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    <title><![CDATA[elDiario.es - Marta García]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/marta-garcia/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Marta García]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Presas en Santa Clara por ser mujeres, pobres y republicanas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/comunitat-valenciana/presas-santa-clara-mujeres-pobres-republicanas_1_7276816.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/4e6f3c42-3c3c-4967-b78e-adf85f3bf5e8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Presas en Santa Clara por ser mujeres, pobres y republicanas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La "Prisión Nueva" en el Convento de Santa Clara, en València, albergó en la posguerra a unas 2.700 mujeres y a los hijos de algunas de ellas, en un espacio de miseria y represión bajo la protección del régimen franquista</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;A orillas de una carretera hay un hermoso convento con rosas de primavera marchit&aacute;ndose all&iacute; dentro&rdquo;, escribi&oacute; Amparo en unos versos dedicados al espacio en el que fue apresada.
    </p><p class="article-text">
        Las rosas fueron, como ella, presas republicanas encarceladas. El convento donde se las recluy&oacute; todav&iacute;a lleva por nombre Santa Clara. Ubicado en la avenida de P&eacute;rez Gald&oacute;s de Val&egrave;ncia, en la posguerra pas&oacute; a ser conocido como Prisi&oacute;n Nueva Convento de Santa Clara al convertirse en una galera de mujeres, o, seg&uacute;n el eufemismo que se estilaba en el discurso franquista, un &ldquo;centro de detenci&oacute;n habilitado&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        El d&iacute;a 29 de junio de 1939, tres meses exactos despu&eacute;s de la ca&iacute;da de la ciudad de Val&egrave;ncia a manos franquistas, internaban las primeras 200 reclusas en la Prisi&oacute;n Nueva Convento de Santa Clara. La Prisi&oacute;n Provincial de Mujeres, construida para encarcelar a unas cien presas, estaba desbordada ante el incremento de las detenciones. Entre abril y noviembre de ese a&ntilde;o, encerraron en este centro penitenciario a unas 1.500 mujeres, seg&uacute;n arrojan los datos del libro de filiaciones.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;La c&aacute;rcel Provincial de Mujeres estaba totalmente saturada&rdquo;, explica la doctora en Historia por la Universitat de Val&egrave;ncia y coordinadora de la gu&iacute;a <em>Dones i repressi&oacute; franquista. Una gu&iacute;a per al seu estudi a Val&egrave;ncia</em>, donde se recogen estas cifras, Vicenta Verdugo. &ldquo;Lo que hicieron fue habilitar espacios donde poder meter a la cantidad de poblaci&oacute;n que ten&iacute;an que detener; y, en ese sentido, improvisaron estos espacios. Generalmente, reutilizaban los conventos para utilizarlos como prisi&oacute;n&rdquo;, a&ntilde;ade.
    </p><p class="article-text">
        La historiadora estima que, hasta el cese de sus funciones como prisi&oacute;n el 26 de abril de 1942, por el Convento de Santa Clara pasaron entre 2.700 y 2.750 presas.
    </p><p class="article-text">
        Una de estas reclusas fue &Aacute;gueda Campos Barrachina, quien, junto a su marido, Amando Mu&ntilde;iz, fue militante y portera de un local del Partido Obrero de Unificaci&oacute;n Marxista (POUM) en Val&egrave;ncia. &ldquo;En cuanto las tropas franquistas entraron en la ciudad, fueron desmantelando todos aquellos espacios que formaban parte de las distintas organizaciones pol&iacute;ticas de la izquierda&rdquo;, recompone Verdugo. As&iacute;, &Aacute;gueda fue detenida y encarcelada en el Convento de Santa Clara, donde tambi&eacute;n ingresaron sus dos hijos, Vicente y Pepe, de cuatro y tres a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        Verdugo advierte de que &ldquo;el mero hecho de ser militante era suficiente como para ser castigado, ser detenido, ser encarcelado y ser fusilado&rdquo;. Pero &Aacute;gueda Campos, adem&aacute;s de su vinculaci&oacute;n al bando republicano, fue acusada del asesinato de tres mujeres. &ldquo;Realmente no hay ninguna prueba, no hay ni siquiera un nombre&rdquo;, denuncia la doctora en Historia. El nieto de &Aacute;gueda e hijo de Vicente, Jos&eacute; Vicente Mu&ntilde;iz, recuerda esta acusaci&oacute;n: &ldquo;Hab&iacute;a un hombre que no hab&iacute;a visto nada, pero hab&iacute;a o&iacute;do decir que mi abuela hab&iacute;a matado a esta mujer. Tres mujeres sin identidad&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;A &Aacute;gueda Campos se la someti&oacute; a un consejo de guerra sumar&iacute;simo de urgencia, donde el abogado defensor ten&iacute;a como mucho tres horas para poder preparar la defensa frente a las acusaciones que exist&iacute;an. No se le permiti&oacute; ni siquiera establecer lo que se llama el careo&rdquo;, contin&uacute;a Verdugo. Las palabras del nieto de &Aacute;gueda son contundentes con respecto al juicio: &ldquo;Lo que ocurre es que en aquel momento no exist&iacute;a la presunci&oacute;n de inocencia. Entonces, si t&uacute; eras un rojo o una roja y estabas en la c&aacute;rcel despu&eacute;s de la guerra, t&uacute; no eras presuntamente inocente, sino lo contrario&rdquo;.
