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    <title><![CDATA[elDiario.es - Natalia Salvo]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/natalia-salvo/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Natalia Salvo]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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    <item>
      <title><![CDATA[Macarrones con chorizo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/macarrones-chorizo_132_13088161.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a1a3dc00-4004-4502-aca1-af815f248b53_16-9-discover-aspect-ratio_default_1140518.jpg" width="793" height="446" alt="Macarrones con chorizo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hubo una generación de mujeres que lo dio todo… y ahora nos toca a nosotras hacer que eso no vuelva a ocurrir en las mismas condiciones</p></div><p class="article-text">
        Los viernes ten&iacute;an un olor.
    </p><p class="article-text">
        No era exactamente el del tomate frito ni el del chorizo al fuego. Era otra cosa. Era la casa de mi abuela.
    </p><p class="article-text">
        Los viernes se com&iacute;an macarrones con chorizo. Y eso, que podr&iacute;a parecer una an&eacute;cdota dom&eacute;stica sin importancia, era en realidad una forma de ordenar el mundo. Porque hay casas donde el tiempo no se mide en calendarios, sino en platos. Y en la m&iacute;a, los viernes sab&iacute;an a eso: a plato hondo, a pan para reba&ntilde;ar y a infancia sin palabras para nombrarse.
    </p><p class="article-text">
        Dicen que la pasta es la quintaesencia de las nonas italianas. Que en cada ravioli hay una genealog&iacute;a y en cada salsa una memoria. Yo no s&eacute; de Italia, pero s&eacute; que los macarrones con chorizo son la quintaesencia de las abuelas de aqu&iacute;. De las nuestras. De las que no escribieron libros de recetas, pero levantaron familias enteras con una cuchara de madera.
    </p><p class="article-text">
        Mi abuela nunca ha hablado de cuidados. Ni de &ldquo;corresponsabilidad&rdquo;, &ldquo;sostenibilidad de la vida&rdquo; o &ldquo;crisis de los cuidados&rdquo;. Mi abuela hac&iacute;a (y hace). Y hacer era quedarse la &uacute;ltima en la mesa. Era repetir a todo el mundo antes que a una misma. Era saber cu&aacute;ntos &eacute;ramos sin contarnos. Era sostener.
    </p><p class="article-text">
        Hay un pasaje de <em>Como agua para chocolate</em> en el que Tita cocina atravesada por lo que siente, y quienes comen sus platos lloran, desean, recuerdan. Siempre pienso en eso cuando recuerdo los viernes en casa de mi abuela. Porque en aquellos macarrones hab&iacute;a algo m&aacute;s que comida: hab&iacute;a lenguaje. Un idioma que no necesitaba teor&iacute;a para decirlo todo.
    </p><p class="article-text">
        Mi abuela pertenece a una generaci&oacute;n de mujeres que no eligi&oacute; casi nada. Que tuvo pocas oportunidades para estudiar, para viajar, para decidir qui&eacute;n quer&iacute;a ser fuera de lo que ya estaba decidido para ellas. Mujeres a las que la historia no les pidi&oacute; opini&oacute;n, pero s&iacute; les exigi&oacute; todo lo dem&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Y, sin embargo, sostuvieron.
    </p><p class="article-text">
        Sostuvieron la casa, la crianza, las enfermedades, las ausencias, los duelos que no se nombraban. Sostuvieron el tiempo de otras personas mientras el suyo quedaba en suspenso. Como escribi&oacute; Idea Vilari&ntilde;o, &ldquo;<em>uno siempre est&aacute; s&oacute;lo / pero a veces</em>&rdquo;. Ellas hicieron que ese &ldquo;a veces&rdquo; fuera m&aacute;s habitable para el resto.
    </p><p class="article-text">
        No hubo apenas salario. Ni cotizaci&oacute;n. No hubo reconocimiento social. Hubo afecto, s&iacute;. Pero el afecto no paga pensiones dignas, ni construye derechos, ni repara desigualdades estructurales.
    </p><p class="article-text">
        Nos ense&ntilde;aron que el amor lo pod&iacute;a todo. Pero no es verdad. El amor sostiene, pero no sustituye a la justicia.
    </p><p class="article-text">
        A veces pienso en todo lo que mi abuela no pudo ser. En los libros que no ley&oacute;, en los lugares a los que no fue, en las conversaciones que nunca tuvo porque nadie le pregunt&oacute;. Y al mismo tiempo pienso en todo lo que hizo y hace posible. En la vida que vino despu&eacute;s. En la m&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Hay un verso de Antonio Machado que dice que &ldquo;se hace camino al andar&rdquo;. Ellas no s&oacute;lo hicieron camino: hicieron el suelo. El suelo sobre el que ahora caminamos nosotras, con m&aacute;s derechos, con m&aacute;s palabras, con m&aacute;s posibilidades.
    </p><p class="article-text">
        Pero tambi&eacute;n con una deuda.
    </p><p class="article-text">
        Porque este sistema &mdash;llam&eacute;moslo por su nombre&mdash; sigue descansando sobre una arquitectura invisible de cuidados. Un sistema reproductivo que permite que todo lo dem&aacute;s funcione. Que haya trabajo, producci&oacute;n, econom&iacute;a. Y ese sistema, hist&oacute;ricamente, ha tenido rostro de mujer. De mujer mayor. De mujer migrante. De mujer sin contrato.
    </p><p class="article-text">
        No s&eacute; si mi abuela sabe o no de capitalismo, pero lo sosten&iacute;a cada d&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Y aqu&iacute; estamos ahora, intentando poner palabras donde antes s&oacute;lo hubo silencios. Intentando que aquello que se hizo por amor tambi&eacute;n se reconozca como trabajo. Intentando que las pol&iacute;ticas p&uacute;blicas lleguen donde antes s&oacute;lo llegaban las manos de una abuela.
    </p><p class="article-text">
        Porque no basta con recordar. No basta con emocionarse. No basta con decir &ldquo;qu&eacute; har&iacute;amos sin ellas&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Hay que preguntarse por qu&eacute; hemos podido hacer tanto sin ellas&hellip; y a costa de ellas.
    </p><p class="article-text">
        Y, aunque nuestra infancia sea la verdadera patria, mis viernes ya no son lo mismo. Ya no vuelvo del colegio en S&aacute;daba y voy directa a casa de mi abuela. Y los macarrones con chorizo, cuando los hago yo, no saben igual. Nunca saben igual.
    </p><p class="article-text">
        Pero hay algo que permanece.
    </p><p class="article-text">
        Una forma de entender el cuidado no como un gesto, sino como una estructura.
    </p><p class="article-text">
        Una conciencia &mdash;cada vez m&aacute;s clara&mdash; de que esa estructura no puede seguir siendo invisible.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; escribir esto sea tambi&eacute;n una forma de devolver algo. De poner en el centro lo que siempre estuvo en los m&aacute;rgenes. De nombrar lo que tantas veces se dio por hecho.
    </p><p class="article-text">
        De decir, con toda la belleza que permita el lenguaje, que hubo una generaci&oacute;n de mujeres que lo dio todo&hellip; y que ahora nos toca a nosotras hacer que eso no vuelva a ocurrir en las mismas condiciones.
    </p><p class="article-text">
        Que el cuidado deje de ser destino y pase a ser responsabilidad compartida.
    </p><p class="article-text">
        Que los macarrones con chorizo sigan existiendo, s&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        Pero no como s&iacute;mbolo de renuncia, sino de elecci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Y que cuando recordemos las historias vitales de nuestras abuelas, no lo hagamos s&oacute;lo desde la nostalgia. Tambi&eacute;n desde la justicia.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Salvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/macarrones-chorizo_132_13088161.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 23 Mar 2026 05:00:56 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La legislatura del Estatuto de la Mujer Rural de Aragón]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/legislatura-estatuto-mujer-rural-aragon_132_13070633.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/3a1aaac5-f243-418f-9198-fb8567e27950_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La legislatura del Estatuto de la Mujer Rural de Aragón"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La igualdad no se decreta desde las capitales, sino que se construye también en los pueblos, en las explotaciones agrarias, en los pequeños negocios y en los hogares donde el trabajo y la vida siguen entrelazados</p></div><p class="article-text">
        Hay leyes que nacen para ordenar una realidad ya consolidada. Y hay otras que nacen, precisamente, porque esa realidad todav&iacute;a no ha sido reconocida. El Estatuto de la Mujer Rural de Arag&oacute;n pertenece a esta segunda categor&iacute;a: no pretende crear algo nuevo, sino poner nombre, derechos y dignidad pol&iacute;tica a una presencia que siempre ha estado ah&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        Las mujeres rurales han sostenido durante generaciones la vida en los pueblos. Han trabajado la tierra, han cuidado a las familias, han abierto peque&ntilde;os negocios y han mantenido redes de solidaridad que ning&uacute;n indicador econ&oacute;mico sabe medir. Han sido agricultoras, ganaderas, aut&oacute;nomas, trabajadoras invisibles de explotaciones familiares, alcaldesas, t&eacute;cnicas, maestras, sanitarias o artistas. Y, sin embargo, durante demasiado tiempo han quedado fuera del relato oficial del desarrollo rural.
    </p><p class="article-text">
        Nombrarlas no es un gesto simb&oacute;lico. Nombrarlas es un acto pol&iacute;tico.
    </p><p class="article-text">
        Por eso el Estatuto de la Mujer Rural no es una ley sectorial m&aacute;s. Es, en realidad, una pieza clave en la arquitectura de la igualdad en Arag&oacute;n. Porque la desigualdad de g&eacute;nero no se vive igual en todos los territorios. En el medio rural, la distancia f&iacute;sica se suma a la distancia institucional. La carencia de servicios p&uacute;blicos multiplica la carga de los cuidados. Las oportunidades laborales se estrechan. Y la participaci&oacute;n econ&oacute;mica y pol&iacute;tica de las mujeres sigue enfrent&aacute;ndose a inercias profundamente arraigadas.
    </p><p class="article-text">
        A menudo se habla de la despoblaci&oacute;n como si fuera una fatalidad geogr&aacute;fica. Pero quienes conocen bien el territorio saben que tambi&eacute;n es una cuesti&oacute;n de oportunidades. Y, sobre todo, de oportunidades para las mujeres.
    </p><p class="article-text">
        Cuando una mujer joven se marcha de un pueblo porque no encuentra trabajo, porque no hay servicios para conciliar, porque su proyecto de vida parece condenado a la precariedad o a la dependencia econ&oacute;mica, no s&oacute;lo se pierde una vecina. Se pierde futuro.
    </p><p class="article-text">
        Por eso el Estatuto de la Mujer Rural es tambi&eacute;n una pol&iacute;tica contra la despoblaci&oacute;n. No porque las mujeres deban quedarse para salvar los pueblos &mdash;una narrativa que tantas veces ha reca&iacute;do injustamente sobre ellas&mdash;, sino porque ning&uacute;n territorio puede aspirar a ser viable si la mitad de su poblaci&oacute;n encuentra m&aacute;s obst&aacute;culos que oportunidades.
    </p><p class="article-text">
        En esta legislatura que se abre paso, el Estatuto debe ocupar un lugar singular en el debate pol&iacute;tico aragon&eacute;s. En anteriores, fue anunciado, debatido, reclamado y discutido. Ha atravesado cambios de gobierno, posiciones partidistas y negociaciones parlamentarias. Y en ese recorrido ha dejado al descubierto una paradoja que se repite con frecuencia cuando hablamos de igualdad: casi todo el mundo est&aacute; de acuerdo con el diagn&oacute;stico, pero no siempre con las soluciones.
    </p><p class="article-text">
        Existe un consenso bastante amplio en reconocer la importancia de las mujeres rurales. Se las cita en discursos institucionales, en estrategias contra la despoblaci&oacute;n y en programas de desarrollo territorial. Pero cuando llega el momento de convertir ese reconocimiento en derechos, en recursos p&uacute;blicos, en medidas concretas que transformen las condiciones de vida, el acuerdo se vuelve m&aacute;s fr&aacute;gil.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, el simple hecho de que el Estatuto est&eacute; sobre la mesa ya ha producido un efecto pol&iacute;tico relevante. Ha obligado a hablar de las mujeres rurales no como una categor&iacute;a rom&aacute;ntica &mdash;la imagen idealizada de la mujer del pueblo&mdash;, sino como <strong>sujetas de derechos.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Ese cambio de mirada es fundamental.
    </p><p class="article-text">
        Significa reconocer que la igualdad en el medio rural pasa por cuestiones muy concretas: por el acceso al empleo y al emprendimiento, por la presencia de servicios p&uacute;blicos, por la corresponsabilidad en los cuidados, por la participaci&oacute;n en cooperativas y organizaciones agrarias o por la representaci&oacute;n en los espacios donde se toman decisiones que afectan al territorio.
    </p><p class="article-text">
        Significa tambi&eacute;n reconocer la diversidad de las mujeres rurales de hoy. Mujeres que heredan explotaciones familiares, que emprenden proyectos innovadores, que regresan a los pueblos despu&eacute;s de haber vivido en ciudades, que llegan desde otros pa&iacute;ses para trabajar sectores clave, como el primarios o los cuidados. Mujeres que no responden a un &uacute;nico perfil, pero que comparten la experiencia de habitar territorios donde la igualdad todav&iacute;a tiene m&aacute;s camino por recorrer.
    </p><p class="article-text">
        Arag&oacute;n tiene una larga tradici&oacute;n de movimientos sociales vinculados al mundo rural. Organizaciones de mujeres que, desde hace d&eacute;cadas, han tejido redes de apoyo, formaci&oacute;n y reivindicaci&oacute;n. Ellas han sido las verdaderas impulsoras de este debate mucho antes de que llegara a los parlamentos.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; por eso el Estatuto de la Mujer Rural no deber&iacute;a entenderse s&oacute;lo como una ley pendiente, sino como la expresi&oacute;n institucional de una demanda hist&oacute;rica.
    </p><p class="article-text">
        Las leyes, al fin y al cabo, son tambi&eacute;n una forma de contar qui&eacute;n importa en una sociedad. Y durante demasiado tiempo las mujeres rurales han sostenido territorios enteros sin ocupar el lugar que les corresponde en ese relato.
    </p><p class="article-text">
        Tal vez esta legislatura pase a la historia por muchas razones. Pero ser&iacute;a deseable que lo hiciera, sobre todo, por haber entendido algo esencial: que la igualdad no se decreta desde las capitales, sino que se construye tambi&eacute;n en los pueblos, en las explotaciones agrarias, en los peque&ntilde;os negocios y en los hogares donde el trabajo y la vida siguen entrelazados.
    </p><p class="article-text">
        Reconocer a las mujeres rurales no es un gesto de justicia simb&oacute;lica. Es, sencillamente, una condici&oacute;n para el futuro.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Salvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/legislatura-estatuto-mujer-rural-aragon_132_13070633.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 16 Mar 2026 05:00:38 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Un 8M desde el margen]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/8m-margen_132_13031778.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/3c805808-5f62-41e8-a918-2329548c09a2_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Un 8M desde el margen"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">No todas las mujeres rurales se sienten interpeladas por el feminismo urbano. No porque estén “atrasadas”. Sino porque los marcos a veces no recogen sus prioridades, sus tiempos o su forma de nombrar la desigualdad</p></div><p class="article-text">
        Cada 8 de marzo asisto a la manifestaci&oacute;n en Zaragoza con una certeza &iacute;ntima: mi ra&iacute;z no est&aacute; aqu&iacute;. Mi vida, s&iacute;. Mi trabajo, tambi&eacute;n. Pero mi manera de entender el mundo &mdash;los tiempos, los silencios, las lealtades, incluso el miedo&mdash; se forj&oacute; en un pueblo.
    </p><p class="article-text">
        Soy una mujer rural. Aunque viva en la ciudad.
    </p><p class="article-text">
        Y cada 8M siento una leve incomodidad cuando escucho hablar de &ldquo;las mujeres rurales&rdquo; como si fueran una categor&iacute;a externa, casi antropol&oacute;gica. Como si no estuvieran entre nosotras. Como si no estuvi&eacute;ramos.
    </p><p class="article-text">
        En Arag&oacute;n, lo rural no es un paisaje: es estructura. Es demograf&iacute;a, es pol&iacute;tica p&uacute;blica y es memoria colectiva, individual y familiar. Es la decisi&oacute;n &mdash;siempre dif&iacute;cil&mdash; de quedarse o marcharse. Es el autob&uacute;s que no pasa. Es la escuela que cierra. Es la explotaci&oacute;n agraria que no aparece a nombre de la mujer que la trabaja.
    </p><p class="article-text">
        Pero tambi&eacute;n es comunidad. Es red antes de que invent&aacute;ramos la palabra. Es saber qui&eacute;n necesita ayuda sin que lo pida. Es una forma de estar en el mundo que no cabe en los esl&oacute;ganes.
