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    <title><![CDATA[elDiario.es - Pablo Urbiola]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/pablo-urbiola/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Pablo Urbiola]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[El libro y el teléfono]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/libro-telefono_129_11996264.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7ceff4bb-cb31-48f4-a677-7831606c84d8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El libro y el teléfono"></p><p class="article-text">
        Hace a&ntilde;os le&iacute; con gran inter&eacute;s &lsquo;Superficiales&rsquo;, un libro del escritor norteamericano Nicholas Carr sobre c&oacute;mo Internet est&aacute; afectando a nuestras mentes. El libro explica c&oacute;mo, debido a la plasticidad neuronal, las herramientas que los seres humanos hemos ido utilizando a lo largo de la historia, desde los mapas y los relojes a los libros, moldean nuestro cerebro y nos configuran o desconfiguran para ciertos procesos mentales. Siguiendo ese hilo argumental, el autor concluye que Internet y la sobreestimulaci&oacute;n que proporciona nos predispone para una lectura m&aacute;s superficial en la que se activan o involucran menos las partes de nuestro cerebro relacionadas con la memoria a largo plazo y el pensamiento profundo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El libro se public&oacute; en 2010, cuando los tel&eacute;fonos inteligentes y las redes sociales todav&iacute;a no eran omnipresentes, as&iacute; que, rele&iacute;do ahora, los males que auguraba probablemente se hayan quedado cortos. Sin embargo, ya en aquel entonces me impact&oacute; profundamente, en gran medida porque el libro pon&iacute;a palabras al efecto adictivo que la pantalla del ordenador ejerc&iacute;a en m&iacute; casi cada d&iacute;a, atrapando mi atenci&oacute;n durante horas sin dejarme escapar, como una droga que evade temporalmente de la realidad pero produce despu&eacute;s un malestar f&iacute;sico y mental, por el embotamiento y la sensaci&oacute;n de p&eacute;rdida de tiempo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hace a&ntilde;os que super&eacute; esa adicci&oacute;n, al menos en su versi&oacute;n m&aacute;s grave, y por suerte esquiv&eacute; despu&eacute;s la variante m&aacute;s contempor&aacute;nea representada por las pantallas de los tel&eacute;fonos m&oacute;viles, pero me he acordado estos d&iacute;as de &lsquo;Superficiales&rsquo; y de aquella preocupaci&oacute;n a ra&iacute;z de la compra de un nuevo lector de libros electr&oacute;nicos. El que me ha acompa&ntilde;ado durante a&ntilde;os llevaba ya tiempo dando se&ntilde;ales de desfallecimiento, pero me resist&iacute;a a desprenderme de &eacute;l y, para alargar su vida, llegu&eacute; a llevarlo a una tienda de reparaciones para sustituir la clavija estropeada de la bater&iacute;a.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        No fue s&oacute;lo un acto de rebeld&iacute;a individual frente a la obsolescencia programada y la generaci&oacute;n fren&eacute;tica de desechos tecnol&oacute;gicos, sino tambi&eacute;n una muestra de la extra&ntilde;a relaci&oacute;n afectiva que he desarrollado hacia el aparato. Por raro que parezca, me est&aacute; costando despedirme de &eacute;l, como si el dispositivo hubiera acabado simbolizando la puerta de entrada a otros mundos y realidades en los que sumergirse y evadirse de las preocupaciones del d&iacute;a a d&iacute;a, pero sin recurrir a m&uacute;ltiples distracciones ni sobreest&iacute;mulos. Veo su funda roja desgastada por el uso y me vienen a la memoria libros, autores, lugares y momentos de lectura e ideas y preocupaciones que me rondaban por aquel entonces, y esos recuerdos han quedado de alguna manera conectados, gracias quiz&aacute;s a esa capacidad que, seg&uacute;n explica Carr en &lsquo;Superficiales&rsquo;, tiene la lectura lineal para activar el pensamiento profundo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Con el tel&eacute;fono m&oacute;vil, en cambio, la relaci&oacute;n afectiva ha evolucionado en la direcci&oacute;n contraria y he desarrollado una aversi&oacute;n casi instintiva que me lleva a alejarlo siempre que puedo, para no tenerlo al alcance de la mano, o a limitar su funcionamiento gracias al modo avi&oacute;n o sin notificaciones. No es s&oacute;lo que lo vea como una fuente inagotable de distracciones, sino que el aparato en s&iacute; ha acabado simbolizando muchos de los males de la modernidad l&iacute;quida en que vivimos, en forma de mensajes que quedaron sin respuesta,&nbsp;&lsquo;likes&rsquo; vac&iacute;os de significado, conexiones ef&iacute;meras y ese espejismo de posibilidades que genera la oferta casi ilimitada.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A veces llego al punto de fantasear con tirarlo por la ventana y hacerlo a&ntilde;icos: un desecho tecnol&oacute;gico que al menos tenga algo de acto de rebeld&iacute;a. Y entonces pienso que quiz&aacute;s los aparatos no s&oacute;lo moldean nuestro cerebro, como dice Carr, sino que con suerte tambi&eacute;n acaban produciendo una reacci&oacute;n emocional que nos lleva a alejarnos de unos y acercarnos a otros; y que quiz&aacute;s lo que necesitamos son m&aacute;s tecnolog&iacute;as dise&ntilde;adas para reducir los est&iacute;mulos que recibimos en lugar de para expandirlos sin l&iacute;mites.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Pablo Urbiola]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/libro-telefono_129_11996264.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 27 Jan 2025 11:21:04 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El libro y el teléfono]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Tecnología]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Enajenaciones veraniegas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/enajenaciones-veraniegas_129_13459663.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Hace dieciocho veranos, siendo becario en la redacci&oacute;n de un peri&oacute;dico regional, recib&iacute; el encargo de escribir una contraportada sobre la visita de un consejero del Gobierno riojano a los j&oacute;venes que participaban en un campamento de verano en Castell&oacute;n. Si la memoria no me falla, habl&eacute; por tel&eacute;fono con el consejero en cuesti&oacute;n durante su visita, y &eacute;l mismo me pas&oacute; con uno de los chavales para facilitarme un testimonio directo con el que completar la noticia.
