<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:dcterms="http://purl.org/dc/terms/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"  xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" version="2.0">
  <channel>
    <title><![CDATA[elDiario.es - Ares Marbà i Sera]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/ares-marba-i-sera/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Ares Marbà i Sera]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
    <ttl>10</ttl>
    <atom:link href="https://www.eldiario.es/rss/category/author/1041491/" rel="self" type="application/rss+xml"/>
    <item>
      <title><![CDATA[Roller derby: feminismo y sororidad a golpes y sobre patines]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/gazteberri/roller-derby-feminismo-sororidad-golpes-patines_132_9173747.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1c524b07-3a37-454b-b9cc-1fa2ebb53a7b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Roller derby: feminismo y sororidad a golpes y sobre patines"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El equipo catalán Insubmises se enfrentó a las bilbaínas Botxokillers en un partido de este deporte feminista y de contacto que empodera a la mujer dentro y fuera del campo</p></div><p class="article-text">
        En el comedor del Restaurante El Ciervo, en el Casco Viejo de Bilbao, resuenan las risas de las chicas que, senadas frente a sus platos de espaguetis a la bolo&ntilde;esa, conmemoran aquel partido en el que <em>Machakaflakas</em> les ense&ntilde;&oacute; a volar. Rozarla, a ella, una de las jugadoras m&aacute;s conocidas del panorama nacional, acarreaba salirse de la pista en aquel encuentro en Valencia en el que, por cierto, perdieron. Para esta tarde, presagian el mismo final: &ldquo;Nos meter&aacute;n una paliza que fliparemos&rdquo;, se r&iacute;en. Ellas, Insubmises, llegan desde Catalu&ntilde;a para enfrentarse a las bilba&iacute;nas Botxokillers en un partido de roller derby, un deporte revolucionario gestionado por mujeres que resurgi&oacute; en Texas bajo dos pilares: la autogesti&oacute;n y el empoderamiento de la mujer. La base para lograrlo: patines, golpes y sororidad.
    </p><p class="article-text">
        El roller derby logra compatibilizar estos tres elementos. La sororidad se practica entre las jugadoras de cada equipo y entre equipos mediante la integraci&oacute;n y el trabajo colectivo. &ldquo;Tenemos que apoyarnos para poder funcionar&rdquo;, explica 'Kroket', que no concibe una ca&ntilde;a sin su croqueta. Pero la cosa cambia en el campo, donde asumen que, como en la vida, recibir&aacute;n golpes. Van a caer. Y va a tocar levantarse. El trofeo se lo llevan siempre tatuado en la piel: rasgu&ntilde;os y moratones.
    </p><p class="article-text">
        Insubmises, el equipo que come espaguetis en el restaurante bilba&iacute;no, naci&oacute; hace cinco a&ntilde;os cuando, dos amigas de Reus (Tarragona), aburridas del gimnasio, se debat&iacute;an entre dos opciones: v&oacute;ley o roller derby. 'Exterminio', la partidaria del v&oacute;ley, explica por qu&eacute; se decantaron por la segunda: &ldquo;Como la Nuri es m&aacute;s cansina que yo pues decidimos su idea&rdquo;. Juntaron a un grupo de amigas con un rasgo com&uacute;n: ninguna sab&iacute;a patinar. La plaza de una rotonda de Reus testimoni&oacute; aquellos inicios en los que a duras penas se sosten&iacute;an sobre los patines. &ldquo;All&iacute; comenzamos a entrenar, en la pista de b&aacute;squet, mientras los adolescentes com&iacute;an pipas mir&aacute;ndonos&rdquo;, cuenta 'Exterminio', mientras recuerda c&oacute;mo se las arreglaban para seguir adelante. Comenzaron por contactar con chicas que hab&iacute;an jugado al hockey. &ldquo;Ten&iacute;an mucho dominio del pat&iacute;n y pod&iacute;an ense&ntilde;arnos&rdquo;. M&aacute;s tarde, Caperu, una roller-jugadora veterana del equipo de Barcelona, se comprometi&oacute; desinteresadamente a acercarse a Reus para entrenarlas una vez por semana. &ldquo;Aqu&iacute; fue cuando aprendimos de verdad. Nos ense&ntilde;&oacute; el juego y la estructura&rdquo;, rememora. Una muestra de que &ldquo;la sororidad se practica tanto dentro del equipo como entre equipos&rdquo;, como apunta 'Helter Skelter'.
    </p><p class="article-text">
        En sus esfuerzos por encontrar un espacio en el que entrenar en condiciones un club les ofreci&oacute; una pista. A cambio: comprar el equipo. &ldquo;Les dimos las gracias y les dijimos que seguir&iacute;amos a nuestro rollo en nuestra rotonda&rdquo;, evoca Exterminio<em>,</em> que subraya la idea de ir por libre y no seguir las &oacute;rdenes de un director en un deporte marcado por la horizontalidad: &ldquo;Es una muestra de que el equipo se conforma como asambleario y autogestionado desde el principio. Quer&iacute;amos hacerlo todo entre nosotras, aunque fuera m&aacute;s complicado&rdquo;. Para complicados, aquellos comienzos en los que el alcalde de un pueblo les cedi&oacute; la pista del patio de un colegio. El calentamiento: pasar la escoba para quitar las peque&ntilde;as piedras que escupen los suelos de cemento. Mientras tanto, se levantaban polideportivos ligeros en Reus. Una vez acabados, el Ayuntamiento hizo un llamamiento para su uso y subvenci&oacute;n el a&ntilde;o pasado. A&ntilde;o que coincidi&oacute; con el &ldquo;boom&rdquo; del feminismo y los deportes femeninos. Y all&iacute; estaban ellas, primer equipo de roller de la provincia de Tarragona y tercero de Catalu&ntilde;a. &ldquo;Se frotaban las manos con nosotras pensando en toda la publicidad que har&iacute;an&rdquo;, cuenta <em>Exterminio</em>. Publicidad o no, tras cinco a&ntilde;os, gozan, al fin, de una pista en condiciones.
