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    <title><![CDATA[elDiario.es - Nora Vázquez]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/nora-vazquez/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Nora Vázquez]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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    <item>
      <title><![CDATA[Café de hospital]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/viento-del-norte/cafe-hospital_132_13527880.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/181a9fb2-10b4-4c49-bbfb-5c5aec99829f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x570y258.jpg" width="1200" height="675" alt="Café de hospital"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Han querido convertir la enfermedad en un negocio rentable. Pero mientras queden personas en el hospital dispuestas a regalar su última moneda para templarle el alma a quien tiembla, el sistema podrá crujir, pero no vencerá"</p></div><p class="article-text">
        La m&aacute;quina de caf&eacute; de la segunda planta nunca descansa. Vive en ese rinc&oacute;n donde se apaga el rumor de las visitas y empieza el silencio largo de la noche, justo al lado de las puertas que nadie quiere cruzar. Es un trasto viejo de chapa gris, lleno de ara&ntilde;azos y de esquinas abolladas, que tiembla con un zumbido sordo y constante, como si a ella misma le costara respirar. A simple vista parece poca cosa: un caj&oacute;n met&aacute;lico para enga&ntilde;ar al sue&ntilde;o entre sueros y camillas. Pero si una se sienta a mirarla con la lucidez limpia del desvelo, descubre que esa m&aacute;quina es un secreto del hospital, y tambi&eacute;n el reflejo m&aacute;s crudo de todo lo que dejamos que nos quitaran sin hacer ruido.
    </p><p class="article-text">
        Lleva en un costado, mal pegada sobre la pintura gastada, la pegatina brillante de una empresa privada. Es la peque&ntilde;a marca de nuestra propia derrota. Hubo un tiempo en que la guardia ol&iacute;a al caf&eacute; de cafetera que el personal tra&iacute;a de casa, a termo compartido en la salita. Hoy, en cambio, hemos permitido que nos cobren hasta el consuelo. Dejamos que entraran los mercaderes a ponerle precio a la madrugada, subcontratando la tregua a cambio de una moneda que cae en un pozo sin fondo. Un euro por un chorro negro y amargo, servido en un vaso de papel fino que te quema los dedos y no te quita el fr&iacute;o. Y as&iacute;, sorbo a sorbo, nos hemos ido acostumbrando a que la sanidad se encoja, a que falten manos en los pasillos y sobren n&uacute;meros en los despachos, exigiendo milagros diarios a quienes sostienen las paredes con la pura fuerza de sus espaldas.
    </p><p class="article-text">
        Frente a esa rendija gastada desfilan todas las vidas que caben en una noche. 
    </p><p class="article-text">
        Llega primero una enfermera arrastrando los zuecos sobre el lin&oacute;leo. Lleva el pijama verde arrugado, el pelo recogido de cualquier manera y un cansancio cosido a la mirada. Viene de doblar el turno porque no hay relevo, de apretar la mano de un desconocido que se apagaba en la cama cuatro y de mirar a los ojos a una familia rota. Y, sin embargo, mientras su dedo duda frente a la botonera, su cabeza no se va al abismo ni a las grandes preguntas sobre la muerte. Su mente vuela hacia las cosas diminutas, hacia la vida de verdad. Piensa en que olvid&oacute; sacar la comida del congelador, en que la lavadora se qued&oacute; sin tender y en que ma&ntilde;ana no llegar&aacute; a tiempo para llevar a su hijo al colegio. Porque el dolor ajeno pesa tanto que el cerebro, para no partirse en dos, se agarra al clavo ardiendo de lo cotidiano. Se bebe ese caf&eacute; malo de pie, a peque&ntilde;os tragos, no para despertar, sino para apagar la rabia de sentirse invisible en un sistema que la aplaude en los discursos y la desampara en las noches de invierno.
    </p><p class="article-text">
        Unos minutos m&aacute;s tarde se acerca un hombre con la chaqueta desabrochada y las manos hundidas en los bolsillos. Su mujer est&aacute; al otro lado del cristal, peleando contra una tormenta que nadie vio venir. El hombre mira la m&aacute;quina como si estuviera ante un altar pagano. Duda entre pulsar caf&eacute; solo o caf&eacute; con leche, y en esa elecci&oacute;n absurda pone toda su fe, con ese miedo infantil que nos susurra que, si nos equivocamos de bot&oacute;n, el mundo perder&aacute; el equilibrio y saldr&aacute; el m&eacute;dico a darnos la mala noticia. Y mientras espera a que caiga el vaso, recuerda con una punzada en el pecho la discusi&oacute;n de ayer por una tonter&iacute;a, por qui&eacute;n bajaba la basura o por una palabra dicha con prisa. Qu&eacute; ciegos vivimos cuando la salud nos acompa&ntilde;a, qu&eacute; tontos nos volvemos crey&eacute;ndonos eternos, hasta que una sala de espera nos ense&ntilde;a de golpe que todo lo que nos quitaba el sue&ntilde;o no val&iacute;a absolutamente nada.
    </p><p class="article-text">
        De repente, la m&aacute;quina tose, traga la moneda del hombre y se queda en blanco, muda y parada, sin soltar el vaso ni devolver el cambio. El hombre se queda mirando la ranura vac&iacute;a con los hombros ca&iacute;dos y los ojos vidriosos, a punto de romperse por esa estafa min&uacute;scula que en ese instante se siente como el golpe de gracia.
    </p><p class="article-text">
        La enfermera, que apura su trago apoyada en la pared, lo ve todo. No le pregunta qu&eacute; le pasa. No hace falta hablar cuando el miedo huele igual en todas partes. Rebusca en el bolsillo de su bata, saca su &uacute;ltima moneda, da un paso al frente y la echa en la ranura sin decir palabra. Aprieta el bot&oacute;n por &eacute;l. El caf&eacute; sabe a pl&aacute;stico quemado, a polvo y a desd&eacute;n comercial. Pero el calor traspasa el cart&oacute;n y templa las manos. Nos han vendido las m&aacute;quinas, nos han regateado los recursos y han querido convertir la enfermedad en un negocio rentable. Pero mientras haya dos extra&ntilde;os capaces de mirarse de frente en un pasillo oscuro, mientras queden personas en el hospital dispuestas a regalar su &uacute;ltima moneda para templarle el alma a quien tiembla, el sistema podr&aacute; crujir, pero no vencer&aacute;. Porque en ese gesto hay algo que merece la pena defender: cuidarnos los unos a los otros antes de que empiece a clarear.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Nora Vázquez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/viento-del-norte/cafe-hospital_132_13527880.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 22 Sep 2026 19:46:18 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Café de hospital]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Whitechapel]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/viento-del-norte/whitechapel_132_13458399.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f0a37142-19d7-43a9-a924-806c5252b8b0_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x756y837.jpg" width="1200" height="675" alt="Whitechapel"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Convivir no significa aplaudirlo todo. Eso no sería tolerancia. Sería indiferencia"</p></div><p class="article-text">
        Una amiga dice que tengo una especie de TOC para viajar. Yo pienso que seguro para m&aacute;s cosas. Lo llamo con esa ligereza y frivolidad con la que hemos terminado llamando TOC a comprobar dos veces si cerramos la puerta, man&iacute;a a una costumbre y trauma a un mal martes. Mal llamado o bien llamado, qui&eacute;n sabe. Yo ya no s&eacute; muy bien en qu&eacute; clasificaci&oacute;n ando. Casi seguro que alguna me corresponde y de las irreversibles.
    </p><p class="article-text">
        El caso es que cuando regreso a una ciudad no busco un lugar nuevo. Vuelvo. A la misma zona. A las mismas calles. Si puedo, casi a la misma esquina.
    </p><p class="article-text">
        Me ocurre en muchos lugares, pero Londres fue quien me descubri&oacute; la man&iacute;a. La primera vez que fui me hosped&eacute; en Whitechapel y desde entonces, cuando regreso, vuelvo all&iacute; a pasar las noches.
    </p><p class="article-text">
        Ya s&eacute; que Londres es inmensa. Que tiene barrios de postal, hoteles desde cuyas ventanas parece que el T&aacute;mesis ha sido colocado expresamente para el hu&eacute;sped, calles elegantes, jardines perfectos y lugares mucho m&aacute;s c&eacute;ntricos donde una podr&iacute;a desayunar sinti&eacute;ndose protagonista de una pel&iacute;cula inglesa.
    </p><p class="article-text">
        Pero yo vuelvo a Whitechapel. Por romanticismo. Por costumbre. Por fijaci&oacute;n. O quiz&aacute; porque algunas ciudades son demasiado grandes para quererlas enteras y necesitamos empezar queriendo una esquina.
    </p><p class="article-text">
        Whitechapel tiene adem&aacute;s la mala suerte de ser conocida por un hombre que asesinaba mujeres. Jack el Destripador consigui&oacute; que m&aacute;s de un siglo despu&eacute;s muchos recorran estas calles buscando fantasmas. A m&iacute; siempre me ha parecido una injusticia que cinco mujeres asesinadas acabaran convertidas en decorado tur&iacute;stico y que el asesino, cuyo nombre ni siquiera conocemos, consiguiera quedarse con la leyenda.
    </p><p class="article-text">
        Pero Whitechapel estaba aqu&iacute; antes que &eacute;l. Y continu&oacute; despu&eacute;s. Llegaron durante generaciones quienes aterrizaban en Londres con m&aacute;s necesidad que equipaje. Jud&iacute;os que hu&iacute;an de la persecuci&oacute;n nazi, irlandeses, bengal&iacute;es, afganas, palestinos, indios y tantos otros fueron dejando idiomas, comercios, cocinas, templos y nostalgias en este pedazo del East End. 
    </p><p class="article-text">
        La geopol&iacute;tica es una palabra elegante para algunas cosas terribles. Cerca de ah&iacute; se fund&iacute;an campanas; de la hist&oacute;rica Whitechapel Bell Foundry salieron algunas que acabar&iacute;an sonando muy lejos de estas calles. El barrio siempre tuvo algo de eso: fabricar cosas capaces de viajar m&aacute;s lejos que quienes las hicieron.
    </p><p class="article-text">
        Basta caminar por all&iacute; para entender que las fronteras son una invenci&oacute;n bastante m&aacute;s ordenada que la humanidad. Whitechapel huele. Y eso es un elogio.
    </p><p class="article-text">
        Huele a especias, a fruta, a aceite, a comida que una no sabe nombrar. Los puestos se desparraman por la calle con vestidos indios, telas, tel&eacute;fonos, cachivaches, verduras, maletas y objetos cuya utilidad desconoces hasta que alguien consigue convencerte de que llevabas toda la vida necesit&aacute;ndolos.
    </p><p class="article-text">
        Hay hiyabs.
    </p><p class="article-text">
        Hay abayas.
    </p><p class="article-text">
        Hay hombres saliendo de la mezquita.
    </p><p class="article-text">
        Hay trabajadoras que hablan un ingl&eacute;s que Londres ha aprendido a pronunciar con cien acentos.
    </p><p class="article-text">
        Hay muchachas nacidas all&iacute; cuyos padres nacieron all&aacute; y que probablemente est&eacute;n cansados de que alguien les pregunte de d&oacute;nde son <em>realmente</em>.
    </p><p class="article-text">
        Y hay regateo.
    </p><p class="article-text">
        Ah&iacute; entro yo.
    </p><p class="article-text">
        Me encanta.
    </p><p class="article-text">
        Pregunto cu&aacute;nto cuesta algo que seguramente no necesito. Me dicen una cantidad. Pongo cara de haber sido personalmente traicionada. Ofrezco otra que considero una obra maestra de la negociaci&oacute;n internacional. El vendedor se lleva la mano al pecho como si mi propuesta fuera a arruinar a tres generaciones de su familia.
    </p><p class="article-text">
        Nos miramos.
    </p><p class="article-text">
        Sonre&iacute;mos.
    </p><p class="article-text">
        Seguimos.
    </p><p class="article-text">
        Finalmente salgo triunfante con mi cachivache.
    </p><p class="article-text">
        Durante cinco minutos camino convencida de haber derrotado al capitalismo mundial. &Eacute;l probablemente se queda pensando que acaba de vender por quince libras algo que val&iacute;a siete. Los dos felices. Eso tambi&eacute;n es convivencia.
    </p><p class="article-text">
        No la que aparece en los discursos, sino la peque&ntilde;a: negociar, rozarse, molestarse, aprender d&oacute;nde comprar el pan, reconocer a la mujer del puesto, saber qu&eacute; calle tomar cuando llueve, descubrir qu&eacute; esquina evitar de madrugada.
    </p><p class="article-text">
        Camino desde Whitechapel hacia la Torre de Londres con esa absurda seguridad con la que una atraviesa el barrio donde naci&oacute;. Doblo una calle antes de pensarla. Reconozco fachadas. S&eacute; hacia d&oacute;nde queda el r&iacute;o.
    </p><p class="article-text">
        No soy de all&iacute;. Y, sin embargo, durante unas horas mi cuerpo cree que s&iacute;. Me gusta esa sensaci&oacute;n. Hacer m&iacute;o un lugar sin poseerlo. Quiz&aacute; pertenecer sea precisamente eso. No tener escrituras. Tener memoria. Saber d&oacute;nde doblar. Reconocer un olor. Echar de menos una calle. Unas miradas, una amabilidad aut&oacute;ctona, sonrisas, tambi&eacute;n titubeos. All&iacute; Londres es profundamente londinense precisamente porque parece venir de todas partes.
    </p><p class="article-text">
        Tiene algo de zoco de T&aacute;nger, algo de mercado de Delhi, algo del olor de El Cairo y algo irrepetiblemente brit&aacute;nico: ese autob&uacute;s rojo que atraviesa tranquilamente la mezcla como si llevara siglos sabiendo que una ciudad consiste precisamente en esto. 
    </p><p class="article-text">
        Pero no debemos idealizarlo. La diversidad queda preciosa escrita en una taza. Vivirla es bastante m&aacute;s dif&iacute;cil. No todo lo diferente es bueno por el hecho de ser diferente. No toda tradici&oacute;n merece respeto s&oacute;lo porque sea antigua.
    </p><p class="article-text">
        Hay costumbres que enriquecen y costumbres que someten. Hay creencias que consuelan y creencias utilizadas para vigilar el cuerpo, la sexualidad o la libertad de otras personas.
    </p><p class="article-text">
        Puedo fascinarme ante una tela, una comida, una lengua o una ceremonia y rechazar al mismo tiempo cualquier norma religiosa o moral &mdash;se llame shar&iacute;a, dogma cristiano o de cualquier otra manera&mdash; que pretenda decidir c&oacute;mo debe vivir una mujer o qu&eacute; libertad merece una persona.
    </p><p class="article-text">
        Convivir no significa aplaudirlo todo. Eso no ser&iacute;a tolerancia. Ser&iacute;a indiferencia. Hay seres humanos vagando durante a&ntilde;os porque nacieron en el lado equivocado de una frontera. Ni&ntilde;os que aprenden antes el nombre de un misil que el de un &aacute;rbol. Familias enteras convertidas en cifras porque dos pueblos, dos gobiernos, dos religiones o dos potencias decidieron que un pedazo de tierra vale m&aacute;s que quienes caminan sobre ella.
    </p><p class="article-text">
        Tal vez lo m&iacute;o no sea una man&iacute;a, quiz&aacute; sea una manera de domesticar la inmensidad. El mundo es demasiado grande. Por eso hacemos nuestros algunos lugares. Convivir no significa pensar igual. Significa algo mucho m&aacute;s dif&iacute;cil: reconocer la misma dignidad en quien piensa distinto.
    </p><p class="article-text">
        Defender su derecho a ser diferente y nuestro derecho a discutir esa diferencia. Tal vez por eso sigo volviendo a Whitechapel. Porque en unas pocas calles encuentro una versi&oacute;n imperfecta del mundo. No una postal multicultural. El mundo tal como es. Ruidoso. Contradictorio. Hermoso algunas veces. Inc&oacute;modo otras. Con prejuicios, desigualdades y heridas. Quiz&aacute; el mundo, si alg&uacute;n d&iacute;a aprende a salvarse de nosotros mismos, tendr&aacute; que empezar exactamente ah&iacute;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Nora Vázquez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/viento-del-norte/whitechapel_132_13458399.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 21 Aug 2026 19:46:16 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Whitechapel]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Londres,Diversidad cultural]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La puerta azul]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/viento-del-norte/puerta-azul_132_13393715.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/499d806a-ebc4-4567-9423-baecdeccbe01_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La puerta azul"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"La mente corta escenas, completa vacíos y coloca en el centro aquello que adquirió significado. No trabaja como una notaría. Trabaja como una novelista con prisa y una confianza excesiva en su argumento"</p></div><p class="article-text">
        En el barrio del Jordaan, en &Aacute;msterdam, hay una puerta roja, encajada entre dos casas de ladrillo que se inclinan sobre el canal con la elegancia fatigada de quienes llevan siglos sosteni&eacute;ndose. En la ventana, un visillo se mueve apenas. Una mujer se detiene porque, durante veintisiete a&ntilde;os, ha recordado que su juventud empezaba all&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        Hab&iacute;a vivido unos meses en la habitaci&oacute;n de arriba, cuando a&uacute;n era posible confundir la incertidumbre con la libertad. Recordaba la pintura descascarillada, el pomo de lat&oacute;n y aquel rojo: el color de una vida anterior a que las decisiones adquirieran peso y consecuencias.
    </p><p class="article-text">
        Regresaba buscando algo que no figuraba en ning&uacute;n mapa. No un lugar habitable y amable, sino a la persona que hab&iacute;a sido antes de aprender a cumplir. Nada se hab&iacute;a roto. Hay vidas que no se derrumban: se vuelven ajenas con una educaci&oacute;n impecable.
    </p><p class="article-text">
        La fotograf&iacute;a apareci&oacute; al fondo de una caja. Mostraba la fachada y a tres j&oacute;venes sentadas en el escal&oacute;n. La puerta era azul. No un azul cercano al violeta ni una pintura envejecida que pudiera enga&ntilde;ar a la luz. Azul. Rotundamente azul.
    </p><p class="article-text">
        Las otras dos mujeres tambi&eacute;n la recordaban roja. Conservaban detalles distintos del mismo color: una la ve&iacute;a mate; la otra, reci&eacute;n barnizada. Las tres estaban equivocadas de id&eacute;ntica manera.
