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    <title><![CDATA[elDiario.es - Jordi Gracia]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/jordi-gracia-2/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Jordi Gracia]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[La cultura española, por fin sin caspa]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/cultura-espanola-caspa_129_13197461.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/42e1e2f8-907b-4e72-b454-4c64b35dcebc_16-9-discover-aspect-ratio_default_1142346.jpg" width="774" height="435" alt="La cultura española, por fin sin caspa"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Itinerario errabundo y caprichoso por medio siglo de cultura, desde Carmen Martín Gaite, Pedro Almodóvar o Héroes del Silencio, a Rosalía, ‘El Ministerio del tiempo’, Los Javis, Marta Sanz, Javier Cercas o Elisabeth Duval</p><p class="subtitle">Este artículo forma parte de nuestra revista '50 años de libertad'. Si quieres recibir nuestras revistas, hazte socio o socia de elDiario.es por 8 euros al mes y te las enviamos en papel o digital (como tú elijas)</p></div><p class="article-text">
        La mitificaci&oacute;n del pasado cultural es una patolog&iacute;a com&uacute;n entre las &eacute;lites intelectuales, y las nuestras no escapan a esa propensi&oacute;n, pero caen de cuatro patas cuando se trata de hablar de la Transici&oacute;n. Ah&iacute; se concitan todos los demonios contra el presente porque aquel pasado, ay, aquel pasado s&iacute; era de verdad exuberante, dialogante, pac&iacute;fico, exigente y perdurable. En realidad, los protagonistas de la Transici&oacute;n no lo ve&iacute;an nada claro, o m&aacute;s bien muy oscuro, cuando la vivieron en directo: consideraban que la cultura espa&ntilde;ola posfranquista entraba en una barrena abismal, incapaz de generar nada de valor, ensimismada, noqueada, est&eacute;ril e impotente. Eso vale cuando menos para la cultura literaria, la novela, la poes&iacute;a, etc., como si Eduardo Mendoza o &Aacute;ngel Gonz&aacute;lez, Carmen Mart&iacute;n Gaite, Jaime Gil de Biedma, Juan Benet o Juan Mars&eacute;, no estuviesen por entonces escribiendo cosas que est&aacute;n viv&iacute;simas hoy mismo y que se hab&iacute;an desprendido sin miedo ni pesar de los restos de las sotanas y las casacas militares. Pero la percepci&oacute;n de la &eacute;lite cultural era esa, desencantada porque la muerte del general&iacute;simo Franco no hab&iacute;a sido capaz de cuajar todav&iacute;a en una producci&oacute;n cultural a la altura del ensue&ntilde;o, la expectativa o la ilusi&oacute;n del antifranquismo. Eran diagn&oacute;sticos ampliamente compartidos por quienes llegaban a la f&aacute;brica de la democracia en la plenitud de su madurez, entre los cuarenta y los cincuenta, y a lo mejor ese es un factor clave para entender su des&aacute;nimo.
    </p><p class="article-text">
        A lo mejor es que la expresi&oacute;n cultural de la democracia se iba a dejar ver mejor en otros formatos, en otras artes por inventar (como la calidad destacad&iacute;sima de muchas de las series espa&ntilde;olas recientes) y quiz&aacute; incluso segregada o imaginada por quienes no ten&iacute;an memoria franquista o eran tan j&oacute;venes en los setenta y ochenta que nada los ataba a la mugre castrense y eclesi&aacute;stica (pero quiz&aacute; tampoco a la disciplina comunista ni a los arrebatos revolucionarios). Las radios espa&ntilde;olas y las calles de capitales y pueblos iban a poblarse en seguida de una banda sonora de grupos con nombres ex&oacute;ticos, letras provocadoras, surfeos con las drogas, acidez variable y mucho humor, no solo blanco o inocuo. Estaban dando su propia batalla sin mirar en ning&uacute;n caso al pasado y hasta huyendo a toda velocidad de cualquier sombra o alusi&oacute;n a la tenebrosa dictadura: a unos les gustar&iacute;a gritar cantando con el grupo No me pises que llevo chanclas y a otros con la languidez de H&eacute;roes del silencio, o enternecerse con Coque Malla o pringarse con el maquillaje de Alaska o con el rockabilly sentimental de Loquillo. Tampoco callaban voces rotas o casi rotas como la de Joaqu&iacute;n Sabina, o las que ven&iacute;an de algo m&aacute;s atr&aacute;s, como Joan Manuel Serrat o Jaume Sisa o Miguel R&iacute;os, y algunos han saltado directamente a El &Uacute;ltimo de la Fila o a los Estopa.
    </p><p class="article-text">
        Pero lo que nadie dej&oacute; de ver fue el rojo pasi&oacute;n de las pel&iacute;culas de Pedro Almod&oacute;var, de colores saturad&iacute;simos, aunque el origen de todo estuviese en la pura y fr&iacute;a desolaci&oacute;n de Carmen Maura, estamp&aacute;ndole benditamente a su marido una pata mondada de jam&oacute;n en &lsquo;&iquest;Qu&eacute; he hecho yo para merecer esto?&rsquo;. En las primeras pel&iacute;culas hasta &lsquo;Mujeres al borde de un ataque de nervios&rsquo; es imposible no ver el resplandor feliz de una cosa nueva que late, que vibra, que divierte y que casi parece ir por delante de la mayor&iacute;a de la sociedad espa&ntilde;ola: todo est&aacute; lleno de mujeres, de homosexuales, de consumidores compulsivos u ocasionales de drogas y hasta de enamorados perdidos como Antonio Banderas (aunque es l&oacute;gico que lo estuviese de Victoria Abril en &lsquo;&Aacute;tame&rsquo;, como su propio nombre indica). Es verdad que hoy sigue existiendo ese culto hipersensible a &lsquo;Arrebato&rsquo; (Iv&aacute;n Zulueta), que no fue m&aacute;s que un experimento o s&iacute;ntoma de &eacute;poca, pero no exactamente la mejor pel&iacute;cula de los &uacute;ltimos 50 a&ntilde;os seg&uacute;n creen tantos.
