<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:dcterms="http://purl.org/dc/terms/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"  xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" version="2.0">
  <channel>
    <title><![CDATA[elDiario.es - Milagros Berríos Choroco]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/milagros-berrios-choroco/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Milagros Berríos Choroco]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
    <ttl>10</ttl>
    <atom:link href="https://www.eldiario.es/rss/category/author/1032054/" rel="self" type="application/rss+xml"/>
    <item>
      <title><![CDATA[Huir de la ciudad a la selva en pandemia: el viaje de vuelta de cientos de jóvenes indígenas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/regreso-selva-plena-pandemia-viaje-clandestino-cientos-jovenes-indigenas-evitar-hambre-ciudad_130_7256370.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/3b1b9031-6357-4a94-b9b5-a15df0541a46_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Huir de la ciudad a la selva en pandemia: el viaje de vuelta de cientos de jóvenes indígenas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Siete amigos emprenden escondidos en un camión un viaje de regreso a su tierra, Condorcanqui, en la Amazonía peruana. Como ellos, al menos 600 jóvenes en situación de vulnerabilidad en grandes ciudades han vuelto a este pueblo</p></div><p class="article-text">
        En plena pandemia siete amigos de la comunidad originaria awaj&uacute;n emprenden escondidos en un cami&oacute;n un viaje de regreso a su tierra, en la provincia de Condorcanqui, frontera norte del Per&uacute; con Ecuador. Como ellos, al menos 600 personas ind&iacute;genas en situaci&oacute;n de vulnerabilidad en grandes ciudades quisieron volver a este pueblo, el segundo m&aacute;s numeroso de la Amazon&iacute;a peruana.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Al menos terminar&eacute; enterrado en mi pueblo, &iquest;no?
    </p><p class="article-text">
        Cerca de las seis de la tarde del martes 9 de junio, Salom&oacute;n hab&iacute;a abordado un tr&aacute;iler conducido por un desconocido en la v&iacute;a Panamericana. Los mototaxistas del distrito de Paramonga, al norte de Lima, le recomendaron subirse en &eacute;l porque &ldquo;no pasaba por muchos controles&rdquo; en esos d&iacute;as de estado de emergencia. Arriba, en la parte trasera del cami&oacute;n, lo acompa&ntilde;aban seis amigos con dos maletas, menos de 30 a&ntilde;os y una sola direcci&oacute;n. Todos viajaban sentados, inm&oacute;viles, rozando sus cuerpos en un bloque de madera de un metro cuadrado, encerrados entre pl&aacute;sticos y cajas de cart&oacute;n con fechas de vencimiento. En aquel lugar, en un contenedor lleno de tarros de leche, Salom&oacute;n, 26 a&ntilde;os, hijo del pueblo originario awaj&uacute;n pas&oacute; su primera noche de regreso a la selva.
    </p><p class="article-text">
        El d&iacute;a anterior supo que era momento de abandonar la ciudad que habitaba desde hace diez a&ntilde;os y donde estudiaba administraci&oacute;n bancaria. En las calles de Lima se hablaba de los <a href="https://www.eldiario.es/internacional/peru_1_6053893.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">casi 200.000 infectados</a> y m&aacute;s de 5.000 muertos por COVID-19 a nivel nacional. Salom&oacute;n compart&iacute;a una peque&ntilde;a habitaci&oacute;n con su sobrino Fredy, de 24 a&ntilde;os, graduado en agronom&iacute;a y ex empleado de una tienda de ultramarinos. Ya no ten&iacute;an dinero para pagar el alquiler, ni la comida. En los &uacute;ltimos tres meses de cuarentena no hab&iacute;a trabajo ni estudios y su familia no pod&iacute;a enviarles dinero desde la selva. &ldquo;&iquest;C&oacute;mo &iacute;bamos a sobrevivir?&rdquo;. Entonces, dej&oacute; electrodom&eacute;sticos como parte de pago, desempolv&oacute; sus &uacute;ltimos ahorros y envi&oacute; un par mensajes por Whatsapp. &ldquo;En la selva nuestra alimentaci&oacute;n ser&aacute; gratis, porque es nuestra tierra&rdquo;, dec&iacute;a Fredy. Esa tierra era la de la comunidad Nuevo Kanam, adonde llegan las aguas de los r&iacute;os Mara&ntilde;&oacute;n y del Cenepa, en la provincia de Condorcanqui, frontera norte del Per&uacute; con Ecuador.