    </p><p class="article-text">
        Cuando muchas personas comparten un recuerdo que no coincide con los hechos, se habla del efecto Mandela. Lo inquietante no es el error, sino su unanimidad: varias certezas apoy&aacute;ndose unas en otras hasta levantar una realidad que jam&aacute;s ocurri&oacute;. No hace falta una grieta entre universos. Basta algo m&aacute;s desconcertante: la memoria no archiva el pasado; lo reescribe.
    </p><p class="article-text">
        Cada recuerdo es una edici&oacute;n. La mente corta escenas, completa vac&iacute;os y coloca en el centro aquello que adquiri&oacute; significado. No trabaja como una notar&iacute;a. Trabaja como una novelista con prisa y una confianza excesiva en su argumento.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; el rojo pertenec&iacute;a a otra puerta. Quiz&aacute; a un abrigo, a un cuaderno, a la noche en que aquellas tres mujeres decidieron no aceptar la vida que otros hab&iacute;an preparado para ellas. La memoria tom&oacute; el color m&aacute;s verdadero para la emoci&oacute;n y lo instal&oacute; en el lugar equivocado.
    </p><p class="article-text">
        Eso hace tambi&eacute;n con la identidad. El efecto Mandela m&aacute;s &iacute;ntimo no afecta a logotipos ni a frases de pel&iacute;culas. Afecta a la historia que cada persona cuenta sobre s&iacute; misma. Alguien recuerda haber sido siempre cobarde porque ha repetido las ocasiones en que retrocedi&oacute; y ha extraviado aquellas en que tuvo valor. Otra persona se considera incapaz de empezar porque su familia conserva la versi&oacute;n que necesit&oacute; protecci&oacute;n. La identidad acaba pareci&eacute;ndose a un recuerdo compartido: una idea repetida hasta adquirir aspecto oficial.
    </p><p class="article-text">
        Por eso reinventarse inquieta a los dem&aacute;s. No solo cambia a una persona; pone en duda la memoria que todos hab&iacute;an acordado conservar de ella. Quien deja de complacer altera el pasado de quienes se beneficiaban de su docilidad. Quien se marcha obliga a revisar la leyenda de que siempre quiso quedarse. Quien comienza tarde demuestra que la palabra tarde era, muchas veces, una coartada con calendario.
    </p><p class="article-text">
        Reinventarse no consiste en fabricar una biograf&iacute;a m&aacute;s favorecedora ni en declarar falso todo lo vivido. Consiste en revisar el relato sin permitir que la costumbre se haga pasar por naturaleza. Aquello que pareci&oacute; car&aacute;cter pudo ser defensa. Lo que se llam&oacute; destino quiz&aacute; solo fuera repetici&oacute;n. La versi&oacute;n anterior no era una mentira; era una respuesta que sigui&oacute; contestando cuando la pregunta ya hab&iacute;a cambiado.
    </p><p class="article-text">
        A estas alturas, la puerta del Jordaan ya es azul. Nadie la ha pintado durante estos minutos de lectura. Ha cambiado porque el texto sabe ahora algo que ignoraba al comenzar. La primera frase sigue all&iacute;, intacta y equivocada, como tantos recuerdos. No hace falta borrarla. Basta comprender por qu&eacute; parec&iacute;a cierta.
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n una vida puede reinventarse as&iacute;: sin arrancar las p&aacute;ginas anteriores, pero quit&aacute;ndoles el derecho a escribir el final.
    </p><p class="article-text">
        La mujer no encontr&oacute; a la joven que hab&iacute;a venido a buscar. Encontr&oacute; la prueba de que aquella joven tampoco hab&iacute;a sido una figura fija. No era m&aacute;s libre, m&aacute;s pura ni m&aacute;s valiente. Solo estaba inacabada, como todas las personas antes y despu&eacute;s de una decisi&oacute;n importante. El pasado goza de una ventaja indecente: nunca tiene que demostrar que habr&iacute;a sabido continuar.
    </p><p class="article-text">
        El canal deformaba las fachadas y las devolv&iacute;a distintas a cada instante. Ning&uacute;n reflejo era exacto; ninguno dejaba de pertenecer a la casa. Tal vez la identidad se parezca menos a un retrato que a esa superficie: conserva una forma, pero necesita moverse para no pudrirse.
    </p><p class="article-text">
        En el Jordaan hay una puerta azul. Durante veintisiete a&ntilde;os fue roja en la memoria de tres personas. Una versi&oacute;n contiene el hecho; la otra, el sentido. Reinventarse comienza al aprender la diferencia. No para desconfiar de todo lo vivido, sino para dejar de obedecer ciegamente la historia que se ha contado sobre ello.
    </p><p class="article-text">
        Porque el pasado merece memoria, no autoridad absoluta. Y nadie est&aacute; obligado a seguir siendo el recuerdo que los dem&aacute;s tienen de su nombre.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Nora Vázquez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/viento-del-norte/puerta-azul_132_13393715.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 20 Jul 2026 19:46:28 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La puerta azul]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Censurada]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/viento-del-norte/censurada_132_13329996.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/068d77c7-87b6-43f9-be35-8bd77c8f5fbe_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Censurada"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"La censura más eficaz ya no necesita quemar libros. Le basta con enseñarnos a quemarnos por dentro antes de escribir. Nos instala una censora diminuta en la garganta, una señora con gafas que carraspea ante palabras como 'abuso', 'corrupción', 'machismo', 'impunidad' o 'clase'. Esa señora no duerme. Cobra en ansiedad"</p></div><p class="article-text">
        De peque&ntilde;as, aprendimos a callar por educaci&oacute;n. No porque viniera un se&ntilde;or con gorra a requisarnos la lengua, sino porque la abuela nos ense&ntilde;&oacute; que hay verdades que, dichas a la hora del postre, amargan hasta el flan. &ldquo;No le digas a tu t&iacute;o que canta mal&rdquo;. Aquella autocensura era cari&ntilde;o: ponerle abrigo a la verdad para que no entrara en casa chorreando barro. Aunque lo cierto es que, al menos yo, no callaba ni debajo del agua. Y no es una broma, hac&iacute;a eso de intentar sacar oes, porque ten&iacute;a que decirles algo a los peces.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        M&aacute;s tarde una crece y descubre que el silencio tambi&eacute;n tiene ministerio, ventanilla y sello. Ya no se calla para no herir, sino para no ser herida. En las dictaduras, la frase m&aacute;s peligrosa no era siempre la pronunciada, sino la que alguien pod&iacute;a jurar que hab&iacute;as insinuado. El miedo afinaba el o&iacute;do del poder. Bastaba una ceja levantada, una risa mal colocada, una pausa con vocaci&oacute;n subversiva. Hab&iacute;a familias que no hablaban de pol&iacute;tica ni cuando sub&iacute;a el pan. La mesa era un parlamento clandestino: la sal pasaba, las ideas no.
    </p><p class="article-text">
        Con el tiempo nos dijeron que aquello hab&iacute;a terminado. Que ya pod&iacute;amos hablar. Y era verdad, m&aacute;s o menos, como cuando una camarera dice &ldquo;ahora mismo sale&rdquo; y una envejece mirando la cocina. Hoy se puede opinar, por supuesto. Solo conviene revisar antes el C&oacute;digo Penal, tres tertulianos, la susceptibilidad de cinco despachos, la hemeroteca ajena y la cartera propia, porque una demanda, aunque no prospere, tiene la delicadeza de un piano cayendo por las escaleras.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; nace la censura moderna: no siempre con tijeras, a veces con facturas. No te proh&iacute;ben hablar; te preguntan si de verdad te compensa. Puedes decir lo que piensas, claro, pero pensar en voz alta puede obligarte a vender el coche. Y entonces una se corrige: &ldquo;Hay una corriente ultraconservadora en ciertos poderes&hellip;&rdquo; No, espera. &ldquo;Quiz&aacute; pueda apreciarse una sensibilidad institucional tradicional&hellip;&rdquo; Mejor. &ldquo;Algunas resoluciones podr&iacute;an&hellip;&rdquo; No, demasiado. &ldquo;Bonito d&iacute;a hace&rdquo;. Perfecto. Inapelable.
    </p><p class="article-text">
        Tomemos la justicia, por elegir una instituci&oacute;n al azar entre las que tienen toga, m&aacute;rmol y alergia a la cr&iacute;tica. Ser&iacute;a injusto &mdash;y adem&aacute;s muy poco pr&aacute;ctico&mdash; afirmar que la justicia es una sola cosa. Hay juezas valientes, fiscales rigurosas, funcionarias que sostienen el edificio con un clip y un caf&eacute; de m&aacute;quina. Pero tambi&eacute;n deber&iacute;a poder sugerirse, sin que suene a sacrilegio, que los poderes del Estado arrastran ideolog&iacute;as, inercias, redes de afinidad y, s&iacute;, una cultura donde el machismo no siempre entra dando portazos: a veces firma nombramientos, asciende por pasillos o llama &ldquo;exceso emocional&rdquo; a lo que era cansancio de siglos. El propio CGPJ present&oacute; en 2025 un estudio sobre los obst&aacute;culos de las mujeres en los cargos judiciales discrecionales, donde las juezas afirmaban no tener las mismas oportunidades de desarrollo profesional que sus compa&ntilde;eros varones.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Perd&oacute;n. Esto &uacute;ltimo igual habr&iacute;a que tacharlo. P&oacute;ngase aqu&iacute; una met&aacute;fora sobre geranios.
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n habr&iacute;a que hablar de esos personajes que reaparecen en televisi&oacute;n como or&aacute;culos con chaqueta. Algunos explican la democracia con una solemnidad capaz de borrar los a&ntilde;os en que el Estado confundi&oacute; la raz&oacute;n de Estado con una licencia para ensuciarse las manos. Hubo grupos parapoliciales, secuestros, condenas, indultos y una letra, una simple letra, la 'X', que durante a&ntilde;os funcion&oacute; como biombo: todas mirando la silueta y nadie pagando el alquiler de la habitaci&oacute;n. El BOE recoge la condena por secuestro y malversaci&oacute;n en el 'caso Marey'; el Tribunal Supremo conden&oacute; a Jos&eacute; Barrionuevo y Rafael Vera a diez a&ntilde;os de prisi&oacute;n pero&hellip;
    </p><p class="article-text">
        Pero no digamos m&aacute;s. La historia es sensible y algunos expresidentes tienen epidermis de porcelana fina, aunque las v&iacute;ctimas hayan tenido piel bastante menos delicada.
    </p><p class="article-text">
        Y luego est&aacute; ese otro teatro, m&aacute;s internacional, donde aparecen los poderosos sorprendidos cerca del horror como quien se encuentra una serpiente en el sal&oacute;n y dice que pensaba que era una bufanda. De pronto salen documentos, recibos, nombres, paquetes. Un delincuente sexual condenado como Jeffrey Epstein figura enviando dos paquetes a un expresidente y consorte, uno en 2003 a La Moncloa y otro en 2004 a la sede de FAES, seg&uacute;n los archivos desclasificados en Estados Unidos; no se conoce el contenido y eso, por s&iacute; solo, no prueba delito alguno.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Y aqu&iacute; llega lo fascinante: preguntas hay, claro, pero se formulan bajito, con zapatillas de estar por casa. Porque mientras rule aquello de &ldquo;quien pueda hacer, que haga; quien pueda callar, que calle; y quien pueda mirar a otro lado, que vaya calentando el cuello&rdquo;, nadie quiere parecer demasiado curioso. La curiosidad, en pol&iacute;tica, es una virtud admirable hasta que apunta al sal&oacute;n correcto. Entonces se convierte en persecuci&oacute;n, bajeza, cortina de humo, o peor: falta de elegancia.
    </p><p class="article-text">
        M&aacute;s cotidiano todav&iacute;a: una ve una manipulaci&oacute;n evidente, una venganza pol&iacute;tica servida en bandeja, un relato fabricado con el pegamento de la conveniencia, y dice: &ldquo;Oye, esto no es as&iacute;. Lo estoy viendo&rdquo;. Entonces alguien sonr&iacute;e con superioridad de manual y responde: &ldquo;Es que as&iacute; es la pol&iacute;tica&rdquo;. Como si la pol&iacute;tica fuera una alcantarilla inevitable y no una herramienta p&uacute;blica. Como si mentir fuera estrategia, embarrar fuera talento y destruir a la adversaria fuera una forma moderna de gesti&oacute;n emocional.
    </p><p class="article-text">
        No es que falte libertad de expresi&oacute;n. Es que a veces viene con letra peque&ntilde;a, como los seguros dentales. Puedes hablar, s&iacute;, pero no de tal juez, rey, empresario, guerra, pasado, presente ni estructura que quiz&aacute; no sea estructura, sino decoraci&oacute;n. Puedes decir &ldquo;esto huele raro&rdquo;, siempre que a&ntilde;adas que tal vez sea el ambientador.
    </p><p class="article-text">
        La censura m&aacute;s eficaz ya no necesita quemar libros. Le basta con ense&ntilde;arnos a quemarnos por dentro antes de escribir. Nos instala una censora diminuta en la garganta, una se&ntilde;ora con gafas que carraspea ante palabras como &ldquo;abuso&rdquo;, &ldquo;corrupci&oacute;n&rdquo;, &ldquo;machismo&rdquo;, &ldquo;impunidad&rdquo; o &ldquo;clase&rdquo;. Esa se&ntilde;ora no duerme. Cobra en ansiedad.
    </p><p class="article-text">
        Por eso quiz&aacute; convenga recuperar una vieja imprudencia: hablar con precisi&oacute;n, no con temeridad; con pruebas, no con barro; con iron&iacute;a, no con odio. Decir lo que se piensa no deber&iacute;a ser delito. Mentir deliberadamente, acosar o calumniar ya tienen nombre. Lo dem&aacute;s &mdash;la sospecha razonada, la cr&iacute;tica al poder, la memoria inc&oacute;moda&mdash; es ox&iacute;geno democr&aacute;tico.
    </p><p class="article-text">
        Y si alg&uacute;n d&iacute;a nos quedamos sin palabras, siempre podremos decir: &ldquo;Bonito d&iacute;a hace&rdquo;. Pero que se entienda todo.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Nora Vázquez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/viento-del-norte/censurada_132_13329996.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 24 Jun 2026 19:46:12 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Censurada]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[En la grieta, la luz]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/viento-del-norte/grieta-luz_132_13261662.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/00de62c6-4948-402f-bba8-42c9c4569bd4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="En la grieta, la luz"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Cada una en su estilo, con sus propias herramientas, plantaron cara a una época donde respirar con libertad era casi un delito de desacato"</p></div><p class="article-text">
        Nadie sabe con exactitud qui&eacute;n ech&oacute; la llave por primera vez. Las prohibiciones casi nunca nacen con un estruendo; se instalan despacio, en silencio, como el polvo sobre los muebles de una casa deshabitada, hasta que el mundo asume que la vida siempre fue as&iacute;: a oscuras y bajo llave. Las verdaderas revoluciones no avisan. No hay alfombras rojas ni cornetas en el instante exacto en que la historia cambia de rumbo. Lo que hay es una persona de carne y hueso que, empujada por un instinto ciego y vital, decide apoyar las manos sobre una puerta cerrada y, sencillamente, empujar. 
    </p><p class="article-text">
        Ocurri&oacute; una ma&ntilde;ana de octubre de 1928, cuando una mujer, nacida en una de esas casas donde los destinos femeninos se heredaban intactos y se bordaban en bastidor, decidi&oacute; romper el guion. Le dio por volar. Aterriz&oacute; convertida en la primera aviadora de su pa&iacute;s, ante la mirada suspicaz de un aeroclub que la ve&iacute;a como a una intrusa profanando un santuario. La prensa imprimi&oacute; su haza&ntilde;a con esa fascinaci&oacute;n condescendiente que se reserva para los fen&oacute;menos extra&ntilde;os, porque era mucho m&aacute;s f&aacute;cil aislarla bajo la etiqueta de la rareza que admitir la verdad: bajo ese cielo de lona y madera lat&iacute;a la certeza de que cualquier otra mujer pod&iacute;a sentir el mismo v&eacute;rtigo. Y el v&eacute;rtigo contagi&oacute; a quienes se desabrocharon el cors&eacute; para poder respirar a diez mil pies de altura, cruzando oc&eacute;anos en una inmensa y soberana soledad, abriendo un boquete irreversible en una b&oacute;veda que todos juraban inquebrantable y&nbsp;que aseguraban que el cielo era solo un espacio para hombres.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La conquista de la normalidad se amas&oacute; tambi&eacute;n a ras de suelo, en la penumbra estricta de lo cotidiano, all&iacute; donde el ruido de una cucharilla contra la loza era un privilegio custodiado con recelo. Las cafeter&iacute;as eran feudos prohibidos; a las mujeres se las confinaba a los salones de sus propias casas o a estancias discretas donde su brillantez no incomodara al orden natural de las cosas. Hasta que una ma&ntilde;ana cualquiera, una mujer cruz&oacute; el umbral de un caf&eacute; del centro sin ir del brazo de nadie. No pidi&oacute; disculpas, no agach&oacute; la cabeza ante el escrutinio de los camareros ni ante el silencio denso que congel&oacute; el local, y ley&oacute; el peri&oacute;dico hasta agotar la tinta. Por esa min&uacute;scula fisura se colaron despu&eacute;s millones de palabras y confidencias que ya nunca jam&aacute;s regresar&iacute;an a la clandestinidad. Por esa grieta inicial nos colamos millones, a la estela de la mujer que nos abri&oacute; el paso de algo tan rid&iacute;culamente prohibido.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Esa terca costumbre de no pedir permiso las empuj&oacute; tambi&eacute;n a los escenarios m&aacute;s oscuros, all&iacute; donde la condici&oacute;n humana muestra sus v&iacute;sceras. Hubo quienes no esperaron un salvoconducto militar que sab&iacute;an denegado de antemano, escondi&eacute;ndose en buques hospital para desembarcar en el infierno de Normand&iacute;a, pisando la arena ensangrentada y recogiendo heridos bajo el fuego para escribir las cr&oacute;nicas m&aacute;s brutales del siglo. Otras cambiaron la luz artificial de los estudios de moda por el barro helado, fotografiando la atrocidad de los campos de concentraci&oacute;n. Reporteras de pulso firme que no bajaron la mirada ante el abismo y que firmaron la memoria colectiva manch&aacute;ndose las manos. 