    </p><p class="article-text">
        Lo innegable es que hasta los m&aacute;s viejos del lugar, pero tambi&eacute;n los j&oacute;venes, tienen identificado como propio un &lsquo;starsystem&rsquo; espa&ntilde;ol de popularidad y autoridad art&iacute;stica, y en ese cuadro estelar est&aacute;n muchos de los nombres mayores y m&aacute;s internacionales de un cine que ha hecho grandes cabriolas felices y ca&iacute;das ternuristas o toscas, s&iacute;, pero que ha contado con la m&aacute;s absoluta actriz de nuestra historia, Pen&eacute;lope Cruz, y su gigante pareja, Javier Bardem. De ambos las retinas sentimentales de la ciudadan&iacute;a retendr&aacute;n decenas de instantes ic&oacute;nicos: desde que eran ni&ntilde;os en &lsquo;Jam&oacute;n, jam&oacute;n&rsquo;, de Bigas Luna, hasta que est&aacute;n a punto de ser padres de familia y a ellos se acerca apaciblemente Woody Allen para hacer una pel&iacute;cula menor. Pero la rotundidad de la escena de Bardem en &lsquo;Antes que anochezca&rsquo; haciendo de Reinaldo Arenas, en &lsquo;Los lunes al sol&rsquo; haciendo de parado o en &lsquo;El buen patr&oacute;n&rsquo; haciendo de tarado, est&aacute; a la altura, aunque sea tan diferente, de la inaudita plasticidad de Pen&eacute;lope Cruz en manos de Almod&oacute;var con papeles insuperables (siempre).
    </p><p class="article-text">
        No se acuerda ya nadie, pero medio siglo da para mucho, y dio tambi&eacute;n para adaptar al cine y a la televisi&oacute;n magn&iacute;ficamente algunos t&iacute;tulos mayores de la novela espa&ntilde;ola, y esas adaptaciones las vimos todos, quiz&aacute; m&aacute;s ni&ntilde;os y quiz&aacute; menos, pero las vimos con resultados tan extraordinarios como &lsquo;Los santos inocentes&rsquo;, de Mario Camus, o las &lsquo;Ca&ntilde;as y barro&rsquo; que adaptaba la novela de Blasco Ib&aacute;&ntilde;ez con una turbadora presencia liberadora de mujeres protagonistas. Aunque quiz&aacute; ninguna como &lsquo;La Regenta&rsquo;, que encarn&oacute; Aitana S&aacute;nchez-Gij&oacute;n, y entre ellas estuvo &lsquo;El Quijote&rsquo;, en una magn&iacute;fica adaptaci&oacute;n de Manuel Guti&eacute;rrez Arag&oacute;n; u otro deslumbrante experimento como el que leg&oacute; a la posteridad Pilar Mir&oacute; muy poco antes de morir en 1997: &lsquo;El perro del hortelano&rsquo;, de Lope de Vega, con dos arrebatadores Emma Su&aacute;rez y Carmelo G&oacute;mez.
    </p><p class="article-text">
        Cero caspa, cero gualdrapa, cero sacrist&iacute;a, pese a quedar todo en casa: espa&ntilde;oles adaptando cosas de espa&ntilde;oles. Pero parecen otros, nacidos de otro tiempo, encauzados con otros ra&iacute;les, hechos de otra pasta, y esa es seguramente parte de la ruta que explica que la era de las series haya pillado a Espa&ntilde;a en un punto &oacute;ptimo para que nuevas cabezas, m&aacute;s j&oacute;venes todav&iacute;a, y m&aacute;s libres de prejuicios y m&aacute;s atrevidas se hayan puesto a fabular a su aire, y muy destacadamente la impagable &lsquo;La Mes&iacute;as&rsquo; de Los Javis (&iexcl;o &lsquo;La Veneno&rsquo;!) como intrusi&oacute;n sin secretos en el mundo de la fe sectaria. Pero hubo muchas m&aacute;s series antes, y no todas nacidas del talento de &Aacute;lex Pina (&lsquo;La casa de papel&rsquo;): la creatividad y la intencionalidad hasta pol&iacute;tica de &lsquo;El Ministerio del tiempo&rsquo; siguen sin haber sido superadas como serie de la televisi&oacute;n p&uacute;blica, y por supuesto ah&iacute; sigue &lsquo;La casa de papel&rsquo; como el mayor &eacute;xito global de una producci&oacute;n espa&ntilde;ola que supo entremeter en una trama de robos el sujeto colectivo sublevado en las calles del 15-M. Vale, hay m&aacute;s, muchas m&aacute;s y muy buenas, como &lsquo;Arde Madrid&rsquo; en manos de Paco Le&oacute;n, o &lsquo;El Apag&oacute;n&rsquo;, de varios directores, entre ellos, Rodrigo Sorogoyen, el mismo de la corrosiva &lsquo;Antidisturbios&rsquo;, o como la malvada &lsquo;Vida perfecta&rsquo;, de Leticia Dolera, o &lsquo;Esto no es Suecia&rsquo; (como podr&iacute;a decir Finlandia), de Aina Clotet y Mar Coll, o tan raras como &lsquo;Autodefensa&rsquo;, de Bel&eacute;n Barenys y Berta Prieto, o la insoportable naturalidad de &lsquo;Querer&rsquo; de Alauda Ruiz de Az&uacute;a (con Eduard Sola como su impecable coguionista, como lo fue de &lsquo;Casa en flames&rsquo; y su impresionante Emma Vilarasau).
