<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:dcterms="http://purl.org/dc/terms/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"  xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" version="2.0">
  <channel>
    <title><![CDATA[elDiario.es - Carlos C. Pérez]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/carlos-corrochano-2/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Carlos C. Pérez]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
    <ttl>10</ttl>
    <atom:link href="https://www.eldiario.es/rss/category/author/1054932/" rel="self" type="application/rss+xml"/>
    <item>
      <title><![CDATA[El autor que explica por qué vivimos en una era 'hiperpolítica': "La ventaja de la derecha es estructural, no accidental"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/autor-explica-vivimos-hiperpolitica-ventaja-derecha-estructural-no-accidental_128_13518499.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f72b7282-25c4-4ed6-80f2-3f3d734805f1_16-9-discover-aspect-ratio_default_1151451.jpg" width="2964" height="1667" alt="El autor que explica por qué vivimos en una era &#039;hiperpolítica&#039;: &quot;La ventaja de la derecha es estructural, no accidental&quot;"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Anton Jäger, uno de los analistas más afilados de la izquierda europea de la última década, conversa con elDiario.es sobre su libro 'Hiperpolítica: Politización extrema sin consecuencias políticas'</p><p class="subtitle">Análisis - La victoria de AfD lanza un mensaje a Europa: se acaba el tiempo para detener a la ultraderecha
</p></div><p class="article-text">
        Vivimos un momento de politizaci&oacute;n vertiginosa que, sin embargo, apenas modifica las relaciones de poder existentes. Frente a la &ldquo;pospol&iacute;tica&rdquo; de los a&ntilde;os 90 y 2000, aquella &eacute;poca de baja participaci&oacute;n, consenso tecnocr&aacute;tico y retirada generalizada hacia la vida privada &mdash;simbolizada por 'El fin de la historia' de Fukuyama y por la desactivaci&oacute;n neoliberal de los grandes antagonismos&mdash;, la &uacute;ltima d&eacute;cada ha tra&iacute;do una indiscutible repolitizaci&oacute;n. Hoy, tras a&ntilde;os de supuesta apat&iacute;a, aumenta la participaci&oacute;n electoral, <a href="https://www.eldiario.es/internacional/theguardian/nepal-madagascar-cinco-activistas-explican-protestas-generacion-z-han-sacudido-mundo-2025_1_12878885.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">se multiplican las protestas</a>, se recrudecen las pasiones pol&iacute;ticas, regresa incluso la violencia. 
    </p><p class="article-text">
        El problema, dice Anton J&auml;ger (B&eacute;lgica, 1994), es que esta ola repolitizadora no ha venido acompa&ntilde;ada de una &ldquo;reinstitucionalizaci&oacute;n&rdquo;. En comparaci&oacute;n con la pol&iacute;tica de masas del siglo XX &mdash;densa en partidos, sindicatos, prensa militante, sociabilidad obrera y confesional&mdash;, la hiperpol&iacute;tica es una pol&iacute;tica sin un cuerpo institucional capaz de sostenerla m&aacute;s all&aacute; de la cortoplacista turbulencia propia de los ciclos medi&aacute;ticos y las redes sociales.
    </p><p class="article-text">
        J&auml;ger es uno de los analistas m&aacute;s afilados de la izquierda europea de la &uacute;ltima d&eacute;cada. Doctor por Cambridge, profesor en la Universidad de Oxford y columnista en The New York Times, ha publicado <em>Hyperpolitics: Extreme Politicization without Political Consequences</em> (Verso, 2026) [<em>Hiperpol&iacute;tica: Politizaci&oacute;n extrema sin consecuencias pol&iacute;ticas</em>].
    </p><p class="article-text">
        <a href="https://www.eldiario.es" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">elDiario.es</a> conversa con &eacute;l sobre la genealog&iacute;a de un concepto, el de hiperpol&iacute;tica, que ha suscitado un amplio y acalorado debate en el &aacute;mbito intelectual: por qu&eacute; la derecha parece moverse mejor que la izquierda en este nuevo terreno, qu&eacute; significa el caso espa&ntilde;ol a la luz de su diagn&oacute;stico y qu&eacute; tipo de instituciones h&iacute;bridas podr&iacute;an, sin prometer un falso retorno a tiempos irrecuperables, devolverle a la repolitizaci&oacute;n una dimensi&oacute;n duradera.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&iquest;De d&oacute;nde proviene el concepto de &ldquo;hiperpol&iacute;tica&rdquo;? &iquest;Qu&eacute; implica y por qu&eacute; vivimos en una era hiperpol&iacute;tica?</strong>
    </p><p class="article-text">
        La palabra como tal no es m&iacute;a. Fue utilizada por primera vez en alem&aacute;n a principios de los 90 por Peter Sloterdijk, quien la concibi&oacute; como la manera caracter&iacute;stica de practicar la pol&iacute;tica en la modernidad. El t&eacute;rmino tambi&eacute;n se emplea en los debates posestructuralistas entre Slavoj &#381;i&#382;ek y Ernesto Laclau, as&iacute; como en muchas de las cr&iacute;ticas que desde otros &aacute;mbitos se le han dirigido al propio Laclau. Mi concepto recoge ese hilo cr&iacute;tico, pero es sustancialmente diferente. 
