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    <title><![CDATA[elDiario.es - Jesús Montoya]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/jesus-montoya/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Jesús Montoya]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Fernanda García Lao, escritora: “Si hubiera dios sería una hembra, no cabe duda”]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/cultura/fernanda-garcia-lao-escritora-si-hubiera-dios-seria-hembra-no-duda_1_11294762.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/33d06607-bcbf-46c4-b192-ea1095715ebf_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Fernanda García Lao, escritora: “Si hubiera dios sería una hembra, no cabe duda”"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La experiencia de desarraigo, el duelo por el origen perdido y, a la vez, la libertad que ofrece saberse libre de deudas y pruritos nacionalistas, son marcas de su poética, como lo es una mirada oblicua propia de una identidad nómada y feminista, autora del libro de cuentos 'Teoría del tacto'</p></div><p class="article-text">
        Fernanda Garc&iacute;a Lao, mendocina de nacimiento, es una de las m&aacute;s originales y brillantes voces del panorama literario actual en espa&ntilde;ol. La biograf&iacute;a de esta escritora argentina, que ha vivido en Espa&ntilde;a muchos a&ntilde;os, se ha desarrollado entre su pa&iacute;s natal y el nuestro.&nbsp;En 1976 se exilia junto a su familia para escapar de la dictadura y vive en Madrid, con alg&uacute;n par&eacute;ntesis, hasta 1993, fecha en que regresa a Argentina para estudiar piano, interpretaci&oacute;n y escribir y dirigir teatro. En aquel pa&iacute;s da comienzo su carrera literaria. 
    </p><p class="article-text">
        La experiencia de desarraigo, el duelo por el origen perdido y, a la vez, la libertad que ofrece saberse libre de deudas y pruritos nacionalistas, son marcas de su po&eacute;tica, como lo es una mirada oblicua propia de una identidad n&oacute;mada y feminista, una mirada tambi&eacute;n pol&iacute;tica, en el m&aacute;s amplio y digno sentido del t&eacute;rmino, que se manifiesta en un estilo literario mordaz, l&iacute;rico, tierno y afilado a un tiempo, anudado con frecuencia a la met&aacute;fora del cuerpo. Como poeta ha publicado los libros <em>Carn&iacute;vora, Dolorosa y Autobiograf&iacute;a con objetos. </em>
    </p><p class="article-text">
        Como narradora, es autora de las novelas <em>Muerta de hambre, La perfecta otra cosa, La piel dura </em>o<em> Fuera de la jaula, </em>y los libros de cuentos <em>C&oacute;mo usar un cuchillo </em>y <em>El tormento m&aacute;s puro. </em>En Candaya, editorial donde ocurren algunas de las cosas m&aacute;s interesantes de nuestro pa&iacute;s, han aparecido los t&iacute;tulos <em>Naci&oacute;n vacuna </em>(2020), premonitoria ficci&oacute;n biopol&iacute;tica que relee la historia de Malvinas como relato de ciencia ficci&oacute;n; <em>Sulfuro </em>(2022), novela entre lo fant&aacute;stico y lo delirante, y <em>Teor&iacute;a del tacto </em>(2023), libro de cuentos que viene a presentar a Murcia estos d&iacute;as. Actualmente reside en Barcelona. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>La primera pregunta, a prop&oacute;sito de tu &uacute;ltimo libro de cuentos, ser&iacute;a &iquest;por qu&eacute; &ldquo;teor&iacute;a&rdquo;? &iquest;Por qu&eacute; del &ldquo;tacto&rdquo;? </strong>
    </p><p class="article-text">
        Cada libro que escribo es una exploraci&oacute;n distinta. Pienso la ficci&oacute;n por fuera de las an&eacute;cdotas, interesada m&aacute;s bien en carnalizar algunas ideas. En este caso, identifiqu&eacute; el t&iacute;tulo al entender que los cuentos eran pura especulaci&oacute;n en torno al tacto. En el m&aacute;s amplio sentido de la palabra. C&oacute;mo se toca un texto, qu&eacute; provocan las palabras en la garganta al ser pronunciadas, d&oacute;nde impacta la falta de amor, un duelo, la locura. Conjeturar no excluye el cuerpo. Pensamos con los sentidos. La teor&iacute;a en conexi&oacute;n con el acto de ser vulnerable se vuelve m&aacute;s potente.
    </p><p class="article-text">
        <em><strong>Teor&iacute;a del tacto </strong></em><strong>se abre con un paratexto, una cita de </strong><em><strong>Delirio y destino </strong></em><strong>(1953) de Mar&iacute;a Zambrano: &ldquo;El pensamiento, por lo visto, tiende a hacerse sangre&rdquo;. En alguna entrevista has hablado del cuerpo como </strong><span class="highlight" style="--color:white;"><strong>&ldquo;el primer mapa que tenemos&rdquo;: &ldquo;A partir de ah&iacute;, entendemos el mundo&rdquo;. &iquest;Qu&eacute; nos permite pensar el cuerpo?&nbsp;&nbsp;</strong></span>
    </p><p class="article-text">
        No logro hacer lo contrario, la verdad. El cuerpo es esencial para decodificar el mundo. La conciencia ocurre en una forma concreta, no existe como pura abstracci&oacute;n. Un caparaz&oacute;n es la parte visible del miedo. Si vamos m&aacute;s all&aacute;, cada texto es un cuerpo/organismo que se mueve y respira seg&uacute;n una gram&aacute;tica particular. Cada voz del libro suena distinto, o eso pretend&iacute;a. La forma dispara el discurso y viceversa, se pervierten entre s&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Leerte hace pensar en el manejo de un cuchillo, en una lengua hecha de tajos inesperados, de iluminaciones l&iacute;ricas o afor&iacute;sticas. Los cuentos de Teor&iacute;a del tacto est&aacute;n llenos de poes&iacute;a. &iquest;Qu&eacute; te ofrece el lenguaje de la poes&iacute;a a la hora de escribir narrativa? &iquest;Crees que hay una progresi&oacute;n l&iacute;rica en tus novelas y cuentos que funciona en paralelo a otras estructuras narrativas?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Gracias por la observaci&oacute;n. Me atrae la contaminaci&oacute;n de g&eacute;neros. La narrativa sin la poes&iacute;a es una m&aacute;quina expendedora de acciones. Sube, baja, abre, cierra.&nbsp;Necesito que ocurran cosas en el lenguaje. Que haya variaci&oacute;n, salto, torcedura. Capas de sentido que se toquen, discutan entre ellas. Busco la tensi&oacute;n entre la l&iacute;rica y la f&iacute;sica. Las frases son anzuelos. Por otro lado, la puesta en p&aacute;gina es un concepto que se practica m&aacute;s en la poes&iacute;a y que yo preciso siempre. Qu&eacute; vac&iacute;os habr&aacute;, c&oacute;mo es el cuerpo del relato. &iquest;Apretado, l&iacute;quido? 
    </p><p class="article-text">
        <strong>En en el cuento &ldquo;La gracia del mundo&rdquo;, se&ntilde;alas &ldquo;cu&aacute;ntas veces puede matar un libro, siendo que algunos no logran siquiera provocar un buen dolor de est&oacute;mago. pasan lisa y llanamente por el cuerpo y son olvidados antes de encontrar su estante en la biblioteca&rdquo;. &iquest;Ser&iacute;a este un deseo para tu literatura? &iquest;C&oacute;mo debe &ldquo;matarnos&rdquo; un libro hoy? </strong>
    </p><p class="article-text">
        Hay mucho <em>cover</em>, la verdad. Textos que imitan a otros textos, sin el alma original. Producci&oacute;n industrial de contenido. Me gustan los libros que dialogan con su propio delirio. Como lectora busco lo raro. Es decir, lo que esquiva el lugar com&uacute;n. Lo que est&aacute; de moda lo postergo, a ver qu&eacute; queda cuando baja la espuma. En general, queda poco. Una baba que se borra. Matar lo que te rodea, eso provoca un buen libro. Qu&eacute; te olvides del tiempo, de la cafetera al fuego, de vos. Creo que hay que alternar lo contempor&aacute;neo con lecturas sin tiempo, para enriquecerse. Quedamos si no muy atravesadas por lo period&iacute;stico. Lo real es repetici&oacute;n tem&aacute;tica. El futuro sucede en reversa.
