplea&ntilde;os de una persona que hab&iacute;a fallecido en junio del 86. 
    </p><p class="article-text">
        En esos tiempos hab&iacute;a redescubierto la poes&iacute;a de Borges, mi favorito por siempre: <em>El enamorado</em>, cuando dice: &ldquo;Debo fingir que hay otros. Es mentira&rdquo;. As&iacute; que ese d&iacute;a, al caer la tarde (la cita era a las 19 horas) me empec&eacute; a preparar. Otra vez dando vueltas por la doble circulaci&oacute;n de la casa me puse a pensar si deb&iacute;a llevar algo, no s&eacute;, no queda bien caer en un cumplea&ntilde;os con las manos vac&iacute;as, pero tampoco ten&iacute;a muy en claro qu&eacute; podr&iacute;a llevar. Un regalo. Flores. Y otra vuelta m&aacute;s. &ldquo;Lunas, marfiles, instrumentos, rosas, l&aacute;mparas y la l&iacute;nea de Durero, las nueve cifras y el cambiante cero, debo fingir que existen esas cosas&rdquo;. Lleg&oacute; mi amiga, nos subimos al coche y no le habl&eacute; en todo el camino. Fing&iacute; excesiva concentraci&oacute;n al volante. Es ac&aacute;, le dije. &iquest;En esa puerta antigua? S&iacute;, en esa puerta. Llegamos, le di mi nombre al se&ntilde;or de la entrada, que nos dijo, bajito, casi en secreto: &ldquo;Chicas, r&aacute;pido, que est&aacute;n por apagar las velitas&rdquo;. Maldici&oacute;n, siempre llego antes a todos lados y tengo que llegar tarde justo al cumplea&ntilde;os de Borges. Efectivamente, entramos a un sal&oacute;n en el que hab&iacute;a una mesa y una tarta con velitas encendidas, de esas que parecen bengalas y de fondo sonaba, a un volumen bastante alto, <em>The Wall </em>de Pink Floyd y un retrato gigante con la foto de Borges, esa en blanco y negro, la que est&aacute; con los ojos cerrados, como apret&aacute;ndolos con fuerza, cubr&iacute;a la pared del fondo. Mi amiga me empez&oacute; a mirar como pidiendo una explicaci&oacute;n. Cantamos el feliz cumplea&ntilde;os, aplaudimos y hubo gritos y alg&uacute;n silbido. Salimos de la casa y caminamos durante horas por las calles de Barrio Norte. En conclusi&oacute;n, hab&iacute;a sido una noche perfecta. Caminamos en silencio.
    </p><p class="article-text">
        <em>Debo fingir que en el pasado fueron</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Pers&eacute;polis y Roma y que una arena</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>sutil midi&oacute; la suerte de la almena</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>que los siglos de hierro deshicieron.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Debo fingir las armas y la pira</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>de la epopeya y los pesados mares</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>que roen de la tierra los pilares.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Debo fingir que hay otros. Es mentira.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>S&oacute;lo t&uacute; eres. T&uacute;, mi desventura</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>y mi ventura, inagotable y pura.</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Andrea Stefanoni]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/cumpleanos-borges_129_8347477.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 28 Sep 2021 19:59:11 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El cumpleaños de Borges]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Jorge Luis Borges,Literatura]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El peso de los libros]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/peso-libros_129_8275674.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c0cd38a4-c2fa-4e4c-a54f-0ecdff509a7b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El peso de los libros"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Yo no sé que voy a hacer con este libro de Joan. Pero conozco el peso exacto de sus 175 páginas y si cierro los ojos hasta puedo sentir el olor de la portada. Y sí, me lo quedo yo porque ya no es de nadie, da igual si es de A para X o de A para Y o de J para A</p></div><p class="article-text">
        Me agacho por en&eacute;sima vez para cargar una pila de libros, ya casi lo tenemos listo. Veo las estanter&iacute;as llenas y pienso en la biblioteca de mi casa, la que dej&eacute; en Buenos Aires con mis ediciones favoritas, algunas firmadas por sus autores, mi edici&oacute;n de Joan Margarit dedicada en Barcelona, antes de la pandemia, esa que vale m&aacute;s porque fue un regalo suyo. Sin embargo, por esas cosas raras y tontas de la vida me traje un solo libro, uno que, por cierto, no es m&iacute;o. O que justamente me lo traje por eso, porque no es m&iacute;o. Y tambi&eacute;n est&aacute; firmado por Joan pero para otra persona. Esas decisiones de &uacute;ltimo momento: &iquest;qu&eacute; hago con esto que no es m&iacute;o? Pero que tampoco es de la persona a quien pensaba regal&aacute;rselo, no es, pero est&aacute; su nombre en la primera p&aacute;gina, no es de ella ni es de nadie. As&iacute; que lo traje por si acaso, por si despu&eacute;s de un a&ntilde;o se me ocurre una idea mejor que seguir conserv&aacute;ndolo. Nicole me dice que le arranque la p&aacute;gina y me lo quede, que es una edici&oacute;n en tapa dura, de las lindas. Pero lo cierto es que aun sabiendo que no me entraba un alfiler m&aacute;s en las maletas, le hice un lugar al libro de nadie. Los libros pesan demasiado, pero yo no ten&iacute;a ni idea de lo que pod&iacute;a llegar a pesar uno que qued&oacute; truncado en el camino: Barcelona/Buenos Aires/Buenos Aires/Madrid. Madrid.