    </p><h3 class="article-text">El bautizo</h3><p class="article-text">
        'Exterminio'<em> </em>es su nombre de guerra, su nombre derby. Todas pasan por un proceso bautismo para hacerse con el suyo. 'Dos', joven homosexual que colabora como &aacute;rbitro, hace su propia lectura: &ldquo;Te hace sentir parte de una comunidad y a su vez tiene que ver con romper las costuras del sistema. Es una vivencia de las personas trans que, en su mayor&iacute;a, tienen que ponerse uno nuevo. &iquest;Por qu&eacute; no lo hacemos todes?&rdquo;. Para otras es su alter ego, su &ldquo;yo&rdquo; en la pista. En este ritual, la futura apodada cuenta su historia y convive con el equipo que, tras unos d&iacute;as, pone una o varias propuestas sobre la mesa. Para la joven que hoy come nerviosa los espaguetis -es su primer partido- una an&eacute;cdota precedi&oacute; su insignia. Se encerr&oacute; en el ba&ntilde;o de su casa para calcar la rutina matutina de su padre. Cogi&oacute; su cuchilla y afeit&oacute; su imberbe cara. Su piel: la de una ni&ntilde;a de tan solo cinco a&ntilde;os. Para colmo se qued&oacute; encerrada. Sus padres tuvieron que echar la puerta abajo para descubrir el sonriente y ensangrentado rostro de su hija. Acab&oacute; en el hospital. Esta historia de hace 21 a&ntilde;os determin&oacute; su apodo: 'Kutxilla'.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        No hay que remontarse dos d&eacute;cadas atr&aacute;s para labrar los inicios de este deporte en Espa&ntilde;a, al que, en 2010, dieron vida unas tinerfe&ntilde;as. Aunque en 2015 nacieron equipos mixtos y masculinos, sigue siendo mayormente femenino. &ldquo;Es el roller derby, no el roller derby femenino&rdquo;, deja claro 'Polvorilla'. <em>Dos</em> no jugar&iacute;a en la liga masculina: &ldquo;Yo no quiero tocarme con los se&ntilde;ores si no es en mi cama&rdquo;, se r&iacute;e. Se lo plantear&aacute; el d&iacute;a que los hombres se hayan &ldquo;deconstruido un poco&rdquo;, aunque, para ello, dice, habr&aacute; que esperar.&nbsp; Victu, que no falta a ning&uacute;n partido, ha sido jugador de f&uacute;tbol. &ldquo;Es un deporte muy noble&rdquo;, comenta, sobre el roller. Una nobleza que observa dif&iacute;cil entre hombres: &ldquo;Con los chicos costar&iacute;a porque se calientan y van a los &aacute;rbitros que si me quejo aqu&iacute;, que si me quejo all&aacute;&hellip;&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tras la comida, las integrantes de Insubmises se aglutinan en la entrada del Pabell&oacute;n de Zorroza. Tienen su propio grupo de 'supporters', Reducte Insubm&iacute;s<em>, </em>que espera a que el sem&aacute;foro cambie de color para cruzar el paso de cebra que les separa del Bar Arsenio, donde har&aacute;n la previa, colmando las mesillas redondas de la terraza de vasos de cerveza y licor de hierbas. Las chicas cruzan la puerta del pabell&oacute;n y siguen las flechas de los DIN A4 pegados a las paredes con un escrito: &lsquo;Roller Derby&rsquo;. 'Kamikaze' las para a mitad de camino: &ldquo;Los vestuarios est&aacute;n hacia all&iacute;, tomad las llaves&rdquo;. Es f&aacute;cil localizarlo. Su escudo, pegado con celo, las recibe en la puerta. Al entrar se disponen, a lo largo de las banquetas de madera, un pin y una pegatina del equipo local en el sitio que corresponde a cada jugadora, debajo de cada colgador. Les han dejado, tambi&eacute;n, una cesta con pl&aacute;tanos, galletas y otros deleites; adem&aacute;s de una nota de bienvenida en catal&aacute;n. No es anecd&oacute;tico que los equipos locales reciban con mimo a las visitantes. Una 'rollercostumbre' m&aacute;s. Las primeras en llegar se cambian y se preparan para el calentamiento previo al partido.
    </p><h3 class="article-text">Colaboraci&oacute;n voluntaria</h3><p class="article-text">
        Los que se preparan tambi&eacute;n son los &aacute;rbitros -algunos llegados desde Barcelona- que, en c&iacute;rculos, conversan en el pabell&oacute;n que alberga la pista de Hockey. Se requiere de una previa y minuciosa labor de coordinaci&oacute;n de entre los once o hasta quince que se precisan en cada partido. Entre ellos, hay hombres. Su trabajo, voluntario. No cobran. Es m&aacute;s, se costean el viaje. Para uno de ellos, 'Dos', contribuir en el roller derby es militancia: &ldquo;Aqu&iacute; los hombres tenemos que asumir la funci&oacute;n que en la sociedad hacen ellas: la de sustento. Somos indispensables y hacemos el trabajo invisible para que esto funcione&rdquo;.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">El objetivo es cuidar al resto, como cuando te tienes que sacar el carnet de coche para conducir. Es importante para que ni caigan ni hagan caer</p>
                <div class="quote-author">
                        <span class="name">Victu</span>
                                  </div>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        En el mismo pabell&oacute;n, donde terminan las escaleras que conducen a la grada, unos labios r&iacute;en bajo unas gafas de pasta. &ldquo;Me llaman 'el Jud&iacute;o' porque soy el que cobra&rdquo;. Es Manu, colocado frente a la mesa sobre la que yace un improvisado puesto de ropa que una 'freshie' del equipo bilba&iacute;no ha preparado con mimo, separando las camisetas con s&iacute;mbolos del equipo por tallas y colores. En la misma mesa, Insubmises ha montado tambi&eacute;n el suyo. Las chicas se presentan. &ldquo;Es que a m&iacute; me encantan las plantas&rdquo;, carcajea 'Ortiga'. Son 'freshies', palabra derivada del ingl&eacute;s 'fresh meat' -carne fresca- y con la que se identifica a las jugadoras en proceso de ingresar en el equipo. Deben entrenar por lo menos tres meses antes de enfrentarse a la prueba pr&aacute;ctica y te&oacute;rica que les permitir&aacute; jugar los partidos. Hay un motivo, explica Victu: &ldquo;El objetivo es cuidar al resto, como cuando te tienes que sacar el carnet de coche para conducir&rdquo;. &ldquo;Es importante para que ni caigan ni hagan caer&rdquo;, remarca. No obstante, la palabra 'freshie' est&aacute; en v&iacute;as de extinci&oacute;n. La sustituir&aacute; 'rookies', novata en ingl&eacute;s. &ldquo;Ahora hay mucho vegano y este nombre no gusta&rdquo;, dice Victu. 'Kroket', por su parte, cree que &ldquo;es machista, es hablar de la mujer como de un pedazo de carne&rdquo;.