    </p><p class="article-text">
        <strong>En </strong><em><strong>Teor&iacute;a del tacto</strong></em><strong> hay una red sem&aacute;ntica que vincula literatura y cuerpo, y estos dos elementos, con otros conceptos, como la comida. Se dir&iacute;a que es un asunto central de tu po&eacute;tica. </strong><em><strong>Muerta de hambre</strong></em><strong>, </strong><em><strong>Naci&oacute;n Vacuna,</strong></em><strong> son dos t&iacute;tulos de novelas tuyas, </strong><em><strong>C&oacute;mo usar un cuchillo</strong></em><strong>, se titula uno de tus libros de relatos, </strong><em><strong>Carn&iacute;vora</strong></em><strong>, uno de tus poemarios. &iquest;Ad&oacute;nde nos lleva esa red de sentido a trav&eacute;s de la presencia de lo alimenticio, de la comida, en tu obra? </strong>
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute;s sea porque lo nutricio en mi familia estaba relacionado con la creaci&oacute;n art&iacute;stica y no con el est&oacute;mago. Habia necesidad de literatura, de m&uacute;sica o pintura. Y poca cosa en la heladera. Mi madre cocinaba r&aacute;pido, como un tr&aacute;mite que no pod&iacute;a evitar. Era poeta. Mi padre hac&iacute;a asado, s&oacute;lo los domingos. Entonces, escribir como quien muerde y traga. Con hambre (risas). La opci&oacute;n dos, que excluye esta hip&oacute;tesis, ser&iacute;a que como leo en voz alta todo lo que escribo y es en la boca donde pruebo los materiales, la escritura queda asociada a la masticaci&oacute;n. Se convierte en alimento. El af&aacute;n por identificar el hambre con la rabia sucedi&oacute; en mi primera novela publicada, Muerta de hambre. Mi cuerpo es mi discurso, dec&iacute;a Maria Bernab&eacute;, all&aacute; por 2005. Y se dedicaba a deglutir como m&eacute;todo de protesta, para desobedecer el mandato de delgadez y feminidad. En C&oacute;mo usar un cuchillo, la necesidad era lastimar afiladamente al propio lenguaje. El cuerpo en Naci&oacute;n vacuna se corta, se eviscera y se cabalga sexualmente para su reproducci&oacute;n. Las mujeres se consumen para beneficio de la Junta, de la patria.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Un tema recurrente del libro es la maternidad. En ocasiones, como en &ldquo;Fruto seco&rdquo;, la maternidad se intuye monstruosa: &ldquo;He parido cosas del tama&ntilde;o de una almendra, justo yo, que soy al&eacute;rgica&rdquo;. Otros relatos, desautomatizan determinadas asunciones que la sociedad proyecta sobre la misma. E incluso hay algunos cuentos que abordan f&oacute;rmulas extremas o desviadas de experimentarla: &ldquo;Persona en alquiler&rdquo;, por ejemplo, uno de los cuentos m&aacute;s potentes del libro, habla sobre la maternidad subrogada desde la &oacute;ptica de una madre que alquila su vientre a una pareja de hombres. &iquest;Qu&eacute; te seduce del tema? &iquest;Qu&eacute; quisiste contar a prop&oacute;sito de un problema de tanta actualidad como este?</strong>
    </p><p class="article-text">
        La fecundaci&oacute;n, la generaci&oacute;n de vida es un tema que me apasiona. Creo que no se ha explorado lo suficiente. Si hubiera dios ser&iacute;a una hembra, no cabe duda. En las cosmogon&iacute;as occidentales la mujer no aparece como creadora sino como creada. Es una idea que la mente masculina expulsa de su cabeza, una costilla arrancada o barro residual. La mujer como criatura siniestra y peligrosa. De ese concepto venimos. De ese miedo. La libertad del cuerpo significa una amenaza. Parir o negarse sigue siendo un asunto que genera conflicto. Por un lado, el capitalismo en su af&aacute;n de producir, aspira a comerciar con nuestro cuerpo de todas las formas posibles. Por otro lado, desde la experiencia, fui madre muy joven. El cuerpo me ense&ntilde;&oacute; cosas desconocidas, lo on&iacute;rico y lo real ocurrian al un&iacute;sono mientras era habitaba.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Otro de los temas capitales del libro es la familia, que se experimenta como un microcosmos doloroso. Tu cr&iacute;tica a la moral familiar judeocristiana es mordaz. Incluso, algunos de tus relatos abordan f&oacute;rmulas particularmente desviadas de esos v&iacute;nculos familiares. Por ejemplo, en &ldquo;La cajonera&rdquo;, donde la narradora afirma &ldquo;Baja los tres pisos liviana. Tan hu&eacute;rfana, que casi resbala la felicidad&rdquo; (31), o en &ldquo;Yeso&rdquo;, donde la protagonista, afirma &ldquo;Al morir mi padre, ni una l&aacute;grima derram&eacute;. Al enviudar tampoco. Con la mami, s&iacute;. No s&eacute; por qu&eacute;&rdquo;. &iquest;Nos enga&ntilde;aron cuando nos dijeron que exist&iacute;an familias felices o perfectas?</strong>
    </p><p class="article-text">
        La familia tradicional, asociada a la propiedad, la patria y la iglesia, me parece una f&oacute;rmula nefasta. Un aparato represor que ha generado mucho da&ntilde;o. Como oveja negra de la m&iacute;a de origen, suelo identificarme desde el principio con la gente disfuncional, con quienes no bajan la cabeza. La modalidad obediente es peligrosa y bastante funcional al poder de turno. Creo que poner en evidencia el absurdo a partir del que nos construimos es uno de mis motores. Un ejercicio de terrorismo po&eacute;tico en miniatura, si se me permite la expresi&oacute;n. No aspiro a modificar el sistema. Con torcer el cuello del relato a veces me alcanza.
    </p><p class="article-text">
        <strong>En ese mismo cuento se&ntilde;alas &ldquo;El pasado es un aparato que da&ntilde;a cuando se queda quieto. La repetici&oacute;n no desactiva el duelo&rdquo;. &iquest;Qu&eacute; rol crees que juega la literatura en esa ecuaci&oacute;n entre pasado y duelo?</strong>
    </p><p class="article-text">
        La literatura se nutre de la nostalgia. Escribir es fantasmal. Se recrea un pasado sin materia, a partir de algunos rastros. La muerte, adem&aacute;s, qu&eacute; gran asunto. Vivimos amenazados por su causa. Y por olvidarla, somos torpes. Cuando muri&oacute; mi padre yo estaba matando personajes en una obra de teatro que escrib&iacute;a y luego odi&eacute;. La simultaneidad de ambos asuntos ha quedado inevitablemente asociada en mi cabeza. Un texto es un cuerpo que empieza y se termina. El di&aacute;logo entre esos eventos ha de ser poderoso. Cuando muri&oacute; mi madre me propuse escribir cada frase. Era un modo absurdo de trabajar contra el olvido. Muchas escenas de este libro son herencia de ese duelo. De todos los duelos. Pero la muerte tambi&eacute;n es rid&iacute;cula, ninguna solemnidad ni reverencia hacia ella. Hay que bajarla de su pedestal de gran se&ntilde;ora. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>A diferencia de lo que sucede en otros textos tuyos, la tecnolog&iacute;a digital contempor&aacute;nea no parece tener una presencia marcada en este libro, salvo en alg&uacute;n cuento. Por ejemplo, en &ldquo;No atender&rdquo;, donde no llegan las comunicaciones que se desean y, sin embargo, s&iacute; lo hacen aquellas que suponen una carga para la protagonista. &iquest;C&oacute;mo piensas la relaci&oacute;n entre literatura y tecnolog&iacute;a? </strong>
    </p><p class="article-text">