    </p><p class="article-text">
        Empec&eacute; a utilizar el concepto pocos a&ntilde;os atr&aacute;s, concebido como un tipo de 'repolitizaci&oacute;n sin reinstitucionalizaci&oacute;n': hay mucha evidencia estad&iacute;stica de un aumento notable de la actividad pol&iacute;tica en los &uacute;ltimos tres lustros, desde la participaci&oacute;n electoral hasta la protesta y la violencia pol&iacute;tica. Adem&aacute;s, hoy es mucho m&aacute;s sencillo compartir opiniones a trav&eacute;s de las plataformas digitales. En los a&ntilde;os 90 y comienzos del siglo XXI, todos estos indicadores eran mucho m&aacute;s bajos.
    </p><p class="article-text">
        Un reflejo que he observado, sobre todo en el &aacute;mbito progresista, consiste en comparar este estallido reciente con per&iacute;odos anteriores de alta polarizaci&oacute;n, en particular el periodo de entreguerras del siglo pasado. Hay una verdadera atracci&oacute;n por el marco fascista: todo el debate sobre si Trump debe clasificarse como fascista, sobre si la nueva actividad pol&iacute;tica supone una regresi&oacute;n a aquel per&iacute;odo.
    </p><p class="article-text">
        Siempre he sido esc&eacute;ptico respecto de ese marco. La raz&oacute;n principal es que, entonces, el estallido de alta politizaci&oacute;n era inimaginable fuera de las instituciones colectivas. Si uno estaba pol&iacute;ticamente activo en los a&ntilde;os 20 y 30, la primera pregunta era: &ldquo;&iquest;De qu&eacute; partido tienes carn&eacute;? &iquest;En qu&eacute; organizaci&oacute;n est&aacute;s activo?&rdquo;. Hoy no es as&iacute;. La actividad pol&iacute;tica ha vuelto a incrementarse, pero no adopta una forma institucional: no estamos ni en la apat&iacute;a tecnocr&aacute;tica de los 90, ni en la pol&iacute;tica de masas del siglo XX.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Si uno estaba políticamente activo en los años 20 y 30, la primera pregunta era: &#039;¿De qué partido tienes carné? ¿En qué organización estás activo?&#039;. Hoy no es así. </p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <strong>Y, en cambio, en coyunturas hist&oacute;ricas como la nuestra, marcadas por la incertidumbre, las analog&iacute;as hist&oacute;ricas se multiplican. Cuando carecemos de an&aacute;lisis adecuados y de respuestas precisas, parecemos buscar consuelo en las comparaciones con el pasado. Pero la hiperpol&iacute;tica constituye, en muchos sentidos, un paradigma radicalmente contempor&aacute;neo.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Los seres humanos son animales que funcionan a trav&eacute;s de met&aacute;foras: damos sentido a nuestra experiencia hist&oacute;rica compar&aacute;ndola con lo que ya conocemos. Es casi un reflejo decir: &ldquo;Me encuentro en una situaci&oacute;n de peligro, &iquest;c&oacute;mo le doy sentido?&rdquo;. Hay en esas analog&iacute;as una demanda b&aacute;sica de significado que me parece comprensible y hasta cierto punto necesaria.
    </p><p class="article-text">
        Es evidente, adem&aacute;s, que buena parte de la energ&iacute;a pol&iacute;tica liberada en los &uacute;ltimos diez o 15 a&ntilde;os se ha traducido en &eacute;xito con mayor facilidad en la extrema derecha que en la izquierda. Sobre todo en Europa, donde la extrema derecha ha pasado de fuerza de oposici&oacute;n a fuerza de gobierno: en torno a un tercio de los sistemas europeos la incluyen hoy en coaliciones gubernamentales, a veces como socio principal. Algo de cierto hay, entonces, en la analog&iacute;a con los a&ntilde;os 30. En Italia, Meloni hereda un partido fundado originalmente por fascistas del siglo XX: el MSI, partido fascista surgido tras la derrota de Mussolini.
    </p><p class="article-text">
        Pero Fratelli d'Italia es hoy una formaci&oacute;n pol&iacute;tica muy distinta. El entorno social, y sobre todo el internacional, ha cambiado por completo, y las razones de su &eacute;xito electoral son tambi&eacute;n inmensamente diferentes. Ah&iacute; reside el reto de la teor&iacute;a: quiz&aacute; aprendamos m&aacute;s sobre lo que la situaci&oacute;n actual nos exige estrat&eacute;gicamente si somos capaces de se&ntilde;alar las diferencias con lo que vino antes, no las similitudes. El debate sobre las similitudes ha sido estimulante, pero no hemos hablado lo suficiente de las diferencias.