    </p><p class="article-text">
        ***
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Condorcanqui espera su destino&rdquo;, hab&iacute;a dicho semanas atr&aacute;s el alcalde de aquella provincia, H&eacute;ctor Requejo. A trav&eacute;s de un audio difundido en redes sociales, advert&iacute;a el retorno descontrolado hacia las comunidades ind&iacute;genas de decenas de ciudadanos provenientes de Lima y otras localidades del pa&iacute;s. Con la voz apag&aacute;ndose, Requejo enumeraba todo lo que no ten&iacute;an para aislarlos: colchones, camas, equipo de bioseguridad y, sobre todo, presupuesto del Gobierno. &ldquo;Ya no esperamos a los m&eacute;dicos: nunca llegar&aacute;n. Y si llegan, no hay d&oacute;nde atender&rdquo;. Esa era la confirmaci&oacute;n de lo que ser&iacute;a la <a href="https://www.msf.es/actualidad/peru/peru-la-covid-19-evidencia-abandono-las-comunidades-indigenas-la-region-amazonica" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">tragedia pand&eacute;mica</a> en Condorcanqui. Cada Apu ten&iacute;a que recoger a los viajeros y aislarlos en su comunidad, lejos, por las monta&ntilde;as. &ldquo;Comida van a tener, pero igual van a morir. Si se agrava, no hay c&oacute;mo tratarlos. Mejor, como dijeron sus familiares, que fallezcan en su comunidad a que sean cremados&rdquo;. La poblaci&oacute;n que, al inicio hab&iacute;a resistido el ingreso de los for&aacute;neos, estaba resignada y su autoridad lo admit&iacute;a:
    </p><p class="article-text">
        &ndash;El aislamiento ser&aacute; tipo la guerra mundial. Ser&aacute; aislarlos para la muerte.
    </p><p class="article-text">
        Aun as&iacute;, cuando la muerte comenzaba a acechar al pueblo awaj&uacute;n, hist&oacute;ricamente guerrero y defensor de sus territorios, sus hijos decidieron volver a &eacute;l. Desde abril hasta junio, la Defensor&iacute;a del Pueblo conoci&oacute; que, al menos, 600 personas ind&iacute;genas en situaci&oacute;n de vulnerabilidad en ciudades como Lima, Trujillo o Chachapoyas quer&iacute;an retornar a este pueblo, el segundo m&aacute;s numeroso de la Amazon&iacute;a peruana. En ese mismo lugar; los facilitadores culturales calcularon la llegada de casi 2.000 personas awaj&uacute;n y wamp&iacute;s. Muchos de ellos esperaron primero en las calles lime&ntilde;as, durmieron en carpas. Sus padres los llamaban por tel&eacute;fono para decirles: &ldquo;Ven, hijito&rdquo;, porque ten&iacute;an miedo de que murieran no por el virus, sino por el hambre. Despu&eacute;s, el Gobierno los llev&oacute;, con poca organizaci&oacute;n, a albergues para que aguarden por pruebas serol&oacute;gicas, cuarentenas y traslados humanitarios. Otros comenzaron el retorno a sus hogares a pie. Entre ellos estaban Salom&oacute;n, Fredy y sus cinco acompa&ntilde;antes en ese cami&oacute;n que trasladaba cajas de leche hacia el norte del pa&iacute;s. &ldquo;Ya no importaba si nos contagi&aacute;bamos o no. Ya no importaba nada&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Durante siglos, los awaj&uacute;n construyeron su reputaci&oacute;n de guerreros por sus habilidades en la caza, por su resistencia a los innumerables intentos de invasiones, por no amilanarse frente a los incas o a los espa&ntilde;oles. Para convertirse en guerreros, incluso, debieron pasar por pruebas f&iacute;sicas y espirituales. Los descendientes de esta etnia hoy superan los 60.000 en el Per&uacute;. En 1995, estuvieron en primera fila en una guerra contra Ecuador. En el 2009 hicieron lo mismo en una huelga contra decretos gubernamentales que afectaban el agua y el r&eacute;gimen de la tierra, tambi&eacute;n conocido como el &ldquo;Baguazo&rdquo;. En el 2020 atravesaron el pa&iacute;s en medio de una pandemia.
