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    <title><![CDATA[elDiario.es - Concepción Maldonado]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/concepcion-maldonado/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Concepción Maldonado]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Llorar de risa]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/llorar-risa_1_12305703.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/bafad93c-d570-4680-b810-95fdc3b3e6ab_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Llorar de risa"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Apartarse del modo común de hablar puede ser un acierto, si con ello conseguimos dar mayor expresividad a nuestras palabras. ¿Cómo evitar, entonces, caer en tópicos manidos?</p><p class="subtitle">Archiletras | Todo es lengua - Palabras con historia: misoginia</p></div><p class="article-text">
        Son famosos mis lloros cuando me da un ataque de risa. Me r&iacute;o a carcajadas, encogida, mientras me seco las l&aacute;grimas con un pa&ntilde;uelo. En casa dicen que tengo una risa contagiosa. Y mi madre defiende que ver conmigo una comedia en el cine o en el teatro es tener risas garantizadas (si no por la obra, s&iacute; por verme a m&iacute;). Por eso, me he quedado extra&ntilde;ada al leer hoy que la expresi&oacute;n <em>llorar de risa</em> es un ejemplo de ox&iacute;moron&hellip; 
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Que qu&eacute; narices es un <em>ox&iacute;moron</em>? Pues es uno de esos nombres extra&ntilde;os con los que se etiquetan en ret&oacute;rica los recursos estil&iacute;sticos utilizados para dar mayor fuerza y expresividad a lo que expresamos. En este caso, hablar&iacute;amos de la combinaci&oacute;n de dos palabras cuyos significados se contradicen y que, juntas, adquieren otro valor (<em>silencio ensordecedor </em>ser&iacute;a un ejemplo est&aacute;ndar). Y claro, en mi forma particular de hablar, y de re&iacute;r, no hay nada contradictorio entre las l&aacute;grimas y las carcajadas&hellip;
    </p><p class="article-text">
        He recordado, entonces, que, adem&aacute;s del <em>ox&iacute;moron</em>, tambi&eacute;n la <em>paradoja </em>y la <em>ant&iacute;tesis </em>iban de contraposiciones&hellip; Y de repente me he visto sentada en un pupitre, y sudando tinta, mientras me enfrentaba a uno de los muchos ex&aacute;menes de comentario de textos que he tenido que hacer a lo largo de mi vida de estudiante. Me he recordado, bol&iacute;grafo en ristre, a la caza y captura de esas figuras ret&oacute;ricas con las que yo malentend&iacute;a que deb&iacute;a demostrar mi pericia en el an&aacute;lisis de un texto. Por muy bien que hubi&eacute;semos resumido el tema tratado; por muy certero y conciso que hubiese sido nuestro resumen del argumento; por muy acertado y sutil que hubiera resultado nuestro an&aacute;lisis psicol&oacute;gico de los personajes o nuestra explicaci&oacute;n del desarrollo de la trama, si el comentario no culminaba con el etiquetado de un buen repertorio de <em>aliteraciones</em>, <em>sinestesias</em>, <em>retru&eacute;canos</em>, <em>paradojas </em>o <em>paranomasias</em>, aquello, pens&aacute;bamos, no hab&iacute;a llegado a buen puerto&hellip;
    </p><p class="article-text">
        Qu&eacute; bobos &eacute;ramos entonces al pensar que aquella forma de analizar los usos del lenguaje iba a ser lo que necesitar&iacute;amos para aprobar con Don Fernando (L&aacute;zaro Carreter), con ese maestro &uacute;nico que consigui&oacute; que, por fin, entendi&eacute;ramos por qu&eacute; s&iacute; son Literatura las <em>Cartas </em>de Santa Teresa (y no lo eran las nuestras a nuestros amigos); o por qu&eacute; la prosa de Fray Luis de Le&oacute;n en <em>De los nombres de Cristo</em> era pura literatura en romance castellano y no solo un tratado teol&oacute;gico.
