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    <title><![CDATA[elDiario.es - Damián Huergo]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/damian-huergo/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Damián Huergo]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Tomar LSD y escribir un paper]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/lsd-escribir-paper_130_10472995.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a5479a31-c6b8-4396-b647-ae1a9b624ec4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Tomar LSD y escribir un paper"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">A mediados de la década del ‘40,  mientras se perfeccionaba el arma destructiva más poderosa de la época, la bomba atómica, en otro laboratorio se gestaba la droga que cambiaría para siempre la idea de “percepción”
</p></div><p class="article-text">
        El comienzo fue blanco. Blanco el laminado de la mesa de acero con patas de metal. Blanco el portal&aacute;mpara de cuello redondo en el centro de la sala. Blanco el armario donde se acumulan frascos anchos &ndash;con etiquetas blancas repletos de cornezuelo de centeno. Blanco el delantal que flamea por la sala como un fantasma discreto y prudente. Blanca la piel sin arrugas del hombre congelado en el tiempo y la eternidad, sentado sobre una silla de madera. Blanco el mango de la lupa pegada a su ojo. Blanca la luz que centellea por calles y edificios de Basilea y, con la fuerza de un baldazo de agua, se derrama por el ventanal de doce hojas del ambiente. Blanco el cartel pegado en la puerta, que anuncia con letras negras la Secci&oacute;n Farmacol&oacute;gica del Laboratorio Sandoz.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Y blanca, tambi&eacute;n, la estampilla pegada en la parte superior del sobre que envuelve una valija. Una valija peque&ntilde;a, fina, de cuero marr&oacute;n y duro. Una valija con una veintena de compartimentos del tama&ntilde;o de un bot&oacute;n, o mejor, del tama&ntilde;o de una ampolla de LSD. Una valija que cruzar&aacute; el oc&eacute;ano atl&aacute;ntico, que volar&aacute; al d&iacute;a siguiente, o al otro, con destino a Buenos Aires, Argentina.
    </p><p class="article-text">
        El hombre de blanco es Albert Hofmann. Conoce cada detalle del laboratorio, el contenido de cada frasco, el voltaje de cada l&aacute;mpara que cuelga sobre las mesas sin polvo. Con los ojos cerrados, puede dar cuenta por d&oacute;nde entra la luz del sol a la ma&ntilde;ana y por d&oacute;nde se evanesce al precipitarse la noche. En verano, sabe qu&eacute; hojas del ventanal hay que entornar para refrescar el ambiente, y en invierno, por cu&aacute;l rendija entra un chifl&oacute;n. Al menos, esa es la sensaci&oacute;n que se desprende de las im&aacute;genes que lo tienen como protagonista en la galer&iacute;a de fotos blanco y negro del Archivo Corporativo de Novartis, el pulpo que fusion&oacute; a los gigantes farmac&eacute;uticos Ciba-Geigy y Sandoz en 1996.
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                Ilustraciones: Juan Lacour                            </span>
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        Albert Hofmann ingres&oacute; en el laboratorio de investigaci&oacute;n qu&iacute;mico-farmac&eacute;utica de la empresa Sandoz de Basilea, en la primavera de 1929, apenas finaliz&oacute; los estudios de qu&iacute;mica en la Universidad de Z&uacute;rich. Luego de desechar dos ofertas de empresas consolidadas de Basilea, entr&oacute; como colaborador del profesor doctor Arthur Stoll, fundador y director de la secci&oacute;n farmac&eacute;utica. &ldquo;Eleg&iacute; ese puesto de trabajo porque me ofrec&iacute;a la oportunidad de ocuparme en sustancias naturales&rdquo;, dice en la autobiograf&iacute;a <em>LSD. C&oacute;mo descubr&iacute; el &aacute;cido y qu&eacute; pas&oacute; despu&eacute;s en el mundo</em>, publicada por primera vez en 1979.