    </p><p class="article-text">
        La secuencia descriptiva de mi libro &mdash;el paso de la pol&iacute;tica de masas a la pospol&iacute;tica y, tras ello, a la hiperpol&iacute;tica&mdash; tiene el riesgo, soy consciente, de postular la pol&iacute;tica de masas como modo por defecto de concebir y practicar la pol&iacute;tica. Es cierto que esta forma de pol&iacute;tica fue la m&aacute;s eficaz para forzar el cambio social, pero tambi&eacute;n que fue un fen&oacute;meno extraordinariamente excepcional. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>&iquest;A qu&eacute; se refiere?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Se produjo en circunstancias socioecon&oacute;micas muy espec&iacute;ficas &mdash;una urbanizaci&oacute;n e industrializaci&oacute;n muy r&aacute;pidas que no creo que veamos repetirse f&aacute;cilmente, salvo quiz&aacute; en China, y all&iacute; tambi&eacute;n es una historia complicada&mdash;, y se apoy&oacute; en democracias muy j&oacute;venes: el sufragio universal, generalizado sobre todo a partir de 1918, era un fen&oacute;meno muy reciente, y que la gente acabara de ser empoderada como actor facilit&oacute; enormemente la acci&oacute;n pol&iacute;tica de masas. Hay excepciones: el <em>lulismo</em> en Brasil es una se&ntilde;al clar&iacute;sima de que puede construirse algo parecido a un socialismo industrial en una &eacute;poca en que, tanto en el sur como en el norte globales, parec&iacute;a del todo imposible.
    </p><p class="article-text">
        Creo necesario insistir en la idea de que, efectivamente, hubo una pol&iacute;tica de masas de derecha, particularmente poderosa, y en buena medida consecuencia de la fuerza que la pol&iacute;tica de masas ten&iacute;a en la izquierda. La campa&ntilde;a nazi en Europa del Este es inseparable de un an&aacute;lisis de las SS como organizaci&oacute;n que permit&iacute;a ascender socialmente, como motor de movilidad social y, a la vez, de matanza. En ese sentido, la pol&iacute;tica de masas no debe idealizarse como algo estable o saludable; puede ser enormemente peligrosa y ca&oacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        En resumen: la pol&iacute;tica de masas fue propia de ese per&iacute;odo espec&iacute;fico de nuestra historia. No soy determinista en el sentido de sostener que, sin los par&aacute;metros adecuados, no pueda haberla. No me siento c&oacute;modo con ese fatalismo: la acci&oacute;n humana es muy impredecible; la gente ha hecho cosas extraordinarias en circunstancias extraordinarias. Construir una pol&iacute;tica de masas era dif&iacute;cil a finales del siglo XIX; tambi&eacute;n lo es hoy. Pero, como dec&iacute;a Lenin, <em>no hay situaciones imposibles</em>: es una falacia l&oacute;gica afirmar que una situaci&oacute;n lo es. Hoy existen l&iacute;mites y obst&aacute;culos que antes no exist&iacute;an, por supuesto, y quiero explicitarlos. Lo que no puedo hacer es decretar como imposible la vuelta de una forma similar de pol&iacute;tica de masas.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Es evidente que buena parte de la energía política liberada en los últimos diez o 15 años se ha traducido en éxito con mayor facilidad en la extrema derecha que en la izquierda</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <strong>&iquest;Hasta qu&eacute; punto es universal este diagn&oacute;stico? Su libro se centra casi en exclusiva en el eje atl&aacute;ntico, en lo que Branko Milanovi&#263; llama el 'Occidente pol&iacute;tico'.</strong>
    </p><p class="article-text">
        No es producto del chovinismo, sino de mi ignorancia, sobre todo de constricciones ling&uuml;&iacute;sticas. En t&eacute;rminos generales, efectivamente, hablo del mundo de la OCDE. No es algo que me haga especialmente feliz. Es, simplemente, una limitaci&oacute;n intelectual. Dicho esto, el argumento puede extrapolarse a un contexto global. Las causas de las que hablo son globales: la crisis de 2008 lo es. Lo que he observado es que, cuando la gente lee el libro desde fuera de ese radio occidental, desde Am&eacute;rica Latina a Asia Oriental, tiende a encontrar el concepto tan &uacute;til para sus estudios de caso como yo lo encontr&eacute; para los ejemplos occidentales. 
    </p><p class="article-text">
        China es, quiz&aacute;, el caso m&aacute;s interesante. Porque presenta un contraargumento a algunas de mis afirmaciones.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&iquest;En qu&eacute; sentido?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Existe todo un debate sobre lo que llaman &ldquo;pol&iacute;tica despolitizada&rdquo; o &ldquo;tecnocracia comunista&rdquo; en los a&ntilde;os 90 y 2000 en China. Wang Hui, referente de la llamada Nueva Izquierda china, public&oacute; un art&iacute;culo muy importante sobre la &ldquo;pol&iacute;tica despolitizada&rdquo; en Oriente y Occidente en New Left Review, a comienzos de este siglo. Su argumento, <em>grosso modo</em>, era que China y Occidente estaban convergiendo en un estilo de gobernanza tecnocr&aacute;tica, en una modalidad pospol&iacute;tica en la que el periodo de Deng Xiaoping pon&iacute;a fin a la intensa politizaci&oacute;n del mao&iacute;smo; del mismo modo, en Occidente, las luchas de clase de los 70 y 80 se cerraban mediante la pospol&iacute;tica. La clase dominante china y la clase dominante occidental se estaban embarcando, en el fondo, en un proyecto muy similar.
