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    <title><![CDATA[elDiario.es - Marçal Sarrats Ferrés]]></title>
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    <description><![CDATA[elDiario.es - Marçal Sarrats Ferrés]]></description>
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      <title><![CDATA[Enrique de Castro, punto semifinal]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/enrique-castro-punto-semifinal_1_9956651.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/935de420-636c-413b-b104-f9f4f2e9c57e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Enrique de Castro, punto semifinal"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">No ha sido un santo ni soportaría tener estampitas con su cara. Querría solamente, y así dejó dicho, que brindáramos con vino en una fiesta llena de amigos, vecinos y conocidos</p><p class="subtitle">Muere Enrique de Castro, el cura que se peleó con la cúpula de la Iglesia en favor de los marginados</p></div><p class="article-text">
        En Vallecas nunca hay finales, ni &uacute;ltimos, ni despedidas definitivas. En ese lateral de Madrid, demasiadas veces despreciado, siempre queda algo m&aacute;s que hacer, las despedidas siempre son pen&uacute;ltimas y los puntos, semifinales. Lo dec&iacute;a siempre Enrique de Castro &ndash;<a href="https://www.eldiario.es/sociedad/dios-paso-vallecas_1_9956179.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">fallecido este mi&eacute;rcoles</a>&ndash; y hoy tiene m&aacute;s sentido que nunca. Hijo de militar y del seminario de Comillas, lo aprendi&oacute; pronto cuando se encontr&oacute; all&iacute;, a mediados de los 70, queri&eacute;ndolo mucho y casi sin querer, movido por sus ganas de acci&oacute;n y su inconformismo. Si te dejas la piel por los dem&aacute;s, dec&iacute;a, nada acaba y nada es en vano. Si te rebelas contra la injusticia, al lado de los que menos tienen, todo pasa pero todo queda. Queda en tus vecinos, en tus calles y en la memoria de todos. Queda en el ambiente y en la dignidad colectiva. Y se convierte en una fuerza sin final. 
    </p><p class="article-text">
        Hoy Enrique nos regala su pen&uacute;ltima despedida, record&aacute;ndonos que &eacute;l no se va a ninguna parte. Se queda en Vallecas, entre El Pozo y Entrev&iacute;as. Se queda en forma de Juanillo, Chelo, Youssef, Pedro, Justo, Carmen o Fernando y de tantos otros nombres. En forma de voz de la conciencia, punzante y honesta. Exigi&eacute;ndonos que las luchas que son justas no terminen nunca, hasta que se ganen. Oblig&aacute;ndonos a cuestionarlo todo excepto la fe en nosotros mismos y en los dem&aacute;s. En favor siempre del Madrid comprometido e inconformista, de las luchas para mejorar la vida de la gente y sus derechos all&iacute; donde fueran, siempre vigentes y especialmente en estos d&iacute;as. 