    </p><p class="article-text">
        Hab&iacute;a escuchado muchas veces historias sobre bibliotecas que quedaron enteras en ciudades a las que los exiliados no pod&iacute;an regresar. Ni de lejos es mi caso. Pero este domingo en la librer&iacute;a, a puertas cerradas, pienso en el peso real de los libros. El peso de las palabras, el simb&oacute;lico y el real. Siempre me encant&oacute; esa frase de Wilde sobre la coma: &ldquo;Me pas&eacute; toda la tarde trabajando en las pruebas de uno de mis poemas. Por la ma&ntilde;ana puse una coma, y, por la tarde, la volv&iacute; a quitar&rdquo;. El peso de una coma. El peso efectivo de las palabras. <em>La Central</em> de Barcelona. Los libros que cruzaron dos veces el mar, la biblioteca nueva que me empezar&eacute; a armar en esta nueva ciudad alg&uacute;n d&iacute;a. Los aeropuertos, el exceso de equipaje. La memoria, el exceso de memoria. El recuerdo del orden exacto de cada uno de ellos. Algunos lomos de Anagrama deste&ntilde;idos por el sol. Algunos repetidos de cuando ten&iacute;a la obsesi&oacute;n de comprar los tres ejemplares que estuvieran disponibles porque, si bien era el mismo, quer&iacute;a los tres, aunque despu&eacute;s terminara regal&aacute;ndolos. Pero me perturba no saber qu&eacute; hacer con este que tengo guardado en la maleta vac&iacute;a, el que no es de nadie, el que fue de alguien una sola tarde sin saberlo, el que dice: &ldquo;Para Y, de su amigo Joan&rdquo;, con tinta azul. El que muchas veces pienso que no te mereces, y tantas otras me dan unas ganas locas de ponerlo en un buz&oacute;n y envi&aacute;rtelo a tu casa. Y otras pienso en hacerle caso a eso de arrancar la p&aacute;gina y qued&aacute;rmelo, pero como aquella coma que Wilde puso por la ma&ntilde;ana y por la tarde volvi&oacute; a quitar, tan consciente del cambio, pienso que reparar&eacute; m&aacute;s en la hoja ausente y en su truncado destino.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En uno de mis libros preferidos de John Berger, <em>De A para X</em>, A&iacute;da le dice a Xavier que lo ef&iacute;mero no es lo opuesto a lo eterno. Que lo opuesto a lo eterno es lo olvidado. Que hay quienes viven pensando que lo olvidado y lo eterno son la misma cosa. Que se equivocan. Dice que los que est&aacute;n en lo cierto son los que piensan que lo eterno nos necesita. Yo no s&eacute; que voy a hacer con este libro de Joan. Pero conozco el peso exacto de sus 175 p&aacute;ginas y si cierro los ojos hasta puedo sentir el olor de la portada. Y s&iacute;, me lo quedo yo porque ya no es de nadie, da igual si es de A para X o de A para Y o de J para A. Este libro es eterno. Es el resumen de la biblioteca que no me traje a Madrid.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por cierto, el libro mide 22 x 15 cent&iacute;metros y pesa 374 gramos sin dedicatoria, con ella, es infinito.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Andrea Stefanoni]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/peso-libros_129_8275674.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 06 Sep 2021 20:46:23 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Un punto negro en la nieve]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/punto-negro-nieve_129_8223090.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f8b2d6f0-e629-470f-afb4-f2944e230e23_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Un punto negro en la nieve"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Desde otra ventana, hoy en Madrid, entiendo que estoy a tiempo de cumplir conmigo, que hay que hacerse todas las ilusiones posibles, pero que también hay que llevarlas a cabo, que las ilusiones si se acumulan más de la cuenta se pudren</p></div><p class="article-text">
        Si tuviera la c&aacute;mara ac&aacute; har&iacute;a una foto. Aunque sea para recordar esta escena, por si alg&uacute;n d&iacute;a dejara de importarme todo, por si eso sucediera poder tener un registro de cuando me importaba. Como una garant&iacute;a. Una reserva para el futuro, por si acaso. 
