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    <title><![CDATA[elDiario.es - Óscar Lorenzo]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/oscar-lorenzo/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Óscar Lorenzo]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Tiempos nuevos/tiempos salvajes]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/lapalmaahora/lapalmaopina/tiempos-nuevos-tiempos-salvajes_129_13088599.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d578e8ff-2e8a-4dab-8e70-accc17964275_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Tiempos nuevos/tiempos salvajes"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">PUNTO Y COMA - Banalizado en las redes sociales con la ayuda de los nuevos multimillonarios tecnológicos, que parecen sacados de una novela de terror, el mal tiene mucho apetito y el bien parece que ha entrado en una anorexia paralizante</p></div><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                La Galga y Los Galguitos desde Las Lomadas. Óscar Lorenzo 2026).                            </span>
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        <strong>Lunes, 9 de marzo</strong>
    </p><p class="article-text">
        No deja de llover en las median&iacute;as de la isla y hay mucho que hacer en las huertas porque se acerca la primavera. No se va el fr&iacute;o y los semilleros de pimienta est&aacute;n atrasados. En esta semana se deber&iacute;a sembrar la segunda tanda de papas, medio saco de &ldquo;redcaras&rdquo; que ya llevan un par de d&iacute;as partidas y espolvoreadas con azufre. Dos manojos de cebollinos y algunos puerros aguardan en una maceta con compost. Con este fr&iacute;o prolongado hay que esperar a abril para hacer una cama de zanahorias y para sembrar frijoles, habichuelas, pepineros y millo. En unos d&iacute;as hay habas para guisar. La rueda de la agricultura sigue girando al comp&aacute;s de los caprichos del cielo. La fortuna del esfuerzo, el trabajo de siempre con la tierra que descongela las manos fr&iacute;as. Las manos fr&iacute;as que hered&eacute; de mi madre en cuanto a temperatura y de mi padre en cuanto a forma y tama&ntilde;o, tambi&eacute;n ciertos callos en los dedos de los pies. &iquest;Qu&eacute; heredamos de nuestros antepasados? &iquest;Qu&eacute; heredamos del mundo en que hemos vivido? Tal vez, todo, incluyendo lo que hemos olvidado; incluso, la cama de zanahorias que me ense&ntilde;&oacute; a hacer mi madre en una lejana infancia: cuando la luna se halle en menguante, en un rect&aacute;ngulo de tierra cavada se esparcen las semillas diminutas de zanahorias y mezcladas con arena. Con un escardillo o con la punta de un palo removemos la superficie de la tierra. Despu&eacute;s cubrimos con un saco el espacio de lo sembrado. Colocamos una piedra en cada esquina para que el viento no lo levante el saco. Regamos una vez y esperamos nueve d&iacute;as para retirar el saco. Con esto logramos que no salga hierba entre los brotes de zanahorias que s&iacute; empiezan a surgir despu&eacute;s de una semana en la oscuridad. Y zanahorias para todo el a&ntilde;o y manos fr&iacute;as y callos para toda la vida. Menos mal que hay mucho por agradecer, sobre todo, agradezco la herencia del amor por el arte, por la poes&iacute;a, por la naturaleza, por la belleza que alimenta el esp&iacute;ritu y da ganas de vivir. El beneficio de la percepci&oacute;n de la belleza, de la pasi&oacute;n que provoca y del conocimiento profundo que recibimos al descubrirla, es una de las pocas cosas que contrarresta el peso de una realidad hostil o de una actualidad que da pavor. Un mundo donde se desmantela, precisamente, lo que ama nuestro coraz&oacute;n. Palabra, por cierto, &ldquo;coraz&oacute;n&rdquo;, que parece muy anticuada y que apenas se utiliza hoy en d&iacute;a. Ya sabemos, por los cl&aacute;sicos, que sin &eacute;tica no hay est&eacute;tica. Es nuestra misi&oacute;n defender, hoy en d&iacute;a, la belleza, la memoria de la justicia y el respeto a los derechos humanos en un mundo, nuevo y salvaje, que los vandaliza normalizando la barbarie. A esto hemos llegado: &iexcl;Ay, madre! Fr&iacute;o por fuera y fr&iacute;o por dentro. &iquest;Cu&aacute;ndo llegar&aacute; abril?
    </p><p class="article-text">
        <strong>Martes, 10 de marzo</strong>
    </p><p class="article-text">
        Cuando damos una terrible noticia a alguien, lo m&aacute;s probable es que sus primeras palabras sean: &iexcl;Madre m&iacute;a! A m&iacute; me ha sucedido m&aacute;s de una vez. Los mensajeros saben m&aacute;s que lo que dice el propio mensaje porque ven la reacci&oacute;n a lo que &eacute;ste contiene. Volvemos al origen ante el espanto de la cruel realidad, ante el dolor y la pena que implica una muerte cercana, ante las terribles consecuencias de una guerra, ante la sorpresa de un volc&aacute;n o ante la riada de una dana. La palabra &ldquo;madre&rdquo;, que remite al origen de todo, es tambi&eacute;n la primera a la que recurrimos despu&eacute;s de toda una vida. Lo hacemos como respuesta a un mundo que termina. Porque eso es lo que sucede cuando se pierde un ser querido: es un mundo el que desaparece. Eso dec&iacute;a Sigmund Freud, y tambi&eacute;n, que lo que queda tras ese colapso, es el &ldquo;yo&rdquo;. El &ldquo;yo&rdquo;, s&iacute;, pero a&ntilde;adir&iacute;a: el &ldquo;yo&rdquo; descompuesto de pena y pronunciando dos palabras m&aacute;gicas: &iexcl;Madre m&iacute;a! El que quiera ir m&aacute;s all&aacute;, siempre se va a encontrar con la palabra &ldquo;madre&rdquo;, sobre todo, cuando se vea ante la adversidad. No hay m&aacute;s palabras. El resto suele acercarse m&aacute;s al ruido y a la descarga, y no de la Fania, sino de la furia y de la desesperaci&oacute;n. La palabra &ldquo;madre&rdquo; acude a nosotros en momentos de zozobra y de miedo; lo hace para librarnos de la depresi&oacute;n, del alcohol, incluso, de la propensi&oacute;n al suicidio, es decir, del abismo puro y duro. Es m&aacute;s f&aacute;cil pasar de la pena a la melancol&iacute;a que de &eacute;sta a la comprensi&oacute;n resignada y al homenaje posterior a lo perdido. Por eso los vivos debemos mantener la memoria de los que se han ido, no s&oacute;lo por ellos, sino tambi&eacute;n por nosotros mismos. Hace poco, en el entierro de Willy Col&oacute;n, en Nueva York, una orquesta de trombones creada para la ocasi&oacute;n arrop&oacute; al m&uacute;sico a la salida del templo. Cuando falleci&oacute; el pintor canario Cristino de Vera, encend&iacute; una vela que traspas&oacute; los l&iacute;mites de la f&iacute;sica; en esa luz y en el pozuelo de caf&eacute; de la mesa del comedor, estaba contenida toda su obra. Cuando nos dej&oacute; para siempre la actriz Claudia Cardinale, de alg&uacute;n modo supe que el vino de Marsala en Sicilia, se volvi&oacute; amargo. Cuando muri&oacute; el &uacute;ltimo gran director de cine, el h&uacute;ngaro B&eacute;la Tarr, el mundo se detuvo durante un momento y se hizo l&uacute;cido, se volvi&oacute; blanco y negro. La noche del sepelio de mi compa&ntilde;era, Sara Sent&iacute;s, hab&iacute;a luna llena. El cielo de noviembre se enfri&oacute;. Los cristales helados crearon una doble e inmensa corona alrededor del astro en el cenit. A solas, mirando el cielo al llegar a mi casa de Las Lomadas y contemplando aquel prodigio celeste, aquella confluencia f&iacute;sica que de alg&uacute;n modo dec&iacute;a adi&oacute;s a mi amada, con mucha pena y dolor acept&eacute; la certeza de que un mundo se desped&iacute;a para siempre. Adioses y despedidas, despedimos a los seres queridos, despedimos al mundo y te nombramos, - madre -, porque &eacute;sta es la soledad humana que tan menudo nos visita. Saber que lo que amamos se nos va a ir de las manos, saber que se est&aacute; yendo a cada instante, forma parte de la condici&oacute;n humana. &iquest;Se nos puede ir el mundo que conocemos de las manos?
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                Libros de Rafael Sánchez Ferlosio.                            </span>
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        <strong>Mi&eacute;rcoles, 11 de marzo</strong>
    </p><p class="article-text">
        La palabra &ldquo;madre&rdquo; protege del dolor como un envoltorio protege a un caramelo. Cuando descubrimos que lo que queda es el &ldquo;yo&rdquo;, es cuando volvemos al regazo de la madre en busca de protecci&oacute;n. Hace fr&iacute;o en casa y hace fr&iacute;o en el mundo, repito. Dos fr&iacute;os que, en el fondo, lo m&aacute;s probable, es que se curar&iacute;an con un poco de cari&ntilde;o. Muchas otras cosas tambi&eacute;n. No somos nada. La desolaci&oacute;n general se extiende por el planeta como si fuera el mantel para el desayuno de todos los d&iacute;as; el embarazoso asunto de la guerra y la violencia que acarrea est&aacute; en el aire, en las cafeter&iacute;as, en los almuerzos y cenas, en las reuniones de amigos, en los informativos, en las redes sociales; su brutalidad se cuela en las conversaciones y va desnudando, uno a uno, el conocimiento hist&oacute;rico y el posicionamiento pol&iacute;tico de todos nosotros. Y nos encontramos con sorpresas desagradables y nos quedamos perplejos ante el alcance del mal. Banalizado en las redes sociales con la ayuda de los nuevos multimillonarios tecnol&oacute;gicos, que parecen sacados de una novela de terror, el mal tiene mucho apetito y el bien parece que ha entrado en una anorexia paralizante. Lo que s&iacute; s&eacute;, es que el mal tiene mucho dinero y ya ha amenazado que quiere hacer un gran complejo tur&iacute;stico sobre las ruinas del genocidio de Gaza y sus 80 mil muertos. En plan recochineo y sin cortarse un pelo. Espeluznante. Y caen albardas y ninguna llega al suelo, como dec&iacute;a un vecino de mi pueblo. Siente uno verg&uuml;enza de ser de la especie humana. Me pongo los guantes acolchados que traje de la tienda china de Los Sauces. Tengo las manos heladas y sigo escribiendo porque no ha dejado de llover y en la huerta no se puede hacer nada. En el mundo parece que tampoco. No s&eacute; qu&eacute; decir, qu&eacute; m&aacute;s decir que no sea lo mismo. Para la pr&oacute;xima semana se anuncia una nueva borrasca que est&aacute; cargando provisiones en el oc&eacute;ano. M&aacute;s lluvia, pero con viento y nieve.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Jueves, 12 de marzo</strong>
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de la canonizaci&oacute;n teol&oacute;gica del bombardero, despu&eacute;s del rezo teatralizado e infantil del Despacho Oval de la Casa Blanca, despu&eacute;s de ver a los pastores evangelistas orando y a Donald Trump como Jesucristo, pero al rev&eacute;s de la Santa Cena, porque no rezaba el Se&ntilde;or por los ap&oacute;stoles, sino que son los ap&oacute;stoles lo que ped&iacute;an la intervenci&oacute;n divina para proteger a su Se&ntilde;or, yo ya me espero cualquier cosa. Es se&ntilde;al de que volvemos a los tiempos arcaicos del gusto al &ldquo;hierro&rdquo;, por un lado, y s&iacute;ntoma de que el imperio yanqui se encamina hacia su declive, por el otro. Los portaaviones ya no sirven para nada, son dinosaurios muy costosos en una realidad donde mandan los drones baratos. Por una vez los pobres llevan la delantera. El cocodrilo sacude la cola y hay que temerlo por imprevisible y por traidor. Los expertos dicen que hay que prepararse para lo peor. Al hilo de los tiempos y para no desentonar, la presidenta de la Comisi&oacute;n Europea, Ursula Von der Leyen, ha dicho en su discurso del lunes pasado ante los embajadores de la UE: &ldquo;Europa ya no puede ser la guardiana del orden del viejo mundo, de un mundo que ha desaparecido y que no volver&aacute;.&rdquo; &ldquo;En tiempos de cambio radical como los nuestros, podemos aferrarnos a lo que sol&iacute;a hacernos fuertes y defender h&aacute;bitos y certezas que la historia ya ha superado, o podemos elegir un destino diferente para Europa&rdquo;. Von der Leyen representa a una oligarqu&iacute;a que obedece al poder del dinero y ya sabemos por la Historia que &eacute;ste puede aliarse con los m&aacute;s peligrosos. Lo que est&aacute; diciendo es que Europa debe ceder &eacute;tica y compromiso ante vasallaje e imperio. Ser un &ldquo;actor geopol&iacute;tico&rdquo; sin conciencia ni piedad, parece ser el mantra de la nueva inteligencia diplom&aacute;tica. Dejamos la capacidad para el di&aacute;logo, para el acuerdo y para la responsabilidad, subimos al carro del que m&aacute;s ladra y nos doblegamos al peso de las armas, es decir, a la ley de la violencia. Esto es lo que hace la derecha europea, m&aacute;s tarde o m&aacute;s temprano: traiciona la capacidad de progreso. Von der Leyen firmar&iacute;a ceder ante las pretensiones de Donald Trump y de Benjam&iacute;n Netanyahu, como el franc&eacute;s &Eacute;douard Daladier y el ingl&eacute;s Chamberlain hicieron para entregar los Sudetes a Hitler en los Acuerdos de M&uacute;nich en 1938. Despu&eacute;s, vino la II Guerra Mundial, el nazismo y el horror de los campos de exterminio. Y, ahora, estamos en el nuevo &ldquo;desorden mundial&rdquo;, un desconcierto marcado por el peso de la extrema derecha en el gobierno de Israel y en el gobierno de los Estados Unidos, pero, sobre todo, por la influencia de la paranoia b&eacute;lica del segundo sobre la vanidad infantil del primero. En definitiva, el mundo que conoc&iacute;amos va a desaparecer. Y lo peor es que lo sabemos y algunos hasta lo aprueban. Todos estamos localizados v&iacute;a sat&eacute;lite y todos estamos a distancia de dron o peor, a distancia de misil supers&oacute;nico. La postraci&oacute;n lamentable de los l&iacute;deres europeos, menos Pedro S&aacute;nchez, en el Despacho Oval de la Casa Blanca ante Donald Trump, dej&oacute; una se&ntilde;al de por d&oacute;nde iban a ir los tiros. El fara&oacute;n en su trono recibe a los jefes de las tribus del desierto. Y lo hace despu&eacute;s de haberlos menospreciado. Qu&eacute; verg&uuml;enza. Y aqu&iacute; estamos, con la presidenta de la Comisi&oacute;n Europea justificando una claudicaci&oacute;n humillante: &iexcl;Madre m&iacute;a!; otra vez &iexcl;Madre m&iacute;a!
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                Rezo en el Despacho Oval, Casa Blanca, Washington. Fuente: RTVE.                            </span>
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        Esther Paniagua nos recordaba hace poco en un post y antes del discurso de la presidenta de la Comisi&oacute;n, la advertencia de hace un a&ntilde;o de Anu Bradford, profesora de Derecho y Organizaci&oacute;n Internacional de la Universidad de Columbia, de que &ldquo;la Uni&oacute;n Europea est&aacute; a punto de dilapidar su mayor activo geopol&iacute;tico: su condici&oacute;n de superpotencia regulatoria.&rdquo; Ni m&aacute;s ni menos. Continuaba diciendo: &ldquo;La regulaci&oacute;n europea no es un capricho moralista, sino una forma de poder. Frente a la alianza estadounidense entre el Estado y las grandes plataformas, y frente al control tecnol&oacute;gico autoritario de China, el modelo europeo ofrece una tercera v&iacute;a: una regulaci&oacute;n s&oacute;lida, basada en derechos y con legitimidad democr&aacute;tica. Renunciar a ella no har&aacute; a Europa m&aacute;s competitiva. La har&aacute; m&aacute;s dependiente. Someterse no puede ser la respuesta a la hostilidad de un aliado que usa la fuerza y la coacci&oacute;n. La respuesta est&aacute; en la firmeza pol&iacute;tica: usar instrumentos anti coerci&oacute;n, reformar la contrataci&oacute;n p&uacute;blica para favorecer a las empresas europeas, completar el Mercado &Uacute;nico Digital y una arquitectura digital soberana, y reforzar el cumplimiento normativo. La verdadera fortaleza de Europa reside en su capacidad para demostrar que es posible un desarrollo tecnol&oacute;gico que no sacrifique la democracia en pro del imperialismo tecnol&oacute;gico. La autonom&iacute;a no pasa por desmantelar regulaciones, sino por construir las infraestructuras que permitan que esas normas sean la base de una prosperidad soberana&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Intenten explicar esta transparente verdad a alguien de la ola ultra, ola que incluso contamina tambi&eacute;n a otros partidos conservadores, como sucede en este pa&iacute;s. En ese empe&ntilde;o imposible les deseo toda la suerte del mundo. Pero no lo hagan antes de comer porque perder&aacute;n el apetito. Sabemos lo que tenemos que hacer, pero las fuerzas en contra de ese empe&ntilde;o son numerosas y est&aacute;n envalentonadas. Bajo una sensaci&oacute;n de desconfianza general, unos nos encontramos desamparados, otros se hallan bombardeados y otros, conspirados y defendiendo bulos. Todos hu&eacute;rfanos en la larga noche de la historia: &iexcl;Madre m&iacute;a!
    </p><p class="article-text">
        <strong>Lunes, 16 de marzo de 2026</strong>
    </p><p class="article-text">
        El viernes pasado entr&oacute; la calima y dej&oacute; de llover. Aprovech&eacute; el tiempo apacible para sembrar las papas. La tierra estaba cavada desde hac&iacute;a un mes, ech&eacute; unos samuros de hojer&iacute;o y esparc&iacute; un saco de compost de cabra y oveja. Surco a surco quedaron las papas en la tierra. Una alegr&iacute;a y una esperanza. El s&aacute;bado sembr&eacute; cebollinos y puerros. Por la tarde regresaron las lluvias y volvieron las noticias de la guerra.
    </p><p class="article-text">
        Los &ldquo;h&aacute;bitos y certezas que la historia ha superado&rdquo;, no quiere decir, - se&ntilde;ora Von der Leyen -, que las buenas intenciones ya no sirvan para nada. Lo que se ha superado, si tuvi&eacute;ramos en cuenta la historia, es que la violencia imperialista solo genera m&aacute;s violencia y que gracias a los compromisos internacionales y al asentamiento de la democracia, &eacute;sta se frena. Si seguimos a un loco narcisista, racista y negacionista, acabaremos en un precipicio, que es, m&aacute;s o menos, el lugar al que estamos aproxim&aacute;ndonos, si continuamos como hasta ahora con respuestas tibias para no molestar al fara&oacute;n. Si se est&aacute; en contra del integrismo que viene desde 1979 con Jomeini y su influencia para volver al Califato del siglo VII, tambi&eacute;n hay que estar en contra del supremacismo blanco que intenta imponer Donald Trump desmantelando todo lo que signifique democracia para volver a una simple dictadura. Poca diferencia existe entre la ICE y la Gestapo. Ejemplos en la Historia hay m&aacute;s de la cuenta. La izquierda europea debe contrarrestar esta absurda y cobarde deriva. Y lo cierto es que lo hace. Lo hace diciendo que hay que respetar los acuerdos internacionales y la Carta de las Naciones Unidas. Al parecer, seg&uacute;n las &uacute;ltimas noticias, Von der Leyen ha rectificado. Pero el da&ntilde;o ya est&aacute; hecho y se han visto las costuras del desaguisado. Y es alarmante lo que algunos dirigentes estar&iacute;an dispuestos a realizar. Habr&aacute; que hacer algo m&aacute;s para frenar esta deriva autodestructiva. &iquest;Qu&eacute; les decimos a nuestros hijos? Para contar y explicar esta guerra a los ni&ntilde;os y a las ni&ntilde;as en la escuela, podemos llamar a una telepredicadora evangelista americana, podemos llamar a un ultraortodoxo israel&iacute;, podemos llamar a alguien de Vox, podemos inocularles la doctrina del miedo, la del odio, la de las mentiras. Y as&iacute;, seguramente, lograremos convertir a nuestros hijos e hijas en &ldquo;borriquitos y borriquitas con ch&aacute;ndal&rdquo;, como escrib&iacute;a Rafael S&aacute;nchez Ferlosio en un ensayo. En &lsquo;Breve historia del mundo&rsquo;, el historiador de arte Ernst H. Gombrich afirmaba con mucha raz&oacute;n que &ldquo;la historia no es una acumulaci&oacute;n ca&oacute;tica de fechas y batallas, sino un fluir continuo de invenciones, conflictos y di&aacute;logos culturales donde la curiosidad y la raz&oacute;n luchan constantemente contra la barbarie y el olvido&rdquo;.
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                Huerta sembrada, Las Lomadas, Los Sauces, Óscar Lorenzo 2026).                            </span>
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        <strong>Mi&eacute;rcoles, 18 de marzo</strong>
    </p><p class="article-text">
        Anoche el cielo estaba limpio y transparente, la V&iacute;a L&aacute;ctea y el resto de estrellas se ve&iacute;an en una nitidez cercana. Despu&eacute;s de cenar estuve sentado en el patio fumando un cigarro y tomando una copa de ron. Era la calma antes de la tormenta. Hoy, procedente del Atl&aacute;ntico, la borrasca Therese ya deja notar su influencia. Y se va a quedar una semana con su cabeza girando al rev&eacute;s de las agujas del reloj y mordiendo desde el oeste y el suroeste. La culpa es del famoso anticicl&oacute;n de Las Azores, que, abandonando su lugar de costumbre, se fue de vacaciones a los viejos castillos de Escocia y no permite que la borrasca se desplace a altitudes superiores. Tiempo revuelto varios d&iacute;as seguidos, como en la infancia, cuando mi padre no ten&iacute;a que abrir el estanque de La Longuera, pues las huertas de Las Lomadas y San Andr&eacute;s ya ten&iacute;an agua suficiente para m&aacute;s de dos semanas. Esta ma&ntilde;ana el aire era cortante y el agua de la llave estaba helada. Se&ntilde;ales ambas de que ha bajado la temperatura en el Roque de Los Muchachos. Las papas, que llevan mes y medio en la tierra, tienen ya buena rama y las papayas enormes de este a&ntilde;o pueden acabar muy perjudicadas por el viento. Los temporales con viento y muchas precipitaciones producen da&ntilde;o en muchos sectores, por ello, no son buenos para nadie; lo mismo pasa con las guerras. S&oacute;lo que las tormentas, en principio, no son delito de nadie en concreto, pero las guerras s&iacute; tienen sus responsables, incluso sus culpables, como ocurre ahora con Ir&aacute;n. Trump y Netanyahu son los culpables, y el aparato incompetente y fascista que les rodea y los que de lejos miran para otro lado, son los responsables. Cuando haces balance despu&eacute;s de un temporal o de una guerra, te das cuenta del desastre. Entonces, dices de nuevo: &iexcl;Madre m&iacute;a!
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                Montañalta, Las Lomadas, Los Sauces. Óscar Lorenzo 2026                            </span>
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        <strong>Viernes, 20 de marzo</strong>
    </p><p class="article-text">
        Ha vuelto a nevar en la cumbre, como ayer jueves, pero esta vez en cotas m&aacute;s bajas. Ha llovido de un modo intermitente y sin viento en el Noreste de la isla. Como ha sucedido con las &uacute;ltimas borrascas que vienen del Oeste, en Los Sauces ha reinado la calma. Despu&eacute;s de una noche tranquila, el sol matutino alumbra los n&iacute;speros; fruta que, a esta altura, 680 metros sobre el nivel del mar, a&uacute;n le falta un punto de maduraci&oacute;n. Entra una cu&ntilde;a baja de nubes por el sur flanqueando el oculto horizonte marino; La Galga y la monta&ntilde;a de San Bartolo est&aacute;n bajo su sombra, hacia el Suroeste se abre azul intenso un claro hasta La Monta&ntilde;alta; &eacute;sta se halla coronada por una capotera de nubes blancas que se deshacen en jirones al bajar hacia el Este y otras muy oscuras y pesadas que se mantienen en lo alto. &ldquo;Cuando hay un caballo con jinete sobre La Monta&ntilde;alta, es que pronto puede llover&rdquo;, recuerdo que dec&iacute;a mi madre. Amarillas, silvestres y anunciando la primavera, florecen las lechugas de huerto. Las median&iacute;as de Las Lomadas y de Los Galguitos, olvidando la borrasca Therese, se extienden brillando en la lejan&iacute;a. Sentado en el patio al sol y escoltado por las dos gatas, he tomado caf&eacute; escuchando el rumor lejano de la lluvia en la cumbre y al otro lado de la isla. Al mismo tiempo, de la radio del comedor y tambi&eacute;n al margen de la tormenta, me llegaban rumores de la guerra, de la guerra del otro lado del mundo.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;Las guerras en general ya no se ganan, todas se pierden, aunque algunos saquen tajada. Se sabe cu&aacute;ndo comienzan, pero no cuando finalizan. No me canso de repetirlo: hace m&aacute;s de 2.000 a&ntilde;os Tuc&iacute;dides dej&oacute; escrito: &ldquo;Las guerras una vez iniciadas nunca terminan&rdquo;. Las consecuencias se dilatan en el tiempo de los vivos, en el espacio arrasado los supervivientes, mientras los muertos, que ya son m&aacute;s que los vivos, siguen clamando a un cielo del que han sido definitivamente expulsados. Todos perdemos con ellas, incluso los que estamos lejos. &iquest;Qui&eacute;n gan&oacute; en Irak o en Afganist&aacute;n o en Siria? En &lsquo;La hija de la patria y la madre de la guerra&rsquo; (Destino, 2005), Rafael S&aacute;nchez Ferlosio escrib&iacute;a: &ldquo;Parece que todav&iacute;a no hay una total certeza de qui&eacute;n gan&oacute; la batalla de Kades: Rams&eacute;s II o el imperio Hitita, ni a&uacute;n, veinte siglos m&aacute;s tarde, la del Talas: el Celeste Imperio o el Islam&rdquo;. Desde el patio, contemplo los surcos de cebollinos en la tierra mojada apuntando al cielo. En otros horizontes se levantan columnas de humo y suenan las sirenas. La gente huye despavorida en una tierra bombardeada. En la ciudad de Tiro, al sur del L&iacute;bano, viv&iacute;an 200.000 habitantes; despu&eacute;s de la huida de estos &uacute;ltimos d&iacute;as provocada por los bombardeos de Israel, s&oacute;lo quedan 16.000. Hoy, es el Nouruz, el A&ntilde;o Nuevo del calendario persa que coincide con el equinoccio de primavera. En Ir&aacute;n la gente lo celebra encendiendo hogueras en las calles y cantando, los menores estrenan vestidos y se realizan visitas a familiares. Mientras tanto, la guerra, &iexcl;Madre m&iacute;a! &iquest;Estamos en el siglo XXI?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Han visto ustedes la pel&iacute;cula &lsquo;&iquest;El globo blanco&rsquo; del director iran&iacute; Jafar Panahi? Es una belleza absoluta en todos los sentidos. Una obra maestra que refleja la capacidad para la ternura que tiene el milenario pueblo persa. El guion es de Abbas Kiarostami. Recibi&oacute;, entre otros premios, el de la C&aacute;mara de Oro en el Festival de Cannes en 1995. Fue incluida por The Guardian entre las cincuenta mejores pel&iacute;culas familiares de todos los tiempos. En Teher&aacute;n, &lsquo;Razi&eacute;&rsquo;, una ni&ntilde;a de siete a&ntilde;os intenta comprar un pez dorado en la v&iacute;spera del Nouruz. La madre le da un billete de 500 tomanes y ella, con una jarra de vidrio, sale dispuesta a conseguir lo que desea.
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            <span class="title">
                Cartel de la película &#039;El globo Blanco&#039; (1995) de Jafar Panahi                            </span>
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        &iquest;Hay lugar en este mundo para la esperanza?
    </p><p class="article-text">
        El tres de abril de 2009, el escritor ingl&eacute;s John Berger dec&iacute;a en una entrevista a el peri&oacute;dico El Pa&iacute;s: [Hoy la vida est&aacute; condenada por un orden econ&oacute;mico de ra&iacute;z fascista. (&hellip;) Hay mucha gente en el norte privilegiado que se siente desesperanzada; sus condiciones de vida les han aislado; cada d&iacute;a saben menos sobre lo que deben compartir; han sido apartadas del disfrute de la naturaleza, no saben ni por qu&eacute; las moscas vuelan...Tambi&eacute;n les han convencido de que el pasado no existe. Eso les ha quitado la esperanza. As&iacute; que saque usted sus propias conclusiones sobre qu&eacute; habr&iacute;a que hacer para recuperar las esperanzas perdidas. (&hellip;) No es lo mismo la esperanza que el optimismo. El optimismo es acaso la consecuencia de buen pron&oacute;stico sobre la Bolsa, por ejemplo. Pero la esperanza es como la fe, sostiene a la gente incluso en la oscuridad. Es como la luz de una vela. Dec&iacute;a Lewis Carroll: &ldquo;Quisiera saber de qu&eacute; color es la luz de una vela cuando est&aacute; apagada&rdquo;. Pues eso es la esperanza: la luz de una vela cuando est&aacute; apagada.]
    </p><p class="article-text">
        <strong>&Oacute;SCAR LORENZO</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>20-03-2026</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>San Andr&eacute;s y Sauces</strong>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Óscar Lorenzo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/lapalmaahora/lapalmaopina/tiempos-nuevos-tiempos-salvajes_129_13088599.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 22 Mar 2026 15:42:46 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Tiempos nuevos/tiempos salvajes]]></media:title>
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    </item>
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      <title><![CDATA[El paraíso perdido]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/lapalmaahora/lapalmaopina/paraiso-perdido_129_12288209.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/aefb9be8-753a-426c-9ffc-dca4c8882aa8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El paraíso perdido"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">PUNTO Y COMA - Ya no siegan la hierba, porque ciego es el discurrir humano, y triste ante el vacío, son sus despojos. Mi querida Garafía, bella al sol y bella entre la niebla, grande y sola, como una madre abandonada por los hijos; lo que era y lo que ya no es</p></div><p class="article-text">
        Un domingo de abril, soleado y sin rastro de nubes, unos amigos procedentes de Berl&iacute;n que pasaban unos d&iacute;as en casa y yo, partimos hacia Garaf&iacute;a. La idea era llegar a Las Tricias. Dejando atr&aacute;s Los Sauces, cruzamos Barlovento y nos adentramos en el profundo Norte por Las Mimbreras. Nos detuvimos en la fuente del Barranco del Chincho; como si fuera un ritual nos refrescamos la cara, bebimos agua y olimos la flor sutil del gacio. Tras hacer un alto en Roque el Faro, de aperitivo tomamos un vino de tea en el restaurante Reyes. Lo hicimos sabiendo que era embotellado, y que no era la delicia de veinte a&ntilde;os atr&aacute;s que se vend&iacute;a a granel; un vino suave, arom&aacute;tico y poco graduado que no suele gustar a los que vienen de Tenerife o de la pen&iacute;nsula. Sin embargo, est&aacute; emparentado con un conocido vino griego, el &ldquo;Retsina&rdquo;, s&oacute;lo que este &uacute;ltimo es blanco y el nuestro es tinto. Una de las duelas de la barrica era de tea y eso aportaba el perfume de la resina de pino. Este vino procedente de Puntagorda o de Garaf&iacute;a, era el m&aacute;s consumido en Los Sauces antes de los setenta. La generaci&oacute;n de mis abuelos lo tra&iacute;an por el monte, en folas, a lomo de mulos. Pasaban la noche hospedados en la casa de un compadre de Las Lomadas, si ven&iacute;an del oeste o hac&iacute;an noche al otro lado de la isla, si iban de aqu&iacute; a Puntagorda. Hab&iacute;a que salir temprano, mucho antes de que amaneciera. Por el camino de la Casa de Monte sub&iacute;an hasta la cumbre. Despu&eacute;s, cruzaban en caravana el trecho m&aacute;s alto de la isla hasta que bajaban dejando atr&aacute;s los codesos y llegaban al pinar de Puntagorda. Mi padre me contaba el trayecto, iba de peque&ntilde;o con mi abuelo; me lo contaba con detalles del recorrido y con las expresiones de las personas, de los que iban y de los que se encontraban. Entonces, al no haber carreteras, los caminos se hallaban muy transitados y no por turistas. Yo me quedaba fascinado y le dec&iacute;a a mi padre que me contara la historia otra vez, pues me recordaba las pel&iacute;culas del oeste que ve&iacute;a los s&aacute;bados en &ldquo;Sesi&oacute;n de tarde&rdquo;. En definitiva: el vino ateado no es el mismo de antes. Lo que s&iacute; ha mejorado es el resto de los vinos embotellados, sobre todo los de las tierras altas con las vi&ntilde;as entre los pinos, como el bell&iacute;simo territorio de Briestra donde, incluso se han sembrado vi&ntilde;as nuevas. Tanto tintos como blancos, la mayor&iacute;a excelentes, han cosechado numerosos premios internacionales.
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                Roque el Faro. Garafía.                            </span>
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        Dejamos atr&aacute;s Roque el Faro para ir a almorzar a La Mata, en el patio del restaurante a la sombra de los naranjos. Ensalada, queso asado, garbanzas, carne de cabra, papas arrugadas, mojo colorado y vino de la casa. Despu&eacute;s del caf&eacute;, en lugar de seguir por la carretera general hacia Llano Negro, cruzamos el impresionante pinar por un atajo que nos mostr&oacute;, esta vez, una vaca amamantando a un ternero de muy pocos d&iacute;as. Nos bajamos del coche y se detuvo el tiempo. Muy, muy cerca los ojos abiertos de la madre, los ojos cerrados del hijo. La leche goteando sobre la hierba fresca de la primavera. Los enclaves naturales tambi&eacute;n tienen sus templos, y en ellos hay animales que son como diosas en el altar de la tarde. Continuamos por la pista forestal entre campos de vi&ntilde;as y almendros, hasta que retomamos, antes de Hoya Grande, la carretera general a Las Tricias. Soleada al crep&uacute;sculo, la plaza ofrec&iacute;a un calor que no era de abril; la primavera hab&iacute;a sido seca, la luz encandilaba. La peque&ntilde;a ermita y las escalinatas jugaban con los contrastes en blanco y negro. Al tomar mesa a la sombra en la terraza de la cafeter&iacute;a, nos encontramos con unos amigos que esperaban a que bajara el sol para hacer el sendero de Buraca. Se fueron los amigos y en la plaza solitaria nos quedamos hablando y mirando por la barandilla. Al otro lado del barranco de Izcagua, Puntagorda, y abajo el mar, tambi&eacute;n lejano e inalcanzable, como se ve siempre desde la mayor parte del territorio de Garaf&iacute;a. A propuesta de Johanna decidimos ir a dar un paseo por el campo.
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                    alt="Chimenea de la casa donde encontramos el libro de Milton. Las Tricias. Garafía."
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                Chimenea de la casa donde encontramos el libro de Milton. Las Tricias. Garafía.                            </span>
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        Escogimos un sendero seg&uacute;n se baja a la derecha de la plaza; lo elegimos al azar, entre hierbas y almendros, hacia donde se ve&iacute;a un lugar despejado de pinos. Se notaba claramente que se hallaba en desuso. Cuando el sol se disolv&iacute;a en la calima de un horizonte invisible, llegamos al lomo de enfrente. Algunas vi&ntilde;as lejanas y una pista de tierra llena de hoyos y de piedras, bajaba hacia una casa que desde lejos se sab&iacute;a no habitada. Una casa terrera de planta rectangular con dos tejados paralelos de teja francesa, chimenea elegante y terraza adosada de arena y cemento cubriendo todo el per&iacute;metro. De alguna manera la casa nos llam&oacute; la atenci&oacute;n y descendimos ciento cincuenta metros hasta llegar a ella. Sensaci&oacute;n de abandono, de soledad profunda, de largo tiempo de ausencia humana. Las casas abandonadas tienen una presencia en forma de vac&iacute;o y si tuvieran manos, las extender&iacute;an hacia nosotros pidiendo clemencia. Orientada hacia el oeste, hacia el crep&uacute;sculo, la bella casa terrera ten&iacute;a una ventana de guillotina con algunos cristales rotos; el resto de ventanas ten&iacute;an los medianos cerrados, pero &eacute;sta de la esquina oeste, manten&iacute;a algunos cristales y los medianos abiertos. A trav&eacute;s de ella se ve&iacute;a lo de siempre:
    </p><p class="article-text">
        Una cama de hierro de un cuerpo, sin colch&oacute;n con algunos trastos encima, una silla sin fondo, un velador y todo el polvo de a&ntilde;os de olvido. Pero en esta ocasi&oacute;n hab&iacute;a algo m&aacute;s; por ese algo m&aacute;s, les cuento esta historia. Junto al velador, ca&iacute;do en el suelo y abierto hacia nosotros, hacia la ventana, se hallaba un libro. No se ve&iacute;an m&aacute;s libros ni otros objetos en el dormitorio. Atra&iacute;dos como por un im&aacute;n, levant&eacute; la ventana, la sostuve y Mario entr&oacute; en la estancia. Acerc&aacute;ndose al objeto misterioso ley&oacute; entre sus p&aacute;ginas y gir&aacute;ndose hacia nosotros, pronunci&oacute; unas palabras. Palabras que sonaron como si fuera el dictado de un dios o de un genio encerrado y que ahora, por fin, se liberaron de nuevo al mundo ante la visita inesperada de un Aladino. Alzando el libro recobrado como si fuera un tesoro y con acento alem&aacute;n, pronunci&oacute; estas palabras:
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;&iexcl;El Para&iacute;so perdido, John Milton!&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        Abierto por las p&aacute;ginas 194 y 195, donde Ad&aacute;n, uno de los personajes del gran poema &eacute;pico publicado en 1667, dice al arc&aacute;ngel Rafael, despu&eacute;s de que &eacute;ste le contara lo sucedido antes del tiempo que sus recuerdos alcanzan:
    </p><p class="article-text">
        <em>&ldquo;Escucha ahora mi historia, que quiz&aacute;s no hayas o&iacute;do, a&uacute;n no se ha disipado la luz del d&iacute;a...&rdquo;</em>
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Páginas 194 y 195 del  &quot;Paraíso perdido&quot; de John Milton."
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                Páginas 194 y 195 del  &quot;Paraíso perdido&quot; de John Milton.                            </span>
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        All&iacute; est&aacute;bamos los tres, una antrop&oacute;loga, un pianista y un pintor que escribe, en un lomo deshabitado, entre Las Tricias y El Castillo, en Garaf&iacute;a; en el municipio m&aacute;s despoblado de Canarias, en el momento m&aacute;gico que tienen algunas tardes, sin que nadie nos condujera hasta ese lugar imprevisto, con un libro reci&eacute;n encontrado en el dormitorio de una casa olvidada en el tiempo. El libro era, ni m&aacute;s ni menos, que &ldquo;El Para&iacute;so perdido&rdquo; de John Milton. Una edici&oacute;n de bolsillo de Editorial Ib&eacute;rica, probablemente de la primera mitad del siglo XX. S&oacute;lo se pod&iacute;an hojear las p&aacute;ginas centrales, el resto se encontraban selladas como si fuera una pieza arqueol&oacute;gica. Ca&iacute;do del velador, seguramente en un d&iacute;a de temporal al estar parte de la ventana sin cristales, el libro se encontraba abierto boca arriba. Por lo tanto, lo que conten&iacute;an esas p&aacute;ginas era una voz que ha esperado largo tiempo para ser escuchada, para comunicarnos algo que ahora se hac&iacute;a inminente. All&iacute; hab&iacute;a un relato esperando y ahora se ofrec&iacute;a como un presente misterioso que ser&iacute;a conveniente poder descifrar. Ad&aacute;n nos cuenta c&oacute;mo se despert&oacute; <em>&ldquo;sobre la hierba florida&rdquo;</em>, c&oacute;mo se puso en pie y descubri&oacute; la belleza exuberante del mundo que le rodea, c&oacute;mo examina su propio cuerpo y pronuncia sus primeras palabras:
    </p><p class="article-text">
        <em>&ldquo;T&uacute; Sol -dije-, claridad magn&iacute;fica, y t&uacute;, iluminada Tierra, tan dulce y agradable; vosotros, valles y colinas, y r&iacute;os y bosques y llanuras; y vosotras, criaturas bellas, que vivas os mov&eacute;is, decidme c&oacute;mo he venido, por qu&eacute; estoy aqu&iacute;. &iexcl;Dec&iacute;dmelo, si lo hab&eacute;is visto!&rdquo;.</em>
    </p><p class="article-text">
        Esto es lo que Ad&aacute;n nos preguntaba, y tambi&eacute;n lo que el libro nos preguntaba a nosotros como si fu&eacute;ramos el mism&iacute;simo arc&aacute;ngel Rafael. &iquest;Qui&eacute;n soy? &iquest;c&oacute;mo? y &iquest;por qu&eacute;?, son preguntas fundamentales y para responder a ellas habr&iacute;a que recurrir a la filosof&iacute;a. Las respuestas nos llevar&iacute;an a la esencia que siempre es posterior a la existencia, porque primero es la realidad y despu&eacute;s el pensamiento.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Vaca entre La Mata y Hoya Grande. Garafía.                            </span>
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        John Milton (1608-1674), el primer ingl&eacute;s en leer a Dante, escribi&oacute; &ldquo;El Para&iacute;so perdido&rdquo;, un largo poema narrativo en 10.565 versos repartidos en doce libros, con el valor a&ntilde;adido de que fue escrito catorce a&ntilde;os despu&eacute;s de quedarse ciego. El poeta ingl&eacute;s dictaba a sus hijas de ma&ntilde;ana los versos que recib&iacute;a por la noche. &Eacute;sto, yo lo llamar&iacute;a l&oacute;gica literaria. Una suerte. El Para&iacute;so perdido es un vendaval ling&uuml;&iacute;stico, un poema &eacute;pico cargado de ambig&uuml;edad, de modernidad, y por ello, de riqueza sem&aacute;ntica que es una de las frutas de la literatura. Es una visi&oacute;n particular, compleja y gloriosa de la Creaci&oacute;n partiendo del relato del G&eacute;nesis. Los personajes son Ad&aacute;n y Eva, confusos y exaltados; Dios, deseoso de justificarse por la existencia del mal; Satan&aacute;s, curioso, insumiso, contradictorio, humano y capaz de amar; adem&aacute;s aparecen dos arc&aacute;ngeles: Rafael, que le habla a Ad&aacute;n del pasado y le advierte de Satan&aacute;s, y Miguel, que le muestra a &eacute;l y a Eva, una vez probada la fruta del &aacute;rbol prohibido, el camino de sufrimiento y esfuerzo que ser&aacute; su destino. A Satan&aacute;s lo echan del Cielo. Y Ad&aacute;n y Eva son expulsados del Ed&eacute;n: <em>&ldquo;Pero (tu Se&ntilde;or) no permite que habites por m&aacute;s tiempo este para&iacute;so; he venido para hacerte salir de &eacute;l y enviarte fuera de este jard&iacute;n a labrar la tierra de la que fuiste sacado y el suelo que m&aacute;s te conviene&rdquo;.</em> Tras el castigo por haber comido la fruta del &aacute;rbol del bien y del mal, <em>&ldquo;derraman unas l&aacute;grimas que pronto se secan, el mundo se extiende ante ellos, y aunque el camino es solitario, van guiados por la providencia y cogidos de la mano&rdquo;.</em>
    </p><p class="article-text">
        Johanna, Mario, y yo comenzamos a hacernos preguntas. El largo viaje de vuelta en la oscuridad de la noche fue un intento de encontrar una posible respuesta. &iquest;C&oacute;mo hab&iacute;a llegado este libro hasta aqu&iacute;? &iquest;En qu&eacute; ciudad lejana fue comprado? &iquest;Qui&eacute;n lo hab&iacute;a primero tra&iacute;do y despu&eacute;s abandonado? &iquest;Cu&aacute;ndo? &iquest;Por qu&eacute; este libro tan simb&oacute;lico, tan preciso y coincidente, y tan polis&eacute;mico a la vez? &iquest;Por qu&eacute; en este lomo abandonado, en esta casa perdida, en este pueblo del norte de la isla donde la emigraci&oacute;n sigue a&uacute;n presente haciendo mella?
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                Brisa en el pinar de Garafía.                             </span>
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        Preguntas, preguntas. Ad&aacute;n y Eva tambi&eacute;n se hac&iacute;an preguntas: <em>&iquest;qu&eacute; es lo que nos proh&iacute;be conocer? &iquest;nos proh&iacute;be el bien, nos proh&iacute;be ser sabios? &iquest;de qu&eacute; nos servir&aacute; nuestra libertad interior? &iquest;y qu&eacute; es la muerte? &iquest;qu&eacute; es, pues lo que temo?</em> Lo que el diablo afirmaba, ellos le pon&iacute;an signos de interrogaci&oacute;n: <em>&iquest;&ldquo;Es mejor reinar en el infierno que servir en el cielo&rdquo;?</em> En algunos lugares nacer es tener que partir. La emigraci&oacute;n fue, es y seguir&aacute; siendo, de alguna manera, una expulsi&oacute;n del para&iacute;so. Pero, en este caso, no solo sufre el que es expulsado, sino que es el propio para&iacute;so el que queda tambi&eacute;n en una situaci&oacute;n precaria. Nadie sabe qu&eacute; sucedi&oacute; en el Para&iacute;so una vez que Ad&aacute;n y Eva fueron expulsados. Desapareci&oacute; del mapa como sumido en un letargo que todav&iacute;a contin&uacute;a. Sin humanos ha dejado de ser un lugar para la narraci&oacute;n, porque nada puede acontecer en &eacute;l. El fen&oacute;meno de la emigraci&oacute;n lleva a una desolaci&oacute;n que es transversal y rec&iacute;proca. En realidad, nadie se salva. En &ldquo;P&aacute;ginas de la herida&rdquo; (Visor, 1995), John Berger nos recuerda:
    </p><p class="article-text">
        <em>&ldquo;La emigraci&oacute;n no solo implica dejar atr&aacute;s, cruzar oc&eacute;anos, vivir entre extranjeros, sino tambi&eacute;n destruir el significado propio del mundo y, en &uacute;ltimo t&eacute;rmino, abandonarse a la irrealidad del mundo.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Claro est&aacute; que, cuando no se realiza a la fuerza, la emigraci&oacute;n puede verse impulsada tanto por la esperanza como por la desesperaci&oacute;n. Al hijo del campesino, por ejemplo, podr&iacute;a parecerle que la autoridad tradicional del padre es m&aacute;s opresivamente absurda que cualquier caos. La pobreza del pueblo puede resultar m&aacute;s absurda que los cr&iacute;menes de la metr&oacute;poli. Vivir y morir entre extranjeros puede parecer menos absurdo que vivir perseguido y torturado por los propios compatriotas. Todo esto es cierto. Pero emigrar siempre ser&aacute; desmantelar el centro del mundo y, consecuentemente, trasladarse a otro perdido, desorientado, formado de fragmentos&ldquo;.</em>
    </p><p class="article-text">
        Ser expulsados del para&iacute;so parece ser parte de la condici&oacute;n humana, es lo que se desprende de un an&aacute;lisis de los desmanes hist&oacute;ricos; algunos no te daban un trozo de tierra para labrar como s&iacute; ofreci&oacute; Dios a Ad&aacute;n y Eva, simplemente propon&iacute;an y ejecutaban el exterminio; y todav&iacute;a el r&iacute;o suena como pueden ver en los telediarios. En un &aacute;mbito m&aacute;s dom&eacute;stico, no hace falta que el destierro sea producto del autoritarismo de un tirano o de un dios severo. Perder el pie del Ed&eacute;n es algo que nos sucede a menudo. A causa de la ruina, de los fen&oacute;menos naturales, de la salud, del azar, de la guerra, de la pol&iacute;tica, del paso del tiempo, del olvido, del &eacute;xito o de la soledad. Es decir, en la sociedad narcisista donde vivimos, para no comprometer a nadie y eliminar todo intento de rebeli&oacute;n, se suele culpar a uno mismo. No a causa de la sociedad, porque si no ser&iacute;amos marxistas. Ser&iacute;amos despreciados por utilizar una herramienta de an&aacute;lisis que simplemente relaciona las causas con las consecuencias. Cuesti&oacute;n de sociolog&iacute;a. El mantra es: &ldquo;b&uacute;scate la vida&rdquo;; porque aqu&iacute; no va a haber un arc&aacute;ngel que te d&eacute; un croquis detallado del itinerario al que nos obliga el castigo divino. Ver que los para&iacute;sos van quedando atr&aacute;s, es una facultad humana que vamos descubriendo con el paso del tiempo y el desencanto de la vida. Tambi&eacute;n vamos comprobando la certeza de que, al perder las cosas, es cuando de verdad le asignamos el valor antes merecido.
    </p><p class="article-text">
        Cuando en un lugar concreto la ausencia de lo que se fue es mayor que la presencia de lo que queda, tenemos que hablar de una decadencia progresiva, y no hay m&aacute;s remedio que afrontar una situaci&oacute;n cr&iacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        Garaf&iacute;a es el municipio m&aacute;s despoblado de Canarias. Su tasa de decrecimiento desde 1950, llega al 68%. A uno de enero de 2024 contaba con 1.983 habitantes, 67 m&aacute;s que en 2023. Seg&uacute;n Viera y Clavijo, en 1776 el municipio alcanzaba los 1.527 ciudadanos. En 1950 ten&iacute;a m&aacute;s de 5.000. Tras el colapso de la Guerra Civil y la miseria y la represi&oacute;n de la posguerra, se produjo una gran emigraci&oacute;n hacia Tenerife y Venezuela; sobre todo durante las d&eacute;cadas de los cincuenta y sesenta. En los setenta el estancamiento econ&oacute;mico era una evidencia palpable. En 2011 quedaban menos de 2.000 habitantes. De alguna manera se volvi&oacute; a los datos del siglo XVIII. Hay que recordar que las comunicaciones con el resto de la isla siguieron siendo penosas, pues la pista forestal, es decir, de tierra, lleg&oacute; de Barlovento a Garaf&iacute;a en 1959. Los peri&oacute;dicos de la &eacute;poca lo vendieron como un acontecimiento. En realidad, continuaba la sangr&iacute;a de un abandono progresivo. El anillo insular asfaltado se fue completando en la d&eacute;cada del 2000. Demasiado tarde, como sucede a nivel insular con todo lo relacionado con el Norte profundo o con el Sur lejano. La isla es una bandera de tres franjas horizontales. Todo sucede en la franja central. En ella se encuentran la estaci&oacute;n mar&iacute;tima, el aeropuerto, el hospital, las administraciones, la red comercial y las dem&aacute;s infraestructuras deportivas o culturales. Todo a mano entre Santa Cruz de La Palma y Los Llanos de Aridane. Y sus intereses encontrados. Es perder el tiempo en discusiones bizantinas que no llevan a ning&uacute;n lado. Y as&iacute; estamos, sin plan insular, y el futuro es un enigma que no acertamos a descifrar. En la crema central viven m&aacute;s de dos tercios de la poblaci&oacute;n de isla que alcanz&oacute; en el &uacute;ltimo censo de 2024, unos 83.439 habitantes. Desde que estall&oacute; el volc&aacute;n Tenegu&iacute;a en 1971, la isla s&oacute;lo ha ganado cinco mil habitantes. Algo se ha hecho mal. As&iacute; que, en cuanto a crecimiento, La Palma se halla estancada y dividida. En las franjas laterales, con todo m&aacute;s lejos, se encuentra el resto de la poblaci&oacute;n insular. No s&oacute;lo Garaf&iacute;a sufre esta condici&oacute;n. Por ejemplo, la comarca noreste ha perdido en los &uacute;ltimos a&ntilde;os un 12 '4 % de poblaci&oacute;n. En Barlovento ha sido del 20,9 % y en Los Sauces del 20,3 %. Asunto complejo el de la poblaci&oacute;n y sus movimientos en Canarias. Hay que tener en cuenta que el turismo, en pleno desarrollo, va a ser qui&eacute;n marque el sentido de la hoja de ruta, el lugar de la demanda y de la oferta de empleo y d&oacute;nde se va a gastar el presupuesto de las administraciones p&uacute;blicas, con los servicios que hay que ofrecer a tanto visitante. Y el desgaste que conlleva. Y el olvido consiguiente de lo que ya ven&iacute;a siendo por norma olvidado. Hay que hilar muy fino para que lo que puede ser un sost&eacute;n de la econom&iacute;a, no llegue a convertirse en una hidra que nos deje secos como una piedra. Desde el 2017, en Canarias hay m&aacute;s defunciones que nacimientos. La tasa de natalidad es de las m&aacute;s bajas de Espa&ntilde;a. Mi abuelo fue a Cuba y mis t&iacute;os a Venezuela. Por vueltas de la historia, ahora vuelven sus descendientes. Y llenan con sus ni&ntilde;os y ni&ntilde;as las escuelas, centros que, si no fuera por el aporte humano del otro lado del mar, estar&iacute;an vac&iacute;os. Seg&uacute;n los expertos en la materia, el crecimiento de la poblaci&oacute;n en las islas depende de la emigraci&oacute;n. As&iacute;, por un proceso evolutivo se cierra el c&iacute;rculo. Por nuestros errores y los errores de otros que cre&iacute;amos que no formaban parte de la pel&iacute;cula, se cierra el c&iacute;rculo; se cierra para seguir girando. Perdemos habitantes por aquellos que se fueron y los que siguen, a d&iacute;a de hoy, y&eacute;ndose a las ciudades, es decir, emigrantes; y s&oacute;lo ganamos poblaci&oacute;n con aquellos que ahora vienen de otras tierras, es decir inmigrantes. En el caso concreto de Garaf&iacute;a, los nacidos del municipio son 829, de la provincia son 289, de las otras islas 36, del resto de Espa&ntilde;a 116 y del extranjero llegan a 679, siendo la mayor&iacute;a alemanes. Gracias a estos &uacute;ltimos, Las Tricias aguanta el tipo y en el &uacute;ltimo censo, ha aumentado algo la poblaci&oacute;n del municipio con respecto a los a&ntilde;os anteriores de ca&iacute;da constante.
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                Puntagorda y el mar desde la terraza de la plaza de Las Tricias. Garafía.                            </span>
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        Garaf&iacute;a es uno de los municipios m&aacute;s extensos de Canarias, y tambi&eacute;n es de los m&aacute;s bellos, con un paisaje variado y agreste desde Franceses hasta Las Tricias. En un pasado fue pr&oacute;spero en ganader&iacute;a, agricultura y en la explotaci&oacute;n del monte, pero siempre padeci&oacute; olas de emigraci&oacute;n, incluso tuvo que sufrir un gran &eacute;xodo hacia la propia isla de La Palma, concretamente, hacia Los Llanos, como le ocurri&oacute; al barrio de El Tablado o de Don Pedro. A principios de los noventa quedaba algo de movimiento. Se divisaba a lo lejos la nube de polvo de los Land Rover o de los Volkswagen en las pistas de tierra. Los &uacute;ltimos mohicanos. Se notaba la sensaci&oacute;n de acabamiento. A cambio, Garaf&iacute;a hab&iacute;a recibido a los hippies que no se fueron a Ibiza o a Darjeeling, los de Buracas, con el fuego ritual encendido a la puesta de sol; recibi&oacute; a los palmeros de la &ldquo;Ciudad&rdquo; o de la &ldquo;Banda&rdquo; que buscaban una segunda residencia en el campo; no la quer&iacute;an al lado del mar, sino entre pinos, almendros y vi&ntilde;a. Almendros y vi&ntilde;a que ya estaban abandonados, aunque ellos no se dieran cuenta. Tambi&eacute;n acogi&oacute; a aquellos que buscaban un regreso a la naturaleza con los manuales de la revista &ldquo;Integral&rdquo; en la mano. Tuve amigos y los visitaba a menudo. Podr&iacute;a escribir otro art&iacute;culo contando los detalles. Poca cosa recibi&oacute; Garaf&iacute;a para lo que hac&iacute;a falta. Tal vez, era una cuesti&oacute;n de cantidad m&aacute;s que de calidad, lo necesario para revertir el asunto. Supervivientes admirables todos los que lo intentaron, unidos a los pocos garafianos que a&uacute;n ten&iacute;an animales y hac&iacute;an queso y vend&iacute;an esti&eacute;rcol para el cultivo del pl&aacute;tano en Barlovento, Los Sauces y Puntallana. Lleg&oacute; el momento en que en Los Llanos hab&iacute;a m&aacute;s vacas que del Roque El Faro a Cueva de Agua. Para colmo de males, se retir&oacute;, ya anciano, Don Dalmacio, el due&ntilde;o encantador de La Mata; una venta y casa de comidas, parada de guaguas y lugar de encuentro e intercambio que era como la corte de los milagros; un lugar que le hubiera gustado a John Ford o a Berlanga. Y ya nada volvi&oacute; a ser igual sin Don Dalmacio, sin aquella vida que, a&uacute;n en su ocaso, desprend&iacute;a la alegr&iacute;a de estar en el mundo salga el sol por donde salga.
    </p><p class="article-text">
        El baile de las fiestas de San Antonio no es lo que era; suena la m&uacute;sica enlatada sin nada que se interponga. Deslavazado como un motor que no termina de arrancar; vac&iacute;o si no fueran los inmigrantes y alg&uacute;n nost&aacute;lgico que vuelve con algo m&aacute;s de barriga y con el pelo cano. Si entra el brumero hay que abrigarse y si sale el sol, debido a la altura y los efectos del vino, mejor ponerse a la sombra. En una ocasi&oacute;n un amigo y yo nos quedamos debajo del tablado de la orquesta, cuando el escenario estaba adosado a la ermita. Todo iba bien hasta que comenz&oacute; a llover y por las juntas de las tablas se fue colando el diluvio. En ese entonces no eran habituales las tiendas de campa&ntilde;a. &Iacute;bamos a la fiesta con lo puesto. Pasados los a&ntilde;os, lo que queda es un parque tem&aacute;tico, nosotros todos incluidos en &eacute;l: una feria de las tradiciones, tradiciones que ya nadie practica y que ahora ponemos en el altar de las esencias para hacernos una foto y que vean c&oacute;mo las defendemos; las defendemos un instante selfie y salimos corriendo para otro lado. A ver qui&eacute;n arranca la hierba. Ni el propio San Antonio ser&iacute;a capaz de adivinarlo. Las guaguas de la tercera edad aparcadas en fila, las tiendas de campa&ntilde;a como si fueran las afueras de una ciudad, todos con sombrero para dar un aspecto festivo; animales bellos y dignos de una ut&oacute;pica granja familiar, que despu&eacute;s de a&ntilde;os de inclemencia al sol mientras los due&ntilde;os beb&iacute;an vino en los ventorrillos, al fin son exhibidos con sombra organizada por los efectivos municipales. Demasiado tarde el detalle para los animales que antes ven&iacute;an del propio t&eacute;rmino municipal y cosa que agradecen los que ahora, de otros municipios, vienen a la feria invitados para rellenar el hueco y dar sentido al evento. Los consejeros y las consejeras insulares con sombrero de paja y gafas de sol van dando el ok y una sonrisa a todos. Si a&ntilde;adimos cuatro hippies de tercera generaci&oacute;n, con sus ni&ntilde;os rubios a la sombra de una mata de brezo, tendremos un gran cuadro de Brughel el Viejo; como sucede en gran parte de las fiestas habituales de las islas y de la pen&iacute;nsula. Fiestas que parece que existen s&oacute;lo para poner una medalla a los dirigentes pol&iacute;ticos. En fin, pasen, pasen para que vean la becerra.
    </p><p class="article-text">
        Desde muchos lugares de Garaf&iacute;a, si se mira a la cumbre en lo alto, como si fuera una se&ntilde;al de poder, templo o castillo, se ve parte del complejo del observatorio astrof&iacute;sico del Roque de los Muchachos, uno de los m&aacute;s avanzados del mundo. Cuando se alberg&oacute; la red Cherenkov, hubo presiones al peque&ntilde;o ayuntamiento, que es due&ntilde;o del terreno donde se levantan las instalaciones, para rebajar sus pretensiones econ&oacute;micas. Al final, unas migajas, siendo ellos tan ricos y tan modernos; no como ocurre en Haw&aacute;i, donde se llegan a otro tipo de acuerdo m&aacute;s beneficioso para los municipios, incluyendo algunas inversiones. No s&eacute; en qu&eacute; habr&aacute; quedado el asunto, pero no se hagan muchas ilusiones. A un perro flaco, todo son pulgas.<em>&ldquo;Es duro vivir ahora en Garaf&iacute;a&rdquo;.</em> Esto me dijo un amigo que se vino a Los Sauces despu&eacute;s de ocho a&ntilde;os de vivir &ldquo;dentro&rdquo;, como decimos los sauceros cuando nos referimos al municipio norte&ntilde;o. No es ir a Garaf&iacute;a, es adentrarse en su territorio. El despoblamiento de un lugar, a r&aacute;fagas o bala a bala, es un fen&oacute;meno muy dram&aacute;tico y hiere todas las carnes. Demasiados disparos certeros. Lejan&iacute;a y olvido. Una cascada de consecuencias que acaban en la pura desolaci&oacute;n porque la vida ahora se encuentra en otro lugar.
    </p><p class="article-text">
        Desde los setecientos metros, el viento abajo levanta las olas en el mar; aqu&iacute; arriba, la brisa silba una melod&iacute;a en el pinar, un canto que tiembla en la luz vertical de las laderas, un coro de musgos y de pinocha desafiando los abismos; la oraci&oacute;n lila de la capitana, la plegaria amarilla de la flor del gacio, un sendero en la espesura por donde cruza una manada de cabras. De la profundidad sagrada de los barrancos del noreste a las tierras altas del norte, un campo extendido donde albergar los sue&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        Las palabras ardieron, ardieron tantas veces como los pinos con su coraza de corcho quemado, un silencio de llamadas que ya nadie oye, s&oacute;lo el aguililla que se posa en el pino recto y alto, &aacute;rbol invencible con un brazo roto como un dios griego, herido, pero cicatrizado por el paso del tiempo; carretera vac&iacute;a sin el polvo y el bullicio vibrante de otros tiempos, alguna pareja de turistas con un coche de alquiler, y nadie m&aacute;s; huertas asilvestradas, caminos impracticables y ya perdidos, casas habitadas por las palomas y las ara&ntilde;as teresianas; casas secas en verano y h&uacute;medas en invierno, con las tejas rodadas y un nisperero creciendo en la habitaci&oacute;n donde Nieves y Antonio se amaron tantos inviernos; casas terreras con las ventanas rotas y los veladores vac&iacute;os, con la luz fr&iacute;a de la soledad ba&ntilde;ando el pasillo; hasta que llegue un alem&aacute;n y siembre palmeras, hasta que regrese el ni&ntilde;o o la ni&ntilde;a de Los Llanos o de Tenerife, y vuelvan a donde naci&oacute; su abuelo, donde su padres vivieron la infancia, a pasar, entre wasaps, un fin de semana o diez d&iacute;as en verano.
