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    <title><![CDATA[elDiario.es - Natalia Salvo]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/natalia-salvo/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Natalia Salvo]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[La adolescente que vio avanzar los derechos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/adolescente-vio-avanzar-derechos_132_13264344.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2551da4f-7d6e-48c4-9ed0-c7085e8b3831_16-9-discover-aspect-ratio_default_1144236.jpg" width="4159" height="2339" alt="La adolescente que vio avanzar los derechos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Cuando el matrimonio igualitario se convirtió en ley, no lo vivimos como algo ajeno. Era, de algún modo, la traducción institucional de algo que ya estaba ocurriendo en nuestras vidas</p></div><p class="article-text">
        Hay generaciones que heredan certezas. La m&iacute;a hered&oacute; un cambio.
    </p><p class="article-text">
        Yo era adolescente cuando Espa&ntilde;a aprob&oacute; el matrimonio igualitario. No ten&iacute;a todav&iacute;a todas las palabras &mdash;ni la conciencia social completa&mdash;, pero s&iacute; ten&iacute;a algo m&aacute;s importante: la intuici&oacute;n de que algo profundo estaba ocurriendo. Que el mundo, tal y como nos lo hab&iacute;an contado, no era inamovible. Que los derechos no eran un punto de llegada lejano, sino algo que pod&iacute;a conquistarse aqu&iacute; y ahora, delante de nuestros ojos.
    </p><p class="article-text">
        Hoy, cuando comienza junio y con &eacute;l el mes del Orgullo, me sorprendo queriendo empezar justo desde ah&iacute;. No desde lo que falta &mdash;que es mucho&mdash;, sino desde lo que fuimos capaces de hacer. Porque a veces olvidamos lo que signific&oacute; vivir aquel momento desde la adolescencia: mirar el presente con la sensaci&oacute;n de que el futuro no era una promesa abstracta, sino una construcci&oacute;n en marcha.
    </p><p class="article-text">
        Recuerdo los patios de recreo. Espacios que, con demasiada frecuencia, eran hostiles para quienes se sal&iacute;an de la norma. Recuerdo tambi&eacute;n a las amigas &mdash;a tantas&mdash; que se colocaban al lado, sin dudar, sosteniendo a quienes eran se&ntilde;alados, respondiendo a la burla y poniendo palabras donde otros impon&iacute;an silencio. No lo llam&aacute;bamos sororidad entonces, pero lo era. No lo entend&iacute;amos como activismo, pero lo era.
    </p><p class="article-text">
        Hab&iacute;a una conciencia intuitiva de la injusticia. Y una certeza: no &iacute;bamos a mirar hacia otro lado.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; por eso, cuando el matrimonio igualitario se convirti&oacute; en ley, no lo vivimos como algo ajeno. Era, de alg&uacute;n modo, la traducci&oacute;n institucional de algo que ya estaba ocurriendo en nuestras vidas. De amistades que hab&iacute;an ense&ntilde;ado a resistir, de conversaciones que hab&iacute;an ensanchado los m&aacute;rgenes y de v&iacute;nculos que hab&iacute;an hecho evidente que no hab&iacute;a nada que justificar.
    </p><p class="article-text">
        Recuerdo tambi&eacute;n la emoci&oacute;n. La sensaci&oacute;n &mdash;dif&iacute;cil de explicar ahora sin caer en la nostalgia&mdash; de estar viviendo en un pa&iacute;s que avanzaba. Que se atrev&iacute;a. Que reconoc&iacute;a derechos de manera pionera a quienes hab&iacute;an sido hist&oacute;ricamente relegados a los m&aacute;rgenes. No era ingenuidad. Era, m&aacute;s bien, una forma de esperanza muy concreta.
    </p><p class="article-text">
        Porque crecer en ese contexto dej&oacute; huella.
    </p><p class="article-text">
        Nos ense&ntilde;&oacute; que los derechos no son inmutables, pero tampoco lo son las desigualdades. Que lo que parec&iacute;a imposible pod&iacute;a dejar de serlo si hab&iacute;a suficiente convicci&oacute;n colectiva. Que las leyes importan, s&iacute;, pero tambi&eacute;n las vidas que las empujan.
    </p><p class="article-text">
        Y nos ense&ntilde;&oacute; algo m&aacute;s: que las luchas nunca son aisladas.
    </p><p class="article-text">
        Muchos hombres homosexuales &mdash;tantos&mdash; han estado siempre en las luchas feministas, sosteniendo, acompa&ntilde;ando y empujando. Las mujeres, por su parte, hemos sido, muchas veces, el primer refugio para quienes sufr&iacute;an la violencia de la norma. No como un gesto heroico, sino como una forma natural de estar en el mundo. De entender que la libertad de unas est&aacute; profundamente ligada a la libertad de otros.
    </p><p class="article-text">
        A veces pienso en aquella joven que fui. En c&oacute;mo miraba el futuro. No desde la idea de que otro mundo era posible, sino desde la convicci&oacute;n &mdash;mucho m&aacute;s potente&mdash; de que lo est&aacute;bamos cambiando.
    </p><p class="article-text">
        Esa certeza no era arrogancia. Era experiencia.
    </p><p class="article-text">
        Hoy, con m&aacute;s a&ntilde;os, con m&aacute;s matices y tambi&eacute;n con m&aacute;s conciencia de lo que queda por hacer, sigo pensando que hay algo profundamente valioso en recuperar esa mirada. No para instalarnos en la complacencia, sino para no olvidar de d&oacute;nde venimos. Para reconocer que los avances no son inevitables, pero s&iacute; posibles. Que hubo quienes lucharon cuando no era f&aacute;cil, quienes no cedieron, quienes abrieron camino.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; por eso este inicio de junio quiero dedicarlo a ese recuerdo. A ese momento en el que el pa&iacute;s se mir&oacute; a s&iacute; mismo y decidi&oacute; ser m&aacute;s justo. A quienes hicieron posible que muchas vidas pudieran ser vividas con m&aacute;s dignidad. A quienes sostuvieron, acompa&ntilde;aron y resistieron.
    </p><p class="article-text">
        Y tambi&eacute;n a esa generaci&oacute;n que creci&oacute; sabiendo que los derechos no eran un sue&ntilde;o lejano, sino algo que pod&iacute;a tocarse.
    </p><p class="article-text">
        Porque, en el fondo, de eso va el Orgullo.
    </p><p class="article-text">
        De memoria. De conquista. Y de la certeza &mdash;que entonces era casi una evidencia&mdash; de que el mundo, a veces, s&iacute; cambia.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Salvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/adolescente-vio-avanzar-derechos_132_13264344.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 01 Jun 2026 21:59:39 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La adolescente que vio avanzar los derechos]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Gaza: la vida sostenida por mujeres]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/gaza-vida-sostenida-mujeres_132_13246125.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/8c9a8274-98e9-4b57-b8e3-a7c33fe7e2e8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Gaza: la vida sostenida por mujeres"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Según Unicef, la infancia en Gaza se encuentra en una situación de vulnerabilidad extrema, y son las mujeres quienes, en condiciones límite, están asumiendo en solitario el sostenimiento de la vida</p></div><p class="article-text">
        Hay algo profundamente inquietante en la facilidad con la que el lenguaje se adapta a la barbarie. Nos hemos acostumbrado a hablar de &ldquo;conflicto&rdquo;, &ldquo;escalada&rdquo; o &ldquo;crisis humanitaria&rdquo;, como si esas palabras pudieran contener lo que est&aacute; ocurriendo en Gaza. Como si nombrarlo de otra manera no fuera, en el fondo, una forma de evitar mirarlo de frente.
    </p><p class="article-text">
        Esta semana, en torno al 24 de mayo, se conmemora el D&iacute;a Internacional de las Mujeres por la Paz y el Desarme. Pero hablar hoy de paz sin hablar de Gaza resulta, como m&iacute;nimo, insuficiente. Porque si algo evidencia este momento es la distancia obscena entre los discursos internacionales y las condiciones reales de la vida.
    </p><p class="article-text">
        En Gaza, el genocidio no es un episodio: es un sistema que atraviesa todos los &aacute;mbitos de la existencia. Y, como en todos los contextos de violencia sostenida, no impacta de la misma manera en toda la poblaci&oacute;n. Las mujeres y las ni&ntilde;as no s&oacute;lo est&aacute;n expuestas a la destrucci&oacute;n generalizada, sino que soportan una carga espec&iacute;fica, estructural y sistem&aacute;ticamente invisibilizada.
    </p><p class="article-text">
        Los datos son claros. Seg&uacute;n ONU Mujeres, m&aacute;s de la mitad de la poblaci&oacute;n afectada en Gaza son mujeres y ni&ntilde;as. A esto se suma una realidad que rara vez ocupa titulares: miles de mujeres embarazadas est&aacute;n viviendo el conflicto sin acceso a atenci&oacute;n sanitaria adecuada, en un sistema de salud colapsado. Dar a luz en estas condiciones no es una excepci&oacute;n, es una constante.
    </p><p class="article-text">
        Pero el genocidio no se expresa &uacute;nicamente en los momentos m&aacute;s extremos. Tambi&eacute;n lo hace en lo cotidiano, en aquello que deja de ser posible. En la imposibilidad de garantizar alimentos, agua, higiene o seguridad para quienes dependen de ti. Y ah&iacute;, de nuevo, aparece una evidencia que no es nueva, pero s&iacute; sistem&aacute;ticamente ignorada: son las mujeres quienes, en la mayor&iacute;a de los casos, sostienen la supervivencia diaria.
    </p><p class="article-text">
        No se trata de una narrativa rom&aacute;ntica del cuidado. Se trata de una constataci&oacute;n material. Seg&uacute;n Unicef, la infancia en Gaza se encuentra en una situaci&oacute;n de vulnerabilidad extrema, y son las mujeres quienes, en condiciones l&iacute;mite, est&aacute;n asumiendo en solitario el sostenimiento de la vida. Cuidar en medio de la destrucci&oacute;n no es un gesto simb&oacute;lico, es una pr&aacute;ctica concreta que implica tomar decisiones constantes en contextos de escasez absoluta.
    </p><p class="article-text">
        Hay un verso de Mahmoud Darwish que se ha citado hasta el cansancio, pero que en este contexto recupera todo su sentido: &ldquo;Sobre esta tierra hay algo que merece vivir&rdquo;. La pregunta es qui&eacute;n est&aacute; haciendo posible que ese &ldquo;algo&rdquo; siga existiendo.
    </p><p class="article-text">
        Y la respuesta, aunque inc&oacute;moda, es evidente.
    </p><p class="article-text">
        El problema es que ese trabajo &mdash;sostener la vida&mdash; no se traduce en poder. Las mujeres aparecen en las estad&iacute;sticas, pero no en las mesas de negociaci&oacute;n. Son consideradas poblaci&oacute;n vulnerable, pero no agentes pol&iacute;ticas. Sin embargo, la evidencia internacional lleva a&ntilde;os se&ntilde;alando lo contrario: cuando las mujeres participan en procesos de paz, los acuerdos son m&aacute;s duraderos, inclusivos y sostenibles. Lo recoge Naciones Unidas desde la Resoluci&oacute;n 1325, y lo confirman m&uacute;ltiples evaluaciones posteriores.
    </p><p class="article-text">
        La contradicci&oacute;n es, por tanto, dif&iacute;cil de sostener: quienes garantizan la continuidad de la vida quedan fuera de los espacios donde se decide su futuro.
    </p><p class="article-text">
        En paralelo, el relato dominante sigue desplazando el foco. Se habla de geopol&iacute;tica, de equilibrios estrat&eacute;gicos, de intereses internacionales. Todo ello es relevante, sin duda. Pero hay algo profundamente problem&aacute;tico en un an&aacute;lisis que puede explicarlo todo y, al mismo tiempo, dejar fuera lo esencial: c&oacute;mo se vive &mdash;y qui&eacute;n sostiene&mdash; la vida en medio de la barbarie.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; por eso la cultura, en ocasiones, consigue decir lo que el discurso pol&iacute;tico no alcanza. En la obra de Darwish, pero tambi&eacute;n en los relatos contempor&aacute;neos de mujeres palestinas, hay una insistencia en lo concreto, en lo cotidiano, en aquello que no suele aparecer en los informes. No es una cuesti&oacute;n est&eacute;tica, es una forma de resistencia: nombrar la vida cuando todo empuja hacia su negaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Hablar de paz, en este contexto, no puede ser un ejercicio ret&oacute;rico. Implica asumir que la paz no es s&oacute;lo la ausencia de violencia armada, sino la existencia de condiciones que permitan vivir con dignidad. Implica, tambi&eacute;n, reconocer que sin incorporar a las mujeres como sujetas pol&iacute;ticas &mdash;no s&oacute;lo como destinatarias de ayuda&mdash; cualquier soluci&oacute;n ser&aacute; parcial.
    </p><p class="article-text">
        Y, sobre todo, implica no apartar la mirada.
    </p><p class="article-text">
        Porque hay algo que atraviesa todo esto y que resulta especialmente inc&oacute;modo: la normalizaci&oacute;n. La capacidad de seguir adelante mientras otras vidas quedan suspendidas en un presente de destrucci&oacute;n permanente. La tentaci&oacute;n de pensar que ocurre lejos, que no nos interpela. Pero s&iacute; lo hace.
    </p><p class="article-text">
        Nos interpela en la forma en que nombramos lo que ocurre. En lo que decidimos ver y en lo que dejamos fuera. En la manera en que construimos &mdash;o evitamos&mdash; una posici&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Este 24 de mayo no necesita m&aacute;s declaraciones. Necesita, al menos, un m&iacute;nimo de honestidad. Nombrar lo que est&aacute; pasando. Reconocer a quienes sostienen la vida en condiciones imposibles.
    </p><p class="article-text">
         Y asumir que la paz no ser&aacute; tal si no incluye a quienes, incluso en medio de la destrucci&oacute;n total, siguen haciendo posible que la vida contin&uacute;e.
    </p><p class="article-text">
        Porque mientras el mundo debate, hay una realidad que no espera.
    </p><p class="article-text">
        Y en Gaza, hoy, esa realidad tiene rostro de mujer.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Salvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/gaza-vida-sostenida-mujeres_132_13246125.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 25 May 2026 04:00:41 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Mientras suena la música, alguien mantiene el ritmo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/suena-musica-alguien-mantiene-ritmo_132_13227947.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/bd75d3a7-e6f0-4af5-ad43-c7202422675e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Mientras suena la música, alguien mantiene el ritmo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Como profesional de la igualdad, sé que la corresponsabilidad no es un concepto abstracto. Es una práctica cotidiana, concreta, que requiere cambios reales en cómo distribuimos el tiempo, la responsabilidad y la preocupación. Pero como mujer sé también que no basta con saberlo. Hace falta convicción. Propia y colectiva</p></div><p class="article-text">
        Hay un momento muy concreto del a&ntilde;o en el que todo parece comenzar de nuevo. La primavera se estira, casi agotada, y deja paso a las primeras fiestas de los pueblos. Las calles se llenan de sillas en las puertas, de conversaciones largas y de ni&ntilde;as y ni&ntilde;os corriendo sin hora. Hay algo profundamente hermoso en esa escena: la comunidad que se reconoce, el tiempo que se desacelera y la vida que se hace visible.
    </p><p class="article-text">
        Pero hay otra escena, menos visible, que tambi&eacute;n ocurre al mismo tiempo.
    </p><p class="article-text">
        Mientras la plaza se llena, alguien ha pensado qu&eacute; se come, qui&eacute;n recoge, qui&eacute;n lleva la muda de repuesto, qui&eacute;n coge la crema solar, qui&eacute;n calcula si habr&aacute; suficiente hielo o qui&eacute;n se anticipa al cansancio ajeno. No se ve, pero sostiene. No se nombra, pero organiza. No se celebra, pero permite que todo lo dem&aacute;s suceda.
    </p><p class="article-text">
        La carga mental de los cuidados no descansa en vacaciones. Ni en fiestas. Quiz&aacute;, incluso, se intensifica.
    </p><p class="article-text">
        A veces pienso en c&oacute;mo hemos llegado hasta aqu&iacute;. Mi generaci&oacute;n &mdash;las nacidas en los noventa&mdash; creci&oacute; con la promesa de una vida distinta. Nos dijeron que podr&iacute;amos ser lo que quisi&eacute;ramos, que estudiar nos abrir&iacute;a puertas y que la independencia era una conquista posible. Y lo fue, en muchos sentidos. Nos hicimos mayores casi sin darnos cuenta. Cambiamos de ciudad, de trabajo, de certezas. Aprendimos a sostenernos.
