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    <title><![CDATA[elDiario.es - Ander Izaguirre]]></title>
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    <description><![CDATA[elDiario.es - Ander Izaguirre]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[El futuro salado de Añana]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/futuro-salado-anana_130_9206978.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e09b15d5-16b5-47f1-82c8-5889b3a53f23_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El futuro salado de Añana"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Las salinas de Añana (Álava) muestran una arquitectura asombrosa, sobre todo porque revelan un entramado social: las construyeron cientos de generaciones de salineros que dependían unos de otros, en las tareas comunes y en el reparto minucioso del agua salada</p><p class="subtitle">Este artículo pertenece a la revista 'El grito de la España interior' de elDiario.es. Hazte socia para recibir en casa nuestras revistas trimestrales</p></div><p class="article-text">
        Edorta Loma trabajaba en una de las f&aacute;bricas m&aacute;s antiguas del mundo: las salinas de A&ntilde;ana, activas durante los &uacute;ltimos siete mil a&ntilde;os, desde los albores del <a href="https://www.eldiario.es/politica/ganaderos-neolitico-modificaban-ciclo-reproductivo-ovejas_1_7391860.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Neol&iacute;tico</a>. Y crey&oacute; que le iba a tocar a &eacute;l, justo a &eacute;l, asistir a la extinci&oacute;n del oficio. Cuando naci&oacute;, en 1959, el valle a&uacute;n herv&iacute;a con la actividad de docenas de familias que produc&iacute;an sal en m&aacute;s de 5.600 eras, pero a finales del siglo XX ya solo quedaban un par de salineros: Andr&eacute;s Angulo y &eacute;l: &ldquo;El valle estaba hundido, las eras desmoronadas, mucha gente se hab&iacute;a marchado a Vitoria, a Bilbao, a trabajar en las f&aacute;bricas. El pueblo se vaciaba y a m&iacute; eso me dol&iacute;a en el alma &ndash;dice Loma&ndash;. Ten&iacute;a la sensaci&oacute;n de que se iba todo al carajo&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El valle de A&ntilde;ana parece una colmena: 120.000 m2 de terrazas, canales, pozos y caminos, una inmensa obra construida sin un solo clavo, todo un encaje prodigioso de piedra, madera y arcilla. Parece obra de insectos, tambi&eacute;n porque la arquitectura revela una trama social: durante siglos, las familias salineras dependieron unas de otras, organizaron las tareas comunales de mantenimiento, se repartieron el caudal de agua salada con horarios minuciosos, la dejadez de uno perjudicaba a todos, el trabajo bien acompasado multiplicaba la producci&oacute;n. Este puzle de eras es el sedimento arquitect&oacute;nico que dejaron generaciones de salineros con su trabajo. Hace 20 a&ntilde;os, estaba a punto de desaparecer.
    </p><p class="article-text">
        Loma es un maestro salinero de 62 a&ntilde;os, con los ojos achinados de quien se ha pasado la vida entre las reverberaciones de la salina, nariz fina y larga, sonrisa ir&oacute;nica, siempre una pulla r&aacute;pida para tomar el pelo a sus colegas, siempre ali&ntilde;ada con cari&ntilde;o. 
    </p><p class="article-text">
        Habla de sus mayores con admiraci&oacute;n y de los j&oacute;venes con entusiasmo. Y es emotivo hasta el temblor cuando recuerda la recuperaci&oacute;n de su valle, de su historia, de su oficio: &ldquo;El otro d&iacute;a vino Mari Gor, una compa&ntilde;era m&iacute;a en las salinas desde que yo era ni&ntilde;o. Ahora tiene 92 a&ntilde;os, pero c&oacute;mo est&aacute;, si me pega una paliza me deja seco. Iba por ah&iacute; mir&aacute;ndolo todo. Me dec&iacute;a: '&iexcl;Eduardito, qui&eacute;n trabaja en esta era!'. Cog&iacute;a el trabuquete, lo examinaba, &rdquo;esta lata no est&aacute; bien, es cuadrada y tiene que ser redonda. Se me pon&iacute;an los pelos como escarpias. Alguna lagrimilla ya se me escap&oacute;&ldquo;.