    </p><p class="article-text">
        Ya no siegan la hierba, porque ciego es el discurrir humano, y triste ante el vac&iacute;o, son sus despojos. Mi querida Garaf&iacute;a, bella al sol y bella entre la niebla, grande y sola, como una madre abandonada por los hijos; lo que era y lo que ya no es. Del jard&iacute;n sobrevive el rosal silvestre que creci&oacute; por encima de las hortensias ya secas; un rosal que en muchos a&ntilde;os nadie ha podado; tampoco se podan los almendros, y por ello, se vuelve amargo su fruto; amargo de puro abandono, castigo de los dioses, asfixiados los &aacute;rboles por la maleza de un tiempo sin piedad, un presente sin clemencia, sin rumbo ni concierto. <em>&ldquo;El futuro llega siempre demasiado pronto&rdquo;,</em> dec&iacute;a Einstein; en este caso, no parece que vaya a ser muy halag&uuml;e&ntilde;o.
    </p><p class="article-text">
        Los hombres hablaron con las mujeres, frases cortas, palabras sueltas, voces que conten&iacute;an una odisea de esfuerzo, tierras y animales, todos all&iacute;, alrededor de la mesa, ante el &uacute;ltimo pan reci&eacute;n horneado, ante el &uacute;ltimo queso a&uacute;n tibio del ca&ntilde;izo, ante la &uacute;ltima copa de vino. Hablaron de un modo quieto, pausado y con largos silencios. No encontraron la forma de quedarse porque ya hab&iacute;an decidido irse. Quedarse e irse a la vez a vivir a una ciudad por el bien de sus hijos, no puede ser. Hay que elegir, no pueden ser dos cosas a la vez. Hablaron los hombres y las mujeres, el perro echado cerca de la chimenea no dijo nada, pero intu&iacute;a el asunto por el tono de voz; hablaron todos casi en silencio, hablaron bajito porque era el silencio quien iba a reinar a partir de ahora; y se fueron, se fueron sin hacer mucho ruido, y dejaron su dolor sin que nadie lo guardara de la intemperie.
    </p><p class="article-text">
        Se descuelga el aguililla de un pino alto y herido que es como la Victoria de Samotracia, sobrevuela majestuosa y libre un mundo agreste y hermoso; abajo, lejono, el mar con su metaf&iacute;sica, aqu&iacute; arriba, la brisa en el pinar, el canto del alma de los que se fueron.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Vista general de Garafía desde el monte de Gallegos.                            </span>
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        Alguien, un &ldquo;Ad&aacute;n&rdquo; palmero, en este caso de Las Tricias, con el dinero que hab&iacute;a ahorrado de la cosecha de almendras y de cargar varas en el monte, a mitad de la d&eacute;cada de los cincuenta, emigr&oacute; a Venezuela. Dej&oacute; atr&aacute;s a sus padres, la casa donde naci&oacute;, los amigos, los almendros, los campos de trigo y de cebada de Garaf&iacute;a. Dej&oacute; la isla y parti&oacute; en un barco hacia el otro lado del oc&eacute;ano. Primero, lleg&oacute; a Caracas donde hab&iacute;a unos conocidos y despu&eacute;s, a Barquisimeto donde hab&iacute;a unos parientes. Lugares extra&ntilde;os para &eacute;l, gente que hablaba espa&ntilde;ol pero con otro acento; otros trabajos, otra comida, otro clima, otro mundo. Pasados veinte a&ntilde;os vino de vuelta en un vuelo Caracas-Madrid. El bol&iacute;var cotizaba a veintiocho pesetas. Con un amigo palmero que conoci&oacute; en el avi&oacute;n, al caer la tarde se acerc&oacute; a &ldquo;Chicote&rdquo; a beber whisky. Invitaron a toda la barra. Les toc&oacute;, sin querer, ser los &uacute;ltimos en salir del famoso local a las tantas de la madrugada. Al d&iacute;a siguiente, con algo de resaca, paseando por la capital espa&ntilde;ola, fue a dar a la Cuesta de Moyano; como le gustaba leer y pensando en las horas de viaje, adquiri&oacute;, por el t&iacute;tulo, el libro de Milton en una de las casetas. Al d&iacute;a siguiente sal&iacute;a el vuelo a Tenerife. Regresaba por un mes y medio. Lo hizo sabiendo que las cosas hab&iacute;an cambiado. Incluso, sabiendo que el regreso es tarea imposible, porque en el largo tiempo de ausencia, nosotros tambi&eacute;n hemos cambiado y los que habitaban el hogar y aquel mundo de la infancia y de la juventud, ya no est&aacute;n. El emigrante palmero regres&oacute; a mitad de la d&eacute;cada de los setenta. No lleg&oacute; a tiempo de ver a su padre que ya hab&iacute;a fallecido, pero s&iacute; a su madre que ahora viv&iacute;a en el otro lado de la isla.
    </p><p class="article-text">
        Habit&oacute; de nuevo la casa del para&iacute;so perdido. Se reencontr&oacute; con su hermana que hab&iacute;a emigrado con su madre a Los Llanos. Un domingo fue a comer pescado fresco a Tazacorte con la familia. Salud&oacute; al resto de parientes, hablaron de las tierras y del monte y de qu&eacute; se pod&iacute;a hacer con ello. Le llev&oacute; flores a su padre al cementerio. Tuvo que resolver alg&uacute;n papeleo en el ayuntamiento. En el bar ech&oacute; unas partidas al domin&oacute; con los amigos, prob&oacute; de nuevo el vino de tea y la carne de cabra. Una noche de aquel verano, cuando se despert&oacute; oyendo el sonido del viento entre los pinos, se ech&oacute; a llorar. &iexcl;Oh, Se&ntilde;or, ten piedad! &iquest;Qui&eacute;n soy? &iquest;Qu&eacute; hago aqu&iacute;? Se acercaba la hora de partir. Una ma&ntilde;ana de niebla prepar&oacute; la maleta, sin darse cuenta dej&oacute; el libro de Milton dentro de la gaveta del velador, cerr&oacute; la casa y parti&oacute; por &uacute;ltima vez, en un viaje sin retorno, hacia un lejano continente. La casa qued&oacute; a solas y pasaron a&ntilde;os de olvido. Un d&iacute;a unos chicos entraron por la ventana, recorrieron las habitaciones por curiosidad. Abrieron los armarios, abrieron las gavetas y sacaron el libro de Milton y como no les interesaba, lo dejaron en la mesilla de noche. Una d&iacute;a de temporal el viento se col&oacute; por la ventana rota, tir&oacute; el libro al suelo y qued&oacute; abierto para que nosotros encontr&aacute;ramos su mensaje escrito, para que nos enfrent&aacute;ramos a sus preguntas. Preguntas que a&uacute;n siguen sin respuesta, mientras Garaf&iacute;a sigue, sigue alta, lejana y sola, extendida sin remedio a la belleza del ocaso.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&Oacute;SCAR LORENZO</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>San Andr&eacute;s y Sauces</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>09-05-2025</strong>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Óscar Lorenzo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/lapalmaahora/lapalmaopina/paraiso-perdido_129_12288209.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 10 May 2025 15:44:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El paraíso perdido]]></media:title>
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    </item>
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      <title><![CDATA[Desprendimientos (III). Las cartas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/lapalmaahora/lapalmaopina/desprendimientos-iii-cartas_129_12251276.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/5a0f7915-4522-41ab-aa39-45cce8a0cdbf_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Desprendimientos (III). Las cartas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">PUNTO Y COMA - La intimidad que antes era cosa de uno o de dos, ha pasado a ser, con más o menos interés, percepción de muchos en las redes sociales. El concepto de público y privado se disuelve en unos márgenes cada vez más confusos. El whatsapp, ya sea texto o voz, con o sin vídeo, es ahora la manera más rápida y habitual de llegar a alguien que se halla lejos. Enviar una misiva por correo es una práctica que pertenece al pasado; algo que era muy habitual en otro tiempo donde las distancias obligaban a una separación sólo consolada por una única vía posible: las cartas</p></div><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Edición de 1806 de las &quot;Cartas a su hijo y amigos&quot; de Madame de Sévigné."
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                Edición de 1806 de las &quot;Cartas a su hijo y amigos&quot; de Madame de Sévigné.                            </span>
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        <em>&ldquo;&iexcl;Estaba dibujando cuando lleg&oacute; tu carta! &iexcl;Alegr&iacute;as, sorpresas, noticias!&rdquo;</em>
    </p><p class="article-text">
        Philip Guston a Elise Asher (17-08-1964)
    </p><p class="article-text">
        No, no es que vayamos a desprendernos de las cartas que poseemos, no, no las vamos a llevar al contenedor de papel; las seguiremos guardando porque ocupan poco espacio y son una prueba contundente de algo que consideramos valioso. Como si fueran un documento de fe de vida, acreditan la historia de quien las escribe y de quien las recibe, no en vano llevan fecha, lugar y firma, direcci&oacute;n y remite. Nuestro desprendimiento tiene que ver con el hecho dr&aacute;stico de que ya no vamos a escribir m&aacute;s cartas en papel y enviarlas en un sobre con sello. No lo volveremos a hacer porque el mundo de la comunicaci&oacute;n entre las personas, ha cambiado. La intimidad que antes era cosa de uno o de dos, ha pasado a ser, con m&aacute;s o menos inter&eacute;s, percepci&oacute;n de muchos en las redes sociales. El concepto de p&uacute;blico y privado se disuelve en unos m&aacute;rgenes cada vez m&aacute;s confusos. El whatsapp, ya sea texto o voz, con o sin video, es ahora la manera m&aacute;s r&aacute;pida y habitual de llegar a alguien que se halla lejos. Enviar una misiva por correo es una pr&aacute;ctica que pertenece al pasado; algo que era muy habitual en otro tiempo donde las distancias obligaban a una separaci&oacute;n s&oacute;lo consolada por una &uacute;nica v&iacute;a posible: las cartas. El fil&oacute;sofo Carlos Javier Gonz&aacute;lez Serrano dice que &ldquo;esta tradici&oacute;n est&aacute; en desuso o, por desgracia, se ha perdido&rdquo;. Afirma que antes la gente se relacionaba &ldquo;m&aacute;s que por la distancia, por la necesidad y el valor de expresar palabras que no corrieran el riesgo de ser llevadas por el viento&rdquo;. Hab&iacute;a una intenci&oacute;n de que fueran &ldquo;conservadas en un papel para estar siempre al alcance de las manos y el coraz&oacute;n de su preciado destinatario.&rdquo; Corren otros tiempos, quiz&aacute;, corren demasiado r&aacute;pido. Hace dos semanas escuch&eacute; una noticia alarmante: El gobierno dan&eacute;s acaba de anunciar que se plantea eliminar la empresa p&uacute;blica de correos.
    </p><p class="article-text">
        Tienen las cartas la marca personal de alguien cercano. Pertenecen a un familiar, a la amada, al maestro o al amigo. No hay dos cartas iguales, son &uacute;nicas como los cuadros; tienen algo especial que siguen conservando con el paso del tiempo al depositar en ellas, tal vez, nuestro cari&ntilde;o. De alguna manera niegan el vac&iacute;o o hacen que &eacute;ste parezca m&aacute;s peque&ntilde;o. Cuando se escribe una carta hay una entrega y cuando se recibe puede comenzar una historia o no llegar a dar inicio. Pero queda constancia del acontecer humano en un ordenamiento de palabras que partieron hacia un destino fijado. No es escribir ficci&oacute;n. Dejan las cartas ciertas pinceladas del car&aacute;cter, del estilo y a veces de la elocuencia. Dan ganas de pensar que cuando se escrib&iacute;a una carta no se pod&iacute;a mentir y puede que por ello, las cartas contienen siempre una verdad. La verdad de una persona, de su relaci&oacute;n con el otro, de las circunstancias adversas o favorables de su &eacute;poca, del misterio, de los secretos, del dolor y de la pasi&oacute;n de vivir en el mundo. Cuando una carta ha mentido ha provocado alguna cat&aacute;strofe, ya sea particular o general si es, por ejemplo, entre naciones. Al parecer, si no recuerdo mal, una mala traducci&oacute;n de una carta diplom&aacute;tica, hecha a prop&oacute;sito, fue la gota que colm&oacute; el vaso (la excusa) para el enfrentamiento entre Alemania y Francia durante la Primera Guerra Mundial.
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                &quot;Prize Papers&quot;. Cartas incautadas a los barcos españoles en el siglo XVIII.                            </span>
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        En las d&eacute;cadas de los sesenta y setenta llegaban a mi casa cartas de Venezuela, de B&eacute;lgica y de Australia, adem&aacute;s de las t&iacute;picas postales de Navidad de t&iacute;os y t&iacute;as y primos y primas. Anunciaban los nacimientos, hablaban de sus trabajos y de la ciudad donde viv&iacute;an, del mucho fr&iacute;o o del mucho calor que pasaban, de la nostalgia que sent&iacute;an y de que pronto vendr&iacute;an de vacaciones a la isla de La Palma. Cuando hice el servicio militar en el Pa&iacute;s Vasco en 1983, el d&iacute;a que llegaba una carta o una simple postal, era un d&iacute;a alegre que romp&iacute;a la monoton&iacute;a del resto. En la adolescencia y primera juventud, como a muchos de mi generaci&oacute;n, nos toc&oacute; escribir cartas a las novias o m&aacute;s bien a las que pretend&iacute;amos que fueran nuestras novias. Se mostraba el amor por escrito y se esperaba que cayera alg&uacute;n beso a cambio. Cuando era un muchacho, recuerdo escribir cartas en papel rayado que se compraba en las tiendas de ultramarinos. Haciendo de amanuense para algunas vecinas del barrio, generalmente de edad avanzada, escrib&iacute;a lo que ellas me dictaban: &ldquo;Querido hermano: Espero que al recibo de esta carta que te env&iacute;o, te encuentres bien de salud&hellip;&rdquo; Eran misivas que enviaban a sus parientes en el extranjero: sobres blancos bordeados en azul marino y rojo. Me viene, ahora que lo nombro, el sabor que quedaba en los labios despu&eacute;s de humedecer el borde triangulado al cerrar los sobres. En el interior o en lo alto de los armarios y en la mayor parte de las casas, siempre hab&iacute;a una caja de zapatos con cartas, otra con fotos y otra con los recibos de los pl&aacute;tanos, todas ellas sobre las inevitables radiograf&iacute;as extendidas a lo largo, pues no hab&iacute;a en la casa otro lugar tan amplio donde guardarlas a salvo. Al coleccionar sellos en la infancia como influencia de Jos&eacute; Ram&oacute;n, un vecino que hab&iacute;a emigrado a Amsterdam y que, en vacaciones, amablemente me tra&iacute;a un &aacute;lbum nuevo de regalo para seguir aumentando la colecci&oacute;n, pasaron por mis manos muchas cartas. Yo buscaba en los ba&uacute;les, en la cajas de tea, en los armarios y desvanes de las casas viejas o incluso, en las abandonadas. Las cartas m&aacute;s antiguas eran de Cuba, luego estaban las de &Aacute;frica y despu&eacute;s las de Venezuela. Grandes y con mucho colorido, los sellos m&aacute;s hermosos eran los cubanos y los venezolanos; los europeos eran m&aacute;s austeros y monocromos. Gracias a los sellos acced&iacute; a una lecci&oacute;n no s&oacute;lo de intimidad, sino de una humanidad que se hallaba esperando en la oscuridad del olvido. En un objeto que cabe en las manos pod&iacute;as sentir el hilo oculto de las cosas importantes, de la vida de aquellos que nos precedieron. Sin remedio somos animales que practicamos la curiosidad. As&iacute;, furtivos, aprendemos m&aacute;s pronto. Sin embargo, el escritor alem&aacute;n Heinrich Heine, estaba en contra del&nbsp;uso p&uacute;blico de las cartas privadas. A finales de noviembre de 2023, los Archivos Nacionales del Reino Unido, sacaron a la luz una selecci&oacute;n de documentos incautados a barcos espa&ntilde;oles, a los barcos apresados en las habituales disputas entre los dos imperios mar&iacute;timos durante el siglo XVIII. Puestos a disposici&oacute;n p&uacute;blica en la web, los &ldquo;Prize Papers&rdquo; incluyen numerosas cartas del servicio postal con detalles esclarecedores de la vida en Espa&ntilde;a y en las colonias americanas. Primorosamente conservadas, envueltas en papel crema m&aacute;s grueso y atadas con una cinta blanca, como era la costumbre de la &eacute;poca, son un tesoro que abre para los investigadores otras perspectivas desconocidas de aquellos tiempos lejanos. En una de esas cartas salvadas, en este caso gracias a la captura de los ingleses, hace 270 a&ntilde;os, Francisca Mu&ntilde;oz muestra de un modo admirable su indignaci&oacute;n a su marido, Miguel Atocha, que se hab&iacute;a marchado a Am&eacute;rica:
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;<em>Quisiera sabe qual es el motivo de haberte escrito treze cartas sin estas y de ninguna a ver tenido respuesta, quisiera saber si all&aacute; no ay papel o plumas o tinta para siquiera a ver escrito una, ya veo que es por falta no de lo dicho, ni de lugar, sino de mucho olvido que ya has hecho de toda tu familia, pues todos por ac&aacute; tienen sus socorros, raz&oacute;n y sola yo soy la desgraciada, rodeada de tantas miserias qual no otro en este mundo, con m&aacute;s arrastes, y colmo de miserias el verme rodeada de estos dos pedazos que tanto tu te has apagado en el amor&rdquo;.</em>
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                Edición de &quot;Epistolario&quot;. 1944-1977. Correspondencia entre María Moliner y José Ferrater Mora..                            </span>
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        Cuando leemos una carta as&iacute;, sabemos que es cierta y &eacute;sto es un&aacute;nime hasta para un ni&ntilde;o o una ni&ntilde;a. Esta impagable misiva que no lleg&oacute; a su destino, tiene un contenido extra por las trece cartas anteriores que no tuvieron respuesta. &Eacute;sa es la clave. &Eacute;sto, Francisca lo escribe, &iexcl;casi nada!, como si fuera Cervantes, incluyendo las faltas de ortograf&iacute;a: &ldquo;quisiera saber si all&aacute; no ay papel o tinta para siquiera a ver escrito una&rdquo;. Esta carta extraordinaria puede dar lugar a una novela o, incluso, a una serie para una plataforma digital, y adem&aacute;s, a la par que los tiempos, siendo el personaje principal una mujer. Una Ariadna abandonada por Teseo en la isla de Naxos. A ver si se animan los y las novelistas. No es la primera vez que una carta es el principio de una novela.
    </p><p class="article-text">
        Algunos escritos de car&aacute;cter privado dirigidos por una persona a otra, acaban formando parte de la historia humana e incluso, aportan detalles que la hacen m&aacute;s visible. Todo historiador, investigador o editor sabe que cuando encuentra una correspondencia, cuando encuentra una maleta llena de cartas, descubre una mina con un fil&oacute;n de oro. La estupenda biograf&iacute;a de Humboldt que tuve la suerte de leer el a&ntilde;o pasado y que fue obsequio de mi amigo Fernando Savat&eacute;, &ldquo;La invenci&oacute;n de la Naturaleza&rdquo;, de Andrea Wulf (Taurus, 2017), no ser&iacute;a igual de amplia y abarcadora sin las cartas de Goethe, del hermano Wilhelm, de Bol&iacute;var, de Jefferson, de Darwin, de Thoreau o de John Muir. El carteo de todos ellos sirve para unir la trama general de un hombre que ejerci&oacute; una gran influencia, como si ech&aacute;ramos argamasa a una estructura. A mitad del siglo XIX y en sus &uacute;ltimos a&ntilde;os, el genio alem&aacute;n recib&iacute;a en su casa de Berl&iacute;n cuatro mil cartas al a&ntilde;o y llegaba a escribir cerca de dos mil, lo que hac&iacute;a que se sintiera &ldquo;implacablemente perseguido por la correspondencia&rdquo;. Rechazaba la ayuda de secretarios privados para que le ayudaran, porque dec&iacute;a que las cartas dictadas eran demasiado &ldquo;formales y serias&rdquo;. Caso poco com&uacute;n de clarividencia, Alexander von Humboldt fue una suerte para el mundo. Y lo sigue siendo.
    </p><p class="article-text">
        La vida de las personas ha dejado cartas (ya muchas menos), para todos los gustos, m&aacute;s fr&iacute;volas o m&aacute;s serias; las sigue habiendo insufribles, que reclaman nuestro escaso dinero para Hacienda, para la banca o para Endesa; las hay con m&aacute;s o menos informaci&oacute;n hist&oacute;rica o pol&iacute;tica. Hace poco Feij&oacute; le escribi&oacute; una carta a Pedro S&aacute;nchez, y &eacute;ste le contest&oacute; escribiendo otra con cierta iron&iacute;a. No sirvieron para nada; parece que en pol&iacute;tica las cartas est&aacute;n fuera de onda. Una carta certificada puede indicar una deuda con alguna administraci&oacute;n, el ingreso en prisi&oacute;n o la baja de un trabajo. Hay cartas que dan miedo y cartas que te alegran la vida. Estar en prisi&oacute;n y recibir una carta o escribir a alguien querido que se halla en una c&aacute;rcel, es harina de otro costal. Escribir una carta a tu amada antes de que te fusilen en el patio al amanecer, es un l&iacute;mite insuperable para qui&eacute;n la escribe y para qui&eacute;n la recibe, y tambi&eacute;n para nosotros que la leemos pasados los a&ntilde;os y no podemos hacernos ni idea de un asunto tan comprometido. No se puede elevar m&aacute;s el nivel de escribir como parte imprescindible de las exigencias de un destino implacable. &Eacute;sto lo tuvieron que hacer muchos espa&ntilde;oles y espa&ntilde;olas que, sin cr&iacute;menes de sangre, fueron fusilados por la represi&oacute;n franquista una vez logrados los objetivos militares y despu&eacute;s de terminada la contienda. Nunca una carta ha contenido tanto. En ciertas capitan&iacute;as del ej&eacute;rcito a&uacute;n no se han abierto los archivos al p&uacute;blico general. Cuarenta a&ntilde;os de dictadura dejan un reguero de p&oacute;lvora mezclado con el aroma de las rosas rojas del olvido. Cartas de amor y de guerra. En este pa&iacute;s solemos recurrir a la ficci&oacute;n del realismo social porque no sabemos llegar a un acuerdo con la realidad del pasado a nivel pol&iacute;tico, con la memoria de lo que fue esa realidad si es que &eacute;sta se puede dilucidar cuando algunos son partidarios de volver a ella. Mientras tanto, aqu&iacute; est&aacute;n las cartas para los incr&eacute;dulos. Entre los libros&nbsp;que se han publicado con transcripciones de soldados o prisioneros, encontramos: &ldquo;Cartas presas&rdquo; (Marcial Pons, 2016) de Ver&oacute;nica Sierra Blas. &ldquo;Nuestra historia no es, sino en gran medida, la historia de nuestra escritura&rdquo;, afirma la autora. &ldquo;Madrina de guerra: Cartas desde el frente&rdquo; de C. Ortiz y &ldquo;Ya sabes mi paradero: la Guerra Civil a trav&eacute;s de las cartas de los que la vivieron&rdquo; de J. Cervera<em>. </em>Las cartas son una prueba, cuentan lo que muchos esconden. A lo largo de la historia hay algunas cartas que son o fueron definitivas: Belarofonte, acusado falsamente de acoso por Anteia, la mujer de Proteo, fue enviado por &eacute;ste, en un arrebato de celos con una carta al rey de los licios, Iobates, cuyo texto dec&iacute;a: &ldquo;Al recibo de la presente, me har&aacute;s la merced de dar muerte al portador&rdquo;.
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                Alexander von Humboldt, por Joseph Stieler, 1843.                            </span>
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        El maestro que renov&oacute; la literatura de terror H. P. Lovecraft, era un hombre que escrib&iacute;a cartas; hay quien dice que m&aacute;s de cien mil, de las que se conservan una d&eacute;cima parte. Traducidas al espa&ntilde;ol por Javier Calvo, se edit&oacute; una primera selecci&oacute;n en 2023: &ldquo;Escribir contra los hombres&rdquo; (Aristas Mart&iacute;nez Ediciones). Lewis Carroll no se hab&iacute;a quedado atr&aacute;s: seg&uacute;n su propia declaraci&oacute;n, escribi&oacute; 98.721 cartas en los &uacute;ltimos treinta y siete a&ntilde;os de su vida. En el siglo XVIII, Horace Walpole, envi&oacute; m&aacute;s de cuatro mil misivas a lo largo de cuarenta y cinco a&ntilde;os, sobre todo, a su amigo Horace Mann, ministro de Inglaterra en Venecia que, adem&aacute;s, nunca sol&iacute;a contestarle. En una carta al conde de Hertford, el 12 de febrero de 1765, escribe: &ldquo;Carecemos de libros, drama, intriga, casamiento, fuga de amantes o disputa nuevos; en resumen, estamos muy apagados. En punto de pol&iacute;tica, a menos que los ministros metan traviesamente las manos en alg&uacute;n fuego, creo que ni siquiera habr&aacute; humillo&rdquo;. Con gracia y desenfado se aburr&iacute;a Walpole en Arlinton Street. El momento dorado de la correspondencia fue el siglo XVII y el siglo XVIII. Tambi&eacute;n el de la novela epistolar. Las mujeres y los salones que ellas dirig&iacute;an de un modo admirable, tuvieron mucha importancia a nivel cultural. A Madame de S&eacute;vign&eacute; se la considera un modelo, al igual que a Madame du Deffand y a Lady Montagu. Laura Cobos, nuestra querida profesora de Filosof&iacute;a, nos las dio a conocer a finales de los setenta, en la &eacute;poca el Instituto. El griego Epicuro escribi&oacute; a Her&oacute;doto, y su carta a Meneceo inicia la filosof&iacute;a epistolar. Hay centenares de cartas de Cicer&oacute;n y de Horacio. Comenc&eacute; el a&ntilde;o 2025 leyendo las &ldquo;Cartas morales a Lucilio&rdquo;, en dos vol&uacute;menes; la obra de madurez de S&eacute;neca que es muy de agradecer. Miren qu&eacute; actual es esta cita que subray&eacute;, parece que habla de las fake news: &ldquo;Los deseos naturales tienen un t&eacute;rmino; los que brotan de una falsa opini&oacute;n no se detienen, ya que lo falso carece de l&iacute;mite&rdquo;. Plinio el Joven cuenta en una carta a T&aacute;cito, la muerte de su t&iacute;o Plinio el Viejo, durante la terrible erupci&oacute;n del Vesubio en el a&ntilde;o 79 d. C. Mientras el volc&aacute;n Tajogaite segu&iacute;a en activo en El Paso en 2021, cit&eacute; la correspondencia de Plinio el Joven. A la hora de escribir art&iacute;culos sobre el volc&aacute;n para este peri&oacute;dico digital, las cartas del escritor griego y otros cl&aacute;sicos, me sirvieron de antecedente a tener en cuenta para una necesaria reflexi&oacute;n y as&iacute;, no s&oacute;lo mirarnos el ombligo, como ve&iacute;a que suced&iacute;a en los medios de comunicaci&oacute;n insulares y regionales ante un asunto tan dram&aacute;tico y sorpresivo.
    </p><p class="article-text">
        Las &ldquo;Cartas de Relaci&oacute;n&rdquo; de Hern&aacute;n Cort&eacute;s al Emperador de las Espa&ntilde;as, son el primer documento sobre la conquista de M&eacute;xico. Sigmund Freud rompi&oacute; con su colaborador Carl G. Jung, a trav&eacute;s de una carta, y &eacute;ste le respondi&oacute; con otra muy elocuente. Una carta que envi&oacute; la actriz Ingrid Bergman a Roberto Rossellini, cambi&oacute; la historia del cine, y la de ellos dos; y nos dej&oacute;, entre otras perlas, &ldquo;Stromboli&rdquo;. Las cartas literarias y filos&oacute;ficas, que son las que m&aacute;s me interesan, han ido evolucionando como la propia literatura; las griegas tienen m&aacute;s oratoria, las latinas m&aacute;s atenci&oacute;n al detalle; en la Edad Media y principios del Renacimiento, tienden a ser m&aacute;s ret&oacute;ricas y despu&eacute;s se vuelve a una cierta nitidez, nos dice Alfonso Reyes, en &ldquo;Literatura epistolar&rdquo;, un excelente y viejo compendio del g&eacute;nero que utilizo a menudo. Importante es la correspondencia de Van Gogh, y muy bellas las cartas a su hermano Th&eacute;o; &iacute;ntegras son las de Unamuno, y ya va siendo hora de que en Espa&ntilde;a se publique su correspondencia completa; picantes son las que cruzaron Gald&oacute;s y Emilia Pardo Bas&aacute;n; elegantes y pintorescas las de Eca de Queiroz; Voltaire dej&oacute; unas diez mil cartas, todas admirables, casi todas publicadas; ocupan trece vol&uacute;menes en la Biblioth&egrave;que de la Pl&eacute;iade; &ldquo;Las cartas a un joven poeta&rdquo; de Rilke, son un manual de escritura y de supervivencia ineludible; el Flaubert que se esconde en su obra como un mago, aparece en carne y hueso en su sustanciosas cartas: &ldquo;El hilo del collar: Correspondencia&rdquo; (Alianza Editorial, 2021), que es, adem&aacute;s, una lecci&oacute;n maestra sobre la creaci&oacute;n literaria. Se cartea con Louise Colet, con Baudelaire. Si hubiera publicado en vida lo que dice de los burdeles de Estambul o de El Cairo, habr&iacute;a ido a la c&aacute;rcel por esc&aacute;ndalo p&uacute;blico; en las misivas entre George Sand y Alfred de Musset, se ve el amor que se profesaban, al igual que las que se cruzaron Rimbaud y Verlaine ; Kafka no se entender&iacute;a tanto sin &ldquo;Carta al Padre&rdquo;, una sola carta de 78 p&aacute;ginas, y sin las numerosas &ldquo;Cartas a Milena&rdquo;; el epistolario de Nietzsche, desde la adolescencia, es casi una autobiograf&iacute;a; Goethe mantuvo con Augusta de Stolberg un largo epistolario sentimental en secreto que nunca fue revelado; hay mucha ternura en las cartas de Leopardi a sus amigos de Toscana y mucha contenci&oacute;n en las de Turgueniev a la soprano espa&ntilde;ola Paulina Viardot; &Oacute;scar Wilde desde la c&aacute;rcel de Reading, abatido, le escrib&iacute;a a su amigo Robert Ross. En el tiempo de la invasi&oacute;n nazi en Francia, que al final le cost&oacute; la vida a Paul Val&eacute;ry, el 17 de junio de 1940, el poeta escribe desde Dinard, una conmovedora carta a Victoria Ocampo, directora de la revista &ldquo;Sur&rdquo; de Buenos Aires: &ldquo;Victoria: lloro al escribirle. El barco naufraga...Se hizo lo que se pudo. Nada iguala a lo que realizaron nuestros hijos. Pero el n&uacute;mero y la bestialidad nos aplastan. &iexcl;La traici&oacute;n en el Norte, la cobard&iacute;a en el Sur han permitido el triunfo de una bestia misteriosa!...Ahora el desastre p&uacute;blico engendra todos los desastres privados&rdquo;.
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                &quot;Cartas de artistas&quot;, de Michael Bird.                            </span>
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        Por fin se ha traducido al espa&ntilde;ol el epistolario entre la gran actriz de teatro Mar&iacute;a Casares y Albert Camus; mil seiscientas cartas entre 1944 y 1959, incluida, la &uacute;ltima antes del fatal accidente de tr&aacute;fico que cost&oacute; la vida al Nobel franc&eacute;s. Si hici&eacute;ramos un mapa con la correspondencia que el ser humano ha realizado, ser&iacute;a una cartograf&iacute;a del mundo, y en ella estar&iacute;a fielmente reflejado lo que de verdad somos, pues cada carta firmada implica una confesi&oacute;n, un lugar en el espacio y una fecha en el tiempo. Lo que se dice en una carta, tal vez, no se pueda decir en ning&uacute;n otro sitio. Escribir cartas no es hablar; es otra cosa, implica una mayor reflexi&oacute;n. Es un hervor m&aacute;s tibio, tiene otro tiempo de espera. El que est&aacute; detr&aacute;s, el otro, el de verdad, coloca su pensamiento en una escritura dirigida, como al tensar un arco y disparar una flecha. Y lo hace desde la soledad, pero es desde la soledad hacia una ausencia que pretende cambiar y que por ello tiene la esperanza de que se haga presencia.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Siempre he de comenzar mis cartas pidi&eacute;ndole excusas de haber tardado tanto en escribirlas, lo cual no est&aacute; de acuerdo ciertamente con la alegr&iacute;a que me produce el recibir las suyas, pues aparte de lo mucho que le estimo y quiero no suelo recibir muchas tan inteligentes, perd&oacute;n por el t&eacute;rmino, pero as&iacute; es. &iexcl;Qu&eacute; descanso, Se&ntilde;or!, dan ganas de decir a las pocas personas con quien se puede hablar aunque est&eacute;n lejos, gracias, infinitas gracias.&rdquo; As&iacute; comienza la carta que le env&iacute;a, el 7 de octubre de 1952, Mar&iacute;a Zambrano a Jos&eacute; Ferrater Mora. Las cartas eran una suerte en esos tiempos de exilio, manten&iacute;an un hilo de esperanza y afinidad ante la dispersi&oacute;n que supon&iacute;a para los espa&ntilde;oles la dictadura de Franco. Editorial Renacimiento public&oacute; en diciembre de 2022, &ldquo;Epistolario 1944-1977&rdquo;, una correspondencia intensa entre los dos fil&oacute;sofos que pienso leer lo m&aacute;s pronto posible.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En los &uacute;ltimos a&ntilde;os las editoriales se han puesto las pilas y han publicado numerosas ediciones de la correspondencia entre artistas, m&uacute;sicos, escritores y cient&iacute;ficos. Entre ellas me gustar&iacute;a destacar: &ldquo;Querido maestro. Correspondencia de Pau Casals&rdquo; (1893-1973), edici&oacute;n y traducci&oacute;n de Anna Dalmau y Anna Mora (Acantilado, 2024). En una de ellas dice el maestro: &ldquo;Las cartas deben ser aut&oacute;grafas. No hay ninguna igual. Una palabra de comprensi&oacute;n, de esperanza, de consuelo...&iexcl;eso es lo que cuenta!&rdquo; Tambi&eacute;n me gustar&iacute;a leer la recopilaci&oacute;n de cartas entre la poeta Wislawa Szymborska y el escritor Kornel Filipowich a lo largo de casi veinte a&ntilde;os: &ldquo;Escribe si vendr&aacute;s. Correspondencia&rdquo; (1967-1978) (Editorial Las afueras, 2023), &ldquo;un homenaje al amor y a la literatura, a la naturaleza y a la libertad&rdquo;. En la librer&iacute;a &ldquo;Iriarte&rdquo; de mi pueblo, en Los Sauces, adquir&iacute; hace poco &ldquo;Cartas de los artistas&rdquo; (Blume, 2022). Con una cita de Auden: &ldquo;Llega tu carta, que habla como t&uacute;&rdquo;, se inicia este bello libro. Una amplia selecci&oacute;n de m&aacute;s de noventa misivas de la esfera del arte y al cuidado de Michael Bird. Desde Leonardo da Vinci hasta David Hockney, de 1482 hasta 1995. Con introducci&oacute;n y foto para cada carta, vemos no solamente lo que cuentan, sino la variada caligraf&iacute;a y los dibujos en blanco y negro, en sanguina y algunos a color, con que sol&iacute;an acompa&ntilde;ar el texto. &ldquo;Las cosas que amigos y amantes se dicen el uno al otro en cartas no ha cambiado mucho en quinientos a&ntilde;os&rdquo;, comenta en la introducci&oacute;n Michael Bird. No da uno abasto a leer toda la correspondencia que se publica y que nos llama la atenci&oacute;n. Tambi&eacute;n es muy interesante y curioso el caso de Tchaikovsky que ahora conocemos al publicarse sus cartas. El compositor ruso, de car&aacute;cter t&iacute;mido y humilde, tuvo por mecenas durante m&aacute;s de diez a&ntilde;os a una acaudalada viuda, Nadezhda von Meck. Algunas de sus obras est&aacute;n dedicadas a esta generosa dama. Sin embargo, sin nunca llegar a conocerse, mantuvieron una relaci&oacute;n solamente a trav&eacute;s de la correspondencia.
    </p><p class="article-text">
        Los escritores de ficci&oacute;n o los poetas, se han dado cuenta de cierta capacidad de convicci&oacute;n que tiene el g&eacute;nero epistolar y han utilizado sus cualidades para construir ciertas obras maestras. Las cartas cruzadas entre Hiperi&oacute;n, Diotima y Belarmino constituyen lo m&aacute;s bello de H&ouml;lderlin y conforman una de las obras cumbres del Romanticismo alem&aacute;n: &ldquo;Hiperi&oacute;n o el eremita en Grecia&rdquo;. &ldquo;Querido Marco:...&rdquo; da inicio a ese discurso, no una novela como dicen muchos, que es &ldquo;Memorias de Adriano&rdquo; de Marguerite Yourcenar; en realidad, se trata de una sola carta. &ldquo;Dr&aacute;cula&rdquo; de Bram Stoker, est&aacute; compuesta de cartas y algunos fragmentos de un diario. &ldquo;Los idus de marzo&rdquo; de Thornton Wilder, que no me canso de recomendar, es un ejemplo de creaci&oacute;n literaria compuesta exclusivamente de misivas. Antonio Tabucchi escribe a una dama en la novela epistolar &ldquo;Se est&aacute; haciendo cada vez m&aacute;s tarde&rdquo; (Anagrama, 2002). Recuerdo a Sara leyendo este libro en la playa de Las Teresitas. Mi amigo, el poeta Bernardo Chevilly, recurri&oacute; a este g&eacute;nero para, por ahora, su &uacute;ltimo libro: &ldquo;Cartas imaginarias&rdquo; (Renacimiento, 2017). Me pregunto, si todo lo que escribimos no es sino una carta abierta dirigida a no s&eacute; qui&eacute;n; incluso a uno mismo, pues somos otro cuando recibimos que cuando emitimos el mensaje. Toda obra de una escritora, toda obra de autor, es una carta al mundo. Toda la literatura es una sola carta al universo. El pobre cosmos, con tanto vac&iacute;o de por medio, se encuentra tan solo y tan desconsolado que nos da una pena tremenda. Escribir es enviar una carta al mundo sin esperar acuso de recibo. Es sentir misericordia de la distancia, de los horizontes, de la vastedad que no alcanza nuestra mirada. Los sue&ntilde;os solo cuestan un sello de correos. El lado iluminado que necesita todo cuerpo en sombra.
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                Cartas de John Berger a Óscar Lorenzo.                            </span>
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        Nadie escribe cartas hoy en d&iacute;a, nadie, excepto el veterano periodista y escritor neoyorquino Gay Talese, que en una reciente entrevista afirmaba que a&uacute;n mantiene correspondencia con alg&uacute;n amigo. En febrero pasado le&iacute; su &uacute;ltimo libro: &ldquo;Bartleby y yo&rdquo; (Alfaguara, 2024). Escribe tan bien como viste; el padre era sastre y hab&iacute;a emigrado a Nueva York desde la isla de Sicilia. Las cartas ser&aacute;n, en su estado s&oacute;lido de papel y ahora digitalizadas, sustancia para los archivos, universidades y museos. Es decir, materia indispensable para nuestro propio conocimiento. Su car&aacute;cter fr&aacute;gil se digitalizar&aacute; para salvarlo de las llamas de un posible incendio, pero no del v&eacute;rtigo tecnol&oacute;gico que las condena a un cierto olvido excepto para especialistas. Hoy, nos asaeteamos con whatsapp, nos torturamos con video llamada, cerramos el d&iacute;a y lo abrimos con el correo electr&oacute;nico, escribimos en un chat m&uacute;ltiple, en fin, hay innumerables formas de comunicarse, pero toda ellas van a parar a la papelera, y la papelera no se sabe a d&oacute;nde. Un abanico de posibilidades comunicativas, por un lado; pero tambi&eacute;n, mucha soledad por el otro. Una soledad a la que nadie pone remedio. Y nadie quiere escribir sino lo m&iacute;nimo indispensable porque cansa el teclado, cuando lo que cansa en un mundo como el de hoy, es tener que reflexionar. Y esto es as&iacute;, porque si lo hici&eacute;ramos, saldr&iacute;amos muy mal parados. Al publicar en las redes sociales es como si entregamos una carta abierta. &iquest;D&oacute;nde queda lo privado, lo que propon&iacute;an las cartas solamente entre dos personas? Al margen de que luego, m&aacute;s tarde, con los permisos pertinentes, (que por cierto, son un foll&oacute;n), fueran publicadas en un libro bien editado, lo privado de la comunicaci&oacute;n en internet se ha desintegrado en un no lugar y en un no saber qui&eacute;n es el lobo y qui&eacute;n es la oveja. Enviado un e-mail, digamos, lo m&aacute;s parecido a una carta en plan digital, &eacute;ste es lanzado como un hijo sin retorno a un porvenir desconocido; hasta para los m&aacute;ximos especialistas inform&aacute;ticos, lo que ser&aacute; de ese mensaje en el futuro es una inc&oacute;gnita.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Al final del estudio preliminar a &ldquo;Literatura epistolar&rdquo;, el escritor mexicano Alfonso Reyes nos advert&iacute;a en 1968: &ldquo;Sin el estudio de las cartas, la cultura en general (tesoro espiritual acumulado por las generaciones), la historia, la biograf&iacute;a, las letras, presentan zonas de silencio o, a veces, carecen de explicaci&oacute;n.&rdquo; En un agujero negro digital buscar&aacute;n nuestra huella. Nuestros cuerpos se incinerar&aacute;n, nuestro rastro ser&aacute; energ&iacute;a oscura de saldo en la inmensidad del vac&iacute;o. Como yo busco ahora en la literatura epistolar la huella humana, cosas del d&iacute;a a d&iacute;a, de la relaci&oacute;n con los otros y con el paisaje, de c&oacute;mo viv&iacute;an, detalles que conforman, rasgos, se&ntilde;ales, verdades en definitiva, me pregunto humildemente: &iquest;c&oacute;mo buscar&aacute;n en el futuro los investigadores cuando estudien una biograf&iacute;a, una &eacute;poca o unos hechos determinados, si no va a existir nada s&oacute;lido, como, precisamente, un paquete de cartas? Yo mismo, guardo cartas, algunas muy hermosas. En un art&iacute;culo anterior les habl&eacute; de las dos cartas que poseo de John Berger y les expliqu&eacute; el gran valor que les doy. S&eacute; que algunas mujeres tienen cartas enviadas por m&iacute;; el que las guarden a&uacute;n, cuando ya han pasado m&aacute;s de treinta a&ntilde;os, es un favor que me otorgan. Eran cartas de amor, seguramente algo cursis. La &uacute;ltima carta que recuerdo haber escrito, fue una carta para una mujer muy hermosa de un pa&iacute;s mediterr&aacute;neo. Un &aacute;ngel. Los &aacute;ngeles no tienen whatsapp ni Facebook ni correo electr&oacute;nico; los &aacute;ngeles hermosos s&oacute;lo reciben cartas, cartas de amor.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&Oacute;SCAR LORENZO</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>San Andr&eacute;s y Sauces</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>Isla de La Palma</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>25-04-2025</strong>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Óscar Lorenzo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/lapalmaahora/lapalmaopina/desprendimientos-iii-cartas_129_12251276.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 27 Apr 2025 10:12:26 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Desprendimientos (III). Las cartas]]></media:title>
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    </item>
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      <title><![CDATA[Escalera al cielo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/lapalmaahora/lapalmaopina/escalera-cielo_129_12225573.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/22cc5fd8-df66-4564-bcfe-2f994ffde29c_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Escalera al cielo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">PUNTO Y COMA - En Occidente, perteneces a un grupo social o profesional según a lo que te dediques o lo que estudies en la universidad, a la que todos, en principio, tienen derecho y acceso. Aun así, con esta trascendental diferencia entre Oriente y Occidente, sabemos que en la sociedad contemporánea hay una escalera para los ricos y otra para los pobres</p></div><figure class="ni-figure">
        
                                            






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            <span class="title">
                La escalera de Jacob (1815), William Blake.                            </span>
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        &ldquo;Y tuvo un sue&ntilde;o; so&ntilde;&oacute; con una escalera apoyada en la tierra, y cuya cima tocaba los cielos.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;La escalera de Jacob&rdquo;, G&eacute;nesis 28, 11-19&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Seg&uacute;n el &ldquo;Libro de los muertos&rdquo;, un texto funerario del Antiguo Egipto, ya est&aacute; colocada la escalera para que podamos ver a los dioses. Con la misma madera de la cuna donde nacemos, se hacen los pelda&ntilde;os de la escalera por donde vamos a transitar en nuestra existencia. No son dos los caminos por donde estamos obligados a andar, uno para subir y otro para bajar, sino solamente uno, como bien claro dej&oacute; Her&aacute;clito; as&iacute; que queramos o no, ah&iacute; est&aacute; la escalera, esper&aacute;ndonos, para una vez concluida nuestra misi&oacute;n en la tierra, poder cumplir &ldquo;la m&aacute;s intrigante de nuestras obligaciones&rdquo;, al decir del maestro Steiner, es decir: morir tranquilamente.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Dec&iacute;a Mircea Eliade, que &ldquo;la escalera representa pl&aacute;sticamente la ruptura de nivel que hace posible el paso de un mundo a otro y la comunicaci&oacute;n entre cielo, tierra e infierno. Para producir una relaci&oacute;n entre dos mundos, es necesario romper el nivel de aislamiento&rdquo;, y para eso, lo mejor es una escalera. En la relaci&oacute;n amorosa si los amantes no disponen de una buena escalera, al disminuir la pasi&oacute;n se sienten perdidos y tienen que saltar al vac&iacute;o donde el amor tiende a disolverse. Lo que, en el fondo, no es sino una forma r&aacute;pida de bajar a un cierto pozo, solo que en este caso, es por un camino sin escalera. Lo mismo ocurre a nivel burs&aacute;til que en los usos amorosos: se sube de escal&oacute;n en escal&oacute;n, pero se baja en tobog&aacute;n. Entonces, despu&eacute;s de tocar fondo, no hay m&aacute;s remedio que construirse una escalera con las propias manos, para volver a subir y salir a flote, aunque en el horizonte se perciba una l&iacute;nea de soledad que nunca se sabe si ser&aacute; pasajera o definitiva. Como todo en este mundo.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Escalera óptica en la tierra surcada. Las Lomadas, Los Sauces.                            </span>
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        M&aacute;s tarde o m&aacute;s temprano, siempre har&aacute; falta una escalera. Mi padre fabricaba unas escaleras de mano, estupendas, de madera verde del monte de Las Lomadas, de laurel, de faya o acebi&ntilde;o. Con el serrucho cortaba los pelda&ntilde;os, con el machete los rebajaba y con clavos de tres o cuatro pulgadas los fijaba a dos palos rectos y largos, que &eacute;l ya hab&iacute;a seleccionado entre la espesura del monte. Le vi y ayud&eacute; a construir muchas y de diferentes tama&ntilde;os, en multitud de lugares y para m&uacute;ltiples usos. Todav&iacute;a se conserva alguna que ha resistido el paso de los a&ntilde;os; de vez en cuando la utilizo y en cada pelda&ntilde;o que subo, lo recuerdo. Tal vez por eso, sostiene Marius Schneider (citado por Eduardo Cirlot en su &ldquo;Diccionario de S&iacute;mbolos&rdquo;), que &ldquo;para alcanzar la monta&ntilde;a de Marte y obtener sus bienes, hay que subir la escalera de los antepasados&rdquo;. Con las escaleras que dej&oacute; mi padre, de arena y cemento o de madera, tengo acceso a los huertos, a las frutas del Ed&eacute;n particular, e incluso, a los recuerdos de un mundo que hoy es pasado. Un mundo del cual quedan, precisamente, s&oacute;lo esos recuerdos como si fueran f&oacute;siles que hubieran perdurado en la vor&aacute;gine del tiempo. Queda esa memoria, quedan las escaleras y el monte que avanza hasta empujarnos al mar. El esp&iacute;ritu, la realidad y el futuro: las Tres Gracias.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Escena de &quot;La escalera de caracol&quot; (1946) de Robert Siodmak."
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                Escena de &quot;La escalera de caracol&quot; (1946) de Robert Siodmak.                            </span>
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        Si miran los &aacute;lbumes de fotos familiares, los archivos del disco duro o el wasap del m&oacute;vil, se encontrar&aacute;n con escaleras por todas partes; las hay en cada foto de boda o de bautismo, cada viaje tur&iacute;stico, cada recuerdo escolar o deportivo, con sus gradas escalonadas como los anfiteatros griegos; tambi&eacute;n aparecen escalones en las fotos de las cumbres pol&iacute;ticas, de los nombramientos ministeriales y cuando se entregan las licenciaturas en la universidad. Una foto de un grupo numeroso necesita una buena escalinata para que salgan todos bien representados. No hay medalla o trofeo sin el pelda&ntilde;o adecuado. Ni en broma puede haber rey o reina, tirano, h&eacute;roe o divinidad, sin escaleras que lo mantengan destacado y aislado en lo alto de una tribuna; por eso, tanto la iglesia como el ej&eacute;rcito, colocan muchos pelda&ntilde;os entre los que mandan y los que obedecen, ya sean feligreses o soldados o, incluso, enemigos. Las escaleras sirven de barrera, de aislamiento, de servidumbre, pero tambi&eacute;n pueden representar la posibilidad de escapatoria, de salida de un enclaustramiento o de un encierro a disgusto; pueden llevar al s&oacute;tano en subsuelo, pero tambi&eacute;n a la buhardilla en lo alto del tejado. La jugada suprema en el p&oacute;quer es la escalera de color. No existe refugio sin escaleras y cuantas m&aacute;s tenga, mejor es su protecci&oacute;n, porque es m&aacute;s profunda. Gracias a las escaleras mec&aacute;nicas, hemos aprendido a subir sin dar un paso y de camino hemos engordado. Abandonada la agricultura y sus fatigas, ahora bajamos las escaleras del gimnasio a sudar de lo lindo. Miren donde miren, aunque hoy en d&iacute;a sean habituales los ascensores, las escaleras siempre est&aacute;n presentes y tienen una importancia vital, no solo en caso de incendio.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                La escalera de la evasión (1941), Joan Miró.                            </span>
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        Para asaltar el palacio de Invierno, hubo que subir las escaleras de la Historia, pero para llegar de nuevo a la tiran&iacute;a, s&oacute;lo hizo falta quedarse en el palacio como si fuera una casa particular. El 6 de enero de 2021 &ldquo;una turba de partidarios de extrema derecha del entonces presidente saliente de los Estados Unidos, Donald Trump&rdquo; (Wikipedia), subieron las escaleras del Capitolio y asaltaron la sede del Congreso. Regresado al poder a finales de 2024, Donald Trump ha puesto fin a la globalizaci&oacute;n (a los globalizadores y a los globalizados), ha roto todos los acuerdos diplom&aacute;ticos, comerciales, sanitarios y ecol&oacute;gicos; amenaza con planes diab&oacute;licos de invasi&oacute;n, y, criminalizando a los inmigrantes, se ha cargado los derechos humanos con una falta de piedad que tiene a todo el planeta alarmado. Pobre mundo, este loco en ascensor, y nosotros, pelda&ntilde;o a pelda&ntilde;o. En un ataque claro a la democracia, como acostumbra a imponer la agenda fascista, ha retirado todas las escaleras de comunicaci&oacute;n habituales porque &eacute;l tiene un ascensor de oro. Puede haber una escalera para los justos, como pensaba Mahoma, y otra para los ingratos, como es de suponer. En muchos lugares de Oriente, como en India, no existe una escalera social. Todo depende de la casta o el linaje &eacute;tnico o religioso dado por nacimiento. No puedes hacerte ingeniero o abogada si naces en una casta inferior. Unos, condenados seg&uacute;n la estirpe y otros, enviados a estudiar a universidades extranjeras seg&uacute;n el abolengo. En realidad, una clase de racismo y desprecio clasista, amparado en pr&aacute;cticas religiosas ancestrales que se perpet&uacute;an en un pa&iacute;s inmenso en cuanto a extensi&oacute;n y a poblaci&oacute;n, con santos y santas por todos los lados, y todo ello, porque no ha existido una simple escalera social. En Occidente, perteneces a un grupo social o profesional seg&uacute;n a lo que te dediques o lo que estudies en la universidad, a la que todos, en principio, tienen derecho y acceso. Aun as&iacute;, con esta trascendental diferencia entre Oriente y Occidente, sabemos que en la sociedad contempor&aacute;nea hay una escalera para los ricos y otra para los pobres. Y una es m&aacute;s r&aacute;pida que la otra porque los que manejan el dinero o el poder, suelen saltarse varios pelda&ntilde;os. La democracia dice que busca una escalera para todos, pero todos sabemos que los que est&aacute;n en lo alto donde reina el capitalismo, s&oacute;lo nos permiten llegar hasta la mitad de la democracia, es decir, hasta mitad de la escalera. Para que algunos mantengan los privilegios, el progreso general no debe pasar de un cierto l&iacute;mite, digamos, del cincuenta por ciento. Esto es la amnesia dentro de la democracia. Podemos &ldquo;cultivar nuestro huerto&rdquo; como recomendaban Voltaire y Emerson, en plan metaf&oacute;rico, de un modo expl&iacute;cito o las dos cosas a la vez, pero siempre - no se olviden -, vamos a necesitar una escalera a mano, aunque s&oacute;lo lleguemos con ella a la mitad del cielo.&nbsp;
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                    alt="Cartel de la película &quot;El arca rusa&quot;  (2002) de Alexander Sokúrov."
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                Cartel de la película &quot;El arca rusa&quot;  (2002) de Alexander Sokúrov.                            </span>
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        Me gustan hasta las escaleras que no llevan a ning&uacute;n lugar, pues est&aacute;n inventadas para realizar ese gesto tan bello que es el regreso. Ni siquiera los ascensores han podido con las escaleras. &iquest;Qu&eacute; ser&iacute;a de los bomberos sin escaleras? Yo, ya veo escaleras por todas partes; la m&aacute;s bella es la que escala el amante hasta la alcoba de la amada, aunque ahora puede ser que sean, ellas, las que vienen con la escalera en la mano. Hay que tener en cuenta que tambi&eacute;n pueden ser una barrera infranqueable para muchos. Imaginen una escalera vista desde una silla de ruedas, se transforma en un muro. Todos sabemos o deber&iacute;amos saber que la ancianidad y las escaleras se llevan muy, muy mal. Cuando las rodillas no obedecen, mejor que todo sea llano. Gracias a la democracia, el uso de rampas o elevadores el&eacute;ctricos como alternativa, se halla muy extendido y es casi una obligaci&oacute;n municipal en todos los lugares p&uacute;blicos. Por cierto, m&aacute;s en Espa&ntilde;a que en Europa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En psicolog&iacute;a se habla de &ldquo;escalera del desarrollo&rdquo;, en educaci&oacute;n de &ldquo;escalera de aprendizaje&rdquo;, en econom&iacute;a de &ldquo;escalera econ&oacute;mica&rdquo; y en pol&iacute;tica de &ldquo;escalera del poder&rdquo;.&nbsp;El concepto de escalera lleva impl&iacute;cita la noci&oacute;n de cambio, crecimiento y evoluci&oacute;n. En la filosof&iacute;a plat&oacute;nica la escalera ascendente conduc&iacute;a desde el mundo sensible al mundo de las ideas. Cuando Dante y Virgilio bajan al Infierno en la &ldquo;Divina Comedia&rdquo;, &eacute;ste tiene forma de cono invertido, por lo tanto, descienden en c&iacute;rculos como por una escalera de caracol. El dramaturgo Antonio Buero Vallejo en &ldquo;Historias de una escalera&rdquo;(1949), puso a vivir a tres generaciones en un rellano muy pobre, que envejec&iacute;a como la esperanza estancada de sus habitantes. Las escaleras con su poder metaf&oacute;rico, son muy po&eacute;ticas y tambi&eacute;n muy gr&aacute;ficas. Desde William Blake a Salvador Dal&iacute;, desde Joan Mir&oacute; que las pint&oacute;, ya anciano, para alcanzar las estrellas y evadirse de la guerra civil y de otros desastres, hasta Anselm Kiefer, que las hace aparecer en sus paisajes desolados como una posible y dif&iacute;cil v&iacute;a de escape, las escaleras forman parte de la historia de la pintura. En la obra &ldquo;Siete palacios&rdquo; (2002), del artista alem&aacute;n, hay once escalones de metal que contienen libros quemados por los bordes y en el &uacute;ltimo tramo se ve una escalera pintada, una &ldquo;escalera que hay que subir para acceder a la sabidur&iacute;a y enfrentarse al Juicio Final&rdquo;. En el cine han sido muy importantes por su plasticidad y simbolog&iacute;a. Desde la &eacute;poca del Instituto C&aacute;ndido Marante, en Los Sauces, cuando las descubrimos en los ciclos de cine en S&uacute;per 8 y en 16 mm, las escaleras retorcidas de &ldquo;El gabinete del doctor Caligary&rdquo;, eran ya inquietantes. Las escalinatas de Odessa en &ldquo;El acorazado Potemkin&rdquo; de Serguei M. Eisenstein, nos dejaron sobrecogidos siguiendo el carrito del ni&ntilde;o en la represi&oacute;n zarista. Tanto Gloria Swanson en &ldquo;El Crep&uacute;sculo de los dioses&rdquo;, como Cristopher Lee en &ldquo;Dr&aacute;cula&rdquo;, bajan una escalinata; la primera, para reencontrarse con las c&aacute;maras y el segundo, para presentarse ante el hu&eacute;sped reci&eacute;n llegado. Robert Siodmak realiz&oacute; en 1946, en blanco y negro, una pel&iacute;cula de terror psicol&oacute;gico: &ldquo;La escalera de caracol&rdquo;. Pero es el maestro Alfred Hitchcock quien m&aacute;s partido le ha sacado al asunto. En &ldquo;Sospecha&rdquo;, en &ldquo;Psicosis&rdquo; y en &ldquo;Encadenados&rdquo; hay escenas clave con las escaleras como protagonista. En esa obra maestra que es &ldquo;A trav&eacute;s de los olivos&rdquo; de Abbas Kiarostami, hay una secuencia memorable en un balc&oacute;n y una escalera. Una humilde casa y varias macetas con geranios. Se rueda una escena y hay que hacer numerosas tomas. Un joven t&iacute;mido tiene que subir la escalera y entrar en escena (la ficci&oacute;n) y hablarle a una chica, t&iacute;mida tambi&eacute;n, y siempre sale mal. Entonces hay que bajar la escalera (la realidad) para volver a repetir de nuevo. En el Museo del Hermitage en San Petersburgo, Alexander Sok&uacute;rov rod&oacute; en 2002, el prodigio que es &ldquo;El arca rusa&rdquo; (Russian Ark). Un solo plano secuencia con Steadicam de 90 minutos. Una belleza que tuve la suerte de ver, hace a&ntilde;os, en la gran pantalla del Cine V&iacute;ctor, en Santa Cruz de Tenerife. La parte final, tras el &uacute;ltimo gran baile de 1913, es una larga y lenta retirada de los cientos de invitados por el Zar. La nobleza y la aristocracia del imperio, vestidos de gala, bajan con parsimonia la gran escalera del palacio en lo que es una despedida, no s&oacute;lo de la pel&iacute;cula, sino sobre todo, de la Historia; porque los tiempos, irremediablemente, estaban cambiando. A nivel musical, Led Zeppelin convirti&oacute; la canci&oacute;n &ldquo;Stairway to heaven&rdquo; en un himno en la d&eacute;cada de los setenta. La literatura, el cine y la m&uacute;sica, como la vida, est&aacute;n llenas de escaleras. La escalera m&aacute;s impresionante que he visto es la de la catedral de Girona, que consta de noventa escalones de piedra. Ha sido escenario de rodaje para varias pel&iacute;culas y la leyenda cuenta que en ellas tendr&aacute; lugar el D&iacute;a del Juicio Final.&nbsp;
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                    alt="Imagen del rodaje de &quot;Juego de tronos&quot;, en las grandes escalinatas al pie de la Catedral de Girona."
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            <span class="title">
                Imagen del rodaje de &quot;Juego de tronos&quot;, en las grandes escalinatas al pie de la Catedral de Girona.                            </span>
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        En definitiva, al margen de la realidad, de la leyenda, de los sue&ntilde;os o de los textos antiguos, procuren tener siempre una escalera lo m&aacute;s cerca posible; son muy &uacute;tiles, no s&oacute;lo para acercarse a los dioses culminando la existencia o poder cambiar una simple bombilla. Puede ser que las escaleras sean la soluci&oacute;n de este mundo para que as&iacute;, con su uso de acercamiento a las cosas, deje de reinar la injusticia. Quiz&aacute; puedan servir para que unos, que est&aacute;n demasiado subidos, bajen a tierra y para que otros, que est&aacute;n demasiados sometidos, puedan liberarse de esas ataduras.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&Oacute;SCAR LORENZO&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>San Andr&eacute;s y Sauces</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>Isla de La Palma</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>15-04-2025</strong>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Óscar Lorenzo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/lapalmaahora/lapalmaopina/escalera-cielo_129_12225573.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 16 Apr 2025 08:52:24 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Escalera al cielo]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El silencioso arte que nunca se mueve]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/lapalmaahora/lapalmaopina/silencioso-arte-mueve_129_12131754.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d486bfe5-b343-4fb6-a04d-0c78c3b2aff7_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El silencioso arte que nunca se mueve"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">PUNTO Y COMA - El paisaje es memoria si sabemos mirar. Aprender a recibir, estar atentos, escuchar la respiración del mundo. Asombrarnos ante este despliegue físico, ante el que uno puede sentirse muy identificado</p></div><figure class="ni-figure">
        
                                            






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            <span class="title">
                Las Lomadas y el barranco de Los Tilos desde el puente. Óleo sobre lienzo, 120 x 80 cm. Óscar Lorenzo 2025.                            </span>
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        <em>&ldquo;Parece que en la isla tu plegaria fue atendida. &iexcl;El espacio estaba all&iacute; antes de que utilizaras la pintura! Estiraste el brazo, pincel en mano, y el espacio lo sostuvo mientras tocaba el lienzo&rdquo;.</em>
    </p><p class="article-text">
        John Berger (1926-2017)
    </p><p class="article-text">
        He elegido este t&iacute;tulo porque creo que eso que permanece quieto es lo opuesto a lo que no nos agrada del mundo de hoy. Un lugar que unido a la fugacidad habitual del tiempo, a&ntilde;ade la desintegraci&oacute;n de los espacios comunes, la decadencia del pensamiento y de la memoria y la otra cara de la moneda que es la revalorizaci&oacute;n del olvido. La cita y el t&iacute;tulo que encabezan este art&iacute;culo, est&aacute;n tomados del segundo libro que le&iacute; de John Berger hace m&aacute;s de veinte a&ntilde;os: &ldquo;Algunos pasos hacia una peque&ntilde;a teor&iacute;a de lo visible&rdquo;, (&Aacute;rdora Ediciones, 1997). Esta joya es un peque&ntilde;o manual con reflexiones esenciales sobre el arte de la pintura y su funci&oacute;n a finales del siglo XX. El impacto que me produjo, aderezado por la reveladora lectura anterior de &ldquo;El sentido de la vista&rdquo; (Alianza Forma 1990), fue enorme. Dada la calidad y la belleza de los textos y el hecho emp&aacute;tico de que parec&iacute;an dirigidos a m&iacute; mismo, me llev&oacute; a realizar algo que nunca hab&iacute;a hecho: escribir una carta a un autor que admiraba profundamente y que no conoc&iacute;a. Consegu&iacute; una direcci&oacute;n de &eacute;l en la Alta Saboya y le envi&eacute; una breve carta d&aacute;ndole las gracias acompa&ntilde;ada del cat&aacute;logo de mi reciente exposici&oacute;n en Tenerife. Cuando descubr&iacute; a John Berger, estaba inmerso en un periodo de m&aacute;xima actividad creativa en cuanto a la pintura al &oacute;leo; los cuadros realizados despu&eacute;s de la exposici&oacute;n &ldquo;El origen del mundo&rdquo;, en el Ateneo de La Laguna en 1998, lo atestiguan. Iba y ven&iacute;a de Tenerife a La Palma y pintaba en los dos lugares. Lo cierto es que trabajaba muchas horas al d&iacute;a, siempre centrado en la l&iacute;nea del horizonte, que era el hilo que sosten&iacute;a todo el espacio que se mostraba en los lienzos. La lectura de John Berger dio fortaleza a mi capacidad de trabajo y a mi comprensi&oacute;n del misterioso mundo de la pintura. La pronta carta de respuesta del escritor, fue un abrazo de &aacute;nimo y supuso una alegr&iacute;a inmensa cuando la recib&iacute; en mi casa de Las Lomadas. Conservo la misiva como un tesoro y guardo lo que dice de mi pintura para un cat&aacute;logo de una futura exposici&oacute;n que a&uacute;n no tiene fecha. Con la segunda carta en un sobre certificado, me envi&oacute; con firma y dedicatoria un ejemplar de &ldquo;P&aacute;ginas de la herida&rdquo; (Visor, 1995).