    </p><p class="article-text">
        Ese ha sido parte del regalo central e irreversible de medio siglo de cultura en Espa&ntilde;a: ellas, muchas, se han puesto a contar y a hacerlo en cualquier formato, con im&aacute;genes, con voces como las de Rosal&iacute;a, Rozal&eacute;n o Silvia P&eacute;rez Cruz, o por escrito, como est&aacute; haciendo en literatura una escuadra desatada e imprevisible, con nombres muy j&oacute;venes como Cristina Ara&uacute;jo o Sara Barquinero. La personalidad de Isabel Coixet es tan magn&eacute;tica en &lsquo;Mi vida sin m&iacute;&rsquo; como felizmente desinhibida en la serie &lsquo;Foody Love&rsquo;, mientras el coraje restalla en la estremecida &lsquo;Tres d&iacute;as con la familia&rsquo;, de Marc Coll, y Carla Sim&oacute;n da su mejor voz en &lsquo;Estiu 1993&rsquo;.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; ha sido la opulencia creciente de las pel&iacute;culas de Alejandro Amen&aacute;bar lo que ha ido dejando atr&aacute;s la veracidad y el im&aacute;n moral que hab&iacute;a en &lsquo;Tesis&rsquo; o &lsquo;Mar adentro&rsquo;, mientras est&aacute; tan viva como el primer d&iacute;a &lsquo;Belle &Eacute;poque&rsquo;, de Fernando Trueba, tan aviesamente inocente, o la docuficci&oacute;n de David Trueba sobre Jorge Sanz. Ya no son nombres desconocidos ni una nueva hornada de actores, aunque algunos lo sean &ndash;Luis Tosar, Sergi L&oacute;pez, Candela Pe&ntilde;a, Luis Zahera, Antonio de la Torre, Patricia L&oacute;pez Arnaiz, Marta Etura, Quim Guti&eacute;rrez, &Uacute;rsula Corber&oacute;, etc.&ndash;, ni una nueva tanda de directores, no siempre vinculados al afortunado paso de muchos de ellos por la Escac: Alberto Rodr&iacute;guez y &lsquo;La isla m&iacute;nima&rsquo;, Daniel S&aacute;nchez Ar&eacute;valo y &lsquo;Azul oscuro casi negro&rsquo; o &lsquo;El bola&rsquo; de Achero Ma&ntilde;as; pero pocas pel&iacute;culas llevan encima el poder hipn&oacute;tico de Albert Serra y sus impactantes &lsquo;Tardes de soledad&rsquo;, o el aire de Cesc Gay y su burla mate de las aprensiones de la clase media.
    </p><h2 class="article-text">Una clase intelectual carbonizada</h2><p class="article-text">
        Por fortuna ya no hay clase intelectual mandarina (que viene de mandar&iacute;n) ni existe nada parecido a eso: lo ha mandado del todo a paseo la horizontalidad compulsiva de las redes sociales y la ultrarrapidez de la opini&oacute;n y el sartenazo digital. Pero eso existi&oacute; durante al menos las tres d&eacute;cadas finales del siglo XX, y entre nosotros hab&iacute;a jerarqu&iacute;as ejecutivas que pasaban casi siempre por el diario El Pa&iacute;s. Eso tambi&eacute;n se acab&oacute;, por supuesto, pero, &iquest;os imagin&aacute;is que tuvi&eacute;semos que seguir escuchando, viendo y leyendo a las autoridades intelectuales del &uacute;ltimo tercio del siglo tipo Juli&aacute;n Mar&iacute;as, Camilo Jos&eacute; Cela o Pedro La&iacute;n Entralgo, todo el d&iacute;a congestionados con la angustia del ser de Espa&ntilde;a?
