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    <title><![CDATA[elDiario.es - Sergitz Moreno]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/sergitz-moreno/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Sergitz Moreno]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[La patria viva de Repsol y el país que respira humo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/viento-del-norte/patria-viva-repsol-pais-respira-humo_132_13119152.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/064c08dc-b8a7-46c7-965f-e61c08e459af_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La patria viva de Repsol y el país que respira humo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Durante años, la política energética vasca se ha construido en estrecha relación con los grandes operadores del sector, consolidando un equilibrio en el que las decisiones estratégicas se subordinan a lógicas empresariales que escapan al control democrático"</p></div><p class="article-text">
        En el d&iacute;a del Aberri Eguna conviene detenerse en una imagen de principios de este a&ntilde;o. En la Casa Blanca, Donald Trump reun&iacute;a a las grandes petroleras para decidir qui&eacute;n podr&aacute; operar sobre los recursos energ&eacute;ticos de Venezuela bajo ocupaci&oacute;n estadounidense. Entre los ejecutivos presentes estaba Josu Jon Imaz, antiguo dirigente del nacionalismo vasco y hoy consejero delegado de Repsol. Su intervenci&oacute;n fue pobre y sumisa pero no menos reveladora: agradeci&oacute; a Trump &ldquo;abrir las puertas a una mejor Venezuela&rdquo; y ofreci&oacute; triplicar la producci&oacute;n de la compa&ntilde;&iacute;a. 
    </p><p class="article-text">
        No es s&oacute;lo geopol&iacute;tica en abstracto, sino su forma m&aacute;s cruda: un orden en el que los recursos de los pueblos se negocian sin ellos y en el que las grandes corporaciones no s&oacute;lo se adaptan a ese poder, sino que lo legitiman y lo necesitan. Una fotograf&iacute;a condensa la alianza entre capitalismo f&oacute;sil y poder pol&iacute;tico autoritario, y nos obliga a preguntarnos qu&eacute; significa hoy hablar de patria cuando la soberan&iacute;a deja de ser una capacidad efectiva de decisi&oacute;n y se convierte en un lenguaje &eacute;pico, pero vac&iacute;o, que termina normalizando formas contempor&aacute;neas de vasallaje.
    </p><p class="article-text">
        Tras la invasi&oacute;n de Ucrania y el genocidio en Gaza, seguir hablando de conflictos al margen de la soberan&iacute;a por el control de los recursos energ&eacute;ticos no es un error de an&aacute;lisis, sino una forma de complicidad. Porque lo que all&iacute; se disputa &mdash;el control de la energ&iacute;a, de las rutas, de los mercados&mdash; determina aqu&iacute; cu&aacute;nto nos cuesta la vida, cu&aacute;nto pagamos por vivir. Cada guerra se traduce en precios m&aacute;s altos, en inflaci&oacute;n energ&eacute;tica y en una transferencia de renta desde las mayor&iacute;as sociales hacia quienes controlan ese sistema. Y ese mecanismo tiene nombres y cifras. Seguimos hablando de Repsol, de Josu Jon Imaz, que percibi&oacute; m&aacute;s de 4,7 millones de euros en el &uacute;ltimo ejercicio, en un contexto en el que la propia compa&ntilde;&iacute;a reforzaba su posici&oacute;n dominante en plena crisis energ&eacute;tica. Mientras tanto, en Euskadi, en el pa&iacute;s de Josu Jon Imaz, m&aacute;s de 170.000 personas no han podido mantener una temperatura adecuada en sus hogares durante el &uacute;ltimo invierno. No es s&oacute;lo un dato: es gente que pasa fr&iacute;o en casa. Es la misma l&oacute;gica operando a distintas escalas: acumulando beneficios en la c&uacute;spide y desplazando sus costes hacia la vida de la gente trabajadora. 