    </p><p class="article-text">
        Cuando Sara y yo fuimos a Amsterdam en 2006, llevamos de cabecera este libro de John Berger. Lo hab&iacute;a escogido porque hablaba de un modo conmovedor de Van Gogh, de Rembrandt, de la capital holandesa, y, curiosamente, tambi&eacute;n de Caravaggio. Estaba claro que &iacute;bamos a ir a los museos, hab&iacute;a mucho que ver: Frans Hals, Vermeer, Mondrian, etc. La casualidad quiso que el Rijks Museum, entre otras cosas, alojara por esos d&iacute;as un gran exposici&oacute;n que enfrentaba a Rembrandt con Caravaggio. Era una moda entonces hacer exposiciones con dos artistas. Fue una suerte, porque Rembrandt ya estaba en Amsterdam pero Caravaggio ven&iacute;a de Italia y estaba de paso. Poder ver a los dos juntos fue una experiencia inolvidable. Con la lectura del libro de John Berger recorrimos los museos sin necesidad de otras gu&iacute;as o cat&aacute;logos.
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                    alt="Entrada al Palacio de la Virreina. Cartel de la exposición &quot;Permanent Red&quot; de John Berger. Al fondo La Rambla. Barcelona 2023."
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            <span class="title">
                Entrada al Palacio de la Virreina. Cartel de la exposición &quot;Permanent Red&quot; de John Berger. Al fondo La Rambla. Barcelona 2023.                            </span>
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                </figure><p class="article-text">
        John Berger falleci&oacute; en 2017 dej&aacute;ndonos un legado impagable. El New York Times dijo de &eacute;l que era el cr&iacute;tico de arte m&aacute;s influyente de la lengua inglesa. Adem&aacute;s de escritor y ensayista, era pintor, poeta, dramaturgo y fue el guionista de las pel&iacute;culas de Alain Tanner. Su obra comprometida y humanista, propone siempre una nueva mirada que relaciona el mundo del arte y la vida de las personas como yo no hab&iacute;a visto antes, ya sean creadores en su taller o espectadores ante una pintura o una escultura en un museo. Sus an&aacute;lisis ayudan a entender nuestro lugar en el mundo y a comprender que aquello que nos rodea tiene otros matices y significados a&uacute;n por descubrir. En realidad, John Berger nos ense&ntilde;a a mirar; es un buen ant&iacute;doto contra la hipnosis contempor&aacute;nea y por ello, constituye un faro en la oscuridad. Dispongo en mi biblioteca particular de casi todos sus libros y de una carpeta con recortes de prensa. Es mi escritor de cabecera y acudo a sus ensayos como si de un or&aacute;culo se tratara. A principios de octubre de 2023, mi amiga Ana y yo viajamos a Barcelona para ver una exposici&oacute;n de John Berger en el Palacio de la Virreina, en La Rambla. &ldquo;Permanent red&rdquo; era el t&iacute;tulo de la m&aacute;s completa muestra que se ha hecho del autor hasta ahora. Dibujos, fotos de Jean Mohr, programas televisivos como &ldquo;Modos de ver&rdquo;, documentales como la profunda conversaci&oacute;n que mantiene con Susan Sontag, testimonios gr&aacute;ficos de los guiones de cine y primeras ediciones de sus libros, entre ellos &ldquo;The White Bird&rdquo;, llenaban las salas y mostraban el car&aacute;cter pol&iacute;tico y disidente del autor frente al adoctrinamiento capitalista y al mercantilismo de una sociedad burguesa. A ra&iacute;z de la serie de cuadros en que estoy trabajando, digamos: paisajes del territorio originario, he acudido a sus escritos. Sus palabras me acompa&ntilde;an en mi soledad de pintor, me mantienen unido al espacio del lienzo como dice la cita y me hacen reflexionar sobre los misterios del hecho creativo. Recuerdo a mi madre en su casa de Tegueste con la almohadilla y el dedal aparcados leyendo la trilog&iacute;a &ldquo;De sus fatigas&rdquo;, sobre la desaparici&oacute;n de los campesinos en Francia y la emigraci&oacute;n final a la ciudad; &ldquo;Un hombre afortunado&rdquo; que ley&oacute; muy r&aacute;pido pues era la vida de un m&eacute;dico ingl&eacute;s en una comunidad rural; tambi&eacute;n la veo leyendo &ldquo;King&rdquo;, una historia de la calle narrada por un perro bastante l&uacute;cido. Desde que descubr&iacute; a John Berger, he recomendado sus libros a todo el mundo, y lo sigo haciendo. Recurro a &eacute;l, lo cito cuando tengo que escribir y siempre lo encuentro y sus reflexiones logran hacer aflorar las m&iacute;as.
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                    alt="Imagen del interior de la exposición &quot;Permanent Red&quot;. Vídeo de John Berger."
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                Imagen del interior de la exposición &quot;Permanent Red&quot;. Vídeo de John Berger.                            </span>
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                </figure><p class="article-text">
        Desde finales de noviembre hasta ahora he pintado los dos cuadros que reproduce el art&iacute;culo; son paisajes figurativos realizados en &oacute;leo sobre lienzo. Dos vistas panor&aacute;micas de una parte del pueblo de Los Sauces que son una la inversa de la otra. Una hacia el oeste, hacia la cumbre y la otra hacia el este, hacia el puente, hacia el mar. En medio de los dos encuadres, el espacio donde vi la luz, donde pas&eacute; la infancia y la adolescencia y a donde ahora, tras el exilio urbano en Tenerife, he regresado. El hogar. Un territorio cargado de significado y el que m&aacute;s estantes ocupa en la biblioteca de la memoria. Sobre las median&iacute;as del este, sobre el monte de Las Lomadas, sobre los manantiales de Marcos y Cordero, sobre el barranco de Los Tilos, sobre el pueblo de Los Sauces y sobre la condici&oacute;n insular, he escrito y escribir&eacute; en numerosas ocasiones. La sustancia po&eacute;tica que desprende esta geograf&iacute;a siempre est&aacute; presente, no solo en los poemas sino tambi&eacute;n en la prosa. En el territorio que contienen estos dos cuadros se halla, en cuanto a mi ejercicio art&iacute;stico se refiere, gran parte de la materia que fundida genera una y otra vez, un posible metal creativo. En ese espejo nos reflejamos. Mirar y pintar, mirar y escribir. Lo que contienen estos dos cuadros es el espacio amado, tal vez, si eso fuera posible, un lugar sagrado, pero no es un espacio idealizado. No lo es porque no le hace falta. Se basta a s&iacute; mismo, nos muestra la esencia fija en los detalles y el devenir en sus cambios constantes. Quiz&aacute; a ra&iacute;z de ello, es un territorio que se ha despoblado y que ha perdido gran parte de la actividad que pose&iacute;a antes de la desaparici&oacute;n de la agricultura y de la ganader&iacute;a. La hierba y las zarzas van ocupando los espacios vac&iacute;os que ha dejado la emigraci&oacute;n hacia las grandes avenidas. A otro nivel es un espacio insular con una geolog&iacute;a visible y contundente; es un espacio biol&oacute;gico, originario, incluso, pasado el tiempo, como todos los lugares donde se asienta el ser humano, tiende a hacerse existencialista, evidencia nuestra identidad ontol&oacute;gica y la ra&iacute;z de nuestra comunidad. Manantial, sendero, laurisilva, barranco, alisio, bruma, ladera, pinar. No, no son palabras de un diccionario; es el &iacute;ndice de un libro de poemas, esencia de un mundo que contiene m&aacute;s de lo que aparentemente dice, y ahora van a ser cuadros. Yo los veo y puede que esos lugares que tomar&eacute; de modelo ya est&eacute;n en un mapa de los sue&ntilde;os. El paisaje es memoria si sabemos mirar. Aprender a recibir, estar atentos, escuchar la respiraci&oacute;n del mundo. Asombrarnos ante este despliegue f&iacute;sico, ante el que uno puede sentirse muy identificado. Interior y exterior unidos de una forma inmediata. Poder revelar la belleza, la luz y la sombra que contiene esta generosa geograf&iacute;a, me llena de orgullo. Por eso, me propongo ahora, con los cuadros y con la idea de una futura exposici&oacute;n, mostrar una mirada que sea una forma de agradecer tanta belleza recibida. Cuando los desmanes hist&oacute;ricos lo permiten, cuando el espacio no ha sido destruido y es posible establecer una relaci&oacute;n entre el ser humano y el medio que le rodea, podemos identificarnos con la tierra donde nacimos. Ser de alguna manera esa tierra por fuera y por dentro. Lo que se ve y lo que no se ve. Cuando emigramos o a causa de una guerra, no podemos establecer una relaci&oacute;n con el lugar originario, tambi&eacute;n somos esa tierra por dentro y por fuera, pero lo somos de un modo m&aacute;s doloroso. Lo que se ve y lo que no se puede ver.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&iquest;C&oacute;mo pintar algo as&iacute;? Vayamos a John Berger:</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;La pintura es, en primer lugar, una afirmaci&oacute;n de lo visible que nos rodea y que est&aacute; continuamente apareciendo y desapareciendo. Posiblemente, sin la desaparici&oacute;n no existir&iacute;a el impulso de pintar, pues entonces lo visible poseer&iacute;a la seguridad (la permanencia) que la pintura lucha por encontrar. La pintura es, m&aacute;s directamente que cualquier otro arte, una afirmaci&oacute;n de lo existente, del mundo f&iacute;sico al que ha sido lanzada la humanidad&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Las pinturas son est&aacute;ticas por condici&oacute;n y, adem&aacute;s, les toca serlo en un mundo que no para de moverse e incluso, que no sabe estarse quieto, que no es lo mismo. Al parecer, cinco segundos es la media de tiempo que dedicamos a ver un cuadro en un museo. La pintura es un lugar receptivo y nos invita a pasar, a entrar en un espacio que sin embargo se halla a mucha distancia. &ldquo;La funci&oacute;n de la pintura es llenar la ausencia con el simulacro de la presencia&rdquo;. De alguna manera, aparentemente frena el desorden de la entrop&iacute;a porque se opone a las leyes que gobiernan lo visible. Interiorizar el mundo es una necesidad humana. La forma en que lo hace la pintura, &ldquo;es una manera de salvaguardar las experiencias de la memoria y de la revelaci&oacute;n, que son las &uacute;nicas defensas con que cuenta el hombre contra el espacio ilimitado, que, por lo dem&aacute;s, no cesa de amenazarlo con separarlo y marginalizarlo. Lo que se pinta sobrevive bajo el cobijo de la pintura, al abrigo de lo-que-ha-sido-visto. El hogar de la pintura es este cobijo&rdquo;.
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                    alt="Los Sauces y el puente de Los Tilos desde Las Lomadas. Óleo sobre lienzo, 73 x 92 cm. Óscar Lorenzo 2024."
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                Los Sauces y el puente de Los Tilos desde Las Lomadas. Óleo sobre lienzo, 73 x 92 cm. Óscar Lorenzo 2024.                            </span>
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        Me pregunto qu&eacute; era pintar un paisaje en la &eacute;poca de Giotto en Florencia, cuando eran escasos; en la &eacute;poca de Brueghel el Viejo, cuando el campo estaba vivo y despu&eacute;s, en el siglo XVII en Flandes, donde floreci&oacute; como g&eacute;nero; me pregunto qu&eacute; era pintar un paisaje teniendo que abrirse paso por territorios salvajes, como los pintores de la escuela del R&iacute;o Hudson; me pregunto qu&eacute; era pintar un paisaje natural antes y despu&eacute;s de Humboldt, ese hombre sabio que cambi&oacute; para siempre nuestra percepci&oacute;n de la geograf&iacute;a y con ello, nuestro concepto del mundo; me pregunto qu&eacute; era pintar un paisaje antes y despu&eacute;s de la Revoluci&oacute;n Industrial en Inglaterra; qu&eacute; era antes y despu&eacute;s de Monet, antes y despu&eacute;s de Paul Cezanne; qu&eacute; era antes y despu&eacute;s de la Revoluci&oacute;n Rusa o antes y despu&eacute;s de la II Guerra Mundial en Alemania. Me pregunto y esto es muy importante, si alguno de ustedes (palmeros y palmeras, m&aacute;s simpatizantes) fue a ver en &ldquo;Espacio de Arte 20-21&rdquo; de Tijarafe, (s&iacute;, s&iacute;, aqu&iacute; en La Palma) los impresionantes, absorbentes e incomparables paisajes del gran artista alem&aacute;n Anselm Kiefer (tenemos suerte en la isla, la suerte de poder seguir viendo a este artista gracias a un museo que nos ha ca&iacute;do del cielo). Me pregunto tantas cosas, pero para ir al grano, me pregunto qu&eacute; es pintar un paisaje al &oacute;leo en un lienzo, hoy en d&iacute;a, en un mundo digital, en la era del cambio clim&aacute;tico y de la inteligencia artificial. Me refiero, no a los paisajes urbanos, sino a paisajes donde se muestra un entorno natural. El artista ingl&eacute;s Constable, afirmaba en sus conferencias que la pintura de paisaje es siempre cient&iacute;fica y po&eacute;tica. El concepto de naturaleza ha cambiado en los &uacute;ltimos 200 a&ntilde;os. Despu&eacute;s del colonialismo y de la Revoluci&oacute;n Industrial, a pesar de la aparici&oacute;n del preservacionismo desde el &uacute;ltimo tercio del siglo XIX (John Muir, David Thoreau), y de las reivindicaciones ecologistas en los sesenta, el nivel de contaminaci&oacute;n del medio ambiente no ha parado de aumentar debido a un desarrollo brutal de la sociedad de consumo. Hoy vive m&aacute;s gente en un entorno urbano que en el campo. La ciudad ha ganado la partida y todo se hace m&aacute;s complejo. Ahora olvidamos la naturaleza entre semana y la idealizamos el domingo cuando vamos de caminata o en las vacaciones, cuando buscamos un entorno agradable de pajaritos y riachuelo. La vemos de pasada, cuando vamos en coche, en avi&oacute;n, en tren o en barco; la vemos de pasada en internet a trav&eacute;s de infinidad de fotos y v&iacute;deos o a trav&eacute;s de la imagen cenital de los sat&eacute;lites. Disponemos del ojo de Dios y lo que vemos a trav&eacute;s de esa herramienta, es el tama&ntilde;o de la maldad humana. Hemos abandonado la naturaleza y ahora tenemos que protegerla de nosotros mismos. Hemos puesto al lobo a cuidar a las ovejas. Todo esto influye en la apreciaci&oacute;n de la geograf&iacute;a y por lo tanto, tambi&eacute;n incide en c&oacute;mo pintamos o contemplamos un cuadro de un paisaje natural. En cuanto a la Historia del Arte, a nivel contempor&aacute;neo el paisaje natural como tem&aacute;tica, est&aacute; pr&aacute;cticamente desterrado de la disciplina art&iacute;stica. Como est&aacute; el &oacute;leo. Pintar un paisaje natural al &oacute;leo es ir a contracorriente, pero las cosas pueden cambiar. No es aqu&iacute; el momento de hacer una balance de c&oacute;mo ha evolucionado su representaci&oacute;n a lo largo del tiempo. La cuesti&oacute;n es que con el conocimiento que disponemos de la deriva clim&aacute;tica y de la decadencia pol&iacute;tica reciente (antes hab&iacute;an mecenas, ahora hay millonarios fascistas), han saltado todas las alarmas. Certidumbre clim&aacute;tica, incertidumbre pol&iacute;tica. La naturaleza muestra se&ntilde;ales de un peligro inminente y parece que el futuro no va a ser un lugar agradable. &iquest;D&oacute;nde queda la naturaleza y d&oacute;nde quedamos nosotros? Quedar&aacute; la naturaleza y nosotros ya no estaremos. Desde este punto de inflexi&oacute;n, es donde me pregunto: &iquest;Qu&eacute; es pintar hoy en d&iacute;a un paisaje que pertenece a una Reserva de la Biosfera, a una isla en medio del oc&eacute;ano Atl&aacute;ntico y tambi&eacute;n, por supuesto, al espacio interior de la memoria?
    </p><p class="article-text">
        Lo que est&aacute; claro es que el paisaje &ldquo;llama&rdquo;, produce una atracci&oacute;n; permanece su influencia en nosotros aunque cerremos los ojos, aunque nos alejemos viajando a otro lugar. Hay paisajes cuya contemplaci&oacute;n produce un efecto bals&aacute;mico. Volvamos a John Berger:
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Lo que vemos realmente (monta&ntilde;as, costas, cerros, nubes, vegetaci&oacute;n) son consecuencias temporales de un evento indescriptible, inimaginable. Todav&iacute;a vivimos ese evento, y la geograf&iacute;a, en el sentido en que la estoy utilizando, nos ofrece signos para que lo leamos, unos signos relativos a la naturaleza&rdquo;. Afirma que &ldquo;el car&aacute;cter de un paisaje determina la imaginaci&oacute;n de quienes han nacido en &eacute;l. Nos habla de una &rdquo;llamada&ldquo; y que esta &rdquo;habla&ldquo; a la imaginaci&oacute;n de los aut&oacute;ctonos, &rdquo;el trasfondo de significado que un paisaje sugiere a quienes lo conocen bien&ldquo;. Lo que vemos en la aurora, lo que nos ciega a mediod&iacute;a, el alivio que sentimos al caer el sol. Esto cambia seg&uacute;n sea una jungla, un desierto o un bosque del periodo terciario. Aunque pueda haber otros condicionantes porque &rdquo;todas las vidas&nbsp;permanecen abiertas a sus propios accidentes y a su propia meta&ldquo;, es la geograf&iacute;a la que puede ejercer una influencia cultural en la manera de entender la naturaleza. Y es una influencia visual. Seg&uacute;n cuenta, &rdquo;en el mundo hay muchos m&aacute;s paisajes que no se prestan a ser pintados que paisajes pintables. El que tendamos a olvidarlo (con nuestros caballetes port&aacute;tiles y nuestras diapositivas) se debe a una especie de eurocentrismo. Aquellos paisajes donde la naturaleza a gran escala se presta a ser pintada constituyen la excepci&oacute;n de la regla&ldquo;. M&aacute;s adelante define el asunto: &rdquo;Los paisajes pintables son aquellos en los que lo visible realza al hombre, en los que las apariencias naturales tienen sentido&ldquo;.
    </p><p class="article-text">
        Puede ser que estos sean los paisajes que quiero pintar, porque aqu&iacute; en el norte de la isla, la orograf&iacute;a y lo que en ella se asienta se presta a ello. Seg&uacute;n cuenta Andrea Wulf en &ldquo;La invenci&oacute;n de la Naturaleza (Taurus, 2017): siguiendo la estela de Humboldt, el naturalista escoc&eacute;s John Muir, sali&oacute; a dar un paseo con una nueva edici&oacute;n de &rdquo;Personal Narrative&ldquo; en la mano, al regresar escribi&oacute;: &rdquo;Solo fui a dar un paseo, y al final decid&iacute; quedarme fuera hasta el anochecer, porque descubr&iacute; que, al salir, en realidad estaba entrando&ldquo;. Los cuadros que pretendo pintar, me gustar&iacute;a que dieran esta misma sensaci&oacute;n, que siendo im&aacute;genes del exterior, ofrecieran la idea de que podemos entrar en ellos. Si llama el paisaje, tambi&eacute;n debe llamar el cuadro.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El cuadro del barranco de Los Tilos y el monte de Las Lomadas es una vista panor&aacute;mica desde el puente. Dec&iacute;a en un texto anterior que este territorio queda m&aacute;s lejos de lo que aparentan las distancias. La vida antes era de la carretera hacia arriba; donde est&aacute; ese monte verde que ven, antes se sembraba trigo y cebada, papas y coles. Se hac&iacute;a carb&oacute;n, en las rozas se extra&iacute;an horquetas y varas, monte para el ganado y para hacer esti&eacute;rcol. Antes del alba sub&iacute;an los hombres callados a lomo de mulos y por la tarde, bajaban silbando o cantando con la carga del d&iacute;a. Despu&eacute;s vinieron los Land Rover y los Volkswagen. Las guindas que antes tra&iacute;amos en los mosqueros, ahora se las comen los p&aacute;jaros. Son terrenos privados que hoy se hallan por un lado, abandonados y por otro, protegidos, como m&aacute;s les guste. Me dec&iacute;a, Aid&iacute;n, uno de los hombres que en este lugar trabaj&oacute; machete en mano: &ldquo;Para que el monte est&eacute; saludable, para que est&eacute; frondoso, es conveniente hacer podas cada catorce o quince a&ntilde;os como m&aacute;ximo&rdquo;. Hoy el monte ha envejecido y avanza con sus laureles y vi&ntilde;&aacute;tigos que si los dejo crecer&iacute;an en el jard&iacute;n de mi casa; avanza con sus brezos y fayas hacia el caser&iacute;o de Las Lomadas, y nos empuja al mar, al callao donde todo termina. Y aquellos hombres y aquellas mujeres se fueron. Y se fueron sus hijos a la ciudad y ya ni saben d&oacute;nde estaba el casta&ntilde;ero del abuelo. Se perdieron los ciruelos y los perales, no se recogen las casta&ntilde;as. Se angostaron los senderos, se cerraron los caminos, se olvidaron los nombres sugerentes de tantos y tantos lugares que contiene esta pintura.
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                Las Lomadas y el barranco de Los Tilos desde el puente. Detalle. Óleo sobre lienzo. Óscar Lorenzo 2025.                            </span>
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        Esto que veis en el cuadro es, sobre todo, agua. El aire, las nubes, la vegetaci&oacute;n, los riscos, los barrancos, los p&aacute;jaros, el cern&iacute;calo sobre las tierras de labranza y la aguililla sobre el abismos de las laderas, no son m&aacute;s que agua. Ese espacio que ven es el lugar de Canarias que m&aacute;s precipitaciones registra anualmente. Un barranco incre&iacute;ble que se halla orientado a la entrada de los alisios. La lluvia horizontal. Si observan bien el cuadro, pueden ver una cu&ntilde;a de bruma entrando al final del barranco, en el espacio deslumbrante de los manantiales de Marcos y Cordero. Esa bruma es memoria, la busco cuando cruzo el puente y me lleva siempre a mi padre; el hombre que cuidaba el canal y los Nacientes, que ten&iacute;a la llave de la Casa del Monte; el guardi&aacute;n de lo que para m&iacute; no pudo ser otra cosa que el para&iacute;so en la tierra. Por esas casas blancas alineadas en el centro del cuadro, sube el camino hacia la cumbre. Como no recordaba todos los nombres de los lugares por los que pasa o a los que va el sendero donde hoy solo se ven turistas, llam&eacute; a mi hermano para que me ayudara con su memoria prodigiosa. A vosotros que me le&eacute;is, no os sonar&aacute; a nada, pero a m&iacute; me conmueven. Aqu&iacute; los enumero como homenaje a mi padre y a todos aquellos hombres y aquellas mujeres que lograron vivir, trabajar y so&ntilde;ar en un territorio que hoy es otro. Un espacio que es pura po&eacute;tica. Antes era un mundo y hoy es memoria:
    </p><p class="article-text">
        Lomo Grande, El Topo, La Boca del Hoyo, Las Cancelas; a la derecha el Barranquito el Charco, Las Charquetas, el Valle Grande; subiendo Carra el Caballo, El Revent&oacute;n, Carra la Burra; a la derecha Mach&iacute;n, el Arenero de Mach&iacute;n; a la izquierda Garc&eacute;s, m&aacute;s arriba Los Cortes; subiendo Mulato; a la derecha la Casa de Mulato y las tanquillas del reparto del agua, el camino cubierto del Taboco, el Canal Chico; subiendo Monteved&iacute;o, La Corujera, Las Roseras, la Casa del Monte; siguiendo el canal de los Nacientes, la Ca&ntilde;ada el Ch&iacute;charo, la Tanquilla de Aforo, la Cueva de los Murci&eacute;lagos, el T&uacute;nel del Agua, el Caldero de Marcos, el Lomo Corto, el Lomo de Cordero, la Fuente Barbuzano, los Pasos de Cordero, el Pino Gacho; y hacia la cumbre, la Cueva de las Palomas, el Muelle: un sendero ce&ntilde;ido de nubes, la brisa en el pinar y el discurso perenne del agua que crea todos los colores del mundo, los colores que la mano ha puesto en el lienzo, los colores que nos invitan a entrar en la geograf&iacute;a de un paisaje de la isla de La Palma.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&Oacute;SCAR LORENZO</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>San Andr&eacute;s y Sauces</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>11-03-2025</strong>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Óscar Lorenzo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/lapalmaahora/lapalmaopina/silencioso-arte-mueve_129_12131754.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 14 Mar 2025 10:13:46 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El silencioso arte que nunca se mueve]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Hacia un ocaso poético]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/lapalmaahora/lapalmaopina/ocaso-poetico_129_11908465.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6de8ad16-0cff-4af2-9fee-a5a213ad183a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Hacia un ocaso poético"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">PUNTO Y COMA - La poesía viene y nos transforma porque nos conmueve. Y punto. Aunque nos olvidemos a menudo, somos humanos y no tenemos remedio. No se puede perder el tiempo que es, justo, lo que pretende un sistema que devora y no amplía el objeto de consumo en que se ha convertido nuestra asediada imaginación</p></div><p class="article-text">
        En 1814, cuando Lord Byron public&oacute; el largo poema &ldquo;El Corsario&rdquo;, se vendieron en Inglaterra 30.000 ejemplares en un solo d&iacute;a; cuando le dieron el premio Nobel de Literatura a Louise Gl&uuml;ck, en 2020, los editores afirmaban que en Espa&ntilde;a se hab&iacute;an vendido s&oacute;lo unos doscientos poemarios de la autora norteamericana. Ocurri&oacute; lo mismo con la polaca Wislawa Szymborska, a la que ahora todos admiramos y antes todos desconoc&iacute;amos. Los poemas que he le&iacute;do, despu&eacute;s que le otorgaron el galard&oacute;n, son todos admirables, profundos y austeros. Una maravilla que ten&iacute;a que haber descubierto antes. Por cierto, es una poeta ideal para aquellos y aquellas que desconociendo la poes&iacute;a, quieran, sin embargo, adentrarse en ella. Wislawa abre una puerta y ya nunca se cerrar&aacute;. &iquest;Cu&aacute;nta poes&iacute;a desconocemos? &iquest;Cu&aacute;nta poes&iacute;a nunca llegaremos siquiera a vislumbrar? Nuestra condici&oacute;n depende del tiempo y al decir famoso de S&eacute;neca, &ldquo;la vida es corta y el arte es largo.&rdquo; &iquest;Cu&aacute;ntos libros del poeta venezolano Rafael Cadenas, se han vendido en Espa&ntilde;a, antes y despu&eacute;s del Premio Cervantes? &iquest;Lo conocen en Par&iacute;s o en Londres?
    </p><p class="article-text">
        Tras la completa alfabetizaci&oacute;n que ha tra&iacute;do la democracia, se lee m&aacute;s que en los tiempos de Byron, pero son peores tiempos para la l&iacute;rica aunque a simple vista, existan m&aacute;s poetas que nunca; pero eso lo dir&aacute; la losa imparcial del tiempo. De un libro de poes&iacute;a se editan unos quinientos ejemplares, de los cuales suelen venderse 160 o 180; a no ser que sea una gran editorial que hace una tirada de dos mil ejemplares; rara es la ocasi&oacute;n en que se reeditan. Se vende muy poca poes&iacute;a. Solamente hay que visitar las librer&iacute;as y comprobar el rinc&oacute;n oscuro y alejado donde permanecen escondidos los libros de los poetas. No hay que negar que han existido &eacute;pocas en que la poes&iacute;a y el teatro eran muy importantes; sin luz el&eacute;ctrica, sin radio ni tele, sin Internet y sin antibi&oacute;ticos, las noches eran demasiado largas y la vida podr&iacute;a no llegar a la ancianidad. Los que con suerte pudieron aprender a leer a principios del siglo XIX, accedieron a una dimensi&oacute;n del conocimiento humano que hoy no logramos adquirir en una cultura volcada en una hist&eacute;rica cascada de im&aacute;genes sin tiempo ni forma de analizar. Ahora es el momento de todo es un espect&aacute;culo; enchufados a la histeria general buscamos la felicidad a toda costa, a trav&eacute;s de la rueda de un consumo que nunca llega a satisfacer m&aacute;s all&aacute; de un momento fugaz. En ning&uacute;n eslogan publicitario he visto que digan que la poes&iacute;a es necesaria para poder vivir en este mundo. Mientras tenemos muchos medios a nuestro alcance, la poes&iacute;a queda lejos y muchos lectores no la tienen en cuenta pues les parece impenetrable o muy elitista o simplemente no tienen la costumbre de tomarla todos los d&iacute;as como s&iacute; hacen con el caf&eacute; con leche. Adem&aacute;s, la mayor&iacute;a lee espor&aacute;dicamente, cuando en realidad, hay que leer desde los catorce a&ntilde;os todos los d&iacute;as de nuestra vida. Si hubi&eacute;ramos hecho eso, la poes&iacute;a habr&iacute;a aparecido; lo podr&iacute;a haber hecho sin avisar, como nos deslumbra un amor inesperado y nos sorprende muy gratamente. Con doce a&ntilde;os, estando en S&eacute;ptimo de la entonces EGB, le regal&eacute; a una chica que ten&iacute;a el pelo lacio, el poema de Luis Cernuda &ldquo;Donde habite el olvido&rdquo;, escrito a mano en un folio y con alg&uacute;n dibujo, se lo entregu&eacute; en la Helader&iacute;a Roma de la plaza de Los Sauces, mientras tom&aacute;bamos una granizada de naranja. A ella le gust&oacute; mucho, quiz&aacute; m&aacute;s que aquel buen refresco que disfrutamos. Esto fue posible porque junto con el habitual libro de Lengua y Literatura de la editorial Anaya, ven&iacute;a de regalo un libro complementario que era una antolog&iacute;a de la literatura espa&ntilde;ola con una gran selecci&oacute;n de la l&iacute;rica, desde las &ldquo;Endechas a la muerte de Guill&eacute;n Peraza&rdquo; que me fascinaron, hasta los poetas de la generaci&oacute;n del cincuenta, Claudio Rodriguez o &Aacute;ngel Gonz&aacute;lez. Con buenas ilustraciones, no era un libro para ni&ntilde;os o chicos, como se estila ahora, sino que era un libro para personas. Si con esa temprana edad, entre los libros de estudio tienes uno con buena literatura y tu mismo encuentras un poema impresionante, como el de Cernuda que arriba he mencionado, puede que exista, a partir de ese descubrimiento, un antes y un despu&eacute;s. &ldquo;Sin m&aacute;s horizonte que otros ojos frente a frente&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        La poes&iacute;a viene y nos transforma porque nos conmueve. Y punto. Aunque nos olvidemos a menudo, somos humanos y no tenemos remedio. No se puede perder el tiempo que es, justo, lo que pretende un sistema que devora y no ampl&iacute;a el objeto de consumo en que se ha convertido nuestra asediada imaginaci&oacute;n. Puede que la poes&iacute;a espabile m&aacute;s de lo que muchos piensan, pero parece ser que no entra en nuestra agenda. La duraci&oacute;n biol&oacute;gica de la vida humana no nos permite acercarnos al todo, ni siquiera a una gran parte del pastel. Por eso, hay que aprender a leer, es decir, a identificar lo bueno, ir al grano cuanto antes, y as&iacute;, poder llenar el alma de belleza y que no nos falte el aliento. El camino por el que se adentra un ni&ntilde;o o una adolescente en el fascinante mundo de la lectura, constituye una de las pocas veces en que una persona puede elegir y ejercer su libertad. De ah&iacute;, la importancia de la educaci&oacute;n de la lectura en la forja del ser humano. &iquest;Cu&aacute;ndo vamos a comprender la importancia de saber que la verdad la dicen los poetas? &iquest;C&oacute;mo podemos saberlo si no leemos poes&iacute;a? Nadamos entre bulos, mentiras, desinformaci&oacute;n y manipulaci&oacute;n, todo ello alimentado por la falta de cultura y de conocimiento hist&oacute;rico en las redes sociales y en los medios de comunicaci&oacute;n. En las nuevas generaciones la situaci&oacute;n es alarmante. Nadamos y nadamos y la isla de la poes&iacute;a se halla deshabitada. Tiene que haber libros en casa, y h&aacute;bito de ellos, en lugar de tantas pantallas planas con muchas pulgadas. &iquest;Qu&eacute; hijos estamos criando? &iquest;Con qu&eacute; mediocridad llenamos nuestro ocio? Por ah&iacute; viene el mal, la hidra que nos impide acceder a una comprensi&oacute;n de la existencia. Caeremos fulminados por un foco brillante, por una mirada que irremediablemente nos convierte en piedra. En &ldquo;Los idus de marzo&rdquo; de Thornton Wilder, Clodia, ante C&eacute;sar y los dem&aacute;s invitados, declara con mucha lucidez:
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Ni el sol ni la condici&oacute;n humana, permiten que se los mire fijamente; al primero, tenemos que mirarlo a trav&eacute;s de las gemas; a la segunda, a trav&eacute;s de la poes&iacute;a&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Si los generales leyeran poes&iacute;a, si los pol&iacute;ticos leyeran poes&iacute;a; si los ricos, los pobres, los amantes y los solitarios, leyeran poes&iacute;a; si la leyeran como rezaban nuestras abuelas, el mundo ir&iacute;a mucho mejor. Como en una &ldquo;Lis&iacute;strata&rdquo; de Arist&oacute;fanes moderna, las mujeres, depositarias de la &uacute;ltima esperanza, deber&iacute;an rebelarse en una huelga sexual y no permitir ser amadas, hasta que los hombres les leyeran, de viva voz, algo de poes&iacute;a; ya sea en el dormitorio, en la playa &ldquo;o en el cuarto de la lavadora&rdquo;, como dec&iacute;a Luis Alberto de Cuenca en un poema. En un mundo donde la crisis se ha cronificado, en una sociedad donde se consumen m&aacute;s ansiol&iacute;ticos que analg&eacute;sicos, la hidra de siete cabezas que t&eacute;cnicamente llamamos stress, tiene la sombra alargada; en la soledad, ruido y en la multitud, extrav&iacute;o. O al contrario que tambi&eacute;n posee sentido. Tiene que haber un lugar y un tiempo para la poes&iacute;a. Ante el desmantelamiento del mundo, es necesaria la posibilidad de que se abra alguna reflexi&oacute;n. Veremos la herida, pero la poes&iacute;a puede hacer que no se pierda la sangre, en este caso, el mensaje. En la excelente novela &ldquo;La cripta de invierno&rdquo; (Alfaguara, 2010) de la poeta y escritora canadiense Anne Michaels, encontr&eacute; este bello fragmento:
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;(Avery) record&oacute; una historia que Jean le hab&iacute;a contado sobre sus padres, una de las primeras historias que le cont&oacute; aquella noche en la caba&ntilde;a junto al Long Sault. Elisabeth Shaw hab&iacute;a llegado tarde un d&iacute;a del mercado. Ruborizada y con aspecto culpable, hab&iacute;a confesado a su marido que se hab&iacute;a pasado casi una hora con el pesado abrigo de tweed y la gorra de lana puesta en la librer&iacute;a Britnell leyendo a Pablo Neruda. No ten&iacute;a dinero para comprar el libro, as&iacute; que baj&oacute; la calle hasta una joyer&iacute;a y hab&iacute;a vendido la pulsera que llevaba puesta. Le rog&oacute; a John: &rdquo;No te enfades&ldquo;. &rdquo;&iexcl;Enfadarme!&ldquo;, dijo &eacute;l. &rdquo;No te puedo ni explicar lo que significa para m&iacute; haberme casado con una mujer que es capaz de vender sus joyas para comprar poes&iacute;a&ldquo;.
    </p><p class="article-text">
        Algunos tienen suerte. En infinidad de ocasiones me pregunto d&oacute;nde se halla la poes&iacute;a o m&aacute;s bien en qu&eacute; estado se encuentra. Si es grave o si siempre ha tenido sus vaivenes. Miro en casa, en las librer&iacute;as, en las bibliotecas p&uacute;blicas; le pregunto a los alumnos de alg&uacute;n instituto, a las turistas francesas que desconocen la mayor parte de la poes&iacute;a espa&ntilde;ola, cosa que no hacemos nosotros con la l&iacute;rica del otro lado de los Pirineos; miro en google, en las redes sociales, en la prensa, en las escasas revistas de papel que llegan. Intento atisbar algo de poes&iacute;a en el cine o en la m&uacute;sica. Y no s&eacute; muy bien lo que encuentro. Me pregunto si los j&oacute;venes de veinte o de treinta y los no tan j&oacute;venes de cuarenta se acercan en alguna ocasi&oacute;n a la poes&iacute;a. Y los amantes de hoy en d&iacute;a, &iquest;acaso no leen poes&iacute;a de viva voz en la alcoba? &iquest;Se lee poes&iacute;a en las residencias de ancianos? &iquest;Y en los hospitales?&nbsp;Masud, el l&iacute;der muyahid&iacute;n afgano, asesinado por Al-Qaeda dos d&iacute;as antes del atentado de las Torres Gemelas en 2001, hoy h&eacute;roe nacional, cuando luchaba en el valle del Panjshir contra la invasi&oacute;n sovi&eacute;tica entre 1979 y 1989, por la ma&ntilde;anas, en una habitaci&oacute;n casi vac&iacute;a y sobre una mesa donde s&oacute;lo hab&iacute;a una hoja de papel, le le&iacute;a poes&iacute;a a sus soldados y lugartenientes como si fuera el parte de las operaciones. Lo hac&iacute;a de un modo admirable, como un santo, con calma, pronunciando palabras que destilan sabidur&iacute;a y otras cosas que desvelaba una parte de los misterios de este mundo y de aquellas monta&ntilde;as en litigio. Miro el mundo y s&eacute; que la poes&iacute;a es tambi&eacute;n todo lo dem&aacute;s, incluyendo lo invisible. El mundo contiene la poes&iacute;a como el mar contiene la sal. Hay que encontrar el cuerpo po&eacute;tico entre las aguas turbulentas, porque &eacute;l no va a estar abanicando con la mano para llamar la atenci&oacute;n. Mantenerse a flote y agarrado al salvavidas ya es bastante. El poeta austriaco Hugo von Hofmannthal en &ldquo;El poeta y nuestro tiempo&rdquo; y en una conferencia incluida en &ldquo;Instantes griegos y otros sue&ntilde;os&rdquo; (Ed.Cuatro), afirmaba sobre el peso del presente y la condici&oacute;n de poeta:
    </p><p class="article-text">
        ''La esencia de nuestro tiempo consiste en que nada de lo que ejerce un poder real sobre los hombres se expresa metaf&oacute;ricamente hacia el exterior, sino que acontece en el interior. Todo acontece silenciosamente como entre las cosas. Y as&iacute;, el poeta est&aacute; donde parece no estar y est&aacute; siempre en un lugar distinto del que se sospecha. Vive, de extra&ntilde;a manera, en la casa del tiempo, bajo las escaleras, donde todos pasan y nadie repara en &eacute;l. Posee las tinieblas que descienden en la noche...pero si no hay quien interrogue, el que responde es pura sombra&ldquo;.
    </p><p class="article-text">
        Cuando Garc&iacute;a Lorca lleg&oacute; a Buenos Aires el 13 de octubre de 1933, una multitud entusiasta fue a recibirle y en las portadas de la prensa bonaerense se reflej&oacute; el hecho en titulares y en primera p&aacute;gina. Sus conferencias llenaban los teatros y el brillante estreno de &ldquo;Bodas de sangre&rdquo; por la compa&ntilde;&iacute;a de Lola Membrives, fue todo un acontecimiento que hizo del poeta granadino una figura muy famosa en toda Argentina. En la actualidad nadie hay comparable. Si un poeta llega a un puerto, nadie sabe nada. Tal vez, si tiene suerte, lo recoge alguien del departamento de cultura del ayuntamiento o de la instituci&oacute;n donde va dar el recital o la conferencia. Puede que vaya invitado a la Feria del libro y ni siquiera le den hotel aunque venga de otra isla. Los peri&oacute;dicos por supuesto, no hacen menci&oacute;n alguna. Y al acto cultural acuden 25 o 30 personas, entre los cuales est&aacute;n los amigos que se avisaron por washap. Puede ser que en la actualidad alg&uacute;n deportista se acerque a la fama o al poder de convocatoria que antes ten&iacute;an los poetas como Lord Byron, Garc&iacute;a Lorca o Alexander Pushkin. Podemos decir que las letras est&aacute;n de capa ca&iacute;da o que las masas han pasado por la centrifugadora neoliberal y se han borrado todos los mensajes.
    </p><p class="article-text">
        Mi hermano Everto, que es un manantial inagotable de historias, hace un tiempo me cont&oacute; que en 1959, unos a&ntilde;os tambi&eacute;n nada buenos para la l&iacute;rica, vino un nuevo maestro a la escuela de Las Lomadas, Don Mois&eacute;s, de Gu&iacute;a en Gran Canaria. El fin de semana se hospedaba en una pensi&oacute;n en la plaza de Los Sauces y de lunes a s&aacute;bado se alojaba en el propio aula, donde hab&iacute;a habilitado con cart&oacute;n piedra, un cuartito para una cama y sus pertenencias. Un lunes, don Mois&eacute;s, lleg&oacute; con una caja grande y pesada de cart&oacute;n, atada con una cuerda y la coloc&oacute; encima de la mesa. Los alumnos pensaron que era algo de comer. El maestro dijo: &ldquo;Esto es un tesoro&rdquo;, y abriendo el &ldquo;cofre&rdquo; descubri&oacute; que eran libros, todos diferentes. Entre la censura y la miseria de entonces, era dif&iacute;cil conseguir ciertos libros cuando a&uacute;n exist&iacute;a una econom&iacute;a de guerra a nivel nacional. Don Mois&eacute;s le dijo a mi hermano: &ldquo;Como s&eacute; que te gusta la poes&iacute;a, te llevas este libro de Unamuno.&rdquo; Una edici&oacute;n grande, de tapas duras y sin el nombre del autor en la portada; solamente dec&iacute;a 'Poemas'. Me cont&oacute; mi hermano, que mi madre, que aprendi&oacute; a recitar en la escuela con la maestra Nieves, y adem&aacute;s le gustaba mucho la poes&iacute;a y el teatro, en la casa de la carretera por las noches, le le&iacute;a de viva voz a mi padre y a mi hermano, los poemas de Unamuno, la mayor&iacute;a sonetos del destierro en Fuerteventura; en aquellas noches donde s&oacute;lo hab&iacute;a una radio y cuando a&uacute;n no exist&iacute;a una simple nevera. Mi hermano me coment&oacute; que mi padre dec&iacute;a: &ldquo;este hombre canta verdades como templos&rdquo;. Parece que estoy oyendo la voz de mi madre y su talento para recitar:
    </p><p class="article-text">
        <em>&ldquo;Ruina de volc&aacute;n esta monta&ntilde;a</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>por la sed descarnada y tan desnuda,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>que la desolaci&oacute;n contempla muda</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>de esta isla sufrida y ermita&ntilde;a.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>La mar piadosa con su espuma ba&ntilde;a</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>las u&ntilde;as de sus pies y la esquinuda</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>camella rumia all&iacute; la aulaga ruda,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>con cuatro patas colosal ara&ntilde;a.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Pellas de gofio -pan en esqueleto-</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>forma a estos hombres, lo dem&aacute;s conduto</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>y este suelo de escorial, escueto,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>arraigado en las piedras, gris y enjuto,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>como pas&oacute; el abuelo pasa el nieto</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>sin hojas, dando s&oacute;lo flor y fruto&ldquo;</em>
    </p><p class="article-text">
        <strong>&Oacute;SCAR LORENZO</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>San Andr&eacute;s y Sauces</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>16-12-2024</strong>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Óscar Lorenzo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/lapalmaahora/lapalmaopina/ocaso-poetico_129_11908465.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 17 Dec 2024 13:10:16 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Hacia un ocaso poético]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El bronce de la memoria]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/lapalmaahora/lapalmaopina/bronce-memoria_129_11846341.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/711a5cd8-a8dc-4b53-847c-8db1c519c1a6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El bronce de la memoria"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">PUNTO Y COMA - Te he hablado de la arena que viene, del oráculo de la bruma y de su silencio ante las preguntas sin respuesta; te he hablado de la luna como una Cleopatra en el Nilo de la noche; te he pedido que regresaras, que dejaras el casco y la égida a los pies de la cama; he lavado y perfumado las sábanas de hilo verde agua; tu almohada se halla intacta, duermo en un lado del lecho; te he dejado sitio para cuando se abran los cielos y muestren el esplendor en medio de la noche; te he pedido cincuenta palabras, te he pedido siete colores y tú, regresando como las amapolas, me entregas cada vez un mundo que se reinicia</p></div><p class="article-text">
        <em>&ldquo;Y porque sabe que el amor es el peor de los dolores terrestres&rdquo;</em>
    </p><p class="article-text">
        'S&eacute;ptima' (Vidas imaginarias)
    </p><p class="article-text">
        Marcel Schwob (1867-1905)
    </p><p class="article-text">
        Era viernes, ven&iacute;amos de una fiesta y nos bajamos a la altura de &ldquo;El g<em>uerrero de Goslar&rdquo; </em>de Henry Moore; La Rambla invitaba a pasear bajo una luna de verano; guapos y lascivos, con el &uacute;ltimo cubata en la mano nos sentamos en el banco m&aacute;s pr&oacute;ximo a la bella escultura de bronce; despu&eacute;s nos acercamos a ella como los gatos se pasan por las piernas de uno cuando quieren ser acariciados; te sentaste en el borde amparada por el escudo; me alej&eacute; un poco para ganar perspectiva, y entonces, protegida y fundida entre la plata de la luz de la luna bajo las sombras de los laureles de <em>indias</em>, reclinada y armonizada por aquel instante m&aacute;gico, te vi como una diosa a quien el guerrero rend&iacute;a su escudo. Con el pelo corto y los zarcillos de aro, estabas realmente hermosa. Despu&eacute;s, por el <em>Kiosco</em> <em>Numancia</em> y la plaza de <em>Los Patos</em>, s&oacute;lo fue seguir el sendero plateado de tu estela, el sonido de tus pasos despertando a los p&aacute;jaros dormidos y a los faunos sedados por la luna de julio. &iquest;Te acuerdas?, hablamos de los balcones siempre vac&iacute;os, sin explicaci&oacute;n alguna, de todas las ciudades, una opulencia sin actores para demostrarla. Los misterios urbanos y sus preguntas sin respuesta. Te dej&eacute; ir delante, no m&aacute;s que para verte; la luna desde el cenit se iba dejando caer en el escote generoso de tu espalda, rodaba peregrino de ti a cada paso que dabas hacia ese v&eacute;rtigo, un valle de bronce en una noche de verano.
    </p><p class="article-text">
        En Florencia algunas estatuas fueron fundidas de nuevo para hacer ca&ntilde;ones; del bronce de tu recuerdo, yo hago versos; pero en realidad, ese viejo metal no es sino otra forma de bombardear el vac&iacute;o. Entr&aacute;bamos en la noche como se adentra una nave en el mar, poco a poco nos cubr&iacute;a el agua hasta que nadando entre palabras de amor, lleg&aacute;bamos a la playa donde se cuajan los cielos y donde la oscuridad enciende la llama de los sacrificios. <em>&ldquo;Y la arena de la playa estaba sembrada de conchitas que arrastra el mar tibio desde Egipto, en el lugar donde las siete bocas del Nilo derraman siete limos de diversos colores. En la casa mar&iacute;tima donde viv&iacute;a S&eacute;ptima, se o&iacute;a morir la franja de plata del Mediterr&aacute;neo y, a sus pies, un abanico de l&iacute;neas azules resplandecientes se desplegaba hasta al ras del cielo. Las palmas de las manos de S&eacute;ptima estaban enrojecidas por el oro, y la punta de sus dedos pintada; sus labios ol&iacute;an a mirra y sus p&aacute;rpados ungidos se estremec&iacute;an suavemente&rdquo;.</em>
    </p><p class="article-text">
        Para aguantar todo lo que he precisado, una interminable sucesi&oacute;n de adversidades, me he hecho, <em>-&ldquo;&aacute;ngel m&iacute;o&rdquo;-, </em>al modo de Flaubert,<em> &ldquo;una coraza secreta de poes&iacute;a y orgullo&rdquo;. </em>Nuestra metaf&iacute;sica ha cambiado, internamente ha adquirido perspectiva; es lo que tienen los a&ntilde;os, venimos a comprender cuando ya las cartas est&aacute;n echadas. S&oacute;lo queda apostar el resto y abrir las ventanas para que salgan todos los p&aacute;jaros cautivos de la estancia. Al fondo, siempre hay una monta&ntilde;a y una caba&ntilde;a desde donde los recuerdos se posan en los &aacute;rboles que est&aacute;n, a su vez, al otro lado de la ventana. Y as&iacute;, sucesivamente se enlazan las im&aacute;genes. Bandadas de p&aacute;jaros y la brisa que mueve los &aacute;rboles. Y luego est&aacute;n aquellas noches de verano que regresan, que vuelven cargadas de belleza como la caravana del visir persa Saheb, recorr&iacute;a los desiertos cargada de libros. Y en la noche descubres lo que fue la la luz de los d&iacute;as. Una deriva de dentro hacia afuera. Y lo que deja, una fajana llena de preguntas. Y hay que caminar con zapatos viejos sobre la lava, sobre la oscuridad del mundo.
    </p><p class="article-text">
        <em>&ldquo;Como el m&aacute;s profundo aliento de la vida / la respira el mundo gigantesco de los astros, / que flotan, en danza sin reposo, por sus mares azules. / La respira la piedra, centelleante y en eterno reposo. / La respira la planta, meditativa, sorbiendo la vida de la Tierra / y el salvaje y ardiente animal multiforme&rdquo;</em>.
    </p><p class="article-text">
        El poeta rom&aacute;ntico Novalis, escribi&oacute;<em> &ldquo;Himno a la noche&rdquo;</em> despu&eacute;s de la muerte de Sophie, su amada. Los residentes en una peque&ntilde;a aldea de Escocia acomodaban sus programas de televisi&oacute;n de acuerdo con las mareas. Cuando hay marea baja, las cercanas playas de arena absorb&iacute;an las ondas transmitidas. As&iacute; hago yo con tu memoria; me oriento hacia ti, interpreto las ondas de la luz y despu&eacute;s escribo transform&aacute;ndolas en part&iacute;culas; uno las part&iacute;culas y creo mol&eacute;culas de palabras. Tu imagen es ahora un pulsar cuya cadencia nunca var&iacute;a. Registro tu se&ntilde;al cada cierto tiempo, como un peregrino de las estrellas, que alojado en un <em>caravanserai</em> observara el cielo desde el desierto.
    </p><p class="article-text">
        El admirable Abdul Kassem Ismael (938-995), un sabio gran visir de Persia, ten&iacute;a una biblioteca de 117.000 vol&uacute;menes. En sus dilatados itinerarios como guerrero y estadista, jam&aacute;s se apart&oacute; de sus amados libros. Eran transportados por 400 camellos, entrenados para caminar en una sucesi&oacute;n fija, de manera que los libros sobre sus lomos pudieran ser mantenidos en orden alfab&eacute;tico.
    </p><p class="article-text">
        Te he hablado de la arena que viene, del or&aacute;culo de la bruma y de su silencio ante las preguntas sin respuesta; te he hablado de la luna como una Cleopatra en el Nilo de la noche; te he pedido que regresaras, que dejaras el casco y la &eacute;gida a los pies de la cama; he lavado y perfumado las s&aacute;banas de hilo verde agua; tu almohada se halla intacta, duermo en un lado del lecho; te he dejado sitio para cuando se abran los cielos y muestren el esplendor en medio de la noche; te he pedido cincuenta palabras, te he pedido siete colores y t&uacute;, regresando como las amapolas, me entregas cada vez un mundo que se reinicia.
    </p><p class="article-text">
        Tiempos de incertidumbre. Y, sin embargo, nadie hace preguntas; sin escuchar, todos exponen su f&oacute;rmula m&aacute;gica de saltar sobre el abismo. En el olvido, resguardados en el orden de una biblioteca, observamos desde lejos el temblor del castillo de naipes. Tiempo de soledad; tiempo de reflexi&oacute;n, de composici&oacute;n y de estudio. Extender color en el lienzo blanco de los d&iacute;as. Si mezclas en una justa proporci&oacute;n, azul ultramar, siena tostado y rojo cadmio, sale un color oscuro; el color de todas las sombras; si le a&ntilde;ades un poco de blanco, sale gris; si le sumas un poco de amarillo de N&aacute;poles, la luna se sumerge en el bronce de tu espalda, se hunde peregrina de tus pasos, como aquella noche de verano por La Rambla.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&Oacute;SCAR LORENZO</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>Las Lomadas, a 23 de noviembre de 2024</strong>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Óscar Lorenzo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/lapalmaahora/lapalmaopina/bronce-memoria_129_11846341.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 23 Nov 2024 17:03:09 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El bronce de la memoria]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Desprendimientos (II). Los discos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/lapalmaahora/lapalmaopina/desprendimientos-ii-discos_129_11785065.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c5d7a25e-cdd4-4217-a854-be908521e07e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Desprendimientos (II). Los discos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">PUNTO Y COMA - En los tiempos de la infancia, en que los mulos giraban alrededor de las eras donde se trillaba la sementera, acudía a menudo a las casas de los vecinos. En el Lomo Grande, por arriba de la era que se hallaba cerca, vivían Telesforo y María. Creo que fue allí, en su acogedora casa terrera, donde escuché por primera vez el sonido de un disco. El aparato era como una maleta que se abría</p></div><p class="article-text">
        Toda la m&uacute;sica es un disco sin fin y por lo tanto, todav&iacute;a no ha terminado de girar. Es como este planeta donde vivimos. Y al igual que el mundo, da vueltas y m&aacute;s vueltas; acostumbrados a ello no creemos, o m&aacute;s bien, no llegamos a pensar que pueda parar. Si ocurriera tanto una cosa como la otra, se acabar&iacute;a el baile y con ello, el cuento. Quiz&aacute; todas las cosas que giran son en verdad importantes: la sangre, las borrascas y los anticiclones, la rueda, los molinos, los relojes, la mayor parte de los mecanismos y los motores industriales o aparatos dom&eacute;sticos. Gira el agua en el sumidero, a la derecha o a la izquierda seg&uacute;n el hemisferio. El 'Para&iacute;so' de Dante en la &ldquo;Divina Comedia&rdquo; (1321), est&aacute; constituido por nueve esferas que giran igual que los planetas en torno al sol. Giramos nosotros ante el objeto de deseo, sea ese torbellino de sirena, amor o b&uacute;squeda de protecci&oacute;n y cari&ntilde;o ante la hostilidad del mundo o las dos cosas a la vez. Giran los pensamientos alrededor de la mente c&oacute;mo giraban las mariposas alrededor de Aureliano Buend&iacute;a en &ldquo;Cien a&ntilde;os de soledad&rdquo;. Y si &ldquo;todo es como se recuerda&rdquo;, seg&uacute;n escrib&iacute;a Valle Incl&aacute;n, nosotros giramos dando vueltas a la memoria porque del futuro nada sabemos y del presente nos sentimos desplazados. Gira todo. Gira todo menos el tiempo, que es una flecha lanzada en una sola direcci&oacute;n.
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                Desprendimientos (II). Los discos.                            </span>
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        Pero sigamos en el baile, girando, mientras no pare la orquesta. Los musulmanes tienen que dar vueltas a la Kaaba y los cristianos al rosario en casa y al templo en las procesiones. No solo en los tiempos de la brujer&iacute;a sino hoy en pleno siglo XXI, hay quien gira alrededor de un gur&uacute; pseudooriental que proporciona un masaje mental a quien nunca ha le&iacute;do un libro que sirva la pena o de un iluminado de una secta negacionista, que lo niega todo, todo menos su creciente cuenta corriente o de alguien que pretende, sin haber dado un palo al agua, pedir votos y salvar la patria regresando a Ner&oacute;n o a Cal&iacute;gula. Seg&uacute;n tengo entendido, los m&aacute;s j&oacute;venes ahora giran alrededor de un o una &ldquo;influencer&rdquo;, tambi&eacute;n joven; y puede que entren en trance, como les pasa a los derviches gir&oacute;vagos de Turqu&iacute;a cuando bailan la Sema. Les recomiendo, a ellos y ellas, y a los padres y madres tan orgullosos de sus hijos o hijas, aceitunas para el mareo que vendr&aacute;; como en Casa Ferraz, en Puntallana, cuando paraban las guaguas y todos, incluidos el conductor y el cobrador, se echaban un refrigerio antes de llegar a destino. Aquellos tiempos sin prisa, sin estr&eacute;s. Caf&eacute; o cortado condensada, sol y sombra, es decir, an&iacute;s El Mono y co&ntilde;ac Fundador, y aceitunas antimareo para &ldquo;tanta curva y tanto abismo&rdquo;, como dec&iacute;a una profesora andaluza que estaba a disgusto en la isla y que nos torturaba en el Instituto C&aacute;ndido Marante, dando clases de lengua sin la m&aacute;s m&iacute;nima simpat&iacute;a. Y claro, tambi&eacute;n, los inseparables y eternos caramelos de la vaca, que circulaban de asiento en asiento para endulzar el trayecto. Los palmeros y palmeras, creyentes, agn&oacute;sticos o ateos, que de todo hay, damos vueltas a la isla saliendo por el sur o por el norte. Unos, girando hacia la cabra o el cordero y otros, hacia las cabrillas o las morenas. Antes de los a&ntilde;os de apertura de los setenta, en la Alameda de mi pueblo, en Los Sauces, como si fuera una imagen de los c&iacute;rculos del &ldquo;Purgatorio&rdquo; de Dante, las mujeres daban vueltas en un sentido y los hombres en otro, aunque el objetivo, al fin y al cabo, fuera el mismo. As&iacute; que esto de girar es habitual tanto en el pasado como en el presente, y es un fen&oacute;meno que se encuentra muy extendido, no s&oacute;lo en cuanto a la incidencia en la mec&aacute;nica de las invenciones humanas sino tambi&eacute;n en la propia Naturaleza. Desde las palomillas en torno a la luz, a los p&aacute;jaros alrededor del nido o el cern&iacute;calo en las huertas de labranza en torno a mi casa, hasta las abejas en el panal. Tanto a nivel microsc&oacute;pico como a nivel de configuraci&oacute;n del recorrido de los planetas y de las galaxias, parece ser que sin movimiento circular o el&iacute;ptico, nada puede funcionar y reinar&iacute;a por consiguiente el caos. Siempre vamos a estar sobre, bajo, ante o en algo que gira. En fin, al margen de las preposiciones, giramos sin remedio. Si nos paramos, caeremos en el abismo de los terraplanistas y entonces, s&iacute; que estaremos perdidos. Dar vueltas no pasa de moda y parece ser, aunque sea mon&oacute;tono, que el meneo nos puede llevar a otro lado o a conseguir alg&uacute;n objetivo so&ntilde;ado.