    </p><p class="article-text">
        A otras, la historia les exigi&oacute; un tributo m&aacute;s &iacute;ntimo y amargo: el borrado de su propia identidad. Escritoras inmensas se vieron obligadas a publicar bajo seud&oacute;nimos masculinos, asumiendo con lucidez dolorosa que la sociedad solo tomar&iacute;a en serio su genio si cre&iacute;a que brotaba de un var&oacute;n. Cada galard&oacute;n negado por academias de rancio abolengo, cada tribunal que prohibi&oacute; a una mujer pisar un estrado bajo el pretexto de proteger sus sentimientos, fue ensanchando la herida. Al igual que aquella m&eacute;dica que cur&oacute; cuerpos camuflada bajo ropas de hombre hasta que la mesa del forense desvel&oacute; su secreto, o la maestra empe&ntilde;ada en ense&ntilde;ar el abecedario a ni&ntilde;as descalzas en buhardillas que ol&iacute;an a humedad.
    </p><p class="article-text">
        Fueron mujeres que se enfrentaron a un mundo dise&ntilde;ado milim&eacute;tricamente para prohibirles existir. Lo ten&iacute;an absolutamente todo en contra: la ley, la costumbre, la calle y el p&uacute;lpito. Cada una en su estilo, con sus propias herramientas, plantaron cara a una &eacute;poca donde respirar con libertad era casi un delito de desacato. Sus gestos, que a veces cab&iacute;an en una caja de cerillas, albergaban en su interior el estallido de un mundo nuevo. Se parecen a esas flores de papel japonesas que parecen secas e inertes hasta que, al rozar el agua, despliegan lentamente una hermosura voraz. No actuaron buscando el m&aacute;rmol de los h&eacute;roes, sino impulsadas por la urgencia salvaje de quien se ahoga y necesita el aire. Y eso es precisamente lo que nos abraza y nos interpela hoy: la imagen paciente, terrenal y obstinada de tantas mujeres solas, empujando con las manos desnudas un muro que parec&iacute;a infinito. Porque fue all&iacute;, exactamente en esa grieta min&uacute;scula que ellas abrieron a base de pura terquedad, donde todas nosotras encontramos, nuestro rayo de luz.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Nora Vázquez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/viento-del-norte/grieta-luz_132_13261662.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 30 May 2026 19:36:55 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[En la grieta, la luz]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La ciudad libre ]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/viento-del-norte/ciudad-libre_132_13170757.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/91de3762-7572-40a4-af81-d3e5c1b8b227_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La ciudad libre "></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Creer en algo significa comprender que lo público es sagrado, que el dolor del vecino te incumbe y que el poder solo tiene sentido si se ejerce para abrigar al vulnerable"</p></div><p class="article-text">
        La pol&iacute;tica, antes de ensuciarse de codicia y cinismo, naci&oacute; a la intemperie. Brot&oacute; alrededor de una hoguera primitiva, bajo un cielo insondable, cuando los primeros humanos comprendieron que el fr&iacute;o de la noche y los colmillos ajenos eran demasiado vastos para enfrentarlos a solas. En su ra&iacute;z m&aacute;s noble y antigua, no era un oficio, ni un estrado, ni mucho menos un privilegio: era el arte elemental de organizarnos para sobrevivir. Era el pacto sagrado de cuidar al d&eacute;bil, de repartir el grano escaso, de turnarse en la guardia y de trazar, juntos, el rumbo de la tribu. Sin embargo, si hoy contemplamos el paisaje en ruinas que nos rodea, la herida es tan profunda que ahoga. &iquest;En qu&eacute; instante exacto dejamos que nos robaran el fuego? &iquest;C&oacute;mo permitimos que un invento nacido para salvarnos se transformara en la cuchilla que hoy destroza el mundo?
    </p><p class="article-text">
        Resulta desolador, a la par que indignante, comprobar c&oacute;mo el destino de millones ha quedado secuestrado por un pu&ntilde;ado de personas aquejadas de ceguera voluntaria; una arrogancia que los a&iacute;sla por completo del asfalto. Ejercen un imperialismo moderno que arrasa con los derechos, los bosques y la sanidad, imponiendo un vasallaje econ&oacute;mico implacable. Pero lo m&aacute;s tr&aacute;gico, lo que de verdad nos humilla, es que esta voracidad convive con un rid&iacute;culo espantoso.
    </p><p class="article-text">
        Hemos alcanzado ese punto cr&iacute;tico en el que la c&eacute;lebre frase de Groucho Marx dej&oacute; de ser una genialidad del humor para erigirse en la Constituci&oacute;n no escrita de nuestra era: &ldquo;Estos son mis principios, y si no le gustan, tengo otros&rdquo;. La ideolog&iacute;a se ha vaciado de &eacute;tica hasta convertirse en un escaparate, en pura mercadotecnia de temporada.
    </p><p class="article-text">
        En medio de este circo de vanidades, conviene detener el paso y rescatar la pregunta esencial, esa reflexi&oacute;n que la siempre a&ntilde;orada Almudena Grandes lanzaba como un dardo contra la apat&iacute;a: &iquest;para qu&eacute; sirve la pol&iacute;tica? Jam&aacute;s debi&oacute; ser un pedestal para engordar egos gigantes, un narcisismo ciego y sordo a la calle financiado con nuestro propio tiempo. Eso no es gestionar lo p&uacute;blico. La pol&iacute;tica, la de verdad, consist&iacute;a simple y llanamente en creer en algo. En tener ideolog&iacute;a. Durante la &uacute;ltima d&eacute;cada, los mercaderes del pragmatismo han intentado convencernos de que eso era un defecto, un cors&eacute; apolillado que deb&iacute;amos quitarnos, cuando en realidad es la &uacute;nica br&uacute;jula que evita que nos vendamos al mejor postor. Creer en algo significa comprender que lo p&uacute;blico es sagrado, que el dolor del vecino te incumbe y que el poder solo tiene sentido si se ejerce para abrigar al vulnerable. Esa era, quiz&aacute;, toda su esencia.
    </p><p class="article-text">
        Ante semejante secuestro, es hondamente humano buscar una salida de emergencia. A lo largo de la historia, muchos han intentado saltar del tren en marcha para levantar un refugio. Un caso po&eacute;tico y revelador es el de la Ciudad Libre de Christiania, en el coraz&oacute;n de Copenhague. En el oto&ntilde;o de 1971, un grupo de so&ntilde;adores derrib&oacute; las vallas de unos cuarteles militares abandonados. Imaginaron una sociedad sin pol&iacute;ticos profesionales, sin coches, sin jerarqu&iacute;as ni escrituras de propiedad; un oasis verde donde el arte, la ecolog&iacute;a y el apoyo mutuo dictaran la &uacute;nica ley. Fue un experimento fascinante, un grito de rebeld&iacute;a que demostr&oacute; cu&aacute;n indestructible es, en el coraz&oacute;n humano, el anhelo de vivir de otra manera.
    </p><p class="article-text">
        Pero la utop&iacute;a ten&iacute;a fecha de caducidad. Christiania resisti&oacute; en un maravilloso y fr&aacute;gil limbo legal durante exactamente 32 a&ntilde;os. Fue en 2003 cuando el Gobierno dan&eacute;s aprob&oacute; la ley que fulminaba su estatus colectivo, forzando a la comuna a entrar, de golpe, en el redil del libre mercado. La realidad exterior termin&oacute; devor&aacute;ndolos, porque el problema de aislarse del mundo es que el mundo siempre acaba echando la puerta abajo. Aquel hermoso sue&ntilde;o asambleario se ti&ntilde;&oacute; de gris con la llegada del crimen organizado, que vio en su tolerancia un para&iacute;so para el narcotr&aacute;fico. Todo culmin&oacute; hace poco, cuando los propios vecinos, exhaustos y tristes, tuvieron que arrancar f&iacute;sicamente los adoquines de la m&iacute;tica Pusher Street para expulsar a las mafias. Christiania nos deja una lecci&oacute;n incuestionable: no podemos huir del sistema atrincher&aacute;ndonos en una isla, porque el capital, el cinismo y la avaricia forman un oc&eacute;ano oscuro que, tarde o temprano, siempre sube la marea.
    </p><p class="article-text">
        Si la fuga no es la salida, &iquest;qu&eacute; nos queda en las manos? &iquest;Cu&aacute;l es la alternativa frente a una maquinaria que nos exprime y nos enfrenta? Jam&aacute;s ser&aacute; rendirnos a la apat&iacute;a ni aceptar que nada puede cambiar. La verdadera rebeli&oacute;n es reclamar la palabra pol&iacute;tica y arranc&aacute;rsela del cuello a quienes la han prostituido. Pol&iacute;tica es el sindicato de inquilinos que frena un desahucio al amanecer, con las manos heladas por el fr&iacute;o. Es la red de apoyo vecinal que le hace la compra a la anciana del cuarto piso en medio de una pandemia; es la pura organizaci&oacute;n del &ldquo;manos a la obra&rdquo;. Es la cooperativa que esquiva la tiran&iacute;a del gran supermercado. Es, mirar al que est&aacute; a nuestro lado y comprender que es un compa&ntilde;ero indispensable, y no un competidor. Nos queda el rotundo coraje de reconstruir, a nuestro modo, un lugar donde la vida vuelva a importar, m&aacute;s que el poder.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Nora Vázquez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/viento-del-norte/ciudad-libre_132_13170757.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 24 Apr 2026 19:25:59 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La ciudad libre ]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El zoco]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/viento-del-norte/zoco_132_13115685.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d0dd9d1f-1f04-4576-8f24-d16294139b58_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El zoco"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Detrás de cada decisión en apariencia equivocada, de cada atuendo, de cada renuncia y de cada despedida, hay una contienda secreta y solitaria que no precisa de consejos de saldo, ni de valoraciones de mercado"</p></div><p class="article-text">
        El zoco de Fez se despliega bajo la luz tamizada de los ca&ntilde;izos como un laberinto inmemorial donde el aire pesa y la sombra, siempre escurridiza, nos enga&ntilde;a. Se avanza entre monta&ntilde;as c&oacute;nicas de azafr&aacute;n y de comino, bajo el destello cobrizo de las l&aacute;mparas de lat&oacute;n que tintinean, apenas movidas por una brisa invisible y secreta. All&iacute;, en el bullicio denso de los callejones, en el traj&iacute;n interminable de la medina, todo es sometido al escrutinio del ojo experto y de la lengua afilada.
    </p><p class="article-text">
        Se acaricia la seda para descubrir su trampa, se eval&uacute;a el trenzado meticuloso de las alfombras, se sopesa la calidad del cuero y se discute el precio de la plata con una vehemencia que parece tan antigua como la propia arena del desierto. En este mercado fascinante, nada ni nadie escapa al veredicto. Y es precisamente al observar esta danza milenaria del regateo, este juicio incesante sobre el valor exacto de las cosas, cuando se comprende con un escalofr&iacute;o que el mundo civilizado no es m&aacute;s que una vasta y sofisticada r&eacute;plica de este zoco. Un inmenso bazar donde la mercanc&iacute;a ya no es el tapiz ni la especia, sino la fr&aacute;gil, insondable y desnuda vida ajena.
    </p><p class="article-text">
        Porque todos somos mercaderes en la plaza p&uacute;blica de las certidumbres, opinadores incansables que tasamos la existencia del otro con la misma ligereza con la que se rechaza un pa&ntilde;uelo. Lanzamos las palabras al aire como quien arroja un pu&ntilde;ado de grava, sin calcular la fuerza del viento, sin medir el impacto ni el da&ntilde;o en los ojos de quien las recibe. Nos hemos erigido en jueces de guardia, en magistrados del asfalto que dictaminan sobre la ropa que viste el transe&uacute;nte, sobre la textura de su abrigo y sobre la compa&ntilde;&iacute;a que elige para enga&ntilde;ar a su propia tristeza. Sentenciamos, con la arrogancia ciega de quien se cree a salvo de todo naufragio, sobre el cuerpo ajeno; sobre los cortes, los rellenos y las suturas con las que alguien intenta, a duras penas, reconciliarse con el espejo. Juzgamos el carro de la compra, la marca del cereal, el capricho ef&iacute;mero del estante y la prisa injustificada. No hay rinc&oacute;n de la rutina, por m&iacute;nimo que sea, que quede a salvo de esta lupa p&uacute;blica, de este tribunal precipitado que no admite apelaci&oacute;n ni clemencia.
    </p><p class="article-text">
        Convertidos en or&aacute;culos de un destino que no nos pertenece, nos arrogamos el dudoso derecho de ofrecer el ant&iacute;doto perfecto para el veneno que jam&aacute;s hemos tragado. Si el otro tiene un problema, trazamos el mapa exacto de su salvaci&oacute;n desde la mullida comodidad de nuestra orilla; si padece un dolor, le recetamos el alivio con la suficiencia del que nunca ha sentido esa misma punzada en el centro exacto de la nuca. Opinamos sobre lo que ser&iacute;a mejor y sobre lo que constituir&iacute;a un fracaso, sobre c&oacute;mo se debe soportar el peso de una traici&oacute;n o un infortunio en el trabajo, sobre la manera correcta de enderezar a los hijos que no acunamos en la madrugada, sobre c&oacute;mo amar, tolerar o abandonar a la pareja que a nosotros no nos duele. Dictamos sentencias implacables sobre el amigo que se aleja de nuestra &oacute;rbita, sobre el hermano que tropieza y cae, tasando el m&eacute;rito de lo que tienen y reprochando amargamente lo que les falta. Todo se corrige, todo se comenta, como si la biograf&iacute;a del otro fuera un borrador lleno de erratas que nosotros tenemos el solemne deber de enmendar con tinta roja, ignorando que cada paso ajeno responde a un comp&aacute;s que no logramos escuchar.
    </p><p class="article-text">
        Y en esta espiral de sentencias gratuitas, el atrevimiento humano cruza las &uacute;ltimas e inviolables fronteras de la intimidad. Llegamos a la desoladora insolencia de opinar sobre el abismo ajeno, decidiendo desde nuestra luz prestada c&oacute;mo de oscura es la noche del que sufre. Se opina sobre la agon&iacute;a, sobre el l&iacute;mite exacto del aguante, sobre el derecho supremo y final a cerrar los ojos y reclamar la eutanasia cuando el cuerpo es ya una jaula en llamas y el futuro un pasillo sin puertas. Como si se pudiera medir el fr&iacute;o polar desde un sal&oacute;n con chimenea, dictaminamos qu&eacute; siente y qu&eacute; no siente el otro, cu&aacute;nto padece en realidad, cu&aacute;nto resiste y cu&aacute;nto simplemente exagera para llamar nuestra atenci&oacute;n. Olvidamos, con una ceguera imperdonable y en muchos casos, con crueldad, que el dolor es siempre un idioma intraducible, un pa&iacute;s extranjero y en ruinas al que nadie puede viajar sin pagar el alt&iacute;simo peaje de su propia carne.
    </p><p class="article-text">
        Todo depende, al fin y al cabo, de la perspectiva, del &aacute;ngulo de la mirada, del latido ciego y compasivo del sentir. En este inmenso zoco de la opini&oacute;n incesante, donde las palabras se regalan con insolencia pero las cicatrices se quedan a vivir para siempre, convendr&iacute;a recordar que cada individuo es un continente rodeado de niebla. Que detr&aacute;s de cada decisi&oacute;n en apariencia equivocada, de cada atuendo, de cada renuncia y de cada despedida, hay una contienda secreta y solitaria que no precisa de consejos de saldo, ni de valoraciones de mercado. Porque la vida, con sus luces, sus grietas y sus fragilidades, nunca fue un escaparate dispuesto para el escrutinio, ni un tapiz que se deba regatear, sino un misterio&hellip; y vulnerable ante el cual la respuesta digna, humana y luminosa, es el abrazo de un silencio respetuoso.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Nora Vázquez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/viento-del-norte/zoco_132_13115685.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 01 Apr 2026 19:46:31 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El zoco]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La extranjera]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/viento-del-norte/extranjera_132_13075567.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/5766ad21-04d6-4c0e-a0d3-ddecc0bb0d2f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La extranjera"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Nos pasamos los años creyendo que nuestra identidad es de piedra maciza. Qué mentira tan tierna. La verdad es que somos un material asustadizo, una arcilla blanda que cede y se deforma según las manos que nos tocan"</p></div><p class="article-text">
        Fluye&nbsp;algo profundamente rid&iacute;culo en perder la cabeza, o en perder tu propia vida, mientras intentas decidir qu&eacute; marca de papel higi&eacute;nico vas a comprar. Una siempre se imagina que la demolici&oacute;n del alma suceder&aacute; al borde de un acantilado, bajo una tormenta perfecta, y resulta que no. Resulta que el colapso te pilla un martes cualquiera, bajo la luz cl&iacute;nica del pasillo tres del supermercado, empujando un carro con una rueda coja. Es ah&iacute;, mirando una lata de at&uacute;n, cuando comprendes con una nitidez que hiela la sangre que la mujer que respira dentro de tu abrigo ya no eres t&uacute;. Que te han desalojado de tu propio cuerpo.
    </p><p class="article-text">
        Nos pasamos los a&ntilde;os creyendo que nuestra identidad es de piedra maciza. Qu&eacute; mentira tan tierna. La verdad es que somos un material asustadizo, una arcilla blanda que cede y se deforma seg&uacute;n las manos que nos tocan. Somos, queramos o no, la forma exacta que nos dejan tener. Si nos hablan con dulzura, nos expandimos, ocupamos nuestro espacio con la alegr&iacute;a ingenua de quien se sabe a salvo; pero si nos someten al goteo diario del desprecio, nos vamos encogiendo, doblando y replegando, hasta casi desaparecer, amold&aacute;ndonos, no se sabe muy bien a qu&eacute;. .
    </p><p class="article-text">
        Y despu&eacute;s llega el colapso. Una guerra sin ruido, de las que se libran en la cocina, mientras el agua de la pasta empieza a hervir.
