<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:dcterms="http://purl.org/dc/terms/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"  xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" version="2.0">
  <channel>
    <title><![CDATA[elDiario.es - Alejandro Gándara]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/alejandro-gandara/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Alejandro Gándara]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
    <ttl>10</ttl>
    <atom:link href="https://www.eldiario.es/rss/category/author/1041766/" rel="self" type="application/rss+xml"/>
    <item>
      <title><![CDATA[De la cultura de la producción a la cultura de la (auto)creación]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/cultura-produccion-cultura-auto-creacion_129_12260366.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/b10e8ad6-3489-4222-93c1-dc318ec1614a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="De la cultura de la producción a la cultura de la (auto)creación"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">No hay actividad social que no incluya proyección, imaginación y ejecución, de tal modo que resulta difícil no establecer equivalencias entre las distintas ramas del hacer</p><p class="subtitle">Lola López Mondéjar: “La revolución digital ha comportado el final de la era de los ideales ilustrados”
</p></div><p class="article-text">
        Llamamos cultura no solo a las cosas que hacemos, sino tambi&eacute;n a c&oacute;mo hacemos las cosas, c&oacute;mo las pensamos y lo que creemos que estamos haciendo cuando las hacemos. En este sentido cultura es la construcci&oacute;n de una red ferroviaria y cultura es un montaje de Claus Guth. Richard Sennett lo llam&oacute; 'artesan&iacute;a', donde inclu&iacute;a objetos, pero tambi&eacute;n ritos y elaboraci&oacute;n de pensamientos; y la antropolog&iacute;a cient&iacute;fica insisti&oacute; mucho en esta idea de que 'cultura' es lo que se hace y sobre todo la forma de hacerlo. Si uno lo piensa bien, no hay actividad social que no incluya proyecci&oacute;n, imaginaci&oacute;n y ejecuci&oacute;n, de tal modo que resulta dif&iacute;cil no establecer equivalencias entre las distintas ramas del hacer. La antigua palabra griega 'poiesis' (del verbo poi&eacute;w), de donde viene poes&iacute;a y poeta, no distingu&iacute;a entre dar forma a un caldero de bronce y dar forma a un poema.
    </p><p class="article-text">
        Pues bien, atendiendo a esta concepci&oacute;n de la palabra cultura, creo que todos tenemos la sensaci&oacute;n de que algo ha cambiado de un tiempo a esta parte y de que la cultura de las d&eacute;cadas centrales del pasado siglo no es la misma cultura que la de estas d&eacute;cadas que han iniciado el XXI. Y desde luego est&aacute; muy lejos de la de los a&ntilde;os inaugurales del XX.
    </p><p class="article-text">
        Para abonar al menos un terreno de debate podr&iacute;amos adelantar la hip&oacute;tesis de que hasta los a&ntilde;os 80 de la centuria anterior, Occidente hab&iacute;a vivido en una cultura de la producci&oacute;n y que a partir de entonces se ha ido estableciendo, acelerada por los cambios tecnol&oacute;gicos y las redes sociales, una cultura de la creaci&oacute;n (o de la autocreaci&oacute;n). Y que ambas culturas, a pesar de ser consecutivas, e incluso salir la una de la otra, son en muchos aspectos contradictorias.
    </p><p class="article-text">
        En la cultura de la producci&oacute;n todo era &ldquo;obra&rdquo;, opus. El producto era tangible y si no lo era, hab&iacute;a que hacer por que lo fuera. En cuanto tales productos, un autom&oacute;vil y una novela se asimilaban. El trabajo que acarreaban tanto uno como la otra era un trabajo mensurable, que se compon&iacute;a de disciplina y esfuerzo, y cuyo resultado era visible, ocupando el producto un lugar en el mercado o en el imaginario colectivo que funcionaba como un enorme expositor de resultados. Nos relacion&aacute;bamos con los dem&aacute;s a partir de la obra, de lo que hab&iacute;amos hecho e incluso de lo que pens&aacute;bamos hacer: la vida de una persona constaba de una relaci&oacute;n de objetos que quedaban a la vista de todos y que se evaluaban para la asignaci&oacute;n del lugar social. La pregunta de rigor era: &ldquo;&iquest;Y t&uacute; qu&eacute; haces?&rdquo;. Y l&oacute;gicamente su continuaci&oacute;n: &ldquo;&iquest;Qu&eacute; piensas hacer?&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Este hacer segu&iacute;a un modelo claro, el de la tecnolog&iacute;a de la imprenta, que respond&iacute;a a una escritura espec&iacute;fica que nada ten&iacute;a que ver con los tiempos antiguos: principio de no contradicci&oacute;n, linealidad, unidad de espacio y tiempo, progresividad, claridad y transparencia. Esta escritura, por as&iacute; decir literal, se estableci&oacute; como modelo mental y en consecuencia como modelo de la actividad.
    </p><h2 class="article-text">El progreso comunicable</h2><p class="article-text">
        No solo hab&iacute;a que producir objetos <span class="highlight" style="--color:transparent;">&ndash;materiales o mentales&ndash;, sino que estos objetos deb&iacute;an instalarse en una imaginaria l&iacute;nea de progreso que es, finalmente, la ideolog&iacute;a que sustenta todo el modelo de la imprenta y su escritura simb&oacute;lica. El Progreso ha de ser comunicable, no cabe en &eacute;l contradicci&oacute;n, ha de darse en un tiempo y un espacio que son contables (y que de hecho hay que contar o computar) y debe entenderse literalmente.</span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">En esta cultura de la producci&oacute;n, el libro ocupaba un lugar central, pues proporcionaba las herramientas y la carta de presentaci&oacute;n exigidas para integrarse en sociedad, supon&iacute;a el &uacute;nico acceso al conocimiento (una vez descartada la transmisi&oacute;n maestro-alumno de los gremios y corporaciones) y se impon&iacute;a como autoridad. El autor de libros era el cham&aacute;n o mediador entre el esp&iacute;ritu de los tiempos y el sentido de la producci&oacute;n. Y todos, no solo los escritores, actuaban como si estuvieran escribiendo su obra. Cuando recientemente el expresidente Felipe Gonz&aacute;lez afirmaba que la Historia acabar&iacute;a poni&eacute;ndole en el sitio que le corresponde, actuaba como si sus actos como pol&iacute;tico fueran una escritura y como si esta escritura fuera a ser registrada por esa otra escritura que es la Historia. No creo que sospechara lo anacr&oacute;nico de su pretensi&oacute;n, algo megal&oacute;mana, por lo dem&aacute;s.</span>
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">En esta cultura de la producción, el libro ocupaba un lugar central, pues proporcionaba las herramientas y la carta de presentación exigidas para integrarse en sociedad, suponía el único acceso al conocimiento (una vez descartada la transmisión maestro-alumno de los gremios y corporaciones) y se imponía como autoridad</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Efectivamente, la cultura de la producci&oacute;n dialogaba de una forma intensa con el pasado, pues el progreso que era su ideal solo pod&iacute;a contrastarse con lo anterior, con los modos primitivos de hacer cosas y con sus productos. La Historia era el relato &ndash;dotado de una ambig&uuml;edad sin m&aacute;rgenes&ndash; donde se inscrib&iacute;an los relatos del presente.
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">El sistema en su conjunto supon&iacute;a una ideolog&iacute;a integradora de todas las energ&iacute;as que se citaban en la sociedad y, en consecuencia, una de las grandes referencias de la cultura de la producci&oacute;n era la sociedad civil: su progreso moral, su bienestar, la mejora de la calidad de vida, las conquistas intelectuales y pol&iacute;ticas. </span>Si la Historia med&iacute;a el Progreso, la sociedad civil med&iacute;a el valor intr&iacute;nseco de los logros.
    </p><p class="article-text">
        Aunque en la c&uacute;spide de la autoridad, es decir, de la autor&iacute;a, estuvieran, por un lado, el Estado y por otro el Capital, all&iacute; donde no eran correa de transmisi&oacute;n, el term&oacute;metro era social y la democracia burguesa se fue imponiendo como una de las justificaciones de los logros productivos y de la jerarqu&iacute;a pol&iacute;tica entre las clases y los elementos de la sociedad.