    </p><h3 class="article-text">Resurgir de las cenizas&nbsp;</h3><p class="article-text">
        A las tres y media de la tarde, cuando los visitantes de agosto recorren las salinas con parasoles blancos y alguno se desmaya por el calor, Edorta pasa el rodillo por la era con la agilidad de un chaval, para remover la sal h&uacute;meda y que no se rechine, que no se pegue al suelo. 
    </p><p class="article-text">
        Viste como todos los salineros con camiseta blanca, pantal&oacute;n blanco, botas de goma blancas y sombrero de paja. Hacia 1999 pens&oacute; que Andr&eacute;s y &eacute;l ser&iacute;an los &uacute;ltimos, que, en cuanto metieran las manos en los bolsillos, desaparecer&iacute;a un oficio de siete mil a&ntilde;os. Quiz&aacute; por eso sigue pasando el rodillo con ese garbo, porque a&uacute;n le dura la alegr&iacute;a inesperada: &ldquo;En aquellos a&ntilde;os yo me iba por las ma&ntilde;anas a Nanclares, a trabajar en una empresa de depuradoras, y por las tardes volv&iacute;a a las salinas. Ni daban dinero ni ten&iacute;an futuro, pero yo no quer&iacute;a dejarlas&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Loma quer&iacute;a salvar las salinas y revitalizar el pueblo. Por eso fue alcalde entre 1995 y 1999. &ldquo;Metimos mucha, mucha ca&ntilde;a. Creamos la sociedad Gatzagak para agrupar a los propietarios de las granjas salineras, hablamos con las instituciones...&rdquo;, dice.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">En 1999, Añana agonizaba: quedaban dos salineros. Ahora, el valle recibe a unos 96.000 visitantes al año</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        La Diputaci&oacute;n de &Aacute;lava elabor&oacute; un plan de rehabilitaci&oacute;n ambicioso, dirigido por arquitectos, arque&oacute;logos, bi&oacute;logos y economistas. En el a&ntilde;o 2009, los salineros cedieron sus propiedades a la Fundaci&oacute;n Valle Salado, una organizaci&oacute;n sin &aacute;nimo de lucro, a cambio de cobrar un dinero todos los a&ntilde;os por la salmuera, por sus derechos sobre el agua salada que brota de los manantiales. Y as&iacute; empez&oacute; la recuperaci&oacute;n: restauraron buena parte del valle en ruinas, relanzaron la producci&oacute;n artesanal, ahora venden unas 170 toneladas anuales de sal exquisita y en el a&ntilde;o 2019, antes de la pandemia, atra&iacute;an ya a unos 96.000 visitantes anuales.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Canales de reparto de sal.                            </span>
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        Las salinas sostienen unos 50 puestos de trabajo, la mayor&iacute;a temporales, entre salineros, envasadoras, vendedoras, gu&iacute;as, gestoras o administradores. El canon que cobran los salineros por su salmuera y los beneficios de la fundaci&oacute;n deben reinvertirse en el pueblo: por eso hemos tomado el caf&eacute; en el bar de la plaza, inaugurado cuatro d&iacute;as antes. 
    </p><p class="article-text">
        La poblaci&oacute;n sigue siendo escasa, 156 habitantes censados, pero han taponado la hemorragia y Alberto Plata, historiador y arque&oacute;logo de 47 a&ntilde;os y responsable de Cultura de la Fundaci&oacute;n Valle Salado, cree que el pueblo ir&aacute; recuperando vigor. Ahora hay otro par de bares, dos casas rurales y algunas tiendas, donde hace 20 a&ntilde;os solo hab&iacute;a puertas cerradas, penumbra y eco.