    </p><p class="article-text">
        Y, de repente, somos madres.
    </p><p class="article-text">
        No hay un momento exacto en el que eso sucede del todo. Es m&aacute;s bien un desplazamiento lento, casi imperceptible. Un d&iacute;a te descubres organizando una mochila que no es la tuya. Pensando en horarios que ya no te pertenecen del todo. Midiendo el tiempo de otra manera. Como si la vida se hubiera expandido y, al mismo tiempo, comprimido.
    </p><p class="article-text">
        Hay algo de v&eacute;rtigo en esa transici&oacute;n. Pero tambi&eacute;n hay una conciencia distinta. No nos relacionamos con la maternidad como lo hicieron nuestras madres &mdash;no porque ellas lo hicieran mal, sino porque el contexto es otro, porque el mundo ha cambiado y nosotras con &eacute;l. Tenemos otras preguntas, otras exigencias y otras formas de mirar.
    </p><p class="article-text">
        Queremos cuidar. Pero tambi&eacute;n queremos estar. Estar en nuestras vidas, en nuestras decisiones, en nuestros proyectos. Queremos tiempo propio sin sentir que estamos fallando en alg&uacute;n lugar. Queremos no tener que elegir constantemente entre lo que somos y lo que se espera que seamos.
    </p><p class="article-text">
        Y, sin embargo, la inercia es poderosa.
    </p><p class="article-text">
        La carga mental sigue encontrando su camino. A veces de forma sutil, casi imperceptible. No siempre es una imposici&oacute;n expl&iacute;cita. A veces es una expectativa que flota, que se cuela en lo cotidiano, que se instala sin hacer ruido. &iquest;Lo hacemos porque queremos o porque aprendimos que deb&iacute;a ser as&iacute;? No siempre es f&aacute;cil responder.
    </p><p class="article-text">
        Me viene a la cabeza un verso de Idea Vilari&ntilde;o: &ldquo;Ya no ser&aacute;, ya no, no viviremos juntos&rdquo;. No por la literalidad, sino por esa forma de nombrar lo que cambia, lo que ya no puede ser como antes. Hay algo de eso en nuestra manera de habitar los cuidados. Sabemos que no queremos reproducir ciertos esquemas. Sabemos que algo tiene que ser distinto. Pero todav&iacute;a estamos aprendiendo c&oacute;mo.
    </p><p class="article-text">
        En las fiestas de los pueblos, mientras cae la tarde y empieza a sonar la m&uacute;sica, observo esas dos capas que conviven. La visible y la invisible. La celebraci&oacute;n y la organizaci&oacute;n silenciosa que la sostiene. Y pienso que la igualdad, a veces, se juega precisamente ah&iacute;. No en los grandes discursos &mdash;que tambi&eacute;n&mdash;, sino en qui&eacute;n piensa, qui&eacute;n recuerda y qui&eacute;n anticipa.
    </p><p class="article-text">
        Como profesional de la igualdad, s&eacute; que la corresponsabilidad no es un concepto abstracto. Es una pr&aacute;ctica cotidiana, concreta, que requiere cambios reales en c&oacute;mo distribuimos el tiempo, la responsabilidad y la preocupaci&oacute;n. Pero como mujer &mdash;y, ahora, como madre&mdash; s&eacute; tambi&eacute;n que no basta con saberlo.
    </p><p class="article-text">
        Hace falta convicci&oacute;n. Propia y colectiva.
    </p><p class="article-text">
        Convicci&oacute;n para comprender que no es posible llegar a todo. Para no sostenerlo todo. Para compartir de verdad, no s&oacute;lo las tareas visibles, sino tambi&eacute;n esa arquitectura invisible que las hace posibles. Convicci&oacute;n para redefinir qu&eacute; significa cuidar y c&oacute;mo queremos hacerlo. Convicci&oacute;n, tambi&eacute;n, para &ldquo;no juzgarnos sin tiempo&rdquo;, como escrib&iacute;a el gran Benedetti.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; nuestra generaci&oacute;n est&eacute; en ese tr&aacute;nsito. Entre lo heredado y lo que todav&iacute;a no tiene nombre. Entre la gratitud hacia quienes nos precedieron y la necesidad de abrir otros caminos.
    </p><p class="article-text">
        Mientras tanto, la vida sigue. La m&uacute;sica suena. Las calles se llenan. Y en alg&uacute;n lugar, alguien est&aacute; pensando en todo lo que falta para que esa escena sea posible.
    </p><p class="article-text">
        Tal vez la igualdad consista, tambi&eacute;n, en que ese alguien deje de ser siempre la misma.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Salvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/suena-musica-alguien-mantiene-ritmo_132_13227947.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 18 May 2026 04:00:55 +0000]]></pubDate>
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    <item>
      <title><![CDATA[La igualdad pendiente en el Aragón rural]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/igualdad-pendiente-aragon-rural_132_13203162.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/46c28e3b-43fc-4b12-a4e4-d0d52648adcc_16-9-discover-aspect-ratio_default_1128425.jpg" width="889" height="500" alt="La igualdad pendiente en el Aragón rural"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La reivindicación de un Estatuto de las Mujeres Rurales de Aragón no es casual, sino sintomática. Responde a una necesidad reconocida desde hace años: dotar de marco propio a una realidad que no puede seguir abordándose desde categorías generales</p></div><p class="article-text">
        Arag&oacute;n no es un territorio homog&eacute;neo. Es, m&aacute;s bien, un mosaico de distancias, silencios y resistencias. Y en ese mapa irregular, la igualdad no avanza al mismo ritmo en todos los lugares. Tampoco la prevenci&oacute;n y erradicaci&oacute;n de la violencia de g&eacute;nero. Hablar de Arag&oacute;n en clave de igualdad exige, por tanto, afinar la mirada: no basta con los datos agregados ni con los discursos generales. Hay que descender al territorio, a los pueblos, a las comarcas donde la vida cotidiana sigue atravesada por inercias que no siempre se nombran.
    </p><p class="article-text">
        Porque en el medio rural aragon&eacute;s &mdash;que no es un residuo del pasado, sino un presente vivo, diverso y complejo&mdash; persisten formas de desigualdad que condicionan la libertad y la autonom&iacute;a de las mujeres. La dispersi&oacute;n geogr&aacute;fica, la escasez de recursos especializados, la falta de anonimato o la dependencia de redes sociales densas no son factores menores: configuran un contexto especialmente delicado cuando hablamos de violencia de g&eacute;nero. Denunciar no es s&oacute;lo un acto jur&iacute;dico; es, en muchos casos, una ruptura vital que implica enfrentarse a la mirada de todo un entorno.
    </p><p class="article-text">
        En este contexto, la reivindicaci&oacute;n de un Estatuto de las Mujeres Rurales de Arag&oacute;n no es casual, sino sintom&aacute;tica. Responde a una necesidad reconocida desde hace a&ntilde;os: dotar de marco propio a una realidad que no puede seguir abord&aacute;ndose desde categor&iacute;as generales. Sin embargo, el hecho de que siga siendo una demanda &mdash;y no una herramienta efectiva&mdash; vuelve a poner sobre la mesa una constante en las pol&iacute;ticas de igualdad: la distancia entre el diagn&oacute;stico compartido y la respuesta estructural. Porque reconocer no es suficiente si no se traduce en derechos garantizados, recursos sostenidos y pol&iacute;ticas que lleguen, de verdad, a cada rinc&oacute;n del territorio.
    </p><p class="article-text">
        En Arag&oacute;n, la realidad municipal obliga a pensar la igualdad &mdash;y, en particular, la prevenci&oacute;n de la violencia de g&eacute;nero&mdash; en t&eacute;rminos de proximidad real, capilaridad y sostenibilidad de los recursos. No se trata de cuestionar los marcos existentes, sino de garantizar que despliegan toda su eficacia all&iacute; donde la intervenci&oacute;n no puede apoyarse en estructuras estables ni en servicios especializados cercanos. En estos contextos, la atenci&oacute;n psicol&oacute;gica, jur&iacute;dica y social requiere f&oacute;rmulas flexibles, una coordinaci&oacute;n interinstitucional s&oacute;lida y continuidad en el tiempo, evitando que la prevenci&oacute;n dependa de acciones aisladas o de esfuerzos individuales que, siendo imprescindibles, no pueden sustituir a una respuesta p&uacute;blica estructurada.
    </p><p class="article-text">
        Aqu&iacute; el Pacto de Estado contra la Violencia de G&eacute;nero ha supuesto una oportunidad clave para reforzar la intervenci&oacute;n en el &aacute;mbito local. Sin embargo, su despliegue en territorios rurales plantea interrogantes que no pueden obviarse: &iquest;hasta qu&eacute; punto los recursos llegan con la suficiente estabilidad? &iquest;Qu&eacute; margen real tienen los peque&ntilde;os ayuntamientos para sostener pol&iacute;ticas continuadas m&aacute;s all&aacute; de la financiaci&oacute;n finalista?
    </p><p class="article-text">
        Pero los desaf&iacute;os no se agotan en la intervenci&oacute;n frente a la violencia. La igualdad, entendida en sentido amplio, sigue encontrando obst&aacute;culos en &aacute;mbitos como el empleo, la corresponsabilidad o la participaci&oacute;n. Arag&oacute;n arrastra una segregaci&oacute;n laboral persistente y una feminizaci&oacute;n de los cuidados que limita las trayectorias vitales de muchas mujeres. En el medio rural, las din&aacute;micas se intensifican: menos oportunidades laborales, mayor peso de los roles tradicionales y una oferta de servicios que no siempre permite conciliar sin renuncias.
    </p><p class="article-text">
        Frente a ello, las pol&iacute;ticas p&uacute;blicas no pueden conformarse con la inercia. Es necesario reforzar los mecanismos de evaluaci&oacute;n y, sobre todo, apostar por intervenciones que vayan m&aacute;s all&aacute; de lo simb&oacute;lico o puntual. La igualdad no se construye &uacute;nicamente con campa&ntilde;as concretas ni con declaraciones institucionales: requiere planificaci&oacute;n, recursos y voluntad pol&iacute;tica sostenida.
    </p><p class="article-text">
        Hay, adem&aacute;s, un tema que merece ser abordado con honestidad: el riesgo de la complacencia. Arag&oacute;n ha avanzado en materia de igualdad, sin duda. Pero ese avance no puede convertirse en un relato autocomplaciente que invisibilice las brechas que persisten. Reconocer lo conseguido es compatible con se&ntilde;alar lo que falta. Y lo que falta, en muchos casos, tiene que ver con la capacidad de adaptar las pol&iacute;ticas a la diversidad real del territorio.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; uno de los mayores retos sea precisamente ese: abandonar la idea de que existe una &uacute;nica forma de abordar la igualdad. Escuchar m&aacute;s, intervenir mejor y medir con rigor. Y, sobre todo, situar a las mujeres &mdash;tambi&eacute;n a las mujeres rurales, tambi&eacute;n a las m&aacute;s invisibilizadas&mdash; en el centro de las decisiones.
    </p><p class="article-text">
        Porque la igualdad no es un horizonte abstracto. Es una cuesti&oacute;n profundamente concreta, que se juega en cada pueblo, en cada casa y en cada rinc&oacute;n. Y en Arag&oacute;n, como en tantos lugares, todav&iacute;a queda camino por recorrer. Un camino que exige menos ret&oacute;rica y m&aacute;s compromiso. Menos distancia y m&aacute;s presencia. Menos generalidades y m&aacute;s territorio.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Salvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/igualdad-pendiente-aragon-rural_132_13203162.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 11 May 2026 04:00:36 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La igualdad pendiente en el Aragón rural]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Aquello que hicimos y hoy sabemos que importaba]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/hicimos-hoy-importaba_132_13198259.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c6c5f59a-2bad-4af1-8bf9-fefd81278173_16-9-discover-aspect-ratio_default_1142383.jpg" width="1600" height="900" alt="Aquello que hicimos y hoy sabemos que importaba"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Estábamos contribuyendo a fijar un marco, a ordenar prioridades y a reconocer derechos. A decir —de manera colectiva— que la igualdad no era un gesto ni una aspiración, sino una política pública que debía sostenerse en el tiempo</p></div><p class="article-text">
        Hay experiencias que no se comprenden del todo mientras se viven. Quedan suspendidas en una especie de presente continuo, hechas de urgencias, decisiones r&aacute;pidas y una intuici&oacute;n que apenas alcanza a nombrarse. S&oacute;lo con el tiempo &mdash;cuando baja el ruido y se ordena la memoria&mdash; adquieren forma, sentido, incluso belleza. A m&iacute; me ha pasado con aquella primavera de 2016 en la que comenzamos el proceso de participaci&oacute;n ciudadana para la elaboraci&oacute;n de la primera ley de igualdad aragonesa.
    </p><p class="article-text">
        Entonces no lo sab&iacute;a. O, al menos, no con la claridad con la que hoy lo puedo decir. &Eacute;ramos muchas personas, m&aacute;s de cien entidades, instituciones, profesionales, expertas, feministas, empujando en una misma direcci&oacute;n. Casi cuatrocientas aportaciones que no eran s&oacute;lo documentos, sino voces, trayectorias, miradas sobre lo que Arag&oacute;n necesitaba ser en materia de igualdad. Hab&iacute;a algo profundamente democr&aacute;tico &mdash;y tambi&eacute;n profundamente humano&mdash; en aquella forma de construir. Pero en aquel momento lo inmediato ocupaba todo el espacio. Como dec&iacute;a Mafalda, &ldquo;lo urgente no siempre deja paso a lo importante&rdquo;. Y nosotras est&aacute;bamos, sobre todo, resolviendo lo urgente.
    </p><p class="article-text">
        Llegu&eacute; al Instituto Aragon&eacute;s de la Mujer con apenas veinticinco a&ntilde;os. Con m&aacute;s incertidumbres que miedos. Hoy, diez a&ntilde;os despu&eacute;s, dir&iacute;a que tengo m&aacute;s miedos y menos incertidumbres. Quiz&aacute; porque entonces no sab&iacute;a todo lo que pod&iacute;a salir mal. Quiz&aacute; porque la inconsciencia &mdash;o esa forma luminosa de no saber del todo&mdash; tambi&eacute;n protege. O quiz&aacute; porque la responsabilidad pesa distinto cuando se mira hacia atr&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        No s&eacute; si he sabido nombrar alguna vez lo que supuso para m&iacute; ocupar aquel lugar. La confianza depositada, el v&eacute;rtigo de decidir, la necesidad de sostener equipos en medio de una tarea que no siempre era visible, pero s&iacute; profundamente transformadora. Aprend&iacute; r&aacute;pido &mdash;a veces demasiado r&aacute;pido&mdash; y me equivoqu&eacute;, claro que me equivoqu&eacute;. Pero tambi&eacute;n acertamos. Y eso, con el tiempo, se vuelve importante.
    </p><p class="article-text">
        Porque hay algo que entonces no &eacute;ramos del todo conscientes de estar haciendo: dejar impronta. No en el sentido grandilocuente que a veces se le da a esa palabra, sino en algo mucho m&aacute;s sencillo y, a la vez, m&aacute;s profundo. Est&aacute;bamos contribuyendo a fijar un marco, a ordenar prioridades y a reconocer derechos. A decir &mdash;de manera colectiva&mdash; que la igualdad no era un gesto ni una aspiraci&oacute;n, sino una pol&iacute;tica p&uacute;blica que deb&iacute;a sostenerse en el tiempo.
    </p><p class="article-text">
        Recuerdo especialmente ese proceso de participaci&oacute;n. La escucha, a veces inc&oacute;moda; el contraste de posiciones; la riqueza de quienes ven&iacute;an de lugares distintos y, sin embargo, compart&iacute;an un diagn&oacute;stico de fondo. No fue un proceso perfecto &mdash;ninguno lo es&mdash;, pero s&iacute; fue honesto. Y eso, en pol&iacute;tica p&uacute;blica, no es poco.
    </p><p class="article-text">
        Con los a&ntilde;os he entendido que aquella experiencia fue &uacute;nica. No s&oacute;lo por su dimensi&oacute;n t&eacute;cnica o institucional, sino por lo que supuso en t&eacute;rminos personales. Crecer en responsabilidad, aprender a decidir sin certezas absolutas y sostener la duda sin paralizarme. Y, sobre todo, confiar. Confiar en los equipos, en el criterio compartido y en la inteligencia colectiva.