    </p><p class="article-text">
        Estaba por cumplir los 18 a&ntilde;os cuando me sub&iacute; a un avi&oacute;n de Aeroflot desde Buenos Aires rumbo a Mosc&uacute; a visitar a mi hermano, que ten&iacute;a 22 y trabajaba con un grupo de periodistas espa&ntilde;oles. Mi primer viaje. El viaje que me devolvi&oacute; a la Argentina siendo una persona diferente. Las carreteras nevadas de Mosc&uacute; quedaron en mi cabeza como mi escena favorita de una peli inexistente. Pero voy a lo importante: era una de las primeras noches y no pod&iacute;a dormir, casi la una de la ma&ntilde;ana, me levant&eacute;,&nbsp;me acerqu&eacute; hasta la ventana de la habitaci&oacute;n y vi a una mujer paseando a su perro, -20 grados, un perro negro, enorme, ella con abrigo, bufanda y sombrero. Pens&eacute; que cuando fuera m&aacute;s grande iba a vivir en una ciudad cubierta de nieve y pasear&iacute;a con mi perro en la madrugada como aquella mujer, entonces abr&iacute; la ventana, no me import&oacute; el fr&iacute;o, ten&iacute;a 18 a&ntilde;os y a los 18 a&ntilde;os a nadie le importa el fr&iacute;o, yo quer&iacute;a ver al perro con m&aacute;s claridad: un punto negro en la nieve.
    </p><p class="article-text">
        Se alejaron hasta que los perd&iacute; de vista y me dorm&iacute; pensando en ellos. Imaginando, porque en verdad era una extra&ntilde;a con su perro.
    </p><p class="article-text">
        A la ma&ntilde;ana siguiente atravesamos con mi hermano la ciudad, en metro, tambi&eacute;n, en medio de una nevada violenta y silenciosa, para encontrarnos con un chico ruso que nos hab&iacute;a grabado la discograf&iacute;a completa de Vlad&iacute;mir Vysotsky. Nos la entreg&oacute; en una caja blanca de zapatos en la escalinata de la estaci&oacute;n. Despu&eacute;s, con la caja en la mano, anduvimos perdidos bajo tierra por el anillo de oro no s&eacute; por cu&aacute;nto tiempo.