    </p><p class="article-text">
        No escribo desde el paternalismo. Escribo desde la pertenencia. Desde haber aprendido pronto que en un pueblo todo se sabe, y que eso condiciona la libertad. Desde haber visto a mujeres sostenerlo todo sin llamarlo feminismo. Desde haber escuchado frases que pesan y silencios que todav&iacute;a pesan m&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Y tambi&eacute;n desde la contradicci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Porque muchas hemos tenido que irnos. A estudiar. A trabajar. A respirar. Y en ese movimiento se nos ha colocado en un lugar extra&ntilde;o: ya no somos del todo de all&iacute;, pero tampoco somos completamente de aqu&iacute;. Habitamos un margen identitario que rara vez se nombra.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; por eso me incomoda que el 8M hable de mujeres rurales como si fueran &ldquo;otras&rdquo;. No lo son. Somos nosotras en otro contexto. Somos nosotras con menos servicios, con m&aacute;s exposici&oacute;n social y con m&aacute;s distancia f&iacute;sica para pedir ayuda. Somos nosotras sosteniendo pueblos que el discurso institucional dice querer salvar, pero cuyas condiciones materiales no siempre transforma.
    </p><p class="article-text">
        En Teruel, en Huesca, en las comarcas que pierden poblaci&oacute;n a&ntilde;o tras a&ntilde;o, la igualdad tiene coordenadas muy concretas: transporte, conectividad, conciliaci&oacute;n real, acceso a recursos frente a la violencia o titularidad compartida efectiva. No son demandas sectoriales. Son feminismo estructural.
    </p><p class="article-text">
        Hablar de esto no es despreciar lo rural. Es quererlo lo suficiente como para no romantizarlo. Es saber que la comunidad protege, pero tambi&eacute;n vigila. Que el arraigo da sentido, pero tambi&eacute;n puede limitar. Que quedarse es un acto pol&iacute;tico, pero marcharse tambi&eacute;n lo fue.
    </p><p class="article-text">
        Este 8M no quiero que las mujeres rurales est&eacute;n en el margen del discurso. Pero tampoco quiero que se las coloque en el centro como pieza decorativa de la diversidad. Quiero que el feminismo aragon&eacute;s &mdash;el que marchar&aacute; por Zaragoza y el que se reunir&aacute; en casas de cultura de pueblos peque&ntilde;os&mdash; se piense territorialmente. Que entienda que la despoblaci&oacute;n tambi&eacute;n tiene g&eacute;nero. Que la movilidad forzada tambi&eacute;n es una cuesti&oacute;n feminista.
    </p><p class="article-text">
        Y quiero decir algo m&aacute;s inc&oacute;modo: no todas las mujeres rurales se sienten interpeladas por el feminismo urbano. No porque est&eacute;n &ldquo;atrasadas&rdquo;. Sino porque los marcos a veces no recogen sus prioridades, sus tiempos o su forma de nombrar la desigualdad.
    </p><p class="article-text">
        Tal vez el reto no sea llevar el 8M a los pueblos. Tal vez el reto sea dejar que los pueblos transformen el 8M.
    </p><p class="article-text">
        Yo soy mujer rural. Aunque viva en la ciudad. Y cada 8 de marzo no reclamo inclusi&oacute;n: reclamo complejidad. Reclamo que no se nos simplifique. Que no se nos romantice. Que no se nos use como s&iacute;mbolo de nada.
    </p><p class="article-text">
        Porque el margen no siempre es ausencia. A veces es el lugar desde el que se sostiene el centro.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Salvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/8m-margen_132_13031778.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 02 Mar 2026 08:10:38 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El feminismo como coartada]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/feminismo-coartada_132_13007686.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/330f920d-b941-4c59-8666-5665b045b3fb_16-9-discover-aspect-ratio_default_1137090.jpg" width="1913" height="1076" alt="El feminismo como coartada"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Resulta preocupante observar cómo determinadas formaciones políticas que en su práctica cotidiana han demostrado un compromiso ínfimo con la igualdad apelan al feminismo en debates muy concretos, muy mediáticos, para enmascarar otras cuestiones de mayor calado</p></div><p class="article-text">
        Hay palabras que, de tanto repetirse, corren el riesgo de vaciarse. Igualdad es una de ellas. Feminismo, tambi&eacute;n. Cuando un concepto que nace de la experiencia hist&oacute;rica de la desigualdad y del esfuerzo colectivo por corregirla se convierte en eslogan, en arma arrojadiza o en cortina de humo, deja de cumplir su funci&oacute;n pedag&oacute;gica y transformadora para convertirse en otra cosa: en coartada.
    </p><p class="article-text">
        El feminismo no es un accesorio discursivo ni un recurso t&aacute;ctico para erosionar al adversario. Es una teor&iacute;a pol&iacute;tica con m&aacute;s de tres siglos de pensamiento, una pr&aacute;ctica social sostenida por millones de mujeres y un corpus jur&iacute;dico que ha contribuido a ensanchar la democracia. Es, sobre todo, una &eacute;tica p&uacute;blica: una forma de mirar la realidad que pone el foco en las desigualdades estructurales entre mujeres y hombres y propone herramientas para desmontarlas.
    </p><p class="article-text">
        Por eso resulta preocupante observar c&oacute;mo, desde hace tiempo, determinadas formaciones pol&iacute;ticas que en su pr&aacute;ctica cotidiana han demostrado un compromiso &iacute;nfimo con la igualdad &mdash;en presupuestos, en prioridades legislativas, en la composici&oacute;n de sus equipos, en su cultura interna&mdash; apelan al feminismo en debates muy concretos, muy medi&aacute;ticos, para enmascarar otras cuestiones de mayor calado. No lo hacen desde la convicci&oacute;n, sino desde la oportunidad.
    </p><p class="article-text">
        La pedagog&iacute;a feminista nos ense&ntilde;a a distinguir entre lo estructural y lo accesorio, entre lo que afecta a la vida material de las mujeres y lo que funciona como un s&iacute;mbolo. Pensemos, por ejemplo, en debates recurrentes que se presentan como urgencias sociales incuestionables. Se colocan en el centro de la conversaci&oacute;n p&uacute;blica con un despliegue ret&oacute;rico notable, apelando a la liberaci&oacute;n de las mujeres, a su dignidad o a su autonom&iacute;a. Sin embargo, cuando se analizan con datos, no constituyen un clamor social ni una demanda prioritaria de la mayor&iacute;a de las mujeres afectadas.
    </p><p class="article-text">
        Mientras tanto, en el mismo periodo de tiempo, tres mujeres y una ni&ntilde;a pueden ser asesinadas en apenas veinticuatro horas a manos de sus parejas o exparejas. Esa violencia, que s&iacute; es estructural, que s&iacute; es sistem&aacute;tica, que s&iacute; es una emergencia democr&aacute;tica, queda relegada a un segundo plano en el debate pol&iacute;tico. Se condena de manera protocolaria, se guardan minutos de silencio, pero no se sit&uacute;a en el centro de la agenda con la misma intensidad con la que se abordan otros asuntos de car&aacute;cter m&aacute;s simb&oacute;lico.
    </p><p class="article-text">
        No se trata de establecer jerarqu&iacute;as morales simplistas ni de negar la complejidad de los debates culturales. Se trata de entender que el feminismo, como proyecto pol&iacute;tico, tiene una hoja de ruta clara: garantizar la vida, la libertad y la igualdad real de las mujeres. Eso implica atender a la violencia machista, a la brecha salarial, a la feminizaci&oacute;n de la pobreza, a la precariedad laboral, a la sobrecarga de cuidados, a la falta de corresponsabilidad, a la infrarrepresentaci&oacute;n en espacios de poder y a las discriminaciones interseccionales que afectan de manera espec&iacute;fica a las mujeres de cada comunidad. 
    </p><p class="article-text">
        Cuando el foco se desplaza sistem&aacute;ticamente hacia cuestiones que permiten construir un relato identitario, pero no se acompa&ntilde;a de pol&iacute;ticas p&uacute;blicas consistentes, presupuestos suficientes y evaluaciones rigurosas, estamos ante un uso banal del feminismo. Un uso que instrumentaliza la causa para obtener r&eacute;dito pol&iacute;tico, sin asumir la profundidad de sus implicaciones.
    </p><p class="article-text">
        El feminismo no es selectivo. No se activa s&oacute;lo cuando resulta &uacute;til para confrontar con un adversario pol&iacute;tico. No se invoca &uacute;nicamente para regular la vestimenta de determinadas mujeres mientras se ignoran las condiciones laborales de las camareras de piso, la situaci&oacute;n de las trabajadoras del hogar o la soledad de las mujeres mayores en el medio rural aragon&eacute;s. No se declama en abstracto mientras se recortan partidas destinadas a igualdad o se cuestiona la necesidad de la educaci&oacute;n afectivo-sexual en las aulas.
    </p><p class="article-text">
        Desde una perspectiva t&eacute;cnica, las pol&iacute;ticas de igualdad requieren coherencia. La coherencia se mide en planes estrat&eacute;gicos dotados econ&oacute;micamente, indicadores de seguimiento, formaci&oacute;n obligatoria para quienes ejercen responsabilidades p&uacute;blicas o transversalidad real en todas &aacute;reas de gobierno. No basta con apropiarse del lenguaje feminista; hay que asumir sus consecuencias pr&aacute;cticas.
    </p><p class="article-text">
        Existe, adem&aacute;s, un riesgo a&ntilde;adido en esta utilizaci&oacute;n superficial: la deslegitimaci&oacute;n del propio feminismo. Cuando la ciudadan&iacute;a percibe que la palabra se emplea como arma t&aacute;ctica, se alimenta el escepticismo y se fortalece la idea de que todo es propaganda. Y el feminismo no se puede permitir convertirse en una etiqueta vac&iacute;a, porque su fuerza reside precisamente en su capacidad de nombrar con precisi&oacute;n las desigualdades y de proponer soluciones basadas en la evidencia.
    </p><p class="article-text">
        La pedagog&iacute;a, en este contexto, consiste en recordar que la igualdad no se defiende a golpe de titular, sino mediante pol&iacute;ticas sostenidas en el tiempo. Que la libertad de las mujeres no se garantiza se&ntilde;alando pr&aacute;cticas culturales ajenas mientras se toleran din&aacute;micas de control y dominaci&oacute;n en el propio entorno. Que la protecci&oacute;n de los derechos no puede ser selectiva ni condicionada por la rentabilidad electoral.
    </p><p class="article-text">
        Hablar desde el feminismo exige cierta incomodidad. Obliga a revisar privilegios, redistribuir poder y cuestionar inercias. No es una bandera que se ondea sin coste. Por eso resulta m&aacute;s sencillo convertirlo en coartada que asumirlo como proyecto transformador.
    </p><p class="article-text">
        Como sociedad, necesitamos elevar el debate. Preguntarnos qu&eacute; pol&iacute;ticas reducen efectivamente la violencia contra las mujeres, qu&eacute; medidas mejoran su autonom&iacute;a econ&oacute;mica, qu&eacute; reformas garantizan una conciliaci&oacute;n corresponsable o qu&eacute; cambios educativos previenen el machismo desde la infancia. Y exigir que quienes apelan al feminismo presenten respuestas s&oacute;lidas a esas preguntas.
    </p><p class="article-text">
        El feminismo no es patrimonio de ning&uacute;n partido, pero tampoco es un recurso disponible para cualquier estrategia coyuntural. Es un compromiso con la democracia paritaria, con la justicia social y con los derechos humanos. Utilizarlo de manera banal no s&oacute;lo empobrece el debate p&uacute;blico; debilita la lucha por la igualdad real.
    </p><p class="article-text">
        Tal vez ha llegado el momento de recuperar la densidad de las palabras. Devolver al feminismo su profundidad hist&oacute;rica y su rigor conceptual. Exigir coherencia entre el discurso y la pr&aacute;ctica. Y recordar, con serenidad y firmeza, que mientras haya mujeres asesinadas por el hecho de serlo, mientras la desigualdad atraviese salarios, cuidados y oportunidades, el feminismo no puede ser una coartada. Debe ser, como siempre ha sido, una herramienta para transformar la realidad.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Salvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/feminismo-coartada_132_13007686.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 23 Feb 2026 05:00:24 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El feminismo como coartada]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La coherencia como prueba]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/coherencia-prueba_132_12990453.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/65830766-622e-46c4-a1ac-38b2ca15e9b0_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La coherencia como prueba"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La experiencia comparada muestra que los entornos más seguros para las mujeres no son aquellos donde nunca hay denuncias, sino aquellos donde existen canales accesibles y garantías de imparcialidad</p></div><p class="article-text">
        Hay una prueba silenciosa que mide la calidad democr&aacute;tica de una sociedad: qu&eacute; hace cuando la igualdad le resulta inc&oacute;moda. No cuando la consigna es un&aacute;nime, no cuando el consenso es rentable, no cuando la indignaci&oacute;n se dirige hacia el adversario pol&iacute;tico. La verdadera medida aparece cuando la exigencia atraviesa la propia casa, cuando interpela a quienes nos son pr&oacute;ximos, cuando obliga a revisar pr&aacute;cticas, culturas organizativas y liderazgos. Ah&iacute;, en ese punto de fricci&oacute;n, es donde se decide si hablamos de compromiso o de estrategia.
    </p><p class="article-text">
        En Espa&ntilde;a hemos construido en las &uacute;ltimas dos d&eacute;cadas un andamiaje normativo s&oacute;lido en materia de igualdad. La Ley Org&aacute;nica 1/2004 de Medidas de Protecci&oacute;n Integral contra la Violencia de G&eacute;nero supuso un hito al reconocer la especificidad estructural de la violencia contra las mujeres y articular una respuesta integral. La Ley Org&aacute;nica 3/2007 para la igualdad efectiva de mujeres y hombres introdujo la obligaci&oacute;n de planes de igualdad en empresas y administraciones, institucionalizando la corresponsabilidad. M&aacute;s recientemente, la Ley Org&aacute;nica 10/2022 de garant&iacute;a integral de la libertad sexual ampli&oacute; el foco hacia la centralidad del consentimiento y la prevenci&oacute;n. La arquitectura institucional y social especializadas y los sucesivos pactos de Estado han consolidado un marco t&eacute;cnico y presupuestario que no exist&iacute;a hace apenas veinte a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, la existencia de leyes no garantiza por s&iacute; sola la coherencia de las pr&aacute;cticas. Los datos nos recuerdan que la violencia machista no es un episodio aislado ni un problema coyuntural, sino una manifestaci&oacute;n de desigualdades estructurales que atraviesan todas las organizaciones: partidos, sindicatos, empresas, universidades, asociaciones. Pensar que el acoso o la violencia pertenecen ideol&oacute;gicamente a un espacio pol&iacute;tico concreto es, adem&aacute;s de err&oacute;neo, t&eacute;cnicamente insostenible. Las investigaciones acad&eacute;micas y los informes institucionales coinciden en se&ntilde;alar que hablamos de din&aacute;micas de poder, de culturas organizativas tolerantes con determinadas conductas y de d&eacute;ficits en los sistemas de prevenci&oacute;n y respuesta.
    </p><p class="article-text">
        La instrumentalizaci&oacute;n partidista de estos fen&oacute;menos introduce un riesgo a&ntilde;adido: trivializa su gravedad y desincentiva la denuncia. Cuando la reacci&oacute;n p&uacute;blica depende del color pol&iacute;tico de quien presuntamente agrede, el mensaje impl&iacute;cito para las v&iacute;ctimas es devastador. No se trata s&oacute;lo de la exposici&oacute;n medi&aacute;tica o del desgaste reputacional; se trata de la percepci&oacute;n de justicia. Si la vara de medir es variable, la confianza se erosiona. Y sin confianza no hay prevenci&oacute;n eficaz.
    </p><p class="article-text">
        Desde una perspectiva t&eacute;cnica, la prevenci&oacute;n del acoso y la violencia exige tres pilares: protocolos claros y conocidos, &oacute;rganos independientes de investigaci&oacute;n y una cultura organizativa que priorice la protecci&oacute;n de la v&iacute;ctima sobre la preservaci&oacute;n de la imagen. Esto no es ideolog&iacute;a, es gesti&oacute;n del riesgo y garant&iacute;a de derechos fundamentales. Las organizaciones que entienden la igualdad como un eje estrat&eacute;gico y no como un departamento accesorio integran estas herramientas en su gobernanza cotidiana. Las que la conciben como un elemento discursivo tienden a activarlas s&oacute;lo cuando la presi&oacute;n externa lo impone.
    </p><p class="article-text">
        La igualdad incomoda porque cuestiona inercias. Obliga a revisar bromas normalizadas, estilos de liderazgo basados en la intimidaci&oacute;n o redes informales de poder. Exige formaci&oacute;n continuada, evaluaci&oacute;n y, en ocasiones, asumir responsabilidades que no son penalmente relevantes pero s&iacute; &eacute;ticamente significativas. Ese tr&aacute;nsito no es sencillo y genera resistencias. Pero precisamente por eso resulta imprescindible abordarlo con serenidad y rigor, sin convertir cada caso en un campo de batalla simb&oacute;lico.
