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    <title><![CDATA[elDiario.es - Luis G. Adalid]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/luis-g-adalid/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Luis G. Adalid]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[La realidad impostada del paisajismo de postal]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/realidad-impostada-paisajismo-postal_132_9103608.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/31810640-2da7-423f-b4d4-3edd2d8be9dc_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La realidad impostada del paisajismo de postal"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Así se ha venido haciendo con el Mar Menor, un ejemplo palpable de “paisajismo de postal” que ha permitido camuflar su degradación, hasta que ya ha sido demasiado tarde.</p></div><p class="article-text">
        Acostumbramos a asociar el paisaje a una imagen m&aacute;s o menos pintoresca, est&aacute;tica, como de postal. Lo valoramos en base a modelos que casi siempre son estereotipos importados o muy forzados para los entornos y territorios que habitamos. El paisaje as&iacute; lo entendemos, pr&aacute;cticamente desde aquel &ldquo;pinta y colorea&rdquo; de la infancia, como un decorado, no como una imagen posible de una realidad palpitante que vive y se transforma por s&iacute; misma, y hoy, en una proporci&oacute;n determinante, tambi&eacute;n por la mano del hombre, con nuestra obsesiva necesidad de ordenamiento, nuestra impenitente mentalidad extractora y de apropiaci&oacute;n, o simplemente por nuestra ignorancia y descuido.
    </p><p class="article-text">
        La gran mayor&iacute;a cree que las cosas merecen la pena y pueden ser deseables e incluso bellas s&oacute;lo porque responden a un sentido pr&aacute;ctico, funcional, y en ese pragmatismo podemos incluir tambi&eacute;n la cultura de la apariencia y lo decorativo. Desde el imperante dogma mercantilista, esa b&uacute;squeda o priorizaci&oacute;n de la practicidad, del sentido utilitario de las cosas, as&iacute; como del beneficio a corto plazo, que suele implicar poner siempre la rentabilidad econ&oacute;mica por encima del bien com&uacute;n, act&uacute;a como una aut&eacute;ntica apisonadora ante cualquier otra consideraci&oacute;n, incluida la est&eacute;tica. Y en este &uacute;ltimo sentido, el &ldquo;para qu&eacute;&rdquo; maldito es la frase que suele matarnos, porque el goce est&eacute;tico &ndash;o&iacute;r la lluvia caer, contemplar un &aacute;rbol&hellip;.&ndash; no necesita explicaci&oacute;n ni para qu&eacute; y en su nivel m&aacute;s elevado demanda casi siempre inutilidad en el sentido que le han otorgado numerosos fil&oacute;sofos, literatos y cient&iacute;ficos de todos los tiempos, de Ovidio a Oscar Wilde<em>: &ldquo;Todo arte es completamente in&uacute;til&rdquo; (&laquo;El retrato de Dorian Gray&raquo;)</em>, de Kant a Heidegger&hellip;; o m&aacute;s recientemente Paul Auster al recibir el Premio Pr&iacute;ncipe de Asturias en su <em>&laquo;Discurso sobre la inutilidad de las artes&raquo;</em>, o Nuccio Ordine en <em>&laquo;La utilidad de lo in&uacute;til&raquo;</em>, por citar los que ahora me vienen a la cabeza entre tant&iacute;simos otros.
    </p><p class="article-text">
        Hoy no solemos diferenciar los prop&oacute;sitos de la realidad y nos creemos as&iacute; dignos de los mejores paisajes, de los mejores &ldquo;decorados&rdquo; para nuestras experiencias y narraciones &ldquo;inmediatas&rdquo; &ndash;y en esto tienen mucho que ver las redes sociales&ndash; mientras despreciamos y nos desentendemos del entorno. En el estado de cosas actual, los criterios o sistemas de valoraci&oacute;n encuentran en la inmediatez, en la obtenci&oacute;n de resultados inmediatos, sean &ldquo;likes&rdquo; o beneficios, una certificaci&oacute;n de &eacute;xito. As&iacute;, estamos vendiendo a la exigencia de esa inmediatez nuestra ancestral capacidad para mirar, relacionar y descubrir, y por tanto la posibilidad de transformar ideas y actitudes respecto al entorno y al territorio a trav&eacute;s de esa mirada. Para el tipo mayoritario de &ldquo;demanda paisaj&iacute;stica&rdquo; basta con arreglar o &ldquo;decorar&rdquo; los lugares m&aacute;s visibles. Se propone y fomenta as&iacute; una especie de paisajismo de carretera, y de parajes y monumentos de &ldquo;primera impresi&oacute;n&rdquo;, adecuados para instagram, facebook, etc. Se arreglan &ldquo;decorados&rdquo; m&aacute;s o menos pintorescos para alimentar y calmar el gusto por la postal, descuidando o desentendi&eacute;ndose del resto del territorio,&nbsp;de la misma manera que ocurre con las barriadas y periferias de las ciudades, consideradas &aacute;reas puramente residuales desde el punto de vista del consumo tur&iacute;stico o del marketing institucional. Y al final, se coleccionan vistas y pocos viven o respiran el paisaje. Se suelen bastar con el &ldquo;yo he estado ah&iacute;&rdquo; y eso lo saben y lo manejan muy bien tanto las redes sociales como los responsables pol&iacute;ticos.