    </p><p class="article-text">
        Aglutinador incansable, de los que tiran fuerte, en los ochenta puso a los &ldquo;chavales&rdquo; en el centro. Se volc&oacute; hasta la extenuaci&oacute;n, liando a todos los que se dejaban, creando una microsociedad en forma de tejido vecinal o de familia. Lo suyo nunca fue la caridad, ni la condescendencia, ni la pol&iacute;tica. M&aacute;s bien un convencimiento extremo de las potencialidades de los dem&aacute;s. Sin limitaciones ni normas r&iacute;gidas. Cuestionando las leyes cuando las consideraba injustas. &ldquo;El hombre es m&aacute;s fuerte que los poderes que intentan destruirle. Los fundamentos de la vida humana son solo la libertad, la justicia reconciliadora y el amor&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Enrique fue un cura rojo, pero no uno m&aacute;s. Fue el cura rojo de Vallecas cuando Vallecas era una &ldquo;olla a presi&oacute;n&rdquo;, aunque &eacute;l nunca se sinti&oacute; c&oacute;modo con esta etiqueta ni con los t&oacute;picos. El que trabajaba de taxista y pintor de brocha gorda para ganarse el pan como todos. El que abr&iacute;a su casa sin pedir antecedentes, casi hasta ayer mismo. El tozudo. El revolucionario. El que se presentaba en comisar&iacute;a de madrugada para pagar las fianzas que hicieran falta. El que vio morir a tantos j&oacute;venes por las drogas y luch&oacute; al lado de tantas madres contra estas mismas drogas. El que siempre daba nuevas oportunidades, &ldquo;porque las oportunidades no se dan a cambio de nada, se regalan&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Nada ortodoxo, sino m&aacute;s bien provocador, se le recordar&aacute; por sus misas asamblearias en San Carlos Borromeo de Entrev&iacute;as, donde se cantaba Manu Chao y Labordeta, y se oficiaba con rosquillas consagradas. La iglesia que el cardenal Antonio Mar&iacute;a Rouco Varela quiso cerrar, en 2007, en un arrebato m&aacute;s de conservadurismo tan extremo como absurdo, alarmado por lo poco convencional de su liturgia. Pero en Vallecas no hay finales. No era la hora. Y el intento de cierre acab&oacute; fracasando por la presi&oacute;n de vecinos y amigos que sal&iacute;an por todas partes, bajo el foco atento de los medios de comunicaci&oacute;n, incluso internacionales. A Rouco le sali&oacute; mal. 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Jes&uacute;s descubre y presenta a un Dios que se confiesa ateo ante el Dios de las religiones&rdquo;, escribi&oacute; en su sonado libro <em>Dios es ateo.</em> Enrique fue un te&oacute;logo de la acci&oacute;n, huidizo de los dogmas y basado en sus experiencias. Fue un sacerdote que no se cre&iacute;a intermediario de nadie ni en posesi&oacute;n de verdades absolutas. Hacer llegar el Evangelio, escribi&oacute;, &ldquo;no es imponer doctrina o un determinado c&oacute;digo moral, sino abrir nuestras puertas para que, ech&aacute;ndonos una mano, seamos capaces de superar nuestras propias contradicciones&rdquo;. La pompa nunca le gust&oacute;, y tampoco los dorados y las reverencias. Tampoco los mercaderes del templo y los poderes. La renovaci&oacute;n que supuso el Papa Francisco, algo m&aacute;s. Los a&ntilde;os, si cabe, le acentuaron el escepticismo general y la distancia. 
    </p><p class="article-text">
        Por eso, que nadie caiga en la tentaci&oacute;n de beatificarlo ni de organizar despedidas solemnes. Enrique no ha sido un santo ni soportar&iacute;a tener estampitas con su cara. Querr&iacute;a solamente, y as&iacute; dej&oacute; dicho, que brind&aacute;ramos con vino en una fiesta llena de amigos, vecinos y conocidos. Querr&iacute;a que pusi&eacute;ramos <em>Stairway to Heaven</em> de Led Zeppelin, porque para &eacute;l la vida, la fe y la muerte no son m&aacute;s que pelda&ntilde;os en una escalera al cielo. Un cielo lleno de amigos. Querr&iacute;a, pues, que celebremos siempre la vida, como hizo su mil veces citado Zorba el griego ante la muerte de su hijo, &ldquo;todo el mundo estaba llorando menos yo, que empec&eacute; a bailar&rdquo;. Es la famosa escena del sirtaki en la playa. &ldquo;La mejor manera de contener la pena es celebrando la vida, la amistad y la liberaci&oacute;n&rdquo;, a&ntilde;ad&iacute;a Enrique. As&iacute; lo hizo &eacute;l siempre. Y as&iacute; sea, as&iacute; en la tierra como en el cielo. Porque en Vallecas nunca hay finales, ni &uacute;ltimos, ni despedidas definitivas. Solo un hasta la pr&oacute;xima, amigo.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Marçal Sarrats Ferrés]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/enrique-castro-punto-semifinal_1_9956651.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 15 Feb 2023 21:42:49 +0000]]></pubDate>
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