    </p><p class="article-text">
        La experiencia comparada muestra que los entornos m&aacute;s seguros para las mujeres no son aquellos donde nunca hay denuncias, sino aquellos donde existen canales accesibles y garant&iacute;as de imparcialidad. La ausencia de casos p&uacute;blicos no siempre indica ausencia de violencia; a veces revela silencio. Por eso es tan importante desplazar el foco del esc&aacute;ndalo a la estructura: &iquest;qu&eacute; mecanismos preventivos existen?, &iquest;qu&eacute; recursos se destinan?, &iquest;qu&eacute; evaluaci&oacute;n independiente se realiza?, &iquest;qu&eacute; protecci&oacute;n se ofrece a quien denuncia?
    </p><p class="article-text">
        Hablar de igualdad con envergadura implica reconocer su complejidad. No basta con proclamar principios; es necesario dotarlos de procedimientos, indicadores y seguimiento. Tampoco es &uacute;til convertir cada debate en una pugna moral entre bloques irreconciliables. La violencia machista es un problema de derechos humanos y de calidad democr&aacute;tica, no una herramienta de desgaste parlamentario. Cuando la utilizamos como arma arrojadiza, debilitamos la causa que decimos defender.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; la tarea pendiente sea construir una &eacute;tica p&uacute;blica compartida en la que la coherencia no dependa de la coyuntura. Una cultura pol&iacute;tica donde la primera reacci&oacute;n ante una denuncia sea activar protocolos y proteger a la persona afectada, no calcular el impacto electoral. Donde la autocr&iacute;tica no se interprete como traici&oacute;n, sino como madurez democr&aacute;tica. Donde la igualdad deje de ser una bandera ocasional y se convierta en un est&aacute;ndar transversal.
    </p><p class="article-text">
        La igualdad, cuando incomoda, nos ofrece una oportunidad. La de demostrar que los avances normativos han arraigado en nuestras pr&aacute;cticas; que entendemos la gravedad de la violencia m&aacute;s all&aacute; de su rentabilidad medi&aacute;tica; que somos capaces de sostener el mismo criterio hacia dentro y hacia fuera. No es una exigencia menor. Es, en &uacute;ltima instancia, una cuesti&oacute;n de credibilidad colectiva.
    </p><p class="article-text">
        Porque si algo nos ense&ntilde;an las pol&iacute;ticas p&uacute;blicas es que la coherencia es la forma m&aacute;s profunda de compromiso. Y la igualdad &mdash;la de verdad, la que transforma&mdash; empieza justo ah&iacute;, en el momento en que deja de ser c&oacute;moda.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Salvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/coherencia-prueba_132_12990453.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 16 Feb 2026 05:00:16 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La coherencia como prueba]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Cuando Clara aún no era Campoamor]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/clara-no-campoamor_132_12973458.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6954d145-f53f-430c-9b22-7d9bdc79799a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Cuando Clara aún no era Campoamor"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Clara no pidió consenso para defender la igualdad; pidió coherencia democrática. No habló desde la identidad, sino desde el principio. No desde el agravio, sino desde el derecho</p></div><p class="article-text">
        El 12 de febrero de 1888 naci&oacute; Clara Campoamor, y con ella &ndash;aunque todav&iacute;a no lo supi&eacute;ramos&ndash; naci&oacute; una pieza imprescindible de la democracia espa&ntilde;ola. No una pieza decorativa, ni simb&oacute;lica, sino estructural. Campoamor no a&ntilde;adi&oacute; un adorno al edificio democr&aacute;tico: termin&oacute; de construirlo. Porque sin el sufragio femenino la democracia era, en el mejor de los casos, una promesa incompleta; en el peor, una contradicci&oacute;n en voz alta.
    </p><p class="article-text">
        Hay algo profundamente pedag&oacute;gico en volver a Clara cada febrero. No como un ejercicio de nostalgia, sino como un acto de lectura del presente. Clara no fue una figura c&oacute;moda. No lo fue para sus adversarios pol&iacute;ticos, pero tampoco para buena parte de los suyos. Defendi&oacute; el voto de las mujeres cuando hacerlo supon&iacute;a desafiar el consenso, el c&aacute;lculo electoral y la idea &ndash;tan persistentemente patriarcal&ndash; de que la igualdad puede esperar a un momento &ldquo;m&aacute;s oportuno&rdquo;. Clara nos ense&ntilde;&oacute; que los derechos no se conceden cuando conviene: se reconocen cuando son justos.
    </p><p class="article-text">
        Que hoy quiera escribir sobre ello en un medio con implantaci&oacute;n aragonesa no es casual. El primer destino profesional de Clara Campoamor como miembro del Cuerpo Auxiliar de Tel&eacute;grafos fue Zaragoza. Antes de ser diputada, antes de ser la voz que atraves&oacute; el Congreso con una claridad que todav&iacute;a hoy conmueve, fue una mujer joven que lleg&oacute; sola a una ciudad para trabajar, aprender y sostenerse. Hay en ese dato una verdad silenciosa: el feminismo tambi&eacute;n se ha construido desde las periferias, desde los trayectos laborales, desde la vida concreta de mujeres que hicieron lo que pudieron con lo que ten&iacute;an.
    </p><p class="article-text">
        De aquella etapa se conserva un retrato suyo en la revista 'Estampa', hoy custodiado por la Biblioteca Nacional de Espa&ntilde;a. Mirar ese rostro es un ejercicio revelador. No hay en &eacute;l grandilocuencia ni &eacute;pica impostada. Hay determinaci&oacute;n, inteligencia y una serenidad que no nace de la ausencia de conflicto, sino de haberlo pensado todo. Clara sab&iacute;a que estaba sola en muchos momentos. Y aun as&iacute; habl&oacute;. Quiz&aacute; por eso su legado nos interpela tanto en este presente ruidoso, donde se confunde a menudo la firmeza con el grito y la pedagog&iacute;a con la debilidad.
    </p><p class="article-text">
        El contexto espa&ntilde;ol actual en materia de igualdad es complejo y contradictorio. Hemos avanzado en marcos normativos, en pol&iacute;ticas p&uacute;blicas y en reconocimiento institucional. Y, al mismo tiempo, asistimos a una ofensiva reaccionaria que niega, trivializa o caricaturiza el feminismo. No es casual. Cada avance en derechos provoca una reacci&oacute;n. Lo nuevo incomoda, y la igualdad, cuando es real, siempre incomoda a alguien. Arag&oacute;n no es ajena a esta tensi&oacute;n: conviven aqu&iacute; experiencias valiosas de trabajo por la igualdad con discursos que presentan el feminismo como un exceso, una amenaza o una moda ideol&oacute;gica.
    </p><p class="article-text">
        Volver a Clara Campoamor en este contexto no es refugiarse en una figura incuestionable, sino asumir una herencia exigente. Clara no pidi&oacute; consenso para defender la igualdad; pidi&oacute; coherencia democr&aacute;tica. No habl&oacute; desde la identidad, sino desde el principio. No desde el agravio, sino desde el derecho. Y quiz&aacute; ah&iacute; est&eacute; una de las claves que hoy necesitamos recuperar: la capacidad de explicar, de argumentar, de hacer pedagog&iacute;a sin renunciar a la firmeza.
    </p><p class="article-text">
        El feminismo no es un bloque monol&iacute;tico ni una consigna cerrada. Es una tradici&oacute;n cr&iacute;tica que se ha ido construyendo con pensamiento, con conflicto y con mucha incomodidad. En Arag&oacute;n, como en el resto del pa&iacute;s, el reto no es s&oacute;lo defender lo conquistado, sino profundizarlo: llevar la igualdad a los territorios rurales, a las condiciones laborales, a los cuidados, a la vida cotidiana de mujeres muy distintas entre s&iacute;. Hacerlo sin simplificaciones, sin convertir la igualdad en un eslogan vac&iacute;o o en un arma arrojadiza.
    </p><p class="article-text">
        Clara Campoamor nos recuerda que la democracia no se completa una vez y para siempre. Se completa cada d&iacute;a, cada vez que decidimos si ampliamos derechos o los recortamos, si incluimos o excluimos, si explicamos o caricaturizamos. Quiz&aacute; por eso sigue siendo tan actual. Porque su pregunta sigue en el aire: &iquest;qu&eacute; democracia queremos ser? Una que se conforme con lo ya dicho o una que tenga el coraje de decir lo que todav&iacute;a falta.
    </p><p class="article-text">
        Recordar a Clara desde Zaragoza, desde Arag&oacute;n, desde este presente convulso, no es un acto ceremonial. Es una invitaci&oacute;n. A pensar mejor. A discutir con m&aacute;s rigor. A defender la igualdad no como trinchera, sino como horizonte compartido. Porque, como ella demostr&oacute;, la democracia s&oacute;lo est&aacute; completa cuando lo est&aacute; para el conjunto de la sociedad. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Salvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/clara-no-campoamor_132_12973458.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 09 Feb 2026 05:00:19 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Cuando Clara aún no era Campoamor]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Nadie hablará de nosotras]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/nadie-hablara_132_12954542.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/fda1cd2c-4185-4a15-8425-07f6a4b4802b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Nadie hablará de nosotras"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Las mujeres rurales aparecen poco en la campaña. A veces como decorado, como símbolo de arraigo, como parte del relato amable del territorio. Rara vez como sujetas políticas con necesidades específicas. Rara vez como prioridad</p></div><p class="article-text">
        Hay una forma muy concreta de desaparecer del debate p&uacute;blico: no que te ataquen, no que te discutan, sino que no te nombren. Eso es lo que est&aacute; pasando con la igualdad de g&eacute;nero y la violencia machista en la campa&ntilde;a electoral aragonesa. No est&aacute;n en el centro, apenas est&aacute;n en los m&aacute;rgenes. Como si no fueran una prioridad. Como si no importaran. Como si ya estuvieran resueltas.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Nadie hablar&aacute; de nosotras en campa&ntilde;a electoral&rdquo;, escribi&oacute; Carolina Llaquet en una reflexi&oacute;n que duele porque es precisa. No es una frase grandilocuente, es una constataci&oacute;n. Basta con escuchar los discursos, leer los programas, seguir los debates. Se habla de impuestos, de infraestructuras, de desarrollo, de territorio. Se habla mucho de &ldquo;las personas&rdquo;, de &ldquo;las familias&rdquo;, de &ldquo;la libertad&rdquo;. Pero se habla poco &mdash;muy poco&mdash; de las mujeres. Y casi nada de la violencia machista.
    </p><p class="article-text">
        No es casual. La igualdad se ha convertido en un tema inc&oacute;modo, en algo que algunos consideran desgastado y otros directamente cuestionan. Hay quien piensa que ya no da votos. Hay quien prefiere no &ldquo;meterse en l&iacute;os&rdquo;. Y hay quien ha comprado el marco de que hablar de violencia machista es ideol&oacute;gico, exagerado o divisorio. El resultado es el mismo: silencio. Pero el silencio no es neutro. Nunca lo ha sido.
    </p><p class="article-text">
        Hablar de igualdad no es una declaraci&oacute;n de intenciones ni un gesto simb&oacute;lico. Es hablar de c&oacute;mo se reparte el poder, el tiempo, el dinero y la seguridad. Es hablar de empleo femenino precario, de brechas salariales que persisten o de cuidados que siguen recayendo mayoritariamente en las mujeres. Es hablar de miedo, de control, de agresiones y de asesinatos. Y es hablar de pol&iacute;ticas p&uacute;blicas concretas: de recursos suficientes, de prevenci&oacute;n, de formaci&oacute;n y de acompa&ntilde;amiento.
    </p><p class="article-text">
        Cuando eso desaparece del discurso electoral, no desaparece de la realidad. Lo que desaparece es la voluntad pol&iacute;tica de abordarlo.
    </p><p class="article-text">
        En Arag&oacute;n, adem&aacute;s, este silencio tiene una dimensi&oacute;n territorial que no se puede ignorar. Porque no es lo mismo ser mujer en una capital que en un pueblo peque&ntilde;o. Las mujeres rurales viven m&aacute;s lejos de los recursos, con menos servicios, con redes m&aacute;s fr&aacute;giles y con una presi&oacute;n social mayor. Salir de una situaci&oacute;n de violencia no es s&oacute;lo una decisi&oacute;n personal: depende de si hay transporte, atenci&oacute;n psicol&oacute;gica, empleo, vivienda o confidencialidad. Depende de si el sistema llega o no llega.
    </p><p class="article-text">
        Y, sin embargo, las mujeres rurales aparecen poco en la campa&ntilde;a. A veces como decorado, como s&iacute;mbolo de arraigo, como parte del relato amable del territorio. Rara vez como sujetas pol&iacute;ticas con necesidades espec&iacute;ficas. Rara vez como prioridad. Se habla mucho de luchar contra la despoblaci&oacute;n, pero poco de las condiciones materiales que hacen que las mujeres se queden o se vayan. Se habla de emprender, pero no de conciliaci&oacute;n corresponsable. Se habla de orgullo rural, pero no de soledad, ni de sobrecarga, ni de violencia.
    </p><p class="article-text">
        Como si todo eso afeara el relato.
    </p><p class="article-text">
        La violencia machista, por su parte, se diluye entre palabras suaves. Se evita nombrarla con precisi&oacute;n. Se la convierte en un problema privado, en una suma de casos aislados, en algo que &ldquo;ya est&aacute; en las leyes&rdquo;. Pero quienes trabajamos en este &aacute;mbito sabemos que no basta con que exista un marco legal si no hay desarrollo, presupuesto y compromiso pol&iacute;tico. Sabemos que los retrocesos empiezan casi siempre as&iacute;: primero se deja de hablar, luego se deja de priorizar y despu&eacute;s se recorta.
    </p><p class="article-text">
        No es alarmismo. Es experiencia.
    </p><p class="article-text">
        No se trata de dar lecciones morales ni de se&ntilde;alar culpables. Se trata de rigor. La igualdad exige pol&iacute;ticas bien dise&ntilde;adas, evaluables y sostenidas en el tiempo. Exige datos rigurosos, formaci&oacute;n especializada y coordinaci&oacute;n institucional. Exige tomarse en serio lo que la evidencia lleva a&ntilde;os mostrando. Y exige liderazgos pol&iacute;ticos capaces de decir, sin rodeos, que la violencia machista existe y que combatirla es una obligaci&oacute;n democr&aacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        Arag&oacute;n no es una tierra ajena a la cultura ni al pensamiento cr&iacute;tico. Aqu&iacute; sabemos que mirar hacia otro lado nunca ha sido una virtud. Goya lo dej&oacute; claro cuando dibuj&oacute; los monstruos que nacen cuando la raz&oacute;n duerme. Y quiz&aacute; de eso se trate: de no dormirnos, de no normalizar que en una campa&ntilde;a electoral la mitad de la poblaci&oacute;n sea pr&aacute;cticamente invisible.
    </p><p class="article-text">
        La igualdad no es un asunto sectorial ni una agenda secundaria. Es una condici&oacute;n b&aacute;sica para que todo lo dem&aacute;s funcione. Sin mujeres libres no hay democracia plena. Sin corresponsabilidad no hay desarrollo sostenible. Sin mujeres rurales con derechos no hay equilibrio territorial.
    </p><p class="article-text">
        Decir que &ldquo;nadie hablar&aacute; de nosotras&rdquo; no es rendirse. Es se&ntilde;alar el vac&iacute;o. Es advertir de lo que pasa cuando la pol&iacute;tica decide que hay temas prescindibles. Las mujeres no lo somos. Tampoco nuestra seguridad, ni nuestra igualdad.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; no se hable mucho de nosotras en esta campa&ntilde;a electoral. Pero estamos aqu&iacute;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Salvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/nadie-hablara_132_12954542.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 02 Feb 2026 05:00:23 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Nadie hablará de nosotras]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Igualdad y poder en la política aragonesa: un debate pendiente]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/igualdad-politica-aragonesa-debate-pendiente_132_12934750.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7c3ba2d6-a222-4905-bf2e-c3dbd2d610b2_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Igualdad y poder en la política aragonesa: un debate pendiente"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Las elecciones son un momento de visibilidad, pero la igualdad se mide en las condiciones que se crean para ejercer el poder de manera justa y sostenible</p></div><p class="article-text">
        En Arag&oacute;n, como en muchos territorios, la igualdad entre mujeres y hombres aparece en los discursos pol&iacute;ticos como un principio compartido, casi como una certeza. Sin embargo, la experiencia demuestra que esa apariencia de consenso convive con profundas tensiones: no todas las mujeres que acceden al poder pueden ejercerlo plenamente, y no todos los feminismos son igualmente aceptados dentro de las estructuras institucionales. La pol&iacute;tica sigue siendo un espacio donde las reglas del poder no se reescriben con la simple presencia femenina.
