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    <title><![CDATA[elDiario.es - Francisco M. Carriscondo Esquivel]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/francisco-m-carriscondo-esquivel/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Francisco M. Carriscondo Esquivel]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[El diccionario del Gobierno]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/diccionario-gobierno_1_12458160.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/3cb95a58-8fb6-4752-afff-d68021fad9f7_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El diccionario del Gobierno"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Está el poder del diccionario, pero también el diccionario del poder. Lo importante no es lo que signifiquen las palabras, sino saber quién manda. Y el poderoso puede modificar los lexicones a voluntad
</p><p class="subtitle">Archiletras - Palabras con historia: ocio</p></div><p class="article-text">
        El cap&iacute;tulo s&eacute;ptimo de <em>La Regenta</em> (1884-85) de Leopoldo Alas, <em>Clar&iacute;n</em>, est&aacute; trufado de personajes secundarios. El indiano Frutos Redondo y el r&uacute;stico Pepe Ronzal se enzarzan en una discusi&oacute;n en el decr&eacute;pito casino de Vetusta. El segundo defiende que <em>avena </em>se escribe con <em>h</em>, a lo que se opone el primero. Quien est&eacute; en lo cierto ha de ser invitado a unos callos por el perdedor. Para dirimir la controversia apelan a un calepino, sustantivo que designa cualquier diccionario a partir del ep&oacute;nimo Ambrosio Calepino (1440-1510), famoso lexic&oacute;grafo humanista por sus repertorios multiling&uuml;es.
    </p><p class="article-text">
        El m&eacute;dico Joaqu&iacute;n Orgaz, que le tiene ganas a Ronzal, busca la palabra de marras con <em>h </em>y no la encuentra. Ni <em>havena </em>ni <em>habena</em>. Redondo se ve ya ganador y le pide a Orgaz que vaya a avena sin <em>h</em>, pero Ronzal se lo impide: &ldquo;Se&ntilde;ores, sostenga lo que quiera ese libraco, yo aseguro, bajo palabra de honor, que el diccionario que tengo en casa pone avena con <em>h</em>. [&hellip;] El que lo niegue me arroja un ment&iacute;s, duda de mi honor, me tira a la cara un guante, y en tal caso&hellip; me tiene a su disposici&oacute;n; ya se sabe c&oacute;mo se arreglan estas cosas&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Otro segund&oacute;n, el exalcalde Foja, con el talante conciliador con que a veces se presentan los pol&iacute;ticos, le dice a Ronzal: &ldquo;Si usted tiene un diccionario en que lleva <em>h </em>la avena, con su pan se lo coma; y a&uacute;n calculo yo qu&eacute; diccionario ser&aacute; ese&hellip; Debe de ser el <em>Diccionario de autoridades&rdquo;</em>. Ingenioso malabar l&eacute;xico el que alude simult&aacute;neamente al cereal con que se produce el alimento y la expresi&oacute;n que indica indiferencia. Ni a una ni a otra alusi&oacute;n atender&aacute;, sin embargo, la respuesta del retador, persistente en su ignorancia: &ldquo;S&iacute;, se&ntilde;or; es el diccionario del Gobierno&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        El <em>Diccionario de autoridades </em>(1726-39) no se llama as&iacute; por ser del Gobierno, que es quien manda en casi todo pero afortunadamente no &ndash;hasta ahora (aunque intentos los hay)&ndash;en cuestiones l&eacute;xicas. El primer repertorio empez&oacute; a conocerse con este t&iacute;tulo por los textos de variado tipo que acompa&ntilde;aban a las voces definidas, a modo de muestras documentales, ejemplificadoras y sancionadoras de su uso. Es decir, autoridades del idioma. Bien es cierto que, con su obra, la Real Academia Espa&ntilde;ola erigi&oacute; un monumento lexicogr&aacute;fico auspiciado por el poder que ostentaba la Corona, a fin de proclamar sus grandezas (incluidas las propias de la lengua) y, de paso, afianzar su poder, reci&eacute;n estrenada la Casa de Borb&oacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        El espa&ntilde;ol hab&iacute;a llegado a la cumbre de su perfecci&oacute;n y se hac&iacute;a necesario un inventario de sus vocablos a semejanza de lo que hab&iacute;an hecho mucho antes italianos y franceses en sus respectivas Academias. Para ello, los miembros de la Docta Casa solicitaron a Felipe V los honores y privilegios de los criados, o empleados, de la Casa Real. El 23 de mayo de 1714 el monarca expidi&oacute; una Real C&eacute;dula de Aprobaci&oacute;n y Protecci&oacute;n Real en favor de la Academia, con la finalidad de que &ldquo;se empleen los Acad&eacute;micos, con m&aacute;s aliento y continua aplicaci&oacute;n, al cumplimiento de su instituto&rdquo;, que no era otro que redactar el <em>Diccionario</em>. Por lo tanto, en cierto modo no se equivocaba Ronzal. El de <em>Autoridades </em>s&iacute; que era el diccionario del Gobierno, el de una monarqu&iacute;a borb&oacute;nica a la que los acad&eacute;micos del XVIII pidieron protecci&oacute;n para trabajar bajo su amparo, y que en tiempos de Clar&iacute;n fue restaurada bajo un r&eacute;gimen distinto, constitucional, no obstante mantenerse los apellidos del trono.