    </p><p class="article-text">
        Pero todo sentido determinantemente utilitarista, tambi&eacute;n en lo que al marketing o la cultura de las redes sociales se refiere, implica una forma de imposici&oacute;n funcional, de violencia &ldquo;t&eacute;cnica&rdquo;, y conlleva exigencias que alteran, forcluyen o dejan definitivamente marcado aquello sobre lo que se imponen. Todo lo que nos parece m&iacute;nimamente inc&oacute;modo, lento o no pr&aacute;ctico se tiende a cuestionar, mientras se glorifica la idea del confort como aspiraci&oacute;n m&aacute;xima, derivada de la noci&oacute;n m&aacute;s tramposa, la consumista y acumulativa, de &ldquo;calidad de vida&rdquo;. Pero &iquest;De qui&eacute;n y de qu&eacute; vida? &iquest;la vida en la que apenas queda tiempo para atender a los tuyos?, &iquest;la de la permanente zozobra ante todo tipo de precariedad e incertidumbres?, &iquest;la de la negaci&oacute;n de un futuro sostenible y digno para los m&aacute;s j&oacute;venes? &iquest;la de las recurrentes amenazas apocal&iacute;pticas reales e inducidas? &iquest;la que para sostenerse se ha cobrado un precio desorbitado en lo que a medioambiente y destrucci&oacute;n de los paisajes y lugares se refiere? &iquest;la de la permanente exposici&oacute;n, hijos incluidos, a contaminantes ambientales? &iquest;la que est&aacute; generando la cat&aacute;strofe del cambio clim&aacute;tico? y sobre todo &iquest;a costa de qui&eacute;n?. Lo que parece bastante probable es que adem&aacute;s de los desastres humanitarios que ya est&aacute;n causando, ser&aacute; a costa del futuro de nuestros propios hijos, tambi&eacute;n hipotecados ya en muchos otros sentidos. A ello nos ha estado llevando ese sentido tan sumamente &ldquo;pr&aacute;ctico&rdquo; de la vida. Y singularmente, todo esto es negado, a pesar de las evidencias, por los que se ufanan de defender la familia&hellip; 
    </p><p class="article-text">
        Es necesario que vayamos m&aacute;s all&aacute; de ese utilitarismo, de la descripci&oacute;n t&oacute;pica conveniente o de la representaci&oacute;n edulcorada que poco tienen que ver con la realidad, tambi&eacute;n del territorio; ir m&aacute;s all&aacute; de la mera apariencia, del paisajismo de carretera y del paisajismo de postal o de instagram. No hay que cejar en fomentar y educar en el trato directo con nuestros entornos, porque no se suele respetar ni valorar adecuadamente lo que no se conoce. Recorrerlos, pasearlos, sumergirse hasta reconocerse en ellos, por &aacute;ridos y austeros que puedan llegar a ser; entender su belleza, tan afortunada como distante de los t&oacute;picos habituales, para poder sentir como propia cualquier agresi&oacute;n a la que se les someta. Hay que sentir la tierra, volver a tocarla, como dec&iacute;a Rilke, olerla&hellip; y sin necesidad de guantes ni mascarillas protectoras &ndash;en muchos lugares de esta regi&oacute;n ya no es una broma&ndash;, porque &ldquo;solo as&iacute; podr&aacute;s tomar conciencia de sus heridas, y solo as&iacute; podr&aacute;s sentir y gozar de su capacidad de respuesta&rdquo;. Una relaci&oacute;n que, como agua y aceite, excluye discursos floridos de paisajistas y naturalistas &ldquo;asobrinaditos&rdquo;, de t&eacute;cnicos de sal&oacute;n o de artistas y escritores de pincel fino y atardeceres cursis; porque los paisajes, como a menudo el planeamiento oportunista, suelen requerir distancia, la misma que camufla o edulcora todo lo que realmente ocurre sobre el territorio
    </p><p class="article-text">
        Creo fundamental reiterar la importancia y la obligaci&oacute;n de preservar el patrimonio natural y el territorio, y no s&oacute;lo lo que responde a determinados estereotipos o modelos paisaj&iacute;sticos; hacer que cale la idea de que los paisajes como constructos culturales son solo im&aacute;genes posibles de un territorio que s&iacute; es algo vivo, ecol&oacute;gica y comunalmente dependiente, y cuya consideraci&oacute;n no puede quedar reducida a una mera colecci&oacute;n de vistas o de im&aacute;genes pintorescas, y mucho menos a decorados. As&iacute; se ha venido haciendo con el Mar Menor, un ejemplo palpable de &ldquo;paisajismo de postal&rdquo; que ha permitido camuflar su degradaci&oacute;n, hasta que ya ha sido demasiado tarde.
