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    <title><![CDATA[elDiario.es - Barbara J. King]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/barbara-j-king/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Barbara J. King]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Hay alguien en mi plato. Cómo son y qué sienten los animales que nos comemos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/caballodenietzsche/hay-alguien-plato-son-sienten-animales-comemos_132_8278628.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/49fd5436-0e90-48aa-86a1-faf774655cc0_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Hay alguien en mi plato. Cómo son y qué sienten los animales que nos comemos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Con motivo de la Feria del Libro de Madrid 2021, que se celebrará entre el 10 y el 26 de septiembre, prepublicamos un extracto del libro 'Hay alguien en mi plato. Cómo son y qué sienten los animales que nos comemos', de Barbara J. King, un viaje inolvidable por el mundo de los animales que nos comemos, que publica Plaza y Valdés Editores (caseta 156) en colaboración con Igualdad Animal</p><p class="subtitle">¿De qué hablamos cuando hablamos de veganismo?</p></div><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Al parecer, nunca dudamos de que un animal que parece hambriento tenga hambre.

¿Por qué íbamos a poner en duda la felicidad de un elefante que parece feliz?</p>
                <div class="quote-author">
                        <span class="name">Carl Safina, &#039;Mentes maravillosas. Lo que piensan y sienten los animales&#039;</span>
                                  </div>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Nos serv&iacute;an un plato tras otro de carne a la barbacoa (<em>nyama chama</em>, en suajili) que trinchaban directamente en nuestra mesa. Conoc&iacute;amos bien la carne de cerdo y de pollo, y algo menos la de conejo y venado. La de buey y la de cebra eran ex&oacute;ticas para nosotros.
    </p><p class="article-text">
        Era una noche fresca de 1986, y Elizabeth, mi madre; mi t&iacute;a Barbara, a quien debo mi nombre; Jim, uno de mis mejores amigos de la universidad y yo nos hab&iacute;amos aventurado a entrar en el Carnivore Restaurant. Al llegar, nos acomodaron en un patio exterior y, aunque al principio me preocupaba pasar fr&iacute;o, &iexcl;cenar a el cielo abierto era una tentaci&oacute;n irresistible! El personal del restaurante incluso nos trajo braseros para calentarnos.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Se nos acercaba un camarero tras otro con enormes brochetas de carne&rdquo;, escribi&oacute; mi madre esa noche en su diario de viaje, un cuaderno min&uacute;sculo que ahora, tras su muerte, atesoro junto a otros recuerdos de ella. &ldquo;Separaban partes o cortaban pedazos de piezas de carne colosales de diez tipos distintos, y estoy bastante segura de que tambi&eacute;n comimos ant&iacute;lope&rdquo;. En el Carnivore de Nairobi sirvieron kud&uacute; en una ocasi&oacute;n, y su carne sigue formando parte del men&uacute; del Carnivore de <a href="https://www.eldiario.es/politica/johannesburgo-ciudad-suenos-deslumbro-mandela_1_5640137.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Johannesburgo</a>, en Sud&aacute;frica. Adem&aacute;s, a pesar de la prohibici&oacute;n del gobierno keniata de servir carne de caza, los comensales del Carnivore de Nairobi siguen degustando carne de avestruz y de cocodrilo.