        La vengo esquivando todo lo posible. Se pone vieja muy r&aacute;pido. Y por otro lado, me conflictua entregarle tambien el espacio de la ficci&oacute;n. Ya perdimos tantos objetos: relojes, c&aacute;maras, radios, mapas. Soy bastante anal&oacute;gica, la verdad. Me gustan los olores de las cosas, los vol&uacute;menes, los cuerpos. Las ficciones m&aacute;s interesantes han huido de la condici&oacute;n tecnol&oacute;gica del momento en que fueron escritas. Cu&aacute;ntos relatos con tv podemos recordar. Novelas fax. Lo que s&iacute; me gusta, porque hace juego con mi manera rota de ver el mundo, es la posibilidad de aprehender lo simult&aacute;neo. De abrir ventanas, de enlazar asuntos. Robarle a la tecnolog&iacute;a su comportamiento me atrae m&aacute;s que incorporar lenguaje o aparatitos concretos. Pero nunca se sabe. No me cierro.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Otra de las redes que se pueden tejer a trav&eacute;s del libro tiene que ver con el papel protag&oacute;nico de animales y plantas. Seres que, en realidad, funcionan a nivel simb&oacute;lico o proveen formas de metaforizar ideas abstractas, pero que no pierden por completo su otredad, su extra&ntilde;eza o su lenguaje propio, incomprensible o hi&eacute;ratico a veces. Tu libro est&aacute; lleno de presencias animales. Algunos cuentos me hicieron pensar en </strong><em><strong>Bestiario, </strong></em><strong>de Cort&aacute;zar, o en </strong><em><strong>El matrimonio de los peces rojos, </strong></em><strong>de Guadalupe Nettel. En el cuento g&oacute;tico &ldquo;Las crueles&rdquo;, las flores se convierten en unas presencias asesinas. Las moscas repugnan al protagonista del relato &ldquo;Fricci&oacute;n&rdquo;. Los abejorros permiten a ese anciano que ve escaparse sus &uacute;ltimos d&iacute;as preguntarse, en &ldquo;Nido de orugas&rdquo;, &ldquo;C&oacute;mo ser&aacute; vivir sin conciencia del tiempo&rdquo;.&nbsp;La protagonista de &ldquo;Una gaviota en mi lugar&rdquo; queda obsesionada con la presencia de ese animal carro&ntilde;ero. La pregunta que te har&iacute;a ser&iacute;a la siguiente: &iquest;Qu&eacute; papel juegan estas presencias animales y vegetales en el libro? &iquest;Qu&eacute; desplazamientos psicol&oacute;gicos o emocionales te permiten catalizar? </strong>
    </p><p class="article-text">
        Que lo humano pierda su jerarqu&iacute;a es otro de mis objetivos recurrentes. Una flor puede ser m&aacute;s seductora que cualquier gal&aacute;n de cine entrenado para complacer. Pensar desde el deseo vegetal o animal me resulta m&aacute;s inquietante que revolver en la basura de la humanidad. Lo vivo no humano me atrae y es herencia de mi fascinaci&oacute;n adolescente por el surrealismo. Todav&iacute;a practico con devoci&oacute;n esos otros discursos, nada previsibles.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Cierras el libro con un cuento formidable, muy autobiogr&aacute;fico, como es &ldquo;Mis dos hemisferios&rdquo;.&nbsp;&iquest;Por qu&eacute; lo elegiste para cerrar el libro? &iquest;Qu&eacute; te ha permitido conocer mejor?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Mis dos hemisferios es una especie de ep&iacute;logo donde muestro algunas heridas personales. Esquiv&eacute; mi historia por a&ntilde;os. La imaginaci&oacute;n ocupaba todo el lugar de mi escritura, en apariencia. Pero narrar el ejercicio de vivir es una escuela interesante. Ya no hago distinciones entre lo real y lo inventado, en norte y el sur, la raz&oacute;n o su contrario. Todo son versiones, conviven en el mismo espacio del cuerpo, el mundo, la cabeza. Terminar con ese binarismo es muy liberador.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Jesús Montoya]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/cultura/fernanda-garcia-lao-escritora-si-hubiera-dios-seria-hembra-no-duda_1_11294762.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 16 Apr 2024 15:28:24 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El perseguidor: una lectura de 'Los nombres impares', de Alex Chico]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/leer-el-presente/perseguidor-lectura-nombres-impares-alex-chico_132_8706187.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ddcab849-8c0c-40e5-8d6c-a6236e497dff_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El perseguidor: una lectura de &#039;Los nombres impares&#039;, de Alex Chico"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Las pesquisas del narrador/autor buscan identificar a un desaparecido que algunos habían dado por muerto, sobre el que recae una leyenda negra que llega hasta hoy.</p></div><p class="article-text">
        Si bien los textos que hacen de la presencia del yo-autor ficcionalizado como personaje, y que, en mayor o menor medida, lo cuestionan, refractan o falsifican, en un juego literario que suele ser central en la interpretaci&oacute;n, pueden remontarse como m&iacute;nimo hasta la Edad Media, el t&eacute;rmino autoficci&oacute;n parece cobrar densidad te&oacute;rica y literaria desde la aparici&oacute;n, en 1977, del relato <em>Fils, </em>de Serge Dubrovsky. Desde entonces, la autoficci&oacute;n, el &ldquo;pacto ambiguo&rdquo;, como lo denominaba hace una d&eacute;cada Manuel Alberca, ha sido uno de los fen&oacute;menos m&aacute;s atendibles en la literatura en espa&ntilde;ol, as&iacute; como uno de los intereses paradigm&aacute;ticos de la cr&iacute;tica. El siglo XXI no ha hecho m&aacute;s que acentuar su cultivo, lo cual ha generado un debate muy relevante, que cuenta, recientemente, con voces que denuncian un cierto hartazgo del fen&oacute;meno. Baste remitir a los ensayos de Ana Caball&eacute; o Vicente Luis Mora para ilustrarlo. Estando lejos de los intereses de esta rese&ntilde;a abordar este debate en su complejidad, puede resultar &uacute;til recuperar algunas ideas que planteaba hace unos a&ntilde;os Reinaldo Laddaga. El cr&iacute;tico argentino analizaba c&oacute;mo una parte de las ficciones narrativas que determinaron el campo literario latinoamericano en la primera d&eacute;cada del siglo XXI acompa&ntilde;aba esa figuraci&oacute;n del yo-autor textualizado de la expresi&oacute;n de una cierta dificultad o tentaci&oacute;n por no escribir: vale decir, la tematizaci&oacute;n de una problematizaci&oacute;n de la posibilidad de tomar la palabra para producir discurso, como si la propia literatura fuera el modo en que se da cuenta del esfuerzo de escaparle al silencio. Como si, para hacerlo, hubiera que verbalizar de alg&uacute;n modo el silencio como horizonte de posibilidad para seguir adelante, o como si salir de ese silencio requiriera forzar las costuras del yo que escribe, informando, en el texto, del proceso mismo de escritura. Ello puede leerse &ndash; dice Laddaga &ndash; en muchos autores decisivos para pensar el canon a uno y otro lado del Atl&aacute;ntico. Ocurre en ficciones de C&eacute;sar Aira, Mario Levrero, Jo&atilde;o Gilberto Noll, Mario Bellatin o Enrique Vila-Matas. En todas estas firmas est&aacute; en juego la cuesti&oacute;n de la manera en que se imbrican literatura y vida: el problema de c&oacute;mo hallar un modo de hacer que la literatura transforme o modifique el orden de la vida, en un momento en el que la literatura (o el arte) tras la llamada posmodernidad hab&iacute;a abandonado la tradici&oacute;n rupturista de la vanguardia.
