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    <title><![CDATA[elDiario.es - Javier Sánchez González]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/javier-sanchez-gonzalez/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Javier Sánchez González]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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    <item>
      <title><![CDATA[Dos años del 7-O: Israel pierde la batalla que más le importa]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/anos-7-israel-pierde-batalla-le-importa_129_12661671.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/396a0d58-f0e5-451d-a6a8-c3c6683ac62b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Dos años del 7-O: Israel pierde la batalla que más le importa"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Israel ha ido perdiendo no solo apoyo en manifestaciones internacionales o en ciertos parlamentos occidentales. Está perdiendo, o ha perdido ya, la batalla cultural: la percepción de quién es víctima y quién victimario</p><p class="subtitle">Una encuesta señala que el 82% de los españoles califica de genocidio la actuación de Israel en Gaza</p></div><p class="article-text">
        En Oriente Medio no solo se libran guerras en los t&uacute;neles de Gaza ni en las fronteras del L&iacute;bano. Hay otra batalla que Israel lleva d&eacute;cadas cultivando con precisi&oacute;n quir&uacute;rgica y que hoy, dos a&ntilde;os despu&eacute;s del 7-O, se le ha escapado de las manos: la guerra medi&aacute;tica. Porque si la fuerza militar asegura victorias inmediatas, es la narrativa la que sostiene legitimidades a largo plazo. Y en esa guerra de relatos, de palabras y de percepciones, Israel est&aacute; perdiendo lo que m&aacute;s le importa: la capacidad de controlar c&oacute;mo se le cuenta.
    </p><p class="article-text">
        Durante a&ntilde;os, Tel Aviv supo imponer un marco comunicativo s&oacute;lido. &ldquo;Seguridad&rdquo;, &ldquo;terrorismo&rdquo;, &ldquo;autodefensa&rdquo;: cada palabra escogida, repetida y amplificada en medios internacionales constru&iacute;a un imaginario en el que Israel aparec&iacute;a como un Estado sitiado, obligado a reaccionar ante amenazas existenciales. Esa elecci&oacute;n no era inocente. No se hablaba de &ldquo;ocupaci&oacute;n&rdquo;, sino de &ldquo;conflicto&rdquo;. No se hablaba de &ldquo;colonias ilegales&rdquo;, sino de &ldquo;asentamientos&rdquo;. No se hablaba de &ldquo;bloqueo&rdquo;, sino de &ldquo;control de seguridad&rdquo;. La sem&aacute;ntica era la primera l&iacute;nea de defensa. Y durante mucho tiempo funcion&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        Pero algo ha cambiado en los &uacute;ltimos meses. La sobreexposici&oacute;n medi&aacute;tica, la magnitud de la destrucci&oacute;n en Gaza, la circulaci&oacute;n masiva de im&aacute;genes en redes sociales sin filtro estatal y el creciente escepticismo global ante los discursos oficiales han hecho que ese relato empiece a resquebrajarse. La narrativa israel&iacute; ya no monopoliza la conversaci&oacute;n. Ha dejado de ser el marco dominante. Y en pol&iacute;tica internacional, perder el marco es perder la mitad de la batalla.
    </p><p class="article-text">
        Hoy, Israel ya no decide los titulares. Las im&aacute;genes de hospitales bombardeados, de ni&ntilde;os bajo los escombros, de desplazamientos masivos, circulan antes de que los portavoces puedan elaborar su comunicado. Los intentos de justificar cada ataque bajo la l&oacute;gica de &ldquo;objetivos militares&rdquo; se topan con un escepticismo generalizado que atraviesa fronteras y audiencias. La palabra &ldquo;proporcionalidad&rdquo;, anta&ntilde;o reservada a los debates diplom&aacute;ticos, hoy la repiten ciudadanos comunes en las redes sociales. La &ldquo;autodefensa&rdquo; ya no basta para explicar miles de v&iacute;ctimas civiles.