    </p><p class="article-text">
        Llega la ansiedad, zumbando en la nuca como un fluorescente roto. Llega el estr&eacute;s de tener que serlo todo para todos, como esa mujer que corre por la ciudad resolviendo el mundo mientras por dentro se desangra en silencio. Llega la depresi&oacute;n, que no es estar triste, sino notar que tu propio cerebro ha cambiado las cerraduras y te ha dejado en la calle. Y llega la violencia o el acoso, no como un golpe de teatro, sino como un veneno lento que te bebes con el caf&eacute;. El que te hiere no solo te lastima la carne; te hace algo infinitamente peor. Te convence de que t&uacute; eres la culpable de la herida. Te obliga a dudar de lo que vieron tus propios ojos, a pedir perd&oacute;n por el aire que respiras y a traducir cada silencio del otro como si fuera una amenaza.
    </p><p class="article-text">
        Y bajo ese peso constante, bajo esa crueldad met&oacute;dica, te rompes. Dejas de ser t&uacute;.
    </p><p class="article-text">
        Eres otra persona. Eres una extra&ntilde;a muy eficiente que sabe el c&oacute;digo de la alarma y recuerda las fechas de los cumplea&ntilde;os infantiles, pero por dentro eres una ciudad en ruinas. Te miras en el espejo del ba&ntilde;o, mientras te quitas el maquillaje con la inercia de los n&aacute;ufragos, y te preguntas en qu&eacute; momento exacto esa mirada acobardada sustituy&oacute; a la tuya. Ya no sabes qui&eacute;n te habita. Ya no sabes si esa cara es la tuya, o es simplemente el molde de la persona que te hizo da&ntilde;o.
    </p><p class="article-text">
        El alma no soporta el vac&iacute;o. Al dejar de ser la que eras, irremediablemente, te ves forzada a ser otra. El incendio te quem&oacute; hasta los cimientos, s&iacute;, barri&oacute; con la antigua inocencia, pero en el solar despejado que dejan las cenizas, empieza a levantarse alguien nuevo.
    </p><p class="article-text">
        Y resulta que esa nueva inquilina es mucho mejor. A veces no es una sola, sino muchas. Te conviertes en una legi&oacute;n entera de personas que han aprendido a distinguir la paz del simple agotamiento. Dejas de ser t&uacute;, para ser, por fin, la que siempre debiste ser.
    </p><p class="article-text">
        La nueva habitante de tus huesos ya no tiene miedo al fr&iacute;o, porque est&aacute; forjada en &eacute;l. Tiene cicatrices, desde luego, marcas invisibles que a veces tiran cuando llueve, pero su mirada es de una lucidez feroz, innegociable. Sabe que la verdad, por fea e insoportable que sea, siempre abrigar&aacute; m&aacute;s que el silencio.
    </p><p class="article-text">
        Y es que la salvaci&oacute;n, si es que existe una palabra tan inmensa para algo tan peque&ntilde;o, nunca llega con redoble de tambores. Desciende como un murmullo manso frente a los estantes de cristal, en el momento en que notas, con una extra&ntilde;a y dulce ligereza, que el pecho ya no pesa. Es una tregua blanda, un comp&aacute;s que rima con el fr&iacute;o de las neveras, donde comprendes que el miedo se ha cansado de morder y se ha rendido. Es una poes&iacute;a entera, en el solo hecho de seguir de pie; en saber que, aunque intentaron borrar la persona que eras, t&uacute; sigues guardando memoria para la sal, para la risa y para el hambre. Que la sombra ya pas&oacute;. Que la grieta es tuya, s&iacute;, pero la vida, irrevocablemente, tambi&eacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Al final del d&iacute;a, metes la lata de at&uacute;n en el carro. Empujas la rueda coja. Pagas, sales a la calle y sientes el aire fr&iacute;o en la cara. Ya no eres la misma. Y menos mal. Eres otra. Eres todas. Eres la due&ntilde;a absoluta de tus ruinas&hellip;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Nora Vázquez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/viento-del-norte/extranjera_132_13075567.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 17 Mar 2026 20:46:09 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La extranjera]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La Gorgona]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/viento-del-norte/gorgona_132_13006335.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c2d65bb4-0034-4977-84a7-bb797f1d85bc_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x3023y1636.jpg" width="1200" height="675" alt="La Gorgona"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Está en la tercera planta de una residencia de ancianos, en un balcón hermético que la protege de la intemperie mientras la separa definitivamente de la vida"</p></div><p class="article-text">
        El Cant&aacute;brico amanece con ese color de plomo fundido que precede a las grandes tormentas, un gris denso y acorazado que exige un respeto inmemorial a quienes lo contemplan desde la orilla. Frente a un ventanal inmenso, la mirada de una mujer de edad insondable se clava en el vaiv&eacute;n inagotable de la espuma que muerde los arrecifes de Biarritz. 
    </p><p class="article-text">
        Desde esa altura, la vista es un privilegio absoluto, un balc&oacute;n suspendido sobre la furia del oc&eacute;ano. Al fondo, desafiando la embestida de las olas, se alzan las rocas oscuras, testigos mudos de aquella leyenda que los viejos del Puerto Viejo a&uacute;n susurran cuando la galerna aprieta contra los tejados. Cuentan las cr&oacute;nicas saladas que, hace ya muchos siglos, una tripulaci&oacute;n regresaba euf&oacute;rica remolcando el cad&aacute;ver colosal de una ballena, embriagados de sal, de triunfo y de una soberbia temeraria. 
    </p><p class="article-text">
        En su arrogancia de hombres victoriosos, cometieron el error imperdonable de burlarse de una sirena que descansaba en la costa. Ignoraban, pobres diablos, que la vanidad es un pecado que el mar jam&aacute;s perdona. La criatura, en un estallido de c&oacute;lera divina y ancestral, se transform&oacute; en una Gorgona de cabellos reptantes y mirada letal. En un solo instante, bajo la luz espectral de la luna, la carne viva se hizo piedra: la ballena qued&oacute; petrificada para siempre en la inmensa mole del Boucalot, y los insolentes marineros fueron condenados a ser los pe&ntilde;ascos del Cucurlon y el Gamaritz. Una geolog&iacute;a pura del castigo.
    </p><p class="article-text">
        Siempre resulta fascinante esa idea de la petrificaci&oacute;n no como un final abrupto, sino como una condena a la permanencia, a ser espectador inamovible de un mundo que fluye mientras el propio cuerpo se queda clavado en el tiempo. La mirada de la mujer sigue el rastro de unas gaviotas que planean en c&iacute;rculos sobre el pe&ntilde;asco del Gamaritz, ajenas al castigo mitol&oacute;gico de aquellos hombres de piedra. Es f&aacute;cil volar, parece pensar, cuando no se tiene arraigo, cuando el viento te sostiene en lugar de empujarte hacia el abismo. 
    </p><p class="article-text">
        Abajo, en el paseo mar&iacute;timo, la vida sigue su curso con la ligereza impune y casi c&oacute;mica de los s&aacute;bados de invierno. Una pareja joven camina abrazada, luchando torpemente contra las r&aacute;fagas heladas que les enredan el pelo y amenazan con arrancarles las bufandas en una coreograf&iacute;a desordenada. M&aacute;s all&aacute;, un perro color canela corretea enloquecido detr&aacute;s de una pelota amarilla que acaba perdi&eacute;ndose entre la arena h&uacute;meda y los restos de algas cobrizas. Todo ah&iacute; fuera es movimiento constante, fricci&oacute;n desmedida, sangre caliente latiendo bajo gruesos abrigos de lana y pasos apresurados que no dejan huella permanente. La mujer los observa desde su atalaya de silencio, como quien asiste a una obra de teatro en la que ya no le permiten participar, sintiendo una compasi&oacute;n te&ntilde;ida de melancol&iacute;a por esa vulnerabilidad tan ef&iacute;mera ante el clima.
    </p><p class="article-text">
        La mitolog&iacute;a no solo castig&oacute; a aquellos marineros; a veces parece que su mirada se extendi&oacute;, silenciosa, sutil y despiadada, sobre toda una generaci&oacute;n de mujeres. Ellas tambi&eacute;n fueron endureci&eacute;ndose poco a poco, mil&iacute;metro a mil&iacute;metro, en un proceso de erosi&oacute;n clandestina. Primero se le anclaron los pies al suelo, asumiendo el deber de sostener el peso abrumador de las casas, de los maridos ausentes o presentes, de los hijos que crec&iacute;an despacio, de las crisis econ&oacute;micas y de los lutos guardados en cajones oscuros. Luego se les calcific&oacute; el pecho, para que los golpes imprevistos de la vida rebotaran sin llegar a romperles el fr&aacute;gil engranaje del coraz&oacute;n. Se hicieron de granito por pura supervivencia, levantando muros de carga invisibles, renunciando a sus propios anhelos para evitar que el techo cotidiano se desplomara sobre las cabezas de los suyos. El hero&iacute;smo an&oacute;nimo de quienes sostienen el mundo a costa de volverse estatuas de sal y sacrificio.
    </p><p class="article-text">
        El cristal de ese ventanal es grueso, tan perfecto en su ingenier&iacute;a moderna que anula por completo el rugido salvaje del mar. Es un silencio absoluto, un vac&iacute;o ac&uacute;stico que, en lugar de otorgar paz, zumba en los o&iacute;dos con la terquedad de un insecto de verano atrapado en un frasco. La mujer apoya la yema del dedo &iacute;ndice, nudosa y temblorosa, en el vidrio. Est&aacute; helado al tacto, pero en el interior la temperatura es de una calidez perenne, primaveral, casi opresiva. No hay corrientes de aire furtivas que inviten a la aventura, no hay olor a salitre, ni a bajamar, ni a tierra f&eacute;rtil mojada por la lluvia. 
    </p><p class="article-text">
        El aire que se respira en esa estancia tiene un matiz muy distinto, dulz&oacute;n, qu&iacute;mico, as&eacute;pticamente triste. Huele a ropa de cama lavada a altas temperaturas por manos desconocidas, a jab&oacute;n de lavanda industrial y a pur&eacute; de verduras hervido sin una brizna de sal. Es un aroma dise&ntilde;ado en alg&uacute;n despacho para no alterar el pulso, para adormecer suavemente los sentidos de quienes aguardan en la antesala del olvido. A trav&eacute;s del cristal, el sol de la tarde empieza a declinar, ti&ntilde;endo el cielo de un violeta cansado que arranca destellos dorados a la espuma de las olas. La luz incide entonces de forma oblicua, y durante un segundo revelador y terrible, el espejismo del mundo exterior se desvanece. El ventanal deja de ser un mirador imperial y se convierte, implacablemente, en un espejo.
    </p><p class="article-text">
        Y ah&iacute; est&aacute;, expuesta bajo la crueldad de la luz, la verdadera Gorgona. La figura que devuelve la mirada no es la due&ntilde;a altiva de una mansi&oacute;n costera que contempla la inmensidad de sus dominios. El reflejo muestra un rostro surcado por el cansancio de las d&eacute;cadas, un mapa topogr&aacute;fico de arrugas donde cada l&iacute;nea profunda es el testimonio de una batalla ganada a costa de la propia juventud. Detr&aacute;s de ella, flotando sobre la imagen superpuesta del mar embravecido, se perfilan los contornos exactos de la habitaci&oacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        No hay maderas nobles ni grandes bibliotecas, sino un suelo inmaculado de lin&oacute;leo antideslizante, una cama articulada con las barandillas met&aacute;licas subidas y un sill&oacute;n geri&aacute;trico forrado de vinilo celeste. En la pared, un bot&oacute;n rojo de emergencias parpadea intermitentemente, recordando a cada segundo la humillante fragilidad de la dependencia. Las manos de la mujer reposan sobre el regazo, deformadas por una artrosis que avanza con la misma implacabilidad geol&oacute;gica que transform&oacute; a la ballena en roca. Sus articulaciones son ahora sus propios arrecifes, r&iacute;gidos, doloridos; nudos que ya no sirven para tejer ilusiones ni para acariciar una mejilla infantil. 
    </p><p class="article-text">
        Est&aacute; en la tercera planta de una residencia de ancianos, en un balc&oacute;n herm&eacute;tico que la protege de la intemperie mientras la separa definitivamente de la vida. Los hijos, esos barquitos fr&aacute;giles por los que ella se convirti&oacute; en faro y rompeolas, navegan ahora por sus propias mareas, enviando de vez en cuando fotograf&iacute;as sonrientes, ignorando que la piedra tambi&eacute;n sufre el fr&iacute;o en su n&uacute;cleo m&aacute;s &iacute;ntimo. La soledad all&iacute; no es un retiro po&eacute;tico, sino el zumbido el&eacute;ctrico del fluorescente en el pasillo, el sonido r&iacute;tmico de los zapatos de goma del personal sanitario y la melancol&iacute;a asfixiante de esperar la bandeja de la cena. El mito cuenta que la Gorgona petrificaba a quienes la miraban, pero nadie explica el dolor inmenso, silencioso y humano de ser uno mismo la estatua, atrapado en un cuerpo que ya no responde, mirando un mar inmenso que promete fugas inalcanzables mientras la tarde, lenta e inexorable, se apaga.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Nora Vázquez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/viento-del-norte/gorgona_132_13006335.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 20 Feb 2026 20:46:37 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La Gorgona]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Polvo antes que pan]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/viento-del-norte/polvo-pan_132_12932311.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0dc5fe94-0071-4524-aa6b-41e8d7a0f7e4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Polvo antes que pan"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Me siento cada vez más 'hippie', o algo parecido. No sé explicarlo ni tampoco etiquetarlo, y no me avergüenza decirlo. Cada vez más convencida de que la única revolución posible es la de la ternura"</p></div><p class="article-text">
        Ella no es solo ella; es la suma geol&oacute;gica de tres mujeres que aprendieron a masticar polvo antes que pan. Lleva en los ojos el mismo color de la tierra que su abuela pisaba en Jaffa antes de que el mundo decidiera que su casa ya no era su casa. Y en las manos, esas manos sarmentosas y prematuramente viejas, sostiene el peso invisible de una llave que no abre nada porque la puerta fue demolida hace setenta a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        Pero ahora es distinto. Ahora el aire en Gaza no huele a salitre ni a especias quemadas, huele a una calcinaci&oacute;n antigua, a un hedor repugnante que se adhiere a la piel y susurra que ah&iacute; abajo, entre el hormig&oacute;n pulverizado que cruje como huesos secos, yacen el carnicero, el panadero, el ni&ntilde;o que corr&iacute;a detr&aacute;s de una pelota desinflada y la generaci&oacute;n entera que no lleg&oacute; a ser. Ella contempla el horizonte, ese mar que lame la costa con una indiferencia insultante, y lo que ve no es futuro: es una maqueta.
    </p><p class="article-text">
        Le han contado, o ha visto en los papeles brillantes que caen del cielo como una nieve envenenada, que existe un plan. Dicen que habr&aacute; una Nueva Gaza. Una isla artificial, un vergel de cristal y acero, paseos mar&iacute;timos de dise&ntilde;o y palmeras que no dar&aacute;n sombra porque ser&aacute;n de pl&aacute;stico o de hologramas. Una Gaza sin Gaza. Una tierra prometida para el turismo de la desmemoria, erigida sobre el mayor cementerio al aire libre del siglo. Quieren limpiar el rastro, barrer la historia como se barre la basura, y ella comprende que el verdadero genocidio es ese: no solo matar el cuerpo, sino convencer al mundo de que ah&iacute; nunca hubo vida. Que el dolor de su madre y el hambre de sus hijos son apenas un obst&aacute;culo log&iacute;stico para la inversi&oacute;n inmobiliaria. Es la aniquilaci&oacute;n, la pulcritud del delineante que traza l&iacute;neas rectas sobre vidas torcidas, borrando el caos humano para instaurar el orden del dinero.
    </p><p class="article-text">
        Al ver esto, una comprende que el genocidio es matar el cuerpo y la obsesi&oacute;n de unos pocos por reescribir la realidad. Observar c&oacute;mo se limpian el holl&iacute;n de la frente con un gesto de dignidad es algo que nos deber&iacute;a partir en dos. 
    </p><p class="article-text">
        Me observo las manos, examino mi entorno, y siento una n&aacute;usea existencial que me recorre entera. Me siento cada vez m&aacute;s 'hippie', o algo parecido. No s&eacute; explicarlo ni tampoco etiquetarlo, y no me averg&uuml;enza decirlo. Cada vez m&aacute;s convencida de que la &uacute;nica revoluci&oacute;n posible es la de la ternura, la de negarse a participar en este delirio colectivo donde el crecimiento econ&oacute;mico vale m&aacute;s que el pan compartido y donde hemos confundido progreso con devastaci&oacute;n. Es una especie de rebeld&iacute;a &iacute;ntima, anacr&oacute;nica si se quiere, que me nace en las tripas al comprobar que hemos convertido el planeta en un tablero de Monopoly irrigado con sangre real.
    </p><p class="article-text">
        Una siente que no puede ser. Que resulta imposible que hayamos aceptado este pecado capital continuo como sistema operativo de la existencia. No me cabe en la cabeza que siempre, invariablemente, frente a una persona tenga que erigirse una frontera. Que para mirar al otro a los ojos haya que sortear un muro, una valla con concertinas, un papel timbrado. &iquest;Qu&eacute; clase de especie demente somos? Hemos parcelado el aire, hemos puesto precio al agua, hemos decidido que la dignidad humana cotiza en bolsa y depende de si posees un euro, un d&oacute;lar o un nicho en propiedad.
    </p><p class="article-text">
        Me pregunto en qu&eacute; momento exacto nos extraviamos. En qu&eacute; recodo de la evoluci&oacute;n decidimos que era aceptable dejar morir a alguien porque naci&oacute; diez metros m&aacute;s all&aacute; de una l&iacute;nea imaginaria trazada por un se&ntilde;or con bigote hace cien a&ntilde;os. Cada vez creo menos en las grandes palabras, en las democracias de cart&oacute;n piedra, en los organismos internacionales que redactan condenas &ldquo;en&eacute;rgicas&rdquo; desde despachos climatizados mientras a los pueblos les llueven bombas fabricadas por sus propios socios comerciales.
    </p><p class="article-text">
        Por eso, cada d&iacute;a me refugio m&aacute;s en lo peque&ntilde;o. Es una fe extra&ntilde;a, contradictoria. Cada vez creo m&aacute;s en las personas, en la capacidad individual de la se&ntilde;ora que comparte su sopa, en el m&eacute;dico que opera sin luz, en la mano que aprieta otra mano bajo los escombros. Y, simult&aacute;neamente, creo tan poco en nosotros. Me asomo al abismo de nuestra propia condici&oacute;n y veo a un animal asustado y codicioso, capaz de componer sinfon&iacute;as y de dise&ntilde;ar c&aacute;maras de gas, capaz de amar con locura y de ignorar el exterminio si este ocurre lo suficientemente lejos de su zona de confort. Capaz de compartir una vida y acabar asesinando a su pareja.