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                Agueda Campos con sus hijos, Vicente y Pepe Muñiz.                            </span>
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        Mu&ntilde;iz agrega que en el juicio la acusaci&oacute;n &ldquo;afirm&oacute; que lo que &eacute;l hab&iacute;a o&iacute;do decir es que no era mi abuela, sino mi abuelo quien hab&iacute;a matado a esta mujer sin identidad. Y el tribunal militar decidi&oacute; fusilarlos a los dos&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;El Convento de Santa Clara fue un espacio de reclusi&oacute;n de tipo transicional&rdquo;, matiza la historiadora. &ldquo;Cuando las mujeres iban a ser ejecutadas pasaban de la Prisi&oacute;n Convento de Santa Clara a la Prisi&oacute;n Provincial y de ah&iacute; a la Prisi&oacute;n Modelo de hombres, desde donde se recog&iacute;a a las personas que iban a ser fusiladas para trasladarlas a Paterna&rdquo;, se&ntilde;ala.
    </p><p class="article-text">
        Milagros Querol, presa tambi&eacute;n en Santa Clara, relataba as&iacute; a Tomasa Cuevas en su libro <em>Testimonios de mujeres en las c&aacute;rceles franquistas</em> el momento en el que &Aacute;gueda Campos fue trasladada del convento: &ldquo;Esta chica lleg&oacute; un d&iacute;a en que la llam&oacute; el director: '&Aacute;gueda Campos, la llaman a usted a comunicar'. '&iquest;A comunicar? Si yo no tengo a nadie para comunicar'. 'S&iacute;, mujer, arr&eacute;glese usted y salga, que la espera el juez'. Pero ella no se lo crey&oacute;. 'Nada de comunicar, yo estoy pendiente de un fallo o de una ejecuci&oacute;n'. Ella, con toda dignidad, se visti&oacute;, se pint&oacute;, se arregl&oacute; y se fue. Y al irse me dijo: 'Milagros, t&uacute; tendr&aacute;s m&aacute;s suerte que yo. Prom&eacute;teme que ir&aacute;s a ver a mis hijos'&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        El 5 de abril de 1941, &Aacute;gueda Campos y Amando Mu&ntilde;iz fueron fusilados en el conocido como &ldquo;pared&oacute;n de Espa&ntilde;a&rdquo; (Paterna). La que fuera una &ldquo;simple portera&rdquo; del POUM se convirti&oacute; en una de las 41 mujeres fusiladas en territorio valenciano, seg&uacute;n el historiador Vicent Gabarda. Vicente y Pepe, de seis y cinco a&ntilde;os, quedaron hu&eacute;rfanos. Los huesos de sus padres todav&iacute;a est&aacute;n sepultados en una fosa del cementerio de Paterna.
    </p><h3 class="article-text">Pena doble, por delincuentes y pecadoras</h3><p class="article-text">
        La victoria del bando franquista signific&oacute; el retorno de obsoletas tradiciones del siglo anterior. Una de estas viejas pr&aacute;cticas otorg&oacute; la custodia y la intendencia de las presas femeninas a las &oacute;rdenes religiosas. La Prisi&oacute;n Nueva Convento de Santa Clara y las reclusas encerradas en ella fueron sometidas al mando de la orden de las monjas Capuchinas.
    </p><p class="article-text">
        Esta c&aacute;rcel funcionaba como filial de la Prisi&oacute;n Provincial. &ldquo;El convento ten&iacute;a un director que depend&iacute;a de la directora de la Prisi&oacute;n Provincial de Mujeres. Estas son cuestiones burocr&aacute;ticas que nos hablan de la relaci&oacute;n entre un tipo de espacio y el otro&rdquo;, argumenta Verdugo.
