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    <title><![CDATA[elDiario.es - José Luis López de Lizaga]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/jose-luis-lopez-de-lizaga/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - José Luis López de Lizaga]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Somos nuestros, no de Dios: cinco años de la Ley de eutanasia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/no-dios-cinco-anos-ley-eutanasia_129_13084912.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/742f76b7-6e6f-4fc0-ab7a-e5ba343a5a92_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Somos nuestros, no de Dios: cinco años de la Ley de eutanasia"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Sería importante disponer de otros datos, como las condiciones económicas o sociales del solicitante, para asegurarnos de que la decisión de morir es realmente voluntaria, y no está condicionada por presiones externas como la soledad o la pobreza. No obstante, parece claro que la realidad de la eutanasia en España poco tiene que ver con el tsunami homicida que algunos auguraron </p></div><p class="article-text">
        Cuando se debat&iacute;a en el Congreso y en los medios de comunicaci&oacute;n la Ley org&aacute;nica de regulaci&oacute;n de la eutanasia (LORE), que ahora cumple cinco a&ntilde;os, se lanzaron contra el gobierno acusaciones terribles. Se dijo que la Ley solo pretend&iacute;a reducir costes sociales y econ&oacute;micos ahorr&aacute;ndole al Estado el gasto sanitario de los enfermos y el dinero de las pensiones que dejar&iacute;an de cobrar los ancianos a quienes la Ley empujar&iacute;a a la muerte. Se acus&oacute; a sus partidarios de fomentar una &ldquo;cultura de la muerte&rdquo; que, en pa&iacute;ses con leyes parecidas (especialmente B&eacute;lgica y Pa&iacute;ses Bajos), habr&iacute;a conducido a una aplicaci&oacute;n descontrolada de la eutanasia a categor&iacute;as de pacientes cada vez m&aacute;s amplias y con requisitos cada vez m&aacute;s laxos, hasta el punto de provocar que muchos enfermos huyesen aterrorizados a otros pa&iacute;ses. Y alg&uacute;n diputado de un partido pol&iacute;tico especialmente vociferante y torticero lleg&oacute; a interpretar esta regulaci&oacute;n como una legalizaci&oacute;n de la situaci&oacute;n vivida en las residencias de ancianos durante la pandemia de coronavirus.
    </p><p class="article-text">
        Como nada de todo eso era verdad, la Ley entr&oacute; en vigor sin que, hasta el momento, se hayan producido esos efectos apocal&iacute;pticos que pronosticaban sus detractores. Es una Ley muy garantista &mdash;m&aacute;s estricta, en algunos aspectos, que las leyes vigentes en B&eacute;lgica y Pa&iacute;ses Bajos, por cierto&mdash;, y basta leerla con atenci&oacute;n para que se disipen algunas de las reticencias que suele suscitar la eutanasia. Por ejemplo, la Ley no sustituye los cuidados paliativos de los enfermos incurables, sino que, por el contrario, establece como un requisito para la eutanasia que el paciente sea debidamente informado acerca de las alternativas que le asisten, siendo una de ellas el acceso a cuidados paliativos integrales. Fija un procedimiento bastante estricto &mdash;con la desventaja de resultar a veces demasiado lento&mdash;, a fin de asegurar que la decisi&oacute;n de poner fin a la propia vida se toma de manera voluntaria y aut&oacute;noma. Y no autoriza en ning&uacute;n caso la eutanasia no voluntaria, puesto que, si una persona no se encuentra en condiciones de solicitar expresamente la eutanasia, solo es posible hacerlo en su nombre si esa persona firm&oacute; previamente un documento de voluntades anticipadas que as&iacute; lo disponga. Por supuesto, podemos debatir si deber&iacute;a mejorarse el procedimiento o reforzar las garant&iacute;as que establece actualmente la Ley, pero ese debate presupone ya la licitud de la eutanasia, y no difiere del que puede plantearse a prop&oacute;sito del consentimiento informado para algunos tratamientos m&eacute;dicos, o de otras pr&aacute;cticas que requieran cerciorarse de la voluntariedad de los participantes.