    </p><p class="article-text">
        Hay noches en que el viento arrastra arena hasta aqu&iacute;. No lo puedo demostrar, pero lo s&eacute;. Es el mismo polvo que en Gaza se mastica. Y me pregunto si alg&uacute;n d&iacute;a, cuando todo esto sea una nota a pie de p&aacute;gina en un libro de historia que nadie leer&aacute;, alguien abrir&aacute; la ventana y sentir&aacute; en la lengua ese sabor a tierra quemada, y sabr&aacute; que algo terrible pas&oacute;. Que fuimos nosotros.
    </p><p class="article-text">
        Si nos queda algo de verg&uuml;enza, sabremos poner la oreja en el suelo y escuchar, sin la hipocres&iacute;a de quien promete un para&iacute;so de hormig&oacute;n sobre los huesos calientes de sus muertos. No podemos aceptar que este sistema, que tritura carne para fabricar monedas, es lo &uacute;nico a lo que podemos aspirar.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Nora Vázquez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/viento-del-norte/polvo-pan_132_12932311.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 24 Jan 2026 20:46:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Polvo antes que pan]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[¿Para qué sirve el Derecho?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/viento-del-norte/sirve-derecho_132_12885966.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/89820d3c-14e3-4713-a20b-2009c7ecf1ff_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¿Para qué sirve el Derecho?"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La ley, en estos tiempos, es una cosa rara. No se ve, no se toca, no huele. Existe solo porque acordamos que existe. 
</p></div><p class="article-text">
        Ha comenzado el a&ntilde;o con comandos estadounidenses secuestrando a Nicol&aacute;s Maduro del Palacio de Miraflores, en Caracas. Sin nada que se pareciera a lo que durante ochenta a&ntilde;os hemos llamado legalidad internacional. Donald Trump compareci&oacute; ante las c&aacute;maras con esa sonrisa de vendedor de coches usados y dijo lo que llevaba tiempo queriendo decir: que Venezuela est&aacute; en su zona de influencia, que Am&eacute;rica Latina es su patio trasero, que puede entrar ah&iacute; cuando le d&eacute; la gana porque lo dice la Doctrina Monroe de 1823. Ahora bautizada como &ldquo;Donroe&rdquo;, por ello de que no se nos olvide qui&eacute;n manda y qu&eacute; nombre debe quedar grabado en el m&aacute;rmol de la historia.
    </p><p class="article-text">
        Porque de eso se trata. De un magnate que necesita construir monumentos a su propio ego, que busca dejar un legado que lleve su apellido, aunque para ello haya que dinamitar lo poco que quedaba de orden internacional. Y lo inquietante no es solo que lo haga, sino que setenta y siete millones de estadounidenses votaron por esto. Votaron por la promesa de que Estados Unidos volver&iacute;a a ser grande, que recuperar&iacute;a su lugar en el mundo, que dejar&iacute;a de disculparse y actuar&iacute;a. Y actuar, en este vocabulario, significa invadir, secuestrar, arrasar. Siempre lo han hecho, claro. Siempre se han presentado como liberadores, como portadores de la democracia, con la Biblia en una mano y el misil en la otra, invocando a Dios para justificar lo que otros llamar&iacute;an simple rapi&ntilde;a. 
    </p><p class="article-text">
        La cuesti&oacute;n es que una potencia extranjera ha decidido que puede entrar en territorio soberano, secuestrar a un presidente y saltarse de un plumazo todo el entramado jur&iacute;dico que construimos despu&eacute;s de N&uacute;remberg. Y aqu&iacute; viene la pregunta que deber&iacute;a desvelarnos: &iquest;para qu&eacute; sirve el Derecho entonces? Porque si sirve solo para algunos, si el secuestro es crimen o liberaci&oacute;n seg&uacute;n qui&eacute;n lo ejecute, entonces no estamos hablando de Derecho sino de propaganda. De un teatro donde los jueces, los tratados y los tribunales son mera utiler&iacute;a que se usa cuando conviene y se guarda cuando estorba.
    </p><p class="article-text">
        Hay precedentes, claro. Siempre los hay. En 1989, Estados Unidos invadi&oacute; Panam&aacute; para detener a Manuel Noriega. Operaci&oacute;n Causa Justa, la llamaron. Murieron entre quinientos y cuatro mil civiles seg&uacute;n a qui&eacute;n preguntes &mdash;los n&uacute;meros var&iacute;an porque contar cad&aacute;veres en invasiones nunca ha sido prioridad&mdash;. Noriega acab&oacute; cuarenta a&ntilde;os en prisi&oacute;n. La ONU conden&oacute; la invasi&oacute;n por violaci&oacute;n flagrante de la soberan&iacute;a. A Washington le import&oacute; lo mismo que le importa ahora: nada. Porque cuando eres el que pone las reglas, romperlas es un tr&aacute;mite administrativo.
    </p><p class="article-text">
        Lo que Trump ha hecho es peor que violar la ley. Ha hecho algo mucho m&aacute;s destructivo: ha demostrado p&uacute;blicamente que la ley no existe. Que todo ese edificio de tratados, convenios, tribunales internacionales, es humo. Eso s&iacute;, para algunos. Otros, tambi&eacute;n con sus causas, deben pagar hasta &uacute;ltimo segundo en una c&aacute;rcel, con una inhabilitaci&oacute;n o con un horror psicol&oacute;gico. Entonces, &iquest;de qu&eacute; estamos hablando?
    </p><p class="article-text">
        Rusia lo entendi&oacute; a la perfecci&oacute;n. Lleva casi cuatro a&ntilde;os descuartizando Ucrania. Ha anexionado ciento veinte mil kil&oacute;metros cuadrados, ha deportado a veinte mil ni&ntilde;os ucranianos a Rusia para &ldquo;reeducarlos&rdquo;, ha convertido ciudades enteras en paisaje lunar. La Corte Penal Internacional emiti&oacute; orden de arresto contra &eacute;l en marzo de 2023. Putin viaj&oacute; a Mongolia en septiembre de 2023. Mongolia es firmante del Estatuto de Roma, ten&iacute;a obligaci&oacute;n legal de detenerlo. No lo hizo. Putin regres&oacute; a Mosc&uacute;, se tom&oacute; un t&eacute;, y sigui&oacute; bombardeando. Porque si Estados Unidos puede secuestrar presidentes, &iquest;qu&eacute; autoridad moral tiene para pedir que otros respeten la legalidad?
    </p><p class="article-text">
        Gaza. La Corte Penal Internacional emiti&oacute; &oacute;rdenes de arresto el 21 de noviembre de 2024 contra Benjamin Netanyahu y su exministro de Defensa Yoav Gallant por cr&iacute;menes de guerra y cr&iacute;menes contra la humanidad. Netanyahu se convierte as&iacute; en el primer l&iacute;der israel&iacute; buscado internacionalmente por un tribunal. Pero sigue gobernando, sigue ordenando bombardeos, sigue compareciendo en ruedas de prensa mientras declara que actuar&aacute; &ldquo;con o sin apoyo internacional&rdquo;. Cuarenta y seis mil novecientos muertos seg&uacute;n el Ministerio de Salud palestino, cifra que la OMS considera &ldquo;conservadora&rdquo; porque hay cinco mil cuerpos bajo los escombros sin contabilizar. El ochenta y cinco por ciento de la poblaci&oacute;n &mdash;dos millones de personas&mdash; ha sido desplazada al menos una vez. Muchos, hasta siete veces en quince meses. El Tribunal Internacional de Justicia dictamin&oacute; el 26 de enero de 2024 que existe &ldquo;riesgo plausible de genocidio&rdquo;. Israel continu&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        Treinta y siete hospitales destruidos o severamente da&ntilde;ados. Ciento cincuenta y dos instalaciones de la ONU bombardeadas. M&aacute;s de quinientos trabajadores sanitarios asesinados. Ochenta por ciento de las infraestructuras civiles arrasadas. El noventa por ciento de los ni&ntilde;os de Gaza sufren desnutrici&oacute;n aguda seg&uacute;n UNICEF. Pero Netanyahu, con orden de arresto internacional, viaja tranquilamente a Estados Unidos, donde lo reciben con honores. 
    </p><p class="article-text">
        Sud&aacute;n. Veinte meses de guerra civil. Once millones de desplazados, la mayor crisis de refugiados del mundo seg&uacute;n ACNUR. Veinticinco millones de personas en situaci&oacute;n de hambruna aguda. Las milicias Janjaweed, las mismas que perpetraron el genocidio de Darfur hace veinte a&ntilde;os, han vuelto a la carga. Violan, queman aldeas, masacran poblaciones enteras. El Consejo de Seguridad aprob&oacute; en junio de 2024 un embargo de armas. Emiratos &Aacute;rabes Unidos lo viola sistem&aacute;ticamente enviando armamento a trav&eacute;s de Chad. Nadie hace nada. Porque Sud&aacute;n no tiene petr&oacute;leo estrat&eacute;gico ni frontera con Europa.
    </p><p class="article-text">
        Somalia. Treinta y cuatro a&ntilde;os en guerra civil continua. El Gobierno Federal controla Mogadiscio y poco m&aacute;s. Al-Shabaab domina el sur, cobra impuestos, administra justicia seg&uacute;n su interpretaci&oacute;n de la sharia, ejecuta a &ldquo;colaboradores&rdquo; en plazas p&uacute;blicas. Seis millones de personas en inseguridad alimentaria severa. La comunidad internacional prometi&oacute; reconstrucci&oacute;n en 2012, en 2016, en 2020. Las promesas siguen ah&iacute;, flotando en actas de conferencias que nadie lee.
    </p><p class="article-text">
        Nigeria. Boko Haram ha secuestrado a m&aacute;s de diez mil personas desde 2009. En 2014 secuestraron a doscientas setenta y seis ni&ntilde;as de una escuela en Chibok. Michelle Obama pos&oacute; con un cartel. Ciento doce ni&ntilde;as siguen desaparecidas. El noreste del pa&iacute;s es territorio sin ley donde el ej&eacute;rcito y los insurgentes compiten por ver qui&eacute;n comete m&aacute;s atrocidades. La producci&oacute;n de petr&oacute;leo nigeriano supera los dos millones de barriles diarios. Mientras fluya el crudo, nadie pregunta demasiado por las ni&ntilde;as.
    </p><p class="article-text">
        Irak. Veintid&oacute;s a&ntilde;os despu&eacute;s de la invasi&oacute;n que iba a traer democracia y prosperidad, el pa&iacute;s sigue siendo un Estado fallido. Quinientas mil personas murieron en la guerra y sus secuelas seg&uacute;n el proyecto Costs of War de la Universidad de Brown. La reconstrucci&oacute;n prometida cost&oacute; ciento treinta y ocho mil millones de d&oacute;lares sobre el papel. En realidad, se esfumaron en contratos fraudulentos, en empresas fantasma, en maletas de billetes que desaparecieron en el desierto. Hoy Bagdad tiene electricidad seis horas al d&iacute;a. El agua potable es un lujo. Las clases medias que alguna vez existieron emigraron o murieron.
    </p><p class="article-text">
        Cuando el 'sheriff' del pueblo viola la ley, todos los bandidos entienden que ha llegado su turno. La erosi&oacute;n es vertical: empieza arriba y desciende como &aacute;cido. Si Washington puede secuestrar presidentes, Mosc&uacute; puede anexionar provincias. Si Tel Aviv puede arrasar ciudades enteras, Jartum puede masacrar aldeas. Si nadie responde cuando mueren cuarenta y seis mil palestinos, &iquest;qui&eacute;n va a responder cuando mueran cien mil sudaneses? 
    </p><p class="article-text">
        Y aqu&iacute; estamos. Mirando el cascar&oacute;n. Pregunt&aacute;ndonos qu&eacute; viene ahora. Porque esto no termina en Venezuela. Europa, que ha vivido siete d&eacute;cadas bajo el paraguas norteamericano, que ha delegado su seguridad y su pol&iacute;tica exterior en Washington, tendr&aacute; que decidir si es capaz de decir alto y claro que no se hacen genocidios, que no se secuestran presidentes, que existen l&iacute;neas que no se cruzan. O si seguir&aacute; mirando hacia otro lado, redactando comunicados preocupados mientras el continente se convierte en espectador de su propia irrelevancia. Hasta que, tarde o temprano, Europa quiera echarse las manos a la cabeza y descubra que ya no tiene manos. Que las perdi&oacute; de tanto mantenerlas quietas en los bolsillos mientras el mundo ard&iacute;a.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Nora Vázquez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/viento-del-norte/sirve-derecho_132_12885966.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 05 Jan 2026 20:46:55 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[¿Para qué sirve el Derecho?]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Los que abrigan]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/viento-del-norte/abrigan_132_12873922.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f2ee4243-db36-442d-be64-cb9d8dd7c276_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los que abrigan"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Y eso es, en medio de la rutina y la incertidumbre, lo más bonito que puede pasarnos en esta vida breve: tener la inmensa suerte de chocar con alguien que nos ayude a dejar de fingir lo que no somos"</p></div><p class="article-text">
        No existe contrato ni letra peque&ntilde;a que prometa firmeza bajo los pies. El a&ntilde;o termina, cruzando umbrales de a&ntilde;os que se cierran hacia otros que se abren como lienzos sin pintar, llenos de un misterio que unas veces provoca v&eacute;rtigo y otras una esperanza que la raz&oacute;n no sabe explicar. Se dice que all&aacute; arriba alguien mueve los hilos del mundo con la frialdad de los estrategas. Puede ser. Pero aqu&iacute; abajo, en lo terrenal, en el barro del d&iacute;a a d&iacute;a, la &uacute;nica verdad que nos sostiene es la que ocurre en el t&uacute; a t&uacute;: esos peque&ntilde;os focos de luz que, sin previo aviso, se encienden para abrigarnos.
    </p><p class="article-text">
        Hablo de cierta calidez que portan algunas personas con las que tropezamos por accidente. Los reconoces porque te miran con ojos que no miden ni calculan, ojos que no escanean tu ropa ni tu estatus, sino que saben intuir el peso de tu mochila invisible, esa que cargamos con los errores que a&uacute;n duelen, lo dicho y lo callado, las promesas rotas, las dudas que nos visitan de madrugada cuando la casa duerme y nosotros no.
    </p><p class="article-text">
        No abundan, es cierto. Pero est&aacute;n ah&iacute;, camuflados entre la multitud, vibrando distinto. Como si llevaran dentro una melod&iacute;a que el resto hemos olvidado o ya no escuchamos. 
    </p><p class="article-text">
        Con esas personas la l&oacute;gica fr&iacute;a del mundo se suspende. Ocurre entonces la complicidad, esa conexi&oacute;n instant&aacute;nea que desata algo muy parecido al amor. O quiz&aacute;s la forma m&aacute;s pura de &eacute;l, porque no pide nada, no espera nada, no necesita historia ni promesas para existir.
    </p><p class="article-text">
        Una puede ser una misma sin las m&aacute;scaras que impone el miedo al rid&iacute;culo, sin el disfraz que nos ponemos cada ma&ntilde;ana antes de salir a la calle. Donde se puede so&ntilde;ar en voz alta, re&iacute;r sin motivo aparente, enfadarse sin temor al juicio, conversar con diferencias para aprender de la otra persona, conocer su punto de vista del mundo. Donde, por primera vez en mucho tiempo, alguien nos escucha no para responder, sino para comprender. No para arreglar, sino para acompa&ntilde;ar. 
    </p><p class="article-text">
        Un desconocido que en minutos nos ve m&aacute;s claro que aquellos que pasan a&ntilde;os caminando a nuestro lado sin mirarnos de verdad. Alguien que llega y pone tu mundo patas arriba, que engancha, que desordena, y que sin embargo deseas que ese caos que deja a su paso te contagie. Porque intuyes que ese desorden es, en el fondo, un camino no transitado hacia una versi&oacute;n de ti que sonr&iacute;e m&aacute;s. No s&eacute; si lo has sentido, es algo tan abstracto que a veces asusta, porque asusta lo que no vemos y si sentimos. Ese entendimiento que no esperabas. No tengo manera de mostrarlo con otras palabras. 
    </p><p class="article-text">
        Y es curioso pensar que pasamos la vida buscando algo monumental, persiguiendo un ideal con forma definida, una f&oacute;rmula exacta de la felicidad, un envase espec&iacute;fico que creemos necesitar para sentirnos completos. Lo esperamos as&iacute;, con esa forma concreta que imaginamos. Pero la realidad tiene otros planes: muchas veces llega en un formato que no esper&aacute;bamos. En una persona que no encaja en nuestros planes cuadriculados, pero que encaja perfectamente en nuestras grietas, llenando con su presencia huecos que ni siquiera sab&iacute;amos que ten&iacute;amos.
    </p><p class="article-text">
        Cu&aacute;ntas veces habremos dejado pasar ese encuentro por culpa de los prejuicios, por esa man&iacute;a de querer entenderlo todo con la cabeza antes de sentirlo con el pecho. Exigiendo garant&iacute;as a un misterio que solo pide ser vivido. Pidiendo certezas a algo que solo ofrece &mdash;y solo necesita&mdash; verdad.
    </p><p class="article-text">
        Y sin embargo, esas personas-talism&aacute;n siguen apareciendo, como un peque&ntilde;o goteo. Portando consigo esa extra&ntilde;a capacidad de extenderte la mano para que hables de lo que habitualmente callas. De la vida que se rompi&oacute;. De la vida que a&uacute;n sue&ntilde;as. De los miedos que no confesamos ni en voz baja.
    </p><p class="article-text">
        No s&eacute; si logro explicarlo. Solo quienes lo han sentido sabr&aacute;n de qu&eacute; hablo. Es esa locura dulce que hace que el pecho y la cabeza dejen de entenderse, que te sorprendas mirando la luz del sol buscando ese mismo color en unos ojos, que todo lo ordenado pierda importancia. Es como si la vida misma, con su maravillosa iron&iacute;a, decidiera burlarse de nuestros horarios y nuestras listas para recordarnos que el control es solo una ilusi&oacute;n que nos contamos para dormir tranquilos. Que dos soledades necesitan tocarse para despertar del todo.