    </p><p class="article-text">
        En septiembre de 1939, Natividad Brunete se convirti&oacute; en la directora de la Prisi&oacute;n Provincial. Los testimonios de presas recordando la brutalidad de sus comportamientos son numerosos. &ldquo;Estaba como directora Natividad Brunete y su hermana Teresa de funcionaria. Entre las dos le hac&iacute;an la vida imposible y sufr&iacute;a mucho con ellas; eran malas, gozaban haciendo mal&rdquo;. &ldquo;Aquella mujer era como un sargento; iba detr&aacute;s de todo el mundo exigiendo cosas; entonces fue cuando empezaron a obligarnos a cantar brazo en alto despu&eacute;s de las formaciones (...) Todo esto era labor de esa mujer, que era malvada. El paso de esta mujer por la c&aacute;rcel fue funesto para todos, y durante bastantes a&ntilde;os&rdquo;, recogi&oacute; Tomasa Cuevas los recuerdos de Josefa Beneito y &Aacute;ngela Sampere, respectivamente.
    </p><p class="article-text">
        El sometimiento por parte de las &oacute;rdenes religiosas convirti&oacute; las c&aacute;rceles femeninas en un espacio de represi&oacute;n, as&iacute; como de &ldquo;redenci&oacute;n moral&rdquo;. La historiadora remarca que &ldquo;las presas ten&iacute;an que penar porque hab&iacute;an cometido un delito, pero tambi&eacute;n un pecado&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        De esta manera, el r&eacute;gimen franquista se sirvi&oacute; de la religi&oacute;n y la moral para intimidar a las presas republicanas y convertirlas a trav&eacute;s del miedo y las amenazas en &ldquo;pecadoras arrepentidas&rdquo;. Eran obligadas a asistir a misa o tomar la comuni&oacute;n. En el Convento de Santa Clara, afirma Verdugo, incluso se celebraron bautizos y bodas eclesi&aacute;sticas &ldquo;con el fin de seguir cumpliendo con ese pacto que el franquismo ten&iacute;a establecido para las mujeres&rdquo;.&nbsp;Las monjas recurrieron al chantaje a trav&eacute;s de los ni&ntilde;os para conseguir hacer efectiva la imposici&oacute;n de estos mandatos religiosos. Por ejemplo, cortando el suministro de medicamentos para las criaturas.
    </p><p class="article-text">
        Los actos de resistencia a participar en las celebraciones religiosas eran castigados con la prohibici&oacute;n de ver a los familiares, de recibir paquetes o cartas y, en el peor de los casos, con aislamientos en celdas incomunicadas. &Aacute;gueda Campos protagoniz&oacute; algunos de los episodios de resistencia al sometimiento religioso y a las exaltaciones del franquismo que se vivieron en Santa Clara.
    </p><p class="article-text">
        El 14 de abril de 1940, la militante del POUM confeccion&oacute; con unos trapos y un palo de escoba una bandera republicana que exhibi&oacute; alrededor del patio de la prisi&oacute;n junto a otras dos reclusas. Verdugo la describe como &ldquo;una mujer muy convencida de lo que hac&iacute;a, que fue capaz de rebelarse de esa manera, lo que le cost&oacute; estar confinada en una celda de castigo&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        El hijo mayor de &Aacute;gueda narra as&iacute; este episodio en el documental <em>El genocidio franquista en Val&egrave;ncia</em>: &ldquo;Fueron por toda la c&aacute;rcel con la bandera con vivas a la Rep&uacute;blica y con abajo la dictadura. Ah&iacute; es donde mi madre pr&aacute;cticamente se gan&oacute; la pena de muerte y, por simpat&iacute;a, tambi&eacute;n mi padre&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        La desobediencia de &Aacute;gueda Campos no ces&oacute; hasta momentos antes de su ejecuci&oacute;n. Mar&iacute;a A&ntilde;&oacute;, otro de los testimonios reunidos por Tomasa Cuevas, rememoraba: &ldquo;Esta mujer no se hab&iacute;a querido confesar, ni se confes&oacute;, realmente ni quer&iacute;a, ni quiso, ni lo hizo. Y cuando fueron a la prisi&oacute;n, la directora de la Provincial, el cura y Ram&oacute;n de Toledo (director de la c&aacute;rcel Modelo de hombres), entraron en la celda para que se confesara, ella dijo que no pod&iacute;a confesarse ante unos se&ntilde;ores que iban a fusilarla y que dejaban a sus hijos sin padre y sin madre, que ella no se confesaba&rdquo;.