    </p><p class="article-text">
        La Declaraci&oacute;n de los Derechos del Hombre, la novela rom&aacute;ntica y el complejo industrial-militar de Eisenhower forman todos parte, independientemente de su valor y signo productivo, de aquella cultura de la producci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">La Segunda Guerra Mundial torpede&oacute; definitivamente el ideal de progreso e inevitablemente la ideolog&iacute;a de la imprenta (que ya ven&iacute;a tocada desde la primera gran guerra), como empez&oacute; a comprobarse con los grandes movimientos contraculturales de los 50 y 60 del pasado siglo (hippies y beatniks, por ejemplo), el abandono del canon art&iacute;stico tradicional y la aparici&oacute;n de metalenguajes subversivos.</span>
    </p><p class="article-text">
        Lo que vino a continuaci&oacute;n <span class="highlight" style="--color:transparent;">&ndash;aunque mejor ser&iacute;a decir, lo que fue viniendo&ndash; consisti&oacute; en un modelo cultural basado en el genio individual, o en el talento que los individuos se supon&iacute;a que ten&iacute;an y que la actividad no tanto productiva como imaginativa y creadora sacaba a la superficie. Su primer momento de explosi&oacute;n fueron los movimientos comunitaristas norteamericanos, guiados por lo que Charles Taylor llam&oacute; la &ldquo;&eacute;tica de la autenticidad&rdquo;: a saber, c&oacute;mo ser nosotros mismos, c&oacute;mo exponer nuestra interioridad a pesar de los obst&aacute;culos que la cultura de la producci&oacute;n &ndash;historicidad, progresividad, transparencia comunicativa, literalidad&ndash; pon&iacute;a en todos los &aacute;mbitos de la acci&oacute;n humana. El trabajo no tard&oacute; en convertirse en el adversario preferente de los nuevos ideales nacidos de la desconfianza en un progreso que hab&iacute;a servido, entre otras cosas, para promover genocidios y desigualdades de diverso tipo e intensidad.</span>
    </p><p class="article-text">
        <a href="https://www.eldiario.es/temas/pablo-picasso/" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Picasso </a>fue un precursor de la nueva cultura (que segu&iacute;a siendo m&aacute;s capitalista que nunca) al instaurar un canon basado en el &ldquo;ojo del artista&rdquo;, es decir, en la emoci&oacute;n provocada no tanto por la obra como por la obra en la medida en que a trav&eacute;s de ella podamos captar la mirada del artista. Esta a su vez nos introducir&iacute;a en el mundo de sus sentimientos y de su psicolog&iacute;a. El &eacute;xito inconmensurable de Picasso no puede desligarse de esa conjunci&oacute;n, que &eacute;l manej&oacute; como ning&uacute;n otro, entre genio individual y capitalismo de mercado.
    </p><h2 class="article-text">El talento y el producto </h2><p class="article-text">
        Evidentemente el acento se puso en el individuo y en sus posibilidades sin explorar. Esta individualidad no requer&iacute;a para su expresi&oacute;n ning&uacute;n di&aacute;logo con el pasado. Bien al contrario, el pasado solo pod&iacute;a ser un lastre para la expansi&oacute;n personal. De este modo, el futuro sustituy&oacute; al pasado, pues lo que hab&iacute;a de ser, la explosi&oacute;n de todas las potencias individuales, cobr&oacute; una importancia que ning&uacute;n tiempo hist&oacute;rico pod&iacute;a tener.
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">Las nuevas tecnolog&iacute;as que aceleraron el tiempo alrededor del cambio de milenio y que multiplicaron las expectativas apoyaron esta explosi&oacute;n del individuo como fuente de creaci&oacute;n. El mercado laboral por su parte cre&oacute; nuevos espacios para la gesti&oacute;n y el desarrollo del talento como superaci&oacute;n de los objetivos productivos. El talento era un valor que se a&ntilde;ad&iacute;a al producto y que en muchos casos lo constitu&iacute;a por entero.</span>
    </p><p class="article-text">
        Las empresas y las actividades profesionales se ti&ntilde;eron de esta nueva actitud y del nuevo lenguaje que las colocaba en el espacio p&uacute;blico. Los peluqueros, los cocineros, los dise&ntilde;adores industriales y, m&aacute;s tarde, los <em>influencers </em>&ndash;que r&aacute;pidamente pasaron a convertirse en creadores de contenidos&ndash; se presentaban en sociedad como creadores genuinos y, en cuanto tales, capaces de dotar a su obra de una visi&oacute;n del mundo y de hacer de la obra un modo de vida.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Las empresas y las actividades profesionales se tiñeron de esta nueva actitud y del nuevo lenguaje que las colocaba en el espacio público. Los peluqueros, los cocineros, los diseñadores industriales y, más tarde, los influencers –que rápidamente pasaron a convertirse en creadores de contenidos– se presentaban en sociedad como creadores genuinos y, en cuanto tales, capaces de dotar a su obra de una visión del mundo y de hacer de la obra un modo de vida</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Precisamente estos aspectos ampliaron el universo de la creaci&oacute;n al consumo. No solo la obra, original y expresiva, ten&iacute;a un valor art&iacute;stico, sino tambi&eacute;n &ndash;en la medida en que caracterizaba una visi&oacute;n del mundo y un modo de vida&ndash; la elecci&oacute;n que llevaba a cabo el consumidor, al preferir una identidad a otra.
    </p><p class="article-text">
        Si la Historia se convirti&oacute; en futuro y la sociedad civil cambi&oacute; a los ciudadanos por los creadores/consumidores, la vieja escritura de la ideolog&iacute;a de la imprenta se diluy&oacute; en una literatura testimonial, tanto en la ficci&oacute;n como en la no ficci&oacute;n (autoficci&oacute;n y autoayuda). Y desde luego, disip&oacute; para siempre las fronteras entre el artista y el individuo com&uacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Por decirlo de otra manera, el individuo com&uacute;n, el ciudadano y el productor se han convertido en elementos marginales de nuestra sociedad. La demostraci&oacute;n del talento, medido de diferentes maneras, lidera la esfera productiva. Y la exaltaci&oacute;n de lo individual, en los niveles que sea, gobierna las relaciones sociales.
    </p><p class="article-text">
        El esp&iacute;ritu ha cambiado, pero a&uacute;n no estamos en condiciones de saber cu&aacute;nto. Ni ad&oacute;nde nos llevar&aacute;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alejandro Gándara]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/cultura-produccion-cultura-auto-creacion_129_12260366.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 01 May 2025 19:11:12 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/b10e8ad6-3489-4222-93c1-dc318ec1614a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="369859" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/b10e8ad6-3489-4222-93c1-dc318ec1614a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="369859" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[De la cultura de la producción a la cultura de la (auto)creación]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/b10e8ad6-3489-4222-93c1-dc318ec1614a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Lenguaje]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Inteligencia (no artificial), sin instrucciones de uso]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/tecnologia/inteligencia-no-artificial-instrucciones_129_10414003.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7679d540-544b-4175-a5a0-d27685185a18_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Inteligencia (no artificial), sin instrucciones de uso"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Considerándola en conjunto, en todas sus acepciones y momentos la inteligencia representa un bien. Cada individuo o grupo que dispone de las facultades correspondientes a su tiempo se considera que obtiene algo que es bueno. La inteligencia, por tanto, consigue lo bueno. Y ese sería en principio su cualidad principal. Quien no consigue lo bueno no es inteligente</p><p class="subtitle">Este artículo forma parte de la revista 'Inteligencia Artificial. Riesgos, verdades y mentiras', exclusiva para socios y socias de elDiario.es. Recibe en casa uno de los últimos ejemplares en papel de regalo con un año de elDiario.es</p></div><p class="article-text">
        Conoc&iacute; a un profesor que repet&iacute;a a la menor ocasi&oacute;n que &ldquo;ser inteligente es estar entre la gente&rdquo;. Era un ripio, pero tambi&eacute;n aportaba algo. Estar a bien con el mundo, empatizar con &eacute;l, relacionarse saludablemente es un signo de inteligencia, seg&uacute;n esa m&aacute;xima. Hay otras. Hist&oacute;ricamente, y yendo hacia atr&aacute;s, la inteligencia se ha adjudicado al dominio de capacidades formales como la memoria, el c&oacute;mputo, el control de informaci&oacute;n (&eacute;poca contempor&aacute;nea); el saber discursivo (ilustrados); la prudencia (cultura del barroco); la potencia representativa y el ingenio (renacimientos diversos); la argumentativa y l&oacute;gica (all&aacute; por lo que han llamado Edad Media); la habilidad pol&iacute;tica y la defensa pr&aacute;ctica de los propios intereses (Roma).&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Es decir, cada cultura llama inteligencia a lo que le interesa. Pero consider&aacute;ndola en conjunto se observa que en todas sus acepciones y momentos la inteligencia representa un bien. Cada individuo o grupo que dispone de las facultades correspondientes a su tiempo se considera que obtiene algo que es bueno. La inteligencia, por tanto, consigue lo bueno. Y ese ser&iacute;a en principio su cualidad principal. Quien no consigue lo bueno no es inteligente.
    </p><p class="article-text">
        De acuerdo. Sin embargo, &iquest;lo bueno para &eacute;l mismo, lo bueno para los dem&aacute;s, o lo bueno seg&uacute;n los ideales del mundo en que vive? Se aprecia en seguida que lo bueno, aun si conoci&eacute;ramos a fondo de qu&eacute; se trata, es insuficiente para describir plenamente una conquista de la amplitud que asociamos a la inteligencia.
    </p><p class="article-text">
        Pongamos que lo que consideramos bueno ha de ser en primer lugar bueno para el individuo. &iquest;C&oacute;mo sabemos que es bueno realmente para &eacute;l? Es evidente que necesitamos decir algo m&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Lo que sigue a lo bueno, o lo que implica lo bueno, es alguna forma de felicidad. El individuo ha de estar feliz con lo bueno que ha conseguido. Naturalmente, antes tuvo que saber c&oacute;mo conseguirlo. Esta sabidur&iacute;a para obtener lo que es bueno acompa&ntilde;ado de felicidad es la mejor definici&oacute;n posible de inteligencia. Y est&aacute; inevitablemente ligada al saber. Hunde sus ra&iacute;ces en el mundo griego cl&aacute;sico, en la teor&iacute;a plat&oacute;nica del conocimiento y en el sentido com&uacute;n de cualquier ciudadano de cualquier &eacute;poca.
