<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:dcterms="http://purl.org/dc/terms/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"  xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" version="2.0">
  <channel>
    <title><![CDATA[elDiario.es - Guiomar Pulido González]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/guiomar-pulido-gonzalez/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Guiomar Pulido González]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
    <ttl>10</ttl>
    <atom:link href="https://www.eldiario.es/rss/category/author/1046611/" rel="self" type="application/rss+xml"/>
    <item>
      <title><![CDATA[Cuando Tarteso nos miró a los ojos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/andalucia/la-cuadratura-del-circulo/tarteso-miro-ojos_132_10226079.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d686522b-cd5c-4fc2-b7ae-da00b52d3579_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Cuando Tarteso nos miró a los ojos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Esta es la historia de cómo un grupo de arqueólogos cumplieron ese sueño que tenían de niños</p></div><p class="article-text">
        Quien de peque&ntilde;o haya so&ntilde;ado alguna vez con ser arque&oacute;logo ha tenido que visualizar en su cabeza el momento de realizar un gran hallazgo. Ser Howard Carter a punto de entrar en la tumba de Tutankam&oacute;n o Heinrich Schliemann soltando la <em>Il&iacute;ada</em> para tomar entre sus manos el recipiente de cobre en la que se guardaba el tesoro de Pr&iacute;amo. Persiguiendo a Carter y Schliemann, te formas, te autodenominas arque&oacute;logo y te enfrentas tus primeras excavaciones con la ilusi&oacute;n de un ni&ntilde;o, para, a continuaci&oacute;n, darte cuenta de que la Arqueolog&iacute;a es mucho m&aacute;s que piezas vistosas adornando una vitrina. Por ello, de manera inconsciente, mitigas esa fantas&iacute;a infantil que parece m&aacute;s apropiada para una pel&iacute;cula de Indiana Jones que para tu d&iacute;a a d&iacute;a en el trabajo. Pero nunca sabes las sorpresas que te esperan escondidas bajo la tierra.&nbsp;Esta es la historia de c&oacute;mo un grupo de arque&oacute;logos cumplieron ese sue&ntilde;o que ten&iacute;an de ni&ntilde;os.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Estaba amaneciendo, llev&aacute;bamos apenas dos semanas de excavaci&oacute;n en el t&uacute;mulo tart&eacute;sico de Casas del Turu&ntilde;uelo (Guare&ntilde;a, Badajoz) y en la nueva cata abierta todav&iacute;a nos encontr&aacute;bamos un par de metros por encima del suelo original del antiguo edificio. Entre el subir y bajar de los picos, apareci&oacute; en la tierra una piedra de forma extra&ntilde;a. Pas&oacute; por todas las manos de los que est&aacute;bamos en el sector, le dimos vueltas una y otra vez. Un fragmento de escultura era seguro, pero saber qu&eacute; representaba ya era otro cantar. Algunas ideas saltaron al aire: &ldquo;una pata de le&oacute;n quiz&aacute;s&rdquo;. Finalmente, Pedro cogi&oacute; el fragmento y, bajando el t&uacute;mulo, se encamin&oacute; a dejarlo en el laboratorio que hab&iacute;amos organizado en una de las naves del yacimiento para que lo limpiaran. A la luz del sol, que ya despuntaba por encima de la sierra de Yelbes, Pedro volvi&oacute; a mirarlo y las sombras de la pieza dibujaron la forma de un ojo que le devolvi&oacute; la mirada. Reh&iacute;zo sus pasos corriendo y gritando a su compa&ntilde;era: &ldquo;&iexcl;Guiomar, Guiomar, tal vez estoy alucinando!&rdquo;. Al orientar los dos el fragmento no s&oacute;lo se distingu&iacute;a el ojo, ah&iacute; estaban tambi&eacute;n la nariz y la comisura de la boca. La primera cara encontrada de la cultura tart&eacute;sica estaba entre sus manos.
    </p><h3 class="article-text">El hallazgo sobrepasaba los l&iacute;mites</h3><p class="article-text">
        Con el fragmento en la mano, Pedro se dirigi&oacute; al laboratorio. Abri&oacute; la puerta con energ&iacute;a y all&iacute; encontr&oacute; a Esther, Andrea y Carla. Pedro asegur&oacute; que lo que llevaba entre las manos no les dejar&iacute;a indiferentes y que, del uno al diez, el hallazgo sobrepasaba los l&iacute;mites. Por eso, hizo ir a sus compa&ntilde;eras a un lugar del laboratorio en el que la luz se proyectara con nitidez para no dejar lugar a dudas de lo que representaba la escultura. En el momento en el que la luz inund&oacute; la pieza, no hac&iacute;a falta una explicaci&oacute;n, era evidente lo que sus ojos estaban viendo mientras que la emoci&oacute;n y la alegr&iacute;a era palpable. Siempre se hab&iacute;a pensado que la cultura tart&eacute;sica era anic&oacute;nica, carente de representaciones humanas. Pero, por primera vez, Tarteso nos miraba a los ojos. Aunque todav&iacute;a no nos sonre&iacute;a. Para ello habr&iacute;a que esperar unas semanas m&aacute;s, cuando, entre un estrato oscuro y lleno de carbones, cenizas y ramajes carbonizados nos saludaba a la que denominamos como la &ldquo;moreneta&rdquo;. Adem&aacute;s de sonre&iacute;rnos con las facciones m&aacute;s bellas que jam&aacute;s hab&iacute;amos visto, nos ense&ntilde;&oacute; c&oacute;mo se llevaban puestos en su momento los pendientes que a&ntilde;os atr&aacute;s se hab&iacute;an encontrado en el vecino santuario tart&eacute;sico de Cancho Roano (Zalamea de la Serena, Badajoz). En ese instante comprendimos que las cadenillas de estos pendientes de oro ir&iacute;an por encima de la oreja para compartir el peso.
