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    <title><![CDATA[elDiario.es - Paco Cerdá]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/paco-cerda/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Paco Cerdá]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Once días y diez noches de cortejo fantasmagórico con el cadáver de José Antonio Primo de Rivera]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/once-dias-diez-noches-cortejo-fantasmagorico-cadaver-jose-antonio-primo-rivera_129_11646437.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/9c74adc4-72d9-4694-b93e-adeb14b41e16_16-9-discover-aspect-ratio_default_1101715.jpg" width="2971" height="1671" alt="Once días y diez noches de cortejo fantasmagórico con el cadáver de José Antonio Primo de Rivera"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El nuevo libro de Paco Cerdà retrata lo ocurrido del 20 al 30 de noviembre de 1939, cuando el féretro del fundador de la Falange recorre España rumbo a El Escorial, muy cerca de la tumba en la que descansaría durante décadas, encima de los restos de miles de víctimas de la guerra civil y la represión del régimen</p><p class="subtitle">Los restos de Primo de Rivera salen de Cuelgamuros</p></div><p class="article-text">
        Este es un fragmento de <em>Presentes</em>, de Paco Cerd&agrave;, libro que hoy publica Alfaguara y que narra, en paralelo, once d&iacute;as y diez noches de la Espa&ntilde;a de 1939. Un viaje al coraz&oacute;n de nuestras tinieblas: del 20 al 30 de noviembre de 1939, cuando un cortejo fantasmag&oacute;rico llevaba a hombros el cad&aacute;ver de Jos&eacute; Antonio Primo de Rivera y avanzaba por pueblos y ciudades entre hogueras, escarcha, brazos enhiestos y propaganda &mdash;una epopeya fascista de 467 kil&oacute;metros, de Alicante a El Escorial&mdash; mientras miles de vidas humildes sufr&iacute;an la zarpa de la represi&oacute;n. Presos, fusilados, exiliados, trabajadores forzados, internos en campos de concentraci&oacute;n, maestros depurados, vencedores desgraciados para siempre. El r&eacute;gimen trataba de esconderlos. Pero ah&iacute; estaban: presentes. Como Eulalio. 
    </p><h2 class="article-text">Eulalio</h2><p class="article-text">
        El candil se ha encendido. Y ah&iacute; est&aacute; &eacute;l, presente.
    </p><p class="article-text">
        Se llama Eulalio, todos lo llaman Lalio, y casi siempre est&aacute; ah&iacute;: sentado a la mesita, con la pluma en la mano, el tintero cerca y escribiendo en su diario. Hoy sopla fuerte el viento del noreste. Es fr&iacute;o y molesto. La nieve se atisba en las crestas de los Pirineos. Las aguas del mar se agitan turbias mientras la arena, como el tiempo derramado de una eternidad sin goce que ha roto el reloj, bate amenazan&shy; te contra las sombras humanas que desaf&iacute;an el temporal. Mejor quedarse dentro de la barraca, entintar la pluma y escribir. Primero la fecha, 20 de noviembre. El lugar no hace falta: para qu&eacute; recordar cada vez las alambradas de este campo de concentraci&oacute;n de Saint&shy;-Cyprien.
    </p><p class="article-text">
        Es un d&iacute;a que ha empezado triste, escribe Lalio. Tino se golpea a s&iacute; mismo, entrujando con la mano una carta de Santander en la que le informan de que su hermano lo pasa mal en la c&aacute;rcel. El que llora inconsolablemente es Balsa, este hombre peque&ntilde;ito que r&iacute;e con estruendo cuan&shy;do gana al ajedrez. Est&aacute; escribiendo con tinta de l&aacute;grimas una carta que le duele hasta el &uacute;ltimo rinc&oacute;n de su sensibilidad: accede a la petici&oacute;n de su esposa de regresar a Espa&ntilde;a con sus tres hijos. Le ha costado d&iacute;as de sue&ntilde;o, ataques nerviosos. Pero no le queda m&aacute;s remedio: no tiene derecho a prolongar los sufrimientos de una mujer a la que sus aco&shy;modados padres reclaman desde Barcelona.
    </p><p class="article-text">
        Hoy son Tino y Balsa. Hace unos d&iacute;as escrib&iacute;a de Marianito, completamente abatido al ver una fotograf&iacute;a de su hijo, de dos a&ntilde;os. Vio al ni&ntilde;o desmejorado. En la carta, su esposa le ped&iacute;a ayuda. Pero c&oacute;mo. Al verlo desesperado, presa de una crisis nerviosa, sus compa&ntilde;eros reunieron quince francos y se los entregaron. &Eacute;l se qued&oacute; largas horas tumbado en la litera. Mudo. Quieto. Con los ojos cerrados. La fotograf&iacute;a al lado. Lalio lo anota. Casi todo lo apunta. Tiene diecinueve a&ntilde;os y escribir se ha convertido en un refugio entre tanta penuria. Los piojos, las pulgas a pasto, la plaga de ratas. Los platos con catorce garbanzos. La taza de agua color caf&eacute; con pedazos de pan. El fr&iacute;o del amanecer con dos mantas y peri&oacute;dicos encima. Las derrotas encadenadas desde que cruzaron, andando, Portbou, como medio mill&oacute;n de espa&ntilde;oles. Los sollozos nocturnos de nostalgia, c&aacute;llate ya y deja dormir. El espect&aacute;culo impresionante del hambre, con aullidos matutinos. Los gritos de hombres que han soportado una guerra y que, s&uacute;bitamente, lejos de casa, enloquecen. El dolor impotente de los mutilados. La agon&iacute;a en la enfermer&iacute;a que precede a la estaca blanca con letrero en un cementerio sin nombre; as&iacute; ha acabado el pobre Iniesta, con su cara pecosa y alargada, bajo esta tierra des&eacute;rtica, tierra de paso, tierra final para &eacute;l. El sol arriba, hileras de cruces, un cura y cinco amigos; Pedro Iniesta, repose en paix. El paludismo, la colitis, la anemia. Y la n&aacute;usea. Esa maldita n&aacute;usea que provoca el olor. Olemos la mierda y somos olor de mierda. Estamos en el Para&iacute;so de la Mierda. Nos falta saliva para escupir el asco, escribe Lalio. As&iacute; empezaron estos nueve meses de confinamiento. En la playa de Argel&egrave;s&shy; sur &shy;Mer se amonto&shy;naban los cad&aacute;veres de espa&ntilde;oles muertos por tifus. Se in&shy;yectaban por el agua extra&iacute;da de un mar alimentado con sus propias heces. Beb&iacute;an lo que cagaban y mor&iacute;an por ello: eso es 1939.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
            <p><img style="border: 1px solid white; margin: 20px 20px 10px 0px; box-shadow: 5px 5px 10px 0px rgba(0,0,0,0.1);" src="https://static.eldiario.es/clip/edaa631f-8e49-428b-89a7-ec14f7cb5a2e_source-aspect-ratio_default_0.jpg"" width="256" height="" align="left" data-title="" /></p>

    </figure><p class="article-text">
        La mierda fue el principio. Ah&iacute; sigue. Pero ellos intentan que no se note. Carmona susurra sus canciones flamencas. Miguel toca tangos en el acorde&oacute;n. Alguien pinta en la calva de Aurelio, con carboncillo negro, el sue&ntilde;o caduco del no pasar&aacute;n. Otro despliega cada domingo la ban&shy;dera republicana de su batall&oacute;n y grita, solemne, Primero muerto que arriarla. El 14 de abril chillaron un vivalarep&uacute;blica que sonaba a vivalavida, a resistencia y a esperanza. El Primero de Mayo, rodeados de alambradas, los anarquistas cantaron Hijo del pueblo, te oprimen cadenas; los comu&shy;nistas replicaban Arriba los pobres del mundo, en pie los esclavos sin pan. El 14 de julio cantaron todos juntos La marsellesa. Y el 19 de julio, d&iacute;a oscuro de recuerdos, des&shy;pu&eacute;s de un toque largo y lento de corneta, el campo guard&oacute; un minuto de silencio. Porque las noticias siguen llegando de Espa&ntilde;a. Cuenta Jordi &mdash;escribe Lalio en su diario&mdash; que las c&aacute;rceles de Espa&ntilde;a est&aacute;n llenas de gente y que la represi&oacute;n es m&aacute;s brutal que nunca. El paseo y el fusilamiento imperan en todo lo que se llama zona liberada. &iquest;Es posible que el odio siga arruinando a Espa&ntilde;a? No entendemos, no lo entenderemos nunca, c&oacute;mo despu&eacute;s de una victoria que ha costado tres a&ntilde;os de destrucci&oacute;n y muerte los triunfa&shy;dores se empe&ntilde;an en acumular venganzas.
    </p><p class="article-text">
        Lalio elige la esperanza. Muchos d&iacute;as, la esperanza se llama Silvia, una chica de diecisiete a&ntilde;os con la que se car&shy;tea. No la ha visto nunca. No la conoce en persona. Es una compa&ntilde;era de confinamiento de sus hermanas, que malviven en otro campo franc&eacute;s. Todo empez&oacute; con una primera carta, luego una foto. La de ella muestra a una asturianuca resalada, una chica guapa, con figura juncal, que sonr&iacute;e a la c&aacute;mara, ojal&aacute; a Lalio. Qui&eacute;n sabe c&oacute;mo es la foto que le env&iacute;a &eacute;l. Si esa que tiene como capit&aacute;n m&aacute;s joven de la Rep&uacute;blica, un santanderino apuesto con la gorra de plato la&shy;deada y la ilusi&oacute;n incrustada en los ojos claros, o la que podr&iacute;an hacerle ahora que su cuerpo no llega a los sesenta kilos y le ha ca&iacute;do el pelo de repente, dice el doctor Ceba&shy;llos que por culpa del choque nervioso y de los efectos devastadores del agua de la bomba en Argel&egrave;s. Esa calvicie repentina le est&aacute; sumiendo en la preocupaci&oacute;n y la tristeza. Don Luis, el barbero, le ha aconsejado que se frote el cuero cabelludo con la primera orina de la ma&ntilde;ana. Cada uno le sugiere un remedio. Pero nada, la calvicie prematura sigue ah&iacute;. Al final, el mejor consejo es el del vasco Toyos: resigna&shy;ci&oacute;n. Qu&eacute; importa la p&eacute;rdida de pelo si has conservado la vida, le recuerda el viejo socialista, camarada de ideal. Solo as&iacute; lo va asumiendo. Y pensando en ella, en Silvia, en las frases rom&aacute;nticas que se escriben, en ese momento de recibir la carta, de leerla y releerla en la barraca, de guardarla y volar en libertad, ya sin alambradas ni jaula azul mediterr&aacute;neo.