    </p><p class="article-text">
        Una persona que no es feliz no puede ser inteligente m&aacute;s que en t&eacute;rminos de mera integraci&oacute;n social en los criterios imperantes, en cada momento los suyos. Reconocimiento, prestigio, riqueza pueden rodear un determinado talento, pero no por eso se le considera inteligente. Intuitivamente, nuestro juicio acerca de las cualidades personales tiene tambi&eacute;n en cuenta el grado de felicidad.
    </p><p class="article-text">
        Ahora hay que observar m&aacute;s de cerca la noci&oacute;n de bien y la de felicidad sobre las que se asienta este argumento que, como ya se ha dicho, es cl&aacute;sico.
    </p><p class="article-text">
        En primer lugar, lo que es bueno para uno debe ser bueno tambi&eacute;n para los dem&aacute;s. Desde un punto de vista pol&iacute;tico, es decir, de la convivencia en comunidad o polis, lo que es bueno para uno de los ciudadanos debe ser bueno para todos y viceversa. De lo contrario, hay que olvidarse de la bondad (y de la convivencia). La cuesti&oacute;n es que el conocimiento de este bien no se da de forma espont&aacute;nea como, por ejemplo, se nos da el juicio sobre el mal. Lo que est&aacute; mal lo sabemos enseguida, como suger&iacute;a Kant, pues bastar&iacute;a un simple principio conmutativo para saberlo: &iquest;querr&iacute;as que te lo hicieran a ti?
    </p><p class="article-text">
        El bien hay que conquistarlo y para ello son imprescindibles las instituciones de educaci&oacute;n (como la &lsquo;paide&iacute;a&rsquo; griega) en el contexto de una comunidad dispuesta y organizada para la discusi&oacute;n p&uacute;blica. Y no est&aacute; garantizado. Lo &uacute;nico que est&aacute; garantizado o que pueden garantizarse los individuos a s&iacute; mismos es perseguirlo. La inteligencia consistir&iacute;a en no dejar de perseguir algo que se sabe que no se alcanzar&aacute;, pero que es necesario para la vida buena de todos. En ese aspecto, el amor y el conocimiento pertenecen a esa clase de cosas que solo se alcanzan parcial o temporalmente, pero que no dejan nunca de buscarse y a las que se adjudica bondad. Casi todas las culturas denominan a esta b&uacute;squeda de una manera parecida: camino. De Oriente a Occidente, del Tao al pitagorismo, de Confucio a Plat&oacute;n, la senda interminable es la &uacute;nica que conduce a los sabios a la verdad.
    </p><p class="article-text">
        Psicol&oacute;gicamente, lo que es bueno para uno tampoco es f&aacute;cil de obtener. Ni siquiera lo m&aacute;s sencillo. Nos pasamos la vida probando y errando, y tardamos, si es que lo alcanzamos, en encontrar lo que proporciona algo de plenitud y evita el da&ntilde;o. La elecci&oacute;n de trabajo, de afectos, de deseos: cuesta encontrar esos lugares de los que finalmente podemos decir que son nuestros aut&eacute;nticos lugares.
    </p><p class="article-text">
        En cuanto a la felicidad, hay que distinguirla del &eacute;xtasis y de la alegr&iacute;a, y concebirla como una forma de encajar el dolor de la vida, as&iacute; como los &eacute;xitos y conquistas. Encajarlos sin destrucci&oacute;n de la persona. La palabra griega para felicidad es &lsquo;eudaimon&iacute;a&rsquo;, a traducir por tener buen &lsquo;daimon&rsquo;. La palabra &lsquo;daimon&rsquo;, que pasar&aacute; a la literatura como un antecedente de demonio, significa en realidad divino o relativo a la divinidad. S&oacute;crates la us&oacute; para designar lo divino que hay en cada uno de nosotros y lo describi&oacute; como la voz interior que se interpone entre nosotros y las acciones que nos perjudican. El &lsquo;daimon&rsquo; es negativo, nos protege del peligro, del mismo modo en que el nombre sem&iacute;tico de Sat&aacute;n alude a un adversario interior del propio Dios.
    </p><p class="article-text">
        Si uno se fija bien, se trata de una palabra restrictiva, que alude a un peligro posible y a una dificultad intr&iacute;nseca a la propia vida. No se es feliz fuera de la vida, cabalgando en la gloria o solo experimentando &eacute;xitos, sino dentro, es decir, enfrentados al dolor, a la soledad, a las numerosas formas de separaci&oacute;n y p&eacute;rdida. La persona feliz es la que sabiamente acepta la vida tal como es. Dicho de otro modo, la inteligencia que se pone en juego es la de la aceptaci&oacute;n sin condiciones de la existencia. Y esto solo puede suceder porque la vida es comprendida, penetrada, asimilada. O como podr&iacute;a deducirse del propio t&eacute;rmino que utilizamos, de ra&iacute;z latina, derivado probablemente de &lsquo;legere&rsquo; &ndash;escoger, leer&ndash;, porque podemos leer la vida. Por eso, el inteligente puede consolar, ayudar, soportar el da&ntilde;o y sabe que esas son las ense&ntilde;anzas fundamentales que puede extraer del mundo y que necesita para simplemente vivir.
    </p><p class="article-text">
        Las persona inteligente ha escogido el bien y es feliz. En este aspecto, no hay mayor contrasentido que hablar de &ldquo;inteligencia artificial&rdquo;. Pero as&iacute; va el mundo, que dec&iacute;a Mefist&oacute;feles.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alejandro Gándara]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/tecnologia/inteligencia-no-artificial-instrucciones_129_10414003.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 03 Sep 2023 04:00:45 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/7679d540-544b-4175-a5a0-d27685185a18_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="3477637" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/7679d540-544b-4175-a5a0-d27685185a18_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="3477637" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Inteligencia (no artificial), sin instrucciones de uso]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/7679d540-544b-4175-a5a0-d27685185a18_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Inteligencia artificial]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La confesión]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/confesion_129_10442395.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ba184397-a32a-4d29-9fdf-41acb434b310_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La confesión"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hay que cambiar de estrategia. No somos inocentes: somos culpables. Culpables irredentos. Queremos pagar, queremos castigo. Hemos comprendido que lo merecemos. Solo así algunos comenzaremos a parecer inocentes</p><p class="subtitle">Este artículo forma parte de la revista 'Diez relatos de una década', exclusiva para socios y socias de elDiario.es. Recibe en casa uno de los últimos ejemplares en papel de regalo con un año de elDiario.es</p></div><p class="article-text">
        El Tres abri&oacute; la puerta, arrug&oacute; el hocico como si estuviera buscando un rastro en el aire, y dijo:
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Tienes que ver al Cajero.
    </p><p class="article-text">
        Luego, cerr&oacute; la puerta y se qued&oacute; de pie apoyando las manos en el respaldo de la silla de visitas. Su cuerpo informaba de que ten&iacute;a prisa y esa prisa enseguida entr&oacute; en contradicci&oacute;n con el espeso motivo de su presencia.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Tienes que convencerle de que muestre arrepentimiento. Un arrepentimiento denso, potente. Nada de justificaciones y mucho menos de protestas de inocencia &ndash;el Tres mide casi dos metros y desde su altura y su voz cavernosa todo lo que sale por su boca parece tener sentido&ndash;. El Partido y la gente ya se han cansado de eso. Esto es una epidemia. Hay que cambiar de estrategia. No somos inocentes: somos culpables. Culpables irredentos. Queremos pagar, queremos castigo. Hemos comprendido que lo merecemos. Solo as&iacute; algunos comenzaremos a parecer inocentes.
    </p><p class="article-text">
        Por la ventana entraba uno de esos rayos de luz que cortan la habitaci&oacute;n como un cuchillo dividi&eacute;ndola en otras dos, una real y otra delirante. Yo jurar&iacute;a que estaba sentado en la real.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;A ver si lo entiendo &ndash;intervine&ndash;. Quieres que el Cajero haga acto de contrici&oacute;n ante las c&aacute;maras y que sea convincente. Y que yo me encargue de la misi&oacute;n de que &eacute;l lo entienda y lo haga. &iquest;Es eso m&aacute;s o menos?
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Correcto &ndash;dijo con una mueca satisfecha e iniciando ya la media vuelta hacia la puerta.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Perdona que te robe un momento &ndash;dije&ndash;. Solo dos cosas. Una: el Cajero es un bicho muy malo y por lo que yo s&eacute; bastante mo&ntilde;as. &iquest;Qu&eacute; te hace pensar que va a sufrir una transformaci&oacute;n semejante? Y eso me lleva a la segunda cuesti&oacute;n: &iquest;hay alguna raz&oacute;n para que hayas pensado que soy la persona adecuada? &iquest;No ser&iacute;a mejor un entrenador de actores o, ya puestos, y si queremos eficacia de verdad, pegarle un tiro y meterle en el bolsillo una nota de suicidio?