    </p><p class="article-text">
        Es verdad que a algunos de los nuevos autores de por entonces, joviales, hedonistas y explosivos, se les ha ido poniendo con el tiempo cara de congesti&oacute;n moral al estilo de los otros, pero al menos durante d&eacute;cadas fueron aut&eacute;nticas lluvias torrenciales de ideas, desplantes, desvelamientos y arbitrariedades felices. No tuvieron siempre el amarillismo que los ti&ntilde;e hoy Fernando Savater o F&eacute;lix de Az&uacute;a, y algunos otros se murieron antes de tener tiempo de amarillear, como uno de los sabios de la tribu, Rafael S&aacute;nchez Ferlosio. Pero nadie deber&iacute;a dejar de meterse en el cuerpo (o poniendo el cuerpo, o como haya que decirlo), algunos libros formidables de estos autores hoy tan reaccionarios, pero que fueron de lo mejor que dio de s&iacute; durante d&eacute;cadas el pensamiento en Espa&ntilde;a. Y eso fue mucho, y por ah&iacute; entran las abreviaturas esc&eacute;pticas y radicales que reserv&oacute; Ferlosio para su libro &lsquo;Vendr&aacute;n m&aacute;s a&ntilde;os malos y nos har&aacute;n m&aacute;s ciegos&rsquo; (acert&oacute; en todo menos en la profec&iacute;a hist&oacute;rica), o la pionera meditaci&oacute;n sobre el cine de Eugenio Tr&iacute;as en &lsquo;Lo bello y lo siniestro&rsquo;, o la irresistible inteligencia ir&oacute;nica de Savater en &lsquo;La infancia recuperada&rsquo;, en la valiente &lsquo;La tarea del h&eacute;roe&rsquo;, o en las intermitencias de un &lsquo;Diccionario de filosof&iacute;a&rsquo; que no tiene nada de diccionario, pero s&iacute; de literatura fecunda y adictiva como las mejores brever&iacute;as de TikTok.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Mujeres? &iquest;D&oacute;nde est&aacute;n las mujeres que piensan? Claro que las hab&iacute;a, pero eran pocas y con menos impacto p&uacute;blico que hoy: estuvieron ah&iacute; Victoria Camps y Adela Cortina, y estuvo tambi&eacute;n Mar&iacute;a Zambrano a&uacute;n para disfrutar de algunos a&ntilde;os de democracia, pero no fueron muchas. Ha habido que esperar a escucharlas sueltas, libres, cuajadas y desprejuiciadas a los albores del siglo XXI, y es entonces cuando han ido rumiando en p&uacute;blico y en voz alta voces como Remedios Zafra, Marina Garc&eacute;s, Marta Peirano, Clara Serra o Elisabeth Duval, sin que callase nunca Maruja Torres o explotase por cuenta de su &lsquo;Olvidado rey Gud&uacute;&rsquo; la gran Ana Mar&iacute;a Matute.
    </p><p class="article-text">
        Era mujer tambi&eacute;n quien mejor habl&oacute; de qu&eacute; nos pasa cuando leemos novelas y por qu&eacute; nos arrebata que nos cuenten historias: fue Carmen Mart&iacute;n Gaite en un libro escrito durante casi toda la vida, y hecho de la enhebraci&oacute;n de su propia biograf&iacute;a de lectora, de escritora y de mujer, &lsquo;El cuento de nunca acabar&rsquo;, aunque hemos ido descubriendo que el cuento s&iacute; se acaba. Y esa mezcla tan rara y tan suya de confidencia, reflexi&oacute;n, apunte y exploraci&oacute;n me trae a la memoria la proliferaci&oacute;n por primera vez masiva en nuestras letras de obras dispuestas a contar la vida propia con una veracidad a veces abrumadora, como la que us&oacute; Juan Goytisolo en los ochenta para su &lsquo;Coto vedado&rsquo; y &lsquo;Los reinos de taifas&rsquo;, o como la a veces azorantes que emple&oacute; Carlos Castilla del Pino un poco despu&eacute;s en otro tomo como &lsquo;Pret&eacute;rifo imperfecto&rsquo;: gente que intent&oacute; contar su biograf&iacute;a mintiendo lo menos posible, como hizo tambi&eacute;n un hombre orquesta del espect&aacute;culo medi&aacute;tico, Terenci Moix, y tambi&eacute;n memorialista valioso en &lsquo;El peso de la paja&rsquo;; o como hizo un actor de lujo y director, Adolfo Marsillach.
    </p><p class="article-text">
        Hasta se habilit&oacute;, y ah&iacute; sigue, la ruta esquiva y dif&iacute;cil del diario/dietario de escritor, con el ejemplo de un extraordinario pionero, Pere Gimferrer, y la reinvenci&oacute;n del g&eacute;nero que empuj&oacute; durante muchos a&ntilde;os Francisco Umbral con unas cuantas obras maestras (de &lsquo;La noche que llegu&eacute; al caf&eacute; Gij&oacute;n&rsquo; o &lsquo;Diario de un escritor burgu&eacute;s&rsquo; a &lsquo;Un ser de lejan&iacute;as&rsquo;), secundaron Miguel S&aacute;nchez-Ostiz, &aacute;cido, compulsivo, temerario, o Antonio Mart&iacute;nez Sarri&oacute;n, tan intencionadamente esquinado y exigente, y estabiliz&oacute; en una suerte de portaviones un miembro actual de la cofrad&iacute;a del sufrimiento espa&ntilde;ol, Andr&eacute;s Trapiello. Nada de ese sufrir patri&oacute;tico lacerante de hoy est&aacute; en los innumerables tomos de una obra gigante &ndash;y burlona, y chismosa, y l&iacute;rica y valiente&ndash; como la serie de sus diarios titulada &lsquo;Sal&oacute;n de pasos perdidos&rsquo;.
    </p><h2 class="article-text">La novela se hizo mestiza</h2><p class="article-text">
        La &uacute;nica a&ntilde;oranza que puede ser medio leg&iacute;tima sobre el pasado tiene que ver con la aclimataci&oacute;n espa&ntilde;ola de la excepcional narrativa nacida en Am&eacute;rica Latina, y esa fue la experiencia literaria m&aacute;s poderosa del tr&aacute;nsito entre la dictadura y la democracia. A nadie se le escurr&iacute;a entre los dedos una novela de Garc&iacute;a M&aacute;rquez o unos cuentos de Julio Cort&aacute;zar, un experimento humor&iacute;stico de Alfredo Bryce Echenique o una narraci&oacute;n queer de Manuel Puig &ndash;sin saber que era queer&ndash; ni un gigantesco juego de palabras de Guillermo Cabrera Infante ni la infinita piedad que inspiran los diarios de Julio Ram&oacute;n Ribeyro. Ni por supuesto ninguna de las grandes novelas de Mario Vargas Llosa, a despecho de que muchos de sus lectores identificasen en sus novelas una izquierda que contradec&iacute;a a rajatabla su articulismo de derechas, y entonces les explotara la cabeza.
