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    <title><![CDATA[elDiario.es - Luz Duro Artiach]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/luz-duro-artiach/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Luz Duro Artiach]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Llevo más de 30 años con la misma pareja. O eso cree todo el mundo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/llevo-30-anos-pareja-cree-mundo_129_13358998.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Cuando digo que llevo m&aacute;s de 30 a&ntilde;os felizmente casada algunas personas me preguntan que cu&aacute;l es el truco y &iexcl;encima trabajando juntos! El truco es que no llevo todos estos a&ntilde;os casada con la misma persona. Esto desconcierta a los que me conocen, hasta que les explico que el hombre con el que me cas&eacute; no es el mismo. &Eacute;l ha cambiado. Y yo tambi&eacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        Los a&ntilde;os nos cambian, y no me refiero solo al cuerpo. O &iquest;acaso no cambian las personas cuando tienen hijos o cuando estos se van de casa o cuando pierden el trabajo o son ascendidos? Y no te digo nada si emigras a otro pa&iacute;s, o simplemente te rompes el brazo y dependes del otro m&aacute;s de lo habitual o lees un libro que te deja huella. No solo es el paso del tiempo, es la vida misma, el vivirla. Cada experiencia deja una huella y, poco a poco, va modelando una versi&oacute;n distinta de nosotros mismos. Quiz&aacute; nuestra personalidad conserve muchos rasgos, pero nuestra manera de mirar la vida cambia continuamente.
    </p><p class="article-text">
        Creo que uno de los mayores errores que cometemos en nuestras relaciones consiste precisamente en olvidar esta evidencia. Nos empe&ntilde;amos en seguir relacion&aacute;ndonos con personas que son diferentes pero que seguimos mir&aacute;ndolas con los ojos del pasado.
    </p><p class="article-text">
        Pero esto no ocurre solo en la pareja, esto pasa pr&aacute;cticamente con todo el mundo.
    </p><p class="article-text">
        Mi madre, por ejemplo, sigue d&aacute;ndome algunos consejos como si todav&iacute;a tuviera quince a&ntilde;os y, en cierto modo, contin&uacute;a vi&eacute;ndome con los ojos con los que me ve&iacute;a entonces. Entre hermanos tambi&eacute;n sucede. Basta con que se incorpore una nueva persona a la familia para que aparezcan las etiquetas de siempre: &ldquo;la responsable&rdquo;, &ldquo;&eacute;l despistado&rdquo;, &ldquo;la protestona&rdquo;, &ldquo;el culoinquieto&rdquo; ... Son definiciones construidas hace muchos a&ntilde;os que repetimos sin darnos cuenta. Y, sin embargo, muchas veces me encuentro descrita con algunas etiquetas que hace tiempo que dejaron de representarme. He cambiado. Igual que han cambiado ellos. Lo curioso es que todos percibimos ese cambio en nosotros mismos, pero nos cuesta mucho reconocerlo en los dem&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Seguimos hablando de las personas utilizando fotograf&iacute;as antiguas, mientras ellas contin&uacute;an cambiando delante de nosotros.
    </p><p class="article-text">
        No es falta de sensibilidad o dejadez, es que nuestro cerebro necesita simplificar la realidad. Cada d&iacute;a recibe una cantidad inmensa de informaci&oacute;n y, para ahorrar energ&iacute;a, construye mapas de las personas que conoce. Una vez que decide qui&eacute;n &laquo;es&raquo; alguien, deja de observar con la misma atenci&oacute;n y empieza a completar los huecos con lo que ya sabe, o cree saber. Es un mecanismo necesario porque nos permite movernos por el mundo sin tener que empezar de cero cada ma&ntilde;ana. El problema es que esos mapas a veces se quedan viejos. Adem&aacute;s, el cerebro tiende a darse la raz&oacute;n y se fija m&aacute;s en aquello que confirma la imagen que ya tenemos de alguien que en aquello que la contradice. Y as&iacute; dejamos de descubrir los cambios en las personas porque creemos que ya las conocemos.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; por eso muchas relaciones se deterioran. No necesariamente porque las personas cambien demasiado, sino porque nosotros seguimos relacion&aacute;ndonos con la versi&oacute;n que guardamos. No nos relacionamos con la persona que tenemos delante, sino con la idea que tenemos de ella. Y de vez en cuando habr&aacute; que preguntarle qu&eacute; le inquieta, qu&eacute; le ilusiona, qu&eacute; opina de un tema&hellip; porque a lo mejor la respuesta no es la que esper&aacute;bamos.
    </p><p class="article-text">
        Algunas personas entonces me dicen: &ldquo;Muy bien. Acepto que todos cambiamos, &iquest;pero &iquest;qu&eacute; hago cuando esos cambios no me gustan?&raquo;
    </p><p class="article-text">
        Por supuesto, hay cambios que hacen inviable una relaci&oacute;n y en este art&iacute;culo no estoy hablando de esas situaciones. Hoy me refiero a esos cambios naturales que toda vida compartida trae consigo.
    </p><p class="article-text">
        Y para esa pregunta, no tengo una respuesta, pero s&iacute; algunas convicciones que, al menos a m&iacute;, me han servido durante todos estos a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        La primera es asumir que el cambio no es una posibilidad; es una certeza. No existe una versi&oacute;n definitiva de la persona que tenemos al lado, igual que tampoco existe una versi&oacute;n definitiva de nosotros mismos. Si esperamos que todo permanezca igual, la decepci&oacute;n est&aacute; asegurada. Y quiz&aacute; esto se hace todav&iacute;a m&aacute;s evidente a medida que cumplimos a&ntilde;os. El paso del tiempo deja huellas en el cuerpo, en la energ&iacute;a, en la salud, en las prioridades y hasta en la forma de entender la vida. Hay cambios que acogemos con ilusi&oacute;n y otros que preferir&iacute;amos no vivirlos  pero todos forman parte del mismo viaje. 
    </p><p class="article-text">
        La segunda tiene que ver con la gratitud. Con demasiada frecuencia prestamos atenci&oacute;n a lo que ha dejado de ser y olvidamos valorar todo lo que sigue estando ah&iacute;. Cuando veo relaciones rotas, enfermedades, p&eacute;rdidas inesperadas, personas que ya no pueden compartir la vida con quien aman, tomo conciencia de la enorme suerte que tengo. Cuando uno deja de dar por sentado lo que tiene, lo vive de otra manera.
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n intento mirar el futuro con curiosidad en lugar de hacerlo con miedo. No s&eacute; c&oacute;mo ser&aacute; la persona con la que compartir&eacute; los pr&oacute;ximos diez a&ntilde;os. Tampoco s&eacute; en qui&eacute;n me convertir&eacute; yo. Y creo que hay algo profundamente hermoso en no saberlo. Todav&iacute;a nos queda mucho por descubrir el uno del otro.
    </p><p class="article-text">
        Otra cosa que me pasa es que siempre imagino una relaci&oacute;n como dos engranajes que encajan perfectamente engrasados. Mientras ambos evolucionan de una forma parecida, encajan con naturalidad. Pero llega un momento en que uno cambia antes que el otro, o cambia de una manera distinta, y entonces aparece un peque&ntilde;o desajuste. Es ah&iacute; donde hace falta prestar atenci&oacute;n. No para intentar que el otro vuelva a ser quien era, sino para volver a encontrar el encaje. Si esos peque&ntilde;os reajustes se hacen con frecuencia, apenas requieren esfuerzo. El problema no suele aparecer por un gran cambio, sino por haber ignorado durante demasiado tiempo todos los peque&ntilde;os cambios que se iban produciendo.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; cuidar una relaci&oacute;n consista precisamente en eso: en mantener viva la curiosidad, en no dar nunca por hecho que ya conocemos del todo a la persona que tenemos delante, en seguir haci&eacute;ndole preguntas, en seguir dej&aacute;ndonos sorprender y en aceptar que seguir&aacute; cambiando, igual que nosotros.