    </p><h3 class="article-text">Las c&aacute;rceles del franquismo: hacinamiento, desnutrici&oacute;n y miseria</h3><p class="article-text">
        Las c&aacute;rceles del franquismo se caracterizaron por la falta de espacio, el alto n&uacute;mero de presas y el hacinamiento. &ldquo;Las habitaciones del Convento de Santa Clara, que hab&iacute;an sido proyectadas para ser ocupadas por una &uacute;nica monja, pasaron a alojar entre ocho y diez reclusas&rdquo;, seg&uacute;n Verdugo. La masificaci&oacute;n fue tal que todos los espacios se utilizaron para que las presas pudieran dormir. Los pasillos, las capillas, los comedores y los ba&ntilde;os se convirtieron en celdas improvisadas del franquismo.
    </p><p class="article-text">
        Las presas pasaban gran parte del d&iacute;a en el patio de la prisi&oacute;n. Obligadas a estar all&iacute; hiciera el tiempo que hiciera y se encontraran como se encontraran. &ldquo;Y aunque hiciera fr&iacute;o nos hac&iacute;an bajar al patio. A las ocho de la ma&ntilde;ana est&aacute;bamos ya en el patio, y all&iacute; charl&aacute;bamos igual&rdquo;, explic&oacute; &Aacute;ngela Sampere, reclusa en Santa Clara, a Tomasa Cuevas.
    </p><p class="article-text">
        En estas condiciones, la propagaci&oacute;n de enfermedades y plagas estaba asegurada. En el Convento de Santa Clara, las presas y sus hijos fueron afectados por epidemias de sarna, piojos, tuberculosis, meningitis y tos ferina. Por otro lado, su ubicaci&oacute;n, no muy lejos del r&iacute;o Turia, propici&oacute; la aparici&oacute;n de malos olores, hongos y la presencia de insectos y animales. &ldquo;Estuve cuatro a&ntilde;os y medio. Est&aacute;bamos muy mal; pasaban las ratas por encima de nosotras, com&iacute;amos las habas llenas de gusanos y nos daban muy mal trato&rdquo;, describi&oacute; Josefa Beneito a Tomasa Cuevas.
    </p><p class="article-text">
        La alimentaci&oacute;n en Santa Clara fue deficiente. Los peque&ntilde;os platos que ten&iacute;an que compartir madres e hijos estaban hechos con comida en mal estado y, muchas veces, con larvas y gusanos en ella. Los periodistas y fundadores de la productora DocumentArt, Matilde Alcaraz y Santiago Hern&aacute;ndez, quienes dirigieron el documental <em>La pres&oacute; de les dones. La repressi&oacute; franquista</em>, relatan la dura experiencia en el Convento de Santa Clara de tres ni&ntilde;os que vivieron en ella junto a sus madres: Vicente Mu&ntilde;iz, hijo de &Aacute;gueda Campos, Julia G&oacute;mez, hija de Julia Mart&iacute;n de la Fuente, una militante del Partido Comunista, y Palmira Calvo, hija de la maestra republicana Francisca Sanch&iacute;s. &ldquo;Julia G&oacute;mez nos dijo que no entend&iacute;a c&oacute;mo a su madre no la mataron. Ten&iacute;a una altura de 1,75 y sali&oacute; de all&iacute; pesando solo 35 kilos&rdquo;, explican.
    </p><p class="article-text">
        Las cuatro m&aacute;ximas de las c&aacute;rceles del franquismo, tanto las de hombres como las de mujeres, eran muy claras: vigilancia, castigo, purificaci&oacute;n y reeducaci&oacute;n. Javier Rodrigo relata en su libro <em>Hasta la ra&iacute;z. Violencia durante la guerra civil y la dictadura franquista las atrocidades de los centros penitenciarios de mujeres</em>, &ldquo;en la documentaci&oacute;n oficial de las prisiones se certifica la crudeza, la irregularidad, la saturaci&oacute;n, la muerte, el dolor y la desproporci&oacute;n sin l&iacute;mite&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Seg&uacute;n el mismo Rodrigo, las c&aacute;rceles franquistas no respond&iacute;an a otra l&oacute;gica que no fuera la punitiva y la de la redenci&oacute;n pol&iacute;tica de los individuos para una dictadura. &ldquo;Ni econ&oacute;micamente ni por motivos de seguridad interna eran viables: eran la cristalizaci&oacute;n real de una ideolog&iacute;a de transformaci&oacute;n, exclusi&oacute;n identitaria y justicia cristiana&rdquo;, a&ntilde;ade.