    </p><p class="article-text">
        La diferencia, creo, es que en la d&eacute;cada de 2010 el Partido Comunista Chino fue capaz de superar ese <em>impasse</em> tecnocr&aacute;tico y reinventarse como fuerza social. La &eacute;lite china est&aacute; cada vez m&aacute;s integrada en el Partido Comunista Chino y, sobre todo tras la COVID, este ha reforzado su control sobre los estratos m&aacute;s bajos de la sociedad. Las &eacute;lites occidentales, por el contrario, no han sido capaces de construir nada parecido al Partido Comunista Chino con atractivo popular. No hubo populismo chino, no hubo hiperpol&iacute;tica china en los &uacute;ltimos a&ntilde;os; en parte, por la represi&oacute;n y la vigilancia, claro est&aacute;, pero tambi&eacute;n porque cuentan con una instituci&oacute;n capaz de estabilizar su gobierno.
    </p><p class="article-text">
        La historia de Occidente en los &uacute;ltimos diez o 15 a&ntilde;os es muy diferente: desde el <a href="https://www.eldiario.es/internacional/nuevas-antirracistas-imputados-disturbios-eeuu_1_6027850.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Black Lives Matter</a> al <a href="https://www.eldiario.es/internacional/asalto-capitolio-salvado-estados-unidos_129_6733380.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">asalto al Capitolio del 6 de enero</a>, en esta parte del mundo se ha consolidado una pol&iacute;tica de protesta de corto aliento, una suerte de sociedad del espect&aacute;culo, incluso de &ldquo;democracia del espect&aacute;culo&rdquo;.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">La hiperpolítica no tiene la fuerza causal suficiente para explicar el fracaso del populismo de izquierda: eso se debe a sus contradicciones internas y a la presión externa sobre él</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <strong>&iquest;La derrota del populismo de izquierda en los &uacute;ltimos a&ntilde;os sent&oacute; las bases de la hiperpol&iacute;tica o, m&aacute;s bien, esta din&aacute;mica fue la raz&oacute;n de la derrota de aquellos experimentos?</strong>
    </p><p class="article-text">
        La hiperpol&iacute;tica no tiene la fuerza causal suficiente para explicar el fracaso del populismo de izquierda: eso se debe a sus contradicciones internas y a la presi&oacute;n externa sobre &eacute;l &mdash;basta pensar en Syriza o en c&oacute;mo Podemos tuvo que desenvolverse en la nueva pol&iacute;tica de coaliciones&mdash;. Lo que s&iacute; veo con claridad es una secuencia. A comienzos de los 2010, se abre una ola de protestas, global pero especialmente legible en el sur de Europa y en <a href="https://www.eldiario.es/internacional/theguardian/occupy-wall-street-10-anos-despues-paso-sido-legado_1_8308026.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Occupy Wall Street en EEUU</a>, que articula un horizontalismo reacio a las instituciones y hostil al consenso tecnocr&aacute;tico de la austeridad. Ahora bien, aun dici&eacute;ndose &ldquo;no nos sentimos representados&rdquo;, ese momento conserva una aceptaci&oacute;n normativa de la representaci&oacute;n: si ellos no nos representan, habr&aacute; que encontrar otro veh&iacute;culo que lo haga. El populismo de izquierda es precisamente la respuesta a ese problema de institucionalizaci&oacute;n y la secuencia es muy legible en La Francia Insumisa, en el corbynismo, en Bernie [Sanders] tras Occupy Wall Street.
    </p><p class="article-text">
        El problema, claro, es que hacia 2015 o 2016 ese proyecto descubre que institucionalizarse es mucho m&aacute;s dif&iacute;cil de lo previsto. Las razones son m&uacute;ltiples: la troika en Grecia, el aparato medi&aacute;tico contra [Jean-Luc] <a href="https://www.eldiario.es/internacional/camino-jean-luc-melenchon-decada-liderar-izquierda-francesa_1_9087526.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">M&eacute;lenchon en Francia</a>, el Comit&eacute; Nacional Dem&oacute;crata contra Sanders. Cuando Bernie retira su candidatura presidencial en 2020 y estalla el verano de George Floyd, emerge un registro distinto, que ya ni siquiera se plantea el horizonte institucional. Lo vemos tambi&eacute;n en la tensa relaci&oacute;n entre <a href="https://www.eldiario.es/internacional/chalecos-amarillos-francia-suburbios-presidente_1_1813536.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">[el movimiento de] los 'chalecos amarillos'</a> y M&eacute;lenchon, donde cualquiera que reclame un liderazgo resulta de inmediato sospechoso. 
