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    <title><![CDATA[elDiario.es - Pablo Sar]]></title>
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      <title><![CDATA[Los que no aplauden: víctimas invisibilizadas por los macrofestivales]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/caballodenietzsche/macrofestivales-animales-silvestres-ruido-luces_132_12484199.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/adf08a14-7bb1-49f2-9a56-d2a0fd486614_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los que no aplauden: víctimas invisibilizadas por los macrofestivales"></p><p class="article-text">
        En las &uacute;ltimas semanas, la imagen id&iacute;lica de los macrofestivales a nivel estatal ha empezado a resquebrajarse. Por un lado, la presi&oacute;n social ha llevado a varios ayuntamientos y promotoras a <a href="https://www.eldiario.es/cultura/musica/cartel-ocho-bajas-quejas-asistentes-fib-edicion-polemica-fondo-proisraeli-kkr_1_12466666.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">tomar distancia de eventos vinculados al fondo KKR</a>, accionista mayoritario de Superstruct Entertainment, acusado de financiar empresas de armamento implicadas en la masacre que el Estado de Israel est&aacute; cometiendo en Gaza. Por otro, se hicieron p&uacute;blicas informaciones de que el Vi&ntilde;a Rock hab&iacute;a contratado supuestametne a personal relacionado en el pasado con Desokupa, un grupo con historial de violencia y acoso a familias vulnerables. 
    </p><p class="article-text">
        Pero lo verdaderamente preocupante es que estos no son incidentes aislados ni errores puntuales. Son solo la superficie de un modelo de festival que conlleva impactos negativos mucho m&aacute;s profundos. Uno de los m&aacute;s ignorados &ndash;y a menudo invisibilizados&ndash; es el que sufren los animales salvajes que habitan en las zonas donde se celebran estos eventos. Porque, aunque no tengan entrada ni escenario, tambi&eacute;n acaban pagando el precio del festival.
    </p><p class="article-text">
        Cada vez que se levanta un escenario y los decibelios sacuden los &aacute;rboles o las dunas, hay individuos no humanos que huyen, se estresan o, directamente, mueren. Y es que los festivales al aire libre generan niveles extremos de contaminaci&oacute;n ac&uacute;stica. En Reino Unido, un estudio mostr&oacute; que el simple hecho de reproducir m&uacute;sica estruendosa reduc&iacute;a casi a la mitad la actividad de ciertos murci&eacute;lagos. En Almer&iacute;a, durante el Festival Alamar celebrado en 2024, varias gacelas mohor y arru&iacute;s saharauis en cautividad murieron: entraron en un estado de agitaci&oacute;n extrema, colapsaron y fallecieron por el estr&eacute;s. Y no, no es una exageraci&oacute;n. En Florida, durante el Ultra Music Festival, se registraron niveles de ruido que dispararon el cortisol &ndash;la hormona del estr&eacute;s&ndash; en peces hasta valores comparables a una persecuci&oacute;n mortal. Tambi&eacute;n los insectos lo notan: en el Festival de Ortigueira, informes t&eacute;cnicos advierten que el ruido altera gravemente espacios habitados por mariposas nocturnas, grillos, escarabajos y ciervos volantes, dificultando su desplazamiento, su comunicaci&oacute;n y su capacidad para sobrevivir.
    </p><p class="article-text">
        El ruido no es inocuo. Interrumpe cantos, anula alarmas, descompone ritmos vitales y empuja a muchos animales al l&iacute;mite. Pagan un coste enorme para que disfrutemos. Y eso solo por el sonido.
    </p><p class="article-text">
        Cuando llegan las luces, la cosa no mejora. La contaminaci&oacute;n lum&iacute;nica es otro golpe, m&aacute;s silencioso si cabe. Las luces intensas desorientan a animales nocturnos y migratorios: muchas aves abandonan sus nidos presas del p&aacute;nico, o las tortugas neonatas se alejan del mar, confundidas por la iluminaci&oacute;n artificial.
    </p><p class="article-text">
        A esto se suman los fuegos artificiales, frecuentes en muchos festivales. Agravan el caos con explosiones s&uacute;bitas y destellos violentos. En algunos eventos veraniegos, especialmente cerca de humedales o zonas costeras, se ha documentado c&oacute;mo individuos de especies como los cormoranes huyen despavoridas y abandonan sus nidadas tras las detonaciones. Y el impacto no termina con el &uacute;ltimo aplauso: los fuegos no solo asustan, tambi&eacute;n liberan metales pesados que se acumulan en suelos y aguas. El problema no se esfuma cuando se apagan las luces. Permanece durante semanas.