    </p><p class="article-text">
        El incremento de la representaci&oacute;n femenina en los cargos p&uacute;blicos ha sido indiscutible en las &uacute;ltimas d&eacute;cadas, pero la cifra por s&iacute; sola no transforma las jerarqu&iacute;as ni garantiza autonom&iacute;a. La pregunta relevante no es s&oacute;lo qui&eacute;n ocupa los puestos, sino c&oacute;mo se ejerce ese poder, bajo qu&eacute; condiciones y con qu&eacute; margen para cuestionar las l&oacute;gicas internas. Muchas mujeres que intentan introducir una perspectiva feminista cr&iacute;tica enfrentan mayores resistencias que aquellas que se adaptan a los marcos existentes. La etiqueta de feminismo, cuando se reduce a una declaraci&oacute;n de intenciones, puede ser tolerada; cuando cuestiona el sistema, encuentra obst&aacute;culos.
    </p><p class="article-text">
        Las estructuras partidarias conservan din&aacute;micas patriarcales: redes informales de influencia, decisiones en espacios opacos, valoraci&oacute;n de disponibilidad total y escasa atenci&oacute;n a los cuidados. Estas din&aacute;micas no son patrimonio exclusivo de los hombres: muchas mujeres consolidadas las reproducen, a veces como estrategia de supervivencia, a veces como forma de legitimaci&oacute;n. El resultado es un feminismo institucional que puede perder densidad transformadora y convertirse en un recurso instrumental, &uacute;til para la imagen y los pactos, pero limitado en capacidad de modificar pr&aacute;cticas.
    </p><p class="article-text">
        Este fen&oacute;meno tiene efectos concretos: las mujeres que defienden un feminismo consistente encuentran desgaste constante, menor tolerancia a errores y presi&oacute;n por adaptarse. La igualdad se convierte en moneda de cambio, visible en campa&ntilde;as y declaraciones, pero no siempre efectiva en la vida cotidiana de los partidos. Rebajar la ambici&oacute;n de las pol&iacute;ticas de igualdad por comodidad interna no s&oacute;lo diluye su alcance, sino que puede reforzar estructuras que perpet&uacute;an desigualdades.
    </p><p class="article-text">
        El feminismo, en este sentido, debe hacer pedagog&iacute;a: explicar por qu&eacute; la igualdad no es un privilegio, por qu&eacute; los retrocesos no siempre llegan por ruptura sino por desgaste, y por qu&eacute; la presencia femenina no garantiza por s&iacute; sola una transformaci&oacute;n real. Las elecciones son un momento de visibilidad, pero la igualdad se mide en las condiciones que se crean para ejercer el poder de manera justa y sostenible.
    </p><p class="article-text">
        El debate pendiente en Arag&oacute;n no es te&oacute;rico ni simb&oacute;lico: es pr&aacute;ctico. Implica revisar liderazgos, jerarqu&iacute;as y din&aacute;micas internas. Significa preguntarse qu&eacute; feminismos son aceptables dentro de las estructuras y cu&aacute;les incomodan, y asumir que sostener un liderazgo feminista coherente casi siempre tiene costes. S&oacute;lo a partir de esa reflexi&oacute;n es posible que la igualdad deje de ser un valor ret&oacute;rico y se transforme en un principio operativo que atraviese toda la pol&iacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        Las elecciones pasar&aacute;n. Las estructuras permanecer&aacute;n. Y la igualdad seguir&aacute; siendo un desaf&iacute;o mientras no se revise el n&uacute;cleo del poder: qui&eacute;n decide, c&oacute;mo y en qu&eacute; condiciones. Ese es el verdadero debate democr&aacute;tico y tambi&eacute;n el que determinar&aacute; si la pol&iacute;tica aragonesa est&aacute; preparada para cumplir sus promesas de igualdad
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Salvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/igualdad-politica-aragonesa-debate-pendiente_132_12934750.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 26 Jan 2026 05:00:12 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Igualdad y poder en la política aragonesa: un debate pendiente]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Elecciones Aragón]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Quizás seamos las enemigas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/seamos-enemigas_132_12899834.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/684f25f2-bdba-43e0-a83b-dab37cdbbe21_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Quizás seamos las enemigas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El feminismo no puede limitarse a la denuncia moral ni a la burla fácil. Necesita pedagogía, pero también escucha. Escuchar no significa conceder razón a quien niega derechos, sino comprender los malestares que se canalizan de forma equivocada</p></div><p class="article-text">
        A comienzos de este nuevo a&ntilde;o, con las redes sociales marcando la conversaci&oacute;n p&uacute;blica a golpe de consigna breve y de algoritmo, se hace cada vez m&aacute;s visible un fen&oacute;meno que no es nuevo, pero s&iacute; m&aacute;s ruidoso: el auge del discurso antifeminista, especialmente entre hombres j&oacute;venes. No aparece de la nada ni es un simple &ldquo;enfado generacional&rdquo;. Es, m&aacute;s bien, un s&iacute;ntoma cultural que merece ser pensado con rigor, sin caricaturas ni condescendencias, pero tambi&eacute;n sin renunciar a una mirada feminista s&oacute;lida y bien anclada en la historia.
    </p><p class="article-text">
        El feminismo, conviene recordarlo, no surge para enfrentar a mujeres y hombres, sino para cuestionar un sistema &mdash;el patriarcado&mdash; que organiza la vida social desde la desigualdad. Sin embargo, en los &uacute;ltimos a&ntilde;os, parte del discurso p&uacute;blico ha logrado invertir el relato: algunos j&oacute;venes varones se perciben a s&iacute; mismos como v&iacute;ctimas de una supuesta &ldquo;hegemon&iacute;a feminista&rdquo; que les habr&iacute;a arrebatado derechos, espacios y reconocimiento. Esta idea, repetida hasta la saciedad en ciertos foros digitales, podcasts y canales de entretenimiento, funciona como un espejo deformante. Como escribi&oacute; la fil&oacute;sofa Susan Sontag, &ldquo;la interpretaci&oacute;n puede ser una forma de venganza intelectual&rdquo;; aqu&iacute;, la distorsi&oacute;n es una forma de defensa identitaria.
    </p><p class="article-text">
        Hay que preguntarse por qu&eacute; este discurso encuentra hoy terreno f&eacute;rtil. Vivimos un tiempo de incertidumbre material y simb&oacute;lica: precariedad laboral, crisis clim&aacute;tica, dificultad de acceso a la vivienda o desdibujamiento de los relatos cl&aacute;sicos de &eacute;xito masculino. A muchos j&oacute;venes se les prometi&oacute; un mundo que ya no existe, y en ese vac&iacute;o aparecen explicaciones simples para problemas complejos. El antifeminismo ofrece una: si te va mal, si no encajas, si te sientes desplazado, la culpa es del feminismo. No del sistema econ&oacute;mico, no de la desigualdad estructural, no de la falta de pol&iacute;ticas p&uacute;blicas, sino de las mujeres que &ldquo;han ido demasiado lejos&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Esta reacci&oacute;n no es nueva. Cada avance en derechos ha generado su correspondiente contraofensiva. Ocurri&oacute; tras el sufragio femenino, tras la incorporaci&oacute;n masiva de las mujeres al trabajo asalariado y tras la llamada &ldquo;segunda ola&rdquo;. Simone de Beauvoir ya advert&iacute;a que &ldquo;todo privilegio se vive como un derecho natural, y toda p&eacute;rdida de privilegio como una injusticia&rdquo;. Lo que hoy vemos es, en buena medida, la incomodidad ante la p&eacute;rdida de una centralidad que durante siglos no necesit&oacute; justificarse.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, reducir este fen&oacute;meno a una mera reacci&oacute;n machista ser&iacute;a un error. El antifeminismo contempor&aacute;neo se reviste de un lenguaje aparentemente racional, incluso victimista: habla de &ldquo;igualdad real&rdquo;, de &ldquo;denuncias falsas&rdquo; o de &ldquo;discriminaci&oacute;n inversa&rdquo;. Se apoya en datos sacados de contexto y en an&eacute;cdotas elevadas a categor&iacute;a, mientras ignora sistem&aacute;ticamente la evidencia emp&iacute;rica sobre violencia de g&eacute;nero, brechas salariales o asim&eacute;trica distribuci&oacute;n de los cuidados. Es un discurso eficaz porque conecta con emociones profundas: miedo, frustraci&oacute;n y deseo de pertenencia. Como bien sab&iacute;a Hannah Arendt, los movimientos reaccionarios no triunfan s&oacute;lo por lo que dicen, sino por lo que hacen sentir.
    </p><p class="article-text">
        Frente a esto, el feminismo no puede limitarse a la denuncia moral ni a la burla f&aacute;cil. Necesita pedagog&iacute;a, pero tambi&eacute;n escucha. Escuchar no significa conceder raz&oacute;n a quien niega derechos, sino comprender los malestares que se canalizan de forma equivocada. Muchos j&oacute;venes varones crecen sin herramientas emocionales, atrapados entre un modelo de masculinidad que ya no sirve y otro que no saben c&oacute;mo habitar. El antifeminismo les ofrece una identidad clara, aunque sea construida sobre el resentimiento.
    </p><p class="article-text">
        Aqu&iacute; el reto es enorme. El feminismo debe seguir siendo firme en la defensa de la igualdad, pero tambi&eacute;n capaz de proponer horizontes compartidos. Recordar que la emancipaci&oacute;n de las mujeres no empobrece la vida de los hombres, sino que la ampl&iacute;a. Que cuestionar la violencia, la dominaci&oacute;n o el mandato de la dureza no es &ldquo;atacar la identidad masculina&rdquo;, sino liberarla. Como escribi&oacute; bell hooks, el feminismo es para todo el mundo porque &ldquo;imagina una sociedad donde nadie tenga que dominar para existir&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Tal vez convenga volver a la cultura, a la literatura, al cine, como espacios donde pensar estas tensiones sin la estridencia del tuit. En las novelas de Annie Ernaux, en las pel&iacute;culas de C&eacute;line Sciamma o en los ensayos de Nuria Varela encontramos relatos que no simplifican, que muestran las contradicciones y los costes personales de los cambios sociales. La igualdad no es un camino recto ni c&oacute;modo, pero s&iacute; profundamente humano.
    </p><p class="article-text">
        El auge del discurso antifeminista no es una moda pasajera, sino una llamada de atenci&oacute;n. Nos recuerda que los avances no son irreversibles y que toda transformaci&oacute;n social genera resistencias. La respuesta no puede ser el repliegue ni el cansancio. Necesita reflexi&oacute;n, memoria hist&oacute;rica y una apuesta decidida por un feminismo que, sin perder su ra&iacute;z, sea capaz de hablar de futuro. Un futuro en el que la igualdad no se viva como una amenaza, sino como una posibilidad compartida.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Salvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/seamos-enemigas_132_12899834.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 12 Jan 2026 05:00:22 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Quizás seamos las enemigas]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Feminismo en la era del poder concentrado]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/feminismo-concentrado_132_12885692.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/8108d148-e1a5-41b1-be82-15ea33efb4f7_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Feminismo en la era del poder concentrado"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La quiebra de los modelos de bienestar social, agravada por ciclos de austeridad y por la crisis climática, evidencia además que no hay igualdad sin una base material redistributiva</p></div><p class="article-text">
        Comenzamos 2026 con una conciencia clara: las agendas feministas enfrentan un contexto internacional profundamente transformado respecto al &uacute;ltimo gran punto de inflexi&oacute;n de los movimientos de mujeres en Espa&ntilde;a, el 8 de marzo del a&ntilde;o 2018. Entonces, la emergencia de las huelgas feministas articul&oacute; una demanda pol&iacute;ticamente transversal: reconocimiento de los trabajos de cuidados, pol&iacute;ticas contra las violencias machistas, ampliaci&oacute;n de derechos sexuales y reproductivos o cuestionamiento de la precariedad laboral feminizada. Hoy, casi una d&eacute;cada despu&eacute;s, ese horizonte se inserta en un orden global fracturado por una multiplicidad de crisis: el resurgimiento de hiperliderazgos masculinos, tensiones geopol&iacute;ticas sin precedentes desde la Guerra Fr&iacute;a y la evidente quiebra de modelos de bienestar social que parec&iacute;an consolidados.
    </p><p class="article-text">
        Hablar de feminismo en 2026 exige comprender que no se trata &uacute;nicamente de &ldquo;sumar m&aacute;s mujeres&rdquo; a espacios de poder, sino de reconfigurar las estructuras mismas que sostienen las jerarqu&iacute;as de g&eacute;nero. Como se&ntilde;al&oacute; la te&oacute;rica norteamericana&nbsp;<strong>Nancy Fraser</strong>, la justicia no puede reducirse a la representaci&oacute;n, sino que debe abarcar la redistribuci&oacute;n de los recursos y la participaci&oacute;n democr&aacute;tica real en la esfera p&uacute;blica. 
    </p><p class="article-text">
        En el plano internacional, asistimos a una reconfiguraci&oacute;n del poder que tensiona las agendas feministas. La emergencia de liderazgos autoritarios y fuertemente masculinizados &mdash;que evaden la responsabilidad del cuidado colectivo y privilegian l&oacute;gicas de militarizaci&oacute;n y control social&mdash; representa un retroceso palpable. No es casualidad que, en muchos de estos contextos, desde Hungr&iacute;a hasta EEUU, las pol&iacute;ticas de igualdad hayan sido las primeras en ser desmanteladas: porque &eacute;stas desaf&iacute;an el ethos de homogeneidad y fuerza que promueven estos gobiernos.
    </p><p class="article-text">
        La quiebra de los modelos de bienestar social, agravada por ciclos de austeridad y por la crisis clim&aacute;tica, evidencia adem&aacute;s que no hay igualdad sin una base material redistributiva. Las economistas feministas han insistido, con datos emp&iacute;ricos incuestionables, en que los sistemas p&uacute;blicos de salud, educaci&oacute;n y cuidados universales son pilares para la justicia y la equidad. La economista <strong>Marina Durano</strong>&nbsp;insiste en que la igualdad no es un &ldquo;lujo progresista&rdquo;, sino una condici&oacute;n de sostenibilidad social y econ&oacute;mica. Prescindir de esta perspectiva en 2026 ser&iacute;a socavar las propias bases de las agendas feministas.
    </p><p class="article-text">
        Reflexionar desde Arag&oacute;n o desde Espa&ntilde;a en este contexto global implica entrelazar lo local y lo internacional. Las pol&iacute;ticas p&uacute;blicas en materia de igualdad no pueden entenderse s&oacute;lo como respuestas internas: forman parte de un entramado normativo europeo e internacional, desde el Convenio de Estambul hasta los Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas. La convivencia de estos marcos con tendencias regresivas en otras latitudes subraya una lecci&oacute;n crucial:&nbsp;<strong>la igualdad no se conquista para ser domesticada, sino para ser defendida y ampliada.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Mirar al futuro implica confrontar tensiones: entre reconocimiento y redistribuci&oacute;n, entre local y global, entre simbolismo y estructura. Para las agendas feministas y de igualdad en 2026, el desaf&iacute;o es simult&aacute;neamente conceptual y pragm&aacute;tico: sostener la ambici&oacute;n transformadora sin renunciar a las alianzas estrat&eacute;gicas que permitan traducir principios en pol&iacute;ticas, y pol&iacute;ticas en vidas mejores.
    </p><p class="article-text">
        Porque, al final, la igualdad no es s&oacute;lo un ideal: es un proceso continuo, hist&oacute;rico y compartido. Requiere de una pol&iacute;tica del cuidado que sea, a la vez, sensible y robusta; una pol&iacute;tica que entienda que&nbsp;<strong>la libertad sin justicia es una ilusi&oacute;n y que la justicia sin libertad es inalcanzable</strong>. En este nuevo escenario, plantear una agenda feminista es, ante todo, plantear una agenda para la democracia misma.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Salvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/feminismo-concentrado_132_12885692.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 05 Jan 2026 05:00:22 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Feminismo en la era del poder concentrado]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Un feminismo con preguntas abiertas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/feminismo-preguntas-abiertas_132_12874148.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/87efc49b-9d57-42e4-be1b-1a61c553b559_16-9-discover-aspect-ratio_default_1133375.jpg" width="3791" height="2133" alt="Un feminismo con preguntas abiertas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hablar de cuidados en Aragón es hablar de demasiadas cosas: carreteras, servicios públicos y, también, soledades largas. Es reconocer que la igualdad no se juega sólo en los grandes discursos, sino en la posibilidad material de quedarse o marcharse</p></div><p class="article-text">
        El feminismo no atraviesa el cambio de a&ntilde;o como quien estrena calendario, sino como quien revisa una casa habitada desde hace tiempo. Hay habitaciones reci&eacute;n reformadas y otras donde la pintura empieza a descascarillarse. El feminismo institucional, convertido ya en pol&iacute;tica p&uacute;blica, marco normativo y lenguaje com&uacute;n, ha logrado avances incuestionables. Pero este nuevo a&ntilde;o se abre paso con una evidencia inc&oacute;moda: los logros no cancelan los conflictos, los hacen m&aacute;s visibles.