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tampoco se encuentran motivos de alarma cuando se examinan los datos de la aplicaci&oacute;n de la Ley. Seg&uacute;n el &uacute;ltimo informe publicado (en diciembre de 2025) por el Ministerio de Sanidad, en 2024 se registraron 929 solicitudes y se realizaron 426 prestaciones de ayuda para morir (las restantes solicitudes fueron rechazadas o revocadas, y en otros casos el paciente falleci&oacute; antes de que pudiese practicarse la eutanasia). La mayor&iacute;a de estas personas ten&iacute;an m&aacute;s de setenta a&ntilde;os y padec&iacute;an enfermedades oncol&oacute;gicas o neurol&oacute;gicas, y conviene subrayar que la proporci&oacute;n de estas muertes en el total de fallecimientos producidos en Espa&ntilde;a en 2024 es del 0,1%. No conocemos otros datos relevantes, como las condiciones econ&oacute;micas y sociales de las personas solicitantes, y ser&iacute;a importante disponer de ellos para asegurarnos de que la decisi&oacute;n de morir es realmente voluntaria, y no est&aacute; condicionada por presiones externas como la soledad o la pobreza. No obstante, parece claro que la realidad de la eutanasia en Espa&ntilde;a poco tiene que ver con el tsunami homicida que algunos auguraron.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero en algunos sectores de la sociedad la eutanasia provoca todav&iacute;a hoy, como hace cinco a&ntilde;os, un profundo rechazo. Un rechazo que resulta incomprensible hasta que nos damos cuenta de que, en el fondo, y aunque no siempre se admita, el &uacute;nico argumento de principio contra la eutanasia es un argumento religioso: la creencia de que la vida es un don de Dios del cual no podemos disponer libremente. &ldquo;El Se&ntilde;or da la vida, y la quita&rdquo;, dice un pasaje b&iacute;blico (1 Samuel 2:6). Y en otro pasaje leemos: &ldquo;vuestro cuerpo es templo del Esp&iacute;ritu Santo (&hellip;), y no sois vuestros&rdquo; (1 Corintios 6:19-20). Ahora bien, como se&ntilde;al&oacute; el fil&oacute;sofo John Rawls, los argumentos abiertamente religiosos no tienen cabida en las instituciones de un Estado aconfesional (aunque puedan circular en la esfera p&uacute;blica), y por eso el rechazo religioso de la eutanasia suele envolverse en argumentos seculares, como la apelaci&oacute;n a los derechos de los enfermos, que la regulaci&oacute;n de la eutanasia har&iacute;a peligrar, o como el riesgo de una aplicaci&oacute;n abusiva de esta pr&aacute;ctica. Pero el principal derecho de los enfermos que est&aacute; en juego cuando hablamos de eutanasia es, precisamente, el que la Ley reconoce: el derecho a decidir libremente sobre el final de la propia vida. Y en cuanto a la posibilidad de una pr&aacute;ctica eutan&aacute;sica abusiva, siempre puede prevenirse mejorando los protocolos. Se mire como se mire, no hay buenos argumentos seculares contra una regulaci&oacute;n que ampl&iacute;a derechos sin obligar a nadie a nada (tampoco, por cierto, al personal sanitario, que siempre puede acogerse a la objeci&oacute;n de conciencia), y es probable que, dentro de alg&uacute;n tiempo, las soflamas contra la eutanasia nos parezcan tan anacr&oacute;nicas y ex&oacute;ticas como las que en su momento se lanzaron contra el divorcio o contra el matrimonio igualitario.