    </p><p class="article-text">
        Todo eso estaba, estuvo (est&aacute;) en las librer&iacute;as y en las tablets a la vez que brotaba un ecosistema editorial y literario (Anagrama, Tusquets, Alfaguara, Seix Barral, y m&aacute;s tarde Asteroide, Perif&eacute;rica, etc.), capaz de inventarse lectores para nuevos autores que apenas sonaban a nadie, pero fueron cuajando hasta hoy como testigos veraces de un tiempo nuevo. La densidad emocional y moral de Antonio Mu&ntilde;oz Molina era distinta de la elevaci&oacute;n especulativa de Javier Mar&iacute;as o de la ansiedad anal&iacute;tica de &Aacute;lvaro Pombo, y apenas nada ten&iacute;an que ver la metaliteratura autoficticia de Enrique Vila-Matas o las averiguaciones de Ignacio Mart&iacute;nez de Pis&oacute;n con la frescura primero y la reconstrucci&oacute;n hist&oacute;rica despu&eacute;s de Almudena Grandes, o el impulso de denuncia que empuja a Elvira Lindo, Bel&eacute;n Gopegui y Marta Sanz, y que anid&oacute; tambi&eacute;n en Rafael Chirbes (para m&iacute; el mejor est&aacute; en &lsquo;La buena letra&rsquo; o &lsquo;Los dominios del lobo&rsquo;). E igual que hab&iacute;an habitado entre nosotros algunos de los nombres mayores americanos, lo hicieron tambi&eacute;n sus herederos, en una curiosa repetici&oacute;n en diferido y diferente del fen&oacute;meno, y por aqu&iacute; anduvieron durante a&ntilde;os, y regresan a menudo, nombres mayores de las letras en espa&ntilde;ol como el muy tempranamente desaparecido Roberto Bola&ntilde;o, Cristina Peri Rossi, H&eacute;ctor Abad Faciolince, Juan Gabriel V&aacute;squez, Jordi Soler, Sergio Ram&iacute;rez o Gioconda Belli.
    </p><p class="article-text">
        Algunos pod&iacute;an vender mucho y salir a hombros de las portadas del Babelia, pero ninguno o casi ninguno pudo hacerlo como la continuidad de la buena literatura comercial, y nadie la ha hecho mejor que otro fallecido prematuro como Carlos Ruiz Zaf&oacute;n o como Arturo P&eacute;rez-Reverte, con variaci&oacute;n hist&oacute;rica o sin ella, y una larga lista de autoras de mega&eacute;xitos comerciales que hablan de lo que lee la inmensa mayor&iacute;a de la gente, no siempre literatura de calidad incontestable, por decirlo as&iacute;, como Mar&iacute;a Due&ntilde;as, Julia Navarro, Elisabeth Benavent o la derivaci&oacute;n espa&ntilde;ola de &lsquo;Cincuenta sombras de Grey&rsquo;, Megan Maxwell (aunque la firma parezca extranjera, es espa&ntilde;ola, y vende centenares de miles de ejemplares).
    </p><p class="article-text">
        Espa&ntilde;a tuvo por suerte tambi&eacute;n su versi&oacute;n de la literatura concentracionaria bajo la firma de Jorge Sempr&uacute;n (aunque sus libros los escribiese casi siempre en franc&eacute;s), como tuvo una industria literaria unipersonal detr&aacute;s del nombre de Manuel V&aacute;zquez Montalb&aacute;n para reinventar la novela de detectives y exportar el modelo de Carvalho, de la misma manera que la democracia ha vivido casi sin darse cuenta la expansi&oacute;n estatal de literatura escrita en catal&aacute;n, en euskera o en gallego, y por eso resultan familiares novelistas tan obvios como Bernardo Atxaga, como Manuel Rivas o como Carme Riera, Quim Monz&oacute; y Sergi P&agrave;mies. Aunque sea amigo hace cuarenta a&ntilde;os, nada impide identificar en la publicaci&oacute;n en 2001 de &lsquo;Soldados de Salamina&rsquo;, de Javier Cercas, el origen de una inflexi&oacute;n genuina en la novela contempor&aacute;nea espa&ntilde;ola e internacional. Se met&iacute;a a s&iacute; mismo en el libro sin ser &eacute;l mismo, y casi todo el mundo crey&oacute; que era &eacute;l sin ser &eacute;l del todo, y de ah&iacute; sali&oacute; el empuje para retar a la novela a buscar el mismo efecto de la ficci&oacute;n con libros que no llevaban ficci&oacute;n, y eso hizo en obras maestras como &lsquo;Anatom&iacute;a de un instante&rsquo; o &lsquo;El impostor&rsquo;.
