<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:dcterms="http://purl.org/dc/terms/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"  xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" version="2.0">
  <channel>
    <title><![CDATA[elDiario.es - Daniel Fernández]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/daniel-fernandez/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Daniel Fernández]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
    <ttl>10</ttl>
    <atom:link href="https://www.eldiario.es/rss/category/author/1052554/" rel="self" type="application/rss+xml"/>
    <item>
      <title><![CDATA[Carta abierta al CEO de Telegram]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/carta-abierta-ceo-telegram_129_12979243.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/46144142-71b8-4843-8177-29e948c14b11_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x1284y476.jpg" width="1200" height="675" alt="Carta abierta al CEO de Telegram"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">¿Qué concepto de libertad maneja usted exactamente? Porque últimamente da la sensación de que la libertad se ha convertido en el concepto más invocado y, al mismo tiempo, más degradado de nuestro vocabulario público. Bajo su bandera se especula con la vivienda, se justifica la elusión fiscal, se mercantilizan los cuerpos y se contamina el planeta</p></div><p class="article-text">
        Se&ntilde;or Pavel Durov, agradezco su mensaje alertando sobre los riesgos para la libertad que&nbsp;entra&ntilde;an las medidas regulatorias anunciadas por el Gobierno espa&ntilde;ol para restringir el acceso&nbsp;de menores de 16 a&ntilde;os a redes sociales y plataformas digitales. Sin embargo, tras leerlo&nbsp;detenidamente, no he podido evitar cierta confusi&oacute;n: &iquest;qu&eacute; concepto de libertad maneja usted&nbsp;exactamente? Porque &uacute;ltimamente da la sensaci&oacute;n de que la libertad se ha convertido en el&nbsp;concepto m&aacute;s invocado y, al mismo tiempo, m&aacute;s degradado de nuestro vocabulario p&uacute;blico.&nbsp;Bajo su bandera se especula con la vivienda, se justifica la elusi&oacute;n fiscal, se mercantilizan los&nbsp;cuerpos y se contamina el planeta. Y tambi&eacute;n en su nombre, conviene decirlo con claridad, se&nbsp;ha construido un ecosistema digital que genera dependencia y adicci&oacute;n desde edades cada vez&nbsp;m&aacute;s tempranas. Frente a esta noci&oacute;n estrecha y ego&iacute;sta de la libertad, entendida como mera&nbsp;ausencia de l&iacute;mites a hacer lo que a uno le da la gana sin pensar en las consecuencias, hay una&nbsp;tradici&oacute;n pol&iacute;tica que va del mundo griego al republicanismo moderno que la ha entendido de&nbsp;forma muy distinta: como una praxis colectiva, una responsabilidad compartida y una&nbsp;construcci&oacute;n deliberada de condiciones materiales e institucionales que la hagan efectiva para&nbsp;todos. Yo entiendo que para alguien que se encuentra entre las mayores fortunas del planeta y&nbsp;que posee la capacidad, mediante un solo clic, de hacer llegar su mensaje a m&aacute;s de mil millones&nbsp;de personas, esta concepci&oacute;n exigente y compartida de la libertad resulte inc&oacute;moda, pues&nbsp;implicar&iacute;a renunciar a sus privilegios y situar el bien com&uacute;n por encima de su inter&eacute;s privado. Y,&nbsp;sin embargo, desde ese mismo deber c&iacute;vico es desde donde muchos ciudadanos sentimos la&nbsp;obligaci&oacute;n de rebelarnos ante el desamparo en el que quedan nuestros hijos frente a empresas&nbsp;cuyo modelo de negocio se alimenta de su atenci&oacute;n y de su dependencia.