    </p><h3 class="article-text">Autofinanciaci&oacute;n</h3><p class="article-text">
        El tiempo corre. A media hora del comienzo del partido <em>el Jud&iacute;o</em> cobra las entradas a los primeros en llegar que, por el momento, pasan indiferentes por delante de los puestos. Cero euros de caja son un problema, tambi&eacute;n en el roller<em>.</em> En este deporte totalmente autofinanciado los ingresos se recaudan del 'merchandasing' -venta de camisetas y bolsas con dise&ntilde;os que confeccionan ellas mismas-, de las cuotas de las jugadoras, del patrocinio de empresas locales y de las entradas. Los fondos, a su vez, sirven de ayuda para aquellas jugadoras que no pueden costearse los desplazamientos que implican los encuentros.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/d045d1cd-6af1-4efc-a842-9f65c5b8c9f0_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/d045d1cd-6af1-4efc-a842-9f65c5b8c9f0_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/d045d1cd-6af1-4efc-a842-9f65c5b8c9f0_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/d045d1cd-6af1-4efc-a842-9f65c5b8c9f0_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/d045d1cd-6af1-4efc-a842-9f65c5b8c9f0_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/d045d1cd-6af1-4efc-a842-9f65c5b8c9f0_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/d045d1cd-6af1-4efc-a842-9f65c5b8c9f0_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="Puesto de ropa de &#039;Insubmises&#039;"
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                Puesto de ropa de &#039;Insubmises&#039;                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        Los acompa&ntilde;antes ya han acabado la previa en el bar y, animados, suben las escaleras seguidos de m&aacute;s afici&oacute;n. 'El Jud&iacute;o' les cobra los tres euros de la entrada. &ldquo;&iquest;D&oacute;nde est&aacute; la pelota?&rdquo;, bromea Antoni, un skin de patillas largas. El grupo explora la grada en busca del mejor lugar para ellos y su pancarta, que dibuja a mano: &ldquo;Reducte Insubm&iacute;s, desde 2019&rdquo;. Insignia que lucen tambi&eacute;n en sus camisetas. Como ellas, han labrado sus propios c&oacute;digos: &ldquo;Para hacerte con una tienes que haber venido, al menos, a tres partidos&rdquo;, explica el skin, mientras estira los bandos de la prenda. 'Dos'<em> </em>valora su labor: &ldquo;Realizan este proceso de acompa&ntilde;amiento: funciones de curas, de sostener y de animar&rdquo;. Se r&iacute;e: &ldquo;Alg&uacute;n d&iacute;a entraremos a debatir si lo est&aacute;n haciendo suficientemente bien&rdquo;. Bien o mal, uno de ellos alza la voz. Los aplausos le siguen.
    </p><h3 class="article-text">Ellas, en el campo; ellos, en las gradas</h3><p class="article-text">
        Las jugadoras entran al pabell&oacute;n y se deslizan hacia la pista. Algunas se giran y env&iacute;an sonrisas rojas, verdes y amarillas al p&uacute;blico. No. No son sus dientes, sino protectores bucales; uno de los elementos de equipamiento indispensables, junto con las mu&ntilde;equeras, las rodilleras, las coderas, el casco y los patines. Toda protecci&oacute;n es poca. D&oacute;nde lucir&aacute;n esa vez los moratones es a&uacute;n una inc&oacute;gnita.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Se acerca el momento. La grada, casi completa. En el centro un precinto a rayas negras y amarillas dibuja el &ldquo;0&rdquo; que delimita el campo de juego. En la valla de atr&aacute;s cuelgan las banderas de dos realidades que son parte del coraz&oacute;n del roller: la LGTB+ y la trans. Para jugar, a las personas trans &ldquo;no se les pide ning&uacute;n tipo de justificaci&oacute;n ni quir&uacute;rgica ni hormonal, como en otros deportes&rdquo;, explica 'Kroket'. Los estatutos de la WFTDA (Women&rsquo;s Flat Track Derby Association), organismo que desde 2004 marca las pautas del roller derby, especifican que en la liga femenina cualquier persona &ldquo;que se identifique como una mujer transg&eacute;nero, intrasexo y/o de g&eacute;nero expansivo (no binario)&rdquo; puede patinar en el equipo femenino. Adem&aacute;s, se incorpora el lenguaje neutro &ldquo;para que est&eacute;n y se sientan representadas&rdquo;, se&ntilde;ala 'Helter Skelter'.&nbsp;
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Puedes dar un golpe de culo u hombro siempre que tengas las extremidades pegadas al cuerpo, lo que no puedes usar como tal es la extremidad</p>
                <div class="quote-author">
                        <span class="name">Victu</span>
                                  </div>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Un equipo a cada lado de las banderas. El proyector refleja sobre una tela blanca un marcador que, por el momento, se&ntilde;ala un 0-0. En la pista, Se&ntilde;or Rojo y Yola Mato -&aacute;rbitros- pasean sus camisetas a rayas mientras bailan sobre sus patines. Todo est&aacute; a punto. Al menos, eso parece. Pero, de repente, estalla el sonido de la m&uacute;sica y el c&iacute;rculo que pronuncia su grito de guerra<em>: </em>&ldquo;&iexcl;Vermell sang, negre nit, Insubmises sempre al pit!&rdquo;, se deshace para reagruparse de nuevo en la pista en la que dan vueltas cogidas las unas con las otras. Una voz presenta a las jugadoras por su n&uacute;mero y su nombre. Entre presentaci&oacute;n y presentaci&oacute;n: aplausos. Presentadas, el corro vuelve a las banquetas para ceder el turno a BotxoKillers, que arremete con una coreograf&iacute;a que sorprende en la grada. La primera corre hacia la pista y el resto se le une formando una cadena. Casi a cuclillas dan vueltas mientras con el tronco realizan movimientos cortos de arriba abajo. &ldquo;&iexcl;Esto lo entran, eh, estas chicas!&rdquo;, interrumpe alguien. Carcajadas. Ambos equipos se chocan las manos. Ahora s&iacute;.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/bff0842a-08e7-41f7-a94d-c59e77533639_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/bff0842a-08e7-41f7-a94d-c59e77533639_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/bff0842a-08e7-41f7-a94d-c59e77533639_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/bff0842a-08e7-41f7-a94d-c59e77533639_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/bff0842a-08e7-41f7-a94d-c59e77533639_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/bff0842a-08e7-41f7-a94d-c59e77533639_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/bff0842a-08e7-41f7-a94d-c59e77533639_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="Presentación del equipo bilbaíno Botxokillers"
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                Presentación del equipo bilbaíno Botxokillers                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        Cinco jugadoras de cada equipo se colocan en la pista. Las 'jammers', que lucen una estrella en el casco -una por equipo- se colocan a un lado de la l&iacute;nea. Al otro, las bloqueadoras se amarran por los hombros y construyen muros humanos sobre ruedas. Una &aacute;rbitra levanta la mano y anuncia: &ldquo;&iexcl;Five seconds!&rdquo;. Pasado el tiempo, el silbato de su boca emite el sonido que da paso al caos: &ldquo;Piiiiiip&rdquo;. Las dos patinadoras cruzan la l&iacute;nea. Golpes. Bloqueos. Culazos. Caer. Levantarse. Una lucha cuerpo a cuerpo en un deporte sin pelota, dicen. Porque pelota hay, y es humana: la 'jammer'<em>, </em>que dispone de dos minutos -jamm- para esquivar a las bloqueadoras rivales que tratan, no solo de impedir su paso, sino tambi&eacute;n de facilitarlo a su pelota humana. Requiere estrategia. La primera vuelta no suma, la segunda, s&iacute;: un punto por cada bloqueadora rival adelantada. &ldquo;Puedes dar un golpe de culo u hombro siempre que tengas las extremidades pegadas al cuerpo, lo que no puedes usar como tal es la extremidad&rdquo;, explica Victu. La violencia tiene reglas.