    </p><p class="article-text">
        Pero el recuerdo que mejor conservo de aquel encargo es el s&iacute;ndrome de la p&aacute;gina en blanco que sufr&iacute; al escribir el art&iacute;culo: aunque ten&iacute;a varias declaraciones y algunos datos generales sobre el programa de campamentos del Gobierno, no consegu&iacute;a encontrar un &aacute;ngulo noticiable que diera a la contraportada m&aacute;s inter&eacute;s que la anecd&oacute;tica visita. Despu&eacute;s de varios intentos, y urgido por la necesidad de cerrar la p&aacute;gina en hora, llegu&eacute; a la conclusi&oacute;n de que mi bloqueo mental estaba relacionado con la responsabilidad que implica la autor&iacute;a y pens&eacute; que, si tomaba distancia del texto y dejaba de sentirme su autor, ser&iacute;a m&aacute;s sencillo escribirlo.
    </p><p class="article-text">
        El resultado fue un art&iacute;culo titulado &ldquo;Vacaciones para recordar&rdquo; que arrancaba calificando la visita del consejero como &ldquo;muy especial&rdquo; y que apareci&oacute; publicado sin firma, no como muestra de protesta, sino como t&eacute;cnica psicol&oacute;gica para superar el bloqueo de la p&aacute;gina en blanco. No s&eacute; si aquellos j&oacute;venes recordar&aacute;n todav&iacute;a sus vacaciones de 2008 en Castell&oacute;n, como promet&iacute;a el t&iacute;tulo, ni si la visita del pol&iacute;tico regional les pareci&oacute; especial o m&aacute;s bien anodina, pero lo bueno de enajenarse como autor es que, al fin y al cabo, &iquest;a qui&eacute;n le importa?
    </p><p class="article-text">
        El caso es que hoy en d&iacute;a, gracias a la inteligencia artificial, esa t&eacute;cnica de sustraerse como autor se ha perfeccionado sustancialmente: ahora es posible no solo aligerar el peso de la responsabilidad sino tambi&eacute;n eludir la tarea engorrosa de tener que escribir como si fueras otro o nadie. Una escritura despersonalizada, requerida en muchos casos por obligaciones laborales, que ni es nueva ni ha aparecido repentinamente con la IA. Y, sin embargo, muchas reflexiones sobre los riesgos de la inteligencia artificial &mdash;que ciertamente son numerosos e inquietantes&mdash; parecen asumir un pasado idealizado en el que la escritura ha sido siempre un ejercicio personal y humanizante. Cuando el fil&oacute;sofo franc&eacute;s &Eacute;ric Sadin advierte que el uso de sistemas de inteligencia artificial para escribir discursos pol&iacute;ticos acarrea &ldquo;el riesgo de desnaturalizar el esp&iacute;ritu en s&iacute; de lo pol&iacute;tico&rdquo;, no puedo evitar pensar tambi&eacute;n en el alivio para esos escribientes en la sombra obligados durante a&ntilde;os a producir manualmente discursos y discursos llenos de palabras vac&iacute;as.
    </p><p class="article-text">
        Pero volviendo a mi propia enajenaci&oacute;n de hace dieciocho veranos, el omnipresente consejero que protagoniz&oacute; aquella contraportada, en la que aparec&iacute;a sonriente mientras una joven le pintaba la cara en el campamento (la foto era lo m&aacute;s atractivo de la p&aacute;gina), ha dado el salto a las contraportadas de los peri&oacute;dicos nacionales como divulgador de la cultura cl&aacute;sica y experto en oratoria. Una progresi&oacute;n vital digna de un art&iacute;culo con gancho asegurado sin necesidad de enajenarse como autor ni de buscar ayuda en la inteligencia artificial. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Pablo Urbiola]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/enajenaciones-veraniegas_129_13459663.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 21 Aug 2026 10:08:51 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Enajenaciones veraniegas]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Orgullo y empatía]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/orgullo-empatia_129_13333425.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Mientras empresas e instituciones lucen estos di&#769;as la bandera arcoi&#769;ris en sus fachadas, en el interior de esas mismas oficinas es posible escuchar una versio&#769;n contempora&#769;nea de comentarios desden&#771;osos: &ldquo;ya estamos otra vez con el Orgullo&rdquo; o el cada vez ma&#769;s manido &ldquo;para cua&#769;ndo el di&#769;a del orgullo heterosexual&rdquo;. La elaboracio&#769;n argumental del comentario suele ser ma&#769;s infrecuente, pero tuve el privilegio de escucharla, hace ya algu&#769;n tiempo, en los prolego&#769;menos de una reunio&#769;n de trabajo: al menos en las grandes ciudades, hace muchos an&#771;os que las personas LGTBI no son discriminadas, asi&#769; que no hay motivo para que empresas e instituciones se sumen a la celebracio&#769;n del Orgullo en los tiempos que corren. 
    </p><p class="article-text">
        Los silencios y los miedos que genera crecer siendo diferente, que muchas veces se acumulan en una mochila pesada, se ignoran de un plumazo, en una muestra de desconocimiento y falta de empati&#769;a en el mejor de los casos. Porque la discriminacio&#769;n tiene muchas caras, algunas de ellas casi imperceptibles a primera vista, y la invisibilidad &mdash;que es indisociable de la presuncio&#769;n de que el otro se ajusta a la norma o expectativa social&mdash; es una de ellas. Por eso, despreciar los esfuerzos para construir entornos de trabajo ma&#769;s diversos e inclusivos no solo perpetu&#769;a una discriminacio&#769;n sino que la agrava, al levantar un nuevo muro de silencio entre quien manifiesta el desprecio y quien necesita un espacio seguro en el que mostrarse tal y como es. 
