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    <title><![CDATA[elDiario.es - Antonio Candeloro]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/antonio-candeloro/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Antonio Candeloro]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Javier Marías y las voces de los fantasmas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/libros/javier-marias-voces-fantasmas_129_9308109.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/b4d8208c-d420-456f-aa7c-3c06bbfe547b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Javier Marías y las voces de los fantasmas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El lector se da cuenta, ya en los arranques de sus novelas, que quien narra lo hace cuando todo ya ha sucedido y, sin embargo, se siente todavía involucrado en lo que vivió y vio</p><p class="subtitle">¿Quién no habría querido vivir en el Madrid de Javier Marías?, por Javier Montes</p></div><p class="article-text">
        No recuerdo bien en cu&aacute;l de sus magn&iacute;ficos ensayos Juan Benet (ingeniero de caminos, adem&aacute;s de maestro y mentor de Javier Mar&iacute;as) afirm&oacute; que &ldquo;una frase puede llegar a ser un baile de carnaval&rdquo;. S&iacute; tengo claro que me acordar&iacute;a de esa cita muchos a&ntilde;os despu&eacute;s de haber le&iacute;do<em> Ma&ntilde;ana en la batalla piensa en m&iacute; </em>(1994), en relaci&oacute;n con su &iacute;ncipit: 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Nadie piensa nunca que pueda ir a encontrarse con una muerta entre los brazos y que ya no ver&aacute; m&aacute;s su rostro cuyo nombre recuerda. Nadie piensa nunca que nadie vaya a morir en el momento m&aacute;s inadecuado a pesar de que eso sucede todo el tiempo, y creemos que nadie que no est&eacute; previsto habr&aacute; de morir junto a nosotros&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Esas frases las le&iacute; debajo de la sombra alargada de la estatua de Don Quijote y Sancho Panza en la Plaza de Espa&ntilde;a de Madrid. Esas frases empezaron a perturbar mi visi&oacute;n del mundo y de la literatura, a resonar en mi o&iacute;do de forma constante y algo siniestra. Aqu&iacute; hab&iacute;a una voz, claro, pero no una voz cualquiera. Aqu&iacute; alguien me hablaba de muerte, arrancaba su narraci&oacute;n digresiva y llena de huecos y de mensajes por descifrar reflexionando sobre algo que no queremos ver o no solemos aceptar (Sigmund Freud mismo lo dice en el breve ensayo <em>Nosotros y la muerte</em>: nadie imagina su propia muerte, siempre somos espectadores de las muertes de los dem&aacute;s, y no hay vuelta de hoja). 
    </p><p class="article-text">
        Ese &iacute;ncipit &ndash;como todos los de las dem&aacute;s obras de Javier Mar&iacute;as&ndash; es l&iacute;rico por su musicalidad y filos&oacute;fico por su hondura. Uno arranca el acto de lectura y ya empieza a temblar: cu&aacute;ntas muertes ocurren en el mundo y nos parecen absurdas (la rama del &aacute;rbol que mata al transe&uacute;nte que tiene la mala suerte de deambular justo por debajo del mismo; el resbal&oacute;n en la ducha (ay, la nuca); la espina del pescado que provoca la muerte por atragantamiento &ldquo;como los ni&ntilde;os cuya madre no est&aacute; para meterles un dedo y salvarlos&rdquo;; la barba a medio hacer y que alguien tenga la necesaria &ldquo;piedad est&eacute;tica&rdquo; para retocar lo dejado a mitad...). Uno sigue leyendo y se va dando cuenta de que quien narra lo hace cuando todo ya ha sucedido y, sin embargo, se siente todav&iacute;a involucrado en lo que vivi&oacute; y vio.