    </p><p class="article-text">
        Porque ese talism&aacute;n, por muy sabio que parezca, tambi&eacute;n te necesita a ti. Necesita tu sacudida, tu verdad sin filtros, tu hermoso caos. Para que su luz encuentre sentido, para que su camino encuentre compa&ntilde;&iacute;a. Quiz&aacute;s esa persona tambi&eacute;n lleva a&ntilde;os esperando tropezar con alguien que le permita soltar el peso, bajar la guardia, quitarse por fin la armadura.
    </p><p class="article-text">
        Y eso es, en medio de la rutina y la incertidumbre, lo m&aacute;s bonito que puede pasarnos en esta vida breve: tener la inmensa suerte de chocar con alguien que nos ayude a dejar de fingir lo que no somos. Alguien que nos recuerde que no hac&iacute;a falta ser perfectos, solo aut&eacute;nticos. Alguien que nos devuelva, con su sola presencia, el permiso de ser.
    </p><p class="article-text">
        Sencillamente.
    </p><p class="article-text">
        Sin miedo.
    </p><p class="article-text">
        Quien quieras.
    </p><p class="article-text">
        Con quien lo sientas.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; de raro.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; de humano.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Nora Vázquez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/viento-del-norte/abrigan_132_12873922.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 28 Dec 2025 20:03:05 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Los que abrigan]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Tramar la fuga]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/viento-del-norte/tramar-fuga_132_12841471.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6bb4ff78-9735-46be-b485-3022fa48d2f7_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Tramar la fuga"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Porque lo que más duele en este instante de la historia no es solo el robo de la cartera, sino el saqueo de la confianza. Se ha roto el precinto de la intimidad. Miramos hacia arriba, a las esferas de poder, y ya no vemos gestores, sino depredadores. Y aquí hay que ser sutil pero implacable"</p></div><p class="article-text">
        Parece que suena algo, cada d&iacute;a m&aacute;s cerca, que no se distingue con lucidez, pero est&aacute;. Es el zumbido de la decepci&oacute;n. Ya no es solo que las cosas huelan a podrido, es que la podredumbre se ha vuelto estructural, casi arquitect&oacute;nica. Vivimos en un edificio donde los cimientos est&aacute;n hechos de fango, pero se nos exige admirar el estuco de la fachada. Y lo notamos. Vaya si lo notamos.
    </p><p class="article-text">
        La sensaci&oacute;n generalizada es la de estar &ldquo;en off&rdquo;. El ciudadano medio camina hoy con el piloto autom&aacute;tico, en un modo de suspensi&oacute;n emocional. Nos hemos convertido en pantallas negras, en &lsquo;stand-by&rsquo;. Asistimos al espect&aacute;culo de la pol&iacute;tica y la actualidad no con ira &mdash;la ira requiere una energ&iacute;a que ya nos han robado&mdash; sino con la frialdad de quien ve llover tras un cristal sucio. Vemos los montajes, las trampas legales, las privatizaciones de lo que era nuestro y, sobre todo, vemos la gran impostura moral.
    </p><p class="article-text">
        Porque lo que m&aacute;s duele en este instante de la historia no es solo el robo de la cartera, sino el saqueo de la confianza. Se ha roto el precinto de la intimidad. Miramos hacia arriba, a las esferas de poder, y ya no vemos gestores, sino depredadores. Y aqu&iacute; hay que ser sutil pero implacable: la corrupci&oacute;n ya no es solo econ&oacute;mica; es carnal. Es la mano que se alarga demasiado en el despacho cerrado, el abuso continuado que se disfraza de autoridad, la doble vida de quienes predican la virtud en la tribuna p&uacute;blica mientras en la sombra ejercen un derecho de pernada moderno, psicol&oacute;gico y f&iacute;sico. Esa sensaci&oacute;n de que &ldquo;todo vale&rdquo; si tienes el cargo adecuado ha calado hasta los huesos. Nos dicen que nos protegen, pero la realidad es que somos cazados en cotos privados.
    </p><p class="article-text">
        En este escenario de depredaci&oacute;n y cinismo, donde la verdad se fabrica en gabinetes de crisis y la dignidad se vende al peso, la tentaci&oacute;n es el nihilismo. Tirar la toalla. Apagar el interruptor del todo y dejarse llevar por la corriente. Pero eso es lo que el sistema, en su voracidad, espera. Espera cuerpos d&oacute;ciles y mentes apagadas.
    </p><p class="article-text">
        Por eso urge dise&ntilde;ar, sin escribirlo, un manual de <em>Gobernanza en la Fuga</em><em><strong>.</strong></em>
    </p><p class="article-text">
        Y esta es una &ldquo;fuga&rdquo; en el sentido musical: una polifon&iacute;a donde, mientras el tema principal (el ruido, el fango, el abuso) suena a todo volumen, nosotros empezamos a tocar otra melod&iacute;a por debajo, casi imperceptible, pero constante.
    </p><p class="article-text">
        La estrategia debe ser la del erizo. O mejor, la de aquel curioso caso de la Isla de las Rosas<strong> </strong>en 1968, cuando un ingeniero italiano construy&oacute; una plataforma en aguas internacionales para declarar su propia micro-naci&oacute;n. El Estado italiano, nervioso por algo que no pod&iacute;a controlar, la bombarde&oacute;. &iquest;La lecci&oacute;n? No construyas castillos que puedan ver y bombardear. Construye refugios invisibles.
    </p><p class="article-text">
        El primer paso de esta fuga es la <em>Recuperaci&oacute;n de la Identidad</em>. En un mundo que nos quiere convertir en meros datos y v&iacute;ctimas potenciales, salvaguardar qui&eacute;n eres es un acto revolucionario. Esto se hace despacio. Se consigue apagando el ruido medi&aacute;tico que nos intoxica y volviendo a la conversaci&oacute;n de t&uacute; a t&uacute;. Es crear espacios seguros &mdash;literalmente seguros&mdash; donde las manos ajenas no te toquen sin permiso, donde la palabra dada valga m&aacute;s que un contrato. Es volver a centrar nuestra atenci&oacute;n: no regalarles ni un minuto m&aacute;s de nuestro miedo a sus telediarios.
    </p><p class="article-text">
        Se propone lo siguiente, la <em>Log&iacute;stica de lo Peque&ntilde;o</em>. Si el sistema es un gigante torpe y abusivo, nosotros debemos ser agua. El agua no se rompe; el agua se filtra. Frente a la privatizaci&oacute;n de la sanidad o la educaci&oacute;n, tejemos redes de cuidado mutuo tan densas que el mercado no pueda penetrarlas. Frente al acoso y el abuso de poder, instauramos la ley del &ldquo;creernos&rdquo;. Si la justicia oficial llega tarde o no llega porque est&aacute; ocupada midiendo los tiempos electorales, la justicia de la comunidad debe ser inmediata: el aislamiento del agresor, el abrazo a la v&iacute;ctima. Crear un per&iacute;metro de seguridad.
    </p><p class="article-text">
        Hay una an&eacute;cdota fascinante sobre los prisioneros de guerra que, para no volverse locos, jugaban partidas de ajedrez mentales, sin tablero, grit&aacute;ndose las jugadas de celda a celda. Constru&iacute;an una realidad paralela, l&oacute;gica y ordenada, en medio del caos. Nosotros debemos jugar ese ajedrez. Mientras ellos se revuelcan en sus esc&aacute;ndalos, en sus &ldquo;y t&uacute; m&aacute;s&rdquo;, nosotros movemos fichas reales en la vida real.
    </p><p class="article-text">
        Conseguir este objetivo poco a poco requiere paciencia. Es dejar de esperar que un &ldquo;l&iacute;der&rdquo; nos salve, porque ya hemos visto que los pedestales de m&aacute;rmol suelen estar llenos de grietas inconfesables. La salvaci&oacute;n es horizontal. La identidad se blinda cuando dejas de definirte por lo que odias (ellos) y empiezas a definirte por lo que amas y proteges (los tuyos, tu tiempo, tu cuerpo, tu verdad).
    </p><p class="article-text">
        Tramar esta fuga es aprender a vivir dentro del continuo espectro de oscuridad sin ser digeridos por &eacute;l. Es mantener esa luz del ciudadano encendida, pero con la intensidad baja, para no llamar la atenci&oacute;n, alumbrando solo lo que tenemos cerca: el coraz&oacute;n, la ternura y la verdad. Ellos pueden tener los titulares, los juzgados y los consejos de administraci&oacute;n. Pero si lo hacemos bien, si somos inteligentes y discretos, se dar&aacute;n cuenta demasiado tarde de que, aunque controlan el edificio, nosotros somos quienes tenemos las llaves de las salidas de emergencia.
    </p><p class="article-text">
        Que sigan haciendo ruido. Nosotros estamos ocupados afinando el silencio&hellip; ya sabes por qu&eacute; la discreci&oacute;n vale tanto, porque no te pueden atrapar y mientras lo intentan, t&uacute; sigues, trabajando, luchando y viendo con perspectiva estrat&eacute;gica la situaci&oacute;n. Cuando llegas, los dem&aacute;s todav&iacute;a est&aacute;n pensando de d&oacute;nde vienes.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Nora Vázquez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/viento-del-norte/tramar-fuga_132_12841471.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 12 Dec 2025 20:56:07 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Tramar la fuga]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Ser mujer]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/viento-del-norte/mujer_132_12793061.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/35bf4900-652d-4adc-aca8-aca26c7e90a9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Ser mujer"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Una mujer que ha vivido, que ha sido herida y ha cicatrizado, es peligrosa porque ya no compra las mentiras. Ya no busca la aprobación de quien la quiere sumisa. Ha visto el truco del mago entre bastidores y ha dejado de aplaudir"</p></div><p class="article-text">
        Asimilamos las reglas del juego mucho antes de ser capaces de descifrar el tablero. Nos fueron entregadas no en un decreto, sino en un manual invisible, cosido con hilo blanco en los dobladillos de la ropa y disuelto, como una medicina amarga, en la sopa tibia de la cena. Se nos inculc&oacute;, que nuestra presencia en el mundo era una suerte de subarriendo precario: se nos permit&iacute;a habitar el espacio p&uacute;blico, se nos conced&iacute;a una silla en la mesa, pero el precio del alquiler era la sonrisa perpetua, la mesura y esa capacidad casi m&iacute;stica para no estorbar, para ocupar el m&iacute;nimo volumen posible.
    </p><p class="article-text">
        Ser mujer es vivir en una eterna audici&oacute;n para un personaje que nadie ha terminado de escribir. Despertamos cada ma&ntilde;ana y, antes del caf&eacute;, nos enfundamos el vestuario de la complacencia. Hemos aprendido a sonre&iacute;r con los ojos mientras la mente, en un segundo plano, calcula las rutas de escape. Hemos aprendido que ser &ldquo;encantadora&rdquo; no es un rasgo de car&aacute;cter, sino un sofisticado mecanismo de supervivencia, un chaleco antibalas tejido con hilo de seda. Porque existe la superstici&oacute;n de que, si eres encantadora, quiz&aacute;s no te alcen la voz. Si eres dulce, quiz&aacute;s el golpe se detenga en el aire. Quiz&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Pero la trampa, esa broma c&oacute;smica y cruel, reside en que el juego est&aacute; trucado desde su origen. Incluso cumpliendo la liturgia de las normas, la condena es inevitable. Si la belleza es excesiva, te conviertes en objeto, en distracci&oacute;n, en una tentaci&oacute;n que &mdash;seg&uacute;n dicen&mdash; &ldquo;provoca&rdquo; su propia desgracia. Si la belleza falta, te vuelves invisible, una mancha en el paisaje, material descartable. Si hablas de deseo, eres vulgar y culpable; si callas, eres fr&iacute;gida e incompleta. No existe casilla ganadora en este tablero. Avanzamos por la vida haciendo funambulismo sobre una cuerda que una mano invisible tensa y destensa a su antojo, esperando el traspi&eacute; para sentenciar: &ldquo;&iquest;Lo veis? No estaba preparada. Es demasiado emocional. Es demasiado fr&aacute;gil&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Hay una violencia atmosf&eacute;rica, silenciosa como el gas, en la exigencia de que seamos musas. El mundo adora a la musa porque la musa es est&aacute;tica. La musa inspira, calla y permanece inm&oacute;vil en el pedestal mientras el artista crea, mientras el hombre act&uacute;a. Pero, &iexcl;ay de la musa que decide bajar del m&aacute;rmol y hablar! &iexcl;Ay de la estatua que confiesa tener hambre, tener arrugas, tener opiniones y deudas! En el instante en que demostramos ser humanas, criaturas de sangre, v&iacute;sceras y errores, nos convertimos en el enemigo. Dejamos de ser el sue&ntilde;o para ser la pesadilla. Nos llaman dif&iacute;ciles. Nos llaman locas. Nos llaman hist&eacute;ricas. Y esas palabras no son meros insultos; son boyas de advertencia para las dem&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Por qu&eacute; nuestro cuerpo se percibe como un territorio p&uacute;blico, susceptible de ser invadido, legislado o comentado por cualquier transe&uacute;nte? Se nos ha ense&ntilde;ado que nuestra anatom&iacute;a es peligrosa, no por su capacidad de acci&oacute;n, sino por lo que puede detonar en otros. Nos han hecho responsables de la falta de contenci&oacute;n ajena. Se nos instruy&oacute; para temer la oscuridad del bosque, en lugar de educar a los lobos para que dejaran de cazar.
    </p><p class="article-text">
        Una mujer que ha vivido, que ha sido herida y ha cicatrizado, es peligrosa porque ya no compra las mentiras. Ya no busca la aprobaci&oacute;n de quien la quiere sumisa. Ha visto el truco del mago entre bastidores y ha dejado de aplaudir.
    </p><p class="article-text">
        Es una contienda que se libra en los dormitorios, en las oficinas, en las calles mal iluminadas y en la crueldad an&oacute;nima de internet. Nos rompen y se espera que nos reconstruyamos en absoluto silencio, que aparezcamos al d&iacute;a siguiente maquilladas y eficientes, como si nada hubiera ocurrido. Se espera que perdonemos. Se espera que cuidemos a quienes nos da&ntilde;an. Se espera que seamos el reposo del guerrero, incluso cuando el guerrero nos ha declarado la guerra a nosotras.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, y aqu&iacute; radica la verdadera provocaci&oacute;n, seguimos aqu&iacute;. Ocupando espacio. Escribiendo nuestra propia historia, aunque intenten arrancarnos la pluma de las manos. Somos humanas y contradictorias; a veces anhelamos ser salvadas y otras veces queremos prenderle fuego a todo. Y no pasa nada. No tenemos la obligaci&oacute;n de ser perfectas; solo tenemos el deber de ser libres. Porque la libertad no consiste en que te den permiso. La libertad es dejar de pedirlo.
    </p><p class="article-text">
        Ser mujer es asomarse al abismo, sostenerle la mirada y decirle: &ldquo;Ya te conozco&rdquo;. Nos han matado mil veces &mdash;metaf&oacute;ricamente y, de forma tr&aacute;gica, literalmente tambi&eacute;n&mdash; y, sin embargo, amanecemos. Nos levantamos. Nos calzamos los tacones o las botas, nos lavamos la cara y salimos al mundo. No como v&iacute;ctimas, sino como due&ntilde;as de una resistencia geol&oacute;gica que lleva siglos fragu&aacute;ndose.
    </p><p class="article-text">
        No buscamos ser adoradas. La adoraci&oacute;n es otra forma de jaula, solo que m&aacute;s dorada. Buscamos ser vistas. Buscamos que se reconozca que el simple hecho de estar vivas, cuerdas y de pie, en un mundo dise&ntilde;ado para consumirnos, es nuestro mayor logro. Y si eso molesta, si nuestra existencia ruidosa, compleja y sin disculpas incomoda, entonces es que estamos haciendo algo bien. Porque la mujer que deja de buscar la validaci&oacute;n en la mirada ajena es la &uacute;nica que, finalmente, ha llegado a casa. Lo m&aacute;s revolucionario que hemos hecho es no marcharnos. Y no pensamos hacerlo.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Nora Vázquez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/viento-del-norte/mujer_132_12793061.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 24 Nov 2025 20:46:04 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Ser mujer]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Tulipanes]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/viento-del-norte/tulipanes_132_12769788.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7e99c569-fb44-49a6-ae2b-b70ac99cd81a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Tulipanes"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Estamos en nuestro invierno particular. La vida, en la superficie, sigue con su ruido, sus luces de Navidad, sus prisas y sus fiestas ajenas. Pero nuestra verdadera batalla, el esfuerzo que importa, se libra en la oscuridad. En la clandestinidad del alma"</p></div><p class="article-text">
        Ah&iacute; est&aacute; ella. Pongamos que es abril, o quiz&aacute;s ya mayo, cuando la luz ha dejado de ser una promesa t&iacute;mida y se ha convertido en una afirmaci&oacute;n rotunda, casi insolente. Pasea por ese campo de Holanda. Y la miran. Vaya si la miran.
    </p><p class="article-text">
        La miran filas y filas de tulipanes, erguidos como soldados en un desfile de gala, pero un desfile feliz. Ella camina, quiz&aacute;s un poco m&aacute;s despacio de lo normal, dejando que la mirada se llene de esos colores que parecen imposibles, como si alguien hubiera derramado botes de pintura fresca sobre la tierra.
    </p><p class="article-text">
        Un rojo tan perfecto que parece lacado, que grita &ldquo;vida&rdquo;. Un amarillo que es pura luz solar concentrada, una alegr&iacute;a que casi se puede tocar. Un rosa que tiene la delicadeza de una confidencia. Un p&uacute;rpura tan profundo que parece guardar un secreto. Ella sonr&iacute;e, claro. &iquest;Qui&eacute;n no sonreir&iacute;a?
    </p><p class="article-text">
        Se deja seducir por esa belleza que parece tan f&aacute;cil, tan gratuita. Es una ilusi&oacute;n &oacute;ptica del alma. Vemos el resultado, el estallido, la inauguraci&oacute;n del banquete. Y sentimos que la vida, a veces, es sencilla. Que las cosas buenas, de vez en cuando, simplemente brotan, como un regalo del cielo, porque s&iacute;, porque el mundo se ha despertado generoso.
