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    <title><![CDATA[elDiario.es - Pablo Urbiola]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/pablo-urbiola/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Pablo Urbiola]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[El libro y el teléfono]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/libro-telefono_129_11996264.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7ceff4bb-cb31-48f4-a677-7831606c84d8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El libro y el teléfono"></p><p class="article-text">
        Hace a&ntilde;os le&iacute; con gran inter&eacute;s &lsquo;Superficiales&rsquo;, un libro del escritor norteamericano Nicholas Carr sobre c&oacute;mo Internet est&aacute; afectando a nuestras mentes. El libro explica c&oacute;mo, debido a la plasticidad neuronal, las herramientas que los seres humanos hemos ido utilizando a lo largo de la historia, desde los mapas y los relojes a los libros, moldean nuestro cerebro y nos configuran o desconfiguran para ciertos procesos mentales. Siguiendo ese hilo argumental, el autor concluye que Internet y la sobreestimulaci&oacute;n que proporciona nos predispone para una lectura m&aacute;s superficial en la que se activan o involucran menos las partes de nuestro cerebro relacionadas con la memoria a largo plazo y el pensamiento profundo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El libro se public&oacute; en 2010, cuando los tel&eacute;fonos inteligentes y las redes sociales todav&iacute;a no eran omnipresentes, as&iacute; que, rele&iacute;do ahora, los males que auguraba probablemente se hayan quedado cortos. Sin embargo, ya en aquel entonces me impact&oacute; profundamente, en gran medida porque el libro pon&iacute;a palabras al efecto adictivo que la pantalla del ordenador ejerc&iacute;a en m&iacute; casi cada d&iacute;a, atrapando mi atenci&oacute;n durante horas sin dejarme escapar, como una droga que evade temporalmente de la realidad pero produce despu&eacute;s un malestar f&iacute;sico y mental, por el embotamiento y la sensaci&oacute;n de p&eacute;rdida de tiempo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hace a&ntilde;os que super&eacute; esa adicci&oacute;n, al menos en su versi&oacute;n m&aacute;s grave, y por suerte esquiv&eacute; despu&eacute;s la variante m&aacute;s contempor&aacute;nea representada por las pantallas de los tel&eacute;fonos m&oacute;viles, pero me he acordado estos d&iacute;as de &lsquo;Superficiales&rsquo; y de aquella preocupaci&oacute;n a ra&iacute;z de la compra de un nuevo lector de libros electr&oacute;nicos. El que me ha acompa&ntilde;ado durante a&ntilde;os llevaba ya tiempo dando se&ntilde;ales de desfallecimiento, pero me resist&iacute;a a desprenderme de &eacute;l y, para alargar su vida, llegu&eacute; a llevarlo a una tienda de reparaciones para sustituir la clavija estropeada de la bater&iacute;a.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        No fue s&oacute;lo un acto de rebeld&iacute;a individual frente a la obsolescencia programada y la generaci&oacute;n fren&eacute;tica de desechos tecnol&oacute;gicos, sino tambi&eacute;n una muestra de la extra&ntilde;a relaci&oacute;n afectiva que he desarrollado hacia el aparato. Por raro que parezca, me est&aacute; costando despedirme de &eacute;l, como si el dispositivo hubiera acabado simbolizando la puerta de entrada a otros mundos y realidades en los que sumergirse y evadirse de las preocupaciones del d&iacute;a a d&iacute;a, pero sin recurrir a m&uacute;ltiples distracciones ni sobreest&iacute;mulos. Veo su funda roja desgastada por el uso y me vienen a la memoria libros, autores, lugares y momentos de lectura e ideas y preocupaciones que me rondaban por aquel entonces, y esos recuerdos han quedado de alguna manera conectados, gracias quiz&aacute;s a esa capacidad que, seg&uacute;n explica Carr en &lsquo;Superficiales&rsquo;, tiene la lectura lineal para activar el pensamiento profundo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Con el tel&eacute;fono m&oacute;vil, en cambio, la relaci&oacute;n afectiva ha evolucionado en la direcci&oacute;n contraria y he desarrollado una aversi&oacute;n casi instintiva que me lleva a alejarlo siempre que puedo, para no tenerlo al alcance de la mano, o a limitar su funcionamiento gracias al modo avi&oacute;n o sin notificaciones. No es s&oacute;lo que lo vea como una fuente inagotable de distracciones, sino que el aparato en s&iacute; ha acabado simbolizando muchos de los males de la modernidad l&iacute;quida en que vivimos, en forma de mensajes que quedaron sin respuesta,&nbsp;&lsquo;likes&rsquo; vac&iacute;os de significado, conexiones ef&iacute;meras y ese espejismo de posibilidades que genera la oferta casi ilimitada.