    </p><p class="article-text">
        A la cultura en Espa&ntilde;a la democracia le sent&oacute; de miedo. Sin esas sacudidas en todos los &aacute;mbitos (y muchos que ni he mencionado, como la estrafalaria genialidad de Miquel Barcel&oacute;, como la contenida l&iacute;rica de Joan Margarit y de Luis Garc&iacute;a Montero, como el aplomo de la escultura de Cristina Iglesias, como la aventura interrumpida del arquitecto Enric Miralles o la atrevida imaginaci&oacute;n est&eacute;tica de Manuel Borja-Vilell), el estallido prolongado en el siglo XXI en el que andamos hubiera sido m&aacute;s dif&iacute;cil o simplemente imposible: una segunda Edad de Plata de la cultura espa&ntilde;ola, dir&iacute;a sin demasiados remilgos.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Jordi Gracia]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/cultura-espanola-caspa_129_13197461.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 25 May 2026 21:17:19 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Cine,Literatura,Actores,Libros,Novela,Películas]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Utilidad pública]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/utilidad-publica_129_7982576.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c74d31c6-f89e-4bca-8ab8-ca065d05666f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Utilidad pública"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Los indultos por sí mismos no arreglan nada, pero mantener en prisión a líderes ya cancelados del independentismo bloquea cualquier vía de pacificación del tráfico político entre Madrid y Barcelona</p></div><p class="article-text">
        El Tribunal Supremo ha marcado el terreno sin dejarse llevar por la chispa de la sorpresa o a la aventura interpretativa. De forma un&aacute;nime, el tribunal concluye en 21 p&aacute;ginas que cree que no existe raz&oacute;n alguna, siquiera de utilidad p&uacute;blica, para conceder el indulto a los pol&iacute;ticos que lideraron y culminaron un sabotaje democr&aacute;tico en Catalu&ntilde;a desde el 6 y 7 de septiembre hasta la declaraci&oacute;n inoperante del 27 de octubre de 2017. El tribunal no ha sido sensible a las numerosas y no del todo desahuciadas voces que han cuestionado la sentencia y, en particular, la tipificaci&oacute;n de sedici&oacute;n para encajar la conducta de los l&iacute;deres independentistas.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;En estas condiciones&rdquo;, para decirlo como Felipe Gonz&aacute;lez, el tribunal descarta la posibilidad del indulto por ser una &ldquo;soluci&oacute;n inaceptable&rdquo; y obliga al Gobierno a que valore de forma limitada la decisi&oacute;n de indultar o no a los presos. De hecho, para ser exactos, el &uacute;nico margen de maniobra legal de que dispone Pedro S&aacute;nchez ahora es acordar un indulto parcial, sin que en ning&uacute;n caso esa decisi&oacute;n exonere o absuelva a pol&iacute;ticos que actuaron con una fr&iacute;vola y temeraria irresponsabilidad, a sabiendas de que iban contra el sistema jur&iacute;dico catal&aacute;n y espa&ntilde;ol con cada nueva decisi&oacute;n adoptada entre el verano y el oto&ntilde;o del 2017.
    </p><p class="article-text">
        Dado que la valoraci&oacute;n de la utilidad p&uacute;blica de una decisi&oacute;n no es argumento jur&iacute;dico, es ah&iacute; donde posiblemente asoma la naturaleza flagrantemente pol&iacute;tica del informe. Al mismo expresidente que he citado hace un momento, le parece que &ldquo;estas condiciones&rdquo; no aconsejan el indulto, mientras que a otro expresidente, m&aacute;s cercano en el tiempo, Jos&eacute; Luis Rodr&iacute;guez Zapatero, le parece precisamente lo contrario y considera que las condiciones actuales favorecen el indulto. Esa decisi&oacute;n podr&iacute;a funcionar como instrumento para mejorar &ldquo;la convivencia&rdquo;, cree Zapatero, y fortalecer de paso el pragmatismo t&aacute;ctico que los l&iacute;deres de ERC parecen asumir de puertas adentro, y algo menos de puertas afuera.
    </p><p class="article-text">
        No resulta exactamente llamativo que la derecha haya salido en tromba contra las declaraciones de varios ministros y del mismo presidente S&aacute;nchez en favor del indulto parcial. Forma parte de su deontolog&iacute;a pol&iacute;tica el acoso sistem&aacute;tico o preceptivo, en asuntos graves y menos graves, a este gobierno porque su ilegitimidad pol&iacute;tica sigue siendo el argumento subterr&aacute;neo que avala cualquier ataque razonado o insensato a sus decisiones sobre la COVID-19, impuestos, Ceuta, Catalu&ntilde;a o la virgen de Covadonga. La previsibilidad conductual de la derecha, todav&iacute;a compactada m&aacute;s all&aacute; de toda duda razonable, facilita sin duda la acci&oacute;n de gobierno. 
    </p><p class="article-text">
        Pero esa mec&aacute;nica confrontacional conculca a la vez la mera posibilidad de abordar cap&iacute;tulos urgentes y muy importantes de nuestra vida pol&iacute;tica, y entre ellos, por cierto, la renovaci&oacute;n capciosamente bloqueada por el PP del mismo Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) con Carlos Lesmes a la cabeza. Es &eacute;l mismo quien ha exhibido con imp&aacute;vida seguridad que sin concordia no hay indulto posible, aunque otros puedan creer, sin residir en Marte, que la concordia estar&iacute;a menos lejos con un indulto parcial que saque a los pol&iacute;ticos de la c&aacute;rcel y los mantenga inhabilitados.