    </p><p class="article-text">
        En la pel&iacute;cula rumana <em>Polic&iacute;a, adjetivo</em> (2009), Cristi, el protagonista, discute con su jefe el significado de la palabra <em>conciencia</em>. La burocracia de las definiciones contrasta con el relativismo de la realidad, que trata de ser m&aacute;s flexible a la hora de mantener el orden. Aqu&iacute; tenemos una prueba de c&oacute;mo el diccionario gobierna el significado de las palabras. Y, como dec&iacute;a el abuelo de Gabriel Garc&iacute;a M&aacute;rquez en <em>Vivir para contarla</em> (2002), &ldquo;este libro no s&oacute;lo lo sabe todo, sino que es el &uacute;nico que nunca se equivoca&rdquo;. Esta veneraci&oacute;n a los mamotretos les permite erigirse como herramienta simb&oacute;lica, dep&oacute;sitos de verdad para dirimir diferencias en la interpretaci&oacute;n del sentido de una voz determinada. El que figura en el diccionario goza incluso de validez jur&iacute;dica. 
    </p><p class="article-text">
        M&aacute;s en el &aacute;mbito anglosaj&oacute;n, donde es muy frecuente apelar en los tribunales a las entradas de sus repertorios se&ntilde;eros para precisar los usos l&eacute;xicos, y menos en el hisp&aacute;nico, si bien en los bares de la patria de aquel nobel es frecuente que haya un libraco que sirva para zanjar las controversias en torno a las palabras. Y cuando alguien habla de &eacute;l en secuencias como &laquo;El diccionario dice tal cosa o dice tal otra&raquo; se est&aacute; refiriendo al <em>Diccionario </em>usual o com&uacute;n de la Real Academia Espa&ntilde;ola, que lleva dos siglos con el cetro de la lexicograf&iacute;a de nuestra lengua, en feliz expresi&oacute;n del llorado Manuel Seco. El hablante de espa&ntilde;ol confiere legitimidad a este compendio. No es entonces una cuesti&oacute;n balad&iacute; sentarse en el escritorio y fijar el sentido de las voces de cara a ser representado en el repertorio verbal, m&aacute;xime cuando se hace desde los gabinetes de la m&aacute;xima instituci&oacute;n gestora de nuestra lengua.
    </p><p class="article-text">
        Este es el poder del diccionario, pero luego est&aacute; el diccionario del poder. El resabiado Humpty Dumpty le dice a la ingenua Alicia que lo importante no es lo que signifiquen las palabras, sino saber qui&eacute;n manda. Y el poderoso puede modificar los lexicones a voluntad. No hay m&aacute;s que leer a Goebbels, quien en su diario aboga por una propaganda, a su juicio fruct&iacute;fera, consistente en la elaboraci&oacute;n de diccionarios para las regiones ocupadas con el l&eacute;xico descrito seg&uacute;n su concepci&oacute;n del Estado y su credo pol&iacute;tico. 
    </p><p class="article-text">
        Mediante la neolengua orwelliana se limita la expresi&oacute;n para as&iacute; suprimir cualquier posibilidad de verbalizar el pensamiento cr&iacute;tico con el partido. El editor de su diccionario, Syme, no incluye las voces de la lengua antigua, plagada de referencias a la libertad. Si vivimos en una plutocracia, se corre el riesgo de privatizar los vocabularios, a fin de que las palabras signifiquen lo que decidan sus due&ntilde;os o patrocinadores, tal como profetiza El Roto en su vi&ntilde;eta de <em>El Pa&iacute;s</em> del 20 de septiembre de 2003. Los tres grandes libros con los que Gregorio Ol&iacute;as, el protagonista de <em>Juegos de la edad tard&iacute;a</em>, piensa hacerse un hombre de provecho son un atlas, una enciclopedia y un diccionario. Las tres grandes obras de consulta para cualquier lengua son una ortograf&iacute;a, una gram&aacute;tica y un diccionario. 
    </p><p class="article-text">
        El mundo real y el idiom&aacute;tico coinciden por consiguiente en conferirle igual importancia a un mismo libro. No dudo de que estas referencias se modifiquen con el devenir de la historia y seg&uacute;n qu&eacute; intereses, pero el saber ordenado, diverso y destilado que es cualquier diccionario es tambi&eacute;n el m&aacute;s propenso a la manipulaci&oacute;n, dada su especial sensibilidad ante las decisiones sectarias de cambio. 