    </p><p class="article-text">
        Anticipando posibles respuestas, en lo que a mi oficio se refiere, no puedo negar la belleza de un atardecer en el Mar Menor, pero estoy seguro que esa imagen, pintura o fotograf&iacute;a, no reflejar&aacute; ya la realidad de lo que all&iacute; est&aacute; ocurriendo y hoy por hoy, consciente de esa realidad, me resulta tan imposible siquiera plante&aacute;rmelo como a gran parte de los artistas gallegos cuando el desastre del Prestige.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luis G. Adalid]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/realidad-impostada-paisajismo-postal_132_9103608.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 22 Jun 2022 04:01:27 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La realidad impostada del paisajismo de postal]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Es el modelo, amigos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/modelo-amigos_129_8523797.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e5933bd7-cd3b-44a8-b33f-0da3fba02e5a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El Mar Menor lleva sufriendo un ecocidio más palpable desde la &#039;sopa verde&#039; de 2016"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"La catástrofe del Mar Menor no es algo episódico o fortuito; la han provocado en gran medida los vertidos, nitratos y otros contaminantes de la agroindustria, pero se ha generado también por esta cultura del pelotazo ampliamente asumida"</p></div><p class="article-text">
        La vor&aacute;gine desatada por el primer boom inmobiliario fue un fen&oacute;meno que adem&aacute;s de provocar consecuencias irreversibles sobre el litoral espa&ntilde;ol, desequilibr&oacute; la econom&iacute;a del pa&iacute;s y adulter&oacute; la percepci&oacute;n y consideraci&oacute;n del bien com&uacute;n. A lo largo de toda la costa mediterr&aacute;nea y de la mano de la cantinela del desarrollo tur&iacute;stico se ha producido un notable deterioro de los espacios naturales, un empobrecimiento del paisaje, la progresiva desnaturalizaci&oacute;n y desarraigo de lugares y poblaciones, y en paralelo, una banalizaci&oacute;n de comportamientos y actitudes respecto al medioambiente.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En todo este proceso excesivo, voraz, sin voluntad de l&iacute;mite, ha faltado compromiso por parte de la mayor&iacute;a de las administraciones y de la clase pol&iacute;tica de turno &ndash;responsables &uacute;ltimos de su control y su medida&ndash;, as&iacute; como de buena parte de la ciudadan&iacute;a convertida mayoritariamente a la doctrina hegem&oacute;nica de un desarrollismo a ultranza que sigue primando por encima de cualquier otra consideraci&oacute;n o perjuicio. &ldquo;&iquest;Qui&eacute;n no se apuntaba a esta marea que llevaba asociados conceptos como progreso, riqueza o dinamismo?&rdquo;, escrib&iacute;a Eliseu Climent desde el Observatorio del Paisaje de Catalu&ntilde;a. Pocos prefirieron permanecer apartados de esa fiesta.
    </p><p class="article-text">
        Pero esta idea que no han dejado de vendernos de un progreso sin fin, asociado a un modelo de desarrollo con un marcado desequilibrio hacia lo inmobilario y lo tur&iacute;stico, tanto en 'atenciones' como en recursos desde lo p&uacute;blico, ha ido facilitando la concentraci&oacute;n de propiedades, la consolidaci&oacute;n de lobbies con comportamientos m&aacute;s que dudosos, fomentando corruptelas, comprando lealtades y situando afines, y ha llegado a contaminar tambi&eacute;n el medio social generando crecientes y manifiestas desigualdades y minando progresivamente la conciencia de lo com&uacute;n y el valor de lo colectivo. En todo este proceso, amplios sectores de la poblaci&oacute;n se han sentido part&iacute;cipes colateralmente de la 'fiesta' y han llegado a aceptar como algo normal esa forma oportunista y picaresca de entender y de hacer las cosas. Un juego en el que se valora m&aacute;s el compadreo que cualquier argumento o trayectoria. Da igual lo analizado cient&iacute;ficamente, lo deducido de los evidentes procesos de degradaci&oacute;n, las alternativas con otros modelos y proyectos m&aacute;s sostenibles o los conocimientos y estudios de gente acreditada. En la cultura del pelotazo todo eso se valora poco; se prima y se premia el silencio c&oacute;mplice,el alineamiento conveniente, la sumisi&oacute;n, el conformismo contaminante&hellip; algo que poco a poco lo va ensuciando todo, hasta las relaciones sociales, y del agua sucia no se puede salir limpio.