    </p><p class="article-text">
        Ahora, escribe Lalio, es ya una correspondencia amorosa, como si ambos necesit&aacute;ramos de ella. Idealizamos esta relaci&oacute;n con esa capacidad de ilusi&oacute;n sentimental que atiza la distancia y vive dentro de nosotros como una potencia secreta. El amor por carta es m&aacute;s intenso, porque estimula la imaginaci&oacute;n en un vuelo que no tiene l&iacute;mites. Adivinar su voz, su andar, su mirar: son inc&oacute;gnitas que multiplican la sensibilidad amorosa. La amo y quisiera romper todas las barreras que nos separan para estar jun&shy;tos, navegando hacia la aurora del ideal amoroso. En &eacute;l vivo; desde &eacute;l sue&ntilde;o. Igual que el pobre Iniesta fantaseaba con fugarse del campo, Silvia y Lalio fantasean con verse en los Campos El&iacute;seos y pasear de la mano los adoquines de Par&iacute;s. Sin embargo, est&aacute;n en los campos del cautiverio, los campos de concentraci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Lalio ya ha pasado por tres. Primero Argel&egrave;s. Luego Bacar&egrave;s. Ahora este de Saint&shy;-Cyprien. Lleva siete meses encerrado. Las horas de espera consumen, escribe en su diario. La miseria aplasta. Nadie pens&oacute; que la permanencia en los campos de concentraci&oacute;n se alargar&iacute;a tanto. Vivo un destino que me ha sido impuesto y con respecto al cual s&oacute;lo puedo manejar un arma, la de la esperanza, anota. A veces, esa esperanza reviste la forma de una figura alargada, un espectro. Lo ha descubierto gracias a aquel miliciano extreme&ntilde;o con el que se cruz&oacute; en Port&shy;-Vendres. A cambio de una cajetilla de tabaco le ofreci&oacute; ese libro que le est&aacute; transformando por dentro. No para de leerlo y releerlo. Hoy, en este lunes casi invernal de viento fr&iacute;o y mar picado, dentro de la barraca de Saint&shy;-Cyprien, bajo la luz del candil, Eulalio Ferrer, para todos Lalio, escribe: Don Quijote. Sue&ntilde;o con &eacute;l y me hace so&ntilde;ar. Es un personaje familiar al que creo saludar frecuentemente, de uno a otro campo, de una a otra alambrada. Baja del mito para ser un personaje que vive a nuestro lado, que nos acompa&ntilde;a en el drama de la subsistencia frente al ideal. Como don Quijote, no se puede ser hombre de ideales sin un &aacute;nimo invencible.
    </p><p class="article-text">
        Fuera de la barraca, el viento sigue soplando. Fr&iacute;o, molesto, pertinaz. Dentro de poco el candil se apagar&aacute;. Buenas noches, Lalio. Sigue so&ntilde;ando con ese pan largo, mitad de queso y mitad de chocolate. Nunca pares de so&ntilde;ar. So&ntilde;ar el sue&ntilde;o imposible, luchar contra el enemigo imposible, correr donde los valientes no se atrevieron, alcanzar la estrella inalcanzable. Ese es tu destino.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Paco Cerdá]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/once-dias-diez-noches-cortejo-fantasmagorico-cadaver-jose-antonio-primo-rivera_129_11646437.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 12 Sep 2024 09:20:32 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Once días y diez noches de cortejo fantasmagórico con el cadáver de José Antonio Primo de Rivera]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[José Antonio Primo de Rivera,Franquismo,Guerra Civil Española,Falange,Dictadura,cuelgamuros]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Cómo regalar un libro (y algunos libros para regalar)]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/libros/regalar-libro-libros-regalar_129_11309993.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/eb821f15-ae9d-48a4-96a6-48bdc6d12f60_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x502y568.jpg" width="1200" height="675" alt="Cómo regalar un libro (y algunos libros para regalar)"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Con originalidad, con cuidado (es decir, envuelto en papel de regalo), con dedicatoria y, sobre todo, pensando en quién es el otro y no en lo que te regalarías a ti mismo. Aquí te lanzamos algunas ideas originales e impertinentes para que nunca te quedes en blanco. Este artículo se publicó previamente en el número 42 de la revista de elDiario.es</p><p class="subtitle">25 novelas para entender nuestra realidad desde el año 2000 hasta el presente</p></div><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;"><strong>1. Haz que el libro sea el mensaje </strong></span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">El t&iacute;tulo, por ejemplo. </span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><em>La impaciencia del coraz&oacute;n,</em></span><span class="highlight" style="--color:transparent;"> de Zweig, es un buen cortejo. Pero atenci&oacute;n: este juego es perverso. Hay kamikazes con mala intenci&oacute;n. Hace poco me contaron un caso insuperable. Un gesto de hostilidad demostrado con el regalo de un libro. Eran navidades y un pariente le regal&oacute; a otro una Gu&iacute;a Campsa. Podr&iacute;a entenderse como una fr&iacute;a invitaci&oacute;n al turismo peninsular y a poner tierra de por medio. El problema es que la maldita gu&iacute;a era de 1993 y ya estaban en 1997. Declaraci&oacute;n de guerra. </span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">(</span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><strong>A un jefe</strong></span><span class="highlight" style="--color:transparent;">: </span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><em>Aprovecha el momento.</em></span><span class="highlight" style="--color:transparent;"> Este es un regalo en morse. Si quieres ser rebelde sin parecerlo, ah&iacute; va un consejo: </span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><em>Desde la oficina,</em></span><span class="highlight" style="--color:transparent;"> de Robert Walser (Siruela). El escritor suizo odiaba la castraci&oacute;n que supon&iacute;a el espacio cerrado y burocr&aacute;tico de la oficina. Una trituradora de sue&ntilde;os. Un vomitorio de disciplina y monoton&iacute;a. Y de obediencia al jefe. Ah&iacute; va uno de los retratos que hace Walser del oficinista: &ldquo;Cuando comparece ante su jefe, una furiosa reclamaci&oacute;n en la boca, espuma blanca en los labios temblorosos, &iquest;no es acaso la imagen de la mansedumbre misma? Una paloma no defender&iacute;a su derecho con mayor benevolencia y mansedumbre&rdquo;). </span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">(</span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><strong>A un compa&ntilde;ero de trabajo</strong></span><span class="highlight" style="--color:transparent;">, sigamos con Robert Walser, un esp&iacute;ritu libre y otro libro magn&iacute;fico para poner en su justo sitio el mundo del trabajo: </span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><em>Los Hermanos Tanner</em></span><span class="highlight" style="--color:transparent;"> (Siruela). Ah&iacute; va un fragmento: &ldquo;No tengo tiempo de quedarme en una sola y &uacute;nica profesi&oacute;n &mdash;replic&oacute; Simon&mdash;, y jam&aacute;s se me ocurrir&iacute;a, como a muchos otros, echarme a descansar en un oficio como en una cama de muelles. No, jam&aacute;s lo conseguir&iacute;a, ni aunque llegase a tener mil a&ntilde;os&rdquo;. &iquest;Por qu&eacute;? Simon lo explica de forma muy sencilla: &ldquo;No quiero un futuro, lo que quiero es un presente. Me parece m&aacute;s valioso. Solo se tiene un futuro cuando no se tiene un presente&rdquo;. </span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;"><strong>2. Dedicado por su autor favorito </strong></span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">&iquest;C&oacute;mo? Ve a una presentaci&oacute;n suya. Escr&iacute;bele a &eacute;l, a la editorial, a quien sea. Pers&iacute;guelo por la calle. Haz lo que sea, pero cons&iacute;guelo dedicado. Una opci&oacute;n para quien tenga la sangre fr&iacute;a: que lo dedique al final, en la &uacute;ltima p&aacute;gina, sin destapar t&uacute; el secreto. La sorpresa ser&aacute; insuperable. El regalo se dilata en el tiempo. Y sabr&aacute;s si de verdad lo ha le&iacute;do o no. </span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">(Si el regalo es </span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><strong>a un padre o a una madre</strong></span><span class="highlight" style="--color:transparent;">: Averigua qu&eacute; manual escolar utiliz&oacute; en su infancia. O cu&aacute;l fue el primer libro que recuerda haber le&iacute;do. O qu&eacute; colecci&oacute;n de tebeos era su preferida. Esos t&iacute;tulos jam&aacute;s se borran. B&uacute;scalos por Todocolecci&oacute;n o Wallapop. C&oacute;mpralo. D&aacute;selo bien envuelto. Cuando lo abra, todo un mundo renacer&aacute;). </span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">(</span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><strong>A un hijo</strong></span><span class="highlight" style="--color:transparent;">: </span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><em>La isla del Tesoro.</em></span><span class="highlight" style="--color:transparent;"> Tengo un amigo que le compra a su hijo todas las ediciones distintas que encuentra de este cl&aacute;sico de Stevenson, y el chico ya es mayor de edad. Lo le&iacute;an juntos cuando todos los tesoros estaban a&uacute;n por descubrir. Una maravillosa tradici&oacute;n. Podr&iacute;a hacerse con </span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><em>El principito.