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Lo conseguir&aacute;s, no lo dudes.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Supongo que el resto de candidatos en que hab&iacute;as pensado se han negado. &iquest;Por qu&eacute; crees que puedo conseguirlo?
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Porque eres cre&iacute;ble. El Cajero se rendir&aacute; a tus encantos.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Llevo en la Comisi&oacute;n de Actos Conmemorativos veinte a&ntilde;os. No me conoce ni el Tato. No soy ni cre&iacute;ble ni incre&iacute;ble, simplemente no existo.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;De eso se trata. Eres cre&iacute;ble, porque nadie ha tenido que creer en ti antes.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Ya veo.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Adem&aacute;s no me cabe duda de que quieres continuar hasta la jubilaci&oacute;n en esta comisi&oacute;n...
    </p><p class="article-text">
        &ndash;... creciendo en credibilidad.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Eres bueno leyendo el pensamiento &ndash;y se march&oacute; como si estuviera llegando tarde a desayunar.
    </p><p class="article-text">
        A la hora de comer me fui dando un paseo hasta La Regata, donde hab&iacute;a quedado con Passepartout y con Vers&iacute;culo, buena gente, de mi nivel y proyecci&oacute;n. Por el camino, no par&eacute; de darle vueltas al encargo. En realidad, no hab&iacute;a parado en toda la ma&ntilde;ana. Era de una rareza extraordinaria, tanto por el contenido l&oacute;gico como por la posibilidad pr&aacute;ctica. Quer&iacute;an que un tipo que hab&iacute;a hecho de su capa un sayo con la Concejal&iacute;a de Vivienda del famoso y podrido pueblo de la sierra Norte &ndash;y de quien pod&iacute;a decirse que no hab&iacute;a dejado delito sin cometer&ndash; abriera su coraz&oacute;n y confesara sinceramente conmovido sus desfalcos, prevaricaciones, cohechos y fraudes. Luego, estaba el tema de que el Partido saldr&iacute;a de todo esto con un ba&ntilde;o de inocencia.
    </p><p class="article-text">
        Entre centolla y centolla &ndash;por cierto, hay que probar el Saint-&Eacute;milion blanco cuv&eacute;e de 2020, con un toque de barrica y lev&iacute;sima aguja&ndash; se lo cont&eacute; a los camaradas, que se quedaron at&oacute;nitos, aunque no por eso soltaron las tenacillas ni se les cay&oacute; el babero.
    </p><p class="article-text">
        Passepartout, un experto en obedecer &oacute;rdenes, incluso en descifrarlas, pues estaba al cargo de la Fundaci&oacute;n que presid&iacute;a con orgullo y prestigio el Uno, ser contradictorio e impulsivo, aparte de proactivo, opin&oacute; que siguiera la corriente a la idea y que si era posible la enriqueciese con algo de mi cosecha, para que se apreciara mi inter&eacute;s.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Las &oacute;rdenes sin sentido son las que engrasan la maquinaria de las organizaciones. Planes demasiado concretos, objetivos plausibles, movimientos coherentes acaban por da&ntilde;ar el dinamismo del conjunto. El rigor es ajeno a la vida. El &uacute;nico rigor que existe es el mortis &ndash;remat&oacute;, chupando desesperadamente una pata de crust&aacute;ceo.
    </p><p class="article-text">
        Vers&iacute;culo, que desde su atalaya en la subdirecci&oacute;n de la revista del Partido dec&iacute;a haber asistido a guerras solapadas y venganzas intertextuales a trav&eacute;s de los paneg&iacute;ricos que publicaba mensualmente, me advirti&oacute; con seriedad:
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Alguien quiere algo. Alguien de muy arriba quiere algo. Lo que pasa es que no sabemos qu&eacute;. Es lo malo. &iquest;Lo sabremos alg&uacute;n d&iacute;a? &lsquo;Chi lo sa&rsquo;. Permanece alerta y estudia los peque&ntilde;os gestos. Todo tiene un significado. Claro que tampoco sabemos cu&aacute;l es. Alg&uacute;n d&iacute;a, qui&eacute;n sabe... Vigila, Cardh&uacute;. Nada justifica el que estemos distra&iacute;dos. No, el hombre de Partido es un hombre alerta.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;&iexcl;Y la mujer! &ndash;protest&oacute; sobresaltado Passepartout, al que los deslices pol&iacute;ticamente incorrectos le hab&iacute;an dado m&aacute;s de un disgusto.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;&iexcl;Y la mujer, co&ntilde;o, claro! &ndash;asinti&oacute; Vers&iacute;culo con el entusiasmo que se desprende de querer tapar a toda costa una metedura de pata.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Alguien quiere algo. Alguien de muy arriba quiere algo. Lo que pasa es que no sabemos qué. Es lo malo. ¿Lo sabremos algún día? ‘Chi lo sa’</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Llegu&eacute; a casa a las siete de la tarde, con la sensaci&oacute;n de haberme pasado con el Saint-&Eacute;milion &ndash;al final, cayeron tres botellas&ndash; y con la tropa de chupitos de hierbas que llegaron a continuaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Milagro: mi mujer estaba all&iacute;. Hac&iacute;a tres o cuatro d&iacute;as que no la ve&iacute;a. Quiz&aacute; fueran menos. O m&aacute;s. Es cirujana pl&aacute;stica y la llaman mucho para congresos y para operar en otros sitios, incluso en el extranjero. Ella form&oacute; parte del equipo que trat&oacute; las nalgas de la Kardashian, que marc&oacute; un antes y un despu&eacute;s en la ciencia quir&uacute;rgica y en nuestra percepci&oacute;n del culo.
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n se hab&iacute;an dejado caer por all&iacute; mis dos hijos veintea&ntilde;eros, que andaban enzarzados en una discusi&oacute;n sobre el futuro de las inversiones en criptomoneda. Uno estudia Empresariales y el otro Econ&oacute;micas, y est&aacute;n haciendo su m&aacute;ster en ESADE. Esas discusiones son frecuentes y a menudo da la impresi&oacute;n de que se van a matar, pues parece que se est&aacute;n jugando un prestigio profesional que todav&iacute;a no tienen. Creo que ahora, en vez de conocimientos y especialidades te&oacute;ricas, en los m&aacute;steres les ense&ntilde;an a devorarse como cangrejos en una nasa.
    </p><p class="article-text">
        Mientras ellos discut&iacute;an &ndash;y en esas discusiones es mejor no entrar ni mostrar preferencias&ndash;, mi mujer y yo nos servimos dos copas de vino blanco y salimos a la terraza, desde la que se puede contemplar, a menos de cincuenta metros, el estadio Santiago Bernab&eacute;u, templo.
    </p><p class="article-text">
        Una brisa primaveral, yo dir&iacute;a que con olor a jacinto, nos abanicaba dulcemente. No estaba yo muy seguro de seguir d&aacute;ndole al blanco, pero el cuerpo me estaba pidiendo resucitar o morir. Por lo dem&aacute;s, ten&iacute;a ganas de hablar con ella, aunque &uacute;ltimamente nuestras conversaciones no flu&iacute;an con naturalidad. A mis preguntas sobre su vida ella respond&iacute;a con t&oacute;picos y bagatelas, y nunca hab&iacute;a contrapartida. Mi vida en la pol&iacute;tica no parec&iacute;a interesarle mucho. Al principio, cuando a&uacute;n ten&iacute;a opciones de pillar el ascensor, era distinto. Pero los a&ntilde;os se hab&iacute;an encargado de ir bajando el tel&oacute;n sobre la funci&oacute;n. Y sobre el tel&oacute;n, el polvo.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Mi mujer y yo nos servimos dos copas de vino blanco y salimos a la terraza, desde la que se puede contemplar [...] el estadio Santiago Bernabéu, templo</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Me segu&iacute;a gustando, la melena rubia a&uacute;n no hab&iacute;a encanecido, su ment&oacute;n vikingo se hab&iacute;a suavizado y la frialdad de los ojos grises hab&iacute;a cambiado con la edad a un rictus de compasi&oacute;n cansada, como si todo le importara mucho y nada al mismo tiempo.
    </p><p class="article-text">
        Decid&iacute;, pues, hablar en primer lugar de m&iacute; y del asunto que me torturaba y que, por aburrida que estuviera, despertar&iacute;a al menos una puntita de su curiosidad. Aparte, era una mujer pr&aacute;ctica, buena consejera en estrategias que afectaban a la familia y una buena cirujana de papadas y de dilemas.
    </p><p class="article-text">
        Le cont&eacute; todo lo que sab&iacute;a y tambi&eacute;n las opiniones de mis dos colegas. Not&eacute; que cuantas m&aacute;s veces contaba la historia, m&aacute;s irreal se volv&iacute;a. As&iacute; que solo hab&iacute;a dos respuestas a eso: o todo era mucho m&aacute;s simple de lo que yo sospechaba o todo era todav&iacute;a m&aacute;s retorcido de lo que yo imaginar&iacute;a nunca.