    </p><h3 class="article-text"><strong>Integraci&oacute;n</strong></h3><p class="article-text">
        Botxokillers se desmarca r&aacute;pidamente y a poco del comienzo el marcador ya alcanza el &lsquo;52 &ndash; 16&rsquo; a su favor. Su 'jammer' sortea con habilidad a las bloqueadoras. &ldquo;La gracia est&aacute; en una 'jammer' &aacute;gil, y a la 64 le sobra agilidad&rdquo;, se comenta en la grada. Grandes, peque&ntilde;as, bajas y altas. J&oacute;venes y m&aacute;s mayores -cuarenta y cuatro tiene 'Lagertha', de Insubmises-. Como cuenta Victu, cada cuerpo tiene sus ventajas y sus desventajas: &ldquo;Da igual la edad y el f&iacute;sico que tengas, lo importante es lo bien que patines&rdquo;. La inclusividad del deporte no deja a nadie al margen. Su pareja, 'Kamikaze', luce algo de tripa. Est&aacute; de tres meses. El embarazo &ldquo;es compatible con el roller, igual que lo es con la vida&rdquo;, cuenta, haciendo especial hincapi&eacute; en que estar embarazada &ldquo;no significa estar enferma&rdquo;. Eso s&iacute;, lo principal y prioritario es dejar de hacer contacto f&iacute;sico en un deporte en el que, de todos modos, &ldquo;siempre hay tareas que realizar&rdquo;. Dinamiza el grupo de 'rookies', ocupa el cargo de 'Line Up' -decidir qu&eacute; 5 jugadoras saldr&aacute;n a la pista en cada 'jamm'- y atiende llamadas. No es la &uacute;nica. En el equipo hay tres embarazadas m&aacute;s.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En el pabell&oacute;n resuenan de los gritos de la grada. Animan. Se r&iacute;en. La grada se decanta claramente con Botxokillers. 'Reducte Insubm&iacute;s' improvisa canciones para su equipo. Canciones que no logran modificar el marcador que sentencia un claro triunfo para las bilba&iacute;nas: 256 a 54.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La rivalidad ha terminado. Botxokillers se funde en un grito de celebraci&oacute;n. Los dos equipos se unen, se abrazan y se felicitan. La m&uacute;sica a todo volumen. Algunas ondean a modo de capa la bandera trans y la LGTB+. El campo se convierte en una pista de coreograf&iacute;as improvisadas. Las jugadoras levantan un t&uacute;nel con sus cuerpos y brazos e invitan a los &aacute;rbitros a pasar por debajo.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/dbb70021-350e-4d88-89f3-4a843900b44b_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/dbb70021-350e-4d88-89f3-4a843900b44b_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/dbb70021-350e-4d88-89f3-4a843900b44b_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/dbb70021-350e-4d88-89f3-4a843900b44b_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/dbb70021-350e-4d88-89f3-4a843900b44b_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/dbb70021-350e-4d88-89f3-4a843900b44b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/dbb70021-350e-4d88-89f3-4a843900b44b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="Las escenas de después del partido"
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                Las escenas de después del partido                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        El segundo set ha terminado. A 'Helter Skelter', la pelota humana de Insubmises, le duele la cabeza. Escudri&ntilde;a cada rinc&oacute;n de su peque&ntilde;o cuerpo -metro y medio- y se&ntilde;ala con el &iacute;ndice los lugares que ma&ntilde;ana se te&ntilde;ir&aacute;n de morado. Tienen que ejercitarse no solo f&iacute;sicamente, tambi&eacute;n mentalmente. &ldquo;Si te enfadas por lo que sea, has de aprender a gestionarlo y poder generar v&iacute;nculos con las del otro equipo&rdquo;, explica, con la cabeza puesta en el momento m&aacute;s esperado. Es fuera de la pista. Le llaman 'after party' o tercer set.