    </p><p class="article-text">
        La paradoja es que cuanto m&aacute;s se esfuerza Israel por controlar la narrativa, m&aacute;s visible se hace su debilidad comunicativa. La multiplicaci&oacute;n de campa&ntilde;as en redes, la presi&oacute;n a periodistas cr&iacute;ticos, la insistencia en la sem&aacute;ntica (&ldquo;no hay ocupaci&oacute;n, hay disputas territoriales&rdquo;) ya no generan convicci&oacute;n, sino sospecha. El lenguaje, que antes serv&iacute;a de arma, se percibe ahora como un disfraz. Y los disfraces, cuando caen, dejan cicatrices de credibilidad.
    </p><p class="article-text">
        Lo que Israel est&aacute; perdiendo no es solo apoyo en manifestaciones internacionales o en ciertos parlamentos occidentales. Est&aacute; perdiendo la batalla cultural: la percepci&oacute;n de qui&eacute;n es v&iacute;ctima y qui&eacute;n victimario. En el pasado, el relato estaba encapsulado en una dicotom&iacute;a simple: Israel como democracia en riesgo frente a un enemigo definido &uacute;nicamente como &ldquo;terrorista&rdquo;. Hoy ese marco se fragmenta. El mismo t&eacute;rmino &ldquo;terrorismo&rdquo;, que antes ten&iacute;a un efecto autom&aacute;tico de alineamiento, convive con una creciente conciencia de que tambi&eacute;n hay terrorismo de Estado. Y en esa fractura sem&aacute;ntica, la legitimidad se diluye.
    </p><p class="article-text">
        La historia demuestra que las guerras m&aacute;s duraderas no se ganan solo en el terreno, sino en el lenguaje. Estados Unidos aprendi&oacute; esa lecci&oacute;n en Vietnam, cuando la palabra &ldquo;masacre&rdquo; super&oacute; a la de &ldquo;operaci&oacute;n militar&rdquo;. Sud&aacute;frica la aprendi&oacute; en el apartheid, cuando la palabra &ldquo;apartheid&rdquo; se volvi&oacute; indigerible para la opini&oacute;n p&uacute;blica global. Israel la est&aacute; aprendiendo ahora, cuando la palabra &ldquo;genocidio&rdquo; aparece en pancartas, tribunales y titulares. No importa que no haya consenso jur&iacute;dico: en pol&iacute;tica, la palabra que queda es la que marca la percepci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Es definitivo? No necesariamente. Israel conserva poderosos aliados, influencia institucional y una tradici&oacute;n de comunicaci&oacute;n sofisticada. Pero el tiempo corre en contra. Cada semana que pasa sin un giro narrativo, el relato israel&iacute; se hunde m&aacute;s en el descr&eacute;dito. Y cada d&iacute;a que las im&aacute;genes hablan por s&iacute; mismas, la estrategia de control informativo se revela impotente.