    </p><p class="article-text">
        Y ah&iacute; est&aacute;, para m&iacute;, el criterio distintivo. Con Laclau la cuesti&oacute;n est&aacute; clara: el populismo es una teor&iacute;a de la representaci&oacute;n, una reflexi&oacute;n sobre c&oacute;mo los sectores populares pueden llegar a ser representados &mdash;y eso arrastra consigo toda una constelaci&oacute;n de problemas en torno a la soberan&iacute;a popular o las instituciones&mdash;. La hiperpol&iacute;tica, en cambio, no es que responda mal a esa pregunta, es que la ha desactivado. No es tanto &ldquo;no nos representan bien, busquemos otro veh&iacute;culo&rdquo;, como &ldquo;no queremos ser representados en absoluto&rdquo;.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">La hiperpolítica no es tanto &#039;no nos representan bien, busquemos otro vehículo&#039;, como &#039;no queremos ser representados en absoluto&#039;</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <strong>&iquest;Por qu&eacute; la derecha y la extrema derecha parecen jugar con ventaja en este escenario hiperpol&iacute;tico? Escribe, a modo de ejemplo, que el Tea Party, uno de los antecedentes del trumpismo, fue de los movimientos m&aacute;s exitosos de las &uacute;ltimas dos d&eacute;cadas.</strong>
    </p><p class="article-text">
        La ventaja de la derecha es estructural, no accidental. Hay un elemento esencial sobre lo que Marx llamaba &ldquo;el partido del orden&rdquo;: su umbral de &eacute;xito es mucho m&aacute;s bajo que el de la izquierda. Las promesas que hace a sus votantes son m&aacute;s modestas. Adem&aacute;s, el <em>statu quo</em> siempre plasma, por definici&oacute;n, postulados m&aacute;s cercanos a los suyos. 
    </p><p class="article-text">
        Salvini ten&iacute;a toda clase de ideas descabelladas &mdash;'remigraci&oacute;n', cierre a la inmigraci&oacute;n, incluso salida del euro&mdash; y las abandon&oacute; por completo. Meloni no ha frenado la migraci&oacute;n como prometi&oacute;, por no hablar de <a href="https://www.eldiario.es/desalambre/barracones-vacios-meloni-plan-italia-descargar-migrantes-albania-estanca-primer-ano_1_12691481.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">las deportaciones masivas</a>: es hoy la mejor alumna de la clase de la OTAN y la eurozona se ha convertido en algo que est&aacute; dispuesta a defender. 
    </p><p class="article-text">
        Es una cuesti&oacute;n elemental sobre el v&iacute;nculo de la extrema derecha con su base: &ldquo;Podemos ofreceros cierta pol&iacute;tica del resentimiento y del reconocimiento cultural, pero hay muchas cosas que son caras y que nos obligar&iacute;an a sacar dinero de nuestros donantes o del Estado de bienestar, y eso no vamos a hacerlo&rdquo;. No se les vota por ese tipo de promesas; se les vota, creo, por resignaci&oacute;n y por cinismo. Al menos, son honestos sobre lo poco que puede hacerse. No son socialmente ambiciosos. Tsipras no logra terminar con la austeridad en Grecia y es castigado sin piedad; Salvini incumple y sigue ah&iacute;. Esto entronca con otra diferencia b&aacute;sica.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Sánchez está siendo capaz de usar de modo productivo la posición de segunda o tercera fila propia de una potencia media como España: no pretendemos gobernar el mundo, pero en las grietas y los márgenes pueden hacerse cosas interesantes</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <strong>&iquest;Cu&aacute;l?</strong>
    </p><p class="article-text">
        La derecha tiene acceso a fondos privados y la izquierda, no. Ese es, hist&oacute;ricamente, el <em>quid</em> de la pol&iacute;tica de masas como fen&oacute;meno de izquierda. Al no encontrar patrocinadores entre las &eacute;lites ni en los c&iacute;rculos del capital, los proyectos progresistas han tenido que recaudar donaciones dispersas y econ&oacute;micamente modestas. La disponibilidad de dinero privado da a la derecha una capacidad de movilizaci&oacute;n imposible de igualar. Por supuesto, <a href="https://www.eldiario.es/blog/guerra-eterna/george-soros-nuevo-enemigo-publico-brexit_132_13303317.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">la Fundaci&oacute;n Open Society</a> [de George Soros] puede aportar algo de dinero, pero no en las cantidades disponibles en el &aacute;mbito derechista.
    </p><p class="article-text">
        Hay una raz&oacute;n adicional que explica el &eacute;xito de la derecha a la hora de navegar la hiperpol&iacute;tica. En su seno se ha abierto un debate mucho m&aacute;s atrevido y honesto sobre la crisis del liberalismo, sobre c&oacute;mo asimilarla, integrarla y pensar qu&eacute; significar&iacute;a ir m&aacute;s all&aacute; del fallido modelo liberal. La derecha ha abrazado ese vac&iacute;o sin nostalgia y, en algunos casos, ha adoptado una posici&oacute;n expl&iacute;citamente &ldquo;posliberal&rdquo;. Con Trump se ve con claridad. La izquierda tiene una proximidad sociol&oacute;gica al liberalismo &mdash;por el tipo de personas que la integran, en parte tambi&eacute;n por el mundo acad&eacute;mico&mdash; y le ha costado mucho m&aacute;s romper ideol&oacute;gicamente con &eacute;l. Ese es, a mi juicio, quiz&aacute; el &uacute;nico error estrat&eacute;gico del que es culpable. Por lo dem&aacute;s, las ventajas estructurales ya estaban ah&iacute;, la asimetr&iacute;a era previa.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&iquest;Cu&aacute;l es su an&aacute;lisis de la situaci&oacute;n pol&iacute;tica espa&ntilde;ola, desde la figura de Pedro S&aacute;nchez a los aciertos y errores de los experimentos del populismo de izquierda (primero Podemos, luego Sumar)?</strong>
    </p><p class="article-text">
        He de empezar reconociendo que no he seguido el caso espa&ntilde;ol lo bastante de cerca como para decir cosas especialmente innovadoras. En los &uacute;ltimos tiempos, me he interesado por los esfuerzos del gabinete de S&aacute;nchez por combinar la transici&oacute;n verde con cierta autonom&iacute;a geopol&iacute;tica y ah&iacute; creo que en textos anteriores me precipit&eacute; al declarar al populismo de izquierda una fuerza fallida. Si uno examina sus legados pol&iacute;ticos &mdash;incluso en Estados Unidos, pero sobre todo en Espa&ntilde;a&mdash;, queda claro que han actuado como una suerte de l&aacute;tigo a la izquierda del PSOE. De manera parad&oacute;jica, han ayudado a la socialdemocracia espa&ntilde;ola a reinventarse.