    </p><h3 class="article-text">Fuera de pista</h3><p class="article-text">
        A las coloridas camisetas de las equipaciones que marcaban divisiones les ha remplazado ropa casual y de calle. Con cerveza o vino en la mano se abrazan, beben y charlan. &ldquo;Comentamos jugadas, hablamos de c&oacute;mo nos organizamos, de nuestra situaci&oacute;n en el equipo y cogemos ideas las unas de las otras. Hay mucho compa&ntilde;erismo&rdquo;, explica una 'roller' de ojos claros. El ambiente est&aacute; cargado de bueno rollo. Las bilba&iacute;nas han escogido un pub del Casco Viejo para la celebraci&oacute;n. En una barra sirven bebidas, en la otra hay pintxos y tortillas de patatas.&nbsp;
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">El roller derby no es solo el partido, es todo lo que implica</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Es el momento de la entrega de premios. De cada equipo se elige a las tres mejores 'rollers'. Las jugadoras se galardonan mutuamente con tarros de mermelada casera. Hay dos jugadoras que a&uacute;n no lo saben, pero hoy las obsequiar&aacute;n tambi&eacute;n. Las invitan a subir a la tarima mientras su equipo les lanza miradas expectantes. Abren los regalos. El garito se abarrota de aplausos, risas y manos levantadas. A lo lejos ondean el presente: bodis de beb&eacute; con el n&uacute;mero de jugadora de las futuras mam&aacute;s. La prenda ser&aacute; vestida por una generaci&oacute;n que nace en un mundo m&aacute;s feminista del que era cuando sus madres vinieron al mundo. Ellas, 'Kamikaze' y 'Extermino', lo trabajan a trav&eacute;s del deporte. &ldquo;El roller derby no es solo el partido, es todo lo que implica&rdquo;, defienden. Una implicaci&oacute;n que conlleva cuidarse, mimarse y apoyarse. Cuando se calzan los patines se empoderan. Al descalz&aacute;rselos practican la sororidad. Patines de cuatro ruedas que, a su paso, no solo ti&ntilde;en de morado sus cuerpos. Tambi&eacute;n su lucha.
    </p><h3 class="article-text">El origen, en Estados Unidos</h3><p class="article-text">
        Estados Unidos. A&ntilde;os 30. Leo Seltzer cre&oacute; las carreras con patines con el objetivo de poner a prueba la resistencia de los y las patinadoras. Fueron un gran &eacute;xito. En el 37 se le antoj&oacute; poner una nueva norma: pidi&oacute; a los &aacute;rbitros que no penalizaran los golpes. Daon Runyon, periodista deportivo, qued&oacute; maravillado el primer d&iacute;a con la nueva normativa. Runyon y Seltzer se asociaron y sentaron las bases de lo que hoy conocemos como roller derby. Pas&oacute; de ser un deporte de resistencia a un deporte de codazos y peleas sobre ruedas. Los 40 fueron los a&ntilde;os de gloria y el 'boom' de este deporte que ces&oacute; con el inicio de la segunda guerra mundial. Muri&oacute; definitivamente en los 70. A principios de siglo, un grupo de mujeres de Austin (Texas) lo resucit&oacute;. Desde entonces no ha parado de crecer. Actualmente tiene m&aacute;s de 450 ligas por todo el mundo.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Ares Marbà i Sera]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/gazteberri/roller-derby-feminismo-sororidad-golpes-patines_132_9173747.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 30 Jul 2022 14:55:44 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/1c524b07-3a37-454b-b9cc-1fa2ebb53a7b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="93690" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/1c524b07-3a37-454b-b9cc-1fa2ebb53a7b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="93690" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Roller derby: feminismo y sororidad a golpes y sobre patines]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/1c524b07-3a37-454b-b9cc-1fa2ebb53a7b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Euskadi,Bizkaia,Bilbao,Deportes,Deporte femenino,Feminismo,Sororidad]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Hogares clandestinos a pie de calle en Bilbao]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/gazteberri/hogares-clandestinos-pie-calle-bilbao_132_9173664.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/cf390f53-952c-4779-9693-68524cc41805_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Hogares clandestinos a pie de calle en Bilbao"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La dificultad para acceder a la vivienda en Bilbao provoca que algunos jóvenes habiten ilegalmente locales comerciales</p></div><p class="article-text">
        En el exterior, el viejo r&oacute;tulo de lo que fue la panader&iacute;a de la avenida principal de un barrio bilba&iacute;no. En el interior, a trav&eacute;s del vinilo transl&uacute;cido que cubre la vitrina del escaparate, se reflejan, como sombras chinas, las siluetas de los transe&uacute;ntes. Tambi&eacute;n las luces azules de los coches de polic&iacute;a que circulan por la carretera. &ldquo;Para m&iacute; es un veh&iacute;culo m&aacute;s, pero ando con cuidado para no dar indicios de que vivo aqu&iacute;&rdquo;, explica Miguel (nombre ficticio), que enmudece cuando, m&aacute;s tarde, una luz azul se detiene al otro lado de la cristalera. De pie y con el ojo puesto frente los escasos mil&iacute;metros de entre dos bandas de vinilo revela el motivo de su parada. &ldquo;Nada, est&aacute;n pendientes de un coche que ha aparcado en doble fila&rdquo;, se relaja. No ser&iacute;a la primera vez que la polic&iacute;a llama a su puerta para preguntarle qu&eacute; hace en la lonja a esas horas de la noche, adem&aacute;s de recordarle que no puede pernoctar en lo que para &eacute;l es su casa y, para ellos, un local comercial sin c&eacute;dula de habitabilidad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El caso de Miguel no es casual. Ni anecd&oacute;tico. Seg&uacute;n el estudio 'J&oacute;venes y el mercado de la vivienda en 2021', dos tercios de los j&oacute;venes espa&ntilde;oles no logra acceder a la vivienda por motivos