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                Desprendimientos (II). Los discos.                            </span>
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        En los tiempos de la infancia, en que los mulos giraban alrededor de las eras donde se trillaba la sementera, acud&iacute;a a menudo a las casas de los vecinos. En el Lomo Grande, por arriba de la era que se hallaba cerca, viv&iacute;an Telesforo y Mar&iacute;a. Creo que fue all&iacute;, en su acogedora casa terrera, donde escuch&eacute; por primera vez el sonido de un disco. El aparato era como una maleta que se abr&iacute;a. En la tapa se hallaba un altavoz, era monoaural; en la otra parte, un plato que giraba, con un adaptador para 45 o 33 revoluciones por minuto. En lugar de cuchara o tenedor, ten&iacute;a un brazo con una aguja que le&iacute;a aquellos discos, elep&eacute;s y singles que los hijos emigrantes de mis vecinos, hab&iacute;an tra&iacute;do de Venezuela. La mayor parte eran de m&uacute;sica mejicana, Lola Beltr&aacute;n, Jorge Negrete, Pedro Vargas y otros, adem&aacute;s del gran Antonio Mach&iacute;n y de Manolo Escobar. A mitad de los sesenta a&uacute;n no hab&iacute;a llegado la televisi&oacute;n a los hogares y la radio era el &uacute;nico medio para poder escuchar algo de m&uacute;sica, a excepci&oacute;n de las parrandas de navidad o de carnavales y las orquestas de las fiestas de verano. En esos a&ntilde;os, en la boda de Carmela y Angel que se celebr&oacute; en la propia casa de la novia, muy cerca tambi&eacute;n de la m&iacute;a, para dar inicio a la cena, el hijo de Juana, Facundo, un vecino que hab&iacute;a estado en Venezuela, instal&oacute; un pic&uacute; en el sal&oacute;n y de aquel cubo de madera sali&oacute; la m&uacute;sica para que bailara la pareja y con ello se diera inicio a la celebraci&oacute;n. Como el suelo era de madera la aguja del aparato daba saltos cuando alguien pisaba fuerte. Recuerdo que estuve malo dos d&iacute;as del atrac&oacute;n de dulces que el asunto trajo consigo. En la Sociedad Benahoare de Las Lomadas, en el escenario de la orquesta hab&iacute;a un aparato que reproduc&iacute;a discos que adem&aacute;s era tambi&eacute;n radio. Los domingos por la tarde acud&iacute;an ni&ntilde;os y adolescentes a los guateques. All&iacute;, cuando los gatos eran azules aprendimos a &ldquo;lanzar las flechas del amor&rdquo;, gir&aacute;bamos todos, nosotros y los discos de Roberto Carlos, de Karina o de Nino Bravo, mientras los hombres jugaban a la baraja o al d&oacute;mino en el rinc&oacute;n cerca del bar. En la segunda mitad de los setenta ya se contaba en Los Sauces con varios locales donde se pon&iacute;a m&uacute;sica con discos. Alguna asociaci&oacute;n juvenil, el Casino y la primera discoteca, &ldquo;Napole&oacute;n&rdquo;, se pusieron al d&iacute;a en cuanto a equipos de sonido y a disponer de una colecci&oacute;n de LP y de singles. El &ldquo;Maij&uacute;&rdquo; de Juanfran, inaugurado en 1968 en Los Sauces, hab&iacute;a sido el local pionero de la isla. En ese lugar que dur&oacute; pocos a&ntilde;os, seg&uacute;n me cuenta Jordi Sent&iacute;s, lleg&oacute; a actuar en concierto el grupo precursor de Taburiente: &ldquo;Nuevas vibraciones&rdquo;. En Santa Cruz de La Palma, la inauguraci&oacute;n del &ldquo;Chita&rdquo; en los a&ntilde;os setenta, fue posterior al moderno local saucero. A una gran parte de las chicas del pueblo, no las dejaban ir a ese antro y yo no lo conoc&iacute; al tener poca edad. Fueron tiempos muy musicales a nivel mundial, con la aparici&oacute;n fulgurante de The Beatles desde inicios de los sesenta y su influencia en el estallido del pop y del rock. Adem&aacute;s, florec&iacute;a la bossa nova con Antonio Carlos Jobim y Joao Gilberto. El sello Fania Records fundado en 1968, expandi&oacute; la salsa a nivel internacional. El jazz estaba a gran altura, como siempre, con Bill Evans, Dave Brubeck, Stan Getz y muchos m&aacute;s. A nivel espa&ntilde;ol, se hallaba en auge la canci&oacute;n protesta o de corte nacionalista y reivindicativo, pues era el momento del final del franquismo y del principio de la democracia. Fueron tiempos de libertad. O eso cre&iacute;mos, al ser abrumadora la diferencia al comparar la libertad que en ese entonces dispon&iacute;amos con respecto a la prohibici&oacute;n general de los a&ntilde;os anteriores. A&ntilde;os de un pa&iacute;s sumido en el atraso y en el miedo de la dictadura. Los j&oacute;venes que huyendo de esto que les digo, hab&iacute;an emigrado a Londres, a Amsterdam o a Bruxelas, cuando ven&iacute;an de vacaciones tra&iacute;an los &uacute;ltimos singles de los Rolling Stones, de Led Zeppelin o de King Crimson, que en Espa&ntilde;a siempre se editaban m&aacute;s tarde que en Inglaterra. As&iacute; logr&aacute;bamos estar al d&iacute;a en cuanto a novedades musicales. Primero, los emigrantes a Am&eacute;rica y despu&eacute;s, los emigrantes a Europa, nos tra&iacute;an de regalo justo lo que nos hac&iacute;a falta: discos, es decir, singles y elep&eacute;s.
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                Desprendimientos (II). Los discos.                            </span>
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        Para conseguir discos hab&iacute;a que moverse. Y no viv&iacute;amos en una ciudad, sino en un pueblo de una isla peque&ntilde;a. En nuestros viajes a Tenerife compr&aacute;bamos discos antes de tener donde escucharlos. Sin embargo, a nuestros hogares lleg&oacute; primero el tocadiscos y despu&eacute;s la nevera. Si hoy lo pensamos parece incre&iacute;ble. Con el pelo largo y un elep&eacute; bajo el brazo, cruz&aacute;bamos la plaza hasta alg&uacute;n local donde poder reproducirlo. En ese entonces la m&uacute;sica era una felicidad asegurada, pero adem&aacute;s de ser lo m&aacute;s cercano al para&iacute;so, ten&iacute;a un peso sociol&oacute;gico. Supon&iacute;a un veh&iacute;culo de uni&oacute;n entre todos y tambi&eacute;n una forma de estar en el mundo y no sentirnos tan aislados. Abrieron alguna tienda en Santa Cruz de La Palma, no recuerdo el nombre. Ech&aacute;bamos media ma&ntilde;ana en elegir uno o dos discos para subir en la guagua por las curvas de San Juanito hasta Los Sauces. En el trayecto miraba las ilustraciones de la portada y contraportada, los textos y las fotos del interior, el listado y las letras de las canciones aunque fueran en ingl&eacute;s. Cuando llegaba a casa me sab&iacute;a los cr&eacute;ditos del disco de memoria. El tama&ntilde;o de los &aacute;lbumes, 30,5 x 30,5, para el arte del dise&ntilde;o, era el adecuado; no como ocurri&oacute; con la reducci&oacute;n de formato de los casetes o de los CD. Hab&iacute;a discos que eran una belleza, porque el tama&ntilde;o long play permit&iacute;a disfrutar del trabajo de los artistas que hac&iacute;an aquellas incre&iacute;bles portadas. Aunque ya hubiera casetes en ese entonces, todos est&aacute;bamos de acuerdo en que lo mejor era tener un tocadiscos, a ser posible Pionner con amplificador y dos buenos altavoces. Hab&iacute;a que reunir, unas cuarenta o cincuenta mil pesetas de 1978, cosa que logr&eacute; en verano trabajando en Barlovento haciendo atarjeas. Viajar en avi&oacute;n a Tenerife, bajar a los indios en Santa Cruz y despu&eacute;s de sudar lo lindo para decidirse por alg&uacute;n equipo, regresar en barco a casa con el tesoro so&ntilde;ado en una caja. Los que pudimos hacerlo, porque no todos tuvieron tocadiscos. Eso fue al principio, en la segunda mitad de la d&eacute;cada de los setenta. Acabada en Espa&ntilde;a la censura franquista comandada con excesivo celo por Fraga Iribarne, se produjo un estallido de publicaciones que antes estaban prohibidas. Libros y discos pasaron a ser una prueba de que las cosas estaban cambiando. Un mundo nuevo por delante y adem&aacute;s con esa edad ideal de apuntarse a un bombardeo. Libros y discos eran art&iacute;culos culturales con mensaje y en ellos se hallaba la esperanza. El componente pol&iacute;tico de la m&uacute;sica se hizo evidente y comenzaron a circular discos de Victor Jara, Mercedes Sosa, Atahualpa Yupanqui, Silvio Rodr&iacute;guez, Pablo Milan&eacute;s, Pete Seeger y Joan Baez. En 1976 se public&oacute; &ldquo;Nuevo Cauce&rdquo; del grupo palmero Taburiente. Y aquello fue la bomba en todas las Islas Canarias; despu&eacute;s vino en 1978 &ldquo;Ach-Gua&ntilde;ac&rdquo;, con la portada del drago de Luis Morera y las siete estrellas verdes. Tambi&eacute;n llegaban los discos de Georges Brassens, Serrat, Raimon, Luis Eduardo Aute y Rosa Le&oacute;n. Era la m&uacute;sica con la que enterramos la cruel dictadura que nos hab&iacute;a tenido sometidos. Luego estaba la m&uacute;sica de &ldquo;los peludos&rdquo;, el pop y el rock que hac&iacute;a furor en Europa y en Estados Unidos. La m&uacute;sica moderna se hallaba en su momento &aacute;lgido y ofrec&iacute;a un cambio de paradigma cultural: Mayo del 68, la contracultura, el movimiento hippie, el pacifismo, &ldquo;nuclear no, gracias&rdquo; y otras revoluciones. Al ser as&iacute;, tan cargada de contenido, la nueva m&uacute;sica llevaba aparejado un desprecio por parte de los sectores conservadores de aquel catolicismo de sotana y yugo, que no les hac&iacute;a gracia ni la forma de vestir ni el &ldquo;ruido&rdquo; que hac&iacute;an las guitarras el&eacute;ctricas y mucho menos, la libertad que supon&iacute;a que su hijo o hija fumara cannabis o hach&iacute;s y se pasara toda la tarde en la habitaci&oacute;n viendo c&oacute;mo giraba el tocadiscos. Los que solo o&iacute;an canci&oacute;n protesta eran m&aacute;s normalitos, pero los que escuch&aacute;bamos a Deep Purple, a Jimi Hendrix, a Janis Joplin, &eacute;ramos se&ntilde;alados con el dedo. Con el paso del tiempo, los padres que hablaban mal de nosotros &ldquo;los peludos&rdquo;, se dieron cuenta que los santos de sus hijos, al crecer, tambi&eacute;n fumaban marihuana, y se dejaban el pelo largo, como casi todos los j&oacute;venes en aquellos tiempos. Y as&iacute;, haci&eacute;ndose mayor&iacute;a lo que en principio era minoritario, se acab&oacute; con el cuento de hablar mal de los otros y muchos miedos fueron absorbidos por la democracia. &ldquo;The times they are a- changin&acute;&rdquo;, hab&iacute;a avisado Bob Dylan en 1964, el padre de todos los cantautores, de todos y todas los que se suben a un escenario con una guitarra en la mano. &ldquo;Las oportunidades no vendr&aacute;n otra vez / Y no hablen muy r&aacute;pido porque la rueda sigue en movimiento&rdquo;.
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                Desprendimientos (II). Los discos.                            </span>
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        Desarrollado por Columbia Records, los primeros discos de larga duraci&oacute;n se pusieron a la venta en 1948 y hasta 1980 fue la mejor forma de publicar m&uacute;sica grabada. Una aguja de zafiro de un mil&iacute;metro le&iacute;a un disco de policloruro de vinilo de 30,5 cm de di&aacute;metro, donde estaban grabadas a 33 revoluciones por minutos y codificadas de forma anal&oacute;gica, las canciones con un m&aacute;ximo de 20 a 25 minutos por cada cara. Los singles, por supuesto, iban a 45 revoluciones. El primer disco doble de la m&uacute;sica moderna fue &ldquo;Blonde on blonde&rdquo; de Dylan, publicado en 1966. Primero los casetes a partir de 1970 y despu&eacute;s los Cd&acute;s desde 1990, fueron destronando a los discos del primer plano. Pero durante un tiempo convivieron todos los formatos en una especie de Califato de C&oacute;rdoba de aceptada tolerancia. Aparecieron los equipos de m&uacute;sica con ecualizador y con la posibilidad de grabar de disco a casete. As&iacute; que los discos se o&iacute;an en el hogar y en la casa de los amigos, a donde acud&iacute;amos con un paquete bajo el brazo e intercambi&aacute;bamos las novedades que &iacute;bamos adquiriendo. Los casetes los llev&aacute;bamos en el bolsillo o en la mochila para escucharlos en los coches, en los bares o en los kioscos de las fiestas. La venta por correo fue muy importante y nos permit&iacute;a acceder a aut&eacute;nticas maravillas. Estaban Gay &amp; Company y Discoplay. Ir a la oficina de correos a buscar el pedido musical era una pura felicidad. En los cat&aacute;logos se nos iban los ojos y hac&iacute;amos interminables listados que nunca pudimos completar. Recuerdo un pedido de cuatro discos de la Pasadena Roof Orquestra y otro numeroso del sello argentino Guimbarda que se hab&iacute;a reeditado en Espa&ntilde;a. Aquellos discos del grupo de folk-rock brit&aacute;nico, Pentangle, eran una belleza de sonido y de edici&oacute;n, incluyendo libreto con biograf&iacute;a y todas las canciones en ingl&eacute;s y en espa&ntilde;ol. Tuve la suerte de poder verlos a ambos en un mismo directo en el Vel&oacute;dromo de Anoeta, en San Sebast&iacute;an en 1983. Primero actu&oacute; Bert Jansch, voz y guitarra de Pentangle y para cerrar el mitin de los batasunos, sali&oacute; a escena la gran banda inglesa que interpretaba temas de Cool Porter, de Irving Berlin, en general, canciones de antes de la Segunda Guerra Mundial. Una gozada con veinti&uacute;n a&ntilde;itos. No me lo pod&iacute;a creer: all&iacute; estaba yo, solo en el Pa&iacute;s Vasco, con un bocadillo de chistorra y una ca&ntilde;a en la mano, bailando y escuchando a aquellos m&uacute;sicos que tanto hab&iacute;a admirado.
    </p><p class="article-text">
        En una estanter&iacute;a del sal&oacute;n debajo de la literatura espa&ntilde;ola, conservo 140 elep&eacute;s, pero me vuelve a suceder lo mismo que cuando ten&iacute;a 17 a&ntilde;os, es decir, no tengo aparato donde reproducirlos. Lo que queda del equipo de m&uacute;sica se halla en el pajero de zinc para llevar al punto limpio, que como les dec&iacute;a en el anterior art&iacute;culo, es el lugar a donde van a parar todos los inventos. No s&eacute; qu&eacute; sera de los discos, como tampoco s&eacute; qu&eacute; ser&aacute; de m&iacute; mismo. Desde principios del siglo XXI, ha renacido el inter&eacute;s en los vinilos y su demanda se ha incrementado. Ahora se venden mas discos que CD. El sector de los coleccionistas, los pinchadiscos y los amantes de la m&uacute;sica independiente, han dado al long play una segunda vida. Al parecer, hay quien tiene m&aacute;s de una vida. Y hay quien tiene solo una, como los casetes y los CD.&nbsp;En una tienda de discos, esquina plaza del Charco del Puerto de la Cruz, en 1978 encontr&eacute; dos joyas que no esperaba. Se trataba de los dos primeros discos en estudio de la banda neoyorquina &ldquo;The Velvet Underground&rdquo;con Lou Reed al frente. El disco famoso del pl&aacute;tano dise&ntilde;ado por Andy Warhol en 1967 y &ldquo;White ligh / White heat&rdquo; de 1968. La cuesti&oacute;n es que eran importados, ya que hab&iacute;an estado prohibidos en Espa&ntilde;a. Por qu&eacute; le interesaba a un chico que viv&iacute;a en un pueblo de una isla perdida, aquella m&uacute;sica tan urbana que no ten&iacute;a nada que ver con las bandas inglesas o californianas de entonces, es un misterio. Quiz&aacute; es que era el momento hist&oacute;rico para conocerla, y la cultura marca de un modo global, al margen de la sociolog&iacute;a o la pol&iacute;tica o al margen de los kil&oacute;metros de distancia. El gran disco de la m&uacute;sica cruza las fronteras girando, girando sin nada que lo detenga. La m&uacute;sica que contiene los discos de la estanter&iacute;a, es m&aacute;s antigua que la de los CD, y ya no la escucho ni siquiera en Youtube. En los &uacute;ltimos a&ntilde;os he comprobado, sorprendido, que la m&uacute;sica que contiene los CD que poseo, tambi&eacute;n se va quedando antigua o digamos mejor, suena a ya gastada. Vamos envejeciendo de tantas vueltas que hemos dado. Pero el disco aquel, aunque ahora sea digital, continua girando de alg&uacute;n modo, tal vez para otros. Sigue girando, pero la m&uacute;sica que escuchamos a solas es distinta, porque a cada giro el mundo cambia y nosotros tambi&eacute;n.
    </p><p class="article-text">
        <em>Hace tiempo vino una chica</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>con un disco en la mano</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>y con una guitarra en la otra.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Luego vino otra chica con un casete.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>M&aacute;s tarde vino otra chica con un CD.</em>
    </p><p class="article-text">
        (&hellip;)
    </p><p class="article-text">
        Del poema  'Vino una chica' (Fragmento)
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>&Oacute;SCAR LORENZO</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>San Andr&eacute;s y Sauces</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>01-11-2024</strong>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Óscar Lorenzo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/lapalmaahora/lapalmaopina/desprendimientos-ii-discos_129_11785065.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 01 Nov 2024 16:17:50 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Desprendimientos (II). Los discos]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Desprendimientos (I). Los casetes]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/lapalmaahora/lapalmaopina/desprendimientos-i-casetes_129_11709831.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/5d658da7-5735-41c6-b5a4-193dd4d98d49_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Desprendimientos (I). Los casetes"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">PUNTO Y COMA - Y, en esto, los casetes cumplieron la función de aportar una banda sonora a nuestros sueños. Y fue cuando éramos jóvenes, fuertes y alegres, cuando no nos cansábamos de nada, cuando amábamos lo distinto, cuando buscábamos escuchar al otro, al diferente. Gracias a los casetes, la belleza de la música estuvo al alcance de la mano. “Dale vuelta a la cinta, amor / que la noche es muy hermosa / dale vuelta a la cinta y ven”


</p></div><figure class="ni-figure">
        
                                            






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            <span class="title">
                Los casetes cumplieron la función de aportar una banda sonora a nuestros sueños.                            </span>
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        Desarrollado por Philips y lanzado en 1962, el casete apareci&oacute; como una forma c&oacute;moda de grabaci&oacute;n de sonido en una cinta magn&eacute;tica. Una alternativa al disco de vinilo que era lo habitual en esos tiempos. Se reproduc&iacute;a en un aparato que tambi&eacute;n era grabador y que adquiri&oacute;, por extensi&oacute;n, el mismo nombre. En realidad, fue originariamente dise&ntilde;ado para dictado y uso port&aacute;til y no fue hasta 1971 que pudo contener un sonido de calidad para la m&uacute;sica, con la reducci&oacute;n de ruidos Dolby y una cinta de cromo. Su uso se extendi&oacute; desde 1970 hasta finales de la d&eacute;cada de los noventa. Durante los a&ntilde;os ochenta se populariz&oacute; bastante a ra&iacute;z de las grabadoras port&aacute;tiles de bolsillo y la alta fidelidad del walkman de Sony, cuyo tama&ntilde;o era un poco m&aacute;s grande que un paquete de tabaco. As&iacute; &iacute;bamos a la mili en 1983, con el walkman en la cintura y los peque&ntilde;os auriculares en los o&iacute;dos. Gastamos lo poco que ten&iacute;amos en pilas. Era c&oacute;modo y divertido. El casete universaliz&oacute; el uso de la m&uacute;sica. En el Este de Europa, por la censura y en la India por motivos religiosos, tuvo su impacto social. Se pod&iacute;a o&iacute;r m&uacute;sica en los viajes en coche sin que fuera necesariamente una emisora de radio lo que estaba sonando. Te llevabas la m&uacute;sica al monte, a la playa, a la azotea en las tardes de verano o en las noches de luna. Escuchabas lo que quer&iacute;as. Fue un buen invento.
    </p><p class="article-text">
        No recuerdo bien el a&ntilde;o, pero pronto tuve uno de esos maravillosos aparatos de un altavoz solo. Un Sanyo de cinco teclas, una de ellas roja para grabar y dotado de un micr&oacute;fono aparte. Que quede claro que sigo prefiriendo escuchar a Queen, (que ya no se me ocurre) en un aparato de aquellos, que ir a un desabrido y cansino tributo, ahora tan de moda, para ver al cantante toc&aacute;ndose los cojones del mismo modo que Fredi Mercury. En la &eacute;poca en que se edit&oacute; &ldquo;Wish you were here&rdquo; de Pink Floyd, ser&iacute;a aqu&iacute; 1976, con catorce a&ntilde;os un d&iacute;a acud&iacute; a preparar un huerto para sembrar m&aacute;s tarde las papas de invierno. Hab&iacute;a hierba seca para retirar y rastrojos que entonces se sol&iacute;an quemar teniendo en cuenta que no hubiera viento ni que fuera un d&iacute;a de altas temperaturas. Coloqu&eacute; el aparato de un altavoz solo en un ribance de la huerta y con pilas nuevas, baj&eacute; la tecla de play y puse el sonido al m&aacute;ximo. La eleg&iacute;a que es &ldquo;Shine on your crazy diamonds&rdquo;, se elev&oacute; en el campo de las median&iacute;as y yo me dispuse, despu&eacute;s de cortar los hinojos y las tederas, a ir quemando el rastrojo poco a poco. Estando entretenido en la faena fue pasando el tiempo y las canciones de Pink Floyd se suced&iacute;an, cuando de pronto escucho: wa&ntilde;owiniweauhglubwa&ntilde;aaa. El fuego hab&iacute;a alcanzado el casete. Corr&iacute; desesperado y pude salvarlo a tiempo, aunque eso s&iacute;, la tecla roja que estaba en la esquina afectada, qued&oacute; como una fresa escarchada. Despu&eacute;s fueron viniendo m&aacute;s reproductores de todo tipo, pero aquel aparato primigenio, con la cicatriz del incendio, es el que elige mi memoria.
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                Los casetes cumplieron la función de aportar una banda sonora a nuestros sueños.                            </span>
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        Recuerdo los viajes a Garaf&iacute;a oyendo a Genesis, vend&iacute;amos Inglaterra por una libra y ech&aacute;bamos cordero en el Broadway del Roque El Faro; el itinerario era nuestro viaje a un Darjeeling particular; la relaci&oacute;n entre m&uacute;sica, paisaje y el cannabis de aquella &eacute;poca, era una epopeya de la luz y del sonido; recuerdo escuchar &ldquo;Carmina Burana&rdquo; de Carl Orff en los ocasos en la Casa del Monte, cerca de Marcos y Cordero, como vislumbro el cuerpo de ninfa de la amante que me acompa&ntilde;aba; por encima del mar de nubes son los dioses los que afinan los instrumentos; recuerdo o&iacute;r las sonatas de Beethoven por Wilhelm Kempff al llegar a casa del cuartel en el Pa&iacute;s Vasco, como fondo amable del regreso al hogar; recuerdo escuchar a la Fania y a Henry Fiol en los kioscos de las fiestas, incluidos los punkies de Los Llanos, que en San Antonio nos pon&iacute;an la cinta sin problema alguno; muchas m&uacute;sicas diferentes y todas se daban la mano; recuerdo ir cantando las canciones de Chicho S&aacute;nchez Ferlosio en el coche con Laura y Melquiadez; &ldquo;Buscas el ser por lo alto / tan alto que yo me temo / que el ser que andas buscando /debe ser el ser supremo. / Ni el propio San Antonio lo encontrar&aacute; / lo que no se ha perdido no se hallar&aacute;&hellip;&rdquo;; ese casete legendario, grabado por mi profesora de filosof&iacute;a en Madrid, conten&iacute;a el disco &ldquo;A contratiempo&rdquo; del gran cantautor castellano, adem&aacute;s de otras piezas de Amancio Prada, y, como regalo final, la bell&iacute;sima canci&oacute;n, &ldquo;Jhonny Guitar&rdquo;, cantada por Peggy Lee para la banda sonora de la pel&iacute;cula; eso permit&iacute;a el casete, hacer tu propia antolog&iacute;a musical; recuerdo con Miguel Sent&iacute;s escuchar a la orquesta Bolero de Tazacorte, entre las calderas y el alambique durante la zafra de la ca&ntilde;a de az&uacute;car en El Valle; recuerdo las cintas que me regalaba Ana, con su bella letra y su buen gusto musical: Aretha Franklin, Tanita Tikaram, Donald Fagen; recuerdo o&iacute;r a Marlene Dietrich en las largas sobremesas de &Aacute;lvarez de Lugo, en Santa Cruz, con alguna guapa invitada; se pon&iacute;a en el cuello dos toques de Chanel N 5 cuando sonaba &ldquo;Lili Marlen&rdquo;; recuerdo con mi amigo Francisco Guerra, comprar en un guachinche una cinta de &ldquo;Los alegres de Ter&aacute;n&rdquo;, nos gustaba la m&uacute;sica mexicana; te encontrabas los casetes de frente, en un expositor sobre la barra; ped&iacute;amos medio litro de vino tinto y eleg&iacute;amos uno para amenizar el itinerario por las sinuosas carreteras de Anaga; recuerdo las selecciones o antolog&iacute;as que le regal&eacute; a Sara con todo el amor del mundo, estaban escritas y coloreadas con alg&uacute;n dibujo; toda la m&uacute;sica toda. Nos despert&aacute;bamos con la suite para violonchelo de Bach, nos dorm&iacute;amos con Teleman. Recuerdo la cinta grabada del disco de Bola de Nieve que me trajo mi hermano de Cuba. Y las copias que se hicieron. Y las copias de los discos de los neozelandeses Split Enz que hab&iacute;a tra&iacute;do a Los Sauces la hermana de un amigo. O&iacute;amos a Lole y Manuel en un viaje en barco a la pen&iacute;nsula, a Gal Costa, a Astrud Gilberto en aquellas noches t&oacute;rridas de verano, en Manos de Oro; y era toda una unidad: la luna, el verano, el murmullo de las olas, las luces tenues y la piel de mi amor que era como una rampa de lanzamiento hacia el cielo de la estancia; escuch&aacute;bamos el sitar envolvente de Ravi Shankar bajo el velamen de las s&aacute;banas. Nos dej&aacute;bamos invadir por la sensualidad narc&oacute;tica de Oriente: &ldquo;Dale vuelta a la cinta, amor, que la noche es amable&rdquo;. La mente recuerda el latido del pasado. Suena la melod&iacute;a de la memoria. Una cabeza electromagn&eacute;tica lee y descubre que aquello fue la felicidad. Una cabeza escucha lo que fue la gloria bendita. Gira el mundo en la cinta que mueve el molino del tiempo. La cuesti&oacute;n es dar vueltas como hace todo lo viviente. Dar vueltas y acabar enred&aacute;ndose en el amor, en la vida o en el radiocasete en cuesti&oacute;n, porque cromados pueden ser los sue&ntilde;os. D&aacute;bamos vueltas bailando con la m&uacute;sica del radiocasete de dos altavoces. Extend&iacute;amos el cable de la corriente para no gastar las pilas. Y aquellos guateques de la infancia, en el Lomo Grande, con los amigos y amigas del barrio de Las Lomadas, cuando en las azoteas de junio descubr&iacute;amos el deseo y cuando nunca llov&iacute;a al sur de California. Y ya sabemos todos que siempre hay una canci&oacute;n al fondo que nos deja el alma al descubierto. Por eso ahora escucho otras cosas. Hay m&uacute;sica que ya, ni en broma, se me ocurre o&iacute;r en solitario, porque el desprendimiento tambi&eacute;n es espiritual y hay que tomar precauciones. Tal vez, hay una m&uacute;sica para cada formato y un formato para cada etapa de la vida. Algunas m&uacute;sicas, en realidad muy pocas, aguantan el tr&aacute;nsito y logran convivir con el estr&eacute;s tecnol&oacute;gico y comercial de cada veinte a&ntilde;os. Todo pasa. Tambi&eacute;n la m&uacute;sica. Y el esp&iacute;ritu se va limpiando de tanta carga emocional. &iexcl;All&aacute; cada uno!
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                Los casetes cumplieron la función de aportar una banda sonora a nuestros sueños.                            </span>
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        Con la llegada del CD, se acab&oacute; lo de cara A y cara B. Y no hab&iacute;a que darle a Rew para poner de nuevo el tema incansable que tanto nos gustaba. Y no ten&iacute;amos que desenredar la cinta con el bol&iacute;grafo cuando se atascaba; como era pintor, ten&iacute;a un pincel siempre a mano para el asunto. A los casetes les toc&oacute; la condici&oacute;n hist&oacute;rica de tener que convivir, al principio, con los discos de vinilo y al final, con los CD&acute;S. Como le ocurri&oacute; a mi generaci&oacute;n en el caso de Espa&ntilde;a, los casetes se vieron en medio del sandwich, al final de la dictadura y al principio de la democracia. Nos toc&oacute; convivir con los restos de lo que se iba, -gracias a Dios-, y con el principio de lo que llegaba. Fueron, por ello, tiempos de esperanza, sin duda alguna, y a los casetes les toc&oacute; prolongar ese impulso. Vinieron los CD&acute;S con el nuevo siglo, pero los casetes hab&iacute;an dejado treinta a&ntilde;os de buenos recuerdos. Cuando trabajaba en la Viceconsejer&iacute;a de Cultura en Santa Cruz de Tenerife, sub&iacute;a a menudo a La Laguna a ver a Sara. Pasaba por la tienda de Discos Manzana y adquir&iacute;a alg&uacute;n casete de regalo. Recuerdo comprar &ldquo;Shooting rubberbands at the stars&rdquo; de Edie Brickell &amp; New Bohemians. &Iacute;bamos a ir al cine a Santa Cruz y como se nos hizo tarde, tomamos un taxi. Nada m&aacute;s subirnos en el coche en la Avenida Trinidad, Sara, una amiga y yo, le di al joven conductor la cinta reci&eacute;n adquirida y muy amablemente la introdujo en el radiocasete y le dio al play. Bajamos la autopista encantados con la alegr&iacute;a de la m&uacute;sica y cuando al llegar a Las Ramblas se paraba el coche en un sem&aacute;foro junto a otros taxis, nuestro conductor sub&iacute;a el volumen y mov&iacute;a la cabeza y los colegas de profesi&oacute;n asent&iacute;an y le dec&iacute;an: &ldquo;As&iacute; da gusto trabajar&rdquo;. &ldquo;Y no les voy a cobrar&rdquo;, respond&iacute;a. Y nos re&iacute;amos todos.
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        A&uacute;n conservo unos cuantos vinilos que fueron, por supuesto, anteriores a los casetes. Todos ten&iacute;amos tocadiscos, pero eso ser&iacute;a otro art&iacute;culo y otra m&uacute;sica. Parece que los vinilos, como los llaman ahora, est&aacute;n de nuevo revalorizados. Seg&uacute;n tengo entendido, en el a&ntilde;o pasado se han vendido m&aacute;s discos que CD&acute;S. Youtube y Spotify (y lo que surja) han desbancado a la industria del CD. Todav&iacute;a los guardo a mano por si hay un apag&oacute;n en Internet, pero necesito desprenderme de los casetes por una cuesti&oacute;n de espacio. En el punto limpio acaban todos los inventos, incluso los que nos dieron una felicidad impagable. Siento la pena de dejar algo atr&aacute;s, como es normal, pero hay que aceptar los hechos y atender a las necesidades de aliviar las estancias. Despejo el estudio donde pinto para trabajar con espacio para los cuadros y a las cajas de los casetes no queda m&aacute;s remedio que decirles adi&oacute;s. Cambia el formato, la m&uacute;sica sigue, pero es otra cosa. Y tambi&eacute;n otros son los silencios. No es aquella m&uacute;sica, pues &eacute;sta se halla por encima del mar de nubes y ya la hemos devuelto a los dioses. Hab&iacute;a que entregarla porque era de ellos. No podemos ba&ntilde;arnos dos veces en el mismo r&iacute;o, nos advert&iacute;a Her&aacute;clito hace m&aacute;s de 2.500 a&ntilde;os y, a veces, lo olvidamos. C&oacute;mo nos cuesta despedirnos de lo que amamos. As&iacute; somos los humanos, ante la hostilidad del mundo buscamos algo que combata la alienaci&oacute;n, algo que modifique nuestro desapego, que haga que amemos el tiempo que nos ha tocado vivir. Y, en esto, los casetes cumplieron la funci&oacute;n de aportar una banda sonora a nuestros sue&ntilde;os. Y fue cuando &eacute;ramos j&oacute;venes, fuertes y alegres, cuando no nos cans&aacute;bamos de nada, cuando am&aacute;bamos lo distinto, cuando busc&aacute;bamos escuchar al otro, al diferente. Gracias a los casetes, la belleza de la m&uacute;sica estuvo al alcance de la mano. &ldquo;Dale vuelta a la cinta, amor / que la noche es muy hermosa / dale vuelta a la cinta y ven&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&Oacute;SCAR LORENZO</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>04-10-2024</strong>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Óscar Lorenzo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/lapalmaahora/lapalmaopina/desprendimientos-i-casetes_129_11709831.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 05 Oct 2024 16:13:10 +0000]]></pubDate>
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      <title><![CDATA[El contenido de una foto]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/lapalmaahora/lapalmaopina/contenido-foto_129_11591216.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6a090848-4da8-42fd-b96a-13e198c37893_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El contenido de una foto"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">PUNTO Y COMA - Se puede mojar o borrar una foto, pero nunca se disuelve lo que guarda una vez que la hemos mirado
</p></div><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Tía Lilia (i), tía Concha y tío Alfredo.                            </span>
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        &ldquo;Hoy todo existe para culminar en una fotograf&iacute;a&rdquo;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Susan Sontag (1933-2004)
    </p><p class="article-text">
        Vemos una foto y callamos. Vemos tres fotos y callamos. En los tiempos de ahora, que corren a velocidad de v&eacute;rtigo, vemos cientos de fotos todos los d&iacute;as y guardamos silencio. Incluso llegamos a creer que esas im&aacute;genes se pierden para siempre como grano molido que va al r&iacute;o del olvido. Una imagen es sustituida por otra nueva y as&iacute; contin&uacute;a nuestra capacidad devoradora en una rueda sin fin, un tormento muy apropiado para un purgatorio. En realidad, as&iacute; como todo rayo de sol que incide en una superficie, la modifica de alg&uacute;n modo, toda imagen observada va a alguna casilla de la conciencia o por supuesto, al oc&eacute;ano profundo del subconsciente y ah&iacute;, medio olvidada, hace de agente de un posible cambio en nuestra percepci&oacute;n del mundo. Por ello pueden tener las im&aacute;genes una influencia que afecta a la formaci&oacute;n del ser humano. Buena cuenta de ello han dado el poder pol&iacute;tico, los medios de comunicaci&oacute;n tradicionales, la publicidad y ahora las redes sociales en el uso y, tal vez, en la manipulaci&oacute;n de las im&aacute;genes que se hacen p&uacute;blicas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En el pasado las &uacute;nicas im&aacute;genes p&uacute;blicas que se conoc&iacute;an eran de santos, obispos, reyes, reinas y generales repetidos en las estatuas de las plazas, en los sepulcros de las catedrales o en las monedas de uso corriente; a partir del siglo XIX y despu&eacute;s de la invenci&oacute;n de la c&aacute;mara por Fox Talbot en 1839, se extendieron en los peri&oacute;dicos las im&aacute;genes de las guerras coloniales, los retratos de los exploradores y los paisajes ex&oacute;ticos. La revista Life en 1936, fue la primera revista de gran tirada; se financiaba de la publicidad. As&iacute; que adem&aacute;s de las cantantes de &oacute;pera y de los astros del cine, estaba el rostro sin nombre que emanaba del eslogan publicitario; despu&eacute;s llegaron los a&ntilde;os sesenta y las estrellas de la m&uacute;sica pop y, ante su derrumbe f&iacute;sico cumplido el ciclo vital, pasaron a dominar en lo alto del altar, las im&aacute;genes de los deportistas en sus m&uacute;ltiples &aacute;mbitos. Hoy, de cada diez ni&ntilde;os, ocho quieren ser deportistas. El poder de las im&aacute;genes define las aspiraciones de la gente. Cada retrato fotogr&aacute;fico tiene su propia parroquia de adoradores, ll&aacute;mese Donald Trump, Taylor Swift o Lamine Yamal el retratado.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En el caso concreto de la fotograf&iacute;a, habr&iacute;a que distinguir entre el uso privado y el uso p&uacute;blico. Susan Sontag en &ldquo;Sobre la fotograf&iacute;a&rdquo; (Edhasa, 1981) y John Berger en &ldquo;Mirar&rdquo; (Gustavo Gili, 2001) han escrito con lucidez sobre el asunto. Afirma el segundo: &ldquo;El retrato de una madre, la instant&aacute;nea de una hija, una foto de nuestros compa&ntilde;eros de equipo, se aprecian y leen en un contexto que es una continuaci&oacute;n de aqu&eacute;l de donde se lo sac&oacute; la c&aacute;mara (&iquest;de verdad era &eacute;ste pap&aacute;?) No obstante, este tipo de fotograf&iacute;as permanecen rodeadas por el significado del que fueron separadas. En tanto que artilugio mec&aacute;nico, la c&aacute;mara ha sido empleada como un instrumento que contribuye a la memoria viva. La fotograf&iacute;a es as&iacute; un recuerdo de una vida que est&aacute; siendo vivida. (...) En el uso privado el contexto de la instant&aacute;nea registrada se conserva, de modo que la fotograf&iacute;a vive en una continuidad. La fotograf&iacute;a p&uacute;blica, por el contrario, ha sido separada de su contexto se convierte en un objeto muerto que, precisamente porque est&aacute; muerto, se presta a cualquier uso arbitrario&rdquo;. A partir de la d&eacute;cada de los noventa del siglo pasado, la irrupci&oacute;n de Internet y la pr&aacute;ctica y extensi&oacute;n de las redes sociales, nos ha llevado a que la distinci&oacute;n entre lo p&uacute;blico y lo privado haya adquirido otros par&aacute;metros. La ceremonia del v&eacute;rtigo y la confusi&oacute;n de que todo, lo humano y lo divino, se haya expuesto a cualquier voyeur. D&oacute;nde termina lo p&uacute;blico y d&oacute;nde comienza lo privado en unos confines que fluct&uacute;an m&aacute;s en lo l&iacute;quido que en lo s&oacute;lido, ha dejado de ser una discusi&oacute;n bizantina y la suerte ya est&aacute; echada. Son tan inciertos los territorios que ya no hay l&iacute;mites que los definan. Quiz&aacute; mostrar much&iacute;simo, como le sucede a muchos artistas, es una forma de ocultar algo. Un torrente de im&aacute;genes p&uacute;blicas y privadas, mezcladas de un modo aleatorio en un caudal que busca un delta, un remanso para morir una vez arrastrado el lodo de la vida.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Para la gran ensayista norteamericana, Susan Sontag, &ldquo;las fotograf&iacute;as son quiz&aacute; el m&aacute;s misterioso de todos los objetos que constituyen y densifican el medio ambiente moderno. En realidad, las fotograf&iacute;as son experiencia capturada y la c&aacute;mara es el arma ideal de la conciencia en su af&aacute;n adquisitivo&rdquo;. Hoy todo el mundo hace fotos con la c&aacute;mara del m&oacute;vil y certifica una presencia corporal que es superior a la propia imagen captada del lugar o del acontecimiento. Si no hicimos fotos, es que no estuvimos all&iacute;, parece ser el mantra com&uacute;n y repetido. Hacemos una foto para que el mundo vea la verdad de nuestra presencia dentro de un rect&aacute;ngulo, en la diminuta y rid&iacute;cula pantalla del m&oacute;vil. En este plan dudo que adquiramos conciencia como apuntaba Susan Sontag o m&aacute;s bien sucede que el tama&ntilde;o de nuestra conciencia se empeque&ntilde;ece para poder adaptarse al tama&ntilde;o de la pantalla del m&oacute;vil. La importancia del tama&ntilde;o no es cuesti&oacute;n de cent&iacute;metros, es de pulgadas. Si el medio donde vemos fotograf&iacute;as o donde leemos textos es una pantalla peque&ntilde;a, el predominio de im&aacute;genes sin ning&uacute;n comentario o de textos de no m&aacute;s de medio folio, es lo m&aacute;s habitual. Y esta condici&oacute;n que determina la forma o el tama&ntilde;o de la cosa, es aplastante para la inteligencia humana o para aquellos que les gusta leer. Escribir cinco p&aacute;rrafos, que es lo m&iacute;nimo, y no digo ya, cinco folios y colgarlo en las redes, es ir a contracorriente. Esto se lo coment&eacute;, hace poco, a mi amiga Pilar Arteaga a ra&iacute;z de lo que sent&iacute;a yo mismo. El medio en que leemos y miramos el mundo parece que no permite nada m&aacute;s all&aacute; de un eslogan publicitario. Cortito y r&aacute;pido que detr&aacute;s vienen m&aacute;s. Con mil im&aacute;genes y dos frases damos por explicado el mundo, el evento, el dolor o la alegr&iacute;a. En las redes sociales, en la propia prensa digital, es muy dif&iacute;cil encontrar textos de fondo, reportajes, seis o siete folios. Todo ello porque se entiende que tardamos mucho tiempo en leerlos. Pongamos diez o quince minutos; lo que no pensamos es que para la escritura pueden ser m&aacute;s de dos d&iacute;as y muchos a&ntilde;os de memoria. Y no est&aacute; el horno para bollos con el estr&eacute;s reinante y con el whatsapp petado. No hay quien escriba textos largos, ni tampoco quien los lea. Es lo que hay. Por eso, levantamos una piedra y sale un terraplanista aunque haya estudiado en la universidad. No s&eacute; si es enga&ntilde;o o ignorancia o las dos cosas juntas. Youtube y Tiktok, y &aacute;ndate luego, que aqu&iacute; los marcianos son los que leemos libros desde hace m&aacute;s de cincuenta a&ntilde;os.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero no perdamos el hilo y sigamos a contracorriente. La visi&oacute;n de una simple fotograf&iacute;a, de ese momento que permanece detenido, puede ser capaz de detenernos tambi&eacute;n a nosotros mismos. Parece que el mundo va a velocidad de v&eacute;rtigo, y no precisamente en la buena direcci&oacute;n; la fugacidad define todos los estados de la materia contempor&aacute;nea, no estamos bien a nivel mental y eso lo dice la alta cantidad de ansiol&iacute;ticos que consumimos, y sucede que una fotograf&iacute;a puede hacer que nos miremos a nosotros mismos y seamos capaces de sentir un momento de ingravidez, libres de la vor&aacute;gine del mundo y a salvo de nuestro propio aburrimiento. Tomar conciencia de nuestro tiempo, a&ntilde;o 2024, a trav&eacute;s de la visi&oacute;n de una fotograf&iacute;a hecha en la d&eacute;cada de los cincuenta del siglo XX, en la isla de La Palma. En dicha fotograf&iacute;a que acompa&ntilde;a este texto, se ve de pie y cuerpo entero, a dos mujeres y un hombre, los tres j&oacute;venes, en la plaza de mi pueblo, Los Sauces. Van vestidos de gala para la ocasi&oacute;n. Por las banderillas que cuelgan encima de sus cabezas, se sabe que eran en las Fiestas de Septiembre. Duraban tres d&iacute;as seguidos y eran una cita ineludible en un mundo en el que no exist&iacute;a la televisi&oacute;n ni hab&iacute;a neveras en las casas; la democracia quedaba lejos y a cambio sufr&iacute;an el retraso de una dictadura en pleno apogeo. La foto de autor desconocido, es una belleza, y por supuesto, es en blanco y negro, como debe ser; est&aacute; hecha por la tarde seg&uacute;n adivinan las leves sombras, era un d&iacute;a de finales de verano con nubes y claros. Se ve gente asomada en las ventanas abiertas. Los tres de la foto son hermanos: t&iacute;a Lilia, t&iacute;a Concha y t&iacute;o Alfredo. Ellas, con vestido claro por debajo de las rodillas y sin escote seg&uacute;n la moda de entonces, recogidos en la cintura con cintur&oacute;n estrecho, medias y zapatos de tac&oacute;n bajo. &Eacute;l, con pantal&oacute;n beig claro, camisa blanca, americana y corbata oscura. Cuando mi primo Carlos subi&oacute; la foto al washapp del grupo familiar, hice este comentario: &ldquo;En la d&eacute;cada de los cincuenta ellas y &eacute;l eran los j&oacute;venes de entonces. Elegantes y apuestos bajo las banderillas de la plaza en fiestas, iban mucho m&aacute;s guapos que nosotros ahora. No es nostalgia, es que todo degenera&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los vestidos de mis t&iacute;as seguramente se los hizo mi madre que dispon&iacute;a de una m&aacute;quina de coser Alfa. Fueron hechos para ser estrenados en las fiestas de la virgen de Montserrat. Recuerdo que mi madre siempre me dijo que t&iacute;o Alfredo le dio la &uacute;ltima peseta para comprarla, como &eacute;l le hab&iacute;a prometido para que se animara a ahorrar el dinero que hac&iacute;a falta. Si no recuerdo mal, creo que cost&oacute; 101 pesetas; era la d&eacute;cada dur&iacute;sima de los cuarenta, plena posguerra de carencias y racionamiento. Menos la americana, el resto de la ropa que aparece en la foto, sol&iacute;a hacerse a mano y mi madre era muy diestra en el asunto. En la fecha de la fotograf&iacute;a ya estaba casada desde 1949, pues era mayor que t&iacute;a Concha y t&iacute;a Lilia que era la menor de todas las hermanas. T&iacute;a Carmen era la mayor. En aquellos a&ntilde;os las chicas no iban solas a la fiesta sino siempre acompa&ntilde;adas por madre, por hermanas o por amigas. Los chicos acud&iacute;an al evento sobre todo para encontrar novia, pues era una de las pocas ocasiones a lo largo del a&ntilde;o en que se pod&iacute;a hablar con una chica que viv&iacute;a lejos. En la foto aparecen muy elegantes, siento un orgullo familiar, casi ol&iacute;mpico. T&iacute;a Lilia a la izquierda con el pelo recogido, un poco m&aacute;s seria, medalla de plata; t&iacute;a Concha en el centro con media melena, muy risue&ntilde;a, medalla de oro; y t&iacute;o Alfredo a la derecha, alto y apuesto, cejas rectas y fino de cara, con la americana desabrochada como un Gary Cooper palmero, medalla de bronce. Los tres mirando a la c&aacute;mara. Entre mis t&iacute;as hay como un enlace que no lo es. Las dos tienen el brazo derecho camuflado en la espalda y sujetando el brazo izquierdo aparece la mano derecha de cada una de ellas. Son hermanas hasta en la pose. Tal vez era el d&iacute;a de Bajamar, el lugar donde nacieron, como mi madre. Era un d&iacute;a hermoso y en sus caras se trasluce la alegr&iacute;a expectante del momento, del momento que despu&eacute;s de tomada la foto, sigui&oacute; trascurriendo. La foto solo fue un alto en el camino. Entonces hab&iacute;a fot&oacute;grafos que se dedicaban a ello. La imagen llegaba semanas o meses despu&eacute;s y el fot&oacute;grafo te la llevaba a casa. Espero que los dioses tengan a este fot&oacute;grafo en la gloria, por habernos dejado este legado que me habla de m&iacute; mismo, de mi pueblo, de mi madre y su m&aacute;quina de coser Alfa, de mis t&iacute;as y t&iacute;os, de aquellos seres que en los a&ntilde;os sesenta, cuando con mi madre sub&iacute;a y bajaba la Verada que daba al imponente barranco de La Herradura, me parec&iacute;an h&eacute;roes hom&eacute;ricos. La vaca de t&iacute;o Tom&aacute;s, el podenco canario de t&iacute;o Valent&iacute;n, Felisa en la ventana, la venta de Ram&oacute;n con una silla de peluquero y el cami&oacute;n rojo que hab&iacute;a quedado varado en la ladera de enfrente en un tr&aacute;gico accidente. La Fajana Perna, El Masap&eacute; y Mar&iacute;a Pospos. S&iacute;, era el tiempo de las guaguas rojas y amarillas, aquellos incre&iacute;bles motores Austin tra&iacute;dos de Inglaterra. &ldquo;Este asiento est&aacute; reservado para los mutilados de guerra&rdquo;. Tirabas de un hilo y sonaba la campanilla. Todav&iacute;a sigue sonando, madre. De Las Lomadas a Bajamar a ver a abuela Mar&iacute;a. Ech&aacute;bamos el d&iacute;a completo y a m&iacute; me fascinaba. Al regreso tra&iacute;amos ca&ntilde;a de az&uacute;car y pepinos o boniatos amarillos. Como si de una soluci&oacute;n salom&oacute;nica se tratara, las hijas y el hijo de mi abuela llegaron al acuerdo de que lo mejor para todos era que mi abuela para ser cuidada como se merec&iacute;a, pasara dos meses, a veces tres, en casa de cada uno de ellos. Gracias a esta forma n&oacute;mada de cuidado, todos los nietos pudimos compartir muchos momentos con ella y todos vimos como lenta, muy lentamente peinaba su larga melena de color marfil, sentada en una silla bajita de tijera y su pelo era un r&iacute;o luminoso sobre los mosaicos del suelo. La almohadilla del borde, la manteler&iacute;a, el sonido de la aguja y la plata del dedal. Mi abuela era adorable y lleg&oacute; a los 101 a&ntilde;os de edad. De esta forma se manten&iacute;a la conciencia familiar y la circulaci&oacute;n interior entre primas y primos, t&iacute;os y t&iacute;as, hermanas y hermano. Algo que hoy a nivel general se halla completamente desmantelado, ya que la sociedad ha emigrado, ha cambiado y otras son las condiciones y otros los supuestos cuidados. Y tambi&eacute;n sucede que ahora somos menos y los y las que val&iacute;an se han ido. La emigraci&oacute;n y la dispersi&oacute;n que lleva consigo, produce soledad y melancol&iacute;a y llena de hierba los caminos y los huertos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Vuelvo a John Berger para poner todo esto en un contexto m&aacute;s amplio y abarcador, porque las cosas no solo nos suceden a nosotros:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Las fotograf&iacute;as son reliquias del pasado, huellas de lo que ha sucedido. Si los vivos asumieran el pasado, si &eacute;ste se convirtiera en una parte integrante del proceso mediante el cual las personas van creando su propia historia, todas las fotograf&iacute;as volver&iacute;an a adquirir entonces un contexto vivo, continuar&iacute;an existiendo en el tiempo, en lugar de ser momentos separados. Es posible que la fotograf&iacute;a sea la profec&iacute;a de una memoria social y pol&iacute;tica todav&iacute;a por alcanzar. Una memoria as&iacute; acoger&iacute;a cualquier imagen del pasado, por tr&aacute;gica, por culpable que fuera, en el seno de su propia continuidad. Se transcender&iacute;a la distinci&oacute;n entre los usos privados y p&uacute;blicos de la fotograf&iacute;a. Y existir&iacute;a la familia humana&rdquo;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Aquella alegr&iacute;a. Aquel verano eterno que vuelve en una foto. Las primas que ven&iacute;an a las peras y a las guindas por San Pedro y hac&iacute;an noche en casa, en lo alto del Lomo Grande, la guagua roja y amarilla, lo que borra la bruma que se adentra en el barranco de La Herradura y en el monte sagrado de Las Lomadas, la cumbre nevada, los hombres levantando paredes de piedra seca al borde del abismo, el porr&oacute;n, la barra, la maza y el cincel, las huertas de ca&ntilde;a dulce de Bajamar, la casita terrera de abuela en el Topo, San Estanislao debajo de Oropesa, lo que se ve&iacute;a desde la ventana del cuarto de abuela, sentado en el cofre y mirando hacia las chimeneas humeantes de las casas de Las Cabezadas, mientras mi madre hablaba con mi abuela y por ese hecho dial&eacute;ctico, eran capaces de sostener el mundo entero. Las l&aacute;grimas de abuela cuando hablaba de los dos hijos que perdi&oacute;. Huertas frondosas de &ntilde;ame, el agua discurriendo por los barranquitos, las ranas, los grillos y los saltamontes que ya no se ven, las rodillas ara&ntilde;adas de tanto brincar por aquellos caminos que ahora no son transitables. &iexcl;Anda, vamos mi ni&ntilde;o!, que se va la guagua y se hace de noche, que se va el mundo, &iexcl;venga, vamos antes de que la lluvia disuelva el color de las banderillas de las Fiestas de Septiembre! Se puede mojar o borrar una foto, pero nunca se disuelve lo que guarda una vez que la hemos mirado. El contenido de una foto.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>&Oacute;scar Lorenzo&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>San Andr&eacute;s y Sauces</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>Isla de La Palma</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>15-08-2024</strong>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Óscar Lorenzo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/lapalmaahora/lapalmaopina/contenido-foto_129_11591216.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 15 Aug 2024 13:56:18 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El contenido de una foto]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Elogio de la melancolía]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/lapalmaahora/lapalmaopina/elogio-melancolia_129_10734407.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d4e3bb13-11d5-4324-bf66-13c3e6e2c615_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Elogio de la melancolía"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">PUNTO Y COMA - Entonces hay que insertar lo personal y el contexto cercano en el territorio: la casa en el lomo, el pueblo en la isla, la isla en el mar y los sueños en el cielo; y esperar. Aguardar a que salga la Luna, esperar para ver los sueños brillando a lo lejos en el inmenso Nilo de la noche. Y por el día, desbrozar la maleza que nos acecha</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;<em>Ay, en el templo mismo del deleite/ tiene la velada Melancol&iacute;a su santuario soberano&rdquo;.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>&ldquo;Oda a la melancol&iacute;a&rdquo;,</em> John Keats (1795-1821)
    </p><p class="article-text">
        En la librer&iacute;a del Centro de Cultura Contempor&aacute;nea de Barcelona (CCCB), el libro <em>&ldquo;Elogio de la melancol&iacute;a&rdquo;</em> de L&aacute;szl&oacute; F&ouml;ld&eacute;nyi, llamaba la atenci&oacute;n entre los muchos que boca arriba mostraban su portada, en este caso, reproduc&iacute;a un detalle de <em>&ldquo;La tempestad&rdquo;</em> de Giorgione. Inmediatamente le ech&eacute; un largo vistazo; en la solapa le&iacute; la biograf&iacute;a del autor h&uacute;ngaro y despu&eacute;s, el &iacute;ndice del ensayo: &ldquo;<em>Melancol&iacute;a&rdquo;, &ldquo;M&aacute;s all&aacute; del saber y del sentimiento&rdquo;, &ldquo;Durero visita a Giorgione en su taller&rdquo;, &ldquo;Stanley Kubrick (y el monolito)&rdquo;, &ldquo;La melancol&iacute;a de Anselm Kiefer&rdquo;, &ldquo;Francis Bacon (pinta a Lucian Freud)&rdquo;, &ldquo;Eleg&iacute;a por el cine&rdquo;;</em> me pareci&oacute; muy, muy interesante y por ello, me hice con &eacute;l.
    </p><p class="article-text">
        La primera palabra que la mayor&iacute;a de nosotros suele asociar a <em>melancol&iacute;a</em> es tristeza. Sin embargo, Mar&iacute;a Moliner en su <em>&ldquo;Diccionario de Uso del Espa&ntilde;ol&rdquo;</em>, no establece como sin&oacute;nimo a ambas. Con el t&eacute;rmino<em> melancol&iacute;a</em> se trata m&aacute;s bien de hacer aproximaciones. <em>&ldquo;Propensi&oacute;n, habitual o circunstancial, a la tristeza&rdquo;,</em> define la fil&oacute;loga espa&ntilde;ola e introduce como subaceptaciones, el ser una <em>&ldquo;tristeza suave no causada por una verdadera desgracia&rdquo;,</em> el significar las cosas que la causan, como los atardeceres o referirse a los estados de abatimiento y pesimismo que la generan. Dentro de un cat&aacute;logo amplio entra en relaci&oacute;n con, nostalgia, a&ntilde;oranza, hipocondr&iacute;a y soledad; y por supuesto, dir&iacute;a con aburrimiento, que tambi&eacute;n es de amplio calado. Podr&iacute;amos decir que <em>melancol&iacute;a</em> entra en conversaciones con Saturno, con lo nocturno; y yo dir&iacute;a m&aacute;s concretamente, con la <em>&ldquo;intacta luna&rdquo; que</em> comprende<em> &ldquo;el porqu&eacute; de las cosas y ve el fruto/ de las ma&ntilde;anas y de las tardes/, del t&aacute;cito e infinito andar del tiempo&rdquo;,</em> como apunta Leopardi en el poema que abre el libro de F&ouml;ld&eacute;nyi. Un cofre lejano. Es, por tanto, algo no muy bien definido, que va y viene y que nunca es lo mismo. Como la luz, es una cuesti&oacute;n de cantidad variable; como fluido, es transparente aunque ofrezca s&iacute;ntomas a la vista, pero no se ha logrado una forma de poderla medir. Es muy t&iacute;mida. Si nos acercamos mucho a la melancol&iacute;a, se hace oscura, escapa a la percepci&oacute;n humana y es como si no hubiera formado parte de la existencia.