</em></span><span class="highlight" style="--color:transparent;"> O con cualquier otro libro que posea un valor sentimental. Es una forma de compartir una colecci&oacute;n. Un tesoro en tierra firme). </span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;"><strong>3. Importante: esm&eacute;rate en dedicar el libro </strong></span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">Trata de escribir en la dedicatoria lo que dir&iacute;as a la cara si no mediara la maldita verg&uuml;enza. </span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">(</span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><strong>A una persona que nunca lee</strong></span><span class="highlight" style="--color:transparent;">: Un gran reto. Ah&iacute; va una opci&oacute;n: </span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><em>La larga marcha,</em></span><span class="highlight" style="--color:transparent;"> de Stephen King (Debolsillo). Fue su primera novela. Es una competici&oacute;n donde cien caminantes toman la salida en unos Estados Unidos totalitarios y dist&oacute;picos. Quien deja de caminar es ejecutado. Quien resiste y gana la prueba puede pedir cualquier cosa que desee durante el resto de su vida. Engancha, hace pensar y se ve el talento desbordante del escritor de Maine. Una cr&iacute;tica a la sociedad del espect&aacute;culo. Una reflexi&oacute;n sobre la competitividad extrema). </span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">(</span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><strong>A un lector muy fino</strong></span><span class="highlight" style="--color:transparent;">: </span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><em>Libro del desasosiego,</em></span><span class="highlight" style="--color:transparent;"> de Fernando Pessoa, en portugu&eacute;s. Concretamente, en la preciosa y barata edici&oacute;n de Tinta da China. Es especial tener uno de los mejores y m&aacute;s desconocidos libros del siglo XX en su lengua original, tan bella y accesible. Si ya lo tiene, en esa edici&oacute;n no lo tendr&aacute;. Hay que escucharlo con m&uacute;sica de Carminho de fondo en un d&iacute;a que llueva pensando, eso s&iacute;, que todo es ficci&oacute;n). </span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;"><strong>4. &iquest;Cu&aacute;l fue el primer libro que le regalaste a tu pareja? </strong></span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">Han pasado muchos a&ntilde;os. &iquest;Y qu&eacute;? Vu&eacute;lveselo a regalar. Con una nueva dedicatoria. Escribe en los m&aacute;rgenes de cada p&aacute;gina vivencias compartidas. Mancha todo el libro. Que sea un ejemplar &uacute;nico. </span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">(</span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><strong>A una persona mayor</strong></span><span class="highlight" style="--color:transparent;">: </span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><em>El esp&iacute;ritu &aacute;spero, </em></span><span class="highlight" style="--color:transparent;">de Gonzalo Hidalgo Bayal (Tusquets). Es uno de los mejores escritores en espa&ntilde;ol. Barroco, profundo, ferlosiano: es decir, hondamente juguet&oacute;n. Sus libros </span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><em>Paradoja del interventor</em></span><span class="highlight" style="--color:transparent;"> y </span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><em>Campo de amapolas blancas</em></span><span class="highlight" style="--color:transparent;"> son preciosos. Es autor de dos libros descatalogados (escritos en 1988 y 1993) que Tusquets deber&iacute;a rescatar: </span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><em>M&iacute;sera fue, se&ntilde;ora, la osad&iacute;a</em></span><span class="highlight" style="--color:transparent;"> y </span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><em>El cerco oblicuo).</em></span><span class="highlight" style="--color:transparent;"> </span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;"><strong>5. Huye de las listas </strong></span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">Nada de premios. Nada de los m&aacute;s vendidos. Es demasiado vulgar. Gregarismo editorial. En Espa&ntilde;a, solo el 0,1% de los t&iacute;tulos publicados venden m&aacute;s de 3.000 ejemplares. Solo uno de cada mil. A veces, distinguirse pasa por ser de los del mont&oacute;n. </span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">(</span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><strong>A alguien a quien no conoces</strong></span><span class="highlight" style="--color:transparent;">: Importa tanto que le guste el libro como la imagen que el volumen dar&aacute; de ti. Algo demasiado liviano te arruina. Algo demasiado elevado te aleja y envanece. Ese libro ser&aacute; una tarjeta de visita. Regalar un libro que ya tiene es un sonoro fracaso. Hay que evitar algo </span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><em>mainstream.</em></span><span class="highlight" style="--color:transparent;"> Ah&iacute; va una opci&oacute;n: </span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><em>Un poco de azul en el paisaje, </em></span><span class="highlight" style="--color:transparent;">(Min&uacute;scula Ed.) del franc&eacute;s Pierre Bergounioux. Muy fino, introspectivo, po&eacute;tico. Ah&iacute; va otra: </span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><em>El reino de Celama</em></span><span class="highlight" style="--color:transparent;"> (Debolsillo), la trilog&iacute;a </span><a href="https://www.eldiario.es/cultura/libros/luis-mateo-diez-gana-premio-cervantes-2023_1_10664720.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><span class="highlight" style="--color:transparent;">del &uacute;ltimo Premio Cervantes</span></a><span class="highlight" style="--color:transparent;">, Luis Mateo D&iacute;ez. Prosas exquisitas. Po&eacute;tica del interior). </span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;"><strong>6. Regalo </strong></span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><em><strong>premium </strong></em></span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">Acompa&ntilde;a el libro de un separador de dise&ntilde;o, un cuaderno Moleskine o Leuchtturm1917 para tomar notas y un bol&iacute;grafo o una estilogr&aacute;fica Kaweco. Todo en el mismo paquete. Experiencia completa. </span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">(</span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><strong>A una maestra que empieza</strong></span><span class="highlight" style="--color:transparent;">: Vuelvo a Robert Walser, con su inolvidable t&iacute;tulo </span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><em>Jakob von Gunten,</em></span><span class="highlight" style="--color:transparent;"> una diatriba contra la ense&ntilde;anza apesebrada. El diario del entra&ntilde;able Jakob empieza as&iacute;: &ldquo;Aqu&iacute; se aprende muy poco, falta personal docente y nosotros, los muchachos del Instituto Benjamenta, jam&aacute;s llegaremos a nada, es decir que el d&iacute;a de ma&ntilde;ana seremos todos gente muy modesta y subordinada. La ense&ntilde;anza que nos imparten consiste b&aacute;sicamente en inculcarnos paciencia y obediencia, dos cualidades que prometen escaso o ning&uacute;n &eacute;xito&rdquo;. Hay otro libro que dan ganas de ser docente a cualquiera. </span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><em>Historia de una maestra,</em></span><span class="highlight" style="--color:transparent;"> de Josefina Aldecoa (Anagrama). Los maestros de la Rep&uacute;blica, el impacto humano de la guerra, la adversidad entera contra una persona con vocaci&oacute;n de ense&ntilde;ar). </span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">(</span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><strong>A un periodista</strong></span><span class="highlight" style="--color:transparent;">: Las peripecias del Watergate recogidas en </span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><em>El hombre secreto </em></span><span class="highlight" style="--color:transparent;">(In&eacute;dito Ed.), donde el legendario reportero Bob Woodward desnuda qui&eacute;n fue Garganta Profunda despu&eacute;s de que la exclusiva, celosamente guardada durante treinta a&ntilde;os por el Washington Post, fuera vendida por dinero a Vanity Fair: un final prosaico para una historia rom&aacute;ntica. Una met&aacute;fora de este tiempo) </span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;"><strong>7. Un regalo con chequera </strong></span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">Si sabes qu&eacute; autor le gusta mucho, c&oacute;mprale la colecci&oacute;n completa de sus libros. Por ejemplo, la biblioteca Garc&iacute;a M&aacute;rquez. Entera. A lo bruto. Da igual si ya tiene muchos de ellos: ser&aacute; una oportunidad de releerlos nuevos. Y si tienes que ir de uno en uno, incluso buscando por librer&iacute;as de segunda mano o robando en bibliotecas, mucho mejor: m&aacute;s m&eacute;rito y m&aacute;s emoci&oacute;n. </span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">(</span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><strong>A alguien de izquierdas</strong></span><span class="highlight" style="--color:transparent;">: Ah&iacute; van tres, para compensar sus convicciones: </span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><em>El fin del &lsquo;Homo sovieticus&rsquo;</em></span><span class="highlight" style="--color:transparent;"> (Acantilado), donde Svetlana Aleksi&eacute;vich refleja qu&eacute; pasa cuando se desmorona un mundo ut&oacute;pico en el interior de las almas; </span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><em>Barro m&aacute;s dulce que la miel</em></span><span class="highlight" style="--color:transparent;"> (La Caja books), una mirada a la Albania comunista hecha con gran estilo por Margo Rejmer (autora tambi&eacute;n de </span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><em>Bucarest); </em></span><span class="highlight" style="--color:transparent;">y </span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><em>Viaje a la aldea del crimen </em></span><span class="highlight" style="--color:transparent;">(Libros del Asteroide), que cuenta la matanza que en 1934 causaron las fuerzas del Gobierno de la Segunda Rep&uacute;blica con unos pobres desgraciados, magistralmente narrada por Ram&oacute;n J. Sender. La cara b de aquella idealizada rep&uacute;blica). </span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">(</span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><strong>A alguien de derechas</strong></span><span class="highlight" style="--color:transparent;">: Ah&iacute; van dos propuestas para equilibrar su mirada. </span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><em>Sostiene Pereira </em></span><span class="highlight" style="--color:transparent;">(Anagrama), de Antonio Tabucchi, y la trilog&iacute;a de </span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><em>M.</em></span><span class="highlight" style="--color:transparent;"> (Alfaguara) el colosal proyecto que ha escrito Antonio Scurati sobre Mussolini. Uno muestra la claustrofobia cotidiana de una dictadura cercana y desconocida. El otro ense&ntilde;a c&oacute;mo se engorda, crece y revienta el fascismo). </span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;"><strong>8. Prohibidos los autorregalos</strong></span><sup><span class="highlight" style="--color:transparent;">. </span></sup>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">No regales a tu pareja el libro que quieras leer t&uacute;. Es un regalo, no un plan de ahorro. </span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">(</span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><strong>A un adolescente que se acerca a la universidad</strong></span><span class="highlight" style="--color:transparent;">: Ese libro que empieza as&iacute;: &ldquo;Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querr&aacute;n saber es d&oacute;nde nac&iacute;, c&oacute;mo fue todo ese rollo de mi infancia, qu&eacute; hac&iacute;an mis padres antes de tenerme a m&iacute;, y dem&aacute;s pu&ntilde;etas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso. Primero porque es una lata, y, segundo, porque a mis padres les dar&iacute;a un ataque si yo me pusiera aqu&iacute; a hablarles de su vida privada&rdquo;. Ese arranque de </span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><em>El guardi&aacute;n entre el centeno </em></span><span class="highlight" style="--color:transparent;">(Alianza Ed), de J.D. Salinger, puede cambiar una vida. Al carajo con las notas. Al carajo con los </span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><em>likes. </em></span><span class="highlight" style="--color:transparent;">Viva Holden Caulfield: la mejor compa&ntilde;&iacute;a). </span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;"><strong>9. Siempre envuelto en papel de regalo </strong></span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">Las dos cosas. Nunca libro nuevo sin envolver. Y un aspecto importante: Mejor un libro fino que gordo si hay confianza; mejor gordo que fino si no la hay.