    </p><p class="article-text">
        En este sentido, el cr&iacute;tico Julio Premat plantea en un ensayo reciente c&oacute;mo la cuesti&oacute;n de la vanguardia est&aacute; en el centro de muchas de las po&eacute;ticas m&aacute;s exigentes de la literatura latinoamericana desde los a&ntilde;os noventa del siglo XX. De acuerdo con Premat, uno de los rasgos propios de la literatura argentina - y aqu&iacute; encuentra concomitancias con otras literaturas en lengua espa&ntilde;ola - es que viene siendo recorrida por lo que Dami&aacute;n Tavarovsky llamaba &ldquo;el fantasma de la vanguardia&rdquo;: un n&uacute;mero atendible de autores argentinos de comienzos de los dosmiles o bien presentan una cierta propensi&oacute;n a considerar la idea de vanguardia un valor refugio, o bien muestran una obsesi&oacute;n por desarraigar el concepto de sus limitaciones hist&oacute;ricas para as&iacute; hacer en parte operativas en el presente algunas de sus caracter&iacute;sticas. Las figuraciones del yo que aparecen en muchos autores contempor&aacute;neos, algunas de las cuales analiza Premat, m&aacute;s all&aacute; de ser una f&oacute;rmula o una moda, se ponen a funcionar como un recurso en un proyecto de hibridar de nuevo literatura y vida, esfuerzo que fue central en los programas de la vanguardia. Sin esta voluntad de cuestionar el estatuto de lo literario y sus l&iacute;mites, sin el proyecto de encarar el hecho literario desde la l&oacute;gica de un cierto experimentalismo, de una cierta transgresi&oacute;n en lo pol&iacute;tico o de una b&uacute;squeda de un lenguaje que d&eacute; nuevas respuestas a los problemas que la literatura enfrenta, valores tradicionalmente asignados a la vanguardia, a menudo la figuraci&oacute;n del yo se vuelve un ejercicio solipsista o gratuito y corre el riesgo de perder inter&eacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Este juego de problemas o asuntos destaca en la obra de Roberto Bola&ntilde;o. Autoficci&oacute;n y vanguardia se dan la mano particularmente en <em>Los detectives salvajes, </em>verdadero retrato generacional m&aacute;s autoficticio que autobiogr&aacute;fico, donde Bola&ntilde;o acompa&ntilde;a el devenir de una mir&iacute;ada de personajes pertenecientes a los infrarrealistas &ndash; los &ldquo;realvisceralistas&rdquo;, as&iacute; llamados en su novela &ndash;, grupo po&eacute;tico mexicano al que perteneci&oacute; el autor, disfrazados en su mayor parte con nombres ficticios en un subyugante juego de identidades. El componente autobiogr&aacute;fico en la novela forma parte de un mundo ficcional donde Bola&ntilde;o se toma el trabajo de desmitificar con iron&iacute;a el campo literario de la neovanguardia mexicana de los sesenta y setenta, desarticulando sus utop&iacute;as e ingenuidades, pero construyendo al hacerlo una mitolog&iacute;a que homenajea en la derrota a sus personajes entre la realidad y la ficci&oacute;n. Al leer a Bola&ntilde;o, muchos quisimos ser detectives salvajes, quisimos encontrar, junto a Ulises Lima y a Arturo Belano, a nuestra particular Ces&aacute;rea Tinajero por los desiertos de Sonora. Si disfrutamos tanto del viaje de los personajes de esa novela en pos de alcanzar un fragmento siquiera m&iacute;nimo del absoluto que promet&iacute;a la literatura o el arte, es porque a una parte de nosotros tambi&eacute;n nos habr&iacute;a gustado que nos fuera la vida en hallar aquello no contaminado por la derrota de todas las utop&iacute;as. A pesar de la muerte de toda posibilidad de vanguardia, de la melancol&iacute;a o el desencanto que nos invade al t&eacute;rmino de la novela, comulgamos con aquello de lanzarse una vez m&aacute;s a los caminos contra todo pron&oacute;stico, para vivir la ficci&oacute;n &ndash; o hacer que la ficci&oacute;n viva en nosotros &ndash; de ser redimidos por la literatura y, de alguna manera, salvar la vida, al menos el tiempo en que esos personajes habiten en nuestra imaginaci&oacute;n.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                &#039;Los nombres impares&#039; de Álex Chico                            </span>
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        <em>Los nombres impares </em>(Candaya, 2021) es la novela de un enamorado de la literatura de Bola&ntilde;o. La firma &Aacute;lex Chico (Plasencia, 1980), un narrador que, puede decirse sin temor a errar, es ya uno de los nombres m&aacute;s originales de la &uacute;ltima narrativa espa&ntilde;ola. Lector de Sebald y Carr&egrave;re, Chico es autor de tres novelas publicadas en la Editorial Candaya. El procedimiento creativo que exhibe en cada una de ellas configura una po&eacute;tica que lo singulariza en el panorama literario actual. Los tres t&iacute;tulos se mueven dentro de lo que podr&iacute;amos denominar ensayo-ficci&oacute;n, t&eacute;rmino que el propio Chico ha defendido te&oacute;ricamente. En el ensayo-ficci&oacute;n, como apunta Gin&eacute;s Cutillas en un esclarecedor art&iacute;culo, el escritor reconstruye &ldquo;los espacios de conjetura que crea el ensayo y los huecos ficcionales que crea la autoficci&oacute;n para erigir obras con clara intenci&oacute;n literaria&rdquo;<strong>. </strong>Las ficciones de Chico son un ejemplo paradigm&aacute;tico de esta corriente. <em>Un final para Benjamin Walter </em>(2017) propone una investigaci&oacute;n que especula sobre los posibles finales del fil&oacute;sofo en Port Bou, b&uacute;squeda que lleva al autor a recorrer los espacios f&iacute;sicos por donde aquel se movi&oacute;. Por su parte, <em>Los cuerpos partidos </em>(2019) propone una<em> </em>ficci&oacute;n a caballo entre el ensayo y el relato intimista que busca recuperar la memoria del periplo del abuelo migrante en B&eacute;lgica, persiguiendo entender qu&eacute; pudo haber sentido y c&oacute;mo pudo haber vivido ese desarraigo primitivo en que se refleja en claroscuro el propio desarraigo identitario del narrador. Por &uacute;ltimo, esta novela, <em>Los nombres impares, </em>se inscribe en la tradici&oacute;n bola&ntilde;eana, y podr&iacute;a pensarse un cap&iacute;tulo a&ntilde;adido de una ficci&oacute;n transmedia que embarca a un narrador/autor y personaje llamado &Aacute;lex Chico en un documental ficticio sobre la vida de Rub&eacute;n Dar&iacute;o Galicia Pi&ntilde;&oacute;n, el infrarrealista perdido. En las tres obras de Chico, los narradores se encuentran ante una imagen, unos hechos, una figura que disparan la trama, y pese a que el autor ya domina todos los materiales y la informaci&oacute;n a partir de los cuales narra, se introduce en su texto como un personaje que limita su perspectiva y nos va informando en tiempo real de los pasos que va dando en su investigaci&oacute;n, ofreci&eacute;ndosenos como alguien que ignora m&aacute;s de lo que sabe, como un acompa&ntilde;ante en un paseo, aproxim&aacute;ndose m&aacute;s al narrador de una novela que al profesor que escribir&iacute;a un ensayo literario.
    </p><p class="article-text">
        Como hizo Bola&ntilde;o, &Aacute;lex Chico, en su tercera novela, parte del intersticio entre la realidad y la ficci&oacute;n en que se escriben <em>Los detectives salvajes. </em>Ahora bien, si Bola&ntilde;o emplea la realidad para transmutarla en ficci&oacute;n, en su novela, y despu&eacute;s emplea dicha ficci&oacute;n para seguir disparando otras ficciones, como hace con <em>Estrella distante</em>, Chico se instala del lado de la realidad y recupera al escritor debajo del personaje, el desaparecido Dar&iacute;o Galicia, poeta homosexual vinculado a los infrarrealistas y transformado en Ernesto San Epifanio por Bola&ntilde;o en<em> Los detectives. </em>Galicia desapareci&oacute; del panorama literario en los a&ntilde;os setenta y muy poco se ha sabido de &eacute;l desde entonces. El &ldquo;fantasma de la vanguardia&rdquo; del que hablaba Tavarovsky reaparece en la novela en este poeta maldito, objeto del asedio del narrador.