    </p><p class="article-text">
        ***
    </p><p class="article-text">
        Por la ma&ntilde;ana del nueve de junio, en el grupo de Whatsapp &ldquo;J&oacute;venes caminantes del Cenepa&rdquo;, integrado por chicos de Lima, Trujillo, Chiclayo y otras ciudades, los siete hombres confirmaban el punto de partida. Todos sab&iacute;an el lugar de destino, pero nadie sab&iacute;a con seguridad c&oacute;mo llegar&iacute;an. Quienes los precedieron -y llegaron a inicios de mayo a Condorcanqui- les hab&iacute;an dado indicaciones generales de la ruta: el camino era hacia el norte y con escalas. Con esa premisa, Salom&oacute;n y Fredy abandonaron su habitaci&oacute;n y tomaron un taxi hasta la estaci&oacute;n de buses en el distrito de Independencia. Cuando encontraron al resto del grupo, abordaron un colectivo hacia Anc&oacute;n. &ldquo;Fue el momento m&aacute;s aterrador&rdquo;, dice Salom&oacute;n. Ten&iacute;a miedo a que lo interviniesen, ten&iacute;a miedo de volver a casa. En pleno camino, a punto de salir de Lima Metropolitana, cerca de una garita de control, el auto se detuvo: todos ten&iacute;an que bajar y recorrer ese tramo a pie para evitar ser descubiertos.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/35573d3b-589e-427d-9ef0-737426cbdc9c_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/35573d3b-589e-427d-9ef0-737426cbdc9c_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/35573d3b-589e-427d-9ef0-737426cbdc9c_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/35573d3b-589e-427d-9ef0-737426cbdc9c_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/35573d3b-589e-427d-9ef0-737426cbdc9c_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/35573d3b-589e-427d-9ef0-737426cbdc9c_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/35573d3b-589e-427d-9ef0-737426cbdc9c_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="Desde abril hasta junio, la Defensoría del Pueblo conoció que, al menos, 600 personas indígenas en situación de vulnerabilidad en ciudades como Lima, Trujillo o Chachapoyas querían retornar a este pueblo, el segundo más numeroso de la Amazonía peruana."
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                Desde abril hasta junio, la Defensoría del Pueblo conoció que, al menos, 600 personas indígenas en situación de vulnerabilidad en ciudades como Lima, Trujillo o Chachapoyas querían retornar a este pueblo, el segundo más numeroso de la Amazonía peruana.                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        Fredy, poco m&aacute;s de 1,60 de estatura, gorro rojiblanco, y un polo oscuro que cubr&iacute;a sus juveniles m&uacute;sculos, cargaba dos maletas que juntas lo igualaban en peso. Adentro llevaba amontonadas colchas, galletas, yogures, gaseosas, latas de conserva y agua. Todo le deb&iacute;a durar lo que restaba de viaje, aunque no sab&iacute;a cu&aacute;nto era. Camin&oacute; junto a sus compa&ntilde;eros por los bordes de la carretera Panamericana Norte durante una hora. No estaban solos. A su lado, otros ciudadanos, muchos de ellos venezolanos, tambi&eacute;n abandonaban Lima. Hab&iacute;a j&oacute;venes, ni&ntilde;os, mujeres con beb&eacute;s. Si antes la capital del Per&uacute; hab&iacute;a sido el principal destino de los migrantes, ahora se convert&iacute;a en el m&aacute;s importante punto de partida. La mayor&iacute;a buscaba volver a las regiones de Amazonas, Ucayali y Loreto. Fredy caminaba hacia una selva sin ox&iacute;geno.
