<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:dcterms="http://purl.org/dc/terms/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"  xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" version="2.0">
  <channel>
    <title><![CDATA[elDiario.es - Sonia Fernández Pan]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/sonia-fernandez-pan/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Sonia Fernández Pan]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
    <ttl>10</ttl>
    <atom:link href="https://www.eldiario.es/rss/category/author/1054018" rel="self" type="application/rss+xml"/>
    <item>
      <title><![CDATA[Un lugar sin reglas para el baile y la imaginación política: la memoria escurridiza de las raves]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/musica/lugar-reglas-baile-imaginacion-politica-sirat-destapa-memoria-raves_129_12395063.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/85db6129-1a92-4c7e-82de-0f8e99628b6e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Un lugar sin reglas para el baile y la imaginación política: la memoria escurridiza de las raves"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El estreno de la película 'Sirat', de Oliver Laxe, pone el foco en estas fiestas que encuentran su sentido como acto hedonista de desobediencia civil</p><p class="subtitle">Oliver Laxe sumerge Cannes en una rave política e hipnótica con ‘Sirat’: “Me identifico con el gesto salvaje de los raveros”
</p></div><p class="article-text">
        A <a href="https://www.eldiario.es/cultura/musica/nueva-historia-musica-escrita-pista-baile_1_9821167.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">mi primer club</a> le sigui&oacute; una primera rave. Sin ser lo mismo, durante un tiempo fueron inseparables. Para algunos de nosotros, un lugar era la excusa para ir al otro. Hab&iacute;a quienes s&iacute; sab&iacute;an irse a casa tras el primer baile. Tambi&eacute;n estaban los que nunca pisaban un club antes o despu&eacute;s de una rave. Se negaban a pagar por bailar, por motivos que ten&iacute;an que ver con la propia econom&iacute;a, con una cr&iacute;tica a la fiesta como negocio o con un hedonismo sin horarios, sin reglas externas o sin vigilantes de seguridad. A otros nos fascinaba el cambio de escala: c&oacute;mo la noche se hac&iacute;a de d&iacute;a en la rave, con altavoces, zapatillas y gestos que se llenaban de polvo bailando ritmos a pulsaciones por minuto imposibles dentro de un club. No saber cu&aacute;ndo volver&iacute;amos a casa era parte del exceso y de nuestra distracci&oacute;n indisciplinada.
    </p><p class="article-text">
        Tras el mejor sonido y las luces de discoteca empezaba la siguiente aventura. Segu&iacute;amos instrucciones en <em>flyers </em>desgastados que pasaban de mano en mano o indicaciones que viajaban de boca en boca. Salir de la autopista, avanzar por una carretera secundaria, llegar a un cruce, girar a la izquierda, seguir flechas pintadas a mano y rastrear sonidos en la distancia. Si nos perd&iacute;amos, siempre hab&iacute;a un n&uacute;mero al que llamar. Al llegar, empezaba un delirio que sonaba a /rabe/ y no a /reiv/. Tampoco &eacute;ramos <em>ravers</em>, sino raveros ensayando una y otra vez un entorno pos-apocal&iacute;ptico de herencia punk y est&eacute;tica Mad Max en bosques, descampados, puentes o f&aacute;bricas abandonadas.
    </p><p class="article-text">
        Nuestro no-futuro de ritmos acelerados sin letras suced&iacute;a, a la vez, en el porvenir del sonido y en las afueras de relatos de progreso y crecimiento econ&oacute;mico de un siglo que apenas acababa de empezar. Nuestra desobediencia, al igual que tantas cosas que all&iacute; suced&iacute;an, era relativa. A la salida de la rave nos esperaban la resaca, las obligaciones de la semana y una voluntad confundida entre el deseo de no salir tanto y buscar la siguiente fiesta. Al igual que la m&uacute;sica electr&oacute;nica, tambi&eacute;n habit&aacute;bamos el <em>loop.</em>
    </p><p class="article-text">
        Mientras bail&aacute;bamos sin descanso y sin mucha conciencia pol&iacute;tica, a principios de los dos mil empezaban a traducirse al castellano historias del <em>techno </em>y de la m&uacute;sica de baile. Entre ellas, <em>Estado Alterado: la historia de la cultura del &eacute;xtasis y del acid house</em>, un libro descatalogado de Matthew Collin que leer&iacute;a muchos a&ntilde;os m&aacute;s tarde y en ingl&eacute;s. Entre todo lo que cuenta en primera persona desde la escena brit&aacute;nica, aparecen an&eacute;cdotas sobre raves espont&aacute;neas y masivas que sacaron las pistas de baile y a las autoridades de las ciudades al campo. Leyes como la Criminal Justice and Public Order Act de 1994 aparecer&iacute;an para criminalizar reuniones al aire libre con ritmos repetitivos, seguidas por regulaciones similares pero menos expl&iacute;citas en otros pa&iacute;ses.
    </p><p class="article-text">
        En Catalunya, con la excusa del civismo y de la contaminaci&oacute;n ac&uacute;stica, una ordenanza de 2006 permitir&iacute;a confiscar equipos de sonido y prohibir fiestas que antes se colaban en las ranuras de la ley. En 2018 Matthew Collins publicar&iacute;a <em>Rave On</em>, con un cap&iacute;tulo dedicado a las Zonas Temporalmente Aut&oacute;nomas (TAZ) en Francia, donde se hac&iacute;an tantos <em>teknivales </em>que hac&iacute;an bailar a miles de personas durante d&iacute;as. Y a donde llegaron Spiral Tribe con sus<em> sound systems</em> n&oacute;madas para propagar en Europa lo que el Reino Unido les imped&iacute;a: hacer de la rave una manera de estar en el mundo y un lugar para la imaginaci&oacute;n pol&iacute;tica. Entre sus muchas disidencias, contradecir las l&oacute;gicas sedentarias del estado naci&oacute;n y el silencio en la naturaleza.