    </p><p class="article-text">
        Y es que todos sab&iacute;amos re&iacute;r (leer a Santa Teresa y a Fray Luis, en este caso). Pero solo Don Fernando sab&iacute;a explicar los m&uacute;sculos de la cara que movemos en cada carcajada, e, incluso, nombrar esos otros m&uacute;sculos del est&oacute;mago que solo se pueden ejercitar con la risa (solo &eacute;l supo explicarnos los recursos que aquellos autores hab&iacute;an empleado para convertir sus escritos en textos literarios).
    </p><p class="article-text">
        Usar bien y con variedad los recursos expresivos que la lengua nos ofrece lo podemos hacer todos, y sin despeinarnos. Saber analizar y explicitar esos procedimientos estil&iacute;sticos es ya otra cuesti&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Y es que todos, al conversar, sabemos reconocer a quien nos resulta ameno o gracioso en su forma de contar las cosas, y a quien nos parece un tost&oacute;n infumable, nos cuente lo que nos cuente. Pero solo quienes saben diseccionar nuestra forma de expresarnos (quienes saben reconocer esos m&uacute;sculos/palabras que empleamos en nuestros mensajes), descubrir&aacute;n esas figuras ret&oacute;ricas que, adem&aacute;s, es probable que hayan sido empleadas sin ninguna intenci&oacute;n consciente.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Usar bien y con variedad los recursos expresivos que la lengua nos ofrece lo podemos hacer todos, y sin despeinarnos. Saber analizar y explicitar esos procedimientos estilísticos es ya otra cuestión.</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Porque las figuras ret&oacute;ricas no son exclusivas del lenguaje literario. Muy al contrario, son recursos de suma expresividad en el lenguaje cotidiano. No es lo mismo decir que alguien anda despistado que decir que <em>anda m&aacute;s perdido que un pulpo en un garaje</em>. Y dar largas al pesado de turno con un <em>S&iacute;, s&iacute;, t&uacute; espera sentado&hellip;</em> es, aunque tajante, bastante m&aacute;s esperable y sosaina que prometerle, como dice la canci&oacute;n, que algo ocurrir&aacute; <em>cuando los sapos bailen flamenco.</em>
    </p><p class="article-text">
        Una met&aacute;fora es brillante, y nos deslumbra, cuando es nueva. Pasa desapercibida, en cambio, cuando ya la usamos como habitual y propia de determinados &aacute;mbitos: los <em>balones a la olla</em> en los partidos de f&uacute;tbol; los <em>pactos que se cuecen a fuego lento</em> en pol&iacute;tica; o los topicazos en la mala literatura (<em>cabellos rubios como el trigo</em>; <em>noche oscura como boca de lobo</em>; o <em>blanca nieve que cubre con su manto la verde hierba&hellip;</em>).
    </p><p class="article-text">
        Que levante la mano, adem&aacute;s, quien no haya utilizado nunca la <em>preterici&oacute;n</em>, esa forma maravillosa de hacer como que no dices lo que claramente ya est&aacute;s diciendo: <em>No ser&eacute; yo quien diga nada malo de tu amigo, pero&hellip; </em>
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Y el <em>pleonasmo</em>? Que s&iacute;, que ya sabemos que es un uso innecesario de palabras<em> que estrictamente no se necesitan (subir arriba, bajar abajo, </em>m&aacute;s mayor&hellip;), pero que lance la primera piedra quien, supongamos, al tener que contar que ha visto a la que esto suscribe en la portada del <em>Time </em>como <em>Persona del a&ntilde;o</em>, no rebatir&iacute;a la incredulidad de quien le escucha asegurando con vehemencia que s&iacute;, que lo ha visto <em>con sus propios ojos </em>(que digo yo que es lo suyo, por eso del enajenamiento innecesario que supondr&iacute;a ver las cosas con los ojos prestados del vecino&hellip;).