    </p><p class="article-text">
        Es un d&iacute;a de mediados de agosto y el valle se cuece al sol. &ldquo;El sol es el mejor obrero del valle &ndash;asegura, sin embargo, Edorta Loma&ndash;. Evapora el agua y nos deja la sal, es el sistema m&aacute;s limpio, el de siempre. Aqu&iacute; hemos salido adelante haciendo lo que hemos hecho toda la vida&rdquo;.
    </p><h3 class="article-text">El viejo reparto de la riqueza</h3><p class="article-text">
        Al principio lo hac&iacute;an diferente. Nos lo cuenta Alberto Plata, uno de los descubridores de las huellas m&aacute;s antiguas de la actividad salinera. Debajo de las actuales estructuras hallaron una gruesa capa de cenizas y miles de fragmentos de cer&aacute;mica con restos de sal, de hace siete mil a&ntilde;os. 
    </p><p class="article-text">
        Dedujeron, entonces, un valle negro: aquellos humanos, los primeros sedentarios, recog&iacute;an el agua salada en recipientes de cer&aacute;mica, los pon&iacute;an al fuego, evaporaban el l&iacute;quido y obten&iacute;an los bloques de sal para conservar alimentos y completar su dieta. Era un valle de hogueras, humo y cenizas, una comarca deforestada para alimentar esta primer&iacute;sima industria.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Las excavaciones tambi&eacute;n revelaron que hace dos mil a&ntilde;os alguien aplan&oacute; esas monta&ntilde;as de ceniza y las recubri&oacute; con arcilla impermeable: los romanos, claro, como confirman sus cer&aacute;micas. Crearon las primeras eras, las primeras terrazas de evaporaci&oacute;n, a las que conduc&iacute;an la salmuera mediante acueductos y canales. &ldquo;Los romanos se pasaron a las energ&iacute;as renovables: sol y viento &ndash;sonr&iacute;e Plata&ndash;. Ellos crearon el paisaje actual del valle aterrazado&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Alfonso I, rey de Arag&oacute;n y Pamplona, otorg&oacute; fueros a A&ntilde;ana en 1114, antes incluso que a Vitoria, se&ntilde;al de la importancia de las salinas. Impuls&oacute; la construcci&oacute;n de una villa amurallada con privilegios fiscales, para atraer habitantes y controlar as&iacute; el enclave. 
    </p><p class="article-text">
        Otro documento anterior, la primera menci&oacute;n escrita a las salinas en el a&ntilde;o 822, revela un detalle que marca hasta hoy el car&aacute;cter de esta comunidad. En el documento de fundaci&oacute;n del monasterio de San Rom&aacute;n de Tobillas, el abad Avito menciona las 23 eras y el pozo que poseen en las salinas de A&ntilde;ana. Y algo m&aacute;s: las raciones de salmuera que les corresponden. Esto significa que entonces ya trabajaban muchos propietarios y que hab&iacute;an organizado el reparto del agua salada.
    </p><p class="article-text">
        Porque no abunda. Del manantial de Santa Engracia &ndash;hay otras fuentes menores&ndash; brota un caudal constante de dos litros por segundo, con una concentraci&oacute;n de sal extraordinaria (alrededor de 230 gramos por litro, siete veces m&aacute;s que el oc&eacute;ano). Esto se debe a que las aguas subterr&aacute;neas atraviesan el diapiro de A&ntilde;ana, un gigantesco bloque salino de seis kil&oacute;metros de largo, tres de ancho y cuatro de profundidad, sedimento del antiqu&iacute;simo mar de Tetis. 
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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            <span class="title">
                Recogida de flor de sal, en Álava.                            </span>
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        La salmuera brota en el manantial y se distribuye por el valle a trav&eacute;s de cuatro kil&oacute;metros de canales que se bifurcan, que vuelan sobre entramados de madera para salvar hondonadas, que alcanzan todos los rincones. Est&aacute;n construidos con troncos de pino ahuecados a mano, con azuela y hacha, tienen las juntas selladas con arcilla, est&aacute;n encajados sin un solo clavo, porque la sal arruinar&iacute;a los metales pero reboza la madera y la refuerza.