    </p><p class="article-text">
        Y as&iacute;, una y otra vez. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luz Duro Artiach]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/llevo-30-anos-pareja-cree-mundo_129_13358998.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 07 Jul 2026 08:18:39 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Llevo más de 30 años con la misma pareja. O eso cree todo el mundo]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La conversación más importante de tu vida]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/conversacion-importante-vida_129_13300995.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Hay una conversaci&oacute;n que tienes todos los d&iacute;as de tu vida, que la haces sin tel&eacute;fono, ni email, y donde ni siquiera es necesario que haya otra persona. La mantienes mientras desayunas, conduces, trabajas, lees, paseas al perro, ves una pel&iacute;cula y tambi&eacute;n cuando est&aacute;s conversando con alguien.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Es la conversaci&oacute;n que tienes contigo mismo.
    </p><p class="article-text">
        Tu cerebro no deja de producir pensamientos. De hecho, una de las cosas que suele sorprender a quienes se inician en la meditaci&oacute;n es descubrir hasta qu&eacute; punto la mente est&aacute; activa. Te sientas unos minutos en silencio con la intenci&oacute;n de relajarte o meditar y enseguida aparecen recuerdos, tareas pendientes, preocupaciones o planes para el fin de semana. No es que tu mente haya empezado a hablarte cuando te sientas a meditar; es que por fin te das cuenta de que llevaba hablando todo el tiempo, sin parar.
    </p><p class="article-text">
        Cuando dos personas conversan se est&aacute;n produciendo tres conversaciones, la p&uacute;blica que todos ven y las privadas que cada una mantiene consigo misma. &iexcl;Y todas tienen lugar al mismo tiempo! Cada persona, mientras escucha al otro, puede estar pensando que tiene raz&oacute;n, que se equivoca, que le recuerda a otra persona, que d&oacute;nde habr&aacute; comprado esos zapatos o qu&eacute; le va a responder.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Y lo curioso es que, siendo la conversaci&oacute;n m&aacute;s constante que tenemos rara vez le prestamos atenci&oacute;n. Muchas veces son pensamientos autom&aacute;ticos, tan r&aacute;pidos que ni siquiera nos damos cuenta de ellos, sin embargo, esos pensamientos influyen en c&oacute;mo nos sentimos y en c&oacute;mo nos comportamos.
    </p><p class="article-text">
        Imagina que un camarero se acerca a atenderte y, sin ser consciente, algo de &eacute;l te desagrada. Puede ser que te recuerde a alguien que no soportas o que te llame la atenci&oacute;n alg&uacute;n detalle de su aspecto que no te gusta. Aunque no pienses deliberadamente &ldquo;este camarero me desagrada&rdquo;, tu estado emocional cambia ligeramente, entonces, cuando te dirijas a &eacute;l, aunque lo hagas educadamente, es probable que tu tono, tu expresi&oacute;n facial o tu actitud muestren ese desagrado y el camarero percibir&aacute; esas se&ntilde;ales. As&iacute; que luego no te asombres si &eacute;l se dirige a ti de forma poco amable, porque, sin darte cuenta, todo comenz&oacute; a por ese pensamiento tuyo inicial.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        aLo mismo ocurre en multitud de situaciones cotidianas. Env&iacute;as un mensaje por WhatsApp al grupo y pasan varias horas sin respuesta. Otras personas del grupo ni se inmutan o piensan que ya contestar&aacute; quien tenga que hacerlo, pero tu voz interna no para de pensar en que no responden, que pasan de ti, que si el emoticono no era el adecuado.&nbsp;Y esos pensamientos no solo van a condicionar el siguiente paso que vas a dar, sino que, y esto es lo m&aacute;s interesante, te est&aacute; dando mucha informaci&oacute;n sobre ti.
    </p><p class="article-text">
        En esos pensamientos o conversaci&oacute;n privada aparecen tus preocupaciones, tus creencias, tus ilusiones, tus inseguridades, tus expectativas y tus formas habituales de mirar las cosas. Aparecen los temas que te importan, aquello que te da miedo, lo que valoras y lo que te gustar&iacute;a que ocurriera. Es una fuente de informaci&oacute;n extraordinaria sobre qui&eacute;n est&aacute;s siendo y desde d&oacute;nde est&aacute;s construyendo este momento de tu vida.
    </p><p class="article-text">
        Damos mucha importancia a escuchar a los dem&aacute;s y olvidamos escuchar a la persona con la que m&aacute;s tiempo vamos a pasar en toda nuestra vida: nosotros mismos.
    </p><p class="article-text">
        Y ahora mismo, &iquest;qu&eacute; te est&aacute; diciendo tu conversaci&oacute;n privada?
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luz Duro Artiach]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/conversacion-importante-vida_129_13300995.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 14 Jun 2026 14:20:31 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[La conversación más importante de tu vida]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Del amor al odio no hay un paso]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/amor-odio-no-hay-paso_129_13205442.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        <em>Mediaci&oacute;n para evitar que el conflicto termine devorando la relaci&oacute;n</em>
    </p><p class="article-text">
        Del amor al odio no hay un paso. Cuando una pareja se separa, unos hermanos se pelean, unos socios no consiguen mirarse sin desconfianza o vecinos de toda la vida terminan grit&aacute;ndose en el rellano, el paso que han dado todos ellos va desde el v&iacute;nculo que los un&iacute;a a la herida.
    </p><p class="article-text">
        Y cuando una relaci&oacute;n ha sido importante la capacidad de herir tambi&eacute;n es mayor.&nbsp;Las personas que se han querido no se vuelen indiferentes de un d&iacute;a para otro, sino que poco a poco empiezan a acumularse interpretaciones, decepciones, intereses contrapuestos, sensaci&oacute;n de no ser escuchado o reconocido, de injusticia.
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        Las diferencias dejan de vivirse como diferencias y empiezan a interpretarse como ataques, desprecios o intentos de imponerse.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Y lo que ocurre es que hemos aprendido muy poco sobre c&oacute;mo movernos en el desacuerdo</strong>. Sabemos enfrentarnos, argumentar, justificarnos, responder, pero no sabemos conversar cuando hay conflicto, <strong>nos sentimos expuestos.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Por eso, cuando un conflicto escala, aparecen enseguida frases como: &ldquo;pues vamos a juicio&rdquo;, &ldquo;que decida un juez&rdquo;, &ldquo;nos vemos en los tribunales&rdquo;. Y se dan con mucha m&aacute;s facilidad que otras bastante m&aacute;s dif&iacute;ciles de pronunciar, como: &ldquo;no s&eacute; c&oacute;mo hablar contigo, pero quiero intentarlo&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Es ah&iacute; donde las conversaciones dejan de ser un espacio de encuentro para convertirse en un campo de defensa donde cada uno justifica su posici&oacute;n, pero y donde ya no se est&aacute; disponible para escuchar. Y cuando la escucha desaparece, el acuerdo deja de ser una posibilidad real.
    </p><p class="article-text">
        Cuando el conflicto entra en un litigio, esta din&aacute;mica se consolida todav&iacute;a m&aacute;s. La l&oacute;gica deja de ser entender qu&eacute; le est&aacute; pasando a otro y pasa a ser sostener una posici&oacute;n, defenderla y demostrar qui&eacute;n tiene raz&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Se habla, s&iacute;, pero ya no entre las personas en conflicto sino a trav&eacute;s de terceros.