    </p><p class="article-text">
        Este Aberri Eguna llega en ese contexto. Durante d&eacute;cadas, las elites pol&iacute;ticas han proyectado Euskadi como un pa&iacute;s mod&eacute;lico, capaz de combinar desarrollo econ&oacute;mico, cohesi&oacute;n social y estabilidad institucional, hasta convertir ese relato en la coartada de su propia continuidad en el poder. Pero ese marco ya no se sostiene. Lo que emerge hoy, en el d&iacute;a de la patria vasca, es una brecha que no es discursiva, sino material, y que atraviesa c&oacute;mo vivimos &mdash;y, con ello, lo que somos&mdash; en un contexto de vulnerabilidad estructural y exposici&oacute;n directa a crisis que no controlamos. En este escenario, el PNV nos habla de &ldquo;ser m&aacute;s naci&oacute;n&rdquo;, mientras Euskadi sigue siendo profundamente dependiente de los combustibles f&oacute;siles y de mercados energ&eacute;ticos vol&aacute;tiles. Nos habla de &ldquo;patria viva&rdquo; mientras permanecemos a la cola de Europa en el despliegue de energ&iacute;as renovables. No es una contradicci&oacute;n: es la prueba de que el relato ha dejado de describir la realidad para empezar a encubrirla. En otras palabras: nos est&aacute;n vendiendo humo.
    </p><p class="article-text">
        Y aqu&iacute;, el humo no es una met&aacute;fora. En Muskiz, la actividad de Petronor &mdash;filial de Repsol&mdash; ha vuelto a hacer visible una realidad que lleva demasiado tiempo siendo normalizada: episodios de contaminaci&oacute;n, alertas tard&iacute;as y una poblaci&oacute;n que, en momentos cr&iacute;ticos, es llamada a encerrarse en sus casas para protegerse de lo que respira. No es un accidente, ni una excepci&oacute;n, sino una expresi&oacute;n material de un modelo energ&eacute;tico concentrado y orientado al beneficio que externaliza sus costes sobre el territorio y sobre las personas. Es un modelo que privatiza las ganancias y socializa los riesgos, que convierte el aire en un problema de salud p&uacute;blica y el entorno en el lugar donde se descargan sus costes.
    </p><p class="article-text">
        No estamos, por tanto, ante una suma de disfunciones, sino ante un modelo que responde a intereses muy concretos. Porque la cuesti&oacute;n de fondo no es s&oacute;lo qu&eacute; modelo energ&eacute;tico tenemos, sino qui&eacute;n lo define. Durante a&ntilde;os, la pol&iacute;tica energ&eacute;tica vasca se ha construido en estrecha relaci&oacute;n con los grandes operadores del sector, consolidando un equilibrio en el que las decisiones estrat&eacute;gicas se subordinan a l&oacute;gicas empresariales que escapan al control democr&aacute;tico. La trayectoria de figuras como Josu Jon Imaz &mdash;de la direcci&oacute;n pol&iacute;tica del pa&iacute;s a la c&uacute;pula de una de las principales compa&ntilde;&iacute;as f&oacute;siles&mdash; no es una anomal&iacute;a, sino la expresi&oacute;n m&aacute;s visible de esa continuidad entre poder pol&iacute;tico y poder econ&oacute;mico. Y en ese paisaje, la transici&oacute;n energ&eacute;tica deja de ser una oportunidad de transformaci&oacute;n para convertirse en un proceso condicionado, limitado y, en demasiadas ocasiones, subordinado a los mismos intereses que han sostenido el modelo anterior.
    </p><p class="article-text">
        Llegados a este punto, lo que est&aacute; en juego es si Euskadi acepta seguir inserta en ese modelo &mdash;dependiente, desigual y cada vez m&aacute;s vulnerable&mdash; o si decide disputarlo. No se trata de un debate t&eacute;cnico ni de una transici&oacute;n inevitablemente lenta, sino de una decisi&oacute;n sobre el rumbo del pa&iacute;s: si la energ&iacute;a seguir&aacute; siendo un mecanismo de extracci&oacute;n de riqueza al servicio de unos pocos o si pasa a convertirse en un bien com&uacute;n orientado a garantizar condiciones de vida dignas para la mayor&iacute;a. Hablar de soberan&iacute;a en el siglo XXI no puede significar otra cosa que esto: capacidad real para decidir sobre los recursos que sostienen la vida, para planificar el modelo productivo y para proteger a la sociedad frente a las crisis que ya est&aacute;n aqu&iacute;. 