    </p><p class="article-text">
        Derribar esos muros invisibles pero ubicuos es una tarea colectiva que requiere no solo orgullo y empoderamiento sino tambie&#769;n reconocimiento de la diversidad y empati&#769;a, y probablemente es en este u&#769;ltimo a&#769;mbito en el que ma&#769;s camino queda todavi&#769;a por recorrer. En las ca&#769;maras de eco de las redes sociales y en las burbujas analo&#769;gicas en las que muchas veces habitamos casi sin darnos cuenta, las identidades y los si&#769;mbolos se izan o se desden&#771;an, las disquisiciones teo&#769;ricas se debaten apasionadamente o se ridiculizan, pero apenas hay espacio para el dia&#769;logo entre diferentes y, sobre todo, para compartir y escuchar las vivencias humanas que se esconden detra&#769;s de toda identidad. Y asi&#769; es difi&#769;cil que florezca la empati&#769;a. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Pablo Urbiola]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/orgullo-empatia_129_13333425.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 27 Jun 2026 16:28:44 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Orgullo y empatía]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Idealismo escapista para tiempos convulsos (II)]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/idealismo-escapista-tiempos-convulsos-ii_129_13301603.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        En la transici&oacute;n entre el sue&ntilde;o y la vigilia se produce un estado intermedio, conocido como hipnop&oacute;mpico, en el que los &uacute;ltimos destellos de la actividad inconsciente del sue&ntilde;o se diluyen en la percepci&oacute;n consciente de la realidad de forma casi indiscernible. Un lapso breve y difuso en el que se entremezclan realidad y ficci&oacute;n &mdash;si es que los sue&ntilde;os pueden considerarse como tal&mdash; antes de recuperar la conciencia plena y adentrarnos de lleno en la realidad material en la que estamos condenados a permanecer durante el resto del d&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Por suerte, la literatura o el cine nos permiten peque&ntilde;as evasiones de la realidad al sumergirnos en las historias creadas por la ficci&oacute;n. Una pel&iacute;cula absorbente nos hace creer por momentos en la existencia de esa otra realidad que nos muestra o un libro nos genera conexiones inmediatas entre lo que estamos leyendo y nuestros propios pensamientos, que de una forma u otra est&aacute;n imbricados en la realidad. Pero los l&iacute;mites entre ficci&oacute;n y realidad dif&iacute;cilmente se diluyen por completo y, aunque la ficci&oacute;n puede transformar nuestros pensamientos, la realidad material que nos rodea permanece generalmente inalterada.
    </p><p class="article-text">
        A veces, sin embargo, se abren peque&ntilde;as brechas en las que realidad y ficci&oacute;n se solapan a modo de alucinaciones hipnop&oacute;mpicas. Leyendo en un espacio p&uacute;blico, al levantar la vista del libro en un momento de intensidad narrativa o reflexiva, la empat&iacute;a que produce un personaje de la novela se traslada a la persona que mira su m&oacute;vil angustiada en la mesa de al lado, o la alegr&iacute;a que transmite un pasaje de la historia se confunde con la de una familia que pasea animadamente unos metros ma&#347; all&aacute; del lugar de lectura.
    </p><p class="article-text">
        Los sentimientos que genera la ficci&oacute;n se entremezclan con la percepci&oacute;n de la realidad y en esos breves lapsos se abre la posibilidad de ver la realidad circundante como el escenario de una ficci&oacute;n, no en el sentido de irreal sino de realidad contingente, eventual, dentro de un abanico de realidades posibles. El entorno se percibe de repente como materia alterable y es posible imaginar otra forma de estar en el mundo en la que la empat&iacute;a que promueve la literatura permea en la realidad hasta transformarla. Un idealismo escapista (<a href="https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/idealismo-escapista-tiempos-convulsos_129_12150600.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">otro m&aacute;s</a>) para tiempos convulsos.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Pablo Urbiola]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/idealismo-escapista-tiempos-convulsos-ii_129_13301603.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 15 Jun 2026 07:58:38 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Idealismo escapista para tiempos convulsos (II)]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Estirar el presente o pensar en el futuro]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/estirar-presente-pensar-futuro_129_13247306.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Uno de los efectos ma&#769;s perniciosos de la polarizacio&#769;n es adormecer el debate y la cri&#769;tica interna dentro de cada uno de los bloques que se cimentan. El objetivo superior de hacer frente al adversario o el miedo a ser considerado equidistante o un desertor en las propias filas actu&#769;an como sordinas frente a la autocri&#769;tica y la sana discrepancia.
    </p><p class="article-text">
        El pasado lunes 18 de mayo, un di&#769;a despue&#769;s de las elecciones andaluzas, el alcalde socialista de Me&#769;rida, Antonio Rodri&#769;guez Osuna, escribio&#769; en la red social &lsquo;X&rsquo;: &ldquo;Favorecer el inicio de una legislatura para condicionarla puntualmente con medidas progresistas no es pactar con la derecha ni renunciar a tus principios. Evitar un secuestro a millones de personas es una tarea digna y con honor. Tambie&#769;n es querer a tu tierra&rdquo;. Un usuario ano&#769;nimo, de los muchos que pululan en las redes cada vez menos sociales, le espeto&#769;: &ldquo;Siempre tiene que haber colaboracionistas en las filas de la izquierda para que la estrategia de la derecha triunfe. Nunca pasa al reve&#769;s&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Se supone que la estrategia de la izquierda pasa por resistir en el Gobierno central como dique de contencio&#769;n frente al auge de la extrema derecha, con la esperanza de que ese ascenso se frene en algu&#769;n momento y se produzca un punto de inflexio&#769;n, gracias en parte a la constatacio&#769;n pra&#769;ctica de las consecuencias del auge de la ultraderecha. Bajo este prisma, la creciente influencia de Vox en muchos gobiernos autono&#769;micos se observa como un mal menor, una suerte de castigo ejemplificador que puede contribuir a evitar el mal mayor que supondri&#769;a la llegada de la ultraderecha o sus postulados al Gobierno central.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, la esperanza de que se produzca ese punto de inflexio&#769;n que evite el mal mayor hace tiempo que ha ido desvanecie&#769;ndose, y la izquierda parece haberse instalado en un <em>carpe diem </em>en el que el objetivo es resistir y estirar el presente frente a un futuro tenebroso que se vislumbra como inevitable.