    </p><p class="article-text">
        Una de las grietas m&aacute;s dif&iacute;ciles de mirar es la que se abre cuando el discurso de la igualdad convive con pr&aacute;cticas de poder que lo contradicen. Los casos de acoso sexual en el seno de las organizaciones pol&iacute;ticas no son anomal&iacute;as externas, sino s&iacute;ntomas de estructuras que no se transforman s&oacute;lo con declaraciones de principios. Los protocolos existen, pero a menudo funcionan m&aacute;s como dispositivos de contenci&oacute;n que como herramientas de justicia. Nombrar la violencia no basta si no se alteran las jerarqu&iacute;as que la hacen posible. Como escribi&oacute; Audre Lorde, &ldquo;las herramientas del amo nunca desmontan la casa del amo&rdquo;, aunque se pinten de violeta.
    </p><p class="article-text">
        Pensar estos dilemas desde Arag&oacute;n obliga a aterrizar el debate. Aqu&iacute;, el feminismo institucional se enfrenta a un territorio extenso, envejecido y profundamente desigual. La despoblaci&oacute;n no es neutra: tiene rostro de mujer. Porque son ellas las que sostienen la vida cotidiana en muchos pueblos, las que cuidan sin relevo y las que enlazan trabajos precarios con responsabilidades familiares que no aparecen en ning&uacute;n indicador econ&oacute;mico. Hablar de cuidados en Arag&oacute;n es hablar de demasiadas cosas: carreteras, servicios p&uacute;blicos y, tambi&eacute;n, soledades largas. Es reconocer que la igualdad no se juega s&oacute;lo en los grandes discursos, sino en la posibilidad material de quedarse o marcharse.
    </p><p class="article-text">
        El trabajo sigue siendo otro nudo central. No s&oacute;lo por la persistencia de la brecha laboral y salarial, sino por la forma en que la precariedad se ha sofisticado. La promesa de la vocaci&oacute;n, del proyecto apasionante, de la flexibilidad, ha reca&iacute;do una vez m&aacute;s sobre los cuerpos feminizados. Muchas mujeres no est&aacute;n excluidas del sistema, sino atrapadas en &eacute;l, gestionando tiempos imposibles. Frente a esta l&oacute;gica, el feminismo tiene el reto de politizar el tiempo, de cuestionar un modelo que convierte la vida en un par&eacute;ntesis entre jornadas. Walter Benjamin advert&iacute;a de que el progreso sin pausa termina por arrasar con aquello que pretende mejorar.
    </p><p class="article-text">
        La reacci&oacute;n antifeminista tampoco puede seguir trat&aacute;ndose como una excentricidad. Tiene relato, estructura y capacidad de seducci&oacute;n. En territorios donde el abandono institucional ha sido la norma, el discurso que promete orden y certezas encuentra terreno f&eacute;rtil. El error ser&iacute;a responder desde la superioridad moral. Comprender no implica ceder, pero s&iacute; asumir que ning&uacute;n proyecto emancipador puede sostenerse sin v&iacute;nculo social. Simone Weil lo formul&oacute; con crudeza: &ldquo;No hay justicia posible si se ignora el sufrimiento concreto&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        A todo ello se suma el desaf&iacute;o tecnol&oacute;gico. Algoritmos que clasifican, plataformas que organizan el trabajo y sistemas que deciden sin rendir cuentas. Lejos de ser neutros, reproducen desigualdades antiguas con una eficacia nueva. El feminismo acad&eacute;mico tiene aqu&iacute; una responsabilidad que no puede eludir: intervenir en estos debates sin encerrarse en el lenguaje experto ni renunciar a la complejidad. Pensar el futuro sin perspectiva feminista no es s&oacute;lo injusto; es intelectualmente pobre.
    </p><p class="article-text">
        Y, pese a todo, hay algo profundamente f&eacute;rtil en este momento. El feminismo ha transformado la manera en que pensamos la vida cotidiana, el amor, la maternidad, el &eacute;xito y el fracaso. Ha ensanchado el campo de lo decible y ha dotado de palabras a experiencias que antes s&oacute;lo produc&iacute;an silencio. Ese legado no est&aacute; garantizado. Como recordaba Simone de Beauvoir, &ldquo;los derechos nunca se conquistan para siempre&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        El nuevo a&ntilde;o no exige al feminismo unanimidad ni consignas tranquilizadoras. Exige rigor, memoria y valent&iacute;a para mirar las grietas sin negar la casa. Seguir avanzando sin cerrar los ojos. Porque el feminismo, incluso cuando se institucionaliza, no deja de ser una pregunta abierta. Y este a&ntilde;o, m&aacute;s que respuestas c&oacute;modas, necesita el coraje de formular las preguntas correctas.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Salvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/feminismo-preguntas-abiertas_132_12874148.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 29 Dec 2025 05:00:44 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Un feminismo con preguntas abiertas]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El balance incómodo de la igualdad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/balance-incomodo-igualdad_132_12862867.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c57d9891-5e31-44df-9ae8-4e1ffbcfbb60_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x608y258.jpg" width="1200" height="675" alt="El balance incómodo de la igualdad"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En Aragón, las diferencias territoriales siguen marcando el mapa de la desigualdad. En las ciudades, la brecha salarial se disimula con complementos y trayectorias fragmentadas; en el medio rural, se vuelve más directa y cruda</p></div><p class="article-text">
        Hay a&ntilde;os que se recuerdan por lo que ocurre y otros por lo que se repite. En Arag&oacute;n, 2025 pertenece claramente a los segundos cuando se mira desde la vida de las mujeres. No ha sido un a&ntilde;o de rupturas ni de conquistas espectaculares, sino de continuidad. Y la continuidad, cuando habla de desigualdad, tiene algo inquietante: revela hasta qu&eacute; punto ciertas cosas siguen consider&aacute;ndose normales.
    </p><p class="article-text">
        La igualdad, vista desde lejos, parece un asunto bastante ordenado. Hay leyes, planes, discursos, d&iacute;as se&ntilde;alados en el calendario. Pero cuando se baja al detalle &mdash;al tiempo, al dinero, al cansancio&mdash; el dibujo se vuelve m&aacute;s irregular. Las mujeres siguen teniendo peores ingresos de media y continuan asumiendo la mayor parte de los cuidados. No es una anomal&iacute;a estad&iacute;stica, es una estructura que se reproduce con constancia. 
    </p><p class="article-text">
        En Arag&oacute;n, las diferencias territoriales siguen marcando el mapa de la desigualdad. En las ciudades, la brecha salarial se disimula con complementos y trayectorias fragmentadas; en el medio rural, se vuelve m&aacute;s directa y cruda. All&iacute; donde faltan servicios, son las mujeres quienes sostienen la vida cotidiana, muchas veces a costa de su propia autonom&iacute;a. No hay &eacute;pica en eso, s&oacute;lo una repetici&oacute;n silenciosa que rara vez ocupa el centro del debate pol&iacute;tico.
    </p><p class="article-text">
        Los cuidados contin&uacute;an siendo el gran asunto pendiente. Se habla de conciliaci&oacute;n como si fuera un problema de agenda personal y no una desigualdad estructural atravesada por el g&eacute;nero. Se apela a la corresponsabilidad mientras el sistema sigue descansando, mayoritariamente, sobre el tiempo de las mujeres. El resultado es sabido: reducciones de jornada, carreras profesionales interrumpidas e ingresos m&aacute;s bajos, desde la vida laboral activa hasta las pensiones. Virginia Woolf escribi&oacute; que para pensar hace falta una habitaci&oacute;n propia; en 2025 muchas mujeres siguen sin disponer siquiera del tiempo necesario para imaginarla.
    </p><p class="article-text">
        La violencia machista no puede separarse de este contexto. No es un fen&oacute;meno aislado, sino una expresi&oacute;n extrema de una desigualdad m&aacute;s amplia. Este a&ntilde;o hemos vuelto a vivir una sensaci&oacute;n persistente de desgaste. Persisten las agresiones, persisten las denuncias y persiste, tambi&eacute;n, cierta fatiga social que se cuela en el lenguaje, en el tono y en la manera de relativizar. Como si nombrar la violencia contra las mujeres resultara ya inc&oacute;modo. Como si insistir fuera exagerar, en un contexto de negacionismo y banalizaci&oacute;n que apuntala la impunidad y refuerza las estructuras que hacen posible la desigualdad estructural entre mujeres y hombres, y la violencia que legitima. 
    </p><p class="article-text">
        Y, sin embargo, el a&ntilde;o no ha sido s&oacute;lo repetici&oacute;n. Tambi&eacute;n ha habido movimientos casi imperceptibles. Mujeres j&oacute;venes que no aceptan determinados pactos, aunque todav&iacute;a no sepan c&oacute;mo romperlos. Hombres que empiezan a asumir cuidados sin convertirlo en un gesto heroico. Profesionales que empujan cambios peque&ntilde;os desde dentro de instituciones lentas. No son titulares, pero son desplazamientos. 
    </p><p class="article-text">
        El feminismo aragon&eacute;s ha seguido ah&iacute;, menos visible quiz&aacute;, pero constante. M&aacute;s atento a sostener que a brillar. En un contexto de mayor ruido y polarizaci&oacute;n, esa perseverancia tiene algo de resistencia tranquila. No promete finales felices, pero evita el retroceso. Y eso, en determinados momentos hist&oacute;ricos, no s&oacute;lo no es poco, sino que es imprescindible.
    </p><p class="article-text">
        Cerrar 2025 desde la igualdad no consiste en celebrar ni en lamentarse, sino en mirar con honestidad. Reconocer que sabemos lo que ocurre y que no es nuevo. Que la desigualdad no se mantiene por falta de diagn&oacute;stico, sino por falta de voluntad para alterar lo que resulta c&oacute;modo. Y que la vida de las mujeres sigue siendo un buen term&oacute;metro democr&aacute;tico. Si se mira con atenci&oacute;n, el a&ntilde;o queda bastante claro.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Salvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/balance-incomodo-igualdad_132_12862867.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 22 Dec 2025 05:00:41 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El balance incómodo de la igualdad]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Tu silencio no te protegerá]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/silencio-no-protegera_132_12844947.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/5c0f33c3-9255-4edc-825e-cc1d04d21943_16-9-discover-aspect-ratio_default_1132563.jpg" width="3082" height="1734" alt="Tu silencio no te protegerá"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Los protocolos frente al acoso sexual y por razón de sexo son una pieza centra, pero no basta con que existan. Deben cumplir estándares exigentes de transparencia y calidad democrática</p></div><p class="article-text">
        Cuando los casos de acoso sexual emergen en organizaciones pol&iacute;ticas, la reacci&oacute;n inmediata suele ser defensiva. No siempre expl&iacute;cita, pero s&iacute; reconocible: se mide el impacto, se calcula el da&ntilde;o y se intenta encajar el relato. Sin embargo, lo verdaderamente relevante no es que estos casos aparezcan, sino c&oacute;mo se gestionan. Porque la violencia machista no irrumpe de manera imprevisible; se manifiesta all&iacute; donde existen relaciones de poder desiguales, dependencia, en este caso pol&iacute;tica, jerarqu&iacute;as informales y culturas organizativas que no han sido revisadas con profundidad.
    </p><p class="article-text">
        Los partidos pol&iacute;ticos forman parte de la sociedad. No est&aacute;n al margen de sus contradicciones ni de sus violencias. Pensarlos como espacios inmunes no s&oacute;lo es ingenuo, sino peligroso, porque desplaza el foco del an&aacute;lisis y dificulta la adopci&oacute;n de medidas eficaces. La cuesti&oacute;n no es qui&eacute;n queda se&ntilde;alado, sino si las estructuras internas est&aacute;n preparadas para responder con rigor, justicia y cuidado cuando una situaci&oacute;n de acoso se produce.
    </p><p class="article-text">
        En ese punto, la ruptura del silencio es importante, pero no como un gesto heroico ni como una consigna moral. Hablar suele ser el &uacute;ltimo paso de un proceso largo y desgastante, marcado por la duda, el temor a las consecuencias y la conciencia de que lo que se diga no afectar&aacute; s&oacute;lo a quien habla. Por eso, cuando una denuncia se formula, la responsabilidad no recae en quien la expresa, sino en el marco que la recibe.
    </p><p class="article-text">
        Acompa&ntilde;ar es una de las tareas m&aacute;s complejas y menos comprendidas. No se trata de gestos simb&oacute;licos ni de apoyos ret&oacute;ricos, sino de una pr&aacute;ctica concreta que exige formaci&oacute;n, criterios claros y una &eacute;tica del cuidado sostenida en el tiempo. Acompa&ntilde;ar implica reconocer el impacto de la violencia sexual, respetar los ritmos, ofrecer informaci&oacute;n comprensible y garantizar que la persona afectada no quede aislada ni instrumentalizada. Supone, tambi&eacute;n, entender que el acompa&ntilde;amiento no puede depender de afinidades personales ni de equilibrios internos, porque eso reproduce exactamente las din&aacute;micas que se pretende erradicar.
    </p><p class="article-text">
        Los protocolos frente al acoso sexual y por raz&oacute;n de sexo son una pieza central de este entramado. Pero no basta con que existan. Deben cumplir est&aacute;ndares exigentes de transparencia y calidad democr&aacute;tica. Han de ser p&uacute;blicos, accesibles, f&aacute;cilmente localizables y redactados en un lenguaje que no excluya. Cualquier persona debe poder conocerlos sin intermediaci&oacute;n y sin necesidad de pertenecer a determinados c&iacute;rculos ni de activar relaciones informales. La opacidad, en este &aacute;mbito, no protege; genera desconfianza y refuerza el silencio.
    </p><p class="article-text">
        Igualmente, esenciales son los canales de denuncia. Claros, m&uacute;ltiples y accesibles. Canales que no obliguen a atravesar jerarqu&iacute;as ni a exponerse ante personas con v&iacute;nculos pol&iacute;ticos directos. Que garanticen confidencialidad y ausencia de represalias como principio operativo, no como declaraci&oacute;n de intenciones. La experiencia acumulada demuestra que cuando los itinerarios son confusos o percibidos como inseguros, las denuncias no desaparecen: se enquistan.
    </p><p class="article-text">
        Hay un elemento del que se habla poco y que resulta determinante: qui&eacute;n gestiona estos procesos. No es suficiente con un compromiso gen&eacute;rico con la igualdad ni con una trayectoria pol&iacute;tica coherente. La intervenci&oacute;n en casos de violencia machista requiere formaci&oacute;n espec&iacute;fica, conocimiento t&eacute;cnico, comprensi&oacute;n de los impactos psicosociales del acoso y capacidad para evitar la revictimizaci&oacute;n. La falta de formaci&oacute;n no es neutral. Produce errores, sesgos y decisiones que agravan el da&ntilde;o.
    </p><p class="article-text">
        Se han hecho muchas cosas mal. Activaciones tard&iacute;as, respuestas improvisadas, procedimientos poco claros, prioridad del control del da&ntilde;o reputacional sobre la protecci&oacute;n efectiva. Reconocerlo no debilita a las organizaciones; lo contrario s&iacute;. Pero el aprendizaje s&oacute;lo es posible si se abandona la l&oacute;gica defensiva y se apuesta por una revisi&oacute;n honesta y profunda de las estructuras internas.
    </p><p class="article-text">
        Utilizar estos casos como arma partidista es una forma m&aacute;s de vaciar de sentido el compromiso con la erradicaci&oacute;n de la violencia machista. Reduce una cuesti&oacute;n compleja a una disputa binaria y env&iacute;a un mensaje disuasorio a quienes podr&iacute;an hablar. La violencia machista no es patrimonio de nadie ni puede abordarse desde el c&aacute;lculo pol&iacute;tico. Exige sensatez, rigor y una voluntad real de cambio.
    </p><p class="article-text">
        Este momento ofrece una oportunidad. No para proclamar ejemplaridades, sino para demostrar coherencia. Para invertir en formaci&oacute;n, revisar protocolos, fortalecer canales, profesionalizar equipos y asumir que la igualdad no es un discurso, sino una pr&aacute;ctica exigente que atraviesa la vida interna de las organizaciones.
    </p><p class="article-text">
        Porque el silencio, como advirti&oacute; Audre Lorde, nunca ha sido un lugar seguro. Y porque s&oacute;lo cuando se construyen estructuras que no lo necesiten, es posible hablar de un compromiso real con la democracia, la igualdad, la dignidad y la justicia.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Salvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/silencio-no-protegera_132_12844947.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 15 Dec 2025 04:30:52 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Tu silencio no te protegerá]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[A las artesanas de la democracia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/artesanas-democracia_132_12809644.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d372852c-9bf7-4995-b1a1-fee8cc68de4c_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="A las artesanas de la democracia"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Cuando llegó la Transición, aunque los grandes relatos políticos estuvieran llenos de nombres masculinos, fueron las mujeres quienes protagonizaron una transformación silenciosa pero decisiva: asociaciones vecinales, movimientos feministas, luchas por el divorcio, por la planificación familiar o por la igualdad laboral</p></div><p class="article-text">
        Cincuenta a&ntilde;os despu&eacute;s de la muerte del dictador Francisco Franco, Espa&ntilde;a celebra medio siglo de libertades recuperadas. Pero toda conmemoraci&oacute;n es tambi&eacute;n un ejercicio de memoria: una invitaci&oacute;n a mirar con claridad hacia lo que fuimos. A mirarlas a ellas, a las mujeres que pasaron de una joven democracia en construcci&oacute;n, la de la Segunda Rep&uacute;blica, a un r&eacute;gimen que convirti&oacute; el patriarcado en ley, moral y pedagog&iacute;a de Estado. El historiador Juli&aacute;n Casanova recuerda que el franquismo fue &ldquo;un proyecto moral autoritario&rdquo;, una maquinaria que aspiraba a controlar todos los gestos de la vida. Para las mujeres, ese control fue todav&iacute;a m&aacute;s severo.