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; por eso, este Aberri Eguna no puede limitarse a repetir consignas. La primera vez que se celebr&oacute;, en 1932, lo hizo con la ilusi&oacute;n de un pueblo que empezaba a pensarse libre. Hoy, casi un siglo despu&eacute;s, Euskadi o Euskal Herria es una pregunta compartida que ha madurado, se ha diversificado, se ha cruzado con otras, se ha llenado de rostros, personas y luchas nuevas. Hoy la patria es posibilidad, presente y disputa de un futuro colectivo, no propiedad privada de ninguna petrolera ni de ning&uacute;n partido pol&iacute;tico. Si algo nos ense&ntilde;a en definitiva, el tiempo que vivimos, es que la patria no es una herencia ni una bandera, sino una construcci&oacute;n concreta que se mide en derechos, en condiciones de vida y en capacidad de decisi&oacute;n. Por eso, reivindicar este Aberri Eguna s&oacute;lo tiene sentido desde ah&iacute;: no como afirmaci&oacute;n de lo que somos, sino como compromiso con lo que queremos ser.
    </p><p class="article-text">
        Una matria que no se invoque, sino que se ejerza. Que no se mida en s&iacute;mbolos, sino en la capacidad de garantizar condiciones materiales de vida dignas: que nadie tenga que elegir entre calentarse en invierno o llegar a fin de mes; que ning&uacute;n territorio sea sacrificado en nombre de beneficios privados; que el futuro del pa&iacute;s no se decida fuera de la sociedad que lo sostiene. Una aberri viva que acoja, que cuide, que no sea metaf&iacute;sica ni est&eacute; hecha de humo ni de tela.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Sergitz Moreno]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/viento-del-norte/patria-viva-repsol-pais-respira-humo_132_13119152.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 04 Apr 2026 19:46:42 +0000]]></pubDate>
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      <title><![CDATA[El futuro es queer: Orgullo con todas las letras]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/viento-del-norte/futuro-queer-orgullo-letras_132_12421583.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/4f659064-4d11-45ba-8843-fb40b86ed2fa_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El futuro es queer: Orgullo con todas las letras"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Reducir una sigla puede parecer un detalle menor, pero aquí lo simbólico no es accesorio ni decorativo: es estructural. Porque cuando lo queer desaparece del lenguaje institucional, no es la gramática lo que se reduce, sino el campo de lo posible</p></div><p class="article-text">
        Todo comienza por una letra que les sobra, pero quien empieza borrando una realidad termina allanando el camino para borrarnos a todas las personas. Lo ocurrido en Gasteiz la semana pasada con motivo del Orgullo es la expresi&oacute;n coherente de una deriva: el Partido Socialista, de la mano del Partido Popular, firm&oacute; una declaraci&oacute;n institucional eliminando la letra Q del acr&oacute;nimo LGTBIQA+. Lo hizo mutilando el texto elaborado por Berdindu &mdash;el servicio p&uacute;blico de atenci&oacute;n a la diversidad sexual y de g&eacute;nero&mdash;, dejando fuera al resto de grupos municipales, y aline&aacute;ndose con el partido que se manifest&oacute; junto a la Conferencia Episcopal contra el matrimonio igualitario, y que durante d&eacute;cadas ha sostenido y sigue difundiendo bulos contra las infancias trans.
    </p><p class="article-text">
        Reducir una sigla puede parecer un detalle menor, pero aqu&iacute; lo simb&oacute;lico no es accesorio ni decorativo: es estructural. Porque cuando lo <em>queer </em>desaparece del lenguaje institucional, no es la gram&aacute;tica lo que se reduce, sino el campo de lo posible: nos est&aacute;n diciendo que el conflicto real no es con quienes votaron en contra de la Ley Trans, sino con quienes encarnan las formas de vida que esa ley protege. Pero esta historia no empieza aqu&iacute;. Lo de Gasteiz no es una an&eacute;cdota, sino el reflejo local de una tendencia global: la rendici&oacute;n progresiva del PSOE ante los marcos culturales y discursivos de la reacci&oacute;n conservadora.