    </p><p class="article-text">
        <em>Francisco M. Carriscondo Esquivel es fil&oacute;logo. Catedr&aacute;tico de Lengua Espa&ntilde;ola de la Universidad de M&aacute;laga. www.francarriscondo.com</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Francisco M. Carriscondo Esquivel]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/diccionario-gobierno_1_12458160.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 11 Jul 2025 20:10:17 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El diccionario del Gobierno]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cultura,Diccionario,Lenguaje,Literatura,Gobierno]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Elogio del crucigrama]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/elogio-crucigrama_1_12194868.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/31d4670b-1416-4edd-9167-7be9695ac3e2_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Elogio del crucigrama"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Ocupar huecos vacíos es una actividad muy saludable, suele asociarse a una terapia cognitiva, a fin de frenar el deterioro de la memoria y el paso de los años nos hace llegar, finalmente, al nivel de expertos</p><p class="subtitle">Descubre los juegos de elDiario.es</p></div><p class="article-text">
        A pesar de que el tiempo pasa inexorablemente, pasatiempos para ocupar las horas hay muchos (en realidad, con todo se pasa el tiempo), pero si nos ce&ntilde;imos a la definici&oacute;n del vocablo (&lsquo;lo que sirve de entretenimiento&rsquo;) dir&eacute; que el crucigrama es mi favorito. Ratos de ocio se pueden tener en el trabajo. De ah&iacute; que muchas veces nos encontremos el peri&oacute;dico en las oficinas dentro del horario laboral y, m&aacute;s a&uacute;n, con los pasatiempos de la correspondiente secci&oacute;n ya garabateada. 
    </p><p class="article-text">
        He de confesar que no puedo rendirme a los encantos de un crucigrama. Hay quienes dicen que en todos los trabajos se fuma. Yo prefiero decir que en todos ellos se <em>crucigramea</em>. Hay quienes llenan el cenicero redondo de colillas y quienes rellenan espacios cuadrados en blanco. Por eso a veces me han sorprendido haciendo uno en un cambio de clase, o mientras espero a que un alumno acuda a las tutor&iacute;as o el bibliotecario me entregue el libro solicitado. Si espero el metro, busco en el tel&eacute;fono los crucigramas del d&iacute;a en <em>El Pa&iacute;s</em>, pues los encuentro de todo tipo, ajustados a las circunstancias temporales o al nivel de dificultad, incluso los hist&oacute;ricos creados por los a&ntilde;orados <em>Tarkus </em>o <em>Mambrino</em>, con sus definiciones bastante peculiares, aparte de que, si me rindo, puedo averiguar las soluciones al instante.
    </p><p class="article-text">
        Si estoy en casa y aguardo a los ni&ntilde;os o a los invitados o, simplemente, descanso al pasar de una actividad a otra, en vez de <em>hacer un kitkat</em> prefiero coger la estilogr&aacute;fica y el t&iacute;pex y enfrentarme a los crucigramas de los libros editados por Alma, creados por <em>Olissip</em>: extra&iacute;bles, con cuadros grandes e igualmente clasificados en funci&oacute;n de los minutos con que cuento y las ganas de estrujarme el cerebro que tenga.
    </p><p class="article-text">
        El crucigrama se adscribe al &aacute;mbito de la enigm&iacute;stica. Los hay de muchos tipos: sin celdas separadoras de palabras, por letras o sil&aacute;bicos, incluso ilustrados. Ocupar huecos vac&iacute;os es una actividad muy saludable. A quienes la practican se les llama <em>crucigramistas</em>. Tambi&eacute;n a quienes los hacen. Suele asociarse a una terapia cognitiva, a fin de frenar el deterioro de la memoria. Incluso sirve para hacer amigos o algo m&aacute;s, como aquella pareja entra&ntilde;able de <em>Hombres duros</em> (2023), Colin y Theresa, que se conocieron mientras conversaban y completaban crucigramas por tel&eacute;fono. Escritoras como Agatha Christie o Ana Mar&iacute;a Matute frecuentaban cada d&iacute;a la trama cuadril&aacute;tera, a saber si para alg&uacute;n prop&oacute;sito terap&eacute;utico, para calentar antes de ponerse a escribir o como un mero pasatiempo, que para eso fueron creados.
    </p><p class="article-text">
        El primer crucigrama se public&oacute; en la prensa neoyorkina de 1913. Su auge en los siguientes a&ntilde;os fue tal que se tem&iacute;a seriamente por la p&eacute;rdida de la productividad de los trabajadores, que dejaban sus puestos para acudir a las bibliotecas, arrinconando as&iacute; a los inocentes lectores habituales, y hallar, gracias a los diccionarios y las enciclopedias, la soluci&oacute;n a las letras que se les resist&iacute;an. Los apocal&iacute;pticos que vaticinaron una juventud perdida a causa de estos juegos (&iquest;les suena?) no tuvieron m&aacute;s remedio que rendirse ante la evidencia que, en forma de ayuda, prestaron los soldados habituados a estos juegos para el desciframiento de c&oacute;digos encriptados durante la Segunda Guerra Mundial. Fue entonces cuando los crucigramas se despojaron de su mala fama y lograron ser reconocidos por las bondades que ahora disfrutamos.