    </p><p class="article-text">
        Pero lo curioso de esta controversia es que rara vez se plantea con claridad una objeci&oacute;n contra la eutanasia que merecer&iacute;a la pena debatir abiertamente. Esa objeci&oacute;n viene a decir que la regulaci&oacute;n de esta pr&aacute;ctica, y su consiguiente normalizaci&oacute;n, favorece un cambio preocupante en la percepci&oacute;n social del envejecimiento y el final de la vida. Si al principio &mdash;prosigue el argumento&mdash; la eutanasia se considera leg&iacute;tima para paliar el sufrimiento insoportable de enfermos terminales o incurables, antes o despu&eacute;s se ampl&iacute;a la horquilla de beneficiarios para incluir a personas deprimidas, desesperadas o cansadas de vivir, hasta que finalmente la eutanasia se percibe como una prestaci&oacute;n sanitaria entre otras, y tal vez como la mejor alternativa a la enfermedad y la vejez, como sucede en la cruda y mustia distop&iacute;a eutan&aacute;sica de&nbsp;<em>Plan 75</em>, la excelente pel&iacute;cula de la directora japonesa Chie Hayakawa. N&oacute;tese que esta objeci&oacute;n no recela de un posible deslizamiento desde la eutanasia voluntaria (solicitada por el paciente) a la no voluntaria (en pacientes que ya no pueden solicitarla por s&iacute; mismos) y, de ah&iacute;, a una supuesta &ldquo;eutanasia involuntaria&rdquo; que no es otra cosa que un eufemismo del asesinato. La objeci&oacute;n apunta, m&aacute;s bien, a una generalizaci&oacute;n de la eutanasia voluntaria, o a la normalizaci&oacute;n del suicidio asistido como una opci&oacute;n v&aacute;lida para afrontar el final de la vida. Una tendencia que parece confirmar el hecho de que las sociedades con leyes de eutanasia m&aacute;s veteranas comienzan hoy a debatir sobre el suicidio por &ldquo;vida cumplida&rdquo;, es decir: sobre la posibilidad de que las personas mayores que consideran que su vida biogr&aacute;fica ha terminado decidan libremente poner t&eacute;rmino a su vida biol&oacute;gica ahorr&aacute;ndose, si as&iacute; lo desean, el calvario de la decrepitud o la enfermedad.
    </p><p class="article-text">
        No sabemos si la regulaci&oacute;n de la eutanasia conducir&aacute; a nuestras sociedades por ese derrotero, pero la objeci&oacute;n es seria. Y es probable que acabe ocupando un lugar importante en la discusi&oacute;n p&uacute;blica, porque el avance de la medicina y el aumento de las posibilidades t&eacute;cnicas de alargar la vida pueden conducir a que no solo las enfermedades terminales, sino tambi&eacute;n la decrepitud asociada al envejecimiento, comience a percibirse como una etapa de la vida que algunas personas ya no quieran atravesar. Y como los avances t&eacute;cnicos son irreversibles, tambi&eacute;n suelen serlo los cambios sociales que dependen de ellos, en este caso la percepci&oacute;n social del final de la vida. A los detractores de la eutanasia les preocupa ese cambio de percepci&oacute;n social, pues parece implicar que hay vidas que ya no son dignas de ser vividas. Pero desde una posici&oacute;n m&aacute;s favorable a la eutanasia cabr&iacute;a replicar que aqu&iacute; no se trata de si hay vidas m&aacute;s o menos dignas, sino de si hay vidas que ya no queremos vivir nosotros mismos, sobre la base de nuestra libertad y nuestra autonom&iacute;a. As&iacute; pues, donde algunos perciben cierta banalizaci&oacute;n de la muerte o una visi&oacute;n despectiva de la enfermedad y la vejez, otros simplemente observan una evoluci&oacute;n social comparable a la que se ha producido en relaci&oacute;n con otras pr&aacute;cticas &mdash;como el divorcio o el matrimonio igualitario&mdash; que en su momento parec&iacute;an muy controvertidas, casi impensables, y que han terminado por normalizarse completamente.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Es pronto para plantear estas cuestiones en el debate p&uacute;blico, por no hablar ya de darles respuesta. Pero si asumimos que
    </p><p class="article-text">