    </p><p class="article-text">
        En 1986 yo viv&iacute;a en el Parque Nacional de Amboseli, situado al sur de Nairobi, a pocas horas en coche de la capital y cerca de la frontera con Tanzania. Desde el patio trasero de mi casa, frecuentado por &ntilde;us, cebras y alg&uacute;n que otro elefante, pod&iacute;a contemplar los picos volc&aacute;nicos del monte Kilimanjaro, que se alzaban hermosos e imponentes. Cuando fui al Carnivore, estaba disfrutando de unas breves vacaciones en mitad de un proyecto de observaci&oacute;n de monos de catorce meses. Mi investigaci&oacute;n se centraba en el modo en que los babuinos aprenden los frutos, las hierbas y los tub&eacute;rculos que pueden comer mientras deambulan por la sabana junto a sus familiares y dem&aacute;s compa&ntilde;eros de grupo. Para una estudiante de posgrado de Antropolog&iacute;a, llevar a cabo ese proyecto en Amboseli era un sue&ntilde;o hecho realidad ya que no solo me cautivaban los primates que estudiaba gracias a la financiaci&oacute;n de la Fundaci&oacute;n Nacional para la Ciencia estadounidense sino tambi&eacute;n los elefantes, leones, b&uacute;falos cafres, avestruces, fac&oacute;queros o marab&uacute;s africanos que contemplaba por pura diversi&oacute;n siempre que pod&iacute;a robarle un rato a la ciencia. Sentarme en silencio y tratar de desentra&ntilde;ar las relaciones de amistad o rivalidad entre los distintos animales, o descifrar el significado de sus sonidos y su lenguaje corporal era una aut&eacute;ntica maravilla. En los contados d&iacute;as libres de los que dispon&iacute;a, si no deb&iacute;a ir a Nairobi para fotocopiar y enviar datos a casa por correo (&iexcl;por aquel entonces no hab&iacute;a esc&aacute;neres ni correo electr&oacute;nico!), me sentaba fuera y me impregnaba de todo lo que me pod&iacute;an ense&ntilde;ar las llanuras africanas.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, mientras compart&iacute;a mesa al aire libre en el Carnivore con mis seres queridos, que hab&iacute;an soportado un viaje de veintid&oacute;s horas con Pan Am desde Nueva York para venir a verme, la fascinaci&oacute;n que me despertaban los animales y la conexi&oacute;n que sent&iacute;a con ellos se desvanecieron. En los platos que colocaban frente a nosotros yo no ve&iacute;a <em>animales</em>. Lo que ve&iacute;a (y ol&iacute;a) era <em>carne</em>, adem&aacute;s de la oportunidad de probar distintos animales y experimentar una aventura gastron&oacute;mica digna de contar a mi regreso.
    </p><p class="article-text">
        Se hab&iacute;a activado en mi cabeza un interruptor invisible que desconoc&iacute;a y sobre el que nunca hab&iacute;a reflexionado: Barbara, la &aacute;vida observadora de animales, se hab&iacute;a transformado en Barbara, la voraz devoradora de animales. Hoy en d&iacute;a, ese recuerdo me incomoda, sobre todo porque consum&iacute; con entusiasmo individuos de las mismas especies que tanto me gustaba observar c&oacute;mo corr&iacute;an en libertad por Amboseli.
    </p><p class="article-text">
        Por descontado, aquella velada en el Carnivore no fue la primera ni la &uacute;ltima ocasi&oacute;n en la que hice algo parecido. &iquest;A cu&aacute;ntos animales de corral o marinos observ&eacute; o estudi&eacute; a trav&eacute;s de los libros y despu&eacute;s sabore&eacute; con el paso de los a&ntilde;os? Esa dualidad peculiar es muy t&iacute;pica de nuestra especie. Mi gran pasi&oacute;n cuando recorro Yellowstone, el parque nacional de casi nueve mil kil&oacute;metros cuadrados que se extiende a lo largo y ancho de las fronteras que separan los estados de Wyoming, Montana e Idaho, es observar a los bisontes. Mi marido y yo pasamos horas contemplando a los machos corpulentos que acometen con una energ&iacute;a incontenible a las hembras (o a los imponentes rivales con los que compiten por esas hembras). Por su parte, las hembras se api&ntilde;an junto a sus cr&iacute;as, que se alejan correteando de sus madres para ir a jugar a la pradera. Un d&iacute;a, en el valle de Lamar, tambi&eacute;n en Yellowstone, nos quedamos muy quietos apoyados en el coche mientras una manada de m&aacute;s de cien bisontes pasaba muy cerca de nosotros, rode&aacute;ndonos. (Aproximarse activamente a un bisonte es un error que puede terminar con un incauto propulsado por los aires por un par de cuernos afilados, a veces con un resultado fatal, aunque en nuestra experiencia irrepetible los bisontes optaron por pasar caminando tranquilamente por nuestro lado). Generalmente, miramos desde el interior de un coche aparcado en una fila serpenteante de veh&iacute;culos de otros entusiastas de la fauna salvaje. Si descansamos un rato para cenar en un restaurante del parque y compartir descripciones y fotograf&iacute;as de los animales m&aacute;s majestuosos que hemos visto ese d&iacute;a, en la carta no faltan nunca sus hom&oacute;logos de granja. Siempre pedimos pasta.