    </p><p class="article-text">
        Los abogados preparan la defensa, aportan pruebas, afinan argumentos. Y todo eso forma parte leg&iacute;tima del proceso judicial. El problema es que, mientras tanto, la relaci&oacute;n de sus defendidos, que tal vez en su momento tuviera un v&iacute;nculo estrecho, queda fuera. La historia compartida, la identidad del &ldquo;nosotros&rdquo;, queda excluido. No es importante.
    </p><p class="article-text">
        Porque un juez puede cerrar un caso. Puede dictar una resoluci&oacute;n. Pero no necesariamente est&aacute; pensando en qu&eacute; ocurrir&aacute; despu&eacute;s entre esas personas. Y, sin embargo, muchas veces van a tener que seguir vi&eacute;ndose. Van a seguir siendo padres de los mismos hijos, van a seguir siendo hermanos y van a seguir compartiendo espacios y decisiones.
    </p><p class="article-text">
        La cuesti&oacute;n es c&oacute;mo queda esa relaci&oacute;n despu&eacute;s del conflicto, independientemente del veredicto.
    </p><p class="article-text">
        Y ah&iacute; es donde la mediaci&oacute;n ayuda, porque introduce algo distinto. No porque elimine el desacuerdo ni porque garantice acuerdos perfectos. Tampoco porque convierta autom&aacute;ticamente las relaciones en armoniosas. <strong>Lo que hace la mediaci&oacute;n es intentar sostener un tipo de conversaci&oacute;n que, en muchos casos, ya no es posible sin ayuda</strong>. Una conversaci&oacute;n donde vuelva a aparecer algo que normalmente desaparece en los conflictos intensos: <strong>la posibilidad de escucharse</strong>.
    </p><p class="article-text">
        No escuchar para responder o contraargumentar, sino escuchar para intentar entender desde d&oacute;nde habla el otro. Qu&eacute; le preocupa. Qu&eacute; teme perder. Qu&eacute; necesidad est&aacute; intentando defender. Y tambi&eacute;n qu&eacute; necesita decir cada uno para sentirse m&iacute;nimamente reconocido en medio del conflicto.
    </p><p class="article-text">
        Eso no siempre resuelve todo. Hay conflictos que no terminan en acuerdo. Relaciones que no vuelven a ser lo que eran. Pero incluso en esos casos, la mediaci&oacute;n intenta evitar algo importante: que el conflicto termine devor&aacute;ndolo todo y que la &uacute;nica forma posible de relaci&oacute;n pase a ser la confrontaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Porque muchas veces el problema no es solamente el desacuerdo. <strong>El problema es el da&ntilde;o que produce la forma en que ese desacuerdo se conversa.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Esto se ve claramente en conflictos familiares. Dos hermanos empiezan discutiendo por una herencia y terminan habl&aacute;ndose &uacute;nicamente a trav&eacute;s de escritos. Lo que inicialmente era una diferencia concreta acaba mezcl&aacute;ndose con historias antiguas, comparaciones, sensaci&oacute;n de haber sido menos querido o menos reconocido. Y, poco a poco, ya no se discute solo sobre dinero. Se discute sobre el lugar que cada uno siente haber ocupado en la familia.
    </p><p class="article-text">
        En mediaci&oacute;n, el desacuerdo sigue existiendo, pero aparece un espacio donde esas capas pueden empezar a nombrarse sin que todo derive autom&aacute;ticamente en ataque y defensa.
    </p><p class="article-text">
        A veces eso permite encontrar acuerdos que antes parec&iacute;an imposibles. Otras veces no.
    </p><p class="article-text">
        Pero incluso cuando no ocurre, puede aparecer algo relevante: dejar de agravar el da&ntilde;o. Dejar de destruirse mientras se intenta resolver el conflicto. Y eso no es menor.
    </p><p class="article-text">
        Porque hemos construido una cultura muy acostumbrada al litigio y bastante poco acostumbrada al di&aacute;logo.
    </p><p class="article-text">
        Nos cuesta pedir ayuda para conversar. Nos cuesta detener la escalada antes de que el resentimiento ocupe todo el espacio.
    </p><p class="article-text">
        En Espa&ntilde;a, la aprobaci&oacute;n de la <strong>Ley Org&aacute;nica 1/2025</strong> ha vuelto a poner el foco en los <strong>Medios Adecuados de Soluci&oacute;n de Controversias&nbsp;(MASC)</strong> antes de acudir a la v&iacute;a judicial.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Y es posible que muchas personas piensen en la mediaci&oacute;n solo en t&eacute;rminos de rapidez, coste econ&oacute;mico o descarga de trabajo para los tribunales. Pero quiz&aacute; su aportaci&oacute;n m&aacute;s importante est&eacute; en intentar que el conflicto no destruya completamente aquello que, en alg&uacute;n momento, uni&oacute; a las personas que hoy est&aacute;n enfrentadas.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Porque el otro no va a desaparecer de nuestra vida.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Y tal vez la pregunta importante no sea solo c&oacute;mo resolvemos un conflicto, sino c&oacute;mo queremos seguir estando en esa relaci&oacute;n despu&eacute;s de haberlo atravesado.</strong>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luz Duro Artiach]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/amor-odio-no-hay-paso_129_13205442.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 12 May 2026 09:33:44 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Del amor al odio no hay un paso]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[La Rioja]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[¡Es que no me escuchas! ]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/no-escuchas_129_12863368.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        &laquo;&iexcl;Es que no me escuchas!&raquo; &iquest;Cu&aacute;ntas veces has pronunciado esta frase a lo largo de tu vida? Seguramente se la has dicho m&aacute;s de una vez a tu pareja, a una hermana, a un hijo. O has dicho &ldquo;no me escucha, da igual lo que diga&rdquo; refiri&eacute;ndote a tu jefe, a tu madre, a un hermano&hellip; Todos hemos sentido muchas veces que nuestras palabras caen en saco roto, que es como hablar a un muro.
    </p><p class="article-text">
        Y ahora preg&uacute;ntate: &iquest;cu&aacute;ntas veces has dicho &ldquo;es que no escucho&rdquo;? Seguramente, nunca en tu vida.
    </p><p class="article-text">
        Si todos sentimos que no nos escuchan, cabr&iacute;a pensar que, en alg&uacute;n lugar, al otro lado, deber&iacute;a haber alguien que reconociera que no est&aacute; escuchando. Pero no lo hay, o casi no lo hay. Algo no cuadra.
    </p><p class="article-text">
        Por eso, cuando te venga el pensamiento &ldquo;no me escucha&rdquo;, quiz&aacute; merezca la pena detenerte un instante y preguntarte: &ldquo;&iquest;y yo, estoy escuchando?, &iquest;puede que parte del problema est&eacute; en m&iacute;?&rdquo;. Y si el problema est&aacute; en ti, enhorabuena: eso quiere decir que tambi&eacute;n est&aacute; en ti la soluci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Ahora bien, &iquest;qu&eacute; es escuchar de verdad? Porque puede que pienses que escuchas bien y, sin embargo, el problema est&eacute; precisamente ah&iacute;: en no tener claro qu&eacute; significa escuchar, pero escuchar de verdad.