    </p><p class="article-text">
        Asi&#769;, el miedo a la ultraderecha se convierte en el principal reclamo electoral, al tiempo que no se pone todo el foco necesario en cua&#769;les son las poli&#769;ticas y las promesas de futuro que pueden ayudar a frenarla de forma sostenible. La polarizacio&#769;n contribuye a alimentar esta dina&#769;mica, al presentar la ola reaccionaria como una fuerza exo&#769;gena, y soslaya adema&#769;s el debate sobre los riesgos de estirar un presente poli&#769;tico cada vez ma&#769;s precario en el que aumenta la desafeccio&#769;n.
    </p><p class="article-text">
        Huir hacia delante y, al mismo tiempo, de un porvenir temible que se acepta como inevitable no parece que sea precisamente una estrategia de futuro. Cuestionar este marco mental, y pensar en el futuro de un proyecto poli&#769;tico ma&#769;s alla&#769; del presente inmediato, deberi&#769;a formar parte de la sana y necesaria autocri&#769;tica.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Pablo Urbiola]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/estirar-presente-pensar-futuro_129_13247306.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 29 May 2026 08:02:24 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Estirar el presente o pensar en el futuro]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Sanidad pública en el paraíso de la libertad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/sanidad-publica-paraiso-libertad_129_13108232.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        En el servicio de urgencias de uno de los grandes hospitales p&uacute;blicos de Madrid, en una sala abarrotada de pacientes en observaci&oacute;n, intento distraerme leyendo un art&iacute;culo de Santiago Alba Rico en <a href="https://elpais.com/opinion/2026-03-16/el-hombre-que-alza-la-voz-en-el-vagon-del-metro.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">El Pa&iacute;s</a> sobre por qu&eacute; evitamos mirar a los ojos a quienes piden dinero en el metro, alzando su voz y mostr&aacute;ndonos su vulnerabilidad. Pero, lejos de evadirme del contexto hospitalario, acabo pensando en nuestra propia vulnerabilidad como pacientes e imaginando si, en una hipot&eacute;tica e improbable visita, Isabel D&iacute;az Ayuso ser&iacute;a capaz no ya de mirarnos a los ojos &mdash;a nosotros y a los sanitarios que nos atienden con gran profesionalidad&mdash; sino simplemente de permanecer en este lugar.
    </p><p class="article-text">
        Apenas hay espacio entre los sillones y portasueros de los pacientes, que ocupan todas las paredes formando una especie de corro, como si de una sala de estar se tratara, y las pocas sillas disponibles para acompa&ntilde;antes dificultan a los celadores el traslado en silla de ruedas de los enfermos. Precisamente en uno de esos trayectos, atisbo otra sala mucho m&aacute;s grande llena de camas sin separaci&oacute;n, con los acompa&ntilde;antes concentrados en un grupo de sillas junto a la entrada, y conf&iacute;o en no tener que pasar la noche en esa suerte de hospital de campa&ntilde;a.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando llega la hora del cambio de turno de enfermer&iacute;a, es imposible no escuchar el parte m&eacute;dico del resto de pacientes porque el puesto de control apenas est&aacute; separado de nuestra peque&ntilde;a estancia llena de sillones. As&iacute; me entero, involuntariamente y con incomodidad manifiesta, de que a mi derecha se sienta una paciente oncol&oacute;gica cuyos dolores se han intensificado; enfrente, un hombre de mediana edad que sospechan que puede tener piedras en el ri&ntilde;&oacute;n; y un poco m&aacute;s all&aacute;, una chica joven que va a ser derivada a urgencias de ginecolog&iacute;a. Por suerte, una breve llamada de tel&eacute;fono me evita seguir conociendo m&aacute;s detalles m&eacute;dicos ajenos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Si no hubiera llegado a urgencias por mi propio pie y no supiera que estoy en uno de los principales hospitales de referencia de nuestro pa&iacute;s, pensar&iacute;a que he tenido la mala suerte de caer enfermo en un lugar empobrecido, sin recursos para actualizar y redimensionar unas instalaciones sanitarias que han ido envejeciendo sin apenas inversi&oacute;n durante d&eacute;cadas. Pero esto es Madrid, donde abunda el dinero y tambi&eacute;n la libertad, que en este caso es una invitaci&oacute;n a que quien pueda haga uso de la sanidad privada, para poder seguir bajando los impuestos.
    </p><p class="article-text">
        La visita de Ayuso a las urgencias abarrotadas de este hospital es tan improbable como su encuentro con un hombre pidiendo dinero en el metro, porque en su universo ideol&oacute;gico la sanidad p&uacute;blica es una prestaci&oacute;n de beneficencia para quienes no tienen seguro privado y un servicio de &uacute;ltimo recurso para situaciones de mayor complejidad o gravedad en las que la sanidad privada no responde. Una propuesta pol&iacute;tica nunca enunciada abiertamente pero que ha cosechado gran &eacute;xito en un Madrid cada vez m&aacute;s segregado: al alejar a una parte relevante de los votantes de los servicios p&uacute;blicos, es posible dejar que se degraden sin apenas coste pol&iacute;tico, ofreciendo a cambio rebajas fiscales y ampliando las oportunidades de negocio de un pu&ntilde;ado de empresas privadas. Y a quienes no tienen m&aacute;s remedio que seguir utilizando esos maltrechos servicios p&uacute;blicos, se les anima a seguir esforz&aacute;ndose para liberarse ellos tambi&eacute;n de la beneficencia en el para&iacute;so de la libertad.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Pablo Urbiola]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/sanidad-publica-paraiso-libertad_129_13108232.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 02 Apr 2026 11:22:39 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Sanidad pública en el paraíso de la libertad]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[Sanidad,Hospitales,Isabel Díaz Ayuso]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El espíritu del 'no a la guerra']]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/espiritu-no-guerra_129_13051865.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Basta con escuchar la radio p&uacute;blica americana o leer la informaci&oacute;n internacional de los peri&oacute;dicos estadounidenses para comprobar que en el imaginario colectivo de Estados Unidos el mundo se divide en aliados y adversarios, y lo que sucede en el mundo exterior se observa y se analiza con la mirada de quien se siente responsable, no mero espectador, de los aconteceres de otros pa&iacute;ses.