    </p><p class="article-text">
        Creemos que esa flor es un milagro de un d&iacute;a. Qu&eacute; poco sabemos. Qu&eacute; poco queremos saber de la trastienda de la luz, de la contabilidad secreta de los milagros. Porque esa fiesta de color, esa perfecci&oacute;n que nos conmueve, no empieza con el sol. Empieza, como todas las cosas que importan, en la estaci&oacute;n opuesta. Empieza con el fr&iacute;o, con la retirada, con el olor de la tierra h&uacute;meda que se prepara para el largo sue&ntilde;o. La verdad de esa flor comienza en oto&ntilde;o. Empieza con un objeto humilde, algo feo, un coraz&oacute;n terco envuelto en t&uacute;nicas de papel seco. Un bulbo. La ant&iacute;tesis de la fiesta. Es un pu&ntilde;o cerrado, una promesa guardada bajo llave, un proyecto en un caj&oacute;n. Y aqu&iacute;, en el fr&iacute;o que cala los huesos, empieza el esfuerzo.
    </p><p class="article-text">
        Es un trabajo de manos sucias. Es el gesto de arrodillarse, de doblegar la espalda ante un suelo que ya no promete nada. Es cavar. Es un acto de fe que roza la locura: enterrar algo que parece muerto con la esperanza de que recuerde c&oacute;mo vivir. Es, casi siempre, un trabajo que se hace en soledad. Nadie te aplaude por plantar bulbos en oto&ntilde;o. Nadie te saca una foto mientras, tiritando, entierras tus esperanzas. Es un esfuerzo clandestino, ingrato, invisible. Es la decisi&oacute;n de empezar la tesis, de ahorrar la primera moneda para un viaje imposible, de cuidar al que est&aacute; enfermo, de empezar a sanar una herida que nadie ve. Es la siembra. Un acto de resistencia silenciosa.
    </p><p class="article-text">
        Y despu&eacute;s de la siembra, llega lo peor. La espera. El invierno. El invierno es la paciencia convertida en una forma de vida. Es la resignaci&oacute;n. Pero no la resignaci&oacute;n de quien se rinde, sino esa resignaci&oacute;n activa de quien acepta las reglas del juego. La de quien entiende que no se puede forzar el resultado, que hay un tiempo para la acci&oacute;n y un tiempo para la confianza.
    </p><p class="article-text">
        El bulbo est&aacute; ah&iacute; abajo, solo, en su cripta de tierra helada. Y nosotras tambi&eacute;n. Estamos en nuestro invierno particular. La vida, en la superficie, sigue con su ruido, sus luces de Navidad, sus prisas y sus fiestas ajenas. Pero nuestra verdadera batalla, el esfuerzo que importa, se libra en la oscuridad. En la clandestinidad del alma.
    </p><p class="article-text">
        Ah&iacute; abajo, en el silencio, es donde estamos luchando. Es un impulso lento, de pura digesti&oacute;n interna, que convierte la herida en el pigmento exacto que un d&iacute;a, en la superficie, todos llamar&aacute;n belleza. El bulbo aguanta. Como aguantamos nosotras. Sosteniendo la estructura, confiando en el proceso, ejerciendo ese mimo invisible, ese cuidado que nadie reconoce, pero que es el &uacute;nico que importa.
    </p><p class="article-text">
        Hasta que un d&iacute;a, un imperceptible cambio en el aire. Y el suelo se rompe. Un peque&ntilde;o cono verde. Afilado. Vulnerable. A&uacute;n no es la flor. Es la evidencia. La prueba de que la lucha sirvi&oacute;, de que la paciencia no fue en vano. Por eso, cuando esa mujer pasea en mayo, deslumbrada por el campo de tulipanes, lo que ve no es un milagro. Es una consecuencia. Es la cosecha. Es la fe del oto&ntilde;o y la soledad del invierno convertidas, por fin, en materia visible. Esa flor que se yergue tan orgullosa no es arrogante. Simplemente, se sabe merecedora. Sabe, con cada una de sus c&eacute;lulas, el fr&iacute;o que le cost&oacute; fabricar ese color. Sabe que la belleza no es un regalo. Es, siempre, la recompensa visible de un trabajo que fue, durante mucho, mucho tiempo, obstinadamente invisible.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Nora Vázquez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/viento-del-norte/tulipanes_132_12769788.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 14 Nov 2025 20:35:45 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Tulipanes]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Defensa propia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/viento-del-norte/defensa-propia_132_12717174.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/5a9fbcbf-59ec-4c55-9433-cb6035201120_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Defensa propia"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Nos exigimos ser productivos, eficientes, informados, tener una opinión contundente sobre el último conflicto geopolítico y, al mismo tiempo, estar al día de la serie de moda. Nos pedimos tener un cuerpo que no envejezca, una mente que no dude y un ánimo que no decaiga"</p></div><p class="article-text">
        La puerta del autob&uacute;s se cierra con ese resoplido cansado, casi asm&aacute;tico, de todas las ma&ntilde;anas. Dentro, el calor de los cuerpos y el vaho en el cristal nos convierten en una &uacute;nica criatura an&oacute;nima, un organismo colectivo que avanza a trompicones por las arterias de la ciudad. Miro los rostros. Nadie mira a nadie, o todos lo hacemos de reojo, con esa pericia de carterista visual que se aprende en el transporte p&uacute;blico. Unos cascos para aislarse, un libro como trinchera, la pantalla del m&oacute;vil como un escudo luminoso contra la intromisi&oacute;n del otro. Y en ese peque&ntilde;o ecosistema de las siete y media, en ese confesionario laico y ambulante, una se da cuenta de que lo primero que hacemos al empezar el d&iacute;a es practicar el olvido de nuestra propia especie.
    </p><p class="article-text">
        Es un ensayo diario, concienzudo. Vemos a la mujer que sube cargada con bolsas y pensamos en el espacio que ocupa, no en el peso que carga. O&iacute;mos un acento que no es el nuestro y el cerebro, m&aacute;s r&aacute;pido que el coraz&oacute;n, ya ha levantado un peque&ntilde;o muro de prejuicios, una aduana invisible donde se inspecciona al reci&eacute;n llegado. Nos cruzamos con alguien que lleva un peri&oacute;dico cuyo titular detestamos y, en un instante, esa persona deja de ser una suma de complejidades &mdash;un padre, una hija, alguien que teme a la soledad o que anoche so&ntilde;&oacute; con volar&mdash; para convertirse en una etiqueta andante: el enemigo. Y as&iacute;, sin darnos cuenta, nos pasamos la vida deshumanizando en defensa propia. Porque es m&aacute;s f&aacute;cil.
    </p><p class="article-text">
        Es infinitamente m&aacute;s sencillo blindarse en la trinchera de la ideolog&iacute;a, del equipo de f&uacute;tbol, de la patria o de cualquier 'ismo' que nos ofrezca un manual de instrucciones sobre qui&eacute;nes son los nuestros y qui&eacute;nes los dem&aacute;s. Se dice que las fronteras m&aacute;s peligrosas no est&aacute;n en los mapas, sino en el coraz&oacute;n helado que se niega a reconocerse en la herida ajena. Quiz&aacute; todo este empe&ntilde;o en rechazar al otro no es m&aacute;s que el eco de un miedo antiguo, el p&aacute;nico a nuestra propia fragilidad, a esa intemperie que es, a fin de cuentas, la condici&oacute;n humana.
    </p><p class="article-text">
        Porque ah&iacute; est&aacute; la verdadera ra&iacute;z del asunto, la madre de todas nuestras batallas perdidas. Nos empe&ntilde;amos en rechazar al diferente porque en &eacute;l vemos, como en un espejo deformado, todo lo que no queremos afrontar en nosotros mismos. Su vulnerabilidad nos recuerda la nuestra. Su necesidad nos grita a la cara que nosotros tambi&eacute;n necesitamos. Y qu&eacute; cosa m&aacute;s triste, qu&eacute; humillaci&oacute;n insoportable para este yo moderno y autosuficiente, tener que levantar la mano y decir: &ldquo;No puedo sola&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Pedir ayuda se ha convertido en el &uacute;ltimo tab&uacute;. Antes que pronunciar esas palabras, preferimos rompernos por dentro, en silencio, con una sonrisa de protocolo en la cara mientras el alma se nos llena de grietas. Es m&aacute;s digno &mdash;nos decimos&mdash; aguantar el tipo, fingir que la vida no duele, que las deudas no asfixian, que el desamor no desgarra. Es m&aacute;s valiente &mdash;creemos&mdash; convertir el sufrimiento en una procesi&oacute;n que solo va por dentro. Y en esa farsa nos dejamos la vida, construyendo un personaje heroico y solitario que aplaudimos en los dem&aacute;s pero que nos destroza cuando nos toca interpretarlo.
    </p><p class="article-text">
        Nos pedimos tanto. Nos exigimos ser productivos, eficientes, informados, tener una opini&oacute;n contundente sobre el &uacute;ltimo conflicto geopol&iacute;tico y, al mismo tiempo, estar al d&iacute;a de la serie de moda. Nos pedimos tener un cuerpo que no envejezca, una mente que no dude y un &aacute;nimo que no decaiga. Nos pedimos una coherencia de acero, como si fu&eacute;ramos un bloque de granito y no un revoltijo de contradicciones, miedos y anhelos. Nos pedimos ser m&aacute;quinas perfectas de generar resultados.
    </p><p class="article-text">
        Pero en esa lista infinita de exigencias, se nos olvida la &uacute;nica que de verdad importa, la &uacute;nica que podr&iacute;a salvarnos: no nos pedimos estar bien con nosotras mismas. No nos concedemos el derecho a la falla, a la duda, al cansancio. No nos permitimos ser, sencillamente, humanos. Criaturas imperfectas que a veces se equivocan, que necesitan un abrazo sin pedirlo, que lloran por una tonter&iacute;a y que, de vez en cuando, solo aspiran a sentarse en un autob&uacute;s, mirar por la ventana empa&ntilde;ada y sentir, por un breve instante, que el desconocido de al lado no es una amenaza, sino un compa&ntilde;ero de viaje en este extra&ntilde;o, ca&oacute;tico y maravilloso trayecto de estar vivo.
    </p><p class="article-text">
        El autob&uacute;s frena. La gente se levanta, se recompone las chaquetas y las armaduras. El organismo se disuelve. Cada uno a su trinchera. Y yo me bajo en mi parada, pensando que quiz&aacute; la humanidad no sea una gran declaraci&oacute;n, ni un tratado filos&oacute;fico, sino simplemente la decisi&oacute;n, min&uacute;scula y revolucionaria, de limpiar un trozo de vaho del cristal para ver, de verdad, al que tenemos enfrente.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Nora Vázquez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/viento-del-norte/defensa-propia_132_12717174.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 27 Oct 2025 20:46:06 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Defensa propia]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Dinamita Nobel]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/viento-del-norte/dinamita-nobel_132_12680329.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7a0881aa-7ddd-438b-a757-26962798f352_16-9-discover-aspect-ratio_default_1127662.jpg" width="5000" height="2813" alt="Dinamita Nobel"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"El premio, como su creador, vive en la contradicción. Se ha extraviado en la geopolítica, convertido en una herramienta que a veces busca más proyectar una imagen que reconocer una realidad"</p></div><p class="article-text">
        Hab&iacute;a un hombre en Estocolmo que viv&iacute;a atormentado por el silencio. No el silencio de las calles nevadas o el de los vastos bosques suecos, sino un silencio interior, un vac&iacute;o que dejaba el estruendo. Alfred, se llamaba. Un tipo peculiar, de salud quebradiza y alma de poeta encerrada en el cuerpo de un ingeniero qu&iacute;mico. Su padre, un inventor de puentes y edificios, le hab&iacute;a ense&ntilde;ado desde ni&ntilde;o el lenguaje de las rocas, el arte de demoler para construir. Y Alfred aprendi&oacute; tan bien esa lecci&oacute;n que acab&oacute; por domar el alma inestable de la nitroglicerina, por meterla en cintura, por darle un nombre: dinamita.
    </p><p class="article-text">
        La palabra sonaba a progreso, a civilizaci&oacute;n horadando monta&ntilde;as para trazar caminos, a humanidad doblegando la naturaleza. Y durante un tiempo, Alfred se crey&oacute; ese relato. Viajaba por toda Europa, &ldquo;el vagabundo m&aacute;s rico del continente&rdquo; le llamaban, levantando f&aacute;bricas que produc&iacute;an ese poder encapsulado. Era un hombre de &eacute;xito, due&ntilde;o de un imperio de 355 patentes. Pero en las noches, en la soledad de sus lujosas habitaciones de hotel, el eco de las explosiones regresaba. No las de las canteras, sino las de los campos de batalla que su invenci&oacute;n hac&iacute;a terriblemente rutinarias. 
    </p><p class="article-text">
        Se describ&iacute;a a s&iacute; mismo como un mis&aacute;ntropo y un superidealista, una contradicci&oacute;n que es, quiz&aacute;, la definici&oacute;n m&aacute;s honesta del ser humano. Amaba la literatura con la devoci&oacute;n de quien busca en las palabras un refugio, un orden que la realidad le negaba. Y en esa dualidad, en esa pugna entre el c&iacute;nico hombre de negocios y el so&ntilde;ador melanc&oacute;lico, empez&oacute; a gestarse la idea de un legado. &iquest;Qu&eacute; queda de un hombre cuando su nombre se asocia al estruendo de la destrucci&oacute;n? &iquest;C&oacute;mo se compra el perd&oacute;n de la historia?
    </p><p class="article-text">
        La vanidad es un motor poderoso, casi tanto como la dinamita. Un d&iacute;a, un peri&oacute;dico franc&eacute;s public&oacute; por error su necrol&oacute;gica. &ldquo;El mercader de la muerte ha muerto&rdquo;, rezaba el titular. Alfred tuvo el extra&ntilde;o privilegio de leer su propio epitafio, de ver su vida reducida a una caricatura macabra. Y lo que vio le hel&oacute; la sangre. Fue entonces, cuentan, cuando la necesidad de reescribir su historia se convirti&oacute; en una obsesi&oacute;n. No bastaba con la fortuna, ni con las f&aacute;bricas, ni con el reconocimiento de la ciencia. Hac&iacute;a falta un gesto grandioso, un acto de contrici&oacute;n tan espectacular que su sonido ahogara para siempre el de la dinamita.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; naci&oacute; el testamento. Una fortuna inmensa destinada a premiar a quienes confirieran &ldquo;el mayor beneficio a la humanidad&rdquo;. Literatura, f&iacute;sica, qu&iacute;mica, medicina... y paz. Sobre todo, la paz. Qu&eacute; iron&iacute;a tan bella y tan triste. El hombre que hab&iacute;a hecho la guerra m&aacute;s eficiente, m&aacute;s impersonal y m&aacute;s devastadora, legaba su nombre a la causa de la concordia. No fue un acto de pura bondad, no nos enga&ntilde;emos. Fue un intento desesperado de controlar la narrativa, de levantar un monumento a su propio idealismo para que la posteridad lo recordara como un humanista y no como el ingeniero del caos. Fue, en el fondo, el &uacute;ltimo y m&aacute;s ambicioso de sus inventos: la inmortalidad a trav&eacute;s de la filantrop&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Y ahora, &iquest;qu&eacute; queda de ese gesto? El premio, como su creador, vive en la contradicci&oacute;n. Se ha extraviado en la geopol&iacute;tica, convertido en una herramienta que a veces busca m&aacute;s proyectar una imagen que reconocer una realidad. Naci&oacute; de la culpa y ahora, a menudo, sirve para lavar conciencias, no para construirlas. Se lo entregan a la dama de la esperanza, esperando que el brillo del galard&oacute;n bastara para cegar la limpieza &eacute;tnica que se gestaba a sus pies. El mundo aplaudi&oacute; la fotograf&iacute;a, el s&iacute;mbolo, y luego desvi&oacute; la mirada mientras su silencio se volv&iacute;a tan atronador como las explosiones que atormentaban a Alfred. Fracasamos junto a ella, porque preferimos el cuento de hadas a la cruda realidad de que la paz no se compra con una medalla.
    </p><p class="article-text">
        El premio ha demostrado tener una perversa alquimia: la capacidad de convertir la ambici&oacute;n en virtud, al menos sobre el papel. Y en esa estela, la historia amenaza con repetirse, con volverse farsa. Ahora, desde sus torres revestidas de un oro que grita m&aacute;s que habla, otro mercader, esta vez no de muerte sino de s&iacute; mismo, lo anhela con una codicia transparente. No busca la paz, sino el prestigio. Busca la absoluci&oacute;n definitiva, el barniz de humanista sobre una vida de ego desmedido. Busca que la historia, esa juez a la que tanto tem&iacute;a Nobel, le recuerde con el brillo del premio y no con el ruido de sus palabras.
    </p><p class="article-text">
        Y en esa ambici&oacute;n, se cierra el c&iacute;rculo perfecto. Veremos si, una vez m&aacute;s, el dinero y la vanidad logran esa extra&ntilde;a transmutaci&oacute;n: convertir a un hombre en un &ldquo;hombre bueno&rdquo;. El mismo truco de magia, el mismo desesperado intento de redenci&oacute;n a trav&eacute;s de un testamento dorado, que ya intent&oacute; su inventor en una fr&iacute;a habitaci&oacute;n de hotel, mientras escuchaba, a lo lejos, el eco de sus propias explosiones.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Nora Vázquez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/viento-del-norte/dinamita-nobel_132_12680329.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 13 Oct 2025 19:45:31 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Dinamita Nobel]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Premios Nobel,Nobel de Literatura,Nobel de la Paz]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Viaje a Oslo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/viento-del-norte/viaje-oslo_132_12637680.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/857ed79f-b711-4b67-8fe8-540b31955c83_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Viaje a Oslo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Se huye, es cierto. Pero hay una diferencia fundamental entre huir de la vida y huir del ruido que nos impide vivirla. No es una fuga cobarde del mundo, sino un movimiento estratégico de repliegue para poder volver a él"</p></div><p class="article-text">
        Hay un momento en que el ruido de dentro se vuelve indistinguible del de fuera. Las ambiciones, los agravios, las listas de tareas, las opiniones ajenas y las propias; todo se convierte en un zumbido denso, un motor que nunca se apaga. Se vive dentro de ese ruido. Se acostumbra una a su vibraci&oacute;n, hasta que un d&iacute;a el cuerpo, que es m&aacute;s sabio que la voluntad, dice basta. Y pide silencio. No el silencio de la ausencia, sino el de la presencia. El silencio de las cosas que simplemente son.