    </p><p class="article-text">
        Piensa en una persona a la que, cuando le hablas, sientes que s&iacute; te escucha, y observa qu&eacute; hace. Para empezar, te hace sentir bien solo por el hecho de prestarte atenci&oacute;n. Da igual el problema que le cuentes, da igual si es algo importante o aparentemente trivial, da igual si te alargas o te trabas al explicarlo. Cuando hablas con esa persona, algo se afloja por dentro, el problema pesa menos, te sientes comprendida o comprendido.
    </p><p class="article-text">
        Seguramente esa persona pone toda su atenci&oacute;n en ti. No mira el m&oacute;vil, ni el reloj, ni el ordenador, ni parece tener prisa por terminar. No te interrumpe, no te da consejos inmediatos ni convierte la conversaci&oacute;n en un relato sobre s&iacute; misma. Su cuerpo y su mente est&aacute;n contigo, presentes, disponibles, como si durante esos minutos t&uacute; fueras lo m&aacute;s importante.
    </p><p class="article-text">
        Pero adem&aacute;s hay algo m&aacute;s profundo, algo decisivo que hacen los buenos escuchadores: no juzgan. Esto no significa que est&eacute;n de acuerdo contigo ni que renuncien a su propia opini&oacute;n. Significa suspender, por un momento, el impulso de corregir, evaluar o sentenciar. Cuando alguien se siente juzgado, se cierra; cuando se siente aceptado tal como es, se abre. La ausencia de juicio crea un espacio seguro donde la persona puede decir lo que siente sin necesidad de defenderse, justificarse o adornar su relato. Y en ese espacio, la conversaci&oacute;n se vuelve m&aacute;s honesta y m&aacute;s transformadora.
    </p><p class="article-text">
        A veces, solo el hecho de hablar sin que nos interrumpan aclara nuestras ideas, nos ayuda a ordenar y a ver con mayor claridad algo que antes era confuso.
    </p><p class="article-text">
        Otro elemento esencial de la escucha es ir m&aacute;s all&aacute; de las palabras. Porque no siempre sabemos expresar lo que nos pasa. A veces las palabras no alcanzan; otras, ni siquiera nosotros mismos entendemos bien c&oacute;mo nos sentimos. No todos somos buenos narradores ni tenemos el lenguaje afinado para poner nombre a lo que nos ocurre. Por eso, quien escucha de verdad presta atenci&oacute;n no solo a lo que se dice, sino tambi&eacute;n al tono, a los silencios, a lo que queda impl&iacute;cito, intentando captar qu&eacute; hay detr&aacute;s de las palabras.
    </p><p class="article-text">
        Pensemos en Nico, que llega del colegio. Su madre, que est&aacute; preparando la cena, le mira y le pregunta: &ldquo;Hijo, qu&eacute; cara traes, &iquest;qu&eacute; te ha pasado?&rdquo;. &ldquo;Mar&iacute;a se ha re&iacute;do de mis dibujos delante de todos&rdquo;, responde &eacute;l. La madre termina la tortilla, se gira hacia &eacute;l, le mira y pregunta: &ldquo;&iquest;Y t&uacute; qu&eacute; has hecho?&rdquo;. &ldquo;Le he dicho que es gilipollas&rdquo;. &ldquo;&iquest;Y ella qu&eacute; ha hecho?&rdquo;. &ldquo;Me ha dicho que no tengo edad para dibujar como un crio, se ha re&iacute;do y sus amigas tambi&eacute;n, y se han ido. Fer me ha dicho que no les haga caso y nos hemos ido&rdquo;. &ldquo;&iquest;Y c&oacute;mo est&aacute;s ahora?&rdquo;. &ldquo;Ahora bien&rdquo;. &ldquo;&iquest;Y ma&ntilde;ana, cuando veas a Mar&iacute;a, qu&eacute; vas a hacer?&rdquo;. &ldquo;No s&eacute;&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Durante toda la conversaci&oacute;n, la madre ha puesto el foco en Nico. &Eacute;l no se ha sentido juzgado, aunque haya insultado a Mar&iacute;a y aunque la situaci&oacute;n sea inc&oacute;moda. Por la cabeza de su madre seguramente han pasado muchos pensamientos &mdash;&ldquo;otra vez la pesada de Mar&iacute;a&rdquo;, &ldquo;como me pasaba a mi con Sarita&rdquo;, &ldquo;Nico no deber&iacute;a decir palabrotas&rdquo;, &ldquo;menos mal que esta vez no se ha quedado callado&rdquo;, &ldquo;qu&eacute; suerte tiene de tener a Fer de amigo&rdquo;&mdash;, pero ninguno de estos pensamientos ha aparecido en la conversaci&oacute;n. Los ha dejado a un lado mientras escuchaba a su hijo. Adem&aacute;s, lo conoce: sabe que le ha dolido la situaci&oacute;n, que ha pasado verg&uuml;enza y que ha logrado sobreponerse. Ha dejado sus opiniones aparcadas y, en su lugar, ha hecho preguntas que han permitido a Nico expresarse, ordenar lo ocurrido y tomar contacto con lo que siente. Ahora que Nico ya se siente escuchado, quiz&aacute; sea el momento de ofrecerle alg&uacute;n consejo. Pero no antes.
    </p><p class="article-text">
        Imaginemos ahora una escena en el trabajo. Antonio entra en el despacho de Ana y dice: &ldquo;Estoy desbordado, no llego a todo&rdquo;. Puede que no sea la mejor manera de iniciar una conversaci&oacute;n, pero Ana percibe que est&aacute; alterado. Deja el ordenador, baja el tono, habla despacio, le mira y le dice: &ldquo;cu&eacute;ntame qu&eacute; es lo que te est&aacute; desbordando&rdquo;. A veces, solo el hecho de hablar sin que nos interrumpan aclara las ideas y ayuda a ordenar lo que parec&iacute;a ca&oacute;tico. A partir de ah&iacute;, Ana hace preguntas para entender la situaci&oacute;n y ayudar a Antonio a concretar, priorizar y organizarse. Tal vez no cambien todas las condiciones externas, pero Antonio sale de la conversaci&oacute;n con la sensaci&oacute;n de haber sido tenido en cuenta. Y eso, muchas veces, marca la diferencia.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Escuchar no es cuesti&oacute;n de tener superpoderes ni de dominar t&eacute;cnicas sofisticadas. Es, sobre todo, una decisi&oacute;n: la decisi&oacute;n de callar un poco m&aacute;s, de estar presentes, de posponer el juicio y de interesarnos genuinamente por lo que le pasa al otro.</strong> <strong>Todos tenemos la capacidad de escuchar. La pregunta es si estamos dispuestos a ejercitarla</strong>.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luz Duro Artiach]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/no-escuchas_129_12863368.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 25 Dec 2025 08:52:22 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[¡Es que no me escuchas! ]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Si una emoción dura 90 segundos, ¿por qué a mí me dura mucho más?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/si-emocion-dura-90-segundos-dura_129_12804653.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Dicen que una emoci&oacute;n solo dura 90 segundos. Y, sin embargo, todos sabemos lo que es quedarse enganchados durante horas &mdash;a veces d&iacute;as&mdash; en la misma sensaci&oacute;n: la rabia o el enfado, la tristeza que vuelve una y otra vez, la culpa que se instala y no se va. &iquest;C&oacute;mo puede ser que algo tan poderoso tenga una duraci&oacute;n tan breve?