    </p><p class="article-text">
        Mi mujer se tom&oacute; tanto tiempo en contestar que tem&iacute; que no hubiera querido escucharme o que se le hubiera ido el santo al cielo con sus propios asuntos. &Uacute;ltimamente, cualquiera de esas posibilidades me cruzaba a menudo por la mente.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero finalmente lo que dijo pareci&oacute; meditado. Y prudente.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;No te has preguntado por lo que quieres t&uacute;.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;&iquest;Por lo que quiero yo? No sab&iacute;a que tuviera que querer nada.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Si alguien viene a la consulta para intentar arreglarse la nariz, yo tengo que saber qu&eacute; nariz quiere.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Te sigo con dificultad. Con agradecimiento, pero con dificultad.
    </p><p class="article-text">
        Resopl&oacute; y se sirvi&oacute; otra copa. Luego, me mir&oacute; fijamente, como si buscase en mi cara algo que antes no estaba all&iacute;. La trasparencia verde de un marciano, por ejemplo.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Lo que quiero decir es que tienes que saber lo que quieres hacer t&uacute; con ese encargo, dentro de lo posible. Por ejemplo, hacer el parip&eacute; y acabar pronto, pasando de la misi&oacute;n, que no parece muy sensata, por cierto. O sacar informaci&oacute;n de alg&uacute;n tipo, con la que despu&eacute;s puedas negociar algo. O entregarte en cuerpo y alma a conseguir la confesi&oacute;n sincera que te piden, hasta que se agoten las fuerzas. Las dos primeras opciones significan mentir y la tercera ofrecerte en holocausto. Y probablemente todas las que se nos pudieran ocurrir se dividan en dos: o mentira o inmolaci&oacute;n. &iquest;No es as&iacute; la pol&iacute;tica de estos tiempos?
    </p><p class="article-text">
        Me qued&eacute; pensando un rato, a pesar de que sus ojos me segu&iacute;an con hambre de fiera.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Creo que lo que quiero es que me dejen en paz &ndash;dije, al fin.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;No hay dinero en este mundo para pagar ese lujo. Y en un partido, ni aunque tuvieras ese dinero. Se supone que la gente os met&eacute;is ah&iacute; para estar con alguien, haceros un poco de da&ntilde;o y volver a casa a contarle a alguien que est&aacute;is salvando el pa&iacute;s. Sois sadomasoquistas que subliman el dolor con la fantas&iacute;a del bien com&uacute;n. Deber&iacute;as preguntarte a qui&eacute;n puedes hacer da&ntilde;o con este asunto del Cajero. O qui&eacute;n te lo puede hacer a ti. Me temo que todo va de eso.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">–Creo que lo que quiero es que me dejen en paz –dije, al fin.
–No hay dinero en este mundo para pagar ese lujo
</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Cenamos los cuatro. La chica filipina era nueva. De hecho, no nos duraban m&aacute;s de dos meses. Mi mujer me dijo el nombre y acto seguido lo olvid&eacute;.
    </p><p class="article-text">
        Observ&eacute; a los criptofinancieros, que hab&iacute;an bajado el tono de la discusi&oacute;n y comenzado una nueva que, al parecer, solo les interesaba en tanto propiciaba la desavenencia. Tomamos un borsch fr&iacute;o y, luego, lubina del mercado de Chamart&iacute;n. A mitad de la lubina, sent&iacute; como si girase en redondo en una especie de tiovivo y la filipina, mi mujer y mis hijos estuvieran hablando en un idioma extra&ntilde;o, tagalo, quiz&aacute;. &iquest;Un ataque de ansiedad?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Trat&eacute; de controlarme con el ejercicio respiratorio que me hab&iacute;an ense&ntilde;ado en aquel cursillo de chi kung en Aravaca, que organiz&oacute; por una apuesta el Club de Fumadores. Lo consegu&iacute; a medias. Ahora, mi mujer y mis hijos hablaban en un idioma comprensible, pero sus caras me parec&iacute;an extra&ntilde;as y conocidas a la vez, pero ajenas a mi vida.
    </p><p class="article-text">
        Me levant&eacute; de la mesa y estuve vomitando un rato. Era evidente que la comida y el vino blanco hab&iacute;an hecho su em&eacute;tico trabajo.
    </p><p class="article-text">
        Me acost&eacute; con un vago y sorprendente sentimiento de culpabilidad. Lo achaqu&eacute; a los excesos en la ingesta. La culpa es siempre un exceso de algo. Por la ma&ntilde;ana, seguro que ya se me habr&iacute;a pasado. La venganza del malvado Saint-&Eacute;milion.
    </p><p class="article-text">
        A la ma&ntilde;ana siguiente no hubo atisbo de resaca, pero los malos sentimientos no me hab&iacute;an abandonado. Hab&iacute;a un pecado que se coc&iacute;a en alg&uacute;n sitio de mi interior, pero no terminaba de identificarlo. Si es que era un pecado y no un golondrino en el alma.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Me acosté con un vago y sorprendente sentimiento de culpabilidad. Lo achaqué a los excesos en la ingesta. La culpa es siempre un exceso de algo</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Cuando llegu&eacute; a la oficina, el Tres se apareci&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;&iquest;Lo tienes todo preparado? &ndash;dijo, asomando por la puerta entreabierta.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;&iquest;Qu&eacute; es todo?
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Te he pillado un reservado en el Doble H&eacute;lice, &lsquo;nouvelle cuisine&rsquo;, hidr&oacute;geno a granel y tal. Algo fino y vanguardista, que vea que estamos cambiando de etapa. Sin compa&ntilde;&iacute;a. Le he dicho que hablar&iacute;as en nombre de todos y que eras una persona intachable y justa. Que le entender&iacute;as mejor que nadie. Lo que queremos es un trato ventajoso para todos. &Eacute;l ser&aacute; el primero en beneficiarse.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;&iquest;Me lo est&aacute;s diciendo a m&iacute; o es lo que le dijiste a &eacute;l?
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Qu&eacute; m&aacute;s da. No me falles &ndash;y me apunt&oacute; con una especie de dedo jesu&iacute;tico admonitorio.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; que all&iacute; estaba, en el Doble H&eacute;lice, a las dos en punto. Mi compa&ntilde;ero de mesa, una especie de tortuga ninja con perilla de chivo, cuarenta y pocos, apareci&oacute; media hora m&aacute;s tarde y ni siquiera se le pas&oacute; por la cabeza disculparse.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;La verdad es que no tengo apetito. &iquest;Por qu&eacute; te han mandado a ti? No te conozco y tampoco eres un fontanero. A ti te encargan las conmemoraciones y esas cosas, &iquest;no? Dime de qu&eacute; vamos a hablar t&uacute; y yo.
    </p><p class="article-text">
        Todo esto lo dijo en nuestro idioma, pero yo tuve la impresi&oacute;n de que ten&iacute;a que traducirlo. &iquest;Es que la realidad hab&iacute;a decidido romper conmigo y se escurr&iacute;a como pod&iacute;a?
    </p><p class="article-text">
        Ya que hab&iacute;a preguntado y que por all&iacute; a&uacute;n no hab&iacute;a asomado el &lsquo;ma&icirc;tre&rsquo;, le solt&eacute; de un tir&oacute;n:
    </p><p class="article-text">
        &ndash;El Partido quiere que confieses sinceramente, que hagas un acto p&uacute;blico de contrici&oacute;n y que a la gente se le salten las l&aacute;grimas de compasi&oacute;n pura. Forma parte de la nueva estrategia del Partido. A partir de ahora, somos culpables. Las declaraciones de inocencia y las justificaciones son cosa del pasado.
    </p><p class="article-text">
        Primero, se qued&oacute; mir&aacute;ndome muy serio. Tan serio como si estuviera conteniendo los esf&iacute;nteres de una embestida intestinal. Un segundo m&aacute;s tarde, estall&oacute; en una carcajada escandalosa que tuvo la virtud de que el &lsquo;ma&icirc;tre&rsquo; se dignara hacer acto de presencia.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Pide lo que quieras &ndash;anunci&oacute; el Cajero, que conten&iacute;a la risa a duras penas.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Sopa de trufas negras y pularda en salsa de camar&oacute;n. Una botella de Vega. Para los dos &ndash;dije sin mirar al hombre del restaurante.
    </p><p class="article-text">
        Cuando se march&oacute;, la tortuga movi&oacute; los labios:
    </p><p class="article-text">
        &ndash;&iquest;Qu&eacute; es esto? &iquest;Una versi&oacute;n 2.0 del chivo expiatorio? Ya he dicho que no voy a abrir la caja de los truenos y que los mandos y colegas pueden estar tranquilos. No se puede pedir m&aacute;s y no lo har&eacute;is. Cargar&eacute; con lo que toque y punto. Ahora bien, a los Alpes hay que dejarlos en paz.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;&iquest;Los Alpes? &ndash;pregunt&eacute;, desconcertado.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">¿Qué es esto? ¿Una versión 2.0 del chivo expiatorio? Ya he dicho que no voy a abrir la caja de los truenos  y que los mandos y colegas pueden estar tranquilos</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        El Cajero lanz&oacute; un largo suspiro, ech&oacute; un vistazo al reservado &ndash;cuatro paredes de roble con una marina y una l&aacute;mpara Biedermeier en el techo&ndash; y se volvi&oacute; hacia m&iacute;:
    </p><p class="article-text">
        &ndash;&iquest;Pero qu&eacute; es lo que me han mandado, un lech&oacute;n? &iquest;No tienes ni idea, verdad? A ver, &iquest;por qu&eacute; crees t&uacute; que se dedica el personal a la pol&iacute;tica?