    </p><p class="article-text">
        A quienes confiaron en m&iacute; entonces, incluso cuando yo misma no ten&iacute;a todas las respuestas, s&oacute;lo puedo responder con gratitud. A quienes creyeron en mi criterio, aun sabiendo que estaba en construcci&oacute;n. A los equipos que me acompa&ntilde;aron &mdash;y que hicieron posible mucho m&aacute;s de lo que se ve&mdash;, gracias por sostener, por empujar y por estar. Tambi&eacute;n a mis errores, que me obligaron a aprender sin atajos. Y a esos aciertos, pocos o muchos, que hoy puedo reconocer sin necesidad de exagerarlos.
    </p><p class="article-text">
        A veces pienso en esta ley de igualdad aragonesa como en una obra que nunca se termina del todo. Una estructura que necesita ser habitada, aplicada y defendida. Ojal&aacute; dure muchos a&ntilde;os. Ojal&aacute; siga siendo &uacute;til. Ojal&aacute; quienes la trabajen dentro de otros diez, de otros veinte a&ntilde;os, puedan decir que ah&iacute; hubo algo que mereci&oacute; la pena.
    </p><p class="article-text">
        Yo, al menos, hoy lo s&eacute;. Aunque entonces no lo supiera.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Salvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/hicimos-hoy-importaba_132_13198259.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 05 May 2026 22:14:02 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Aquello que hicimos y hoy sabemos que importaba]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Una tierra sostenida por mujeres]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/tierra-sostenida-mujeres_132_13174403.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/3c805808-5f62-41e8-a918-2329548c09a2_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una tierra sostenida por mujeres"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Aragón no es sólo un territorio. Es una forma de sostener. Y en esa forma de sostener han estado siempre las mujeres, aunque rara vez hayan ocupado el centro del relato</p></div><p class="article-text">
        Hay d&iacute;as que pasan, pero no se van del todo. El D&iacute;a de Arag&oacute;n deja siempre algo suspendido en el aire, una especie de eco que no tiene que ver con los actos ni con los discursos, sino con una pregunta m&aacute;s inc&oacute;moda: qu&eacute; significa hoy, realmente, esta tierra que habitamos.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; por eso escribir unos d&iacute;as despu&eacute;s permite otra mirada. Menos celebratoria, m&aacute;s honesta. M&aacute;s pegada a lo que somos cuando se apagan los focos.
    </p><p class="article-text">
        Arag&oacute;n no es s&oacute;lo un territorio. Es una forma de sostener. Y en esa forma de sostener han estado siempre las mujeres, aunque rara vez hayan ocupado el centro del relato. Han sostenido la vida cotidiana, los v&iacute;nculos y los tiempos. Han sostenido, incluso, aquello que no se ve&iacute;a. Como esas capas invisibles que dan profundidad a una pintura y que, sin embargo, nunca se nombran.
    </p><p class="article-text">
        Crecimos en una cultura donde muchas cosas no se dec&iacute;an, pero se sab&iacute;an. Donde el reparto de la vida ten&iacute;a una l&oacute;gica aparentemente natural que colocaba a cada cual en su sitio. Y donde ese sitio, para las mujeres, estaba demasiado cerca del sacrificio y demasiado lejos de la decisi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        No era necesario explicarlo. Bastaba con observar qui&eacute;n cuidaba, qui&eacute;n renunciaba y qui&eacute;n esperaba.
    </p><p class="article-text">
        Hoy, esa escena ha cambiado. Pero no tanto como a veces queremos creer.
    </p><p class="article-text">
        Las mujeres aragonesas hemos avanzado &mdash;y ser&iacute;a injusto no reconocerlo&mdash;, pero seguimos habitando una especie de frontera: entre lo conquistado y lo pendiente. Entre la presencia creciente en lo p&uacute;blico y la persistencia de las cargas en lo privado. Entre la autonom&iacute;a y una inercia que todav&iacute;a nos empuja hacia lugares conocidos.
    </p><p class="article-text">
        Hay una tensi&oacute;n ah&iacute;, constante, que forma parte de nuestro tiempo.
    </p><p class="article-text">
        En Arag&oacute;n, adem&aacute;s, esa tensi&oacute;n tiene una textura propia. El territorio importa. Importa vivir en ciudades donde las oportunidades parecen m&aacute;s accesibles, pero tambi&eacute;n importa &mdash;y mucho&mdash; la vida en los pueblos, donde la igualdad no puede ser un concepto abstracto porque se mide en kil&oacute;metros, en servicios y en posibilidades reales de permanecer.
    </p><p class="article-text">
        Hay mujeres sosteniendo pueblos enteros. No como met&aacute;fora, sino como realidad. Mujeres que cuidan, que trabajan, que organizan y que fijan poblaci&oacute;n sin que nadie lo nombre as&iacute;. Mujeres para las que la igualdad no es un debate, sino una cuesti&oacute;n de supervivencia cotidiana.
    </p><p class="article-text">
        Y, sin embargo, seguimos sin colocar esa realidad en el centro de nuestras prioridades colectivas.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; porque durante demasiado tiempo hemos aprendido a mirar hacia otro lado. O a aceptar como inevitables ciertas desigualdades que, en realidad, son profundamente pol&iacute;ticas.
    </p><p class="article-text">
        A veces pienso que esta tierra tiene algo de esos paisajes que parecen quietos pero est&aacute;n llenos de movimiento interno. Como si bajo la aparente estabilidad hubiera corrientes que lo est&aacute;n transformando todo lentamente. La igualdad forma parte de ese movimiento. No siempre visible, no siempre lineal, pero persistente.
    </p><p class="article-text">
        Y ah&iacute; es donde estamos ahora: en un momento de tr&aacute;nsito.
    </p><p class="article-text">
        Sabemos m&aacute;s que antes. Tenemos m&aacute;s herramientas, m&aacute;s lenguaje y m&aacute;s conciencia. Pero tambi&eacute;n tenemos m&aacute;s responsabilidad. Porque ya no podemos decir que no vemos lo que ocurre. Ya no podemos refugiarnos en la inercia.
    </p><p class="article-text">
        El reto no es menor. No se trata s&oacute;lo de incorporar a las mujeres a lo que ya existe, sino de repensar lo existente. De cuestionar la organizaci&oacute;n de los tiempos, del trabajo, de los cuidados. De preguntarnos, en serio, qu&eacute; tipo de sociedad queremos construir.
    </p><p class="article-text">
        Y hacerlo aqu&iacute;, en Arag&oacute;n, implica asumir nuestras propias particularidades. Nuestra geograf&iacute;a, nuestra historia y nuestras resistencias.
    </p><p class="article-text">
        El D&iacute;a de Arag&oacute;n ya ha pasado. Pero quiz&aacute; lo importante no era ese d&iacute;a, sino lo que queda despu&eacute;s. Esa especie de incomodidad f&eacute;rtil que obliga a seguir pensando, a no dar nada por cerrado.
    </p><p class="article-text">
        Porque la igualdad no es un destino al que se llega, sino un proceso que se sostiene &mdash;esta vez s&iacute;&mdash; de manera compartida.
    </p><p class="article-text">
        Y tal vez de eso se trate ahora: de dejar de sostener en silencio y empezar, por fin, a transformar en voz alta.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Salvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/tierra-sostenida-mujeres_132_13174403.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 27 Apr 2026 04:01:58 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Una tierra sostenida por mujeres]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La fragilidad de lo imprescindible]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/fragilidad-imprescindible_132_13151406.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c26c0165-0063-4fb1-82a2-274778959db6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La fragilidad de lo imprescindible"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Quizá el desafío más complejo en este momento no sea tanto defender la necesidad de las políticas de igualdad —que sigue siendo evidente para una mayoría social— como preservar su condición de política pública estructural</p></div><p class="article-text">
        Hay consensos que no deber&iacute;an estar constantemente en disputa. No porque sean c&oacute;modos, ni porque resulten est&eacute;ticamente necesario, sino porque constituyen el suelo m&iacute;nimo sobre el que se sostiene una democracia que se pretende decente. La igualdad &mdash;en su acepci&oacute;n m&aacute;s amplia y exigente&mdash; ha sido, durante d&eacute;cadas, uno de esos consensos. No exento de conflicto, ni de tensiones, pero s&iacute; dotado de una direcci&oacute;n compartida: avanzar y progresar.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, algo se ha desplazado en los &uacute;ltimos a&ntilde;os. No tanto en la letra de las normas &mdash;que sigue siendo, en t&eacute;rminos generales, s&oacute;lida&mdash; como en el lugar simb&oacute;lico y pol&iacute;tico que ocupan las pol&iacute;ticas p&uacute;blicas de igualdad. Lo que antes se entend&iacute;a como una obligaci&oacute;n institucional, vinculada a derechos fundamentales y a compromisos internacionales, empieza a ser tratado como un campo de disputa contingente, sujeto a mayor&iacute;as cambiantes, a c&aacute;lculos de oportunidad o, en el peor de los casos, a estrategias de desgaste.
    </p><p class="article-text">
        La igualdad ha entrado en la ruleta rusa pol&iacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        No es una afirmaci&oacute;n ret&oacute;rica. Se percibe en la inestabilidad de determinadas pol&iacute;ticas, en la discontinuidad de programas que no llegan a consolidarse, en la fragilidad presupuestaria de muchas actuaciones, en la invisibilidad o los perfiles bajos de sus representantes institucionales o en la tendencia &mdash;cada vez m&aacute;s frecuente&mdash; a someter a revisi&oacute;n constante aquello que deber&iacute;a formar parte del acervo com&uacute;n. Cada cambio de gobierno, cada reajuste institucional, introduce la sospecha de que lo construido puede deshacerse con una facilidad inquietante.
    </p><p class="article-text">
        Este fen&oacute;meno no responde &uacute;nicamente a una alternancia ideol&oacute;gica, que es consustancial a cualquier sistema democr&aacute;tico. Lo preocupante es que afecta a la propia naturaleza de las pol&iacute;ticas de igualdad: las desplaza desde el &aacute;mbito de los derechos hacia el terreno de la opini&oacute;n; desde la obligaci&oacute;n p&uacute;blica hacia la opci&oacute;n pol&iacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        Y ah&iacute; es donde emerge la verdadera fragilidad.
    </p><p class="article-text">
        Porque cuando la igualdad deja de ser entendida como una condici&oacute;n estructural de la democracia y pasa a convertirse en un elemento m&aacute;s del debate partidista, pierde densidad institucional. Se convierte en algo negociable, modulable y prescindible en determinados contextos. Y, con ello, se debilita no s&oacute;lo la eficacia de las pol&iacute;ticas, sino la legitimidad de su propia existencia.
    </p><p class="article-text">
        En territorios como Arag&oacute;n, donde la capilaridad institucional &mdash;municipios peque&ntilde;os, comarcas, redes locales&mdash; exige una implementaci&oacute;n particularmente cuidadosa, esta fragilidad se hace a&uacute;n m&aacute;s visible. Las pol&iacute;ticas de igualdad no son aqu&iacute; una abstracci&oacute;n: se concretan en servicios, en acompa&ntilde;amientos, en procesos comunitarios y en intervenciones sostenidas en el tiempo. Cuando esas din&aacute;micas se interrumpen o se erosionan, el impacto no es te&oacute;rico, es tangible.
    </p><p class="article-text">
        A menudo se dice que la igualdad est&aacute; &ldquo;conseguida en lo formal&rdquo; y que, por tanto, las pol&iacute;ticas p&uacute;blicas pueden relajarse o revisarse. Es una lectura profundamente simplificadora. La igualdad formal fue &mdash;y sigue siendo&mdash; un hito imprescindible, pero nunca fue el punto de llegada. Las desigualdades estructurales, las brechas retributivas, la segregaci&oacute;n ocupacional, la distribuci&oacute;n desigual de los cuidados o la persistencia de la violencia machista no son residuos del pasado: son realidades actuales que requieren una intervenci&oacute;n p&uacute;blica sostenida, t&eacute;cnica y rigurosa.
    </p><p class="article-text">
        Desvincular estas pol&iacute;ticas de su fundamento t&eacute;cnico para someterlas a la l&oacute;gica de la confrontaci&oacute;n pol&iacute;tica no s&oacute;lo empobrece el debate, sino que introduce un elemento de incertidumbre que dificulta cualquier planificaci&oacute;n a medio y largo plazo. La igualdad no puede depender de impulsos coyunturales. Necesita continuidad, evaluaci&oacute;n, ajuste, pero tambi&eacute;n estabilidad.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; el desaf&iacute;o m&aacute;s complejo en este momento no sea tanto defender la necesidad de las pol&iacute;ticas de igualdad &mdash;que sigue siendo evidente para una mayor&iacute;a social&mdash; como preservar su condici&oacute;n de pol&iacute;tica p&uacute;blica estructural. Es decir, protegerlas de la volatilidad, anclarlas en el marco de los derechos y blindarlas frente a las din&aacute;micas de desgaste.
    </p><p class="article-text">
        Esto exige, en primer lugar, un ejercicio de responsabilidad institucional. Pero tambi&eacute;n una cierta pedagog&iacute;a pol&iacute;tica y social: recordar que la igualdad no es un privilegio sectorial ni una agenda particular, sino un principio organizador del conjunto de la vida p&uacute;blica.
    </p><p class="article-text">
        Y exige, sobre todo, una forma de abordar el debate que huya del ruido y recupere el valor de la mesura, del dato y del an&aacute;lisis. Porque, frente a la tentaci&oacute;n de simplificar, conviene insistir en la complejidad; frente a la polarizaci&oacute;n, en la evidencia; frente a la volatilidad, en la consistencia.
    </p><p class="article-text">
        La igualdad nunca fue un camino lineal. Pero tampoco deber&iacute;a ser un terreno minado donde cada avance se convierta en una posibilidad de retroceso inmediato. Si algo hemos aprendido en las &uacute;ltimas d&eacute;cadas es que los derechos, cuando no se consolidan, se erosionan. Y que aquello que se percibe como opcional termina, tarde o temprano, por debilitarse.
    </p><p class="article-text">
        Tal vez sea el momento de volver a situar la igualdad en el lugar que le corresponde: no como una pieza m&aacute;s en el tablero pol&iacute;tico, sino como la base misma sobre la que ese tablero adquiere sentido. Porque hay consensos que, cuando se rompen, no s&oacute;lo fragmentan el debate. Tambi&eacute;n comprometen el futuro de toda la sociedad, incluso de la que cree que estas cuestiones no le interpelan.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Salvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/fragilidad-imprescindible_132_13151406.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 20 Apr 2026 05:00:49 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La fragilidad de lo imprescindible]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Macarrones con chorizo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/macarrones-chorizo_132_13088161.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a1a3dc00-4004-4502-aca1-af815f248b53_16-9-discover-aspect-ratio_default_1140518.jpg" width="793" height="446" alt="Macarrones con chorizo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hubo una generación de mujeres que lo dio todo… y ahora nos toca a nosotras hacer que eso no vuelva a ocurrir en las mismas condiciones</p></div><p class="article-text">
        Los viernes ten&iacute;an un olor.
    </p><p class="article-text">
        No era exactamente el del tomate frito ni el del chorizo al fuego. Era otra cosa. Era la casa de mi abuela.
    </p><p class="article-text">
        Los viernes se com&iacute;an macarrones con chorizo. Y eso, que podr&iacute;a parecer una an&eacute;cdota dom&eacute;stica sin importancia, era en realidad una forma de ordenar el mundo. Porque hay casas donde el tiempo no se mide en calendarios, sino en platos. Y en la m&iacute;a, los viernes sab&iacute;an a eso: a plato hondo, a pan para reba&ntilde;ar y a infancia sin palabras para nombrarse.
    </p><p class="article-text">
        Dicen que la pasta es la quintaesencia de las nonas italianas. Que en cada ravioli hay una genealog&iacute;a y en cada salsa una memoria. Yo no s&eacute; de Italia, pero s&eacute; que los macarrones con chorizo son la quintaesencia de las abuelas de aqu&iacute;. De las nuestras. De las que no escribieron libros de recetas, pero levantaron familias enteras con una cuchara de madera.
    </p><p class="article-text">
        Mi abuela nunca ha hablado de cuidados. Ni de &ldquo;corresponsabilidad&rdquo;, &ldquo;sostenibilidad de la vida&rdquo; o &ldquo;crisis de los cuidados&rdquo;. Mi abuela hac&iacute;a (y hace). Y hacer era quedarse la &uacute;ltima en la mesa. Era repetir a todo el mundo antes que a una misma. Era saber cu&aacute;ntos &eacute;ramos sin contarnos. Era sostener.