    </p><p class="article-text">
        Israel puede ganar batallas militares, pero hoy est&aacute; perdiendo, o ha perdido ya, la guerra que m&aacute;s le importa: la medi&aacute;tica. Y sin relato, sin hegemon&iacute;a narrativa, ning&uacute;n poder es eterno. Porque, al final, las guerras de hoy ya no solo se libran en los frentes. Se libran en las pantallas. Y en las pantallas, Israel ya no manda.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Javier Sánchez González]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/anos-7-israel-pierde-batalla-le-importa_129_12661671.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 06 Oct 2025 20:05:04 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Dos años del 7-O: Israel pierde la batalla que más le importa]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Gaza,Israel,Narrativa]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Ferraz arde, pero Moncloa no: así intenta Sánchez volver a sobrevivir]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/ferraz-arde-moncloa-no-sanchez-volver-sobrevivir_129_12396701.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/be3b9c38-7934-4cf6-b388-77112aa4e28d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Ferraz arde, pero Moncloa no: así intenta Sánchez volver a sobrevivir"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Es parte del estilo político de Sánchez desde hace años. Su forma de resistir no es evitar el golpe, sino convertirlo en escena de liderazgo. No aspira tanto a cerrar la crisis como a sobrevivirla comunicativamente</p></div><p class="article-text">
        En pol&iacute;tica, las batallas no se ganan solo en las urnas ni en los consejos de ministros. Muchas se deciden antes, en el terreno narrativo. La comunicaci&oacute;n pol&iacute;tica ya no se limita a lo que se dice, sino a c&oacute;mo se cuenta. Y Pedro S&aacute;nchez, con todos sus defectos, ha demostrado ser un maestro en eso: en contar. En convertir el desgaste en relato, la debilidad en escena controlada, y las crisis en oportunidad de reafirmaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        La &uacute;ltima prueba ha llegado con la tormenta provocada por los casos de corrupci&oacute;n que afectan a su entorno. No ha respondido con tecnocracia, sino con simbolismo. No ha buscado tapar, sino reencuadrar. El gesto m&aacute;s evidente fue tambi&eacute;n el m&aacute;s medido: no habl&oacute; desde el Palacio de la Moncloa, sino desde la sede del PSOE en Ferraz. No como presidente del Gobierno, sino como secretario general de su partido. Ese cambio de escenario no fue accidental: se trat&oacute; de encapsular el problema dentro del partido, evitar que contaminara la figura presidencial. Un cortafuegos visual y discursivo.
    </p><p class="article-text">
        Desde ah&iacute;, S&aacute;nchez ha construido una narrativa moral, no defensiva. No niega la existencia del problema, pero lo resignifica. No se presenta como el l&iacute;der responsable del partido bajo sospecha, sino como el dirigente que act&uacute;a con firmeza ante lo inaceptable. Transforma la corrupci&oacute;n en una prueba &eacute;tica y se eleva por encima de ella. Es el que da la cara, el que toma decisiones dif&iacute;ciles, el que apela al &ldquo;asombro&rdquo; y al &ldquo;rechazo&rdquo; como si fuera un ciudadano m&aacute;s, no el jefe del Ejecutivo.
    </p><p class="article-text">
        Se coloca en el centro del relato. Todo pasa por &eacute;l: &eacute;l exige explicaciones, &eacute;l expulsa, &eacute;l act&uacute;a. Se convierte en protagonista absoluto del drama. Y cuando el centro narrativo es tan fuerte, todo lo dem&aacute;s gira alrededor. Incluso la indignaci&oacute;n pierde fuerza.
    </p><p class="article-text">
        En esta estrategia, los adversarios existen aunque apenas se les nombre. El Partido Popular y Vox est&aacute;n presentes como antagonistas. Son el contrapunto perfecto para definir la moral del relato. Si todos tienen esqueletos en el armario, nadie puede erigirse en juez. Si todo est&aacute; manchado, nada destaca. As&iacute; se diluye el marco acusatorio. No se trata tanto de negar la culpa como de cuestionar la legitimidad del acusador.
    </p><p class="article-text">
        Esta forma de operar no es nueva. Es parte del estilo pol&iacute;tico de S&aacute;nchez desde hace a&ntilde;os. Su forma de resistir no es evitar el golpe, sino convertirlo en escena de liderazgo. No aspira tanto a cerrar la crisis como a sobrevivirla comunicativamente. Y si logra que la pregunta que se haga la opini&oacute;n p&uacute;blica no sea &ldquo;&iquest;c&oacute;mo ha podido pasar esto?&rdquo;, sino &ldquo;&iquest;qui&eacute;n tiene la altura de afrontarlo?&rdquo;, entonces la derrota se transforma en episodio. En una m&aacute;s de sus muchas resistencias.
    </p><p class="article-text">
        Pero hay algo m&aacute;s. Hay una paradoja que ya se ha convertido en el pilar silencioso de la pol&iacute;tica espa&ntilde;ola. Pedro S&aacute;nchez sigue en Moncloa no solo por su capacidad de encuadre narrativo, sino tambi&eacute;n gracias a su oposici&oacute;n. M&aacute;s concretamente, gracias a Vox.