    </p><p class="article-text">
        El narrador de <em>Ma&ntilde;ana en la batalla piensa en m&iacute;</em>, V&iacute;ctor Franc&eacute;s, un escritor fantasma de profesi&oacute;n, un <em>ghost writer</em>, intenta recordar todos los detalles de la noche m&aacute;s extra&ntilde;a de su vida, esa noche en la que, a punto de consumar el acto sexual junto con Marta T&eacute;llez, su nueva y potencial amante, mientras su hijo de dos a&ntilde;os tarda en dormirse y su marido est&aacute; en Londres por asuntos de trabajo, se encuentra con el cad&aacute;ver de la misma en la cama. Marta sufre un infarto y V&iacute;ctor ya no sabe qu&eacute; hacer: llamar a los vecinos (pero no los conoce y nunca antes ha estado en ese edificio ni en ese barrio de Madrid); o avisar al marido (pero c&oacute;mo avisarle del enga&ntilde;o a punto de cumplirse); o llamar a la polic&iacute;a (pero &eacute;l no la mat&oacute;, ni le hizo da&ntilde;o alguno ni le provoc&oacute; esa muerte repentina); o cuidar a Eugenio, el hijo de Marta (ese ni&ntilde;o que tarda en dormirse porque, quiz&aacute;s, de alguna forma irracional, intuye que ese hombre desconocido va a ocupar el lugar de su padre, va a llenar el vac&iacute;o que este ha dejado en la cama matrimonial). <em>Eros</em> y <em>Thanatos</em>, los dos grandes impulsos del ser humano en la interpretaci&oacute;n freudiana de nuestra psique, se imbrican mutuamente en este &iacute;ncipit en el que todo cobra relieve, desde la incapacidad del narrador de entender el habla infantil y torpe (todav&iacute;a incompleta y desarticulada) del ni&ntilde;o, hasta su deseo de acostarse con Marta (que se queda tumbada en la cama en posici&oacute;n fetal, como si volviera al &uacute;tero materno, sin sujetador y con el parad&oacute;jico deseo de no querer molestar a su amante, pidi&eacute;ndole que no se vaya, que no la deje sola, que no suelte su mano y, al mismo tiempo, convirti&eacute;ndolo en testigo ocular de algo inaudito como su propia muerte). 
    </p><p class="article-text">
        Javier Mar&iacute;as es de los pocos novelistas en lengua espa&ntilde;ola capaces, no solo de crear &ldquo;frases que parecen un baile de carnaval&rdquo;, sino tambi&eacute;n de <a href="https://www.eldiario.es/cultura/libros/joven-marias-siglo-xxi_129_9307016.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">construir mundos ficticios en los que uno puede vivir temporalmente</a> tomando consciencia, en cuanto lector emp&iacute;rico, de toda la complejidad de la realidad en la que estamos inmersos. Javier Mar&iacute;as sabe parar el tiempo o dilatarlo e investigarlo para que nos metamos en la piel de V&iacute;ctor Franc&eacute;s y nos preguntemos: &iquest;qu&eacute; har&iacute;a yo en su lugar?, &iquest;c&oacute;mo reaccionar&iacute;a yo frente a una muerta que pudo haber sido amante y se convirti&oacute; en &ldquo;pintura&rdquo;, en imagen fija y eternamente muda? 
    </p><p class="article-text">
        Mientras se dedica a observar y a formular hip&oacute;tesis, el narrador y protagonista de la novela enciende la televisi&oacute;n de la habitaci&oacute;n, baj&aacute;ndole el volumen. En la pantalla se ven a Fred MacMurray y a Barbara Stanwyck en una pel&iacute;cula en blanco y negro. Son actores muertos, y sin embargo eternos, porque siguen movi&eacute;ndose dentro del mundo ficticio de la pel&iacute;cula. No hablan, porque V&iacute;ctor les quita la voz, pero siguen actuando. En cambio, Marta se retuerce, est&aacute; a punto de despedirse para siempre de su propia casa, de la cama matrimonial, de su hijo peque&ntilde;o. Entonces V&iacute;ctor decide preguntarle si quiere llamar y avisar a su marido, quiz&aacute;s la tranquilice, quiz&aacute;s sea oportuno que &eacute;l tambi&eacute;n est&eacute; al tanto, encontr&aacute;ndose en el extranjero y muy lejos de aquella cama matrimonial todav&iacute;a no manchada por la traici&oacute;n. Y luego el en&eacute;simo par&eacute;ntesis, la nueva digresi&oacute;n que se abre y nos sumerge en un estado de &aacute;nimo saturnino y melanc&oacute;lico, en una reflexi&oacute;n que nos empuja a exclamar: &iexcl;s&iacute;, eso es as&iacute;! 