    </p><p class="article-text">
        La secci&oacute;n qu&iacute;mico-farmac&eacute;utica era un brazo menor en el laboratorio Sandoz. Una especie de burbuja con margen econ&oacute;mico para la experimentaci&oacute;n y el desarrollo cient&iacute;fico. El equipo estaba integrado por cuatro licenciados en qu&iacute;mica en la secci&oacute;n de investigaci&oacute;n y tres en la de producci&oacute;n. El principal objetivo de Stoll era aislar los activos indemnes de plantas medicinales probadas y presentarlos en forma pura. Con meticulosidad, hab&iacute;a inaugurado el an&aacute;lisis de drogas vegetales como el digital (<em>Digitalis</em>), la escila (<em>Scilla maritima</em>) y el cornezuelo de centeno (<em>Secale cornutum</em>).&nbsp;
    </p><blockquote class="quote">

    
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      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">En 1938, en la víspera de la Segunda Guerra, el laboratorio blanco de Sandoz estalló en un big bang de colores que aún hoy continúa alumbrando nuestras noches y nuestros días</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Durante seis a&ntilde;os, Hofmann acompa&ntilde;&oacute; al doctor Walter Kreis, uno de los principales colaboradores de Stoll, en la investigaci&oacute;n de sustancias activas de la escila. El paso siguiente en su carrera de investigador fue enfocarse en una obsesi&oacute;n propia. En el par&eacute;ntesis que se abre entre la finalizaci&oacute;n de una investigaci&oacute;n y la apertura de una nueva, Hofmann le anunci&oacute; a Stoll que ten&iacute;a una propuesta, que necesitaba conversar con &eacute;l unos minutos. Cuando quedaron solos en el laboratorio, Hofmann, con calma, luciendo un lenguaje espec&iacute;fico, tomando palabras del fondo del armario pero habi&eacute;ndose garantizado previamente que no tuvieran manchas ni arrugas, le cont&oacute; que estaba interesado en un nuevo campo de actividades: los alcaloides del cornezuelo de centeno.
    </p><p class="article-text">
        No hay registros de los gestos de Stoll al escuchar las palabras. Sin embargo, no es dif&iacute;cil imaginarse una sonrisa llena de dientes, al escuchar que el joven colaborador quer&iacute;a retomar una investigaci&oacute;n que el propio Stoll hab&iacute;a iniciado casi dos d&eacute;cadas atr&aacute;s y estaba suspendida sin haberla dado por concluida.
    </p><p class="article-text">
        En 1917, cuando Hofmann ten&iacute;a apenas 11 a&ntilde;os, Stoll comenz&oacute; el estudio del cornezuelo de centeno. Al poco tiempo, en 1918, hab&iacute;a logrado aislar la ergotamina, el primer alcaloide obtenido en forma qu&iacute;micamente pura, que contribuy&oacute; a la elaboraci&oacute;n de medicamentos contra la migra&ntilde;a. Luego, por decisi&oacute;n del Laboratorio Sandoz, que prioriz&oacute; otras l&iacute;neas de desarrollo, la investigaci&oacute;n del cornezuelo de centeno se hab&iacute;a detenido.
    </p><p class="article-text">
        La conversaci&oacute;n entre el maestro y el joven colaborador de la Secci&oacute;n Farmacol&oacute;gica sucedi&oacute; en 1935. Cuenta Hofmann que Stoll aprob&oacute; la solicitud de inmediato, sin dejar de darle, con la misma mano, un empuj&oacute;n de aliento y una advertencia: &ldquo;Le prevengo contra las dificultades con que se encontrar&aacute; al trabajar con alcaloides del cornezuelo de centeno. Se trata de sustancias sumamente delicadas, de f&aacute;cil descomposici&oacute;n y, en cuanto a estabilidad se refiere, muy distintas a las que usted se ha encontrado en el terreno del glic&oacute;sido card&iacute;aco. Pero si as&iacute; lo desea, int&eacute;ntelo&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En ese di&aacute;logo, en esa mano que alentaba y advert&iacute;a, qued&oacute; signada la carrera profesional de Hofmann. De un modo involuntario pero no ingenuo, se empezaron a mover capas ancestrales, suelos geol&oacute;gicos. Apenas tres a&ntilde;os despu&eacute;s, en 1938, en la v&iacute;spera de la Segunda Guerra, el laboratorio blanco de Sandoz estall&oacute; en un big bang de colores que a&uacute;n hoy, con los ojos abiertos o cerrados, contin&uacute;a alumbrando nuestras noches y nuestros d&iacute;as.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text">Basilea - Buenos Aires</h3><p class="article-text">
        Desde Basilea a Buenos Aires hay 11.237 kil&oacute;metros. En la d&eacute;cada del '50 no hab&iacute;a vuelos directos. El primer paso era llegar a Zurich por tierra y, en el aeropuerto, subirse a un avi&oacute;n Douglas DC 4. Luego, una serie de escalas aleatorias: Frankfurt, Madrid, R&iacute;o de Janeiro, Natal, Ezeiza, en el mejor de los casos. Un total de 36 horas, volando a menos de 4.000 metros de altura, soportando turbulencias y tormentas del Atl&aacute;ntico imposibles de prever porque faltaban 20 a&ntilde;os para que un grupo de ingenieros en el sur de Alabama inventara los radares meteorol&oacute;gicos.