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A veces llego al punto de fantasear con tirarlo por la ventana y hacerlo a&ntilde;icos: un desecho tecnol&oacute;gico que al menos tenga algo de acto de rebeld&iacute;a. Y entonces pienso que quiz&aacute;s los aparatos no s&oacute;lo moldean nuestro cerebro, como dice Carr, sino que con suerte tambi&eacute;n acaban produciendo una reacci&oacute;n emocional que nos lleva a alejarnos de unos y acercarnos a otros; y que quiz&aacute;s lo que necesitamos son m&aacute;s tecnolog&iacute;as dise&ntilde;adas para reducir los est&iacute;mulos que recibimos en lugar de para expandirlos sin l&iacute;mites.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Pablo Urbiola]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/libro-telefono_129_11996264.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 27 Jan 2025 11:21:04 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El libro y el teléfono]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Tecnología]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Sanidad pública en el paraíso de la libertad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/sanidad-publica-paraiso-libertad_129_13108232.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        En el servicio de urgencias de uno de los grandes hospitales p&uacute;blicos de Madrid, en una sala abarrotada de pacientes en observaci&oacute;n, intento distraerme leyendo un art&iacute;culo de Santiago Alba Rico en <a href="https://elpais.com/opinion/2026-03-16/el-hombre-que-alza-la-voz-en-el-vagon-del-metro.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">El Pa&iacute;s</a> sobre por qu&eacute; evitamos mirar a los ojos a quienes piden dinero en el metro, alzando su voz y mostr&aacute;ndonos su vulnerabilidad. Pero, lejos de evadirme del contexto hospitalario, acabo pensando en nuestra propia vulnerabilidad como pacientes e imaginando si, en una hipot&eacute;tica e improbable visita, Isabel D&iacute;az Ayuso ser&iacute;a capaz no ya de mirarnos a los ojos &mdash;a nosotros y a los sanitarios que nos atienden con gran profesionalidad&mdash; sino simplemente de permanecer en este lugar.
    </p><p class="article-text">
        Apenas hay espacio entre los sillones y portasueros de los pacientes, que ocupan todas las paredes formando una especie de corro, como si de una sala de estar se tratara, y las pocas sillas disponibles para acompa&ntilde;antes dificultan a los celadores el traslado en silla de ruedas de los enfermos. Precisamente en uno de esos trayectos, atisbo otra sala mucho m&aacute;s grande llena de camas sin separaci&oacute;n, con los acompa&ntilde;antes concentrados en un grupo de sillas junto a la entrada, y conf&iacute;o en no tener que pasar la noche en esa suerte de hospital de campa&ntilde;a.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando llega la hora del cambio de turno de enfermer&iacute;a, es imposible no escuchar el parte m&eacute;dico del resto de pacientes porque el puesto de control apenas est&aacute; separado de nuestra peque&ntilde;a estancia llena de sillones. As&iacute; me entero, involuntariamente y con incomodidad manifiesta, de que a mi derecha se sienta una paciente oncol&oacute;gica cuyos dolores se han intensificado; enfrente, un hombre de mediana edad que sospechan que puede tener piedras en el ri&ntilde;&oacute;n; y un poco m&aacute;s all&aacute;, una chica joven que va a ser derivada a urgencias de ginecolog&iacute;a. Por suerte, una breve llamada de tel&eacute;fono me evita seguir conociendo m&aacute;s detalles m&eacute;dicos ajenos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Si no hubiera llegado a urgencias por mi propio pie y no supiera que estoy en uno de los principales hospitales de referencia de nuestro pa&iacute;s, pensar&iacute;a que he tenido la mala suerte de caer enfermo en un lugar empobrecido, sin recursos para actualizar y redimensionar unas instalaciones sanitarias que han ido envejeciendo sin apenas inversi&oacute;n durante d&eacute;cadas. Pero esto es Madrid, donde abunda el dinero y tambi&eacute;n la libertad, que en este caso es una invitaci&oacute;n a que quien pueda haga uso de la sanidad privada, para poder seguir bajando los impuestos.