    </p><p class="article-text">
        El objetivo de Podemos era dar el <em>sorpasso</em>, desplazar a los socialistas como fuerza hegem&oacute;nica de la izquierda. Lo que ha hecho, en cambio, es ayudar a los socialistas a consolidarse como un proyecto renovado y renovador en un contexto en el que el resto de la socialdemocracia europea atraviesa una grav&iacute;sima crisis: en Alemania, Pa&iacute;ses Bajos, incluso en Gran Breta&ntilde;a, no est&aacute; nada claro que muchos de estos partidos lleguen a la pr&oacute;xima d&eacute;cada. Es un resultado a la vez positivo y tr&aacute;gico: haber actuado como guardi&aacute;n de la reinvenci&oacute;n de una socialdemocracia que se cre&iacute;a <em>pasokificada</em>, cuando el plan inicial era aprovechar esa decadencia en apariencia irreversible para reconstruir un nuevo bloque de izquierdas.
    </p><p class="article-text">
        A todo esto hay que a&ntilde;adir una limitaci&oacute;n muy propia de la d&eacute;cada pasada: el problema de coordinaci&oacute;n a escala continental. Syriza estaba en el poder en Atenas, pero ese no era el caso de M&eacute;lenchon en Par&iacute;s, ni de Die Linke en Berl&iacute;n. &iquest;Qu&eacute; se puede hacer contra la troika en ese contexto de aislamiento? Lo que S&aacute;nchez demuestra, desde una tradici&oacute;n pol&iacute;tica diferente, es que la ventana de oportunidad es m&aacute;s amplia de lo que a menudo se supon&iacute;a. Tambi&eacute;n porque ha sabido aprovechar ciertas tendencias globales: el ascenso de la hegemon&iacute;a verde de China, el desgaste de la Alianza Atl&aacute;ntica, la cuesti&oacute;n de la solidaridad con Palestina. 
    </p><p class="article-text">
        Ahora, incluso a escala europea, se pueden intentar cosas que antes no parec&iacute;an posibles. S&aacute;nchez est&aacute; siendo capaz de usar de modo productivo la posici&oacute;n de segunda o tercera fila propia de una potencia media como Espa&ntilde;a: no pretendemos gobernar el mundo, pero en las grietas y los m&aacute;rgenes pueden hacerse cosas interesantes. Que Espa&ntilde;a pueda combinar un esfuerzo de descarbonizaci&oacute;n con mayor independencia respecto de Estados Unidos muestra que el populismo de izquierda de la d&eacute;cada pasada fue, quiz&aacute;, demasiado vacilante y temeroso.
    </p><p class="article-text">
        <a href="https://www.eldiario.es/internacional/bernie-sanders-trump-intentando-socavar-democracia_128_13400332.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">El caso de Bernie Sanders</a> en Estados Unidos apunta en la misma direcci&oacute;n. No fue lo bastante rupturista en el terreno internacional. Mucha gente le dec&iacute;a: &ldquo;Quiz&aacute; deber&iacute;as mirar hacia Am&eacute;rica Latina, buscar all&iacute; un movimiento de solidaridad&rdquo;. Pero su visi&oacute;n de la pol&iacute;tica exterior era muy convencional, de cu&ntilde;o netamente estadounidense. El desorden global est&aacute; creando hoy, en cambio, el caldo de cultivo para toda clase de alianzas improbables y ah&iacute; una izquierda audaz podr&iacute;a encontrar una fuente de inspiraci&oacute;n.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">La pregunta no es si la repolitización es buena o mala, sino cómo puede traducirse en algo institucionalmente más duradero, siendo conscientes de que no será posible recrear las instituciones de masas del siglo XX</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <strong>Considero que el desaf&iacute;o es articular un doble gesto con respecto a su diagn&oacute;stico sobre la hiperpol&iacute;tica. Primero, c&oacute;mo manejarse con mayor inteligencia estrat&eacute;gica en las condiciones realmente existentes. Segundo, c&oacute;mo pensar un horizonte poshiperpol&iacute;tico.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Hay dos puntos que destacar. La clave es la cuesti&oacute;n de la reinstitucionalizaci&oacute;n. La repolitizaci&oacute;n que ya vivimos me parece, en s&iacute; misma, positiva. S&eacute; que algunas personas han hecho llamamientos casi expl&iacute;citos al retorno a un mundo m&aacute;s despolitizado, pero no creo que vayamos a volver atr&aacute;s: la pol&iacute;tica ha venido para quedarse, ese genio no regresa a la l&aacute;mpara. La pregunta, por tanto, no es si la repolitizaci&oacute;n es buena o mala, sino c&oacute;mo puede traducirse en algo institucionalmente m&aacute;s duradero, siendo conscientes de que no ser&aacute; posible recrear las instituciones de masas del siglo XX, porque respond&iacute;an a coordenadas muy espec&iacute;ficas.