    </p><p class="article-text">
        Cuando se pasa a creer que algo es normal porque todo el mundo lo hace &ldquo;entonces caemos en la banalidad del mal&rdquo; escrib&iacute;a Hannah Arendt. La &eacute;tica &ldquo;es la autorregulaci&oacute;n del individuo y es v&aacute;lida para todos los &aacute;mbitos de la vida&rdquo; y por supuesto, va mucho m&aacute;s all&aacute; de los c&oacute;digos &eacute;ticos de corporaciones o partidos, para los que solo parecer existir una especie de &eacute;tica epis&oacute;dica o situacional: la que conviene al partido o a sus l&iacute;deres en cada momento. Algo as&iacute; como lo que dec&iacute;a Groucho Marx: &ldquo;Estos son mis valores, pero si no les gustan, tengo otros&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Hacia el a&ntilde;o 2008 estallaba la burbuja inmobiliaria y con ello se atenuaba esta etapa de desarrollo basado en la depredaci&oacute;n territorial y en el consumo desmesurado de suelo.No es casualidad que todo esto se hubiera visto estimulado sin prever posibles consecuencias con la conocida Ley del suelo de 1998; sobran explicaciones. &ldquo;Aquella pandemia bajo los efectos de los distintos agentes urbanizadores dej&oacute; el territorio fragmentado y disperso&rdquo; y, lo que es peor, produjo un cambio en la consideraci&oacute;n y en los usos del territorio &ndash;tan solo 'suelo' para ellos&ndash; y, en paralelo, en la mentalidad de la poblaci&oacute;n. Nada deb&iacute;a seguir siendo sagrado. Recuerden: &ldquo;Es el mercado, amigos&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Y con el mismo ADN de esa cultura del pelotazo, incrustado tanto en lo pol&iacute;tico como en lo social, se han gestionado los problemas medioambientales y el progresivo deterioro del Mar Menor, dejando hacer y esperando a que milagrosamente se autoregulara por s&iacute; solo, como suponen que hacen sus grandes referentes en todos los sentidos: los mercados. A&uacute;n hoy, a pesar de lo que nos quieran hacer creer con el habitual <em>greenwashing</em> al que se ven obligados por una u otra causa, sigue habiendo un autocomplaciente desprecio e ignorancia hacia el mundo natural en los c&iacute;rculos empresariales y pol&iacute;ticos m&aacute;s conservadores.
    </p><p class="article-text">
        La cat&aacute;strofe del Mar Menor no es algo epis&oacute;dico o fortuito; la han provocado en gran medida los vertidos, nitratos y otros contaminantes de la agroindustria, pero se ha generado tambi&eacute;n, en &uacute;ltima instancia, por esta prolongada forma de ser y de hacer, esta cultura del pelotazo ampliamente asumida. Porque a&uacute;n siendo su ecocidio un asunto grav&iacute;simo, casi terminal, el historial 'delictivo' en lo medioambiental ya ven&iacute;a siendo muy amplio y muy grave: el brutal desarrollo urban&iacute;stico con las esperadas consecuencias de todo tipo, la bah&iacute;a de Portm&aacute;n, la Sierra Minera &ndash;hay que pasearla para darse cuenta de la envergadura del destrozo, casi del ensa&ntilde;amiento&ndash;, el problema siempre aplazado de las riadas y arrastres mineros del Llano del Beal, la peligrosa contaminaci&oacute;n de los terrenos del Hond&oacute;n, las balsas de residuos industriales en los antiguos terrenos de la Espa&ntilde;ola del Zinc, los bajos niveles de calidad del aire en la zona este de Cartagena, la contaminaci&oacute;n de la Aljorra, el olor insoportable de los cada vez m&aacute;s frecuentes abonados del campo, etc, etc.Y todas esas barbaridades han sucedido y siguen sucediendo en una comarca asombrosamente reducida de no m&aacute;s de 40x40 km. Sigo escribiendo conteniendo la rabia.
    </p><p class="article-text">
        Por contraste, durante todos estos a&ntilde;os, en Europa ha ido despertando la sensibilizaci&oacute;n con respecto a la calidad del entorno, sea natural, rural o urbano. Cada vez m&aacute;s administraciones han empezado a entender que el paisaje puede ser un activo a preservar por su valor natural, cultural o incluso curativo, pero tambi&eacute;n por sus posibilidades relacionadas precisamente con el turismo, como acabamos de ver que ocurre con el Mar Menor aunque tristemente en sentido inverso. Esta misma forma de dejar hacer sin control y sin medida que antes se jaleaba desde el turismo de sol y playa, ahora se ha vuelto en su contra.