    </p><p class="article-text">
        Con 160 kil&oacute;metros m&aacute;s al norte y casi 200 soles (45&nbsp;euros) menos en los bolsillos, se les agotaron las opciones para continuar su recorrido. Terminaba la tarde en el distrito de Paramonga, al norte de Lima, no hab&iacute;a dinero, ni taxis que los llevaran a otra provincia. Su &uacute;nica alternativa fue aquel tr&aacute;iler lleno de cajas de leche. Cuando el ch&oacute;fer les abri&oacute; las puertas los muchachos corrieron hacia el veh&iacute;culo, miraron a la izquierda, a la derecha, a sus espaldas, aventaron sus mochilas, y se acomodaron en el contenedor. &ldquo;Est&aacute;bamos encaletados. Hab&iacute;a espacio ah&iacute;&rdquo;, cuenta Fredy. Cien soles por persona, y una paleta de madera -antes ocupada por productos l&aacute;cteos- se convirti&oacute; en un espacio para todos. Los siete viajeros atravesaron provincias en la oscuridad. Lo que hab&iacute;an comido en la calle ten&iacute;a que alcanzarles el resto del viaje. La noche ca&iacute;a, el fr&iacute;o se elevaba, ellos cruzaban los brazos.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Bien horrible era&rdquo;, recuerda Fredy. Sus abrigos se hab&iacute;an quedado en las maletas, y estas estaban en otro espacio. Eso; sin embargo, ya no importaba: &ldquo;S&iacute;, hac&iacute;a fr&iacute;o, pero cuando ya est&aacute;s cansado sin darte cuenta, te duermes&rdquo;, dice Salom&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        De los siete ocupantes, cinco eran awaj&uacute;n y wamp&iacute;s, y dos venezolanos: todos iban al norte. Los que no pod&iacute;an descansar lanzaban pron&oacute;sticos sobre lo que ser&iacute;a los pr&oacute;ximos d&iacute;as. Algunos, en la mitad del viaje, empezaron a dudar si la decisi&oacute;n hab&iacute;a sido la correcta. El resto los calmaban: &ldquo;Si llegamos a la comunidad, vamos a tener la libertad de salir, tomar aire, lo que no pod&iacute;amos hacer en Lima&rdquo;. Luego recordaban que, en realidad, al pisar tierra ind&iacute;gena, deber&iacute;an aislarse.
    </p><p class="article-text">
        Cinco meses despu&eacute;s de su viaje, Salom&oacute;n habla de esa caminata y escribe una frase en un post-it: &ldquo;Utugchatnum pujakmek egakta wajuk epegmainitme nunu (Afronta el problema y haz que tus acciones hablen por s&iacute; solas, sin importar las consecuencias que te pueden pasar, lo importante es el resultado final)&rdquo;. El antrop&oacute;logo James Regan dec&iacute;a que la cosmovisi&oacute;n del pueblo awaj&uacute;n considera que cada persona labra su propio destino a trav&eacute;s de sus esfuerzos, antes que estar apelando a la ayuda de Dios. El padre jesuita David Samaniego, p&aacute;rroco en Condorcanqui, recuerda que los pobladores siempre se encomiendan a su esp&iacute;ritu guerrero, a ese que triunfa frente a la adversidad. Ruth Buend&iacute;a, lideresa del pueblo ashaninka, explica que las comunidades originarias solo conf&iacute;an en ellos mismos. &ldquo;No podemos esperar a que el ministerio nos traiga bal&oacute;n de ox&iacute;geno. Si esperamos, van a llegar cuando estemos muertos&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Casi a la madrugada del 10 de junio, el tr&aacute;iler se detuvo en la regi&oacute;n norte&ntilde;a de Trujillo. El ch&oacute;fer quer&iacute;a dormir y los viajeros buscar comida. En esa parada apenas pudieron estirar las piernas. Volvieron luego a su habitaci&oacute;n sobre ruedas para seguir su recorrido de tres horas hacia Chiclayo: hab&iacute;an completado la mitad del viaje. Una vez en esa ciudad, su traves&iacute;a junto a las cajas de leche hab&iacute;a acabado. Lo que vendr&iacute;a ser&iacute;an m&aacute;s kil&oacute;metros de caminata.
    </p><p class="article-text">
        Subieron a otro carro, bajaron para no ser descubiertos y, mientras caminaban ocurri&oacute; lo que no hab&iacute;a pasado en las &uacute;ltimas veinte horas de viaje: la Polic&iacute;a los detuvo. Seg&uacute;n recuerdan los retornantes, los agentes le impidieron el paso por la emergencia sanitaria y les cobraron 40 soles (9 euros) para olvidar la prohibici&oacute;n. Los muchachos se negaron a pagarlos. Los agentes les obligaron a permanecer dos horas en esa carretera. Pero despu&eacute;s de eso, como si nada hubiera pasado, levantaron el castigo y los acompa&ntilde;aron en un tramo de su caminata.