    </p><p class="article-text">
        El a&ntilde;o que viene celebraremos el primer siglo de historia de los crucigramas en Espa&ntilde;a. Fue un 22 de marzo de 1925, publicado por <em>Blanco y Negro</em>, por aquel entonces desvinculada de <em>Abc</em>. Ocupaba las p&aacute;ginas 52 y 53, una de instrucciones (dada la novedad) y otra con el juego en s&iacute;, dentro de la secci&oacute;n &ldquo;Pasatiempos de moda&rdquo;, con el t&iacute;tulo &ldquo;El rompecabezas de las palabras cruzadas&rdquo;. La palabra con que lo conocemos hoy, sin embargo, no se registra en espa&ntilde;ol hasta 1935, de la mano de una escritora cubana, Dulce Mar&iacute;a Loynaz (manejo datos del <em>Corpus de referencia diacr&oacute;nica del espa&ntilde;ol</em>). Se desconoce la invenci&oacute;n del t&eacute;rmino, pero no es del todo un calco del ingl&eacute;s <em>crossword </em>(palabra cruzada), empleado en su traducci&oacute;n por el an&oacute;nimo introductor del pasatiempo en aquel n&uacute;mero de la revista ilustrada. El <em>Diccionario </em>com&uacute;n acad&eacute;mico nos dice que se forma a partir del lat&iacute;n crux &lsquo;cruz&rsquo; y <em>-grama,</em> elemento compositivo procedente del griego que se podr&iacute;a traducir como &lsquo;letra&rsquo; o &lsquo;escrito&rsquo;. La Real Academia Espa&ntilde;ola lo introdujo en el &ldquo;Suplemento&rdquo; a la edici&oacute;n de su repertorio de 1947. Y desde entonces hasta ahora. Pero al margen de la constataci&oacute;n lexicogr&aacute;fica, la diccionar&iacute;stica ha creado obras dirigidas expresamente a quienes se dedican a resolver crucigramas, ordenando las posibles respuestas por la cantidad de letras de cada una de ellas. Pienso, por ejemplo, en el <em>Diccionario de crucigramas</em> (1974) de <em>Litero</em>. Como pueden comprobar, los autores de pasatiempos y obras afines se ocultan bajo heter&oacute;nimos. En cambio, con su nombre firman Fausto Turell el <em>Diccionario</em> auxiliar del crucigramista (1978) y Mar&iacute;a Socorro P&eacute;rez Quejero el <em>Diccionario para crucigramas </em>(1996).
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">El ingenio del creador de crucigramas permite liberarse de las férreas cadenas definicionales de los diccionarios: el aire es ‘lugar donde se hacen castillos’ y el flan es ‘lo que tiembla al llegar el postre’ </p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Pero lo mejor es no valerse de ayuda extra. El ingenio del creador de crucigramas permite liberarse de las f&eacute;rreas cadenas definicionales de los diccionarios: el <em>aire </em>es &lsquo;lugar donde se hacen castillos&rsquo; y &lsquo;el final de un apasionado beso&rsquo; es eso (<em>Tarkus</em>); el <em>flan </em>es &lsquo;lo que tiembla al llegar el postre&rsquo; y &lsquo;ejercitar la pituitaria&rsquo; es <em>oler </em>(<em>Mambrino</em>); una sierra es &lsquo;una cordillera que corta la madera&rsquo; y &lsquo;una casa de tortolitos&rsquo; es el <em>nido </em>(<em>Olissip</em>). En el fondo, los buenos crucigramas son peque&ntilde;os diccionarios de autor en los que, aparte de resolver la palabra, hay que saber lo que quiere decir el crucigramista con sus referencias, que es como t&eacute;cnicamente se llaman las definiciones de este recomendable pasatiempo. Aparte de lo que uno aprende repasando los elementos qu&iacute;micos, la geograf&iacute;a euroasi&aacute;tica o la numeraci&oacute;n romana, el conocimiento de los patrones morfol&oacute;gicos del espa&ntilde;ol puede servir, si no para encontrar la palabra completa, al menos para rellenar sus casillas finales. De este modo, si se pregunta por un sin&oacute;nimo o equivalente de una determinada forma verbal ya sabemos que debe contener la secuencia <em>-r</em> (si es infinitivo), <em>-ba-/-&iacute;a-</em> (copret&eacute;rito), <em>-r&iacute;a- </em>(condicional), <em>-ra-/-se- </em>(pret&eacute;rito) o<em> -re-</em> (futuro de subjuntivo); sin contar con los recurrentes morfemas de g&eacute;nero, persona y n&uacute;mero en verbos, sustantivos, pronombres y adjetivos. Si concibi&eacute;ramos la vida como un colosal crucigrama, podr&iacute;amos entre todos resolver el tablero que componen los problemas a que debemos enfrentarnos, cruzados como est&aacute;n entre s&iacute;. Dicen que los jubilados son los mayores consumidores de crucigramas. Ser&aacute; por eso de que el paso de los a&ntilde;os nos hace llegar, finalmente, al nivel de expertos.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Francisco M. Carriscondo Esquivel]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/elogio-crucigrama_1_12194868.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 04 Apr 2025 20:27:01 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Juegos,Lingüística]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[‘Rayuela’ y el diccionario]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/rayuela-diccionario_1_12073356.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/33cc3530-7812-4f83-827c-cc8b4f784b97_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘Rayuela’ y el diccionario"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Los personajes de la obra practican un curioso juego con el diccionario, al que llaman cementerio, lo que nos da una idea de la visión negativa que Julio Cortázar tenía de él</p></div><p class="article-text">