        somos nuestros, y no de Dios, son preguntas que, antes o despu&eacute;s, tendremos que hacernos.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Luis López de Lizaga]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/no-dios-cinco-anos-ley-eutanasia_129_13084912.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 20 Mar 2026 21:21:27 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La democracia deliberativa se desmorona]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/democracia-deliberativa-desmorona_129_11329779.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/02accffb-f7ce-4572-9bc0-63d0ee773c61_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La democracia deliberativa se desmorona"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El filósofo Jürgen Habermas alerta de qué cambios estructurales de la esfera pública conducen a la degradación de la discusión pública y, por tanto, de la democracia. José Luis López de Lizaga, profesor de Filosofía en la Universidad de Zaragoza y autor del reciente "Almería. Sobre la muerte y el duelo", explica el análisis que publicó el pensador alemán en 2022</p><p class="subtitle">Carissa Véliz, filósofa: “La privacidad nos protege de potenciales abusos de poder”
</p></div><p class="article-text">
        El fil&oacute;sofo y soci&oacute;logo J&uuml;rgen Habermas public&oacute; en 2022, ya con noventa y tres a&ntilde;os de edad, un breve ensayo titulado <em>Un nuevo cambio estructural de la esfera p&uacute;blica y la pol&iacute;tica deliberativa </em>(<a href="https://www.grup62.cat/llibre-un-nou-canvi-estructural-en-lesfera-publica-i-la-politica-deliberativa/374686" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link" target="_blank">en catal&aacute;n, en Edicions 62</a>). El ensayo se propone actualizar los an&aacute;lisis sobre la esfera p&uacute;blica y su funci&oacute;n pol&iacute;tica que Habermas ha ido desarrollando a lo largo de seis d&eacute;cadas, desde que en 1962 apareciese <em>Cambio estructural de la esfera p&uacute;blica</em> &mdash;(libro que en Espa&ntilde;a se public&oacute; con el t&iacute;tulo de <em>Historia y cr&iacute;tica de la opini&oacute;n p&uacute;blica)</em>.
    </p><p class="article-text">
        No es la primera vez que Habermas revisa su cl&aacute;sico estudio de principios de los a&ntilde;os sesenta con el objetivo de ponerse al d&iacute;a. Ya hizo algo similar en otros libros, publicados en los noventa y en la primera d&eacute;cada de este siglo. Pero quien haya le&iacute;do esos otros escritos de Habermas, advertir&aacute; un cambio de tono en este &uacute;ltimo libro. Habermas ya no se limita a actualizar su an&aacute;lisis a&ntilde;adiendo elementos nuevos a un marco conceptual que podr&iacute;a considerarse v&aacute;lido en lo fundamental, sino que m&aacute;s bien registra un cambio de &eacute;poca. Y es que en el siglo XXI la esfera p&uacute;blica ha mutado de tal modo que el modelo de democracia deliberativa que este autor ha defendido siempre corre un riesgo serio de desmoronarse.
    </p><p class="article-text">
        Lo que define a ese modelo de democracia que ahora parece estar en peligro es, para Habermas, la discusi&oacute;n p&uacute;blica, o el intercambio de argumentos en la esfera p&uacute;blica. La democracia se queda muy corta si el papel de los ciudadanos se limita a acercarse a un colegio electoral cada cuatro a&ntilde;os, y se degrada cuando se confunde con esos rituales, tan apreciados por los reg&iacute;menes autoritarios, de aclamaci&oacute;n plebiscitaria de los l&iacute;deres pol&iacute;ticos.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
            <p><img style="border: 1px solid white; margin: 20px 20px 10px 0px; box-shadow: 5px 5px 10px 0px rgba(0,0,0,0.1);" src="https://static.eldiario.es/clip/34925d4e-99bf-4dbb-ab2f-64c29ad68452_source-aspect-ratio_default_0.jpg" alt="" width="158" height="" align="left" data-title="" /></p>
    </figure><p class="article-text">
        Una democracia digna de tal nombre requiere algo m&aacute;s que un electorado atomizado, desinformado y sumiso, pero tambi&eacute;n algo diferente de unas masas enardecidas y manipuladas. Requiere que la adopci&oacute;n de decisiones colectivamente vinculantes, como puede ser la aprobaci&oacute;n de una ley, vaya precedida de procesos de deliberaci&oacute;n en la esfera p&uacute;blica que satisfagan ciertos est&aacute;ndares de racionalidad, de tal modo que la voluntad pol&iacute;tica com&uacute;n se apoye en &ldquo;la fuerza de las razones&rdquo;, es decir, en los mejores argumentos disponibles. Las democracias solo funcionan cuando el poder pol&iacute;tico se atiene a las demandas mayoritarias de una opini&oacute;n p&uacute;blica informada, reflexiva y racional.