    </p><p class="article-text">
        El viaje a Oslo no fue una elecci&oacute;n, fue una rendici&oacute;n. Una huida no hacia un lugar, sino desde un estado. No se buscaba ver nada nuevo, buscaba ver todo nuevo, dejar de ver lo de siempre con los mismos ojos cansados. El trayecto en tren fue un largo ejercicio de vaciado, de soltar lastre mental a cada kil&oacute;metro de llanura mon&oacute;tona que se suced&iacute;a tras el cristal: las conversaciones que nunca ocurrieron pero que se ensayan sin fin, las culpas de ayer y las ansiedades por un ma&ntilde;ana que a&uacute;n no existe. El objetivo era simple y radical: llegar, por fin, despojada de intenciones, sin la obligaci&oacute;n de sentir, de fotografiar, de entender. Sin m&aacute;s plan que el de respirar un aire distinto.
    </p><p class="article-text">
        Y el aire de Oslo es distinto. Es un aire que parece tener memoria de fiordo y de bosque, un aire que no exige nada. La ciudad misma es una anfitriona discreta. No avasalla con una belleza monumental, no grita su historia en cada esquina. Invita, simplemente, a caminar. Y caminar por Oslo es aprender una forma de paz. Es sentir el ritmo de unos pasos que no tienen prisa, el de una gente que no necesita levantar la voz. Es una ciudad que ofrece el regalo de un anonimato que no es soledad. Es notar c&oacute;mo la luz del norte, incluso en sus d&iacute;as m&aacute;s grises, tiene una cualidad de plata que no deslumbra, sino que revela, que parece limpiar la mirada.
    </p><p class="article-text">
        El verdadero destino, sin embargo, era el agua. Ese momento de llegar a la orilla del fiordo, donde la ciudad se detiene y empieza otra cosa. Un tiempo m&aacute;s antiguo. El sonido era el del agua lamiendo la orilla y el grito lejano de una gaviota. El fr&iacute;o de la piedra sub&iacute;a lentamente, anclando el cuerpo al &uacute;nico instante real.
    </p><p class="article-text">
        Y ya.
    </p><p class="article-text">
        No hubo una epifan&iacute;a grandilocuente. No hubo respuestas a ninguna pregunta. Al contrario. No hab&iacute;a preguntas. El zumbido interior hab&iacute;a cesado. El motor se hab&iacute;a apagado. El silencio exterior, el del agua y la piedra, por fin se hab&iacute;a sincronizado con un silencio reci&eacute;n descubierto dentro del pecho.
    </p><p class="article-text">
        Fue una revelaci&oacute;n modesta, casi secreta. Se nos ense&ntilde;a a construir la felicidad, a ganarla, a merecerla, a perseguirla como si fuera una meta en una carrera interminable. Pero la paz, la verdadera, no se construye; se la deja ser. No se conquista; se regresa a ella. La felicidad, o eso que se le parece, quiz&aacute; no sea una conquista, ni un destino al que se llega. Quiz&aacute; sea solo un permiso. El permiso que una se da para dejar de luchar, para soltar las armas contra el mundo y contra una misma, y sentarse a la orilla de la propia vida a observar, simplemente, c&oacute;mo el agua se mueve. El viaje no hab&iacute;a sido para conocer Oslo. Hab&iacute;a sido para conocer ese silencio. Para recordar que existe. Y que siempre ha estado ah&iacute;, esperando, debajo de todo el ruido.
    </p><p class="article-text">
        Resulta extra&ntilde;o, a veces, pensar en lo lejos que tiene que irse una para encontrarse con algo que, en teor&iacute;a, siempre ha llevado dentro. Pero este relato no es una defensa de la distancia ni la huida, ese es otro tema. Oslo es solo un nombre, el c&oacute;digo personal de ese momento, para ese lugar de tregua donde el alma puede por fin quitarse la armadura. Cada cual tiene el suyo, y casi nunca requiere un billete de avi&oacute;n. Para algunas, ese fiordo de calma es el sonido de una aguja de punto en el silencio de la tarde; para otras, el olor a tierra mojada en un jard&iacute;n reci&eacute;n regado. Para otros puede ser una sonata de Bach, el ronroneo de un gato o el simple acto de amasar pan, de sentir la vida latiendo y transform&aacute;ndose entre las manos. Es cualquier portal que nos devuelva a nosotros mismos.
    </p><p class="article-text">
        Y s&iacute;, quiz&aacute; todo esto no sea m&aacute;s que una forma elaborada de hablar de la huida. Se huye, es cierto. Pero hay una diferencia fundamental entre huir de la vida y huir del ruido que nos impide vivirla. No es una fuga cobarde del mundo, sino un movimiento estrat&eacute;gico de repliegue para poder volver a &eacute;l. Es volar, pero no para escapar, o quiz&aacute; si, sino para tomar altura y perspectiva, para poder ver de nuevo el mapa completo y no solo el laberinto asfixiante de nuestras propias pisadas. A veces, la &uacute;nica forma de volver a casa es dar un largo rodeo. A veces, hay que volar muy lejos para rescatar el alma de la tiran&iacute;a de una misma y, al fin, poder regresar para habitar el propio cuerpo en paz.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Nora Vázquez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/viento-del-norte/viaje-oslo_132_12637680.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 27 Sep 2025 19:16:17 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Viaje a Oslo]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Zurrumurru]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/viento-del-norte/zurrumurru_132_12588197.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/523691aa-6038-4156-8aef-491caed4be01_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Zurrumurru"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Quizás, cuando todo calla y el personaje que fuimos durante el día por fin se duerme, descubrimos que el anhelo más profundo no es la felicidad, ni la paz, ni el éxito. Es algo mucho más sencillo y milagroso: la esperanza de que exista en el mundo un solo ser ante el cual no necesitemos defendernos"</p></div><p class="article-text">
        Ah&iacute; est&aacute; de nuevo la lavadora, con su ojo de buey mirando a la cocina. Dentro, la misma ropa de siempre da vueltas y vueltas, sube, cae, se golpea contra el cristal en un susurro r&iacute;tmico, hipn&oacute;tico. Y en ese movimiento circular, uno de pronto se reconoce. Es la persona la que da vueltas en el tambor del d&iacute;a a d&iacute;a, con los mismos gestos, cruzando las mismas calles donde le saludan las mismas caras.
    </p><p class="article-text">
        No hay nada hostil en esas caras. Al contrario. Hay un calor innegable en lo conocido, una patria en la costumbre. Pero bajo esa red de afectos, se esconde una condici&oacute;n que nadie nombra: la de vivir bajo una vigilancia constante y amable. Un pan&oacute;ptico de la familiaridad. Cada gesto es visto, cada palabra es escuchada, cada decisi&oacute;n es sutilmente archivada en la memoria colectiva. No con malicia, sino con la implacable precisi&oacute;n del que lo ha visto todo.
    </p><p class="article-text">
        Y de esa mirada total nace una jaula. No es una jaula de barrotes de hierro, sino de algo mucho m&aacute;s dif&iacute;cil de romper: el afecto, la historia compartida, la expectativa. Uno no se siente agredido, se siente... encerrado. Empujado con delicadeza a ocupar el carril que le fue asignado hace a&ntilde;os. Cada intento de salirse de esa senda es recibido con una sorpresa que funciona como un correctivo, una amable extra&ntilde;eza en la mirada ajena que nos devuelve a los confines del personaje conocido.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute;, se vive con la obligaci&oacute;n no escrita de ser leal al personaje que los dem&aacute;s han construido. Uno es el sensato, la alegre, el manitas, la so&ntilde;adora. Y la persona, aun rodeada de cari&ntilde;o, puede acabar sintiendo la asfixia de una habitaci&oacute;n sin ventanas, el agotamiento de una libertad que solo existe en la teor&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Esta renuncia a la propia complejidad no es un acto &uacute;nico y dram&aacute;tico, sino un peaje invisible que se paga cada d&iacute;a, a cada hora. Es el arte fatigoso de la omisi&oacute;n, la elecci&oacute;n constante de la palabra adecuada que no alarme, del gesto que no delate la procesi&oacute;n interior. La persona se convierte en un diplom&aacute;tico de su propia existencia, negociando treguas con su verdad para no perturbar la paz ajena. Un desgaste lento, educado, que va vaciando la vida de su sustancia m&aacute;s aut&eacute;ntica, hasta dejarla convertida en un hermoso recipiente vac&iacute;o.
    </p><p class="article-text">
        Y la comunidad colabora en este teatro, no por crueldad, sino por un profundo instinto de supervivencia. Porque la grieta en la armadura del vecino es un espejo que nos devuelve el reflejo de nuestra propia fragilidad, y esa es una verdad demasiado inc&oacute;moda de sostener. As&iacute; que nos apuntalamos unos a otros en la ficci&oacute;n. La pregunta rutinaria por nuestro estado no busca saber, sino confirmar que el otro sigue cumpliendo su parte del pacto, que la quietud del estanque no ha sido alterada. Es un acto de autoprotecci&oacute;n colectiva disfrazado de inter&eacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Es en este punto donde arraiga la dolencia m&aacute;s profunda y actual, la que se gesta en el silencio de nuestras casas perfectamente ordenadas. Hemos firmado un pacto t&aacute;cito, una conspiraci&oacute;n del bienestar. El acuerdo consiste en representar, d&iacute;a tras d&iacute;a, la obra de la normalidad. La regla principal es que el decoro no debe romperse. Y la manifestaci&oacute;n de una herida interior &mdash;una ansiedad, una tristeza persistente, una simple fatiga del alma&mdash; es considerada la m&aacute;s grave violaci&oacute;n de ese decoro.
    </p><p class="article-text">
        Aqu&iacute; se revela la doble cara de la cercan&iacute;a. Lo malo: la jaula se convierte en una celda de aislamiento para el que sufre. La persona se transforma en el guardi&aacute;n de su propio secreto, consumiendo una energ&iacute;a ingente en mantener la compostura, en sonre&iacute;r en el supermercado, en hablar del tiempo en el ascensor. El dolor se convierte en una fiebre sorda, una procesi&oacute;n que va por dentro, porque mostrarlo ser&iacute;a una indecencia, una forma de agresi&oacute;n a la paz pactada.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute;s, cuando todo calla y el personaje que fuimos durante el d&iacute;a por fin se duerme, descubrimos que el anhelo m&aacute;s profundo no es la felicidad, ni la paz, ni el &eacute;xito. Es algo mucho m&aacute;s sencillo y milagroso: la esperanza de que exista en el mundo un solo ser ante el cual no necesitemos defendernos. Alguien en cuyo silencio podamos verter el nuestro, sin miedo. Alguien que, al mirarnos en nuestra m&aacute;s honesta fragilidad, no vea una ruina, sino un paisaje al fin completo. Alguien que escuche la m&uacute;sica secreta de nuestra alma y, en lugar de asustarse, se quede, simplemente, a bailar en la penumbra. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Nora Vázquez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/viento-del-norte/zurrumurru_132_12588197.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 09 Sep 2025 19:46:05 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Zurrumurru]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Silencio]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/viento-del-norte/silencio_132_12535554.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/867c584b-0f31-4c38-92fc-4eb66f89a423_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Silencio"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Una sociedad que no comprende la mecánica precisa de cómo se instaura el terror, cómo se manipula la verdad y cómo se fabrica el olvido, es una sociedad vulnerable. Es un pueblo que puede volver a tropezar, que puede confundir el silencio con la paz y la amnesia con la reconciliación"</p></div><p class="article-text">
        Hay un silencio particular, uno que no tiene que ver con la ausencia de ruido. Es uno que se adhiere a las paredes de ciertos edificios, que se acurruca en los portales umbr&iacute;os y que a veces, en la quietud de una siesta de agosto, parece exhalar un aliento fr&iacute;o. No es un vac&iacute;o. Es una presencia, una materia densa tejida con todo lo que no se dijo, con el peso de las palabras que murieron en la garganta. Para entenderlo, hay que desandar el tiempo hasta una &eacute;poca en la que el sonido m&aacute;s aterrador no era el de una sirena, sino el de unos nudillos contra la madera de una puerta en mitad de la noche.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; se proced&iacute;a. No siempre con la fanfarria burocr&aacute;tica de un consejo de guerra, ni con la relativa formalidad del pared&oacute;n junto a la tapia de un cementerio, ese anfiteatro del horror donde la muerte se administraba en serie, con camiones y listas, como si fuera un tr&aacute;mite log&iacute;stico m&aacute;s. No. A menudo, el terror era un asunto m&aacute;s &iacute;ntimo. Era el &ldquo;paseo&rdquo;, una palabra que evoca ocio y que fue pervertida hasta significar un viaje sin retorno. O, m&aacute;s brutalmente a&uacute;n, la &ldquo;saca&rdquo; directamente del hogar, la profanaci&oacute;n del &uacute;ltimo refugio. Unos hombres, a menudo vecinos con camisa nueva y pistola al cinto, llamaban a la puerta. No hab&iacute;a orden judicial, solo una certeza en sus miradas. Se llevaban a un hombre en zapatillas, a medio vestir, con la promesa vaga de una declaraci&oacute;n r&aacute;pida. Y la puerta se cerraba. Ese clic del cerrojo era el verdadero sonido del fin.
    </p><p class="article-text">
        A la ma&ntilde;ana siguiente comenzaba la segunda parte del procedimiento: la construcci&oacute;n del silencio. La viuda &mdash;aunque a&uacute;n no lo fuera oficialmente, aunque se aferrara a la ficci&oacute;n de una detenci&oacute;n&mdash; se convert&iacute;a en una experta en la arquitectura de ese silencio. Aprend&iacute;a a no preguntar, a no llorar en la cola del pan, a bajar la vista ante los mismos que se hab&iacute;an llevado a su marido. Su dolor era subversivo; su mera existencia, una acusaci&oacute;n callada. Vivir consist&iacute;a en representar una normalidad que ya no exist&iacute;a, en proteger a los hijos de una verdad que ni ella misma pod&iacute;a nombrar. Su cuerpo se convirti&oacute; en un archivo de ausencias, su memoria en un paisaje de ruinas.
    </p><p class="article-text">
        Los ni&ntilde;os aprend&iacute;an la lecci&oacute;n sin que nadie se la ense&ntilde;ara. Aprend&iacute;an que el nombre del padre era una palabra peligrosa, que ciertas fotos deb&iacute;an desaparecer, que el llanto de la madre por la noche era un secreto que deb&iacute;a guardarse al amanecer. Crec&iacute;an en un lugar de sobreentendidos, donde el miedo era el aire que se respiraba. Y para algunos, la &uacute;nica salvaci&oacute;n era la amputaci&oacute;n: el exilio. Mandar a una hija a Par&iacute;s no era solo un acto de protecci&oacute;n f&iacute;sica, era un intento desesperado de sacarla de esa atm&oacute;sfera irrespirable, de darle la oportunidad de crecer en un lugar donde las palabras significaran lo que dec&iacute;an y el pasado no fuera una amenaza agazapada. La ni&ntilde;a en Francia se convert&iacute;a en la depositaria de una memoria que en su tierra era un crimen, un eslab&oacute;n perdido y a la vez salvado de una cadena rota.
    </p><p class="article-text">
        Mientras tanto, la prensa oficial orquestaba la gran sinfon&iacute;a del olvido. Hablaba de paz, de orden, de una nueva naci&oacute;n que renac&iacute;a gloriosa sobre las cenizas de la &ldquo;Anti-Espa&ntilde;a&rdquo;. Las &uacute;nicas im&aacute;genes autorizadas eran las de desfiles y multitudes aclamando. La sociedad, o al menos la parte visible de ella, anhelaba esa normalidad prometida. Quer&iacute;a creer en la victoria como un punto final y no como el comienzo de una purga interminable. La gente quer&iacute;a volver a los cines, al f&uacute;tbol, a la vida, y para ello era necesario no ver, no o&iacute;r, no saber. Los fusilamientos eran un secreto a voces, que serv&iacute;a como recordatorio de los l&iacute;mites, la prueba &uacute;ltima del poder absoluto de la dictadura.
    </p><p class="article-text">
        Porque ese era el objetivo del r&eacute;gimen, su obra magna. No se trataba solo de eliminar a los enemigos, sino de algo mucho m&aacute;s profundo: desarticular la sociedad, romper los lazos de solidaridad, inocular un miedo que paralizara no solo a los presentes, sino a las generaciones futuras. Cada ejecuci&oacute;n, cada rapado humillante a una mujer, y tras ello, hacerlas barrer las calles,  cada expediente de depuraci&oacute;n, era una lecci&oacute;n del aquel dictador y su r&eacute;gimen.  El mensaje era claro: no pienses, no recuerdes, no te organices. Obedece. El individuo deb&iacute;a quedar solo, aislado en su miedo, desconfiando hasta de su vecino. El terror no era un exceso de la victoria, era su cimiento. Una paz construida sobre el temblor de los vivos y la quietud de los muertos.
    </p><p class="article-text">
        Y aqu&iacute; es donde aquel silencio de entonces se conecta con el nuestro. Porque ese silencio impuesto no se desvaneci&oacute; con el tiempo; se solidific&oacute;. Se convirti&oacute; en el &ldquo;pacto&rdquo; de la Transici&oacute;n, en la costumbre de &ldquo;no remover el pasado&rdquo;. Olvidar el ayer no es una forma de sanar, es un peligro para el hoy. Una sociedad que no comprende la mec&aacute;nica precisa de c&oacute;mo se instaura el terror, c&oacute;mo se manipula la verdad y c&oacute;mo se fabrica el olvido, es una sociedad vulnerable. Es un pueblo que puede volver a tropezar, que puede confundir el silencio con la paz y la amnesia con la reconciliaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Hay que aprender a descifrarlo en los muros, en los nombres borrados, en las miradas de quien lo padeci&oacute;, escuchar, cuidar. Contar su historia no es reabrir heridas; es ventilar una habitaci&oacute;n que lleva demasiado tiempo cerrada, para que el aire que respiremos ma&ntilde;ana sea, por fin, un poco m&aacute;s libre.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Nora Vázquez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/viento-del-norte/silencio_132_12535554.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 14 Aug 2025 19:46:08 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Silencio]]></media:title>
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