    </p><p class="article-text">
        La neurocient&iacute;fica Jill Bolte Taylor explic&oacute; que, cuando una emoci&oacute;n se dispara, el cuerpo libera una serie de sustancias qu&iacute;micas que recorren nuestro organismo durante un minuto y medio. Esa es la parte biol&oacute;gica: la descarga del cuerpo ante un est&iacute;mulo. Pasado ese tiempo, si no alimentamos esa emoci&oacute;n con nuevos pensamientos, el cuerpo vuelve al equilibrio. Pero la mayor&iacute;a de las veces no lo hace, porque nosotros &mdash;con nuestra mente, nuestro lenguaje, nuestras interpretaciones&hellip;&mdash; volvemos a encender la chispa una y otra vez, es como si rebobin&aacute;ramos.
    </p><p class="article-text">
        Pensemos en Jorge. Est&aacute; en una reuni&oacute;n y su compa&ntilde;ero dice una sola frase: &ldquo;Ya sabemos que t&uacute; siempre tienes que tener la &uacute;ltima palabra&rdquo;. Antes incluso de pensar en la frase, el cuerpo de Jorge reacciona. Siente calor, el pulso se acelera, los hombros se tensan, se crispa su cara. Es la emoci&oacute;n b&aacute;sica de la ira cumpliendo su funci&oacute;n natural: ponerlo en alerta, protegerlo. Si en ese momento Jorge respirara hondo, reconociendo lo que ocurre sin justificarlo ni negarlo, esa ola se disipar&iacute;a sola en poco m&aacute;s de un minuto. Pero lo que suele pasar es distinto.
    </p><p class="article-text">
        Aparece la voz interior que le dice &ldquo;&iquest;Por qu&eacute; me habla as&iacute;?, No me respeta&rdquo;. &ldquo;Siempre hace lo mismo&rdquo;. Con cada pensamiento, el cuerpo de Jorge vuelve a liberar la misma qu&iacute;mica. Lo que era una emoci&oacute;n pasajera se alarga y transforma, primero en rencor, luego tal vez en resentimiento. Y si, m&aacute;s tarde, Jorge se recrimina haber reaccionado, la ira puede transformarse por ejemplo en verg&uuml;enza. La emoci&oacute;n b&aacute;sica &mdash;la ira&mdash; dur&oacute; 90 segundos. Lo que la mantiene viva es la conversaci&oacute;n interna de Jorge consigo mismo, que la alimenta. Cada vez que se repite la historia, revive la emoci&oacute;n. La mente, con su poder de interpretaci&oacute;n, convierte una reacci&oacute;n biol&oacute;gica en una narrativa emocional que puede acompa&ntilde;arnos durante d&iacute;as o a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        Lo mismo sucede con la tristeza. Cuando Laura recibi&oacute; la llamada que le comunicaba la muerte de su madre, su cuerpo reaccion&oacute; de inmediato: el pecho se encogi&oacute;, las l&aacute;grimas brotaron, la respiraci&oacute;n se detuvo. Durante unos segundos no hubo pensamientos, solo una ola de puro dolor. Esa tristeza biol&oacute;gica cumpl&iacute;a su prop&oacute;sito: detener a Laura, llevarla hacia dentro, permitirle sentir la magnitud de la p&eacute;rdida. Si la mente no interviniera, esa oleada bajar&iacute;a lentamente, como una ola que rompe en la orilla. Pero enseguida llegaron los pensamientos: &ldquo;No la volver&eacute; a ver&rdquo;. &ldquo;Deber&iacute;a haber estado m&aacute;s con ella&rdquo;. &ldquo;Nunca le dije que la quer&iacute;a&rdquo;. Cada vez que Laura recuerda algo, le viene una imagen de su madre, vuelve la ola de tristeza, una y otra vez, transform&aacute;ndose en meses o a&ntilde;os de dolor.
    </p><p class="article-text">
        No es que revivir las emociones sea un error, son parte de nuestra humanidad, son el precio y el privilegio de tener lenguaje, memoria, conciencia. Pero a veces olvidamos que no son inevitables: se construyen con nuestros pensamientos. Y eso significa que tambi&eacute;n podemos transformarlas.
    </p><p class="article-text">
        Laura lo descubri&oacute; sin propon&eacute;rselo un d&iacute;a mientras caminaba. Record&oacute; la risa de su madre y sin darse cuenta sonri&oacute;. En ese instante, algo cambi&oacute;. No necesit&oacute; dejar de sentir, sino dejar de pensar contra s&iacute; misma. Empez&oacute; a contarse otra historia: &ldquo;Su vida sigue viva en m&iacute;&rdquo;. &ldquo;La acompa&ntilde;&eacute; como pude&rdquo;. La respiraci&oacute;n de Laura se calm&oacute;, su cuerpo se afloj&oacute;, y la tristeza se volvi&oacute; ternura. La emoci&oacute;n segu&iacute;a all&iacute;, pero ya no dol&iacute;a tanto.
    </p><p class="article-text">
        De eso se trata. No de suprimir ni negar lo que sentimos, sino de comprender que, despu&eacute;s de los 90 segundos del cuerpo, somos nosotros quienes decidimos si prolongamos la emoci&oacute;n o la dejamos ir. El gatillante est&aacute; afuera, pero el modo en que nos lo vivimos depende enteramente de nosotros.
    </p><p class="article-text">
        Tal vez el poder no est&eacute; en evitar las emociones que nos disgustan sino en <strong>aprender a habitarlas sin quedarnos a vivir en ellas</strong>.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luz Duro Artiach]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/si-emocion-dura-90-segundos-dura_129_12804653.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 30 Nov 2025 17:24:50 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Si una emoción dura 90 segundos, ¿por qué a mí me dura mucho más?]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[Inteligencia emocional,La Rioja]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[¿Y eso del coaching qué es?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/coaching_129_12691893.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        <em>&ldquo;Mi hija est&aacute; pasando una edad del pavo insoportable. Por m&aacute;s que lo intentamos, ni su padre, ni sus hermanas, ni yo conseguimos hablar con ella. Cada conversaci&oacute;n termina en portazo&rdquo;.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>&ldquo;Mi equipo es tremendo, me esfuerzo en motivarles, en intentar que participen, que aporten ideas, que sean proactivos&hellip; pero no hay manera. Se nota que son de otra generaci&oacute;n&rdquo;.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>&nbsp;&ldquo;Mi hermana se va a casar y mi futuro cu&ntilde;ado es insoportable. Siempre tiene la raz&oacute;n, no escucha a nadie. Intento llevarme bien con &eacute;l porque este s&iacute; que viene para quedarse, pero de verdad que ya no s&eacute; qu&eacute; hacer&rdquo;.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>&ldquo;He tenido la oferta de trabajo so&ntilde;ada, pero es en otro pa&iacute;s, lo que supone que tendr&iacute;amos que trasladarnos toda la familia, justo ahora que las ni&ntilde;as empezaban a adaptarse. No s&eacute; qu&eacute; decisi&oacute;n tomar&rdquo;.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>&ldquo;En las reuniones me paralizo. Veo a mi jefe tan serio, tan imponente, que, aunque tengo buenas ideas, soy incapaz de abrir la boca. Me da una rabia&hellip; y por m&aacute;s que lo intento, no consigo superarlo&rdquo;.</em>
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Te suena alguna de estas situaciones? Seguro que s&iacute;. Todos tenemos alguna versi&oacute;n de ellas. Y cuando nos pasa algo as&iacute;, &iquest;qu&eacute; hacemos?.&nbsp;Pedimos ayuda, hablamos con amigos, con la pareja, con la familia, escuchamos consejos, buscamos estrategias, intentamos cambiar nuestro comportamiento. Y muchas veces lo conseguimos, pero a veces, a pesar de todo ese esfuerzo, nada cambia, nos seguimos tropezando con la misma piedra, una y otra vez. Otras veces la vida nos plantea encrucijadas, decisiones que tenemos que tomar, que sabemos que son decisivas para nuestro futuro, pero de las que no hay certeza sobre cu&aacute;l es la mejor opci&oacute;n y no sabemos qu&eacute; hacer.