    </p><p class="article-text">
        En el ensayo-ficci&oacute;n, como lo entiende Chico, el tema de las investigaciones acaba siendo&nbsp;crucial en la configuraci&oacute;n de la identidad o la intimidad del narrador, una intimidad que encuentra el modo de hablar tambi&eacute;n a sus lectores. En las tres novelas del autor placentino vislumbramos a un personaje que persigue una sombra con la esperanza de que esa sombra lo ilumine. Como era Johny Carter para Bruno en el relato cortazariano de &ldquo;El perseguidor&rdquo;, Galicia significa para el narrador de la novela una metonimia de todos los escritores que entregaron su vida a la literatura, que lo arriesgaron todo &ndash; incluso la raz&oacute;n &ndash; de acuerdo a unos c&oacute;digos de exigencia donde no cab&iacute;an concesiones al mercado., representantes de una vanguardia en min&uacute;sculas que despu&eacute;s fueron olvidados. Galicia en la novela es un espejo inc&oacute;modo que nos devuelve al mismo tiempo fascinaci&oacute;n, terror, tal vez nostalgia y melancol&iacute;a sin que est&eacute; muy claro qu&eacute; es lo que predomina.&nbsp;Un rasgo constitutivo de la po&eacute;tica de Chico es el extraordinario poso l&iacute;rico que se desprende de cada p&aacute;gina. <em>Los nombres impares</em> est&aacute; plagada de interrogantes y reflexiones que afectan a la propia creatividad del autor, a c&oacute;mo la memoria deshace los hechos, a c&oacute;mo es necesario robar una historia para poder hoy seguir escribiendo, a cu&aacute;les son los l&iacute;mites o l&iacute;neas rojas que es l&iacute;cito o no cruzar en los diferentes pactos de lectura, a c&oacute;mo continuar imbricando, en definitiva, vida y literatura a pesar de todo.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute;s, el rasgo m&aacute;s propiamente novelesco de este libro provenga del policial. As&iacute;, las pesquisas del narrador/autor buscan identificar a un desaparecido que algunos hab&iacute;an dado por muerto, sobre el que recae una leyenda negra que llega hasta hoy. El narrador &ndash; un escritor que atraviesa un bloqueo creativo &ndash; decide acompa&ntilde;ar como guionista a su amigo cineasta, Tom&aacute;s Acosta,<em> </em>en el proyecto de rodar un documental sobre Dami&aacute;n Gallego, identidad bajo la que, de acuerdo con la novela, se ocultar&iacute;a el autor de <em>La ciencia de la tristeza</em>. Gallego es un escritor sexagenario y enfermo que pasa sus &uacute;ltimos a&ntilde;os en el nada glamuroso barrio barcelon&eacute;s de Vallcarca. A trav&eacute;s de Ida, la chica que cuida de &eacute;l, los dos amigos logran entrar en su piso para examinar toda una serie de cajas con fotograf&iacute;as, recortes de prensa, libros y notas manuscritas<em>. </em>A partir de estos documentos y el concurso de otros personajes que desfilan por la novela, como el poeta Bruno Montan&eacute; &ndash; Felipe M&uuml;ller en la obra de Bola&ntilde;o &ndash;, o el tambi&eacute;n escritor Eduardo Ruiz Rosa, el narrador va tejiendo conexiones entre Dami&aacute;n Gallego y la figura de Galicia, <em>enfant terrible</em> de la neovanguardia mexicana que, de acuerdo con lo que se dice en la novela de Bola&ntilde;o, lleg&oacute; a proponer la <em>boutade </em>de la fundaci&oacute;n del primer Partido Comunista Homosexual de M&eacute;xico. Chico, que ha declarado en varias entrevistas que el periodo de documentaci&oacute;n le resulta el m&aacute;s gratificante de su trabajo de escritor, arma este mosaico con diversos materiales que entreteje de manera muy inteligente: el testimonio de otros escritores, lo expresado por Bola&ntilde;o en <em>Los detectives salvajes </em>a prop&oacute;sito de Ernesto San Epifanio, las referencias a Galicia en antolog&iacute;as, como la de Gabriel Zaid, o la serie de estudios y art&iacute;culos period&iacute;sticos que recuperan la figura de Galicia (los m&aacute;s importantes, dos art&iacute;culos que le dedica la mexicana Ana Clavel, escritora e investigadora de la literatura, aparecidos en el peri&oacute;dico <em>Milenio</em>)<em>. </em>Adem&aacute;s de un preciso trabajo de documentaci&oacute;n a prop&oacute;sito de la neovanguardia mexicana de la &eacute;poca, Chico espolvorea el libro con multitud de citas de autores de muy diversa &iacute;ndole que enfrentaron el proyecto de recuperar la memoria en sus escritos&nbsp;y engarza esas citas con habilidad en beneficio de la narraci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        A lo largo de la novela, el autor placentino va tejiendo una historia al hilo de sus preocupaciones e intereses como investigador, ofreci&eacute;ndonos todo lo que se sabe de Galicia. Se nos recuerda c&oacute;mo, en un poema de <em>Los perros rom&aacute;nticos, </em>el propio Bola&ntilde;o afirma ir a visitar a su amigo convaleciente, en compa&ntilde;&iacute;a de Mario Santiago, tras haber sido operado aquel de dos aneurismas en condiciones muy precarias, sugiriendo que tras esa operaci&oacute;n en realidad hubo una lobotom&iacute;a promovida por su familia para &ldquo;curar&rdquo; su homosexualidad. Pese a ello, Galicia, aun con facultades mermadas, sigui&oacute; publicando algunos poemas, cuentos y art&iacute;culos a lo largo de los a&ntilde;os, e incluso fueron apareciendo algunos libros suyos, pero desde los a&ntilde;os ochenta se le pierde la pista. Bola&ntilde;o muere en 2003 imagin&aacute;ndolo muerto. Algunos testimonios lo identifican en situaci&oacute;n de calle en M&eacute;xico DF en 2008. Fue aparentemente fotografiado ese a&ntilde;o vagabundeando por la ciudad e inclusive - como recoge en su texto Ana Clavel - la escritora Carmen Boullosa escribi&oacute; sobre &eacute;l en prensa para reivindicar la necesaria dignidad debida a los intelectuales, cargando las tintas contra las autoridades mexicanas por permitir un deterioro semejante. Despu&eacute;s vuelve a perderse. Hasta aqu&iacute; lo que se sabe, pero donde no llega el ensayo o la historia, logra llegar la ficci&oacute;n. &Aacute;lex Chico fabula, imagina c&oacute;mo puede haber sido la vida de Galicia y la hace vivida por su Dami&aacute;n Gallego, que finalmente, en el momento de mayor intensidad de la novela, toma la palabra para hablar por s&iacute; mismo en una entrevista grabada en su piso de Vallcarca. Chico imagina los versos y manuscritos que pudo haber compuesto y que nunca public&oacute;; sus muchas an&eacute;cdotas de comienzos de los setenta junto a los &ldquo;infras&rdquo;; sus viajes a Culiac&aacute;n; su encuentro con Octavio Paz; un per&iacute;odo en la c&aacute;rcel en M&eacute;xico; c&oacute;mo vivi&oacute; entre delirios la operaci&oacute;n en que trepanaban su cr&aacute;neo y c&oacute;mo fue el postoperatorio; cu&aacute;l fue su relaci&oacute;n con su familia; una etapa como <em>clochard</em> en Par&iacute;s; sus solitarios recitales po&eacute;ticos en los lugares m&aacute;s inveros&iacute;miles de la ciudad; c&oacute;mo sufre un episodio de esquizofrenia en sus calles; su posterior decepci&oacute;n de las figuras centrales del infrarrealismo &ndash; &ldquo;ni detectives ni salvajes&rdquo;, llega a decir de Santiago y Bola&ntilde;o &ndash;; su amistad con el argentino N&eacute;stor S&aacute;nchez, otro escritor bohemio y poco difundido, amigo de Cort&aacute;zar, admirador, como Dami&aacute;n Gallego, de Gurdjieff y autor de <em>Diario de Manhattan</em> (un libro que se convierte en <em>Los nombres impares </em>en otro, titulado <em>Cr&oacute;nica de Par&iacute;s</em>, firmado por Gallego); c&oacute;mo recibi&oacute; la noticia de la muerte de su padre; su afici&oacute;n por recluirse en una c&aacute;rcel a cielo abierto, como es el desierto, que a su llegada a Espa&ntilde;a lo hizo visitar los Monegros y Tabernas; la idea de la ocupaci&oacute;n literaria como el servicio esclavo a un amo al que no se conoce; su cr&iacute;tica feroz al sistema editorial; la in&uacute;til aspiraci&oacute;n a eso que puede llamarse posteridad, y el silencio como &uacute;nica utop&iacute;a factible en adelante. El resultado es, en definitiva, perfectamente veros&iacute;mil, tanto, que sus lectores pensamos que, efectivamente, el narrador ha logrado devolvernos al poeta, al fin, l&uacute;cido y vivo, en parte descre&iacute;do y en parte orgulloso de su pasado, elegante y sarc&aacute;stico, derrotado y, por lo mismo, magn&iacute;fico, respondiendo a las preguntas para el supuesto documental de Acosta y Chico. La trama novelesca est&aacute; tensionada por este juego de identidades &ndash; Gallego, Galicia, San Epifanio &ndash; que se solapan, tensi&oacute;n que no se resuelve hasta el final del libro. La conjetura que empuja al narrador no termina de satisfacerse: &iquest;Gallego es o no es Galicia? &iquest;O es otra vez Ces&aacute;rea Tinajero para el narrador de esta novela? &iquest;&Aacute;lex Chico es o no &Aacute;lex Chico? &iquest;Y si alguno de ellos no lo fuera, acaso importar&iacute;a? El espejo de Gallego &iquest;qu&eacute; rostro nos devuelve? &iquest;El de la utop&iacute;a, el del miedo, el de la nostalgia o el del desencanto? &iquest;Se puede decir la verdad mintiendo si se miente lo mejor posible? &iquest;Es preferible lo veros&iacute;mil a lo verdadero? &iquest;Escribir, como dice el narrador del libro, no es acaso a&ntilde;adir un cap&iacute;tulo a la obra de aquellos escritores que m&aacute;s admiramos, para escribirnos a nosotros mismos en esa estela o, por decirlo junto a Rafael Cadenas, para que por un instante &ldquo;seamos reales&rdquo;? &iquest;Qu&eacute; fue y qu&eacute; ser&aacute; la vanguardia?