    </p><p class="article-text">
        Se dir&aacute; &mdash;y se ha dicho a menudo&mdash; que esto suena ingenuo, o que parece una estilizaci&oacute;n de las condiciones sociales existentes en una concreta regi&oacute;n del mundo durante un periodo muy acotado de su historia: el culto y acomodado norte de Europa de las &uacute;ltimas d&eacute;cadas del siglo XX. El mundo de Habermas, a fin de cuentas. Es posible. Pero el modelo deliberativo quiz&aacute;s nos parezca m&aacute;s convincente si consideramos que, en realidad, no tenemos otra alternativa para estabilizar las democracias actuales. Estas son sociedades plurales en las que conviven ideolog&iacute;as, culturas y formas de vida muy heterog&eacute;neas, y a menudo bastante incompatibles. La pol&iacute;tica ya no puede apoyarse en consensos de fondo garantizados e inatacables, ni en valores compartidos, ni en religiones, concepciones del mundo u orientaciones &eacute;ticas comunes a todos.
    </p><p class="article-text">
        Nada de eso existe ya, y precisamente por eso resulta tanto m&aacute;s importante que tengan &eacute;xito las deliberaciones en las que los ciudadanos o sus representantes contrastan los puntos de vista enfrentados y alcanzan acuerdos provisionales que todas las partes puedan considerar aceptables. &ldquo;La carencia de un consenso de fondo <em>existente</em> &mdash;escribe Habermas&mdash; debe compensarse mediante la comunidad de la <em>formaci&oacute;n</em> de la opini&oacute;n y la voluntad p&uacute;blicas&rdquo;. Esto exige tambi&eacute;n que las partes se reconozcan como adversarias, en lugar de verse como enemigas, y que admitan que las opiniones del otro son leg&iacute;timas, aunque sean diferentes de las propias. Son supuestos que nos parecen triviales mientras se cumplen, pero cuya importancia queda de manifiesto cuando la discusi&oacute;n p&uacute;blica empieza a ignorarlos, porque la alternativa s&oacute;lo puede ser el desacuerdo, la polarizaci&oacute;n y, antes o despu&eacute;s, la violencia.
    </p><p class="article-text">
        Son esos procesos deliberativos los que est&aacute;n fallando ahora, y lo m&aacute;s inquietante es que esto sucede como consecuencia de la evoluci&oacute;n de la esfera p&uacute;blica que deber&iacute;a favorecerlos. Esta dial&eacute;ctica no es nueva. Ya en el siglo XX, Habermas observ&oacute; c&oacute;mo los nuevos medios de comunicaci&oacute;n, que eran entonces la radio y la televisi&oacute;n, ampliaban enormemente la esfera p&uacute;blica al llegar a una audiencia mucho mayor que la prensa, pero no siempre contribu&iacute;an a mejorar la calidad argumentativa del debate p&uacute;blico. La radio y la televisi&oacute;n quedaban f&aacute;cilmente colonizadas por poderes pol&iacute;ticos o econ&oacute;micos que se serv&iacute;an de ellas con fines propagand&iacute;sticos o comerciales.