    </p><p class="article-text">
        Hay un pasaje de <em>Como agua para chocolate</em> en el que Tita cocina atravesada por lo que siente, y quienes comen sus platos lloran, desean, recuerdan. Siempre pienso en eso cuando recuerdo los viernes en casa de mi abuela. Porque en aquellos macarrones hab&iacute;a algo m&aacute;s que comida: hab&iacute;a lenguaje. Un idioma que no necesitaba teor&iacute;a para decirlo todo.
    </p><p class="article-text">
        Mi abuela pertenece a una generaci&oacute;n de mujeres que no eligi&oacute; casi nada. Que tuvo pocas oportunidades para estudiar, para viajar, para decidir qui&eacute;n quer&iacute;a ser fuera de lo que ya estaba decidido para ellas. Mujeres a las que la historia no les pidi&oacute; opini&oacute;n, pero s&iacute; les exigi&oacute; todo lo dem&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Y, sin embargo, sostuvieron.
    </p><p class="article-text">
        Sostuvieron la casa, la crianza, las enfermedades, las ausencias, los duelos que no se nombraban. Sostuvieron el tiempo de otras personas mientras el suyo quedaba en suspenso. Como escribi&oacute; Idea Vilari&ntilde;o, &ldquo;<em>uno siempre est&aacute; s&oacute;lo / pero a veces</em>&rdquo;. Ellas hicieron que ese &ldquo;a veces&rdquo; fuera m&aacute;s habitable para el resto.
    </p><p class="article-text">
        No hubo apenas salario. Ni cotizaci&oacute;n. No hubo reconocimiento social. Hubo afecto, s&iacute;. Pero el afecto no paga pensiones dignas, ni construye derechos, ni repara desigualdades estructurales.
    </p><p class="article-text">
        Nos ense&ntilde;aron que el amor lo pod&iacute;a todo. Pero no es verdad. El amor sostiene, pero no sustituye a la justicia.
    </p><p class="article-text">
        A veces pienso en todo lo que mi abuela no pudo ser. En los libros que no ley&oacute;, en los lugares a los que no fue, en las conversaciones que nunca tuvo porque nadie le pregunt&oacute;. Y al mismo tiempo pienso en todo lo que hizo y hace posible. En la vida que vino despu&eacute;s. En la m&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Hay un verso de Antonio Machado que dice que &ldquo;se hace camino al andar&rdquo;. Ellas no s&oacute;lo hicieron camino: hicieron el suelo. El suelo sobre el que ahora caminamos nosotras, con m&aacute;s derechos, con m&aacute;s palabras, con m&aacute;s posibilidades.
    </p><p class="article-text">
        Pero tambi&eacute;n con una deuda.
    </p><p class="article-text">
        Porque este sistema &mdash;llam&eacute;moslo por su nombre&mdash; sigue descansando sobre una arquitectura invisible de cuidados. Un sistema reproductivo que permite que todo lo dem&aacute;s funcione. Que haya trabajo, producci&oacute;n, econom&iacute;a. Y ese sistema, hist&oacute;ricamente, ha tenido rostro de mujer. De mujer mayor. De mujer migrante. De mujer sin contrato.
    </p><p class="article-text">
        No s&eacute; si mi abuela sabe o no de capitalismo, pero lo sosten&iacute;a cada d&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Y aqu&iacute; estamos ahora, intentando poner palabras donde antes s&oacute;lo hubo silencios. Intentando que aquello que se hizo por amor tambi&eacute;n se reconozca como trabajo. Intentando que las pol&iacute;ticas p&uacute;blicas lleguen donde antes s&oacute;lo llegaban las manos de una abuela.
    </p><p class="article-text">
        Porque no basta con recordar. No basta con emocionarse. No basta con decir &ldquo;qu&eacute; har&iacute;amos sin ellas&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Hay que preguntarse por qu&eacute; hemos podido hacer tanto sin ellas&hellip; y a costa de ellas.
    </p><p class="article-text">
        Y, aunque nuestra infancia sea la verdadera patria, mis viernes ya no son lo mismo. Ya no vuelvo del colegio en S&aacute;daba y voy directa a casa de mi abuela. Y los macarrones con chorizo, cuando los hago yo, no saben igual. Nunca saben igual.
    </p><p class="article-text">
        Pero hay algo que permanece.
    </p><p class="article-text">
        Una forma de entender el cuidado no como un gesto, sino como una estructura.
    </p><p class="article-text">
        Una conciencia &mdash;cada vez m&aacute;s clara&mdash; de que esa estructura no puede seguir siendo invisible.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; escribir esto sea tambi&eacute;n una forma de devolver algo. De poner en el centro lo que siempre estuvo en los m&aacute;rgenes. De nombrar lo que tantas veces se dio por hecho.
    </p><p class="article-text">
        De decir, con toda la belleza que permita el lenguaje, que hubo una generaci&oacute;n de mujeres que lo dio todo&hellip; y que ahora nos toca a nosotras hacer que eso no vuelva a ocurrir en las mismas condiciones.
    </p><p class="article-text">
        Que el cuidado deje de ser destino y pase a ser responsabilidad compartida.
    </p><p class="article-text">
        Que los macarrones con chorizo sigan existiendo, s&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        Pero no como s&iacute;mbolo de renuncia, sino de elecci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Y que cuando recordemos las historias vitales de nuestras abuelas, no lo hagamos s&oacute;lo desde la nostalgia. Tambi&eacute;n desde la justicia.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Salvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/macarrones-chorizo_132_13088161.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 23 Mar 2026 05:00:56 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Macarrones con chorizo]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La legislatura del Estatuto de la Mujer Rural de Aragón]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/legislatura-estatuto-mujer-rural-aragon_132_13070633.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/3a1aaac5-f243-418f-9198-fb8567e27950_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La legislatura del Estatuto de la Mujer Rural de Aragón"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La igualdad no se decreta desde las capitales, sino que se construye también en los pueblos, en las explotaciones agrarias, en los pequeños negocios y en los hogares donde el trabajo y la vida siguen entrelazados</p></div><p class="article-text">
        Hay leyes que nacen para ordenar una realidad ya consolidada. Y hay otras que nacen, precisamente, porque esa realidad todav&iacute;a no ha sido reconocida. El Estatuto de la Mujer Rural de Arag&oacute;n pertenece a esta segunda categor&iacute;a: no pretende crear algo nuevo, sino poner nombre, derechos y dignidad pol&iacute;tica a una presencia que siempre ha estado ah&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        Las mujeres rurales han sostenido durante generaciones la vida en los pueblos. Han trabajado la tierra, han cuidado a las familias, han abierto peque&ntilde;os negocios y han mantenido redes de solidaridad que ning&uacute;n indicador econ&oacute;mico sabe medir. Han sido agricultoras, ganaderas, aut&oacute;nomas, trabajadoras invisibles de explotaciones familiares, alcaldesas, t&eacute;cnicas, maestras, sanitarias o artistas. Y, sin embargo, durante demasiado tiempo han quedado fuera del relato oficial del desarrollo rural.
    </p><p class="article-text">
        Nombrarlas no es un gesto simb&oacute;lico. Nombrarlas es un acto pol&iacute;tico.
    </p><p class="article-text">
        Por eso el Estatuto de la Mujer Rural no es una ley sectorial m&aacute;s. Es, en realidad, una pieza clave en la arquitectura de la igualdad en Arag&oacute;n. Porque la desigualdad de g&eacute;nero no se vive igual en todos los territorios. En el medio rural, la distancia f&iacute;sica se suma a la distancia institucional. La carencia de servicios p&uacute;blicos multiplica la carga de los cuidados. Las oportunidades laborales se estrechan. Y la participaci&oacute;n econ&oacute;mica y pol&iacute;tica de las mujeres sigue enfrent&aacute;ndose a inercias profundamente arraigadas.
    </p><p class="article-text">
        A menudo se habla de la despoblaci&oacute;n como si fuera una fatalidad geogr&aacute;fica. Pero quienes conocen bien el territorio saben que tambi&eacute;n es una cuesti&oacute;n de oportunidades. Y, sobre todo, de oportunidades para las mujeres.
    </p><p class="article-text">
        Cuando una mujer joven se marcha de un pueblo porque no encuentra trabajo, porque no hay servicios para conciliar, porque su proyecto de vida parece condenado a la precariedad o a la dependencia econ&oacute;mica, no s&oacute;lo se pierde una vecina. Se pierde futuro.
    </p><p class="article-text">
        Por eso el Estatuto de la Mujer Rural es tambi&eacute;n una pol&iacute;tica contra la despoblaci&oacute;n. No porque las mujeres deban quedarse para salvar los pueblos &mdash;una narrativa que tantas veces ha reca&iacute;do injustamente sobre ellas&mdash;, sino porque ning&uacute;n territorio puede aspirar a ser viable si la mitad de su poblaci&oacute;n encuentra m&aacute;s obst&aacute;culos que oportunidades.
    </p><p class="article-text">
        En esta legislatura que se abre paso, el Estatuto debe ocupar un lugar singular en el debate pol&iacute;tico aragon&eacute;s. En anteriores, fue anunciado, debatido, reclamado y discutido. Ha atravesado cambios de gobierno, posiciones partidistas y negociaciones parlamentarias. Y en ese recorrido ha dejado al descubierto una paradoja que se repite con frecuencia cuando hablamos de igualdad: casi todo el mundo est&aacute; de acuerdo con el diagn&oacute;stico, pero no siempre con las soluciones.
    </p><p class="article-text">
        Existe un consenso bastante amplio en reconocer la importancia de las mujeres rurales. Se las cita en discursos institucionales, en estrategias contra la despoblaci&oacute;n y en programas de desarrollo territorial. Pero cuando llega el momento de convertir ese reconocimiento en derechos, en recursos p&uacute;blicos, en medidas concretas que transformen las condiciones de vida, el acuerdo se vuelve m&aacute;s fr&aacute;gil.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, el simple hecho de que el Estatuto est&eacute; sobre la mesa ya ha producido un efecto pol&iacute;tico relevante. Ha obligado a hablar de las mujeres rurales no como una categor&iacute;a rom&aacute;ntica &mdash;la imagen idealizada de la mujer del pueblo&mdash;, sino como <strong>sujetas de derechos.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Ese cambio de mirada es fundamental.
    </p><p class="article-text">
        Significa reconocer que la igualdad en el medio rural pasa por cuestiones muy concretas: por el acceso al empleo y al emprendimiento, por la presencia de servicios p&uacute;blicos, por la corresponsabilidad en los cuidados, por la participaci&oacute;n en cooperativas y organizaciones agrarias o por la representaci&oacute;n en los espacios donde se toman decisiones que afectan al territorio.
    </p><p class="article-text">
        Significa tambi&eacute;n reconocer la diversidad de las mujeres rurales de hoy. Mujeres que heredan explotaciones familiares, que emprenden proyectos innovadores, que regresan a los pueblos despu&eacute;s de haber vivido en ciudades, que llegan desde otros pa&iacute;ses para trabajar sectores clave, como el primarios o los cuidados. Mujeres que no responden a un &uacute;nico perfil, pero que comparten la experiencia de habitar territorios donde la igualdad todav&iacute;a tiene m&aacute;s camino por recorrer.
    </p><p class="article-text">
        Arag&oacute;n tiene una larga tradici&oacute;n de movimientos sociales vinculados al mundo rural. Organizaciones de mujeres que, desde hace d&eacute;cadas, han tejido redes de apoyo, formaci&oacute;n y reivindicaci&oacute;n. Ellas han sido las verdaderas impulsoras de este debate mucho antes de que llegara a los parlamentos.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; por eso el Estatuto de la Mujer Rural no deber&iacute;a entenderse s&oacute;lo como una ley pendiente, sino como la expresi&oacute;n institucional de una demanda hist&oacute;rica.
    </p><p class="article-text">
        Las leyes, al fin y al cabo, son tambi&eacute;n una forma de contar qui&eacute;n importa en una sociedad. Y durante demasiado tiempo las mujeres rurales han sostenido territorios enteros sin ocupar el lugar que les corresponde en ese relato.
    </p><p class="article-text">
        Tal vez esta legislatura pase a la historia por muchas razones. Pero ser&iacute;a deseable que lo hiciera, sobre todo, por haber entendido algo esencial: que la igualdad no se decreta desde las capitales, sino que se construye tambi&eacute;n en los pueblos, en las explotaciones agrarias, en los peque&ntilde;os negocios y en los hogares donde el trabajo y la vida siguen entrelazados.
    </p><p class="article-text">
        Reconocer a las mujeres rurales no es un gesto de justicia simb&oacute;lica. Es, sencillamente, una condici&oacute;n para el futuro.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Salvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/legislatura-estatuto-mujer-rural-aragon_132_13070633.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 16 Mar 2026 05:00:38 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Un 8M desde el margen]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/8m-margen_132_13031778.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/3c805808-5f62-41e8-a918-2329548c09a2_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Un 8M desde el margen"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">No todas las mujeres rurales se sienten interpeladas por el feminismo urbano. No porque estén “atrasadas”. Sino porque los marcos a veces no recogen sus prioridades, sus tiempos o su forma de nombrar la desigualdad</p></div><p class="article-text">
        Cada 8 de marzo asisto a la manifestaci&oacute;n en Zaragoza con una certeza &iacute;ntima: mi ra&iacute;z no est&aacute; aqu&iacute;. Mi vida, s&iacute;. Mi trabajo, tambi&eacute;n. Pero mi manera de entender el mundo &mdash;los tiempos, los silencios, las lealtades, incluso el miedo&mdash; se forj&oacute; en un pueblo.
    </p><p class="article-text">
        Soy una mujer rural. Aunque viva en la ciudad.
    </p><p class="article-text">
        Y cada 8M siento una leve incomodidad cuando escucho hablar de &ldquo;las mujeres rurales&rdquo; como si fueran una categor&iacute;a externa, casi antropol&oacute;gica. Como si no estuvieran entre nosotras. Como si no estuvi&eacute;ramos.
    </p><p class="article-text">
        En Arag&oacute;n, lo rural no es un paisaje: es estructura. Es demograf&iacute;a, es pol&iacute;tica p&uacute;blica y es memoria colectiva, individual y familiar. Es la decisi&oacute;n &mdash;siempre dif&iacute;cil&mdash; de quedarse o marcharse. Es el autob&uacute;s que no pasa. Es la escuela que cierra. Es la explotaci&oacute;n agraria que no aparece a nombre de la mujer que la trabaja.
    </p><p class="article-text">
        Pero tambi&eacute;n es comunidad. Es red antes de que invent&aacute;ramos la palabra. Es saber qui&eacute;n necesita ayuda sin que lo pida. Es una forma de estar en el mundo que no cabe en los esl&oacute;ganes.
    </p><p class="article-text">
        No escribo desde el paternalismo. Escribo desde la pertenencia. Desde haber aprendido pronto que en un pueblo todo se sabe, y que eso condiciona la libertad. Desde haber visto a mujeres sostenerlo todo sin llamarlo feminismo. Desde haber escuchado frases que pesan y silencios que todav&iacute;a pesan m&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Y tambi&eacute;n desde la contradicci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Porque muchas hemos tenido que irnos. A estudiar. A trabajar. A respirar. Y en ese movimiento se nos ha colocado en un lugar extra&ntilde;o: ya no somos del todo de all&iacute;, pero tampoco somos completamente de aqu&iacute;. Habitamos un margen identitario que rara vez se nombra.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; por eso me incomoda que el 8M hable de mujeres rurales como si fueran &ldquo;otras&rdquo;. No lo son. Somos nosotras en otro contexto. Somos nosotras con menos servicios, con m&aacute;s exposici&oacute;n social y con m&aacute;s distancia f&iacute;sica para pedir ayuda. Somos nosotras sosteniendo pueblos que el discurso institucional dice querer salvar, pero cuyas condiciones materiales no siempre transforma.
    </p><p class="article-text">
        En Teruel, en Huesca, en las comarcas que pierden poblaci&oacute;n a&ntilde;o tras a&ntilde;o, la igualdad tiene coordenadas muy concretas: transporte, conectividad, conciliaci&oacute;n real, acceso a recursos frente a la violencia o titularidad compartida efectiva. No son demandas sectoriales. Son feminismo estructural.