</span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">(</span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><strong>A un aficionado a los deportes</strong></span><span class="highlight" style="--color:transparent;">: Un libro del checoslovaco Ota Pavel: </span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><em>El precio del triunfo</em></span><span class="highlight" style="--color:transparent;"> (Ed. Sajalin), donde retrata el factor humano de distintos deportistas, entre ellos Emil Z&aacute;topek. Para los enamorados del ciclismo, </span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><em>El Giro de Italia </em></span><span class="highlight" style="--color:transparent;">(Ed. del K.O.), las deliciosas cr&oacute;nicas de Dino Buzzati sobre la primera corsa rosa de la posguerra, con Italia destruida por las bombas y un pa&iacute;s arremolinado en torno a dos mitos: Coppi y Bartali. Y sobre f&uacute;tbol, un rara avis sobre </span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><em>M&aacute;gico Gonz&aacute;lez: El genio que quer&iacute;a divertirse</em></span><span class="highlight" style="--color:transparent;"> (Ed. Altamarea) de Marco Marsullo. Sale Camar&oacute;n y muchas noches cr&aacute;pulas de la bohemia gaditana. Muy bien escrito)</span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">(</span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><strong>A un amigo gay</strong></span><span class="highlight" style="--color:transparent;">: </span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><em>Deja de decir mentiras</em></span><span class="highlight" style="--color:transparent;"> (La Caja Books). A&ntilde;os 80. Francia. Un armario que no se abre. Un amor que no se olvida. Sus consecuencias a lo largo del tiempo. Una apasionada historia contra la intolerancia y la ocultaci&oacute;n de los sentimientos escrita por Philippe Besson). </span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;"><strong>10. Escr&iacute;bele un libro </strong></span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">De poemas. De aforismos. De fragmentos. Una sucesi&oacute;n de recuerdos compartidos. Una larga carta. Lo que sea. Puedes estar varios a&ntilde;os. El tiempo no es excusa. Ya lo terminar&aacute;s. Desde 50 p&aacute;ginas a las que sean. Compra un cuaderno y empieza. Y si quieres rozar el cielo, enc&aacute;rgale a una imprenta que lo maquete y que imprima dos ejemplares. Mi abuelo lo hizo y ten&iacute;a m&aacute;s de noventa a&ntilde;os. Ahora tiene 98. </span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">(</span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><strong>A un escritor en ciernes</strong></span><span class="highlight" style="--color:transparent;">: </span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><em>Zona de obras </em></span><span class="highlight" style="--color:transparent;">(Anagrama), de Leila Guerriero: qu&eacute; fuerza, cu&aacute;nta verdad, qu&eacute; frases tan pulidas. En una larga retah&iacute;la con consejos para ser periodista o escritora, subraya estos tres &uacute;ltimos: &ldquo;Tengan algo para decir. Tengan algo para decir. Tengan algo para decir&rdquo;). </span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">(</span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><strong>A ti</strong></span><span class="highlight" style="--color:transparent;">: Un capricho peque&ntilde;o y uno grande. El peque&ntilde;o: </span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><em>Buffalo Bill Romance,</em></span><span class="highlight" style="--color:transparent;"> un libro bellamente editado por Media Vaca. Una original historia escrita por Carlos P&eacute;rez con h&eacute;roes, villanos, poetas, aventureros, mujeres barbudas, gigantes y otros espec&iacute;menes de los zool&oacute;gicos humanos, esas ferias de monstruos ligadas al tr&aacute;nsito a la modernidad. El capricho grande: Lo has visto mil veces y nunca te has atrevido. Ya es hora: el estuche con dos vol&uacute;menes rojinegros de Acantilado con las Entrevistas de The Paris Review. Cien retratos literarios en forma de pregunta y respuesta a los m&aacute;s grandes de la segunda mitad del siglo XX. Hay un momento estelar en la primera entrevista, a William Faulkner. Pregunta: &ldquo;Hay quien dice que no entiende lo que usted escribe, ni siquiera despu&eacute;s de leerlo dos o tres veces. &iquest;Qu&eacute; les sugerir&iacute;a?&rdquo;. Respuesta: &ldquo;Que lo lean cuatro veces&rdquo;).&nbsp;</span>
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
            <iframe src="https://omny.fm/shows/un-tema-al-dia/pero-y-t-cu-ndo-lees/embed" allow="autoplay; clipboard-write" width="100%" height="180" frameborder="0" title="Pero y tú: ¿Cuándo lees?"></iframe>
    </figure>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Paco Cerdá]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/libros/regalar-libro-libros-regalar_129_11309993.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 22 Apr 2024 20:23:05 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Cómo regalar un libro (y algunos libros para regalar)]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Literatura]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Queridos papás]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/queridos-papas_129_10442241.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0596f80d-22d8-4267-963a-22a238ba869e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Queridos papás"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Tenía Enriquín veintidós años y toda la fe en el porvenir. Con ese ardor guerrero se había alistado voluntario para luchar en la Guerra Civil. Era noviembre del 38. Había cumplido los diecisiete y Barcelona estaba a punto de caer. Toda España estaba a punto de caer. Un mundo parecía a punto de caer. Pero él se alistó. Por los pájaros en la cabeza, seguramente, y por el ideal en el corazón</p><p class="subtitle">Este artículo forma parte de la revista 'Diez relatos de una década', exclusiva para socios y socias de elDiario.es. Recibe en casa uno de los últimos ejemplares en papel de regalo con un año de elDiario.es</p></div><p class="article-text">
        Valencia, 23 de enero de 1946. Queridos pap&aacute;s, hermanos y sobrinito, punto. Enrique levanta la pluma. Hace fr&iacute;o. Aqu&iacute; siempre hace fr&iacute;o los d&iacute;as de invierno. La humedad, las corrientes de aire, el hambre que todo lo malo acent&uacute;a. Y ese refr&aacute;n: San Miguel de los Reyes, patio de las tres palmeras, donde se mueren los hombres de sentimiento y de pena. &Eacute;l no. Todav&iacute;a no muere de pena. De momento pasa los d&iacute;as encerrado en una c&aacute;rcel hecha entera de piedra. Recluido tras unos muros de cuatro siglos a los que cerca una huerta parduzca y cubre un inmenso azul, un cielo alto moteado de aves libres en su migraci&oacute;n. &Eacute;l tambi&eacute;n migraba cuando perdi&oacute; la libertad. Cay&oacute; cautivo en la emboscada. Sus p&aacute;jaros anidaban en esa cabeza rotunda de pelo negro y tez cetrina. Una cara bella, bell&iacute;sima, remate perfecto para un cuerpo alto y fornido. La expresi&oacute;n iluminada en el rostro. Un semblante alargado que irradia fuerza, que centellea, que desprende el carisma de los veintitantos hasta en los trances m&aacute;s dif&iacute;ciles. Un guerrillero de postal. Entonces, cuando cay&oacute; cautivo y sus p&aacute;jaros perdieron el vuelo, se dispon&iacute;a a reconquistar Espa&ntilde;a en la mayor operaci&oacute;n del maquis: la invasi&oacute;n del valle de Ar&aacute;n. As&iacute; lo consignaba en su &uacute;ltima carta, la anterior a esta, dirigida a esos mismos padres a los que ahora escribe, pero enviada desde un pueblo franc&eacute;s cercano a la frontera espa&ntilde;ola. Undurein, 17 de octubre de 1944. Querid&iacute;simos pap&aacute;s, punto. Solo dos letras para daros mis noticias por medio de este compa&ntilde;ero que os llevar&aacute; mis papeles, pues all&aacute; lo que har&iacute;an ser&iacute;a comprometer, quiz&aacute;s, y nos han recomendado desprendernos de ello. Cuando recib&aacute;is esta ya os habr&eacute; escrito la tarjeta que os anuncio en mi anterior de despedida. No os hag&aacute;is mala sangre y tened confianza en el porvenir como yo mismo la tengo, escribi&oacute;. Sabed que no os separar&eacute;is de mi pensamiento y tanto en los buenos como en los malos momentos, mi pensamiento estar&aacute; puesto en vosotros y en los seres que m&aacute;s quiero. No puedo escribiros mucho, a&ntilde;ad&iacute;a Enrique, pues ahora me han pillado para trabajar en la cartograf&iacute;a estos d&iacute;as y a&uacute;n no s&eacute; a qu&eacute; hora me acostar&eacute; hoy. Dad mis noticias a Frater y decidle que tampoco a ella la olvidar&eacute; y que trabaje por todos los guerrilleros de la Uni&oacute;n Nacional, pues har&aacute; fr&iacute;o y necesitaremos de los esfuerzos de los que qued&eacute;is por esa. Estamos muy contentos y la moral es excelente. Todos estamos convencidos de la justa causa que vamos a luchar y vencer. Nada m&aacute;s, remataba la pluma: pensad mucho en m&iacute; como yo pensar&eacute; en vosotros y recibid todo el cari&ntilde;o de vuestro hijo, que no os olvidar&aacute; en ning&uacute;n momento. Vuestro, Enriqu&iacute;n. Ten&iacute;a Enriqu&iacute;n veintid&oacute;s a&ntilde;os y toda la fe en el porvenir. Con ese ardor guerrero se hab&iacute;a alistado voluntario para luchar en la Guerra Civil. Era noviembre del 38. Hab&iacute;a cumplido los diecisiete y Barcelona estaba a punto de caer. Toda Espa&ntilde;a estaba a punto de caer. Un mundo parec&iacute;a a punto de caer. Pero &eacute;l se alist&oacute;. Por los p&aacute;jaros en la cabeza, seguramente, y por el ideal en el coraz&oacute;n. A los pocos meses, sin embargo, solo