    </p><h3 class="article-text">Ni&ntilde;os en las c&aacute;rceles femeninas, el robo de una infancia</h3><p class="article-text">
        La maquinaria estatal ten&iacute;a como uno de sus principales objetivos la penitencia y la reeducaci&oacute;n de los &ldquo;hijos de rojos&rdquo; y actuaba con m&aacute;s dureza en las c&aacute;rceles de mujeres. Los ni&ntilde;os de las rojas eran obligados a vivir con ellas en la c&aacute;rcel. Una obligaci&oacute;n que, adem&aacute;s, no se daba en las c&aacute;rceles de hombres. Es imposible conocer la verdadera magnitud del sufrimiento que experimentaron los menores en Santa Clara porque, como denuncia Vicenta Verdugo, no hab&iacute;a ning&uacute;n tipo de registro sobre los ni&ntilde;os que ingresaban o nac&iacute;an en las prisiones de Val&egrave;ncia.
    </p><p class="article-text">
        Los testimonios de las presas relatan c&oacute;mo no los dejaban salir ni para ir al m&eacute;dico, aunque algunas lo intentaron. Juana Mansilla pidi&oacute; que su hijo saliera de prisi&oacute;n para recibir un tratamiento contra el raquitismo. Esta solicitud se deneg&oacute; y su hijo permaneci&oacute; encerrado con ella hasta que a los siete meses muri&oacute; a causa de esta enfermedad.
    </p><p class="article-text">
        El caso de Juana no fue el &uacute;nico. Los datos oficiales apuntan a 26 ni&ntilde;os fallecidos en las prisiones valencianas. El historiador Ricard Vinyes afirma en su estudio <em>Irredentas. Las presas pol&iacute;ticas y sus hijos en las c&aacute;rceles franquistas</em> que &ldquo;la desaparici&oacute;n de los hijos de las reclusas en el momento del parto fue una realidad practicada sin demasiados escr&uacute;pulos. La Prisi&oacute;n Provincial de Mujeres, el convento de Santa Clara y el Reformatorio del Puig fueron una zona de riesgo de p&eacute;rdida familiar para las reclusas republicanas encarceladas junto a sus hijos&rdquo;. Se les comunicaba a las presas que sus hijos hab&iacute;an muerto, pero sin mostrarles el cuerpo.
    </p><p class="article-text">
        El drama de Mar&iacute;a P&eacute;rez Lacruz, conocida como la Jabalina, es una muestra de esta crueldad. Dio a luz a principios de los 40 en la Prisi&oacute;n de Santa Clara. De su hijo, o hija, nunca supo nada, no vio su cuerpo. Estuvo dos a&ntilde;os m&aacute;s encarcelada tras ser condenada a muerte por matar &ldquo;a m&aacute;s curas que pelos ten&iacute;a en la cabeza&rdquo;, seg&uacute;n la acusaci&oacute;n. Durante estos dos a&ntilde;os intent&oacute; encontrar a su beb&eacute;, pero no obtuvo respuesta.
    </p><p class="article-text">
        Para Verdugo, &ldquo;la separaci&oacute;n de las madres y los hijos fue uno de los cap&iacute;tulos m&aacute;s oscuros de la dictadura. Una dictadura que emple&oacute; a los ni&ntilde;os y las ni&ntilde;as para aumentar su capacidad de control sobre las presas&rdquo;. Muchos convivieron en la prisi&oacute;n con sus madres hasta el momento que fueron fusiladas. Despu&eacute;s, eran enviados a los hospicios donde se buscaba reeducarlos en los valores del franquismo.
    </p><p class="article-text">
        Este fue el caso de Vicente y Pepe M&uacute;&ntilde;iz Campos. El hijo de Vicente, Jos&eacute; Vicente M&uacute;&ntilde;iz, es ahora el guardi&aacute;n de la memoria de su padre y de su t&iacute;o. &ldquo;Mi padre y mi t&iacute;o fueron a ver a mi abuela en la c&aacute;rcel con una t&iacute;a suya. Mi t&iacute;o vio a su madre y se solt&oacute; de la mano de su t&iacute;a. Ech&oacute; a correr hacia mi abuela, una bicicleta lo atropell&oacute; y lo curaron en la c&aacute;rcel y ya se quedaron los dos all&iacute;&rdquo;. Vivieron dos a&ntilde;os en la prisi&oacute;n y solo salieron una vez: para ver a su padre antes de que lo fusilaran.