    </p><p class="article-text">
        Los aviones DC 4 hab&iacute;an sido construidos por la empresa norteamericana Douglas Aircraft Company. Un aporte para los combates a&eacute;reos en la Segunda Guerra Mundial. Cuando finaliz&oacute; el conflicto que hab&iacute;a quebrado el mundo en dos dejaron de transportar soldados, municiones y prisioneros, y empezaron a volar por l&iacute;neas comerciales y civiles. Aerol&iacute;neas de capitales nacionales como Japan Airlines, Australian National Airways o KLM, compraron parte de la escuadra militar, o alguna de las variaciones que armaron los ingenieros aeron&aacute;uticos y tuvieron a los DC 4 como modelos.
    </p><p class="article-text">
        La empresa Aerol&iacute;neas Argentinas, creada en 1949 por un decreto sancionado por el Poder Ejecutivo a cargo de Juan Domingo Per&oacute;n, tambi&eacute;n contaba con una flota de aviones Douglas. Se estima que entre los DC 3 y los DC 4, la Argentina sum&oacute; 36 aviones para volar a Europa y a Estados Unidos. A principios de la d&eacute;cada del '50, al interior de uno de esos aviones, en uno de los compartimentos sobre los 42 asientos de pasajeros, cubierta por un bolso de cuero de mano, viajaba desde Europa la primera valija con ampollas de LSD, que iba a tocar suelo y bocas y manos y mentes y divanes en Argentina.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El cornezuelo de centeno es un hongo imperceptible, casi invisible en el paisaje ondulante de los cultivos de cereal. Un inquilino o un par&aacute;sito que se instala en las espigas de la avena, el trigo, el mijo, el candeal y, claro, el centeno. Un esclerocio menor del tama&ntilde;o de un dedo, con una forma dura y de color pardo violaceo, que provoca la hipertrofia del grano. En espa&ntilde;ol, en t&eacute;rminos cient&iacute;ficos, se lo conoce con el nombre <em>Claviceps purpurea</em>. En ingl&eacute;s <em>Spikedrye </em>o, m&aacute;s vulgarmente, <em>Ergot of rye</em>. En franc&eacute;s, <em>seigle ivre</em>, centeno embriagado. Y en alem&aacute;n, <em>Mutterkorn </em>o <em>Tollkoriz</em>, el grano enloquecido<em>.</em>
    </p><blockquote class="quote">

    
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      <p class="quote-text">En la cultura popular alemana, existe la leyenda de que en los campos sembrados los cereales ondulan no por el soplido del viento sino porque un demonio, “la madre de los granos”, camina envenenando todo lo que toca a su paso

</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        En la cultura popular alemana, existe la leyenda de que en los campos sembrados, los cereales ondulan no por el soplido del viento sino porque un demonio, &ldquo;la madre de los granos&rdquo;, camina entre el medio envenenando todo lo que toca a su paso. Y agregan: cuando la cosecha se echa a perder, se debe a que sus hijos, &ldquo;los lobos del cornezuelo del centeno&rdquo;, anduvieron por el territorio, probando sus dientes, alimentando sus cuerpos, antes de huir por el sendero que marca la claridad de la luna hacia la oscuridad absoluta.
    </p><p class="article-text">
        Durante la Alta Edad Media, el consumo de pan de centeno contaminado por cornezuelo caus&oacute; en Europa envenenamientos masivos. &ldquo;El mal&rdquo; que hab&iacute;a generado epidemias y miles de muertes, como llama Hofmann a los acontecimientos en su autobiograf&iacute;a, apareci&oacute; bajo la forma de dos caracter&iacute;sticas: como peste convulsiva (<em>ergotismus convulsivus</em>), caracterizada por s&iacute;ntomas epileptiformes y convulsiones, y como peste gangrenosa (<em>ergotismus gangrenosus</em>), que se manifestaba en gangrenas que generaban momificaciones en las extremidades. Al ergotismo tambi&eacute;n se lo conoc&iacute;a como &ldquo;fuego sacro&rdquo; o &ldquo;fuego de San Antonio&rdquo;, porque eran los antonianos, devotos del santo patr&oacute;n, quienes se ocupaban de cuidar a los enfermos. En el siglo XVII se encontraron las causas del envenenamiento y, tanto en Europa como en algunas zonas rurales de Rusia, disminuyeron la frecuencia y dejaron de registrarse epidemias. La bola de fuego, encendida en el doblez de un cereal, sigui&oacute; rodando solo en los libros de historia.
    </p><p class="article-text">
        Siguiendo uno de esos principios paradojales que sostienen el equilibrio siempre en tensi&oacute;n del universo, el cornezuelo no solo gener&oacute; muerte y peste, sino tambi&eacute;n salv&oacute; y mejor&oacute; vidas. Su primer antecedente como remedio data de 1582. El m&eacute;dico municipal de Frankfurt, Adam Lonitzer, lo usaba como oxit&oacute;cico para inducir el trabajo de parto. Si bien era un remedio a disposici&oacute;n de las comadronas, tal como se registra en herbarios de la &eacute;poca, el cornezuelo ingres&oacute; en la medicina oficial en 1808, por un trabajo del m&eacute;dico americano John Stearns. Su vigencia dur&oacute; poco. En 1824, el m&eacute;dico David Hosack, tambi&eacute;n americano, fundament&oacute; los peligros del cornezuelo para inducir partos y su funci&oacute;n qued&oacute; relegada &ndash;siempre en el &aacute;mbito de la obstetricia&ndash; para evitar o controlar las hemorragias despu&eacute;s del parto o de un aborto.