    </p><p class="article-text">
        Ahora bien, hay una diferencia entre asumir que no se pueden clonar las condiciones del pasado y caer en la banalidad de que no se puede entrar dos veces en el mismo r&iacute;o. Que algo se haya hecho antes significa, quiz&aacute;, que puede volver a hacerse. La pregunta es qu&eacute; forma puede tomar una estrategia h&iacute;brida que acepte que el mundo ha cambiado en los &uacute;ltimos 100 a&ntilde;os y, al mismo tiempo, asuma que se necesitan instituciones pol&iacute;ticas de masas para lograr un verdadero cambio social.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&iquest;Puede poner alg&uacute;n ejemplo?</strong>
    </p><p class="article-text">
        En el plano m&aacute;s pr&aacute;ctico, ya hay ejemplos interesantes: partidos que funcionan a varias velocidades, con miembros m&aacute;s fugaces, otros m&aacute;s digitales y un n&uacute;cleo de militantes m&aacute;s estable; algo a medio camino entre un partido digital y un partido de masas cl&aacute;sico. Suelo citar al Partido de los Trabajadores de B&eacute;lgica como un modelo sugerente. Ese tipo de plataforma pol&iacute;tica acepta que sociol&oacute;gicamente nuestro mundo ha cambiado &mdash;la gente ya no va a la iglesia los domingos, sea laica o cat&oacute;lica&mdash;, pero no da por supuesto que una pol&iacute;tica desarrollada exclusivamente en el <em>smartphone</em>, con una duraci&oacute;n nimia, sea el mejor camino. 
    </p><p class="article-text">
        Muchos de los grandes logros del siglo pasado fueron batallas de trinchera, pacientes y largas. Es justamente ese reequilibrio entre 'guerras de posici&oacute;n' y 'guerras de maniobra', en la terminolog&iacute;a de Gramsci, el que deber&iacute;a producirse hoy. Un partido h&iacute;brido capaz de atraer a ciertas personas de manera permanente y, a la vez, movilizar a otras que no hacen de la pol&iacute;tica una dedicaci&oacute;n exclusiva, que tienen otras cosas en sus vidas m&aacute;s all&aacute; de estar en campa&ntilde;a permanente. Y conviene distinguir, en ese sentido, entre &ldquo;partido digital&rdquo;, un ente que hace pol&iacute;tica casi exclusivamente en las redes, y &ldquo;partido con estrategia digital&rdquo;. Lo primero no puede ser. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos C. Pérez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/autor-explica-vivimos-hiperpolitica-ventaja-derecha-estructural-no-accidental_128_13518499.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 27 Sep 2026 20:40:05 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/f72b7282-25c4-4ed6-80f2-3f3d734805f1_16-9-discover-aspect-ratio_default_1151451.jpg" length="1808433" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/f72b7282-25c4-4ed6-80f2-3f3d734805f1_16-9-discover-aspect-ratio_default_1151451.jpg" type="image/jpeg" fileSize="1808433" width="2964" height="1667"/>
      <media:title><![CDATA[El autor que explica por qué vivimos en una era 'hiperpolítica': "La ventaja de la derecha es estructural, no accidental"]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/f72b7282-25c4-4ed6-80f2-3f3d734805f1_16-9-discover-aspect-ratio_default_1151451.jpg" width="2964" height="1667"/>
      <media:keywords><![CDATA[Política,Izquierda,Derecha,Populismo,Partidos Políticos,Bernie Sanders,Podemos,Syriza,Jean-Luc Mélenchon,Extrema derecha]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Adam Hanieh, investigador: "La preparación permanente para la guerra deja un mundo atado al petróleo"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/adam-hanieh-investigador-preparacion-permanente-guerra-deja-mundo-atado-petroleo_128_13446026.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/327ac849-d92d-47d9-a81b-010c9631698e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x957y436.jpg" width="1200" height="675" alt="Adam Hanieh, investigador: &quot;La preparación permanente para la guerra deja un mundo atado al petróleo&quot;"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El profesor de la Escuela de Estudios Orientales y Africanos de Londres (SOAS) aborda la historia del desarrollo capitalista mundial escrita desde el petróleo como elemento nuclear</p><p class="subtitle">La guerra en Irán evidencia la necesidad de un 'electroshock' que corte con el petróleo y ataje el cambio climático
</p></div><p class="article-text">
        Pocos pensadores han hecho tanto en los &uacute;ltimos a&ntilde;os por desplazar el centro de gravedad de la econom&iacute;a pol&iacute;tica cr&iacute;tica hacia el petr&oacute;leo &mdash;y, con &eacute;l, tambi&eacute;n hacia Oriente Medio&mdash; como Adam Hanieh, profesor de la Escuela de Estudios Orientales y Africanos de Londres (SOAS) y figura de referencia en el cruce entre los estudios sobre el golfo P&eacute;rsico, la cr&iacute;tica ecol&oacute;gica y el marxismo contempor&aacute;neo. Autor de una trilog&iacute;a imprescindible sobre la regi&oacute;n p&eacute;rsica &mdash;<em>Capitalism and Class in the Gulf Arab States</em> (2011), <em>Lineages of Revolt</em> (2013) y <em>Money, Markets, and Monarchies</em> (2018)&mdash;, Hanieh se ha volcado en demostrar que esa zona del mundo es uno de los n&uacute;cleos productivos y financieros m&aacute;s activos e innovadores del capitalismo global.