    </p><p class="article-text">
        La visita de Ayuso a las urgencias abarrotadas de este hospital es tan improbable como su encuentro con un hombre pidiendo dinero en el metro, porque en su universo ideol&oacute;gico la sanidad p&uacute;blica es una prestaci&oacute;n de beneficencia para quienes no tienen seguro privado y un servicio de &uacute;ltimo recurso para situaciones de mayor complejidad o gravedad en las que la sanidad privada no responde. Una propuesta pol&iacute;tica nunca enunciada abiertamente pero que ha cosechado gran &eacute;xito en un Madrid cada vez m&aacute;s segregado: al alejar a una parte relevante de los votantes de los servicios p&uacute;blicos, es posible dejar que se degraden sin apenas coste pol&iacute;tico, ofreciendo a cambio rebajas fiscales y ampliando las oportunidades de negocio de un pu&ntilde;ado de empresas privadas. Y a quienes no tienen m&aacute;s remedio que seguir utilizando esos maltrechos servicios p&uacute;blicos, se les anima a seguir esforz&aacute;ndose para liberarse ellos tambi&eacute;n de la beneficencia en el para&iacute;so de la libertad.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Pablo Urbiola]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/sanidad-publica-paraiso-libertad_129_13108232.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 02 Apr 2026 11:22:39 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Sanidad pública en el paraíso de la libertad]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[Sanidad,Hospitales,Isabel Díaz Ayuso]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El espíritu del 'no a la guerra']]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/espiritu-no-guerra_129_13051865.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Basta con escuchar la radio p&uacute;blica americana o leer la informaci&oacute;n internacional de los peri&oacute;dicos estadounidenses para comprobar que en el imaginario colectivo de Estados Unidos el mundo se divide en aliados y adversarios, y lo que sucede en el mundo exterior se observa y se analiza con la mirada de quien se siente responsable, no mero espectador, de los aconteceres de otros pa&iacute;ses.
    </p><p class="article-text">
        Ese imaginario colectivo de responsabilidad para con el resto del mundo se ha sustentado durante d&eacute;cadas, dentro y fuera de Estados Unidos, sobre un relato de grandes principios que deb&iacute;an ser promovidos universalmente: la libertad, la democracia, el bien frente al mal. Conceptos que, como es bien sabido, han sido aplicados de forma inconsistente y arbitraria, en ocasiones para enmascarar intereses m&aacute;s espurios, y que han servido para justificar intervenciones con desastrosas consecuencias humanitarias y para la consecuci&oacute;n de los propios principios que se enarbolaban.
    </p><p class="article-text">
        La guerra contra Ir&aacute;n puede verse como una continuaci&oacute;n de esa historia de intervenciones militares ilegales, pero tambi&eacute;n como un desarrollo m&aacute;s peligroso, habida cuenta de los esfuerzos limitados de la administraci&oacute;n estadounidense por articular un relato que justifique la intervenci&oacute;n. Por eso es dif&iacute;cil no sospechar que, detr&aacute;s de las decisiones de Donald Trump, hay un componente no despreciable de instintos e impulsos personales cuya explicaci&oacute;n corresponde m&aacute;s a la psicolog&iacute;a que a la geopol&iacute;tica o la econom&iacute;a, incluyendo dentro de esta las finanzas personales.
    </p><p class="article-text">
        En el universo de Trump no hay grandes principios ni relatos: solo frases cortas, simples y generalmente desarticuladas, que muestran sin disimulo sus impulsos psicol&oacute;gicos y que podr&iacute;an resumirse en un &ldquo;soy el mejor&rdquo; y &ldquo;aqu&iacute; el que manda soy yo&rdquo;. Es un retorno a instintos primarios, a la ley del m&aacute;s fuerte, a un mundo despojado de valores y normas compartidos que, por hip&oacute;critas que a veces puedan ser, establecen por lo menos ciertos l&iacute;mites y sobre todo articulan un espacio para el debate y la conversaci&oacute;n p&uacute;blica.