    </p><p class="article-text">
        En el transcurso de otro viaje, abandonamos el Parque Nacional de los Everglades, en el sur de Florida, y cruzamos por carretera el ecosistema de los humedales, que se extiende m&aacute;s all&aacute; del parque. Por el camino, divis&aacute;bamos fugazmente carteles de negocios familiares que anunciaban excursiones en hidrodeslizador: &ldquo;&iexcl;Contemple majestuosos caimanes por la ma&ntilde;ana!&rdquo;, &ldquo;&iexcl;Saboree 'delicias de caim&aacute;n' a mediod&iacute;a!&rdquo;. Este tipo de comportamiento, que he dado en llamar nuestra &ldquo;dualidad peculiar&rdquo; en la relaci&oacute;n que mantenemos con otros animales, es omnipresente. Los visitantes de un acuario admiran la belleza de los tent&aacute;culos de un pulpo, el invertebrado m&aacute;s inteligente del planeta y despu&eacute;s piden pulpitos a la brasa para comer. Los padres leen a sus hijos cuentos protagonizados por pollitos o cerditos valientes pocas horas despu&eacute;s de haberles servido carne de pollo o cerdo para cenar.
    </p><p class="article-text">
        El psic&oacute;logo Hal Herzog titul&oacute; su libro sobre la relaci&oacute;n que mantenemos con otros animales <em>Los amamos, los odiamos y&hellip; los comemos</em>, y recoge esta conducta a la perfecci&oacute;n en una frase: &ldquo;El comportamiento humano al relacionarse con otras especies resulta inevitablemente parad&oacute;jico e inconsistente&rdquo;. Amamos al perro y nos comemos al cerdo, o amamos al bisonte y nos comemos al bisonte. &iquest;Qui&eacute;nes son exactamente estos seres que nos provocan un conflicto semejante? Los hallazgos m&aacute;s recientes de los &aacute;mbitos de la antropolog&iacute;a, la psicolog&iacute;a y la zoolog&iacute;a pueden ayudarnos a abordar esta cuesti&oacute;n al mostrarnos qu&eacute; piensan, qu&eacute; sienten y c&oacute;mo act&uacute;an como individuos los animales que comemos (el pulpo o el chimpanc&eacute; para algunos, y el pollo o la cabra para muchos otros). <em>&iquest;A qui&eacute;n nos estamos comiendo?</em>
    </p><p class="article-text">
        Este libro no pretende ordenar a los animales seg&uacute;n ninguna escala abstracta basada en lo que supondr&iacute;a ser una criatura inteligente y con sentimientos. Tampoco es un manual para indicarnos a qui&eacute;n debemos comernos y a qui&eacute;n no. M&aacute;s bien se trata de una invitaci&oacute;n a apreciar claramente a qui&eacute;n nos comemos y las conexiones que nos unen a animales que, de modos distintos, experimentan su entorno con conciencia y un prop&oacute;sito. En un mundo en el que la mayor&iacute;a de nosotros encontramos a los animales que comemos como productos empaquetados en una tienda de alimentaci&oacute;n, perdemos f&aacute;cilmente de vista estas conexiones. En <em>El dilema del omn&iacute;voro</em>, Michael Pollan escribe: &ldquo;El olvido, o el simple desconocimiento, constituye la base de la cadena alimentaria industrial&rdquo;. Sin embargo, como veremos, no se trata <em>&uacute;nicamente</em> de la cadena alimentaria industrial. No est&aacute; mal echar un vistazo a todos los individuos que comemos, independientemente del camino por el que hayan llegado a nuestro plato.