    </p><p class="article-text">
        La siguiente incursi&oacute;n del cornezuelo lejos de la tierra y de los cereales fue en la qu&iacute;mica. Hofmann registra que desde mediados del siglo XIX empiezan a realizarse los primeros trabajos qu&iacute;micos. El objetivo era aislar las sustancias activas de esta droga y generar una fuente de alcaloides con aplicaciones farmacol&oacute;gicas, tales como la ergotamina, que se utiliza contra la migra&ntilde;a y los trastornos nerviosos. Sin embargo, su &ldquo;gran golpe&rdquo;, el punto de giro en su historia, fue en la d&eacute;cada del &lsquo;30. En laboratorios ingleses y americanos, cuenta Hofmann, se empez&oacute; a desentra&ntilde;ar la estructura qu&iacute;mica de los alcaloides del cornezuelo. Precisamente, en un laboratorio del Rockefeller Institute de Nueva York, los qu&iacute;micos W. A. Jacobs y L. C. Craig lograron aislar m&aacute;s de 30 variedades de alcaloides. En todos encontraron un componente en com&uacute;n: lo denominaron &aacute;cido lis&eacute;rgico.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La primera valija de ampollas con &aacute;cido lis&eacute;rgico que lleg&oacute; a la Argentina termin&oacute; en un tacho de basura. Estaba envuelta en una caja de cart&oacute;n. En uno de los &aacute;ngulos superiores, ten&iacute;a una estampilla con el dibujo del Puerto del Rin en Basilea. El remitente dec&iacute;a: Calle Quintana 202, esquina Montevideo, Capital Federal, Argentina, Laboratorio Tarazi-Alberto Tallaferro.
    </p><p class="article-text">
        El m&eacute;dico y psicoanalista argentino Alberto Tallaferro hab&iacute;a hecho el pedido a Sandoz por medio del laboratorio de su amigo Tarazi. Cuando recibi&oacute; la caja, la abri&oacute; de inmediato. Adentro hab&iacute;a una valija peque&ntilde;a, como las que usan los pintores para guardar pinceles y acuarelas. Con cuidado volvi&oacute; a cerrar las tapas de la caja de cart&oacute;n y la apoy&oacute; en la mesa de luz de la habitaci&oacute;n matrimonial. Luego, sobre la cama que hab&iacute;a tendido Rosa, la mucama paraguaya que seg&uacute;n Tallaferro parec&iacute;a haber salido de una obra de Gauguin, dej&oacute; una camisa blanca y una corbata negra con franjas rojas, y entr&oacute; a ba&ntilde;arse.
    </p><p class="article-text">
        Nadie sabe qu&eacute; pens&oacute; Tallaferro mientras el agua le ca&iacute;a por la cara y le mojaba el pelo negro. Quiz&aacute; tuvo la sensaci&oacute;n extra&ntilde;a, sospechosa, paranoica, de ver realizarse de un modo sencillo una situaci&oacute;n que a priori parece compleja. Quiz&aacute; respir&oacute; hondo para calmar la ansiedad y no alterar el protocolo de investigaci&oacute;n que hab&iacute;a firmado para que le env&iacute;en la remesa. Quiz&aacute; sinti&oacute; que en sus manos, a pocos metros, ten&iacute;a la llave de las puertas de la percepci&oacute;n. O quiz&aacute;, cuando apag&oacute; el agua caliente y dej&oacute; caer sobre su espalda un chorro de agua fr&iacute;a, helada, se pregunt&oacute; por qu&eacute; se empe&ntilde;aba en experimentar con t&eacute;cnicas nuevas.
    </p><blockquote class="quote">

    
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      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">La primera valija de ampollas con ácido lisérgico que llegó a la Argentina terminó en un tacho de basura
</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        El &aacute;cido lis&eacute;rgico extra&iacute;do del cornezuelo de centeno era una sustancia de f&aacute;cil descomposici&oacute;n. El problema surg&iacute;a cuando se mezclaban con restos alcalinos. Hofmann rebot&oacute; en las paredes blancas del laboratorio hasta encontrar una soluci&oacute;n. Con la premisa de que la ciencia se construye sobre capas geol&oacute;gicas de conocimiento, tom&oacute; la Transposici&oacute;n de Curtius; un m&eacute;todo que le permiti&oacute; combinar el &aacute;cido lis&eacute;rgico con restos b&aacute;sicos y as&iacute; crear una gran cantidad de compuestos sint&eacute;ticos.