    </p><p class="article-text">
        No contest&eacute;. No lo sab&iacute;a. No lo sab&iacute;a siquiera en mi caso.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;No, no es por el dinero. Esa es una explicaci&oacute;n para la chusma pobre, que har&iacute;a lo mismo que t&uacute;, solo que no puede.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;&iquest;Entonces?
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Nada tiene sentido, porque ni siquiera tenemos poder. Y cuanto m&aacute;s arriba, menos poder. Los que han llegado aqu&iacute; porque quer&iacute;an poder se desilusionan pronto. Es ese ej&eacute;rcito de zombis que circula por los pasillos de la sede o de los ayuntamientos, obedeciendo &oacute;rdenes o yendo a comprar sellos. O de putas, si se tercia. Fuera del Partido no tienen nada, ni familia, aunque la tengan, ni amigos, aunque se vayan a cenar de parejitas los viernes. Y dentro, tampoco. Nada de nada.
    </p><p class="article-text">
        Nos sirvieron la sopa. Estaba exquisita. Como el vino. Hac&iacute;a rato que no entend&iacute;a al Cajero. Hablaba un extra&ntilde;o idioma hecho de las mismas palabras que el nuestro. La sopa y el vino me estaban sentando de maravilla, pero mi mente estaba cada vez m&aacute;s desorientada.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Y entonces ves lo que hace todo el mundo: meterse lo que puede en el bolsillo. No quieren robar. Mejor dicho, quieren robar. Pero no se trata del dinero. Se trata del sentido. Roban sentido.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;&iquest;Y d&oacute;nde est&aacute; el sentido? &ndash;pregunt&eacute; como si hablara con mi fil&oacute;sofo alem&aacute;n favorito, mientras se perd&iacute;a poco a poco la noci&oacute;n del lugar y del momento.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;En que lo hacen todos. Es la &uacute;ltima l&iacute;nea de defensa de la cordura humana. Cuando por ti mismo no alcanzas, cuando ves que tus fuerzas o tu talento son limitados, entonces haces lo que hacen los dem&aacute;s. Y ah&iacute;, la mente descansa. Todos roban y t&uacute; robas. Est&aacute;s bien, todo parece tener un objetivo, las cosas se hacen por algo, tienen una raz&oacute;n para existir.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Eres muy profundo &ndash;dije, sin comprender o sin querer comprender demasiado, al fin y al cabo me estaba hablando en alem&aacute;n.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Cuando ves que tus fuerzas o tu talento son limitados, entonces haces lo que hacen los demás. Y ahí la mente descansa. Todos roban y tú robas
</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Trajeron la pularda en su salsa de camar&oacute;n. Incre&iacute;ble. Era como dejarse arrastrar a un abismo de los sentidos. Hay abismos en los que podemos permitirnos caer. Hay abismos que tapan otros abismos. Los hay de muchas clases, pero esa pularda...
    </p><p class="article-text">
        &ndash;&iquest;Y t&uacute; por qu&eacute; entraste en pol&iacute;tica? &ndash;pregunt&oacute; ahora, cuando parec&iacute;a haber recuperado el apetito y masticaba a dos carrillos.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Estaba en una asociaci&oacute;n de vecinos que protestaba contra una instalaci&oacute;n de alta tensi&oacute;n el&eacute;ctrica en la zona antigua. Conseguimos pararlo. Por entonces era m&eacute;dico de familia, aunque sin vocaci&oacute;n. Me llamaron para meterme en una agrupaci&oacute;n los mismos contra los que hab&iacute;a protestado. Bueno, acept&eacute;. Ahora estoy aqu&iacute;. Menuda pularda, &iquest;eh? &iquest;Y la salsa, no dices nada?
    </p><p class="article-text">
        Dej&oacute; los cubiertos sobre el plato y el cuerpo de tortuga pareci&oacute; liberarse del caparaz&oacute;n. Junt&oacute; las manos y dijo:
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Ya s&eacute; por qu&eacute; est&aacute;s aqu&iacute;. No te han mandado para que confiese yo, sino para que confieses t&uacute;. Yo era t&uacute; y t&uacute; eras yo. T&uacute; eres el verdaderamente culpable.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;&iquest;Culpable? Ah...
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Culpable de no haber hecho nada con lo que ya sab&iacute;as. Yo he robado, yo he buscado el sentido. Pero t&uacute; no has hecho nada.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;No ten&iacute;a nada que hacer &ndash;dije, sintiendo que abr&iacute;a la puerta a una pesadilla en la que nada era lo que parec&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Un m&eacute;dico sin vocaci&oacute;n, pero que al menos ten&iacute;a una manera de hacer el bien o de hacer algo por los dem&aacute;s y que acaba en la Comisi&oacute;n de Actos Conmemorativos de un partido corrupto. &iquest;Y qu&eacute; hay entremedias? &iquest;Una mujer que ya no te ama, unos hijos que van a lo suyo, unos amigos tan fracasados como t&uacute;? No, t&uacute; eres el que tiene que confesar. Y yo era el que ten&iacute;a que convencerte de ello.
    </p><p class="article-text">
        Al cabo de un rato ten&iacute;a el cuchillo de la pularda ensangrentado en las manos, el Cajero intentaba taparse un boquete a la altura del cuello. M&aacute;s tarde el reservado se llen&oacute; de gente. Pero no ten&iacute;a miedo, ni ansiedad. Solo quer&iacute;a confesar. Todo estaba bien.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alejandro Gándara]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/confesion_129_10442395.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 13 Aug 2023 19:37:21 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/ba184397-a32a-4d29-9fdf-41acb434b310_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="9745698" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/ba184397-a32a-4d29-9fdf-41acb434b310_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="9745698" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[La confesión]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/ba184397-a32a-4d29-9fdf-41acb434b310_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Relato,Relato corto,Ficción]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La edad del estigma aceptado]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/edad-estigma-aceptado_129_9205322.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/3a15e515-2071-4350-88c4-ca02ab9ca8ec_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La edad del estigma aceptado"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El fin de la actividad laboral y la cercanía de la muerte expulsan a nuestros mayores al extrarradio de la relevancia social, sean cuales sean sus aptitudes (mentales, físicas, productivas) reales. Pero ¿qué dicen estas etiquetas de la sociedad que hemos construido?</p><p class="subtitle">Este artículo pertenece a la revista 'La revolución de los viejos' de elDiario.es. Hazte socia o socio y te enviamos a casa nuestras revistas trimestrales</p></div><p class="article-text">
        No hay duda de que en estos tiempos que corren la vejez arrastra un estigma (como tantas otras cosas, pues vivimos en la era del estigma). A falta de una comprensi&oacute;n m&aacute;s cabal de los asuntos humanos, tendemos a imponer marcas dolorosas sobre aquello que se nos escapa, que no facilita la entrada a su entendimiento (a causa generalmente de su ambig&uuml;edad) o que por razones diversas se ha convertido en enemigo o adversario. Lo peor del estigma es sin embargo el autoestigma. Aqu&iacute; la v&iacute;ctima es tambi&eacute;n su verdugo. Es decir, y en este caso, el viejo siente sobre s&iacute;, y est&aacute; de acuerdo con ello, todas las carencias y pecados que la comunicaci&oacute;n y las relaciones sociales le adjudican: menoscabo f&iacute;sico y mental, marginaci&oacute;n, olvido, falta de competencia, sentimiento de falta de utilidad para los dem&aacute;s, conciencia de parasitismo, etc&eacute;tera.
    </p><p class="article-text">
        El autoestigma funciona en la direcci&oacute;n de convencerse uno mismo de que la realidad (es decir, el consenso p&uacute;blico) tiene raz&oacute;n. Y as&iacute; los viejos, mucho antes de ser objetivamente viejos o incluso si&eacute;ndolo, lo primero que padecen es una vejez emocional que se autoinflige sus propias limitaciones en todos los &oacute;rdenes se&ntilde;alados. He aqu&iacute; un acelerador efectivo de la decadencia de los individuos, m&aacute;s all&aacute; de la edad y de las lacras.
    </p><p class="article-text">
        Se trata de una autopersuasi&oacute;n psicol&oacute;gica que se nutre del medio, de argumentos ideol&oacute;gicos y culturales que circulan de manera impl&iacute;cita en la informaci&oacute;n y en la representaci&oacute;n. Y para esto no hay edad: sentirse viejo a partir de unos cuantos datos de la realidad convencionalmente adjudicada a la vejez puede suceder en cualquier periodo, entre m&aacute;rgenes por lo dem&aacute;s bastante amplios.