quedaba la frontera, el camino del exilio y otros p&aacute;jaros volando libres por encima de aquella marea humana informe y trist&iacute;sima que serpenteaba caminos de derrota arrastrando el &aacute;nimo y los pies. Dos d&iacute;as andando y sin dormir entre monta&ntilde;as de fr&iacute;o y miseria. Un paso tras otro, un paso, otro, otro m&aacute;s, y todo lleno de interrogantes en la espalda. Su tierra, su casa, su familia. Todo atr&aacute;s. Aquello sucedi&oacute; en invierno. Muchos se quedaron en el camino, ateridos y desnutridos, agotados de tanto penar. &Eacute;l no. &Eacute;l resisti&oacute;. Y lleg&oacute; vestido de republicano al campo de concentraci&oacute;n de Argel&egrave;s-sur-Mer. Por favor, agua. Por favor, comida. Una nueva vida construida en Francia. Con su familia entera reagrupada en Manzat, un pueblo de mil quinientos habitantes rodeado de colinas suaves y monta&ntilde;as agrestes, donde la niebla matutina adensa la esencia rural de una vida rutinaria de &lsquo;bonjour&rsquo; y &lsquo;&ccedil;a va&rsquo; y g&oacute;ticas agujas como diapas&oacute;n sentimental. All&iacute;, en Manzat, quedaba a salvo de las represalias franquistas. Una nueva vida en la Auvernia francesa. Pero hasta en ese rinc&oacute;n, donde la intrahistoria suele ganar a la historia, donde nunca pasa nada, pas&oacute;. Las tropas alemanas del Tercer Reich invadieron el pueblo. Y la Gestapo requiri&oacute; a Enrique. Un visado cubano lo salv&oacute; de acabar en Alemania como mano de obra esclava. Pero no se march&oacute; a Cuba. Se ech&oacute; al monte. Con los maquis. Uno m&aacute;s. Muy contento. Con la moral excelente. Convencido de la justa causa que iba a luchar. Nada m&aacute;s. Y eso mismo sucedi&oacute;: nada m&aacute;s. &Eacute;l fue uno m&aacute;s. Solo eso. Uno m&aacute;s de todos aquellos maquis, peones idealistas que cruzaron la frontera para liberar a Espa&ntilde;a de la dictadura confiando en los aliados y en una insurrecci&oacute;n popular. Esa era la convicci&oacute;n: que la derrota fascista en la Segunda Guerra Mundial culminara con la derrota del franquismo. Esa era la idea. La Idea, siempre necesitada de manos que obren por ella. Y por ella cruz&oacute; Enrique la frontera tras enviar aquella carta a sus padres fechada en Undurein. Descrest&oacute; los Pirineos por el valle de Ar&aacute;n. Cada vez m&aacute;s cerca de La Idea, bella idea, te&oacute;rica idea. Y all&iacute; lo esperaban. Los maquis fueron perseguidos por la Guardia Civil en aquella larga noche. El grupo se dispers&oacute;. &Eacute;l y Camilo, los dos, dos guerrilleros acosados y sin amparo, se refugiaron en una peque&ntilde;a caba&ntilde;a. Acorralados bajo una luna silente. En soledad. Sin posibilidad alguna de escapar. Horas tensas, manto de estrellas y gritos, amenazas de guardiacivil. Al amanecer les lanzaron granadas. Era el &uacute;ltimo aviso. Iban a salir de all&iacute; vivos o muertos. Y ellos, Enrique y Camilo, aceptaron la rendici&oacute;n. Ese fue el principio del camino hasta llegar aqu&iacute;, a la prisi&oacute;n de San Miguel de los Reyes, Valencia. Esta es la primera carta dirigida a la familia despu&eacute;s de 463 d&iacute;as de silencio. C&oacute;mo se escribe esa carta con destino a Francia. Ese dec&iacute;amos ayer despu&eacute;s de tantas cosas, de tantos avatares, despu&eacute;s de tanto sufrimiento a solas. Enrique comienza abriendo el coraz&oacute;n. In&uacute;til deciros, empieza a escribir, lo que ha representado para m&iacute; saber que por fin estamos en contacto. Hemos escrito a dieciocho mil sitios, incluso hace unos d&iacute;as he probado el &uacute;ltimo medio: he escrito a Frater para ver si por casualidad &ndash;si no ella, alguien de all&iacute;&ndash; os daba noticias m&iacute;as, pues s&eacute; que la colonia continuaba all&iacute; todav&iacute;a hace unos meses. Esta ma&ntilde;ana ha venido la t&iacute;a Concheta tray&eacute;ndome la carta dirigida a ella por mam&aacute; y la foto de Adelita y Carlitos, que no me canso de mirarla, sobre todo el &lsquo;nano&rsquo;, que todos los que conocen aqu&iacute; a Ram&iacute;rez dicen que es &eacute;l clavado, como as&iacute; es la verdad. Lo &uacute;nico que siento es que me va a olvidar, con lo que lo quiere su t&iacute;o. Adelita como siempre tan bonita. Espero que me envi&eacute;is una familiar con Chiqui y todo. &iquest;Qu&eacute; se ha hecho de &eacute;l? Desde luego esta carta no s&eacute; c&oacute;mo saldr&aacute;, pues tengo tanta alegr&iacute;a y tantas cosas que deciros que todo va a ser un revuelto, pero es igual. La &uacute;nica pena que he tenido hasta ahora es saber que estabais sufriendo por m&iacute;. Sobre todo mam&aacute; las habr&aacute; pasado negras, anota. Cierra la frase y ese punto deja en el aire todo lo ocurrido desde su detenci&oacute;n. Mejor callarlo. Su traslado al penal de Torreros, prisi&oacute;n provincial de Zaragoza. Lleg&oacute; y le hicieron vaciar el zurr&oacute;n. Todav&iacute;a llevaba una bomba de mano. D&eacute;jala en el suelo, repet&iacute;a a gritos el carcelero. Lo metieron en una celda inmunda. Un v&aacute;ter sin cadena y un jerg&oacute;n impregnado por el sudor y la suciedad heredados de reo en reo. &Eacute;l, sin embargo, durmi&oacute;. Durmi&oacute; tres d&iacute;as seguidos. Uno, dos, tres. Su cuerpo estaba molido despu&eacute;s de tres semanas de monta&ntilde;a en monta&ntilde;a, de barranco en barranco, de combate en combate. Cuando despert&oacute;, una herida en el tal&oacute;n derecho lo hab&iacute;a dejado cojo. Se qued&oacute; tumbado en la cama. Sin salir del chabolo. Pensando en todas aquellas novelas que hab&iacute;a le&iacute;do sobre c&aacute;rceles y presos, con ese punto de hero&iacute;smo fatalista, tan de guerrillero de postal. De repente le abrieron la puerta de la celda y le arrojaron un pan. Un pan. Solo un pan. No solo de pan vive el hombre, escribi&oacute; Federico. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pedir&iacute;a un pan, sino que pedir&iacute;a medio pan y un libro, a&ntilde;adi&oacute; el poeta. A Enrique solo le dieron un pan. Bueno, dos. Ese fue el problema, que le dieron dos. Mientras se com&iacute;a el pan abrieron la puerta de nuevo y le arrojaron otro pan. Pero el carcelero vio que estaba comiendo. Que ya ten&iacute;a un pan. Enrique minti&oacute; y dijo que estaba mordiendo el del d&iacute;a anterior, que se lo hab&iacute;a guardado. La mentira no col&oacute;. Y la brutal bofetada, de cara a la pared, le ense&ntilde;&oacute; a d&oacute;nde hab&iacute;a llegado. Prisi&oacute;n de Torreros, centro para la represi&oacute;n de revolucionarios, maquis y anarquistas. Un lugar donde en la guerra se ajusticiaba a presos a garrote vil ante las tapias del cementerio vecino. El capell&aacute;n de la c&aacute;rcel, Gumersindo de Estella, ve&iacute;a a los reos caminar hacia la tapia, de madrugada, dando tumbos, rotos, enloquecidos, llenos de furor, sus ojos desorbitados, como carne de fusil, y o&iacute;a sus gritos desesperados y sus ayes, sus respiraciones fuertes, su estertor. Con estas mismas palabras &ndash;rotos, enloquecidos, llenos de furor, con sus gritos y sus ayes, con todo su estertor&ndash; lo describi&oacute; don Gumersindo en sus memorias secretas. La memoria de la prisi&oacute;n de Torreros, pura memoria del horror. Y all&iacute; se qued&oacute; Enrique. Dentro de esa mole sanguinaria. En el famoso quinto. El quinto sal&oacute;n, reservado a los reos peligrosos. Lleg&oacute; la Navidad y repartieron rancho extra. Cantaron villancicos, recitaron poemas, feliz 1945. Y enseguida empezaron los juicios. A &eacute;l le pusieron un abogado de oficio. Un teniente joven, rubio, que temblaba como un zagal mientras le&iacute;a la defensa. Sirvi&oacute; de poco. O de nada. El tribunal sentenci&oacute; la pena: doce a&ntilde;os y un d&iacute;a. Y el reloj comenz&oacute; a roer, lentamente, inexorablemente. Carcomiendo tiempo, vida, esperanza en el porvenir. C&oacute;mo tenerla. En las noches m&aacute;s t&eacute;tricas de Torreros se o&iacute;an unos gritos desgarrados de vivalarep&uacute;blica. Sal&iacute;an de las gargantas de aquellos que iban a ser fusilados. La despedida a los camaradas. Rotos, enloquecidos, llenos de furor. El nudo en la garganta en cada celda. La saliva tragada de los que se quedan. Pero de aquello es mejor no hablar, piensa Enrique en este mi&eacute;rcoles de enero, con la pluma en la mano y la humedad perforando cuatro siglos de piedra. Para qu&eacute;. Ya ha pasado aquel tiempo, aquellos siete meses en Torreros. Qu&eacute; se gana preocupando a la familia. Qu&eacute; se gana recordando el horror. Y entonces prosigue su carta. He estado en Zaragoza unos meses &ndash;as&iacute; lo dice: he estado en Zaragoza unos meses, y no hay mayor elipsis que esa ni mayor valent&iacute;a sin postal&ndash; con el hermano de Maruja, la de Davayat, que a&uacute;n est&aacute; all&iacute;; escrib&iacute; al Riquet y &eacute;l fue quien habl&oacute; con la t&iacute;a Joaquina y esta, a su vez, de paso para el pueblo, me puso en contacto con los de aqu&iacute;, que inmediatamente respondieron todos como un solo hombre. Esto es una universidad, a&ntilde;ade en referencia a su nueva prisi&oacute;n. Estudio f&iacute;sica, taquigraf&iacute;a, &aacute;lgebra, trigonometr&iacute;a, ingl&eacute;s y alem&aacute;n, y no tengo tiempo para rascarme. Me dedico tambi&eacute;n a buscar refranes aut&eacute;nticamente espa&ntilde;oles: Me port&eacute; como quien soy... Genio y figura... Si cumpl&iacute; con mi deber... Quiero decir con todo esto que estoy bien. Adem&aacute;s, yo s&eacute; que el t&iacute;o Jos&eacute;, aunque nunca me dice nada, no me olvida y est&aacute; tratando mi situaci&oacute;n, pues ya sab&eacute;is la gran influencia que tiene. La yaya ha sido tambi&eacute;n hasta ahora una inc&oacute;gnita, pues del hospital contestaron que hab&iacute;a salido en agosto del 44 y de la casa del t&iacute;o no contestaron. Ya enviar&eacute;is las se&ntilde;as. En Zaragoza estuve con uno que estuvo con el t&iacute;o Paco en el hospital hasta &uacute;ltima hora, o sea, hasta que le dieron el alta. Contadme cosas de todos los amiguetes, a&ntilde;ade Enrique. &iquest;Hab&eacute;is ido por casualidad a Grenade? &iquest;Cu&aacute;ntas novias se me han casado? Y mi Sol, &iquest;cu&aacute;ntos cuernos me ha puesto? Y Gasc&oacute;n, &iquest;qu&eacute; hace por esa? Aqu&iacute;, prosigue Enrique, ya os digo: comer, dormir, estudiar, decir insensateces de vez en cuando y &lsquo;ne pas s&rsquo;en faire&rsquo;. A veces recuerdo, como en un sue&ntilde;o, que a&uacute;n hay farolas, cabecitas rubias y tiendas de ultramarinos. Pero son pocas y pasan r&aacute;pidamente esas visiones. Esto parece la torre de Babel. Se habla en castellano, catal&aacute;n, valenciano, patu&eacute;s, franc&eacute;s, ingl&eacute;s, alem&aacute;n, italiano, polaco, etc. Pero todos nos entendemos. 