    </p><p class="article-text">
        El partido de Santiago Abascal ha acabado cumpliendo una funci&oacute;n inesperada: sirve como espantajo ante sus socios, como argumento de unidad frente a cualquier fractura, y como salvavidas parlamentario. Nadie quiere aparecer votando lo mismo que Vox. Ni siquiera en una moci&oacute;n de censura. Vox, con su ret&oacute;rica maximalista y su pulsi&oacute;n antidemocr&aacute;tica, bloquea por defecto cualquier alternativa. Cuanto m&aacute;s radical se muestra, m&aacute;s razonable parece S&aacute;nchez. Cuanto m&aacute;s grita Abascal, m&aacute;s institucional se ve Moncloa.
    </p><p class="article-text">
        En ese equilibrio perverso, el presidente encuentra su ventaja. Puede tensar la cuerda sin romperla. Puede permitir que arda Ferraz&hellip; siempre que no arda Moncloa. Y mientras tanto, gestiona la crisis como tantas otras: como un cap&iacute;tulo m&aacute;s de un relato m&aacute;s grande. No el del buen gestor. No el del l&iacute;der impoluto. Sino el del pol&iacute;tico que resiste, que sobrevive, que siempre encuentra un nuevo marco desde el que seguir contando su historia.
    </p><p class="article-text">
        Porque, al final, eso es lo que mantiene a Pedro S&aacute;nchez en pie: su capacidad de seguir narrando incluso desde el fango. De convertir cada se&ntilde;al de debilidad en un testimonio de fuerza. Y de demostrar, una vez m&aacute;s, que en pol&iacute;tica el que sobrevive&hellip; gana.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Javier Sánchez González]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/ferraz-arde-moncloa-no-sanchez-volver-sobrevivir_129_12396701.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 20 Jun 2025 20:35:34 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Ferraz arde, pero Moncloa no: así intenta Sánchez volver a sobrevivir]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Mafia o democracia': lo que el lenguaje extremo revela sobre nuestra relación con la política]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/mafia-mafia-democracia-lenguaje-extremo-revela-relacion-politica_129_12365695.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7e911ec6-7796-435f-8c97-fcbbdfd35324_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="&#039;Mafia o democracia&#039;: lo que el lenguaje extremo revela sobre nuestra relación con la política"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El eslogan “mafia o democracia” no es sólo una consigna. Es un síntoma. Habla de un clima político donde las emociones han sustituido al argumento, y donde la palabra se convierte más en arma que en herramienta</p><p class="subtitle">Mafia o democracia</p></div><p class="article-text">
        Este domingo 8 de junio, una palabra dominar&aacute; el espacio p&uacute;blico espa&ntilde;ol: <em>mafia</em>. No como parte de una investigaci&oacute;n judicial ni en referencia a una organizaci&oacute;n criminal real, sino como centro de un lema pol&iacute;tico: &ldquo;Mafia o democracia&rdquo;, consigna elegida por el Partido Popular para movilizar a sus bases.
    </p><p class="article-text">
        M&aacute;s all&aacute; del contexto inmediato, lo interesante es lo que revela esta elecci&oacute;n desde el punto de vista psicol&oacute;gico y narrativo. Porque el lenguaje nunca es neutro. Cada eslogan activa un marco mental. Y cuando se recurre a una palabra tan cargada simb&oacute;licamente, lo que se busca no es solo comunicar, sino provocar, simplificar y movilizar.
    </p><p class="article-text">
        La psicolog&iacute;a pol&iacute;tica ha documentado ampliamente el poder de los marcos dicot&oacute;micos en contextos de polarizaci&oacute;n. Seg&uacute;n George Lakoff en '<em>Don&rsquo;t Think of an Elephant'</em> (2004), las palabras no s&oacute;lo describen el mundo: lo estructuran. Las met&aacute;foras pol&iacute;ticas definen nuestra manera de pensar, y los marcos dicot&oacute;micos (como &ldquo;libertad o comunismo&rdquo;, &ldquo;mafia o democracia&rdquo;) ofrecen claridad moral en contextos de incertidumbre.