    </p><p class="article-text">
        El agua se acumula en los pozos y de ah&iacute; los salineros la van vertiendo a las eras, plataformas de unos 20 metros cuadrados que los trabajadores inundan con dos o tres cent&iacute;metros de altura. Al cabo de unas horas al sol, empiezan a formarse cristales en la superficie: es la flor de sal, muy estimada, que recogen con una especie de espumadera. Siguen removiendo la sal para que no se pegue y al d&iacute;a siguiente, cuando ya se ha evaporado el agua, la amontonan y la cargan en cestos de mimbre, donde seguir&aacute; escurri&eacute;ndose.
    </p><blockquote class="quote">

    
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      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">No podían competir en cantidad, pero sí en calidad. Su sal se usa en Mugaritz o en El Celler de Can Roca</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        El sistema funciona con precisi&oacute;n porque existe el libro maestro: un reglamento minucioso de los trabajos comunales y del reparto de la salmuera. Lo pusieron por escrito en el siglo XVI, pero el reparto ya constaba en aquel documento de 822: &ldquo;Eso es sagrado &ndash;dice Edorta&ndash;. Es un libro muy severo y muy respetado, porque el reparto de la salmuera es el reparto de los ingresos de cada familia. Ha habido ri&ntilde;as, ha habido peleas... El libro maestro est&aacute; para regular los conflictos&rdquo;.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text">Una industria con reglas propias</h3><p class="article-text">
        Al principio, cuando no exist&iacute;an los relojes mec&aacute;nicos, cada granja (cada conjunto de eras de un mismo propietario) ten&iacute;a derecho a desviar la salmuera para llenar sus pozos con un volumen determinado. Despu&eacute;s deb&iacute;a cerrar su paso y dejar que el agua corriera hasta la siguiente granja. En el siglo XVI construyeron una torre en el pueblo con el primer reloj, para que las campanas anunciaran los turnos. 
    </p><p class="article-text">
        A un propietario le tocaba los viernes de cuatro a seis de la madrugada, por ejemplo, y ah&iacute; estaba, vigilado por el siguiente. Hab&iacute;a picaresca, como la de quienes ampliaban sus pozos o abr&iacute;an en los canales espitas mayores de lo que les correspond&iacute;a. &ldquo;Para eso estaba el guardia fontanero &ndash;explica Plata&ndash;, para controlar el volumen de los pozos y el tama&ntilde;o de los agujeros&rdquo;. Loma a&ntilde;ade: &ldquo;Cada salinero tiene su propiedad, pero debe respetar a los dem&aacute;s y debe participar en los trabajos comunitarios: mantener los manantiales, los canales, las sendas, los pozos... Si no cuidamos lo de todos, lo m&iacute;o no funciona&rdquo;.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Recogida de flor de sal y pozos vistos debajo de una era.                            </span>
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        Eso son las salinas de A&ntilde;ana: un entramado de vecinos comprometidos durante siglos. &ldquo;Mis padres, abuelos, bisabuelos, tatarabuelos... Ninguno vivi&oacute; del cereal ni del ganado. Todos hemos vivido de la sal&rdquo;, dice Edorta Loma. De mayo a septiembre, en los meses de mayor insolaci&oacute;n, las familias se pasaban los d&iacute;as en las salinas. Llenaban los pozos, remov&iacute;an las eras, recog&iacute;an la sal, la cargaban en sacos a la espalda: &ldquo;Con seis o siete a&ntilde;os, ya estaba todo el d&iacute;a en el valle, enganchado a la falda de mi madre o al pantal&oacute;n de mi padre&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Trabajaba toda la familia, porque hac&iacute;an falta todos los brazos posibles, as&iacute; que a los cr&iacute;os nos ten&iacute;an por ah&iacute; dando vueltas. Jug&aacute;bamos con los rodillos, las carretillas de madera, las cestas. Crec&iacute;as en el valle, te ibas integrando. Con ocho o nueve a&ntilde;os ya eras campe&oacute;n: sab&iacute;as cuidar el canal, abrirlo, cerrarlo, los adultos te iban corrigiendo: &ldquo;&iexcl;Oye, chiquito!&rdquo;. Y te ibas haciendo un peque&ntilde;o profesional&ldquo;.