    </p><p class="article-text">
        Todos sabemos en qu&eacute; consiste esa colonizaci&oacute;n, y el cine tambi&eacute;n la ha reflejado muchas veces. En la pel&iacute;cula de Ettore Scola <em>Una jornada particular, </em>ambientada en la Roma de Mussolini, la acci&oacute;n de los protagonistas est&aacute; envuelta en el asfixiante bajo continuo de una radio que emite permanentemente consignas patri&oacute;ticas y marchas militares. Y m&aacute;s recientemente, la c&aacute;ustica <em>No mires arriba</em>, de Adam McKay, muestra c&oacute;mo unos medios de comunicaci&oacute;n completamente rendidos a la espectacularidad, la frivolidad y el entretenimiento cumplen en las democracias capitalistas una funci&oacute;n equivalente de aturdimiento colectivo.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                &#039;No mires arriba&#039;, de Adam McKay                            </span>
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        Pero Internet ha supuesto un cambio cualitativo en esta dial&eacute;ctica. Ha ampliado de nuevo la esfera p&uacute;blica, y adem&aacute;s la ha democratizado al reemplazar la unidireccionalidad de la emisi&oacute;n de los medios tradicionales por una estructura completamente an&aacute;rquica en la que todos somos, o podemos ser, al mismo tiempo receptores y emisores, consumidores y productores de contenido. A trav&eacute;s de un tuit, la opini&oacute;n de un ciudadano corriente puede hacerse viral y alcanzar cientos de miles de visualizaciones, y las im&aacute;genes tomadas por tel&eacute;fonos m&oacute;viles particulares documentan y transmiten en tiempo real cualquier acontecimiento en cualquier parte del mundo. Nunca hubo una esfera p&uacute;blica m&aacute;s amplia y democr&aacute;tica, o menos reglamentada y paternalista. Por primera vez en la historia, las barreras de la comunicaci&oacute;n social parecen saltar por los aires: todos pueden hablar de todo. Pero este cambio estructural no parece estar contribuyendo a mejorar la calidad de los debates p&uacute;blicos, sino m&aacute;s bien a degradarlos.
    </p><p class="article-text">
        Seg&uacute;n Habermas, esto se debe en parte a la desprofesionalizaci&oacute;n y precarizaci&oacute;n del periodismo. Surgen medios de comunicaci&oacute;n de dudosa &eacute;tica period&iacute;stica, pero aparecen en el mismo espacio social &mdash;la web, las pantallas&mdash; que los medios serios, y aparentemente en pie de igualdad con estos. Los titulares no permiten distinguir a primera vista las calumnias y <em>fake news</em> de las noticias veraces y contrastadas, y se hace mucho m&aacute;s dif&iacute;cil la imprescindible labor de contraste y filtrado que sol&iacute;an cumplir los periodistas profesionales de los medios tradicionales en base a criterios cognitivos adecuados. Y esta rebaja cognitiva se ve reforzada por la tendencia de la esfera p&uacute;blica digital a la fragmentaci&oacute;n y la polarizaci&oacute;n. Las redes sociales se pulverizan en una constelaci&oacute;n de c&iacute;rculos de comunicaci&oacute;n encapsulados, blindados e inmunizados contra las opiniones discordantes, a las que normalmente se reacciona con insultos.
    </p><p class="article-text">
        De este modo se debilita la distinci&oacute;n entre lo p&uacute;blico y lo privado. En las &ldquo;c&aacute;maras de eco&rdquo; autorreferenciales que componen esta nueva esfera p&uacute;blica tribal, un n&uacute;mero cada vez mayor de &ldquo;consumidores de medios&rdquo; &mdash;y especialmente quienes se ubican en la extrema derecha del espectro pol&iacute;tico&mdash; ya no se molestan en distinguir entre una opini&oacute;n fundamentada y un exabrupto, o entre una informaci&oacute;n contrastada y una calumnia, o entre un documento cient&iacute;fico y una teor&iacute;a conspirativa delirante. Las opiniones privadas, que son las que cada uno pronunciar&iacute;a en su casa o en la barra de un bar sin mucha responsabilidad, toman al asalto el debate p&uacute;blico, que tiende a convertirse en una continuaci&oacute;n de la charla de sobremesa por otros medios. Y cuando se pierde la distinci&oacute;n entre lo p&uacute;blico y lo privado, o la disposici&oacute;n a filtrar lo que uno dir&iacute;a en privado pero quiz&aacute;s no en p&uacute;blico, se esfuma tambi&eacute;n la funci&oacute;n <em>inclusiva</em> de un espacio p&uacute;blico en el cual todos puedan reconocerse en tanto que conciudadanos, es decir, en su dimensi&oacute;n p&uacute;blica, independientemente de cu&aacute;les sean sus opiniones privadas.