        Hubo alguna ocasi&oacute;n en que la Real Academia Espa&ntilde;ola dej&oacute; de ser y llamarse Real. Fue, por ejemplo, en la Segunda Rep&uacute;blica, de 1931 a 1939. Durante aquellos a&ntilde;os, la corona de su emblema pas&oacute; a ser mural, de murallas con torreones intercalados. Podemos verla en la portada del malogrado <em>Diccionario hist&oacute;rico de la lengua espa&ntilde;ola</em> (1933-36) &mdash;que solo lleg&oacute; a ver dos tomos, los correspondientes a las letras <em>a </em>y <em>ce</em>&mdash; y tambi&eacute;n si vamos a la Biblioteca de la Docta Casa y solicitamos la consulta de las signaturas d 0-83 y d 0-84, que pertenecen al <em>Diccionario de la lengua espa&ntilde;ola </em>en su decimosexta edici&oacute;n, publicado en 1936 por los talleres de Espasa Calpe. 
    </p><p class="article-text">
        Son los dos &uacute;nicos ejemplares que conozco, la &uacute;nica edici&oacute;n que falta en mi colecci&oacute;n, acabada de imprimir el primer d&iacute;a de julio, justo a punto de estallar la Guerra Civil, de la que alg&uacute;n d&iacute;a habr&aacute; que comentar sus nefastas consecuencias para la diccionar&iacute;stica espa&ntilde;ola. Quien no quiera acercarse a la madrile&ntilde;a calle de Felipe IV puede consultar una reproducci&oacute;n de la portada en el cat&aacute;logo de la exposici&oacute;n <em>La lengua y la palabra</em>, organizada para conmemorar el tercer centenario de la fundaci&oacute;n de la Real Academia Espa&ntilde;ola, en 2013. La corporaci&oacute;n que surgi&oacute; tras el fat&iacute;dico acontecimiento embarg&oacute; los ejemplares supervivientes de aquella edici&oacute;n &mdash;por ello es una rareza bibliogr&aacute;fica&mdash; y public&oacute; una nueva tirada de la decimosexta, pero ya con su emblema y su denominaci&oacute;n tradicionales recuperados. La fecha que figura en la portada no contiene cifra alguna pero s&iacute; una dataci&oacute;n contundente por su elocuencia: &ldquo;A&ntilde;o de la Victoria&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Cambiemos ligeramente el orden de los n&uacute;meros: de 1936 a 1963. Julio Cort&aacute;zar publica en Buenos Aires su <em>Rayuela</em>. No nos detengamos en repetir lo que generacionalmente nos marc&oacute; la novela: la originalidad de su estilo, las m&uacute;ltiples maneras de leerla&hellip; Me interesa explayarme sobre todo en el curioso juego que los personajes practican con el diccionario, al que llaman <em>cementerio</em>, consistente en abrir al azar una p&aacute;gina de la obra y componer, con las palabras que en ella figuren, un texto en lengua gl&iacute;glica, jitanjaf&oacute;rico, de la cual el cap&iacute;tulo 68 es su m&aacute;s conocido exponente: &ldquo;Apenas &eacute;l le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el cl&eacute;miso y ca&iacute;an en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes&hellip;&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        El hecho de bautizar al diccionario con tan f&uacute;nebre nombre nos da una idea de la visi&oacute;n negativa que el escritor argentino ten&iacute;a de &eacute;l, no sabemos si de todos o de un t&iacute;tulo concreto. En esta imagen no est&aacute; solo Cort&aacute;zar: a Unamuno, otra v&iacute;ctima del Treintais&eacute;is, le parec&iacute;a lo mismo; Gerald Durrell lo asocia con la muerte de las palabras&hellip; Como tablero, el indagador permanente que es el protagonista de la narraci&oacute;n, Horacio Oliveira, se vale de un ejemplar de un diccionario de la Real Academia Espa&ntilde;ola &ldquo;en cuya tapa la palabra Real hab&iacute;a sido encarnizadamente destruida a golpes de gillete&rdquo; (cap&iacute;tulo 41). Denominaciones comerciales lexicalizadas &mdash;o mercuri&oacute;nimos&mdash;aparte, al genial escritor argentino veintisiete a&ntilde;os le parecen seguir siendo nada y qui&eacute;n sabe si la palabra afeitada lo fuera como reivindicaci&oacute;n de aquella aciaga edici&oacute;n republicana del diccionario.