    </p><p class="article-text">
        &Aacute;lex<em> </em>Chico, en <em>Los nombres impares,</em> construye una autoficci&oacute;n que participa en el debate en curso sobre la autoficci&oacute;n misma. El cuestionamiento del propio procedimiento de escritura se incluye dentro de la trama en la forma de una discusi&oacute;n sobre los l&iacute;mites de la imaginaci&oacute;n en el documental entre los personajes de Chico y Acosta, sentados en una terraza de Gr&agrave;cia. Una discusi&oacute;n en la que Chico defiende la poes&iacute;a y la ficci&oacute;n como una forma superior de conocimiento, donde &ldquo;faltarle el respeto al espectador es no construir la mejor historia que le puedo contar (&hellip;) con todas las trampas. (&hellip;)&rdquo;. Chico defiende la legitimidad de la ficci&oacute;n al documentar la historia de Gallego:&nbsp;&ldquo;la diferencia entre el poeta y el historiador&rdquo; es el poder de contar &ldquo;lo que sucede&rdquo; o &ldquo;lo que podr&iacute;a haber sucedido&hellip;&rdquo; (210). Acaso de una forma u otra ese punto de ficci&oacute;n resulta inherente a toda aproximaci&oacute;n a la realidad que cabe postular. Como apunta en otro lugar de la novela el propio Chico, en un p&aacute;rrafo que podr&iacute;a definir tambi&eacute;n el trabajo de investigaci&oacute;n:
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Tiras del hilo, pero no deshaces la madeja. Simplemente a&ntilde;ades m&aacute;s capas. (...) Lo &uacute;nico que puedes hacer es aumentar el volumen de la madeja, superponer m&aacute;s capas, rodearla con nuevos hilos. Hasta que alcance una dimensi&oacute;n suficiente como para saber que ese objeto podr&aacute; acompa&ntilde;arte durante un tiempo. Antes de que eche a andar por su cuenta y te sientas, otra vez, habitando un lugar solitario&rdquo; (125).
    </p><p class="article-text">
        Entre la realidad y la ficci&oacute;n, <em>Los nombres impares</em> invoca para sus lectores las figuras de Dar&iacute;o Galicia y N&eacute;stor S&aacute;nchez, pero tambi&eacute;n la de Bola&ntilde;o, entre otras muchas referencias y citas, para recordarnos que escribimos, investigamos, leemos para a&ntilde;adir interrogantes que nos permitan continuar nuestra propia historia, para encontrar cobijo en aquello que escribimos y leemos, al menos por un tiempo, para reunir, como hace en esta magn&iacute;fica novela &Aacute;lex Chico, de un modo veros&iacute;mil vida y literatura.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Jesús Montoya]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/leer-el-presente/perseguidor-lectura-nombres-impares-alex-chico_132_8706187.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 01 Feb 2022 09:31:22 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El perseguidor: una lectura de 'Los nombres impares', de Alex Chico]]></media:title>
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    </item>
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      <title><![CDATA[Materia, tierra y desarraigo: una lectura de 'Tierra fresca de su tumba', de Giovanna Rivero]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/leer-el-presente/materia-tierra-desarraigo-lectura-tierra-fresca-tumba-giovanna-rivero_132_8602524.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1b3a6037-6ad0-44c6-8aa4-22c9fb14cf13_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Materia, tierra y desarraigo: una lectura de &#039;Tierra fresca de su tumba&#039;, de Giovanna Rivero"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">No cabe en una reseña breve como esta delimitar el género, describirlo en profundidad o discutir si este “fantástico”– término predilecto desde que Borges y Bioy Casares empezaran a mapear la fantasía en América Latina – es más o menos “gótico”, o más o menos “nuevo”</p></div><p class="article-text">
        La cr&iacute;tica literaria suele proponer etiquetas en su tarea principal: desbrozar el corpus de la literatura contempor&aacute;nea y sugerir las formas en que la misma resulta comprensible. No obstante, con m&aacute;s frecuencia &ndash; aunque esto no sea en s&iacute; mismo negativo &ndash;, esas etiquetas alcanzan m&aacute;s modestamente a servir de puente entre el mercado editorial y los lectores. Uno de estos marbetes, ahora, pasa por el llamado &ldquo;nuevo g&oacute;tico latinoamericano&rdquo;, que describe una veta que ha ganado importancia en la narrativa latinoamericana que recupera en los &uacute;ltimos a&ntilde;os motivos de la narrativa fant&aacute;stica, el cine y la novela de terror, el <em>weird</em> y la ciencia ficci&oacute;n, en su vertiente m&aacute;s oscura o tenebrosa, una veta cultivada por un n&uacute;mero relevante de autores y, llamativamente, autoras, que goza hoy d&iacute;a de una nueva visibilidad. En recientes estudios sobre el g&eacute;nero, cr&iacute;ticos como Justin Edwards y Fred Botting reflexionan sobre la globalizaci&oacute;n del g&oacute;tico apuntando c&oacute;mo este &ldquo;modo&rdquo; narrativo provee un lenguaje, en el mundo moderno globalizado, &uacute;til para expresar cambios que afectan implacablemente y de diversa forma a diferentes tradiciones y pueblos, de ah&iacute; su extraordinaria difusi&oacute;n. Los cambios sociales y culturales fruto de estos procesos globalizadores producir&iacute;an nuevos terrores con frecuencia encarnados por versiones de viejos tropos g&oacute;ticos que, en cada proceso de adaptaci&oacute;n/transculturaci&oacute;n, establecen conexiones con tradiciones m&iacute;ticas y culturales diversas, en relaci&oacute;n dial&eacute;ctica con espec&iacute;ficos procesos de modernizaci&oacute;n en cada caso. De ah&iacute; tambi&eacute;n que se haya acu&ntilde;ado el t&eacute;rmino &ldquo;g&oacute;tico andino&rdquo; para celebrar esta literatura en pa&iacute;ses como Per&uacute; o Bolivia.
    </p><p class="article-text">
        No cabe en una rese&ntilde;a breve como esta delimitar el g&eacute;nero, describirlo en profundidad o discutir si este &ldquo;fant&aacute;stico&rdquo;&ndash; t&eacute;rmino predilecto desde que Borges y Bioy Casares empezaran a mapear la fantas&iacute;a en Am&eacute;rica Latina &ndash; es m&aacute;s o menos &ldquo;g&oacute;tico&rdquo;, o m&aacute;s o menos &ldquo;nuevo&rdquo;. Baste apuntar que el modo en que el mismo est&aacute; colonizando desde los m&aacute;rgenes la narrativa m&aacute;s <em>mainstream</em> tiene mucho que ver hoy no solo con cuestiones de oportunidad de mercado, sino con la necesidad de ensanchar las fronteras del realismo en nuestro siglo. A trav&eacute;s de lo imaginativo y lo dist&oacute;pico, la literatura dibuja interrogantes que afectan a nuestro futuro como especie, en concomitancia con algunos planteamientos a cargo de los nuevos feminismos, ecologismos y poshumanismos te&oacute;ricos. Mirada en perspectiva, la literatura latinoamericana de la segunda d&eacute;cada del siglo XXI parece verse crecientemente interpelada por la complejidad de un presente en crisis ante el que debe postular, como apunta la catedr&aacute;tica Francisca Noguerol, &ldquo;alguna forma de compromiso &eacute;tico&rdquo;. El cultivo de estos g&eacute;neros por parte de algunas de las po&eacute;ticas m&aacute;s exigentes quiz&aacute;s pueda leerse desde ah&iacute;. Si la modernidad hab&iacute;a construido una s&oacute;lida separaci&oacute;n de la esfera de la cultura humana respecto de la naturaleza, concibiendo al ser humano como una especie autorizada a someter al planeta a su antojo, y eso hab&iacute;a hecho nacer monstruos que bajo la aparente promesa de salvarnos nos llevar&iacute;an a nuestro autoexterminio, la tarea del pensamiento estribar&iacute;a &ndash; como afirmaba hace dos d&eacute;cadas el antrop&oacute;logo Bruno Latour &ndash; en restablecer esas conexiones entre el mundo natural y la cultura para, as&iacute;, &ldquo;aminorar, desviar y regular la proliferaci&oacute;n de los monstruos representando oficialmente su existencia&rdquo; (Latour, 2007: 29-30). Este trabajo de representaci&oacute;n de los monstruos que emergen en las grietas de un proyecto moderno/colonial, en su etapa global, que se derrumba, buscando superar la par&aacute;lisis posmoderna e incorporando en la mirada un di&aacute;logo con el medio ambiente, podr&iacute;a ayudar a iluminar el malestar cultural del que parte el resurgir de esta corriente imaginativa &ndash; ll&aacute;mese g&oacute;tica o fant&aacute;stica&ndash; en la literatura de Am&eacute;rica Latina, una corriente que tiene en Giovanna Rivero (Montero, 1972) a una de sus mejores representantes. En <em>Tierra fresca de su tumba </em>(Candaya, 2020), la narradora boliviana explora esta veta con un lenguaje de poderoso aliento po&eacute;tico, en seis extensos y magistrales cuentos. En ellos reverberan ecos de la mejor tradici&oacute;n del g&oacute;tico anglosaj&oacute;n (Lovecraft, Shelley, Poe, Hawthorne&hellip;), pero tambi&eacute;n del mejor fant&aacute;stico (Quiroga, Arreola, Levrero...), e incluso del existencialismo (Bombal, Onetti, Rulfo&hellip;) hispanoamericanos, y a estos se suma tambi&eacute;n, en algunas de las ficciones, el influjo de la ciencia ficci&oacute;n.