    </p><p class="article-text">
        Durante a&ntilde;os he visto y tenido experiencia de amigos y conocidos con dificultades f&iacute;sicas que han sido atribuidas al paso del tiempo y aceptadas como tales. En los casos en que se han enfrentado abiertamente a estas cargas, b&aacute;sicamente con dieta, ejercicio y vigilancia m&eacute;dica, las han superado hasta niveles dif&iacute;ciles de creer. Hay uno en particular que comenz&oacute; a correr a los 60 a&ntilde;os de edad, cuando ya se ve&iacute;a postrado en el lecho hasta la hora final, y hoy, con 65, corre maratones. Y sin el sufrimiento que pudiera imaginarse.
    </p><p class="article-text">
        Por supuesto, esto no siempre es as&iacute;. A veces hay da&ntilde;os que son irreparables, producto del desgaste o de una herida gen&eacute;tica que se aparece en cierto momento. A veces hay sencillamente enfermedades y accidentes que no est&aacute;n inscritos en el curso del tiempo, sino en el de la vida humana que hay que vivir con sus esperanzas y sus pegas.
    </p><p class="article-text">
        Pero lo cierto es que las desgracias, los accidentes y las traiciones de la gen&eacute;tica no son exclusivos de la senectud. Pueden ocurrir en cualquier &eacute;poca de la vida y de hecho muchas personas arrastran cargas que vienen de muy atr&aacute;s. No hace falta ser viejo para que dejen de funcionar las rodillas o la memoria.
    </p><p class="article-text">
        He aqu&iacute; una de las claves del asunto. La vejez es un periodo de la vida, del mismo modo que lo es la adolescencia (por citar uno especialmente peligroso y lamentable) o cualquiera de las otras &eacute;pocas en que convencionalmente dividimos la existencia. En cada una de ellas hay que disponerse a atravesarla con el equipaje que cada uno lleve en la mochila y con los recursos que le ofrezcan o que se le presenten. No existe ninguna &eacute;poca de la vida que est&eacute; exenta de dificultades, cuando no de graves temores, desesperaci&oacute;n y desorientaci&oacute;n. No se conoce ninguna en que no haya riesgo mortal, en que no se sufra, en que no se cometan errores cruciales y en que no nos sintamos disminuidos en nuestra capacidad de enfrentarnos a la fuerza de los acontecimientos.
    </p><p class="article-text">
        En s&iacute;ntesis, la vejez no se distingue en cuanto a retos y recursos de los otros momentos de la vida y, como en cualquiera de ellos, cabe la posibilidad de que no los superemos o de que no nos acompa&ntilde;en los elementos indispensables; o de que la estrategia empleada est&eacute; completamente equivocada y lleve izada la ense&ntilde;a del desastre. La vejez es todav&iacute;a la vida y, a pesar del estigma, ni es una antesala de la muerte ni es propia de los que se est&aacute;n despidiendo de la producci&oacute;n o del amor. Se trata sencillamente de una aventura como las otras, con los mismo d&eacute;ficits y apuestas.
    </p><p class="article-text">
        Por supuesto, todos tenemos asumido que es una &eacute;poca que se aproxima a la muerte y cuyo horizonte es limitado. Este es uno de los t&oacute;picos m&aacute;s sobados de la cuesti&oacute;n. Sin embargo, todas las &eacute;pocas y todas las conciencias, desde que nacen, est&aacute;n oscurecidas por las sombras de la desaparici&oacute;n de este mundo. Somos mortales, pero no somos m&aacute;s mortales cuando somos viejos que cuando somos ni&ntilde;os. Somos mortales todo el tiempo y lo que compartimos es una certeza esencial de que no sabemos cu&aacute;ndo vamos a morir. Como dice el proverbio chino, nadie hay tan viejo que se vaya a morir en este mismo momento ni tan joven que no pueda morir en los pr&oacute;ximos cinco minutos. Somos mortales y cada acto que emprendemos lleva el sello de la mortalidad, de la incertidumbre, del absurdo.
    </p><p class="article-text">
        El que la vejez haya sido estigmatizada (e interiorizado el estigma) se debe a dos aspectos profundos que caracterizan nuestro mundo desde el punto de vista de la mentalidad colectiva: el trabajo y la percepci&oacute;n de la muerte.
    </p><p class="article-text">
        Pr&aacute;cticamente todas nuestras relaciones sociales y nuestros afectos se originan o desembocan en la vida laboral. El trabajo es la forma de socializaci&oacute;n de los individuos en nuestra sociedad y fuera de &eacute;l resulta complicado entablar relaciones y darles sentido. El tiempo que empleamos en la actividad productiva refleja la importancia que tiene en nuestras vidas y avisa tambi&eacute;n de sus consecuencias. Por otro lado, es la &uacute;nica v&iacute;a aceptada universalmente de sentirse &uacute;til a la comunidad, responsable con ella, asunto capital a la hora de encontrar la satisfacci&oacute;n personal dentro del grupo y de las instituciones que rigen la vida. La felicidad y lo contrario, en nuestro medio, tienen mucho que ver con lo que sucede con el trabajo. La figura central de nuestro mundo es sin duda el trabajador.
    </p><p class="article-text">
        La vejez supone la expulsi&oacute;n de esa red de relaciones y de sentido que da la actividad laboral. Fuera de ella, los individuos apenas pueden aspirar a tejer una red propia y a encontrar elementos de una nueva dignidad, m&aacute;s all&aacute; de las actividades para jubilados, que remarcan a su vez el car&aacute;cter alienado de los participantes. Algo parecido se observa entre los parados de larga duraci&oacute;n en lo que respecta a sus v&iacute;nculos y consideraci&oacute;n propia y ajena.
    </p><p class="article-text">
        En cuanto a la muerte, nuestra cultura la ha expulsado al extrarradio de la existencia. El deterioro que la anuncia es una especie de lugar sagrado (es decir, intocable) y se lo ha rodeado de muros. La educaci&oacute;n y la socializaci&oacute;n han prescindido de la ense&ntilde;anza y comunicaci&oacute;n de los aspectos relacionados con la mortalidad, como el duelo, el cuidado, el consuelo o la despedida, de los que se encargan trabajadores especializados. La muerte no ocupa ning&uacute;n espacio en el aprendizaje social. Tampoco en las formas de relaci&oacute;n interpersonal. Es una sombra que se cierne sobre la existencia y a la que es mejor no mirar, convirti&eacute;ndose as&iacute; en el Gran Miedo y en el Gran Misterio. Los viejos ser&iacute;an, aqu&iacute;, los heraldos que traen noticias de ese otro lado cuya sola menci&oacute;n nos hace temblar. Mirar a un viejo no es mirar una panor&aacute;mica de la experiencia o escuchar las vicisitudes de una vida, sino mirar a los ojos de una muerte que aterroriza y cuyo pensamiento arrastra un sentimiento de absurdo.
    </p><p class="article-text">
        No resultar&aacute; sencillo que los viejos (por aceptar esa dudosa categor&iacute;a) se integren sin estigma en esta sociedad nuestra. A pesar de que la realidad demuestra una y otra vez (como en las &uacute;ltimas crisis econ&oacute;micas, cuando se convirtieron en el cr&eacute;dito de sus familias, o como en las listas de los m&aacute;s ricos del mundo) que siguen ocupando un sitio en el proyecto de todos.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alejandro Gándara]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/edad-estigma-aceptado_129_9205322.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 25 Aug 2022 19:57:16 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/3a15e515-2071-4350-88c4-ca02ab9ca8ec_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="1534391" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/3a15e515-2071-4350-88c4-ca02ab9ca8ec_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="1534391" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[La edad del estigma aceptado]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/3a15e515-2071-4350-88c4-ca02ab9ca8ec_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[La revolución de los viejos]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Sueños en el campo de centeno]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/suenos-campo-centeno_129_9187877.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d83a1743-af72-4584-81f7-3ac7c56ee253_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Sueños en el campo de centeno"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Para los urbanitas, la vida en el entorno rural siempre ha estado envuelta en un aura de romanticismo y armonía con la naturaleza. Pero el campo español –intolerante, cerril y pobre de solemnidad– nunca ha sido ese paraíso que algunos ‘happy hippies’ imaginan... y, por lo tanto, es imposible regresar a él</p><p class="subtitle">Este artículo pertenece a la revista 'El grito de la España interior' de elDiario.es. Hazte socia o socio y te enviamos a casa nuestras revistas trimestrales</p></div><p class="article-text">
        La idea de huir de la ciudad al campo, de la agitaci&oacute;n urbana a la paz solo turbada por cigarras, es tan antigua como la propia ciudad. El Eclesiast&eacute;s ya predic&oacute; que la urbe era sede de iniquidad y de injusticia, y en Grecia, a partir del siglo IV a.C., las escuelas filos&oacute;ficas de apartamiento relajan o directamente rompen los v&iacute;nculos con la polis. Entre los primeros cristianos aparecieron los hesicastas, eremitas que encontraban su ideal de perfecci&oacute;n moral en las cuevas del desierto y a los que la sociedad, tanto civil como eclesi&aacute;stica, aturd&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Nada nuevo, pues. La ciudad, ya sea antigua o moderna, es una selva de intereses, la lucha por la supervivencia es la estructura de sus encuentros, las relaciones son utilitarias y su ruptura con la naturaleza se ha vuelto definitiva.
