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    <title><![CDATA[elDiario.es - Gabriel Ortega Sanz]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/gabriel-ortega-sanz/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Gabriel Ortega Sanz]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Una izquierda de aquí, de Madrid]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/izquierda-madrid_129_12604402.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/67b5811a-8250-4d1d-8132-ac14a2fc17e5_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una izquierda de aquí, de Madrid"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Los retos que enfrentamos los progresistas (la crisis climática, la contrarrevolución machista o la oleada reaccionaria global) son males mayores frente a los que necesitamos armar un bloque democrático y climático con vocación de victoria</p></div><p class="article-text">
        Quiz&aacute;s alguna gente, deslumbrada por la turra de la prensa derechista al servicio del<em> ayusato</em>, se haya sorprendido de la respuesta que el pueblo de Madrid dio el pasado domingo para evitar que el blanqueamiento deportivo del genocidio compita por las calles de su ciudad. Nosotros no. Esta culminaci&oacute;n de un proceso iniciado por unas pocas valientes en Catalu&ntilde;a y que se fue amplificando all&iacute; por donde pasaba el pelot&oacute;n es otro ejemplo de ese Madrid popular, castizo y orgulloso que siempre sale a la calle cuando toca: contra la guerra en 2003, por la democracia en 2011, por el feminismo en 2018 y contra el genocidio en 2025.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando se habla de Madrid, comunidad o ciudad, es tradicional distinguir entre la Villa y la Corte. La Corte la conoce todo el mundo: es la concentraci&oacute;n del poder econ&oacute;mico, medi&aacute;tico y pol&iacute;tico en los apenas 8,5 km que van desde el &aacute;rea de negocios de las Cuatro Torres de Chamart&iacute;n hasta la Estaci&oacute;n del AVE de Atocha. Un eje por el que se puede pasar por el Tribunal Supremo, el Cuartel General del Ej&eacute;rcito, la Bolsa, m&aacute;s de la mitad de los Ministerios y el Congreso de los Diputados pr&aacute;cticamente en l&iacute;nea recta. La Corte es ese Madrid que sale permanentemente en teles y peri&oacute;dicos, que mide con naturalidad las superficies en Bernabeus o Retiros y que vive ciega a otras realidades estatales, a las que oculta.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero una de las realidades que m&aacute;s esconde esa proyecci&oacute;n continua de lo que pasa en los centros de poder dentro de la M30 es precisamente la del otro Madrid: la Villa, o mejor dicho: las Villas. La realidad de los barrios y municipios de Madrid que viven y trabajan a la sombra de la Corte, cuyos habitantes pagan algunos de los alquileres m&aacute;s altos del Estado, tardan hora y media en ir y volver a trabajar y sufren servicios p&uacute;blicos saturados en riesgo permanente de privatizaci&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Es un Madrid villano y popular, de M&oacute;stoles, de Arganzuela y de Vallecas, currela y alegre, acogedor y un poco chulo. Un Madrid donde la izquierda gana y gobierna de forma habitual y a la que solo la estructura hipercentralista de la ciudad de Madrid le impide gobernar distritos con poblaciones mayores que muchas capitales de provincia. Por eso es un Madrid que sufre la desigualdad provocada por el modelo de las derechas; con diferencias de hasta seis a&ntilde;os en la esperanza de vida entre Chamber&iacute; y Usera, con diferencias de temperatura de hasta ocho grados en verano y con municipios como Parla, Fuenlabrada o M&oacute;stoles con un 30% menos de renta per c&aacute;pita que la media regional. De ese Madrid nunca se habla en los medios, por eso es la &uacute;nica provincia de Espa&ntilde;a que no cuenta con un peri&oacute;dico local impreso.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Desde hac&iacute;a tiempo faltaba una izquierda madrile&ntilde;a de la Villa y para la Villa, de los barrios y de los municipios, cuyo principal objetivo sea desalojar al Partido Popular de las principales instituciones madrile&ntilde;as en las que se ha perpetuado a base de chanchullos econ&oacute;micos, subvenciones medi&aacute;ticas y la degradaci&oacute;n sistem&aacute;tica de cualquier bien com&uacute;n p&uacute;blico: la sanidad, la educaci&oacute;n o la propia idea de una vida mejor. Un proyecto pol&iacute;tico donde lo primero es el bienestar de esos madrile&ntilde;os y las madrile&ntilde;as en los que, a menudo, nadie m&aacute;s piensa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero poner el Madrid de los barrios, los alquileres asfixiantes y de las horas interminables en el Metro y la Renfe en el centro de un proyecto pol&iacute;tico es, precisamente, el mejor