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                &#039;Tierra fresca de su tumba&#039; de Giovanna Rivero                            </span>
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        Desde el mismo t&iacute;tulo, la materialidad de la tierra se vuelve protagonista en el libro: esa tierra fresca parece quererse la materia prima a partir de la cual articular todo un juego de met&aacute;foras que permiten explorar un sentido transversal. La tierra predomina en la poderosa imagen que aparece en la portada de la edici&oacute;n de Candaya: un buitre gobernando un camposanto, posado sobre un mont&oacute;n de tierra removida. Esa materialidad informe impregna todos los textos del volumen. Destacan sus cuentos por apelar a una extraordinaria sensorialidad. Rivero escribe con los cinco sentidos. La materia no solo se ve, sino que se masca, se exprime, se sorbe, se devora, se siente en la piel y en los huesos. El primero de los relatos, &ldquo;Mansedumbre&rdquo;, concluye frente a un mont&oacute;n de esa tierra, como el de la portada que acabamos de ver, pero comienza con la pregunta &ldquo;&iquest;Era caliente el l&iacute;quido viscoso que te dejaron ah&iacute;? (&hellip;) &iquest;Era un l&iacute;quido como la clara de un huevo?&rdquo; (9). Desde la primera frase, pronunciada por el c&iacute;nico personaje &ldquo;pastor Jacob&rdquo;, la fecundaci&oacute;n contra natura se refiere como un fluido que se identifica con algo comestible. Pronto el relato revela su motivo: la violaci&oacute;n de una serie de j&oacute;venes y adolescentes en una comunidad religiosa que recuerda a las m&aacute;s de ciento cincuenta realmente ocurridas entre 2005 y 2009 en Manitoba, Bolivia. Un l&iacute;quido viscoso que es semilla maldita, semilla que fertiliza la tierra en que devienen los cuerpos que somos, como el de Elise, una de las v&iacute;ctimas, integrante de esta secta menonita de origen alem&aacute;n que vive en la total aculturaci&oacute;n respecto del contexto que los rodea, de espaldas a la modernidad y en conflicto con la cultura de los pueblos originarios. La semilla tambi&eacute;n es, en el cuento, la palabra de un dios extranjero que ahoga las almas en una cultura de la opresi&oacute;n patriarcal. El cuento subraya, en su lenta progresi&oacute;n, c&oacute;mo lo simb&oacute;lico es la primera forma de lo carcelario: c&oacute;mo, desde un determinado lenguaje, resulta imposible concebir los t&eacute;rminos justicia o reparaci&oacute;n. Por eso, ser&aacute; la tierra, la Pachamama, a la que rinde culto la cultura aymara, marginada en el universo que se nos dibuja y en las ant&iacute;podas de la palabra de ese dios alem&aacute;n, lo que restituya una posible justicia ajena a los c&oacute;digos for&aacute;neos, devorando al violador, que deviene semilla, cerr&aacute;ndose un c&iacute;rculo.
    </p><p class="article-text">
        En varios de los relatos de Rivero la tierra se convierte en un disolvente que deshace el imposible aislamiento de los seres humanos respecto del mundo material y natural, para, parad&oacute;jicamente, devolver la visi&oacute;n a los personajes a menudo a trav&eacute;s de su oscuridad. En la po&eacute;tica de Rivero, ambas, luz y oscuridad, se dan en &ldquo;un mismo pliegue&rdquo; (79). As&iacute; lo expresa la narradora de &ldquo;Cuando llueve parece humano&rdquo;, un cuento que pone en juego dos planos que acaban confluyendo en un final donde un pasado y un presente violentos se iluminan mutuamente. La tierra deviene tambi&eacute;n la met&aacute;fora para pensar c&oacute;mo se relacionan cuerpos y territorios de modo complejo en las identidades globalizadas &ndash; o mejor, glocalizadas &ndash; del presente, donde se vuelve imposible el arraigo y toda pureza es borrada, pero tambi&eacute;n donde los cuerpos llevan consigo las marcas culturales que impiden que podamos escapar de una tierra que nos alcanza tarde o temprano, por muy lejos que vayamos. Todos los personajes de estos cuentos presentan vidas atravesadas de parte a parte por la migraci&oacute;n f&iacute;sica o por diferentes procesos de desterritorializaci&oacute;n cultural. En el caso de &ldquo;Cuando llueve parece humano&rdquo;, Rivero toma como protagonista de su relato a la cultura japonesa, minor&iacute;a que forma parte desde hace un siglo de la idiosincrasia boliviana. La cultura del lac&oacute;nico <em>haiku</em> y del sutil <em>origami</em> encierra tambi&eacute;n s&oacute;rdidos secretos si se est&aacute; dispuesto a escarbar bajo tierra. Por eso, en este cuento la tierra tambi&eacute;n se revuelve, se desordena, como ocurr&iacute;a en la imagen de la portada del libro, como ocurr&iacute;a en el cuento anterior, como desordenadas est&aacute;n las ra&iacute;ces culturales de Keiko, la protagonista, quien bucea en sus recuerdos en el jard&iacute;n de su casa en Santa Cruz, un jard&iacute;n que la anciana se obstina en cuidar y abonar. La tierra aqu&iacute; ser&aacute; el puente a la verdad de los cuerpos, como nos ense&ntilde;&oacute; Rulfo. As&iacute;, si la se&ntilde;ora Keiko deja pisotear a su hija &ldquo;la grama nutrida con abono, los huesos de sus plantas&rdquo; (75), cuando ya sepamos que lo terrible ha sucedido, leeremos c&oacute;mo desear&aacute; cerrar los ojos y &ldquo;aspirar el aroma&rdquo; del &ldquo;pelo mineral de la muchacha&rdquo; (79), ser una con la tierra para, de alg&uacute;n modo, dejar atr&aacute;s el dolor. El cuento propone una aterradora forma material &ndash; por contig&uuml;idad t&aacute;ctil &ndash;, m&aacute;s all&aacute; de lo simb&oacute;lico, de recuperar la memoria. Su macabro final, que rompe el veros&iacute;mil realista, puede pensarse acaso tambi&eacute;n como un modo de reconciliarse con los pecados que determinan la trayectoria err&aacute;tica de los personajes y, por ende, de los seres humanos.