    </p><p class="article-text">
        L&aacute;szl&oacute; F&ouml;ld&eacute;nyi nacido en Debrecen, (Hungr&iacute;a), en 1952, es te&oacute;rico del arte, ensayista, fil&oacute;logo y adem&aacute;s, dramaturgo. De dilatada trayectoria profesional, ha escrito numerosos libros, todos ellos traducidos al espa&ntilde;ol y publicados por Galaxia Gutenberg. <em>&ldquo;Melancol&iacute;a&rdquo;</em> (1996, 2008), <em>&ldquo;El sudario de la Ver&oacute;nica&rdquo;</em> (2004), <em>&ldquo;Goya y el abismo del alma&rdquo;</em> (2008) y otros ensayos donde escribe sobre el fil&oacute;sofo h&uacute;ngaro Luk&aacute;cs, sobre el pintor rom&aacute;ntico Caspar David Friedrich o sobre Dostoyevski, componen el cuerpo de una obra muy atractiva. A partir de la agradable y enriquecedora lectura y ya, relectura, de <em>&ldquo;Elogio de la melancol&iacute;a&rdquo; (2023)</em>, su &uacute;ltimo ensayo hasta ahora, este humilde lector piensa irse acercando a cada uno de sus libros. Esto es un descubrimiento, y, en este caso, no es nada melanc&oacute;lico. Es una ganancia cierta que ampl&iacute;a nuestra mirada.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                El libro de Földényi en la mesa.                            </span>
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        Desde la introducci&oacute;n, el ensayista h&uacute;ngaro nos avisa que lleva d&eacute;cadas pensando en el concepto de melancol&iacute;a y que no se ve capaz de responder a la pregunta de &iquest;qu&eacute; es? Nos cuenta que el erudito ingl&eacute;s Robert Burton, a comienzos de siglo XVIII en la voluminosa <em>&ldquo;Anatom&iacute;a de la melancol&iacute;a&rdquo;,</em> aborda la cuesti&oacute;n en relaci&oacute;n con todo, desde la literatura antigua, la filosof&iacute;a medieval, la bot&aacute;nica, la zoolog&iacute;a, las matem&aacute;ticas, hasta el amor y las supersticiones, para llegar finalmente a la conclusi&oacute;n de que la melancol&iacute;a se encuentra en todas partes. F&ouml;ld&eacute;nyi dice que quien empieza a leer la obra se va sintiendo desconcertado y al llegar al final no sabr&iacute;a contestar a la pregunta antes formulada. &ldquo;<em>Es m&aacute;s, si cre&iacute;a saberlo antes, pierde incluso ese saber. Entretanto, no obstante, comienza a intuir qu&eacute; es la melancol&iacute;a&rdquo;</em>. Pero en la intuici&oacute;n, distinta del saber, el objeto siempre se nos adelanta. Nos quedamos a su merced. Al leer a Burton, <em>&ldquo;perdemos poco a poco nuestro saber sobre la melancol&iacute;a, mientras que sin darnos cuenta entramos en la trampa de la melancol&iacute;a&rdquo;.</em> Es m&aacute;s que un mero sentimiento porque surge entre opuestos. La melancol&iacute;a posee un plus debido a que aparece en cualquier lugar. <em>&ldquo;No solo en el des&aacute;nimo, sino tambi&eacute;n en el entusiasmo; no solo en la tristeza o en el tedio, sino tambi&eacute;n en la alegr&iacute;a y el arrobo. Tanto en el letargo como en la atenci&oacute;n concentrada&rdquo;. </em>Al parecer, hay y ha habido a lo largo de la historia melancol&iacute;a por un tubo. Y ha ido cambiando su significado. Para los griegos <em>&ldquo;los melanc&oacute;licos eran los m&aacute;s excelentes, pero al mismo tiempo los m&aacute;s vulnerables&rdquo;.</em> En la Edad Media, los melanc&oacute;licos eran considerados unos palanquines (gandules), ya que <em>&ldquo;la melancol&iacute;a era denominada la almohada del diablo&rdquo;</em>. Al mismo tiempo, los creyentes enclaustrados en la oraci&oacute;n y tambi&eacute;n los locos, eran tildados de melanc&oacute;licos. En el Renacimiento los artistas m&aacute;s influyentes fueron considerados melanc&oacute;licos y la melancol&iacute;a era causa de la desdicha que desembocaba en el suicidio. <em>&ldquo;M&aacute;s tarde, con el creciente dominio de la burgues&iacute;a, pero sobre todo en la &eacute;poca de la revoluci&oacute;n industrial, la pereza y el aburrimiento se convirtieron en s&iacute;ntomas de la melancol&iacute;a...Quienes no quer&iacute;an entrar en el juego social eran tenidos por melanc&oacute;licos&rdquo;</em>. La melancol&iacute;a sigui&oacute; siendo sospechosa dos siglos m&aacute;s. Era algo que hab&iacute;a que erradicar de la realidad pues no se situaba al alcance del saber, de lo racional. Desde principios del siglo XX, se intent&oacute; amarrar su concepto y &ldquo;<em>fue reducido a uno de sus fen&oacute;menos concomitantes, la depresi&oacute;n&rdquo;.</em> Y este fue el t&eacute;rmino que se utilizar&iacute;a a partir de 1902 a nivel psiqui&aacute;trico. La melancol&iacute;a en la actualidad abunda como el aire y se desmarca, incluso, se opone a las expectativas que la sociedad sugiere, que hace ver que regala o simplemente, que en el fondo vende. <em>&ldquo;El gran pecado del melanc&oacute;lico moderno es que se da cuenta de lo poco natural y poco evidente que es aquello que la civilizaci&oacute;n en su conjunto considera como tales. Comprende que el precio de la destrucci&oacute;n de los mitos es la creaci&oacute;n de nuevos mitos&rdquo;.</em>
    </p><p class="article-text">
        El autor h&uacute;ngaro cita a Freud que abord&oacute; el tema en <em>&ldquo;Duelo y melancol&iacute;a&rdquo;</em>, escrito en 1917: <em>&ldquo;Consideramos evidente que relacionamos la melancol&iacute;a con una p&eacute;rdida de la que uno no es consciente, contrariamente al duelo, en cuyo caso es plenamente consciente de la p&eacute;rdida&rdquo;</em>. Para Freud la melancol&iacute;a se caracteriza por la ausencia de un objeto, lo que que da&ntilde;a el &ldquo;yo&rdquo; y por ello se emparenta con la angustia. <em>&ldquo;En el caso del duelo, el mundo se ha empobrecido y vaciado, en el caso de la melancol&iacute;a, en cambio, es el propio yo&rdquo;.</em> Aunque ten&iacute;a mucha raz&oacute;n en &eacute;sto, Freud no profundiz&oacute; m&aacute;s en la cuesti&oacute;n y la melancol&iacute;a para &eacute;l, era una mera enfermedad asociada a la psicosis o la neurosis y llevaba tratamiento terap&eacute;utico.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, la melancol&iacute;a continua alimentando las ra&iacute;ces de nuestra cultura, sigue mostrando la variabilidad de los sentimientos y desnuda nuestra propia fragilidad, as&iacute; como la inutilidad del llamado <em>&ldquo;saber definitivo&rdquo;</em>: <em>&ldquo;El hecho de que por mucho que ordenemos seguros de nosotros mismos nuestro mundo, este es tambaleante y descansa sobre pilares fr&aacute;giles. Aunque lo ensamblemos todo sin fisuras y tratemos de instalarnos amparados en el mundo, el amparo solo puede crearse en el desamparo&rdquo;.</em> Al margen de que el optimismo sea la religi&oacute;n universal, en este mundo persisten demasiados interrogantes sin respuesta satisfactoria. El melanc&oacute;lico no acude al baile, no participa de la fiesta de la felicidad global y constante; tampoco se r&iacute;e de las debacles que por encima de la amnesia, se ven venir. <em>&ldquo;Sobre todo, la melancol&iacute;a no es pena o mal humor, sino una fuerza interior que, si uno la posee, le permite prestar atenci&oacute;n a otras cosas, descubrir en otro lugar aquello que las civilizaciones anteriores denominaban esencia y no cesar de cuestionar aquello que en apariencia es evidente. La melancol&iacute;a significa una apertura respecto a la metaf&iacute;sica en un mundo que ha declarado la guerra a toda clase de metaf&iacute;sicas y que las considera anacr&oacute;nicas, algo perteneciente al pasado que de alguna manera sigue aqu&iacute;&rdquo;.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        Somos humanos porque tenemos capacidad para sentir que nuestra existencia es finita en el tiempo y limitada en el espacio. La conciencia de esa fragilidad, nos hace comprender el mundo como un mont&oacute;n de fragmentos que no podemos ensamblar de un modo adecuado. El puzzle no se puede reconstruir porque nunca ha sido armado o m&aacute;s bien, porque no es un puzzle. La f&iacute;sica busca una teor&iacute;a que unifique las leyes del universo. Los humanos, que se preguntan o preguntaban por el sentido de la existencia, vagan sin saberlo en lo desconocido. <em>&ldquo;Entre dos grandes bestias, no s&eacute; cu&aacute;l m&aacute;s feroz, Naturaleza e Historia, se agolpa, despavorida, la progenie humana&rdquo;</em>, nos recordaba en uno de sus impagables pecios, el escritor Rafael S&aacute;nchez Ferlosio. Tanto al nacer como al morir, nos arrancan igualmente de algo. Contin&uacute;a F&ouml;ld&eacute;nyi en su suculento ensayo: <em>&ldquo;Cuando se agrieta la envoltura y se abre un resquicio en el vientre materno&nbsp;-o en lo que nos rodee -, el hombre se da cuenta de hasta que punto no es due&ntilde;o de su propia existencia, y es entonces cuando surge la melancol&iacute;a...El hombre reconoce entonces que desear&iacute;a ser todo, desear&iacute;a participar en aquello que percibe como infinito en relaci&oacute;n con su propia limitada existencia y en la cual no puede sumirse. Y aunque es imposible ser todo, no es capaz de resignarse. He ah&iacute; la melancol&iacute;a. Es al mismo tiempo rebeli&oacute;n y par&aacute;lisis. Est&aacute; m&aacute;s all&aacute; del saber y del sentimiento...Enriquece la vida, pero a quien alcanza tiene la sensaci&oacute;n de haber sido despojado de algo. El melanc&oacute;lico percibe la melancol&iacute;a como un tesoro incomparable, pero al mismo tiempo es incapaz de decir qu&eacute; es lo que posee&rdquo;.&nbsp;</em>
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                Melancolía, 1514, Alberto Durero.                            </span>
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        Para el poeta rom&aacute;ntico ingl&eacute;s Hartley Coleridge, solo exist&iacute;a una musa: melancol&iacute;a. El historiador franc&eacute;s George Minois se preguntaba;<em> &ldquo;&iquest;Qu&eacute; ser&iacute;a de la cultura occidental si se eliminaran las obras que la melancol&iacute;a ha inspirado?&rdquo;. </em>Vladimir<em> </em>Nabokov, a quien tambi&eacute;n cita el ensayista h&uacute;ngaro lo sab&iacute;a: &ldquo;<em>La cuna se mece en un abismo y la mente sobria nos dice que nuestra existencia no es m&aacute;s que un breve fulgor entre dos eternidades de la oscuridad&rdquo;. </em>As&iacute; comienzan sus memoria<em>s. </em>El melanc&oacute;lico, sea artista o no, sabe que lo desconocido, a pesar de la vor&aacute;gine optimista del progreso, seguir&aacute; permaneciendo ignoto. Considera, adem&aacute;s, que en esa <em>terra inc&oacute;gnita, </em>en esa oscuridad<em>,</em> se halla<em> &ldquo;el centro m&aacute;s profundo de la existencia y del pensamiento humano&rdquo;</em>. Ser capaz de mirar m&aacute;s all&aacute; de las sombras de la Caverna de Plat&oacute;n, de las banderillas de colores saturados de Internet, del espect&aacute;culo inocente y a la par, dantesco, de la Babilonia del mundo; salir de la ceguera inoculada por una sociedad insaciable, donde el alto consumo de ansiol&iacute;ticos, demuestra a las claras que hay mas ansiedad que dolor, ser&iacute;a muy recomendable. Pero estamos dormidos, como sujeto hist&oacute;rico no pintamos nada en el tablero de la actualidad. Despu&eacute;s de los a&ntilde;os setenta, ni siquiera ponemos nerviosos a los que detentan el poder. Sin embargo, es claramente detectable que la mala conciencia de una sociedad hedonista, si es desvelada, no le gusta nada a los responsables econ&oacute;micos, pol&iacute;ticos y culturales. Si hablamos de la melancol&iacute;a, del aburrimiento, de la angustia, de un modo paralelo a su presencia en la vida cotidiana, <em>&ldquo;decae la moral de los hogares y se viene abajo el lema de nuestra civilizaci&oacute;n&rdquo;</em> despu&eacute;s de la Segunda Guerra Mundial, el derecho y la obligaci&oacute;n de todos sus ciudadanos a ser felices; ser felices a costa de olvidar la tristeza latente. La naturaleza humana hace balance emocional y para ello se necesitan dos polos; quiz&aacute; la melancol&iacute;a establece la distancia necesaria entre lo que se anuncia y lo que tomamos como verdad. La melancol&iacute;a evita el enga&ntilde;o, aunque no por ello abandona su camino entre grandes interrogaciones, que siempre estar&aacute;n por encima de nosotros. El misterioso poliedro que aparece en <em>&ldquo;Melancol&iacute;a I&rdquo;</em>, de Durero y el monolito de <em>&ldquo;2001: Una odisea del espacio&rdquo; </em>de Stanley Kubrick, no necesitan ser descifrados; aquellos que buscan el significado pierden el tiempo y en el fondo, no entienden nada. El misterio nebuloso, velado, ininteligible, forma parte de la existencia humana. El asombro causado por nuestros l&iacute;mites, sea deslumbramiento, dolor, confusi&oacute;n o deleite contemplativo, nos distingue de todos los seres vivos.&nbsp;&nbsp;&nbsp;<em>&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        Y ahora, habr&iacute;a que hablar de la melancol&iacute;a a nivel personal. Y tambi&eacute;n a nivel contexto en el h&aacute;bitat m&aacute;s cercano. Y ah&iacute; es donde duele. Para eso est&aacute; la escritura. Si tuvi&eacute;ramos enemigos, seguramente entrar&iacute;an en el deleite de comprobar la melancol&iacute;a que somos capaces de desprender. Por mi experiencia entiendo perfectamente a Freud cuando diferencia entre duelo y melancol&iacute;a. Cuando falleci&oacute; Sara, mi querida compa&ntilde;era, entre el dolor y la gran pena, tuve plena conciencia de que un mundo se hab&iacute;a perdido. Sab&iacute;a que la ausencia vaciar&iacute;a el espacio habitual y cotidiano. Imaginaba que con el tiempo la p&eacute;rdida se ba&ntilde;ar&iacute;a en los charcos de la memoria; pero sab&iacute;a cu&aacute;l era la causa de la tristeza, &eacute;sta estaba bien definida. El &ldquo;yo&rdquo; enfrent&oacute; la soledad no buscada en un mundo que ya era otro muy diferente al de d&iacute;as atr&aacute;s. Pasar el trance, aun saliendo escaldado, implicaba no dejar lugar para que entrara la melancol&iacute;a. El &ldquo;yo&rdquo; sigui&oacute; adelante, a solas, en su taller de pintura y en las huertas heredadas de sus padres. Poco a poco fue dedicando cada vez m&aacute;s tiempo a la escritura; se hizo evidente que hac&iacute;a falta algo m&aacute;s: y ese algo era la poes&iacute;a. Lo que est&aacute; m&aacute;s all&aacute; de las explicaciones cuando &eacute;stas no existen. Cuando las conversaciones no bastan porque las palabras pronunciadas no alcanzan la definici&oacute;n de los hechos. Y lo hizo; lo hizo aunque el mundo se hubiera empobrecido en cualquiera de sus instantes. Y hay muchos momentos. Quiz&aacute;, para poder escribir <em>&ldquo;El Libro de Sara&rdquo; (Ediciones La Palma, 2021),</em> no dej&eacute; entrar a la melancol&iacute;a, que hubiera acabado con el &ldquo;yo&rdquo; y por ello, con el mismo libro. Por eso, el poemario no es una eleg&iacute;a, sino un canto a la vida, como afirma Felipe L&oacute;pez-Aranguren en el ep&iacute;logo. Todos sabemos que la creaci&oacute;n humana evita que el &ldquo;yo&rdquo; se acabe o se disuelva en una existencia adversa. Pero no siempre ni en todos los casos. Tengo amigos y conocidos que siendo creadores, han sucumbido ante la adversidad. Algunos ni siquiera pudieron pasar el trance de una p&eacute;rdida. Despu&eacute;s de este tiempo podr&iacute;a y deber&iacute;a decir que me encuentro en otra situaci&oacute;n. Otros son los s&iacute;ntomas. Han pasado trece a&ntilde;os. He ganado soledad a trav&eacute;s del h&aacute;bito y a trav&eacute;s de la distancia. Sin quererlo, pero sin hacer nada para que sucediera lo contrario. Al parecer, despu&eacute;s del confinamiento y la pandemia todos, absolutamente todos, nos hemos alejado o hemos cambiado de alguna manera. Aunque creo que no caer&aacute; esta &uacute;ltima breva. Y se hace tarde. Luego est&aacute;n las cosas de las que nos vamos desprendiendo, las que ya no nos dicen nada porque nos aburren, las que no queremos nombrar para no da&ntilde;ar a nadie en su optimismo o en su matraquilla; porque eso contiene la fugacidad del tiempo y el deterioro de la carne, y, peor, el del esp&iacute;ritu. El ruido, el cansancio y el desgaste.
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                Cartel de &#039;2001: Una odisea del espacio&#039;.                            </span>
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        Entonces hay que insertar lo personal y el contexto cercano en el territorio: la casa en el lomo, el pueblo en la isla, la isla en el mar y los sue&ntilde;os en el cielo; y esperar. Aguardar a que salga la Luna, esperar para ver los sue&ntilde;os brillando a lo lejos en el inmenso Nilo de la noche. Y por el d&iacute;a, desbrozar la maleza que nos acecha. El molino de la ma&ntilde;ana. Este empujarnos a la carretera, hacia abajo, hacia el mar. Despojados de aquello que amamos, tenemos que insertarnos en un mundo despiadado sin anestesia ni nada. &iquest;C&oacute;mo hacerlo? &iquest;C&oacute;mo lograrlo?, si como dec&iacute;a S&aacute;ndor M&aacute;rai,<em> &ldquo;el secreto del ser humano es que necesita mucha ternura y no sabe vivir sin amor&rdquo;.</em> &iquest;Qu&eacute; dir&iacute;a un melanc&oacute;lico ante esto? &iquest;Somos capaces de diferenciar aburrimiento, nostalgia, tristeza y melancol&iacute;a? &iquest;Qu&eacute; hay de cada una de ellas en nosotros? &iquest;Qu&eacute; siento en la plaza de mi pueblo cuando con 61 a&ntilde;os tomo caf&eacute; a solas? &iquest;Qu&eacute; noto si vuelvo despu&eacute;s de mucho tiempo a Marcos y Cordero? &iquest;Qu&eacute; siento cuando voy a Garaf&iacute;a y regreso desolado en la niebla? &iquest;Qu&eacute; siento cuando pienso en el &uacute;ltimo volc&aacute;n? &iquest;Qu&eacute; percibo cuando cae la noche en el patio y observo a las gatas en su presente continuo? &iquest;Qu&eacute; me produce la visi&oacute;n de la lluvia en las median&iacute;as de la isla abandonadas? &iquest;Qu&eacute; descubro si voy a una fiesta o a una cena de Navidad? En unos casos mucha nostalgia, en otros directamente pena, en otros simple tristeza, de algunos se desprende aburrimiento, y, entre otras muchas cosas, pues gracia a Dios nunca es igual, tal vez, tal vez, siento, tambi&eacute;n, como si fuera una radiaci&oacute;n de fondo, pura melancol&iacute;a. Es casi un deber a mi edad. Se queda uno con la conciencia m&aacute;s tranquila. El alambique del mundo, a esta altura, destila pura melancol&iacute;a. El bos&oacute;n de Higgs que une la masa de la memoria con una realidad descompuesta y venida a menos. La melancol&iacute;a mantiene los interrogantes, pero no se detiene a explicar la causa de los hechos y su finalidad. Es m&aacute;s que un sentimiento. <em>&ldquo;Anhela ir de aqu&iacute; a un m&aacute;s all&aacute;, a pesar de que con todas sus fibras niega la existencia de un m&aacute;s all&aacute;. Ni aqu&iacute; ni all&iacute;: la melancol&iacute;a surge de la grieta entre ambos&rdquo;.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>&ldquo;As&iacute; imagino los momentos de la melancol&iacute;a. Se insin&uacute;a una terrible Oscuridad; se intuye una Mirada enorme. Y luego empalidece la una, se oscurece la otra. Como si nunca hubieran existido. Solo la nostalgia insaciable que a veces nos inunda de forma tan inmotivada como carente de un objetivo permite deducir su existencia&rdquo;.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <strong>&Oacute;SCAR LORENZO&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>San Andr&eacute;s y Sauces</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>26-11-2023</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>&nbsp;</strong>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Óscar Lorenzo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/lapalmaahora/lapalmaopina/elogio-melancolia_129_10734407.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 01 Dec 2023 09:45:15 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Elogio de la melancolía]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Un día en Gerona]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/lapalmaahora/lapalmaopina/dia-gerona_129_10678863.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/204a1e13-a567-4e6b-b26c-8e76240c1049_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Un día en Gerona"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">PUNTO Y COMA - Mirando a la izquierda, hacia el norte se extendía el litoral del Maresme, la franja donde se interna el tren de cercanías que sigue la antigua línea de Barcelona a Mataró. Las luces se perdían en la noche y las estrellas se bañaban en la quietud del Mediterráneo</p></div><p class="article-text">
        El Ter, uno de los cuatro r&iacute;os de Gerona, no discurr&iacute;a, no bajaba, m&aacute;s bien se dorm&iacute;a en los charcos. En el Puente de Sant Feliu, los paseantes se apoyaban en la valla a mirar el r&iacute;o Onyar, un brazo que se desgaja del anterior para ladear el Barrio Antiguo. Las carpas de a kilo y negras como el color de la lava cuando se enfr&iacute;a, nadaban en un palmo de agua. Entre las hierbas crecidas algunos patos pasaban de largo; lo hac&iacute;an sin mirar a los lados, como la protagonista de la secuencia final de la pel&iacute;cula <em>El tercer hombre</em> o m&aacute;s bien, como burguesas venidas a menos que paseando con la cabeza erguida disimulaban su ruina. La prolongada sequ&iacute;a en toda Catalu&ntilde;a tiene seco el lecho de los r&iacute;os. La Bruja de la Catedral de Santa Mar&iacute;a, castigada al fr&iacute;o en el lado norte, volver&aacute; a tirar piedras al templo si no llueve pronto. Y el &Aacute;ngel de la Fe, que al otro lado destaca en lo m&aacute;s alto de la torre solitaria, no va a tener m&aacute;s remedio que ponerse, de nuevo, la venda en los ojos ante el exceso de sol y la escasez de nubes; quiz&aacute; bastar&iacute;an unas simples gafas oscuras. Es cuesti&oacute;n de tener fe y de aguardar no a Dios, sino a los vientos provenzales. Esperar del norte la salvaci&oacute;n en forma de nieve y aguaceros.
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                Río Onyar.                            </span>
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        Los primeros pobladores de esta hermosa tierra fueron &iacute;beros que se asentaron en los l&iacute;mites del llano, cerca del r&iacute;o. M&aacute;s tarde, en el 77 a. C., Pompeyo construy&oacute; un campamento en un promontorio para vigilar la V&iacute;a Augusta, la autopista de entonces que un&iacute;a el puerto de Ampurias con el de C&aacute;diz. El 79 a. C., se da como a&ntilde;o de su fundaci&oacute;n. Pasados los siglos, como otros territorios, acab&oacute; perteneciendo a la dominante Corona de Arag&oacute;n. Los &aacute;rabes vinieron del sur en el 717 y de una peque&ntilde;a iglesia hicieron una mezquita. En el 785, despu&eacute;s de una rebeli&oacute;n ciudadana que consigui&oacute; el objetivo de acabar con la guarnici&oacute;n musulmana, se entreg&oacute; la ciudad a Carlomagno; bajo su protecci&oacute;n se convirti&oacute; en Condado de Gerona. Colabor&oacute; en la conquista de Barcelona y se uni&oacute; a su condado. El cruce del milenio y los siguientes cuatro siglos fue una &eacute;poca de esplendor para la ciudad y tambi&eacute;n para la comunidad jud&iacute;a. De ah&iacute; viene que esta ciudad posea la juder&iacute;a m&aacute;s grande y mejor conservada de Europa. A pesar de su cercan&iacute;a a la frontera o tal vez, por ello mismo, sigui&oacute; creciendo del siglo XV al XVII y as&iacute;, se reforzaron las murallas para defenderse de los ataques de los franceses. Pero fue la invasi&oacute;n de las tropas de Napole&oacute;n en 1808 la que m&aacute;s devastaci&oacute;n supuso. En la actualidad, Gerona posee 102.666 habitantes que suelen pasar un invierno fr&iacute;o, un verano caluroso y un tiempo variable en primavera y en oto&ntilde;o seg&uacute;n dice la Wikipedia. Por su situaci&oacute;n, por su belleza y la gran riqueza art&iacute;stica que atesora, es una ciudad con afluencia tur&iacute;stica. La catedral en s&iacute; misma y las joyas que contiene como <em>El Tapiz de la Creaci&oacute;n,</em> el <em>Beato de Gerona </em>o la adosada y rom&aacute;nica Torre de Carlomagno, la juder&iacute;a, las murallas, los ba&ntilde;os &aacute;rabes o el paseo arqueol&oacute;gico, son suficientes para m&aacute;s de una visita. El escritor Julio Llamazares en <em>&ldquo;Las rosas de piedra&rdquo; (2008, Debolsillo)</em>, despu&eacute;s de subir los cien escalones hasta la fachada de la catedral, se gira y mirando desde lo alto nos describe su visi&oacute;n:
    </p><p class="article-text">
        <em>&ldquo;&iexcl;Que vista tan espectacular! Abajo, frente a sus pies, la escalinata desciende vertiginosa hasta la plaza que se abre justo al fondo, aprisionada entre los edificios como si fuera un pozo cuadrado. M&aacute;s all&aacute;, la ciudad sigue, extendida, primero en torno al r&iacute;o y, luego, entre las colinas que pespuntean su orograf&iacute;a como si de una nueva Roma se tratara&rdquo;.</em>
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Claustro románico de la catedral.                            </span>
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        Mi amiga Ana y yo, desde Badalona, cogimos guagua primero y metro despu&eacute;s hasta la estaci&oacute;n de Sants y all&iacute; tomamos el AVE a Gerona. 25 minutos de trayecto por el interior, sin ver el mar; campos labrados y colinas con arboleda, un paisaje agradable y que ofrec&iacute;a la emoci&oacute;n de lo no visto anteriormente. Hab&iacute;amos quedado con Cristina Masan&eacute;s, escritora nacida en Manresa y radicada en l'Empord&agrave;, amiga de Ana desde los tiempos en que estudiaron Filosof&iacute;a en la Universidad de Barcelona. A orillas del r&iacute;o Ter esperamos en una terraza, caf&eacute; y agua con gas. La propuesta de Cristina era: tapiz y ciudad. Hab&iacute;a reservado mesa para tres en el Caf&egrave; le Bistrot, en la medieval y sugerente Cuesta de Santo Domingo. El d&iacute;a por delante se ofrec&iacute;a como un cofre de tesoros. Nos fuimos internando hacia el casco viejo. Cruzamos la juder&iacute;a por sus calles estrechas y a trav&eacute;s de sus arcos, ascendimos escalinatas pasando por rincones donde la piedra florece. Me vino a la mente la novela <em>El Golem,</em>&nbsp;del austriaco Gustav Meyrink, de su personaje <em>Athanasius Pernath</em> que no recordaba su pasado en el gueto jud&iacute;o de Praga. Nuestra amiga nos gui&oacute; primero, hasta la Universidad del Barrio Viejo. En la Facultad de Letras recorrimos el claustro, g&oacute;tico, elegante y luminoso, cerca se halla la C&aacute;tedra Ferrater Mora. Qu&eacute; lujo estudiar aqu&iacute;, -pens&eacute;-, rodeado de tanta belleza. Regresamos a la juder&iacute;a y por la Pujada de la Catedral y dejando atr&aacute;s la Plaza de los Ap&oacute;stoles, accedimos a la fachada del gran templo que domina la ciudad, sin subir los cien escalones, sino que lo hicimos por el lateral de la torre. A esa hora de la ma&ntilde;ana numerosos turistas levantaban la vista hacia el roset&oacute;n, hacia el &Aacute;ngel de la Fe o la dejaban ir y planear sobre los tejados y campanarios que dibujaban el curso del r&iacute;o o que se ce&ntilde;&iacute;an a la suavidad de las colinas. Abajo, la plaza que suelda la juder&iacute;a a la catedral a trav&eacute;s de la gran escalinata, lo que parece que fue el foro de Gerunda, la antigua ciudad romana.&nbsp;&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Judería.                            </span>
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        El obispo Pedro Roger, hermano de Ermesenda de Carcasona, condesa de Barcelona y de Gerona, impuls&oacute; la construcci&oacute;n de la catedral a partir de 1015. Rom&aacute;nica al principio, g&oacute;tica a partir del siglo XIII, con una sola nave central sin columnas de apoyo, pero de una colosal dimensi&oacute;n que es &uacute;nica en el mundo. Puro asombro. El presbiterio al fondo, las capillas alrededor. La fachada que da a las famosas escaleras donde dice la leyenda que tendr&aacute; lugar el Juicio Final, no tuvo m&aacute;s remedio que ser barroca al construirse entre 1680 y 1730. Hasta 1960 no se dio por concluida la obra con la colocaci&oacute;n de las esculturas en las hornacinas exteriores. Si contemplar la grandeza del interior de la catedral, un espacio despejado, apoyado solo en las paredes y en los nervios g&oacute;ticos, sin nada que le haga sombra, con vidrieras de catorce metros y rosetones de Saladriga, nos transforma en &aacute;ngeles sobrecogidos, cruzar el portal de San Miguel y a la derecha, por una peque&ntilde;a entrada, pasar al claustro del siglo XII adosado al lado norte, nos devuelve a la tierra como humanos agradecidos. Las arquer&iacute;as del bell&iacute;simo claustro rom&aacute;nico, de planta trapezoidal con cuatro galer&iacute;as desiguales, sostenidas sobre columnas dobles, se hallan rematadas por unos capiteles delicadamente ilustrados. Los capiteles con escenas del <em>G&eacute;nesis</em> o de <em>Abraham y Jacob</em>, muestran una abundancia narrativa y ornamental extraordinaria; los que no son de tema b&iacute;blico tambi&eacute;n; se despliegan sobre hojas de acanto, abundan aves con grandes picos, con cola de reptil, con cuerpo de grifo y otros seres fabulosos como basiliscos, incluso, sirenas. Se encuentran figuras humanas en combate contra leones y otras escenas de cacer&iacute;a o lucha. En la galer&iacute;a oeste, en la imposta de los canteros, se observan a los propios obreros trabajando ante un bloque de piedra o transportando agua o vino. En la galer&iacute;a este, se ve a <em>Sans&oacute;n </em>dormido en las piernas de <em>Dalila</em>. Un fresco de la vida de hace 900 a&ntilde;os, de c&oacute;mo entend&iacute;an aquellos maestros del tallado en piedra que hab&iacute;a que representar el mundo, la lucha del bien contra el mal, los sue&ntilde;os y los miedos, lo que estaba permitido y lo que escapaba al control del poder. Un fresco como interpretaci&oacute;n de una realidad que a nosotros nos queda lejos en los siglos, pero cercana en cuanto a su capacidad de reconocimiento, de algo que al margen del paso del tiempo sigue latente en nosotros. No sabemos si el bien existe, pero el mal es evidente que s&iacute;, nos recordaba Manuel V&aacute;zquez Montalb&aacute;n. Establecemos una consonancia a trav&eacute;s de una lectura cultural y por ello, adaptativa a una propuesta sugerente y con mucha carga simb&oacute;lica. Desvelado el aparente caos del mundo, necesita el cuerpo desnudo un traje a medida para poder acudir a la fiesta. Consciente e inconsciente quedan complacidos porque se activan mutuamente ante un ofrecimiento que, adem&aacute;s, es pura belleza. Belleza por encima del paso de los a&ntilde;os y acentuada por ese mismo desgaste. Mires donde mires, hacia el suelo de grandes piedras pulidas y labradas, hacia las paredes interiores y los frisos, hacia los techos abovedados, hacia las columnas y sus capiteles, siempre hay algo que llama la atenci&oacute;n. Con la mente serena, la vista descansa y se enriquece a la vez.
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                Cuesta de Santo Domingo.                            </span>
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        Mientras tanto, el rumor de una fuente en el patio central, la m&aacute;gica luz que atraviesa los arcos y se desliza besando la canter&iacute;a. Un gran fresco de la vida y de la muerte labrado en piedra, un idilio eterno entre la claridad y las sombras. Posee el arte rom&aacute;nico una capacidad para suscitar la ternura y la comprensi&oacute;n serena, porque conmueve de un modo profundo y por ello mismo, al ser una belleza desnuda, es cre&iacute;ble; una belleza que abraza y proporciona milagrosamente alg&uacute;n tipo de alivio, un sosiego espiritual y art&iacute;stico que tiene que ver con una plenitud humana que es inencontrable en estos tiempos de incertidumbre y de espect&aacute;culo vano.
    </p><p class="article-text">
        La misma sensaci&oacute;n de asombro agradecido nos produjo la contemplaci&oacute;n del <em>Tapiz de la Creaci&oacute;n</em> que se encuentra en una nave exclusiva del museo al lado del claustro. Esta tela bordada de 3,58 x 4,50 metros, rom&aacute;nica del siglo XI, es una de las m&aacute;s antiguas conservadas en Europa. Con una iluminaci&oacute;n adecuada para no da&ntilde;ar la lana y la fibra de lino, podemos observar esta obra de delicada belleza. Representa los primeros pasos del mundo. En el centro, Cristo Pantocr&aacute;tor compartiendo la palabra divina; en la parte superior, el Esp&iacute;ritu Santo planeando sobre las aguas y flanqueado por la separaci&oacute;n de la luz y las tinieblas del primer d&iacute;a, con sus &aacute;ngeles lum&iacute;nicos desplegados. En los c&iacute;rculos exteriores, las siguientes fases de la creaci&oacute;n, el firmamento, los astros, la tierra, el mar, los animales y Ad&aacute;n y Eva. Cerrando la composici&oacute;n hacia el borde y en casillas diferentes, las estaciones, los meses y d&iacute;as de la semana y los cuatro r&iacute;os, que al igual que Gerona, regaban el Para&iacute;so. Un tapiz de influencia bizantina, en tonos grises, ocres, verdes y rojos lavados. Un despliegue visual de gran capacidad gr&aacute;fica y simb&oacute;lica. Sobre esta perla apunta Julio Llamazares:
    </p><p class="article-text">
        <em>&ldquo;&iexcl;Y qu&eacute; bello todo a la vez! &iexcl;Qu&eacute; pureza en esos rostros que miran todo con estupor, comenzando por el propio Creador! &iexcl;Qu&eacute; dinamismo en esas figuras que estrenan lo que &eacute;ste ha hecho y cuyos nombres y condici&oacute;n desconocen todav&iacute;a claramente! &iexcl;Qu&eacute; confusi&oacute;n en los animales al descubrirse a s&iacute; mismos y entre ellos! &iquest;Puede haber algo m&aacute;s puro, m&aacute;s terrible y m&aacute;s bello al mismo tiempo?&rdquo;.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        Alivio tambi&eacute;n fue el que sentimos mi amiga Ana y yo, cuando volando de Las Palmas a Barcelona, dejamos atr&aacute;s la persistente ola de calor. El anticicl&oacute;n de Las Azores hab&iacute;a abandonado el Atl&aacute;ntico y&eacute;ndose a una cl&iacute;nica de reposo en los Alpes, a la <em>Monta&ntilde;a m&aacute;gica</em> de Thomas Mann; y se lo tom&oacute; con calma. Como estos circulan igual que las agujas del reloj, barr&iacute;a todo el aire caliente del desierto africano hasta nosotros. Ausencia de alisios salvadores y tiempo sahariano d&iacute;a y noche que, en toda Canarias, nos ten&iacute;a acartonados desde hac&iacute;a dos semanas. Cuando baj&eacute; de la guagua del aeropuerto de Gando en Bah&iacute;a Feliz, al sur de Pozo Izquierdo y cerca del mediod&iacute;a, estar al sol era un infierno y estar a la sombra era un horno. Daba igual, a sudar de lo lindo en la sauna del sur; cerveza y abanico por el d&iacute;a, vino blanco helado y buena conversaci&oacute;n con mis amigos por la noche. As&iacute; que la idea de viajar al norte al d&iacute;a siguiente, en este caso a Catalu&ntilde;a, nos dar&iacute;a un bono gratis de cuatro o cinco grados menos de temperatura. Un respiro fue lo que sentimos al llegar a Badalona. Desde el balc&oacute;n de la casa de Pedro, el hermano de Ana, muy cerca de la playa, a la derecha, se divisaba a lo lejos el antiguo embarcadero donde hace a&ntilde;os, desde 1870, se exportaba el an&iacute;s El Mono al resto del mundo. Mirando a la izquierda, hacia el norte se extend&iacute;a el litoral del Maresme, la franja donde se interna el tren de cercan&iacute;as que sigue la antigua l&iacute;nea de Barcelona a Matar&oacute;. Las luces se perd&iacute;an en la noche y las estrellas se ba&ntilde;aban en la quietud del Mediterr&aacute;neo.
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                    alt="Lado norte de la catedral. En la esquina superior derecha se observa la bruja."
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            <span class="title">
                Lado norte de la catedral. En la esquina superior derecha se observa la bruja.                            </span>
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        El d&iacute;a que fuimos a Gerona, despu&eacute;s de almorzar en el lugar de ensue&ntilde;o que antes les dec&iacute;a, un escenario para Otelo de Shakespeare, con el buen aroma del vino &lsquo;Clamor&rsquo; de Raimat y la buena conversaci&oacute;n tras las ricas viandas, bajamos la Pujada de Sant Dom&egrave;nec, cruzamos el r&iacute;o Onyar por el Pont de Sant Agust&iacute; y fuimos a tomar caf&eacute; a la Plaza de la Independencia. Un monumento recuerda a los defensores de Gerona cuando las tropas de Napole&oacute;n la asediaban. Ahora luc&iacute;a una senyera en la mano izquierda del defensor que avanza decidido. Estando sentados en una de las terrazas, mientras habl&aacute;bamos de escritura e intercambiamos libros, pas&oacute; por casualidad un amigo de Cristina que era historiador, rondaba los cuarenta y era marxista, seg&uacute;n nos dijo. En quince minutos y sin llegar a sentarse, nos dio una clase magistral de historia. Nos cont&oacute; c&oacute;mo el grupo escult&oacute;rico del centro de la plaza hab&iacute;a sido utilizado seg&uacute;n el momento hist&oacute;rico, por unos y por otros, c&oacute;mo sin destruir la forma (dos hombres que avanzan sobre el cuerpo de un ca&iacute;do), se ha ido cambiando y adaptando el significado seg&uacute;n interesara. Acompa&ntilde;amos a Cristina a una librer&iacute;a cuyo nombre no recuerdo, ten&iacute;a que recoger unos relatos al ser jurado de un premio. Si en Sant Andreu, un distrito de Barcelona de 170.000 habitantes, se oye hablar espa&ntilde;ol por sus calles y no hay turistas, en Gerona con una poblaci&oacute;n de 100.000 habitantes se oye hablar catal&aacute;n y pasan por sus calles manadas de norteamericanos en bicicleta, que, al parecer, seg&uacute;n nos comenta Cristina, le han cogido el gusto al asunto y est&aacute;n ahora de moda. Cuando pregunt&eacute; en la librer&iacute;a si ten&iacute;an &lsquo;Marca de agua' de Joseph Brodsky, un libro que desde hace tiempo estaba intentando conseguir, y el dependiente me dijo que s&iacute;, que Siruela lo hab&iacute;a editado, me llev&eacute; una gran alegr&iacute;a. Tuve la conciencia clara de que ese libro del poeta ruso donde describe su amor por Venecia, un libro deseado, ten&iacute;a que venir a encontrarlo en la librer&iacute;a m&aacute;s lejana a la isla donde vivo. De La Palma a Gerona. Una marca de agua. Recorrimos la ribera del Onyar, cruzamos hacia la muralla, pasamos por los Ba&ntilde;os &Aacute;rabes hacia el Parque Arqueol&oacute;gico; la tarde de octubre avanzaba sin nubes hacia el ocaso, nosotros hacia la Historia. Despu&eacute;s, Cristina nos alcanz&oacute; en coche a la estaci&oacute;n y nos despedimos hasta la siguiente ocasi&oacute;n, que no me importar&iacute;a volver a repetir en cada uno de sus pasos. Acomodados en el AVE, Ana y yo, tras comentar brevemente la intensidad del d&iacute;a, regresamos a Barcelona; ella leyendo a John Berger y yo a Josehp Brodsky:
    </p><p class="article-text">
        <em>&ldquo;Asumiendo que la belleza consiste en la distribuci&oacute;n de la luz en la forma que m&aacute;s agrada a la retina, una l&aacute;grima es el reconocimiento, tanto de la retina como de la l&aacute;grima, de su incapacidad de retener la belleza. En general, el amor llega con la velocidad de la luz; la separaci&oacute;n con la del sonido. Es el deterioro que separa la velocidad mayor de la menor lo que humedece el ojo. Debido a que es finito, irse de este lugar siempre parece definitivo; dejarlo atr&aacute;s es dejarlo para siempre. Porque partir es un destierro del ojo hacia las provincias de los dem&aacute;s sentidos; en el mejor de los casos, hacia las grietas y hendiduras del cerebro. Porque el ojo se identifica no con el cuerpo al que pertenece, sino con el objeto de su atenci&oacute;n. Y para el ojo, por razones meramente &oacute;pticas, la partida no es el abandono de la ciudad por el cuerpo, sino el abandono de la pupila por la ciudad&rdquo;.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>&lsquo;Marca de agua&rsquo; &nbsp;(Siruela, 2022), Josehp Brodsky (1940-1996)</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <strong>&Oacute;SCAR LORENZO</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>San Andr&eacute;s y Sauces</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>11/11/2023</strong>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Óscar Lorenzo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/lapalmaahora/lapalmaopina/dia-gerona_129_10678863.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 12 Nov 2023 15:38:40 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Un día en Gerona]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El imperio audiovisual]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/lapalmaahora/lapalmaopina/imperio-audiovisual_129_10163522.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/629bae76-c6c5-4ee3-ac41-d4768a5756fa_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El imperio audiovisual"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">PUNTO Y COMA - Hacemos un paquete audiovisual, eliminamos el texto, la letra impresa y el silencio; y todo, todo será como un helado maravilloso. Y cuando acaba la fiesta, nos quedamos mirando el palo del helado y su crudeza vacía</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;La vista llega antes que las palabras. El ni&ntilde;o mira y ve antes de hablar&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Modos de ver&rdquo; John Berger (1926-2017)
    </p><p class="article-text">
        Dec&iacute;a Pascal en una cita muy conocida, que todas las desdichas nacen de la incapacidad del ser humano para estar sentado a solas y en silencio en una habitaci&oacute;n durante un par de horas. Si en el mundo de hoy alguien sigue esta recomendaci&oacute;n, el familiar o amigo m&aacute;s cercano pensar&iacute;a que a esa persona le sucede algo malo o que est&aacute; deprimida. Uno de los &uacute;ltimos sabios, Georges Steiner (1929-2020), en una entrevista para El Pa&iacute;s (17-01-2001), afirmaba: &ldquo;Vivimos en un mundo en el que el poder m&aacute;s terrible es el ruido. El silencio es el lujo m&aacute;s caro. Tienes que ser muy rico para no o&iacute;r la m&uacute;sica del vecino. Los ni&ntilde;os tienen terror al silencio, pero los mayores tambi&eacute;n&rdquo;. En la que es para m&iacute; su obra maestra, 'Gram&aacute;ticas de la creaci&oacute;n' (Ediciones Siruela, 2001), el profesor, cr&iacute;tico y te&oacute;rico de la literatura, se extiende de un modo m&aacute;s amplio sobre el asunto:
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;En nuestras sociedades la soledad es cada vez m&aacute;s extra&ntilde;a y, en verdad, sospechosa. La tendencia hacia lo comunal, lo participativo y lo colectivo es insistente. La multitud en una conocida frase, puede estar sola, pero es multitud. El terror de la soledad atormenta a una juventud incapaz de vivirla de forma productiva. En los edificios americanos, el hilo musical se pone en marcha desde que las puertas del ascensor se cierran, a fin de que los momentos de soledad no se muestren amenazadores. La democracia y el consumo de masas, con sus ideales de uniformidad, de aceptaci&oacute;n y aprobaci&oacute;n por los 'grupos paritarios', condena la soledad. Una sensibilidad apartada, un 'solitario' del pensamiento y de la imaginaci&oacute;n, es el disidente m&aacute;s notable para los colectivos democr&aacute;ticos y populistas y para el reino de la mayor&iacute;a&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        El acto de aislarse o tomar distancia, ya lleva impl&iacute;cita una actitud cr&iacute;tica con respecto a la sociedad. Es un movimiento no de ego&iacute;smo, sino de concentraci&oacute;n, de encontrar el espacio adecuado para dilucidar las incertidumbres y establecer, si la hay, alguna certeza. Silencio y soledad van de la mano, pero no est&aacute;n de moda, ni siquiera son bien vistos por la mayor&iacute;a. Mientras tanto, el ruido lo contamina absolutamente todo y s&oacute;lo se salvan del bullicio, las bibliotecas p&uacute;blicas y las iglesias pobres que no visitan los turistas o los feligreses. Gracias a los libros y gracias a Dios, en caso de que el Zeus del ruido quiera meternos mano, podemos buscar refugio en casi cualquier gran ciudad o municipio que disponga de biblioteca; si no, iglesias hay en todos lados. Otra cosa es que est&eacute;n abiertas. Y cuando no es el ruido lo que nos asalta, es la m&uacute;sica constante y machacona en los supermercados, en la guagua, en el gimnasio, en la plaza p&uacute;blica cuando ponen los hinchables para los ni&ntilde;os a ritmo de reguet&oacute;n; incluso en las presentaciones de libros, como si la letra impresa o la poes&iacute;a necesitaran de abalorios o de fuegos artificiales; no hay campa&ntilde;a electoral ni existe mercado municipal libre de m&uacute;sica; parecer ser que los candidatos, las berenjenas y los tomates ser&iacute;an menos atractivos sin la matraquilla sonora; en fin, que hay que ponerle m&uacute;sica a todo sarao cultural, deportivo o social porque si no parece aburrido. M&uacute;sica por todos los lados, pero, sin embargo, de Los Sauces hasta Los Llanos, incluyendo la capital de la isla, no hay, desde hace muchos a&ntilde;os, ning&uacute;n lugar donde los j&oacute;venes y no tan j&oacute;venes puedan ir a bailar un fin de semana. Los tiempos cambian, pero cambian a mucho ruido y pocas nueces. La abundancia de tanta barah&uacute;nda no queda ah&iacute;, sino que va mucho m&aacute;s all&aacute;. La omnipresencia del m&oacute;vil en las manos de todo ser humano, es una onda expansiva y arrasadora que imposibilita cualquier intento de conversaci&oacute;n o de pensamiento e incluso puede estropear una estupenda cena. [Objetivamente los niveles de ruido, el volumen de los fen&oacute;menos ac&uacute;sticos y amplificados que nos envuelven experimentan un crecimiento exponencial. En la noche de la ciudad, los silencios han desaparecido. Como una chicharra enloquecida, el tel&eacute;fono m&oacute;vil devora lo que queda de privacidad o de p&uacute;blico en el silencio (en una alegor&iacute;a maravillosamente elocuente se han o&iacute;do sonar m&oacute;viles en el interior de un ata&uacute;d)], afirmaba el pensador franc&eacute;s de origen jud&iacute;o.
    </p><p class="article-text">
        Como estamos m&aacute;s saturados que nunca, el arte, el cine y el resto de la cultura que confunde &eacute;sta con el espect&aacute;culo, se dedican a incidir en plan s&aacute;dico en la llaga. As&iacute; que m&aacute;s madera, como dec&iacute;an los hermanos Marx. En los museos que eran templos de silencio hasta la llegada de las 'instalaciones', te puedes encontrar cualquier cosa y para que la programaci&oacute;n sea moderna, &eacute;sta tiene que ser audiovisual. Acosados por multitud de pantallas, como si ya no fueran bastantes las que tenemos en casa o en el bar donde desayunamos; aturdidos con v&iacute;deos incisivos y sonidos inexplicables; a veces, pr&aacute;cticamente a oscuras, sorprendidos por danzarines performantes que recorren las salas como inocentes lib&eacute;lulas, tropezando con motocicletas o con maniqu&iacute;es de Balenciaga, viendo la nada descarnada o la purpurina a lo Jeff Koons, recorremos las salas y galer&iacute;as, perplejos y atiborrados de tedio, buscando en los ojos de los que cuidan las salas un poco de piedad o de complicidad, para descubrir que el momento m&aacute;s l&uacute;cido dentro del museo, es cuando vamos al servicio y cerramos los ojos, y como una Dafne que huye de un dios que le acosa, queremos escapar y convertirnos en laurel. La cr&iacute;tica mexicana de arte Avelina L&eacute;sper, en 'El fraude del arte contempor&aacute;neo' (Madre Editorial, 2022), lo denomina 'arte VIP': V&iacute;deo, Instalaci&oacute;n, Performance. Rodrigo Noir, que hace la cr&iacute;tica del libro para la excelente revista mexicana 'Letras Libres, se&ntilde;ala: &ldquo;El arte cl&aacute;sico, una genuina realizaci&oacute;n, adquiere vida propia y un lugar en la memoria colectiva que el arte VIP no puede alcanzar sin el aparato de respiraci&oacute;n artificial burocr&aacute;tico de la cultura o, alternativamente &ndash;y esto sobre todo en la angl&oacute;sfera&ndash;, de la aprobaci&oacute;n del mercado, en donde es arte simplemente lo que se adquiere como tal en un alarde de consumo conspicuo (Veblen) de filisteos que conocen el precio de todo sin saber el valor de nada (Wilde)]. Estridencia en lugar de belleza es lo que hay. Yo, cuando veo altavoces en los museos, salgo corriendo como un tiro y espero a mis amigos en el parque o en la taberna m&aacute;s cercana alegando que tengo una fatiga, un ahogo o sofoco metaf&iacute;sico. En 'Las rosas de piedra', un recorrido por las catedrales del norte de Espa&ntilde;a, del escritor Julio Llamazares, que acabo de leer, hay un momento en que se afirma que el arte despu&eacute;s del rom&aacute;nico (siglos XI, XII y parte del XIII) no ha hecho sino degenerar. Visto a donde hemos llegado, dan ganas de pensar que esa fatalidad tiene mucho de cierto. El arte de la pintura y el de la escultura son disciplinas que se amparan en el silencio y en el recogimiento; es casi una cuesti&oacute;n sagrada, de respeto indispensable para acceder a una posible revelaci&oacute;n. Lo dem&aacute;s es opaco, es ruido. John Berger en 'Modos de ver', una serie de televisi&oacute;n para la BBC en 1970, de la que tambi&eacute;n se hizo un libro del mismo nombre (Gustavo Gili, 2000), tuvo la lucidez de pasear la c&aacute;mara por la National Gallery de Londres, sin que fuera necesario ir de la mano de sonido o de texto alguno. Fue un palo en esos tiempos sin Internet, una revoluci&oacute;n. El mutismo de las im&aacute;genes televisadas se descubri&oacute;, con sorpresa, muy elocuente. Las pinturas se mostraron por s&iacute; mismas, en un silencio ineludible que las dotaba de luz y no desarticulaba su particular y para m&iacute;, sagrado e intocable significado o trascendencia. Todo pintor o poeta, tendr&iacute;a que estar agradecido a este gran hombre que nos ha ense&ntilde;ado a mirar.
    </p><p class="article-text">
        En cuanto al cine, la presencia constante de la m&uacute;sica, generalmente atronadora y anticipativa, en la mayor&iacute;a de las secuencias de las pel&iacute;culas, es alarmante y una de las causas que me han alejado de las salas y del cine hecho en los &uacute;ltimos tiempos. Para ir al cine, si no es a una filmoteca, procuro siempre tomar aspirina antes de comprar la entrada; generalmente es tiempo y dinero perdidos. Puede darse el caso donde la banda sonora siempre est&aacute; presente; y esto suele ser as&iacute; porque el pobre guion no da para m&aacute;s. El argumento son los fideos nadando y la m&uacute;sica es el caldo que todo lo contiene. Pasa lo mismo en los programas de la televisi&oacute;n o en las series previsibles y pesadas de las plataformas; pero el colmo es la m&uacute;sica en los telediarios: que el asunto es un terremoto o un volc&aacute;n, pues a dramatizar se ha dicho y entonces ataca la orquesta al completo mientras dan el n&uacute;mero de fallecidos o muestran el desastre a vista de dron. Ya sea un programa concurso, como el infame 'Masterchef' o un documental sobre el &Aacute;rtico o Alejandro Magno, sobre leones o supernovas, la m&uacute;sica se despliega como un dios cabreado para querer dar una dimensi&oacute;n impresionable de la cuesti&oacute;n tratada, todo ello en un intento de captar nuestra atenci&oacute;n m&aacute;s inconsciente. En Youtube ya es el colmo: le das un dron con c&aacute;mara al m&aacute;s pintado y entonces, r&aacute;pidamente cuelga un v&iacute;deo sin ning&uacute;n texto explicativo; pero eso s&iacute;, con un pedazo de banda sonora que parece que en cualquier momento va a suceder una cat&aacute;strofe. Si vas a dar una conferencia sobre Cleopatra a un respetable auditorio, seg&uacute;n avanza el estilo contempor&aacute;neo, va a haber que llevar de apoyo una orquesta de cr&oacute;talos, chirim&iacute;as dobles y laudes para que los asistentes no se aburran; y de regalo por la asistencia al evento, un abanico hecho con juncos importados del Nilo. Nos tratan como a ni&ntilde;os y nosotros aceptamos la gracia. Todos nuestros sentidos tienen que estar siendo simult&aacute;neamente asaltados, en un deseo de entretenimiento que acaba transform&aacute;ndose en todo lo contrario: una ciega saturaci&oacute;n que produce un estancamiento. Ruido incesante que lo audiovisual amplifica. No se tiene en cuenta la esencia de cada manifestaci&oacute;n, creaci&oacute;n o disciplina. Hacemos un paquete audiovisual, eliminamos el texto, la letra impresa y el silencio; y todo, todo ser&aacute; como un helado maravilloso. Y cuando acaba la fiesta, nos quedamos mirando el palo del helado y su crudeza vac&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Lo audiovisual est&aacute; aqu&iacute; y nada escapa a su influencia; nuestros hijos no son nuestros hijos, sino hijos de lo audiovisual. A la m&iacute;nima le damos el m&oacute;vil al ni&ntilde;o para que nos deje tranquilos. A cualquier hora del d&iacute;a, le ponemos una pel&iacute;cula y otra y otra m&aacute;s en un marat&oacute;n interminable de im&aacute;genes. Cuando peque&ntilde;o, uno esperaba una semana para poder ver 'Rin Tin Tin' o 'La conquista del espacio'. Las cosas no tienen su tiempo, ahora todo es posible en cualquier momento. Tragar y absorber sin comentar es el mantra. Grandes y chicos son esponjas que se hinchan sin hacer preguntas. Lo audiovisual acosa por todos lados. Vuelvo a Steiner: &ldquo;Tras el nacimiento de los medios de comunicaci&oacute;n de masas en la &eacute;poca rom&aacute;ntica hasta la ruptura de los diques de Internet y la Red planetaria, ya nadie puede calcular ni el volumen ni el ritmo de las novedades, de las informaciones, de las sugerencias verbalizadas o imaginadas que nos sumergen y solicitan nuestra atenci&oacute;n, que sacuden las emociones y la memoria individuales. El impacto sobre las antenas de la conciencia es incesante, el ruido dirigido al yo profundo, imparable. Busca y persigue ahora el ensordecimiento de lo subliminal. Las luces estrobosc&oacute;picas de la inmediatez &ndash; ya sean los est&iacute;mulos sensoriales de la informaci&oacute;n o de lo imaginario &ndash; nos ciegan los espacios de la visi&oacute;n. La transmisi&oacute;n instant&aacute;nea y gr&aacute;fica no hace m&aacute;s que amplificar lo que existe de monstruoso en los problemas mundiales. Nos entumecemos intentando soportar este material y los subsiguientes 'divertimentos' que contrarrestar&iacute;an los horrores. Es este 'entumecimiento' el que debilita los centros neur&aacute;lgicos de la creatividad. En esta pornograf&iacute;a del ruido, la serena intimidad se convierte en un privilegio de los afortunados y de los condenados. Seg&uacute;n la psiquiatr&iacute;a, la incidencia actual de las depresiones nerviosas expresa el deseo de huir, de escapar a la presi&oacute;n del bullicio incontrolado engendrado por el clamor y voltaje de la recepci&oacute;n cotidiana].
    </p><p class="article-text">
        Y esto es as&iacute;, porque &ldquo;desgraciadamente, mientras la velocidad a la que viajan las im&aacute;genes ha aumentado en unas d&eacute;cadas de forma exponencial, la velocidad a la que nuestro cerebro procesa la informaci&oacute;n es aproximadamente la misma que durante el Pleistoceno&rdquo;, como afirman Jos&eacute; Luis Pardo y Josefa Ros en 'Consumo r&aacute;pido vs. Concentraci&oacute;n' (El Cultural, 21-11-2022). Hacia el final del art&iacute;culo hablan de las causas y consecuencias de tanto atropello: &ldquo;Desprovistos de la oportunidad de refugiarnos en las viejas creencias para esquivar el miedo a la muerte, nos enfrentamos con resignaci&oacute;n a la conciencia extrema de la brevedad nuestro tiempo finito.
    </p><p class="article-text">
        Nuestro castigo por haber matado a Dios es la condena a un empacho experiencial que abrazamos para superar la zozobra a la que nos aboca la conciencia de que el mundo seguir&aacute; girando tras nuestra inevitable salida. Cuando esta sea inminente, echaremos la vista atr&aacute;s con la intenci&oacute;n de evaluar la relaci&oacute;n calidad-precio de nuestro consumo vital, solo para comprobar que se nos han mezclado todos los sabores en la boca, dej&aacute;ndonos un retrogusto un tanto amargo&ldquo;.
    </p><p class="article-text">
        No s&eacute; si la velocidad del ruido o el ruido de la velocidad, constituye la marca de los tiempos, pero s&iacute; est&aacute; claro que la dictadura de lo audiovisual en todos los campos de la actividad humana, se ha convertido en el estilo de contar las cosas o en la forma de parecer que nos acercamos a ellas. Toda informaci&oacute;n ser&aacute; ya siempre audiovisual o no ser&aacute;. Cuando alguien que te encuentras te habla de algo, no tarda ni cinco segundos en sacar el m&oacute;vil. Sea el volc&aacute;n de La Palma, la guerra de Ucrania o el &uacute;ltimo terremoto en Turqu&iacute;a, una parte de lo que nos llega de ellos son v&iacute;deos y fotograf&iacute;as grabados con el m&oacute;vil que son enviados a otros m&oacute;viles en cualquier parte del mundo y as&iacute; sucesivamente. A veces esas im&aacute;genes grabadas por un particular y no por un profesional de la informaci&oacute;n, son las &uacute;nicas que poseemos de ese hecho. Pero eso s&iacute;, luego, los medios las interpretan a su antojo. Explosi&oacute;n, m&oacute;vil, grabar v&iacute;deo, enviar, twitter, whatsapp, facebook, e-mail y despu&eacute;s, el telediario, es la hoja de ruta que recorren los acontecimientos en un mundo audiovisual y tan instant&aacute;neo como el Cola Cao. Como todo lo o&iacute;mos y todo lo vemos (por eso es audiovisual) y tambi&eacute;n, como todo llega a donde quiera que nos hallemos, nunca vamos a encontrar el d&iacute;a en que el servicio de paqueter&iacute;a informativa no nos traiga algo nuevo. El acceso a todo siempre, no nos deja un rato de tranquilidad, porque la &ldquo;chicharra enloquecida&rdquo; que dec&iacute;a Steiner, no descansa y con ello, nosotros tampoco. Como si en el mundo nunca se hiciera de noche.