    </p><p class="article-text">
        Hofmann, con su equipo, buscaba aislar los principios activos del hongo, para poder aplicar la dosis exacta en el &uacute;tero de la mujer ante dificultades en el parto y en el posparto. El primer alcaloide que produjeron lo llamaron Methergin, que a&uacute;n hoy se contin&uacute;a usando en cl&iacute;nicas y hospitales. Fue la primera s&iacute;ntesis del laboratorio conducido por Hofmann. La segunda s&iacute;ntesis que contin&uacute;a vigente en la actualidad es la dietilamida, la n&uacute;mero 25 en la serie de estos derivados sint&eacute;ticos del &aacute;cido lis&eacute;rgico. En la jerga del laboratorio, Hofmann la bautiz&oacute; LSD-25.
    </p><p class="article-text">
        El descubrimiento fue involuntario, como la aparici&oacute;n de una isla con vegetaci&oacute;n rosa, verde, naranja y celeste que aparece en el medio del oc&eacute;ano sin figurar una sola coordenada en el mapa. Un a&ntilde;o antes del estallido de la Segunda Guerra, en 1938, Hofmann estaba intentando conseguir un anal&eacute;ptico, una sustancia estimulante del sistema circulatorio. La probaron en animales y no funcion&oacute;. En el informe de la secci&oacute;n farmacol&oacute;gica, dec&iacute;a: &ldquo;los animales se intranquilizaron con la narcosis&rdquo;. Desde el directorio de Sandoz fueron tajantes: decidieron no mostrar m&aacute;s inter&eacute;s en el LSD-25 y suspender los ensayos.
    </p><p class="article-text">
        Durante cinco a&ntilde;os no se hicieron m&aacute;s pruebas. Hasta la primavera de 1943, donde Hofmann, siguiendo un presentimiento, volvi&oacute; a realizar la s&iacute;ntesis del LSD 25. En simult&aacute;neo, en la misma &eacute;poca, ya se trabajaba en la construcci&oacute;n de la primera bomba at&oacute;mica, que se lanz&oacute; dos a&ntilde;os despu&eacute;s, en 1945. Dos descubrimientos, dos avances cient&iacute;ficos, dos explosiones, dos hermanos d&iacute;scolos del paradigma positivista que torcieron la historia de la humanidad, tanto en su capacidad destructiva como en su potencialidad perceptiva.
    </p><p class="article-text">
        Cuando Tallaferro sali&oacute; del ba&ntilde;o, con una toalla blanca sobre los hombros, levant&oacute; la camisa de la cama. Pas&oacute; cada brazo por una manga y se abroch&oacute; los botones con disciplina. Hizo un paneo por la habitaci&oacute;n buscando los zapatos. Su mirada no se detuvo en ning&uacute;n rinc&oacute;n de la alfombra. Se congel&oacute; sobre la mesa de luz, la de su lado de la cama, donde hac&iacute;a unos minutos hab&iacute;a dejado la caja de cart&oacute;n con ampollas de LSD adentro.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Grit&oacute;, grit&oacute; fuerte, Tallaferro. Tan fuerte que Rosa corri&oacute; r&aacute;pido hacia el cuarto como si hubiera sonado una sirena. Sus hijos, acostumbrados a verlo berrear, tambi&eacute;n se sorprendieron ante una nueva tonalidad de su humor. Tallaferro pregunt&oacute; por la caja. Rosa, atropellada, le cont&oacute; que la vio en la mesa de luz, abierta, y la meti&oacute; en una bolsa de nylon. Justo pasaba el carro de la basura, dijo. En Recoleta, en uno de los barrios m&aacute;s exclusivos de Argentina, de Am&eacute;rica Latina, en la d&eacute;cada del '50 a&uacute;n pasaba el carro. Rosa sali&oacute; r&aacute;pido con las bolsas que se acumulaban en la cocina, tambi&eacute;n con la que ten&iacute;a la caja con una estampilla de Basilea. Luego de saludar al basurero, al jinete curtido que guiaba a un caballo por el empedrado de Recoleta, tom&oacute; impuls&oacute; y tir&oacute; las bolsas al interior del carro. Sin despedirse, lo vio alejarse. Incluso, al darle la espalda, sigui&oacute; escuchando el taconear del caballo sobre la calle de piedra.