    </p><blockquote class="quote">

    
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      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Se pensaron muchos planes para el valle y al final les salvó el más revolucionario: seguir haciendo lo de siempre</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Edorta creci&oacute; en la d&eacute;cada de 1960, cuando A&ntilde;ana contaba con m&aacute;s eras que nunca: unas 5.600, que produc&iacute;an una tonelada anual cada una. Alberto Plata explica que era un crecimiento a la desesperada: &ldquo;Las salinas industriales de la costa, como la de Torrevieja, produc&iacute;an en un d&iacute;a lo que A&ntilde;ana produc&iacute;a en todo un a&ntilde;o, y cuando se abarataron los transportes, con los trenes y las carreteras, inundaron el mercado&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        A&ntilde;ana intent&oacute; competir aumentando la producci&oacute;n. Construyeron eras por todas partes, encima de los pozos, encima del r&iacute;o, ocupando todo el valle. A las eras les cambiaron el suelo tradicional de cantos rodados por otro de cemento, porque parec&iacute;a m&aacute;s barato y m&aacute;s r&aacute;pido; pero aquel material necesitaba mucho m&aacute;s mantenimiento porque se agrietaba r&aacute;pido con la sal. Construyeron much&iacute;simas eras, pero luego no las pudieron mantener. Las fueron abandonando, las estructuras se cayeron, el valle se colaps&oacute;. Y en la d&eacute;cada de 1970 mucha gente acab&oacute; march&aacute;ndose a las ciudades.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Si en 1950 A&ntilde;ana ten&iacute;a 670 habitantes, para 1980 ya solo quedaban 200. Y muy pocos se dedicaban a la sal: algunos hombres y sobre todo las mujeres &ndash;Irene Arauco, Gloria Iturralde, Asunci&oacute;n Iturralde, Arantza Mard&oacute;nez, Mari Gor, Agripina P&eacute;rez, Saturnina Garc&iacute;a, Natividad Berge&minus;, que manten&iacute;an las salinas de lunes a viernes, mientras los hombres trabajaban en la f&aacute;brica y se sumaban el fin de semana.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Desde ni&ntilde;as ya ech&aacute;bamos una mano a nuestros padres despu&eacute;s de salir del colegio &ndash;cuentan las mujeres en un v&iacute;deo de la Fundaci&oacute;n Valle Salado&ndash;. Con 14 o 15 a&ntilde;os sac&aacute;bamos la sal de los terrazos, carg&aacute;bamos media fanega y hac&iacute;amos 20 viajes al d&iacute;a. Era muy duro, pero con la cuadrilla lo pas&aacute;bamos muy bien. Cant&aacute;bamos, habl&aacute;bamos, se nos pasaba el tiempo hasta que alguien dec&iacute;a: &rdquo;&iexcl;Vamos, que se nos rechinan las eras!&ldquo;. Despu&eacute;s de casarnos, pasamos unos cuantos a&ntilde;os sin trabajar en la salina, cuidando a los hijos, pero enseguida volvimos a trabajar&hellip;&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        A finales del siglo XX apenas quedaban unas pocas eras en funcionamiento, mientras el abandono y la ruina devoraban las dem&aacute;s. Se plantearon proyectos para demolerlo todo y abrir canteras, minas, f&aacute;bricas, balnearios, incluso para convertir el valle en un dep&oacute;sito de gas o en un cementerio de residuos nucleares. En el &uacute;ltimo suspiro, el empe&ntilde;o de un pu&ntilde;ado de salineros y la apuesta de las instituciones p&uacute;blicas lograron salvar A&ntilde;ana con este plan revolucionario: seguir haciendo lo que siempre hab&iacute;an hecho.