    </p><p class="article-text">
        Tras ello, los viajeros tomaron una mototaxi que los llevar&iacute;a a la puerta de ingreso de su natal Amazonas: Corral Quemado. La entrada al puente se hab&iacute;a convertido en un punto estrat&eacute;gico de control sanitario. En la quincena de abril, la Polic&iacute;a detuvo a 11 personas que viajaban camufladas en un cami&oacute;n de carga. Medios locales informaban que algunos de quienes intentaban regresar se lanzaban al r&iacute;o Mara&ntilde;&oacute;n sobre c&aacute;maras inflables para evitar ser frenados. A lo largo de la carretera Bela&uacute;nde Terry, que once a&ntilde;os atr&aacute;s fue escenario de un brutal enfrentamiento entre polic&iacute;as e ind&iacute;genas amaz&oacute;nicos, estos j&oacute;venes resist&iacute;an una vez m&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        En las comunidades ind&iacute;genas, los padres ped&iacute;an desesperados a los alcaldes que ayudasen al retorno de sus hijos varados. &ldquo;Prefiero que mueran ac&aacute; que en la ciudad, donde no lo voy a ver&rdquo;, dec&iacute;an. En su habitaci&oacute;n de Lima, antes de su salida, Fredy pensaba lo mismo: &ldquo;Si muero ac&aacute;, nunca ver&eacute; a mi familia, entonces ser&aacute; mejor regresar&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Para el padre jesuita David Samaniego, esa idea de volver a la tierra, de morir entre los suyos, ha sido una marca en esta crisis sanitaria. En los primeros d&iacute;as de la emergencia, los ciudadanos que mor&iacute;an en Santa Mar&iacute;a de Nieva (capital de la provincia) ten&iacute;an que someterse a los protocolos sanitarios de Covid-19; es decir, ser inhumados o cremados, pero cuando fallec&iacute;an en las comunidades se respetaba los ritos de su cultura.
    </p><p class="article-text">
        El hist&oacute;rico l&iacute;der de los pueblos awaj&uacute;n y wamp&iacute;s, Santiago Manuin, muri&oacute; v&iacute;ctima del COVID-19 en Chiclayo. Su muerte golpe&oacute; tan duro que, de manera excepcional, trasladaron su cuerpo en avi&oacute;n, luego en deslizador, para enterrarlo cerca de su hogar, en su tierra. La despedida se transmiti&oacute; en las radios regionales a lo largo de los r&iacute;os.
    </p><p class="article-text">
        ***
    </p><p class="article-text">
        De los siete viajeros continuaban solo cinco. Los venezolanos se hab&iacute;an quedado en el camino. Los j&oacute;venes awaj&uacute;n montaron una carpa para intentar descansar al lado de la carretera de Corral Quemado. No hab&iacute;a pasado mucho tiempo cuando una camioneta se detuvo en la v&iacute;a y les ofreci&oacute; acercarlos a la comunidad. Desarmaron como pudieron su tienda y subieron a la maletera del auto. Despu&eacute;s de tres horas llegaron a una zona llamada Mesones Muro, donde descendieron y, otra vez, armaron su carpa. Ya no lo hicieron en la carretera, sino en una casa abandonada cerca de la vegetaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Para los awaj&uacute;n, la naturaleza entera se personifica: diversos esp&iacute;ritus habitan el bosque y el agua. Las plantas, los animales y los astros fueron gente en &eacute;pocas anteriores, dice Regan. En la actualidad, agrega, sus esp&iacute;ritus protegen la naturaleza y ayudan a curar a las personas enfermas.