    </p><p class="article-text">
        El mundo ya es as&iacute;. Est&aacute; hecho por una impresora y se halla expuesto en la gran feria de las vanidades, donde la realidad es virtual y suena una m&uacute;sica atronadora las 24 horas del d&iacute;a. La t&eacute;cnica es digital y el estilo, tanto del continente como del contenido, s&oacute;lo puede ser audiovisual. Me pregunto si eso cambiar&aacute; al ser humano y en qu&eacute; direcci&oacute;n se dar&aacute; esa mutaci&oacute;n. Y no s&eacute; contestar. Veo a la belleza y a las humanidades arrinconadas donde el mercado es el &uacute;nico dios posible. Un lugar donde la mediocridad acampa a sus anchas y se suele dar gato por liebre. No hay m&aacute;s que ver la programaci&oacute;n de los canales de televisi&oacute;n, de algunos museos, de los cabildos o de los ayuntamientos. Por cierto, es la misma gala lamentable, la misma coreograf&iacute;a en todos los lugares. Primero en la tele y despu&eacute;s, siguiendo la corriente, en el resto; y todo ello con dinero p&uacute;blico. Dan pena. Puede ser que cambie el continente, pero la miseria del contenido seguir&aacute; siendo la misma. En realidad, ni la pandemia ni el volc&aacute;n ni la guerra ni las patas coloradas de los flamencos, nada nos une, sino que todo nos dispersa. S&oacute;lo nos emparenta la fragilidad descubierta despu&eacute;s de tanta amnesia y el tremendo aturdimiento a que estamos siendo sometidos bajo el imperio de lo audiovisual. &Eacute;sto y mucho m&aacute;s, sabr&iacute;amos, si atendiendo a Pascal, tenemos la suerte de poder y saber estar sentados dos horas en silencio en una habitaci&oacute;n. En realidad, nada es m&aacute;s &ldquo;audiovisual&rdquo; que el propio pensamiento. Memoria e imaginaci&oacute;n manan de la fuente de la belleza, pero es necesario alg&uacute;n sacrificio para dar al agua la presencia de un &aacute;nfora que sea capaz de recogerla. Para dar forma a lo que fluye, para ofrecer un l&iacute;mite a lo que se dispersa, hace falta un &ldquo;recogimiento del yo&rdquo; y un cierto &ldquo;rechazo del mundo exterior&rdquo;, como nos recuerda Steiner en su ensayo: &ldquo;Esta interrupci&oacute;n sobre un mar de silencio' es lo que necesita en la mayor parte de los casos el pensamiento y la imaginaci&oacute;n de primer orden&rdquo;. Se trata de poder o&iacute;r lo m&aacute;s profundo. &ldquo;Presionado hacia el terreno del ser, el o&iacute;do interno del pensador, del poeta, o del maestro de la met&aacute;fora, parecen aprehender el silencio cargado que precede al primer resplandor de la forma naciente. El clamor de la sociabilidad comunicativa, de lo gregario, la estridencia que hoy se impone d&iacute;a y noche, convierte esta escucha en precaria. Estamos cada vez menos entrenados para escucharnos ser, a pesar de que esta escucha podr&iacute;a ser la condici&oacute;n previa esencial para lo creativo&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&Oacute;SCAR LORENZO</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>San Andr&eacute;s y Sauces</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>Isla de La Palma</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>27-04-2023</strong>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Óscar Lorenzo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/lapalmaahora/lapalmaopina/imperio-audiovisual_129_10163522.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 29 Apr 2023 16:05:56 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El imperio audiovisual]]></media:title>
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      <title><![CDATA[La lenta elegía de los almendros]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/lapalmaahora/lapalmaopina/lenta-elegia-almendros_129_9976488.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/58a1d79c-efe4-4450-8af2-e7b3d4f8d17b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La lenta elegía de los almendros"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">PUNTO Y COMA - Cada uno de los almendros que veo desde mi casa, tienen aún un nombre que yo conservo, y multitud de recuerdos bajo sus ramas; ahora, bajo su abandono

</p></div><p class="article-text">
        &laquo;A las aladas almas de las rosas del almendro de nata te requiero, que tenemos que hablar de muchas cosas, compa&ntilde;ero del alma, compa&ntilde;ero&raquo;. Miguel Hern&aacute;ndez (1910-1942).&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando era un ni&ntilde;o, entre la &eacute;poca del cobre y la del hierro, machacaba con el basalto de una piedra la c&aacute;scara, tierna a&uacute;n, con que proteges tu semilla en forma de drupa; amarfiladas por tus almendras verdes, lechosas, sutiles y de un sabor furtivo, las ma&ntilde;anas o las tardes se conjugaban al pie de tu tronco agrietado. Muy cerca del hogar, bajo tus ramas grises y tus hojas lanceoladas, los peque&ntilde;os dioses se adentraban en los misterios del mundo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        De la familia de las ros&aacute;ceas, con tu flor temprana, blanca o rosa, precedes la primavera y rompes en mil pedazos la desnudez vac&iacute;a del invierno; &ldquo;joven almendro err&oacute; la primavera/ y, anticipado, a florecer se atreve&rdquo;, escrib&iacute;a Lope de Vega. Cinco p&eacute;talos soldados entre s&iacute; y cinco p&eacute;talos libres e iguales, ligados por la base. De una forma o de otra, tu hermosura y fortaleza han acompa&ntilde;ado a la historia del ser humano. Procedes de las estepas y las praderas de Oriente, de las altas llanuras de Asia Central; de manos n&oacute;madas y dejando atr&aacute;s el rigor helado que baja de las grandes cadenas monta&ntilde;osas, descendiste hasta las tierras de la costa. Donde mueren los r&iacute;os caudalosos en un remanso de olas, fuiste entregado a manos fenicias; el viento henchido en las velas y tambi&eacute;n, por otro camino, el lento paso de las caravanas, te transportaron a zonas m&aacute;s c&aacute;lidas o templadas. &iexcl;Oh Prunus Dulcis!, tus primordios seminales se insertaron en los m&aacute;rgenes de las huertas de Persia; tus sacos pol&iacute;nicos se alojaron en el hipanto de las tierras c&aacute;lidas de Palestina; tu carpelo &uacute;nico y blanqueado, tus estambres y antenas, fueron la flor de los sirios que como buenos hortelanos, aprendieron a cultivar tu drupa ovada y tormentosa. Mucho m&aacute;s tarde, a finales del siglo XV, los castellanos te trajeron en carabelas desde el norte y llegaste al clima templado y subtropical de esta isla atl&aacute;ntica. Sin fr&iacute;o, en las median&iacute;as te acostumbraste a vestir una piel m&aacute;s fina, y si te cuidaban y podaban cada dos a&ntilde;os, si manten&iacute;an tu suelo removido y libre de maleza, sol&iacute;as ofrecer una semilla grande y sabrosa.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Flor de almendro en Puntagorda. Foto: NUEVO SURCO                            </span>
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        El almendro estaba presente en el Para&iacute;so y fueron halladas almendras en la tumba de Tutankam&oacute;n; en el Antiguo Testamento, el patriarca Abraham utiliz&oacute; varas de almendro para construir el cerco de sus reba&ntilde;os; el bast&oacute;n que Aaron levant&oacute; ante el fara&oacute;n para te&ntilde;ir de rojo el Nilo, era de su misma rama. Los griegos primero y los romanos y &aacute;rabes despu&eacute;s, extendieron su cultivo por el Mediterr&aacute;neo, incluyendo el norte de &Aacute;frica al sur, y los valles de Los Balcanes, al norte. A finales del siglo XVIII, unos misioneros espa&ntilde;oles sembraron en San Diego, California, almendros llevados desde la Pen&iacute;nsula Ib&eacute;rica. Hoy, Estados Unidos acapara el 75% de la producci&oacute;n mundial y Espa&ntilde;a ocupa, a mucha distancia, el segundo lugar. En la dureza de los a&ntilde;os cincuenta, la almendra de las median&iacute;as de la isla de La Palma, m&aacute;s peque&ntilde;a que la californiana, pero de excelente calidad, alcanz&oacute; su apogeo y se llegaron a exportar 3.500 toneladas, en c&aacute;scara, a Reino Unido. Tambi&eacute;n se enviaban a M&oacute;naco, a Alemania y a Las Palmas, para la f&aacute;brica Tirma. En &ldquo;Almendreros&rdquo; (2013), el excelente corto documental de Rafael Lorenzo, que pueden ver en YouTube, uno de los entrevistados, Armengol Rodr&iacute;guez, cuenta que en el mejor a&ntilde;o que recuerda, su familia lleg&oacute; a recolectar 12.000 kilos. El cultivo de secano de la almendra, que se da bien entre 200 y 600 metros de altitud, a mediados de siglo XX era la econom&iacute;a principal de El Castillo y de Las Tricias, en Garaf&iacute;a. De ah&iacute; ven&iacute;an los ingresos y si ten&iacute;as la suerte de criar ganado, de la venta de una vaca cada dos a&ntilde;os. &ldquo;Vender almendras para comprar el pan&rdquo;. Otro de los entrevistados, Braulio Rodr&iacute;guez, apunta que hoy sobreviven s&oacute;lo una cuarta parte de los almendros que hab&iacute;a antes. Armengol, sin rodeos, expone razones: &ldquo;La juventud se fue y los viejos no podemos hacer mucho&rdquo;. Puede ser, como apunta Juan Gonz&aacute;lez, de Tijarafe, que &ldquo;la burbuja se est&aacute; rompiendo&rdquo; (era 2013), porque &ldquo;da tristeza ver como los ratones se comen las almendras&rdquo;. En 1960 s&oacute;lo se exportaban 10 toneladas; y en el presente, no llegan a cuatro; su cultivo languidece inexorablemente como una se&ntilde;al m&aacute;s del abandono generalizado del campo palmero. Mientras tanto, la administraci&oacute;n insular y municipal, celebra fiestas en su honor y los fot&oacute;grafos y las redes sociales, se entusiasman con su belleza temprana en el verdor oscuro de febrero. &ldquo;No veo claro el camino&rdquo;, terminaba diciendo Juan Gonz&aacute;lez. Pero lo cierto, es que el baile contin&uacute;a en esta Babilonia insular y contempor&aacute;nea; cada d&iacute;a se inventa una fiesta nueva a costa de las vac&iacute;as arcas municipales y todo ello, sin darnos cuenta que las murallas de la ciudad est&aacute;n siendo asaltadas por las tropas persas de Ciro. Primero perdemos las cosas; despu&eacute;s las embalsamamos; y una vez al a&ntilde;o, le damos brillo y nos sentimos orgullosos de un pasado con un lejano esplendor. El presente, del que nadie quiere hablar, es pura amnesia de s&iacute; mismo.&nbsp;
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                Almendros y molino en Las Tricias. ÓSCAR LORENZO                            </span>
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        El poeta espa&ntilde;ol de origen brit&aacute;nico, Ben Clark (Ibiza, 1984), en &ldquo;Revoluci&oacute;n&rdquo; de su libro de poemas, &ldquo;Los &uacute;ltimos perros de Shackleton&rdquo; (Sloper 2016), nos advierte: &ldquo;Contra todo florecen los almendros. Protesta radical e inquebrantable. Este siglo veloz sin concesiones ya no tiene tal&oacute;n visible; m&aacute;s que un ojo tiene mil y no hay David que pueda ya vencerlo. Escasean los h&eacute;roes en esta era de plasma y, con todo, florecen los almendros. Creer en el amor tampoco sirve -contra el amor las flores han marchado-, de amor est&aacute;n repletas las cunetas; entre los vivos solo persiste el verde amor por el dinero. Mienten las dependientas el catorce y por eso florecen los almendros. (...) En este florecer tan subversivo se han ido las pasiones de otros a&ntilde;os, se ha ido la esperanza con la escarcha de enero y con el agua que t&iacute;mido se adentra en un febrero que es testigo del cambio y del combate: contra todo florecen los almendros&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Suena una sonata de Schumann en Radio Cl&aacute;sica; al apartar el rancho del fuego, compruebo que se ha metido viento en el mar, hace rato que una brisa racheada sacude las begonias del patio; m&aacute;s all&aacute;, tiemblan los n&iacute;speros maduros; cerca, crujen las ventanas y canta el gallo; me adentro en la lenta eleg&iacute;a de los almendros, acuden im&aacute;genes a la mente y pienso en el viento sacudiendo sus ramas ahora verdes. Alg&uacute;n almendro de Sorolla y los de Van Gogh, ramas llenas de savia, retorcidas sobre un azul imposible; los almendros del pa&iacute;s que hemos pintado en los cursos de &oacute;leo; y las fotograf&iacute;as de los viajes al norte en enero o febrero, los archivos donde sus flores desbordan la imagen. Las hojas lanceoladas se mueven, las hojas del calendario pasan y la flor del almendro, s&iacute;mbolo del amor eterno, siempre vuelve. Sin embargo, a Borges ya no le alegraban los almendros, porque eran el recuerdo de su amada perdida. En fin, si el laurel tiene una historia m&iacute;tica, para aclararnos un poco y a falta de perspectiva ante la desolaci&oacute;n de su decadencia, el almendro tambi&eacute;n. Una de las versiones cuenta: Al caer Troya y regresar la flota ateniense, Filide, princesa de Tracia, enamorada de Acamante, hijo de Teseo, acudi&oacute; a Eneodes a esperar a los griegos, pero ninguna de las naves era la de su amado, que se hab&iacute;a desviado por los desperfectos que una tormenta hab&iacute;a causado en su embarcaci&oacute;n; las aguas, que siempre tienen la culpa cuando ocupan un lugar no destinado, hab&iacute;an alejado a Acamante de Filide, y &eacute;sta, desesperada, despu&eacute;s de nueve d&iacute;as de infructuosa espera, muere de tristeza. La diosa Atenea, compadecida, la convirti&oacute; en almendro. Al d&iacute;a siguiente, al llegar el h&eacute;roe, s&oacute;lo pudo abrazar la corteza &aacute;spera y gris del &aacute;rbol. En respuesta a sus caricias y como si fuera un prodigio, de las ramas del almendro brotaron flores en lugar de hojas. Los atenienses lo celebran todos los a&ntilde;os.&nbsp;
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                Almendros, casa y gallo en Las Tricias. ÓSCAR LORENZO                            </span>
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        Despu&eacute;s de mucho tiempo, nueve d&iacute;as esper&oacute; Filide; nueve meses tarda el largo proceso de maduraci&oacute;n de la almendra; nueve meses dura la gestaci&oacute;n del ser humano. &iquest;Cu&aacute;nto tiempo tardaremos en volver a cuidar y a querer a los almendros? Sin diosas que nos protejan, ya que todas, al parecer se han ido a Roma o a Alejandr&iacute;a, moriremos de tristeza en esta lejana provincia contemplando su lenta agon&iacute;a entre las zarzas. Ni siquiera a los ayuntamientos se les ocurre, ajardinar con ellos nuestras plazas y v&iacute;as de comunicaci&oacute;n que, sin duda alguna, embellecer&iacute;an de un modo considerable. Preguntar sin esperar respuesta, siembra de eleg&iacute;as los campos ante la p&eacute;rdida de su propia existencia. Los tiempos dorados, si comparamos con ahora, no van a volver. Se fueron todos, los indios y los vaqueros; y en la diligencia, s&oacute;lo se encuentran turistas de paso y alg&uacute;n vendedor de biblias desorientado. &ldquo;Hablar s&oacute;lo retrasa el castigo&rdquo;, dec&iacute;a Apolo a &ldquo;la de ojos glaucos&rdquo;; nada es en vano. Los almendros en respuesta al abandono sometido por los humanos, han reaccionado haciendo amargo su fruto; como si fuera un castigo de los dioses. Si los almendros se dejan de podar parcialmente y no se limpia y remueve la tierra que los alberga, su tristeza inunda de amargor la codiciada fruta. El descuido hace proliferar a los hongos y a las bacterias y &eacute;stas se adue&ntilde;an de las ra&iacute;ces del &aacute;rbol. Todo es una partida de ajedrez entre la qu&iacute;mica y la biolog&iacute;a, incluso el olvido. La almendra amarga cruda es venenosa, pero el patr&oacute;n amargo para injertar, es el m&aacute;s vigoroso aunque ya no se utiliza. Hay en la isla m&aacute;s de treinta variedades posibles. Un &aacute;rbol suele vivir sesenta, ochenta, e incluso, m&aacute;s a&ntilde;os. Por cada frutal se pueden recoger de 23 a 30 kilos de almendras. En la dieta de nuestros abuelos y en la de nuestros padres, las almendras, los higos secos y las pasas, ten&iacute;an mucha importancia. En mi memoria tambi&eacute;n. La Cooperativa Agr&iacute;cola Virgen del Pino, en Puntagorda, las comercializa. Y en el mismo lugar, la alemana Birgit Ana Morasch-Ketterle, desde hace muchos a&ntilde;os, confecciona una excelente crema de almendras. Los palmeros consumen dos kilos al a&ntilde;o por persona, muy por encima de la media nacional, y aunque se aprecia mucho la almendra del pa&iacute;s, con el tiempo, si no queremos comer almendras amargas, tendremos que adquirir almendras de California; m&aacute;s grandes, pero menos sabrosas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Sobre un patr&oacute;n amargo, que es m&aacute;s resistente, se injertan los almendros; sobre la decadencia que cede al olvido, se desangra el legado humano; &ldquo;no hay vac&iacute;o total, sino desdicha que colma el vaso&rdquo;, dec&iacute;a el viejo Quinlan en la pel&iacute;cula &ldquo;Sed de mal&rdquo; (1958), de Orson Welles, que estuve viendo anoche. Seremos extra&ntilde;os en una tierra sin almendros, &ldquo;desterrados en la memoria, en el germen de la historia&rdquo; de nosotros mismos, al decir de Unamuno. Tal vez, s&oacute;lo se pueden ofrecer las cenizas de lo verdadero. Lo dem&aacute;s es humo. Ver los campos desde la carretera, es como intentar o&iacute;r con los cascos puestos. La energ&iacute;a no se destruye, se transforma en nube.&nbsp;
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                Almendros en Las Tricias.                            </span>
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        Cuando era ni&ntilde;o y estaba enfermo, mi madre hac&iacute;a horchata de almendras; era una delicia, y por ello me gustaba caer en la cama. La reposter&iacute;a palmera, que tambi&eacute;n es cristiana, mora y jud&iacute;a, tiene sus almendrados, sus bienmesabes, sus quesos de almendra, y se a&ntilde;aden picadas en las sopas de miel de ca&ntilde;a. La mitad del pan de higos es almendra sin pelar. El turr&oacute;n de trigo y los alfajores llevan almendras. Se hacen truchas de almendras. Las saladas de los bares y las garrapi&ntilde;adas de las romer&iacute;as de San Pedro. Las que estaban dentro de una lata de leche Lita en la despensa de la Casa del Monte, cuando iba con mi padre a Marcos y Cordero. Abr&iacute;a un higo seco, pon&iacute;a una almendra dentro y lo volv&iacute;a a cerrar. Los hombres que trabajaban en el monte, met&iacute;an la mano en el bolsillo y sacaban un pu&ntilde;ado de pasas y almendras. Una mezcla ideal, uno de los sabores de la infancia. Era una de las mercanc&iacute;as de la antigua ruta de la cumbre entre Puntagorda y Los Sauces. Hacia dentro, como decimos cuando nos referimos al norte, las bestias llevaban boniatos, pimienta seca o &ntilde;ame; se hac&iacute;a noche en casa de alg&uacute;n conocido y a la vuelta, regresaban con vino de tea en folas, higos secos, uvas pasas de las negras y almendras. Mi padre me describ&iacute;a el camino y yo, un ni&ntilde;o, so&ntilde;aba con ese viaje de ida y vuelta. Al lado de una caja de tea, donde se guardaban higos, pasas y almendras, dorm&iacute;an y se amaban mis abuelos. Con pollo, a base de almendras machacadas con pan frito en aceite de oliva y tres hojas de laurel verde, recib&iacute;an algunos conventos espa&ntilde;oles a los peregrinos. Van bien en ciertas cazuelas de pescado. Cada uno de los almendros que veo desde mi casa, tienen a&uacute;n un nombre que yo conservo, y multitud de recuerdos bajo sus ramas; ahora, bajo su abandono. En &ldquo;El Libro de Sara&rdquo; (Ediciones La Palma, 2021), el almendro y su flor, est&aacute;n presentes en m&aacute;s de un poema. Damos lo que hemos recibido.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hace tiempo que los hombres y las mujeres descubrieron todas las verdades; y no les ha servido de nada; ganan desolaci&oacute;n como los almendros que al no ser tratados con cari&ntilde;o, turban su semilla ofreciendo amargura en lugar de dulzor. Nuestra vida es m&aacute;s c&oacute;moda, la salud y la ense&ntilde;anza se han generalizado, pero a cambio de una cierta esclavitud a lo nuevo, hemos perdido por el camino algunas cosas; yo dir&iacute;a que demasiadas; entre ellas, hemos perdido poblaci&oacute;n: la isla se halla estancada. Esa ausencia ahora vislumbrada, tiene graves consecuencias y no nos permite encontrar un equilibrio. Emigrar es perder el centro. Empezamos a saber lo que ya no podemos alcanzar y va a llegar un momento en que podemos afirmar, que nuestros padres viv&iacute;an mejor que nosotros. Unas diosas nos compadecen para soportar nuestra presencia, y otras nos censuran para silenciarnos; callados nos retiramos a desperdiciar nuestra suerte en el fondo de las soledades, donde contemplamos el falso olvido que rebota en las cosas. En las cosas que ya no tenemos. Amores y almendros, todos regresados a los rastrojos, a la gran llanura de secano de la noche. &ldquo;Prop&oacute;sito de espuma y &aacute;ngel eres/ v&iacute;ctima de tu propio terciopelo,/ que sin temor a la impiedad del hielo/ de blanco naces y de verde mueres&rdquo;, nos recordaba Miguel Hern&aacute;ndez en un poema.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En las ruinas que era el Coliseo de Roma en 1855, Ricardo Deakin registr&oacute; 420 variedades de plantas que all&iacute; crec&iacute;an: hab&iacute;a romero, tomillo, salvia, ciclamen, margaritas, jacintos, violetas, fresas, cal&eacute;ndulas y espuelas de caballero. En majestuosas cornisas, donde antes los romanos -para lavarse la conciencia ante los dioses-, cubr&iacute;an el rostro de las estatuas con mantos si iba a correr la sangre en la arena, ahora, tras la decadencia, florec&iacute;an &aacute;rboles como higueras, cerezos, perales y olmos. Yo quiero pensar, que en una lenta eleg&iacute;a, tambi&eacute;n florec&iacute;an almendros.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>&nbsp;&Oacute;SCAR LORENZO</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>San Andr&eacute;s y Sauces Isla de La Palma 22-02-2023&nbsp;</strong>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Óscar Lorenzo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/lapalmaahora/lapalmaopina/lenta-elegia-almendros_129_9976488.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 22 Feb 2023 20:36:03 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La lenta elegía de los almendros]]></media:title>
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      <title><![CDATA[¿Cómo en tan pocos años hicieron tanto?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/lapalmaahora/lapalmaopina/anos-hicieron_129_9951829.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/864f829b-81cc-49a3-bc61-f4321749166d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¿Cómo en tan pocos años hicieron tanto?"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">PUNTO Y COMA - Me sorprende el hecho de que teniendo en cuenta la prisa con que se fueron, sin embargo, hayan tenido tiempo de dejar un legado tan importante, y, pasado el tiempo, tan perenne, tan eterno</p></div><p class="article-text">
        Siempre me ha sorprendido que muchos escritores, pintores y m&uacute;sicos que han llegado a ser importantes por sus creaciones, hayan tenido una vida muy corta. Por cuestiones diversas, desde duelos a suicidios, de accidentes a enfermedades, lo cierto es que un n&uacute;mero sorprendente no pudo llegar a los cincuenta a&ntilde;os; muchos de ellos, ni siquiera a los cuarenta. Me sorprende el hecho de que teniendo en cuenta la prisa con que se fueron, sin embargo, hayan tenido tiempo de dejar un legado tan importante, y, pasado el tiempo, tan perenne, tan eterno. Ante estos hombres y mujeres, siempre he sentido admiraci&oacute;n y respeto por su gran capacidad para aprovechar el tiempo, lo poco que les fue otorgado. Hab&iacute;a que tener, adem&aacute;s, mucha suerte, en una &eacute;poca en que la ausencia de penicilina, convert&iacute;a una infecci&oacute;n seria o una tuberculosis en algo que pod&iacute;a ser mortal. Puede ser, que ellos y ellas fueran conscientes de que la noci&oacute;n del tiempo, y por ello, el c&aacute;lculo de la existencia de su mundo, era la &uacute;nica que pod&iacute;a ser; y como lo m&aacute;s normal, es que no fuera muy larga debido a la corta esperanza de vida, se vieron obligados a emplear, de la mejor manera posible, el tiempo que ten&iacute;an al alcance de la mano.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Nuestra noci&oacute;n del tiempo es distinta, porque nuestra esperanza de vida se ha dilatado. Pero no hay que fiarse; porque las memorias imaginadas se pueden transformar en una biograf&iacute;a escrita por otro. Quiz&aacute; nunca podamos apreciar el tiempo como estos creadores hicieron, no podemos condensarlo como ellos; tal vez, ni siquiera, podemos ponernos en su lugar; mucho menos resistiremos una improbable comparaci&oacute;n, porque sencillamente no les llegamos ni a los talones. Eran y siguen siendo mejores que nosotros. &iquest;Qu&eacute; periodista y escritor de hoy en d&iacute;a, es mejor pluma que Manuel Ch&aacute;vez Nogales? &iquest;Qui&eacute;n ha escrito un libro sobre Nueva York m&aacute;s profundo que el de Lorca? Todo ha cambiado, todo es muy complejo. Pero lo que es verdad, es que la expresi&oacute;n creativa del ser humano a lo largo de la historia, sorteando multitud de dificultades, se ha ido asentando en nosotros de una forma persistente. Ese manantial nos calma la sed. Gracias a que esos hombre y mujeres no perdieron el tiempo, aun teniendo tan poco, hoy en d&iacute;a seguimos admirando la profundidad del legado humano que dejaron, la rotunda belleza de sus creaciones. Su vida fue corta, pero tremendamente fruct&iacute;fera.&nbsp;
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                Portada de &#039;Cantos&#039; de Leopardi.                            </span>
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        El poeta palmero F&eacute;lix Francisco Casanova no pas&oacute; de 19 a&ntilde;os. El pintor canario Jorge Oramas no lleg&oacute; a los 25 a&ntilde;os y con esa edad tan joven, se fue el pintor e ilustrador brit&aacute;nico Aubrey Beardsley; el poeta ingl&eacute;s John Keats y el compositor italiano Pergolesi fallecieron a los 26 a&ntilde;os, de tuberculosis; Larra se suicid&oacute; a los 27 a&ntilde;os; con esa edad, nos dej&oacute; el pintor Masaccio y s&oacute;lo un a&ntilde;o m&aacute;s, vivi&oacute; el tambi&eacute;n pintor, Egon Schiele; con 29 a&ntilde;os se fueron Stephen Crane y Raymond Radiguet; con 30 a&ntilde;os partieron P. B. Shelley, Emily Bronte y Silvia Plath; a los 31 a&ntilde;os de edad, nos abandon&oacute; Schubert, adem&aacute;s, sin que nadie se diera cuenta; lo mismo ocurri&oacute; con J. Kennedy Toole; Miguel Hern&aacute;ndez muri&oacute; a los 32 en una c&aacute;rcel franquista; L&eacute;rmontov y Garcilaso de la Vega no pasaron de 33. Heinrich Von Kleist se suicida junto a su novia, gravemente enferma de c&aacute;ncer, a la edad de 34 a&ntilde;os; Mozart parti&oacute; con s&oacute;lo 35, s&oacute;lo tres personas acudieron al sepelio; Simone Weil, Alejandra Pizarnik, B&eacute;cquer y Pushkin, al igual que los pintores Modigliani y Parmigianino, llegaron, solamente, a los 36; Lord Byron, no pudo con unas fiebres tifoideas en Mesolongui, a la misma edad que Rimbaud no pudo con una gangrena en Marsella, ni Van Gogh con la herida de un arma de fuego, a los 37 a&ntilde;os; Garc&iacute;a Lorca fue fusilado, sin piedad, teniendo 38; preguntad a la luna que ya nunca fue la misma: &iquest;d&oacute;nde est&aacute; el amado cuerpo?; a esa misma edad nos dej&oacute; Mendelssohn, Marcel Schwob y el poeta venezolano Jorge Gustavo Portella; s&oacute;lo 39 a&ntilde;os ten&iacute;an, el poeta y soldado Jorge Manrique y Boris Vian, al igual que Kafka y Chopin; ni Allan Poe ni Jack London superaron los 40, ni Leopardi ni Dylan Thomas los 41; Maupassant, Jean Austen y Roberto Arlt, se quedaron en 42; Vermeer no pint&oacute; m&aacute;s despu&eacute;s de los 43 a&ntilde;os, ni Nikol&aacute;i G&oacute;gol pudo volver a coger su pluma; Stevenson, Ch&eacute;jov y Antoine Saint-Exup&eacute;ry fallecieron a los 44; David Thoreau a los 45 e Isaak B&aacute;bel y Sor Juana In&eacute;s de la Cruz a los 46; G&oacute;gol, Osip Mandelshtam, G&eacute;rard de Nerval y Manuel Ch&aacute;vez Nogales, a los 47; Rosal&iacute;a de Castro nos dej&oacute; con 48 y la poeta rusa, Marina Tsviet&aacute;ieva, abandon&oacute; este mundo con s&oacute;lo un a&ntilde;o m&aacute;s, con 49. Ninguno de estos grandes creadores pudo cumplir la cincuentena. Roberto Bola&ntilde;o s&iacute;, al igual que Jeanne de Vietinghoff, pero no pudieron cumplir ni un a&ntilde;o m&aacute;s. Al muy querido escritor canario, Alexis Ravelo, hace pocos d&iacute;as se le par&oacute; el coraz&oacute;n con 51 y con esa misma edad, el cuerpo del poeta palmero y amigo, Leocadio Ortega, apareci&oacute; flotando en las aguas del muelle de Santa Cruz de La Palma.&nbsp;
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                Portada de &#039;Romancero gitano&#039; de García Lorca.                            </span>
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        Son muchos m&aacute;s, quiz&aacute; menos conocidos u olvidados por el paso de los siglos. Si a&ntilde;adiera cient&iacute;ficos, matem&aacute;ticos, actores y actrices, estrellas del jazz, de la salsa o de la m&uacute;sica rock, tan inclinada al exceso, y por supuesto, tambi&eacute;n deportistas, el listado ser&iacute;a mucho mayor. Por otro lado, el p&aacute;rrafo de las p&eacute;rdidas tempranas donde he puesto un punto y aparte, el listado de los que se fueron demasiado pronto, nunca es definitivo. La muerte y su voracidad contin&uacute;an al acecho y el d&iacute;a menos pensado habr&aacute; que a&ntilde;adir a esa relaci&oacute;n otro nombre. Como pueden observar, no es necesario ir muy lejos para comprobar que la muerte acude presurosa y sin falta, a reclamar para s&iacute; lo mejor que tenemos. Aqu&iacute; mismo, en una isla de ochenta mil habitantes, hay m&aacute;s de un ejemplo del halo tr&aacute;gico que parece perseguir a los creadores. En mi pueblo, un prometedor pintor de mi &eacute;poca, que hab&iacute;a llamado la atenci&oacute;n en la facultad de Bellas Artes en Tenerife, To&ntilde;o Toledo, decidi&oacute; poner fin a su vida con 25 a&ntilde;os. Los que han gobernado desde los ochenta en Los Sauces, no han cre&iacute;do necesario llamar a un comisario, reunir su obra, confeccionar un cat&aacute;logo y hacer una merecida exposici&oacute;n. Hay muertos cuyo legado est&aacute; sellado por el abandono de los que administran lo p&uacute;blico. La no defensa de la cultura por parte los responsables pol&iacute;ticos, nos lleva siempre a alg&uacute;n tipo de ignominia o directamente a una injusticia social. Si la muerte es siempre un olvido, los vivos, a veces, lo incrementan. Barro al barro. El &uacute;ltimo gesto de una obra, el que cierra la tapa del libro donde la creaci&oacute;n queda guardada, nos deja ante la desolaci&oacute;n de la p&eacute;rdida de una voz, de una mirada, de una melod&iacute;a que ahora se ha callado para siempre. Si conoces a la persona, si sabes el cuerpo y el aire que la distingue, el dolor es tremendo; y si admiras y aprecias su obra creativa, el dolor es profundo. Y la pena, la pena siempre es grande. Tras su partida definitiva, esto he sentido con John Berger, con Rafael S&aacute;nchez Ferlosio, con George Steiner, con Juan Eduardo Z&uacute;&ntilde;iga y muchos m&aacute;s.&nbsp;
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                Portada de &#039;Mi madre y la música&#039; de Tsvietáieva.                            </span>
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        Los que tenemos la suerte de estar vivos, los que podemos formular preguntas para las que no hay respuesta, asumimos esa parte que ha quedado hu&eacute;rfana para siempre y realzamos y ponemos en valor, las virtudes del ser que ha fallecido cuando a&uacute;n le quedaba mucho por delante. Toda persona que fallece, deja tras de s&iacute; un mundo que esa persona representaba; palabras, gestos y hechos que no olvidamos porque dieron sentido a nuestra relaci&oacute;n, mientras nosotros &iacute;bamos desvelando los enigmas de la vida. Un anciano sentado en un banco, encierra m&aacute;s complejidad que el &lsquo;Ulises&rsquo; de James Joyce o que &lsquo;El jard&iacute;n de las delicias&rsquo; de El Bosco. Creo que, en realidad, no sabemos lo que perdemos cuando fallece alguien. Puede que cuando es alguien querido o amado, creemos saber algo m&aacute;s de ese ser tan cercano, pero yo no estoy tan seguro de que sea siempre as&iacute;. En ciertas ocasiones lo cercano entra en modo alejamiento. Si la parte que aflora es mayor por la cercan&iacute;a y la costumbre, sin descontar la curiosidad amorosa en s&iacute;, lo que permanece oculto es siempre m&aacute;s o menos lo mismo: de diez posibles, nueve partes bajo el oc&eacute;ano del subconsciente. Lo que conocemos del anciano sentado en la plaza bajo las jacarandas, es muy poco en relaci&oacute;n a lo que &eacute;l puede mostrar del mundo. Y sin embargo, ahora no hay quien le escuche y adem&aacute;s sus sentidos se apagan. Se queda aislado. Quiz&aacute; tienen m&aacute;s historias que contar los que se aproximan al final del trayecto, incluso, los que est&aacute;n en el cementerio, que los que se afanan en la lucha cotidiana de la existencia. El haber vivido mucho tiempo produce un filtrado que limpia de las historias o de la narraci&oacute;n, lo que no sirve, lo superfluo. Y es de agradecer en un mundo tan barroco y obsceno. El relato de un anciano es esencial; ense&ntilde;an las cicatrices; pero cuando lo hace alguien joven y bordea la esencia, es merecedor del elogio. As&iacute; es la condici&oacute;n humana. Mientras tanto, los poetas, escritores, m&uacute;sicos y pintores, que adem&aacute;s de vivir como un ciudadano entre otros ciudadanos, dejan un legado imperecedero que seguir&aacute; haciendo mella en los que a&uacute;n no han nacido, intentan seguir vivos. Es una l&aacute;stima que se pierda lo que el anciano podr&iacute;a contarnos y es una alegr&iacute;a que otros, con muy poco tiempo, hayan acertado a dejarnos la herencia de una voz o de una mirada. Ese legado es una lucha contra la muerte y el olvido. Lo que mujeres y hombres han donado al mundo como hecho creativo, es un misterio, tiene un car&aacute;cter insondable; pero es nuestro misterio. Cuesta la vida comprender los secretos de la existencia y es dif&iacute;cil penetrar en la niebla de los siglos. Lo que ha logrado desvelar el ser humano en las circunstancias m&aacute;s adversas, el sufrimiento y la dicha, el miedo y la valent&iacute;a, la experiencia y los sue&ntilde;os, es parte de nuestra manera de interpretar el mundo y as&iacute; lograr que la vida pueda contener algo que la hace indispensable. Y que no es otra cosa que la necesidad de la justicia y la b&uacute;squeda de la belleza en cualquiera de sus m&uacute;ltiples formas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;En &lsquo;Relato de los &uacute;ltimos d&iacute;as&rsquo; (Letra capital, 2020), Francisco Javier P&eacute;rez, nos ofrece estas palabras: &ldquo;En los meses de enero y febrero del terrible a&ntilde;o 1939, mor&iacute;a el escritor W. B. Yeats y W. H. Auden escrib&iacute;a la entra&ntilde;able eleg&iacute;a en su memoria, cuyos primeros versos aprestan el tono para el tr&aacute;nsito funerario&rdquo;:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Desapareci&oacute; en lo m&aacute;s crudo del invierno:/ los arroyos estaban helados, los aeropuertos casi desiertos,/ y la nieve desfiguraba las estatuas p&uacute;blicas; el mercurio se hundi&oacute; en la boca del d&iacute;a agonizante./ Los instrumentos de que disponemos coinciden:/ el d&iacute;a de su muerte fue un oscuro y fr&iacute;o d&iacute;a&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Contin&uacute;a diciendo el escritor venezolano: &ldquo;ocho meses antes (Auden) est&aacute; convencido de que las entra&ntilde;as de los hombres vivos son palabras transformadas de un hombre muerto, como inscribe en su poema sobre Yeats, record&aacute;ndole a la tierra que est&aacute; recibiendo al m&aacute;s honorable de los invitados: &rdquo;aqu&iacute; descansa William Yeats./ Deja que la vasija yazca/ de su poes&iacute;a exhausta&ldquo;.&nbsp;
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                Portada de &#039;Modigliani&#039; de Doris Crystof.                            </span>
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        A nosotros, los vivos, nos queda la tarea de escribir necrol&oacute;gicas como le suced&iacute;a al viejo periodista, el entra&ntilde;able personaje de la novela &lsquo;Sostiene Pereira&rsquo;, de Antonio Tabucchi, que de modo tan convincente interpret&oacute; Marcelo Mastroianni en la pel&iacute;cula hom&oacute;nima. Y no se nos ocurra quejarnos, pues sentir dolor, no es otra cosa que estar vivo. De todos modos, siempre es mejor escribir de los creadores cuando ellas o ellos est&aacute;n presentes. Nuestra cultura judeocristiana donde hay que ir al cielo para conseguir lo prometido o m&aacute;s bien, la influencia latente que ejerce esa tradici&oacute;n en nosotros, hace que mientras por un lado, la muerte es un tab&uacute; del que no se habla delante de los ni&ntilde;os, por otro, es a partir de la muerte cuando alguien empieza a ser realmente valorado en su justa medida. Rendimos culto a los muertos. Ahora que ha fallecido el poeta, editamos sus obras completas en tapa dura; ahora que venimos del sepelio de la pintora, vamos a organizar una gran exposici&oacute;n; ahora que ha muerto el compositor, el pr&oacute;ximo festival de m&uacute;sica estrenar&aacute; una de sus sinfon&iacute;as. La muerte nos mete prisa y queremos arreglar tanto olvido reiterado. En China se rinde culto a los antepasados; all&iacute; es algo sagrado, pues no tienen otros dioses. Aqu&iacute;, en Occidente, los vivos permanecen en un cierto letargo como si estuvieran dejados de la mano de Dios, pero eso s&iacute;, una vez que mueren, se rinden homenajes y se levantan altares. Un reconocimiento que ya no pueden disfrutar. Con nuestra conciencia tranquila, regresamos a casa con el tomo de las poes&iacute;as completas del poeta fallecido y del que s&oacute;lo conoc&iacute;amos el nombre. Hay excepciones, como el escritor Alexis Ravelo, que con cincuenta a&ntilde;os ya hab&iacute;a sido nombrado hijo predilecto de la ciudad de las Palmas de Gran Canaria y era alguien muy apreciado. Tambi&eacute;n es una excepci&oacute;n, el hecho de que el pintor Cristino De Vera, estando vivo, disponga de una fundaci&oacute;n con su nombre en la ciudad de La Laguna, donde se realizan exposiciones y otras actividades culturales.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El valor de los que se fueron j&oacute;venes dejando una obra que ha perdurado, es que habiendo vivido pocos a&ntilde;os en un tiempo cargado de dificultades y sin muchas defensas ante la adversidad, lograron por encima del olvido habitual, hacernos llegar un legado que forma parte de nuestra esencia, que llevamos dentro sin saber muy bien por qu&eacute;, pero sin el cual nos sentir&iacute;amos perdidos. Ante estos hombres y mujeres tan admirables, estaremos siempre en deuda. Destacar su val&iacute;a es defender la Cultura. Con respecto a su corta vida, sentimos &ldquo;el desamparo de los veladores en los cuartos fr&iacute;os&rdquo;, sentimos ausencia y orfandad y no podemos dejar de preguntarnos qu&eacute; habr&iacute;an creado si hubieran dispuesto de una vida m&aacute;s longeva. &iquest;Qu&eacute; frescos Masaccio? &iquest; Qu&eacute; pinturas Vermeer? &iquest;Qu&eacute; lied hubiera compuesto Schubert? &iquest;Qu&eacute; sonata para piano Chopin? &iquest;Qu&eacute; concierto para viol&iacute;n Mozart? &iquest;A d&oacute;nde hubiera llegado la poes&iacute;a de Lorca, de Byron o de Pushkin, si el pelo se les hubiera encanecido? &iquest;Qu&eacute; drama de Von Kleist? &iquest;Qu&eacute; relato de Ch&eacute;jov? &iquest;Qu&eacute; novelas de un Stevenson en puerto, de un Kafka con setenta a&ntilde;os? &iquest;Qu&eacute; poemas de Rosal&iacute;a de Castro con nietos, de Marina Tsviet&aacute;ieva una vez ca&iacute;do el tel&oacute;n de acero? &iquest;Qu&eacute; ciudad de Las Palmas hubiera descrito Alexis Ravelo en 2040? In&uacute;til preguntarse; los dioses ya han hablado. Y han dicho que es suficiente.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>&Oacute;SCAR LORENZO</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>San Andr&eacute;s y Sauces</strong>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Óscar Lorenzo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/lapalmaahora/lapalmaopina/anos-hicieron_129_9951829.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 14 Feb 2023 16:01:53 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[¿Cómo en tan pocos años hicieron tanto?]]></media:title>
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    </item>
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      <title><![CDATA[Libros, siempre libros]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/lapalmaahora/lapalmaopina/libros-libros_129_9906268.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1b8039ab-9a8d-4c2c-a809-9fe5547124e2_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Libros, siempre libros"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">PUNTO Y COMA - Los libros nos acercan a esa posibilidad que parece vetada a los humanos que no ven la luz al final del túnel. Sólo desde el nido que permite crear los libros, es posible alcanzar el cielo</p></div><p class="article-text">
        Los libros no son como los amores, no se dejan unos por otros. No son celosos. Comparten la misma mesa y se acuestan en la misma cama. A un lado, el inicio de una p&aacute;gina que se desnuda; al otro, la espalda de una p&aacute;gina que se ha dormido. Sin embargo, podr&iacute;amos decir que el lector o la lectora, los que reciben las atenciones, son siempre amantes colmados. Si abrimos el espacio &iacute;ntimo a su presencia, si nos acostumbramos al sonido de las hojas al pasar, nos adentramos en la posibilidad de construir un nido, un espacio receptivo a salvo de la intemperie, un refugio donde el cuerpo de los libros bajo la luz de la l&aacute;mpara, nos hace part&iacute;cipes de algo lejano en el tiempo o en la distancia que, en definitiva, son lo mismo. Acercarnos a esa lejan&iacute;a, incluso a esa inmensidad, al decir de Gaston Bachelard en&nbsp;<em>&ldquo;La po&eacute;tica del espacio&rdquo;</em>&nbsp;(FCE, 1965), hace que el&nbsp;<em>&ldquo;so&ntilde;ador&rdquo;</em>&nbsp;(en este caso, el &ldquo;lector&rdquo;), salga del contexto en que vive y acceda a&nbsp;<em>&ldquo;un mundo que lleva el sello de un infinito&rdquo;</em>. Sin tener que alcanzar el delirio l&uacute;cido de<em>&nbsp;Don Quijote</em>&nbsp;con los libros de caballer&iacute;as o la fatalidad de&nbsp;<em>Emma Bovary</em>&nbsp;cuando le&iacute;a, desconsolada, las revistas de Par&iacute;s, los libros son necesarios para que nuestra imaginaci&oacute;n adquiera sustancia y, sobre todo, que ese cuerpo imaginado no sea endeble e inocente. Apunta el fil&oacute;sofo franc&eacute;s que en su pa&iacute;s tienen un proverbio:&nbsp;<em>&ldquo;los hombres saben hacerlo todo, excepto los nidos de los p&aacute;jaros&rdquo;.</em>&nbsp;Si parece que el mundo se deshace bajo nuestros pies, si la actualidad es la historia de por d&oacute;nde va el lodo, es muy recomendable aprender a construir un nido. Los libros nos acercan a esa posibilidad que parece vetada a los humanos que no ven la luz al final del t&uacute;nel. S&oacute;lo desde el nido que permite crear los libros, es posible alcanzar el cielo. &iquest;O es el cielo patrimonio de los p&aacute;jaros?
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                Libros de María Zambrano.                            </span>
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        Entre los libros que traje del&nbsp;<em>IV&nbsp;Festival Hispanoamericano de Escritores</em>&nbsp;a principios de octubre, los que adquir&iacute; en mi &uacute;ltima estancia en Tenerife a principios de diciembre, se han colado los que tom&eacute; prestados de la biblioteca p&uacute;blica de Los Sauces y los de mi biblioteca particular que me sal&iacute;an al paso cuando menos lo esperaba. Habr&iacute;a que a&ntilde;adir los que me han regalado amablemente algunas amigas. Ha sido un oto&ntilde;o de intensa lectura que se ha acrecentado en el invierno, en estos d&iacute;as de lluvia y de fr&iacute;o. Si tuviera que escribir de cualquier asunto, siempre acabar&iacute;a citando esos libros que he estado leyendo. El discurso de los libros tiene la rara facultad de acomodarse al presente. Somos lo que leemos. No es la lectura solamente una forma de salir del mundo que nos rodea, como dec&iacute;a en el p&aacute;rrafo anterior, sino tambi&eacute;n es una manera de estar en &eacute;l; la lectura es una posibilidad de poder habitar ese contexto sin que nos lastime tanto. Puede que duela descubrir ciertas verdades que los libros nos revelan, pero esa afecci&oacute;n siempre es mejor que la dolencia que provoca la amnesia de no leer o la de mirar para otro lado. El recogimiento calmado que permiten los libros y la capacidad de reflexi&oacute;n que despiertan en nosotros, hace que nos sintamos algo prevenidos y por ello, menos vulnerables ante la desolaci&oacute;n de la realidad o ante la soledad interior que, m&aacute;s tarde m&aacute;s temprano, tenemos que afrontar. En estos meses he pensado que vivo para leer, aunque en realidad, creo que leemos para poder vivir. La felicidad consistir&iacute;a, entonces, en tener tiempo para la lectura.
    </p><p class="article-text">
        En el &uacute;ltimo viaje que hice a Tenerife, a principios de diciembre pasado, llev&eacute; una lista de los libros que pretend&iacute;a adquirir:&nbsp;<em>&ldquo;Claros del bosque&rdquo;</em>&nbsp;de Mar&iacute;a Zambrano,<em>&nbsp;&ldquo;Marca de agua&rdquo;</em>&nbsp;de Joseph Brodsky,&nbsp;<em>&ldquo;Laocoonte&rdquo;</em>&nbsp;de G. E. Lessing,&nbsp;<em>&ldquo;El amanecer de todo&rdquo;</em>&nbsp;de David Graeber y David Wengrow,&nbsp;<em>&ldquo;Horizonte&rdquo;</em>&nbsp;de Barry L&oacute;pez,&nbsp;<em>&ldquo;Mediod&iacute;a eterno&rdquo;</em>&nbsp;de Santiago Gil,&nbsp;<em>&ldquo;Las palabras importantes&rdquo;</em>&nbsp;de Alicia Llarena y unos cuantos m&aacute;s. En el Camino del millo, debajo de El Ortigal, no hizo el fr&iacute;o que esperaba. La llanura hasta el aeropuerto de Los Rodeos, tras una noche sin nubes, amanec&iacute;a ba&ntilde;ada de roc&iacute;o. Entre los &aacute;rboles desnudos, los gatos caminaban por el borde superior de las tapias buscando los primeros rayos del sol de la ma&ntilde;ana. Sobre la mesa de la cocina de la casa que alquilamos mi amiga y yo, hab&iacute;a naranjas y limones, una botella de vino tinto y tambi&eacute;n un plato con huevos. Era un segundo piso con balc&oacute;n corrido alrededor; en el jard&iacute;n de la primera planta se ve&iacute;an naranjeras y gallinas; una jaula grande con p&aacute;jaros tropicales al lado de una parchita trepadora y numerosas macetas, completaban el espacio pr&oacute;ximo a la casa. Al fondo, si miras hacia La Laguna, despegan o aterrizan los aviones en la llanura iluminada.&nbsp;<em>&ldquo;Cuando&nbsp;comenc&eacute; a fabricar esta casa, no hab&iacute;a&nbsp;ni luz&nbsp;ni carretera&rdquo;,&nbsp;</em>nos coment&oacute; la due&ntilde;a al hacer los tr&aacute;mites del contrato. Sobre el velador de mi amiga, qued&oacute;&nbsp;<em>&ldquo;El infinito en un junco&rdquo;</em>&nbsp;de Irene Vallejo y sobre el m&iacute;o,&nbsp;<em>&ldquo;Literatura fantasma&rdquo;</em>&nbsp;de Bruno Mesa; por delante, cinco d&iacute;as de sol en pleno invierno lagunero. Desayunar e ir a&nbsp;<em>Lemus</em>&nbsp;a por m&aacute;s libros, era el plan del segundo d&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Aparcamos el coche detr&aacute;s del&nbsp;<em>Hotel Nivaria</em>&nbsp;y paseando cruzamos la Plaza del Adelantado:&nbsp;<em>&ldquo;all&iacute; estaba el bar de la Petuda y a la derecha el bar donde &iacute;bamos a desayunar cuando&nbsp;hab&iacute;a&nbsp;ex&aacute;menes.&nbsp;Busc&aacute;bamos aguacate maduro en el mercado reci&eacute;n abierto y&nbsp;en el bar,&nbsp;lo extend&iacute;amos en el pan caliente con unas piedras de sal; vaso de clipper y barraquito, mientras los trabajadores que suministraban el mercado, charlaban animados&rdquo;.</em>&nbsp;Entramos por la calle Heraclio S&aacute;nchez comentando los cambios en el decorado urbano. El&nbsp;<em>Bar Benjam&iacute;n</em>&nbsp;cerrado, la&nbsp;<em>Librer&iacute;a</em>&nbsp;<em>Universidad</em>&nbsp;ya no existe. &ldquo;<em>&iquest;Y el Lucerna?</em>&nbsp;<em>&iquest;Te acuerdas de los bocadillos de pollo?</em>&nbsp;<em>Ni el Guacatiboa ni el Chola, ni la fotocopiadora de Domingo&rdquo;.</em>&nbsp;En&nbsp;<em>Lemus</em>, mi amiga y yo nos fuimos desplegando por las mesas de la parte baja, filosof&iacute;a y ensayo, buscando con calma alguna sorpresa. Despu&eacute;s nos separamos, me acerqu&eacute; a la parte alta, literatura por nacionalidades y poes&iacute;a. Con uno de los dependientes fui comprobando el listado de libros deseados. Al no a&ntilde;adir la doble &ldquo;o&rdquo; intermedia de&nbsp;<em>&ldquo;Laocoonte&rdquo;</em>&nbsp;cuando escribimos el&nbsp;<em>t&iacute;tulo, el ordenador dec&iacute;a que no hab&iacute;a existencias; tampoco ten&iacute;an &ldquo;Marca de agua&rdquo;, pero s&iacute; &ldquo;Claros del bosque&rdquo;</em>&nbsp;en&nbsp;<em>C&aacute;tedra</em>. En ese momento, como si fuera un tesoro encontrado, apareci&oacute; mi amiga con el&nbsp;<em>&ldquo;Laocoonte&rdquo;</em>, de la editorial&nbsp;<em>Tecnos</em>&nbsp;y con un ensayo reciente y muy interesante de Josefa Ros Velasco: &ldquo;<em>La enfermedad del aburrimiento&rdquo;</em>, en&nbsp;<em>Alianza Editorial</em>. Para compensar los libros que no hall&eacute;, sum&eacute; a los que ya dispon&iacute;a, el bell&iacute;simo&nbsp;<em>&ldquo;De&nbsp;la aurora&rdquo;</em>, de Mar&iacute;a Zambrano, que es el libro que sigue a&nbsp;<em>&ldquo;Claros del bosque&rdquo;</em>. Hablando a trav&eacute;s del m&oacute;vil con un amigo de Barcelona, poeta y gran lector, al comentarle los libros que hab&iacute;a adquirido de la escritora malague&ntilde;a, me dijo:&nbsp;<em>&ldquo;Ten cuidado, que es filosof&iacute;a&rdquo;</em>. Si, si,<em>&nbsp;canela en rama</em>&nbsp;es Mar&iacute;a Zambrano; y hay que dosificarla y leerla despacio. Tras alguna otra adquisici&oacute;n m&aacute;s, cuando salimos de la librer&iacute;a era ya la hora del&nbsp;<em>&aacute;ngelus</em>. Al otro lado de la calle, un amigo italiano que nos acompa&ntilde;&oacute; en Tenerife, esperaba sentado y leyendo en las escaleras de la parte trasera de la Universidad. Por esas escaleras entramos en el recinto y recorrimos las galer&iacute;as de la memoria donde ya no hay clases; ahora son oficinas de los diferentes departamentos. Pasillos vac&iacute;os ocupados por los recuerdos:<em>&nbsp;&ldquo;Aqu&iacute; ven&iacute;amos a los ciclos de cine, por aqu&iacute; sub&iacute;an los que iban a&nbsp;Pedagog&iacute;a, en estas escaleras un disparo de la&nbsp;Guardia Civil&nbsp;franquista&nbsp;mat&oacute;&nbsp;a Javier&nbsp;Fern&aacute;ndez Quesada en 1977&rdquo;.&nbsp;</em>Los tablones de anuncios, antes rebosantes de notas y carteles de colores, ahora se hallaban vac&iacute;os. Iluminados por el gran ventanal de la cafeter&iacute;a de la vieja Universidad, tomamos la primera cerveza del d&iacute;a y hojeamos los libros que hab&iacute;amos adquirido. Mi amiga se fue a hacer un recorrido solitario hasta el aula donde comenz&oacute; a estudiar filosof&iacute;a. Sensaciones eternas. El amigo italiano y yo esperamos en la mesa. Da gusto verlo, 72 a&ntilde;os que nadie dir&iacute;a, sabe cuidarse; escribe poemas aunque a&uacute;n no ha querido publicar; lee y toma notas en cualquier sitio, en estos momentos, estaba leyendo el &uacute;ltimo ensayo, a&uacute;n no traducido al espa&ntilde;ol, del fil&oacute;sofo italiano Umberto Galimberti. En Las Palmas, mi amiga le hab&iacute;a dejado<em>&nbsp;&ldquo;El Libro de Sara&rdquo;</em>&nbsp;y &eacute;l, despu&eacute;s de leerlo, hab&iacute;a dicho:&nbsp;<em>&ldquo;Yo quiero conocer al autor&rdquo;.&nbsp;</em>Y all&iacute;, sin ser estudiantes, en la cafeter&iacute;a de la vieja universidad, est&aacute;bamos los dos. Y con libros y m&aacute;s libros ocupando el espacio que dejan las cervezas en la mesa. Libros, siempre libros de por medio. La grasa que nos une.
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                &#039;Laocoonte&#039; y &#039;La enfermedad del aburrimiento&#039;.                            </span>
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        Si los libros que le&iacute;mos cuando nos iniciamos en el mundo eran buenos (<em>&ldquo;Hiperi&oacute;n&rdquo;, &ldquo;Memorias de Adriano&rdquo;, &ldquo;Las personas del verbo&rdquo;</em>&hellip;), se puede volver siempre a ellos; se puede volver a los mismos libros que le&iacute;amos a los veinte a&ntilde;os, pero no se puede regresar a una ciudad de principios de los ochenta, una ciudad que despertaba de la pesadilla de una dictadura. Un tiempo expansivo de pasi&oacute;n por las ideas pol&iacute;ticas, un tiempo de cambios, de guitarras y vino con vino. Cuando el futuro era posible y las calles y las numerosas tabernas eran una algarab&iacute;a. La Laguna ha cambiado y la nueva ciudad, resplandeciente, peatonal y adoquinada, se asienta sobre las ruinas de la antigua. Es inevitable que muchas cosas se pierdan en el tr&aacute;nsito de un tiempo a otro. De un lugar a otro, de una calle a otra. Tras cuarenta a&ntilde;os, apenas queda rastro de todo aquello cuando nos conocimos. S&oacute;lo permanecen los libros. Los libros sobreviven al v&eacute;rtigo y al tedio, a la fugacidad de un mundo que devora todo a su paso. No s&oacute;lo no se puede regresar al hogar, como escrib&iacute;a en el anterior art&iacute;culo, sino que no se puede regresar a ning&uacute;n sitio. Ya todo es otra cosa.<em>&nbsp;&ldquo;Tremenda nostalgia&rdquo;</em>, dir&iacute;a el m&aacute;s pintado en la barra del bar. Un bar nuevo, inmaculado, s&iacute;, pero un bar sin sabor, sin posibilidades. Como si todos los bares estuvieran enfocados a lo mismo, es decir, al turismo. La Laguna era una ciudad de universitarios y ahora es una ciudad de turistas. Algo profundo, algo de nuestro subconsciente no nos deja aceptar el hecho de que todo cambie tanto, o m&aacute;s bien, a tanta velocidad. Imaginen una ciudad con sus habitantes naturales y con sus estudiantes, pues posee universidad; imaginen que es una ciudad hist&oacute;rica y por ello, la visitan muchos turistas; imaginen que, inevitablemente, y para su propio funcionamiento, es una ciudad que recibe inmigrantes. Si se juntan los cuatro grupos de ciudadanos, parece que alguno acaba desplazando al otro como si faltara espacio. Las calles ya no son absorbentes. As&iacute; son todas nuestras ciudades: una parte de ellas es exilio. Cuesti&oacute;n de urbanismo, crecimiento, especulaci&oacute;n. Cuesti&oacute;n de dinero. Como consecuencia, las masas chocan, los naturales pierden el sitio ante los turistas; los estudiantes por el crecimiento urbano del extrarradio o porque la Universidad se fue a Guajara. No se encuentra un equilibrio. La cuesti&oacute;n es que un tercio cambia de sitio. Y ese vac&iacute;o se nota, aunque ahora las calles sean peatonales y est&eacute;n bien adoquinadas. Aunque suban los de Santa Cruz en tranv&iacute;a a cenar, aunque las terrazas innumerables est&eacute;n ocupadas y las calles muy transitadas, hay una Laguna que ha emigrado. Suceder&aacute; siempre as&iacute;. Envejecemos, nos alejamos del centro, nos retiramos al huerto, buscamos el silencio y otros ocupan el ruido. Las piezas del tablero quedan trastocadas. No es nostalgia, no es querer robarle el fuego a los dioses, es luchar contra la impiedad del devenir y su injusta condena al olvido. Aquellos sitios a d&oacute;nde &iacute;bamos, se han convertido en templos de una nueva religi&oacute;n o son ruinas que aumentan el valor de los recuerdos de esos lugares que entre la espesura de entonces, brillaban de esplendor. En las calles por donde &iacute;bamos, s&oacute;lo queda el sentido de nuestros pasos que vuelven; otros transitan ahora sus aceras y sabemos que volver&aacute;n sobre sus huellas; volver&aacute;n sobre sus huellas cuando ya no quede ni el rastro. Lo dicen los libros porque lo dice nuestra experiencia.
    </p><p class="article-text">
        La agenda en Tenerife fue apretada; hab&iacute;a que quedar con mi hermano y con algunos amigos y quer&iacute;amos visitar varias exposiciones, por eso, dej&eacute; para el &uacute;ltimo d&iacute;a la visita a&nbsp;<em>Tenifer,</em>&nbsp;una estupenda librer&iacute;a de segunda mano que contra viento y marea, se mantiene en pie e incluso, ha mejorado. En este tipo de establecimientos se puede acceder a la posibilidad de alguna sorpresa. Donde hay libros, yo me detengo a mirar porque s&eacute; que siempre hay un libro que nos espera y como los caminos acostumbran a ser torcidos, puede que los libros que alguien abandona, acaben encontrando sitio en nuestra biblioteca. Despu&eacute;s de saludar y felicitar a uno de los socios de la librer&iacute;a, sal&iacute; content&iacute;simo:&nbsp;<em>&ldquo;El hilo del collar: Correspondencia&rdquo;</em>&nbsp;de Gustave Flaubert, en<em>&nbsp;Alianza Editorial</em>, que hac&iacute;a tiempo ten&iacute;a muchas ganas de conseguir, pues s&oacute;lo dispon&iacute;a de una selecci&oacute;n de sus cartas a Colette. La correspondencia de Flaubert, al igual que la de Voltaire, es altamente recomendable y hay quien dice que es la mejor obra de cada uno de ellos. Encontr&eacute;, adem&aacute;s, dos vol&uacute;menes de la colecci&oacute;n&nbsp;<em>&ldquo;La tragedia de la cultura&rdquo;</em>&nbsp;de&nbsp;<em>Galaxia Gutenberg</em>, sobre literatura rusa. Fant&aacute;sticas ediciones en tapa dura, con excelentes traducciones e interesante aporte documental, colecci&oacute;n de la que ya poseo varios ejemplares:&nbsp;<em>&ldquo;Coraz&oacute;n de perro. La isla p&uacute;rpura&rdquo;</em>&nbsp;de Mija&iacute;l Bulgakov y&nbsp;<em>&ldquo;Caballer&iacute;a roja. Diario de 1920&rdquo; de Isaak B&aacute;bel.</em>
    </p><p class="article-text">
        El d&iacute;a anterior hab&iacute;amos visitado a unos amigos en Igueste de Candelaria. Fernando Sabat&eacute; Bel es profesor de Geograf&iacute;a en la ULL, un gran lector y ha publicado, entre otras cosas,&nbsp;<em>&ldquo;El pa&iacute;s del pargo salado.&nbsp;Naturaleza, cultura y territorio en el sur de Tenerife (1875-1950)&rdquo; (Instituto de&nbsp;Estudios Canarios, 2011).</em>&nbsp;Dos vol&uacute;menes, 1200 p&aacute;ginas, un monumento y una herramienta para entender setenta y cinco a&ntilde;os de esfuerzo por parte de los habitantes de ese espacio del sur de la isla hermana, un paisaje con poca agua y con mucho ingenio. Despu&eacute;s de merendar con su familia, con calma nos ense&ntilde;&oacute; su agradable biblioteca y el despacho. En la pared de enfrente, un retrato de Humboldt iluminaba la estancia de madera de tea. Nos mostr&oacute; una edici&oacute;n especial, de gran tama&ntilde;o, del CSIC sobre el ge&oacute;grafo, humanista y explorador prusiano que es una verdadera obra de arte. Nos conocimos porque ley&oacute; lo que yo escrib&iacute;a y me invit&oacute; a dar una conferencia a sus alumnos, de cuarto grado, cuando vinieron de visita programada a ver la erupci&oacute;n del volc&aacute;n. Si todos los profesores de universidad tuvieran una biblioteca as&iacute; y la utilizaran, el mundo ir&iacute;a mucho mejor. A ra&iacute;z de la publicaci&oacute;n del&nbsp;<em>&ldquo;El Libro de Sara&rdquo;</em>&nbsp;y de los art&iacute;culos que escribo para este peri&oacute;dico, ha habido gente que se ha puesto en contacto conmigo. He hecho nuevos amigos y amigas por ello. Es decir, por los libros. Esto es lo mejor que han tra&iacute;do para m&iacute; los &uacute;ltimos tiempos. Y me viene bien. Vivo en el campo y ahora los libros son el v&iacute;nculo con el mundo. En realidad, siempre lo han sido.
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                &#039;El hilo del collar: Correspondencia&#039; de Flaubert.                            </span>
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        &ldquo;<em>El arte del espacio&rdquo;</em>, la propuesta de la artista rusa<em>&nbsp;Galina Salnikov</em>, uno de los relatos incluidos en&nbsp;<em>&ldquo;Literatura fantasma&rdquo; (Ediciones La Palma, 2022)</em>&nbsp;de Bruno Mesa, es extraordinario; merece figurar en las mejores antolog&iacute;as de cuentos a nivel mundial. El tinerfe&ntilde;o es un excelente escritor. Mi amiga me regal&oacute;&nbsp;<em>&ldquo;El infinito en un junto&rdquo;</em>; todo lo que escriba Irene Vallejo ser&aacute; bueno porque tiene una prosa sublime; lo he le&iacute;do en esta Navidad disfrutando y aprendiendo; que un ensayo sobre libros vaya por la edici&oacute;n n&uacute;mero 43 y traducido a todos los idiomas, es una haza&ntilde;a que demuestra la sabidur&iacute;a de la escritora y el poder de los libros. El ensayo de Josefa Ros Velasco sobre el aburrimiento, es un estudio serio sobre el hast&iacute;o como enfermedad. Con un pr&oacute;logo de altura del fil&oacute;sofo Carlos Javier Gonz&aacute;lez Serrano, bien escrito y con profusi&oacute;n de citas, con aportes desde la filosof&iacute;a, la literatura, la sociolog&iacute;a, la psicolog&iacute;a, la psiquiatr&iacute;a o la antropolog&iacute;a, la investigadora espa&ntilde;ola nos adentra en&nbsp;<em>&ldquo;ese fondo de la vida&rdquo;</em>&nbsp;(Unamuno) que, a unos m&aacute;s y a otros menos, nos afecta a todos. Mi amiga me lo cedi&oacute; amablemente para que lo leyera primero. Leo varios libros a la vez, porque los libros no son como los amores, donde uno solo colma el objeto de deseo. Dos d&iacute;as despu&eacute;s de regresar a La Palma, pas&eacute; por la biblioteca de Los Sauces para devolver un libro sobre Hemingway y otro sobre Julio C&eacute;sar. Regres&eacute; a casa con&nbsp;<em>&ldquo;Las Rosas de piedra&rdquo;</em>&nbsp;de Julio Llamazares; un recorrido por las catedrales desde Galicia hasta Catalu&ntilde;a. Arrullado por el rom&aacute;nico o el g&oacute;tico y mis propios recuerdos de visitar esos lugares, me he dejado llevar por la maestr&iacute;a del escritor leon&eacute;s, para m&iacute; un cl&aacute;sico contempor&aacute;neo. Cuando termine con &eacute;l, -quedan poco de sus casi 700 p&aacute;ginas-, s&eacute; que disfrutar&eacute; como un ni&ntilde;o, leyendo esa obra maestra que es&nbsp;<em>&ldquo;Del Orinoco al Amazonas&rdquo;</em>&nbsp;de Humboldt. Mientras afuera ca&iacute;a un tremendo aguacero, en la biblioteca hall&eacute; una buena edici&oacute;n&nbsp;del&nbsp;cl&aacute;sico&nbsp;(Labor, 1962), en tapa dura con grabados originales.&nbsp;La edici&oacute;n que pose&iacute;a en&nbsp;<em>Austral</em>&nbsp;no la encuentro. Lo que he le&iacute;do me transporta, el genio alem&aacute;n fue un pionero, ve&iacute;a lo que nadie observaba en un mundo virgen; fue tratado con mucha amabilidad por los espa&ntilde;oles de finales del siglo XVIII y es un gustazo leerlo hoy en d&iacute;a. A&uacute;n no he abordado el di&aacute;logo entre pintura y poes&iacute;a que es el&nbsp;<em>&ldquo;Laocoonte&rdquo;&nbsp;</em>de Lessing; lo que he tocado de los dos libros de Mar&iacute;a Zambrano, es de alto nivel reflexivo, una po&eacute;tica para tiempos de desamparo. Un lujo que leer&eacute; con calma, yendo hacia atr&aacute;s y tomando notas.&nbsp;<em>&ldquo;C&oacute;mo guardar cenizas en el pecho&rdquo;&nbsp;(Bartleby Editores, 2021),&nbsp;</em>el poemario de Miren Agur Meabe, que dej&oacute; una amiga de Los Llanos sobre la mesa del comedor, es tremendo; entiendo que le hayan dado en 2021,&nbsp;<em>el Premio Nacional de&nbsp;Poes&iacute;a.&nbsp;</em>Es de mi edad, nacida en 1962 en Lekeitio. El domingo por la ma&ntilde;ana, con guantes, metido entre las mantas y las gatas, me introduje en su poes&iacute;a diversa y contundente. Una forma de reconstruir la vida con la iron&iacute;a del canto y con la reflexi&oacute;n. Le le&iacute; a mi hermano, mientras tom&aacute;bamos caf&eacute;, algunos poemas.<em>&nbsp;&ldquo;El m&eacute;todo&rdquo;,</em>&nbsp;que abre el libro, &ldquo;<em>Mi phoenix canariensis&rdquo;,&nbsp;</em>que lo contin&uacute;a. Se qued&oacute; impresionado. S&oacute;lo por el primero, merece que le hayan dado el premio:&nbsp;<em>&ldquo;He recogido en mi delantal / los frutos de una higuera crecida en tierra pobre. / He comprendido que somos martillo y espejo; / y el tiempo, un t&uacute;nel repleto de coches averiados&rdquo;</em>. Ahora mismo, acaba de venir la cartera con un paquete devuelto: un libro de poemas que hab&iacute;a enviado a Colombia, a una amiga que vive en la selva;&nbsp;<em>direcci&oacute;n no encontrada,&nbsp;</em>marca el sobre&nbsp;en el remite. Libros, libros, siempre libros que van y que vienen.
    </p><p class="article-text">
        Los libros no tienen fin, pero para terminar y no extenderme mucho, les dejo como adelanto, un poema escrito despu&eacute;s de haber cerrado&nbsp;<em>&ldquo;El Libro de Sara&rdquo;&nbsp;</em>y que podr&iacute;a haber ido en &eacute;l, pues tiene las mismas ausencias. Se incluir&aacute; en el siguiente volumen que pretendo publicar:&nbsp;<em>&ldquo;La urdimbre de los d&iacute;as&rdquo;</em>. El poema tiene que ver con lo que dec&iacute;a en el cuarto y quinto p&aacute;rrafo de este texto. El hecho consumado de que nada es m&aacute;s po&eacute;tico que la p&eacute;rdida, ya sea por la fugacidad del tiempo o por otras causas propias o ajenas, hace que cuando queremos volver a los lugares donde fuimos felices, lo que ya no pueden ver los ojos, lo pueda alcanzar siempre el alma. Esto tambi&eacute;n es lo que hacen los libros: volver a descubrir el alma al mundo.