    </p><p class="article-text">
        Si es posible ver algo esperanzador en medio de esta guerra es que nos muestra de golpe y sin ambages las consecuencias y los peligros de ese retorno a un mundo primario dominado por hombres fuertes que ni siquiera se esfuerzan por disimular sus instintos. Pero esos hombres no son la causa del problema, sino m&aacute;s bien su consecuencia: surgen en el vac&iacute;o que genera la p&eacute;rdida de esperanzas y proyectos compartidos; imponen la ley del m&aacute;s fuerte cuando el resto acabamos creyendo que esa es la &uacute;nica ley posible.
    </p><p class="article-text">
        Por eso necesitamos recuperar el esp&iacute;ritu del &lsquo;no a la guerra&rsquo;: la esperanza de que otro mundo mejor es posible, por muy oscuros que sean los tiempos presentes. Una esperanza que solo puede ser compartida si trasciende nuestras pantallas atomizadas y recupera algo de aquellos silencios y gritos corp&oacute;reos en las calles de nuestros pueblos y ciudades.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Pablo Urbiola]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/espiritu-no-guerra_129_13051865.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 12 Mar 2026 09:30:42 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[El espíritu del 'no a la guerra']]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Síndrome del impostor]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/sindrome-impostor_129_12638771.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Por que&#769; no escribes ma&#769;s, me pregunta a veces algu&#769;n amigo, conocedor de la alegri&#769;a que me produce acabar un texto de cuyo resultado me siento satisfecho. Mi respuesta no suele ser muy consistente: a veces atribuyo los largos periodos de silencio a la simple pereza y otras me escudo en el trabajo y los temas sensibles que es aconsejable evitar. Pero la realidad es que, ma&#769;s alla&#769; de cuestiones personales, si no escribo ma&#769;s es tambie&#769;n porque pienso que ya se escribe demasiado. Parafraseando a Machado y Azan&#771;a, si escribie&#769;ramos so&#769;lo y exclusivamente de lo que sabemos, o de lo que tenemos una perspectiva diferente que aportar, no se produciri&#769;a un gran silencio, pero si&#769; habri&#769;a menos oferta en la sobreabundancia digital en que vivimos, y quiza&#769;s, so&#769;lo quiza&#769;s, podri&#769;amos prestar ma&#769;s atencio&#769;n a quienes realmente tienen algo que decir (aunque tambie&#769;n existe la posibilidad de que simplemente acaba&#769;ramos leyendo menos). 
    </p><p class="article-text">
        En te&#769;rminos concretos, no escribo sobre el genocidio de Israel en Gaza, por ejemplo, porque tengo una opinio&#769;n intercambiable con la mayori&#769;a de las presentes en este y en otros perio&#769;dicos y porque, intentando ser honesto conmigo mismo, tengo poco o nada que aportar en comparacio&#769;n con los periodistas o historiadores especializados en la regio&#769;n, los expertos en derechos humanos o los propios palestinos e israeli&#769;es. En relacio&#769;n con estos u&#769;ltimos, intento desde hace tiempo buscar un pequen&#771;o hilo de esperanza en las pa&#769;ginas de Haaretz, ejemplo de buen periodismo en una democracia que languidece; en los activistas por la paz que no desisten en su empen&#771;o pese a defender posiciones cada vez ma&#769;s minoritarias en la sociedad israeli&#769;; o en la mirada cri&#769;tica de escritores como Etgar Keret o Dror Mishani, cuya lectura considero un mejor uso del tiempo que escribir yo algo que difi&#769;cilmente seri&#769;a original. 
    </p><p class="article-text">
        Escribir lo justo &mdash;o hablar lo justo&mdash; es tambie&#769;n dejar espacio, atencio&#769;n, a quienes tienen algo que decir, no necesariamente por una posicio&#769;n de autoridad o por el conocimiento teo&#769;rico o pra&#769;ctico sobre una materia. Cualquiera puede tener una perspectiva valiosa que aportar sobre algu&#769;n tema, pero difi&#769;cilmente todo el tiempo y sobre todos los temas. Y, sin embargo, las redes, los medios, incluso a veces las libreri&#769;as, esta&#769;n llenas de superhombres que opinan todo el tiempo y sobre todos los temas. Me pregunto si reprimiendo las dudas que, al menos a mi&#769;, me acechan incesantemente: &iquest;pienso realmente lo que estoy escribiendo?, &iquest;y a quie&#769;n le importa aunque realmente lo piense? 