    </p><p class="article-text">
        En la madrugada del 11 de junio los cinco j&oacute;venes awaj&uacute;n llegaron a Puerto Imacita, la parada m&aacute;s cercana a su casa. Separados por cuatro horas de viaje en r&iacute;o, ah&iacute; se tomaron dos fotos. En una, Salom&oacute;n y Fredy posan juntos, delante de una minivan vac&iacute;a, cerca del puerto. Ambos tienen ojeras. En otra, los acompa&ntilde;an cuatro muchachos. Parecen menores que ellos. Una jovencita lleva una mascarilla rojiblanca, un chico se apoya en las mochilas que cargaron todo el camino; y otra muchacha, al medio, sin mascarilla, hace se&ntilde;as con las manos y sonr&iacute;e. A la derecha, otros j&oacute;venes cogen sus maletas y le dan la espalda a la c&aacute;mara. A la izquierda, se lee &ldquo;Per&uacute;&rdquo; en un solitario gorro.
    </p><p class="article-text">
        ***
    </p><p class="article-text">
        El primer 'retornante' que hab&iacute;a visto el padre Samaniego ten&iacute;a 23 a&ntilde;os, el rostro quemado, los labios resecos y ampollas en los pies. &ldquo;Se notaba que la hab&iacute;a pasado mal&rdquo;, dice el p&aacute;rroco. El primero que encontr&oacute; el facilitador cultural Jotam Valverde Nequendey ten&iacute;a 20 a&ntilde;os, un hijo de cinco, una novia 19 y estaba infectado con COVID-19. &ldquo;Hab&iacute;a salido sano de Lima, pero se contagi&oacute; en el camino&rdquo;, dice. Lo aislaron 30 d&iacute;as ni bien pis&oacute; tierra ind&iacute;gena. &ldquo;Sufri&oacute; demasiado&rdquo;. El caso que m&aacute;s recuerda el obstetra Evelio Paz Tume, quien tambi&eacute;n fue v&iacute;ctima de virus, era el de un muchacho de la comunidad Wawaim que le ped&iacute;a, por favor, que hable con el Apu porque quer&iacute;an expulsarlo tras su llegada de Lima. &ldquo;Eso enfrentaba a la comunidad. Eran sus hermanos, pero a la vez, personas que pod&iacute;an contagiarlos&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        No se sabe qu&eacute; n&uacute;mero de retornantes fueron Salom&oacute;n y Fredy. Lo que s&iacute; se sabe es que a los dos les tom&oacute; cinco d&iacute;as, lo que en otras &eacute;pocas demora diez horas en avi&oacute;n y bus desde Lima. El lunes 14 de junio, despu&eacute;s de navegar por el Mara&ntilde;&oacute;n y el Cenepa, llegaron a su peque&ntilde;a comunidad de Nuevo Kanam. No hubo bienvenidas, ni fiesta en las casas. Los enviaron a las monta&ntilde;as para su aislamiento. Ah&iacute; durmieron, durmieron mucho. Poco despu&eacute;s el Apu les permiti&oacute; que regresaran con sus familias. Volvieron a su hogar, abrazaron a sus padres agricultores, se sintieron vivos en una tierra ba&ntilde;ada en tristeza.
    </p><p class="article-text">
        Esa misma tristeza hac&iacute;a llorar al periodista V&iacute;ctor Atausupa, de la radio Kampagkis de Amazonas, en un medio nacional: &ldquo;No nos dejen morir&rdquo;, clamaba. A fines de junio, tras la masiva llegada de 'retornantes', el comunicador alertaba que se hab&iacute;a identificado a m&aacute;s de 1.600 awaj&uacute;n infectados, que no hab&iacute;a m&eacute;dicos para atenderlos y que los pol&iacute;ticos solo llegaban para tomarse fotos en sus tierras. &ldquo;Son peruanos&rdquo;, agregaba como si el resto lo hubiera olvidado.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/a7cf7b4e-8366-4058-90f6-9764a8e1ec36_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/a7cf7b4e-8366-4058-90f6-9764a8e1ec36_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/a7cf7b4e-8366-4058-90f6-9764a8e1ec36_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/a7cf7b4e-8366-4058-90f6-9764a8e1ec36_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/a7cf7b4e-8366-4058-90f6-9764a8e1ec36_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/a7cf7b4e-8366-4058-90f6-9764a8e1ec36_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/a7cf7b4e-8366-4058-90f6-9764a8e1ec36_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="En las comunidades indígenas, los padres pedían desesperados a los alcaldes que ayuden al retorno de sus hijos varados."