    </p><p class="article-text">
        Llegados a este punto, un coach es una buena soluci&oacute;n. No para darte consejos ni para decirte lo que tienes que hacer. Un coach no es un consejero, ni un psic&oacute;logo, ni un gur&uacute;. Un coach es alguien que te acompa&ntilde;a a mirar lo que te est&aacute; pasando, pero desde otro lugar. Porque la soluci&oacute;n &mdash;aunque no siempre lo veamos&mdash; pasa por uno mismo.
    </p><p class="article-text">
        No se trata de cambiar a la hija adolescente, al cu&ntilde;ado, al jefe o al equipo, ni de evaluar solo pros y contras de la mejor opci&oacute;n laboral. Se trata de ayudarte a mirarte t&uacute;: c&oacute;mo est&aacute;s interpretando la situaci&oacute;n, qu&eacute; te pasa cuando eso ocurre, qu&eacute; emociones te aparecen, qu&eacute; conversaciones tienes contigo mismo&hellip; en resumen, de qu&eacute; manera est&aacute;s participando t&uacute; en eso que no te gusta.
    </p><p class="article-text">
        Casi siempre creemos que nuestro problema est&aacute; fuera, en el otro, en las circunstancias, en la suerte, pero la mayor&iacute;a de las veces, lo que realmente nos deja atrapados son las interpretaciones que hacemos de lo que vivimos. Y esas interpretaciones &mdash;que nos parecen verdades absolutas&mdash; son solo una forma de mirar, una entre muchas posibles.
    </p><p class="article-text">
        El proceso de coaching empieza justamente por ah&iacute;: por abrir espacio a nuevas miradas y poner palabras a lo que nos pasa y descubrir las creencias, emociones y h&aacute;bitos que sostienen nuestra manera actual de actuar. El coach acompa&ntilde;a, pregunta, escucha de verdad, y lo hace creando un espacio de confianza donde puedes observarte sin ser juzgado, con curiosidad y honestidad.
    </p><p class="article-text">
        A veces, en ese proceso, nos damos cuenta de que llevamos a&ntilde;os intentando resolver algo esperando resultados distintos, pero actuando desde el mismo lugar, como si estuvi&eacute;ramos empujando una puerta que, en realidad, se abre hacia dentro lado. El coaching te ayuda justamente a eso: a girar la manilla y descubrir otra forma de abrir esa puerta que estaba ah&iacute;, pero que no ve&iacute;as.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; que,<strong> la pr&oacute;xima vez que sientas que ya lo has intentado todo y nada cambia, tal vez no se trate de hacer cosas diferentes, sino de mirar distinto</strong>, para actuar distinto y conseguir los resultados que deseas. A veces solo hace falta que alguien te ayude a mirar desde otro lugar. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luz Duro Artiach]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/coaching_129_12691893.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 19 Oct 2025 08:00:39 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[¿Y eso del coaching qué es?]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[La Rioja]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Cuando hablar parece imposible]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/hablar-parece-imposible_129_12603281.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Hay conversaciones que se nos quedan atravesadas. Hace tiempo necesitaba decirle a una persona del trabajo algo sobre su comportamiento y anticipaba que la conversaci&oacute;n no iba a ser agradable.
    </p><p class="article-text">
        Pens&eacute; en poner en pr&aacute;ctica todo lo que hab&iacute;a aprendido sobre c&oacute;mo manejar una conversaci&oacute;n dif&iacute;cil y, por si no fuera suficiente, busqu&eacute; en internet todos los tips que pude encontrar.
    </p><p class="article-text">
        Sab&iacute;a lo que quer&iacute;a conseguir de la conversaci&oacute;n, lo que realmente quer&iacute;a &mdash;algo que no siempre es f&aacute;cil&mdash;. No es lo mismo querer demostrar autoridad que querer que la otra persona reconozca su error o que cambie su comportamiento. Hab&iacute;a elegido el mejor lugar y el mejor momento para tener la conversaci&oacute;n, pensando en la otra persona y tambi&eacute;n en m&iacute;. Me prepar&eacute; para escuchar con una escucha activa y genuina, abierta a la posibilidad de que quiz&aacute; yo no estuviera viendo algo que la otra persona s&iacute; ve&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Sab&iacute;a que deb&iacute;a evitar suposiciones, escuchar sin interrumpir, hacer preguntas abiertas, no recriminar ni culpabilizar, cuidar mi lenguaje corporal, regular el tono y escoger con cuidado las palabras.
    </p><p class="article-text">
        Ten&iacute;a todo claro. Y, sin embargo, cada vez que pensaba en tener la conversaci&oacute;n&hellip; me enfadaba.
    </p><p class="article-text">
         Al pensar en c&oacute;mo abordar el tema, recordaba el motivo por el que quer&iacute;a hablar con esa persona y me pon&iacute;a de muy mal humor. Entonces, &iquest;de qu&eacute; me serv&iacute;a todo lo preparado si, antes incluso de hablar, mi emocionalidad ya estaba desbordada?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;De qu&eacute; me serv&iacute;a elegir las palabras, ensayar frases, incluso sonre&iacute;r y bajar el tono de voz para parecer tranquila, si la emocionalidad desde la que conversamos no la podemos disimular?
    </p><p class="article-text">
        Por m&aacute;s que intentemos controlarlo, nuestro cuerpo habla por nosotros. Las c&eacute;lulas espejo del otro leen nuestras tensiones, nuestros gestos, nuestro tono, incluso lo que no decimos. Si por dentro estoy enfadada, el otro lo va a percibir, aunque yo intente ocultarlo. Y si esa es la emocionalidad desde la que inicio la conversaci&oacute;n, el riesgo de que termine mal es alto.
    </p><p class="article-text">
        Entonces, decid&iacute; esperar.
    </p><p class="article-text">
        Pospuse la conversaci&oacute;n. No una, sino varias veces. Al principio me sent&iacute;a culpable, como si postergar fuera rendirme. Pero poco a poco entend&iacute; que estaba esperando al momento en que mi emocionalidad fuera otra, porque hablar desde el enfado no iba a ayudarme.
    </p><p class="article-text">
        Y un d&iacute;a, casi sin buscarlo, sucedi&oacute;.
    </p><p class="article-text">
         Est&aacute;bamos conversando de algo que no ten&iacute;a nada que ver con el trabajo. La situaci&oacute;n era relajada, las sonrisas sal&iacute;an solas. Y, sin planearlo, deslic&eacute; el tema que tanto me preocupaba.
    </p><p class="article-text">
        Lo curioso es que la respuesta de la otra persona fue completamente distinta a la que yo hab&iacute;a imaginado. No hubo conflicto, no hubo resistencia. Lo que me estaba alterando ten&iacute;a una explicaci&oacute;n l&oacute;gica que me hizo re&iacute;r, y la otra persona entendi&oacute; mi postura y decidi&oacute; hacer cambios. En pocos minutos se aclar&oacute; todo de forma distendida y consegu&iacute; lo que necesitaba.