    </p><p class="article-text">
        Hoy, cuando escucho la voz ronca y rasposa de Vysotsky veo al perro en la nieve desde mi habitaci&oacute;n en Mosc&uacute;. Y cuando no puedo dormir, y pienso que s&iacute;, que ya soy grande, que soy grande y no lo hice, que no cumpl&iacute;, pero que de alg&uacute;n modo lo cont&eacute; d&aacute;ndole vida en una obra de teatro. Despu&eacute;s de todo, de eso se trata escribir: un punto negro en la nieve, desde aquella ventana, una noche cualquiera. Pero desde otra ventana, hoy en Madrid, tambi&eacute;n entiendo que estoy a tiempo, que a&uacute;n ni tuve que usar esa reserva del &ldquo;por si acaso&rdquo;, que por suerte veinte a&ntilde;os despu&eacute;s me sigue importando la se&ntilde;ora del sombrero, que estoy a tiempo de cumplir conmigo, que hay que hacerse todas las ilusiones posibles, pero que tambi&eacute;n hay que llevarlas a cabo, que las ilusiones si se acumulan m&aacute;s de la cuenta se pudren. Entonces ac&aacute;, junto a mi perra, desde mi casa en Puerta del Sol, con los colores m&aacute;gicos de esta ciudad hago planes y entiendo, entiendo eso que pens&eacute; desde aquella otra ventana en Mosc&uacute;, pero entre aquel Mosc&uacute; y este Madrid pasaron muchas cosas que pudieron acabar con todo y sin embargo pas&oacute; eso, entend&iacute; algo: a la debilidad la pod&eacute;s hacer fuerte si la mir&aacute;s a los ojos, aprend&iacute; que siempre hay algo m&aacute;s, que todo dice m&aacute;s de lo que dice, que los detalles importan, que hay que observar m&aacute;s, que no hay que dejar pasar ciertas cosas, que no todo da igual, que una se&ntilde;ora de sombrero con un perro en la nieve en mitad de la noche pueden salvarte despu&eacute;s de a&ntilde;os sin siquiera enterarse.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cae la tarde con 41 grados, el calor es insoportable, pero suenan los Caballos caprichosos de Vysotsky: &ldquo;A lo largo de la cornisa del abismo, en su mismo borde, corren los caballos (&hellip;) me bebo el viento, trago la niebla (&hellip;) &iexcl;corran m&aacute;s despacio, caballos!&rdquo;, y miro a mi perra concentrada en los sonidos de la calle, el cielo naranja. Si tuviera la c&aacute;mara ac&aacute; har&iacute;a una foto. Aunque sea para recordar esta escena, por si alg&uacute;n d&iacute;a dejara de importarme todo, por si eso sucediera poder tener un registro de cuando me importaba. Como una garant&iacute;a. Una reserva para el futuro.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Andrea Stefanoni]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/punto-negro-nieve_129_8223090.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 17 Aug 2021 20:42:35 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Un punto negro en la nieve]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Una casa para siempre]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/casa_129_8187494.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/66b5fa55-9f0c-4fc0-99a1-3d0a442b516a_16-9-discover-aspect-ratio_default_1025648.jpg" width="960" height="540" alt="Una casa para siempre"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Argentina, España y viceversa: Allá en Buenos Aires quedó la casa, quedó su jardín, quedaron las rosas que florecerán igual sin nosotras, supongo, y la urgencia de la que antes les hablaba no se me ha ido. Quedó el vacío de saber que no hay una casa a la que volver</p></div><p class="article-text">
        Estoy en el aeropuerto de Barajas comprando un carrusel de lata con barquillos de chocolate dentro. La abuela es una ni&ntilde;a grande y el desaf&iacute;o de la sorpresa cada vez es m&aacute;s dif&iacute;cil. Pienso en su cara cuando lo vea girar con m&uacute;sica y todo. Ma&ntilde;ana es su cumplea&ntilde;os 95. Llegar&eacute; a tiempo. S&eacute; que me est&aacute; esperando.
    </p><p class="article-text">
        El aeropuerto est&aacute; raro y casi vac&iacute;o, se ve lo que viene, se ve que se viene algo pero no se sabe bien qu&eacute;, se percibe, se adivina. Pero no quiero hablar de eso ahora, solo quiero centrarme en los detalles, soy una militante del detalle, y adem&aacute;s, &ldquo;lo otro&rdquo; lo sabemos todos de sobra, o no sabemos nada, o da igual.
    </p><p class="article-text">
        Siempre, est&eacute; donde est&eacute;, siento una ansiedad tremenda por volver a casa, a veces pongo de excusa que debo llegar r&aacute;pido porque tengo que pasear a mi perra, otras invento actividades urgentes, impostergables, pero lo cierto es que no hay una urgencia verdadera, o al menos demostrable. Es algo m&aacute;s bien interno, algo que me dice: &ldquo;hasta ac&aacute; est&aacute; bien, ya es hora de volver a estar a salvo&rdquo;. Y estar a salvo es llegar a casa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando llegu&eacute; a la suya, percib&iacute;, as&iacute; como aquello de Barajas, que algo bueno o malo suceder&iacute;a. Como cuando de ni&ntilde;a se ve&iacute;an venir esas tormentas de cielos revueltos y morados y no pod&iacute;a distinguir si se acercaba el fin del mundo o todo cambiar&iacute;a para bien, pero en s&iacute;, era todo junto, la sensaci&oacute;n hermosa era justamente todo eso enmara&ntilde;ado. Apenas despu&eacute;s de abrazarla hice girar sobre la mesa el carrusel de colores, esos regalos que te da la vida, ese privilegio de poder mirar sus ojos mir&aacute;ndolo girar y ver los m&iacute;os por rebote, los de ella con la ilusi&oacute;n de una ni&ntilde;a, los m&iacute;os apenas h&uacute;medos porque entre vuelta y vuelta se reflejaba de refil&oacute;n esa tormenta incipiente.
