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    <title><![CDATA[elDiario.es - María Diago]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/maria-diago/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - María Diago]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Montañas, guardianas de vida]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/comunitat-valenciana/opinion/montanas-guardianas-vida_129_8569902.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        La primera vez que sub&iacute; a una monta&ntilde;a me pareci&oacute; una tarea inalcanzable. &Eacute;ramos todos peque&ntilde;os, una tropa de chiquillos a quienes sus padres hab&iacute;an llevado a comer la mona de pascua a uno de los enclaves t&iacute;picos del pueblo: la Covalta, en Albaida. No s&oacute;lo me parec&iacute;a tremenda por lo peque&ntilde;a que yo era por aquel entonces &ndash;tendr&iacute;a 6 o 7 a&ntilde;os- sino tambi&eacute;n porque la mayor parte de la senda para alcanzar la entrada de una cueva situada en su cima -de ah&iacute; su nombre, Cueva Alta, Covalta en valenciano- estaba sin un solo &aacute;rbol, y aquello me daba la sensaci&oacute;n de ser lo m&aacute;s inh&oacute;spito del mundo. Tan s&oacute;lo una alfombra de matorral nos acompa&ntilde;&oacute; por aquel estrecho y empinado caminillo, siguiendo d&oacute;ciles todos nosotros a mi padre. Por supuesto que yo no tuve ojos para fijarme en la multitud de especies bot&aacute;nicas que constitu&iacute;a aquella moqueta viva que se extend&iacute;a por toda la sierra.
    </p><p class="article-text">
        A&ntilde;os m&aacute;s tarde, otra monta&ntilde;a marc&oacute; mi car&aacute;cter: el Bernia, a la que la profesora de biolog&iacute;a nos llev&oacute; hasta casi su c&uacute;spide, durmiendo al raso 42 adolescentes y contemplando el amanecer sobre la hermosa bah&iacute;a de Altea enmarcada por el Pe&ntilde;&oacute;n de Ifach al norte y la sierra Helada al sur. El Bernia era m&aacute;s potente no solo por sus 1.054 metros de altura (algo m&aacute;s de 230 metros que la Covalta) sino tambi&eacute;n por la longitud del macizo que lo iguala ilusoriamente al Puig Campana, un monte de 1.400 metros situado en sus cercan&iacute;as. La excursi&oacute;n fue diferente por otro aspecto: empezaba a tener conocimientos rudimentarios sobre geolog&iacute;a, edafolog&iacute;a, bot&aacute;nica, zoolog&iacute;a y ecolog&iacute;a, todas ellas disciplinas que nos explicaban en la asignatura de Biolog&iacute;a. As&iacute; que la ruta hasta alcanzar la cumbre se convirti&oacute; en una clase pr&aacute;ctica donde reconoc&iacute;amos en su h&aacute;bitat natural especies comunes como romeros, tomillos o adelfas -por citar algunas conocidas- y otras end&eacute;micas como la pebrella, el trencapedres o el rabo de gato. Adem&aacute;s, retazos de bosque constituido en su mayor&iacute;a por pino carrasco, coscoja y alguna que otra encina de menor o mayor porte le daban a aquella excursi&oacute;n un plus de descubrimientos para cualquiera que tuviera un m&iacute;nimo de curiosidad.