    </p><p class="article-text">
        Spiral Tribe son los ancestros directos de una cultura que retrocede hacia delante, insistiendo en el mito como historia. Aunque su apolog&iacute;a del ruido reson&oacute; sobre todo en Francia, cualquier ravero con un m&iacute;nimo de curiosidad sab&iacute;a de su existencia. Puede que hasta el &uacute;nico <em>teknival </em>al que fui estuviese organizado por ellos. Dif&iacute;cil saberlo, pues la memoria de las raves es tan escurridiza como su historia. Si bien la poca historiograf&iacute;a de la cultura rave vuelve una y otra vez a sus momentos espectaculares y medi&aacute;ticos, su entrop&iacute;a tambi&eacute;n estaba hecha de fiestas peque&ntilde;as donde nos conoc&iacute;amos casi todos, movi&eacute;ndonos por un mapa irregular de localizaciones habituales.
    </p><p class="article-text">
        Si los clubes permiten extraviar el yo en los surcos del sonido, las raves eran una oportunidad para bailar con lo m&iacute;nimo. Sin dinero y sin pol&iacute;ticas de entrada, la propia din&aacute;mica acog&iacute;a y rechazaba. Cuando algo fallaba, nos organiz&aacute;bamos para repararlo. Absortos en la m&uacute;sica, delante de una pared de altavoces, no importaban tanto qu&eacute; sonaba o qui&eacute;n pinchaba. Pasadas las horas, la exuberancia grupal daba paso a la apat&iacute;a individual y a una presencia m&aacute;s corporal que otra cosa. Tras la fascinaci&oacute;n inicial, era habitual abandonar la escena al cabo de un tiempo. En la rave no solo practic&aacute;bamos formas de desobediencia civil, tambi&eacute;n ensay&aacute;bamos sentimientos de distop&iacute;a en nuestro entusiasmo por el presente continuo.
    </p><p class="article-text">
        Aunque las raves desobedec&iacute;an sus propias teor&iacute;as y elogios, los postulados de Hakim Bey bailaban con nosotros. Conscientes o no, &eacute;ramos un ejemplo paradigm&aacute;tico de las Zonas Temporalmente Aut&oacute;nomas. Hab&iacute;a quienes busc&aacute;bamos sentido a nuestra desorientaci&oacute;n en el placer. Otros no necesitaban ret&oacute;ricas complementarias para bailar entre turnos en la f&aacute;brica. A diferencia de clubes y festivales, las raves ten&iacute;an conversaciones, c&oacute;digos y generosidad de clase trabajadora. Hechas sin permiso, sin un tiempo y un lugar propios, las TAZ autoorganizan la vida de otra manera: con sus propias estructuras y distanci&aacute;ndose de las relaciones de poder que nos son dadas. Adem&aacute;s de lugares, son estados de &aacute;nimo hechos por quienes est&aacute;n en ellos.
    </p><p class="article-text">
        Ajeno a las raves, el &ldquo;tercer paisaje&rdquo; de Gilles Clement flirtea con ellas. Por lo que el paisaje tiene de ilusi&oacute;n, pero sobre todo por ser lugares residuales entre espacios utilitarios, a la espera de que algo pase y sin una funci&oacute;n concreta. Muchas raves suced&iacute;an y seguir&aacute;n sucediendo en este tipo de espacios, uniendo unas malezas con otras. Pero como sucede con la maleza, cuando crece demasiado se la corta. Es por ello que era importante cuidarnos de hablar demasiado de lo que hac&iacute;amos. Respond&iacute;amos afirmativamente a una pregunta con la que empieza el documental <em>Ex-Taz </em>de Xana&eacute; Bov&eacute;: &ldquo;&iquest;Y si nuestra &uacute;ltima libertad fuera la invisibilidad?&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Eran otros tiempos. Bail&aacute;bamos sin fotos, sin redes sociales, sin capital simb&oacute;lico, sin sacar nada a cambio pero ganando mucho. Confieso que no s&eacute; c&oacute;mo son las raves de ahora, pero a menudo extra&ntilde;o el esp&iacute;ritu de aquel momento. Tampoco s&eacute; si lo que necesitamos ahora mismo son m&aacute;s fiestas, pero s&iacute; mucha desobediencia civil. Como tambi&eacute;n necesitamos una lucha pol&iacute;tica que se parezca a esa manera de bailar: sin pensar tanto nosotros, en nuestra imagen y en nuestra reputaci&oacute;n.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Sonia Fernández Pan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/musica/lugar-reglas-baile-imaginacion-politica-sirat-destapa-memoria-raves_129_12395063.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 20 Jun 2025 20:35:49 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/85db6129-1a92-4c7e-82de-0f8e99628b6e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="14611386" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/85db6129-1a92-4c7e-82de-0f8e99628b6e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="14611386" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Un lugar sin reglas para el baile y la imaginación política: la memoria escurridiza de las raves]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/85db6129-1a92-4c7e-82de-0f8e99628b6e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Música electrónica]]></media:keywords>
    </item>
  </channel>
</rss>
