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    <title><![CDATA[elDiario.es - Franco Torchia]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/franco-torchia/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Franco Torchia]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[¿Por qué seremos tan maricones, Raffaella?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/seremos-maricones-raffaella_129_8110211.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e366d452-33fe-495e-aef9-d14b80dde934_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¿Por qué seremos tan maricones, Raffaella?"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Qué significaba Raffaella Carrá en los años 80 para un niño maricón que creció en eventos de la colectividad italiana, entre bailes de tarantella y concursos para niñas que querían ser las "Raffaellas" del futuro. Y qué significa hoy para la diversidad sexual y la cultura transformista</p><p class="subtitle">Obituario - Raffaella Carrà, la artista de éxito que defendía los derechos laborales y cantaba sobre la masturbación femenina</p></div><p class="article-text">
        El efecto era <em>desfolkorizante</em>: entrar a la Sociedad Italiana de Ensenada y constatar que sonaba Raffaella y no una tarantella napolitana o no &ldquo;Va, pensiero&rdquo; en el vozarr&oacute;n de Luciano Pavarotti. Eso significaba que el mundo te recibir&iacute;a dispuesto a internacionalizar tu ritmo interno, una fant&aacute;stica/fant&aacute;stica fiesta en la que descubrir tu amor<strong>. </strong>Eran noches que cambiar&iacute;an tu vida, desde esa noche cada noche.<strong> </strong>Si encima tocaba alg&uacute;n concurso para nietas o hijas de inmigrantes dispuestas en filas detr&aacute;s del escenario a imitar a Raffaella Carr&agrave;, m&aacute;s a&uacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En esos casos, los varones ignoraban los concursos. En cambio, los mariconcitos dispersos aqu&iacute; y all&aacute; en cada instituci&oacute;n inmigratoria del mundo, mor&iacute;amos de envidia y esperanza. Lo s&eacute;. Nos reconozco vestidos de chomba y jeans conteniendo nuestro af&aacute;n de lentejuela, quebrando la cabeza hacia atr&aacute;s como Raffaella, con la mirada concentrada en una pista de baile herm&eacute;tica en la que crecer a salvo; una parranda segura, sometida a los brillos de nuestra seducci&oacute;n telef&oacute;nica. De ese desaf&iacute;o no pod&iacute;amos participar porque era s&oacute;lo para mujercitas con pelucas rubias. Sin embargo, Raffaella nos estaba inventando. Somos el destino perfecto de su canto libre y sus movimientos sincronizados. Nos imagino viviendo escondidos debajo de su furioso carr&eacute; dorado, felices de ser parte de un corte de pelo que &ndash;dijera Miguelito Romano&ndash; es siempre de diva en tanto y en cuanto las divas no cambian de corte. Por eso son divas.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Somos el destino perfecto de su canto libre y sus movimientos sincronizados. Nos imagino viviendo escondidos debajo de su furioso carré dorado, felices de ser parte de un corte de pelo que -dijera Miguelito Romano- es siempre de diva </p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Entonces, mientras las menores hac&iacute;an su gracia al son de los hits de Carr&agrave; sonando en vinilo, los padres, las nonnas, los t&iacute;os y el coro de los pensionados de la Segunda Guerra escuchaban at&oacute;nitos que ella los consolaba asegur&aacute;ndoles que ac&aacute; en el sur, en este sur al que hab&iacute;an venido a parar, se hace mejor el amor. Y que &ldquo;sin amantes, esta vida es infernal&rdquo;. As&iacute; sonaba Raffaella en los primeros a&ntilde;os ochenta en la Argentina &iacute;talomigrante. Amada como paisana y contrapuesta a la exuberancia intimidante de Sof&iacute;a Loren o Anita Ekberg; absorbida al un&iacute;sono como una virtual conductora de programa infantil y una amiga en l&iacute;nea, mujer suelta de la gran ciudad, punto iridiscente de los megaestudios de la RAI y excusa perfecta para exhibir detr&aacute;s suyo nuestro futuro trolo, ese baile grupal de bultos contenidos en calzas rojas; todos esos bigotudos coreografiados en cuyos saltos el&eacute;ctricos nos miramos de cerca.