    </p><p class="article-text">
        Hablar de esto no es despreciar lo rural. Es quererlo lo suficiente como para no romantizarlo. Es saber que la comunidad protege, pero tambi&eacute;n vigila. Que el arraigo da sentido, pero tambi&eacute;n puede limitar. Que quedarse es un acto pol&iacute;tico, pero marcharse tambi&eacute;n lo fue.
    </p><p class="article-text">
        Este 8M no quiero que las mujeres rurales est&eacute;n en el margen del discurso. Pero tampoco quiero que se las coloque en el centro como pieza decorativa de la diversidad. Quiero que el feminismo aragon&eacute;s &mdash;el que marchar&aacute; por Zaragoza y el que se reunir&aacute; en casas de cultura de pueblos peque&ntilde;os&mdash; se piense territorialmente. Que entienda que la despoblaci&oacute;n tambi&eacute;n tiene g&eacute;nero. Que la movilidad forzada tambi&eacute;n es una cuesti&oacute;n feminista.
    </p><p class="article-text">
        Y quiero decir algo m&aacute;s inc&oacute;modo: no todas las mujeres rurales se sienten interpeladas por el feminismo urbano. No porque est&eacute;n &ldquo;atrasadas&rdquo;. Sino porque los marcos a veces no recogen sus prioridades, sus tiempos o su forma de nombrar la desigualdad.
    </p><p class="article-text">
        Tal vez el reto no sea llevar el 8M a los pueblos. Tal vez el reto sea dejar que los pueblos transformen el 8M.
    </p><p class="article-text">
        Yo soy mujer rural. Aunque viva en la ciudad. Y cada 8 de marzo no reclamo inclusi&oacute;n: reclamo complejidad. Reclamo que no se nos simplifique. Que no se nos romantice. Que no se nos use como s&iacute;mbolo de nada.
    </p><p class="article-text">
        Porque el margen no siempre es ausencia. A veces es el lugar desde el que se sostiene el centro.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Salvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/8m-margen_132_13031778.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 02 Mar 2026 08:10:38 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Un 8M desde el margen]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El feminismo como coartada]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/feminismo-coartada_132_13007686.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/330f920d-b941-4c59-8666-5665b045b3fb_16-9-discover-aspect-ratio_default_1137090.jpg" width="1913" height="1076" alt="El feminismo como coartada"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Resulta preocupante observar cómo determinadas formaciones políticas que en su práctica cotidiana han demostrado un compromiso ínfimo con la igualdad apelan al feminismo en debates muy concretos, muy mediáticos, para enmascarar otras cuestiones de mayor calado</p></div><p class="article-text">
        Hay palabras que, de tanto repetirse, corren el riesgo de vaciarse. Igualdad es una de ellas. Feminismo, tambi&eacute;n. Cuando un concepto que nace de la experiencia hist&oacute;rica de la desigualdad y del esfuerzo colectivo por corregirla se convierte en eslogan, en arma arrojadiza o en cortina de humo, deja de cumplir su funci&oacute;n pedag&oacute;gica y transformadora para convertirse en otra cosa: en coartada.
    </p><p class="article-text">
        El feminismo no es un accesorio discursivo ni un recurso t&aacute;ctico para erosionar al adversario. Es una teor&iacute;a pol&iacute;tica con m&aacute;s de tres siglos de pensamiento, una pr&aacute;ctica social sostenida por millones de mujeres y un corpus jur&iacute;dico que ha contribuido a ensanchar la democracia. Es, sobre todo, una &eacute;tica p&uacute;blica: una forma de mirar la realidad que pone el foco en las desigualdades estructurales entre mujeres y hombres y propone herramientas para desmontarlas.
    </p><p class="article-text">
        Por eso resulta preocupante observar c&oacute;mo, desde hace tiempo, determinadas formaciones pol&iacute;ticas que en su pr&aacute;ctica cotidiana han demostrado un compromiso &iacute;nfimo con la igualdad &mdash;en presupuestos, en prioridades legislativas, en la composici&oacute;n de sus equipos, en su cultura interna&mdash; apelan al feminismo en debates muy concretos, muy medi&aacute;ticos, para enmascarar otras cuestiones de mayor calado. No lo hacen desde la convicci&oacute;n, sino desde la oportunidad.
    </p><p class="article-text">
        La pedagog&iacute;a feminista nos ense&ntilde;a a distinguir entre lo estructural y lo accesorio, entre lo que afecta a la vida material de las mujeres y lo que funciona como un s&iacute;mbolo. Pensemos, por ejemplo, en debates recurrentes que se presentan como urgencias sociales incuestionables. Se colocan en el centro de la conversaci&oacute;n p&uacute;blica con un despliegue ret&oacute;rico notable, apelando a la liberaci&oacute;n de las mujeres, a su dignidad o a su autonom&iacute;a. Sin embargo, cuando se analizan con datos, no constituyen un clamor social ni una demanda prioritaria de la mayor&iacute;a de las mujeres afectadas.
    </p><p class="article-text">
        Mientras tanto, en el mismo periodo de tiempo, tres mujeres y una ni&ntilde;a pueden ser asesinadas en apenas veinticuatro horas a manos de sus parejas o exparejas. Esa violencia, que s&iacute; es estructural, que s&iacute; es sistem&aacute;tica, que s&iacute; es una emergencia democr&aacute;tica, queda relegada a un segundo plano en el debate pol&iacute;tico. Se condena de manera protocolaria, se guardan minutos de silencio, pero no se sit&uacute;a en el centro de la agenda con la misma intensidad con la que se abordan otros asuntos de car&aacute;cter m&aacute;s simb&oacute;lico.
    </p><p class="article-text">
        No se trata de establecer jerarqu&iacute;as morales simplistas ni de negar la complejidad de los debates culturales. Se trata de entender que el feminismo, como proyecto pol&iacute;tico, tiene una hoja de ruta clara: garantizar la vida, la libertad y la igualdad real de las mujeres. Eso implica atender a la violencia machista, a la brecha salarial, a la feminizaci&oacute;n de la pobreza, a la precariedad laboral, a la sobrecarga de cuidados, a la falta de corresponsabilidad, a la infrarrepresentaci&oacute;n en espacios de poder y a las discriminaciones interseccionales que afectan de manera espec&iacute;fica a las mujeres de cada comunidad. 
    </p><p class="article-text">
        Cuando el foco se desplaza sistem&aacute;ticamente hacia cuestiones que permiten construir un relato identitario, pero no se acompa&ntilde;a de pol&iacute;ticas p&uacute;blicas consistentes, presupuestos suficientes y evaluaciones rigurosas, estamos ante un uso banal del feminismo. Un uso que instrumentaliza la causa para obtener r&eacute;dito pol&iacute;tico, sin asumir la profundidad de sus implicaciones.
    </p><p class="article-text">
        El feminismo no es selectivo. No se activa s&oacute;lo cuando resulta &uacute;til para confrontar con un adversario pol&iacute;tico. No se invoca &uacute;nicamente para regular la vestimenta de determinadas mujeres mientras se ignoran las condiciones laborales de las camareras de piso, la situaci&oacute;n de las trabajadoras del hogar o la soledad de las mujeres mayores en el medio rural aragon&eacute;s. No se declama en abstracto mientras se recortan partidas destinadas a igualdad o se cuestiona la necesidad de la educaci&oacute;n afectivo-sexual en las aulas.
    </p><p class="article-text">
        Desde una perspectiva t&eacute;cnica, las pol&iacute;ticas de igualdad requieren coherencia. La coherencia se mide en planes estrat&eacute;gicos dotados econ&oacute;micamente, indicadores de seguimiento, formaci&oacute;n obligatoria para quienes ejercen responsabilidades p&uacute;blicas o transversalidad real en todas &aacute;reas de gobierno. No basta con apropiarse del lenguaje feminista; hay que asumir sus consecuencias pr&aacute;cticas.
    </p><p class="article-text">
        Existe, adem&aacute;s, un riesgo a&ntilde;adido en esta utilizaci&oacute;n superficial: la deslegitimaci&oacute;n del propio feminismo. Cuando la ciudadan&iacute;a percibe que la palabra se emplea como arma t&aacute;ctica, se alimenta el escepticismo y se fortalece la idea de que todo es propaganda. Y el feminismo no se puede permitir convertirse en una etiqueta vac&iacute;a, porque su fuerza reside precisamente en su capacidad de nombrar con precisi&oacute;n las desigualdades y de proponer soluciones basadas en la evidencia.
    </p><p class="article-text">
        La pedagog&iacute;a, en este contexto, consiste en recordar que la igualdad no se defiende a golpe de titular, sino mediante pol&iacute;ticas sostenidas en el tiempo. Que la libertad de las mujeres no se garantiza se&ntilde;alando pr&aacute;cticas culturales ajenas mientras se toleran din&aacute;micas de control y dominaci&oacute;n en el propio entorno. Que la protecci&oacute;n de los derechos no puede ser selectiva ni condicionada por la rentabilidad electoral.
    </p><p class="article-text">
        Hablar desde el feminismo exige cierta incomodidad. Obliga a revisar privilegios, redistribuir poder y cuestionar inercias. No es una bandera que se ondea sin coste. Por eso resulta m&aacute;s sencillo convertirlo en coartada que asumirlo como proyecto transformador.
    </p><p class="article-text">
        Como sociedad, necesitamos elevar el debate. Preguntarnos qu&eacute; pol&iacute;ticas reducen efectivamente la violencia contra las mujeres, qu&eacute; medidas mejoran su autonom&iacute;a econ&oacute;mica, qu&eacute; reformas garantizan una conciliaci&oacute;n corresponsable o qu&eacute; cambios educativos previenen el machismo desde la infancia. Y exigir que quienes apelan al feminismo presenten respuestas s&oacute;lidas a esas preguntas.
    </p><p class="article-text">
        El feminismo no es patrimonio de ning&uacute;n partido, pero tampoco es un recurso disponible para cualquier estrategia coyuntural. Es un compromiso con la democracia paritaria, con la justicia social y con los derechos humanos. Utilizarlo de manera banal no s&oacute;lo empobrece el debate p&uacute;blico; debilita la lucha por la igualdad real.
    </p><p class="article-text">
        Tal vez ha llegado el momento de recuperar la densidad de las palabras. Devolver al feminismo su profundidad hist&oacute;rica y su rigor conceptual. Exigir coherencia entre el discurso y la pr&aacute;ctica. Y recordar, con serenidad y firmeza, que mientras haya mujeres asesinadas por el hecho de serlo, mientras la desigualdad atraviese salarios, cuidados y oportunidades, el feminismo no puede ser una coartada. Debe ser, como siempre ha sido, una herramienta para transformar la realidad.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Salvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/feminismo-coartada_132_13007686.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 23 Feb 2026 05:00:24 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El feminismo como coartada]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La coherencia como prueba]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/coherencia-prueba_132_12990453.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/65830766-622e-46c4-a1ac-38b2ca15e9b0_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La coherencia como prueba"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La experiencia comparada muestra que los entornos más seguros para las mujeres no son aquellos donde nunca hay denuncias, sino aquellos donde existen canales accesibles y garantías de imparcialidad</p></div><p class="article-text">
        Hay una prueba silenciosa que mide la calidad democr&aacute;tica de una sociedad: qu&eacute; hace cuando la igualdad le resulta inc&oacute;moda. No cuando la consigna es un&aacute;nime, no cuando el consenso es rentable, no cuando la indignaci&oacute;n se dirige hacia el adversario pol&iacute;tico. La verdadera medida aparece cuando la exigencia atraviesa la propia casa, cuando interpela a quienes nos son pr&oacute;ximos, cuando obliga a revisar pr&aacute;cticas, culturas organizativas y liderazgos. Ah&iacute;, en ese punto de fricci&oacute;n, es donde se decide si hablamos de compromiso o de estrategia.
    </p><p class="article-text">
        En Espa&ntilde;a hemos construido en las &uacute;ltimas dos d&eacute;cadas un andamiaje normativo s&oacute;lido en materia de igualdad. La Ley Org&aacute;nica 1/2004 de Medidas de Protecci&oacute;n Integral contra la Violencia de G&eacute;nero supuso un hito al reconocer la especificidad estructural de la violencia contra las mujeres y articular una respuesta integral. La Ley Org&aacute;nica 3/2007 para la igualdad efectiva de mujeres y hombres introdujo la obligaci&oacute;n de planes de igualdad en empresas y administraciones, institucionalizando la corresponsabilidad. M&aacute;s recientemente, la Ley Org&aacute;nica 10/2022 de garant&iacute;a integral de la libertad sexual ampli&oacute; el foco hacia la centralidad del consentimiento y la prevenci&oacute;n. La arquitectura institucional y social especializadas y los sucesivos pactos de Estado han consolidado un marco t&eacute;cnico y presupuestario que no exist&iacute;a hace apenas veinte a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, la existencia de leyes no garantiza por s&iacute; sola la coherencia de las pr&aacute;cticas. Los datos nos recuerdan que la violencia machista no es un episodio aislado ni un problema coyuntural, sino una manifestaci&oacute;n de desigualdades estructurales que atraviesan todas las organizaciones: partidos, sindicatos, empresas, universidades, asociaciones. Pensar que el acoso o la violencia pertenecen ideol&oacute;gicamente a un espacio pol&iacute;tico concreto es, adem&aacute;s de err&oacute;neo, t&eacute;cnicamente insostenible. Las investigaciones acad&eacute;micas y los informes institucionales coinciden en se&ntilde;alar que hablamos de din&aacute;micas de poder, de culturas organizativas tolerantes con determinadas conductas y de d&eacute;ficits en los sistemas de prevenci&oacute;n y respuesta.
    </p><p class="article-text">
        La instrumentalizaci&oacute;n partidista de estos fen&oacute;menos introduce un riesgo a&ntilde;adido: trivializa su gravedad y desincentiva la denuncia. Cuando la reacci&oacute;n p&uacute;blica depende del color pol&iacute;tico de quien presuntamente agrede, el mensaje impl&iacute;cito para las v&iacute;ctimas es devastador. No se trata s&oacute;lo de la exposici&oacute;n medi&aacute;tica o del desgaste reputacional; se trata de la percepci&oacute;n de justicia. Si la vara de medir es variable, la confianza se erosiona. Y sin confianza no hay prevenci&oacute;n eficaz.
    </p><p class="article-text">
        Desde una perspectiva t&eacute;cnica, la prevenci&oacute;n del acoso y la violencia exige tres pilares: protocolos claros y conocidos, &oacute;rganos independientes de investigaci&oacute;n y una cultura organizativa que priorice la protecci&oacute;n de la v&iacute;ctima sobre la preservaci&oacute;n de la imagen. Esto no es ideolog&iacute;a, es gesti&oacute;n del riesgo y garant&iacute;a de derechos fundamentales. Las organizaciones que entienden la igualdad como un eje estrat&eacute;gico y no como un departamento accesorio integran estas herramientas en su gobernanza cotidiana. Las que la conciben como un elemento discursivo tienden a activarlas s&oacute;lo cuando la presi&oacute;n externa lo impone.
    </p><p class="article-text">
        La igualdad incomoda porque cuestiona inercias. Obliga a revisar bromas normalizadas, estilos de liderazgo basados en la intimidaci&oacute;n o redes informales de poder. Exige formaci&oacute;n continuada, evaluaci&oacute;n y, en ocasiones, asumir responsabilidades que no son penalmente relevantes pero s&iacute; &eacute;ticamente significativas. Ese tr&aacute;nsito no es sencillo y genera resistencias. Pero precisamente por eso resulta imprescindible abordarlo con serenidad y rigor, sin convertir cada caso en un campo de batalla simb&oacute;lico.
    </p><p class="article-text">
        La experiencia comparada muestra que los entornos m&aacute;s seguros para las mujeres no son aquellos donde nunca hay denuncias, sino aquellos donde existen canales accesibles y garant&iacute;as de imparcialidad. La ausencia de casos p&uacute;blicos no siempre indica ausencia de violencia; a veces revela silencio. Por eso es tan importante desplazar el foco del esc&aacute;ndalo a la estructura: &iquest;qu&eacute; mecanismos preventivos existen?, &iquest;qu&eacute; recursos se destinan?, &iquest;qu&eacute; evaluaci&oacute;n independiente se realiza?, &iquest;qu&eacute; protecci&oacute;n se ofrece a quien denuncia?