    </p><p class="article-text">
        Algunas informaciones aseguran que la decisi&oacute;n del Gobierno podr&iacute;a acelerarse sin esperar al asueto veraniego. Ser&iacute;a una buena noticia porque la desaceleraci&oacute;n o desinflamaci&oacute;n del conflicto con la Generalitat es una actitud, adem&aacute;s de valiente, indispensable. Lo es no solo por razones de aritm&eacute;tica parlamentaria, obviamente leg&iacute;tima, sino por razones de mucho m&aacute;s peso hist&oacute;rico, coraje &eacute;tico y ambici&oacute;n pol&iacute;tica: armar cuanto antes las condiciones de posibilidad para que la unilateralidad tentativa (o la seducci&oacute;n autoritaria de la que habla un buen ensayo reciente de Anne Applebaum) se disipe del horizonte de acci&oacute;n de los l&iacute;deres del independentismo, o cuando menos de quienes lideran ERC. 
    </p><p class="article-text">
        M&aacute;s all&aacute; de si su pragmatismo t&aacute;ctico es cre&iacute;ble, el unilateralismo es hoy bandera pol&iacute;tica expl&iacute;cita de la derecha nacionalista de Junts y de la izquierda cupaire. Ambos buscan la confrontaci&oacute;n con el Estado pero entre los dos no suman m&aacute;s del 26% del electorado (con un 53% de participaci&oacute;n). No parece ning&uacute;n disparate actuar desde el Gobierno central escuchando las aprensiones y las cavilaciones de una mayor&iacute;a de la poblaci&oacute;n no independentista y ansiosa de ver signos visibles y claros de encauzamiento de un conflicto agotador: la mesa de di&aacute;logo, las reuniones bilaterales, los encuentros y reencuentros, el vis a vis mismo con y sin mascarilla son hoy una dieta de negociaci&oacute;n de naturaleza radicalmente democr&aacute;tica. Y eso incluye el riesgo de negociar con un independentismo que haya asumido de mejor o peor talante que la unilateralidad es solo un instrumento de tortura social y harakiri pol&iacute;tico.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La inhabilitaci&oacute;n que sentenci&oacute; el Supremo parece a d&iacute;a de hoy medida suficiente para impedir la reanudaci&oacute;n de viejas pr&aacute;cticas antidemocr&aacute;ticas en l&iacute;deres pol&iacute;ticos amortizados, en particular porque hoy mismo la Generalitat est&aacute; siendo gobernada por un pu&ntilde;ado de nombres que han relevado a sus antiguos l&iacute;deres. El independentismo no se extingue ni se extinguir&aacute; a corto plazo; con &eacute;l habr&aacute; que convivir por muchos a&ntilde;os y ni siquiera el Tribunal Supremo que descarta los indultos discute su legitimidad constitucional. La pedagog&iacute;a activa y la restituci&oacute;n del principio de realidad son por definici&oacute;n lentos pero tambi&eacute;n deben ser pol&iacute;ticamente indesmayables. El coste electoral de los indultos para el PSOE fuera de Catalu&ntilde;a exige ese programa pol&iacute;tico explicativo, transparente, inequ&iacute;voco, y sin miedo a la perplejidad o la duda de su votante ante una decisi&oacute;n que no cierra un proceso. Al rev&eacute;s, abre la v&iacute;a exploradora de soluciones negociadas.
    </p><p class="article-text">
        Ser consecuente en la vida no es obligatorio, pero obviar que en Catalu&ntilde;a sigue habiendo un votante significativamente numeroso partidario de la independencia podr&iacute;a parecerse demasiado a la perezosa irresponsabilidad de un Gobierno popular que puso cuanto estuvo en su mano para que el proc&eacute;s se le fuese de las manos. Cuando empez&oacute; a entenderlo, todo estaba ya fuera de madre y con l&iacute;deres pol&iacute;ticos atrapados en la movilizaci&oacute;n popular que hab&iacute;an promovido y cautivos de condiciones autoimpuestas. De su insensatez y falta de coraje hay pocas dudas y hasta contraejemplos, como el del consejero dimitido Santi Vila, o la misma determinaci&oacute;n fugaz y&nbsp;nocturna de Puigdemont de convocar elecciones el 27 de octubre de 2017 y su rectificaci&oacute;n matutina bajo presi&oacute;n de Twitter.
