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    <title><![CDATA[elDiario.es - Mirta Drago]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/mirta-drago/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Mirta Drago]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Refugiada en una embajada, con colchones en el suelo y en 'shock': así viví a mis 15 años el golpe militar contra Allende]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/refugiada-embajada-colchones-suelo-shock-vivi-15-anos-golpe-militar-allende_129_10499297.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6138518b-344e-4940-8581-9ada09a88def_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Refugiada en una embajada, con colchones en el suelo y en &#039;shock&#039;: así viví a mis 15 años el golpe militar contra Allende"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El desgarro que he sentido al entrar nuevamente en los salones que nos acogieron a mi familia y a mí en esos días de miedo demuestra lo importante que es cualquier ejercicio de memoria histórica para que los que fuimos víctimas podamos reparar y seguir adelante</p><p class="subtitle">ENTREVISTA - Mario Amorós, historiador: “Nixon y Kissinger veían en Allende el principal enemigo de América Latina"</p></div><p class="article-text">
        Los 15 a&ntilde;os que hab&iacute;a cumplido hac&iacute;a ocho d&iacute;as no los celebr&eacute; con una fiesta de amigos en casa como estaba previsto, sino <a href="https://www.eldiario.es/desalambre/documental-nina-bonita_1_3527889.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">en el sal&oacute;n de baile de la residencia</a> del embajador argentino en Chile, durmiendo junto a mi numerosa familia en dos colchones en el suelo, durante dos semanas, y entre otros cientos de refugiados. Mi primer viaje en avi&oacute;n fue en el H&eacute;rcules del Ej&eacute;rcito Argentino que nos rescat&oacute; del <a href="https://www.eldiario.es/temas/salvador-allende/" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">golpe militar contra el presidente Salvador Allende</a>, del que ahora se cumplen 50 a&ntilde;os, y nos llev&oacute; de vuelta desde Santiago a mi ciudad natal de Buenos Aires. Todav&iacute;a humeaba La Moneda, la casa de Gobierno, por los bombardeos de la aviaci&oacute;n chilena. 
    </p><p class="article-text">
        Era mi segundo exilio de ni&ntilde;a, hab&iacute;a llegado a Santiago a principios de los 70, dejando familia, amigos, colegio, identidad y una Argentina en ese momento en dictadura. La represi&oacute;n por la militancia de mis padres nos hab&iacute;a llevado a un <a href="https://www.eldiario.es/temas/chile/" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Chile</a> alegre, participativo, en el que pudimos reconstruir de a poco nuestra vida <a href="https://www.eldiario.es/internacional/mario-amoros-historiador-nixon-kissinger-veian-allende-principal-enemigo-america-latina_128_10498845.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">mientras se estrenaba el primer gobierno socialista.</a> Como novedad, en el colegio nos daban un kilo de leche en polvo al mes, porque en la campa&ntilde;a se hab&iacute;a prometido medio litro diario para paliar la extendida desnutrici&oacute;n infantil. La burla contra las ayudas sociales ya exist&iacute;a entonces, la oposici&oacute;n dec&iacute;a que los pobres utilizaban el polvo blanco para marcar canchas de f&uacute;tbol en los barrios.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Dos hombres que trabajaban en la embajada hace 50 años y ayudaron a los que se refugiaron ahí junto a la autora del artículo, Mirta Drago                            </span>
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                </figure><h3 class="article-text">Tiempo de alegr&iacute;a y aprendizaje</h3><p class="article-text">
        Enseguida pas&eacute; a la educaci&oacute;n p&uacute;blica secundaria, al liceo. Esas aulas recibieron con fiesta de democracia a una preadolescente que por primera vez escuchaba hablar de un gobierno estudiantil elegido entre las candidaturas de las juventudes de cada partido pol&iacute;tico nacional. Los recreos eran un hervidero de discusiones, las asambleas se convocaban a menudo en la cafeter&iacute;a. As&iacute; te informabas sobre todo tipo de convocatorias, por ejemplo de trabajos voluntarios para descargar trenes que llegaban a la capital con sacos de alimentos que hab&iacute;an sido almacenados ilegalmente para presionar al gobierno. La oposici&oacute;n orquestaba desabastecimiento y descontento, lleg&oacute; un momento en el que hab&iacute;a una cola para comprar productos que escaseaban en cada calle de Santiago. Faltaba az&uacute;car, caf&eacute;, papel higi&eacute;nico, pasta de dientes, pan, combustible, faltaba todo menos los productos perecederos. 