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                Juan Lacour                             </span>
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        En 1943 el Gran Consejo Fascista depone a Benito Mussolini. Tambi&eacute;n se desencadena la Batalla de Stalingrado: derrota clave para el ej&eacute;rcito alem&aacute;n. Tambi&eacute;n tropas sovi&eacute;ticas liberan Kiev de la toma del ej&eacute;rcito Nazi. Tambi&eacute;n las fuerzas de los Aliados desembarcan en Sicilia; a los pocos meses la controlan. Tambi&eacute;n Norbert Klein, h&eacute;roe de la resistencia, es rescatado de un hospital y se esconde hasta el fin de la guerra. En Argentina, el Golpe de Estado del &lsquo;43, derriba al gobierno &ldquo;semilegal&rdquo; de Castillo, &ldquo;un enemigo del pueblo trabajador&rdquo;, seg&uacute;n el comunicado de la llamada Central General de Trabajadores N.2. Y en Suiza, precisamente en Basilea, el viernes 19 de abril, Hofmann interrumpe su trabajo y, con una &uacute;nica testigo, emprende el famoso viaje desde el laboratorio Sandoz hacia su casa, en bicicleta.
    </p><p class="article-text">
        En el laboratorio, Hofmann trabajaba en condiciones de extrema limpieza. Dentro de los frascos manipulaba sustancias t&oacute;xicas y la obsesi&oacute;n era parte fundamental del cuidado. El primer contacto con la dietilamida del &aacute;cido lis&eacute;rgico sucede el 16 de abril: Hofmann se lo atribuye a &ldquo;una acci&oacute;n t&oacute;xica externa&rdquo;. Dice: &ldquo;Quiz&aacute;s un poco de la soluci&oacute;n del LSD hab&iacute;a tocado la punta de mis dedos al recristalizarla y un m&iacute;nimo de sustancia hab&iacute;a sido reabsorbida por la piel&rdquo;. De ser as&iacute;, fue una dosis peque&ntilde;a que gener&oacute; unos pocos cambios de percepci&oacute;n aleatorios. &ldquo;Ten&iacute;a una calidad placentera de cuento de hadas&rdquo;, recuerda en 1976, en una entrevista que le hicieron en la revista <em>High Times</em>.
    </p><p class="article-text">
        Al llegar a su casa, Hofmann cre&oacute; un ambiente de semipenumbra: la luz del d&iacute;a le resultaba insoportable. Luego, se acost&oacute; en la cama. Cerr&oacute; los ojos y se entreg&oacute; a &ldquo;un estado de embriaguez no desagradable, que se caracteriz&oacute; por una fantas&iacute;a sumamente animada&rdquo;, como anot&oacute; en el informe que le envi&oacute; al profesor Stoll.&nbsp;
    </p><blockquote class="quote">

    
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      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Tres días después de la primera toma involuntaria, Hofmann realizó la primera experiencia formal. Un autoensayo.

</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Hofmann empieza a percibir im&aacute;genes fant&aacute;sticas, caleidosc&oacute;picas. Un hechizo similar al que tuvo de ni&ntilde;o, camino del bosque Martin, al norte de Baden, en Suiza. Un resplandor de belleza que llegaba &ldquo;al alma de un modo muy particular&rdquo;. Una visi&oacute;n que lo llev&oacute; a experimentar un mundo oculto, insondable, desbordante de vitalidad. Casi cuatro d&eacute;cadas despu&eacute;s, en su casa de Basilea, volv&iacute;a a tener una contemplaci&oacute;n similar, una epifan&iacute;a visionaria. La diferencia era que esta vez pod&iacute;a darle una explicaci&oacute;n qu&iacute;mica y, sobre todo, en sus manos y conocimiento estaba la posibilidad de que no sea la &uacute;ltima ni, menos, que suceda de un modo repentino. El mundo oculto, la dimensi&oacute;n insondable, las puertas de la percepci&oacute;n, ten&iacute;an una llave. O una ampolla, o un l&iacute;quido, o un cart&oacute;n. Y &eacute;l, Hofmann, ten&iacute;a la clave, el c&oacute;digo, la f&oacute;rmula, para su creaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        A Alberto Tallaferro le dio un ataque de nervios al conocer el relato de Rosa. Su mujer Mar&iacute;a Ang&eacute;lica, a su lado, lo calm&oacute; o intent&oacute; hacerlo. Y le dijo que espere, que espere ah&iacute;, en la habitaci&oacute;n. Orden&oacute; a Rosa que le lleve un t&eacute;: no para calmarlo sino para darle un tiempo, unos minutos para controlar el temblor en las manos.
    </p><p class="article-text">
        Sin abrir la boca, Mar&iacute;a Ang&eacute;lica se puso un abrigo y sali&oacute; a la calle a buscar un taxi. A Retiro, le dijo al primer chofer que pas&oacute;, al basural pegado a la estaci&oacute;n de Ferrocarril. No era la primera vez que ve&iacute;a las monta&ntilde;as de basura. Eran parte del paisaje que miraba por la ventanilla del tren en sus excursiones al Tigre. S&iacute;, le sorprendi&oacute; el olor rancio y pesado, casi tangible, y el suelo movedizo donde intentaba hacer pie.