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n las comparaciones resultan anodinas cuando se conocen (<em>ser m&aacute;s feo que Picio</em>) y divertidas cuando nos sorprenden (<em>ser m&aacute;s feo que una nevera por detr&aacute;s</em>). Y lo mismo ocurre con las <em>hip&eacute;rboles </em>o exageraciones, sin apenas valor expresivo cuando son muy manidas (<em>costar un ri&ntilde;&oacute;n</em>; <em>morirse de sue&ntilde;o</em>), e impactantes cuando son innovadoras y creativas, como innovador y creativo fue Neruda con su <em>Qu&iacute;tame el pan, el aire, pero tu risa nunca porque me morir&iacute;a</em>.
    </p><p class="article-text">
        Saber hablar y saber re&iacute;r son procesos naturales, que aprendemos sin esfuerzo. Saber explicar c&oacute;mo hablamos, o c&oacute;mo re&iacute;mos, es ya harina de otro costal (por cierto, esto de la harina ha sido una <em>met&aacute;fora</em>; la repetici&oacute;n del verbo saber, una <em>an&aacute;fora</em>; y la construcci&oacute;n sint&aacute;ctica del p&aacute;rrafo, un <em>paralelismo</em>).
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Hab&iacute;a necesidad alguna de este final tan pedante? Entenderemos que es esta una <em>pregunta ret&oacute;rica</em> (como tal, no precisa respuesta&hellip;).
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Concepción Maldonado]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/llorar-risa_1_12305703.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 16 May 2025 20:25:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Llorar de risa]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Lenguaje,Lingüística,Cultura,Diccionario]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Embusteros, charlatanes y vendedores de crecepelo: dónde están los terrenos pantanosos de la mentira]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/embusteros-charlatanes-vendedores-crecepelo-terrenos-pantanosos-mentira_1_11708312.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/3474a6c7-b75b-4148-b301-91f96ae2cbe9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x519y486.jpg" width="1200" height="675" alt="Embusteros, charlatanes y vendedores de crecepelo: dónde están los terrenos pantanosos de la mentira"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Las caras de una misma moneda para ocultar la verdad</p><p class="subtitle">Por qué es importante saber insultar en una segunda lengua
</p></div><p class="article-text">
        A Pinocho le crec&iacute;a la nariz cuando ment&iacute;a. &iquest;Le menguaba si dec&iacute;a la verdad?
    </p><p class="article-text">
        A Pedro, el pastorcillo, nadie le crey&oacute; cuando el lobo atac&oacute; de verdad su reba&ntilde;o. Hab&iacute;an sido muchas las mentiras previas.
    </p><p class="article-text">
        Todo un pueblo aclam&oacute; en las calles el traje inexistente de un emperador que paseaba desnudo. Solo un ni&ntilde;o se atrevi&oacute; a decir que no ve&iacute;a ning&uacute;n traje. 
    </p><p class="article-text">
        En boca de aquel ni&ntilde;o, la verdad se nos presenta como un valor &eacute;tico que debemos defender como sociedad; en boca del espejo m&aacute;gico de la madrastra de Blancanieves, en cambio, la incapacidad de mentir se convierte en pena de muerte implacable para una princesa indefensa.
    </p><p class="article-text">
        Mentiras y verdades en nuestros cuentos tradicionales. Mentiras y verdades en nuestra realidad cotidiana tambi&eacute;n. Y amplias zonas de terreno pantanoso.
    </p><p class="article-text">
        Aunque <em>diga una mentira</em>, puedo <em>no ser un mentiroso</em>. Cuando <em>callo una verdad</em>, no tengo por qu&eacute; <em>ser un falso</em>. Si <em>cambio de opini&oacute;n</em>, quiz&aacute; no <em>miento</em>, tan solo <em>rectifico</em>. Si cambio tus palabras cuando se las cuento a otro y al hacerlo les doy otro sentido, te estar&eacute; &iquest;solo? <em>tergiversando</em>, que la <em>manipulaci&oacute;n </em>ser&iacute;a algo todav&iacute;a peor.