    </p><p class="article-text">
        Hemos dejado crecer un monstruo dif&iacute;cil de controlar y con una ingente inercia. Raz&oacute;n de m&aacute;s para no permitirnos m&aacute;s dejaciones ni aplazamientos.La conciencia del paisaje hoy implica revalorizar la mirada y el trato respetuoso hacia nuestro entorno, aquel donde habitamos y hemos anclado nuestra memoria y nuestras vivencias. Respetar el paisaje es, por tanto, respetarte a ti mismo, lo que has sido y eres, pero adem&aacute;s supone respetar a tu gente, a sus lugares; t&eacute;nganlo en cuenta los que suelen alardear de padres de la patria. Hace falta ir mucho m&aacute;s all&aacute; de las meras apariencias, de las declaraciones de intenciones &ndash;algo recurrente para aplazar y acallar los problemas&ndash; o del <em>greenwashing</em> oportunista de grandes empresas y corporaciones; hay que frenar y reducir ya, repensar para generar otro modelo m&aacute;s justo y equilibrado desde una ecolog&iacute;a del pensamiento no s&oacute;lo aplicable al entorno, al paisaje o a nuestra relaci&oacute;n con la naturaleza, sino tambi&eacute;n a nuestros modos de ser y de 'estar', buscando un c&iacute;rculo virtuoso entre la posibilidad de un desarrollo econ&oacute;mico sostenible y la vida, que pongan de una vez por todas a la gente y sus h&aacute;bitats en el centro. Como le&iacute; no hace mucho, &ldquo;no hay vida digna sin derecho a la belleza&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Si ante este estado de cosas, las esperadas soluciones de la clase pol&iacute;tica tradicional siempre pasan por eludir o aplazar responsabilidades y culpabilizar a otros porque en el fondo saben que desde ese modelo que defienden van a ser incapaces de afrontarlo eficaz y honestamente, de frenarlo de una vez y revertirlo, por el bien de todos y de todo, que lo dejen ya, que nos eviten al menos ese gallinero y se dediquen a otra cosa, si es que saben.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luis G. Adalid]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/modelo-amigos_129_8523797.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 27 Nov 2021 05:01:30 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Es el modelo, amigos]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Región de Murcia,Urbanismo,Medio ambiente,Mar Menor]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Belleza y verdad de temporada]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/belleza-temporada_129_8097906.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f56ae0d2-78e8-4f06-acd3-2efb4ce08102_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Belleza y verdad de temporada"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"En esto, como en tantas cosas, tendemos a buscar el consenso de la manada y como ejemplo, sobrevaloramos hasta el absurdo las canciones –véanse pinturas, fotos, películas…– y las consignas que reconocemos o tarareamos más fácilmente y tendemos a rechazar aquellas otras que no tienen un estribillo fácil o son, digamos, más exigentes"</p></div><p class="article-text">
        Hay quien sigue manteniendo de manera un tanto nost&aacute;lgica, que la belleza es verdad y la verdad es belleza o es bella por s&iacute;. Para los antiguos griegos y latinos, belleza y verdad eran t&eacute;rminos intercambiables y as&iacute; tambi&eacute;n lo entendi&oacute; el humanismo occidental derivado de estas tradiciones. &ldquo;La belleza es el esplendor de la verdad&rdquo;, parece que afirm&oacute; Plat&oacute;n en <em>El Banquete</em>. Pero la verdad como as&iacute; se entend&iacute;a hoy nos parece improbable y adem&aacute;s no se mostrar&iacute;a siempre bella; es m&aacute;s, no suele serlo, por m&aacute;s que nos empe&ntilde;emos en edulcorarla.
    </p><p class="article-text">
        La belleza, la idea de lo que puede ser bello, parece hoy una cuesti&oacute;n de criterios m&aacute;s o menos est&eacute;ticos, de cultura aprendida o inducida y, por tanto, de cada cultura. En occidente, la hemos ido confeccionando a imagen y semejanza del mundo que construimos o habitamos, y as&iacute; valor&aacute;bamos lo que nos facilitaba su comprensi&oacute;n &ndash;orden, simetr&iacute;a, equilibrio, armon&iacute;a&hellip;&ndash; o en la actualidad, lo que nos hace sentirnos seguros, confortables, o satisface nuestros deseos (mares tranquilos, hermosos cuerpos, paisajes idealizados, abstracciones coloristas y decorativas, consumos &ndash;pop&ndash;, melod&iacute;as repetitivas etc.) rechazando por contra todo aquello que nos genera incomodidad, incomprensi&oacute;n, o incomodidad por incomprensi&oacute;n: lo diferente, lo profundo, hondo, desbordado, a veces la propia naturaleza sublimada&hellip; En esto, como en tantas cosas, tendemos a buscar el consenso de la manada y como ejemplo, sobrevaloramos hasta el absurdo las canciones &ndash;v&eacute;anse pinturas, fotos, pel&iacute;culas&hellip;&ndash; y las consignas que reconocemos o tarareamos m&aacute;s f&aacute;cilmente y tendemos a rechazar aquellas otras que no tienen un estribillo f&aacute;cil o son, digamos, m&aacute;s exigentes.