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Su apuesta por reducir la libertad a la mera ausencia de interferencia estatal pertenece a un&nbsp;mundo del pasado frente a los retos que tenemos hoy ante nosotros. Como ya han alertado muy&nbsp;convincentemente autores como Shoshana Zuboff y Jaron Lanier, los sistemas predictivos y los&nbsp;algoritmos dirigidos por el lucro -como los que emplean las redes sociales m&aacute;s populares&nbsp;condicionan con una eficacia extraordinaria lo que millones de ni&ntilde;os, ni&ntilde;as y adolescentes&nbsp;hacen, consumen o incluso llegan a pensar. &iquest;Qu&eacute; autonom&iacute;a y criterio pueden desarrollar en&nbsp;ese contexto? &iquest;Es realmente posible hablar de libertad? El problema no es tanto preservar a&nbsp;toda costa la privacidad, sino que remite a una cuesti&oacute;n m&aacute;s profunda: c&oacute;mo construir las&nbsp;condiciones materiales, institucionales y culturales que hagan posible una capacidad real de&nbsp;decisi&oacute;n aut&oacute;noma.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Habla usted de un gobierno democr&aacute;tico como el espa&ntilde;ol como si se tratara de una especie de&nbsp;Leviat&aacute;n cuyo fin &uacute;ltimo fuera controlar a sus ciudadanos. Lejos de la imagen de un Estado&nbsp;todopoderoso e intervencionista, la pr&aacute;ctica cotidiana del gobierno en Espa&ntilde;a -y en muchas&nbsp;otras democracias- revela m&aacute;s bien una gran contenci&oacute;n. Si algo puede reprocharse hoy al poder&nbsp;p&uacute;blico en las democracias liberales es su tendencia a actuar con excesiva cautela, casi siempre&nbsp;a la defensiva, condicionado tanto por el temor a equivocarse como por fuerzas estructurales - econ&oacute;micas y privadas- que constri&ntilde;en enormemente su capacidad de iniciativa.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Las posibles derivas autoritarias que usted atribuye a una mayor regulaci&oacute;n de las redes sociales&nbsp;-el silenciamiento de disidencias pol&iacute;ticas o la restricci&oacute;n del debate abierto-, no son un riesgo&nbsp;hipot&eacute;tico, sino una realidad ya visible en pa&iacute;ses como Estados Unidos o Hungr&iacute;a, donde&nbsp;precisamente las redes sociales han desempe&ntilde;ado un papel central en el ascenso de fuerzas&nbsp;pol&iacute;ticas que simplifican hasta el absurdo la conversaci&oacute;n p&uacute;blica, promueven el odio y generan&nbsp;una din&aacute;mica amigo-enemigo que erosiona las condiciones m&iacute;nimas de la convivencia&nbsp;democr&aacute;tica. Son estas redes, m&aacute;s que la acci&oacute;n reguladora del Estado, las que est&aacute;n&nbsp;contribuyendo a debilitar la confianza en la democracia y sus perspectivas de futuro.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Conviene recordar, adem&aacute;s, una advertencia cl&aacute;sica del pensamiento liberal democr&aacute;tico. En 'La&nbsp;sociedad abierta y sus enemigos' (1945), Karl Popper formul&oacute; la conocida paradoja de la&nbsp;tolerancia: una sociedad que se muestra ilimitadamente tolerante frente a pr&aacute;cticas y din&aacute;micas&nbsp;intolerantes acaba por socavar las condiciones mismas que hacen posible la tolerancia. No se&nbsp;trata, por tanto, de legitimar la censura ni de restringir el pluralismo, sino de asumir que la&nbsp;democracia necesita reglas que protejan su propio funcionamiento. Aplicado al entorno digital,&nbsp;esto implica reconocer que dejar sin regulaci&oacute;n infraestructuras comunicativas que amplifican&nbsp;sistem&aacute;ticamente el odio, la desinformaci&oacute;n o la polarizaci&oacute;n extrema no es una defensa de la&nbsp;libertad, sino una renuncia a preservarla.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Compr&eacute;ndalo se&ntilde;or Durov, muchos ciudadanos preferimos que el espacio donde nuestros ni&ntilde;os&nbsp;y j&oacute;venes se comunican, se informan y socializan est&eacute; regulado por gobiernos elegidos&nbsp;democr&aacute;ticamente y sometidos a control p&uacute;blico, y no por un reducido n&uacute;mero de empresas&nbsp;privadas movidas exclusivamente por el af&aacute;n de lucro, como han demostrado reiteradamente&nbsp;estos &uacute;ltimos a&ntilde;os. Esa preferencia no es autoritarismo ni censura, sino una defensa elemental&nbsp;de la democracia y de la libertad entendida como bien com&uacute;n.