    </p><p class="article-text">
        Los chicos volv&iacute;amos a casa exhaustos de la expedici&oacute;n a descargar trenes, pero contentos por formar parte de la vida m&aacute;s activa del pa&iacute;s y con el cuerpo cubierto de az&uacute;car porque alguna m&iacute;nima parte de los sacos se hab&iacute;a destinado a una especie de guerra de almohadas. No dej&aacute;bamos de ser adolescentes, ni de estudiar, que conste. Lig&aacute;bamos y ensay&aacute;bamos nuestros primeros amores en las manifestaciones, en los trabajos voluntarios, en las tomas pac&iacute;ficas del liceo, casi siempre en las calles y sin necesidad de discotecas.
    </p><p class="article-text">
        Mi padre hab&iacute;a conseguido trabajo como jefe de Promoci&oacute;n y Ventas de Quimant&uacute;, la gigantesca editorial chilena Zigzag que el Gobierno acababa de nacionalizar y rebautizar, mi madre trabajaba en el departamento de ediciones. En solo cinco meses de gesti&oacute;n p&uacute;blica, Quimant&uacute; hab&iacute;a vendido un mill&oacute;n de libros a precios populares. En el desayuno, antes de salir a clases, los ni&ntilde;os asist&iacute;amos en casa a la cr&oacute;nica de los furibundos debates pol&iacute;ticos de la &uacute;ltima noche de asamblea para decidir los t&iacute;tulos que iban a entrar en las diferentes colecciones.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                La autora del artículo sentada en la sala donde hace 50 años dormía con su familia                            </span>
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        Eso que para una preadolescente fue un tiempo de alegr&iacute;a y aprendizaje sin parang&oacute;n, y que los analistas chilenos describen como el periodo de actividad m&aacute;s intenso de la vida colectiva del pa&iacute;s en todos los aspectos, termin&oacute; en la temprana ma&ntilde;ana de un 11 de septiembre de 1973.
    </p><h3 class="article-text">&ldquo;Baja, que hay golpe&rdquo;</h3><p class="article-text">
        Ese martes sal&iacute; de mi casa adosada, a los pies del Cerro San Crist&oacute;bal, hacia el liceo a las 7:30 horas. Cog&iacute; el autob&uacute;s de todas las ma&ntilde;anas, que pasaba por el lateral de la sede del Gobierno, y me sorprend&iacute; al ver la Casa de la Moneda entera rodeada por tanques y camiones militares. Lo coment&eacute; con mis compa&ntilde;eros cuando entr&eacute; en clase, minutos antes de que llegara el profesor. Hablamos sobre la amenaza de golpe de Estado, cualquier d&iacute;a ocurrir&aacute; y deber&iacute;amos estar preparados, concluimos tan sabihondos como nos sent&iacute;amos con esos pocos a&ntilde;os. Media hora despu&eacute;s un amigo grit&oacute; desde el patio: &ldquo;Mirta, baja, que hay golpe&rdquo;. Enseguida alguien entr&oacute; al aula para suspender las clases.
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                Mirta, con camiseta naranja, delante de la que era su casa a los pies del cerro San Cristóbal, en Santiago.                            </span>
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        Unos centenares de estudiantes nos quedamos &ldquo;esperando instrucciones del Gobierno&rdquo; para salir en su defensa, y as&iacute; en cada instituto y universidad y centro de trabajo, escondi&eacute;ndonos si pasaban helic&oacute;pteros militares volando bajo. Cuando se acercaba el toque de queda a primera hora de la tarde ya sab&iacute;amos que el golpe hab&iacute;a triunfado y que tocaba volver a casa. Como no me daba tiempo a volver a la m&iacute;a, me qued&eacute; en la de un compa&ntilde;ero de colegio. Con sus padres y otros amigos alojados seguimos at&oacute;nitos por el televisor en blanco y negro los bandos militares. El toque se levant&oacute; a los dos d&iacute;as, cog&iacute; la misma l&iacute;nea de autob&uacute;s y pas&eacute; otra vez por una Moneda esta vez coronada por un humo negro que se elevaba muy alto en el cielo a causa de los bombardeos del 11 de septiembre. El d&iacute;a anterior, en una corta interrupci&oacute;n de la prohibici&oacute;n de circular, hab&iacute;a salido a avisar a mi familia de que estaba en una casa amiga.