    </p><p class="article-text">
        Son consecuencias acrecentadas por este mundo de omnipresencia de los medios, a trav&eacute;s de los cuales se inducen actitudes, comportamientos y c&oacute;mo no, criterios de valoraci&oacute;n est&eacute;tica. Como ejemplo, hace un par de a&ntilde;os se difundi&oacute; la noticia de que la CIA (Central Intelligence Agency) impuls&oacute; y apoy&oacute; en secreto ciertas tendencias del arte contempor&aacute;neo; en particular 'sus' tendencias, escribiendo y condicionando de paso casi un siglo de nuestra Historia del arte (el occidental, claro). No hay estado, r&eacute;gimen o administraci&oacute;n, nacional, auton&oacute;mica o local, que con mayor o menor insistencia no hayan hecho lo mismo o hayan dejado de hacerlo.
    </p><p class="article-text">
        Por la otra parte, muchos cient&iacute;ficos y algunos fil&oacute;sofos, en un momento dado dijeron aquello de '<em>todo es relativo'</em>, y esa relatividad parece estar hoy trasladada a nuestra idea de 'verdad', de tal manera que podemos sospechar que, como dijo un conocido poeta, ninguna verdad sea ya la misma dos veces. Y as&iacute;, andamos hablando de verdades relativas, verdades epis&oacute;dicas, verdades fabuladas, verdades fabricadas, posverdades, medias-verdades construidas sobre medias-mentiras&hellip; algo que da mucho juego al mundillo de la pol&iacute;tica, del espect&aacute;culo, del artisteo y dem&aacute;s. Es decir, que vuelta a vuelta y como mirando para otro lado hemos ido disolviendo el azucarillo y ya poco queda consistente para regocijo de los que suelen vender humo en despachos revueltos.
    </p><p class="article-text">
        Con la idea de belleza ha pasado algo similar: abandonados los c&aacute;nones y devaluados los discursos, ahora tambi&eacute;n se muestra relativa y la consideramos seg&uacute;n refleje, represente o justifique nuestros h&aacute;bitos de vida, nuestro sistema particular de valores y por qu&eacute; no, del buen o mal gusto, inducidos, aprendidos o adquiridos. As&iacute;, el arte 'considerado' en nuestra sociedad actual &ndash; salvo hermosas excepciones&ndash; suele ser reflejo de las est&eacute;ticas, exigencias y valores de cada grupo medi&aacute;tico, de cada tendencia pol&iacute;tica, de cada lobby o incluso de cada tribu social, anal&oacute;gica o digital. Hay un arte supuestamente cosmopolita, otro localista, otro elitista, otro de sal&oacute;n, otro de dominical, otro de mercadillo, otro exquisitamente decorativo, otro chabacanamente decorativo, otro as&eacute;ptico con toques de modernidad perfecto para decorar despachos y sucursales bancarias, otro suficientemente ocurrente como para rotondas, otro vacuo, muy adecuado para medallas y condecoraciones; en fin&hellip;
    </p><p class="article-text">
        Y los artistas, influenciados por todo esto intentan &ndash;intentamos&ndash; flotar en esta sopa sosteniendo un principio que la mayor&iacute;a consideramos sagrado: el 'principio de conservaci&oacute;n de lo que cada uno tiene', es decir, la clientela posible, algo que hoy no es f&aacute;cil de conseguir y por la que m&aacute;s de uno dar&iacute;a sus dedos. Pero resulta que el reducido mercado que existe fuera de ARCO y alguna feria m&aacute;s, lo conforman fundamentalmente instituciones dependientes de ayuntamientos y comunidades aut&oacute;nomas o de bancos y antiguas cajas de ahorro, adem&aacute;s de algunas fundaciones generalmente respaldadas por grandes empresas. De ah&iacute; que en los &uacute;ltimos lustros los artistas, escritores y 'creadores' m&aacute;s avispados, practicando cierto artisteo clientelar, hayan pisado m&aacute;s esos despachos que sus propios estudios. Claro que en la parte contraria, para los que se han atrevido a sacar los pies del barrillo, siempre ha habido un probo gestor dispuesto a tomarle la matr&iacute;cula y reprob&aacute;rselo por bien de las verdades morales y est&eacute;ticas hoy &ndash;constitucionalmente&ndash; consensuadas.