    </p><p class="article-text">
        Ese imaginario colectivo de responsabilidad para con el resto del mundo se ha sustentado durante d&eacute;cadas, dentro y fuera de Estados Unidos, sobre un relato de grandes principios que deb&iacute;an ser promovidos universalmente: la libertad, la democracia, el bien frente al mal. Conceptos que, como es bien sabido, han sido aplicados de forma inconsistente y arbitraria, en ocasiones para enmascarar intereses m&aacute;s espurios, y que han servido para justificar intervenciones con desastrosas consecuencias humanitarias y para la consecuci&oacute;n de los propios principios que se enarbolaban.
    </p><p class="article-text">
        La guerra contra Ir&aacute;n puede verse como una continuaci&oacute;n de esa historia de intervenciones militares ilegales, pero tambi&eacute;n como un desarrollo m&aacute;s peligroso, habida cuenta de los esfuerzos limitados de la administraci&oacute;n estadounidense por articular un relato que justifique la intervenci&oacute;n. Por eso es dif&iacute;cil no sospechar que, detr&aacute;s de las decisiones de Donald Trump, hay un componente no despreciable de instintos e impulsos personales cuya explicaci&oacute;n corresponde m&aacute;s a la psicolog&iacute;a que a la geopol&iacute;tica o la econom&iacute;a, incluyendo dentro de esta las finanzas personales.
    </p><p class="article-text">
        En el universo de Trump no hay grandes principios ni relatos: solo frases cortas, simples y generalmente desarticuladas, que muestran sin disimulo sus impulsos psicol&oacute;gicos y que podr&iacute;an resumirse en un &ldquo;soy el mejor&rdquo; y &ldquo;aqu&iacute; el que manda soy yo&rdquo;. Es un retorno a instintos primarios, a la ley del m&aacute;s fuerte, a un mundo despojado de valores y normas compartidos que, por hip&oacute;critas que a veces puedan ser, establecen por lo menos ciertos l&iacute;mites y sobre todo articulan un espacio para el debate y la conversaci&oacute;n p&uacute;blica.
    </p><p class="article-text">
        Si es posible ver algo esperanzador en medio de esta guerra es que nos muestra de golpe y sin ambages las consecuencias y los peligros de ese retorno a un mundo primario dominado por hombres fuertes que ni siquiera se esfuerzan por disimular sus instintos. Pero esos hombres no son la causa del problema, sino m&aacute;s bien su consecuencia: surgen en el vac&iacute;o que genera la p&eacute;rdida de esperanzas y proyectos compartidos; imponen la ley del m&aacute;s fuerte cuando el resto acabamos creyendo que esa es la &uacute;nica ley posible.
    </p><p class="article-text">
        Por eso necesitamos recuperar el esp&iacute;ritu del &lsquo;no a la guerra&rsquo;: la esperanza de que otro mundo mejor es posible, por muy oscuros que sean los tiempos presentes. Una esperanza que solo puede ser compartida si trasciende nuestras pantallas atomizadas y recupera algo de aquellos silencios y gritos corp&oacute;reos en las calles de nuestros pueblos y ciudades.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Pablo Urbiola]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/espiritu-no-guerra_129_13051865.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 12 Mar 2026 09:30:42 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[El espíritu del 'no a la guerra']]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Síndrome del impostor]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/sindrome-impostor_129_12638771.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Por que&#769; no escribes ma&#769;s, me pregunta a veces algu&#769;n amigo, conocedor de la alegri&#769;a que me produce acabar un texto de cuyo resultado me siento satisfecho. Mi respuesta no suele ser muy consistente: a veces atribuyo los largos periodos de silencio a la simple pereza y otras me escudo en el trabajo y los temas sensibles que es aconsejable evitar. Pero la realidad es que, ma&#769;s alla&#769; de cuestiones personales, si no escribo ma&#769;s es tambie&#769;n porque pienso que ya se escribe demasiado. Parafraseando a Machado y Azan&#771;a, si escribie&#769;ramos so&#769;lo y exclusivamente de lo que sabemos, o de lo que tenemos una perspectiva diferente que aportar, no se produciri&#769;a un gran silencio, pero si&#769; habri&#769;a menos oferta en la sobreabundancia digital en que vivimos, y quiza&#769;s, so&#769;lo quiza&#769;s, podri&#769;amos prestar ma&#769;s atencio&#769;n a quienes realmente tienen algo que decir (aunque tambie&#769;n existe la posibilidad de que simplemente acaba&#769;ramos leyendo menos). 
    </p><p class="article-text">
        En te&#769;rminos concretos, no escribo sobre el genocidio de Israel en Gaza, por ejemplo, porque tengo una opinio&#769;n intercambiable con la mayori&#769;a de las presentes en este y en otros perio&#769;dicos y porque, intentando ser honesto conmigo mismo, tengo poco o nada que aportar en comparacio&#769;n con los periodistas o historiadores especializados en la regio&#769;n, los expertos en derechos humanos o los propios palestinos e israeli&#769;es. En relacio&#769;n con estos u&#769;ltimos, intento desde hace tiempo buscar un pequen&#771;o hilo de esperanza en las pa&#769;ginas de Haaretz, ejemplo de buen periodismo en una democracia que languidece; en los activistas por la paz que no desisten en su empen&#771;o pese a defender posiciones cada vez ma&#769;s minoritarias en la sociedad israeli&#769;; o en la mirada cri&#769;tica de escritores como Etgar Keret o Dror Mishani, cuya lectura considero un mejor uso del tiempo que escribir yo algo que difi&#769;cilmente seri&#769;a original. 