    </p><p class="article-text">
        Ya completamente excavada la habitaci&oacute;n donde la encontramos, decidimos &ldquo;abrir la puerta&rdquo; que se dejaba ver en el perfil Este de la cata. La incertidumbre de ir excavando nuevas estancias siempre est&aacute; latente y, de nuevo, en esta ocasi&oacute;n vino cargada de sorpresas. Se iba acercando el final de la jornada de un d&iacute;a a finales del mes de marzo. Pedro y Laura trabajaban en la excavaci&oacute;n de un adobe de grandes dimensiones perteneciente al quicio de la puerta. En ese momento, Pedro le intercambi&oacute; el sitio con su compa&ntilde;era para que ella finalizase su extracci&oacute;n. Justo en ese momento, al cambiar las posiciones, Pedro comenz&oacute; a excavar y nada m&aacute;s acercar el palet&iacute;n a la tierra, se encontr&oacute; con una piedra, aparentemente sin forma, pero sospechosa. 
    </p><p class="article-text">
        Fue comenzar a limpiarla y salt&oacute;, dejando de nuevo al descubierto otro de esos magn&iacute;ficos rostros tart&eacute;sicos: &ldquo;&iexcl;Laura, Laura, mira, otra m&aacute;s!&rdquo;. Era incre&iacute;ble, otra se&ntilde;ora ven&iacute;a a terminar de quedarnos boquiabiertos. Para Laura, era la primera vez que estaba presente en el hallazgo de uno de esos fragmentos que hab&iacute;an aparecido a lo largo de la excavaci&oacute;n. La emoci&oacute;n era inmensa: &ldquo;&iexcl;Ay, ay Pedro, Pedro, no me lo creo!&rdquo;. Por ello, fue en esta ocasi&oacute;n Laura la encargada de bajar el fragmento al laboratorio, pero en el camino, se encontr&oacute; con Sebasti&aacute;n y Esther: &ldquo;&iquest;Qu&eacute; tal va ese derrumbe?&rdquo;, preguntaron. Laura como respuesta s&oacute;lo dijo: &ldquo;&iexcl;Poned las manos, mirad que bonita es!&rdquo;. La comisura de unos labios, un rostro fino y una oreja con una arracada doble. La emoci&oacute;n se volv&iacute;a a apoderar de todos los compa&ntilde;eros. Volvimos al corte a proseguir con el trabajo, cuidadosamente limpiando y alerta. Bastaron unos minutos para que de pronto asomase una nariz entre la tierra rojiza del derrumbe de la puerta.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/11cbc3fc-43c5-4596-811f-70f827a620f1_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/11cbc3fc-43c5-4596-811f-70f827a620f1_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/11cbc3fc-43c5-4596-811f-70f827a620f1_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/11cbc3fc-43c5-4596-811f-70f827a620f1_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/11cbc3fc-43c5-4596-811f-70f827a620f1_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/11cbc3fc-43c5-4596-811f-70f827a620f1_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/11cbc3fc-43c5-4596-811f-70f827a620f1_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Pedro y Laura la contemplaron nerviosos, pero esta vez con calma, para no alarmar a sus compa&ntilde;eros y volver a dar una sorpresa con otro magn&iacute;fico hallazgo. Con avidez, Pedro baj&oacute; al laboratorio, para avisar a las compa&ntilde;eras que all&iacute; estaban, s&oacute;lo dijo: &ldquo;&iexcl;Subid las c&aacute;maras!&rdquo;. Todos se preguntaban que ocurr&iacute;a... Rodeada por todo el grupo, Laura fue la encargada de limpiar esa fina nariz. Muy r&aacute;pido, asomaron unos labios perfectos, con su leve sonrisa. Tarteso volv&iacute;a a sonre&iacute;rnos&hellip; &iexcl;y de qu&eacute; manera! Esta vez, la arracada apareci&oacute; fragmentada. Laura continu&oacute; limpiando y exclam&oacute;: &ldquo;&iexcl;Sebasti&aacute;n, aqu&iacute; debajo hay algo muy redondo!&rdquo; Prosigui&oacute; minuciosamente y el resto de arracada que le faltaba al fragmento anterior apareci&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        Ya en el laboratorio, los distintos fragmentos iban casando. Esta nueva se&ntilde;ora, de tez blanca fue bautizada como la &ldquo;cast&uacute;a&rdquo;. El puzzle se iba completando. Un total de cinco individuos distintos nos observaban con su sonrisa hier&aacute;tica. Tras 2500 a&ntilde;os cubiertos por las arenas del tiempo, Tarteso nos miraba a los ojos. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Guiomar Pulido González, Pedro Miguel-Naranjo, Laura Salguero Ledesma]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/andalucia/la-cuadratura-del-circulo/tarteso-miro-ojos_132_10226079.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 25 May 2023 18:14:35 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/d686522b-cd5c-4fc2-b7ae-da00b52d3579_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="300256" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/d686522b-cd5c-4fc2-b7ae-da00b52d3579_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="300256" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Cuando Tarteso nos miró a los ojos]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/d686522b-cd5c-4fc2-b7ae-da00b52d3579_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Arqueología,Ciencia]]></media:keywords>
    </item>
  </channel>
</rss>