    </p><blockquote class="quote">

    
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      <p class="quote-text">A veces recuerdo, como en un sueño, que aún hay farolas, cabecitas rubias y tiendas de ultramarinos. Pero son pocas y pasan rápidamente esas visiones</p>
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  </blockquote><p class="article-text">
        Se canta en todos esos idiomas tambi&eacute;n: tangos llorones, &lsquo;can&ccedil;onetes&rsquo; cursis, javas tontas y farrucas bullangueras. Se oyen &lsquo;jip&iacute;os&rsquo; por todas partes y alguna que otra cancioncilla rocinesca. A&ntilde;oro mucho la guitarra, que espero que me traer&aacute; pap&aacute; como me prometi&oacute;. Vamos al cine y a misa todos los domingos y dem&aacute;s fiestas de guardar. Han pasado adem&aacute;s por aqu&iacute;, desde que estoy yo, una banda del empastre, que nos desternillamos de risa, y un circo. Tenemos una hermosa orquesta de esas de bombo y platillo que a veces hasta lo hacen bien, una rondalla de bandurrias y guitarras, un cuadro art&iacute;stico, una escuela, una biblioteca y un campo para jugar al b&aacute;squet, y vengan d&iacute;as y m&aacute;s d&iacute;as, esto es Jauja. Jauja, dice. Ha escrito Jauja. Est&aacute; en la c&aacute;rcel. Fue apresado hace quince lunas. Arrastra una pena de doce a&ntilde;os y un d&iacute;a. Y ha escrito que est&aacute; en Jauja. Queridos pap&aacute;s, hermanos y sobrinito: estoy en Jauja. Estudiando, divirti&eacute;ndome, ri&eacute;ndome. El cine, el circo. Buenos d&iacute;as, princesa: La vida es bella. Esto es Jauja. Y los vivalarep&uacute;blica de quienes iban a ser fusilados en la madrugada. Y la derrota en la Guerra Civil, los pasos tristes del exilio, la cola para el agua en Argel&egrave;s-sur-Mer, &lsquo;s&rsquo;il vous pla&icirc;t&rsquo;, la Gestapo motorizada en Manzat, la huida al monte con los maquis, la invasi&oacute;n pirenaica con la bota da&ntilde;&aacute;ndole el pie, las granadas de mano bajo una luna callada, hostil, &uacute;ltima luna en libertad. Y la bofetada, el juicio y las vejaciones relamidas sobre un maloliente jerg&oacute;n. Y la memoria de Torreros. Y este largo invierno encerrado en San Miguel de los Reyes, patio de las tres palmeras, donde se mueren los hombres de sentimiento y de pena. De todo eso nada. Esto es Jauja, escribe hoy, 23 de enero del 46. Y no sabe que pasar&aacute;n dos a&ntilde;os y el 15 marzo del 48 su tono cambiar&aacute;: Queridos hermanos, punto. Lo &uacute;nico que me aterra es estar diez o quince a&ntilde;os sin veros, solo, sin poder dedicar mi atenci&oacute;n a lo que vosotros por tenerlo ya solucionado le dais menos valor o no os dais cuenta de ello, mi hogar. El porvenir os sonr&iacute;e igual que a m&iacute;, con la sola diferencia de que vuestro presente es infinitamente m&aacute;s soportable que el m&iacute;o. Lo &uacute;nico que me consume la sangre es pensar que voy a estar tantos a&ntilde;os separado de vosotros, pues ya van para cuatro. Y no sabe, al fin, que pasar&aacute;n casi cuatro a&ntilde;os y el 4 de septiembre del 49 escribir&aacute;: Mis muy queridos padres y dem&aacute;s familia, punto. &iquest;Qu&eacute; me importa lo que pueda ocurrirme ahora? Lo importante es pasar esta mala racha, ya que el resultado es inexorable. Tengo muchas ganas de poder contaros todos los detalles de esta vida tan igual todos los d&iacute;as y todos los d&iacute;as tan distinta, tan mon&oacute;tona y tan agitada a la vez. Quiz&aacute;s no lo comprend&aacute;is del todo, pero aqu&iacute; se aprende mucho a comprender, a esperar, a odiar y a amar, y todo ello con todas las fibras de nuestro ser. Quien no haya pasado por aqu&iacute; no puede saber lo que es la paciencia y el coraje, la confianza y la esperanza. Os besa a todos y os quiere de todo coraz&oacute;n vuestro Enriqu&iacute;n. Nada de todo eso sabe Enrique Carreras Taur&aacute;, nacido el 9 de noviembre de 1921 en Barcelona, para todos Enriqu&iacute;n, tez morena y brazos fornidos, guerrillero de postal. Tampoco sabe que saldr&aacute; de la c&aacute;rcel antes de lo previsto, en agosto de 1950, tras serle rebajada la pena por buen comportamiento. Siempre sue&ntilde;a con ese momento. Se imagina saliendo de los muros de piedra con una frase cincelada en el cerebro. Un verso de la Marsellesa: &lsquo;Libert&eacute;, libert&eacute; ch&eacute;rie&rsquo;. Libertad querida, amada libertad. No ser&aacute; as&iacute;. Ese d&iacute;a de la libertad, ya entrada la noche, pensar&aacute; en cualquier cosa mundana. La &eacute;pica es para las novelas, para los aut&eacute;nticos guerrilleros de postal. Para aquellos so&ntilde;adores que entraron en la c&aacute;rcel creyendo que saldr&iacute;an de ella por la puerta grande, con la liberaci&oacute;n de la noche franquista. Pero no. No ser&aacute; as&iacute; su salida de prisi&oacute;n en una suave noche de agosto. Despu&eacute;s de cenar, a eso de las once, y tras ser manteado por los compa&ntilde;eros de prisi&oacute;n, Enrique saldr&aacute; con casi treinta a&ntilde;os a una Valencia negra, oscura y franquista. Ni libertad querida ni amada libertad. Como en un t&uacute;nel del tiempo, cruzar&aacute; la huerta parduzca bajo un cielo negro para adentrarse, de nuevo, en los a&ntilde;os veinte. En una c&aacute;rcel m&aacute;s grande y con muchos m&aacute;s carceleros, una tierra tan distinta a Francia. Una Espa&ntilde;a negra de brazo en alto y sacrist&iacute;a. Donde las piquetas de los gallos cavan buscando la aurora. Una pena de cauce oculto y madrugada remota. Pero nada de ello sabe el reo Carreras en esta primera carta escrita desde San Miguel de los Reyes, all&iacute; donde dicen que se mueren los hombres de sentimiento y de pena. Por ello, aprieta la pluma como empu&ntilde;&oacute; el arma en la Guerra Civil y ante los nazis en Francia, sin matar jam&aacute;s a nadie, y remata la carta. Y ahora, escribe Enrique con delicadeza, unas letras exclusivas para mam&aacute;. Yo s&eacute; que t&uacute; eres la que m&aacute;s has sufrido y puedes estar segura de que es lo &uacute;nico que me ha amargado la existencia. Comprendo tu emoci&oacute;n y alegr&iacute;a al tener mis noticias, y fig&uacute;rate la m&iacute;a al quitarme ese peso de encima. M&aacute;s de una vez habr&aacute;s recordado la poes&iacute;a que te dediqu&eacute;, le dice a mam&aacute;. Vu&eacute;lvela a leer sin miedo, pues lo que ayer sali&oacute; del coraz&oacute;n est&aacute; todav&iacute;a en &eacute;l. No he cambiado para nada. Lee la estrofa que empieza as&iacute;: &ldquo;Que si un d&iacute;a vas...&rdquo;. Y piensa que hay millones de madres que quisieran estar en tu lugar. Y a ti, pap&aacute;, tampoco te olvido, pues comprendo que habr&aacute;s tenido que ahogar todo tu dolor para disimularlo delante de ella y darle unos &aacute;nimos que quiz&aacute;s t&uacute; no ten&iacute;as. Nada m&aacute;s, un mill&oacute;n de besos a Carlitos, del cual no me olvido un instante, y a vosotros todo el inmenso cari&ntilde;o de vuestro hijo y hermano. Contadme algo de vuestra vida. &iquest;Qu&eacute; hace Antonio? &iquest;Y los pap&aacute;s, a&uacute;n cobran la prestaci&oacute;n del que se fue a la guerra? Firmado, Enriqu&iacute;n.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Paco Cerdá]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/queridos-papas_129_10442241.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 16 Aug 2023 21:15:03 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Queridos papás]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Relato,Relato corto,Guerra Civil Española,Exilio,Memoria Histórica]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Diccionario del interior]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/diccionario-interior_129_9187864.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/70d15731-416e-48ba-8162-7a0a72371260_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Diccionario del interior"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Un itinerario alfabético, a modo de carretera (secundaria, por supuesto), recorre los hitos de la España vacía y se detiene a reflexionar sobre las variadas facetas del sentir rural</p><p class="subtitle">Este artículo pertenece a la revista 'El grito de la España interior' de elDiario.es. Hazte socia o socio antes del lunes y te enviamos de regalo dos de nuestras revistas monográficas</p></div><h3 class="article-text">a</h3><p class="article-text">
        <strong>Am&eacute;rica.</strong> Las llaman &lsquo;blue highways&rsquo;: carreteras azules. Con ese color aparec&iacute;an trazadas en los mapas viejos de Estados Unidos cuando a&uacute;n se usaban mapas y alguien quer&iacute;a desviarse del camino. William Least Heat-Moon lo hizo. Estaba reci&eacute;n divorciado y acababa de perder su empleo de profesor. Una noche tuvo una idea. Y la cumpli&oacute;: cogi&oacute; su camioneta y recorri&oacute; 20.000 kil&oacute;metros por la otra Am&eacute;rica. La rural, la interior, la invisible. La Am&eacute;rica de las carreteras azules. Borde&oacute; todo el per&iacute;metro de los Estados Unidos entrando en esos lugares en los que, al pasar cerca, uno piensa c&oacute;mo debe de ser vivir aqu&iacute; dando un vistazo de curiosidad y temor. Por la noche, William dorm&iacute;a en la parte trasera de la furgoneta. Durante el d&iacute;a, conduc&iacute;a y entraba en pueblos con nombres po&eacute;ticos como Remote (Oreg&oacute;n), Simplicity (Virginia), New Hope (Tennessee) o Whynot (Misisipi). Acodado en la barra de bares en penumbra, respond&iacute;a a la pregunta b&aacute;sica en aquel mundo perdido: &lsquo;What is your story?&rsquo;. Es decir: de d&oacute;nde vienes, a qu&eacute; te dedicas, qui&eacute;n eres. Cu&aacute;l es tu historia. William lleg&oacute;, vio y escuch&oacute;. Aquel viaje dio como fruto un libro cl&aacute;sico: &lsquo;Carreteras azules. Un viaje por Estados Unidos&rsquo; (editado en Espa&ntilde;a por Capit&aacute;n Swing). Cuarenta a&ntilde;os antes del trumpismo, alguien ya detect&oacute; que la Am&eacute;rica interior hab&iacute;a sido olvidada. Subrayo una frase: La cuarta dimensi&oacute;n del viajero no es el tiempo, sino el cambio. Conclusi&oacute;n: Para entender, ver.
    </p><h3 class="article-text">b</h3><p class="article-text">
        <strong>Bucolismo.</strong> Con &lsquo;Walden&rsquo;, Thoreau hizo mucho bien: contribuy&oacute; a elevar la imagen de la vida sencilla en la naturaleza. Cuando somos pausados y sabios &ndash;escribe Thoreau&ndash; percibimos que solo las cosas grandes y dignas tienen una existencia permanente y absoluta, que los temores mezquinos y los placeres mezquinos no son sino la sombra de la realidad. Muy evocador. Con &lsquo;Walden&rsquo;, Thoreau, y sus ap&oacute;stoles epigonales, tambi&eacute;n hicieron mucho da&ntilde;o: impregnaron de bucolismo la vida en los pueblos poco habitados. Es un error estereotipar el interior despoblado con las bondades de un &lsquo;locus amoenus&rsquo;: naturaleza, libertad, calma. Tambi&eacute;n lo es dibujarlo como un lugar inh&oacute;spito, anacr&oacute;nico, condenado. &iquest;Entonces? Simplemente, ser honestos: mostrar que esta tierra surcada por el silencio atesora enormes valores, pero que tambi&eacute;n encierra un conflicto latente.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text">c</h3><p class="article-text">
        <strong>Campesinos. </strong>Hay una confusi&oacute;n que chirr&iacute;a, que ya cansa. No todo aquello que no es ciudad es campo ni est&aacute; despoblado. Hay ciudades, pueblos grandes, pueblos peque&ntilde;os, pueblos en proceso de despoblaci&oacute;n y pueblos ya deshabitados. Y no todos tienen campo o &ndash;mejor dicho&ndash; viven del campo. Hay un libro profundo, culto y bellamente escrito: &lsquo;Vidas a la intemperie&rsquo; (Pepitas), de Marc Badal. Disecciona una historia, no necesariamente amarga siempre: la desaparici&oacute;n del campesinado. Lleva raz&oacute;n Badal: La mirada urbana ha escrito la historia. Ha determinado lo relevante y lo memorable. Tambi&eacute;n sobre el campesinado. Tambi&eacute;n con su raci&oacute;n de Ed&eacute;n y nostalgia &lsquo;post mortem&rsquo;. Tambi&eacute;n con im&aacute;genes distorsionadas de sus difamadores y sus falsos aduladores.
    </p><h3 class="article-text">d</h3><p class="article-text">
        <strong>Despoblaci&oacute;n.</strong> Eso pensaba yo: escribir un libro period&iacute;stico con las voces de la despoblaci&oacute;n europea m&aacute;s extrema. El resultado fue algo distinto. Porque el m&iacute;o no fue solo un viaje de 2.500 kil&oacute;metros por las tierras espa&ntilde;olas m&aacute;s deshabitadas. Eso pensaba yo. Pero no. Fue tambi&eacute;n un descenso a la soledad, al silencio, a la capacidad de lucha y resistencia, al poder de la utop&iacute;a, al anarquismo &eacute;tico, al anticapitalismo sin pancarta. Todo eso lo vi en un monasterio burgal&eacute;s apartado, en un campo de f&uacute;tbol regional conquense, en una aldea riojana sin electricidad, en un aula rural aragonesa. Siempre en min&uacute;sculas, sin teor&iacute;as.