    </p><p class="article-text">
        Quiza&#769;s sea si&#769;ndrome del impostor, uno de esos constructos contempora&#769;neos con los que normalizamos el engan&#771;o colectivo y convertimos en patologi&#769;a individual la inadaptacio&#769;n a las reglas del juego. En lugar de promover que todos dejemos de lado nuestras dudas e inseguridades y nos lancemos a competir por la menguante atencio&#769;n de un mundo sobresaturado, podri&#769;amos promover la duda y una dosis recomendable de inseguridad que nos lleve a aceptar nuestra limitada capacidad de aportacio&#769;n. Porque quiza&#769;s el verdadero si&#769;ndrome que sufrimos es el de una impostura colectiva y, si la individualizacio&#769;n es inevitable, el foco deberi&#769;a al menos estar en los impostores. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Pablo Urbiola]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/sindrome-impostor_129_12638771.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 28 Sep 2025 09:48:20 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Síndrome del impostor]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Madrid y la crisis de la subjetividad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/madrid-crisis-subjetividad_129_12290292.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Madrid siempre me pareci&oacute; un pueblo grande, o una suma de pueblos, venido a m&aacute;s en sucesivas olas de inmigraci&oacute;n, pero pueblo al final y cabo. Con sus barrios de calles estrechas e irregulares en el centro, su acento castizo y sus bares de toda la vida con barra met&aacute;lica, caf&eacute; torrefacto quemado, churros aceitosos a la hora del desayuno y fritanga variada para acompa&ntilde;ar las ca&ntilde;as durante el resto del d&iacute;a. En Madrid, o al menos en buena parte de la ciudad, se respiraba un casticismo sencillo que poco ten&iacute;a que ver con el glamur de otras capitales europeas. &ldquo;No es pretenciosa&rdquo;, me dijo una vez un funcionario europeo al hablar sobre el esp&iacute;ritu de Madrid; una cualidad que, seg&uacute;n &eacute;l, nuestra capital compart&iacute;a con Bruselas.
    </p><p class="article-text">
        Pero en las grandes ciudades todo cambia a un ritmo vertiginoso, impulsado en parte por la voracidad del mercado inmobiliario, y el bar de toda la vida es sustituido por una versi&oacute;n remasterizada pijocastiza, en el mejor de los casos, o por un specialty coffee fr&iacute;o e impersonal con asientos inc&oacute;modos que invitan a salir corriendo nada m&aacute;s tomar el caf&eacute; de tres euros. El espacio p&uacute;blico y privado se dise&ntilde;a para incrementar la rotaci&oacute;n, el tr&aacute;nsito de visitantes-clientes, y el centro de la ciudad acaba as&iacute; convertido en un no-lugar desbordado en el que es posible sentirse en cualquier gran ciudad del mundo y en ninguna parte al mismo tiempo.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Un lugar en el que pasan cosas todo el rato&rdquo;, leo en un especial de El Pa&iacute;s Semanal dedicado al momento de &eacute;xito que vive Madrid en el mercado de las urbes globales; un &eacute;xito atribuido, al menos en parte, a la erecci&oacute;n de la ciudad en santuario de la libertad durante la pandemia. Pero es otra cita de ese reportaje, del soci&oacute;logo Luis Arroyo, la que permite aventurar una explicaci&oacute;n m&aacute;s profunda: &ldquo;pensarse creo que sigue siendo una asignatura pendiente en esta ciudad&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Sobre la dificultad de pensarse, no de las ciudades sino de las personas &mdash;que al fin y al cabo las conforman&mdash;, escribe la psicoanalista murciana Lola L&oacute;pez Mond&eacute;jar en Sin relato, un ensayo sobre la atrofia de la capacidad narrativa y la consecuente crisis de la subjetividad en este mundo precario, acelerado y digital en el que cada vez hay menos espacio y menos tiempo para interiorizar lo que nos acontece, reflexionar sobre nuestras vidas y desarrollar una identidad propia que no sea s&oacute;lo mim&eacute;tica o imaginaria (generada a trav&eacute;s de Instagram).