    </p><p class="article-text">
        Cada vez que escribo sobre animales, una parte de los lectores de mis art&iacute;culos y publicaciones en el blog presumen, y afirman, que tengo un objetivo en mente. Seg&uacute;n ellos, en el fondo quiero que todo el mundo sea vegetariano o, a poder ser, vegano. Aunque se equivocan, esta presunci&oacute;n merece una respuesta meditada.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;M&aacute;s plantas y menos carne&rdquo;. Escuchamos incesantemente este consejo como un paso clave para la mejora de nuestra salud, el planeta y el bienestar de los animales que nos rodean. En el informe del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), la ONU recomienda consumir menos prote&iacute;nas animales y aumentar los alimentos vegetales en nuestra dieta &ldquo;para reducir de forma dr&aacute;stica la presi&oacute;n que ejercemos sobre el medio ambiente&rdquo;. Seg&uacute;n el PNUMA, uno de nuestros principales problemas (junto al de los combustibles f&oacute;siles) es la cr&iacute;a y el procesamiento de animales como ganado, ya que estos animales consumen m&aacute;s de la mitad de todas las cosechas del mundo y precisan una cantidad de agua asombrosa. Cabe destacar que el PNUMA no solo nos recomienda hacer un esfuerzo para reducir el estr&eacute;s que sufren nuestros recursos y otros impactos negativos derivados de nuestro sistema agr&iacute;cola, sino tambi&eacute;n que cada uno de nosotros act&uacute;e en el origen del problema y lleve a cabo un cambio <em>de dieta</em>.
    </p><p class="article-text">
        La ONU no est&aacute; sola en esto. Un informe elaborado en 2015 por el Comit&eacute; Asesor de Pautas Diet&eacute;ticas de Estados Unidos recomienda fervientemente reducir el consumo de sal, grasas saturadas y, sobre todo, az&uacute;car, y remata el consejo se&ntilde;alando la dieta vegetariana como un ejemplo inmejorable de una alimentaci&oacute;n saludable. Los activistas alimentarios, tanto globales como locales, se hacen eco de estas llamadas&nbsp;a la acci&oacute;n. La m&aacute;s famosa de ellas es, probablemente, la m&aacute;xima de Michael Pollan: &ldquo;Come alimentos. No demasiados. Vegetales en su mayor parte&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Pretendo seguir el consejo de Pollan. De los ocho tipos de animales que retrato en este libro (insectos, pulpos, peces, pollos, cabras, vacas, cerdos y chimpanc&eacute;s) solo como uno: peces. Para ser m&aacute;s precisa, debido en gran parte a un complicado historial m&eacute;dico que incluye dificultades recientes para superar un largo tratamiento de quimioterapia y radioterapia, como pescado de vez en cuando. Mientras investigaba para el cap&iacute;tulo sobre los insectos, prob&eacute; conscientemente grillos y saltamontes. Adem&aacute;s, como todo el mundo, me he tragado desde la infancia montones de insectos que han viajado involuntariamente junto a productos agr&iacute;colas. &iquest;Comer&eacute; m&aacute;s platos con insectos en el futuro? Todav&iacute;a no estoy segura. Nunca he probado la carne de pulpo, cabra o chimpanc&eacute;, al menos que yo sepa. En una ocasi&oacute;n me ofrecieron carne de mono en un restaurante de Gab&oacute;n, en &Aacute;frica occidental, pero ped&iacute; que me trajeran pollo. Ese &ldquo;trueque&rdquo; (rechac&eacute; un primate como yo, pero consum&iacute; encantada un ave menos parecida a m&iacute;) se produjo en 1984. Actualmente, hace m&aacute;s de cinco a&ntilde;os que no como pollo, vaca o cerdo.
    </p><p class="article-text">
        Por razones que van de la salud medioambiental a la sintiencia animal, creo que la reducci&oacute;n de la ingesta de carne es un objetivo magn&iacute;fico y necesario. Para avanzar en esa direcci&oacute;n, podemos seguir muchos caminos, desde el veganismo y el vegetarianismo hasta elegir comer m&aacute;s vegetales y menos carne que antes.