    </p><p class="article-text">
        Hablar de igualdad con envergadura implica reconocer su complejidad. No basta con proclamar principios; es necesario dotarlos de procedimientos, indicadores y seguimiento. Tampoco es &uacute;til convertir cada debate en una pugna moral entre bloques irreconciliables. La violencia machista es un problema de derechos humanos y de calidad democr&aacute;tica, no una herramienta de desgaste parlamentario. Cuando la utilizamos como arma arrojadiza, debilitamos la causa que decimos defender.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; la tarea pendiente sea construir una &eacute;tica p&uacute;blica compartida en la que la coherencia no dependa de la coyuntura. Una cultura pol&iacute;tica donde la primera reacci&oacute;n ante una denuncia sea activar protocolos y proteger a la persona afectada, no calcular el impacto electoral. Donde la autocr&iacute;tica no se interprete como traici&oacute;n, sino como madurez democr&aacute;tica. Donde la igualdad deje de ser una bandera ocasional y se convierta en un est&aacute;ndar transversal.
    </p><p class="article-text">
        La igualdad, cuando incomoda, nos ofrece una oportunidad. La de demostrar que los avances normativos han arraigado en nuestras pr&aacute;cticas; que entendemos la gravedad de la violencia m&aacute;s all&aacute; de su rentabilidad medi&aacute;tica; que somos capaces de sostener el mismo criterio hacia dentro y hacia fuera. No es una exigencia menor. Es, en &uacute;ltima instancia, una cuesti&oacute;n de credibilidad colectiva.
    </p><p class="article-text">
        Porque si algo nos ense&ntilde;an las pol&iacute;ticas p&uacute;blicas es que la coherencia es la forma m&aacute;s profunda de compromiso. Y la igualdad &mdash;la de verdad, la que transforma&mdash; empieza justo ah&iacute;, en el momento en que deja de ser c&oacute;moda.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Salvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/coherencia-prueba_132_12990453.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 16 Feb 2026 05:00:16 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La coherencia como prueba]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Cuando Clara aún no era Campoamor]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/clara-no-campoamor_132_12973458.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6954d145-f53f-430c-9b22-7d9bdc79799a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Cuando Clara aún no era Campoamor"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Clara no pidió consenso para defender la igualdad; pidió coherencia democrática. No habló desde la identidad, sino desde el principio. No desde el agravio, sino desde el derecho</p></div><p class="article-text">
        El 12 de febrero de 1888 naci&oacute; Clara Campoamor, y con ella &ndash;aunque todav&iacute;a no lo supi&eacute;ramos&ndash; naci&oacute; una pieza imprescindible de la democracia espa&ntilde;ola. No una pieza decorativa, ni simb&oacute;lica, sino estructural. Campoamor no a&ntilde;adi&oacute; un adorno al edificio democr&aacute;tico: termin&oacute; de construirlo. Porque sin el sufragio femenino la democracia era, en el mejor de los casos, una promesa incompleta; en el peor, una contradicci&oacute;n en voz alta.
    </p><p class="article-text">
        Hay algo profundamente pedag&oacute;gico en volver a Clara cada febrero. No como un ejercicio de nostalgia, sino como un acto de lectura del presente. Clara no fue una figura c&oacute;moda. No lo fue para sus adversarios pol&iacute;ticos, pero tampoco para buena parte de los suyos. Defendi&oacute; el voto de las mujeres cuando hacerlo supon&iacute;a desafiar el consenso, el c&aacute;lculo electoral y la idea &ndash;tan persistentemente patriarcal&ndash; de que la igualdad puede esperar a un momento &ldquo;m&aacute;s oportuno&rdquo;. Clara nos ense&ntilde;&oacute; que los derechos no se conceden cuando conviene: se reconocen cuando son justos.
    </p><p class="article-text">
        Que hoy quiera escribir sobre ello en un medio con implantaci&oacute;n aragonesa no es casual. El primer destino profesional de Clara Campoamor como miembro del Cuerpo Auxiliar de Tel&eacute;grafos fue Zaragoza. Antes de ser diputada, antes de ser la voz que atraves&oacute; el Congreso con una claridad que todav&iacute;a hoy conmueve, fue una mujer joven que lleg&oacute; sola a una ciudad para trabajar, aprender y sostenerse. Hay en ese dato una verdad silenciosa: el feminismo tambi&eacute;n se ha construido desde las periferias, desde los trayectos laborales, desde la vida concreta de mujeres que hicieron lo que pudieron con lo que ten&iacute;an.
    </p><p class="article-text">
        De aquella etapa se conserva un retrato suyo en la revista 'Estampa', hoy custodiado por la Biblioteca Nacional de Espa&ntilde;a. Mirar ese rostro es un ejercicio revelador. No hay en &eacute;l grandilocuencia ni &eacute;pica impostada. Hay determinaci&oacute;n, inteligencia y una serenidad que no nace de la ausencia de conflicto, sino de haberlo pensado todo. Clara sab&iacute;a que estaba sola en muchos momentos. Y aun as&iacute; habl&oacute;. Quiz&aacute; por eso su legado nos interpela tanto en este presente ruidoso, donde se confunde a menudo la firmeza con el grito y la pedagog&iacute;a con la debilidad.
    </p><p class="article-text">
        El contexto espa&ntilde;ol actual en materia de igualdad es complejo y contradictorio. Hemos avanzado en marcos normativos, en pol&iacute;ticas p&uacute;blicas y en reconocimiento institucional. Y, al mismo tiempo, asistimos a una ofensiva reaccionaria que niega, trivializa o caricaturiza el feminismo. No es casual. Cada avance en derechos provoca una reacci&oacute;n. Lo nuevo incomoda, y la igualdad, cuando es real, siempre incomoda a alguien. Arag&oacute;n no es ajena a esta tensi&oacute;n: conviven aqu&iacute; experiencias valiosas de trabajo por la igualdad con discursos que presentan el feminismo como un exceso, una amenaza o una moda ideol&oacute;gica.
    </p><p class="article-text">
        Volver a Clara Campoamor en este contexto no es refugiarse en una figura incuestionable, sino asumir una herencia exigente. Clara no pidi&oacute; consenso para defender la igualdad; pidi&oacute; coherencia democr&aacute;tica. No habl&oacute; desde la identidad, sino desde el principio. No desde el agravio, sino desde el derecho. Y quiz&aacute; ah&iacute; est&eacute; una de las claves que hoy necesitamos recuperar: la capacidad de explicar, de argumentar, de hacer pedagog&iacute;a sin renunciar a la firmeza.
    </p><p class="article-text">
        El feminismo no es un bloque monol&iacute;tico ni una consigna cerrada. Es una tradici&oacute;n cr&iacute;tica que se ha ido construyendo con pensamiento, con conflicto y con mucha incomodidad. En Arag&oacute;n, como en el resto del pa&iacute;s, el reto no es s&oacute;lo defender lo conquistado, sino profundizarlo: llevar la igualdad a los territorios rurales, a las condiciones laborales, a los cuidados, a la vida cotidiana de mujeres muy distintas entre s&iacute;. Hacerlo sin simplificaciones, sin convertir la igualdad en un eslogan vac&iacute;o o en un arma arrojadiza.
    </p><p class="article-text">
        Clara Campoamor nos recuerda que la democracia no se completa una vez y para siempre. Se completa cada d&iacute;a, cada vez que decidimos si ampliamos derechos o los recortamos, si incluimos o excluimos, si explicamos o caricaturizamos. Quiz&aacute; por eso sigue siendo tan actual. Porque su pregunta sigue en el aire: &iquest;qu&eacute; democracia queremos ser? Una que se conforme con lo ya dicho o una que tenga el coraje de decir lo que todav&iacute;a falta.
    </p><p class="article-text">
        Recordar a Clara desde Zaragoza, desde Arag&oacute;n, desde este presente convulso, no es un acto ceremonial. Es una invitaci&oacute;n. A pensar mejor. A discutir con m&aacute;s rigor. A defender la igualdad no como trinchera, sino como horizonte compartido. Porque, como ella demostr&oacute;, la democracia s&oacute;lo est&aacute; completa cuando lo est&aacute; para el conjunto de la sociedad. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Salvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/clara-no-campoamor_132_12973458.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 09 Feb 2026 05:00:19 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Cuando Clara aún no era Campoamor]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Nadie hablará de nosotras]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/nadie-hablara_132_12954542.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/fda1cd2c-4185-4a15-8425-07f6a4b4802b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Nadie hablará de nosotras"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Las mujeres rurales aparecen poco en la campaña. A veces como decorado, como símbolo de arraigo, como parte del relato amable del territorio. Rara vez como sujetas políticas con necesidades específicas. Rara vez como prioridad</p></div><p class="article-text">
        Hay una forma muy concreta de desaparecer del debate p&uacute;blico: no que te ataquen, no que te discutan, sino que no te nombren. Eso es lo que est&aacute; pasando con la igualdad de g&eacute;nero y la violencia machista en la campa&ntilde;a electoral aragonesa. No est&aacute;n en el centro, apenas est&aacute;n en los m&aacute;rgenes. Como si no fueran una prioridad. Como si no importaran. Como si ya estuvieran resueltas.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Nadie hablar&aacute; de nosotras en campa&ntilde;a electoral&rdquo;, escribi&oacute; Carolina Llaquet en una reflexi&oacute;n que duele porque es precisa. No es una frase grandilocuente, es una constataci&oacute;n. Basta con escuchar los discursos, leer los programas, seguir los debates. Se habla de impuestos, de infraestructuras, de desarrollo, de territorio. Se habla mucho de &ldquo;las personas&rdquo;, de &ldquo;las familias&rdquo;, de &ldquo;la libertad&rdquo;. Pero se habla poco &mdash;muy poco&mdash; de las mujeres. Y casi nada de la violencia machista.
    </p><p class="article-text">
        No es casual. La igualdad se ha convertido en un tema inc&oacute;modo, en algo que algunos consideran desgastado y otros directamente cuestionan. Hay quien piensa que ya no da votos. Hay quien prefiere no &ldquo;meterse en l&iacute;os&rdquo;. Y hay quien ha comprado el marco de que hablar de violencia machista es ideol&oacute;gico, exagerado o divisorio. El resultado es el mismo: silencio. Pero el silencio no es neutro. Nunca lo ha sido.
    </p><p class="article-text">
        Hablar de igualdad no es una declaraci&oacute;n de intenciones ni un gesto simb&oacute;lico. Es hablar de c&oacute;mo se reparte el poder, el tiempo, el dinero y la seguridad. Es hablar de empleo femenino precario, de brechas salariales que persisten o de cuidados que siguen recayendo mayoritariamente en las mujeres. Es hablar de miedo, de control, de agresiones y de asesinatos. Y es hablar de pol&iacute;ticas p&uacute;blicas concretas: de recursos suficientes, de prevenci&oacute;n, de formaci&oacute;n y de acompa&ntilde;amiento.
    </p><p class="article-text">
        Cuando eso desaparece del discurso electoral, no desaparece de la realidad. Lo que desaparece es la voluntad pol&iacute;tica de abordarlo.
    </p><p class="article-text">
        En Arag&oacute;n, adem&aacute;s, este silencio tiene una dimensi&oacute;n territorial que no se puede ignorar. Porque no es lo mismo ser mujer en una capital que en un pueblo peque&ntilde;o. Las mujeres rurales viven m&aacute;s lejos de los recursos, con menos servicios, con redes m&aacute;s fr&aacute;giles y con una presi&oacute;n social mayor. Salir de una situaci&oacute;n de violencia no es s&oacute;lo una decisi&oacute;n personal: depende de si hay transporte, atenci&oacute;n psicol&oacute;gica, empleo, vivienda o confidencialidad. Depende de si el sistema llega o no llega.
    </p><p class="article-text">
        Y, sin embargo, las mujeres rurales aparecen poco en la campa&ntilde;a. A veces como decorado, como s&iacute;mbolo de arraigo, como parte del relato amable del territorio. Rara vez como sujetas pol&iacute;ticas con necesidades espec&iacute;ficas. Rara vez como prioridad. Se habla mucho de luchar contra la despoblaci&oacute;n, pero poco de las condiciones materiales que hacen que las mujeres se queden o se vayan. Se habla de emprender, pero no de conciliaci&oacute;n corresponsable. Se habla de orgullo rural, pero no de soledad, ni de sobrecarga, ni de violencia.
    </p><p class="article-text">
        Como si todo eso afeara el relato.
    </p><p class="article-text">
        La violencia machista, por su parte, se diluye entre palabras suaves. Se evita nombrarla con precisi&oacute;n. Se la convierte en un problema privado, en una suma de casos aislados, en algo que &ldquo;ya est&aacute; en las leyes&rdquo;. Pero quienes trabajamos en este &aacute;mbito sabemos que no basta con que exista un marco legal si no hay desarrollo, presupuesto y compromiso pol&iacute;tico. Sabemos que los retrocesos empiezan casi siempre as&iacute;: primero se deja de hablar, luego se deja de priorizar y despu&eacute;s se recorta.
    </p><p class="article-text">
        No es alarmismo. Es experiencia.
    </p><p class="article-text">
        No se trata de dar lecciones morales ni de se&ntilde;alar culpables. Se trata de rigor. La igualdad exige pol&iacute;ticas bien dise&ntilde;adas, evaluables y sostenidas en el tiempo. Exige datos rigurosos, formaci&oacute;n especializada y coordinaci&oacute;n institucional. Exige tomarse en serio lo que la evidencia lleva a&ntilde;os mostrando. Y exige liderazgos pol&iacute;ticos capaces de decir, sin rodeos, que la violencia machista existe y que combatirla es una obligaci&oacute;n democr&aacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        Arag&oacute;n no es una tierra ajena a la cultura ni al pensamiento cr&iacute;tico. Aqu&iacute; sabemos que mirar hacia otro lado nunca ha sido una virtud. Goya lo dej&oacute; claro cuando dibuj&oacute; los monstruos que nacen cuando la raz&oacute;n duerme. Y quiz&aacute; de eso se trate: de no dormirnos, de no normalizar que en una campa&ntilde;a electoral la mitad de la poblaci&oacute;n sea pr&aacute;cticamente invisible.
    </p><p class="article-text">
        La igualdad no es un asunto sectorial ni una agenda secundaria. Es una condici&oacute;n b&aacute;sica para que todo lo dem&aacute;s funcione. Sin mujeres libres no hay democracia plena. Sin corresponsabilidad no hay desarrollo sostenible. Sin mujeres rurales con derechos no hay equilibrio territorial.
    </p><p class="article-text">
        Decir que &ldquo;nadie hablar&aacute; de nosotras&rdquo; no es rendirse. Es se&ntilde;alar el vac&iacute;o. Es advertir de lo que pasa cuando la pol&iacute;tica decide que hay temas prescindibles. Las mujeres no lo somos. Tampoco nuestra seguridad, ni nuestra igualdad.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; no se hable mucho de nosotras en esta campa&ntilde;a electoral. Pero estamos aqu&iacute;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Salvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/nadie-hablara_132_12954542.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 02 Feb 2026 05:00:23 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Nadie hablará de nosotras]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Igualdad y poder en la política aragonesa: un debate pendiente]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/igualdad-politica-aragonesa-debate-pendiente_132_12934750.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7c3ba2d6-a222-4905-bf2e-c3dbd2d610b2_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Igualdad y poder en la política aragonesa: un debate pendiente"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Las elecciones son un momento de visibilidad, pero la igualdad se mide en las condiciones que se crean para ejercer el poder de manera justa y sostenible</p></div><p class="article-text">
        En Arag&oacute;n, como en muchos territorios, la igualdad entre mujeres y hombres aparece en los discursos pol&iacute;ticos como un principio compartido, casi como una certeza. Sin embargo, la experiencia demuestra que esa apariencia de consenso convive con profundas tensiones: no todas las mujeres que acceden al poder pueden ejercerlo plenamente, y no todos los feminismos son igualmente aceptados dentro de las estructuras institucionales. La pol&iacute;tica sigue siendo un espacio donde las reglas del poder no se reescriben con la simple presencia femenina.
    </p><p class="article-text">
        El incremento de la representaci&oacute;n femenina en los cargos p&uacute;blicos ha sido indiscutible en las &uacute;ltimas d&eacute;cadas, pero la cifra por s&iacute; sola no transforma las jerarqu&iacute;as ni garantiza autonom&iacute;a. La pregunta relevante no es s&oacute;lo qui&eacute;n ocupa los puestos, sino c&oacute;mo se ejerce ese poder, bajo qu&eacute; condiciones y con qu&eacute; margen para cuestionar las l&oacute;gicas internas. Muchas mujeres que intentan introducir una perspectiva feminista cr&iacute;tica enfrentan mayores resistencias que aquellas que se adaptan a los marcos existentes. La etiqueta de feminismo, cuando se reduce a una declaraci&oacute;n de intenciones, puede ser tolerada; cuando cuestiona el sistema, encuentra obst&aacute;culos.