&nbsp;&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Daniel Fernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/carta-abierta-ceo-telegram_129_12979243.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 10 Feb 2026 20:28:05 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/46144142-71b8-4843-8177-29e948c14b11_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x1284y476.jpg" length="735840" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/46144142-71b8-4843-8177-29e948c14b11_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x1284y476.jpg" type="image/jpeg" fileSize="735840" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Carta abierta al CEO de Telegram]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/46144142-71b8-4843-8177-29e948c14b11_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x1284y476.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Degradación de la política en el siglo XXI: de la impotencia al espectáculo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/degradacion-politica-siglo-xxi-impotencia-espectaculo_129_11880333.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/fb862454-da9b-46ea-a7d7-90fc431eafde_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Degradación de la política en el siglo XXI: de la impotencia al espectáculo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Trump ha sabido aprovechar como nadie la impotencia de la política democrática y las oportunidades que ofrece el nuevo sistema mediático. En este contexto, no es casualidad que Nayib Bukele sea ahora uno de los líderes de moda</p></div><p class="article-text">
        Cada vez que el Partido Dem&oacute;crata pierde unas elecciones en Estados Unidos, resurge el debate sobre sus dificultades para conectar con los sentimientos e inquietudes del norteamericano medio. Desde la presidencia de Bill Clinton en los a&ntilde;os noventa, qued&oacute; claro que el partido hab&iacute;a adoptado un nuevo paradigma: la aceptaci&oacute;n de las pol&iacute;ticas econ&oacute;micas neoliberales como &uacute;nico camino viable. Este giro releg&oacute; la lucha por la igualdad como eje central del programa dem&oacute;crata, que hab&iacute;a definido su identidad desde el New Deal y, especialmente, durante la presidencia de Lyndon Johnson en los a&ntilde;os sesenta.
    </p><p class="article-text">
        Comparar las pol&iacute;ticas y discursos de aquella &eacute;poca, marcados por la Gran Sociedad y una agenda redistributiva, con las de los dem&oacute;cratas a partir de los noventa evidencia la derechizaci&oacute;n del espectro pol&iacute;tico estadounidense. Dicha evoluci&oacute;n no solo distanci&oacute; al partido de las clases populares, sino que contribuy&oacute; a un replanteamiento de la identidad progresista en favor de un enfoque m&aacute;s tecnocr&aacute;tico y centrado en las &eacute;lites urbanas. Del mismo modo que Margaret Thatcher afirm&oacute; en 2002 que su mayor logro pol&iacute;tico hab&iacute;a sido Tony Blair y el nuevo laborismo, Ronald Reagan bien podr&iacute;a haber dicho lo mismo respecto a Clinton. 
    </p><p class="article-text">
        En las &uacute;ltimas d&eacute;cadas, aunque los dem&oacute;cratas han logrado representar con bastante &eacute;xito a las minor&iacute;as &eacute;tnicas, hist&oacute;ricamente marginadas, se han convertido sobre todo en el partido de lo que Richard Florida denomina la &ldquo;clase creativa&rdquo;: un grupo socioecon&oacute;mico acomodado y altamente educado que predomina en las grandes ciudades. Esta transformaci&oacute;n ha dejado al establishment dem&oacute;crata atrapado en una suerte de torre de marfil, alejado de las clases trabajadoras blancas que constitu&iacute;an la base de su apoyo. 