ant&iacute;doto contra el hipercentralismo de algunas experiencias pol&iacute;ticas que, construidas pensando s&oacute;lo en Madrid Corte, han dejado demasiadas cicatrices en las fuerzas de izquierda cuyo centro de gravedad no pasa por la capital del estado. Esa es una experiencia que ni queremos ni debemos repetir. Por eso, la izquierda madrile&ntilde;a tiene tambi&eacute;n que saber convivir y cooperar con el resto de fuerzas territoriales desde el respeto y la horizontalidad. Que, siendo consciente como cualquiera de las particularidades del terru&ntilde;o donde le ha tocado vivir, no se piense m&aacute;s que nadie pero tampoco menos que el resto de las izquierdas del estado. Ni mirando por encima, ni como <em>primus inter pares,</em> ni pidiendo perd&oacute;n por existir. Como un igual entre iguales.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, lo opuesto al hipercentralismo del Madrid-Corte tampoco es un camino deseable: lo &uacute;ltimo que necesitamos hoy en d&iacute;a son izquierdas ensimismadas y miopes, exclusivamente pendientes de lo que pasa en su barrio, su ciudad o su regi&oacute;n. Necesitamos izquierdas fuertes, con presencia territorial y arraigo, s&iacute;, pero con esp&iacute;ritu partisano y cabeza alta, no solo de orgullo sino para tener una visi&oacute;n m&aacute;s amplia de los desaf&iacute;os estatales y globales y de la necesidad de conjurarse frente a ellos. En las aguas turbulentas de la crisis ecol&oacute;gica estamos todos en el mismo barco: las derechas vienen al abordaje y no van a distinguir prisioneros cuando nos tiren por la borda.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por tanto, y puesto que la pol&iacute;tica no es solo una cuesti&oacute;n algebraica, sino sobre todo de sentido y rumbo, tenemos que estar en condiciones de compartir y construir colectivamente un sentido y un rumbo, cada cual desde donde le toca. Porque la cooperaci&oacute;n entre las fuerzas territoriales es una precondici&oacute;n para la transformaci&oacute;n del Estado Espa&ntilde;ol bajo coordenadas de transformaci&oacute;n ecol&oacute;gica, justicia social, feminismo y reconocimiento plurinacional. Una cooperaci&oacute;n asim&eacute;trica que puede adquirir muchas formas, desde la unidad electoral coyuntural hasta la colaboraci&oacute;n parlamentaria estable, pero siempre guiada por el respeto entre iguales, la voluntad de trabajo en com&uacute;n y la gesti&oacute;n democr&aacute;tica y fraterna de los conflictos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los retos que enfrentamos los progresistas (la crisis clim&aacute;tica, la contrarrevoluci&oacute;n machista o la oleada reaccionaria global) son males mayores frente a los que necesitamos armar un bloque democr&aacute;tico y clim&aacute;tico con vocaci&oacute;n de victoria. Vocaci&oacute;n de ganar derechos en los centros de trabajo, de ganar posiciones en redes y medios y, por supuesto, de ganar elecciones. Y esto nos obliga tambi&eacute;n a no hacernos ilusiones. La cooperaci&oacute;n entre las izquierdas territoriales debe ser competitiva electoralmente. Y debe serlo en Gipuzkoa, en Madrid o en Barcelona, pero tambi&eacute;n en circunscripciones mucho menos urbanas, donde la lengua &uacute;nica o mayoritaria es el castellano y donde nos jugamos buena parte de los esca&ntilde;os directamente contra el fascismo. Apartar la mirada de esta necesidad ser&iacute;a una de las consecuencias m&aacute;s nocivas de ese ensimismamiento territorial.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La izquierda madrile&ntilde;a puede y debe ser parte de la soluci&oacute;n, no del problema. Y eso implica tener al pueblo de Madrid, sus barrios y sus municipios en el centro de la acci&oacute;n pol&iacute;tica y, al mismo tiempo, tener la voluntad de contribuir, sin subordinar a nadie (ni a la inversa), a la construcci&oacute;n de un bloque democr&aacute;tico, clim&aacute;tico y confederal que resista las embestidas de la ola reaccionaria y ofrezca horizontes y certidumbres al pueblo progresista. Una alianza que sea capaz de construir un rumbo y sentido compartido, federando voluntades de avance democr&aacute;tico, reconocimiento plurinacional y transici&oacute;n ecol&oacute;gica. Garantizando los derechos, hoy en riesgo, de las mujeres y las personas LGTBIQ+ y construyendo una comunidad m&aacute;s amplia en la que nadie queda excluido, venga de donde venga y se llame como se llame. Tenemos organizaci&oacute;n y voluntad para conseguirlo sin que sobre nadie, tampoco las madrile&ntilde;as y madrile&ntilde;os que nos esperan.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Héctor Tejero, Gabriel Ortega Sanz]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/izquierda-madrid_129_12604402.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 16 Sep 2025 04:00:45 +0000]]></pubDate>
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