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    <title><![CDATA[elDiario.es - Ana Redondo]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/ana-redondo/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Ana Redondo]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[20 años son nada]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/20-anos-son_129_12036254.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/bcee9105-952e-43e4-8519-5bed63c62468_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="20 años son nada"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El peligro de involución es real e inmediato. La internacional del odio hace tiempo puso el foco sobre el control del cuerpo de las mujeres, a sabiendas de que somos peligrosas porque somos muchas, la inmensa mayoría de la población mundial</p></div><p class="article-text">
        Reza el tango que 20 a&ntilde;os son nada y ciertamente es poco tiempo para transformar el patriarcado como cultura e identidad social global sedimentada a trav&eacute;s de los siglos, en una cultura de la igualdad de derechos entre mujeres y hombres.
    </p><p class="article-text">
        Marga S&aacute;nchez Romero en su libro 'Prehistorias de mujeres' explica muy bien c&oacute;mo y cu&aacute;ndo se produjo el cambio de paradigma hace miles de a&ntilde;os. En las sociedades prehist&oacute;ricas no hab&iacute;a una clara diferencia de roles, pese a lo que nos han contado. Hombres y mujeres cazaban y recolectaban, y todas las actividades tendentes al mantenimiento de la comunidad gozaban de igual valor, pues todas ellas eran precisas y necesarias para perpetuar la especie.
    </p><p class="article-text">
        Con el tiempo, esta equiparaci&oacute;n axiol&oacute;gica se transforma en dominaci&oacute;n cuando se mercantilizan determinadas actividades por las que se obtienen rendimientos econ&oacute;micos, generalmente actividades monopolizadas por hombres, frente a las tareas vinculadas a los cuidados relegadas a las mujeres. Esa divisi&oacute;n del trabajo deriva en dominaci&oacute;n, en invisibilidad de los logros de las mujeres, anulando sus capacidades en la esfera p&uacute;blica y por ende en violencia: misoginia, machismo, patriarcado como sustento ideol&oacute;gico de una forma de organizaci&oacute;n social desigual, inequitativa e injusta.
    </p><p class="article-text">
        20 a&ntilde;os desde la aprobaci&oacute;n de la ley integral contra la violencia de g&eacute;nero 1/2004, o 300 a&ntilde;os desde que Olympe de&nbsp;Gouges pagara con su vida la osad&iacute;a de escribir la Declaraci&oacute;n de derechos de las mujeres, no son nada en una historia de miles de a&ntilde;os de desigualdad, discriminaci&oacute;n y sometimiento; pero significan mucho a la vez, y conviene agitar el orgullo de un movimiento feminista y de una sociedad espa&ntilde;ola que, representada por un Gobierno progresista, inici&oacute; el camino para superar los obst&aacute;culos que impiden la igualdad real y efectiva entre mujeres y hombres.
    </p><p class="article-text">
        La ley integral contra la violencia de g&eacute;nero sac&oacute; del &aacute;mbito del anonimato y de la esfera privada y familiar el maltrato, la violencia machista, los asesinatos de mujeres y la injusta violaci&oacute;n de sus derechos humanos. Hizo visible una terrible realidad. La hizo aflorar a la agenda p&uacute;blica y le dio visibilidad y nombre: violencia de g&eacute;nero.
    </p><p class="article-text">
        Las palabras describen realidades y articulan nuestra conciencia personal y colectiva. No es balad&iacute; el t&iacute;tulo de la ley, como tampoco lo es el intento de la extrema derecha de devolver al &aacute;mbito de la caverna la desigualdad radical sobre la que se construyen todas las dem&aacute;s formas de discriminaci&oacute;n en nuestra sociedad, con t&eacute;rminos como violencia dom&eacute;stica o violencia intrafamiliar, muy del gusto de la internacional reaccionaria.
    </p><p class="article-text">
        Junto a lo expuesto, la ley de la que celebramos aniversario, hizo mucho m&aacute;s: estableci&oacute; garant&iacute;as de los derechos de las mujeres y puso las bases de consolidaci&oacute;n de una red institucional que ha servido para acercar los servicios p&uacute;blicos a las mujeres que reivindican su libertad: juzgados y fiscal&iacute;as especializadas en violencia contra la mujer, unidades de violencia, el sistema de valoraci&oacute;n del riesgo VioG&eacute;n, observatorios, la Delegaci&oacute;n del Gobierno contra la Violencia de G&eacute;nero, un ministerio espec&iacute;fico, as&iacute; como consejer&iacute;as y concejal&iacute;as de igualdad y servicios p&uacute;blicos especializados como el 016 o Atenpro.
    </p><p class="article-text">
        La ley ha procurado adem&aacute;s recursos econ&oacute;micos importantes, millones de euros dedicados a transformar una violencia estructural en convivencia democr&aacute;tica y respeto a los derechos y a la libertad de todas las personas.
    </p><p class="article-text">
        Pero un cambio de paradigma tan profundo requiere de una conciencia ciudadana que abrace la transformaci&oacute;n y la reconozca como necesaria y positiva. Dicha conciencia se ha ido desperezando a golpe de casos concretos: Ana Orantes, Nevenka Fern&aacute;ndez, la joven v&iacute;ctima de la manada, o Gis&egrave;le Pelicot. Todas ellas han generado mareas de solidaridad y fraternidad feminista. La dignidad y entereza de estas mujeres han despertado una conciencia ciudadana que reivindica la igualdad real y efectiva, que descarta la violencia sobre las mujeres como forma de ejercer dominaci&oacute;n y que exige cambios esenciales de nuestro modelo de convivencia.
    </p><p class="article-text">
        Si bien, frente a cada paso adelante, el peligro de involuci&oacute;n acecha y es global.
    </p><p class="article-text">
        La ultraderecha pretende devolver la sociedad del siglo XXI al siglo XIX, como si fuera cuesti&oacute;n de mover el palito, sin entender que el lugar que ocupa en el presente significa siglos de lucha para que hombres y mujeres desarrollemos dignamente nuestro proyecto de vida sin sumisi&oacute;n ni dominaci&oacute;n, sin violencia ni coacciones, desde la igualdad de oportunidades y el respeto.
    </p><p class="article-text">
        El peligro de involuci&oacute;n es real e inmediato. La internacional del odio hace tiempo puso el foco sobre el control del cuerpo de las mujeres, a sabiendas de que somos peligrosas porque somos muchas, la inmensa mayor&iacute;a de la poblaci&oacute;n mundial. Devolvernos al hogar es el primer paso para someternos con violencia, como siempre antes&hellip; Por eso no es tiempo de resistir ni de mantenernos agazapadas. Es tiempo de salir a defender con todas nuestras capacidades la libertad conquistada y de seguir avanzando sin miedo. Ya lo dijo Gloria Steinem, las mujeres son agentes de cambio, no damas en espera, y &ldquo;la esperanza es una emoci&oacute;n muy rebelde&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Ana Redondo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/20-anos-son_129_12036254.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 08 Feb 2025 21:33:07 +0000]]></pubDate>
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