    </p><p class="article-text">
        Diez a&ntilde;os antes de que la memoria de Vicente M&uacute;&ntilde;iz se apagara, particip&oacute; en el documental <em>El genocidio franquista en Val&egrave;ncia</em>. &ldquo;Cuando fuimos a ver a mi padre, los presos que estaban todos apretados se vinieron hacia nosotros. Me cogieron en volandas hasta que llegu&eacute; a mi padre. &Eacute;l me dio un pedacito de l&aacute;piz, un papel, un beso y un abrazo&rdquo;, as&iacute; contaba c&oacute;mo fue ver a su padre por &uacute;ltima vez.
    </p><p class="article-text">
        La principal distracci&oacute;n de Vicente era hacer figuras con el barro del patio del convento, que para &eacute;l representaban la prisi&oacute;n. Despu&eacute;s cog&iacute;a lagartijas y se dedicaba a jugar con ellas, como si fueran presas.
    </p><p class="article-text">
        Vicente vivi&oacute; toda su vida en esa mentalidad de ni&ntilde;o encarcelado. A su hijo esta situaci&oacute;n le marc&oacute;, &ldquo;lleg&oacute; un momento en el que estaba demasiado con esto. Parec&iacute;a que viv&iacute;a siempre en su infancia. Y eso es duro. Una persona no puede estar recordando cada dos por tres los peores tiempos de su vida&rdquo;. Para Santiago Hern&aacute;ndez, Vicente &ldquo;nunca habl&oacute; desde el rencor, lo hac&iacute;a desde la sinceridad, con palabras que le sal&iacute;an de dentro&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Hoy, Jos&eacute; Vicente Mu&ntilde;iz trabaja en el IES Conselleria de Campanar, barrio en el que durante el franquismo se ubic&oacute; el hospicio donde estuvieron internados su padre y su t&iacute;o. Para Matilde Alcaraz &ldquo;es como cerrar un c&iacute;rculo. Ahora est&aacute; educando en libertad en el lugar donde a su padre se la robaron&rdquo;.
    </p><h3 class="article-text">Una represi&oacute;n de g&eacute;nero</h3><p class="article-text">
        Las mujeres soportaron una &ldquo;doble carga&rdquo; en la derrota del bando republicano. No sufrieron solo una represi&oacute;n pol&iacute;tica, sino tambi&eacute;n una represi&oacute;n por ser mujeres, la de g&eacute;nero. El aparato de control del franquismo abarcaba todos los aspectos de su vida diaria. Su forma de pensar, de vestir, de actuar, de cuidar a sus familias y de criar asus hijos estaban en el punto de mira del dictador.
    </p><p class="article-text">
        Para Jorge Montes, editor del libro <em>Testimonios de mujeres en las c&aacute;rceles franquistas,</em> las mujeres vivieron una odisea &ldquo;por serlo en toda la dimensi&oacute;n, asumieron una doble carga en aquella derrota: la de defender sus ideales si los ten&iacute;an y su dignidad de mujeres y madres de revolucionarios perseguidos o asesinados&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Entre los supuestos delitos que pod&iacute;an cometer las mujeres se encontraba el de &ldquo;mostrar p&uacute;blicamente los posicionamientos pol&iacute;ticos en la calle, expres&aacute;ndolos y exhibi&eacute;ndolos, participar en manifestaciones, intervenir en m&iacute;tines y actos pol&iacute;ticos, hacer propaganda o exaltar sus ideas&rdquo;, seg&uacute;n la doctora en Historia Contempor&aacute;nea por la Universitat de Val&egrave;ncia M&eacute;lanie Ib&aacute;&ntilde;ez.
    </p><p class="article-text">
        Una mujer deb&iacute;a ser &ldquo;la guardadora y cuidadora de la moral y de las buenas costumbres de la familia. Muchas mujeres fueron detenidas por delegaci&oacute;n. Es decir, ellas no hab&iacute;an cometido ning&uacute;n delito, pero eran hijas, hermanas o esposas de republicanos. Si a ellos no los pod&iacute;an localizar, las deten&iacute;an a ellas. Porque no hab&iacute;an sabido guardar dentro de su familia el papel que les tocaba y hab&iacute;an hecho posible que los varones de la familia se desviaran&rdquo;, denuncia Vicenta Verdugo.