    </p><p class="article-text">
        El <em>mentiroso </em>es el que <em>miente</em>, pero, sobre todo, si lo hace por costumbre. El mentiroso reincide, repite y reitera las mentiras. Porque una mentira es siempre la <em>expresi&oacute;n </em>contraria de lo que se sabe, lo que se piensa o lo que se siente. No podemos mentir por omisi&oacute;n; la mentira es siempre expl&iacute;cita, expresa, manifiesta. 
    </p><p class="article-text">
        Un mentiroso puede ser, adem&aacute;s, un <em>falso</em>, no ya tanto porque miente sino porque no dice realmente lo que piensa o siente. Las personas falsas omiten su opini&oacute;n; las mentirosas expresan lo contrario de lo que opinan. Por eso es m&aacute;s f&aacute;cil probar que alguien miente que probar que act&uacute;a con falsedad. Callar a veces por prudencia no nos convierte en personas falsas; callar algo por respeto, tampoco. En cambio, s&iacute; soy un falso si callo a menudo y para esconderme de los dem&aacute;s en beneficio propio.
    </p><p class="article-text">
        Otras veces, hablamos sin parar. Un <em>charlat&aacute;n </em>es esa persona que habla mucho y sin sustancia. El charlat&aacute;n puede cansarnos, puede aburrirnos, puede molestarnos, pero, en s&iacute; mismo, resulta inofensivo. Sin embargo, cuando alguien usa esa ch&aacute;chara para enga&ntilde;ar al otro, entonces se convierte en un <em>embaucador</em>, porque enga&ntilde;a vali&eacute;ndose de la inexperiencia o el candor del enga&ntilde;ado; porque se aprovecha de la vulnerabilidad del que escucha; porque abusa de otro mediante el enga&ntilde;o. Que su delito sea m&aacute;s o menos grave depende de que el que embauca sea un mero <em>charlat&aacute;n de feria</em>, un <em>vendedor de crecepelo</em> en el lejano Oeste o un <em>estafador de guante blanco</em> en el mundo de las finanzas.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Y un <em>embustero</em>? Los embusteros son los que dicen embustes; y no es cuesti&oacute;n balad&iacute; que un embuste sea <em>una mentira disfrazada con artificios</em>, que por algo la disfrazar&aacute; quien la usa, digo yo&hellip; Por eso, todos los embusteros son unos <em>cuentistas</em>, aunque no al rev&eacute;s. De boca de un cuentista podemos escuchar <em>enredos</em>, esos enga&ntilde;os o mentiras que ocasionan disturbios, disensiones y pleitos, y que se dicen para meter ciza&ntilde;a en un grupo social (<em>personas t&oacute;xicas</em>, decimos hoy). De un cuentista podemos tambi&eacute;n esperar o&iacute;r muchos <em>chismes</em>, esas noticias o comentarios que, con independencia de si son verdaderos o falsos, usamos para indisponer a unas personas con otras o para crear estados de opini&oacute;n (&iexcl;Ay, <em>Radio Macuto</em> cu&aacute;nto da&ntilde;o hace en el entorno laboral a veces!). Y de un cuentista podemos, en fin, esperar <em>embustes </em>(&iexcl;y aqu&iacute; volvemos a empezar!). Lo importante, en cualquier caso, es la finalidad con que <em>enredos</em>, <em>chismes </em>y <em>embustes </em>se utilizan.