    </p><p class="article-text">
        Bien pensado, llegado a este punto, con tanta relatividad y, parad&oacute;jicamente, con tanto consenso, de belleza casi ser&iacute;a mejor no hablar y hablar de verdades se me antoja complicado y temo que si insisto me puedan apedrear; y que igual que se ha impuesto el papanatismo comisariado &ndash;y subvencionado&ndash;, o la cursiler&iacute;a <em>cool</em> supuestamente transgresora, o la nost&aacute;lgica a lo Walt Disney, para hablar de arte, de cultura y hasta de sentimientos existenciales o religiosos, tambi&eacute;n se han normalizado las palabras estigmatizantes para todo aquel que pretenda ir por libre; pasmosamente vuelven los mismos apelativos que ya se usaban para referirse a quienes desde hace d&eacute;cadas avisaban de la destrucci&oacute;n del paisaje, de la desnaturalizaci&oacute;n de las poblaciones o del triste e inevitable triunfo del marketing sobre el arte; hoy ya perroflautas devenidos en artistas menores sutilmente ninguneados: no hay problema.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; que visto lo visto y pensando en lo que nos est&aacute; cayendo encima, tal vez ser&iacute;a mejor escribir menos y frecuentar m&aacute;s los despachos o dejarnos caer por alg&uacute;n parnasillo o alguna capilla pol&iacute;tica o religiosa, que dan para mucho; pero el problema es que casi sin darnos cuenta nos hemos hecho mayores y la cabra tira al monte, y en el monte las certezas te rodean. Por lo que una vez m&aacute;s &ndash;recordando a Baterbly&ndash; preferir&iacute;a dejar estas cosas para despu&eacute;s del verano e irme a la playa del Port&uacute;s, a ver si me reafirmo en una de las pocas verdades que me quedan; aquello tan repetido de Paco Rabal en <em>Pajarico:</em> &ldquo;&iexcl;Qu&eacute; bien se est&aacute; cuando se est&aacute; bien!&rdquo;. Menos mal&hellip;
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luis G. Adalid]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/belleza-temporada_129_8097906.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 03 Jul 2021 08:52:04 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Belleza y verdad de temporada]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Arte,Política]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Principio Naturaleza]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/principio-naturaleza_132_8005684.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/16b8b9a3-bd9d-4486-addb-a43ff4344861_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Principio Naturaleza"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Inducidos por una idea de progreso sin control y sin medida, hemos ido despojando progresivamente a la naturaleza de su valor sagrado</p></div><p class="article-text">
        Es la belleza que se fragua soplo a soplo, roce a roce, entre peque&ntilde;as existencias que habitan una inmanencia sin tiempo. Es la respiraci&oacute;n del universo a trav&eacute;s del lugar, el aliento vegetal sobre el sue&ntilde;o imposible de las piedras. El desbordamiento de todo lo que se esfuerza por ser y por perpetuarse; el derroche de vida que se despliega y ofrece sin condiciones, que es por s&iacute;, como la propia belleza, que no necesita justificaciones. Es el velo que envuelve el misterio, nuestra imposibilidad de saber c&oacute;mo sienten las cosas, qu&eacute; sucede cuando ya nadie est&aacute;, c&oacute;mo late el lugar desde el anochecer a la aurora, por ejemplo. El mundo olvidado de nosotros, cuyo vaho acaba cubriendo la tierra cada amanecer e impregna de vida y sentido el matorral, la retama, el lentisco o la playa humedecidos con su aliento, con el roc&iacute;o que refleja el primer rayo de sol y se muestra a&uacute;n m&aacute;s brillante sobre la baba de los caracoles y el env&eacute;s de los palmitos y hace bailar a las ca&ntilde;as que se mecen con el primer canto de la ma&ntilde;ana, tan pleno y necesario como aquel primer trago de cerveza.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;Es la cadencia aprendida por todo lo existente, excepto por los apresurados y por los comparadores; la paciencia austera de lo acostumbrado a morir y renacer una y otra vez, cuya memoria apenas alcanza unas pocas estaciones; el eco o residuo de la posibilidad primera que sigue latiendo entre las infinitas gradaciones de vida y acabamiento, de luz y de sombra.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;Son una multiplicidad de peque&ntilde;as singularidades ante la vor&aacute;gine derrochadora de vidas gastadas entre rutinas y grises; ante los que hacen del tiempo un asunto ideol&oacute;gico y se miden compar&aacute;ndose entre s&iacute;, como los relojes que, en realidad, &ldquo;<em>solo pueden medir a otros relojes&rdquo;</em>. La belleza como la entiende quien sabe que<em> &ldquo;cada infinito tiene su momento&rdquo;,</em> que lo realmente vivido no es susceptible de ser medido o comparado, porque el tiempo, al final, no es m&aacute;s que una convenci&oacute;n paralela al verdadero transcurso de la vida y el mundo interior, como sugirieron Bergson o Proust y tantos otros, es atemporal y no entra, por tanto, en las mediciones de los esclavos del entretenimiento continuo<em>, </em>ni en las hojas de c&aacute;lculo de los actuales gestores de esa &ldquo;normalidad&rdquo; extrema que nos proponen como vida.