    </p><p class="article-text">
        Escribir lo justo &mdash;o hablar lo justo&mdash; es tambie&#769;n dejar espacio, atencio&#769;n, a quienes tienen algo que decir, no necesariamente por una posicio&#769;n de autoridad o por el conocimiento teo&#769;rico o pra&#769;ctico sobre una materia. Cualquiera puede tener una perspectiva valiosa que aportar sobre algu&#769;n tema, pero difi&#769;cilmente todo el tiempo y sobre todos los temas. Y, sin embargo, las redes, los medios, incluso a veces las libreri&#769;as, esta&#769;n llenas de superhombres que opinan todo el tiempo y sobre todos los temas. Me pregunto si reprimiendo las dudas que, al menos a mi&#769;, me acechan incesantemente: &iquest;pienso realmente lo que estoy escribiendo?, &iquest;y a quie&#769;n le importa aunque realmente lo piense? 
    </p><p class="article-text">
        Quiza&#769;s sea si&#769;ndrome del impostor, uno de esos constructos contempora&#769;neos con los que normalizamos el engan&#771;o colectivo y convertimos en patologi&#769;a individual la inadaptacio&#769;n a las reglas del juego. En lugar de promover que todos dejemos de lado nuestras dudas e inseguridades y nos lancemos a competir por la menguante atencio&#769;n de un mundo sobresaturado, podri&#769;amos promover la duda y una dosis recomendable de inseguridad que nos lleve a aceptar nuestra limitada capacidad de aportacio&#769;n. Porque quiza&#769;s el verdadero si&#769;ndrome que sufrimos es el de una impostura colectiva y, si la individualizacio&#769;n es inevitable, el foco deberi&#769;a al menos estar en los impostores. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Pablo Urbiola]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/sindrome-impostor_129_12638771.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 28 Sep 2025 09:48:20 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Síndrome del impostor]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Madrid y la crisis de la subjetividad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/madrid-crisis-subjetividad_129_12290292.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Madrid siempre me pareci&oacute; un pueblo grande, o una suma de pueblos, venido a m&aacute;s en sucesivas olas de inmigraci&oacute;n, pero pueblo al final y cabo. Con sus barrios de calles estrechas e irregulares en el centro, su acento castizo y sus bares de toda la vida con barra met&aacute;lica, caf&eacute; torrefacto quemado, churros aceitosos a la hora del desayuno y fritanga variada para acompa&ntilde;ar las ca&ntilde;as durante el resto del d&iacute;a. En Madrid, o al menos en buena parte de la ciudad, se respiraba un casticismo sencillo que poco ten&iacute;a que ver con el glamur de otras capitales europeas. &ldquo;No es pretenciosa&rdquo;, me dijo una vez un funcionario europeo al hablar sobre el esp&iacute;ritu de Madrid; una cualidad que, seg&uacute;n &eacute;l, nuestra capital compart&iacute;a con Bruselas.
    </p><p class="article-text">
        Pero en las grandes ciudades todo cambia a un ritmo vertiginoso, impulsado en parte por la voracidad del mercado inmobiliario, y el bar de toda la vida es sustituido por una versi&oacute;n remasterizada pijocastiza, en el mejor de los casos, o por un specialty coffee fr&iacute;o e impersonal con asientos inc&oacute;modos que invitan a salir corriendo nada m&aacute;s tomar el caf&eacute; de tres euros. El espacio p&uacute;blico y privado se dise&ntilde;a para incrementar la rotaci&oacute;n, el tr&aacute;nsito de visitantes-clientes, y el centro de la ciudad acaba as&iacute; convertido en un no-lugar desbordado en el que es posible sentirse en cualquier gran ciudad del mundo y en ninguna parte al mismo tiempo.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Un lugar en el que pasan cosas todo el rato&rdquo;, leo en un especial de El Pa&iacute;s Semanal dedicado al momento de &eacute;xito que vive Madrid en el mercado de las urbes globales; un &eacute;xito atribuido, al menos en parte, a la erecci&oacute;n de la ciudad en santuario de la libertad durante la pandemia. Pero es otra cita de ese reportaje, del soci&oacute;logo Luis Arroyo, la que permite aventurar una explicaci&oacute;n m&aacute;s profunda: &ldquo;pensarse creo que sigue siendo una asignatura pendiente en esta ciudad&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Sobre la dificultad de pensarse, no de las ciudades sino de las personas &mdash;que al fin y al cabo las conforman&mdash;, escribe la psicoanalista murciana Lola L&oacute;pez Mond&eacute;jar en Sin relato, un ensayo sobre la atrofia de la capacidad narrativa y la consecuente crisis de la subjetividad en este mundo precario, acelerado y digital en el que cada vez hay menos espacio y menos tiempo para interiorizar lo que nos acontece, reflexionar sobre nuestras vidas y desarrollar una identidad propia que no sea s&oacute;lo mim&eacute;tica o imaginaria (generada a trav&eacute;s de Instagram).