    </p><p class="article-text">
        En los &uacute;ltimos a&ntilde;os hemos asistido a una secuencia sostenida de retrocesos dirigidos contra las personas trans, intersexuales y no binarias en contextos donde los derechos se empezaban a dar por consolidados. En Estados Unidos, la administraci&oacute;n de Trump ha reinstaurado la obligaci&oacute;n de declarar el sexo asignado al nacer en los pasaportes, forzando a miles de personas a portar un documento que no s&oacute;lo niega su identidad, sino que las expone, limita su libertad y vulnera su seguridad. En Reino Unido, una reciente sentencia ha excluido a las mujeres trans de la definici&oacute;n jur&iacute;dica de &ldquo;mujer&rdquo; con el aplauso c&iacute;nico de J.K. Rowling, que brind&oacute; la p&eacute;rdida de derechos con un puro en la mano, convertida ya en s&iacute;mbolo grotesco de una cruzada contra las mujeres trans. En Hungr&iacute;a, la marcha del Orgullo se encuentra en riesgo ante las amenazas del gobierno de Viktor Orb&aacute;n, que contin&uacute;a ampliando su ofensiva autoritaria y liberticida bajo el barniz de la moral y la censura. Y en Espa&ntilde;a, territorios como Madrid y el Pa&iacute;s Valenci&agrave; han impulsado reformas legislativas que erosionan los derechos conquistados e impiden a asociaciones LGTBIQA+ realizar su trabajo con garant&iacute;as.
    </p><p class="article-text">
        Ahora bien, es importante se&ntilde;alar que la ofensiva contra las personas trans no es un fin en s&iacute; mismo, sino un punto de entrada: un spoiler pol&iacute;tico de lo que est&aacute; por venir. Quienes ego&iacute;stamente se consuelen pensando que la regresi&oacute;n se detendr&aacute; ah&iacute; &mdash;como si los retrocesos pudieran administrarse&mdash; tristemente se equivocan. La ola reaccionaria ha se&ntilde;alado a las personas trans como su principal objetivo porque ha detectado en ellas el eslab&oacute;n m&aacute;s d&eacute;bil desde el que abrir una grieta: una oportunidad para dividir a los feminismos, fracturar el campo progresista y ensanchar el margen de lo odiable. Y lo hace con eficacia quir&uacute;rgica, delegando la primera embestida en un movimiento transexcluyente que no es m&aacute;s que una mala copia, una versi&oacute;n subcontratada y cutre del proyecto original: el avance de los discursos, partidos y organizaciones de extrema derecha. Mientras estos ganan poder institucional en gobiernos, ocupan espacios medi&aacute;ticos y capturan estamentos clave del Estado, otros les abren el camino disfrazando de &ldquo;debate leg&iacute;timo&rdquo; lo que no es m&aacute;s que una forma refinada de deshumanizaci&oacute;n. Y cuando el proyecto reaccionario se despliegue por completo en gobiernos, medios, leyes y cuerpos, ya no importar&aacute; qui&eacute;n fue la feminista cl&aacute;sica, qui&eacute;n la posmoderna y qui&eacute;n la radical; tampoco qui&eacute;n call&oacute; por prudencia o qui&eacute;n se desmarc&oacute; por c&aacute;lculo. Porque el objetivo no es s&oacute;lo una letra ni una identidad concreta, sino el colapso del tejido com&uacute;n que hace posibles nuestros derechos, nuestras alianzas y nuestras propias vidas.
    </p><p class="article-text">
        En el contexto de avance de la extrema derecha, que arrasa sin pesta&ntilde;ear derechos y vidas humanas, mientras contemplamos en tiempo real la impunidad con la que se comete un genocidio en Gaza &mdash;amparado, en muchos casos, por un <em>pinkwashing </em>que instrumentaliza a las personas LGTBIQA+ como coartada para la ocupaci&oacute;n y la violencia&mdash; no hay margen para la ambig&uuml;edad: la &uacute;nica posici&oacute;n coherente para las fuerzas democr&aacute;ticas es un compromiso valiente, sin matices, con los derechos humanos en toda su radicalidad. En este escenario, eliminar una sigla no es un gesto simb&oacute;lico ni una cuesti&oacute;n de forma: es una rendici&oacute;n y capitulaci&oacute;n pol&iacute;tica. Porque detr&aacute;s de cada letra hay personas concretas, historias y memorias vulneradas, cuerpos que han resistido. Personas que no necesitan el permiso de nadie para ser, pero que s&iacute; exigen reconocimiento institucional para poder desarrollar sus vidas con dignidad. Esa es la respuesta que debemos dar desde cada instituci&oacute;n, desde cada rinc&oacute;n, desde cada espacio: reconocimiento y ampliaci&oacute;n de derechos.