    </p><p class="article-text">
        La infraestructura tampoco es inocente. Para montar un festival hay que allanar, vallar, abrir caminos, talar, compactar. En 2022, el festival MEO, en la costa portuguesa, arras&oacute; m&aacute;s de 18.000 m&sup2; de vegetaci&oacute;n dunar: m&aacute;s de un tercio de la zona. Esa p&eacute;rdida de espacios habitados no se repara en dos d&iacute;as. Deja huellas duraderas: el suelo se vuelve m&aacute;s fr&aacute;gil, la vegetaci&oacute;n tarda en regenerarse y los refugios, rutas habituales y fuentes de alimento de quienes viven all&iacute; desaparecen o se deterioran.
    </p><p class="article-text">
        Y a&uacute;n hay m&aacute;s. A ese impacto f&iacute;sico se suma la presi&oacute;n de las multitudes: miles de personas acampando, caminando sin control, cruzando senderos improvisados, usando linternas y generando ruido constante. Cada pisada compacta el terreno un poco m&aacute;s. Cada presencia prolongada empuja a numerosos animales a huir. Muchos ya no regresan, puesto que su espacio ha dejado de ser habitable.
    </p><p class="article-text">
        Y despu&eacute;s queda la basura: colillas, latas, pl&aacute;sticos, restos de comida. En 2022, m&aacute;s de 800 festivales generaron unas 700 toneladas de residuos. Buena parte acab&oacute; en r&iacute;os, playas y suelos, afectando a peces, insectos y aves. Solo en 2024 se celebraron m&aacute;s de 1.000 festivales a nivel estatal. La huella que eso deja no es precisamente ef&iacute;mera.
    </p><p class="article-text">
        Frente a todo esto, existen herramientas legales que podr&iacute;an detener esta rueda. La Ley estatal de Bienestar Animal, en vigor desde 2023, proh&iacute;be expresamente los espect&aacute;culos que generen angustia, dolor o sufrimiento a animales domesticados o en cautividad. Aunque esta ley no se ha aplicado directamente a animales silvestres en libertad, su esp&iacute;ritu es claro: evitar que la diversi&oacute;n humana se construya sobre el sufrimiento de otros individuos. Hasta ahora se ha utilizado sobre todo en actividades de entretenimiento &ndash;como circos o ferias&ndash;, pero marca una direcci&oacute;n pol&iacute;tica y normativa que podr&iacute;a extenderse a contextos de impacto indirecto, como los macroeventos celebrados en entornos naturales.
    </p><p class="article-text">
        Si un festival provoca que individuos no humanos huyan, colapsen o mueran como consecuencia del mismo, no se trata solo de un da&ntilde;o colateral: es un impacto evitable y, por tanto, potencialmente sancionable. En estos casos, tambi&eacute;n entran en juego otras normas con fuerza legal plena, como la Ley 42/2007 del Patrimonio Natural y la Biodiversidad, que obliga a proteger los espacios habitados por individuos de especies protegidas o sensibles, y a evitar alteraciones que afecten a sus lugares de cr&iacute;a, descanso o paso. A su vez, las directivas europeas que regulan la Red Natura 2000 proh&iacute;ben expresamente cualquier intervenci&oacute;n que modifique de forma significativa estos entornos. A esto se suman los compromisos internacionales asumidos por el Gobierno en el marco de la Agenda 2030, que incluyen la responsabilidad de no seguir da&ntilde;ando a los animales ni los espacios que habitan para sostener privilegios humanos.
    </p><p class="article-text">
        Desde esta perspectiva, permitir festivales en dunas costeras, zonas de cr&iacute;a o humedales vulnerables no solo es irresponsable, sino tambi&eacute;n posiblemente ilegal. Las administraciones locales y auton&oacute;micas tienen margen real de actuaci&oacute;n: pueden establecer zonas de exclusi&oacute;n, limitar aforos y horarios, prohibir pirotecnia y luces invasivas, o exigir evaluaciones de impacto ambiental &ndash;incluso en eventos temporales&ndash; como condici&oacute;n para autorizar su celebraci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        En definitiva, estas herramientas legales ya existen y est&aacute;n al alcance de las instituciones. Solo hace falta voluntad pol&iacute;tica para aplicarlas con firmeza. No se trata de acabar con la m&uacute;sica ni con la celebraci&oacute;n colectiva. Se trata de entender que compartir un territorio implica considerar a todos quienes lo habitan. Un festival puede ser disfrute para miles, pero tambi&eacute;n sufrimiento &ndash;y muerte&ndash; para muchos m&aacute;s animales salvajes. Seres que sienten, con intereses propios. Por ello, la cultura no puede construirse sobre el sufrimiento de los m&aacute;s vulnerables, sean humanos o no. Porque, si bailar nos cuesta vidas&hellip;, tal vez sea hora de parar la m&uacute;sica y escuchar lo que nos rodea.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Pablo Sar]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/caballodenietzsche/macrofestivales-animales-silvestres-ruido-luces_132_12484199.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 23 Jul 2025 04:00:45 +0000]]></pubDate>
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