    </p><p class="article-text">
        Y es que, de fondo, lo que subyace es siempre la intenci&oacute;n que nos mueve al hablar o al callar. Cuando queremos hacer creer que algo falso es verdadero, es en nuestra intencionalidad donde radica el valor &eacute;tico de esa mentira. Cuando, antes de hundirse el <em>Titanic</em>, algunos maridos <em>enga&ntilde;aron </em>a sus mujeres para convencerlas de que fuesen montando ellas en los botes salvavidas, sab&iacute;an bien que no iban nunca a volver a encontrarse. Y, sin llegar a ese grado de drama y de solemnidad, entran en este mismo saco las <em>mentirijillas</em>, las <em>mentiras blancas</em> o las <em>mentiras piadosas</em>, por no hablar de esos usos del verbo <em>enga&ntilde;ar </em>en situaciones tan triviales como la de <em>enga&ntilde;ar </em>con un bomb&oacute;n el sabor amargo de una medicina. Por otro lado, sin embargo, el hablante quiz&aacute; quiera enga&ntilde;ar al otro porque quiere seducirlo con mentiras, quiere cautivar su &aacute;nimo y apropiarse de su voluntad. Se cuenta en la Biblia que Satan&aacute;s intent&oacute; tres veces <em>seducir </em>a Jes&uacute;s en el desierto prometi&eacute;ndole riquezas, honores y gloria. Y, a diario, vivimos alerta ante el peligro de ser <em>embaucados</em>, <em>encandilados </em>o <em>engatusados </em>por personas sin escr&uacute;pulos.
    </p><p class="article-text">
        Mentiras, verdades y contradicciones, muchas contradicciones. Tambi&eacute;n si lo que analizamos son las meras palabras. 
    </p><p class="article-text">
        Las palabras pueden ser <em>falsas</em>, bien porque son contrarias a la verdad (&ldquo;No me apellido Maldonado&rdquo;), o bien porque son fingidas y disimuladas (&ldquo;No me ha molestado lo que me has dicho de lo fea que estoy, no...&rdquo;). Solo ser&aacute;n, adem&aacute;s, palabras <em>falaces </em>si quieren enga&ntilde;ar. 
    </p><p class="article-text">
        <em>Contradecirse </em>es <em>decir lo contrario</em> de lo ya afirmado (con independencia de la intenci&oacute;n que tenga el hablante). <em>Rectificar </em>es <em>modificar </em>una opini&oacute;n antes expuesta; tambi&eacute;n <em>desdecirse </em>o <em>retractarse</em>. En cambio, <em>una persona de palabra </em>es una persona que <em>cumple lo que promete</em>; conf&iacute;as en ella porque antes ha demostrado ya que es fiel a lo que dice y que no enga&ntilde;a ni con sus actos ni con sus palabras. Es una persona <em>fiable</em>, <em>fidedigna </em>(digna de fe). Su actitud se suele asociar a <em>honradez </em>(si bien la honradez ya no est&aacute; basada en lo que esa persona dice, sino en su rectitud e integridad a la hora de actuar).
    </p><p class="article-text">
        Mentiras y verdades. Y amplias zonas de terreno pantanoso. M&aacute;s a&uacute;n, si entramos en el terreno de la <em>ficci&oacute;n</em>. Tres caras de una misma moneda. Tres caras, s&iacute;, como tres eran los cerditos del cuento, que tres eran tambi&eacute;n los Magos de Oriente, y tres son las divinidades que conforman una trinidad en distintas religiones. Y es que el hecho de que las monedas en este mundo en que vivimos solo tengan dos caras, &iquest;convierte la afirmaci&oacute;n anterior en una mentira?, &iquest;en un error?, &iquest;en un recurso estil&iacute;stico? &iquest;No podemos imaginar un mundo en el que el dinero en met&aacute;lico se hubiera materializado en figuras poli&eacute;dricas de tres caras?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;A Pinocho le hubiera crecido la nariz si hubiera dicho &ldquo;Mi nariz crecer&aacute; ahora&rdquo;? 
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Volvi&oacute; a mentir el pastorcillo? &iquest;Qu&eacute; le pas&oacute; al ni&ntilde;o que dijo que el emperador iba desnudo? &iquest;Tuvo remordimientos el espejo de la madrastra? Mentiras y verdades. Ficci&oacute;n y realidad. Y siempre, de fondo, la intenci&oacute;n de quien habla.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Concepción Maldonado]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/embusteros-charlatanes-vendedores-crecepelo-terrenos-pantanosos-mentira_1_11708312.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 04 Oct 2024 20:15:47 +0000]]></pubDate>
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