    </p><p class="article-text">
        La Segunda Rep&uacute;blica hab&iacute;a abierto horizontes in&eacute;ditos: el sufragio, el acceso a la educaci&oacute;n y a profesiones cualificadas, el divorcio civil y una incipiente ciudadan&iacute;a femenina. Era un proyecto limitado, s&iacute;, pero vivo. La victoria franquista en la guerra civil clausur&oacute; de golpe aquel impulso. La historiadora &Aacute;ngela Cenarro describe con precisi&oacute;n ese retorno forzoso al hogar, una re-domesticaci&oacute;n que situ&oacute; a las mujeres bajo tutela legal y moral, convertidas en soporte emocional y reproductivo de la Espa&ntilde;a que el r&eacute;gimen anhelaba. La Secci&oacute;n Femenina form&oacute; ese ideal: piedad, sacrificio, obediencia y silencio.
    </p><p class="article-text">
        Las leyes reforzaron aquel sometimiento. El C&oacute;digo Civil volvi&oacute; a considerar a la mujer casada como dependiente del marido; el C&oacute;digo Penal castig&oacute; el adulterio solo en ellas; las normativas laborales expulsaron a las casadas del empleo. La historiadora Mary Nash ha mostrado c&oacute;mo esta arquitectura &mdash;legal, educativa, cultural&mdash; configur&oacute; una feminidad vigilada, restringida en su cuerpo y en su deseo. Y la tambi&eacute;n historiadora Aurora Morcillo ha explicado c&oacute;mo el r&eacute;gimen edific&oacute; una aut&eacute;ntica &ldquo;pol&iacute;tica del cuerpo&rdquo;, donde la maternidad obligada y el pudor extremo formaban parte de la identidad nacional impuesta.
    </p><p class="article-text">
        En esa Espa&ntilde;a, miles de mujeres vivieron una represi&oacute;n especialmente cruenta. Las llamadas mujeres de preso, estudiadas por Pura S&aacute;nchez, Irene Abad o Ricard Vinyes en el marco de la violencia institucional, afrontaron la miseria, el estigma y el miedo permanente. Ellas hac&iacute;an las colas frente a las c&aacute;rceles, cargaban con sus hijas e hijos y con las bolsas de comida, soportaban registros y desprecios o recorr&iacute;an distancias interminables para una visita de minutos. La represi&oacute;n franquista castig&oacute; a los encarcelados, pero destroz&oacute;, muchas veces de manera m&aacute;s profunda, la vida de quienes depend&iacute;an de ellos.
    </p><p class="article-text">
        Y, aun as&iacute;, en medio de ese dolor, hubo resistencia. Una resistencia que raras veces ocupa los relatos &eacute;picos, pero que sostuvo la dignidad colectiva. La hispanista Shirley Mangini ha narrado c&oacute;mo, en los espacios dom&eacute;sticos, las mujeres preservaron la memoria que el r&eacute;gimen quer&iacute;a extinguir. Resist&iacute;an guardando fotograf&iacute;as, transmitiendo historias prohibidas, tejiendo redes de apoyo y creando peque&ntilde;os espacios de libertad en un pa&iacute;s que se los negaba incluso en su intimidad. Eran gestos peque&ntilde;os, pero poderosos. Una forma de desobediencia que protegi&oacute; la humanidad cuando la humanidad era un lujo.
    </p><p class="article-text">
        Incluso las instituciones que buscaban moldearlas acabaron abriendo grietas. La Secci&oacute;n Femenina form&oacute; a j&oacute;venes que viajaron, que estudiaron y que conocieron vidas distintas. Como ha investigado tambi&eacute;n &Aacute;ngela Cenarro, ese contacto con otros mundos termin&oacute; generando mujeres menos obedientes de lo que el r&eacute;gimen hab&iacute;a imaginado. La semilla de la autonom&iacute;a germin&oacute; justo donde la dictadura pretend&iacute;a extirparla.
    </p><p class="article-text">
        Cuando lleg&oacute; la Transici&oacute;n, aunque los grandes relatos pol&iacute;ticos estuvieran llenos de nombres masculinos, fueron las mujeres quienes protagonizaron una transformaci&oacute;n silenciosa pero decisiva: asociaciones vecinales, movimientos feministas, luchas por el divorcio, por la planificaci&oacute;n familiar o por la igualdad laboral. La democratizaci&oacute;n espa&ntilde;ola &mdash;como subraya Casanova&mdash; fue tambi&eacute;n un proceso desde abajo, sostenido por quienes reclamaban una vida digna. &nbsp;Y ellas estaban en primera l&iacute;nea.
    </p><p class="article-text">
        Hoy, cuando algunos discursos relativizan el franquismo o banalizan su violencia, resulta imprescindible recordar que aquel r&eacute;gimen no solo neg&oacute; derechos: molde&oacute; identidades, control&oacute; cuerpos y defini&oacute; qu&eacute; pod&iacute;a ser una mujer. La democracia trajo libertades, pero su conquista &mdash;y su defensa&mdash; ha requerido generaciones.
    </p><p class="article-text">
        Como escribi&oacute; Mar&iacute;a Zambrano, &ldquo;<em>solo se recuerda lo que est&aacute; vivo</em>&rdquo;. Y la libertad que hoy celebramos &mdash;imperfecta, fr&aacute;gil, siempre en disputa&mdash; sigue viva porque ellas la protegieron incluso cuando no pod&iacute;an pronunciarla.
    </p><p class="article-text">
        Por eso, en este cincuentenario, quiero expresar gratitud. A todas las mujeres que resistieron en lo cotidiano, que sostuvieron hogares heridos, que guardaron nombres y memorias, que levantaron movimientos democr&aacute;ticos y que defendieron derechos que no iban a disfrutar plenamente ellas, pero s&iacute; nosotras y nosotros, su descendencia. A todas las que custodiaron el fuego cuando solo quedaban brasas. &iexcl;Gracias por todo, gracias por tanto
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Salvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/artesanas-democracia_132_12809644.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 01 Dec 2025 06:27:42 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[A las artesanas de la democracia]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Lo personal sigue siendo político]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/personal-sigue-politico_132_12783610.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/3044cef7-9245-41d2-ae3c-09aae0df3f93_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x1204y602.jpg" width="1200" height="675" alt="Lo personal sigue siendo político"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Aragón ha avanzado. Pero las instituciones no bastan si la sociedad no cambia. El machismo sigue filtrándose en todas las estructuras</p></div><p class="article-text">
        La violencia contra las mujeres no es un asunto privado ni un problema de convivencia. Es la expresi&oacute;n m&aacute;s brutal de un orden social que todav&iacute;a se sostiene sobre la desigualdad. No se trata de casos aislados, sino de un sistema: el patriarcado. Un sistema que se cuela en los algoritmos, en las canciones, en las leyes, en los medios, en las conversaciones de bar y en las instituciones que a&uacute;n dudan cuando una mujer habla.
    </p><p class="article-text">
        Cada 25 de noviembre repetimos el ritual: minutos de silencio, lazos morados, manifiestos institucionales. Pero la violencia no calla con gestos, sino con cambios estructurales. El feminismo lo ha dicho desde siempre: no basta con atender a las v&iacute;ctimas; hay que desmontar las causas. Y las causas son pol&iacute;ticas. Est&aacute;n en la distribuci&oacute;n del poder, en la econom&iacute;a, en la educaci&oacute;n, en la cultura, en qui&eacute;n nombra y qui&eacute;n es nombrada.
    </p><p class="article-text">
        En Arag&oacute;n, como en el resto de Espa&ntilde;a, el mapa de la violencia machista tiene nombres, direcciones y fechas que deber&iacute;an avergonzarnos. No son estad&iacute;sticas, son la evidencia de que el pacto social a&uacute;n est&aacute; incompleto. M&aacute;s de 2.800 mujeres cuentan con medidas de protecci&oacute;n activas y miles reciben atenci&oacute;n psicol&oacute;gica o jur&iacute;dica a trav&eacute;s del Instituto Aragon&eacute;s de la Mujer. Pero los n&uacute;meros no alcanzan a medir el miedo, el desgaste, la precariedad o la culpa. Porque la violencia no empieza con un golpe: empieza mucho antes. En la desigualdad salarial, en la maternidad penalizada, en la invisibilidad medi&aacute;tica, en la educaci&oacute;n sentimental que todav&iacute;a ense&ntilde;a a las ni&ntilde;as a cuidar y a los ni&ntilde;os a mandar.
    </p><p class="article-text">
        El feminismo no se limita a denunciar esa violencia; propone un nuevo contrato social. Uno basado en la autonom&iacute;a, la corresponsabilidad y la libertad. La violencia machista se alimenta del poder y del control, y la &uacute;nica forma de neutralizarla es redistribuir ambos. Que las mujeres tengan independencia econ&oacute;mica, acceso a vivienda, igualdad educativa y una justicia libre de sesgos no son pol&iacute;ticas accesorias: son estrategias de prevenci&oacute;n. Sin igualdad material, no hay libertad real.
    </p><p class="article-text">
        Y, sin embargo, asistimos a una regresi&oacute;n discursiva peligrosa. Los movimientos negacionistas, que tratan de despolitizar la violencia de g&eacute;nero, no s&oacute;lo cuestionan los datos: cuestionan la legitimidad misma del feminismo. Pero negar el patriarcado no lo hace desaparecer; s&oacute;lo lo deja actuar impune. La violencia simb&oacute;lica &mdash;la que se expresa en memes, titulares o tertulias&mdash; prepara el terreno para el primer golpe. Por eso, frente a la banalizaci&oacute;n y la desmemoria, el feminismo debe insistir en nombrar. Nombrar es existir.
    </p><p class="article-text">
        La memoria feminista en Arag&oacute;n es larga. Desde las asociaciones rurales que sostuvieron redes de apoyo en silencio hasta las j&oacute;venes que hoy llenan las calles con pancartas moradas, hay una genealog&iacute;a de mujeres que nunca aceptaron el miedo como destino. Son las herederas de las que lucharon por el voto, por el divorcio, por el derecho al propio cuerpo. Son las que entendieron que la libertad se defiende tambi&eacute;n en lo &iacute;ntimo: en decir no, en romper, en empezar de nuevo.
    </p><p class="article-text">
        Esa es la verdadera pedagog&iacute;a: la de la vida cotidiana. Ense&ntilde;ar a los hombres que amar no es poseer, que cuidar no es rebajarse, que el consentimiento no se presupone. Ense&ntilde;ar a las ni&ntilde;as que no deben ser valientes, sino libres. Que su voz no tiene que pedir permiso. Que la ternura, la inteligencia y la rabia pueden convivir en el mismo cuerpo sin disculpa.
    </p><p class="article-text">
        Arag&oacute;n ha avanzado. Las leyes auton&oacute;micas de igualdad y contra la violencia, los recursos especializados, las casas de acogida o los programas de reinserci&oacute;n laboral son logros innegables. Pero las instituciones no bastan si la sociedad no cambia. El machismo sigue filtr&aacute;ndose en todas las estructuras. A veces adopta formas nuevas &mdash;como el &aacute;mbito digital&mdash;, pero su ra&iacute;z es la misma: la creencia de que las mujeres deben justificar su libertad.
    </p><p class="article-text">
        Frente a esa ra&iacute;z, el feminismo no ofrece consuelo: ofrece transformaci&oacute;n. No busca venganza, sino justicia; no pretende invertir el poder, sino desactivarlo. La tarea es colectiva. No hay mujeres libres en un mundo que sigue premiando la dominaci&oacute;n y el silencio. Por eso el 25 de noviembre no es un memorial, sino una convocatoria pol&iacute;tica: un recordatorio de que la violencia de g&eacute;nero no es inevitable, sino evitable si hay voluntad, educaci&oacute;n y feminismo.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Nos quitaron tanto que acabaron quit&aacute;ndonos el miedo&rdquo;, rezaba una pancarta en la &uacute;ltima concentraci&oacute;n contra la violencia machista en Zaragoza. Quiz&aacute; ese sea el verdadero horizonte. No un d&iacute;a sin violencia, sino un mundo sin miedo. Un mundo en el que el amor sea refugio, no amenaza; en el que las ni&ntilde;as crezcan sabiendo que su cuerpo les pertenece y su palabra tiene valor.
    </p><p class="article-text">
        El feminismo ha abierto esa grieta en la historia. Lo que hagamos con ella depende de todas y todos, pero especialmente de los hombres que a&uacute;n se preguntan qu&eacute; pueden hacer: empezar por escucharnos. Escuchar, creer, cambiar. No hay atajos. S&oacute;lo compromiso, conciencia y valent&iacute;a. Y, sobre todo, memoria. Porque la memoria &mdash;como la libertad&mdash; se cultiva, se defiende y se nombra.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Salvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/personal-sigue-politico_132_12783610.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 24 Nov 2025 04:30:42 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Lo personal sigue siendo político]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El precio de emprender siendo mujer]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/precio-emprender-mujer_132_12767009.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/24d8e874-c49b-4593-a34d-a1316b652dfa_16-9-discover-aspect-ratio_default_1130347.jpg" width="3634" height="2044" alt="El precio de emprender siendo mujer"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El relato heroico del emprendedor solitario, tan presente en la cultura popular, se desdibuja cuando la protagonista es una mujer que, además de impulsar su negocio, sigue asumiendo la mayoría de las tareas de cuidados</p></div><p class="article-text">
        Hay una escena en 'Erin Brockovich' en la que Julia Roberts, con los pies en la tierra y la mirada encendida, responde a quienes dudan de su capacidad: &ldquo;Yo no tengo un t&iacute;tulo, pero tengo algo mejor: tengo hambre&rdquo;. Hambre de justicia, de autonom&iacute;a, de hacer que las cosas cambien. Esa misma hambre &mdash;mezcla de necesidad y deseo, de obstinaci&oacute;n y esperanza&mdash; es la que sigue moviendo hoy a miles de mujeres emprendedoras en Arag&oacute;n. Mujeres que levantan negocios, cooperativas, proyectos culturales o sociales sin m&aacute;s red que su convicci&oacute;n, a menudo sorteando los mismos obst&aacute;culos que llevan d&eacute;cadas enquistados: la desigualdad estructural, la precariedad, la soledad emprendedora y una falta de reconocimiento que todav&iacute;a pesa como el cierzo cuando sopla en contra.
    </p><p class="article-text">
        El emprendimiento femenino no es una moda ni una tendencia pasajera; es un term&oacute;metro del desarrollo democr&aacute;tico y econ&oacute;mico de una sociedad. Seg&uacute;n los datos del Informe GEM Arag&oacute;n 2023, elaborado por la Universidad de Zaragoza y el Instituto Aragon&eacute;s de Fomento, las mujeres representan algo m&aacute;s del 37% de la actividad emprendedora en la comunidad. La cifra crece despacio, pero a&uacute;n est&aacute; lejos de la representaci&oacute;n igualitaria. La brecha no se mide s&oacute;lo en n&uacute;meros: las mujeres acceden a menos financiaci&oacute;n externa, tienen menor presencia en sectores tecnol&oacute;gicos e industriales y disponen de menos redes de apoyo consolidadas. Mientras tanto, los discursos institucionales se llenan de palabras como &ldquo;innovaci&oacute;n&rdquo;, &ldquo;sostenibilidad&rdquo; o &ldquo;emprendimiento en femenino&rdquo;, pero la realidad demuestra que, sin pol&iacute;ticas de conciliaci&oacute;n reales, sin corresponsabilidad y sin formaci&oacute;n adaptada a las nuevas econom&iacute;as digitales, el emprendimiento femenino se sostiene sobre un esfuerzo desmedido y una resiliencia que, por s&iacute; sola, no deber&iacute;a ser virtud sino s&iacute;ntoma.