    </p><p class="article-text">
        Estas estructuras binarias activan lo que Daniel Kahneman (2011) llama &ldquo;Sistema 1&rdquo;: r&aacute;pido, emocional e intuitivo. En lugar de razonar en profundidad, el ciudadano responde con afecto, identificaci&oacute;n o rechazo inmediato. Se acorta la distancia entre mensaje y acci&oacute;n. Se borra el matiz.
    </p><p class="article-text">
        Este tipo de lenguaje ofrece certezas en tiempos de ambig&uuml;edad. Y por eso resulta tan atractivo.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, el uso continuado de estos marcos tiene efectos secundarios. Uno de los m&aacute;s visibles es lo que podr&iacute;amos llamar <em>fatiga emocional del ciudadano</em>. Cuando todo es esc&aacute;ndalo, nada escandaliza. Cuando cada semana se convierte en una crisis institucional, el umbral de atenci&oacute;n sube y la sensibilidad baja.
    </p><p class="article-text">
        La repetici&oacute;n constante de mensajes de alarma genera desensibilizaci&oacute;n. Es un fen&oacute;meno vinculado a lo que la psicolog&iacute;a llama <em>habituaci&oacute;n emocional</em>: la respuesta a un est&iacute;mulo negativo decrece cuando se presenta repetidamente sin consecuencias visibles. Como se&ntilde;ala la investigadora Karen Stenner (2005), en contextos de sobreestimulaci&oacute;n pol&iacute;tica, los ciudadanos no se radicalizan, sino que tienden a desconectarse o a buscar refugio en discursos autoritarios que prometen orden y simplicidad.
    </p><p class="article-text">
        La consecuencia no es solo apat&iacute;a: es desafecci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Cuando un partido opta por usar <em>mafia</em> como concepto central de su comunicaci&oacute;n, no est&aacute; haciendo una acusaci&oacute;n jur&iacute;dica, sino una operaci&oacute;n simb&oacute;lica. No se refiere a una estructura criminal espec&iacute;fica, sino que resignifica la palabra para caracterizar al adversario pol&iacute;tico como ileg&iacute;timo, corrupto y antidemocr&aacute;tico.
    </p><p class="article-text">
        Esta t&aacute;ctica se ha analizado en estudios sobre la &ldquo;deslegitimaci&oacute;n del adversario&rdquo; en campa&ntilde;as electorales (Jamieson &amp; Waldman, 2003), donde se demuestra que la sustituci&oacute;n del debate pol&iacute;tico por marcos morales extremos refuerza la polarizaci&oacute;n afectiva y reduce la deliberaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        El lenguaje no describe: etiqueta. Y una vez que todo es mafia, &iquest;qu&eacute; palabra queda para describir un comportamiento realmente mafioso?
    </p><p class="article-text">
        El efecto final de esta estrategia es parad&oacute;jico: al aumentar la intensidad del mensaje, se reduce su eficacia. Es lo que Neil Postman llam&oacute; &ldquo;<em>amusing ourselves to death</em>&rdquo;: una era donde el exceso de est&iacute;mulos convierte lo importante en entretenimiento y lo urgente en rutina.
    </p><p class="article-text">
        En comunicaci&oacute;n pol&iacute;tica, esto se traduce en saturaci&oacute;n. La ciudadan&iacute;a ya no distingue entre la alarma real y la exageraci&oacute;n ret&oacute;rica. Como en las series que agotan cada giro dram&aacute;tico en su primer cap&iacute;tulo, todo parece excepcional&hellip; hasta que deja de importar.