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;He tenido otros empleos y he estado a gusto, pero la salina... la salina es mi vida &ndash;asegura Loma&ndash;. Desde que era un cr&iacute;o, he conocido los ruidos de la saliner&iacute;a y del almac&eacute;n, la administraci&oacute;n de la sal, el comercio de la sal, la tienda de la sal, el envase de la sal. He trabajado con la gente mayor, con los padres, con los abuelos, que te ense&ntilde;aban el oficio y un d&iacute;a dec&iacute;an: este chaval vale. Eso era la hostia. Hac&iacute;an las cuentas los s&aacute;bados en el bar y luego de all&iacute; no se iba ni dios, daba igual que tuvieras 15 a&ntilde;os, te quedabas a cenar y a cantar igual, eso lo he vivido desde cr&iacute;o y solo de recordarlo se me pone la carne de gallina. Lo que yo s&eacute; hacer mejor, aparte de cantar en el bar, es hacer sal, &iexcl;la hostia!&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La recuperaci&oacute;n no consist&iacute;a en montar un parque tem&aacute;tico. &ldquo;Lo m&aacute;s importante era seguir produciendo sal, porque es el &uacute;nico modo de mantener las salinas &ndash;explica Plata&ndash;. La soluci&oacute;n de la Espa&ntilde;a vaciada no puede ser la Espa&ntilde;a subvencionada. Yo entiendo que un pueblo se agarre como un clavo ardiendo a tener por ejemplo un almac&eacute;n nuclear, cuando ya no queda ninguna otra opci&oacute;n de supervivencia, pero nosotros busc&aacute;bamos revivir A&ntilde;ana con sus oficios, sus conocimientos, su historia. Una manera digna de vivir, haciendo lo que siempre hab&iacute;an hecho de maravilla: una sal muy buena&rdquo;.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Escurrido del rastrillo con flor de sal.                            </span>
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        Esta sal artesana no puede competir en cantidad pero s&iacute; en calidad. En A&ntilde;ana elaboran una de las mejores sales del mundo, porque es sal pura que lleva millones de a&ntilde;os en el subsuelo, sin contaminaciones, sin micropl&aacute;sticos, obtenida con el sol y el viento, con m&aacute;s de 80 minerales y oligoelementos que las dem&aacute;s sales suelen perder cuando las lavan con tratamientos industriales.... Al final de la visita, los turistas se asoman a la peque&ntilde;a planta de envasado en la que tres mujeres retiran a mano cualquier mota, cualquier mosquito, cualquier impureza que traiga la sal, con una delicadeza que no estropea ninguna de sus cualidades. 
    </p><p class="article-text">
        Por eso la aprecian en tantos restaurantes de prestigio, que tienen sus carteles clavados en algunas de las eras de A&ntilde;ana: Mugaritz, Mart&iacute;n Berasategui, el Celler de Can Roca, el Basque Culinary Center... &ldquo;A la producci&oacute;n le a&ntilde;adimos la parte cultural y tur&iacute;stica &ndash;dice Alberto Plata&ndash;. Queremos que los visitantes conozcan la historia del valle. Que aprecien lo que cuesta producir esta sal, que entiendan por qu&eacute; es tan buena y que la compren entendiendo que de esta manera apoyan la revitalizaci&oacute;n de un pueblo&rdquo;.