    </p><p class="article-text">
        Es cierto que dentro de la poblaci&oacute;n trabajadora estadounidense siempre ha existido un segmento significativo con valores profundamente conservadores, donde el racismo, el machismo y otros prejuicios han tenido mucho peso. Ignorar esta realidad ser&iacute;a una simplificaci&oacute;n ingenua de la lucha de clases. Sin embargo, tantos a&ntilde;os de tolerancia y legitimaci&oacute;n de una desigualdad econ&oacute;mica creciente, combinados con un progresismo identitario que segmenta a la ciudadan&iacute;a por criterios &eacute;tnicos y culturales, renunciando a un enfoque m&aacute;s integrador basado en el pueblo o la clase, y un patr&oacute;n de desarrollo econ&oacute;mico que concentra la prosperidad en las metr&oacute;polis integradas en la econom&iacute;a global, han potenciado el crecimiento de las posiciones reaccionarias. Mientras los &ldquo;emprendedores&rdquo; y multimillonarios son glorificados como una especie de casta superior, cuya riqueza despierta m&aacute;s admiraci&oacute;n que esc&aacute;ndalo, para amplios sectores de las clases medias y bajas, la principal l&iacute;nea divisoria de la sociedad ya no se traza entre el capital y el trabajo, entre grandes empresarios y trabajadores, sino entre blancos y minor&iacute;as &eacute;tnicas, o entre asalariados y aut&oacute;nomos frente a inmigrantes percibidos como &ldquo;privilegiados&rdquo; por las ayudas p&uacute;blicas. 
    </p><p class="article-text">
        El divorcio entre las &eacute;lites progresistas y los estadounidenses blancos con menos capital cultural y econ&oacute;mico, especialmente aquellos de las medianas y peque&ntilde;as ciudades y de las zonas rurales, es ahora tan pronunciado que, a juzgar por algunas reacciones, la nueva victoria de Trump significar&iacute;a poco menos que la llegada de los &ldquo;b&aacute;rbaros&rdquo; procedentes de la Am&eacute;rica profunda, dispuestos para el saqueo definitivo de Washington. Con todo, en un contexto donde el populismo de izquierda ha estado ausente durante d&eacute;cadas &mdash;pese a su relevancia hist&oacute;rica en regiones como el Midwest, ahora convertido en basti&oacute;n republicano desde hace a&ntilde;os&mdash;, y con la socialdemocracia abandonada por quienes estaban llamados a defenderla, &iquest;qu&eacute; pod&iacute;a impedir que una parte mayoritaria de los trabajadores blancos del interior encontraran en el nacionalismo conservador y en el cristianismo evang&eacute;lico su principal marco ideol&oacute;gico y fuente de identidad colectiva? Diversos agentes del populismo de derechas, como el Tea Party, Fox News, Tucker Carlson y por supuesto Donald Trump, han sabido explotar h&aacute;bilmente la sensaci&oacute;n de desd&eacute;n y abandono que muchos de estos sectores percib&iacute;an por parte del Partido Dem&oacute;crata, canalizando su descontento hacia un resentimiento dirigido a las &eacute;lites progresistas, centrado en cuestiones culturales y de estilo de vida. 