    </p><p class="article-text">
        El eslogan &ldquo;mafia o democracia&rdquo; no es s&oacute;lo una consigna. Es un s&iacute;ntoma. Habla de un clima pol&iacute;tico donde las emociones han sustituido al argumento, y donde la palabra se convierte m&aacute;s en arma que en herramienta.
    </p><p class="article-text">
        No se trata de negar el conflicto ni de evitar la cr&iacute;tica. Se trata de entender que el lenguaje moldea nuestra relaci&oacute;n con la pol&iacute;tica. Y que una democracia fuerte necesita un vocabulario fuerte: no en volumen, sino en precisi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        En tiempos de ruido, las palabras cuentan m&aacute;s que nunca. No porque escandalicen, sino porque, si no las cuidamos, dejan de significar.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Javier Sánchez González]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/mafia-mafia-democracia-lenguaje-extremo-revela-relacion-politica_129_12365695.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 07 Jun 2025 20:29:49 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[PP - Partido Popular]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La fatiga del escándalo: cuando el grito ya no hace ruido]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/bulosla-fatiga-escandalo-grito-no-ruido_129_12350300.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/cf5eb8ce-694c-4d90-b679-9a3ab9ff4fd8_16-9-discover-aspect-ratio_default_1118868.jpg" width="1920" height="1080" alt="La fatiga del escándalo: cuando el grito ya no hace ruido"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El principal problema de Feijóo no está en Moncloa, sino en el ecosistema mediático que condiciona su tono, sus gestos y sus silencios. La crítica legítima se ha visto suplantada por una caricatura, y lo que comenzó como un relato alternativo se ha transformado en una performance sin pausa</p></div><p class="article-text">
        En Espa&ntilde;a ya no hay esc&aacute;ndalos. O, mejor dicho: ya no hay esc&aacute;ndalos que escandalicen.
    </p><p class="article-text">
        Vivimos en una fase avanzada de lo que podr&iacute;amos llamar la fatiga del esc&aacute;ndalo, una forma de agotamiento c&iacute;vico ante la sobreexposici&oacute;n al ruido pol&iacute;tico, medi&aacute;tico y emocional. No es una teor&iacute;a abstracta, sino un fen&oacute;meno observable en cualquier conversaci&oacute;n cotidiana, en la reacci&oacute;n de la ciudadan&iacute;a, o m&aacute;s bien en su creciente no-reacci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Lo que hace apenas unos a&ntilde;os habr&iacute;a bastado para abrir telediarios durante d&iacute;as y provocar dimisiones inmediatas, hoy se consume en cuesti&oacute;n de horas y se olvida antes del siguiente <em>trending topic</em>.
    </p><p class="article-text">
        Porque cuando todo se convierte en motivo de alarma, nada logra realmente alarmar.
    </p><p class="article-text">
        La fatiga del esc&aacute;ndalo opera como un proceso de desensibilizaci&oacute;n social. Cuando la opini&oacute;n p&uacute;blica vive instalada en una tormenta constante de titulares hiperb&oacute;licos, filtraciones selectivas y tertulias encendidas, la capacidad de asombro se erosiona. La indignaci&oacute;n deja de doler. Se vuelve ruido de fondo. Y el ruido, cuando es permanente, se convierte en silencio.
    </p><p class="article-text">
        Parad&oacute;jicamente, ese exceso emocional, en lugar de desgastar al poder, lo protege.
    </p><p class="article-text">
        Pedro S&aacute;nchez no sobrevive a pesar de los esc&aacute;ndalos, como suele repetirse. 
    </p><p class="article-text">
        Sobrevive, en gran parte, gracias a ellos.
    </p><p class="article-text">
        Porque cuando cada portada es una bomba y cada semana parece la definitiva, el ciudadano medio activa un mecanismo de defensa: se desconecta. Apaga. Mira hacia otro lado.
    </p><p class="article-text">
        No es que no le importe la pol&iacute;tica. Es que le importa demasiado como para soportarla en modo histeria 24/7.