    </p><p class="article-text">
        Acabo de usar la expresi&oacute;n <em>sintiencia animal</em>. &iquest;Qu&eacute; significa? &iquest;A qu&eacute; me refiero cuando hablo de inteligencia, emoci&oacute;n y personalidad asociadas a animales no humanos? Los et&oacute;logos no se ponen de acuerdo a la hora de definir estos t&eacute;rminos, una circunstancia que me gusta destacar como muestra del debate vibrante que caracteriza a una pr&aacute;ctica cient&iacute;fica saludable, y no como una confusi&oacute;n. En cualquier caso, la apuesta m&aacute;s segura es usar definiciones sencillas y, en este sentido, las que presenta Carl Safina al principio de su libro <em>Mentes maravillosas: Lo que piensan y sienten los animales </em>son excelentes.
    </p><p class="article-text">
        La <em>sintiencia</em> es la capacidad de percibir sensaciones como el placer y el dolor.
    </p><p class="article-text">
        La <em>cognici&oacute;n</em> es la capacidad de percibir y adquirir conocimientos y comprensi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        El <em>pensamiento</em> es el proceso de considerar algo que se ha percibido. Tal como implica esta definici&oacute;n, y como la cient&iacute;fica Virginia Morell enfatiza en <em>Animal Wise: The Thoughts and Emotions of Our Fellow Creatures</em> [Sabidur&iacute;a animal: Los pensamientos y emociones de nuestros semejantes], el pensamiento no depende del lenguaje.
    </p><p class="article-text">
        A estas definiciones, Safina a&ntilde;adi&oacute; en el transcurso de una conversaci&oacute;n conmigo que la <em>emoci&oacute;n</em> es c&oacute;mo nos hace sentir aquello que percibimos.
    </p><p class="article-text">
        Safina hace hincapi&eacute; en que estas dimensiones de la experiencia se encuentran en una escala variable en el reino animal. No deber&iacute;amos esperar que la sintiencia de un pulpo sea id&eacute;ntica a la de un chimpanc&eacute;, ni que la inteligencia de un cerdo se parezca mucho a la de una vaca, y tampoco que la inteligencia de un animal no humano sea id&eacute;ntica a la nuestra.
    </p><p class="article-text">
        La <em>personalidad</em> es otro t&eacute;rmino clave. No se refiere a la capacidad que tiene un pollo para entrar en una habitaci&oacute;n y cautivar a todos los presentes (&iexcl;salvo cuando s&iacute; se refiere a eso, como veremos en el cap&iacute;tulo 4!). En general, la personalidad hace referencia al modo estable en el que un individuo siente, piensa y act&uacute;a en el mundo, y se valora con par&aacute;metros como su grado de extraversi&oacute;n o introversi&oacute;n, o de afabilidad u hostilidad.
    </p><p class="article-text">
        Algunos psic&oacute;logos contrastan el temperamento biol&oacute;gicamente arraigado a un animal con su personalidad, que se considera m&aacute;s abierta a las modificaciones en funci&oacute;n de lo que cada animal experimenta a lo largo de su vida. El t&eacute;rmino <em>personalidad</em> es adecuado para este libro, con contadas excepciones, si tenemos en cuenta que los patrones de comportamiento relativamente estables que engloba pueden deberse a una mezcla de experiencias vitales y factores gen&eacute;ticos innatos. A&ntilde;ado la personalidad a las dimensiones que tengo en cuenta en esta obra porque contemplar a los animales como individuos que pueden distinguirse de los dem&aacute;s a partir de su disposici&oacute;n y sus tendencias conductuales es una buena estrategia, sumada al aprendizaje de que son seres inteligentes y sintientes, para alcanzar <em>a ver</em> por nosotros mismos las complejidades de las vidas de los animales.
    </p><p class="article-text">
        El mensaje central que quiero transmitir en las p&aacute;ginas siguientes es que debemos ver con una mirada limpia. <em>Ver</em> a los animales que designamos como nuestro alimento precisa esfuerzo, pero merece la pena. Mientras servimos a miles de millones de animales an&oacute;nimos en la mesa de casa o del restaurante, otros animales sienten y a veces sufren; aprenden y a veces aman; piensan y a veces reflexionan. Sus vidas son importantes para ellos, y tambi&eacute;n deber&iacute;an serlo para nosotros.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Barbara J. King]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/caballodenietzsche/hay-alguien-plato-son-sienten-animales-comemos_132_8278628.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 07 Sep 2021 20:42:29 +0000]]></pubDate>
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