econ&oacute;micos. Una verdad que algunos residentes en la capital vizca&iacute;na remedian habitando locales comerciales, con precios m&aacute;s asequibles y menores requisitos de acceso. Pero la realidad es que, pese a que, al igual que el resto de inquilinos pagan cada mes el alquiler, la factura de la luz y la del agua, no solamente no pueden empadronarse (lo que dificulta el acceso a ayudas) sino que, adem&aacute;s, se exponen a sanciones e, incluso, al desalojo. Es lo que tiene vivir ilegalmente sin c&eacute;dula de habitabilidad, el certificado que acredita que los inmuebles cumplen las condiciones de higiene y salubridad exigidas por normativa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La Ordenanza Urban&iacute;stica de Bilbao, que determina el uso de los edificios, permite la reconversi&oacute;n de locales comerciales en viviendas. Se&ntilde;ala los aptos, ubicados en su mayor&iacute;a en los barrios m&aacute;s populares. Corresponde al propietario iniciar los tr&aacute;mites y encargarse de cumplir con los requisitos -no pocos- que establece el reglamento. Una vez adquirida la c&eacute;dula, el inquilino ha de ser &eacute;l mismo o un familiar cercano. Es Etxebide, si no, quien gestiona su ocupaci&oacute;n, brindando arrendamiento a una persona dada de alta al Servicio Vasco de Vivienda que lleve, al menos, dos a&ntilde;os empadronada en la capital.<em>&nbsp;</em>
    </p><h3 class="article-text"><strong>Una alternativa a la imposibilidad de alquilar un piso</strong></h3><p class="article-text">
        Mientras el precio de la vivienda va al alza, el del alquiler de locales comerciales ha ca&iacute;do un 25% este 2021 en Bilbao. A&ntilde;o que se cierra con una tasa de paro juvenil de casi el 18% en Bizkaia, siete puntos m&aacute;s que la poblaci&oacute;n general. Un marco que, junto a la inestabilidad laboral, dificulta que los j&oacute;venes cumplan con los requisitos necesarios para arrendar un piso. Arkaitz L&oacute;pez, agente inmobiliario de Bilbocasa, los enumera: &ldquo;Fianza, n&oacute;mina y contrato con ingresos m&iacute;nimos demostrables; si es aut&oacute;nomo, declaraci&oacute;n de la renta&rdquo;<em>. </em>Aunque pocas, se topa en ocasiones con personas que le demandan de un local en el que vivir. &ldquo;Si lo alquilas y vives ah&iacute; y el propietario no se entera, el problema es tuyo. Est&aacute;s haciendo a escondidas algo que es ilegal&rdquo;, advierte. Detalla el perfil de quienes preguntan: &ldquo;Son gente joven. Hay de todo: personas solas, parejas, dos amigos&hellip; Suelen buscar que tenga ducha, pero pocos locales la tienen&rdquo;.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/57446e00-c975-4909-af93-2fb90e403c3b_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/57446e00-c975-4909-af93-2fb90e403c3b_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/57446e00-c975-4909-af93-2fb90e403c3b_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/57446e00-c975-4909-af93-2fb90e403c3b_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/57446e00-c975-4909-af93-2fb90e403c3b_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/57446e00-c975-4909-af93-2fb90e403c3b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/57446e00-c975-4909-af93-2fb90e403c3b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="En rosa, locales de edificios residenciales aptos para la reconversión"
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                En rosa, locales de edificios residenciales aptos para la reconversión                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><h3 class="article-text">Infravivienda</h3><p class="article-text">
        Y, sin ducha, precisamente, vive Fran. Bilba&iacute;no. 30 a&ntilde;os. Tras un divorcio y seis meses de sof&aacute; en sof&aacute;, al cobijo de salones de amigos y conocidos, habita ahora en 30 metros cuadrados por los que paga 200 euros al mes. &ldquo;Pago menos que para una habitaci&oacute;n compartida y aqu&iacute; tengo intimidad&rdquo;, se&ntilde;ala. Una intimidad que disfruta a duras penas. No tiene cocina y debe estar atento a que el cubo que recoge el agua del lavabo del ba&ntilde;o no rebose. Antes de eso, lo vac&iacute;a en el retrete. Para asearse recurre al barre&ntilde;o o a las duchas p&uacute;blicas de Zabala.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Un cuadro de Nueva York cuelga sobre la pared rosa del fondo de la estancia: un espacio di&aacute;fano con un sof&aacute; que le sirve a la vez de cama. Saber si es de d&iacute;a o de noche le implica tener que abrir la puerta de entrada, adem&aacute;s de levantar la pesada verja de metal; pues el suelo de la planta de arriba, que le hace de armario, obstruye la poca luz que traspasa las celos&iacute;as que dan a la calle. Una escalera de madera le da acceso. Desde ah&iacute; y a gatas -entre el suelo y el techo hay poco m&aacute;s de un metro-, alcanza las bolsas que guardan su ropa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Adquiri&oacute; la lonja gracias al boca a boca. No se plante&oacute; alquilar un piso: le hubieran pedido n&oacute;mina. &ldquo;Ahora mismo no tengo ning&uacute;n tipo de ingreso. Saco los duros haciendo &ntilde;apas, chapucilas&rdquo;, explica. No ha tenido problemas con la polic&iacute;a, pero, de ser as&iacute;, les exigir&iacute;a que le brinden una casa, adem&aacute;s de admitir su situaci&oacute;n: &ldquo;Reconocer&iacute;a que estoy viviendo aqu&iacute;. Soy consciente que es ilegal, pero, &iquest;qu&eacute; voy a hacer? Si me desalojaran me buscar&iacute;a otra lonja&rdquo;. Otra lonja, una opci&oacute;n que advierte viable: &ldquo;Hay mogoll&oacute;n cerradas&rdquo;. Un vecino del mismo bloque, &Aacute;lex Guti&eacute;rrez-Solana, de 47 a&ntilde;os, relata que Fran es el tercer inquilino que vive en el local. Ni le molesta ni ha o&iacute;do quejas en la comunidad. Lo tiene claro: &ldquo;Est&aacute;n mejor ah&iacute; que en la puta calle&rdquo;, sentencia con firmeza.