    </p><p class="article-text">
        No parece de una inteligencia may&uacute;scula repetir el mismo error y favorecer hoy de nuevo la cronificaci&oacute;n de la confrontaci&oacute;n por la que suspiran de d&iacute;a y de noche tanto el bloque de la derecha compacta en Espa&ntilde;a como la derecha puigdemontista y la izquierda cupaire. Los indultos por s&iacute; mismos no arreglan nada, pero mantener en prisi&oacute;n a l&iacute;deres ya cancelados del independentismo bloquea cualquier v&iacute;a de pacificaci&oacute;n del tr&aacute;fico pol&iacute;tico entre Madrid y Barcelona. S&iacute;, parece que Felipe Gonz&aacute;lez no habla con Pedro S&aacute;nchez desde la moci&oacute;n de censura, pero casi mejor.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Jordi Gracia]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/utilidad-publica_129_7982576.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 29 May 2021 20:09:50 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Utilidad pública]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Proceso soberanista,Indultos,Tribunal Supremo,Independencia de Catalunya]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Savater y el desengaño político]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/savater-desengano-politico_129_7874904.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/97148499-41c7-4765-8bf9-21d1a5f447d4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Savater y el desengaño político"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">No hay anestesia contra el dolor de verle secundar los eslóganes de la derecha como víctima de la fobia que le despiertan los partidos de la izquierda actual, desde la templadísima coloratura sonrosada de la socialdemocracia hasta el rojo cromado e irritantemente predicador de Pablo Iglesias</p><p class="subtitle">HEMEROTECA - El filósofo Fernando Savater cierra la candidatura de Ciudadanos a las elecciones europeas</p></div><p class="article-text">
        Contra lo que pueda parecer, la posible disoluci&oacute;n de Ciudadanos es una mala noticia para la izquierda de amplio espectro. Su nuevo rumbo no parece suficientemente civil a quienes apoyaron opciones muy parecidas, como UPyD. Quiz&aacute; sin Albert Rivera, esa formaci&oacute;n ya no es lo que hab&iacute;a sido, y el regreso a la zona templada, menos estent&oacute;rea, que encarnaba In&eacute;s Arrimadas va quedando en nada, mientras su formaci&oacute;n sigue apoyando a Vox en Andaluc&iacute;a y prestar&aacute; posiblemente sus votos a Ayuso si los necesita. En Catalu&ntilde;a no se estrell&oacute; por el liderazgo de Arrimadas sino por la inoperancia del mill&oacute;n y pico de votos que hab&iacute;a obtenido a&ntilde;os atr&aacute;s y porque el legado de errores de Rivera era de tal magnitud que la credibilidad hab&iacute;a quedado fundida por el camino.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ante esa tesitura sus antiguos votantes han quedado desvalidos o desamparados, incluidas sus mejores cabezas, que fueron muchas. &iquest;Qu&eacute; tiene Ayuso que mejore a Edmundo Bal? &iquest;Hay algo incontestable que la haga preferible, incluida la opci&oacute;n de que gobierne con Vox? &iquest;No resulta demencial esa consecuencia del voto al PP?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La noticia desconsoladora para los ni&ntilde;os de la Transici&oacute;n en los &uacute;ltimos d&iacute;as ha sido que <a href="https://elpais.com/opinion/2021-04-24/convencido.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Fernando Savater abandona el barco &ldquo;convencido&rdquo; y votar&aacute; no exactamente al PP sino al PP de Ayuso</a>, para evitar al &ldquo;comunismo intervencionista&rdquo; y a los &ldquo;bolivarianos de guardarrop&iacute;a&rdquo; en la comunidad de Madrid (y castigar tambi&eacute;n as&iacute; a un gobierno que ha aceptado votos de Bildu y ERC). Le ha secundado Andr&eacute;s Trapiello, otro miembro de la plataforma que lider&oacute; Cayetana &Aacute;lvarez de Toledo, Libres e Iguales, hoy no s&eacute; si activa o disuelta o ya indistinguible del PP. No lo ha hecho Az&uacute;a, lo que invita a la esperanza pero mantiene la pregunta abierta, &iquest;alguien ha visto el menor rasgo de comunismo bolivariano en la ejecutoria del gobierno de S&aacute;nchez, aparte del improperio una y otra vez repetido por los medios mismos de la derecha? &iquest;Va en ch&aacute;ndal al ministerio Yolanda D&iacute;az y nadie ha sabido pillarla en un buen selfie? &iquest;Son M&oacute;nica Garc&iacute;a e &Iacute;&ntilde;igo Errej&oacute;n la reencarnaci&oacute;n transubstanciada que denuncia ese disparate tuitero, con el sello insultante habitual de Miguel &Aacute;ngel Rodr&iacute;guez? &iquest;Puede resultar eso cre&iacute;ble a la clase intelectual que ha desplazado su apoyo resignado al PSOE a una resignaci&oacute;n instalada en el PP tras pasar por varias lanzaderas liberales a toda prisa?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        No deja de ser intimidatoria la valent&iacute;a intelectual de Fernando Savater, aunque &uacute;ltimamente la desolaci&oacute;n pol&iacute;tica que desprende es casi tan asombrosa como su mismo arrojo ante el ordenador. Es verdad que el mundo ha cambiado, &eacute;l ha cambiado, nosotros hemos cambiado y el estr&eacute;s de tanto cambio puede acabar en pura brujer&iacute;a. Pero la melancol&iacute;a aguda que despierta su defensa, ah, a rega&ntilde;adientes, de la candidatura de Ayuso para Madrid disuelve de forma casi absurda la credibilidad de Savater como heredero insumiso de la Ilustraci&oacute;n que nos ense&ntilde;&oacute; a todos. Hubo m&aacute;s, claro que hubo m&aacute;s, pero como Savater ninguno, y nunca hubo comparaci&oacute;n posible: el mejor polemista, el corrosivo sarc&aacute;stico cuando conven&iacute;a, el defensor de la libertad de mal pensar para pensar bien y el adicto a la iron&iacute;a y el buen humor como instrumentos de consuelo cuando nada redime ya de nada, ni siquiera la buena intenci&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero no hay anestesia contra el dolor de verle secundar los esl&oacute;ganes de la derecha como v&iacute;ctima de la fobia que le despiertan los partidos de la izquierda actual, desde la templad&iacute;sima coloratura sonrosada de la socialdemocracia hasta el rojo cromado e irritantemente predicador de Pablo Iglesias. Ni siquiera le calienta la tornasolada irisaci&oacute;n rojilla de M&aacute;s Madrid porque Ayuso ha tra&iacute;do aviones y ha montado el Zendal mientras los dem&aacute;s papaban moscas, Fernando Sim&oacute;n se iba en moto de vacaciones y Pedro S&aacute;nchez segu&iacute;a retenido en la peluquer&iacute;a. El desenga&ntilde;o pol&iacute;tico es a veces realmente traicionero.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Jordi Gracia]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/savater-desengano-politico_129_7874904.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 27 Apr 2021 21:07:36 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Savater y el desengaño político]]></media:title>
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