    </p><p class="article-text">
        Leyendo a L&oacute;pez Mond&eacute;jar me pregunto si ese momento de &eacute;xito de Madrid y su propia despersonalizaci&oacute;n no ser&aacute; una manifestaci&oacute;n m&aacute;s de la crisis de la subjetividad que nos acontece, que nos empuja a buscar lugares en los que pasen cosas todo el tiempo, como si las ciudades fueran tambi&eacute;n algoritmos suministradores de experiencias ilimitadas. As&iacute; que quiz&aacute;s ese no-lugar en el que se ha convertido el centro de la ciudad sea precisamente el escenario voluble ideal en el que proyectar identidades imaginarias.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Pablo Urbiola]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/madrid-crisis-subjetividad_129_12290292.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 12 May 2025 08:06:57 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Madrid y la crisis de la subjetividad]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Idealismo escapista para tiempos convulsos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/idealismo-escapista-tiempos-convulsos_129_12150600.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Crecer conlleva descubrir poco a poco las leyes que rigen el mundo m&aacute;s all&aacute; del caparaz&oacute;n del hogar familiar. Un descubrir que comienza normalmente en el colegio como primera instituci&oacute;n de contacto con el mundo exterior, donde existen normas escritas, reglas t&aacute;citas y tambi&eacute;n leyes insalvables, como la del m&aacute;s fuerte en el patio del colegio o las de la econom&iacute;a que todo lo permea. A estas &uacute;ltimas pertenece uno de esos descubrimientos de infancia que recuerdo con m&aacute;s fuerza, como un golpe repentino de realidad: la gente trabaja, en mayor o menor medida, por dinero. Y eso inclu&iacute;a a los profesores, cuya motivaci&oacute;n para educar, ense&ntilde;ar y, lo que es peor, para preocuparse por nosotros no era completamente altruista y desinteresada. El mundo se mov&iacute;a tambi&eacute;n por otras fuerzas de las que hasta entonces no hab&iacute;a sido consciente. 
    </p><p class="article-text">
        Recuerdo haber tenido ese pensamiento por primera vez en alg&uacute;n aula de primaria, quiz&aacute;s despu&eacute;s de haber presenciado un comportamiento de alg&uacute;n profesor que me pareci&oacute; inadecuado y que empa&ntilde;aba esa visi&oacute;n inocente de los adultos como seres movidos por altos ideales y est&aacute;ndares morales. Las guerras ocurr&iacute;an a miles de kil&oacute;metros de distancia; las injusticias eran perpetradas por seres de otro mundo, aunque estuvieran en este; y las fechor&iacute;as a peque&ntilde;a escala las comet&iacute;an ni&ntilde;os en proceso de ser educados y civilizados. Pero yo ve&iacute;a a los adultos a mi alrededor como seres que de alguna manera ya hab&iacute;an alcanzado un ideal que ten&iacute;a algo de puro y sin imperfecciones. 
    </p><p class="article-text">
        No s&eacute; si esa inocencia infantil extrema es una experiencia com&uacute;n o m&aacute;s bien idiosincr&aacute;tica &mdash;una muestra temprana de idealismo&mdash; porque los adultos no acostumbramos a compartir recuerdos de esa naturaleza. Pero despu&eacute;s de esa primera ca&iacute;da del guindo vinieron muchas m&aacute;s a lo largo de los a&ntilde;os. Un lento proceso para descubrir que, incluso detr&aacute;s de los mejores ideales, hay motivaciones no altruistas, en forma de egos o necesidades pecuniarias; y que el bien y el mal se entremezclan en cada uno de nosotros de m&uacute;ltiples maneras, formando una escala de grises con la que no queda m&aacute;s remedio que convivir lo mejor que cada uno pueda. 
    </p><p class="article-text">
        Un proceso de adaptaci&oacute;n que quiz&aacute;s llevamos demasiado lejos. Lo pienso a veces mientras veo a un beb&eacute; en brazos de sus padres primerizos e imagino los distintos mundos que ser&iacute;an posibles si creciera conociendo otras reglas y otras leyes, quiz&aacute;s no tan insalvables. Un idealismo escapista para tiempos convulsos.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Pablo Urbiola]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/idealismo-escapista-tiempos-convulsos_129_12150600.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 20 Mar 2025 15:57:58 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Idealismo escapista para tiempos convulsos]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[Infancia,Educación,Economía,familia]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[De Logroño al mundo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/logrono-mundo_129_12076223.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        A veces pienso que el tama&ntilde;o del lugar donde crecemos conforma una escala de referencia con la que miramos el mundo y que permanece con nosotros aunque intentemos escapar de ella. Esa escala no es un conjunto de n&uacute;meros abstractos sobre poblaci&oacute;n, extensi&oacute;n o densidad, sino un mapa mental de distancias f&iacute;sicas y sociales: una estimaci&oacute;n de lo que nos une o nos separa de una persona aleatoria con la que nos cruzamos por la calle; una representaci&oacute;n de los mundos y submundos que conviven en un mismo espacio y tiempo.
    </p><p class="article-text">
        Al poco de irme a vivir a Madrid, hace ya diecisiete a&ntilde;os, empec&eacute; a experimentar una sensaci&oacute;n de extra&ntilde;eza ante la escala de la ciudad. Al principio era algo ocasional y m&aacute;s bien circunstancial: al llegar desde Logro&ntilde;o a una estaci&oacute;n de Avenida de Am&eacute;rica llena de gente, me preguntaba de d&oacute;nde vendr&iacute;an y a d&oacute;nde ir&iacute;an las personas con las que me cruzaba, y a veces me quedaba mirando al and&eacute;n de enfrente pensando qu&eacute; diablos hac&iacute;a toda esa gente all&iacute; un domingo por la noche. No era curiosidad sino asombro, extra&ntilde;eza, y esa sensaci&oacute;n parad&oacute;jica de soledad que produce estar rodeado de una multitud desconocida.
    </p><p class="article-text">
        Con el tiempo esa extra&ntilde;eza se fue solidificando y, unida a los inconvenientes m&aacute;s mundanos de las distancias f&iacute;sicas, me llev&oacute; a fantasear con la idea de un tama&ntilde;o &oacute;ptimo de ciudad que equilibrara las ventajas de la concentraci&oacute;n de poblaci&oacute;n y sus inconvenientes. Una funci&oacute;n matem&aacute;tica que pudiera encontrar el punto intermedio &oacute;ptimo entre la libertad del anonimato y la sensaci&oacute;n de seguridad del tejido social compacto; entre las posibilidades te&oacute;ricas de la oferta casi ilimitada y el aprovechamiento de lo concreto que favorece la conciencia de los l&iacute;mites.