    </p><p class="article-text">
        Las estructuras partidarias conservan din&aacute;micas patriarcales: redes informales de influencia, decisiones en espacios opacos, valoraci&oacute;n de disponibilidad total y escasa atenci&oacute;n a los cuidados. Estas din&aacute;micas no son patrimonio exclusivo de los hombres: muchas mujeres consolidadas las reproducen, a veces como estrategia de supervivencia, a veces como forma de legitimaci&oacute;n. El resultado es un feminismo institucional que puede perder densidad transformadora y convertirse en un recurso instrumental, &uacute;til para la imagen y los pactos, pero limitado en capacidad de modificar pr&aacute;cticas.
    </p><p class="article-text">
        Este fen&oacute;meno tiene efectos concretos: las mujeres que defienden un feminismo consistente encuentran desgaste constante, menor tolerancia a errores y presi&oacute;n por adaptarse. La igualdad se convierte en moneda de cambio, visible en campa&ntilde;as y declaraciones, pero no siempre efectiva en la vida cotidiana de los partidos. Rebajar la ambici&oacute;n de las pol&iacute;ticas de igualdad por comodidad interna no s&oacute;lo diluye su alcance, sino que puede reforzar estructuras que perpet&uacute;an desigualdades.
    </p><p class="article-text">
        El feminismo, en este sentido, debe hacer pedagog&iacute;a: explicar por qu&eacute; la igualdad no es un privilegio, por qu&eacute; los retrocesos no siempre llegan por ruptura sino por desgaste, y por qu&eacute; la presencia femenina no garantiza por s&iacute; sola una transformaci&oacute;n real. Las elecciones son un momento de visibilidad, pero la igualdad se mide en las condiciones que se crean para ejercer el poder de manera justa y sostenible.
    </p><p class="article-text">
        El debate pendiente en Arag&oacute;n no es te&oacute;rico ni simb&oacute;lico: es pr&aacute;ctico. Implica revisar liderazgos, jerarqu&iacute;as y din&aacute;micas internas. Significa preguntarse qu&eacute; feminismos son aceptables dentro de las estructuras y cu&aacute;les incomodan, y asumir que sostener un liderazgo feminista coherente casi siempre tiene costes. S&oacute;lo a partir de esa reflexi&oacute;n es posible que la igualdad deje de ser un valor ret&oacute;rico y se transforme en un principio operativo que atraviese toda la pol&iacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        Las elecciones pasar&aacute;n. Las estructuras permanecer&aacute;n. Y la igualdad seguir&aacute; siendo un desaf&iacute;o mientras no se revise el n&uacute;cleo del poder: qui&eacute;n decide, c&oacute;mo y en qu&eacute; condiciones. Ese es el verdadero debate democr&aacute;tico y tambi&eacute;n el que determinar&aacute; si la pol&iacute;tica aragonesa est&aacute; preparada para cumplir sus promesas de igualdad
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Salvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/igualdad-politica-aragonesa-debate-pendiente_132_12934750.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 26 Jan 2026 05:00:12 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Igualdad y poder en la política aragonesa: un debate pendiente]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Elecciones Aragón]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Quizás seamos las enemigas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/seamos-enemigas_132_12899834.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/684f25f2-bdba-43e0-a83b-dab37cdbbe21_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Quizás seamos las enemigas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El feminismo no puede limitarse a la denuncia moral ni a la burla fácil. Necesita pedagogía, pero también escucha. Escuchar no significa conceder razón a quien niega derechos, sino comprender los malestares que se canalizan de forma equivocada</p></div><p class="article-text">
        A comienzos de este nuevo a&ntilde;o, con las redes sociales marcando la conversaci&oacute;n p&uacute;blica a golpe de consigna breve y de algoritmo, se hace cada vez m&aacute;s visible un fen&oacute;meno que no es nuevo, pero s&iacute; m&aacute;s ruidoso: el auge del discurso antifeminista, especialmente entre hombres j&oacute;venes. No aparece de la nada ni es un simple &ldquo;enfado generacional&rdquo;. Es, m&aacute;s bien, un s&iacute;ntoma cultural que merece ser pensado con rigor, sin caricaturas ni condescendencias, pero tambi&eacute;n sin renunciar a una mirada feminista s&oacute;lida y bien anclada en la historia.
    </p><p class="article-text">
        El feminismo, conviene recordarlo, no surge para enfrentar a mujeres y hombres, sino para cuestionar un sistema &mdash;el patriarcado&mdash; que organiza la vida social desde la desigualdad. Sin embargo, en los &uacute;ltimos a&ntilde;os, parte del discurso p&uacute;blico ha logrado invertir el relato: algunos j&oacute;venes varones se perciben a s&iacute; mismos como v&iacute;ctimas de una supuesta &ldquo;hegemon&iacute;a feminista&rdquo; que les habr&iacute;a arrebatado derechos, espacios y reconocimiento. Esta idea, repetida hasta la saciedad en ciertos foros digitales, podcasts y canales de entretenimiento, funciona como un espejo deformante. Como escribi&oacute; la fil&oacute;sofa Susan Sontag, &ldquo;la interpretaci&oacute;n puede ser una forma de venganza intelectual&rdquo;; aqu&iacute;, la distorsi&oacute;n es una forma de defensa identitaria.
    </p><p class="article-text">
        Hay que preguntarse por qu&eacute; este discurso encuentra hoy terreno f&eacute;rtil. Vivimos un tiempo de incertidumbre material y simb&oacute;lica: precariedad laboral, crisis clim&aacute;tica, dificultad de acceso a la vivienda o desdibujamiento de los relatos cl&aacute;sicos de &eacute;xito masculino. A muchos j&oacute;venes se les prometi&oacute; un mundo que ya no existe, y en ese vac&iacute;o aparecen explicaciones simples para problemas complejos. El antifeminismo ofrece una: si te va mal, si no encajas, si te sientes desplazado, la culpa es del feminismo. No del sistema econ&oacute;mico, no de la desigualdad estructural, no de la falta de pol&iacute;ticas p&uacute;blicas, sino de las mujeres que &ldquo;han ido demasiado lejos&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Esta reacci&oacute;n no es nueva. Cada avance en derechos ha generado su correspondiente contraofensiva. Ocurri&oacute; tras el sufragio femenino, tras la incorporaci&oacute;n masiva de las mujeres al trabajo asalariado y tras la llamada &ldquo;segunda ola&rdquo;. Simone de Beauvoir ya advert&iacute;a que &ldquo;todo privilegio se vive como un derecho natural, y toda p&eacute;rdida de privilegio como una injusticia&rdquo;. Lo que hoy vemos es, en buena medida, la incomodidad ante la p&eacute;rdida de una centralidad que durante siglos no necesit&oacute; justificarse.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, reducir este fen&oacute;meno a una mera reacci&oacute;n machista ser&iacute;a un error. El antifeminismo contempor&aacute;neo se reviste de un lenguaje aparentemente racional, incluso victimista: habla de &ldquo;igualdad real&rdquo;, de &ldquo;denuncias falsas&rdquo; o de &ldquo;discriminaci&oacute;n inversa&rdquo;. Se apoya en datos sacados de contexto y en an&eacute;cdotas elevadas a categor&iacute;a, mientras ignora sistem&aacute;ticamente la evidencia emp&iacute;rica sobre violencia de g&eacute;nero, brechas salariales o asim&eacute;trica distribuci&oacute;n de los cuidados. Es un discurso eficaz porque conecta con emociones profundas: miedo, frustraci&oacute;n y deseo de pertenencia. Como bien sab&iacute;a Hannah Arendt, los movimientos reaccionarios no triunfan s&oacute;lo por lo que dicen, sino por lo que hacen sentir.
    </p><p class="article-text">
        Frente a esto, el feminismo no puede limitarse a la denuncia moral ni a la burla f&aacute;cil. Necesita pedagog&iacute;a, pero tambi&eacute;n escucha. Escuchar no significa conceder raz&oacute;n a quien niega derechos, sino comprender los malestares que se canalizan de forma equivocada. Muchos j&oacute;venes varones crecen sin herramientas emocionales, atrapados entre un modelo de masculinidad que ya no sirve y otro que no saben c&oacute;mo habitar. El antifeminismo les ofrece una identidad clara, aunque sea construida sobre el resentimiento.
    </p><p class="article-text">
        Aqu&iacute; el reto es enorme. El feminismo debe seguir siendo firme en la defensa de la igualdad, pero tambi&eacute;n capaz de proponer horizontes compartidos. Recordar que la emancipaci&oacute;n de las mujeres no empobrece la vida de los hombres, sino que la ampl&iacute;a. Que cuestionar la violencia, la dominaci&oacute;n o el mandato de la dureza no es &ldquo;atacar la identidad masculina&rdquo;, sino liberarla. Como escribi&oacute; bell hooks, el feminismo es para todo el mundo porque &ldquo;imagina una sociedad donde nadie tenga que dominar para existir&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Tal vez convenga volver a la cultura, a la literatura, al cine, como espacios donde pensar estas tensiones sin la estridencia del tuit. En las novelas de Annie Ernaux, en las pel&iacute;culas de C&eacute;line Sciamma o en los ensayos de Nuria Varela encontramos relatos que no simplifican, que muestran las contradicciones y los costes personales de los cambios sociales. La igualdad no es un camino recto ni c&oacute;modo, pero s&iacute; profundamente humano.
    </p><p class="article-text">
        El auge del discurso antifeminista no es una moda pasajera, sino una llamada de atenci&oacute;n. Nos recuerda que los avances no son irreversibles y que toda transformaci&oacute;n social genera resistencias. La respuesta no puede ser el repliegue ni el cansancio. Necesita reflexi&oacute;n, memoria hist&oacute;rica y una apuesta decidida por un feminismo que, sin perder su ra&iacute;z, sea capaz de hablar de futuro. Un futuro en el que la igualdad no se viva como una amenaza, sino como una posibilidad compartida.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Salvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/seamos-enemigas_132_12899834.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 12 Jan 2026 05:00:22 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Quizás seamos las enemigas]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Feminismo en la era del poder concentrado]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/feminismo-concentrado_132_12885692.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/8108d148-e1a5-41b1-be82-15ea33efb4f7_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Feminismo en la era del poder concentrado"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La quiebra de los modelos de bienestar social, agravada por ciclos de austeridad y por la crisis climática, evidencia además que no hay igualdad sin una base material redistributiva</p></div><p class="article-text">
        Comenzamos 2026 con una conciencia clara: las agendas feministas enfrentan un contexto internacional profundamente transformado respecto al &uacute;ltimo gran punto de inflexi&oacute;n de los movimientos de mujeres en Espa&ntilde;a, el 8 de marzo del a&ntilde;o 2018. Entonces, la emergencia de las huelgas feministas articul&oacute; una demanda pol&iacute;ticamente transversal: reconocimiento de los trabajos de cuidados, pol&iacute;ticas contra las violencias machistas, ampliaci&oacute;n de derechos sexuales y reproductivos o cuestionamiento de la precariedad laboral feminizada. Hoy, casi una d&eacute;cada despu&eacute;s, ese horizonte se inserta en un orden global fracturado por una multiplicidad de crisis: el resurgimiento de hiperliderazgos masculinos, tensiones geopol&iacute;ticas sin precedentes desde la Guerra Fr&iacute;a y la evidente quiebra de modelos de bienestar social que parec&iacute;an consolidados.
    </p><p class="article-text">
        Hablar de feminismo en 2026 exige comprender que no se trata &uacute;nicamente de &ldquo;sumar m&aacute;s mujeres&rdquo; a espacios de poder, sino de reconfigurar las estructuras mismas que sostienen las jerarqu&iacute;as de g&eacute;nero. Como se&ntilde;al&oacute; la te&oacute;rica norteamericana&nbsp;<strong>Nancy Fraser</strong>, la justicia no puede reducirse a la representaci&oacute;n, sino que debe abarcar la redistribuci&oacute;n de los recursos y la participaci&oacute;n democr&aacute;tica real en la esfera p&uacute;blica. 
    </p><p class="article-text">
        En el plano internacional, asistimos a una reconfiguraci&oacute;n del poder que tensiona las agendas feministas. La emergencia de liderazgos autoritarios y fuertemente masculinizados &mdash;que evaden la responsabilidad del cuidado colectivo y privilegian l&oacute;gicas de militarizaci&oacute;n y control social&mdash; representa un retroceso palpable. No es casualidad que, en muchos de estos contextos, desde Hungr&iacute;a hasta EEUU, las pol&iacute;ticas de igualdad hayan sido las primeras en ser desmanteladas: porque &eacute;stas desaf&iacute;an el ethos de homogeneidad y fuerza que promueven estos gobiernos.
    </p><p class="article-text">
        La quiebra de los modelos de bienestar social, agravada por ciclos de austeridad y por la crisis clim&aacute;tica, evidencia adem&aacute;s que no hay igualdad sin una base material redistributiva. Las economistas feministas han insistido, con datos emp&iacute;ricos incuestionables, en que los sistemas p&uacute;blicos de salud, educaci&oacute;n y cuidados universales son pilares para la justicia y la equidad. La economista <strong>Marina Durano</strong>&nbsp;insiste en que la igualdad no es un &ldquo;lujo progresista&rdquo;, sino una condici&oacute;n de sostenibilidad social y econ&oacute;mica. Prescindir de esta perspectiva en 2026 ser&iacute;a socavar las propias bases de las agendas feministas.
    </p><p class="article-text">
        Reflexionar desde Arag&oacute;n o desde Espa&ntilde;a en este contexto global implica entrelazar lo local y lo internacional. Las pol&iacute;ticas p&uacute;blicas en materia de igualdad no pueden entenderse s&oacute;lo como respuestas internas: forman parte de un entramado normativo europeo e internacional, desde el Convenio de Estambul hasta los Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas. La convivencia de estos marcos con tendencias regresivas en otras latitudes subraya una lecci&oacute;n crucial:&nbsp;<strong>la igualdad no se conquista para ser domesticada, sino para ser defendida y ampliada.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Mirar al futuro implica confrontar tensiones: entre reconocimiento y redistribuci&oacute;n, entre local y global, entre simbolismo y estructura. Para las agendas feministas y de igualdad en 2026, el desaf&iacute;o es simult&aacute;neamente conceptual y pragm&aacute;tico: sostener la ambici&oacute;n transformadora sin renunciar a las alianzas estrat&eacute;gicas que permitan traducir principios en pol&iacute;ticas, y pol&iacute;ticas en vidas mejores.
    </p><p class="article-text">
        Porque, al final, la igualdad no es s&oacute;lo un ideal: es un proceso continuo, hist&oacute;rico y compartido. Requiere de una pol&iacute;tica del cuidado que sea, a la vez, sensible y robusta; una pol&iacute;tica que entienda que&nbsp;<strong>la libertad sin justicia es una ilusi&oacute;n y que la justicia sin libertad es inalcanzable</strong>. En este nuevo escenario, plantear una agenda feminista es, ante todo, plantear una agenda para la democracia misma.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Salvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/feminismo-concentrado_132_12885692.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 05 Jan 2026 05:00:22 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Feminismo en la era del poder concentrado]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Un feminismo con preguntas abiertas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/feminismo-preguntas-abiertas_132_12874148.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/87efc49b-9d57-42e4-be1b-1a61c553b559_16-9-discover-aspect-ratio_default_1133375.jpg" width="3791" height="2133" alt="Un feminismo con preguntas abiertas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hablar de cuidados en Aragón es hablar de demasiadas cosas: carreteras, servicios públicos y, también, soledades largas. Es reconocer que la igualdad no se juega sólo en los grandes discursos, sino en la posibilidad material de quedarse o marcharse</p></div><p class="article-text">
        El feminismo no atraviesa el cambio de a&ntilde;o como quien estrena calendario, sino como quien revisa una casa habitada desde hace tiempo. Hay habitaciones reci&eacute;n reformadas y otras donde la pintura empieza a descascarillarse. El feminismo institucional, convertido ya en pol&iacute;tica p&uacute;blica, marco normativo y lenguaje com&uacute;n, ha logrado avances incuestionables. Pero este nuevo a&ntilde;o se abre paso con una evidencia inc&oacute;moda: los logros no cancelan los conflictos, los hacen m&aacute;s visibles.