    </p><p class="article-text">
        No obstante, suelen ser los propios vecinos quienes delatan la pr&aacute;ctica clandestina de aquellos que habitan en locales comerciales. Tambi&eacute;n la polic&iacute;a. En cualquier caso, los avisos derivan al Ayuntamiento y quedan a cargo del Grupo de Obras que, mediante inspecciones, examina si se le est&aacute; dando un uso indebido. Acuden en busca de elementos que atestig&uuml;en la condici&oacute;n de vivienda, como una cama o una ducha. Una de las inspectoras cuenta que la mayor&iacute;a admite sin reparo darle uso residencial. &ldquo;Otros intentan camuflarlo diciendo: &lsquo;Aqu&iacute; venimos con los amigos como local de reuni&oacute;n&rsquo;. Pero luego se quedan a dormir. Te dicen que alg&uacute;n d&iacute;a s&iacute; se quedan. Es un poco complicado, no es un tema sencillo&rdquo;, declara.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Si la inspectora advierte indicios de uso habitacional, traslada el informe al Negociado Jur&iacute;dico del Ayuntamiento de Bilbao, que abre un expediente. La persona al cargo explica el procedimiento a seguir: de acuerdo al Plan Urban&iacute;stico se estudia si la reconversi&oacute;n a vivienda es posible y, de ser as&iacute;, se pregunta al propietario si desea llevarla a cabo. De no querer, se solicita al inquilino el cese de la actividad y si se niega, se expone a una multa e, incluso, al desalojo. &ldquo;Tratamos de hacer lo menos lesivo, nosotros actuamos bajo el concepto de la legalidad&rdquo;, justifican desde El Negociado. El Cuerpo de la Polic&iacute;a Local que vigila las calles del barrio de San Francisco reconoce que los desalojos de lonjas son muy espor&aacute;dicos, aunque, puesto que no siempre precisan de su presencia, podr&iacute;a haber algunos m&aacute;s. &ldquo;Nosotros no acudimos a no ser que desde el juzgado se solicite lo que se conoce como &lsquo;auxilio judicial&rsquo;&rdquo;, relata uno de los municipales<em>.&nbsp;</em>
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Tratamos de hacer lo menos lesivo. Nosotros actuamos bajo el concepto de la legalidad</p>
                <div class="quote-author">
                        <span class="name">Negociado Jurídico del Ayuntamiento de Bilbao</span>
                                  </div>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Con un expediente abierto por el Ayuntamiento se encuentra Miguel (nombre ficticio). Bilba&iacute;no. 28 a&ntilde;os. Si le hubieran dicho tiempo atr&aacute;s que acabar&iacute;a en estas condiciones, no se lo hubiera cre&iacute;do. Independizado desde los diecinueve, ha sido un testigo m&aacute;s del incremento de precios del alquiler. Pag&oacute; 450 euros por un piso de dos habitaciones en Irala; y 550 euros hasta 2019 en Rekalde por 60 metros (9,13 euros por metro cuadrado). Por lo mismo, deber&iacute;a pagar hoy 819 euros si tenemos en cuenta que el precio medio est&aacute; en los 13,65 euros por metro cuadrado, seg&uacute;n datos de Idealista. &ldquo;Sobre 2019 pagar un alquiler ya me era imposible&rdquo;, detalla. Un a&ntilde;o antes hab&iacute;a inaugurado con ilusi&oacute;n, junto a un amigo, un peque&ntilde;o negocio de bot&aacute;nica. Dos a&ntilde;os m&aacute;s tarde: cerrado. Se le trunc&oacute; la vida y no le qued&oacute; m&aacute;s remedio que ocupar. Una ocupaci&oacute;n que se sald&oacute; con un desalojo por parte de Fuera Okupas con el que se vio definitivamente en la calle. Y, aunque&nbsp; alquilar un piso no era una opci&oacute;n, seguro que de haberlo hecho no hubiera conseguido los 200 metros cuadrados en los que habita actualmente por 400 euros al mes. Con esfuerzo construy&oacute; una cocina, un sal&oacute;n y una habitaci&oacute;n de un espacio vac&iacute;o colmado de los vestigios de lo que hab&iacute;a sido una panader&iacute;a: grasa en las paredes y harina por los suelos.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text">Fingir. Aqu&iacute; no se pernocta</h3><p class="article-text">
        El joven bilba&iacute;no se someter&aacute; la pr&oacute;xima semana, por tercera vez, a una inspecci&oacute;n que compruebe que da al local uso de taller art&iacute;stico -como indica su contrato- y no de vivienda. Comenz&oacute; su estancia tres meses antes del inicio del confinamiento, que le delat&oacute;. Mientras la mayor&iacute;a de los comercios permanec&iacute;an cerrados y las personas obligadas a aguardar en sus casas, el vecino de arriba alert&oacute; al cuerpo municipal que, bajo sus pies, Miguel viv&iacute;a en la clandestinidad. &ldquo;Fue el caldo de cultivo perfecto. En la cotidianidad del d&iacute;a a d&iacute;a no se nos ve tanto&rdquo;, constata el joven. De hecho, fue cuando el Ayuntamiento recibi&oacute; m&aacute;s avisos. &ldquo;Durante la pandemia hubo muchos casos. Ahora, m&aacute;s o menos, como siempre. Siempre hay y habr&aacute; much&iacute;simos de los que tan siquiera nos enteramos&rdquo;, explican desde el Grupo de Obras del Ayuntamiento de Bilbao.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;La polic&iacute;a durante el confinamiento vio que yo estaba viviendo aqu&iacute; y se acept&oacute; por parte del Ayuntamiento, de la casera y de la propia polic&iacute;a. Se vio que era la mejor forma para proteger a mi familia&rdquo;, explica el joven. Su &uacute;nica alternativa era volver a casa de sus padres: tienen casi 70 a&ntilde;os y, su padre, con problemas de coraz&oacute;n, formaba parte del grupo de alto riesgo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Cuando termin&oacute; el confinamiento vino la polic&iacute;a municipal a cerrar el expediente&rdquo;, recuerda. Pero una nueva queja vecinal deriv&oacute; en otra inspecci&oacute;n: &ldquo;Tuve que sacarme la licencia de actividad de taller de artistas y detallar cu&aacute;ntos metros hay destinados a cada cosa. Despu&eacute;s vienen a sacar unas fotos para comprobarlo&rdquo;. Miguel relata su proceder a la llegada de la inspectora para que no percate que vive ah&iacute;: &ldquo;Levanto la cama y la tapo con una manta, contra la pared. En cuanto a la ropa y la lavadora, digo que es de trabajo. En los trabajos hay lavadora y se lavan los buzos, no significa que vivas en el trabajo&rdquo;. Pero no solo hay que fingir los d&iacute;as de inspecci&oacute;n. El joven &ldquo;malvive&rdquo; el d&iacute;a a d&iacute;a a escondidas. &ldquo;No es calidad de vida. Esto es un escaparate. Fuera hay una carretera, hay coches, hay gente, se ven las sombras&hellip; Si hablo alto se me oye. Pierdes la intimidad. Al abrir la puerta de tu casa te ve toda la calle&rdquo;. Pero su mayor preocupaci&oacute;n son las implicaciones a las que se expone por su condici&oacute;n: &ldquo;Est&aacute;s con una mano delante y otra detr&aacute;s, no te ampara nada. Soy un inquilino de tercera categor&iacute;a&rdquo;, concluye.