    </p><p class="article-text">
        La pila de basura ten&iacute;a la altura de un vag&oacute;n. Mar&iacute;a Ang&eacute;lica la recorri&oacute; como una hormiga. Separ&oacute; bolsas de nylon, botellas, cartones mojados, telas pegajosas. Estuvo un rato largo, hasta que desisti&oacute; cuando la luz del sol dej&oacute; de iluminar lo que sus manos sosten&iacute;an. A pocos metros del basural, los faroles de los andenes de la Terminal de Retiro se iban encendiendo como notas musicales. Mar&iacute;a Ang&eacute;lica, con las u&ntilde;as largas llenas de barro, suspir&oacute;. La valija no apareci&oacute;. Tampoco un rastro, una etiqueta, un pedazo de cuero, nada. La valija estaba hundida en la mugre, entre los restos de la ciudad, bien abajo, en el fondo del fondo, enterrada en un lugar al que nadie lleg&oacute; o, al menos, nadie dio cuenta de que hab&iacute;a descubierto la primera valija con LSD en aterrizar en Argentina.
    </p><p class="article-text">
        Tres d&iacute;as despu&eacute;s de la primera toma involuntaria, el 19 de abril, Hofmann realiz&oacute; la primera experiencia formal. Un autoensayo, como dicen en la jerga cient&iacute;fica. Prepar&oacute; una soluci&oacute;n de 5 miligramos y tom&oacute; una fracci&oacute;n de 0,25 miligramos de tartrato de dietilamida de &aacute;cido lis&eacute;rgico. No esperaba que una dosis tan peque&ntilde;a le hiciera efecto. Y menos, negativos. Luego de tomarla, Hofmann pens&oacute; que se mor&iacute;a o que se estaba volviendo loco o las dos cosas a la vez. Pens&oacute; en sus dos hijos y en su mujer Lucerna. Se los imagin&oacute; pregunt&aacute;ndose por qu&eacute; su padre y su esposo, respectivamente, hab&iacute;a hecho semejante experimento. En sus palabras, porqu&eacute; hab&iacute;a dejado que el demonio entrara en su cuerpo.&nbsp;
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">“Repleta de amarga ironía se entrecruzaba la reflexión de que era esa dietilamida del ácido que yo había puesto en el mundo la que ahora me obligaba a abandonarlo prematuramente”

</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Antes de salir del Laboratorio, Hofmann orden&oacute; los elementos de trabajo. Se sent&iacute;a mareado y, en el cuerpo, un hormigueo de intranquilidad que lo recorr&iacute;a desde los pies hasta el cuello,&nbsp;como si fuese un territorio a explorar. Sin meditarlo, decidi&oacute; volver a su casa. En plena guerra mundial, casi no hab&iacute;a coches ni combustible para el uso civil. La opci&oacute;n que eligi&oacute; Hofmann fue subirse a una bicicleta negra, de cuadro ingl&eacute;s. Susi Ramstein, una chica de 21 a&ntilde;os que trabajaba como ayudante del laboratorio, lo acompa&ntilde;&oacute;. En el camino, los &aacute;rboles, las nubes, las flores, se ven distorsionadas. Formas que van tomando nuevos &aacute;ngulos, otras curvaturas, distintos colores. El camino de siempre pero distinto, como si lo estuviera haciendo por un sendero paralelo.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Al llegar, Hofmann tuvo la sensaci&oacute;n de que no pod&iacute;a mover las piernas. Se pregunt&oacute; c&oacute;mo hizo para conducir la bicicleta. A su alrededor todo giraba: los objetos y muebles tomaban formas grotescas, con dientes y garras; se sent&iacute;a amenazado. Sin embargo, Ramstein le despejaba los fantasmas, que ten&iacute;a adentro y empezaron a crecer afuera. Le dijo que viajaron a buena velocidad, que no hubo problemas en el camino. Y le repiti&oacute;: ya est&aacute; en casa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Antes de bajar las cortinas del living, Hofmann, inquieto, le pide a Ramstein que llame al m&eacute;dico y vaya a buscar leche a casa de los vecinos. Mientras espera, su cabeza sigue funcionando, hilando palabras oscuras, dictadas con el filo del miedo: &ldquo;Repleta de amarga iron&iacute;a se entrecruzaba la reflexi&oacute;n de que era esa dietilamida del &aacute;cido que yo hab&iacute;a puesto en el mundo la que ahora me obligaba a abandonarlo prematuramente&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        El m&eacute;dico se acerc&oacute; pronto: no encontr&oacute; nada raro. Escuch&oacute; los miedos de Hoffman, pero sobre todo puso el foco en los s&iacute;ntomas: pupilas dilatadas; pulso, presi&oacute;n sangu&iacute;nea y respiraci&oacute;n dentro de los par&aacute;metros normales. En una pausa, Ramstein le cont&oacute; del autoensayo. El m&eacute;dico no se alter&oacute;. Se qued&oacute; un tiempo en la casa, hasta que el efecto empezara a ceder. En ese lapso entre el p&aacute;nico y el regreso a la cotidianidad familiar, Hofmann pudo gozar de los colores que inundaban sus ojos cerrados, de la intensificaci&oacute;n de los sonidos que llegaban de la calle, de los sabores nuevos que tomaba la comida. En s&iacute;, las virtudes de una sustancia psicoactiva que ten&iacute;a unas propiedades extraordinarias.