    </p><p class="article-text">
        No volv&iacute; m&aacute;s a mi casa. Anunciaron el confinamiento. Ya saben, eran dos semanas y despu&eacute;s otras dos y otras m&aacute;s. Ech&eacute; a todos, quer&iacute;a quedarme solo con ella. Pasaron siete meses. Renovamos la casa. Plantamos doce rosales. Escuchamos varias veces <em>Perd&oacute;n por los bailes.</em> Le dije cu&aacute;nto la quer&iacute;a. Y otro anuncio del presidente, y otras dos semanas y por dentro mi deseo de que aquel encierro se volviera infinito. Le dije que hab&iacute;amos tenido suerte despu&eacute;s de todo. Le ped&iacute; perd&oacute;n, tengo la costumbre de pedir perd&oacute;n, por lo que sucedi&oacute;, por lo que pudo haber sucedido, o por el futuro.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Esa noche comimos rico, miramos en la tele un cap&iacute;tulo de la telenovela turca que est&aacute;bamos siguiendo y m&aacute;s tarde, me dijo que no se sent&iacute;a bien. No quiso que llamara al m&eacute;dico, pero s&iacute; me dej&oacute; llamar a mi hermano. &ldquo;&iquest;Ya cenaste, Pablo? mira que hay comida en el horno&rdquo;, dijo desde la cama, porque no importaba que se acercara el final, lo importante, hasta el &uacute;ltimo minuto, era cuidarlo todo.
    </p><p class="article-text">
        Hac&iacute;a bastante fr&iacute;o esa noche. Pablo se fue y me qued&eacute; con ella, las dos sentadas en el borde de la cama, la tap&eacute; con una manta y me met&iacute; yo tambi&eacute;n debajo, as&iacute;, sentadas como en el borde de una monta&ntilde;a mirando un horizonte imaginario, aunque en verdad, frente a nosotras, solo estaba el espejo de su mueble de noche.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Vete a dormir, vete, que yo estoy bien&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El 20 de febrero de 2021, con cinco maletas y una perra de 40 kilos, me vine para Madrid. El 20 de febrero de 1950, con cien pesetas, un marido y una hija de seis a&ntilde;os, ella se sub&iacute;a a un barco rumbo a Buenos Aires. Lo sent&iacute; como un viaje a la inversa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        All&aacute; en Buenos Aires qued&oacute; la casa, qued&oacute; su jard&iacute;n, quedaron las rosas que florecer&aacute;n igual sin nosotras, supongo, y la urgencia de la que antes les hablaba no se me ha ido. Qued&oacute; el vac&iacute;o de saber que no hay una casa a la que volver. La incertidumbre de los aeropuertos. Mis ganas de decirle: &ldquo;estoy en Espa&ntilde;a, abuela, estoy donde vos debiste estar, de donde nunca te tendr&iacute;as que haber ido&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por suerte puedo cerrar los ojos cada tanto y volver a su casa,&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        y ponerme a salvo.