    </p><p class="article-text">
        Y, sin embargo, en este espejismo de modernidad que nuestros dirigentes han levantado en torno a Euskadi &mdash;ese relato autocomplaciente de pa&iacute;s avanzado y perfectamente gestionado, envuelto en banderas arco&iacute;ris y manifestaciones reconvertidas en reclamo tur&iacute;stico&mdash;, lo esencial y reclamado por los colectivos sigue sin llegar. Euskadi es hoy la &uacute;nica comunidad del Estado que ni ha aprobado ni ha iniciado la tramitaci&oacute;n de una ley integral LGTBIQA+. La excepci&oacute;n vasca, lejos de explicarse por obst&aacute;culos t&eacute;cnicos, &uacute;nicamente puede entenderse como lo que es: una renuncia prolongada y una forma de abandono institucional. Mientras el Gobierno Vasco aplaza la ley, el Ararteko y el Euskal LGBTIAQ+ Behatokia llevan a&ntilde;os alertando &mdash;sin respuesta efectiva&mdash; del aumento sostenido de los discursos y delitos de odio por raz&oacute;n de orientaci&oacute;n sexual, identidad y/o expresi&oacute;n de g&eacute;nero. En ese silencio, por tanto, lo que se posterga no es sino la obligaci&oacute;n de proteger a quienes siguen siendo blanco de la violencia.
    </p><p class="article-text">
        Pero la sociedad vasca sigue hoy muy por delante de su Gobierno dormido. La nuestra es una sociedad orgullosamente diversa, mayoritariamente progresista y defensora de los derechos humanos. Ante quienes sue&ntilde;an con borrarnos, las personas LGTBIQA+ y quienes est&aacute;n a su lado, sabemos que nuestras vidas no son una concesi&oacute;n ni una excepci&oacute;n, sino parte irrenunciable del relato colectivo de este pa&iacute;s. Lo sabemos porque venimos de Francis, de Ekai o de Mikela, y tambi&eacute;n de Samuel y de Sara Millerey, que nos recuerdan con sus vidas, sus luchas y sus ausencias, que no estamos aqu&iacute; por concesi&oacute;n, sino por un ejercicio de pura resistencia y de victorias compartidas.
    </p><p class="article-text">
        Y es que, si hoy hemos llegado hasta aqu&iacute;, es porque hubo quienes se atrevieron a romper el cristal. Porque dos mujeres trans, racializadas, militantes, trabajadoras sexuales, reinas de la noche y de la calle, Sylvia Rivera y Marsha P. Johnson, arrojaron un vaso de chupito e iniciaron una revuelta en el tugurio neoyorquino de Stonewall, hace exactamente 56 a&ntilde;os. Hoy sabemos que no habr&iacute;a Orgullo sin las mujeres trans, y que en este presente, precisamente, es en su libertad donde nos jugamos la libertad y los derechos de todas las personas. 
    </p><p class="article-text">
        Las, los y &mdash;tambi&eacute;n&mdash; les socialistas del futuro, se arrepentir&aacute;n siempre de haber eliminado una sigla en su &uacute;ltimo Congreso Federal. Sus dirigentes vascos y estatales acabar&aacute;n por avergonzarse de haber pactado, asumido y reproducido el relato de la ultraderecha  que, como denuncia Carla Antonelli, borra y excluye a las personas trans empuj&aacute;ndolas y arrastr&aacute;ndolas a los m&aacute;rgenes. Frente a ellos, quienes estamos en el lado correcto de la historia, seguiremos construyendo alianzas rebeldes y con hambre de futuro. Y es que sabemos, en definitiva, que no habr&aacute; futuro si no lo hay para todes.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Azahara Artacho Botella, Sergitz Moreno]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/viento-del-norte/futuro-queer-orgullo-letras_132_12421583.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 27 Jun 2025 19:46:52 +0000]]></pubDate>
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