    </p><p class="article-text">
        En Arag&oacute;n, la brecha se percibe con especial nitidez en el medio rural. Las mujeres que emprenden en peque&ntilde;os municipios presentan, si cabe, mayores dificultades. Lo confirman los informes de la Red Aragonesa de Desarrollo Rural y los programas de Emprendimiento Rural Sostenible impulsados por el Gobierno de Arag&oacute;n: el acceso a servicios financieros, a conectividad digital o a apoyo t&eacute;cnico sigue siendo insuficiente. Y, aun as&iacute;, all&iacute; est&aacute;n, reinventando la tradici&oacute;n con la paciencia de quien hila despacio, pero firme. Como canta Rozal&eacute;n, &ldquo;la belleza est&aacute; en lo peque&ntilde;o, en lo que nadie ve&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        No se trata s&oacute;lo de aumentar el n&uacute;mero de mujeres emprendedoras, sino de transformar el modelo econ&oacute;mico que las acoge. Desde hace muchos a&ntilde;os tenemos constancia de informes y estudios que se&ntilde;alan que las empresas lideradas por mujeres tienden a tener estructuras m&aacute;s horizontales, mayor compromiso con la sostenibilidad y una visi&oacute;n cooperativa del liderazgo. Es decir, aportan innovaci&oacute;n social. Pero el sistema financiero y fiscal sigue premiando el crecimiento r&aacute;pido, no la estabilidad; la acumulaci&oacute;n, no el impacto. Y ah&iacute; reside uno de los grandes retos: repensar qu&eacute; significa &ldquo;&eacute;xito&rdquo; cuando se emprende desde la igualdad.
    </p><p class="article-text">
        El relato heroico del emprendedor solitario, tan presente en la cultura popular, se desdibuja cuando la protagonista es una mujer que, adem&aacute;s de impulsar su negocio, sigue asumiendo la mayor&iacute;a de las tareas de cuidados. La mitad invisible de su jornada no aparece en las estad&iacute;sticas ni cotiza, pero sostiene la econom&iacute;a real. Hablar de mujeres emprendedoras, por tanto, es hablar tambi&eacute;n de corresponsabilidad masculina, de infraestructuras p&uacute;blicas de cuidados, de educaci&oacute;n econ&oacute;mica con perspectiva de g&eacute;nero y de pol&iacute;ticas que conciban el emprendimiento no como una salida individual, sino como una opci&oacute;n colectiva de desarrollo social y econ&oacute;mico.
    </p><p class="article-text">
        La cultura tambi&eacute;n ha querido ponerle voz a esta ambici&oacute;n de existir por derecho propio. En Mujercitas, Greta Gerwig hizo que Jo March gritara: &ldquo;No quiero que mi vida sea insignificante&rdquo;. Esa frase podr&iacute;a tatuarse en la piel de tantas emprendedoras aragonesas que luchan por trascender los m&aacute;rgenes impuestos. Desde Zaragoza hasta el Matarra&ntilde;a, desde el Sobrarbe hasta Teruel, hay mujeres creando nuevas formas de econom&iacute;a circular, plataformas tecnol&oacute;gicas, talleres artesanos o proyectos art&iacute;sticos con impacto social. Lo hacen sin pedir permiso. Lo hacen porque saben que emprender, cuando se hace desde la libertad y el prop&oacute;sito, es tambi&eacute;n una forma de emancipaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Conviene, sin embargo, no romantizar el fen&oacute;meno. No todas las mujeres quieren emprender, ni deben hacerlo para demostrar nada. La libertad pasa tambi&eacute;n por poder elegir un empleo digno, estable y protegido. Por eso, el fomento del emprendimiento femenino debe ir acompa&ntilde;ado de una cr&iacute;tica estructural al mercado laboral que sigue penalizando la maternidad, la edad o la diferencia. Si no se corrige ese desequilibrio de base, el emprendimiento puede convertirse en una salida forzada, no en una oportunidad elegida.
    </p><p class="article-text">
        En tiempos de incertidumbre, de crisis clim&aacute;tica y tecnol&oacute;gica, las mujeres emprendedoras de Arag&oacute;n son un faro. No porque lo tengan todo resuelto, sino porque lo est&aacute;n repensando todo. Su forma de liderar introduce un nuevo lenguaje en la econom&iacute;a: el de la cooperaci&oacute;n, la equidad y la sostenibilidad. Un lenguaje que suena menos a &ldquo;yo puedo sola&rdquo; y m&aacute;s a &ldquo;podemos juntas&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Y quiz&aacute;, como escribi&oacute; Mar&iacute;a Zambrano, &ldquo;la libertad no hace felices a los hombres; los hace, sencillamente, hombres&rdquo;. A las mujeres, podr&iacute;amos a&ntilde;adir, las hace visibles. Y en esa visibilidad, en ese acto de ocupar el espacio con voz propia, reside el verdadero emprendimiento: el de reinventar el mundo desde otro lugar, m&aacute;s justo, m&aacute;s humano y, sobre todo, m&aacute;s nuestro.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Salvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/precio-emprender-mujer_132_12767009.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 17 Nov 2025 04:30:48 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La brecha que puede romper la democracia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/brecha-romper-democracia_132_12754847.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1a4139fa-49dc-419e-b6c4-3ab4989bb03b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x56y16.jpg" width="1200" height="675" alt="La brecha que puede romper la democracia"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Las mujeres jóvenes se desplazan hacia la izquierda con mayor rapidez que los hombres, mientras que estos abrazan posiciones, ya no conservadoras, sino reaccionarias en un importante porcentaje</p></div><p class="article-text">
        Durante a&ntilde;os cre&iacute;mos que la juventud ser&iacute;a el ariete que derribar&iacute;a las &uacute;ltimas murallas del g&eacute;nero: m&aacute;s educaci&oacute;n, m&aacute;s movilizaci&oacute;n y m&aacute;s igualdad. Pero hoy emerge un hecho inquietante: entre mujeres y hombres j&oacute;venes se est&aacute; configurando una divergencia ideol&oacute;gica que podr&iacute;a pasar a la historia como una de las mayores brechas de g&eacute;nero en valores, voto y concepci&oacute;n de la democracia. No s&oacute;lo es que las mujeres j&oacute;venes participen menos en la pol&iacute;tica institucional: es que sus mapas mentales se est&aacute;n alejando de los de los hombres j&oacute;venes, y ese desplazamiento tiene implicaciones profundas para el futuro democr&aacute;tico.
    </p><p class="article-text">
        Un estudio publicado en&nbsp;<em>European Sociological Review</em>&nbsp;en 2025, basado en m&aacute;s de 460.000 j&oacute;venes de 20 a 29 a&ntilde;os en 32 pa&iacute;ses europeos, documenta que en 11 de esos pa&iacute;ses se ha abierto o agrandado lo que los autores llaman un 'modern youth gender gap' en la autoubicaci&oacute;n ideol&oacute;gica. Las mujeres j&oacute;venes se desplazan hacia la izquierda con mayor rapidez que los hombres, mientras que estos abrazan posiciones, ya no conservadoras, sino reaccionarias en un importante porcentaje. En Espa&ntilde;a, una investigaci&oacute;n de la Universidad Aut&oacute;noma de Madrid confirma que la brecha ideol&oacute;gica en la generaci&oacute;n Z es mayor que en cualquier otra franja de edad y que se explica, sobre todo, por un giro de los hombres j&oacute;venes hacia posiciones m&aacute;s autoritarias.
    </p><p class="article-text">
        Los datos electorales van en la misma direcci&oacute;n. Un estudio de la Universitat Pompeu Fabra muestra que, en las elecciones europeas de 2024, el 21% de los hombres j&oacute;venes vot&oacute; a partidos de extrema derecha, frente al 14% de las mujeres. Los analistas hablan de un fen&oacute;meno nuevo: las chicas se inclinan hacia el progresismo y los valores igualitarios, mientras muchos chicos se escoran a una derecha cada vez m&aacute;s cerrada, incluso reaccionaria. Es un regreso a ideas que la generaci&oacute;n de sus padres y madres crey&oacute; superadas: el liderazgo masculino, la familia tradicional o el desprecio por la agenda feminista o clim&aacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        Esta brecha no se explica por biolog&iacute;a ni por azar, sino por cultura y estructura. La socializaci&oacute;n sigue hablando en masculino. Un estudio del&nbsp;<em>Journal of Social Forces</em>&nbsp;demuestra que entre los 11 y 16 a&ntilde;os los chicos duplican su sensaci&oacute;n de autoeficacia pol&iacute;tica &mdash;la creencia de que su voz puede influir&mdash;, mientras que las chicas apenas avanzan o incluso retroceden. En los debates escolares, ellos hablan m&aacute;s, interrumpen m&aacute;s, son escuchados m&aacute;s. Ellas aprenden pronto que su palabra vale menos, y que la exposici&oacute;n p&uacute;blica tiene un coste, que en la actualidad es extremadamente elevado. Esa pedagog&iacute;a invisible se traduce, a&ntilde;os despu&eacute;s, en trayectorias asim&eacute;tricas: ellos ocupan el espacio pol&iacute;tico con naturalidad; ellas lo transforman desde los m&aacute;rgenes.
    </p><p class="article-text">
        Hay adem&aacute;s una dimensi&oacute;n simb&oacute;lica que no puede obviarse. El entorno digital se ha convertido en un espacio de reafirmaci&oacute;n ideol&oacute;gica donde los hombres j&oacute;venes se organizan en torno a discursos antifeministas, de &ldquo;masculinidad en peligro&rdquo; o de rechazo a la igualdad. No es casual que algunos de los influencers m&aacute;s seguidos entre chicos de 15 a 25 a&ntilde;os sean figuras que promueven valores de dominio, competencia y desprecio por lo vulnerable. En cambio, las mujeres j&oacute;venes han hecho de la red una herramienta de politizaci&oacute;n: desde el movimiento&nbsp;<em>MeToo</em>&nbsp;hasta el activismo clim&aacute;tico, las redes han sido su escenario de poder. Pero ese poder tiene precio. Seg&uacute;n&nbsp;<em>Plan International</em>, una de cada cinco j&oacute;venes en el mundo ha sido intimidada o amenazada en internet por expresar opiniones pol&iacute;ticas. Participar sigue siendo m&aacute;s caro para ellas que para ellos.
    </p><p class="article-text">
        Ante esta realidad, algunos discursos medi&aacute;ticos intentan explicar el giro de los hombres j&oacute;venes hacia la extrema derecha como una reacci&oacute;n &ldquo;comprensible&rdquo; al feminismo. Pero esa indulgencia es peligrosa. No estamos ante j&oacute;venes desorientados, sino ante una masculinidad que, ante el avance de la igualdad, busca reafirmar su antigua hegemon&iacute;a. La radicalizaci&oacute;n no surge del vac&iacute;o: es la forma pol&iacute;tica que adopta el privilegio cuando se siente amenazado.
    </p><p class="article-text">
        Las mujeres j&oacute;venes, en cambio, se han convertido en el principal motor moral del progresismo. Sus posiciones en temas como derechos LGTBI, justicia social, igualdad racial o medioambiente son m&aacute;s avanzadas que las de cualquier otro grupo demogr&aacute;fico. Su politizaci&oacute;n es m&aacute;s &eacute;tica que partidista, m&aacute;s horizontal que jer&aacute;rquica. Pero la pol&iacute;tica institucional no ha sabido traducir ese impulso en representaci&oacute;n real. En muchos partidos, especialmente progresistas, ellas siguen ocupando los m&aacute;rgenes o las tareas de apoyo. Y cuando alcanzan el liderazgo, son tratadas con una severidad que sus pares masculinos rara vez enfrentan.
    </p><p class="article-text">
        No es casual que tantas j&oacute;venes prefieran el activismo al esca&ntilde;o. Como explica la polit&oacute;loga Pippa Norris, las mujeres afrontan el &ldquo;doble coste de la ambici&oacute;n&rdquo;: deben probar competencia y simpat&iacute;a a la vez, bajo el riesgo de ser tildadas de arrogantes si alzan la voz. Esa l&oacute;gica patriarcal expulsa, una y otra vez, la posibilidad de una participaci&oacute;n pol&iacute;tica igualitaria.
    </p><p class="article-text">
        La brecha ideol&oacute;gica entre mujeres y hombres j&oacute;venes no es un asunto menor. Es un s&iacute;ntoma de que la igualdad no est&aacute; consolidada, sino en disputa. Si las mujeres se vuelven m&aacute;s progresistas y los hombres m&aacute;s reaccionarios, el consenso democr&aacute;tico se fractura. Las pol&iacute;ticas de igualdad dejan de ser un proyecto com&uacute;n y pasan a ser un campo de batalla. La democracia pierde equilibrio y el debate p&uacute;blico se llena de ruido y de ira.
    </p><p class="article-text">
        Frente a este panorama, la respuesta no puede ser neutral. La educaci&oacute;n c&iacute;vica debe incorporar una perspectiva de g&eacute;nero que ense&ntilde;e a los ni&ntilde;os a compartir la palabra y a las ni&ntilde;as a confiar en ellas. Las instituciones tienen que ofrecer a las j&oacute;venes los recursos materiales y simb&oacute;licos para convertir su activismo en poder pol&iacute;tico real. Los medios deben dejar de amplificar las narrativas antifeministas que romantizan la reacci&oacute;n. Y la sociedad adulta debe asumir que no se trata de &ldquo;comprender&rdquo; la resistencia masculina, sino de&nbsp;<strong>transformarla</strong>.
    </p><p class="article-text">
        Simone de Beauvoir advirti&oacute; que el opresor no ser&iacute;a tan fuerte si no tuviera c&oacute;mplices entre los oprimidos. Hoy esa advertencia resuena en las redes, en las urnas y en las calles. La brecha ideol&oacute;gica entre mujeres y hombres j&oacute;venes no es el fracaso del feminismo, sino la prueba de su eficacia: est&aacute; moviendo los cimientos. Y como toda revoluci&oacute;n, despierta miedo en quienes siempre ocuparon el centro.
    </p><p class="article-text">
        Pero hay algo profundamente esperanzador en esta fractura. Las mujeres j&oacute;venes est&aacute;n marcando el rumbo moral de su tiempo. Su compromiso con la igualdad, la justicia y la sostenibilidad demuestra que otro futuro es posible. El reto es que ese futuro no sea solo de ellas, sino de todos. Porque si la igualdad se convierte en trinchera, perderemos la democracia entera.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Salvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/brecha-romper-democracia_132_12754847.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 10 Nov 2025 09:02:57 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La brecha que puede romper la democracia]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El día en que me hice mayor]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/dia-hice-mayor_132_12735501.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/73b92fab-d68a-479d-970f-f9d8f426ac6c_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El día en que me hice mayor"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Quiero imaginar un modo diferente de cuidar, más libre, más compartido. Que el cuidado no sea solo una extensión de la feminidad, sino una tarea humana</p></div><p class="article-text">
        No me hice mayor cuando termin&eacute; la carrera, ni cuando empec&eacute; a vivir sola, ni siquiera cuando fui madre. Me hice mayor el d&iacute;a en que la enfermedad entr&oacute; en casa. A veces crecer no tiene que ver con los a&ntilde;os, sino con el modo en que la vida se te rompe en las manos.
    </p><p class="article-text">
        Antes pensaba que ser adulta consist&iacute;a en tomar decisiones, en elegir caminos, en tener una vida propia. Pero la madurez, al menos para m&iacute;, lleg&oacute; desde otro lugar: desde la vulnerabilidad, desde ese primer momento en que entend&iacute; que quienes parec&iacute;an invencibles pod&iacute;an caer. Que el cuerpo &mdash;ese territorio que cre&iacute;a eterno&mdash; tiene fecha de caducidad.
    </p><p class="article-text">
        La enfermedad de un familiar te cambia el mapa del mundo. Todo se reduce demasiado. Lo urgente se impone sobre lo importante. Y t&uacute;, que hasta ayer te cre&iacute;as joven y libre, te descubres repitiendo los gestos de las mujeres que te precedieron. No lo haces porque te lo pidan, sino porque hay algo ancestral que despierta en ti. Algo que se parece al amor, pero que tambi&eacute;n es mandato.
    </p><p class="article-text">
        Ah&iacute;, en ese territorio nuevo del cuidado, entend&iacute; por primera vez lo que hab&iacute;an vivido ellas: mi madre, mi abuela, mis t&iacute;as. Comprend&iacute; el cansancio en sus voces, su manera de hacer y deshacer sin que nadie las viera. Yo que hab&iacute;a crecido creyendo en la libertad, me encontr&eacute; dentro de esa herencia: el deber moral del cuidado, la expectativa invisible de estar siempre disponible.
    </p><p class="article-text">
        No fue una lecci&oacute;n dulce. Nadie te ense&ntilde;a c&oacute;mo seguir siendo t&uacute; cuando la vida de otra persona depende, en parte, de ti. Incluso cuando no sabes c&oacute;mo cuidar a quien cuida. Ni c&oacute;mo sostener el cuerpo de alguien sin que el tuyo se quiebre. 
    </p><p class="article-text">
        Este a&ntilde;o he aprendido a fuerza de golpes lo que significa cuidar. No como un gesto bonito, sino como una prueba de resistencia. Que cuidar no es darlo todo, sino intentar no perderse del todo en el intento.