    </p><p class="article-text">
        Leyendo a L&oacute;pez Mond&eacute;jar me pregunto si ese momento de &eacute;xito de Madrid y su propia despersonalizaci&oacute;n no ser&aacute; una manifestaci&oacute;n m&aacute;s de la crisis de la subjetividad que nos acontece, que nos empuja a buscar lugares en los que pasen cosas todo el tiempo, como si las ciudades fueran tambi&eacute;n algoritmos suministradores de experiencias ilimitadas. As&iacute; que quiz&aacute;s ese no-lugar en el que se ha convertido el centro de la ciudad sea precisamente el escenario voluble ideal en el que proyectar identidades imaginarias.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Pablo Urbiola]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/madrid-crisis-subjetividad_129_12290292.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 12 May 2025 08:06:57 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Madrid y la crisis de la subjetividad]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Idealismo escapista para tiempos convulsos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/idealismo-escapista-tiempos-convulsos_129_12150600.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Crecer conlleva descubrir poco a poco las leyes que rigen el mundo m&aacute;s all&aacute; del caparaz&oacute;n del hogar familiar. Un descubrir que comienza normalmente en el colegio como primera instituci&oacute;n de contacto con el mundo exterior, donde existen normas escritas, reglas t&aacute;citas y tambi&eacute;n leyes insalvables, como la del m&aacute;s fuerte en el patio del colegio o las de la econom&iacute;a que todo lo permea. A estas &uacute;ltimas pertenece uno de esos descubrimientos de infancia que recuerdo con m&aacute;s fuerza, como un golpe repentino de realidad: la gente trabaja, en mayor o menor medida, por dinero. Y eso inclu&iacute;a a los profesores, cuya motivaci&oacute;n para educar, ense&ntilde;ar y, lo que es peor, para preocuparse por nosotros no era completamente altruista y desinteresada. El mundo se mov&iacute;a tambi&eacute;n por otras fuerzas de las que hasta entonces no hab&iacute;a sido consciente. 
    </p><p class="article-text">
        Recuerdo haber tenido ese pensamiento por primera vez en alg&uacute;n aula de primaria, quiz&aacute;s despu&eacute;s de haber presenciado un comportamiento de alg&uacute;n profesor que me pareci&oacute; inadecuado y que empa&ntilde;aba esa visi&oacute;n inocente de los adultos como seres movidos por altos ideales y est&aacute;ndares morales. Las guerras ocurr&iacute;an a miles de kil&oacute;metros de distancia; las injusticias eran perpetradas por seres de otro mundo, aunque estuvieran en este; y las fechor&iacute;as a peque&ntilde;a escala las comet&iacute;an ni&ntilde;os en proceso de ser educados y civilizados. Pero yo ve&iacute;a a los adultos a mi alrededor como seres que de alguna manera ya hab&iacute;an alcanzado un ideal que ten&iacute;a algo de puro y sin imperfecciones. 
    </p><p class="article-text">
        No s&eacute; si esa inocencia infantil extrema es una experiencia com&uacute;n o m&aacute;s bien idiosincr&aacute;tica &mdash;una muestra temprana de idealismo&mdash; porque los adultos no acostumbramos a compartir recuerdos de esa naturaleza. Pero despu&eacute;s de esa primera ca&iacute;da del guindo vinieron muchas m&aacute;s a lo largo de los a&ntilde;os. Un lento proceso para descubrir que, incluso detr&aacute;s de los mejores ideales, hay motivaciones no altruistas, en forma de egos o necesidades pecuniarias; y que el bien y el mal se entremezclan en cada uno de nosotros de m&uacute;ltiples maneras, formando una escala de grises con la que no queda m&aacute;s remedio que convivir lo mejor que cada uno pueda. 