    </p><p class="article-text">
        No se puede negar que Joe Biden, consciente de la peligrosidad de este escenario, ha tratado durante su mandato de beneficiar a las clases trabajadoras y reforzar a los sindicatos. Sus pol&iacute;ticas keynesianas, como el American Rescue Plan de 1,9 billones de d&oacute;lares, la Ley de Infraestructura Bipartidista de 1,2 billones de d&oacute;lares y la Ley de Reducci&oacute;n de la Inflaci&oacute;n asignaron enormes cantidades de dinero a ayudas directas a los trabajadores y a proyectos de infraestructura, energ&iacute;a verde y modernizaci&oacute;n tecnol&oacute;gica, creando empleos y mejorando las condiciones laborales de amplios sectores. Estos paquetes de est&iacute;mulo econ&oacute;mico y gasto p&uacute;blico masivos, as&iacute; como sus gestos hacia los sindicatos, convierten a su Gobierno en el m&aacute;s a la izquierda del siglo XXI en Estados Unidos. Sin embargo, dichas medidas no fueron suficientes para que los dem&oacute;cratas pudieran renovar la confianza de los ciudadanos. El estancamiento de los salarios reales por culpa de la inflaci&oacute;n y la precipitada candidatura de Kamala Harris ciertamente contribuyeron a ello. Pero m&aacute;s all&aacute; de estas circunstancias inmediatas, es esencial entender dos procesos estructurales que condicionan profundamente el panorama pol&iacute;tico: la incapacidad creciente de la pol&iacute;tica democr&aacute;tica para repercutir en las vidas cotidianas y la fragmentaci&oacute;n del espacio comunicativo, que dificulta al m&aacute;ximo la conexi&oacute;n entre las pol&iacute;ticas reales y los relatos que llegan al p&uacute;blico. 
    </p><p class="article-text">
        Por un lado, en los &uacute;ltimos a&ntilde;os se ha agudizado lo que S&aacute;nchez-Cuenca denomin&oacute; como la impotencia de la pol&iacute;tica democr&aacute;tica. Nos encontramos con gobiernos cada vez menos efectivos a la hora de incidir en las din&aacute;micas sociales y econ&oacute;micas que afectan a la ciudadan&iacute;a. La existencia de poderosos actores externos al proceso democr&aacute;tico, como fondos de inversi&oacute;n, grandes empresas, entidades supranacionales de car&aacute;cter tecnocr&aacute;tico y plataformas tecnol&oacute;gicas globales, ha reducido dr&aacute;sticamente el alcance y el margen de maniobra de los gobiernos. Casi todos los poderes que determinan nuestras vidas son privados y ni siquiera enormes planes de gasto p&uacute;blico parecen tener el impacto suficiente para contrarrestar esta realidad. 
    </p><p class="article-text">
        En una era de gran incertidumbre, esta debilidad de la democracia genera frustraci&oacute;n entre los ciudadanos, quienes perciben que los pol&iacute;ticos no responden a su necesidad de dotar de cierta seguridad y estabilidad a sus proyectos vitales, de ah&iacute; que estemos asistiendo una y otra vez a que los partidos en el gobierno tengan tantas dificultades para renovar sus mandatos. La pol&iacute;tica, que desde los antiguos ha sido el espacio donde se definen y articulan las metas colectivas, es ahora un barco sin tim&oacute;n, incapaz de resistir las corrientes de fuerzas globales, predominantemente econ&oacute;micas y financieras, que escapan a su control. &iquest;Qu&eacute; puede hacer la pol&iacute;tica para garantizar el acceso a la vivienda en medio de un mercado desregulado con gran presencia de megatenedores privados como bancos y fondos de inversi&oacute;n? &iquest;C&oacute;mo puede asegurar la protecci&oacute;n social ante un sistema laboral precario, con empleos cada vez m&aacute;s inestables y mal remunerados? Ni siquiera desde la Casa Blanca, donde aparentemente reside la persona m&aacute;s poderosa del planeta, es posible revertir esta impotencia. 
    </p><p class="article-text">
        Por otro lado, nos encontramos con la transformaci&oacute;n que ha experimentado en los &uacute;ltimos veinte a&ntilde;os el sistema medi&aacute;tico. El auge de los medios digitales y las redes sociales ha fragmentado en mil pedazos el espacio comunicativo com&uacute;n que exist&iacute;a hasta su aparici&oacute;n. Sin idealizar aquel modelo, que era profundamente jer&aacute;rquico y restrictivo, la existencia de unos cuantos medios de referencia, con intelectuales y l&iacute;deres medi&aacute;ticos que emanaban una gran autoridad, permit&iacute;a vertebrar diferentes corrientes ideol&oacute;gicas sobre una base compartida. Hoy, la creaci&oacute;n de burbujas estancas de opini&oacute;n alimentadas por algoritmos opacos, hacen inviable la existencia de un &aacute;gora colectiva donde se desarrolle un debate democr&aacute;tico digno de tal nombre. Y esta situaci&oacute;n constituye un problema mucho m&aacute;s agudo en Estados Unidos que en otros lugares. 