    </p><p class="article-text">
        La algarab&iacute;a de esos a&ntilde;os dio un giro abrupto a calles vac&iacute;as y silenciosas, que apenas se pisaban apresuradamente en los intervalos de los toques de queda. Llegu&eacute; a casa a tiempo para presenciar el allanamiento en busca de mi padre, que adem&aacute;s de trabajar en la editorial dirig&iacute;a el peri&oacute;dico socialista<em> La aurora de Chile.</em> Ese d&iacute;a aprend&iacute; que no todas las sirenas vienen a casa para salvarte, la cuadrilla del Ej&eacute;rcito lleg&oacute; en una ambulancia, porque seguramente escaseaban los veh&iacute;culos militares ante la desaforada actividad represora de esos d&iacute;as. Vi desfilar hacia esa ambulancia una parte de los libros de nuestra biblioteca, los que los soldados desde su ignorancia consideraban sediciosos y los que les cab&iacute;an en tan poco espacio. Por suerte mi padre no estaba en casa, desde el d&iacute;a del golpe no sab&iacute;amos nada de &eacute;l.
    </p><h3 class="article-text">Refugiados en la embajada</h3><p class="article-text">
        Esa tarde cerramos la puerta de nuestra casa como si nos fu&eacute;semos a dar un paseo y nos fuimos los cinco hermanos con mi madre a alojarnos con unos vecinos y unos d&iacute;as despu&eacute;s a tentar suerte para poder entrar a la Embajada Argentina en Chile. Ante un port&oacute;n custodiado por fuerzas de seguridad armadas que en una ocasi&oacute;n llegaron a matar a tiros a un chileno que intentaba exiliarse, como argentinos de origen dio resultado el argumento de que &iacute;bamos a hacer unos tr&aacute;mites. Eso m&aacute;s la complicidad y la solidaridad del personal de la embajada que por ese entonces ya representaba a un gobierno democr&aacute;tico. As&iacute; eran esos a&ntilde;os en los pa&iacute;ses de Am&eacute;rica del Sur, un vaiv&eacute;n de dictaduras entre breves periodos de paz. 
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de atravesar un inmenso jard&iacute;n y cruzar la puerta de la residencia, vimos de frente a mi padre, agachado y con los brazos abiertos para abrazarnos. Hab&iacute;a estado en casa de un vecino que lo acompa&ntilde;&oacute; a su vez a la embajada unos d&iacute;as antes. Alguien le hab&iacute;a avisado que &iacute;bamos a intentar entrar. Los siete ya est&aacute;bamos por fin a salvo.
    </p><p class="article-text">
        La alegre vida de ni&ntilde;a que asomaba a la vida termin&oacute; bruscamente durmiendo en dos colchones en el suelo del sal&oacute;n de baile, junto a mi madre y mis cuatro hermanos, porque hab&iacute;a lugar solo para mujeres y ni&ntilde;os, y comiendo por turnos en la cocina de la embajada. Mi padre dorm&iacute;a de d&iacute;a, como el resto de los hombres, cuando quedaban libres los colchones o los sitios en las alfombras. La vida en un par&eacute;ntesis de angustia e incertidumbre, pero en un silencio tronador, anestesiados por el <em>shock</em>. Un bolso con mi diario, un cuaderno con notas y poes&iacute;as cursis, la libreta escolar y un bot&oacute;n del abrigo de un exnovio como toda pertenencia. Nunca recuperamos el resto de cosas de la casa, ni muebles, ni ropa, ni libros, ni nada. Nada.
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                    alt="Mirta Drago durante la visita por los lugares en los que se refugió en la embajada. 
Aquí, el salón “de baile”, donde estaban los colchones para mujeres con niños."
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                Mirta Drago durante la visita por los lugares en los que se refugió en la embajada. 
Aquí, el salón “de baile”, donde estaban los colchones para mujeres con niños.                            </span>
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        Aterrizamos dos semanas despu&eacute;s en Buenos Aires, gracias a los salvoconductos negociados por Acnur que nos permitieron partir en el primer contingente que sali&oacute; de la embajada temprano rumbo al aeropuerto de Santiago. El golpe contra un gobierno democr&aacute;tico, con la muerte de su presidente el mismo d&iacute;a, hab&iacute;an generado un movimiento internacional que oblig&oacute; a la junta militar a dejar salir de a poco a los miles de refugiados en diversas embajadas. El autob&uacute;s que nos llevaba atraves&oacute; las calles vac&iacute;as por el toque de queda, custodiado por veh&iacute;culos militares que formaban una siniestra caravana.