    </p><p class="article-text">
        <strong>No siempre se trata de saber qu&eacute; decir ni c&oacute;mo decirlo.</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong> A veces, lo m&aacute;s importante es desde d&oacute;nde lo decimos, porque la emocionalidad domina la conversaci&oacute;n. Y el otro lo percibe.</strong>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luz Duro Artiach]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/hablar-parece-imposible_129_12603281.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 15 Sep 2025 10:05:35 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Cuando hablar parece imposible]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[La Rioja]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Lo que dices no es lo que el otro escucha]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/dices-no-escucha_129_12530361.html]]></link>
      <description><![CDATA[<div class="subtitles"><p class="subtitle"></p></div><p class="article-text">
        Seguro que has jugado de ni&ntilde;o al &ldquo;tel&eacute;fono roto&rdquo;: nos sent&aacute;bamos en c&iacute;rculo y uno susurraba un mensaje al o&iacute;do del otro, que a su vez se lo dec&iacute;a al siguiente, y as&iacute; hasta el &uacute;ltimo. El resultado sol&iacute;a ser algo absurdo y gracioso y casi siempre irreconocible. Sab&iacute;amos que nadie hab&iacute;a querido cambiar el mensaje, pero el mensaje cambiaba igual.
    </p><p class="article-text">
        Lo curioso es que, aunque ya no jugamos al tel&eacute;fono, seguimos viviendo versiones de &eacute;l todos los d&iacute;as. Decimos algo, convencidos de que hemos sido claros, pero la otra persona escucha otra cosa. A veces la diferencia es peque&ntilde;a, otras enorme. Y en esa diferencia entre lo que dije y lo que el otro entendi&oacute;, nos jugamos acuerdos y relaciones.
    </p><p class="article-text">
        Imagina que le dices a tu pareja: <em>&ldquo;Hoy estoy agotada, s&eacute; que hab&iacute;amos quedado en ir a cenar, pero &iquest;te importa que lo dejemos para otro d&iacute;a?&rdquo;</em>. Para ti es solo compartir c&oacute;mo te sientes, pero si tu pareja lleva d&iacute;as sensible porque cree que pas&aacute;is poco tiempo juntos, puede interpretarlo como: <em>&ldquo;Me apetece m&aacute;s quedarme en casa que salir contigo&rdquo;</em>. Y a partir de ah&iacute;, la conversaci&oacute;n ya no transcurre en el terreno de los planes, sino en el de la persona herida.
    </p><p class="article-text">
        O que le dices a un colega del trabajo: <em>&ldquo;&iquest;Te parece que revisemos los n&uacute;meros otra vez antes de enviar el informe?&rdquo;</em>. T&uacute; lo dices para asegurarte de que todo est&eacute; bien. Pero si el otro est&aacute; preocupado por hacer todo bien porque lleva poco tiempo en el puesto, o porque siente que no hace las cosas perfectas y es un perfeccionista, lo puede escuchar como: <em>&ldquo;No conf&iacute;o en tu trabajo&rdquo;</em>. Lo que para ti es prevenci&oacute;n, para &eacute;l es una cr&iacute;tica velada.
    </p><p class="article-text">
        Pasa incluso entre amigos, donde suponemos que hay confianza y que nos conocemos bien. Le dices a una amiga: <em>&ldquo;No te vi en la fiesta de anoche&rdquo;</em>. Lo dices solo por curiosidad o porque te interesas por si le pas&oacute; algo. Pero si ella se siente culpable por no haber ido, podr&iacute;a escucharlo como un reproche: <em>&ldquo;Estoy enfadada porque no fuiste a la fiesta&rdquo;</em>.
    </p><p class="article-text">
        Si escucho a un pol&iacute;tico del PSOE decir &ldquo;<em>Debemos actuar respecto a los inmigrantes</em>&rdquo;, lo escucho diferente de si lo dice un pol&iacute;tico de VOX. 
    </p><p class="article-text">
        Esto ocurre porque lo que decimos est&aacute; inevitablemente te&ntilde;ido por nuestras emociones, creencias y experiencias. Y lo que el otro escucha tambi&eacute;n pasa por sus propios filtros: su estado emocional, sus creencias y sus vivencias. La comunicaci&oacute;n no es un simple intercambio de palabras, sino un encuentro entre dos mundos interpretativos.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Entonces, &iquest;c&oacute;mo podemos asegurarnos de que nos entiendan?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Lo primero es comprender que lo que digo no existe como algo &ldquo;puro&rdquo; o independiente. Lo que realmente existe es lo que una persona expresa y lo que otra escucha. Entre esas dos acciones siempre hay un espacio en el que el significado puede transformarse.
    </p><p class="article-text">
        Si hablo, es porque hay alguien para escucharme; de lo contrario, &iquest;para qu&eacute; hablar? Desde ese lugar, es mi responsabilidad asegurarme de que la otra persona entiende lo que quiero decir. No basta con lanzar las palabras: debo comprobar que el mensaje ha llegado como yo pretend&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Esto no significa hablar m&aacute;s alto ni repetir lo mismo varias veces. Significa verificar que hemos sido comprendidos. Podemos hacerlo con preguntas como: &ldquo;&iquest;<em>C&oacute;mo lo ves t&uacute;</em>?&rdquo; o &ldquo;&iquest;<em>Qu&eacute; te parece</em>?&rdquo;. Y no solo escuchando la respuesta verbal, sino prestando atenci&oacute;n a su tono de voz, sus gestos y cualquier cambio en su manera de estar. Todo eso nos da pistas de c&oacute;mo ha interpretado nuestro mensaje.
    </p><p class="article-text">
        Si el juego del tel&eacute;fono roto nos ense&ntilde;&oacute; algo, es que los mensajes cambian en el camino. La buena noticia es que podemos acortar esa distancia si aprendemos a conversar con m&aacute;s conciencia: sabiendo que cada palabra pasa por filtros invisibles y que, si queremos ser comprendidos, debemos estar tan atentos a lo que el otro escucha como a lo que decimos.
    </p><p class="article-text">
        Porque, al final, conversar bien no es solo decir lo que pensamos: es lograr que lo que decimos y lo que el otro escucha se encuentren en el mismo lugar.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luz Duro Artiach]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/dices-no-escucha_129_12530361.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 15 Aug 2025 17:09:24 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Lo que dices no es lo que el otro escucha]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Hablar no basta: las conversaciones tienen sus secretos (y se pueden aprender)]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/hablar-no-basta-conversaciones-secretos-aprender_129_12487142.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Conversamos todo el d&iacute;a, casi sin darnos cuenta, pero pocas veces nos detenemos a mirar cu&aacute;ntos tipos de conversaci&oacute;n existen y c&oacute;mo cada una afecta directamente lo que vivimos.
    </p><p class="article-text">
        Las hay que nacen desde una emoci&oacute;n fuerte: la rabia, la tristeza, la impotencia&hellip; y sin darnos cuenta esa emoci&oacute;n es la que domina todo nuestro relato. Son conversaciones que llamamos de descarga, donde lo que buscamos no es tanto resolver algo o que el otro nos aconseje, sino liberar lo que llevamos dentro. Del otro, aunque no lo digamos, solo queremos que nos escuche, nos comprenda, y si puede ser, que nos d&eacute; la raz&oacute;n, aunque no la tengamos. Y lo mejor que puede hacer el otro es precisamente eso, escuchar y solo escuchar sobre todo si estamos enfadados, porque incluso biol&oacute;gicamente nuestro cerebro no est&aacute; preparado para escuchar o razonar. 