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                En las comunidades indígenas, los padres pedían desesperados a los alcaldes que ayuden al retorno de sus hijos varados.                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        La COVID-19 atac&oacute; a un pueblo guerrero con las defensas bajas. El retorno de los desprotegidos aceler&oacute; el avance de la pandemia. &ldquo;De lo que podemos ser claros es que la situaci&oacute;n de retornos humanitarios super&oacute; las capacidades del Estado en su momento&rdquo;, dice Nelly Aedo, jefa del programa de pueblos ind&iacute;genas de la Defensor&iacute;a. Pero lo que tambi&eacute;n agrav&oacute; el impacto fue la entrega de bonos rurales, que rompi&oacute; la estrategia de aislamiento y empuj&oacute; a los pobladores a viajar a comunidades lejanas para cobrar dinero, aglomerarse y exponerse al virus. Los ind&iacute;genas amaz&oacute;nicos dicen que no se pens&oacute; en ellos hasta tal punto que comparan al Gobierno peruano con Iwa, un personaje de la mitolog&iacute;a awaj&uacute;n y wamp&iacute;s que devora personas. &ldquo;La venganza de los Iwa&rdquo; fue como t&iacute;tulo un art&iacute;culo sobre el tema la literata wamp&iacute;s Dina Ananco.
    </p><p class="article-text">
        ***
    </p><p class="article-text">
        Hoy, Condorcanqui, la provincia con m&aacute;s poblaci&oacute;n nativa en Amazonas, tiene m&aacute;s de seis mil casos de COVID-19 y 39 fallecidos, dicen las cifras oficiales. Sin embargo, hace cinco meses, la municipalidad ya hab&iacute;a identificado a 154 v&iacute;ctimas con s&iacute;ntomas de esta enfermedad fuera del servicio de salud, seg&uacute;n el portal Salud con Lupa. M&aacute;s de la mitad eran de las etnias awaj&uacute;n y wamp&iacute;s. Nadie contaba esas muertes.
    </p><p class="article-text">
        La mayor&iacute;a de los viajeros siguen en aquellas comunidades, dedicados a la crianza de gallinas, a la siembra de yuca, pl&aacute;tanos y hasta cacao, cuentan los pobladores. &ldquo;La situaci&oacute;n del empleo ahora no es buena en Lima&rdquo;, dice el facilitador cultural Jotam Valverde. Muchos de los que &eacute;l conoce ya no estudian, abandonaron las universidades y los institutos por falta de dinero. El obstetra Evelio Paz tampoco ha visto que los j&oacute;venes hayan decidido regresar a las ciudades. El padre Samaniego, quien logr&oacute; contactar con dos chicos antes alojados en los albergues, dice que ambos ahora son obreros. &ldquo;Del resto no s&eacute; absolutamente nada&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Santiago y Fredy ya no est&aacute;n en tierras awaj&uacute;n. Dos meses despu&eacute;s de aquella caminata decidieron regresar a Lima para trabajar y estudiar. &ldquo;Para seguir con mis sue&ntilde;os. No pod&iacute;a quedarme ah&iacute; nom&aacute;s a pesar de que la enfermedad se hab&iacute;a calmado&rdquo;, dice el menor. Esta vez, lo hicieron en bus, sentados, con las piernas estiradas. Los descendientes de guerreros est&aacute;n de vuelta.
    </p><p class="article-text">
        <em>Nota: Este reportaje ha sido publicado previamente en </em><a href="http://periodismosituado.com/el-retorno-de-los-hijos-de-un-pueblo-guerrero/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>Periodismo Situado</em></a><em>. </em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Milagros Berríos Choroco]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/regreso-selva-plena-pandemia-viaje-clandestino-cientos-jovenes-indigenas-evitar-hambre-ciudad_130_7256370.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 27 Feb 2021 20:41:19 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/3b1b9031-6357-4a94-b9b5-a15df0541a46_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="285105" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/3b1b9031-6357-4a94-b9b5-a15df0541a46_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="285105" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Huir de la ciudad a la selva en pandemia: el viaje de vuelta de cientos de jóvenes indígenas]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/3b1b9031-6357-4a94-b9b5-a15df0541a46_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Indígenas,Perú,Covid-19]]></media:keywords>
    </item>
  </channel>
</rss>