    </p><p class="article-text">
        Y es entonces cuando la repetici&oacute;n deja de ser eficaz.
    </p><p class="article-text">
        La estrategia del sobresalto permanente pierde su efecto.
    </p><p class="article-text">
        Es el mismo principio que explica por qu&eacute; tantas series mediocres se pierden en el cat&aacute;logo de Netflix: por intentar meter en cada cap&iacute;tulo una traici&oacute;n, un giro, un asesinato&hellip; acaban perdiendo la credibilidad del espectador. Todo parece importante, hasta que nada lo es. Todo grita, hasta que nada se escucha.
    </p><p class="article-text">
        El caso es especialmente grave en Espa&ntilde;a porque la oposici&oacute;n pol&iacute;tica ha cedido su estrategia de fondo a su versi&oacute;n medi&aacute;tica m&aacute;s radicalizada.
    </p><p class="article-text">
        El principal problema de Feij&oacute;o no est&aacute; en Moncloa, sino en el ecosistema medi&aacute;tico que condiciona su tono, sus gestos y sus silencios.
    </p><p class="article-text">
        La cr&iacute;tica leg&iacute;tima se ha visto suplantada por una caricatura, y lo que comenz&oacute; como un relato alternativo se ha transformado en una performance sin pausa.
    </p><p class="article-text">
        La estrategia &ldquo;venezolana&rdquo;, basada en comparar al Gobierno con el chavismo, y a Pedro S&aacute;nchez en un Maduro menos bronceado, lleva a&ntilde;os prob&aacute;ndose sin efecto. Exactamente igual que le pasa a la oposici&oacute;n de dicho pa&iacute;s. En lugar de socavar la legitimidad del Gobierno, solo refuerza el relato de que existe una derecha medi&aacute;tica m&aacute;s interesada en incendiar que en convencer.
    </p><p class="article-text">
        La sobreactuaci&oacute;n informativa se ha convertido en un boomerang: solo les hace da&ntilde;o a ellos.
    </p><p class="article-text">
        El d&iacute;a en que hay algo realmente grave, nadie escucha. El grito ha perdido su eco.
    </p><p class="article-text">
        A eso hay que a&ntilde;adirle un factor interno. Feij&oacute;o ha quedado atrapado entre dos presiones: por un lado, la necesidad de proyectarse como alternativa seria de Gobierno. Por otro, la demanda constante de los suyos &mdash;y de los medios afines&mdash; para endurecer el discurso hasta niveles casi caricaturescos.
    </p><p class="article-text">
        Hay d&iacute;as en que parece que lo &uacute;nico que les bastar&iacute;a para convencerles de su firmeza es entrar al Congreso como hizo Tejero, pero en HD.
    </p><p class="article-text">
        No es una exageraci&oacute;n ret&oacute;rica. Es un s&iacute;ntoma del deterioro del espacio de di&aacute;logo pol&iacute;tico. La oposici&oacute;n se ha convertido en un algoritmo que mide fuerza en gritos, no en ideas.
    </p><p class="article-text">
        Y cuando una democracia se instala en la l&oacute;gica del<em> </em>todo esc&aacute;ndalo, acaba volvi&eacute;ndose incapaz de distinguir lo que realmente importa.
    </p><p class="article-text">
        No se trata de minimizar la cr&iacute;tica, ni de blanquear errores ni responsabilidades. Al contrario: se trata de tomarse en serio lo que merece ser tomado en serio.
    </p><p class="article-text">
        Y para eso, necesitamos algo m&aacute;s que fuegos artificiales y dramatismo prefabricado.
    </p><p class="article-text">
        Menos espect&aacute;culo.
    </p><p class="article-text">
        M&aacute;s verdad.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Javier Sánchez González]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/bulosla-fatiga-escandalo-grito-no-ruido_129_12350300.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 02 Jun 2025 20:20:34 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La fatiga del escándalo: cuando el grito ya no hace ruido]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Corrupción política]]></media:keywords>
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