    </p><p class="article-text">
        Un proceso de adaptaci&oacute;n que quiz&aacute;s llevamos demasiado lejos. Lo pienso a veces mientras veo a un beb&eacute; en brazos de sus padres primerizos e imagino los distintos mundos que ser&iacute;an posibles si creciera conociendo otras reglas y otras leyes, quiz&aacute;s no tan insalvables. Un idealismo escapista para tiempos convulsos.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Pablo Urbiola]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/idealismo-escapista-tiempos-convulsos_129_12150600.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 20 Mar 2025 15:57:58 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Idealismo escapista para tiempos convulsos]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[Infancia,Educación,Economía,familia]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[De Logroño al mundo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/logrono-mundo_129_12076223.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        A veces pienso que el tama&ntilde;o del lugar donde crecemos conforma una escala de referencia con la que miramos el mundo y que permanece con nosotros aunque intentemos escapar de ella. Esa escala no es un conjunto de n&uacute;meros abstractos sobre poblaci&oacute;n, extensi&oacute;n o densidad, sino un mapa mental de distancias f&iacute;sicas y sociales: una estimaci&oacute;n de lo que nos une o nos separa de una persona aleatoria con la que nos cruzamos por la calle; una representaci&oacute;n de los mundos y submundos que conviven en un mismo espacio y tiempo.
    </p><p class="article-text">
        Al poco de irme a vivir a Madrid, hace ya diecisiete a&ntilde;os, empec&eacute; a experimentar una sensaci&oacute;n de extra&ntilde;eza ante la escala de la ciudad. Al principio era algo ocasional y m&aacute;s bien circunstancial: al llegar desde Logro&ntilde;o a una estaci&oacute;n de Avenida de Am&eacute;rica llena de gente, me preguntaba de d&oacute;nde vendr&iacute;an y a d&oacute;nde ir&iacute;an las personas con las que me cruzaba, y a veces me quedaba mirando al and&eacute;n de enfrente pensando qu&eacute; diablos hac&iacute;a toda esa gente all&iacute; un domingo por la noche. No era curiosidad sino asombro, extra&ntilde;eza, y esa sensaci&oacute;n parad&oacute;jica de soledad que produce estar rodeado de una multitud desconocida.
    </p><p class="article-text">
        Con el tiempo esa extra&ntilde;eza se fue solidificando y, unida a los inconvenientes m&aacute;s mundanos de las distancias f&iacute;sicas, me llev&oacute; a fantasear con la idea de un tama&ntilde;o &oacute;ptimo de ciudad que equilibrara las ventajas de la concentraci&oacute;n de poblaci&oacute;n y sus inconvenientes. Una funci&oacute;n matem&aacute;tica que pudiera encontrar el punto intermedio &oacute;ptimo entre la libertad del anonimato y la sensaci&oacute;n de seguridad del tejido social compacto; entre las posibilidades te&oacute;ricas de la oferta casi ilimitada y el aprovechamiento de lo concreto que favorece la conciencia de los l&iacute;mites.
    </p><p class="article-text">
        En esas elucubraciones estaba cuando lleg&oacute; la pandemia y redujo de un d&iacute;a para otro la escala de nuestras vidas. De repente la calle de al lado, la panader&iacute;a de la esquina, la vecina que aplaud&iacute;a a las ocho de la tarde en el balc&oacute;n de enfrente cobraron una relevancia inusitada, despu&eacute;s de a&ntilde;os pasando desapercibidos en medio de una escala que a veces diluye lo m&aacute;s pr&oacute;ximo. Como si el metro no s&oacute;lo nos acercara a lo lejano sino tambi&eacute;n nos alejara de lo cercano y produjera as&iacute; un mapa mental distorsionado de distancias f&iacute;sicas y sociales. La pandemia reorden&oacute; temporalmente ese mapa y el reencuentro con lo cercano lo fue tambi&eacute;n con esa escala de referencia que, &oacute;ptima o no, nos persigue de alg&uacute;n modo aunque intentemos huir de ella.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Pablo Urbiola]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/logrono-mundo_129_12076223.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 23 Feb 2025 10:18:32 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[De Logroño al mundo]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El lanzamiento de mis vecinos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/lanzamiento-vecinos_129_12042527.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        El diccionario de la RAE recoge como quinto significado de la palabra &lsquo;lanzamiento&rsquo; el &ldquo;despojo de una posesi&oacute;n o tenencia por fuerza judicial&rdquo;. Una acepci&oacute;n jur&iacute;dica que desconoc&iacute;a pero cuya realidad pr&aacute;ctica se materializ&oacute; hace unos d&iacute;as en el rellano de mi escalera cuando las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado echaron abajo la puerta de mis vecinos, ante la mirada impert&eacute;rrita de unos se&ntilde;ores cuya funci&oacute;n, supongo, era asegurar el cumplimiento de la ley. Una legalidad que gener&oacute; un ruido ensordecedor en todo el edificio, previamente rodeado por efectivos de antidisturbios que controlaron los accesos y las salidas e impidieron el paso de los viandantes en una manzana a la redonda.