    </p><h3 class="article-text">Pisar las calles de Santiago nuevamente</h3><p class="article-text">
        As&iacute; termin&oacute; el primer intento democr&aacute;tico para cambiar a mejor la vida de la gente desde un gobierno legalmente formado. As&iacute; empez&oacute; <a href="https://www.eldiario.es/internacional/boric-lanza-inedita-politica-busqueda-victimas-desaparicion-forzada_1_10476313.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">un periodo de represi&oacute;n violenta que se fue replicando</a> r&aacute;pidamente en casi todos los pa&iacute;ses de la regi&oacute;n, dando lugar a una &eacute;poca oscura de persecuci&oacute;n, secuestros, muertes y debacle econ&oacute;mica para la mayor&iacute;a de la poblaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; nos quedamos los ni&ntilde;os sin el televisor que llev&aacute;bamos meses esperando. El fuerte incremento de la calidad de vida de la poblaci&oacute;n hab&iacute;a provocado tal aumento de demanda que no lleg&oacute; a tiempo. Aunque hubiera llegado a tiempo, se hubiera perdido junto al resto de nuestra vida.
    </p><p class="article-text">
        Parafraseando <a href="https://www.youtube.com/watch?v=e92-HUbGBSo" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link" target="_blank">la canci&oacute;n</a> de Pablo Milan&eacute;s, he querido pisar &ldquo;las calles de Santiago nuevamente&rdquo; en este 50&ordm; aniversario, para rendir un homenaje &iacute;ntimo a los que hicieron posible esos a&ntilde;os de esperanza que hoy siguen ratificando que es posible una vida digna para todos si un gobierno legisla en consecuencia.&nbsp;
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                Acto en la embajada, en el que las personas que trabajan con memoria histórica en Argentina entregaron documentación recabada por la policía argentina al llegar refugiados a Buenos Aires.                            </span>
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        He recorrido nuevamente los salones de la embajada que me acogi&oacute; en esos d&iacute;as de miedo. Gracias a la comprensi&oacute;n del embajador argentino en Chile, Rafael Bielsa, y de su equipo, he podido estar de pie por unos instantes en el mismo lugar en el que hace 50 a&ntilde;os tuvimos que dormir seis personas en dos de los 90 colchones que se hab&iacute;an acomodado en el suelo. Desde hace unos a&ntilde;os en la embajada luce una placa que conmemora esos d&iacute;as. El desgarro que por fin pude sentir en la piel al entrar nuevamente, lejos del <em>shock </em>que actu&oacute; hace 50 a&ntilde;os como sedante del dolor, demuestra lo importante que es cualquier ejercicio de memoria hist&oacute;rica, para que los que fuimos v&iacute;ctimas podamos reparar y seguir adelante, para que todos podamos jurarnos que &ldquo;nunca m&aacute;s&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Estoy pisando nuevamente las calles de Santiago estos d&iacute;as con esos compa&ntilde;eros del Liceo Experimental Dar&iacute;o Salas con los que me asom&eacute; a la cultura, a la pol&iacute;tica social y a la vida, en todos los sentidos. En lugar de pasar en autob&uacute;s sorprendida por el despliegue militar, camin&eacute; esta vez en torno a la Casa de la Moneda a la noche, junto a miles de mujeres con velas, en una manifestaci&oacute;n simb&oacute;lica para que jam&aacute;s una casa de Gobierno pueda volver a verse rodeada por tanques y bombardeada.
    </p><p class="article-text">
        He pisado nuevamente el frente de la que fue mi casa y por fin he podido llorar desconsolada por la vida que ah&iacute; se detuvo, por lo duro que fue volver a empezar.
    </p><p class="article-text">
        --
    </p><p class="article-text">
        <em>Mirta Drago, directora de Comunicaci&oacute;n de Mediaset Espa&ntilde;a durante 20 a&ntilde;os y hasta hace unos pocos meses, trabaj&oacute; tambi&eacute;n en Antena 3, El Mundo y El Pa&iacute;s. En 2017 produjo en colaboraci&oacute;n con el comit&eacute; espa&ntilde;ol de ACNUR, 'La ni&ntilde;a bonita', </em><a href="https://www.eldiario.es/vertele/noticias/mirta_1_7504088.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>documental sobre la crisis de refugiados sirios</em></a><em> dirigido por Julieta Cherep. </em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Mirta Drago]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/refugiada-embajada-colchones-suelo-shock-vivi-15-anos-golpe-militar-allende_129_10499297.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 10 Sep 2023 20:53:54 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Refugiada en una embajada, con colchones en el suelo y en 'shock': así viví a mis 15 años el golpe militar contra Allende]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Chile,Salvador Allende,Augusto Pinochet]]></media:keywords>
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