    </p><p class="article-text">
        La fortuna ha decidido que la obra se abra en las p&aacute;ginas encabezadas por las combinaciones de letras <em>cli </em>y <em>clo</em>. Oliveira juega solo: &ldquo;Hartos del cliente y de sus cleonasmos, le sacaron el cl&iacute;bano y el cl&iacute;peo y le hicieron tragar una clica. Luego le aplicaron un clistel cl&iacute;nico en la cloaca, aunque clocaba por tan clivoso ascenso de agua mezclada con clinopodio, revisando los clisos como cleriz&oacute;n clor&oacute;tico&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        El personaje se vale del gl&iacute;glico para inventarse la voz <em>cleonasmo</em>, que no figura en repertorio alguno. De hecho, no ha salido jam&aacute;s de la narraci&oacute;n cortazariana. Tengamos en cuenta que hasta 1992 ninguna edici&oacute;n del <em>Diccionario </em>com&uacute;n de la instituci&oacute;n coloca su nombre en la tapa. Por eso, me inclino a pensar que la obra es la edici&oacute;n de 1950, vigente por aquel entonces, del <em>Diccionario manual e ilustrado de la lengua espa&ntilde;ola</em>; m&aacute;s en concreto sus p&aacute;ginas 382 y 383, con su ilustraci&oacute;n &mdash;definici&oacute;n ostensiva, complemento de la verbal&mdash; de lo que es un clistel o clister. Quiz&aacute;s fue el tomo &mdash;m&aacute;s c&oacute;modo, pues es <em>manual</em>&mdash; que llevaba en su equipaje de 1951, cuando lleg&oacute; a Par&iacute;s, la ciudad de su novela. Rayuela se sit&uacute;a, diccionar&iacute;sticamente hablando, en tierra de nadie: siete a&ntilde;os han pasado tras la publicaci&oacute;n de la decimoctava edici&oacute;n del compendio acad&eacute;mico y siete faltaban para la siguiente, la de 1970. A prop&oacute;sito de este interregno, imagino ahora mi ejemplar con el <em>Real </em>de su cubierta verdosa rayada &mdash;vocablo emparentado con rayuela&mdash; a base de cuchilladas. Y me pregunto: &ldquo;&iquest;Aludir&aacute; el adjetivo no solo a la condici&oacute;n de los reyes, sino tambi&eacute;n a lo que tiene existencia verdadera?&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Episodios que suscitan rabia, donde afloran los desmanes de uno a otro lado. La cubierta de un libro se convierte en pat&iacute;bulo de acuchillamiento. Lugares comunes sobre los diccionarios, que tambi&eacute;n son torturados cuando no ofrecen una visi&oacute;n fidedigna de la realidad l&eacute;xica. El juego de Horacio Oliveira contin&uacute;a, ahora presumiblemente por la p&aacute;gina 894 y 895, con sus ilustraciones de una j&iacute;cara, un jilguero, una jirafa, dos elementos her&aacute;ldicos como el jir&oacute;n y el escudo jironado y la flor y el fruto del jobo. Gracias a la &uacute;ltima hoja (<em>joc</em> y <em>jor </em>como voces gu&iacute;a) y a las posibilidades que le brinda la lengua gl&iacute;glica, escribe: &ldquo;en el jonuco estaban jonjobando dos jobs, ansiosos por joparse; lo malo era que el jorb&iacute;n los hab&iacute;a jomado, jit&aacute;ndolos como joc&oacute;s apestados&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        La mezcolanza permite una coin&eacute; donde participan mexicanismos y voces de La Rioja y Arag&oacute;n. Quiz&aacute;s sea este el verdadero panhispanismo. El gl&iacute;glico le permite importar voces de fuera (<em>jobs</em>) y crear nuevas (<em>jonjobar</em>, a partir del jonjabar existente en aquellas p&aacute;ginas, as&iacute; como <em>jorb&iacute;n</em>). La palabra <em>joder </em>no se encuentra en el cementerio, raz&oacute;n por la cual Oliveira se decepciona: &ldquo;&rdquo;Es realmente la necr&oacute;polis&ldquo;, pens&oacute;. &rdquo;No entiendo c&oacute;mo a esta porquer&iacute;a le dura la encuadernaci&oacute;n&ldquo;&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Habr&iacute;a que esperar a 1984, a&ntilde;o de publicaci&oacute;n de la vig&eacute;sima edici&oacute;n del DRAE, para que la Academia comenzara a cambiar su actitud de rechazo a las palabras malsonantes en su inventario. No creo en las casualidades: justo antes uno de sus miembros m&aacute;s distinguidos, Camilo Jos&eacute; Cela, hab&iacute;a sacado los primeros vol&uacute;menes de su inconcluso <em>Diccionario secreto</em> (1978-79).&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Francisco M. Carriscondo Esquivel]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/rayuela-diccionario_1_12073356.