    </p><p class="article-text">
        Una de las grietas m&aacute;s dif&iacute;ciles de mirar es la que se abre cuando el discurso de la igualdad convive con pr&aacute;cticas de poder que lo contradicen. Los casos de acoso sexual en el seno de las organizaciones pol&iacute;ticas no son anomal&iacute;as externas, sino s&iacute;ntomas de estructuras que no se transforman s&oacute;lo con declaraciones de principios. Los protocolos existen, pero a menudo funcionan m&aacute;s como dispositivos de contenci&oacute;n que como herramientas de justicia. Nombrar la violencia no basta si no se alteran las jerarqu&iacute;as que la hacen posible. Como escribi&oacute; Audre Lorde, &ldquo;las herramientas del amo nunca desmontan la casa del amo&rdquo;, aunque se pinten de violeta.
    </p><p class="article-text">
        Pensar estos dilemas desde Arag&oacute;n obliga a aterrizar el debate. Aqu&iacute;, el feminismo institucional se enfrenta a un territorio extenso, envejecido y profundamente desigual. La despoblaci&oacute;n no es neutra: tiene rostro de mujer. Porque son ellas las que sostienen la vida cotidiana en muchos pueblos, las que cuidan sin relevo y las que enlazan trabajos precarios con responsabilidades familiares que no aparecen en ning&uacute;n indicador econ&oacute;mico. Hablar de cuidados en Arag&oacute;n es hablar de demasiadas cosas: carreteras, servicios p&uacute;blicos y, tambi&eacute;n, soledades largas. Es reconocer que la igualdad no se juega s&oacute;lo en los grandes discursos, sino en la posibilidad material de quedarse o marcharse.
    </p><p class="article-text">
        El trabajo sigue siendo otro nudo central. No s&oacute;lo por la persistencia de la brecha laboral y salarial, sino por la forma en que la precariedad se ha sofisticado. La promesa de la vocaci&oacute;n, del proyecto apasionante, de la flexibilidad, ha reca&iacute;do una vez m&aacute;s sobre los cuerpos feminizados. Muchas mujeres no est&aacute;n excluidas del sistema, sino atrapadas en &eacute;l, gestionando tiempos imposibles. Frente a esta l&oacute;gica, el feminismo tiene el reto de politizar el tiempo, de cuestionar un modelo que convierte la vida en un par&eacute;ntesis entre jornadas. Walter Benjamin advert&iacute;a de que el progreso sin pausa termina por arrasar con aquello que pretende mejorar.
    </p><p class="article-text">
        La reacci&oacute;n antifeminista tampoco puede seguir trat&aacute;ndose como una excentricidad. Tiene relato, estructura y capacidad de seducci&oacute;n. En territorios donde el abandono institucional ha sido la norma, el discurso que promete orden y certezas encuentra terreno f&eacute;rtil. El error ser&iacute;a responder desde la superioridad moral. Comprender no implica ceder, pero s&iacute; asumir que ning&uacute;n proyecto emancipador puede sostenerse sin v&iacute;nculo social. Simone Weil lo formul&oacute; con crudeza: &ldquo;No hay justicia posible si se ignora el sufrimiento concreto&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        A todo ello se suma el desaf&iacute;o tecnol&oacute;gico. Algoritmos que clasifican, plataformas que organizan el trabajo y sistemas que deciden sin rendir cuentas. Lejos de ser neutros, reproducen desigualdades antiguas con una eficacia nueva. El feminismo acad&eacute;mico tiene aqu&iacute; una responsabilidad que no puede eludir: intervenir en estos debates sin encerrarse en el lenguaje experto ni renunciar a la complejidad. Pensar el futuro sin perspectiva feminista no es s&oacute;lo injusto; es intelectualmente pobre.
    </p><p class="article-text">
        Y, pese a todo, hay algo profundamente f&eacute;rtil en este momento. El feminismo ha transformado la manera en que pensamos la vida cotidiana, el amor, la maternidad, el &eacute;xito y el fracaso. Ha ensanchado el campo de lo decible y ha dotado de palabras a experiencias que antes s&oacute;lo produc&iacute;an silencio. Ese legado no est&aacute; garantizado. Como recordaba Simone de Beauvoir, &ldquo;los derechos nunca se conquistan para siempre&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        El nuevo a&ntilde;o no exige al feminismo unanimidad ni consignas tranquilizadoras. Exige rigor, memoria y valent&iacute;a para mirar las grietas sin negar la casa. Seguir avanzando sin cerrar los ojos. Porque el feminismo, incluso cuando se institucionaliza, no deja de ser una pregunta abierta. Y este a&ntilde;o, m&aacute;s que respuestas c&oacute;modas, necesita el coraje de formular las preguntas correctas.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Salvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/feminismo-preguntas-abiertas_132_12874148.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 29 Dec 2025 05:00:44 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Un feminismo con preguntas abiertas]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El balance incómodo de la igualdad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/balance-incomodo-igualdad_132_12862867.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c57d9891-5e31-44df-9ae8-4e1ffbcfbb60_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x608y258.jpg" width="1200" height="675" alt="El balance incómodo de la igualdad"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En Aragón, las diferencias territoriales siguen marcando el mapa de la desigualdad. En las ciudades, la brecha salarial se disimula con complementos y trayectorias fragmentadas; en el medio rural, se vuelve más directa y cruda</p></div><p class="article-text">
        Hay a&ntilde;os que se recuerdan por lo que ocurre y otros por lo que se repite. En Arag&oacute;n, 2025 pertenece claramente a los segundos cuando se mira desde la vida de las mujeres. No ha sido un a&ntilde;o de rupturas ni de conquistas espectaculares, sino de continuidad. Y la continuidad, cuando habla de desigualdad, tiene algo inquietante: revela hasta qu&eacute; punto ciertas cosas siguen consider&aacute;ndose normales.
    </p><p class="article-text">
        La igualdad, vista desde lejos, parece un asunto bastante ordenado. Hay leyes, planes, discursos, d&iacute;as se&ntilde;alados en el calendario. Pero cuando se baja al detalle &mdash;al tiempo, al dinero, al cansancio&mdash; el dibujo se vuelve m&aacute;s irregular. Las mujeres siguen teniendo peores ingresos de media y continuan asumiendo la mayor parte de los cuidados. No es una anomal&iacute;a estad&iacute;stica, es una estructura que se reproduce con constancia. 
    </p><p class="article-text">
        En Arag&oacute;n, las diferencias territoriales siguen marcando el mapa de la desigualdad. En las ciudades, la brecha salarial se disimula con complementos y trayectorias fragmentadas; en el medio rural, se vuelve m&aacute;s directa y cruda. All&iacute; donde faltan servicios, son las mujeres quienes sostienen la vida cotidiana, muchas veces a costa de su propia autonom&iacute;a. No hay &eacute;pica en eso, s&oacute;lo una repetici&oacute;n silenciosa que rara vez ocupa el centro del debate pol&iacute;tico.
    </p><p class="article-text">
        Los cuidados contin&uacute;an siendo el gran asunto pendiente. Se habla de conciliaci&oacute;n como si fuera un problema de agenda personal y no una desigualdad estructural atravesada por el g&eacute;nero. Se apela a la corresponsabilidad mientras el sistema sigue descansando, mayoritariamente, sobre el tiempo de las mujeres. El resultado es sabido: reducciones de jornada, carreras profesionales interrumpidas e ingresos m&aacute;s bajos, desde la vida laboral activa hasta las pensiones. Virginia Woolf escribi&oacute; que para pensar hace falta una habitaci&oacute;n propia; en 2025 muchas mujeres siguen sin disponer siquiera del tiempo necesario para imaginarla.
    </p><p class="article-text">
        La violencia machista no puede separarse de este contexto. No es un fen&oacute;meno aislado, sino una expresi&oacute;n extrema de una desigualdad m&aacute;s amplia. Este a&ntilde;o hemos vuelto a vivir una sensaci&oacute;n persistente de desgaste. Persisten las agresiones, persisten las denuncias y persiste, tambi&eacute;n, cierta fatiga social que se cuela en el lenguaje, en el tono y en la manera de relativizar. Como si nombrar la violencia contra las mujeres resultara ya inc&oacute;modo. Como si insistir fuera exagerar, en un contexto de negacionismo y banalizaci&oacute;n que apuntala la impunidad y refuerza las estructuras que hacen posible la desigualdad estructural entre mujeres y hombres, y la violencia que legitima. 
    </p><p class="article-text">
        Y, sin embargo, el a&ntilde;o no ha sido s&oacute;lo repetici&oacute;n. Tambi&eacute;n ha habido movimientos casi imperceptibles. Mujeres j&oacute;venes que no aceptan determinados pactos, aunque todav&iacute;a no sepan c&oacute;mo romperlos. Hombres que empiezan a asumir cuidados sin convertirlo en un gesto heroico. Profesionales que empujan cambios peque&ntilde;os desde dentro de instituciones lentas. No son titulares, pero son desplazamientos. 
    </p><p class="article-text">
        El feminismo aragon&eacute;s ha seguido ah&iacute;, menos visible quiz&aacute;, pero constante. M&aacute;s atento a sostener que a brillar. En un contexto de mayor ruido y polarizaci&oacute;n, esa perseverancia tiene algo de resistencia tranquila. No promete finales felices, pero evita el retroceso. Y eso, en determinados momentos hist&oacute;ricos, no s&oacute;lo no es poco, sino que es imprescindible.
    </p><p class="article-text">
        Cerrar 2025 desde la igualdad no consiste en celebrar ni en lamentarse, sino en mirar con honestidad. Reconocer que sabemos lo que ocurre y que no es nuevo. Que la desigualdad no se mantiene por falta de diagn&oacute;stico, sino por falta de voluntad para alterar lo que resulta c&oacute;modo. Y que la vida de las mujeres sigue siendo un buen term&oacute;metro democr&aacute;tico. Si se mira con atenci&oacute;n, el a&ntilde;o queda bastante claro.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Salvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/balance-incomodo-igualdad_132_12862867.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 22 Dec 2025 05:00:41 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El balance incómodo de la igualdad]]></media:title>
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    </item>
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      <title><![CDATA[Tu silencio no te protegerá]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/silencio-no-protegera_132_12844947.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/5c0f33c3-9255-4edc-825e-cc1d04d21943_16-9-discover-aspect-ratio_default_1132563.jpg" width="3082" height="1734" alt="Tu silencio no te protegerá"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Los protocolos frente al acoso sexual y por razón de sexo son una pieza centra, pero no basta con que existan. Deben cumplir estándares exigentes de transparencia y calidad democrática</p></div><p class="article-text">
        Cuando los casos de acoso sexual emergen en organizaciones pol&iacute;ticas, la reacci&oacute;n inmediata suele ser defensiva. No siempre expl&iacute;cita, pero s&iacute; reconocible: se mide el impacto, se calcula el da&ntilde;o y se intenta encajar el relato. Sin embargo, lo verdaderamente relevante no es que estos casos aparezcan, sino c&oacute;mo se gestionan. Porque la violencia machista no irrumpe de manera imprevisible; se manifiesta all&iacute; donde existen relaciones de poder desiguales, dependencia, en este caso pol&iacute;tica, jerarqu&iacute;as informales y culturas organizativas que no han sido revisadas con profundidad.
    </p><p class="article-text">
        Los partidos pol&iacute;ticos forman parte de la sociedad. No est&aacute;n al margen de sus contradicciones ni de sus violencias. Pensarlos como espacios inmunes no s&oacute;lo es ingenuo, sino peligroso, porque desplaza el foco del an&aacute;lisis y dificulta la adopci&oacute;n de medidas eficaces. La cuesti&oacute;n no es qui&eacute;n queda se&ntilde;alado, sino si las estructuras internas est&aacute;n preparadas para responder con rigor, justicia y cuidado cuando una situaci&oacute;n de acoso se produce.
    </p><p class="article-text">
        En ese punto, la ruptura del silencio es importante, pero no como un gesto heroico ni como una consigna moral. Hablar suele ser el &uacute;ltimo paso de un proceso largo y desgastante, marcado por la duda, el temor a las consecuencias y la conciencia de que lo que se diga no afectar&aacute; s&oacute;lo a quien habla. Por eso, cuando una denuncia se formula, la responsabilidad no recae en quien la expresa, sino en el marco que la recibe.
    </p><p class="article-text">
        Acompa&ntilde;ar es una de las tareas m&aacute;s complejas y menos comprendidas. No se trata de gestos simb&oacute;licos ni de apoyos ret&oacute;ricos, sino de una pr&aacute;ctica concreta que exige formaci&oacute;n, criterios claros y una &eacute;tica del cuidado sostenida en el tiempo. Acompa&ntilde;ar implica reconocer el impacto de la violencia sexual, respetar los ritmos, ofrecer informaci&oacute;n comprensible y garantizar que la persona afectada no quede aislada ni instrumentalizada. Supone, tambi&eacute;n, entender que el acompa&ntilde;amiento no puede depender de afinidades personales ni de equilibrios internos, porque eso reproduce exactamente las din&aacute;micas que se pretende erradicar.
    </p><p class="article-text">
        Los protocolos frente al acoso sexual y por raz&oacute;n de sexo son una pieza central de este entramado. Pero no basta con que existan. Deben cumplir est&aacute;ndares exigentes de transparencia y calidad democr&aacute;tica. Han de ser p&uacute;blicos, accesibles, f&aacute;cilmente localizables y redactados en un lenguaje que no excluya. Cualquier persona debe poder conocerlos sin intermediaci&oacute;n y sin necesidad de pertenecer a determinados c&iacute;rculos ni de activar relaciones informales. La opacidad, en este &aacute;mbito, no protege; genera desconfianza y refuerza el silencio.
    </p><p class="article-text">
        Igualmente, esenciales son los canales de denuncia. Claros, m&uacute;ltiples y accesibles. Canales que no obliguen a atravesar jerarqu&iacute;as ni a exponerse ante personas con v&iacute;nculos pol&iacute;ticos directos. Que garanticen confidencialidad y ausencia de represalias como principio operativo, no como declaraci&oacute;n de intenciones. La experiencia acumulada demuestra que cuando los itinerarios son confusos o percibidos como inseguros, las denuncias no desaparecen: se enquistan.
    </p><p class="article-text">
        Hay un elemento del que se habla poco y que resulta determinante: qui&eacute;n gestiona estos procesos. No es suficiente con un compromiso gen&eacute;rico con la igualdad ni con una trayectoria pol&iacute;tica coherente. La intervenci&oacute;n en casos de violencia machista requiere formaci&oacute;n espec&iacute;fica, conocimiento t&eacute;cnico, comprensi&oacute;n de los impactos psicosociales del acoso y capacidad para evitar la revictimizaci&oacute;n. La falta de formaci&oacute;n no es neutral. Produce errores, sesgos y decisiones que agravan el da&ntilde;o.
    </p><p class="article-text">
        Se han hecho muchas cosas mal. Activaciones tard&iacute;as, respuestas improvisadas, procedimientos poco claros, prioridad del control del da&ntilde;o reputacional sobre la protecci&oacute;n efectiva. Reconocerlo no debilita a las organizaciones; lo contrario s&iacute;. Pero el aprendizaje s&oacute;lo es posible si se abandona la l&oacute;gica defensiva y se apuesta por una revisi&oacute;n honesta y profunda de las estructuras internas.
    </p><p class="article-text">
        Utilizar estos casos como arma partidista es una forma m&aacute;s de vaciar de sentido el compromiso con la erradicaci&oacute;n de la violencia machista. Reduce una cuesti&oacute;n compleja a una disputa binaria y env&iacute;a un mensaje disuasorio a quienes podr&iacute;an hablar. La violencia machista no es patrimonio de nadie ni puede abordarse desde el c&aacute;lculo pol&iacute;tico. Exige sensatez, rigor y una voluntad real de cambio.
    </p><p class="article-text">
        Este momento ofrece una oportunidad. No para proclamar ejemplaridades, sino para demostrar coherencia. Para invertir en formaci&oacute;n, revisar protocolos, fortalecer canales, profesionalizar equipos y asumir que la igualdad no es un discurso, sino una pr&aacute;ctica exigente que atraviesa la vida interna de las organizaciones.
    </p><p class="article-text">
        Porque el silencio, como advirti&oacute; Audre Lorde, nunca ha sido un lugar seguro. Y porque s&oacute;lo cuando se construyen estructuras que no lo necesiten, es posible hablar de un compromiso real con la democracia, la igualdad, la dignidad y la justicia.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Salvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/silencio-no-protegera_132_12844947.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 15 Dec 2025 04:30:52 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Tu silencio no te protegerá]]></media:title>
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