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;No soportamos que nuestros allegados no est&eacute;n al corriente de nuestras penas, no soportamos que nos sigan creyendo m&aacute;s o menos felices si de pronto ya no lo somos, hay cuatro o cinco personas en la vida de cada uno que deben estar enteradas de cuanto nos ocurre al instante, no soportamos que sigan creyendo lo que ya no es ni un minuto m&aacute;s, que nos crean casados si nos quedamos viudos o con padres si nos quedamos hu&eacute;rfanos, en compa&ntilde;&iacute;a si nos abandonan o con salud si nos ponemos enfermos. Que nos crean vivos si nos hemos muerto&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Frente a estas reflexiones nos damos cuenta de que el enigma del tiempo es uno de los m&aacute;s impactantes y decisivos con el que se enfrentan todos los narradores de Javier Mar&iacute;as: &iquest;cu&aacute;ndo avisar a los m&aacute;s allegados del cambio?, &iquest;en qu&eacute; instante se produce el cambio?, &iquest;c&oacute;mo es posible que se nos crea vivos si ya nos hemos muerto? El tiempo es un misterio y, en t&eacute;rminos shakespearianos (o a trav&eacute;s de una imagen de Shakespeare que atra&iacute;a a Juan Benet), es &ldquo;negra espalda&rdquo;, su rev&eacute;s, el lugar en el que ocurre lo ya ocurrido o lo que nunca ocurri&oacute; y, sin embargo, pudo haber ocurrido. El mismo V&iacute;ctor es la &ldquo;negra espalda del tiempo&rdquo; del ni&ntilde;o Eugenio que no sabe ni entiende que su madre ha dejado de vivir y tendr&aacute; que asumir la p&eacute;rdida. Igual que nosotros, los lectores de Javier Mar&iacute;as, tendremos que aceptar que su voz y la de sus narradores fantasmales ya ha dejado de contar y de cantar, de danzar esos bailes de carnaval en los que una frase parece que no se acaba nunca o parece que se abre y se va ampliando y metamorfoseando dentro de par&eacute;ntesis que parece que no se cierran nunca.
    </p><p class="article-text">
        Y luego est&aacute;n los homenajes, las reescrituras, las alusiones literarias (no solo a Shakespeare, ni tan solo a Sir Thomas Browne o al reverendo Sir Laurence Sterne, cuyo <em>Tristram Shandy</em> Mar&iacute;as tradujo con 26 a&ntilde;os): V&iacute;ctor se imagina en qu&eacute; podr&iacute;a estar pensando Marta en el momento de su muerte. Porque con la muerte (esto tambi&eacute;n es o nos parece cierto y verdadero) &ldquo;no s&oacute;lo desaparece quien soy, sino quien he sido, no s&oacute;lo yo, pobre Marta, sino mi memoria entera&rdquo;. Y hete aqu&iacute; la sombra del pr&oacute;logo que Miguel de Cervantes redact&oacute; pocos d&iacute;as antes de morirse en su<em> Persiles</em>: &ldquo;Adi&oacute;s risas y adi&oacute;s agravios. No os ver&eacute; m&aacute;s, ni me ver&eacute;is vosotros. Y adi&oacute;s ardor, adi&oacute;s recuerdos&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Es <a href="https://www.eldiario.es/cultura/javier-marias-autor-esencial-voz-inconfundible-deja-huerfana-literatura-espanola_1_9306849.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">el 11 de septiembre de 2022</a>. Hace 21 a&ntilde;os de aquella primera lectura en el mes de octubre en la Plaza de Espa&ntilde;a de la Corte y Villa. Y hoy quiero fingir que quien aqu&iacute; habla no es Marta, ni es tampoco su amante <em>in potentia</em>, V&iacute;ctor Franc&eacute;s, su narrador fantasmal, sino el mismo autor que cre&oacute; a ambos, Javier Mar&iacute;as <em>in carne ed ossa</em>: &ldquo;&iexcl;Adi&oacute;s, gracias; adi&oacute;s, donaires; adi&oacute;s, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida!&rdquo;. Adi&oacute;s, <em>addio</em>, Javier Mar&iacute;as.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Antonio Candeloro]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/libros/javier-marias-voces-fantasmas_129_9308109.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 13 Sep 2022 07:44:30 +0000]]></pubDate>
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