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Entre el pánico y el regreso a la cotidianidad familiar, Hofmann pudo gozar de los colores que inundaban sus ojos cerrados, de la intensificación de los sonidos que llegaban de la calle, de los sabores nuevos que tomaba la comida

</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        A&ntilde;os despu&eacute;s, en distintas entrevistas, d&aacute;ndole una pincelada de contemporaneidad a su lenguaje, Hofmann dir&aacute; que su primera experiencia formal fue &ldquo;un mal viaje&rdquo;. Sin embargo, en ning&uacute;n momento lo se&ntilde;ala como un obst&aacute;culo para continuar experimentando.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Para recibir una valija con ampollas de LSD en otro continente, otro pa&iacute;s, a m&aacute;s de 10 mil kil&oacute;metros de distancia de Suiza, no hab&iacute;a que hacer una transferencia bancaria ni acercar dinero por alg&uacute;n t&uacute;nel ilegal o por caminos informales. Con llenar una solicitud era suficiente. El pedido no pod&iacute;a hacerlo cualquiera. Deb&iacute;a garantizar algunas cualidades cient&iacute;ficas. Y, en particular, comprometerse en dos puntos fundamentales. El primero, cada cient&iacute;fico o psiquiatra deb&iacute;a realizar autoensayos con las dosis enviadas antes de administrar a pacientes externos. Segundo: una vez realizados los experimentos, deb&iacute;an escribir art&iacute;culos cient&iacute;ficos en revistas especializadas.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">La segunda valija con LSD hizo el mismo recorrido que la primera: desde Basilea a Buenos Aires, en uno de los compartimentos de un Douglas DC4. La diferencia fue que apenas llegó a la casa de Quintana 202, Tallaferro no le sacó los ojos de encima

</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        El modelo de experimentaci&oacute;n era el que ven&iacute;a realizando Werner A. Stoll, el hijo de&nbsp; Arthur Stoll, en la cl&iacute;nica psiqui&aacute;trica de la Universidad de Zurich desde 1947. Los pasos: recibir el LSD, experimentarlo con supervisi&oacute;n de un asistente y, por &uacute;ltimo, dejar registro por escrito de la experiencia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En su casa de Recoleta, Tallaferro, resignado a no encontrar la valija que imaginaba degradarse en el basural de Retiro, volvi&oacute; a llenar una solicitud. Para su sorpresa, tambi&eacute;n fue aprobada. La segunda valija con LSD hizo el mismo recorrido que la primera: desde Basilea a Buenos Aires, en uno de los compartimentos de un Douglas DC4. La diferencia fue que apenas lleg&oacute; a la casa de Quintana 202, Tallaferro no le sac&oacute; los ojos de encima. Rodeando la caja con las dos manos, subi&oacute; cinco pisos por la escalera y la dej&oacute; sobre el escritorio de su consultorio. Despu&eacute;s, cerr&oacute; la puerta y puso llave. En ese instante, el lienzo blanco de la psicolog&iacute;a empezaba a tomar sus primeros colores. Con la segunda valija que hab&iacute;a llegado a las manos de Tallaferro, comenzaba el viaje del LSD en la Argentina.
    </p><p class="article-text">
        <em> Este texto se trabaj&oacute; en el Laboratorio de No Ficci&oacute;n Creativa llevado adelante por Revista Anfibia, el Doctorado de Escritura en Espa&ntilde;ol de la Universidad de Houston y la Maestr&iacute;a en Periodismo Narrativo de Unsam entre septiembre de 2022 y mayo de 2023. Adem&aacute;s, formar&aacute; parte de un libro escrito a cuatro manos por Dami&aacute;n Huergo y Fernando Krapp que ser&aacute; publicado en 2024 por editorial Paid&oacute;s.</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Damián Huergo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/lsd-escribir-paper_130_10472995.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 02 Sep 2023 20:26:41 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Tomar LSD y escribir un paper]]></media:title>
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