    </p><p class="article-text">
        Otras veces, la conversaci&oacute;n es para recordar. Lo hacemos al reencontrarnos con una amiga de toda la vida, al repetir an&eacute;cdotas familiares o al escuchar a una persona mayor contar por en&eacute;sima vez aquella historia. Hace poco el hijo de una amiga le cortaba la conversaci&oacute;n con un &ldquo;&iexcl;mam&aacute;! &iexcl;otra vez esa historia!&rdquo;. Por lo bajines le dije &ldquo;m&iacute;rale la cara, al contarlo est&aacute; reviviendo el momento y disfrut&aacute;ndolo de nuevo, porque recordar significa &rdquo;re-&ldquo; (de nuevo) y &rdquo;cordis&ldquo; (coraz&oacute;n) es decir, &rdquo;volver a pasar por el coraz&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n hay conversaciones que preparamos antes de que sucedan. Porque sabemos que necesitaremos hablar con alguien &mdash;una pareja, un jefe, un hijo&mdash; y no queremos improvisar. Entonces pensamos, ensayamos, anticipamos respuestas. A veces incluso buscamos a alguien que nos escuche antes, para aclararnos o calmarnos porque anticipamos que la conversaci&oacute;n puede tomar derroteros a los que no queremos llegar porque pueden causar rechazo, dolor, distanciamiento. Solemos llamarlas conversaciones dif&iacute;ciles, y de c&oacute;mo tenerlas para lograr nuestros prop&oacute;sitos hablaremos otro d&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        En el &aacute;mbito laboral, por ejemplo, abundan las conversaciones para coordinar acciones. Sin ellas, las tareas no fluyen, los equipos se desorganizan y los malentendidos se acumulan. Tambi&eacute;n le dedicaremos alg&uacute;n art&iacute;culo espec&iacute;fico porque hay mucho que aprender sobre ellas.
    </p><p class="article-text">
        Otra conversaci&oacute;n que tiene mucha importancia en nuestra vida es la privada, aquella que nuestro cerebro no cesa en ning&uacute;n momento, la que tenemos con nosotros mismos y que habitualmente callamos. Si alg&uacute;n lector es coach, sabr&aacute; que all&iacute; es donde queremos llegar con nuestras sesiones. En esas palabras silenciosas est&aacute; el alma, nuestra esencia, lo que nos moviliza. 
    </p><p class="article-text">
        Est&aacute;n tambi&eacute;n las conversaciones que tienen que ver con nuevas personas en nuestra vida; un nuevo compa&ntilde;ero de trabajo, una nueva familia pol&iacute;tica, personas que vienen a nuestra vida para quedarse. En esos primeros intercambios ponemos mucho esfuerzo en causar una buena impresi&oacute;n, cuando en realidad lo que m&aacute;s nos acerca a ellos no es hablar ni mostrarnos, sino escuchar, de forma activa, con inter&eacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Hay conversaciones que parecen peque&ntilde;as y, sin embargo, sostienen la vida social: los saludos, las felicitaciones, las f&oacute;rmulas de cortes&iacute;a. Hay gente que las desprecia, pero ellas cumplen un rol de pertenencia y de cuidado. 
    </p><p class="article-text">
        No todas las conversaciones son agradables ni f&aacute;ciles. Algunas evitan lo esencial, otras ocultan, otras hieren sin querer. Pero todas, absolutamente todas, nos dicen algo de qui&eacute;nes somos, de lo que queremos, de c&oacute;mo nos relacionamos. Distinguir los distintos tipos de conversaci&oacute;n nos ayuda a elegir mejor c&oacute;mo queremos estar en ellas.
    </p><p class="article-text">
        Porque la vida, al fin y al cabo, es eso: una sucesi&oacute;n de conversaciones. Algunas cambian el curso de nuestra historia. Otras solo nos dejan una sonrisa. Pero todas cuentan. Y de todas podemos aprender.  
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luz Duro Artiach]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/hablar-no-basta-conversaciones-secretos-aprender_129_12487142.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 23 Jul 2025 14:47:54 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Hablar no basta: las conversaciones tienen sus secretos (y se pueden aprender)]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La vida es una conversación]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/vida-conversacion_129_12390784.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; haces en la vida?
    </p><p class="article-text">
        Si alguien nos hace esta pregunta, lo m&aacute;s probable es que respondamos: &ldquo;soy abogada&rdquo;, &ldquo;trabajo en marketing&rdquo;, &ldquo;soy profesor&rdquo;, &ldquo;disfruto de mi jubilaci&oacute;n&rdquo;&hellip; Seguramente nadie nos dir&iacute;a: &ldquo;yo, conversar&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Conversamos al despertar, al planificar el d&iacute;a, al mandar un mensaje, al discutir un asunto en el trabajo, al consolar a un amigo, al pedir una cita m&eacute;dica; conversamos en el trabajo, en el supermercado, por la calle, en el caf&eacute;, en sue&ntilde;os y, cuando estamos callados, lo hacemos con nosotros mismos en esa conversaci&oacute;n privada que no cesa.
    </p><p class="article-text">
        Pero si conversamos tanto, si el acto de conversar est&aacute; practicado hasta la saciedad, &iquest;por qu&eacute; a veces nuestras conversaciones no logran los resultados que queremos? &iquest;por qu&eacute; tantas veces sentimos que no nos han escuchado o que no hemos sabido hacernos escuchar? &iquest;por qu&eacute; nuestras palabras provocan un malentendido o incluso enfado en el otro, cuando no era eso lo que busc&aacute;bamos? &iquest;por qu&eacute; pido cosas y no me las dan o me las dan mal?
    </p><p class="article-text">
        Es curioso c&oacute;mo damos por sentado que sabemos conversar bien. Creemos que basta con hablar y escuchar para lograr acuerdos, comprensi&oacute;n o conexi&oacute;n. Pero si uno mira honestamente su experiencia diaria, descubre que no es tan simple. Decimos cosas que no se entienden. No escuchamos todo lo que deber&iacute;amos. O suponemos que el otro &ldquo;ya sabe&rdquo; lo que queremos decir, cuando en realidad no es as&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        Las conversaciones, esas que sostenemos a cada rato y en todo lugar, son la materia prima de nuestra vida. Con ellas creamos v&iacute;nculos o los rompemos, generamos confianza o desconfianza, abrimos o cerramos posibilidades. De hecho, lo que hoy sucede en nuestra vida &mdash;en el trabajo, en la familia, en la pareja&mdash; tiene mucho que ver con las conversaciones que tuvimos (o evitamos tener) en el pasado.
    </p><p class="article-text">
        Y, sin embargo, rara vez pensamos en esto. Cuando imaginamos lo que queremos para el futuro &mdash;un ascenso, una reconciliaci&oacute;n, un nuevo proyecto, un cambio personal&mdash; pocas veces reparamos en que ser&aacute; precisamente una conversaci&oacute;n (o varias) la que abrir&aacute; la puerta a ese deseo o impedir&aacute; que se haga realidad.
    </p><p class="article-text">
        Tal vez no sea exagerado decir que la calidad de nuestras conversaciones determina la calidad de nuestra vida. Si las mejoramos, mejorar&aacute;n tambi&eacute;n nuestros v&iacute;nculos, nuestras posibilidades, nuestras decisiones y, en &uacute;ltima instancia, nuestra felicidad.
    </p><p class="article-text">
        Conversar bien no es un don reservado a unos pocos. Es una pr&aacute;ctica que podemos aprender, ejercitar y perfeccionar cada d&iacute;a. Porque, despu&eacute;s de todo, la vida misma es eso: una gran conversaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Este es el primero de una serie de art&iacute;culos en los que iremos descubriendo c&oacute;mo podemos mejorar nuestras conversaciones para hacerlas m&aacute;s claras, efectivas y generadoras de posibilidades. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luz Duro Artiach]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/vida-conversacion_129_12390784.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 22 Jun 2025 09:26:08 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[La vida es una conversación]]></media:title>
    </item>
  </channel>
</rss>