    </p><h3 class="article-text">e</h3><p class="article-text">
        <strong>Espa&ntilde;a. </strong>Preocupa Catalunya. Se rompe Espa&ntilde;a. Pulseras rojigualdas. Odio para zurcir un pa&iacute;s. Y mientras, el dinosaurio sigue ah&iacute;: un pa&iacute;s fracturado por su interior. La investigadora Pilar Burillo lo llam&oacute; &lsquo;demotanasia&rsquo;: la desaparici&oacute;n lenta y silenciosa de la poblaci&oacute;n de un territorio. Con mapas, excels y paciencia, Burillo la ha ido radiografiando. El 54% del territorio espa&ntilde;ol &ndash;4.375 municipios en total&ndash; tiene una densidad de poblaci&oacute;n inferior a 12,5 habitantes por kil&oacute;metro cuadrado. Por debajo de 10 ya se considera desierto demogr&aacute;fico. Madrid tiene 5.266 hab/km2. La mancha de la Serran&iacute;a Celtib&eacute;rica &ndash;la Laponia del sur&ndash; sigue erizando la piel: 1.311 municipios repartidos entre las provincias de Teruel, Zaragoza, Cuenca, Guadalajara, Burgos, Segovia, Soria, Castell&oacute;, Val&egrave;ncia y la Rioja. De esos 1.311 municipios unidos, solo cuatro superan los 10.000 habitantes (Teruel, Soria, Cuenca y Calatayud). En un territorio que dobla en extensi&oacute;n a Catalunya o a B&eacute;lgica, solo hay empadronadas 460.000 personas. Que vivan all&iacute; todo el a&ntilde;o, quiz&aacute; ser&aacute;n la mitad. En cambio, de los balcones cuelgan banderas. Y lo que preocupa es Catalunya. A por ellos. &iquest;Espa&ntilde;a? Mejor que lo llamen dinero. O bilis.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text">f</h3><p class="article-text">
        <strong>Futuro.</strong> Hay un giro copernicano. Sucede cuando la mirada deja de centrarse en el futuro &ndash;cu&aacute;ntos pueblos desaparecer&aacute;n, cu&aacute;ntos habitantes perder&aacute;n, cu&aacute;ndo se ir&aacute; el &uacute;ltimo vecino, qu&eacute; porvenir aguarda al interior&ndash; para fijarse en el presente &ndash;qu&eacute; desigualdades sufren hoy estas poblaciones, qu&eacute; derechos constitucionales son incumplidos all&iacute;, c&oacute;mo puede mejorarse la vida de sus gentes. No es el futuro; es, sobre todo, el presente. Que un pueblo desaparezca dentro de 30 a&ntilde;os es un drama. Que un pueblo y sus gentes agonicen hoy es un drama mayor. Hay otro giro copernicano: no hablar del padr&oacute;n de Bubierca; hablar de Antonio Monreal.
    </p><h3 class="article-text">g</h3><p class="article-text">
        <strong>Gancedo.</strong> Prudencia, Progreso, Juana, Higinio, Rafel, Babil, Txantxa, Crisp&iacute;n, Exuperio. Los nombres que desfilan por &lsquo;Palabras mayores&rsquo; (Pepitas) son una declaraci&oacute;n de intenciones de esta joya de papel. El periodista leon&eacute;s Emilio Gancedo a&uacute;na los cinco sentidos del buen cronista: o&iacute;do paciente, mirada noble, piernas incansables, lengua exquisita y gran coraz&oacute;n. Su largo viaje por la memoria rural de este pa&iacute;s diverso, &uacute;nica Espa&ntilde;a real, es una lumbre, d&eacute;bil pero viva, entre tanta oscuridad. Un filand&oacute;n itinerante escrito para perdurar, no para retuitear. Quedar&aacute;.
    </p><h3 class="article-text">h</h3><p class="article-text">
        <strong>&lsquo;Highlands&rsquo;.</strong> Son las Tierras Altas de Escocia, uno de los pocos lugares donde el invierno demogr&aacute;fico no solo se ha frenado, sino que se ha revertido. M&aacute;s habitantes, m&aacute;s servicios, m&aacute;s futuro. Lo han hecho a trav&eacute;s de una Agencia de Desarrollo Territorial, activa desde 1965, que est&aacute; financiada con fondos p&uacute;blicos pero que es aut&oacute;noma, est&aacute; despolitizada, trasciende legislaturas y funciona alejada de las capitales e implantada en el territorio despoblado. Sin despotismos ilustrados.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text">i</h3><p class="article-text">
        <strong>Ind&iacute;genas.</strong> Que Joe Sacco es uno de los grandes reporteros del presente est&aacute; fuera de discusi&oacute;n. Su trabajo tiene una virtud: invita a una lectura lenta y envolvente, no la fugaz y epid&eacute;rmica que hoy abunda. Su &uacute;ltimo libro se titula &lsquo;Un tributo a la tierra&rsquo; (Reservoir books). Es la cr&oacute;nica dibujada del genocidio de la cultura ind&iacute;gena del noreste de Canad&aacute; y de la tierra que habitan los denes. P&aacute;gina 69: se recuerda la propuesta en los a&ntilde;os 70 de hacer un gaseoducto que atravesara el valle del r&iacute;o Mackenzie. Hubo una investigaci&oacute;n y prestaron declaraci&oacute;n algunos representantes nativos. Declara Frank T&rsquo;Seleie, del Fort Good Hope: Estamos despertando y descubriendo que, dejando a un lado los folletos vistosos y las promesas, dejando a un lado las sonrisas y las palmaditas en la espalda, dejando a un lado la palabrer&iacute;a amable, lo que en realidad est&aacute; haciendo su naci&oacute;n es destruirnos. Declara Richard Nerysoo, del Fort McPherson: Para nosotros el progreso implica ser personas m&aacute;s sabias. Implica estar en contacto estrecho con la tierra y la naturaleza. En cambio, el gaseoducto implica la llegada de m&aacute;s blancos seguidos todav&iacute;a de m&aacute;s blancos. Apartan a los indios y luego se lo quedan todo.
    </p><h3 class="article-text">j</h3><p class="article-text">
        <strong>Juanito.</strong> Setenta y siete a&ntilde;os, estatura corta, muleta en el brazo derecho, gorra vieja, zapatones gruesos para un paso lento, dedos encorvados, manos trabajadas, barba cana de tres d&iacute;as y ojos acuosos que mojan una mirada humilde, libre, an&aacute;rquica; de quien sabe m&aacute;s de lo que aparenta. Sus abuelos vivieron en Sesga. Sus padres vivieron en Sesga. &Eacute;l ha vivido en Sesga, una aldea en el conf&iacute;n interior de Val&egrave;ncia. Dice: Yo no soy para estar bajo amo. No soy para trabajar en un sitio del que te despachen por llegar tarde y adonde no puedas ni hacer la siesta. No, en amo no. Yo aqu&iacute; he estado siempre libre. Para m&iacute; s&iacute; que son esclavos en las ciudades, dice. A muchos les parece que viven mejor. Pero yo, de criado, cuanto m&aacute;s lejos mejor. No he sido rico, pero no he pasado hambre ni me ha faltado nada. Y si a otros les gustan las hipotecas, a m&iacute; no. Yo nunca he tenido ninguna ni me ha gustado deber. Si no tienes dinero, vale m&aacute;s aguantarse en casa y no contender con nadie. A m&iacute; no me cogen. Dice todo eso. Y sonr&iacute;e.
    </p><h3 class="article-text">k</h3><p class="article-text">
        <strong>Kapu&#347;ci&#324;ski.</strong> &lsquo;&Eacute;bano&rsquo; (Anagrama), el gran libro del reportero polaco sobre las tierras y las gentes africanas, se abre con una reflexi&oacute;n. Solo por una convenci&oacute;n reduccionista, por comodidad, decimos &ldquo;&Aacute;frica&rdquo;. En la realidad, salvo por el continente geogr&aacute;fico, &Aacute;frica no existe, escribe Kapu&#347;ci&#324;ski. Es demasiado grande y heterog&eacute;nea como para que haya una &Aacute;frica. Lo mismo con el interior.
    </p><h3 class="article-text">l</h3><p class="article-text">
        <strong>Literatura.</strong> Hay libros que no viajan por el interior, sino que penetran en el interior. Destaco dos novelas magistrales en espa&ntilde;ol. Una es previsible: &lsquo;La lluvia amarilla&rsquo; (Seix Barral), de Julio Llamazares, el libro que m&aacute;s ha concienciado sobre el sentimiento de desolaci&oacute;n que deja tras de s&iacute; la despoblaci&oacute;n. La otra es la trilog&iacute;a &lsquo;El reino de Celama&rsquo; (C&aacute;tedra), de Luis Mateo D&iacute;ez. Especialmente, su primer volumen: &lsquo;El esp&iacute;ritu del p&aacute;ramo&rsquo;. Las completo con dos obras de pa&iacute;ses vecinos. La primera es &lsquo;Humus&rsquo; (Luis Revenga Ediciones), del portugu&eacute;s Raul Brand&atilde;o: una exigente cima literaria&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ndash;fragmentaria, densa, l&iacute;rica&ndash; que sumerge al lector en la peor cara de los ambientes rurales cerrados. La segunda es &lsquo;Un poco de azul en el paisaje&rsquo; (Min&uacute;scula), del franc&eacute;s Pierre Bergounioux: un libro brev&iacute;simo que jam&aacute;s me canso de recomendar por su car&aacute;cter introspectivo, su luz oto&ntilde;al y esa po&eacute;tica sinest&eacute;sica que envuelve sombras y silencios. Todas ellas guardan en com&uacute;n un lenguaje exquisito, una enorme sensibilidad y la esencia del humanismo: esa necesidad de saber del otro, de sentir con el otro.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text">m</h3><p class="article-text">
        <strong>Mineros</strong>. Hubo una Espa&ntilde;a negra en el interior: la de las minas de carb&oacute;n. Ya no la hay. Solo un pozo sigue abierto en todo el pa&iacute;s: la Nicolasa, en Mieres (Asturias). La periodista Noem&iacute; Sabugal, biznieta, nieta e hija de mineros de coraz&oacute;n tiznado, dice que es miope. Sin embargo, ha tenido una vista literaria de lince. En el fondo de esos pozos mineros clausurados quedaba algo que nadie hab&iacute;a visto: una gran historia. Ella la ha sabido rescatar. &lsquo;Hijos del carb&oacute;n&rsquo; (Alfaguara) mezcla la cr&oacute;nica period&iacute;stica, el ensayo documentado, las conversaciones con viejos mineros y una autobiograf&iacute;a sentimental que emociona. Su viaje por Asturias, Le&oacute;n, Galicia, Palencia, C&oacute;rdoba o Teruel, donde el pico y la pala dejaron de percutir en s&iacute;stole y di&aacute;stole, refleja el fin de otro mundo acechado por la desmemoria.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text">n</h3><p class="article-text">
        <strong>Nostalgia. </strong>Cuando no es de uno, sino prestada &ndash;y eso es la nostalgia rural en muchos casos&ndash;, es que la melancol&iacute;a es cultural, civilizacional.