    </p><p class="article-text">
        Los vecinos del piso objeto de la operaci&oacute;n policial llevaban a&ntilde;os formando parte de mi vida cotidiana. Con el mayor de los ni&ntilde;os sol&iacute;a coincidir muchas ma&ntilde;anas al salir de casa y, sin embargo, cuando un d&iacute;a nos cruzamos por la calle y se par&oacute; en medio de la acera para saludarme, yo me qued&eacute; mir&aacute;ndole sin caer en la cuenta de qui&eacute;n era. &ldquo;Soy el vecino&rdquo;, me dijo, con esa mirada seria pero cercana con la que sol&iacute;a darme los buenos d&iacute;as y con la que un d&iacute;a en el ascensor me pregunt&oacute; a d&oacute;nde iba yo despu&eacute;s de contarme que &eacute;l ten&iacute;a que ir al colegio. Con su padre, en cambio, sol&iacute;a encontrarme al volver del trabajo o al bajar a tirar la basura por la noche, y siempre me esperaba en el ascensor cuando me ve&iacute;a abriendo la puerta del portal. Mientras sub&iacute;amos juntos me preguntaba qu&eacute; tal el d&iacute;a y al llegar a nuestra planta me dec&iacute;a que descansara y se desped&iacute;a d&aacute;ndome las buenas noches. Su presencia se hab&iacute;a convertido en una rutina c&aacute;lida y familiar que me hac&iacute;a sentir un poco menos solo en una ciudad en la que las relaciones con los vecinos suelen ser m&aacute;s bien distantes.
    </p><p class="article-text">
        No hemos podido despedirnos en persona. Mientras la polic&iacute;a intentaba tirar abajo la puerta de su casa, yo sal&iacute;a de la m&iacute;a con prisa para ir al aeropuerto. Al abrir la puerta y aparecer en el rellano con mi maleta la comisi&oacute;n judicial me mir&oacute; como si fuera una interrupci&oacute;n molesta e inoportuna en la ejecuci&oacute;n del lanzamiento que les hab&iacute;a sido encomendado. Sin mediar explicaci&oacute;n alguna, me indicaron que cogiera el ascensor y bajara. Cuando llegu&eacute; a la planta baja y las puertas se abrieron, me qued&eacute; unos segundos dentro del ascensor con la mirada perdida. &ldquo;&iquest;Est&aacute; usted bien?&rdquo;, me preguntaron los polic&iacute;as que custodiaban el portal. No supe qu&eacute; decir. Cog&iacute; la maleta y me fui.
    </p><p class="article-text">
        Al volver a casa varios d&iacute;as despu&eacute;s descubr&iacute; una pegatina blanca en mi mirilla, que el d&iacute;a del lanzamiento me hab&iacute;a pasado desapercibida, pero que me hubiera impedido ver desde dentro lo que ocurr&iacute;a en el rellano. Mientras quitaba la pegatina, rascando con la u&ntilde;a porque no se iba f&aacute;cilmente, me pregunt&eacute; si formar&iacute;a parte tambi&eacute;n de un procedimiento establecido para el correcto cumplimiento de la ley. Y pens&eacute; que al menos ten&iacute;a que contar lo que yo hab&iacute;a presenciado. Por mis vecinos, y para que todas las administraciones se tomen en serio el problema de la vivienda.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Pablo Urbiola]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/lanzamiento-vecinos_129_12042527.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 10 Feb 2025 18:16:23 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[El lanzamiento de mis vecinos]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[Desahucios,Vivienda]]></media:keywords>
    </item>
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