    </p><p class="article-text">
        En esas elucubraciones estaba cuando lleg&oacute; la pandemia y redujo de un d&iacute;a para otro la escala de nuestras vidas. De repente la calle de al lado, la panader&iacute;a de la esquina, la vecina que aplaud&iacute;a a las ocho de la tarde en el balc&oacute;n de enfrente cobraron una relevancia inusitada, despu&eacute;s de a&ntilde;os pasando desapercibidos en medio de una escala que a veces diluye lo m&aacute;s pr&oacute;ximo. Como si el metro no s&oacute;lo nos acercara a lo lejano sino tambi&eacute;n nos alejara de lo cercano y produjera as&iacute; un mapa mental distorsionado de distancias f&iacute;sicas y sociales. La pandemia reorden&oacute; temporalmente ese mapa y el reencuentro con lo cercano lo fue tambi&eacute;n con esa escala de referencia que, &oacute;ptima o no, nos persigue de alg&uacute;n modo aunque intentemos huir de ella.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Pablo Urbiola]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/logrono-mundo_129_12076223.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 23 Feb 2025 10:18:32 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[De Logroño al mundo]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El lanzamiento de mis vecinos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/lanzamiento-vecinos_129_12042527.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        El diccionario de la RAE recoge como quinto significado de la palabra &lsquo;lanzamiento&rsquo; el &ldquo;despojo de una posesi&oacute;n o tenencia por fuerza judicial&rdquo;. Una acepci&oacute;n jur&iacute;dica que desconoc&iacute;a pero cuya realidad pr&aacute;ctica se materializ&oacute; hace unos d&iacute;as en el rellano de mi escalera cuando las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado echaron abajo la puerta de mis vecinos, ante la mirada impert&eacute;rrita de unos se&ntilde;ores cuya funci&oacute;n, supongo, era asegurar el cumplimiento de la ley. Una legalidad que gener&oacute; un ruido ensordecedor en todo el edificio, previamente rodeado por efectivos de antidisturbios que controlaron los accesos y las salidas e impidieron el paso de los viandantes en una manzana a la redonda.
    </p><p class="article-text">
        Los vecinos del piso objeto de la operaci&oacute;n policial llevaban a&ntilde;os formando parte de mi vida cotidiana. Con el mayor de los ni&ntilde;os sol&iacute;a coincidir muchas ma&ntilde;anas al salir de casa y, sin embargo, cuando un d&iacute;a nos cruzamos por la calle y se par&oacute; en medio de la acera para saludarme, yo me qued&eacute; mir&aacute;ndole sin caer en la cuenta de qui&eacute;n era. &ldquo;Soy el vecino&rdquo;, me dijo, con esa mirada seria pero cercana con la que sol&iacute;a darme los buenos d&iacute;as y con la que un d&iacute;a en el ascensor me pregunt&oacute; a d&oacute;nde iba yo despu&eacute;s de contarme que &eacute;l ten&iacute;a que ir al colegio. Con su padre, en cambio, sol&iacute;a encontrarme al volver del trabajo o al bajar a tirar la basura por la noche, y siempre me esperaba en el ascensor cuando me ve&iacute;a abriendo la puerta del portal. Mientras sub&iacute;amos juntos me preguntaba qu&eacute; tal el d&iacute;a y al llegar a nuestra planta me dec&iacute;a que descansara y se desped&iacute;a d&aacute;ndome las buenas noches. Su presencia se hab&iacute;a convertido en una rutina c&aacute;lida y familiar que me hac&iacute;a sentir un poco menos solo en una ciudad en la que las relaciones con los vecinos suelen ser m&aacute;s bien distantes.
    </p><p class="article-text">
        No hemos podido despedirnos en persona. Mientras la polic&iacute;a intentaba tirar abajo la puerta de su casa, yo sal&iacute;a de la m&iacute;a con prisa para ir al aeropuerto. Al abrir la puerta y aparecer en el rellano con mi maleta la comisi&oacute;n judicial me mir&oacute; como si fuera una interrupci&oacute;n molesta e inoportuna en la ejecuci&oacute;n del lanzamiento que les hab&iacute;a sido encomendado. Sin mediar explicaci&oacute;n alguna, me indicaron que cogiera el ascensor y bajara. Cuando llegu&eacute; a la planta baja y las puertas se abrieron, me qued&eacute; unos segundos dentro del ascensor con la mirada perdida. &ldquo;&iquest;Est&aacute; usted bien?&rdquo;, me preguntaron los polic&iacute;as que custodiaban el portal. No supe qu&eacute; decir. Cog&iacute; la maleta y me fui.
    </p><p class="article-text">
        Al volver a casa varios d&iacute;as despu&eacute;s descubr&iacute; una pegatina blanca en mi mirilla, que el d&iacute;a del lanzamiento me hab&iacute;a pasado desapercibida, pero que me hubiera impedido ver desde dentro lo que ocurr&iacute;a en el rellano. Mientras quitaba la pegatina, rascando con la u&ntilde;a porque no se iba f&aacute;cilmente, me pregunt&eacute; si formar&iacute;a parte tambi&eacute;n de un procedimiento establecido para el correcto cumplimiento de la ley. Y pens&eacute; que al menos ten&iacute;a que contar lo que yo hab&iacute;a presenciado. Por mis vecinos, y para que todas las administraciones se tomen en serio el problema de la vivienda.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Pablo Urbiola]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/lanzamiento-vecinos_129_12042527.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 10 Feb 2025 18:16:23 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[El lanzamiento de mis vecinos]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[Desahucios,Vivienda]]></media:keywords>
    </item>
  </channel>
</rss>