    </p><p class="article-text">
        Era habitual que las mujeres republicanas fueran obligadas a limpiar lugares p&uacute;blicos como plazas, edificios, casernas e iglesias como un acto de humillaci&oacute;n y redenci&oacute;n de su alma. Pero tambi&eacute;n eran forzadas a participar en talleres de actividades consideradas femeninas para reducir sus penas. Josefa Beneito le cont&oacute; a Tomasa Cuevas que trabaj&oacute; en &ldquo;el taller de confecci&oacute;n donde las explotaban y ellas se dejaban explotar porque era el &uacute;nico medio de reducir la pena por el trabajo&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Los castigos f&iacute;sicos fueron comunes durante los primeros a&ntilde;os de la dictadura. &ldquo;Dos de los castigos f&iacute;sicos m&aacute;s conocidos de los utilizados contra las mujeres 'rojas' en la guerra y la inmediata posguerra fueron el rapado de pelo y la ingesta de aceite de ricino, empleados en ocasiones de forma conjunta&rdquo;, recuerda Ib&aacute;&ntilde;ez. Las mujeres eran obligadas a pasear por los pueblos, m&aacute;s que rapadas, esquiladas, y sufriendo los graves efectos que produce el aceite de ricino: diarrea y v&oacute;mitos.
    </p><p class="article-text">
        Estas represalias tambi&eacute;n fueron utilizadas en las c&aacute;rceles. &Aacute;ngeles Malonda relata en su libro <em>Aquello sucedi&oacute; as&iacute;</em>&nbsp;la siguiente escena: &ldquo;Entre las reclusas muy j&oacute;venes sobresal&iacute;a una por sus travesuras y contestaciones a las monjas. Por ello, siempre la ve&iacute;amos con el pelo cortado al cero. Una de las ma&ntilde;anas entra por el patio la superiora y, acarici&aacute;ndole la cabeza, le dice: 'Sara, esto va bien; veo que te est&aacute; creciendo el pelo'. La muchacha corre en busca de la peluquera. 'Oye, Julieta: c&oacute;rtame el pelo, porque parece que ha crecido algo y les har&aacute; gracia castigarme otra vez'&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Las vejaciones por incumplir el mandato de g&eacute;nero femenino fueron m&uacute;ltiples y diversas. &ldquo;Las vencidas sufrieron toda una serie de castigos 'no contables', dirigidos a las mujeres. Junto a las violaciones, amenazas y descalificaciones del tipo moral y sexual, las mujeres padecieron otras formas de castigos con el objetivo de humillarlas y anular su condici&oacute;n femenina&rdquo;, recuerda Ib&aacute;&ntilde;ez.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Todo lo relacionado con el franquismo y las mujeres ten&iacute;a como objetivo simbolizar la apropiaci&oacute;n de los cuerpos de las mujeres, y de ellas mismas, por parte de los represores, con el objetivo de la purificaci&oacute;n&rdquo;, sentencia la historiadora.
    </p><h3 class="article-text">Dom&eacute;sticas, sumisas, castas y cat&oacute;licas; el modelo franquista</h3><p class="article-text">
        Las mujeres republicanas representaban el &ldquo;antimodelo&rdquo; femenino a los roles de g&eacute;nero que pretend&iacute;a implantar la dictadura franquista. Al respecto, Ib&aacute;&ntilde;ez escribe en <em>Dones i repressi&oacute; franquista. Una guia per al seu estudi en Val&egrave;ncia</em>: Estas mujeres &ldquo;hab&iacute;an cuestionado y/o atacado el modelo de feminidad patriarcal y cat&oacute;lico que ten&iacute;an que acatar. (&hellip;) Mediante el castigo retroactivo de la transgresi&oacute;n social y moral de las 'rojas' se buscaba ratificar la identidad femenina que se pretend&iacute;a imponer&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        El objetivo era convertirlas en &ldquo;&aacute;ngeles del hogar&rdquo; y someterlas a unos patrones de &ldquo;domesticidad, sumisi&oacute;n y castidad&rdquo;. La doctora en Historia Contempor&aacute;nea emplea el concepto de &ldquo;mujeres fajadas&rdquo;, ce&ntilde;idas, oprimidas, &ldquo;que como individuos no pudieron llevar una vida en plena libertad&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        El r&eacute;gimen franquista puso en marcha ya desde 1936 una maquinaria legislativa centrada en tres &aacute;mbitos: la educaci&oacute;n, el mundo laboral y la moral y las buenas costumbres, cubriendo as&iacute; todas las etapas vitales femeninas. &ldquo;El franquismo se met&iacute;a hasta en las paredes de tu casa y en tu dormitorio&rdquo;, completa Verdugo.