    </p><h3 class="article-text">Una nueva generaci&oacute;n de salineros</h3><p class="article-text">
        La recuperaci&oacute;n del Valle Salado de A&ntilde;ana mereci&oacute; el premio Europa Nostra en 2015, el t&iacute;tulo de Patrimonio Agr&iacute;cola Mundial de la Unesco en 2017, la inclusi&oacute;n en la Red Europea del Patrimonio Industrial en 2019... pero sirvi&oacute;, sobre todo, para mejorar la vida de los habitantes de la comarca. En 2012, en plena crisis econ&oacute;mica, algunos salineros que hab&iacute;an emigrado d&eacute;cadas atr&aacute;s a las ciudades volvieron a la renacida A&ntilde;ana, despu&eacute;s de que les cerraran las f&aacute;bricas. Es el caso de Clemente, quien volvi&oacute; de Vitoria a A&ntilde;ana precisamente en 2012, a los 56 a&ntilde;os, para retomar el oficio de sus antepasados. 
    </p><p class="article-text">
        Lo que m&aacute;s emociona a Edorta es que con &eacute;l tambi&eacute;n se incorpor&oacute; su hijo: Adri&aacute;n empez&oacute; a trabajar en la salina con 19 a&ntilde;os, aprovechando unos cursos de dos meses que organiz&oacute; la Fundaci&oacute;n Valle Salado para los hijos de los salineros. &ldquo;A los pobres les toc&oacute; el verano m&aacute;s caluroso posible &ndash;cuenta Plata&ndash;. No estaban acostumbrados a trabajar con las manos, se les hicieron llagas y t&uacute; imag&iacute;nate, con las llagas y el agua salada&hellip; Aguantaron todos, &iquest;eh? Claro, ten&iacute;an a todo el pueblo vigil&aacute;ndolos &ndash;se r&iacute;e&ndash;, a ver c&oacute;mo se portaban...&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;A m&iacute; se me ca&iacute;an las l&aacute;grimas cuando ve&iacute;a a los chavales en las eras &ndash;recuerda Edorta&ndash;. Hac&iacute;a tanto calor que les compr&eacute; un botijo a cada uno, y le pegaban unos tragos... &iexcl;Gluglugl&uacute;! &iexcl;Gluglugl&uacute;!... Se les hinchaba la tripa, se pusieron colorados, les dieron unas cagaleras&hellip; Les tuve que ense&ntilde;ar a beber. No com&aacute;is mucho antes de trabajar, no beb&aacute;is de golpe, bebed a sorbos. Y les tuve que ense&ntilde;ar a aguantar el sol: poneos el sombrero de paja, meteos un rato a la sombra&hellip; Una tarde vine y no estaba ninguno de los chavales. Se hab&iacute;an metido todos en el r&iacute;o, amorrados como las ovejas. &iexcl;Mecag&uuml;ens&oacute;s, cabrones, que este mes no cobr&aacute;is! Pero una vez que cogieron marcha&hellip; Buah, daba gusto verlos trabajar. Los abuelos se pasaban la tarde mir&aacute;ndolos desde ah&iacute; arriba. Se pegaban unas lloreras&hellip;&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Edorta, que ahora dirige un equipo de cinco salineros y dos trabajadores de mantenimiento, no oculta que este trabajo es muy duro: &ldquo;Si vienes con la idea de un empleo normal de ocho horas, al segundo d&iacute;a coges el macuto y te vas. La salina est&aacute; viva, el valle se mueve, los manantiales siguen corriendo, tienes que remover la sal, no puedes dejarla. Si lo has vivido desde ni&ntilde;o, no puedes marcharte&rdquo;.&nbsp;
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
            <p style="text-align: center;"><a href="https://telegram.me/eldiarioeus" target="_blank"><img src="https://static.eldiario.es/eldiario/public/content/file/original/2021/0118/13/siguenos-en-telegram-lideres-entre-los-medios-espanoles-78ba19d.png" alt="síguenos en Telegram" /></a></p>
    </figure>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Ander Izaguirre]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 16 Aug 2022 19:46:29 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El futuro salado de Añana]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[El grito de la España interior,Euskadi]]></media:keywords>
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