    </p><p class="article-text">
        Pero la humanidad ha seguido ese rumbo y seguramente lo ha hecho con motivos. No todo es alienaci&oacute;n y tr&aacute;fico. Ahora bien, ese rumbo ha ido adquiriendo cualidades y caracter&iacute;sticas nuevas a lo largo del tiempo. Por ejemplo, a mediados del siglo XX en Espa&ntilde;a los grandes movimientos de migraci&oacute;n interior se produjeron entre los pueblos y las capitales de provincia, donde se asentaba la industria de los a&ntilde;os del desarrollismo. Eso fue as&iacute; hasta los a&ntilde;os 90, en que el movimiento se reorient&oacute; a las grandes ciudades, cuando los hijos de los antiguos emigrantes de provincia decidieron hacer lo mismo que sus padres, pero con un objetivo mayor.&nbsp; De la urbanizaci&oacute;n de los siglos XIX y XX hemos pasado a lo que se conoce como metropolizaci&oacute;n. En 2018, seg&uacute;n el Instituto Nacional de Estad&iacute;stica, estas migraciones ya hab&iacute;an doblado en n&uacute;mero a las que se produjeron en la d&eacute;cada de los 90.
    </p><p class="article-text">
        Mencion&aacute;bamos los motivos de que la humanidad, equivocada o no, haya seguido el rumbo de la urbanizaci&oacute;n y ahora de la metropolizaci&oacute;n. No se desprecian ni mucho menos los atractivos econ&oacute;micos y de orden material &ndash;seguridad, sanidad, educaci&oacute;n&ndash; que indudablemente contribuyen siempre a las elecciones. Pero no son los &uacute;nicos.
    </p><p class="article-text">
        En una cultura donde el desarrollo personal, la educaci&oacute;n y la b&uacute;squeda del talento y la transmisi&oacute;n de informaci&oacute;n se han convertido en factores de identidad individual y colectiva, as&iacute; como en factores de riqueza para la consideraci&oacute;n que los sujetos tienen de s&iacute; mismos, la ciudad o, mejor dicho, la metr&oacute;poli dispone de una oferta incomparable, tanto si se coteja con la cultura rural como si se hace con las capitales de provincia.
    </p><p class="article-text">
        Ciertamente, las desigualdades que produce la metr&oacute;poli y la dificultad de supervivencia para los escalones econ&oacute;micos bajos son obst&aacute;culos en el camino hacia esos u otros prop&oacute;sitos. La ciudad es dura e implica la aceptaci&oacute;n de unas reglas del juego sintetizadas en la polaridad ganador/perdedor, tan estadounidense y tan repugnante. Dicho de otro modo, la ciudad es habitable, pero solo si tienes dinero. Sin dinero, lo que se habita es un limbo de trabajo y aislamiento (o hacinamiento).
    </p><p class="article-text">
        Esta dureza es la que explica los movimientos &ndash;por otro lado, bastante residuales y hasta ahora poco significativos&ndash; de migraci&oacute;n en sentido contrario, de la metr&oacute;poli al campo. Si bien son cuantitativamente marginales, han reforzado no obstante un sentimiento, y una ideolog&iacute;a bastante generalizada &ndash;incluso entre los que viven en la metr&oacute;poli&ndash;, de la pobreza existencial de la vida en la ciudad. Este valor ideol&oacute;gico, y no tanto pol&iacute;tico, pues la pol&iacute;tica permanece indiferente a tales propuestas, es el que parece no solo discutible, sino tambi&eacute;n extremadamente reactivo. La ciudad es el objeto de odio y la alternativa es solo su consecuencia. Pero ese es otro tema.
    </p><p class="article-text">
        A los defectos existenciales y sociales que tiene la ciudad, la ideolog&iacute;a rural, por llamarla de alguna manera, opone la relaci&oacute;n con la naturaleza, una vida liberada de las cadenas de la producci&oacute;n y de la jerarqu&iacute;a productiva, as&iacute; como del bombardeo consumista que ha hecho de los ciudadanos simples consumidores &ndash;o mejor dicho, ciudadanos en cuanto consumidores&ndash;, un ajuste entre las necesidades y el esfuerzo necesario para satisfacerlas, y en &uacute;ltimo t&eacute;rmino, una vida en comunidad, es decir, dentro de un grupo social cognoscible, con v&iacute;nculos palpables, cargados de autenticidad humana.
    </p><p class="article-text">
        Dicho de otro modo, se pretende una liberaci&oacute;n de la presi&oacute;n social y econ&oacute;mica que el h&aacute;bitat urbano ejerce sistem&aacute;ticamente, sustituido por un sistema en que el individuo es m&aacute;s libre y puede elegir de manera menos coactiva.
    </p><p class="article-text">
        Para decirlo sin m&aacute;s demora, eso no existe en el mundo rural espa&ntilde;ol. Ni puede conseguirse en las actuales circunstancias. La presi&oacute;n social en ese medio se rige por una moral religiosa &ndash;independientemente de que los individuos sean practicantes o no&ndash; y por un sistema de h&aacute;bitos y costumbres que aspira a ser inmutable en el tiempo. La novedad, incluidos los seres humanos novedosos, con toda su panoplia de variantes, no cabe dentro de un modelo antimoderno, completamente de espaldas a lo que constituye la esencia de la civilidad: el movimiento y el despliegue de energ&iacute;a, cuyo objetivo es la trasformaci&oacute;n de la materia en posibilidad.
    </p><p class="article-text">
        El campo espa&ntilde;ol es el producto de varios ingredientes que, en distintas proporciones, se han mezclado a lo largo de su existencia, entre los que destacan la extrema pobreza, un catolicismo ultramontano acompa&ntilde;ado de una ideolog&iacute;a reaccionaria y la cerrilidad ante un progreso que no fuera meramente econ&oacute;mico. El resultado es que ese mundo, como ya sentenci&oacute; Machado, &ldquo;desprecia cuanto ignora&rdquo;. Y se comporta con toda beligerancia contra cualquier apertura en su sistema de valores o a la novedad. Es, sencillamente, cerril.
    </p><p class="article-text">
        A diferencia del medio rural franc&eacute;s, ocupado hist&oacute;ricamente por la burgues&iacute;a y su modus operandi liberal, que produjo una ruralidad ilustrada y una alternativa hist&oacute;rica y real a la vida en la ciudad, el espa&ntilde;ol ha sido un lugar endurecido en la miseria, de la moral a la pol&iacute;tica, pasando por la cotidiana.
    </p><p class="article-text">
        La Espa&ntilde;a vaciada es la Espa&ntilde;a que se vaci&oacute; no solo por motivos econ&oacute;micos y materiales, sino porque su ambiente era irrespirable y la presi&oacute;n social, insostenible para cualquiera con un m&iacute;nimo de sensibilidad o de curiosidad. Nadie ha intentado reconstruir el campo espa&ntilde;ol sencillamente porque nadie quiere reconstruirlo, ya que nadie quiere volver a aquello. A aquello o a esto, pues nada ha cambiado, excepto unos cuantos cachivaches electr&oacute;nicos que brillan entre las ruinas.
    </p><p class="article-text">
        Una de las modalidades del poco significativo regreso al campo en nuestro pa&iacute;s son los llamados grupos de <em>happy hippies</em>, que funcionan con distintos grados de comunidad dentro de un colectivo de amigos o conocidos que se dotan de sus propios recursos, como los escolares o los sanitarios. Quitando que viven dentro de territorio hostil, la ciudad se lleva, como escrib&iacute;a Kavafis, adonde quiera que vayas. Como sucedi&oacute; con las comunas de los a&ntilde;os 60, el peligro de implosi&oacute;n es alto. Tambi&eacute;n este es otro tema.
    </p><p class="article-text">
        En fin, todo esto recuerda aquel sue&ntilde;o de Holden Caulfield en <em>El guardi&aacute;n entre el centeno</em>, en que se ve&iacute;a intentando salvar a unos ni&ntilde;os que jugaban en un campo de centeno que en su borde ocultaba un precipicio.
    </p><p class="article-text">
        No creo yo que este art&iacute;culo vaya a salvar a nadie del precipicio rural espa&ntilde;ol. Como mucho, espero que aliente el convencimiento de que la lucha contra la injusticia social, si la hay, se librar&aacute; sobre el asfalto y no sobre las eras en barbecho.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alejandro Gándara]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/suenos-campo-centeno_129_9187877.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 13 Aug 2022 20:34:55 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/d83a1743-af72-4584-81f7-3ac7c56ee253_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="241153" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/d83a1743-af72-4584-81f7-3ac7c56ee253_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="241153" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Sueños en el campo de centeno]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/d83a1743-af72-4584-81f7-3ac7c56ee253_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[El grito de la España interior]]></media:keywords>
    </item>
  </channel>
</rss>