    </p><p class="article-text">
        Se prohibi&oacute; la educaci&oacute;n mixta y la coeducaci&oacute;n. &ldquo;Las chicas eran educadas solo para lo que se entend&iacute;a como su destino biol&oacute;gico, que es cuidar a la familia&rdquo;, relata Ib&aacute;&ntilde;ez. La dictadura convirti&oacute; a la mitad de la poblaci&oacute;n en &ldquo;mujeres dom&eacute;sticas&rdquo;, relegadas al hogar y expulsadas del espacio p&uacute;blico.
    </p><p class="article-text">
        En el &aacute;mbito laboral, las mujeres fueron desplazadas a &ldquo;una minor&iacute;a de edad permanente&rdquo;. Cuando se casaban, eran obligadas a abandonar el trabajo o se les requer&iacute;a un permiso o licencia marital para poder continuar con su empleo. Adem&aacute;s, no cobraban directamente su salario, sino que este era percibido por una figura masculina de tutela, como pod&iacute;a ser el padre o el marido. En este sentido, el Fuero del Trabajo de 1938 defend&iacute;a que se &ldquo;liberar&aacute; a la mujer casada del taller y de la f&aacute;brica&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Por &uacute;ltimo, en cuanto a la moral y las buenas costumbres, se fij&oacute;, en palabras de la historiadora, &ldquo;desde el largo de la falda o los vestidos, hasta c&oacute;mo las mujeres ten&iacute;an que comportarse&rdquo;. Muchas j&oacute;venes menores de 21 a&ntilde;os fueron castigadas por &ldquo;la fealdad de sus vicios&rdquo; e internadas en el Patronato de Protecci&oacute;n de la Mujer, una instituci&oacute;n donde eran encerradas por &ldquo;salir demasiado de casa, haber sido vistas paseando con m&aacute;s de un chico o por tener demasiadas amigas muy mayores&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Las &ldquo;rojas&rdquo;, reivindica Alcaraz, &ldquo;arriesgaron su vida por unos ideales, de la Rep&uacute;blica, de libertad y de honestidad&rdquo;. Una lucha que la dictadura amenaz&oacute; con disolver en el olvido, pero que voces como la de Vicente Mu&ntilde;iz se empe&ntilde;aron en recuperar. &ldquo;Yo contin&uacute;o luchando por la memoria de mis padres porque si ellos, y muchos como ellos, tuvieron el coraje de defender la libertad de todos, aunque les cost&oacute; la vida y la ruina a toda la familia, yo les debo algo a ellos&rdquo;, contaba en <em>El genocidio franquista en Val&egrave;ncia.</em>
    </p><p class="article-text">
        Su hijo, y nieto de &Aacute;gueda Campos, recuerda c&oacute;mo su padre hablaba de las &ldquo;viejas heridas&rdquo; que caus&oacute; la dictadura. &ldquo;Si una herida est&aacute; infectada y no la abres y quitas el pus, eso nunca va a curar&rdquo;, reivindicaba el mayor de los hermanos Mu&ntilde;iz.
    </p><p class="article-text">
        Estas heridas forman parte de la herencia que el franquismo reserv&oacute; para los hijos de las mujeres republicanas, plagada de &ldquo;mucha miseria, mucha hambre y mucha represi&oacute;n&rdquo;. Vicente Mu&ntilde;iz guardaba con ah&iacute;nco un trocito de tela que les cortaron a sus padres antes de fusilarlos. Su &uacute;nica herencia. En la memoria permanece el recuerdo de una lucha que &Aacute;gueda Campos pag&oacute; con su vida. Antes, fue represaliada, encerrada y acusada de un delito que nunca cometi&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        El &uacute;nico crimen de &Aacute;gueda Campos, y de tantas otras mujeres, denuncia Verdugo, &ldquo;fue ser militante del POUM y ser pobre&rdquo;. Tuvo que pagar un alto precio por defender la libertad en la que ella cre&iacute;a. Por ser mujer.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Marta García, María Palau]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 07 Mar 2021 21:16:07 +0000]]></pubDate>
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