    </p><p class="article-text">
        <strong>'Amapolas'</strong>
    </p><p class="article-text">
        <em>Aquellos tiempos no volver&aacute;n.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>La prueba es el lugar donde nos hallamos.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>En los bares donde antes nos bes&aacute;bamos, ahora exponen lavadoras.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Donde estaban las librer&iacute;as, ahora venden art&iacute;culos electr&oacute;nicos o sopa agrio picante.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>No te digo el gimnasio en que se ha convertido el cine.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Sentirse extranjero en ramblas y calles inolvidables.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Ese tiempo que pasa del que tanto hablan los poetas.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Nada de todo aquello volver&aacute;.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Pero t&uacute; eres como las amapolas.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Siempre vuelves en primavera.</em>
    </p><p class="article-text">
        <strong>&Oacute;SCAR LORENZO</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>San Andr&eacute;s y Sauces</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>Isla de La Palma</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>28-01-2023</strong>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Óscar Lorenzo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/lapalmaahora/lapalmaopina/libros-libros_129_9906268.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 29 Jan 2023 17:58:06 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Libros, siempre libros]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Regresar al hogar]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/lapalmaahora/lapalmaopina/regresar-hogar_129_9706278.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/adf4410e-8f27-48d2-8222-243bee15525b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Regresar al hogar"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">PUNTO Y COMA - Sin disolverse ni el dolor de lumbago ni otros dolores peores del alma, modestamente y porque tengo y cuido esa suerte, procuro agarrarme a las barandas que dejó mi padre al borde de las paredes. Las huertas escalonadas que cultivo en esta banda de sol en el Este de la isla de La Palma. La tierra de mi casa en las medianías de Las Lomadas, en Los Sauces. Cuanto más despiadado es el mundo, más hermosas son las huertas de labranza</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;<em>Yendo hacia el Occidente regresamos por el Oriente&rdquo;.</em>&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Juan Sebasti&aacute;n El Cano (1476-1526)&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando regres&eacute; a casa estaba creciendo la hierba, la que brota despu&eacute;s del verano y que es fruto de las primeras lluvias. La seguridad que ofrece la hierba tras la espera sin dormirse nunca en los laureles, es de agradecer: nunca falta a la cita. El esplendor de salir de la tierra y ocupar los vac&iacute;os, el verde mosaico del oto&ntilde;o sobre los campos secos del rastrojo. La recompensa del agua de la lluvia da inicio al ciclo bot&aacute;nico del crecimiento. Subir hacia la luz. Ser semilla es esperar y esperar es observar el cielo. Cuando no hab&iacute;an dioses, ya las semillas esperaban mirando el cielo y los p&aacute;jaros esparc&iacute;an su fruto. En pleno 2022 a&uacute;n se le agradece a Dios, a las v&iacute;rgenes o a los santos, la prodigalidad de las cosechas; al parecer sigue siendo necesario poner otro nombre a lo que han logrado los humanos, los animales, el viento y el azar a lo largo de los siglos. As&iacute; que al margen de las deidades, bulle la clorofila y buscar la luz es el deseo de lo vivo. Ra&iacute;ces en la tierra y ramas hacia el cielo. Diluidas las estaciones como disueltas la mayor parte de las cosas que parec&iacute;an s&oacute;lidas y tras dos semanas de lluvias constantes, el mes de octubre ha sido soleado y sin nubes, c&aacute;lido y de noches despejadas; semanas sin calima y por ello, de una nitidez que acerca la distancia, que pone un cofre de belleza al alcance de los ojos.&nbsp;
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                Camino de El Canal, en Las Lomadas (San Andrés y Sauces). ÓSCAR LORENZO                            </span>
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        Profundos brillan los barrancos, las siluetas de los &aacute;rboles resplandecen en una aureola y los acantilados insulares se lavan la cara en una costa di&aacute;fana. Azules crema, lavados en el lucimiento y algodones&nbsp;<em>cruditos,</em>&nbsp;casi blanqueados en el zinc del agua. El aire, ligero de part&iacute;culas, ofrenda el auge de las formas, la fortaleza de las l&iacute;neas. Un renacimiento antes del sue&ntilde;o. No todo es cuesti&oacute;n de la luz, sino de c&oacute;mo est&aacute; el aire por la que ella fluye. La fiesta de los fotones. Rodeando el cuello en el carm&iacute;n del crep&uacute;sculo, hacia el sur, un pa&ntilde;o perla de nubes bajas cruza sobre el horizonte como un cu&ntilde;a; margaritas y naranjas maduras esparcidas a lo lejos; m&aacute;s alto, el p&uacute;rpura que precede a la plata; abajo, el cuerpo del cielo reflejado en un mar de olas dormidas. El mar es una bandeja llena de senderos trasl&uacute;cidos en la mesa de la tarde. El costado rayado, turquesa y dorado de los peces en el cielo, aves sobre las naves que se pierden en el cristal y las gaviotas que se acercan al agua dulce en la charca de<em>&nbsp;Garc&eacute;s,</em>&nbsp;muy cerca de casa. Un caracol invisible recorre la gran llanura dejando se&ntilde;ales de su rastro.&nbsp;<em>&ldquo;&iquest;Qu&eacute; son esas l&iacute;neas&nbsp;en el mar, mam&aacute;? &rdquo;Los caminos&nbsp;que hacen&nbsp;los barcos&nbsp;al navegar, las se&ntilde;ales que dejan cuando se van&ldquo;.</em>&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Noches y d&iacute;as hermosos como si fueran un regalo; d&iacute;as que echaremos de menos en el invierno que vendr&aacute;. Porque siempre se aproxima algo que atenta contra el presente; el r&iacute;o de Her&aacute;clito no es un lago porque discurre y nunca es el mismo. Nosotros en la corriente, en los m&aacute;rgenes, en el mismo borde diciendo, demasiado pronto, adi&oacute;s con la mano. Y es as&iacute; que el instante de belleza, en su condici&oacute;n fugaz, no puede ser de otra forma; su esencia es una asediada cumbre entre dos abismos.<em>&ldquo;El tiempo es el espacio entre dos instantes&rdquo;</em>, dec&iacute;a Arist&oacute;teles; como si, siendo de belleza o no, los instantes formar&aacute;n parte de otra dimensi&oacute;n. Esa particularidad es concedida desde la &oacute;rbita de los sentimientos, aunque personalmente, prefiero referirme a ella como &aacute;rea o campo del conocimiento de lo que es esencial para saber qui&eacute;nes somos. Elegir los momentos salvables, lo que hay que rescatar o saber qu&eacute; es la belleza a la que hemos asistido algunas veces y adem&aacute;s, sin ser consciente de ello, es necesario para definir los l&iacute;mites que nos contienen; otra cosa es atenerse a las consecuencias si comparamos los minutos de esplendor con los d&iacute;as o meses sin nombre. &iquest;Qu&eacute; somos de todo eso que se ha llevado el arroyo? &iquest;Qu&eacute; queda? Cuando venga el fr&iacute;o y la oscuridad nos desnude con la ventana baja y las cortinas echadas, las hojas ca&iacute;das crear&aacute;n un manto sobre la tierra h&uacute;meda. Empujadas por los vientos del mar, vendr&aacute;n las lluvias para continuar el ciclo biol&oacute;gico mientras las ramas descansan a la intemperie. Y en el otro ciclo, en el interno, otro tipo de semillas se abrir&aacute;n en el silencio lleno y comprimido que baja del cielo, que recibimos sin darnos cuenta y que brota en los pasillos y galer&iacute;as de la memoria. Y seguir&aacute; creciendo la hierba ocupando los vac&iacute;os. Y tambi&eacute;n se agrandar&aacute; el espacio abarcando la esfera de los recuerdos, o m&aacute;s bien, crecer&aacute; la memoria convirtiendo aquel espacio en parte de este tiempo. Temblar&aacute; la luz de la l&aacute;mpara, alcanzando, tanto la alta noche como la fragilidad de un mundo que por un instante, desde esa atalaya, parece que se fortalece. Me viene a la mente un soneto de Luis de G&oacute;ngora que comienza:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;<em>Urnas plebeyas, t&uacute;mulos reales</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Penetrad sin temor, memorias m&iacute;as,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Por donde ya el verdugo de los d&iacute;as</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Con igual pie dio pasos desiguales&ldquo;.</em>&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        M&aacute;s que volver a casa, queremos regresar a una suma de instantes y es completamente imposible acceder a ello de nuevo; un tiempo entre dos estaciones que ya no se distinguen, entre dos o tres nombres que ahora son una sola ausencia y adem&aacute;s, se interpone la maleza en todas sus m&uacute;ltiples apariencias, ya sean urbanas o rurales. Intentamos regresar a un lugar de otro tiempo, en que s&iacute; estaban marcadas las diferencias por aquellos que lo habitaban y, m&aacute;s a&uacute;n, que lo hac&iacute;an posible. Hab&iacute;a color. Inh&oacute;spito el mundo en el presente o en su propia condici&oacute;n, buscamos un lugar acogedor, un regazo, quiz&aacute;, s&oacute;lo un poco de cari&ntilde;o o comprensi&oacute;n; es decir: lo que eran y ofrec&iacute;an ellos y ellas; los que ahora no est&aacute;n. Regresar es muy dif&iacute;cil y lo hacemos; cuando no, es arduo, es imposible y lo hacemos tambi&eacute;n, sabiendo en el fondo que una mirada nunca se repite.&nbsp;<em>Odiseo</em>&nbsp;tard&oacute; veinte a&ntilde;os en regresar y lo hizo disfrazado de mendigo; y cuando lleg&oacute; al hogar, tuvo que seguir luchando para un d&iacute;a, entre l&aacute;grimas, poder subir con&nbsp;<em>Pen&eacute;lope</em>&nbsp;las escaleras que conduc&iacute;an al lecho.&nbsp;<em>Eneas,&nbsp;</em>tras la ca&iacute;da&nbsp;de&nbsp;<em>Troya</em>, en la huida perdi&oacute; a su mujer,&nbsp;<em>Creusa</em>, hija de&nbsp;<em>Pr&iacute;amo</em>, y tuvo que emprender un largo camino hasta el&nbsp;<em>Lacio</em>&nbsp;y fundar un nuevo hogar. La realidad se enrarece y complicados o imposibles son los caminos del retorno. Como los h&eacute;roes de Homero y de Virgilio, no encontramos&nbsp;<em>&ldquo;la luz del regreso&rdquo;. &ldquo;El que camina / se enturbia. /&nbsp;El agua corriente / no ve las estrellas. /&nbsp;El que camina / se olvida. /&nbsp;Y el que se para / sue&ntilde;a&rdquo;,</em>&nbsp;apuntaba Garc&iacute;a Lorca en el poema<em>&nbsp;&ldquo;Corriente&rdquo;</em>. Abres la puerta, descorres las cortinas y falta algo. La luz de la ausencia produce una opacidad. Aunque las cosas sigan en el lugar en que quedaron de un modo, aparentemente, inmutable, el aire que las envuelve es otro. Otra es la mirada. El arte de la pintura podr&iacute;a expresar esta mutaci&oacute;n de una forma m&aacute;s precisa. Todo es una cuesti&oacute;n de color o de su ausencia; cuando queremos volver a donde fuimos felices, otros son los matices con que nos vamos a encontrar. El alcance de la mirada es anterior a la voz que la interpreta. Primero la mirada, despu&eacute;s la voz. Primero la pintura, despu&eacute;s la poes&iacute;a. Seg&uacute;n Plat&oacute;n, lo imaginado viene de la imagen. Una reflexi&oacute;n sobre lo que se halla, al igual que nosotros mismos, en un inevitable acabamiento; porque la luz quema mucho m&aacute;s que la oscuridad. Si el mosto se expusiera al sol, nunca har&iacute;a vino; s&oacute;lo llegar&iacute;a a vinagre. El aire tira de las cosas mismas y las aleja, cuando uno, respirando ese aire, lo que pretende es alcanzarlas de nuevo sabiendo que es imposible. Somos astronautas con escafandra en unas&nbsp;<em>cr&oacute;nicas marcianas</em>&nbsp;del territorio donde tuvo lugar nuestra infancia, nuestra vida. Hace falta un Ray Bradbury que narre esa expedici&oacute;n, ese bucle temporal. Siempre y para todos, hay un tajo, un dolor, una p&eacute;rdida de aire, una compuerta que no se abre, un corte en las comunicaciones. Esto es as&iacute;, porque los asuntos del &aacute;mbito sentimental acostumbran ser delicados.&nbsp;<em>&ldquo;Las cosas que uno ama en la infancia se llevan siempre en el coraz&oacute;n&rdquo;,</em>&nbsp;dec&iacute;a Jean J. Rousseau. Es de suponer, que a las heridas y a las cosas que se odian en ese periodo, tambi&eacute;n les sucede lo mismo. Aunque &eacute;stas &uacute;ltimas no s&eacute; muy bien donde se guardan.<em>&ldquo;Las heridas de la infancia no se curan nunca&rdquo;</em>, nos recordaba en una entrevista el escritor Luis Landero; quien acaba de recibir un merecido premio&nbsp;<em>Nacional de las Letras</em>. Y est&aacute;n nuestras cosas ah&iacute;, ya que no hay m&aacute;s lugar donde puedan habitar. Se alojan dentro para protegerse del aire corrosivo que existe en el exterior. Un pintor a&ntilde;adir&iacute;a al lienzo un tono m&aacute;s oscuro. Una sola ventana encendida en un alto rascacielos de la noche. Julio Llamazares en&nbsp;<em>&ldquo;La nevera&rdquo;,</em>&nbsp;anotaba la desolaci&oacute;n ante las alteraciones del tiempo y sus consecuencias, refiri&eacute;ndose, en este caso, a ese g&eacute;nero particular de la memoria que es intentar regresar a los&nbsp;<em>veranos aquellos</em>:&nbsp;<em>&ldquo;En el fondo somos algo masoquistas y nos gusta sentir como todo ha cambiado y c&oacute;mo nosotros mismos nos hemos ido convirtiendo&nbsp;poco a poco&nbsp;en unos desconocidos. Por eso volvemos&nbsp;cada verano a los mismos sitios y por eso, al llegar a ellos, nos ocultamos del sol como si fu&eacute;ramos vampiros: para que no nos vean, ni en la cara ni en el alma, las arrugas&rdquo;.</em>&nbsp;
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                Vista parcial de Las Lomadas desde El Canal. ÓSCAR LORENZO                            </span>
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        Certificar la finitud lenta o veloz de las cosas, es comenzar a evocarlas. Como no podemos vivirlas de nuevo por una cuesti&oacute;n de salud o de las simples leyes de la f&iacute;sica, pues hay que rememorarlas. Y evocar es uno de los estados m&aacute;s altos de la conciencia, pura recreaci&oacute;n humana. Sin la evocaci&oacute;n no existir&iacute;an el arte ni la literatura ni la m&uacute;sica. Los recuerdos se criban de un modo arqueol&oacute;gico, se sacan a la luz horadando la tierra y se separan de la arena que los protege, como tambi&eacute;n hacen los astr&oacute;nomos con el polvo interestelar que oculta la visi&oacute;n de las estrellas. Astros que brillaron por un instante son las cosas que salvamos del olvido. Entre comillas o en negrita, la memoria se&ntilde;ala los hitos del camino y los fen&oacute;menos clim&aacute;ticos o atmosf&eacute;ricos acompa&ntilde;an al ser humano como un testigo, para recordar algo; un estremecimiento anual ante los cambios a que somos sometidos o ante las alteraciones que no nos atrevemos a realizar, ni en el pueblo ni en la isla ni en el mundo, ni siquiera en la esfera personal. Una bienvenida soledad atmosf&eacute;rica, una necesaria quietud reflexiva, un detenerse para volver a empezar de nuevo. Una noche de verano, una ma&ntilde;ana de primavera, una tarde de oto&ntilde;o, un d&iacute;a tormentoso de invierno. Las cuatro estaciones de Antonio Vivaldi sonando en una radio con un solo altavoz. Contemplar el mundo como si fu&eacute;ramos una brizna de hierba. As&iacute; dec&iacute;an los poetas cuyas barbas se pon&iacute;an blancas de tanto mirar hacia el Polo Norte. Lo &uacute;nico que necesita el desconcierto para organizarse, es un punto de apoyo, una partitura. Y &eacute;sta es siempre po&eacute;tica o simb&oacute;lica. Esa especie de mitocondria nos proporciona la energ&iacute;a necesaria para seguir en un mundo advenedizo. Un mundo cuya extra&ntilde;eza imp&iacute;a nos deja desolados. Interior y exterior; y echarlos a suerte a ver si alguna vez coinciden y fructifican las ramas desnudas. Mientras nosotros nos plegamos, la hierba sigue creciendo y cuando ese alzamiento llegue a su cenit, lograremos alcanzar la primavera al otro lado del invierno, al otro lado del mundo. Y seguiremos la senda de las abejas, como peregrinos que buscan la miel prometida en los templos del verano. El invierno y la poes&iacute;a nos dejan desnudos, soplan insistiendo en la misma rama. So&ntilde;amos los instantes y a veces, incluso, cedemos a ellos, porque predomina la evocaci&oacute;n de lo tan ensimismados que estamos. Es el momento de escribir:&nbsp;<em>&ldquo;Cuando regres&eacute;&nbsp;a casa&nbsp;estaba creciendo la hierba&hellip;&rdquo;.</em>&nbsp;Y entonces, recuerdas los caminos transitados y la hierba al borde brotando entre las piedras; la hierba que se segaba para el ganado y el aroma de los establos donde se guardaba; la hierba seca, la hierba verde y llena de flores de todos los colores. De todo eso, caminos, ganado, establos o pajeros, no queda nada, s&oacute;lo la hierba ocupando los espacios que abandonan los humanos. La misma hierba, pero no el mismo espacio, que ahora el tiempo ha deshabitado. Una instalaci&oacute;n de zarzas, un desborde de mors&eacute;calos, campos de hinojos donde todas las batallas ya est&aacute;n perdidas. Las chimeneas donde ard&iacute;a el fuego de los dioses, comienzan a inclinarse en una despedida inevitable -lo veo de lejos-, a no ser que llegue un alem&aacute;n y siembre palmeras donde Manuel se sentaba a fumar la cachimba de la tarde, donde Mar&iacute;a pon&iacute;a los chochos a curtir debajo de la mimosa y la costillera. Encima de&nbsp;<em>Troya</em>&nbsp;se asentaron ocho ciudades y encima del aljibe de la casa de los&nbsp;<em>Camellos</em>, se expande la hierba de las ninfas invisibles y cantan las ranas; los bejeques levantan las tejas y en la estancia vac&iacute;a con&nbsp;<em>un Morandi</em>&nbsp;de botellas y frascos viejos en la repisa, penetra la entrop&iacute;a de la intemperie. Se arriman los humanos a la costa y donde antes viv&iacute;an sus padres y sus abuelos, ahora crece la hierba.&nbsp;<em>&ldquo;A fin de cuentas</em>&nbsp;(escrib&iacute;a Henry Miller),&nbsp;<em>la hierba&nbsp;siempre tiene la&nbsp;&uacute;ltima palabra&rdquo;</em>. La raz&oacute;n de los humanos es que ahora el perejil crece en los supermercados.&nbsp;
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                Estanque verde en el Camino de El Canal. ÓSCAR LORENZO                            </span>
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        A salvo de la hierba, escalonadas se suceden las cosechas de los &uacute;ltimos mohicanos y el sol de oto&ntilde;o anda despistado, sin camisa; como si estuviera enamorado, sin atender a las fechas ni al fr&iacute;o que deber&iacute;a venir de Islandia o de las monta&ntilde;as afiladas del archipi&eacute;lago de Svalbard. Escalonada se erige una cordillera de vientos y de nubes en el Atl&aacute;ntico. Anticiclones en cadena hacen de barrera protectora contra las borrascas. Una frontera atmosf&eacute;rica. Todo aqu&iacute; abajo es c&aacute;lido y la luz inunda un tiempo de tr&aacute;nsito de olas sin espuma. Hemos descubierto que ya no sabemos qu&eacute; esperar, no ya del futuro, sino de los d&iacute;as; mucho menos de las noches, que sin embargo, nos permiten estar al fresco, desabrochados y con las puertas abiertas, mientras las estrellas se reflejan en el patio regado y la campana del sue&ntilde;o llama en templos que ya no son sagrados. En el universo del clima se est&aacute; produciendo una verdadera revoluci&oacute;n, que desencadenar&aacute;, a su vez, otras perturbaciones. La secuencia no es nada optimista. El mes de octubre ha sido el m&aacute;s c&aacute;lido desde que se tienen registros: 3,6 grados m&aacute;s de lo normal. Tantos grados de una sola vez es una gran anomal&iacute;a. La misma alarma ocurre con la temperatura del mar. Ahora s&oacute;lo falta que aumente el mercurio en la mente de los dirigentes o gobernantes del planeta; pero tiene que ser antes de que lleguen al infierno, que es el lugar a d&oacute;nde van a ir a recibir las medallas definitivas. Lo inestable se instalar&aacute; como patr&oacute;n del devenir. La severa actualidad clim&aacute;tica y pol&iacute;tica se comer&aacute; la realidad, que se hallaba de vacaciones en las islas Maldivas. Tenemos como<em>&nbsp;Casandra,</em>&nbsp;el don de la profec&iacute;a que nos ofrece la ciencia. Pero no hacemos caso a quien tiene la facultad de ver el porvenir. Gran parte de la pol&iacute;tica conservadora, no cree en el cambio clim&aacute;tico; como los troyanos no creyeron a<em>&nbsp;Casandra</em>&nbsp;ni a&nbsp;<em>Laocoonte,</em>&nbsp;cuando los dos advert&iacute;an de las nefastas consecuencias del caballo regalo de los aqueos. Si lo que va del siglo XXI, 22 a&ntilde;os, es lo que ofrece la pol&iacute;tica del mejor de los mundos posibles seg&uacute;n la m&aacute;xima capitalista, el&nbsp;<em>&ldquo;C&aacute;ndido&rdquo;</em>&nbsp;de Voltaire estar&aacute; lament&aacute;ndose o parti&eacute;ndose de risa y tomar&aacute; prudentemente la senda del jard&iacute;n de&nbsp;<em>Ferney</em>. Sin duda, hay demasiados gigantes en el camino y no son molinos de viento cervantinos. Tal vez, son helic&oacute;pteros; como dec&iacute;a la comandante&nbsp;<em>zapatista</em>&nbsp;Tacho a Marcos en la Selva Lacandona. La fragilidad humana es nuestro nuevo nexo de uni&oacute;n. Y se encuentra en el filo, en la guillotina del tiempo. En la lista definitiva de Robespierre, esta vez, estamos todos condenados. Pensar que esto es una descarga pesimista, ser&iacute;a buscarle mangas al chaleco. Hay que aprender de memoria el tremendo poema&nbsp;<em>&ldquo;Campana vespertina&rdquo;</em>, de Rafael S&aacute;nchez Ferlosio y esperar a la catarsis:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;<em>Vendr&aacute;n m&aacute;s a&ntilde;os malos</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>y nos har&aacute;n m&aacute;s ciegos;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>vendr&aacute;n m&aacute;s a&ntilde;os ciegos</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>y nos har&aacute;n m&aacute;s malos.</em>
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>Vendr&aacute;n m&aacute;s a&ntilde;os tristes</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>y nos har&aacute;n m&aacute;s fr&iacute;os</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>y nos har&aacute;n m&aacute;s secos</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>y nos har&aacute;n m&aacute;s torvos&ldquo;</em>.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Se diluyen las estaciones y los glaciares y aumenta el nivel de los oc&eacute;anos; se adulteran los ecosistemas y los equilibrios entre flora y fauna; se disuelve la paz y la seguridad hasta en la casa del rico, - a ver qu&eacute; le decimos a los ni&ntilde;os y a las ni&ntilde;as en el colegio -; se diluyen los derechos y se tambalean las estructuras sociales; se desprecia el humanismo y la cultura como referentes y como base indispensable del conocimiento mutuo; se enrarecen las ciudades ganando habitantes y perdiendo alma; se mueren los pueblos perdiendo habitantes y ganando soledad; se falsifica la Historia por aquellos que mienten o esconden tanta injusticia sin haberla nunca antes estudiado; se vota de presidente a un payaso con nombre y pensamiento de pato; se pone a una loba hambrienta y disfrazada de cordero a cuidar a las ovejas que cruzan el Manzanares; se escarba en la cueva del oso, se le molesta; y el oso reacciona y se convierte en el general Kut&uacute;zov ante las pretensiones de ese viejo Napole&oacute;n que es la alianza atl&aacute;ntica del<em>&nbsp;t&iacute;o Sam.</em>&nbsp;El peso de los muertos y el de las hormigas es ya mayor que el de los vivos en el planeta; y no aprendemos. Vuelven los estandartes fascistas y ganan elecciones, como si las ense&ntilde;anzas de la&nbsp;<em>Segunda Guerra Mundial</em>&nbsp;no hubieran servido de nada. Por lo menos, en Espa&ntilde;a se saca al genocida Queipo de Llano de la Macarena en Sevilla; los 45.000 inocentes republicanos fusilados en Andaluc&iacute;a por no abrazar el yugo y las flechas franquistas, no podr&aacute;n levantarse de la tumba, pero ellos y nosotros los vivos, dormiremos por un instante el sue&ntilde;o de los dignos. No hay que perder el sitio ante aquellos que pretenden hacer olvidar las consecuencias del odio y de la crueldad; cuando a la vista de todos, no hacen otra cosa que intentar poner ese odio de barrera pol&iacute;tica en una democracia que no avanza por eso mismo. Hoy en d&iacute;a se siembra el miedo como mis abuelos sembraban el trigo: en todo el solar. Desde la infancia hasta la vejez. Primero, una nueva esclavitud nos priva de tiempo libre; despu&eacute;s, el poco ocio que queda es ocupado por el mero consumismo y las proclamas publicitarias; nuestros hijos crecen en esa falta de filosof&iacute;a, absorben el germen infestado como un nuevo narc&oacute;tico; m&aacute;s tarde, en la larga avenida de la ignorancia, somos manipulados y empujados hacia calles infames, donde nuestra existencia es un mero desperdicio que desborda el contenedor del mejor de los mundos posibles. Una nueva Roma que espera a su Ner&oacute;n y a su Cal&iacute;gula.&nbsp;<em>&ldquo;La Historia se repite primero como comedia y despu&eacute;s como tragedia&rdquo;,</em>&nbsp;avisaba Marx y no me canso de repetirlo. En&nbsp;<em>&ldquo;Trabajos de mierda:&nbsp;una teor&iacute;a&rdquo;&nbsp;(Ariel, 2018)</em>, el antrop&oacute;logo norteamericano David Graeber, apunta:&nbsp;<em>&ldquo;Los miembros de la clase dominante han llegado a la conclusi&oacute;n de que una poblaci&oacute;n feliz y productiva con tiempo libre en sus manos es un peligro mortal&rdquo;</em>. Retornan las palabras de Marx disolviendo en el aire lo que parec&iacute;a s&oacute;lido. Ser&iacute;a interminable la lista de las cosas que se disuelven delante de nuestros ojos; mejor, no nombrarlas. Y no me refiero a la falta de felicidad, sino a la falta de dignidad; sin la cual la primera no es sino agua de borrajas. La escalera por la que se sube es la misma por la que se baja.&nbsp;
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                Camino de El Canal, en Las Lomadas (San Andrés y Sauces). ÓSCAR LORENZO                            </span>
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        Escalonados son los sue&ntilde;os y tambi&eacute;n las decepciones. Quiz&aacute; nunca ha sido tan dif&iacute;cil atisbar la realidad ante una actualidad abrumadora y desconcertante como a la que nos estamos acostumbrando a soportar. Tiempos de desaliento. Las sociedades se hacen cada vez m&aacute;s complejas, m&aacute;s insoportables y nadie ha dado con un buen remedio aclaratorio; aunque s&iacute; hay muchos ensayos que diseccionan el mal, pero cuyo eco no llega a donde deber&iacute;a. Sin disolverse ni el dolor de lumbago ni otros dolores peores del alma, modestamente y porque tengo y cuido esa suerte, procuro agarrarme a las barandas que dej&oacute; mi padre al borde de las paredes. Las huertas escalonadas que cultivo en esta banda de sol en el Este de la isla de La Palma. La tierra de mi casa en las median&iacute;as de Las Lomadas, en Los Sauces. Cuanto m&aacute;s despiadado es el mundo, m&aacute;s hermosas son las huertas de labranza. Huertas donde siempre hay que escardar la hierba. Henry Miller sab&iacute;a que la hierba sabe:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>&ldquo;De todas las existencias imaginarias que prestamos a las plantas, a los animales y a las estrellas, quiz&aacute; sea la mala hierba la que lleva una vida m&aacute;s sabia. Bien es verdad que la hierba no produce ni flores, ni portaaviones, ni Sermones de la Monta&ntilde;a. Pero, a fin de cuentas, la hierba siempre tiene la &uacute;ltima palabra. A la larga todo vuelve al estado China. Es lo que los historiadores llaman habitualmente las tinieblas de la Edad Media. No hay m&aacute;s salida que la hierba. La hierba s&oacute;lo existe entre los grandes espacios no cultivados. Llena los vac&iacute;os. 'Crece entre', y en medio de otras cosas. La flor es bella, la berza es &uacute;til, la adormidera nos hace enloquecer. Pero la hierba es desbordamiento, toda una lecci&oacute;n de moral&rdquo;.</em>&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Siempre est&aacute; la opci&oacute;n de seguir de frente, como en el soneto<em>&nbsp;&ldquo;Peregrino&rdquo;</em>&nbsp;de Luis Cernuda, y no volver nunca:&nbsp;<em>&ldquo;Tus pies sobre la tierra antes no hollada / Tus ojos frente a lo antes nunca visto&rdquo;.</em>&nbsp;Pero si no es as&iacute;, muchas son las cosas con que nos encontramos al regresar a casa y ninguna es la que buscamos: el desconocido en que nos hemos convertido, la ausencia de los que est&aacute;n en el cementerio, el tono oscuro que tiene lo que parec&iacute;a inmutable y la hierba creciendo en los espacios antes cultivados. Comprobar esta desolaci&oacute;n, sin embargo, es una suerte: estamos vivos y el rastro de aquello a&uacute;n se mantiene en pie. Si somos capaces de abrir un claro entre la maleza, podemos contemplar la hermosura de las ruinas que Flaubert tanto apreciaba, pues seg&uacute;n &eacute;l, embellecen el paisaje. Otros ni siquiera tienen esa fortuna. Piensen en los damnificados del volc&aacute;n de Tajogaite en La Palma o en los que tienen que tomar el largo camino del exilio, en Ucrania y en tantos otros lugares; ya sea por causas naturales, de la guerra, de la pobreza o de la simple maldad de&nbsp;<em>los de siempre</em>, huir nos aleja de lo que amamos. Entre lo f&iacute;sico espiritual y lo f&iacute;sico material anda el itinerario de la vuelta al hogar. El impacto emocional que produce esa dualidad crea un nuevo espacio que se superpone a los anteriores. Luego y muy importante, es la forma en que accedemos a &eacute;l o c&oacute;mo ese espacio se adue&ntilde;a de este tiempo y de nuestra conciencia. Acertar a recordar, que no es hacer un mero listado de todo lo que ha sucedido, sino m&aacute;s bien, la trama invisible de una relaci&oacute;n entre unas pocas cosas, es la antesala para llegar a escribir de un modo adecuado. La relaci&oacute;n entre pasado y presente crea la escritura y posibilita el acceso a lo que pens&aacute;bamos perdido. Aunque, en realidad, los perdidos somos nosotros y son las propias cosas las que vienen a rescatarnos. Entre esos dos holgados y vastos&nbsp;<em>&ldquo;instantes&rdquo;</em>&nbsp;de materia y de energ&iacute;a oscura y a trav&eacute;s de un entrelazamiento que podr&iacute;amos llamar cu&aacute;ntico, se llega al mismo desenga&ntilde;o pero a distintos tipos de belleza. De una cosa a la otra y viceversa. Esa es la po&eacute;tica. Por un momento, tal vez, por un&nbsp;<em>instante aristot&eacute;lico</em>, nuestra mirada cambia el mundo. El semblante, la casa, el jard&iacute;n, las huertas, el monte y la plaza, toman el mismo aspecto, y al mismo tiempo. Si en una algo se modifica, en la otra tambi&eacute;n. Y sin que el mensaje pase por el medio. Salir del hogar para llegar al mundo. Dejar el mundo para regresar a casa; porque, tal vez, el mundo ya no es el hogar que pensabas, aunque en un tiempo lo fue. Y como<em>&ldquo;no hay m&aacute;s salida que la hierba&rdquo;</em>, regresar a casa. Y, como la hierba, ocupar los espacios vac&iacute;os desbordando la memoria.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>&Oacute;SCAR LORENZO&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>San Andr&eacute;s y Sauces</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>Isla de La Palma</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>11-11-2022</strong>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Óscar Lorenzo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/lapalmaahora/lapalmaopina/regresar-hogar_129_9706278.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 12 Nov 2022 19:26:04 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Regresar al hogar]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Encuentro bajo los laureles]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/lapalmaahora/lapalmaopina/encuentro-laureles_129_9612352.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2283c87c-cfd2-4007-8876-53e7ac5dd749_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Encuentro bajo los laureles"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">PUNTO Y COMA - La intensidad del programa literario que tuvo lugar en Los Llanos de Aridane la semana pasada, es directamente proporcional a la necesidad que requiere una isla no capitalina y sin universidad, como La Palma. No sólo somos una postal, una romería, un volcán, un incendio o un territorio que sufre la sangría del despoblamiento. La isla tiene que buscar y encontrar algún tipo de equilibrio y con ello estar en el mundo de una forma más cercana a cómo el mundo pueda estar en nosotros</p></div><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Intervención de Óscar Lorenzo en el FHE."
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                Intervención de Óscar Lorenzo en el FHE.                            </span>
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        Lo cierto es que subi&oacute; la marea, m&aacute;s de lo habitual. Vinieron aguas del otro lado del Atl&aacute;ntico. Se alzaron en la isla y esa elevaci&oacute;n permiti&oacute; que la literatura alcanzara la plaza de Los Llanos de Aridane. Bajo los laureles de indias se enlazaron los encuentros y ahora, pasados unos d&iacute;as, bajo la ausencia se vincula la memoria. Como si fuera una funci&oacute;n de teatro ininterrumpida a lo largo de una semana, te acostumbras a unos rostros que antes no conoc&iacute;as personalmente y lo que es m&aacute;s importante a&uacute;n, te habit&uacute;as a unas voces que tienen una musicalidad distinta; unas voces que vienen desgranadas por muchas horas de escritura, por muchas horas de arduo trabajo y que ahora ocupan las terrazas, los escenarios al aire libre, los colegios, los institutos y la Casa de Cultura. La isla de La Palma ha acogido un encuentro literario internacional de alto nivel: el&nbsp;<em>Festival Hispanoamericano de Escritore</em>s. Es su cuarta convocatoria, y si nada lo impide, va a seguir haci&eacute;ndolo todos los a&ntilde;os. Una suerte para la isla y un regalo para el Valle de Aridane despu&eacute;s de la herida del volc&aacute;n&nbsp;<em>Tajogaite</em>.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Lo cierto es que la tormenta&nbsp;<em>Hermine</em>&nbsp;hizo peligrar la gran reuni&oacute;n; la llegada de una veintena de escritores mexicanos, otros de la pen&iacute;nsula y algunos canarios, prevista para el lunes, tuvo que aplazarse para el martes. Ni el aeropuerto de Los Rodeos, en Tenerife, ni el de Gando, en Las Palmas, se hallaban operativos. La influencia de la tormenta tropical, hab&iacute;a dejado en el Este de la isla de La Palma precipitaciones del orden de 280 litros en Mazo y en Los Sauces. Una agua quieta del sur y por ello, sin fr&iacute;o, sin viento, de varios d&iacute;as lloviendo; la lluvia que le gusta a los agricultores, la que alcanza las ra&iacute;ces profundas de los &aacute;rboles; la lluvia de la infancia. Caprichos de la tormenta, en el Este reg&oacute; los campos secos tras el verano, pero en el oeste dej&oacute; la plaza de los laureles vac&iacute;a. Cuando llegu&eacute; a mediod&iacute;a del lunes a Los Llanos, las calles estaban mojadas, un sol t&iacute;mido se reflejaba en los charcos, las nubes corr&iacute;an ligeras en jirones hacia el sur y pesadas y oscuras por el norte. Bajo ese cielo revuelto, al fondo, la nitidez absoluta y hermosa del pinar y las paredes verticales de la&nbsp;<em>Caldera de Taburiente</em>, como un &oacute;leo al final de la calle.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En la recepci&oacute;n del Hotel Valle de Aridane me dijeron que no hab&iacute;a llegado nadie del Festival. Despu&eacute;s de tomar la habitaci&oacute;n, me acerqu&eacute; a un restaurante chino de la avenida. Dando un paseo tras el almuerzo, regres&eacute; al hotel y ped&iacute; al conserje que me consiguiera una silla para la mesa de la habitaci&oacute;n. Un escritor puede vivir sin comer pero no sin un lugar donde sentarse. Llam&eacute; a Nicol&aacute;s Melini, el director del Festival:&nbsp;<em>&ldquo;Vente para ac&aacute;&rdquo;</em>&nbsp;, me dijo.&nbsp;Se hallaba&nbsp;en el kiosko de la&nbsp;plaza con Juancho Armas Marcelo y con Anelio. Me entretuve un rato y cuando llegu&eacute;, Nicol&aacute;s ya no estaba. Anelio me present&oacute; a Juancho. Con una agradable conversaci&oacute;n acudimos a cenar a un italiano&nbsp;acompa&ntilde;ados por un joven fot&oacute;grafo y la esposa de Anelio. Estos regresaron a Santa Cruz de La Palma y el fot&oacute;grafo se retir&oacute; al hotel. Lo cierto es que a las 22,&nbsp;15&nbsp;horas, Juancho y yo est&aacute;bamos en una mesa de la Plaza y &eacute;ramos los &uacute;nicos de la noche&nbsp;excepto&nbsp;tres&nbsp;clientes&nbsp;que pronto terminaron&nbsp;de cenar.&nbsp;Una noche bajo los laureles. Los mexicanos durmiendo en un hotel de Madrid, Anelio cruzando el t&uacute;nel hacia la bruma del este, Melini&nbsp;comprobando a golpe de m&oacute;vil que los hilos estaban bien atados ante los cambios obligados por el temporal y Juancho y yo, agradeciendo al amable camarero que accediera a servirnos un &iacute;nfimo&nbsp;<em>chupito</em>, y solo uno, de ron Aldea blanco y dos botellitas de agua con gas. Juancho,&nbsp;seg&uacute;n me cont&oacute;,&nbsp;ya estaba m&aacute;s tranquilo que por la ma&ntilde;ana. Las previsiones eran que<em>&nbsp;Hermine</em>&nbsp;se alejaba.&nbsp;Juancho, como todo el mundo sabe, sin llegar a la cantidad de Freud, es un gran fumador de puros y yo fumo tabaco de liar. El humo m&aacute;s blanco de mi tabaco&nbsp;era recogido por la nube m&aacute;s azul de los habanos de Juancho y se elevaban, ambos, sembrando palabras&nbsp;en el aire solitario de la noche.&nbsp;
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                Acto en la Plaza de Los Llanos de Aridane dentro del FHE.                            </span>
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        Lo cierto es que me sent&iacute; afortunado de poder acompa&ntilde;ar a este escritor que es memoria viva de la literatura en espa&ntilde;ol. Si el nicarag&uuml;ense Sergio Ram&iacute;rez, seg&uacute;n Naira Berm&uacute;dez, es la bisagra entre M&eacute;xico y Sudam&eacute;rica, Juancho Armas Marcelo es la bisagra entre Espa&ntilde;a y Am&eacute;rica, y entre Canarias y el mundo. No es poca cosa enlazar lo lejano&nbsp;y &eacute;l lo sabe hacer como nadie.&nbsp;F&iacute;sicamente tiene un aire a John Wayne, pero no por lo que hace sino por el porte: un gran cuerpo que se mueve elegantemente. Me sorprendi&oacute; su saber estar, su rotunda sinceridad, su amabilidad con las camareras y con los camareros, su forma de abrir los brazos a los que se sientan a la mesa.&nbsp;Ahora que lo pienso, aquella gran conversaci&oacute;n del lunes con los aeropuertos cerrados, solos en la noche bajo los laureles&nbsp;de la plaza&nbsp;que tanto aprecia Juancho, fue para mi, aunque velado y secreto, como el coloquio&nbsp;que daba inicio al<em>&nbsp;Festival Hispanoamericano de Escritores</em>.&nbsp;Podr&iacute;a haberse titulado: &ldquo;<em>Literatura, amigos y&nbsp;no tan amigos&nbsp;del alma y nacionalismo sin sustancia: una conversaci&oacute;n&nbsp;con&nbsp;Juancho Armas Marcelo&rdquo;</em>. Por supuesto, rodaron algunas cabezas y se derribaron algunas estatuas; sin odios, meramente por una cuesti&oacute;n hist&oacute;rica o did&aacute;ctica. Todo ello dentro de un tono moderado, sin altos ni bajos y como siempre ocurre con Juancho, entre col y col, la brillantez de&nbsp;alguna de&nbsp;sus incre&iacute;bles an&eacute;cdotas.&nbsp;Lo cierto es que sobrios, l&uacute;cidos y tranquilos, avanzamos por las calles desiertas de la madrugada, parando a cada diez pasos como si fuera un punto y coma en la escritura y ya cerca de su hotel, nos despedimos hasta el d&iacute;a siguiente.&nbsp;La tormenta&nbsp;<em>Hermine</em>&nbsp;se&nbsp;perd&iacute;a en el oc&eacute;ano&nbsp;y yo ya ten&iacute;a la cabeza llena, y no de agua, sino de literatura. Y esto s&oacute;lo fue el principio.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Al d&iacute;a siguiente,&nbsp;despu&eacute;s de cruzar el t&uacute;nel de la cumbre y regresar a la bruma y a la lluvia del Este,&nbsp;intervine en la Cope,&nbsp;en Santa Cruz de La Palma,&nbsp;junto con Anelio que lo hizo por tel&eacute;fono. &Eacute;l habl&oacute; de la importancia del Festival para la isla de La Palma y yo sobre la cocina del&nbsp;<em>&ldquo;El Libro de Sara&rdquo;.&nbsp;</em>De vuelta a Los Llanos,&nbsp;el taxi hab&iacute;a recogido&nbsp;en el aeropuerto al escritor Andr&eacute;s S&aacute;nchez Robayna y tuvimos una agradable conversaci&oacute;n. El poeta Bernardo Chevilly me hab&iacute;a recomendado que le entregara, sin falta, mi libro&nbsp;y yo siempre le hago caso a sus sabios consejos.&nbsp;Andr&eacute;s fue al hotel y yo a la plaza a echar una ca&ntilde;a.&nbsp;Cuando&nbsp;iba a tomar mesa, escucho: &ldquo;&iexcl;<em>Oscaaarr, vente para ac&aacute;&rdquo;!,</em>&nbsp;Juancho llegaba con el gran Pepe Esteban, el patriarca, el hombre que m&aacute;s sabe del ruedo ib&eacute;rico, editor y escritor, el &uacute;ltimo que queda de los que fueron al entierro de P&iacute;o Baroja y una persona simp&aacute;tica y encantadora.&nbsp;Al momento lleg&oacute; el director del Festival, el escritor&nbsp;Nicol&aacute;s Melini&nbsp;y su temple calmado.&nbsp;Los aeropuertos se hallaban operativos. Lo cierto es que, de repente, lleg&oacute; la marea,&nbsp;una veintena de escritoras y escritores mexicanos&nbsp;encabezados por el maestro Gonzalo Celorio, se acercaron y nos fuimos saludando; se desparramaron por las mesas entre risas, pidieron caf&eacute; o cerveza y apreciaron mucho las aceitunas ali&ntilde;adas.&nbsp;Se enriqueci&oacute;&nbsp;la prosodia del idioma,&nbsp;otra musicalidad son&oacute; en&nbsp;el aire.&nbsp;A lo largo de la ma&ntilde;ana fue llegando el resto. Luc&iacute;a el sol y la&nbsp;plaza bajo los laureles&nbsp;se llen&oacute; de literatura.&nbsp;Era la hora del almuerzo y se repartieron por varios restaurantes.&nbsp;Unimos dos mesas en&nbsp;<em>La P&eacute;rgola</em>, al pie de la torre de la iglesia, y almorzamos Pepe Esteban, Gonzalo Celorio, Andr&eacute;s S&aacute;nchez Robaina, Rosi Pascual y&nbsp;yo; al momento,&nbsp;se sum&oacute; Francisco Javier Rodr&iacute;guez,&nbsp;historiador de la ling&uuml;&iacute;stica, lexic&oacute;grafo y ensayista&nbsp;venezolano. Hablamos del&nbsp;volc&aacute;n Tajogaite, de la endecha bell&iacute;sima&nbsp;a&nbsp;Guill&eacute;n Peraza, del doctor Arlt y el&nbsp;volc&aacute;n&nbsp;Paricut&iacute;n, de los chiles&nbsp;mexicanos&nbsp;y&nbsp;de&nbsp;la pimienta palmera,&nbsp;de los abuelos canarios de&nbsp;algunos&nbsp;de los que vienen del otros lado del Atl&aacute;ntico,&nbsp;del exilio,&nbsp;de&nbsp;Alejo Carpentier, de&nbsp;las tertulias de Madrid antes de la guerra&nbsp;y&nbsp;m&aacute;s&nbsp;asuntos. Lo cierto, es que fue una reuni&oacute;n realmente&nbsp;entretenida y muy&nbsp;confortable.&nbsp;Despu&eacute;s de asistir&nbsp;a los coloquios de la tarde, en el Museo&nbsp;Arqueol&oacute;gico&nbsp;Benahorita&nbsp;ante la moli&ntilde;a,&nbsp;y&nbsp;no en&nbsp;la plaza como estaba previsto,&nbsp;acudimos&nbsp;a cenar&nbsp;al italiano y me toc&oacute;&nbsp;en suerte,&nbsp;cena po&eacute;tica&nbsp;con Pepa Alem&aacute;n y con Luc&iacute;a Rosa;&nbsp;las dos encuadradas en una ventana cl&aacute;sica de la arquitectura canaria que daba a la calle.&nbsp;Voces iluminando la noche.&nbsp;En la mesa de al lado, el poeta Aurelio Mayor,&nbsp;la editora Margarita de Orellana&nbsp;y otros escritores mexicanos, cenaban ante un gran mapa de &Aacute;frica&nbsp;que colgaba de la pared&nbsp;y parec&iacute;a que rodeaban el continente como si tomaran posiciones para invadir sus costas. El Festival estaba en marcha.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La mesa de&nbsp;<em>La P&eacute;rgola</em>&nbsp;que bajo el parterre hace esquina a la plaza, era un lugar estrat&eacute;gico, tanto para el caf&eacute; de la ma&ntilde;ana,&nbsp;para la cerveza del mediod&iacute;a&nbsp;o&nbsp;para el barraquito de la tarde. A la izquierda, los tres puestos de libros: las dos librer&iacute;as de Los Llanos y el de Ediciones La Palma. Se pod&iacute;an encontrar muchas de las obras de todas las escritoras y&nbsp;todos&nbsp;los&nbsp;escritores participantes o invitados,&nbsp;incluyendo&nbsp;<em>&ldquo;El Libro de Sara&rdquo;</em>,&nbsp;del cual firm&eacute;&nbsp;a lo largo de la semana&nbsp;unos cuantos ejemplares.&nbsp;Delante de&nbsp;los libros estaban los pupitres para la firma. En frente, la plaza con dos escenarios, uno para la ma&ntilde;ana y otro para la tarde. Los ni&ntilde;os jugando, alg&uacute;n alem&aacute;n tomando su inevitable caf&eacute; con leche aunque&nbsp;hiciera&nbsp;calor, la abuela que pasea de mano con su nieta, la puerta de la iglesia,&nbsp;las palomas&nbsp;y el sonido de las campanas;&nbsp;los alumnos de varios colegios o institutos de la isla, sentados, escuchando&nbsp;atentamente&nbsp;a&nbsp;Jos&eacute;&nbsp;Esteban&nbsp;respondiendo a&nbsp;Marta Barrio&nbsp;sobre&nbsp;volcanes; Elsa L&oacute;pez, Alberto Ruy-S&aacute;nchez&nbsp;o Enrique Serna&nbsp;firmando libros y conversando con alg&uacute;n lector o lectora.&nbsp;La vida&nbsp;misma; la vida,&nbsp;los encuentros y la literatura.&nbsp;Lo cierto es que en&nbsp;esa esquina estrat&eacute;gica estaba una ma&ntilde;ana y se acerc&oacute; Juancho a tomar caf&eacute; y agua con gas.&nbsp;Hablamos y fumamos pero tambi&eacute;n estuvimos alg&uacute;n rato en silencio. Hay que saber estar en silencio; pero esto sucede sin inquietud, solamente con aquellos que saben hablar mucho y bien y que, incluso, saben escuchar y lo aprecian. Juancho es de estos &uacute;ltimos,&nbsp;transmite compa&ntilde;&iacute;a con su mera presencia. Estando en &eacute;stas, se acerc&oacute; el editor madrile&ntilde;o Juan Casamayor y Juancho le pregunt&oacute;:&nbsp;<em>&ldquo;&iquest;C&oacute;mo est&aacute;s viendo el Festival?&rdquo;</em>&nbsp;Juan le dijo:&nbsp;<em>&ldquo;&iquest;&Eacute;sto?,&nbsp;esto es &uacute;nico. Organizar una mesa redonda es f&aacute;cil, pero trabajar con los colegios e institutos y traerlos aqu&iacute; a la plaza &ndash; se&ntilde;alaba el foro lleno&nbsp;de alumnos&nbsp;en esos mismos momentos- es algo que no se ve en la pen&iacute;nsula&rdquo;.</em>&nbsp;El&nbsp;<em>Festival Hispanoamericano de Escritores</em>&nbsp;que se realiza todos los a&ntilde;os en Los Llanos de Aridane, no es una broma, no es cualquier cosa. El Festival ha tenido y tiene una buena organizaci&oacute;n; avanza hacia su quinto encuentro; se asienta, se difunde y es seguido a nivel internacional;&nbsp;sus contenidos se&nbsp;ofrecen&nbsp;en directo y se hallan disponibles en Internet;&nbsp;tiene rasgos caracter&iacute;sticos propios y admirables.&nbsp;Los&nbsp;mismos&nbsp;participantes&nbsp;venidos de lejos,&nbsp;agradecen poder conocer esta isla perdida en medio del oc&eacute;ano y la isla&nbsp;debe agradecer&nbsp;el poder expandirse&nbsp;en sus escritos&nbsp;o poemas, como el&nbsp;muy bello&nbsp;que ley&oacute; el mexicano Alberto Ruy-S&aacute;nchez&nbsp;en el gran recital del s&aacute;bado,&nbsp;en el que tuve el honor de participar entre trece poetas.&nbsp;El Festival tiene futuro y esto se puede decir de muy pocas cosas.&nbsp;
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                    alt="Portada de &#039;Relato de los últimos días&#039; de Francisco Javier Pérez."
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                Portada de &#039;Relato de los últimos días&#039; de Francisco Javier Pérez.                            </span>
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        A&nbsp;nivel personal ech&eacute; de menos a Bernardo Chevilly, a Antonio Jim&eacute;nez Paz y a Santiago Gil que por diferentes motivos no pudieron asistir. Tambi&eacute;n me hubiera gustado que invitaran a Alicia Llarena y as&iacute; tener el gusto de conocerla; habr&aacute;n m&aacute;s ocasiones. Pero a nivel reflexivo, unos d&iacute;as despu&eacute;s de haber concluido el Festival,&nbsp;lo cierto, es que&nbsp;no dejo de preguntarme&nbsp;sobre&nbsp;la&nbsp;escasa&nbsp;asistencia a semejante evento por parte de los habitantes del otro lado de la isla.&nbsp;Vienen seguidores desde&nbsp;Francia&nbsp;que&nbsp;se quedaban en el mismo hotel que yo; vienen de Gran Canaria, se pagan sus gastos; pero no vienen&nbsp;los palmeros y las palmeras del otro lado del t&uacute;nel. No vienen los pol&iacute;ticos, ni alcaldes ni concejales&nbsp;ni consejeras; no vienen los profesores, no vienen las lectoras ni los que trabajan en temas culturales; no vienen los bibliotecarios&nbsp;ni&nbsp;los que tienen librer&iacute;as;&nbsp;no vienen los representantes de tantas y tantas asociaciones; no vienen ni un d&iacute;a; ni siquiera se acercan los&nbsp;escritores, los&nbsp;profesionales de la prensa, las amigas, los conocidos.&nbsp;Solamente los cuatro o cinco colegios e institutos que estaban&nbsp;dentro del programa.&nbsp;Mucha curva; mucha curva mental y mucha comodidad.&nbsp;Yo&nbsp;mismo, en mi retiro horaciano de estos &uacute;ltimos a&ntilde;os,&nbsp;tambi&eacute;n suelo practicar&nbsp;esa extra&ntilde;a transparencia,&nbsp;m&aacute;s de la cuenta.&nbsp;Es decir, hay&nbsp;poco&nbsp;h&aacute;bito&nbsp;cultural&nbsp;m&aacute;s all&aacute; de la calle&nbsp;y la pantalla digital&nbsp;de todos los d&iacute;as.&nbsp;Si la monta&ntilde;a viene a Mahoma,&nbsp;bien;&nbsp;porque Mahoma no va a&nbsp;ir a&nbsp;la monta&ntilde;a.&nbsp;Aunque no hubiera sido&nbsp;invitado&nbsp;al&nbsp;Festival, habr&iacute;a&nbsp;notado&nbsp;estas flagrantes ausencias.&nbsp;Hace mucho tiempo&nbsp;descubr&iacute;&nbsp;que dentro de la isla existen m&aacute;s islas. Venimos de siglos de aislamiento&nbsp;exterior, pero tambi&eacute;n, interior&nbsp;y&nbsp;parece que&nbsp;ello&nbsp;ha&nbsp;influido&nbsp;en nuestra gen&eacute;tica&nbsp;de las costumbres.&nbsp;El otro lado del barranco o de la cumbre,&nbsp;puede ser,&nbsp;a veces, pura&nbsp;<em>terra inc&oacute;gnita</em>.&nbsp;La&nbsp;<em>isla</em>&nbsp;del Valle de Aridane, la&nbsp;<em>isla</em>&nbsp;de Santa Cruz de La Palma,&nbsp;la<em>&nbsp;isla</em>&nbsp;de Los Sauces, Barlovento y Puntallana, la&nbsp;<em>isla</em>&nbsp;perdida de Garaf&iacute;a. A ra&iacute;z de la erupci&oacute;n del&nbsp;reciente volc&aacute;n y mientras continuaba con su poder destructivo y brutal, se organizaron excursiones para las personas mayores damnificadas y as&iacute; poder descargarlas de la presi&oacute;n diaria a que se hallaban sometidos. En guagua los trajeron al bosque de Los Tilos y su cascada, a la bella plaza de San Andr&eacute;s y a otros lugares del otro lado de la isla. En unas declaraciones a la prensa, estos ancianos&nbsp;comentaban; &ldquo;<em>Yo nunca hab&iacute;a estado en la monta&ntilde;a de&nbsp;San Bartolo&rdquo;. &ldquo;Yo nunca hab&iacute;a estado en el Puerto Sp&iacute;ndola&rdquo;</em>. Setenta, ochenta a&ntilde;os en la&nbsp;<em>isla</em>&nbsp;del Valle, tal vez, estuvieron en Barquisimeto o en Camberra,&nbsp;pero&nbsp;nunca alcanzaron el norte lejano, solamente cuando la fiesta de San Antonio del Monte.&nbsp;En la isla, media hora no es media hora y diez kil&oacute;metros no son diez kil&oacute;metros. Vete t&uacute; a saber.&nbsp;Lo cierto, es que este asunto,&nbsp;el binomio &ldquo;lejan&iacute;a - cercan&iacute;a&rdquo;,&nbsp;dar&iacute;a para un largo ensayo y no es el momento&nbsp;ahora&nbsp;de extendernos.&nbsp;Que quede claro que incluyo al propio Valle de Aridane dentro del poco h&aacute;bito cultural,&nbsp;incluido el de cruzar la cumbre para otra cosa que no sea el hospital o coger el barco o el avi&oacute;n.&nbsp;En el fondo,&nbsp;no nos conocemos a nosotros mismos&nbsp;y hacemos poco por conocer al otro&nbsp;que en realidad vive cerca.&nbsp;Demasiado individualismo. La lucha por&nbsp;la&nbsp;Cultura&nbsp;es la&nbsp;guerra&nbsp;que queda y lo es porque incluye a todas las dem&aacute;s&nbsp;batallas&nbsp;por venir. Donde&nbsp;existen y se desarrollan acontecimientos culturales,&nbsp;fructifica el intercambio&nbsp;y las sociedades se asientan sobre un base participativa.&nbsp;Se establecen encuentros.&nbsp;El &aacute;gora&nbsp;griego, el foro&nbsp;romano, la plaza&nbsp;bajo los laureles de Apolo.&nbsp;La&nbsp;presencia&nbsp;de p&uacute;blico para que los actos, ma&ntilde;ana y tarde, lograran discurrir dentro de una normalidad, fue la adecuada; cincuenta o sesenta asistentes&nbsp;ocupaban casi todas las sillas. P&uacute;blico variado, m&aacute;s mujeres que hombres y siempre la presencia de muchos participantes o invitados del Festival.&nbsp;Ir a Los Llanos, escuchar en vivo un&nbsp;coloquio&nbsp;sobre Juan Rulfo, sobre el exilio intelectual canario a Am&eacute;rica, sobre las mujeres escritoras en un mundo que no contaba con ellas&nbsp;y sobre muchas otras cuestiones;&nbsp;tomar un caf&eacute; y regresar a casa con unos libros firmados por la autora o el autor, parece un buen plan. Despu&eacute;s, leer en la soledad insular. Leer,&nbsp;leer&nbsp;a pesar de que&nbsp;predomina&nbsp;moverse&nbsp;ante espect&aacute;culos&nbsp;insulsos, incesantes&nbsp;y repetitivos&nbsp;que vienen de la televisi&oacute;n;&nbsp;como si ya no fuera bastante.&nbsp;No hace falta dar nombres.&nbsp;Para&nbsp;&eacute;stos&nbsp;no existe el t&uacute;nel de la cumbre.&nbsp;Espero que nos vayamos acostumbrando&nbsp;a la&nbsp;otra&nbsp;cultura&nbsp;y as&iacute; se acostumbrar&aacute;n nuestros hijos&nbsp;a otra cosa que no sea s&oacute;lo papel mojado.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El acto sobre la libertad de expresi&oacute;n en el Instituto P&eacute;rez Pulido que ten&iacute;a que moderar, previsto para el martes, se traslad&oacute; al jueves; Sandra Lorenzano sustituy&oacute; a Naira Berm&uacute;dez y Sealtiel Alatriste a Gonzalo Rojas, que por diferentes motivos no pudieron asistir al Festival. Hice la presentaci&oacute;n de los invitados reduciendo su amplio curr&iacute;culum.&nbsp;Introduje la charla:&nbsp;<em>&ldquo;Dec&iacute;a Ortega y Gasset que uno es de donde hace&nbsp;el instituto&hellip;&rdquo;</em>&nbsp;Entr&oacute; Christopher&nbsp;Dom&iacute;guez Michael, que disert&oacute; sobre el tema del velo isl&aacute;mico en Francia&nbsp;y d&oacute;nde est&aacute;n los l&iacute;mites. Sandra, poni&eacute;ndose de pie como una profesora, habl&oacute; sobre la quema de libros y&nbsp;el deber de resistir a ello;&nbsp;cerr&oacute; el acto Sealtiel, tocando&nbsp;otros&nbsp;aspectos de tan controvertido asunto. Cuando se establece alguna libertad, siempre hay alguien a quien le molesta.&nbsp;Todos los d&iacute;as hay noticias&nbsp;sobre&nbsp;el hecho de&nbsp;que la libertad de expresi&oacute;n est&aacute; siendo vulnerada en&nbsp;alg&uacute;n lugar.&nbsp;La cruda realidad.&nbsp;Al llegar&nbsp;a la plaza, todos los participantes&nbsp;en el Festival&nbsp;estaban&nbsp;ya&nbsp;esperando en la guagua.&nbsp;Excursi&oacute;n al&nbsp;Remo a comer pescado.&nbsp;Por la reciente carretera, hecha de una especie de mortero romano que resiste las altas temperaturas, se circulaba despacio.&nbsp;Lentamente fuimos cruzando la colada; el territorio arrasado por el volc&aacute;n&nbsp;<em>Tajogaite,</em>&nbsp;impact&oacute; en la mirada de los mexicanos.&nbsp;Tambi&eacute;n en todos nosotros.&nbsp;Algunas casas salvadas&nbsp;al l&iacute;mite mismo de su forma, islas excluidas, como&nbsp;libradas&nbsp;por la mano de un dios&nbsp;piadoso; otras&nbsp;castigadas&nbsp;por un dios imp&iacute;o, apenas asomando, inclinadas como barcos en la mar mala, un hundimiento eterno y detenido&nbsp;en una ausencia de sentido. Pasmo, perplejidad.&nbsp;A trav&eacute;s de un micro, alguien de la organizaci&oacute;n narraba: &ldquo;<em>Ahora mismo estamos pasando por encima de lo que fue el barrio de Todoque&hellip;</em>&rdquo;&nbsp;Elsa L&oacute;pez puso palabras al llegar a las&nbsp;poblaciones&nbsp;costeras&nbsp;La Bombilla y Puerto Naos,&nbsp;ahora&nbsp;deshabitadas&nbsp;y por ello,&nbsp;de aspecto&nbsp;fantasma.&nbsp;Las palabras ocuparon el vac&iacute;o.&nbsp;A lo largo del trayecto casi luctuoso, las escritoras y los escritores se&nbsp;hab&iacute;an levantado&nbsp;de los asientos,&nbsp;hicieron fotograf&iacute;as y v&iacute;deos.&nbsp;Tanto a&nbsp;derecha&nbsp;como&nbsp;a izquierda, la negrura; una de las formas del infierno.&nbsp;En una larga mesa nos sentamos todos a escasos metros del mar. Una gran terraza&nbsp;abierta&nbsp;en un segundo piso.&nbsp;El fot&oacute;grafo Daniel Mordzinski me dijo que le acompa&ntilde;ara para realizar las&nbsp;fotos oficiales del Festival. Primero, me&nbsp;coloc&oacute;&nbsp;de portero en una cancha de f&uacute;tbol sala que estaba justo al lado del restaurante,&nbsp;cinco&nbsp;disparos;&nbsp;despu&eacute;s,&nbsp;nos acercamos&nbsp;al callao&nbsp;y pidi&oacute; que me tumbara,&nbsp;cuatro&nbsp;disparos. Incluyendo el mar y las olas que romp&iacute;an sin ganas, todo era gris acalimado, la luz escondida tras las nubes no&nbsp;alcanzaba&nbsp;a lucir&nbsp;las cosas; pero ese d&iacute;a&nbsp;llevaba&nbsp;una camisa&nbsp;a cuadros&nbsp;en&nbsp;tonalidades azules.&nbsp;Lo cierto, es que en la foto ya publicada del&nbsp;pintor y&nbsp;escritor&nbsp;echado en el callao, el azul que no existe en el&nbsp;mar<em>&nbsp;</em>gris, se encuentra en&nbsp;la&nbsp;camisa.&nbsp;All&iacute; rompen otras olas; all&iacute;, en el pecho y al final&nbsp;de la tarde &uacute;ltima, quedar&aacute;&nbsp;<em>&ldquo;la sal que deja / la espuma de los d&iacute;as&rdquo;</em>.&nbsp;Daniel&nbsp;Mordzinski es un maestro.&nbsp;En la larga mesa fue un gran placer compartir&nbsp;mantel,&nbsp;entre&nbsp;otros&nbsp;comensales,&nbsp;con la catedr&aacute;tica e investigadora canaria, Yolanda Arencibia, que se hallaba sentada&nbsp;a&nbsp;mi izquierda. Es una de las m&aacute;ximas expertas en Gald&oacute;s a nivel internacional.&nbsp;Le entregu&eacute; mi libro de poemas y hablamos,&nbsp;entre otras cosas,&nbsp;de c&oacute;mo hacer un buen caldo de pescado&nbsp;o&nbsp;del s&iacute;mil entre cocina y escritura, mientras<em>&nbsp;</em>a<em>&nbsp;</em>Valerie Miles y a Margarita de Orellana, sentadas en frente, le coment&aacute;bamos aspectos del vino&nbsp;<em>Tenegu&iacute;a</em>&nbsp;o de&nbsp;los&nbsp;entrantes&nbsp;y dem&aacute;s viandas&nbsp;que se iban sirviendo. Entre los mexicanos, el queso de cabra asado con mojo verde y mojo colorado fue muy apreciado.&nbsp;Despu&eacute;s de los caf&eacute;s y los postres,&nbsp;regresamos&nbsp;a la guagua para seguir con los coloquios y charlas de la tarde. Los respaldos altos no dejaban ver a los que ya ocupaban asiento; fui de los &uacute;ltimos en subir junto al novelista David&nbsp;Toscana, que al no distinguir a Sarah Kuzmicz, entr&oacute;&nbsp;sonriendo y&nbsp;preguntando:&nbsp;<em>&ldquo;&iquest;D&oacute;nde est&aacute; mi chica?</em>&nbsp;Ya sentados, cerrando el elenco,&nbsp;como un dios Neptuno del fondo de las aguas, subi&oacute; -o m&aacute;s bien-, surgi&oacute;,&nbsp;barbudo y salado,&nbsp;el escritor Hern&aacute;n Lara Zavala&nbsp;al grito de:&nbsp;<em>&rdquo;&iexcl;Viva M&eacute;xico cabrones!&ldquo;;</em>&nbsp;el chofer arranc&oacute; la guagua y&nbsp;pas&oacute; la algarab&iacute;a marinera.&nbsp;De regreso a Los Llanos, al cruzar de nuevo el mal pa&iacute;s, la lava gris&nbsp;y su brutal presencia a ambos flancos del&nbsp;ventanal, hizo que todos, absolutamente todos, guardaran silencio.&nbsp;
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                    alt="Vista de Los Llanos de Aridane desde la terraza del hotel &#039;Valle Aridane&#039;."