    </p><p class="article-text">
        Los fil&oacute;sofos suelen ser mejores diagnosticando problemas que prescribiendo remedios, pero Habermas da tambi&eacute;n algunas indicaciones acerca de c&oacute;mo contrarrestar esta tendencia al desmoronamiento de la democracia deliberativa. Ser&iacute;a necesario un cambio en la cultura pol&iacute;tica, porque la democracia liberal, como cualquier otro sistema pol&iacute;tico, no solo es un conjunto de instituciones, sino tambi&eacute;n una determinada mentalidad que tiene que &ldquo;encontrar anclaje &mdash;dice Habermas&mdash; &shy;en las convicciones impl&iacute;citas de los propios ciudadanos&rdquo;. Y en este sentido, la forma de argumentar es ya un argumento, puesto que hay medios discursivos canallescos que solo pueden estar al servicio de ideas incompatibles con la democracia. Tambi&eacute;n ayudar&iacute;a que el Estado de bienestar lograse combatir m&aacute;s eficazmente la erosi&oacute;n neoliberal de las sociedades actuales, porque la polarizaci&oacute;n, el populismo y las mentalidades de ultraderecha se alimentan de la precariedad, la incertidumbre y el temor al descenso social.
    </p><p class="article-text">
        Pero uno no sabr&iacute;a decir si estas indicaciones de Habermas son propuestas realistas o evocaciones melanc&oacute;licas de una &eacute;poca pasada, y m&aacute;s brillante, de la socialdemocracia europea. Lo cierto es que la funci&oacute;n inclusiva de la esfera p&uacute;blica se est&aacute; perdiendo, y esto explica el encanallamiento y la creciente brutalidad de la vida pol&iacute;tica. Los participantes en las distintas c&aacute;maras de eco ya no tienen nada en com&uacute;n, y por eso no se perciben como adversarios en un debate p&uacute;blico en el que pudieran llegar a ponerse de acuerdo en algo. Son simplemente enemigos con los que no se discute, sino a quienes se combate con medios simb&oacute;licos y, si hiciera falta, tambi&eacute;n con violencia f&iacute;sica.
    </p><p class="article-text">
        Cuando esta percepci&oacute;n completamente distorsionada de lo que es una democracia se contagia tambi&eacute;n a las instituciones &mdash;partidos, medios de comunicaci&oacute;n, judicatura&mdash;, la situaci&oacute;n puede ponerse muy fea, y ya cualquier cosa ser&aacute; posible. Hoy observamos c&oacute;mo incluso algunos cargos p&uacute;blicos asumen el estilo discursivo de la esfera semi-p&uacute;blica (de la barra del bar), y se permiten despreciar abiertamente al adversario, o desde&ntilde;ar los requisitos m&iacute;nimos del <em>fair play</em>, la equidad, la verdad y la razonabilidad. Como en aquella Roma fascista de Ettore Scola, en nuestras democracias cada vez m&aacute;s c&iacute;nicas el debate p&uacute;blico amenaza con convertirse en una banda sonora llena de ruido y de furia &mdash;o de ruido y de fruta, en nuestro caso&mdash; que no aborda ni aclara ni resuelve ning&uacute;n problema, ni conduce a nada que no sea la polarizaci&oacute;n y la violencia.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Luis López de Lizaga]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/democracia-deliberativa-desmorona_129_11329779.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 03 May 2024 20:32:11 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La democracia deliberativa se desmorona]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Filosofía,Democracia]]></media:keywords>
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