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de dos a&ntilde;os viviendo en el local, su situaci&oacute;n ha mejorado. &ldquo;Ahora tengo n&oacute;mina y podr&iacute;a alquilar un piso, pero me topo con otro problema: las mascotas. Tengo dos perros grandes&rdquo;, lamenta el joven. &ldquo;La mayor&iacute;a no quieren, nunca han querido&rdquo;, explica Arkaitz L&oacute;pez, agente inmobiliario, en referencia a los propietarios y su disposici&oacute;n a aceptar a un inquilino con animales.&nbsp;
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">No es calidad de vida, esto es un escaparate</p>
                <div class="quote-author">
                        <span class="name">Miguel</span>
                                        <span>—</span> vive en un local comercial
                      </div>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Ainitze San Juanes. Bilba&iacute;na. 23 a&ntilde;os. Convive con: &Oacute;scar Ubierna. Malague&ntilde;o. 28 a&ntilde;os.&nbsp; La pareja vive junto a su perra tras la fachada granate con un garabato a tiza: 5&ordm; bajo. Aunque parece la de un bajo cualquiera, el contrato es de lonja. Creen que el casero trata de sortear as&iacute; la cuantiosa multa de hasta 90.000 euros por un delito de infracci&oacute;n muy grave tipificado en La Ley de Derecho a la Vivienda por alquilar como vivienda un local comercial sin c&eacute;dula de habitabilidad. &ldquo;La alquila de forma ilegal para sacarle m&aacute;s beneficio&rdquo;, sospecha el malague&ntilde;o. El propietario la equip&oacute; para que se pudiera vivir en ella: lavadora, ba&ntilde;o con ducha, cocina el&eacute;ctrica, sal&oacute;n y dos habitaciones. Muy comprimido. Demasiadas cosas en 42 metros cuadrados: dos plantas de 3 metros de ancho por 7 de largo.
    </p><p class="article-text">
        El joven recuerda: &ldquo;En el momento en el que entramos a vivir aqu&iacute; yo estaba buscando piso y trabajo, no s&eacute; qu&eacute; hubiera hecho de no ser por esto. Vinimos aqu&iacute; porque era la &uacute;nica opci&oacute;n&rdquo;. &ldquo;T&uacute; no ten&iacute;as trabajo y yo cobraba 700 euros&rdquo;, a&ntilde;ade Ainitze. Para ella, pese a la peque&ntilde;ez del lugar, fue una liberaci&oacute;n. El divorcio de sus padres la llev&oacute; a mudarse con su madre a la casa su abuela, donde viv&iacute;a con cinco personas m&aacute;s.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text">Cuatro personas. Dos perras. 42 metros cuadrados</h3><p class="article-text">
        Ainitze y &Oacute;scar pagan 430 euros por el local, pero fueron 200 cuando entraron a vivir y lo compart&iacute;an con otra pareja con una perra. En un espacio tan peque&ntilde;o &ldquo;hab&iacute;a que tomar turnos&rdquo;, comenta el joven. A la hora de cenar, el primero que comenzaba a cocinar era el primero que com&iacute;a. En la estancia, que parece m&aacute;s bien un pasillo, hay que hacer peripecias para que pasen dos personas al cruzarse.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Aunque para Ainitze la claustrofobia es la peor parte, reniega de abrir las ventanas. &ldquo;Cualquier persona puede meter la mano ah&iacute;&rdquo;, se r&iacute;e. Para &Oacute;scar, es la falta de derechos. &ldquo;Para vivir da. Pero para ser una vivienda digna habr&iacute;a que dar un giro de vuelta. Poder empadronarte, por ejemplo, o poder pedir ayudas&rdquo;. Se&ntilde;ala igualmente&nbsp; que &ldquo;intentarlo ser&iacute;a m&aacute;s negativo que positivo&rdquo;, puesto que con ello &ldquo;dar&iacute;a se&ntilde;ales&rdquo; de estar viviendo clandestinamente. Por si fuera poco, &ldquo;los impuestos son distintos para una casa que para una lonja de uso comercial&rdquo;. &ldquo;Hay impuestos que me salen m&aacute;s caros&rdquo;, lamenta.
    </p><p class="article-text">
        La pareja mira al futuro con ilusi&oacute;n. Son sus &uacute;ltimos d&iacute;as en el local comercial que se disfraza de bajo. Durante el a&ntilde;o que llevan en lo que han para ellos ya es casi su hogar, el malague&ntilde;o encontr&oacute; trabajo estable como encargado de una cadena de comida r&aacute;pida, lo que les ha permitido ahorrar. El mes que viene se marchan al sur de Portugal, donde esperan establecerse y prosperar. &ldquo;Ese es el objetivo, vivir mejor&rdquo;, se entusiasma &Oacute;scar.
    </p><p class="article-text">
        Es el turno de otros. 42 metros cuadrados: dos plantas de 3 metros de ancho por 7 de largo. Sin padr&oacute;n. Sin c&eacute;dula de habitabilidad. 42 metros cuadrados que exponen a sus inquilinos a una multa e, incluso, al desalojo.
    </p><h3 class="article-text"><strong>Viviendas protegidas</strong></h3><p class="article-text">
        En 2018 Bizkaia puso en marcha el proyecto de crear 45 nuevas viviendas en locales de edificios del Gobierno vasco. Ve&iacute;a as&iacute; el consejero de vivienda, I&ntilde;aki Arriola, una forma de contribuir a la oferta p&uacute;blica de alquiler y ayudar a la revitalizaci&oacute;n del espacio urbano. &ldquo;Todos conocemos -dec&iacute;a- barrios nuevos y viejos de nuestros pueblos con edificios llenos de lonjas tapiadas que sabemos que nunca van a convertirse en comercios o negocios. Son espacios que, en muchos casos, son susceptibles de transformarse en viviendas, especialmente para personas j&oacute;venes&rdquo;. Daba as&iacute; la aprobaci&oacute;n y el pistoletazo de salida a una tendencia que va al alza tambi&eacute;n para particulares. De hecho, grupos empresariales como Vusa Eraikuntza Taldea, del sector de la construcci&oacute;n, ya ofrece en su p&aacute;gina web servicio de asesoramiento, plan de obra y ejecuci&oacute;n para la recalificaci&oacute;n y reconversi&oacute;n de locales comerciales en viviendas.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Ares Marbà i Sera]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/gazteberri/hogares-clandestinos-pie-calle-bilbao_132_9173664.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 15 Jul 2022 19:45:18 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/cf390f53-952c-4779-9693-68524cc41805_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="3107747" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/cf390f53-952c-4779-9693-68524cc41805_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="3107747" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Hogares clandestinos a pie de calle en Bilbao]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/cf390f53-952c-4779-9693-68524cc41805_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Euskadi,Bizkaia,Bilbao,Ayuntamiento de Bilbao,Vivienda,Viviendas ilegales]]></media:keywords>
    </item>
  </channel>
</rss>