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Un verano, las zapatillas de punta llegaron a mi vida a partir de los bailarines de Raffaella. Ped&iacute; que me las compraran con la excusa de hacer gimnasia y ped&iacute; tambi&eacute;n que me sacaran una foto oliendo el jazm&iacute;n del patio, arrodillado al lado del cantero, en remera ajustada amarilla y short estridente. Raffaella Carr&agrave; era un concepto. Un cuerpo y sus vestuarios. La lycra adherida y las piernas lo m&aacute;s extendidas posible. Los brazos alzados en descargas, esos brazos enf&aacute;ticos que nos propon&iacute;an ensayar la modernidad con melod&iacute;as de estudio tan rom&aacute;nticas como emancipadoras. Una bola de espejos y una premonici&oacute;n, porque si hubo y habr&aacute; un fen&oacute;meno proto <em>drag queen</em>, es el suyo. Su obra anticipa esta profusi&oacute;n universal de cultura transformista. Raffaella siempre fue drag y toda drag es en buena medida como Raffaella, que dice con m&iacute;mica y homoerotiza el espacio.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En el a&ntilde;o 2000, tras participar de su disco de Grandes &Eacute;xitos, Natalia Oreiro fue invitada al programa de Raffaella en la televisi&oacute;n italiana. La tarde anterior, en el ensayo, Raffaella le pregunt&oacute; a Natalia qu&eacute; se iba a poner para cantar en su ciclo. Oreiro le cont&oacute; que hab&iacute;a estado toda la noche haci&eacute;ndose un top y una falda. Al otro d&iacute;a, Raffaella apareci&oacute; vestida igual que sus danzarines, con estricto smoking blanco. &iquest;Para qu&eacute;? Para que la invitada sea quien se destaque. El gesto, adem&aacute;s de poner de manifiesto su c&eacute;lebre generosidad, demuestra cierta conciencia de tradici&oacute;n mundial. De &iacute;cono gay a &iacute;cono gay. Reinar en la confluencia, trabajar la singularidad para colaborar con el desarrollo de existencias irreductibles. A&uacute;n uniformados, nadie es id&eacute;ntico si prima la diversidad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por si acaso se acaba el mundo&hellip; ahora que ya no est&aacute;s. El mundo se termin&oacute; hace rato y el siglo XX ni te explico, tus d&eacute;cadas con yates en el fondo, el Mediterr&aacute;neo haciendo juego con tu sonrisa popular y tus miles de millones cant&aacute;ndote. Tu living en pantalla con vista a la ciudad, pasaporte a cualquier destino que sea parecido a esta juerga infatigable que montaste para despu&eacute;s de la nostalgia. Como te dijo un televidente cuando recibiste en tu set a Madonna: &ldquo;No me muevo nunca m&aacute;s de ac&aacute;&rdquo;. Ahora no nos pidas que nos &ldquo;busquemos otra m&aacute;s buena&rdquo; y nos volvamos a enamorar, porque nos vamos quedar a vivir en tu fantas&iacute;a, tributo diario a la respuesta que supiste darnos cuando una pregunta nos enloquec&iacute;a &ndash;y ahora nos honra&ndash; &iquest;por qu&eacute; seremos tan maricones, Raffaella?
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:#f8e71c;"><em>Lee aqu&iacute; </em></span><a href="https://www.eldiarioar.com/autores/franco-torchia/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><span class="highlight" style="--color:#f8e71c;"><em>las columnas de Franco Torchia en elDiarioAR</em></span></a>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Franco Torchia]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/seremos-maricones-raffaella_129_8110211.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 06 Jul 2021 20:10:23 +0000]]></pubDate>
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