    </p><p class="article-text">
        Como consecuencia de ello, el abismo entre la pol&iacute;tica real, entendida como gesti&oacute;n efectiva, y la pol&iacute;tica comunicativa, nunca hab&iacute;a sido tan grande como en la actualidad. Una disociaci&oacute;n muy peligrosa, porque permite la creaci&oacute;n de realidades alternativas que nada tienen que ver con los hechos, lo que elimina cualquier vestigio de racionalidad en la conversaci&oacute;n p&uacute;blica y rompe toda l&oacute;gica de rendici&oacute;n de cuentas. Basta con observar el personal que est&aacute; eligiendo Trump para su nuevo gabinete, caracterizado por un perfil claramente comunicativo, para comprender hacia d&oacute;nde van los tiros. Trump ha sabido aprovechar como nadie la impotencia de la pol&iacute;tica democr&aacute;tica y las oportunidades que ofrece el nuevo sistema medi&aacute;tico. Es, sin duda, el demagogo m&aacute;s exitoso de la historia de Estados Unidos, sumamente astuto en el arte de convertir la frustraci&oacute;n de millones de ciudadanos en una atractiva narrativa antipol&iacute;tica. Su estrategia se alinea con una tendencia global hacia l&iacute;deres que prometen soluciones r&aacute;pidas y contundentes, donde la separaci&oacute;n de poderes y los l&iacute;mites del constitucionalismo liberal son vistos como reliquias in&uacute;tiles de un pasado incapaz de responder a los desaf&iacute;os actuales. 
    </p><p class="article-text">
        En este contexto, no es casualidad que Nayib Bukele sea ahora uno de los l&iacute;deres de moda, con unos niveles de aprobaci&oacute;n en El Salvador y otras latitudes, totalmente fuera de lo com&uacute;n en estos tiempos de gobiernos ef&iacute;meros. Aunque sus resultados en &aacute;reas clave como la igualdad o reducci&oacute;n de la pobreza han sido decepcionantes, su capacidad para demostrar que la pol&iacute;tica puede funcionar, como lo ha hecho en su lucha contra las maras, junto con su habilidad para capitalizar comunicativamente ese &eacute;xito, lo han convertido en un referente a nivel global. El hecho de que, seg&uacute;n diversos &iacute;ndices y organizaciones internacionales, las instituciones salvadore&ntilde;as se hayan degradado hasta el punto de ser consideradas hoy una &ldquo;democracia h&iacute;brida&rdquo; parece importar poco en esta &eacute;poca de retorno de dioses fuertes. Sustituyan a las maras por los inmigrantes ilegales, y pronto veremos con claridad que este es el modelo que Donald Trump pretende aplicar en Estados Unidos: una pol&iacute;tica espect&aacute;culo cuyas consecuencias a largo plazo son imprevisibles, y que, como en el caso salvadore&ntilde;o, conducir&aacute; inevitablemente a un peligroso retroceso de los derechos humanos y la democracia.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Daniel Fernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/degradacion-politica-siglo-xxi-impotencia-espectaculo_129_11880333.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 05 Dec 2024 21:06:56 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/fb862454-da9b-46ea-a7d7-90fc431eafde_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="3043789" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/fb862454-da9b-46ea-a7d7-90fc431eafde_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="3043789" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Degradación de la política en el siglo XXI: de la impotencia al espectáculo]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/fb862454-da9b-46ea-a7d7-90fc431eafde_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
  </channel>
</rss>