    </p><p class="article-text">
        Hubo un d&iacute;a &mdash;no s&eacute; por qu&eacute; recuerdo ese d&iacute;a exacto&mdash; en que comprend&iacute; que ya no era la misma. Que quiz&aacute;s el impar, que ya est&aacute; en sus estertores finales, termine devolvi&eacute;ndome en el espejo una nueva versi&oacute;n de m&iacute; que todav&iacute;a no s&eacute; si me gusta. Si me reconozco en ella. Fue ese d&iacute;a, y no otros m&aacute;s dulces e incluso m&aacute;s amargos, cuando entend&iacute; lo que significa la herencia: no la sangre, ni las costumbres, sino los gestos repetidos que se cuelan en ti sin pedir permiso.
    </p><p class="article-text">
        A veces me rebelo contra eso. Quiero imaginar un modo diferente de cuidar, m&aacute;s libre, m&aacute;s compartido. Que el cuidado no sea solo una extensi&oacute;n de la feminidad, sino una tarea humana. Que no recaiga siempre en las mismas espaldas. Pero luego la realidad se impone. Y en ella siempre he visto a una mujer haci&eacute;ndose cargo.
    </p><p class="article-text">
        Pienso mucho en las grietas por las que el feminismo se cuela en lo cotidiano. En esa peque&ntilde;a revoluci&oacute;n que consiste en decir &ldquo;no puedo m&aacute;s&rdquo; sin sentir culpa. En aprender a pedir ayuda, en entender que no todo el amor tiene que doler. No siempre lo consigo. Hay d&iacute;as en que me descubro queriendo hacerlo todo bien, como si cuidar fuera una forma de redenci&oacute;n. Otras veces, me dejo estar.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; eso sea crecer: perder la inocencia de creer que con el amor basta, entender que el cuidado necesita estructuras, redes y tiempo. Que el cari&ntilde;o no sustituye a las pol&iacute;ticas, ni la entrega a las instituciones. Pero tambi&eacute;n descubrir que, a pesar de todo, seguimos eligiendo quedarnos. Que, incluso sabiendo el peso, seguimos tendiendo la mano.
    </p><p class="article-text">
        Recuerdo un verso de Anne Carson que dice: &ldquo;<em>El dolor no tiene medida. Pero s&iacute; memoria</em>.&rdquo; El cuidado tambi&eacute;n tiene memoria: se hereda, se reinterpreta, se cuestiona. Y yo, que antes quer&iacute;a huir de esa herencia, ahora intento transformarla. Quiero cuidar sin desaparecer. Quiero aprender a amar sin asumirlo todo. Quiero creer que la ternura puede ser una fuerza pol&iacute;tica si deja de ser silenciosa.
    </p><p class="article-text">
        A veces pienso que el feminismo empieza justo ah&iacute;: en esa habitaci&oacute;n donde una mujer joven sostiene a un familiar enfermo y se promete que esto, en el futuro, ser&aacute; distinto. Que habr&aacute; un modo m&aacute;s justo, m&aacute;s humano, m&aacute;s compartido de sostener la fragilidad. Y aunque ahora duela, aunque el cansancio cale, en esa promesa se filtra una forma de esperanza.
    </p><p class="article-text">
        No s&eacute; si eso significa hacerse mayor. Tal vez sea solo aprender a mirar el mundo sin filtros, con las manos temblando y los ojos abiertos. Entender que el dolor tambi&eacute;n te construye. Que la memoria de las mujeres de mi familia me ense&ntilde;&oacute; a cuidar, pero yo puedo elegir c&oacute;mo hacerlo. Que crecer no siempre es un proceso feliz, pero s&iacute; profundamente humano.
    </p><p class="article-text">
        Y que, en el fondo, hacerse mayor es esto: descubrir que la vida no se trata de resistir sin descanso, sino de aprender &mdash;por fin&mdash; a cuidar sin perderse.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Salvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/dia-hice-mayor_132_12735501.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 03 Nov 2025 00:00:25 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El día en que me hice mayor]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La igualdad en disputa]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/igualdad-disputa_132_12697062.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0427ecff-26e8-4292-9045-35f886441dd5_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La igualdad en disputa"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">No se trata de heroísmo. Ni de épica. Se trata, simplemente, de no retroceder. De seguir estando. De seguir diciendo. De seguir creyendo que el mundo puede ser más justo si lo empujamos juntas</p></div><p class="article-text">
        Hay momentos en los que una siente que el mundo se ha cansado de avanzar. Que de pronto algo &mdash;o muchos &ldquo;algos&rdquo;&mdash; han tirado del freno de mano de la historia. Y en ese chirrido, en ese retroceso, empiezan a resquebrajarse las certezas que cre&iacute;amos s&oacute;lidas: los derechos conquistados, los discursos asumidos y los pasos dados.
    </p><p class="article-text">
        Vuelvo a leer estos d&iacute;as un fragmento de&nbsp;'Mujer en punto cero<em>'</em>, de Nawal El Saadawi. La protagonista, Firdaus, encerrada en una celda de condena, dice: &ldquo;Nunca he sentido miedo a nada. Solo a volver al principio&rdquo;. Y eso es, exactamente, lo que muchas sentimos hoy. Que nos est&aacute;n empujando, poco a poco, con una sonrisa ambigua y muchas excusas, de vuelta al principio.
    </p><p class="article-text">
        Y no, no es exagerado. No es histeria. No es victimismo. Es la constataci&oacute;n de un giro que ya no se disfraza de equidistancia. La reacci&oacute;n est&aacute; aqu&iacute;: organizada, legitimada y mediatizada. Se dice &ldquo;antifeminista&rdquo; con la misma tranquilidad con la que, hace unos a&ntilde;os, alguien se dec&iacute;a &ldquo;apol&iacute;tico&rdquo;. Como si no afectara a nada. Como si fuera s&oacute;lo una cuesti&oacute;n de opiniones.
    </p><p class="article-text">
        Pero no hablamos de opiniones. Hablamos de vidas. De las vidas de millones de mujeres en el mundo que hoy est&aacute;n viendo retroceder sus derechos. Seg&uacute;n datos de ONU Mujeres, uno de cada cuatro pa&iacute;ses ha dado pasos atr&aacute;s en legislaci&oacute;n y pol&iacute;ticas de igualdad. No hablamos de lugares lejanos o distantes: hablamos de Europa, de Estados Unidos, de nosotras. Hablamos de una regresi&oacute;n que no necesita violencia expl&iacute;cita, porque tiene algoritmos, bulos y votos.
    </p><p class="article-text">
        Aqu&iacute;, en Espa&ntilde;a, y tambi&eacute;n en Arag&oacute;n, el retroceso es m&aacute;s sutil, pero igual de eficaz. Se desfinancian pol&iacute;ticas p&uacute;blicas con la excusa de la eficiencia. Se eliminan consejer&iacute;as de Igualdad como si fueran un capricho ideol&oacute;gico. Se borra la palabra &ldquo;violencia machista&rdquo; de los portales institucionales. No se proh&iacute;be, pero se arrincona. No se niega, pero se minimiza.
    </p><p class="article-text">
        Y mientras tanto, las cifras siguen hablando claro. En lo que va de a&ntilde;o, 45 mujeres han sido asesinadas por sus parejas o exparejas en Espa&ntilde;a. 1.324 desde que empezaron a contarse oficialmente, en 2003. En Arag&oacute;n, la brecha salarial entre hombres y mujeres supera el 24&#8239;%. Las mujeres siguen copando los contratos a tiempo parcial, las excedencias para cuidar, los suelos pegajosos. Las tareas invisibles que sostienen el mundo.
    </p><p class="article-text">
        Pero el dato m&aacute;s dif&iacute;cil de digerir no es num&eacute;rico. Es emocional. Es esa sensaci&oacute;n de haber despertado un d&iacute;a en un pa&iacute;s que ya no reconoce del todo la legitimidad de nuestra lucha. Ese escalofr&iacute;o de saber que el machismo ya no se esconde: se presenta a las elecciones, entra en las aulas, se disfraza de libertad de expresi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Hannah Arendt escribi&oacute; que &ldquo;el mal puede ser banal cuando se convierte en rutina&rdquo;. El machismo tambi&eacute;n. La reacci&oacute;n tambi&eacute;n. No necesita h&eacute;roes, ni m&aacute;rtires. Le basta con el cansancio. Con el &ldquo;bueno, tampoco es para tanto&rdquo;. Con el silencio c&oacute;mplice de quienes no quieren salirse de los m&aacute;rgenes de lo establecido.
    </p><p class="article-text">
        Lo que est&aacute; en juego, y conviene recordarlo, no es s&oacute;lo el derecho al aborto o a una ley que nos proteja de la violencia que sufrimos por el hecho de ser mujeres. Es algo m&aacute;s profundo: el derecho a existir en igualdad sin tener que justificarnos cada vez. A vivir sin miedo. A que nuestra palabra no necesite pruebas. A que la pol&iacute;tica, la justicia, la cultura y la calle no est&eacute;n hechas por y para otros.
    </p><p class="article-text">
        Lo que est&aacute; en juego es nuestra libertad de ser sin pedir permiso. En el sentido estricto y humanista de la palabra &ldquo;libertad&rdquo;, que en este momento &uacute;nicamente ese aplica al capital y al individualismo m&aacute;s feroz.
    </p><p class="article-text">
        Y, sin embargo, en medio de todo esto, hay algo que no se deshace: la conciencia. Esa lucidez dolorosa pero f&eacute;rtil que nos dio el feminismo. Porque el feminismo no fue s&oacute;lo una revoluci&oacute;n pol&iacute;tica. Fue una revoluci&oacute;n del lenguaje, de la mirada, del cuerpo. Nos ense&ntilde;&oacute; a pensar que la culpa no era nuestra. A darnos cuenta de que no est&aacute;bamos solas. A ponerle nombre a la violencia.
    </p><p class="article-text">
        Y una vez que le pones nombre a las cosas, ya no hay marcha atr&aacute;s. Como escribi&oacute; Clarice Lispector: &ldquo;Cuando descubres lo que duele, tambi&eacute;n descubres c&oacute;mo resistir.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        En Arag&oacute;n lo sabemos bien. Desde hace a&ntilde;os, el tejido feminista ha crecido de forma silenciosa pero s&oacute;lida. En las zonas rurales, en las universidades, en los centros sociales, en las instituciones. Hay colectivos que trabajan contra la violencia machista, contra la trata, por una educaci&oacute;n igualitaria. No siempre salen en los peri&oacute;dicos. Pero est&aacute;n ah&iacute;, cada d&iacute;a, sosteniendo el andamiaje de la esperanza.
    </p><p class="article-text">
        Porque esto tambi&eacute;n hay que decirlo: si la reacci&oacute;n es una ola, el feminismo es una ra&iacute;z. Y las ra&iacute;ces no se ven, pero aguantan. Saben esperar. Saben defenderse.
    </p><p class="article-text">
        No se trata de hero&iacute;smo. Ni de &eacute;pica. Se trata, simplemente, de no retroceder. De seguir estando. De seguir diciendo. De seguir creyendo que el mundo puede ser m&aacute;s justo si lo empujamos juntas.
    </p><p class="article-text">
        Volver al principio ser&iacute;a una derrota demasiado alta. Y esta vez, no estamos dispuestas.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Salvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/igualdad-disputa_132_12697062.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 20 Oct 2025 06:34:26 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La igualdad en disputa]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Contra los estereotipos de las mujeres rurales]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/estereotipos-mujeres-rurales_132_12678026.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/659c05ed-b507-4847-8227-97fb9193c638_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Contra los estereotipos de las mujeres rurales"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">No son una categoría social, son un territorio humano y político. No habitan un pasado detenido, sino un presente vibrante</p></div><p class="article-text">
        <em>15 de octubre: D&iacute;a Internacional de las Mujeres Rurales.</em>
    </p><p class="article-text">
        A veces parece que a la mujer rural se la ama m&aacute;s cuanto m&aacute;s lejana se la imagina. Mientras m&aacute;s silenciosa, m&aacute;s valor. Mientras m&aacute;s sacrificada, m&aacute;s &eacute;pica. La queremos de otra &eacute;poca: valiente, s&iacute;, pero sin que moleste; fuerte, pero sin pedir poder; sabia, pero sin molestar a los expertos. La queremos leyendo el cielo, pero no los presupuestos.
    </p><p class="article-text">
        Y sin embargo, hace mucho que las mujeres rurales ya no responden al retrato antiguo. O m&aacute;s bien, hace mucho que nunca lo hicieron. Lo que pasa es que ahora se est&aacute;n hartando de que les digan qui&eacute;nes son.
    </p><p class="article-text">
        En Arag&oacute;n, ellas son m&eacute;dicas que atienden a tres pueblos cada ma&ntilde;ana; ingenieras agr&oacute;nomas que dise&ntilde;an cultivos regenerativos en las llanuras del Jiloca; enfermeras que atienden emergencias por caminos sin asfaltar; docentes que reinventan las escuelas unitarias en el Sobrarbe; empresarias tecnol&oacute;gicas que exportan desde Teruel a toda Europa. Tambi&eacute;n son ganaderas, s&iacute;, y agricultoras, y pastoras, y tractoristas. Pero no solo. Ni por obligaci&oacute;n. Ni como una herencia que no se puede discutir. Son todo eso y mucho m&aacute;s. Y lo eligen.
    </p><p class="article-text">
        Quien no entienda esta pluralidad, no entiende nada.
    </p><p class="article-text">
        Porque las mujeres rurales no son una categor&iacute;a social. Son un territorio humano y pol&iacute;tico. No habitan un pasado detenido, sino un presente vibrante. Y desde ese presente est&aacute;n repensando el mundo, aunque no salgan en la portada de los suplementos dominicales. El problema no es que no existan; el problema es que no se las quiere ver fuera del decorado.
    </p><p class="article-text">
        La condescendencia hacia ellas no es nueva. Pero s&iacute; es cansina. Esa mirada que las nombra como si fueran un patrimonio sentimental: &ldquo;las guardianas del mundo rural&rdquo;, &ldquo;las que sostienen la vida&rdquo;, &ldquo;las que nunca se quejan&rdquo;. Se las homenajea en octubre, se las felicita por &ldquo;no rendirse&rdquo;, y despu&eacute;s se las sigue dejando fuera de la toma de decisiones, de las pol&iacute;ticas agrarias, del dise&ntilde;o de infraestructuras, del relato.
    </p><p class="article-text">
        No necesitan homenajes. Necesitan derechos. Espacios. Recursos. Autonom&iacute;a. Y que se respete la complejidad de sus trayectorias.
    </p><p class="article-text">
        El informe&nbsp;'Ser mujer rural en Arag&oacute;n 2010-2023', elaborado por el Gobierno auton&oacute;mico, muestra avances, s&iacute;, pero tambi&eacute;n l&iacute;mites que no son casuales. Solo el 23&#8239;% de las explotaciones agrarias tienen una mujer como titular, y en muchas de ellas, la toma de decisiones sigue en manos masculinas. Pero lo que el informe no mide &mdash;ni puede medir&mdash; es la brecha simb&oacute;lica: esa que a&uacute;n impide que una joven emprendedora del Maestrazgo sea escuchada con la misma legitimidad que un presidente de cooperativa.
    </p><p class="article-text">
        Y sin embargo, all&iacute; est&aacute;n. Y no desde la &eacute;pica, sino desde la cotidianidad. Fundando empresas, impulsando redes feministas, present&aacute;ndose a alcald&iacute;as, desarrollando software desde pueblos de 300 habitantes. Gestionando, creando, reescribiendo lo que significa vivir en lo rural en el siglo XXI.
    </p><p class="article-text">
        Es dif&iacute;cil no pensar en&nbsp;Chantal Maillard cuando escribe: &ldquo;Nombrar es detener el mundo&rdquo;. Tal vez por eso se resisten a que las nombren desde fuera. Porque saben que cuando las nombran como &ldquo;las de siempre&rdquo;, las est&aacute;n encasillando. Y estas mujeres no quieren ni moldes ni museos. Quieren reconocimiento sin manuales, pol&iacute;ticas sin tutelas, poder sin intermediarios.
    </p><p class="article-text">
        Y es que estas mujeres ya no piden permiso para hablar de s&iacute; mismas. Escriben, debaten, exigen. No como v&iacute;ctimas, sino como sujetas pol&iacute;ticas. No como reliquias, sino como ciudadanas del siglo XXI. No como paisaje, sino como autoras.
    </p><p class="article-text">
        Por eso es urgente que las pol&iacute;ticas p&uacute;blicas las reconozcan en su diversidad. Que dejen de tratarlas como una categor&iacute;a vulnerable y empiecen a construir desde ellas: desde sus demandas, sus formas de entender la sostenibilidad, la econom&iacute;a circular, el arraigo y el futuro. No se trata de llevar igualdad a lo rural. Se trata de descubrir que ya est&aacute; all&iacute;, pero en otra lengua, en otro ritmo, con otro enfoque.
    </p><p class="article-text">
        Las mujeres rurales no son como se las define. Y menos mal.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Salvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/estereotipos-mujeres-rurales_132_12678026.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 13 Oct 2025 04:00:58 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Contra los estereotipos de las mujeres rurales]]></media:title>
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