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 21 Feb 2025 21:35:50 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[‘Rayuela’ y el diccionario]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Lenguaje,Lingüística,Literatura,Diccionario,RAE - Real Academia Española]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[De bares con la lengua]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/bares-lengua_1_11323388.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/de4cf009-e14b-49ed-aa30-91458702bbd7_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x2447y1619.jpg" width="1200" height="675" alt="De bares con la lengua"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">¿Tapa o pincho? Los usos y las costumbres lingüísticas del tapeo o  el picoteo por los garitos, tabernas o chiringuitos tienen su propia carta, y los bares, como los mercados, son lugares interesantísimos que se prestan a hallazgos curiosos</p><p class="subtitle">Archiletras - Breve pero intenso diccionario de insultos políticos contemporáneos
</p></div><p class="article-text">
        El modo como se manifiestan las dos Espa&ntilde;as es vers&aacute;til. De entre las diversas asimetr&iacute;as que exhiben podr&iacute;a incluirse la generada por las tapas y los pinchos. Una geograf&iacute;a ling&uuml;&iacute;stica acorde con los tiempos servir&iacute;a para conocer la extensi&oacute;n de uno y otro sustantivo, pero mi percepci&oacute;n desde Andaluc&iacute;a es que las tapas son m&aacute;s del sur, y los pinchos, del norte. Los expertos establecer&aacute;n diferencias en los referentes que designan, pero lo cierto es que a nadie se le ocurre aqu&iacute; pedir un pincho para acompa&ntilde;ar la bebida (salvo un pincho de tortilla, donde pincho cumple la funci&oacute;n de nombre acotador o parcelador). Es m&aacute;s: para dotar de cierto empaque a la vez que exotismo al establecimiento, suele usarse en sus r&oacute;tulos la forma pintxos (as&iacute;, remedando el euskera). Son muy suculentas estas invasiones. Y si extendi&eacute;ramos la moderna geograf&iacute;a ling&uuml;&iacute;stica a un espacio global, habr&iacute;a que ver c&oacute;mo y en qu&eacute; proporci&oacute;n penetran fuera de Espa&ntilde;a los bares de tapas y los bares de pinchos. Est&aacute; claro que todav&iacute;a queda mucho por hacer en la esfera de lo que seg&uacute;n algunos est&aacute; ya decr&eacute;pito, vetusto o demod&eacute;. Variopintas son tambi&eacute;n las explicaciones de la raz&oacute;n de una y otra denominaci&oacute;n, si bien parece ser la presentaci&oacute;n la de mayor predicamento: tapa porque anta&ntilde;o el plato serv&iacute;a para tapar el vaso, a fin de que no se ensuciara el preciado l&iacute;quido; y pincho por estar el manjar pinchado al pan con un palillo. Pero tapas se ven que vienen pinchadas y pinchos sin mondadientes. Acaso nos encontramos con una m&aacute;s de las sinonimias surgidas por desconocimiento de las diferencias referenciales.
    </p><p class="article-text">
        Lo que afortunadamente s&iacute; han desaparecido son costumbres como la de llamar al camarero con una palmada, perder herencias apostando a las cartas o arrojar al suelo servilletas de papel, peladuras de gambas y dem&aacute;s inmundicias. Vamos, que hasta los bares tratan de convertirse en lugares reputados y pretenden no ser antros o garitos. Tampoco se ven ya los retretes forzosamente unisex donde damas y caballeros deb&iacute;an desarrollar aut&eacute;nticas dotes de equilibrista, colocando los pies en la posici&oacute;n adecuada y haciendo sus necesidades en un agujero, si no quer&iacute;an mancharse. Los guiris y otros espec&iacute;menes m&aacute;s aut&oacute;ctonos disfrutan viendo lo que se debe no en papel sino en el cinc de una barra como las de anta&ntilde;o. 
    </p><p class="article-text">
        Denominaciones como cantina, mes&oacute;n o taberna parecen haber quedado relegadas a locales con solera o que pretenden tenerla. Y no digamos el personal correspondiente: cantineros, mesoneros o taberneros. Pasa lo mismo con tasca, de connotaci&oacute;n macarra. La Academia en su diccionario define el coloquialismo tasquera como &ldquo;pendencia, ri&ntilde;a o contienda&rdquo; y remite a taberna en una segunda acepci&oacute;n, propia de la german&iacute;a. Pero como en tantas cosas nos especializamos, y ahora se suceden los lugares para desayunar o tomar algo por la tarde (que ya son cafeter&iacute;as y no caf&eacute;s); hacer eso tan poco castizo que es el <em>brunch (bruncher&iacute;as);</em> almorzar o comer (seg&uacute;n el lugar del suelo hispano en que vivamos) y cenar (de nombres muy variados, seg&uacute;n la experiencia gastron&oacute;mica), hasta finalmente ir con los colegas a lo que viene siendo universalmente conocido como pub.