    </p><p class="article-text">
        Varios de los cuentos, en la tradici&oacute;n de un g&oacute;tico que cabe leer iluminado desde el poshumanismo y la ecocr&iacute;tica, involucran a animales, incluso en los mismos t&iacute;tulos. En estos cuentos los animales no se humanizan, no son representaciones de fuerzas sobrenaturales, no se desnaturalizan ni tampoco forman parte del decorado: son presencias inquietantes que tienen un enorme peso simb&oacute;lico y colaboran en la transformaci&oacute;n psicol&oacute;gica de los personajes. &ldquo;Hermano ciervo&rdquo;, &ldquo;Piel de Asno&rdquo; o &ldquo;Pez, tortuga, buitre&rdquo; son ejemplos de ello. Este &uacute;ltimo tiene como protagonista a Amador, un marinero salvadore&ntilde;o que se enrola en un barco pesquero para huir de la Mara Salvatrucha: de nuevo, una subjetividad en tr&aacute;nsito ahora en un relato anfibio, entre la tierra y el agua. La narraci&oacute;n principia en un di&aacute;logo entre Amador y la madre de El&iacute;as Coronado, su joven compa&ntilde;ero mexicano de naufragio, muerto tr&aacute;gicamente en alta mar. Amador aparece sentado en la cocina de la madre de su &ldquo;hermano de naufragio&rdquo; para presentarle sus respetos. Las tibias tortillas que ella le ofrece contrastan con el hambre, la sed y las penurias que vivieron en su propia carne y que Amador cuenta en su relato, una y mil veces reproducido por los medios de masa, versi&oacute;n que Rivero tambi&eacute;n nos entrega. Pero el cuento nos habla del contraste entre los hechos y ese juego de versiones que funda y enmascara la realidad. A cada bocado de esas tortillas, redondas como una hostia &ndash; en la tradici&oacute;n cristiana, el cuerpo sacrificado de Cristo&ndash;, Rivero obliga a su personaje a atravesar las m&aacute;scaras en pos de la verdad de la que fue testigo y que pasa por la rotura de los compartimentos estancos que articulan las ficciones que construimos, ficciones que nos secuestran bajo la aparente promesa de salvarnos de la sinraz&oacute;n o el caos. Por eso, Amador parece aflojar la resistencia a recordar al final del cuento, para reconocerse al fin en las metonimias de un espacio y un tiempo acu&aacute;ticos que parece no poder abandonar. Amador comulga, as&iacute;, por medio de esas tortillas, con la verdad del cuerpo de su amigo muerto, que se impone a todas las ficciones: &ldquo;soy pez, soy tortuga, soy agua, soy red, soy buitre&rdquo; (50). El desider&aacute;tum final expresado por este personaje, ser uno con el mundo animal o natural, en el fondo, resulta v&iacute;a de salvaci&oacute;n y, a la vez, castigo, en Nadine Ayotchow, la protagonista del cuento &ldquo;Piel de Asno&rdquo;. Este relato involucra la cultura ind&iacute;gena norteamericana, la tradici&oacute;n cultural del g&oacute;tico europeo, el <em>weird</em> americano y diferentes referencias bolivianas y latinoamericanas, referencias que se cruzan en los complejos or&iacute;genes de los migrantes adolescentes protagonistas. Nadine, narradora en primera persona, cantante de g&oacute;spel en un templo religioso, relata a toro pasado c&oacute;mo en compa&ntilde;&iacute;a de su hermano David escapa por la g&eacute;lida geograf&iacute;a canadiense de una infancia terrible y un futuro incierto hasta llegar a esa comunidad religiosa. El cuento propone una reflexi&oacute;n sobre la errancia, sobre el maltrato, sobre los hilos precarios que mantienen unida a la familia o nos convierten en comunidad, sobre el modo en que la violencia, los cruces culturales y los encuentros azarosos constituyen a los individuos a lo largo de sucesivas migraciones. &ldquo;Piel de Asno&rdquo; insin&uacute;a tambi&eacute;n el influjo de lo m&aacute;gico-mitol&oacute;gico, pues el contexto de la confesi&oacute;n que da formato al texto resulta una investigaci&oacute;n conducente a gestionar un fen&oacute;meno sobrenatural: la hibridaci&oacute;n entre ser humano y animal. La violencia biopol&iacute;tica es, sobre todo, el tema central de &ldquo;Hermano ciervo&rdquo;, un aterrador relato <em>slipstream</em> donde, quiz&aacute;s, lo de menos sea el componente cient&iacute;fico. El relato muestra la precariedad de la vida de una pareja de j&oacute;venes migrantes bolivianos vinculados con la academia estadounidense, perdidos en el duro invierno de Ithaca, en el Estado de Nueva York, localidad donde se erige la prestigiosa Universidad de Cornell. Ambos discuten sobre la posibilidad del retorno al pa&iacute;s de origen o la de permanecer all&iacute;, sin que ninguna de las dos opciones se abra en el horizonte como una soluci&oacute;n para sus vidas, al tiempo que &eacute;l participa como conejillo de Indias en un peligroso estudio farmacol&oacute;gico. En este magistral relato de desamor, de un poderoso lirismo, un ciervo muerto a balazos mancha con su sangre la nieve y la tierra frente a la ventana de la casa junto al lago Cayuga que habita la pareja. Dejado descomponer durante d&iacute;as a la intemperie, el animal resulta una presencia que da pie a toda una serie de reflexiones que har&aacute;n progresar la trama hasta su final abierto y cruel, donde la muerte se asume y naturaliza como algo tolerable en la experimentaci&oacute;n m&eacute;dica, m&aacute;xime si quienes participan en ella son sujetos migrantes. Por &uacute;ltimo, tambi&eacute;n &ldquo;Socorro&rdquo; &ndash; el que quiz&aacute;s sea, junto con el anterior, el mejor relato del libro &ndash; se halla protagonizado por una acad&eacute;mica afincada en los Estados Unidos, esta vez s&iacute; aparentemente exitosa, que retorna a la provincia de Santa Cruz en compa&ntilde;&iacute;a de sus hijos y su marido para reunirse con la familia boliviana. El relato explora el territorio de la locura; la idea de la familia como enfermedad colectiva; los motivos del incesto, de la culpa y su silencio; la ineficaz represi&oacute;n qu&iacute;mica del dolor emocional cada vez m&aacute;s com&uacute;n en nuestras sociedades, y la imposibilidad de tomar distancia respecto del pasado y la tierra de origen. De nuevo, el cuerpo femenino y sus fluidos &ndash; en este caso, la leche generada como efecto secundario del consumo de f&aacute;rmacos y la violencia biopol&iacute;tica sobre la mujer&ndash; ser&aacute; la imagen simb&oacute;lica que permitir&aacute; bucear en un oscuro secreto familiar. En el cuento, en el que Rivero construye un universo de extraordinaria densidad po&eacute;tica, brilla especialmente el inquietante y magn&eacute;tico personaje de Socorro, nombre propio que remite al angustioso grito que reclama un lugar en medio de la noche, a pesar del &eacute;xito aparente que parece haber alcanzado la protagonista, en una lejan&iacute;a imposible de la tierra donde naci&oacute; y de los muertos que a&uacute;n aguardan all&iacute;. Socorro es, a fin de cuentas, el espejo negro que devuelve la imagen de nuestros propios miedos.
    </p><p class="article-text">
        Asesinas inesperadas, cad&aacute;veres que aguardan para abrazarnos bajo la tierra, magia negra, enterramientos en vida, violaciones en serie, tumbas, naufragios, p&aacute;jaros de mal ag&uuml;ero, h&iacute;bridos entre ser humano y animal, locas l&uacute;cidas, experimentos m&eacute;dicos m&aacute;s all&aacute; de los l&iacute;mites &eacute;ticos, can&iacute;bales y suicidas pueblan estos seis oscuros relatos llenos de lirismo. Seis cuentos que dibujan un universo entre lo local y lo global, m&aacute;s rural que urbano, en el que Rivero, escritora de origen boliviano y residente en los Estados Unidos, inscribe un fruct&iacute;fero di&aacute;logo con las tradiciones globales, continentales y nacionales. En todos ellos, Bolivia y Am&eacute;rica Latina, lejos de desaparecer, forman parte esencial del modo en que los personajes experimentan su desarraigo. Libros como este, de Rivero, dan muestra de c&oacute;mo la narrativa latinoamericana est&aacute; escribiendo un cap&iacute;tulo de enorme inter&eacute;s en los &uacute;ltimos a&ntilde;os de la mano de sus autoras. Giovanna Rivero es ya una de las voces m&aacute;s importantes de la literatura de su pa&iacute;s y con <em>Tierra fresca de su tumba </em>se consagra como una de las cuentistas m&aacute;s a tener en cuenta de la actual literatura en espa&ntilde;ol.
    </p><p class="article-text">
        Referencias citadas:
    </p><p class="article-text">
        Botting, Fred and Justin T. Edwards (2013). &ldquo;Theorising globalgothic&rdquo;. En Byron, Glennis (ed.) <em>Globalgothic. </em>Manchester UP: 11-24.
    </p><p class="article-text">
        Latour, Bruno (2007). <em>Nunca fuimos modernos. Ensayo de antropolog&iacute;a sim&eacute;trica</em>. Madrid: Siglo XXI.
    </p><p class="article-text">
        Noguerol, Francisca (2020). &ldquo;Contra el Capitaloceno: escrituras subversivas en el siglo XXI&rdquo;.<em> </em>En Waldegaray, Marta (ed.). <em>Anfractuosit&eacute;s de la fiction: inscriptions du politique dans la litt&eacute;rature hispanophone contemporaine</em>. &Eacute;PURE - &Eacute;ditions et presses universitaires de Reims: 51-75.
    </p><p class="article-text">
        Rivero, Giovanna (2020). <em>Tierra fresca de su tumba. </em>Barcelona: Candaya. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Jesús Montoya]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/leer-el-presente/materia-tierra-desarraigo-lectura-tierra-fresca-tumba-giovanna-rivero_132_8602524.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 22 Dec 2021 10:45:19 +0000]]></pubDate>
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