    </p><h3 class="article-text">&ntilde;</h3><p class="article-text">
        <strong>&Ntilde;us</strong>. Al comienzo del verano, un mill&oacute;n y medio de &ntilde;us protagonizan la migraci&oacute;n m&aacute;s grandiosa de &Aacute;frica. Son viajes de mil kil&oacute;metros en busca de pastos m&aacute;s verdes. Recuerda a los urbanitas que, con las vacaciones, buscan el sosiego del pueblo. Lo rural y natural como clich&eacute; de la calma. Como si all&iacute; nadie trabajara el doble por la mitad. Pobres &ntilde;us viajeros.
    </p><h3 class="article-text">o</h3><p class="article-text">
        <strong>Otredad.</strong> Concepto b&aacute;sico en antropolog&iacute;a: reconocer al otro como un individuo diferente y ajeno a la propia comunidad. Al asumir la existencia de un otro, uno asume su identidad. Pregunta: &iquest;sigue habiendo una identidad rural en este mundo de TikTok y Amazon? &iquest;Hay otredad en el interior?
    </p><h3 class="article-text">p</h3><p class="article-text">
        <strong>Poetas.</strong> Ah&iacute; va un doble sacrilegio: traducir a Vicent Andr&eacute;s Estell&eacute;s, el mayor poeta valenciano del siglo XX, y desversificar un fragmento de su extraordinario &lsquo;Coral romput&rsquo; (Tresiquatre): Hay poetas que cuando se disponen a escribir colocan encima de la mesa el cenicero, las tijeras, el tintero, el secante y muchas cosas m&aacute;s. Calculan las distancias de la cabeza al papel. Discretamente ensayan poco despu&eacute;s el posado. Al final escriben, y escriben cosas pulcras, tal vez renacentistas, perfectamente in&uacute;tiles, sin las cuales los hombres trabajan, aman, mueren. Hay poetas que, cuando escriben, en un lugar dejan coraz&oacute;n y reloj&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ndash;molesta su tic-tac de carcoma que roe la pobre madera humana&ndash;; se aseguran antes de que los hijos duermen y de que duerme su mujer, y entonces sacan los versos como si fueran fotos de una vedette &ndash;cada verso tiene una imb&eacute;cil vanidad de vedette. Esto dice Estell&eacute;s. Para escribir del interior, algo tiene que doler en el interior. Sin posados de vedette.
    </p><h3 class="article-text">q</h3><p class="article-text">
        <strong>Quijotes.</strong> Es dif&iacute;cil explicar la sensaci&oacute;n. Si existe algo parecido al fin del mundo, posiblemente se parezca a la cuesta asfaltada de 12 kil&oacute;metros que se encarama a la aldea riojana del Collado. Cuando la visit&eacute;, solo cuatro habitantes desafiaban la falta de electricidad y un olvido enquistado. Si existe algo parecido a un ideal hecho carne, a la energ&iacute;a convertida en persona, quiz&aacute; se parezca a Marcos, uno de los cuatro quijotes del Collado. Fue inolvidable la tarde que pas&eacute; con &eacute;l, con Auspi, con Luc&iacute;a y con Vicente, mientras el sol declinaba y la oscuridad y el fr&iacute;o del invierno iban acechando los contornos de esta aldea sin electricidad en pleno valle del Jubera. Quijotes. Eso dijo Marcos. &lsquo;Les Quichottes&rsquo;: as&iacute; quiso mi editora francesa que se titulara &lsquo;Los &uacute;ltimos&rsquo; (Pepitas) en franc&eacute;s. Por idealistas, por resistentes. Para m&iacute;, por Marcos.
    </p><h3 class="article-text">r</h3><p class="article-text">
        <strong>Raya.</strong> &lsquo;De costas&rsquo;. De espaldas. As&iacute; viven Portugal y Espa&ntilde;a, tan lejos de aquella Iberia cultural que el tiempo, los recelos y las banderas frustraron. A los dos pa&iacute;ses los parte la Raya, la frontera m&aacute;s despoblada de toda Europa. M&aacute;s de 1.200 kil&oacute;metros con despoblaci&oacute;n a lado y lado de la cicatriz. Un nuevo libro la recorre: &lsquo;Un viaje por la Raya&rsquo; (El Paseo), de Jos&eacute; Ram&oacute;n Alonso de la Torre. Pueblo a pueblo, paisaje a paisaje. Desde Ayamonte hasta Caminha. Boa viagem.
    </p><h3 class="article-text">s</h3><p class="article-text">
        <strong>Silencio.</strong> El grito mudo del interior.
    </p><h3 class="article-text">t</h3><p class="article-text">
        <strong>Tierra.</strong> Patria humilde, min&uacute;scula.
    </p><h3 class="article-text">u</h3><p class="article-text">
        <strong>Unidad.</strong> Ficci&oacute;n absoluta en lo territorial. Quimera. Entelequia. Constructo mental. Lean, si no, &lsquo;El interior&rsquo; (Malpaso), de Mart&iacute;n Caparr&oacute;s, un largo viaje en R-21 desde Buenos Aires a la cordillera por 14 provincias del norte de Argentina. O mejor: de las Argentinas. Hay una frase. En Caparr&oacute;s a cada poco hay una frase. Dice: Yo no pienso en buscar lo aut&eacute;ntico. No creo que lo &ldquo;puro&rdquo; sea m&aacute;s aut&eacute;ntico que la mezcla &ndash;y adem&aacute;s lo puro argentino es, como todos, una mezcla apenas anterior.
    </p><h3 class="article-text">v</h3><p class="article-text">
        <strong>Viaje.</strong> Emigraron desde la Irlanda rural hasta los campos y las f&aacute;bricas de Inglaterra en la segunda mitad del siglo XX. Su experiencia &ndash;una vida de lejan&iacute;a, p&eacute;rdida y soledad&ndash; es narrada por Timothy O&rsquo;Grady en &lsquo;Sab&iacute;a leer el cielo&rsquo; (Pepitas). Fragmento 9: Lo que sab&iacute;a hacer. Sab&iacute;a remendar redes. Techar con paja. Construir escaleras. Tejer una cesta con juncos. Entablillar la pata de una vaca. Cortar turba. Levantar un muro. Pelear tres asaltos con Joe en el ring que pap&aacute; instal&oacute; en el granero. Sab&iacute;a bailar. Leer el cielo. La lista de O&rsquo;Grady contin&uacute;a. Avanzamos p&aacute;ginas. Fragmento 16: Lo que no sab&iacute;a hacer. Tomar comidas sin patatas. Confiar en los bancos. Llevar reloj. Invitar a pasear a una mujer. Sentirme c&oacute;modo con el cuello de la camisa. Ahorrar dinero. Disfrutar del trabajo en una f&aacute;brica. Comprender sus bromas. Matar un domingo. Dejar de recordar. Esa &uacute;ltima frase hiere. Como un rejonazo. Ya lo advierte John Berger en el pr&oacute;logo del libro: El silencio de lo no dicho siempre funciona subrepticiamente junto con otro silencio, que es el de lo indecible. Una bella observaci&oacute;n. El interior est&aacute; lleno de ese otro silencio, espiritual, metaf&iacute;sico.
    </p><h3 class="article-text">w</h3><p class="article-text">
        <strong>West.</strong> El Oeste es el mito fundacional que forj&oacute; el car&aacute;cter americano. Son curiosos los ep&iacute;tetos utilizados: &lsquo;Old West&rsquo;, &lsquo;Wild West&rsquo;, &lsquo;Far West&rsquo;. Viejo, salvaje, lejano. Todo obedece a la perspectiva de quien escribe la historia. El mito de la frontera era la aventura por ganarse la vida en &lsquo;terra ignota&rsquo;. El &lsquo;western&rsquo; es el relato manipulado, la visi&oacute;n de parte, de aquella operaci&oacute;n pol&iacute;tica a gran escala impulsada por el presidente Jefferson a principios del siglo XIX. En Espa&ntilde;a, en los a&ntilde;os 60, se produjo el fen&oacute;meno contrario: el &eacute;xodo rural que abandonaba tierras y emigraba a los salvajes y lejanos centros de trabajo: Madrid, Barcelona, Val&egrave;ncia, Bilbao. Una fiebre del oro de f&aacute;brica, morri&ntilde;a y piso suburbial sin relato &eacute;pico. Nadie lo escribi&oacute;. Pobres pioneros sin derecho a &lsquo;saloon&rsquo; ni a &lsquo;western&rsquo;.&nbsp;&nbsp;
    </p><h3 class="article-text">x</h3><p class="article-text">
        <strong>X.</strong> El interrogante. Saber en qu&eacute; desembocar&aacute; el inter&eacute;s sobrevenido de las instituciones y que ha estado motivado &ndash;sin duda&ndash; por el boom literario y period&iacute;stico sobre la despoblaci&oacute;n espa&ntilde;ola. Los fondos europeos son la &uacute;ltima gran oportunidad. Veremos.
    </p><h3 class="article-text">y</h3><p class="article-text">
        <strong>Yo. </strong>La ant&iacute;tesis a mostrar el lado humano de la despoblaci&oacute;n.
    </p><h3 class="article-text">z</h3><p class="article-text">
        <strong>Zarzas.</strong> Soplaba un viento g&eacute;lido en Les Alberedes, una aldea deshabitada en Castell&ograve; desde hac&iacute;a un cuarto de siglo. &Uacute;nicamente me acompa&ntilde;aba una antigua habitante, Luc&iacute;a, h&uacute;medos los ojos y apartando a cada poco la mirada de aquella desolaci&oacute;n que a m&iacute; me impresionaba y que a ella le hend&iacute;a el alma. Esto escrib&iacute;: Nadie deber&iacute;a gozar de la cat&aacute;strofe etnol&oacute;gica, de la muerte de un pueblo y de su reducci&oacute;n a evocadoras ruinas. No deber&iacute;a uno permitirse el lujo inhumano de sentir regocijo visual de un silencio que es enmudecimiento forzoso, de una paz que es el resultado de una guerra perdida, de una melancol&iacute;a ajena que no fue m&aacute;s que bilis negra sin &aacute;pice de encanto ni atractivo sensorial en quien la padeci&oacute; en sus entra&ntilde;as. Nunca la fascinaci&oacute;n rom&aacute;ntica por el &lsquo;tempus fugit&rsquo; de un pueblo, jam&aacute;s la decadencia con rastro de muerte civilizatoria deber&iacute;a&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ndash;por muchas teor&iacute;as sobre lo bello y lo sublime&ndash; conmover nuestro esp&iacute;ritu con fruici&oacute;n y deleite. Uno no deber&iacute;a. Y sin embargo resulta imposible detraerse a la contemplaci&oacute;n de esta cruda belleza. Esto escrib&iacute;. El recuerdo de aquella ma&ntilde;ana de febrero sigue imborrable. Las zarzas, las ruinas. La chaqueta de Sim&oacute;n.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Paco Cerdá]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 12 Aug 2022 20:48:01 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Diccionario del interior]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[El grito de la España interior,España vaciada]]></media:keywords>
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