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                Vista de Los Llanos de Aridane desde la terraza del hotel &#039;Valle Aridane&#039;.                            </span>
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        La intensidad del programa literario que tuvo lugar en Los Llanos de Aridane la semana pasada, es directamente proporcional a la necesidad que requiere una isla no capitalina y sin universidad, como La Palma. No s&oacute;lo somos una postal, una romer&iacute;a, un volc&aacute;n, un incendio o un territorio que sufre la sangr&iacute;a del despoblamiento. La isla tiene que buscar y encontrar alg&uacute;n tipo de equilibrio y con ello estar en el mundo de una forma m&aacute;s cercana a c&oacute;mo el mundo pueda estar en nosotros. Aqu&iacute;, los fen&oacute;menos culturales, y no &uacute;nicamente los deportivos, pueden hallar un tipo de hogar aunque sea al ritmo de las estaciones. Lo cierto es que fue un inmenso honor y un gran placer para m&iacute;, estar tan bien acompa&ntilde;ado; el elenco era de alto nivel. Espero que algo se me haya pegado. Por lo pronto, un pu&ntilde;ado de amigos, buenos recuerdos y una caja de libros firmados por sus autores. En esta fant&aacute;stica ocasi&oacute;n, me serv&iacute;, sobre todo, de poes&iacute;a y ensayo, dos cuentos y unas memorias. Dulce de pera para el oto&ntilde;o e importado de&nbsp;<em>La Banda</em>, como llamaban mis abuelos al Valle de Aridane. Dulce macerado, como dulce y agradable ha sido leer&nbsp;<em>&ldquo;Relato de los &uacute;ltimos d&iacute;as&rdquo; (Letra Capital, 2020),</em>&nbsp;del venezolano Francisco Javier P&eacute;rez, que adem&aacute;s de lo que he dicho arriba, es secretario general de la&nbsp;<em>Asociaci&oacute;n de Academias de Lengua Espa&ntilde;ola.</em>&nbsp;Como si fueran escritos por un &aacute;ngel enviado que abre las nubes del oto&ntilde;o para mostrar ciertas claridades, estos ensayos nos aproximan de un modo hermoso, al ocaso de ciertos personajes de la literatura o de la historia. Gestos o palabras de ellos mismos y de otros que encierran una esencia en el declive. Rel&aacute;mpagos crepusculares de Joseph Brodski, Napole&oacute;n, Saul Bellow, Anna Ajmatova, Susan Sontag, Jorge Gustavo Portela y muchos m&aacute;s. Porque los finales tambi&eacute;n tienen su po&eacute;tica y nuestra rendida admiraci&oacute;n contin&uacute;a encontrando belleza en ellos; y as&iacute;, se equilibra la inclinaci&oacute;n a pensar que la belleza ya estaba perdida. Bajo los laureles fue una alegr&iacute;a encontrar y conocer a Francisco Javier P&eacute;rez. Una alegr&iacute;a es leerlo ahora con admiraci&oacute;n y ya, tan pronto, es un doble placer, releer su bello libro:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>[&ldquo;Por eso todo proceso de Cultura para las gentes que participan en &eacute;l, suele resultar tan dram&aacute;tico, ya que los bienes del Esp&iacute;ritu que deben contribuir a la concordia y armon&iacute;a humanas, no son frutos que caen del &aacute;rbol como d&aacute;diva gratuita, sino que hay que conquistarlos y ganarlos en la envidiosa palestra del mundo&rdquo;. De esto nos habla el hombre que est&aacute; a punto de morir (Mariano Pic&oacute;n-Salas) y que ha escrito estas palabras. Est&aacute; dici&eacute;ndonos, como su mejor legado, que siempre la belleza nace del desamparo y que el desamparo nace para que la belleza nos salve, como insuficiencia y como insatisfacci&oacute;n en la empresa imposible por alcanzar el infinito.]</em>
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>&Oacute;SCAR LORENZO</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>San Andr&eacute;s y Sauces</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>Isla de La Palma</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>10-10-2022</strong>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Óscar Lorenzo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/lapalmaahora/lapalmaopina/encuentro-laureles_129_9612352.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 10 Oct 2022 16:36:24 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Encuentro bajo los laureles]]></media:title>
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    <item>
      <title><![CDATA[Aniversario candente]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/lapalmaahora/lapalmaopina/aniversario-candente_129_9566474.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/68871f8e-ad80-4dcf-9d51-9bf11369274c_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Aniversario candente"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">PUNTO Y COMA - El volcán se halla apagado pero nuestra rabia empieza a estar muy candente. Si las cosas no cambian, la situación para los damnificados será cada vez más desesperante. Y todos sabemos que la incertidumbre conlleva ansiedad. La angustia ante la pérdida y ante la ausencia de futuro será muy palpable</p></div><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                En la imagen, reverso crepuscular del volcán. ÓSCAR LORENZO                            </span>
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                </figure><p class="article-text">
        El reverso de esta imagen crepuscular es el volc&aacute;n. Esta fotograf&iacute;a est&aacute; hecha en la carretera de Cabeza de Vaca. La gente paseaba entre pinares olorosos a la sombra de una tarde de verano, cuando nos acercamos al mirador de San Nicol&aacute;s. Ven&iacute;amos de ba&ntilde;arnos en la playa y de almorzar camarones y cabrillas con albillo, un vino blanco, seco y helado. El d&iacute;a de verano hab&iacute;a sido caluroso, todo parec&iacute;a muy tranquilo; pero all&iacute; encima, al fondo, cerrando el paisaje y el propio camino por delante, estaba el volc&aacute;n callado.
    </p><p class="article-text">
        La tierra se hab&iacute;a vuelto oscura y el cielo gris azulado. Entre el mar y las nubes quedaba apenas un resquicio donde la luz respiraba casi en un ahogo s&uacute;bito. En el costado del mundo, entre Tazacorte y Tijarafe, el sol resplandec&iacute;a como un cintur&oacute;n de metal gastado. Detr&aacute;s de mi sent&iacute;a el volc&aacute;n, aunque no lo mirara. Del cr&aacute;ter se elevaba un hilo de humo, como si a lo lejos estuvieran asando carne en las afueras de una bodega. De cualquiera de las bodegas que sepult&oacute; el volc&aacute;n. El volc&aacute;n es el reverso del mundo. &iquest;C&oacute;mo jugar a la ruleta si la bola cae siempre en la misma casilla 19?
    </p><p class="article-text">
        Si se hace una fotograf&iacute;a de la isla y le damos la vuelta, sin remedio encontraremos el volc&aacute;n, la casilla 19. El volc&aacute;n es muy, muy pesado. Una vez que asoma la cabeza, no hay quien lo mueva; un tost&oacute;n. Por la puerta, por la ventana o por el cuarto de la lavadora, siempre acaba entrando. Y se queda sin pedir permiso; el muy pancho. Desvencija los muebles y funde el mango de aluminio de toda la vida, el manguito donde calentaba la sopa. El volc&aacute;n es un desmemoriado y se olvida de los calderos que pone al fuego. Incluso, es capaz de echarse a dormir y dejar el gas abierto en la cocina. El volc&aacute;n es muy ego&iacute;sta.
    </p><p class="article-text">
        Si, por el contrario, hacemos una fotograf&iacute;a directamente al volc&aacute;n y sin darle la vuelta ni nada, no observaremos el volc&aacute;n, sino que veremos directamente a los abuelos, a nuestra madre y a nuestro padre, a nuestra amada, hijos, hermanos o amigos queridos. A nuestros vivos y a nuestros muertos. Si miro fijamente el volc&aacute;n, no vislumbro el volc&aacute;n; veo a mucha gente que desconozco y que ahora forma parte de m&iacute;, como si fueran mi familia. Debajo de la mole imponente del volc&aacute;n callado, rajada la tierra querida y mientras el sol arde en la pira de los sacrificios, pienso m&aacute;s que nunca en los isle&ntilde;os como hermanos.
    </p><p class="article-text">
        En esta bella imagen destaca un pino que casi besa el sol crepuscular; un pino como un h&eacute;roe que permanece erguido en el campo tras la batalla. Sobrevivimos en una franja de luz sobre la tierra oscura. Necesitamos ver a los h&eacute;roes, establecer s&iacute;mbolos; si no los hay, los inventamos. El reverso del pino es el volc&aacute;n; pero no olviden que el volc&aacute;n tiene la rara cualidad de reflejarnos a nosotros mismos. Aunque no hayamos hablado, en ese resquicio de luz entre el cielo y la tierra, tendremos alg&uacute;n d&iacute;a que encontrarnos. Somos un espejo.
    </p><p class="article-text">
        Recuerdo los term&oacute;metros de la infancia. Su delicadeza de cristal hac&iacute;a que, al romperse a menudo, fueran cambiando en el marcado de la escala, en el peso, en una leve curva de la forma donde se estrechaba o finalizaba. Cuando mi madre sacaba el term&oacute;metro y lo sacud&iacute;a en su mano derecha a la altura del hombro, era se&ntilde;al de que algo pod&iacute;a ir mal y hab&iacute;a que averiguar qu&eacute; era. Una vez que mi madre dec&iacute;a treinta y siete y medio o treinta y ocho, yo sab&iacute;a que comenzaba el ritual de aguas hervidas, los poleos y las salvias, el lim&oacute;n, la miel, la aspirina; y a sudar de lo lindo bien abrigado para bajar la fiebre; a medianoche, cambio de pijama y dos o tres d&iacute;as sin ir a la escuela. Cuando mi madre levantaba el term&oacute;metro y lo sacud&iacute;a con la mano derecha, las gripes, catarros, pulmon&iacute;as, infecciones y dem&aacute;s maleficios, sal&iacute;an huyendo despavoridos.
    </p><p class="article-text">
        Si era un diagn&oacute;stico m&aacute;s serio y hab&iacute;a que acudir a los antibi&oacute;ticos, mi madre pon&iacute;a a hervir en el fuego peque&ntilde;o de la cocina, la jeringuilla de cristal y la aguja; lo hac&iacute;a en la propia caja de metal donde se guardaba; ten&iacute;a las esquinas redondeadas que le daban la forma de ata&uacute;d; tal vez, con la intenci&oacute;n de advertir a la propia infecci&oacute;n el destino fatal que le esperaba. Y entonces, levantando la jeringuilla a la altura de los ojos, sacando el aire a la aguja enroscada, algod&oacute;n empapado en alcohol en la mano izquierda y con un encantamiento de palabras -uno nalga relajada y ojos cerrados-, te pinchaba como un &aacute;ngel. A lo largo de mi infancia, fui viendo el culo a la mayor parte de los habitantes del barrio de Las Lomadas, en Los Sauces. Y eran cerca de dos mil; no como ahora, que s&oacute;lo llegan a cuatrocientas almas.
    </p><p class="article-text">
        Si en estos momentos, a la isla de La Palma le pusi&eacute;ramos un term&oacute;metro, marcar&iacute;a una alta fiebre, por encima de los cuarenta grados. Pero el asunto, es que ese aumento en la escala, no ser&iacute;a motivado por el volc&aacute;n candente, candente todav&iacute;a aunque lleve un a&ntilde;o dormido y los que le quedan; ese aumento de la temperatura corporal de la isla, ser&iacute;a por la situaci&oacute;n en que se encuentran muchos de los damnificados, para los que no hay respuesta ni parece que pronto la vaya a haber. Mi madre, despu&eacute;s de comprobar el estado de la cuesti&oacute;n con un simple term&oacute;metro de mercurio, pondr&iacute;a la jeringuilla y la aguja a hervir ante la gravedad del asunto. Antibi&oacute;ticos intramusculares; de los que escuecen cuando te los inyectan, como los que ven&iacute;an en una caja amarilla. Eso har&iacute;a mi madre si se levantara de la tumba.
    </p><p class="article-text">
        Es evidente que no podemos decir que las cosas van bien; ni tampoco que van fatal, ni echarle la culpa a algunos en concreto ni a todos alrededor; nos pretenden calladitos. Todos est&aacute;n desbordados e ir&aacute;n a parar, seguramente, a alg&uacute;n infierno pol&iacute;tico. Como nosotros a alg&uacute;n infierno particular. No podemos saber la verdad antes de tiempo; y si nos dan tiempo, la liamos; no sabemos c&oacute;mo ponernos de acuerdo, queremos lograrlo sin ceder nada, sin hacer concesiones. Hacemos el rid&iacute;culo. Podemos tener raz&oacute;n, pero eso no disminuye el caos. La confusi&oacute;n o desinformaci&oacute;n nos enga&ntilde;a, nos desesperamos y con la histeria pretendemos cortar el nudo gordiano de un solo tajo. A&ntilde;adimos sal al agua que ya est&aacute; demasiado salada. Pero sabemos una cosa, algo importante: con tiritas no podemos cortar una hemorragia. Es evidente que no hay plan. No hay estrategia ante la desolaci&oacute;n que se incrementa d&iacute;a a d&iacute;a. As&iacute; que a mirar el pino crepuscular para no ver el volc&aacute;n y a olvidarnos de nosotros. El volc&aacute;n es el reverso de una postal que desmaya a media Europa. &iquest;Turismo de paisaje? &iquest;Y el paisanaje?
    </p><p class="article-text">
        <em>[La influencia que el volc&aacute;n est&aacute; ejerciendo sobre la realidad, constituye un punto de inflexi&oacute;n, un antes y un despu&eacute;s. Esto es as&iacute;, no s&oacute;lo para los damnificados por la erupci&oacute;n sino para todos los habitantes de la isla. Tener conciencia de este hecho es lo que dar&aacute; las pautas de futuro. Un se&ntilde;or que hab&iacute;a perdido su vivienda, afirmaba en un v&iacute;deo que &eacute;l se hallaba tranquilo, que intentaba conservar la calma, pero que todo lo que le rodeaba se encontraba marcado por el volc&aacute;n, que todo era una situaci&oacute;n donde la normalidad no existe. De nuevo aparece el conflicto, tan insular, entre lo exterior y lo interior; entre la adversidad misma, lo de fuera, y nuestra capacidad de resistencia, lo de dentro. Mientras el volc&aacute;n destruye sobre el libro de la isla, lo que las palmeras y los palmeros hab&iacute;an escrito con tanto esfuerzo, vuelvo al fil&oacute;sofo Gilles Deleuze, intento buscar en&nbsp;sus&nbsp;palabras lo que la abrumadora realidad esconde:</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>&ldquo;No hay un segundo nacimiento porque haya habido una cat&aacute;strofe sino al rev&eacute;s, hay una cat&aacute;strofe tras el origen, porque debe haber, tras el origen, un segundo nacimiento. Podemos hallar en nosotros mismos la fuente de este tema: para juzgar la vida, nosotros no atendemos a su producci&oacute;n, sino que esperamos a su reproducci&oacute;n. Un animal del que ignoramos su modo de reproducci&oacute;n no se puede clasificar entre los seres vivos. No basta con que todo comience, es preciso que se repita una vez acabado el ciclo de las combinaciones posibles. El segundo momento no sucede al primero, sino que es su reaparici&oacute;n cuando el ciclo de los dem&aacute;s momentos ha terminado. El segundo origen es, por tanto, m&aacute;s esencial que el primero, porque nos da la ley de la serie, la ley de la repetici&oacute;n de la cual el primero nos da solamente los momentos&rdquo;].</em>
    </p><p class="article-text">
        El 10 de octubre de 2021 cuando el volc&aacute;n llevaba 21 d&iacute;as en activo, publiqu&eacute; el sexto art&iacute;culo sobre el asunto y el primero para el peri&oacute;dico el Diario.es&nbsp;<em>&lsquo;El volc&aacute;n y la condici&oacute;n insular</em>. Estos dos p&aacute;rrafos anteriores lo conclu&iacute;an. El pasado 19 de septiembre se cumpl&iacute;a un a&ntilde;o del inicio de la erupci&oacute;n. El volc&aacute;n ahora se halla apagado, pero la<em>&nbsp;marmita del diablo</em>&nbsp;permanece a&uacute;n muy candente. Los problemas no han hecho sino aumentar en n&uacute;mero y en complejidad. Hay necesidades urgentes que no se resuelven y otras que solamente pueden solventarse a medio plazo. La complejidad es directamente proporcional a la falta de unidad, tanto entre las diferentes administraciones p&uacute;blicas como entre los propios damnificados. Nunca ha sido tan necesario como ahora, disponer de un<em>a&nbsp;</em>buena capacidad de gesti&oacute;n y ni a&uacute;n disponiendo de ella, la tarea ser&iacute;a f&aacute;cil. Nada aprendimos del&nbsp;<em>Tenegu&iacute;a</em>&nbsp;que fue una postal viviente; nada aprendimos del volc&aacute;n de<em>&nbsp;San Juan</em>&nbsp;del a&ntilde;o 1949 bajo la dictadura de Franco. Ahora la isla se encuentra m&aacute;s poblada, hay estudios, hay medios, hay tecnolog&iacute;a, pero no s&eacute; c&oacute;mo llamar al hecho que que despu&eacute;s de un a&ntilde;o, sigan habiendo demasiadas preguntas y muy pocas respuestas. Al parecer, como escrib&iacute;a Homero, los molinos de los dioses muelen despacio. Mientras tanto se tritura el alma humana y con esa harina los damnificados cuecen el pan de los d&iacute;as sin aurora.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando dejen de haber tantas preguntas podr&aacute; volver la aurora. Saber de d&oacute;nde venimos aunque no sepamos hacia d&oacute;nde vamos, ser&iacute;a recomendable. Ayer le&iacute;&nbsp;<em>Vivir sobre el volc&aacute;n,&nbsp;</em>un texto bell&iacute;simo del poeta palmero Ricardo Hern&aacute;ndez Bravo para la revista&nbsp;<em>Zenda</em>, y que public&oacute; el&nbsp;<em>Festival Hispanoamericano de Escritores</em>&nbsp;a celebrar del 26 de septiembre al 1 de octubre en Los Llanos de Aridane:
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;<em>Aqu&iacute; sabemos bien lo que es vivir en riesgo, porque nuestra condici&oacute;n, aprendida de siglos, es estar siempre en vilo, con los ojos muy abiertos, pendientes de leer los signos del cielo y el mar que nos sostienen. Pendientes de si es tiempo de dar condici&oacute;n a la tierra, de si pintan bien las caba&ntilde;uelas, de si la luna de octubre y la lisura en la cumbre, de si se aguarece el plant&oacute;n y a ver si acaba la seca y llega lluvia buena y sin viento, si se llena el aljibe, si se logra el millo y no se murcha la uva y hay higos que echar al tendal y apretar en las cajas para endulzar el invierno. Vivir sobre un volc&aacute;n es un vivir a cuenta, a condici&oacute;n, un transitar orillero por los andenes en una incansable batalla por ahuyentar la memoria del hambre&rdquo;</em>. De una manera po&eacute;tica y con una visi&oacute;n neorrealista, describe el prodigio del esfuerzo de su padre, de su suegro, de su abuelo.&nbsp;<em>&ldquo;Vivir sobre el volc&aacute;n es el milagro de las manos, un pulso sostenido con la aspereza modelada a nuestra imagen que deja en la piel una marca inconfundible: la quemadura implacable del sol atl&aacute;ntico, estr&iacute;as y manchas en los rostros curtidos de intemperie, en las manos endurecidas, regruesadas por el tanteo minucioso y continuo de la piedra y el roce de los cabos de guataca, picos, martillos o marrones&rdquo;</em>. El poeta y profesor del El Paso, escribe de lo que no ha sido regalado.&nbsp;<em>&ldquo;En este valle de una isla canaria sabemos como nadie en qu&eacute; medida estamos expuestos a la contingencia, al capricho y el brusco zarandeo de los tiempos&rdquo;.</em>
    </p><p class="article-text">
        La inestabilidad de los tiempos de nuestros padres y abuelos tiene que ver con las condiciones de abandono de una dictadura miserable, al margen de las desdichas naturales correspondientes; la inestabilidad de nosotros tiene que ver con la poca capacidad de respuesta de una democracia que nunca es igual para todos y que es manejada sin solvencia administrativa o por el hecho de que nadie se hace verdaderamente responsable de nada. Ni hay una estrategia oficial ni se est&aacute; dise&ntilde;ando. S&oacute;lo hay parcheo parcial para hacerse la foto. Premios, homenajes, guerra informativa y pol&iacute;tica, confusi&oacute;n en los consorcios de seguros, confusi&oacute;n en la gesti&oacute;n de las ayudas por parte de los tres ayuntamientos implicados; ausencia de criterio en la adjudicaci&oacute;n de las casas, largas en el Cabildo Insular, en el asunto de los gases nocivos y la ins&oacute;lita situaci&oacute;n de Puerto Naos y El Remo; arrogancia en el trazado de las carreteras. Las plataformas de afectados son como reinos de taifas, cada una haciendo la guerra por su cuenta. Falta de unidad, de direcci&oacute;n, de estar orientados. El volc&aacute;n se halla apagado pero nuestra rabia empieza a estar muy candente. Si las cosas no cambian, la situaci&oacute;n para los damnificados ser&aacute; cada vez m&aacute;s desesperante. Y todos sabemos que la incertidumbre conlleva ansiedad. La angustia ante la p&eacute;rdida y ante la ausencia de futuro ser&aacute; muy palpable.
    </p><p class="article-text">
        Hace 1500 a&ntilde;os, San Agust&iacute;n nos recordaba:&nbsp;<em>&ldquo;La esperanza tiene dos hijas hermosas: la ira y la valent&iacute;a. La ira ante el estado de las cosas y la valent&iacute;a para cambiarlas&rdquo;.</em>
    </p><p class="article-text">
        Contenedores gallegos, rid&iacute;culos y a precio de esc&aacute;ndalo para calmar los nervios de los que lo perdieron todo. El infierno ya est&aacute; aqu&iacute;. En el libro solidario que duele y emociona, pero que tambi&eacute;n reconforta,&nbsp;<em>Las otras historias del volc&aacute;n</em>, editado por la productora audiovisual&nbsp;<em>I love the World</em>, dirigida de un modo admirable por Alfonso Escalero y que ha vendido m&aacute;s de 6.000 ejemplares, el psic&oacute;logo Aitor Alonso, apunta en&nbsp;<em>Los da&ntilde;os colaterales a nivel psicol&oacute;gico: &ldquo;De la incredulidad a la constataci&oacute;n de la nueva realidad:&nbsp;(se produce)&nbsp;un proceso traum&aacute;tico que, a corto plazo, provoca estados de &aacute;nimo negativos tales como desconcierto, impotencia, rabia, desamparo y que a largo plazo pueden desembocar en afecciones concurrentes como depresi&oacute;n, angustia y trastornos de ansiedad</em>&rdquo;. Adem&aacute;s de estas consecuencias, a&ntilde;ade el sentido de culpabilidad por algo mal hecho en los momentos de confusi&oacute;n, la incertidumbre ante el futuro por la falta de alternativas, la revictimizaci&oacute;n por la necesidad de tener que pedir a las administraciones y el sentimiento de agravio comparativo a ra&iacute;z del desigual reparto de las ayudas. Y por supuesto, hay que sumar a todas estas desdichas y no es poco, las p&eacute;rdidas directas y brutales a nivel familiar: el origen, el &aacute;mbito del hogar, lo sagrado, el sentimiento de intrascendencia por el esfuerzo generacional; la p&eacute;rdida de espacio a nivel comunitario, la dispersi&oacute;n de lo social y en cuanto a la propia identidad ya tan erosionada, la p&eacute;rdida del equilibrio y bienestar econ&oacute;mico que lleva al peligro de exclusi&oacute;n social. Este es el parte psicol&oacute;gico, un parte de guerra. El diagn&oacute;stico es serio. Un aut&eacute;ntico volc&aacute;n emocional es lo que se nos viene encima.
    </p><p class="article-text">
        Leo una y otra vez el texto de Gilles Deleuze y pienso que contiene la clave del asunto. Lo que se haga ahora, tras la cat&aacute;strofe, es importante porque da la ley de la serie. Se sentar&aacute; un precedente para cuando estalle el siguiente volc&aacute;n. No basta con que todo comience, este es el segundo nacimiento y es el que dar&aacute; las pautas de futuro. Lo que ahora seamos capaces de hacer, ser&aacute; muy importante para pasar el duro trance, pero m&aacute;s importante a&uacute;n, es que desde ahora comencemos a ir bien orientados. Todo lo dem&aacute;s ser&aacute; perder el tiempo. S&oacute;lo que el tiempo es uno para los damnificados y otro distinto para el resto. Unos ven el volc&aacute;n, aunque no est&eacute; en su campo de visi&oacute;n, y otros miran la puesta de sol sin advertir que si le dan la vuelta, se pueden encontrar con el volc&aacute;n en sus propias narices. Comprender lo que quisimos es amar lo que nos queda.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>&Oacute;SCAR LORENZO</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>San Andr&eacute;s y Sauces</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>Isla de La Palma</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>24-09-2022</strong>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Óscar Lorenzo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/lapalmaahora/lapalmaopina/aniversario-candente_129_9566474.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 24 Sep 2022 17:11:22 +0000]]></pubDate>
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      <title><![CDATA[Peces voladores y la libertad de expresión]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/lapalmaahora/lapalmaopina/peces-voladores-libertad-expresion_129_9306783.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c3df5b91-36b2-4560-b14c-1274e781a745_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Peces voladores y la libertad de expresión"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">PUNTO Y COMA - ¿Qué tendrán las palabras que tanto molestan a los de arriba y tanto las necesitan los de abajo? Por ellas se muere y por ellas se mata.</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;S<em>apere aude&rdquo;</em>&nbsp;(Atr&eacute;vete a saber). Horacio (65 a.C.- 8 a.C.)&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Dec&iacute;a la fil&oacute;loga, escritora y traductora Carmen Bravo-Villasante, que el mayor arte de encantamiento es el de la palabra. A trav&eacute;s de la palabra ya sea oral o escrita, el ser humano ha intentado a lo largo de los siglos encantar al otro, tanto al igual como al diferente. Los amantes sin ella, se ver&iacute;an perdidos en una arquitectura donde los gestos no podr&iacute;an expresar tanta callada turbaci&oacute;n. En nuestros centros de ense&ntilde;anza, los profesores intentan encantar con la palabra a los alumnos para que presten atenci&oacute;n y los alumnos intentan, tambi&eacute;n con la palabra, encantar a los profesores para aprobar los ex&aacute;menes. La pol&iacute;tica se sirve de ellas para agradar y conseguir votos; aunque tengo mis dudas, porque a veces parece que lo que quieren es que huyamos espantados de lo mal que se expresan o de las barbaridades que proponen algunos para arreglar las cosas. Con las palabras y su capacidad para el hechizo, los poetas y los escritores intentan detener el cerco de lo invisible, hacen que el lenguaje acoja nuestra experiencia y no nos sintamos tan hu&eacute;rfanos en un mundo extra&ntilde;o. Agotados e incluso, desenga&ntilde;ados, buscamos el embeleso de una nana de palabras para poder dormir tranquilos hasta el d&iacute;a siguiente. Pero despu&eacute;s de dormir, hay que despertar. Y para despertar hace falta informaci&oacute;n para poder estar orientados. Aqu&iacute; es donde las palabras que expresan nuestra experiencia o nuestro sentir, entran en colisi&oacute;n con los que detentan el poder.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los reg&iacute;menes autoritarios, las juntas militares y las dictaduras, o incluso las democracias corruptas tan abundantes, siempre han temido que ciertas palabras lleguen a los ciudadanos y para que ello no ocurra, se sirven de la violencia y de la censura. Recortan o limitan la libertad de expresi&oacute;n creyendo, inocentemente, que pueden acallarla; cuando el curso de la Historia ha demostrado, una y otra vez, todo lo contrario. Prohibir algo es acrecentar su difusi&oacute;n. No es de esperar inteligencia de qui&eacute;n es un d&eacute;spota, as&iacute; que es normal que imponga siempre la ley del silencio a aquellos que piensan. Los primeros objetivos a tumbar por parte de quien da un golpe de estado, son los centros de informaci&oacute;n. Se clausuran escuelas y academias, se cierran peri&oacute;dicos, revistas y muchos programas de radio televisi&oacute;n se retiran de antena. Pero el poder va m&aacute;s all&aacute;. Una de las formas de imponer silencio a los opositores que se consideran peligrosos, es el destierro, como hizo el general Primo de Rivera con Unamuno envi&aacute;ndolo a Fuerteventura; otra es el encierro, como le sucedi&oacute; a Miguel Hern&aacute;ndez que falleci&oacute; en una c&aacute;rcel franquista; y la otra es directamente el asesinato a sangre fr&iacute;a como le pas&oacute; a Garc&iacute;a Lorca. Luego, como consecuencia de este tipo de actitudes autoritarias in crescendo, est&aacute; la epopeya del exilio, esa<em>&nbsp;Odisea</em>&nbsp;al rev&eacute;s. Dejar la tierra amada, el trabajo, los amigos, el hogar; dejar todo revuelto en el caos y la represi&oacute;n para buscar el derecho a vivir en otro lugar lejano y desconocido. Y hay que hacerlo con una pena enorme, con mucho sacrificio, sin nada en las manos y sin billete de vuelta. A ra&iacute;z del golpe de estado contra la Rep&uacute;blica y la posterior&nbsp;<em>Guerra Civil,</em>&nbsp;miles de espa&ntilde;oles sufrieron este drama. En M&eacute;xico acabaron recalando 20.000 refugiados republicanos. El tinerfe&ntilde;o Juan Marichal, el mismo, exiliado en Boston, catedr&aacute;tico em&eacute;rito de la&nbsp;<em>Universidad de Harvard,</em>&nbsp;en&nbsp;<em>&ldquo;El secreto de Espa&ntilde;a&rdquo; (Taurus, 1995</em>) escrib&iacute;a:<em>&nbsp;&ldquo;Todo exilio revela siempre la densidad cultural de un pa&iacute;s: y la de Espa&ntilde;a en 1936 era la m&aacute;s alta de toda su historia&rdquo;</em>. Eso logr&oacute; el fascismo en Espa&ntilde;a, dispersar por el mundo nuestra mejor generaci&oacute;n de mujeres y hombres de val&iacute;a. En el&nbsp;<em>Ateneo Espa&ntilde;ol de M&eacute;xico</em>&nbsp;fundado en 1949, realizaban actividades el poeta Luis Cernuda, el m&uacute;sico Rodolfo Halffter, los escritores Ram&oacute;n J. Sender y Max Aub; tambi&eacute;n el gran cineasta Luis Bu&ntilde;uel. En su bello libro de memorias &ldquo;Mi &uacute;ltimo suspiro&rdquo;, los cap&iacute;tulos dedicados a su estancia en M&eacute;xico son una maravilla. Mar&iacute;a Zambrano (1904-1991) lleg&oacute; a Morelia en 1939, en M&eacute;xico public&oacute; cinco trabajos, entre ellos, esa joya que es&nbsp;<em>&ldquo;Filosof&iacute;a y poes&iacute;a&rdquo;</em>. Luego public&oacute; m&aacute;s y la influencia de su pensamiento hoy en d&iacute;a, es considerable. Aunque lo eran, en lugar de sentirse refugiados, los espa&ntilde;oles en M&eacute;xico se sintieron transterrados, al decir de Max Aub. Una tierra af&iacute;n les acog&iacute;a. El M&eacute;xico de L&aacute;zaro C&aacute;rdenas abri&oacute; los brazos a los republicanos espa&ntilde;oles; y s&oacute;lo M&eacute;xico mostr&oacute; esa generosidad. Mar&iacute;a Zambrano no se cansaba de repetirlo. Pero hay epopeyas que duran demasiado.<em>&ldquo;Y entonces el exiliado descubre con estupor primero, con dolor despu&eacute;s, con cierta iron&iacute;a m&aacute;s tarde, en el momento mismo en que objetivamente ha terminado su exilio, que el tiempo no ha pasado impunemente, que tanto si vuelve como si no vuelve, jam&aacute;s dejar&aacute; de ser un exiliado&rdquo;,</em>&nbsp;nos recordaba el fil&oacute;sofo y poeta Adolfo S&aacute;nchez V&aacute;zquez (1915-2011). Este hombre, a los 21 a&ntilde;os dirig&iacute;a en Madrid el peri&oacute;dico<em>&nbsp;&ldquo;Ahora&rdquo;,</em>&nbsp;que tiraba medio mill&oacute;n de ejemplares y trabajaba con Ortega y Gasset; luch&oacute; en la guerra, a los 23 a&ntilde;os desde Francia viaj&oacute; a M&eacute;xico; continu&oacute; su carrera y toda su vida ense&ntilde;&oacute; Filosof&iacute;a en la Universidad. En una entrevista en El Pa&iacute;s (07-03-2004), Juan Cruz le preguntaba:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -&ldquo;<em>Don Adolfo, &iquest;es &eacute;ste (Espa&ntilde;a) su pa&iacute;s?&rdquo;</em>
    </p><p class="article-text">
        -&ldquo;<em>Aunque sal&iacute; cuando ten&iacute;a 23 a&ntilde;os y llevo m&aacute;s de sesenta a&ntilde;os fuera, &eacute;ste es mi pa&iacute;s. Claro que le debo todo a M&eacute;xico. El destierro dur&oacute; demasiado tiempo; cuando ya fue posible volver no lo pudimos hacer: estaban nuestros hijos, nuestros nietos, la vida ya no nos permit&iacute;a la vuelta&rdquo;.</em>&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Palabras de un periodista que se hizo fil&oacute;sofo y un gran hombre de letras en M&eacute;xico. Palabras de un exiliado que si se hubiera quedado en Espa&ntilde;a en 1939, habr&iacute;a sido detenido y fusilado. La defensa de las palabras que buscan la raz&oacute;n, pueden llevarnos a un itinerario sin retorno. Y ser&aacute; un largo viaje. La defensa de las palabras puede llevarnos, incluso, al &uacute;ltimo viaje, a la muerte.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; tendr&aacute;n las palabras que tanto molestan a los de arriba y tanto las necesitan los de abajo? Por ellas se muere y por ellas se mata. A S&oacute;crates le condenaron a beber el jugo de la almendra amarga, la cicuta, por no reconocer a los dioses atenienses y corromper a la juventud. S&eacute;neca se vio obligado a cortarse las venas ante la orden de ejecuci&oacute;n de Ner&oacute;n. El mismo Jesucristo fue crucificado por ser un orador demasiado convincente para el gobernador de Judea, Poncio Pilatos. Al emperador Octavio Augusto no le complacieron las palabras escritas en&nbsp;<em>&ldquo;Ars amandi&rdquo;;</em>&nbsp;desterr&oacute; a Ovidio lejos de Roma y lo envi&oacute; entre b&aacute;rbaros al&nbsp;<em>Ponto Euxino</em>, al Mar Negro. Las palabras helioc&eacute;ntricas de Giordano Bruno no gustaron al Papa; la verdad de la Ciencia choc&oacute; con la verdad de Dios y por ello fue quemado en la hoguera. Spinoza, al principio ensalzado por los calvinistas, fue despu&eacute;s expulsado de muy mala forma de Amsterdam. El gran Voltaire tuvo que huir primero de Luis XV y de Par&iacute;s y despu&eacute;s del rey de Prusia, el d&eacute;spota Federico II. Interminable es la epopeya de aquellos que no se callaron, los que defendieron el impulso com&uacute;n a todo ser humano que es el de expresarse en libertad. El poder pol&iacute;tico a lo largo de la historia, con su caracter&iacute;stica intenci&oacute;n de ordenar, controlar y dirigir, suele tender a limitar o simplemente, eliminar esa libertad. Las palabras de los que piensan han sido perseguidas hasta la saciedad por la tiran&iacute;a; y por no callarse, los escritores han pagado con el destierro o con su vida, tanta injusticia; y cuando no, con la c&aacute;rcel y la tortura. Sin embargo, m&aacute;s tarde, m&aacute;s temprano, la verdad prevalece; las tiran&iacute;as acaban cayendo y las obras que se crearon al margen del poder, sobreviven dejando en nosotros un legado imperecedero. La verdad si es reconocida, vuelve, retorna para alivio general; pero los cuerpos de los que la pronunciaron, no podr&aacute;n ver el vuelco que han dado las cosas. Para ellos ser&aacute; demasiado tarde. Demasiado tarde para B&aacute;bel, para Pilniak, para Mandelshtam, todos asesinados por el r&eacute;gimen sovi&eacute;tico. Mucho antes, Dostoyevski se hab&iacute;a salvado por los pelos de ser fusilado; le conmutaron la pena de muerte pero fue enviado a Siberia; el camino que muchos escritores y escritoras rusas iban a seguir tomando, tanto en tiempos de los zares como en los tiempos de Stalin. Censura y silencio. Bala o destierro. Y mientras tanto, para los que tienen la suerte de poder huir, el exilio; el largo e incierto camino del exilio. La familia de Clarice Lispector tuvo que huir del caos de Ucrania en 1921; llegaron con lo puesto a Brasil. El Nobel de literatura, el poeta ruso Joseph Brodsky, ante las amenazas de las autoridades, abandon&oacute; la Uni&oacute;n Sovi&eacute;tica en 1972 y falleci&oacute; en Nueva York en 1996. Nunca regres&oacute; a San Petesburgo. Busc&oacute; un paisaje de a&ntilde;orados canales todos los inviernos en Venecia. El talento siempre aspira a pensar por s&iacute; mismo y esto no le gusta nada al poder y por ello se dedica a perseguirlo. Voltaire en su &ldquo;<em>Diccionario Filos&oacute;fico&rdquo;</em>&nbsp;en la entrada&nbsp;<em>&ldquo;Letras, hombres de letras o letrados&rdquo;</em>&nbsp;afirma:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>&ldquo;Los hombres de letras han prestado los mejores servicios al peque&ntilde;o n&uacute;mero de seres pensantes repartidos por el mundo, son los letrados que han permanecido aislados; los verdaderos sabios encerrados en su despacho, que no han argumentado en los bancos de las universidades, ni han dicho cosas a medias en las academias, y casi todos ellos han sido perseguidos. Nuestra miserable especie est&aacute; hecha de tal modo que los que andan por un camino ya andado arrojan siempre piedras a los que ense&ntilde;an un camino nuevo&rdquo;</em>. Esto lo dec&iacute;a el genio franc&eacute;s antes de la Revoluci&oacute;n Francesa, en 1765. Sobre la condici&oacute;n de escribir apunta:&nbsp;<em>&ldquo;La mayor desdicha de un hombre de letras quiz&aacute; no sea el ser objeto de los celos de sus compa&ntilde;eros, la v&iacute;ctima de la c&aacute;bala, el objeto de desprecio por parte de los grandes del mundo;&nbsp;su desdicha consiste en ser juzgado por necios. Los necios van lejos a veces: sobre todo cuando el fanatismo se une&nbsp;a la ineptitud, y a la ineptitud,&nbsp;el esp&iacute;ritu de venganza. Adem&aacute;s la gran desdicha de un hombre de letras es, por lo general, el no apegarse a nada. Un burgu&eacute;s compra un peque&ntilde;o oficio, y verlo ah&iacute; sostenido por sus cofrades. Si se comete una injusticia contra &eacute;l, encuentra r&aacute;pidamente defensores. El hombre de letras est&aacute; desamparado; se parece a los peces voladores; si se levantan un poco los p&aacute;jaros los devoran; si se sumergen se los comen los peces&rdquo;.</em>&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Persecuci&oacute;n y desamparo. Escritura y resistencia. Esta es la historia de lo que hoy llamamos libertad de expresi&oacute;n. Y as&iacute; va a seguir siendo; por eso es una lucha constante. Para aumentar la lista de los perseguidos, en 1702 nace el periodismo en Inglaterra con la aparici&oacute;n de el primer diario, el&nbsp;<em>&ldquo;Daily Courrant</em>&rdquo;. Desde el siglo XVIII, los periodistas han cumplido su trabajo informativo en los diarios y despu&eacute;s en las revistas, todas ellas muy importantes en todo el siglo XIX. En&nbsp;<em>&ldquo;Madame Bovary&rdquo;&nbsp;</em>de Flaubert, la protagonista,&nbsp;<em>Emma,</em>&nbsp;en una ciudad de provincias, se desconsuela viendo y leyendo las revistas que mostraban la vida parisina; y fue languideciendo mientras a la hora de la cena, hac&iacute;a rayas con la punta del cuchillo en el mantel de hule. En el siglo XX aparece la radio y la televisi&oacute;n y en el siglo XXI Internet. Y ahora el desconsuelo es general, no solo de las protagonistas de las novelas; tal vez, solamente ha cambiado el mantel. Al parecer, fue Julio C&eacute;sar en el a&ntilde;o 59 a. de J. C., quien primero reconoci&oacute; el valor de la opini&oacute;n p&uacute;blica y cre&oacute; el&nbsp;<em>Diario Romano (Diurna urbis acta)</em>&nbsp;que hizo colocar en el Foro. En el siglo XIX proliferaron los peri&oacute;dicos de facciones y partidos pol&iacute;ticos y hacia finales del mismo en los Estados Unidos Joseph Pulitzer y William Randolph Hearst, crearon los grandes diarios destinados a la venta masiva. En Alemania comenz&oacute; a usarse la fotograf&iacute;a en la prensa diaria en 1880. Hoy en d&iacute;a, el desarrollo de las nuevas tecnolog&iacute;as ha modificado el trabajo en los medios de comunicaci&oacute;n. Rapidez en los mensajes, actualizaciones de los contenidos, importancia de lo audiovisual y la fuerza de lo ic&oacute;nico, son caracter&iacute;sticas de la manera de informar en la actualidad. La sociedad de consumo demanda informaci&oacute;n a unos medios que se han convertido en el cuarto poder. Es indudable que las nuevas tecnolog&iacute;as e Internet, pueden llevarnos a unos niveles nunca alcanzados de difusi&oacute;n de la informaci&oacute;n y de la cultura; pero al mismo tiempo, como si fuera el &aacute;ngel de la sombra, todos sabemos que esos niveles aumentar&aacute;n tambi&eacute;n en manipulaci&oacute;n y propaganda. Si crece el reino de Dios, crece el reino del diablo. En medio, los periodistas y los escritores sin lugar donde sentirse a resguardo: &ldquo;peces voladores&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Podr&iacute;amos hablar de la falta de libertad de prensa y las tr&aacute;gicas consecuencias que ello produjo, en las terribles dictaduras que sufrieron los chilenos o los argentinos y los rescoldos que a&uacute;n quedan. Aunque para V&iacute;ctor Jara ya ser&aacute; demasiado tarde. Podr&iacute;amos hablar de la censura que impone Israel en la franja de Gaza y en Palestina y la que impone el propio&nbsp;<em>Hamas;</em>&nbsp;o la que siempre han manejado los gobiernos autoritarios en Turqu&iacute;a; pero para miles de palestinos y de kurdos ya ser&aacute; demasiado tarde. Podr&iacute;amos hablar del control informativo en la actual China, en la Rusia de Putin o en la Hungr&iacute;a de Orb&aacute;n. &iquest;Existe libertad de prensa en alg&uacute;n lugar de Oriente Medio? &iquest;Y en Polonia, en Marruecos, en Venezuela, en Tailandia, o en Nigeria? Seguro que nos preocupa m&aacute;s la censura en Cuba que en Hait&iacute;, en la Rep&uacute;blica Dominicana, en Guatemala o en San Salvador, pa&iacute;ses adyacentes todos; puede ser, tal vez, que a una mirada occidental le llame m&aacute;s la atenci&oacute;n el sesgo ideol&oacute;gico que la miseria misma pura y dura y tambi&eacute;n es probable que demos por sentado que en Miami hay libertad de prensa. El hecho de que no haya una ley precisa contra la libertad de prensa, no quiere decir que sea f&aacute;cil o posible, el acceso a poder expresar en los medios de alto alcance una versi&oacute;n distinta a la l&iacute;nea oficial. Hay muchas maneras de impedir la difusi&oacute;n de una alternativa que molesta. En nuestras democracias occidentales, el peso de la presi&oacute;n medi&aacute;tica fuertemente ideologizada, los altos costes que llevan a una debilidad empresarial y que obliga a una alta dependencia del cr&eacute;dito de las entidades financieras, ha logrado que los medios ya no sean tan independientes. Puede que den informaci&oacute;n, pero muy filtrada. En el fondo son como barcos de papel sobre la inestabilidad del agua pol&iacute;tica, que ellos mismos revuelven desde la costa del dinero. La actual guerra de Ucrania es una demostraci&oacute;n de lo que, en bloque, es capaz de hacer el periodismo europeo sin cortarse ni un pelo. Falta de contraste y de rigor documental, olvido de la historia contempor&aacute;nea, censura hasta en Youtube y manipulaci&oacute;n informativa, han sido y son alarmantes en Occidente en pleno siglo XXI. Ahora que tenemos tantos medios. Como si fu&eacute;ramos tontos, como si no tuvi&eacute;ramos la Historia al alcance del m&oacute;vil, de la mano; como si no existiera<em>&nbsp;&ldquo;San Google&rdquo;</em>. Pura inocencia. Quiz&aacute;, las certezas siempre hay que leerlas entre l&iacute;neas.&nbsp;<em>&ldquo;Porque la verdad adelgaza y no quiebra, y siempre anda sobre la mentira como el aceite sobre el agua&rdquo;</em>, dec&iacute;a&nbsp;<em>Don Quijote</em>&nbsp;a&nbsp;<em>Sancho Panza.</em>&nbsp;Si&nbsp;<em>&ldquo;el mundo est&aacute; patas arriba&rdquo;,</em>&nbsp;como apuntaba el fil&oacute;sofo espa&ntilde;ol Javier S&aacute;daba hace unos d&iacute;as, imaginen c&oacute;mo est&aacute; el asunto de la libertad en cualquiera de sus manifestaciones. Sin embargo, la verdad se estira, pero no parte; flota encima de la mentira y se adapta a las circunstancias siempre adversas. El crecimiento poblacional de grandes zonas del mundo y su natural movimiento migratorio, los desaf&iacute;os ante el cambio clim&aacute;tico, el deterioro de los territorios despoblados y el de las mega ciudades, hace que esta sociedad, sea cada vez m&aacute;s compleja y por ello, la defensa de los derechos humanos se hace tambi&eacute;n m&aacute;s ardua, m&aacute;s dif&iacute;cil de encausar. Incertidumbre y fragilidad. El mundo es un c&oacute;ctel, una mezcolanza; quiz&aacute; siempre lo ha sido, y eso es, precisamente, lo que nos salva; pero, al parecer, son los del&nbsp;<em>whisky</em>&nbsp;los que quieren imponer su sabor. Una guerra sin fin es la lucha por la libertad, por la verdad, nos recordaba Salman Rushdie, convaleciente todav&iacute;a del intento de asesinato a ra&iacute;z de la&nbsp;<em>fatua</em>&nbsp;que en 1989, pronunci&oacute; Jomeini contra el escritor brit&aacute;nico. Recuerdo la lectura de&nbsp;<em>&ldquo;Hijos de la medianoche&rdquo; (Alfaguara,&nbsp;1984)</em>, como una delicia oriental en un<em>&nbsp;largo y c&aacute;lido verano</em>&nbsp;en Santa Cruz de Tenerife, hace m&aacute;s de veinte a&ntilde;os. El uso de la raz&oacute;n es necesario para acceder a la libertad. Para ser verdaderamente independiente y no someterse a las supercher&iacute;as y a las consignas establecidas, es indispensable disponer de una informaci&oacute;n adecuada para poder acercarnos a la verdad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En el art&iacute;culo 19 de la&nbsp;<em>Declaraci&oacute;n Universal de los Derechos Humanos</em>&nbsp;se dice:&nbsp;<em>&ldquo;Todo individuo tiene derecho a la libertad de opini&oacute;n y de expresi&oacute;n; este derecho incluye el no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaci&oacute;n y opiniones, y el de difundirlas, sin limitaci&oacute;n de fronteras, por cualquier medio de expresi&oacute;n&rdquo;.</em>&nbsp;En el art&iacute;culo 11 de la&nbsp;<em>Carta&nbsp;de los Derechos Humanos&nbsp;de la Uni&oacute;n Europea,</em>&nbsp;que es posterior, se va un poco m&aacute;s all&aacute; definiendo parte del mal en un intento de advertencia: &ldquo;<em>Toda persona tiene derecho a la libertad de expresi&oacute;n. Este derecho comprende la libertad de opini&oacute;n y la libertad de recibir o comunicar informaciones o ideas sin que pueda haber injerencia de autoridades p&uacute;blicas y sin consideraci&oacute;n de fronteras&rdquo;.&nbsp;</em>Ocurre, sin embargo, que estas buenas y razonables intenciones no son vinculantes. Son numerosas las&nbsp;<em>&ldquo;autoridades p&uacute;blicas&rdquo;</em>&nbsp;que no las tienen en cuenta.&nbsp;Incluso las establecidas, las democristianas o&nbsp;las&nbsp;socialdem&oacute;cratas, que siempre presumen de algo que les falta en el fondo y en la superficie. A esto es a lo que se refer&iacute;a&nbsp;el escritor ingl&eacute;s&nbsp;John Berger, cuando afirmaba que el sistema capitalista&nbsp;o financiero,&nbsp;no permit&iacute;a que las democracias&nbsp;crecieran&nbsp;m&aacute;s all&aacute; del 50%; es decir: entendemos por democracia desarrollada algo que no puede pasar de la mitad de su propia definici&oacute;n.&nbsp;Nos conformamos con poca cosa.&nbsp;Est&aacute; bien ver las injusticias de los dem&aacute;s, pero nuestros delitos son flagrantes y no decimos nada.&nbsp;Para eso est&aacute;n los h&eacute;roes sin coraza, los periodistas de verdad.&nbsp;<em>Reporteros sin fronteras</em>&nbsp;denuncia: &ldquo;<em>El a&ntilde;o en curso, el 2022, ha sido el m&aacute;s mort&iacute;fero para los periodistas en la historia de M&eacute;xico&rdquo;</em>&nbsp;En ocho meses, de los catorce periodistas asesinados,&nbsp;m&aacute;s dos desaparecidos,&nbsp;ocho hab&iacute;an recibido amenazas.&nbsp;El presidente L&oacute;pez Obrador s&oacute;lo ha reconocido a cinco. Desde el a&ntilde;o 2000, 156 profesionales de la informaci&oacute;n han pagado con su vida el ejercicio de su trabajo en M&eacute;xico. La mayor&iacute;a de estos asesinatos han sucedido en estados donde la corrupci&oacute;n y el crimen organizado prometen una impunidad total. Michoac&aacute;n, Veracruz, Guerrero&nbsp;y&nbsp;Sonora. Arturo Landero, del&nbsp;<em>Programa para reconstruir a periodistas</em>&nbsp;en el&nbsp;<em>Foro Internacional de Periodismo y Reconstrucci&oacute;n,</em>&nbsp;evaluaba&nbsp;la situaci&oacute;n en M&eacute;xico:&nbsp;<em>&ldquo;Desde el 2009, ha habido un aumento de la violencia contra la prensa en casos donde no siempre est&aacute; inmiscuido el crimen organizado y s&iacute; pol&iacute;ticos locales&rdquo;.</em>&nbsp;Dice que&nbsp;<em>&ldquo;no logran entender ese incremento y que la mayor&iacute;a de amenazas viene de&nbsp;alg&uacute;n&nbsp;nivel de gobierno&rdquo;.</em>&nbsp;Daniela Pastrana de&nbsp;<em>&ldquo;Periodistas de a pie&rdquo;</em>&nbsp;comenta&nbsp;que es necesaria una reflexi&oacute;n para replantearse c&oacute;mo mejorar la seguridad: &ldquo;<em>existe una falta de capacidad gremial para generar formas de organizaci&oacute;n&rdquo;</em>&nbsp;y nos recuerda que&nbsp;<em>&ldquo;los periodistas asesinados&nbsp;no&nbsp;son estrellas sino comunicadores de a pie, locales, que trabajan en condiciones muy dif&iacute;ciles para ponerse&nbsp;a&nbsp;resguardo&rdquo;.&nbsp;</em>&iquest;Por qu&eacute; no se siente vinculado el gobierno de M&eacute;xico para garantizar la seguridad de los profesionales de la informaci&oacute;n?&nbsp;&iquest;Puede existir una democracia sin prensa libre?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; derechos humanos respeta Daniel Ortega en Nicaragua? Con el&nbsp;<em>Frente Sandinista</em>&nbsp;ayud&oacute; a derrocar la dictadura enquistada del general Somoza&nbsp;y&nbsp;como si hubiera asaltado el&nbsp;<em>Palacio de Invierno,</em>&nbsp;tras varias estancias y alguna derrota electoral&nbsp;no asumida, desde el 2007 se ha quedado a vivir en&nbsp;el alc&aacute;zar&nbsp;y se ha convertido en un dictador, en un nuevo Somoza. Tras las protestas de 2018 y la consiguiente represi&oacute;n con 325 muertos y 1300 desaparecidos, aument&oacute; el nivel de&nbsp;violencia&nbsp;y&nbsp;de&nbsp;censura.&nbsp;Varios medios de comunicaci&oacute;n fueron clausurados,&nbsp;las revistas&nbsp;<em>&ldquo;Confidencial&rdquo;</em>&nbsp;y&nbsp;<em>&ldquo;Ni&uacute;&rdquo;,</em>&nbsp;los programas televisivos&nbsp;<em>&ldquo;Esta semana&rdquo;</em>&nbsp;y &ldquo;<em>Esta noche&rdquo;&nbsp;</em>y el canal&nbsp;<em>&ldquo;100 % Noticias&rdquo;.</em>&nbsp;Los periodistas Miguel Mora Barberena, Luis Pineda Ubau y Ver&oacute;nica Ch&aacute;vez fueron arrestados, incomunicados y, presuntamente, torturados por la polic&iacute;a. Luis Galeano, Jackson Orozco y Leticia Gal&aacute;nt tuvieron que abandonar el pa&iacute;s.&nbsp;La ofensiva contra las instituciones de la sociedad civil, cerr&oacute;, en mayo pasado, la&nbsp;<em>Academia Nicarag&uuml;ense de la Lengua,&nbsp;</em>varias universidades y centros de estudios superiores. El escritor Sergio Ram&iacute;rez,&nbsp;premio&nbsp;<em>Cervantes</em>&nbsp;<em>2017</em>,&nbsp;y Claudia Neira, directora de ese&nbsp;<em>punto de encuentro</em>&nbsp;que es&nbsp;<em>Centro Am&eacute;rica Cuenta</em>, se hallan exiliados en Madrid.&nbsp;La escritora&nbsp;de 72 a&ntilde;os,&nbsp;Gioconda Belli, exiliada con Somoza y que hab&iacute;a retornado a Nicaragua, desde mayo ha decidido permanecer en Estados Unidos;&nbsp;<em>&ldquo;porque es imposible volver&rdquo;</em>.&nbsp;Daniel Ortega se ha convertido en un&nbsp;<em>&ldquo;monstruo sin escr&uacute;pulos&rdquo;</em>&nbsp;y ser periodista o escritor bajo su&nbsp;dictadura,&nbsp;es una tarea demasiado peligrosa. En la entrada&nbsp;<em>&ldquo;Prensa&rdquo;</em>&nbsp;de su&nbsp;<em>&ldquo;Diccionario pol&iacute;tico&rdquo; (Planeta, 1995),</em>&nbsp;el veterano periodista, cr&iacute;tico teatral y escritor&nbsp;espa&ntilde;ol&nbsp;ya fallecido,&nbsp;Eduardo Haro Tecglen,&nbsp;hace 27 a&ntilde;os,&nbsp;escrib&iacute;a algo que&nbsp;sigue siendo muy actual:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;<em>La libertad de prensa ha sido reclamada siempre por la izquierda, menos en los plazos cortos en que esta gobierna o alguien lo hace en su nombre, hasta el momento en que la carest&iacute;a de la prensa ha dejado a esta en manos del capitalismo, que la disfraza de objetiva, o de los partidos pol&iacute;ticos, directamente tendenciosa: se reclama entonces una prensa de Estado que garantice su neutralidad ejercida por profesionales puros. Hasta ahora esta pretensi&oacute;n es ut&oacute;pica, y provisionalmente se entiende que la mejor garant&iacute;a de la libertad de prensa es la existencia de un n&uacute;mero elevado de peri&oacute;dicos y de canales de informaci&oacute;n y opini&oacute;n, que representen todas las opciones posibles&rdquo;.</em>
    </p><p class="article-text">
        En el mismo diccionario, en la entrada&nbsp;<em>&ldquo;Informaci&oacute;n</em>&rdquo;, despu&eacute;s de se&ntilde;alar las complejidades del asunto, apunta un atisbo de esperanza:&nbsp;<em>&ldquo;La gran fragilidad de la informaci&oacute;n y la serie de presiones de toda &iacute;ndole que se ejercen sobre ella no deben enga&ntilde;arnos acerca de su verdadera fortaleza: a pesar de tantas presiones y medios de control, la noticia real termina por conocerse&nbsp;y hay medios de transmisi&oacute;n oral que acaban por imponerla&rdquo;.</em>&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Para que exista libertad de expresi&oacute;n, tiene que haber libertad de pensamiento<em>.&nbsp;El  &ldquo;</em>Sapere<em> aude&rdquo;</em>&nbsp;(<em>Atr&eacute;vete a pensar</em>)&nbsp;de Horacio, recogido por el fil&oacute;sofo alem&aacute;n Kant:<em>&ldquo;&iexcl;Ten valor de servirte de tu propio entendimiento!&rdquo;.</em>
    </p><p class="article-text">
        En su cuarta edici&oacute;n,&nbsp;pospuesta por la erupci&oacute;n del a&ntilde;o pasado,&nbsp;a lo largo de seis d&iacute;as,&nbsp;del 26&nbsp;de septiembre al 1 de octubre, se&nbsp;va a&nbsp;celebrar&nbsp;el&nbsp;<em>Festival Hispanoamericano de Escritores</em>&nbsp;en Los Llanos de Aridane. Este a&ntilde;o&nbsp;tiene&nbsp;a M&eacute;xico&nbsp;como pa&iacute;s invitado&nbsp;y por lema la&nbsp; '<em>Libertad de expresi&oacute;n'</em>.&nbsp;Presentaciones, encuentros, charlas, mesas redondas, debates, lecturas de poes&iacute;a. Una fiesta de la cultura, un acontecimiento que viene muy bien a un territorio herido tras las dram&aacute;ticas consecuencias y la brutalidad del reciente volc&aacute;n.&nbsp;La direcci&oacute;n del&nbsp;<em>Festival</em>&nbsp;ha tenido a bien invitarme como&nbsp;escritor y pintor, entre los&nbsp;numerosos&nbsp;participantes.&nbsp;Estar&eacute; en el gran recital po&eacute;tico del s&aacute;bado 1 de octubre,&nbsp;de&nbsp;12.00&nbsp;a 14.00&nbsp;horas, al aire libre en la Plaza&nbsp;de Espa&ntilde;a&nbsp;de Los Llanos&nbsp;de Aridane, junto a otros doce poetas. Tambi&eacute;n me toca moderar un acto sobre la libertad de expresi&oacute;n&nbsp;bajo la cita de Salman Rushdie:&nbsp;<em>&ldquo;La libertad no es un t&eacute; de las cinco. La libertad es una guerra&rdquo;.</em>&nbsp;Ser&aacute;&nbsp;en el IES Jos&eacute; Mar&iacute;a P&eacute;rez Pulido,&nbsp;el 27 de&nbsp;septiembre, de&nbsp;12.30 a 13.30&nbsp;horas; estaremos&nbsp;acompa&ntilde;ados&nbsp;por el mexicano Christopher Dom&iacute;nguez Michael, el canario Eduardo Garc&iacute;a Rojas y la nicarag&uuml;ense Claudia Neira Berm&uacute;dez.&nbsp;Recomiendo a todos acudir al&nbsp;<em>IV Festival Hispanoamericano de Escritores</em>;&nbsp;un acontecimiento&nbsp;que a la isla de La Palma le viene como ca&iacute;do del cielo. La Palma ser&aacute;,&nbsp;entre continentes,&nbsp;un punto de encuentro.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>&Oacute;SCAR LORENZO</strong>&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        San Andr&eacute;s y Sauces
    </p><p class="article-text">
        Isla de La Palma
    </p><p class="article-text">
        11-09-2022
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Óscar Lorenzo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/lapalmaahora/lapalmaopina/peces-voladores-libertad-expresion_129_9306783.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 11 Sep 2022 18:01:05 +0000]]></pubDate>
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