    </p><p class="article-text">
        Aprendimos aquellos d&iacute;as tres lecciones reveladoras. La primera era que la monta&ntilde;a era la que &ldquo;dec&iacute;a&rdquo; cu&aacute;les y adonde ten&iacute;an que situarse las plantas. S&iacute;, as&iacute; era, porque seg&uacute;n los estratos geol&oacute;gicos que la formaban, su orientaci&oacute;n y el suelo que los cubr&iacute;a, crec&iacute;an unas u otras, pues todas ellas precisaban una proporci&oacute;n concreta de nutrientes, minerales y condiciones espec&iacute;ficas de humedad, viento y horas de sol. La segunda, que el conjunto de especies bot&aacute;nicas daba a su vez soporte vital a un c&uacute;mulo de insectos, avifauna y peque&ntilde;os mam&iacute;feros que en una suerte de c&iacute;rculo virtual contribu&iacute;an al mantenimiento del ecosistema haciendo rodar nutrientes, semillas y residuos org&aacute;nicos, donde todo es necesario y nada sobra: eso s&iacute; que es verdadera econom&iacute;a circular, que dir&iacute;amos ahora. Y la tercera, que la gran mayor&iacute;a de plantas ten&iacute;an utilidad en la gastronom&iacute;a. &iexcl;Vaya!, no sal&iacute;an de los puestos del mercadillo de los martes, sino de aquellas sierras que las proporcionaban constante y gratuitamente.
    </p><p class="article-text">
        Con el paso de los a&ntilde;os, he tenido la suerte de poder recorrer muchos m&aacute;s montes tanto por nuestra querida Comunidad como fuera de ella, cruzando de parte a parte la pen&iacute;nsula ib&eacute;rica u otros que no caben en la mirada como el macizo Alpino. Y en todos ellos, a pesar de sus diferencias orogr&aacute;ficas, aquellas tres lecciones grabadas a fuego en mi memoria se cumplen a rajatabla. La monta&ntilde;a es la que determina la presencia o ausencia de especies bot&aacute;nicas y faun&iacute;sticas, regula los ciclos bioqu&iacute;micos y clim&aacute;ticos y proporciona una multitud de alimentos que componen las gastronom&iacute;as locales, dando soporte a una actividad agrosilvopastoral favorecedora de la diversidad natural, a la existencia del sector primario del que dependemos y a una cultura gastron&oacute;mica diferenciada y propia de cada regi&oacute;n. Y como consecuencia inmediata de todo ello, aparecen paisajes &uacute;nicos, distintos e irrepetibles. El mantenimiento de estos elementos propicia a su vez la existencia de un turismo de calidad con r&eacute;ditos econ&oacute;micos demostrados que ayudan a disminuir la tendencia al despoblamiento de las zonas rurales. Por ello, podemos afirmar que las monta&ntilde;as son guardianas de vida del ecosistema global, prestadoras de servicios ambientales gratuitos. No debemos perder de vista que suministran agua dulce a m&aacute;s de la mitad de la poblaci&oacute;n mundial merced a los glaciares que albergan y que el 50% de la riqueza biol&oacute;gica vive en ellas. Y precisamente son las altas cumbres las que con m&aacute;s intensidad est&aacute;n siendo afectadas por el cambio clim&aacute;tico perdiendo las nieves perpetuas a un ritmo m&aacute;s que alarmante. Por ello, el Objetivo de Desarrollo Sostenible n&ordm; 15 de la Agenda 2030 de las Naciones Unidas contempla su protecci&oacute;n reconociendo sus funciones.
    </p><p class="article-text">
        Pero m&aacute;s all&aacute; de eso, las monta&ntilde;as tambi&eacute;n nos atan a nuestras ra&iacute;ces y nos permiten avanzar sin olvidar lo que somos. Porque en estos tiempos l&iacute;quidos de velocidades desaforadas, de consumo desmedido, de adoraci&oacute;n sin l&iacute;mites a lo digital y perdiendo referentes en un mundo que precisa urgentemente una revoluci&oacute;n cultural para no provocar nuestro propio declive, ellas permanecen ah&iacute; s&oacute;lidas, reales, armando nuestra memoria y nuestras emociones. Celebremos hoy, 11 de diciembre, el d&iacute;a Internacional de las Monta&ntilde;as.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[María Diago]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/comunitat-valenciana/opinion/montanas-guardianas-vida_129_8569902.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 11 Dec 2021 07:00:53 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Montañas, guardianas de vida]]></media:title>
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