    </p><p class="article-text">
        Es el <em>principio Naturaleza</em> que se abre paso entre los descuidos de esta vida tan ordenada, como el matojo entre las imperfecciones del asfalto o la vinagreta entre las grietas de los huertos rabiosamente hormigonados. &ldquo;<em>La vida como lucha por ser s&iacute; misma&rdquo;</em>, la tenacidad y perseverancia de tantas peque&ntilde;as y hermosas resistencias hoy m&aacute;s necesarias que nunca; la voluntad del contemplador o del paseante de renovar una y otra vez los lazos con la tierra y convocar y ritualizar esos desbordamientos de belleza y de significado desde una sensibilidad que parece seguir aquella &ldquo;l&iacute;nea de sombra que es cada ser humano&rdquo;, que va de Goethe a Hesse, de Whitman o Thoreau a Joaqu&iacute;n Araujo, de Emily Dickinson a Vandana Shiva, y evidencia la imposibilidad de separar lo sensible de lo razonado, la materia de lo espiritual, el acto de su potencia, y asume que hay cosas que no pueden explicarse ni demostrarse separadamente y menos a&uacute;n reduci&eacute;ndolas y manej&aacute;ndolas como datos.
    </p><p class="article-text">
        Es a todo lo que renunciamos cuando fragmentamos, reducimos y desnaturalizamos estos lugares desde nuestra tendencia a la acumulaci&oacute;n y al exceso, desde nuestra mentalidad puramente extractora, borrando del territorio nuestras referencias emocionales y aceptando recluirnos en espacios cada vez m&aacute;s reducidos y anodinos, <em>domesticando</em> progresivamente nuestras emociones, nuestra ansias de trascender, nuestro pensamiento.
    </p><p class="article-text">
        Y en esa reclusi&oacute;n progresiva y en esa reducci&oacute;n a lo estrictamente ordenado, cada vez delegamos m&aacute;s nuestro conocimiento y trato con la naturaleza en medios digitales, diferidos, en lo que nos cuentan&hellip; y correlativamente aceptamos de buen grado esa otra naturaleza domesticada del peque&ntilde;o jard&iacute;n o del cuidado de macetas. Pero unas macetas o un peque&ntilde;o jard&iacute;n, aunque pueden ser suficientes para cargar de sentido la vida de mucha gente y educar en la sensibilidad, solo son a la Naturaleza &ldquo;<em>como una pecera o un acuario son al oc&eacute;ano&rdquo; </em>como o&iacute; no hace mucho en una entrevista. Salvaje, silvestre, asilvestrado, agreste, son hoy palabras que suenan a desorden, a amenaza, a disidencia o contrapunto absurdo y rebelde de una sociedad que<em> </em>tiene miedo a la indefinici&oacute;n de las cosas y por tanto a los espacios abiertos sin clasificaci&oacute;n ni uso determinado. Y en esa actitud de conformismo confortable y de pobreza de pensamiento, tendemos a culpabilizar a la propia naturaleza de lo que probablemente hemos podido generar nosotros.
    </p><p class="article-text">
        Inducidos por una idea de progreso sin control y sin medida, hemos ido despojando progresivamente a la naturaleza de su valor sagrado. Hemos acabado aceptando un modelo al que interesa desacralizarlo todo, banalizarlo todo, bajarlo al suelo, porque si algo se admitiera como sagrado, no se podr&iacute;a vender, ni considerar tributable. Desacralizar la tierra, las cosas, la realidad,&nbsp;permite entrar sin miramientos en el mercado. Y se pasa as&iacute;, de lo venerado personal o comunalmente, a mero objeto de transacci&oacute;n comercial. 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;<em>Somos un ser medial</em> &ndash;dec&iacute;a el paisajista Augustin Bercque&ndash; <em>No s&oacute;lo somos ese cuerpo animal frente a un mundo objeto; la mitad de nuestro ser es nuestro cuerpo medial, es decir, justamente ese mundo, que no es un simple entorno f&iacute;sico sino un medio humano&rdquo;</em>. Y en ese territorio, en ese <em>medio humano</em>, componente de nuestra realidad y realidad &eacute;l mismo, nos han sucedido las cosas m&aacute;s importantes y siempre en contacto con otros; y as&iacute; lo hemos vivido, as&iacute; lo hemos narrado, lo hemos cantado y lo hemos bailado&hellip;haciendo, construyendo, con ello lugar.
    </p><p class="article-text">
        Hay demasiados cuerpos solemnes, ruidosos, que imponen su realidad, su presencia desbordada y su tiempo, arrebatando aire y sentido a las vidas, y enturbiando el pensamiento. A su paso dejan siempre un rastro perfectamente reconocible por sus emanaciones y por sus desechos, y la huella de su presencia perdura largo tiempo. No es una cuesti&oacute;n de tama&ntilde;o, de volumen o de masa corporal, es el peso de los egos, de la codicia, de las propiedades que desean y acumulan lo que hunde el territorio desnaturalizando todo lo que encuentran a su paso.
    </p><p class="article-text">
        Pero s&eacute; tambi&eacute;n de otros cuerpos, de otras gentes, que se posan humildemente y se retiran sin apenas dejar rastro porque aprendieron a sumarse a lo existente; y la tierra, el viento, el lugar, les dejan hacer y se hacen paisaje con su presencia.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luis G. Adalid]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/principio-naturaleza_132_8005684.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 05 Jun 2021 06:56:05 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Principio Naturaleza]]></media:title>
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