    </p><p class="article-text">
        Hay muchas m&aacute;s designaciones, morfol&oacute;gicamente muy productivas. En ellas quiero detenerme. Antes se escuchaban formaciones despectivas de venta como ventorro y ventorrillo. Todav&iacute;a pueden o&iacute;rse bareto o tabernucho. Cafet&iacute;n est&aacute; impregnado de cierto regusto orientalizante. El mismo pinchito es una lexicalizaci&oacute;n de pincho. Y sin salir de la derivaci&oacute;n apreciativa, resulta interesante la formaci&oacute;n chiringuito. Este diminutivo del americanismo chiringo no solo ha venido a reemplazar su forma de llamarlos tradicional (como chambao, merendero o tinglao), sino tambi&eacute;n a ampliar su uso para aludir a otros espacios que de institucionales pasan a ser dom&eacute;sticos, de dominio particular: chiringuito auton&oacute;mico, financiero, universitario&hellip; Con su definici&oacute;n la Academia no hace honor al sustantivo ni a esta posibilidad de extensi&oacute;n de su significado (&ldquo;quiosco o puesto de bebidas al aire libre&rdquo;), porque en la actualidad todo el mundo huele su aire impregnado de sal marina y del guiso de los arroces o las sardinas espetadas&hellip; Y de chiringuito surge el moderno chiringuitero, para referirse a los propietarios de estos negocios. Por otro lado, de un tiempo a esta parte abundan los <em>blendings,</em> como ahora se llama a lo que en la tradici&oacute;n ling&uuml;&iacute;stica se conoc&iacute;an como haplolog&iacute;as, con voces formadas por falsos cortes en la segmentaci&oacute;n de sus formantes, donde interviene la cerveza (en Oviedo he pasado por una <em>cervepub)</em> o el caf&eacute;, el bocata y los churros (en M&aacute;laga he visitado una <em>churrocater&iacute;a,</em> as&iacute; como una <em>cafebrer&iacute;a,</em> para acompa&ntilde;ar la bebida percolada de una buena lectura).
    </p><p class="article-text">
        La verdadera vocaci&oacute;n se ve alimentada por una particular disposici&oacute;n receptiva a todo lo que puede interesar, por insignificante que sea. Para ello hay que estar en cuerpo y alma entregado, alerta con todos los sentidos. A mis alumnos les digo que sean fil&oacute;logos tambi&eacute;n fuera de las aulas, antes all&iacute; que aqu&iacute;. No es necesario proceso ni plan alguno, vengan de Bolonia o no. Es una simple cuesti&oacute;n de actitud. As&iacute; es como podemos descubrir hechos sorprendentes que luego podemos trasladar a la clase. Y los bares, como los mercados, son lugares interesant&iacute;simos que se prestan a hallazgos. 
    </p><p class="article-text">
        Volviendo a las cafeter&iacute;as, es mundialmente conocida la peculiar forma de pedir los caf&eacute;s en M&aacute;laga: el <em>continuum </em>que va del solo al &ldquo;no me ponga nada&rdquo; se segmenta con un largo, semilargo, solo corto, mitad, entrecorto, corto, sombra y nube. Pues bien, traten de pedir o escuchar c&oacute;mo se reclama m&aacute;s de <em>unmitad</em> (sin&eacute;cdoque incluida: &iquest;qui&eacute;n dijo que mitad, sombra o nube son solo femeninos?). La l&oacute;gica morfol&oacute;gica exigir&aacute; un plural: dos mitades, tres mitades&hellip; Sin embargo, a nadie en M&aacute;laga se le ocurrir&aacute; decir eso. El uso invariable en cuanto al n&uacute;mero de mitad (dos mitad, tres mitad&hellip;) se erige en verdadero <em>shibboleth </em>distinguidor entre el oriundo y el forastero. Y por &uacute;ltimo, a mis alumnos les propongo que traten de escribir el nombre de una sopa de pescado que se toma en invierno, resultado de la sustantivaci&oacute;n de un sintagma preposicional: se comanda &ldquo;en blanco&rdquo; en cualquier restaurante malacitano y se escribe de mil maneras, pero lo correcto ortogr&aacute;ficamente hablando es emblanco. Y o&iacute;do cocina.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Francisco M. Carriscondo Esquivel]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/bares-lengua_1_11323388.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 26 Apr 2024 20:52:54 +0000]]></pubDate>
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