    </p><p class="article-text">
        Una casa para siempre.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Perd&oacute;n, Vila-Matas, por robarte el t&iacute;tulo, pero no encontr&eacute; otro, una abuela es eso: una casa para siempre.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Andrea Stefanoni]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/casa_129_8187494.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 02 Aug 2021 19:22:34 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Una casa para siempre]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Querido Joan]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/libros/querido-joan-margarit-premio-cervantes-poeta_1_7225077.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a91d0410-6e91-44b0-9cdc-b486c1e58dab_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Querido Joan"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La escritora Andrea Stefanoni recuerda al poeta catalán</p><p class="subtitle">Muere a los 82 años el poeta Joan Margarit, ganador del premio Cervantes</p></div><p class="article-text">
        Me dijiste aquella tarde en Barcelona que a veces hay que trasgredir las propias normas, y que una de las tuyas era no escribir en caliente, nunca.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hablamos de cuando todas las vidas eran posibles, de cuando todos los poemas eran posibles. Hablamos del &uacute;nico sitio al que se puede ir a buscar una respuesta: a ese pasado m&aacute;s remoto, pero sin trampas, sobre todo, sin trampas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hablaste del <em>l&iacute;o, &ldquo;</em>para que todo esto funcione se necesitan unas premisas muy bestias: en una colmena de abejas es lo mismo, pero mucho m&aacute;s sencillo porque son veintisiete acciones de un animal muy primitivo, que hace esas veintisiete, luego se muere y punto. Y claro, aqu&iacute; no son veintisiete, son veintisiete millones de acciones mezcladas de una complejidad tremenda, a esa complejidad que yo llamo el <em>l&iacute;o&rdquo;</em>.
    </p><p class="article-text">
        Hablamos de cu&aacute;n suficientemente poderoso puede llegar a ser un libro de poemas en ciertos d&iacute;as en los que te encontr&aacute;s perdido. Hablamos de salvarnos o no salvarnos. De salvar algo o de salvarlo todo. &ldquo;&iquest;Por qu&eacute; te consuela un poema determinado? &iquest;Por qu&eacute; est&aacute;s bien con aquel poema, est&aacute;s mejor que sin haberlo le&iacute;do? &iquest;Por qu&eacute;? Nadie sabe por qu&eacute;, pero lo que s&iacute; sabemos es que todos queremos ser consolados&rdquo;.&nbsp;
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">¿Por qué te consuela un poema determinado? ¿Por qué estás bien con aquel poema, estás mejor que sin haberlo leído? ¿Por qué? Nadie sabe por qué, pero lo que sí sabemos es que todos queremos ser consolados</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        En alg&uacute;n momento, cuando nombraste a tu hija Joana, sent&iacute; que ya no quedaba nadie en el lugar, solo vos bajo un cenital imaginario, con otros ojos y otra voz, poniendo en jaque tu vida, diciendo que no hab&iacute;a otra cosa y que por lo tanto, si la poes&iacute;a no era capaz de servirte en ese momento, bueno, ah&iacute; hab&iacute;a terminado todo, &ldquo;tanta historia, -dijiste- y resulta que ahora yo quiero forzarla un poco y me viene con delicadezas, pues se habr&aacute; acabado y con mi hija se ir&aacute; tambi&eacute;n la poes&iacute;a&rdquo;. Pero no se fue, porque a cualquiera de nosotros podr&aacute; venirnos con delicadezas, pero no a vos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Joan, llevar&eacute; esa tarde siempre conmigo: tu mirada, tu humor inteligente, tu iron&iacute;a, el poema in&eacute;dito impreso en una hoja, tu generosidad, tu abrazo. Las ganas de quedarme por d&iacute;as en ese caf&eacute;, en esa conversaci&oacute;n, en tu ciudad, en ese hombre que apenas conoc&iacute;a y me estaba invadiendo sin saberlo. Pens&eacute; que se me ir&iacute;a esa sensaci&oacute;n al salir del caf&eacute;, en el viaje hacia el aeropuerto, que no hay marca que no se lleven las estaciones, la lluvia, los viajes de vuelta, las nuevas marcas, una encima de la otra. 
    </p><p class="article-text">
        Pero me equivoqu&eacute;. Y hoy escribo estas l&iacute;neas en caliente y con l&aacute;grimas en los ojos, porque tambi&eacute;n me dijiste, querido Joan, que era una norma correcta, pero que las normas correctas est&aacute;n para, de vez en cuando, salt&aacute;rselas, pero que tambi&eacute;n, para salt&aacute;rtelas, deber&aacute;s primero haber cre&iacute;do en ellas.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Andrea Stefanoni]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/libros/querido-joan-margarit-premio-cervantes-poeta_1_7225077.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 16 Feb 2021 16:49:15 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Querido Joan]]></media:title>
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