    </p><p class="article-text">
        <em>Crude Capitalism: Oil, Corporate Power, and the Making of the World Market</em> (<em>Capitalismo del crudo: petr&oacute;leo, poder empresarial y el nacimiento del mercado global, </em>Verso, 2024) es, en cierto modo, la culminaci&oacute;n de su obra, una historia del desarrollo capitalista escrita desde el petr&oacute;leo. No desde el petr&oacute;leo como combustible o como bot&iacute;n geopol&iacute;tico, sino desde el petr&oacute;leo como sustrato material de una forma espec&iacute;fica de vida social, la que ha hecho posible la mecanizaci&oacute;n de la producci&oacute;n, la aceleraci&oacute;n del tiempo de rotaci&oacute;n del capital, la urbanizaci&oacute;n del autom&oacute;vil, la arquitectura financiera del d&oacute;lar y, sobre todo, la silenciosa colonizaci&oacute;n petroqu&iacute;mica de los objetos cotidianos, que vuelve al crudo omnipresente y, al mismo tiempo, invisible. 
    </p><p class="article-text">
        Hanieh habla con elDiario.es sobre c&oacute;mo esta narrativa hist&oacute;rica puede arrojar luz sobre un presente, el nuestro, marcado por los l&iacute;mites y posibilidades de la transici&oacute;n ecol&oacute;gica, la guerra contra Ir&aacute;n, el genocidio en Gaza o los dilemas estrat&eacute;gicos del internacionalismo de izquierdas.
    </p><p class="article-text">
        <em><strong>Crude Capitalism</strong></em><strong> sit&uacute;a el petr&oacute;leo como la mercanc&iacute;a clave del capitalismo contempor&aacute;neo. &iquest;Por qu&eacute;?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Desde mediados del siglo XX, el petr&oacute;leo ha sostenido la producci&oacute;n industrial, ha apuntalado la supremac&iacute;a militar, ha modelado los patrones de urbanizaci&oacute;n y de transporte, y ha proporcionado la materia prima para innumerables petroqu&iacute;micos, pl&aacute;sticos, fertilizantes y bienes manufacturados. El petr&oacute;leo es, adem&aacute;s, central para la arquitectura financiera del capitalismo global. La fijaci&oacute;n del precio del crudo en d&oacute;lares, el reciclaje de los petrod&oacute;lares a trav&eacute;s de los bancos y los mercados financieros internacionales, y el papel de los ingresos petroleros en el sostenimiento tanto de los centros financieros occidentales como de los fondos soberanos del Golfo: todo ello ha vinculado profundamente el petr&oacute;leo a la configuraci&oacute;n de las finanzas modernas.
    </p><p class="article-text">
        El argumento central del libro nace de la insatisfacci&oacute;n con cierto modo habitual de hablar del petr&oacute;leo, una suerte de determinismo de la mercanc&iacute;a, que pretende explicar el aparente poder del petr&oacute;leo sobre nosotros a partir de las propiedades f&iacute;sicas de la mercanc&iacute;a misma, en lugar de situarlo en las relaciones sociales y en el tipo de sociedad y sistema econ&oacute;mico en el que vivimos. Lo que intento hacer en el libro es justamente lo contrario: inscribir el petr&oacute;leo en nuestro sistema social y comprender de qu&eacute; modo sus propiedades f&iacute;sicas &mdash;la densidad energ&eacute;tica, la portabilidad y dem&aacute;s&mdash; se enlazan con las din&aacute;micas internas del capitalismo: la tendencia a una acumulaci&oacute;n en expansi&oacute;n permanente, la aceleraci&oacute;n del tiempo de rotaci&oacute;n del capital, de la producci&oacute;n y del consumo, la mecanizaci&oacute;n, etc&eacute;tera.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Desde mediados del siglo XX, el petróleo ha sostenido la producción industrial, ha apuntalado la supremacía militar, ha modelado los patrones de urbanización y de transporte y ha proporcionado la materia prima para innumerables productos</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <strong>Su libro funciona como una elocuente narrativa sobre c&oacute;mo la hegemon&iacute;a estadounidense promovi&oacute; el tr&aacute;nsito del carb&oacute;n al petr&oacute;leo, especialmente en Europa Occidental, y c&oacute;mo el petr&oacute;leo, a su vez, consolid&oacute; la influencia global de EEUU. &iquest;C&oacute;mo llegaron a entrelazarse el petr&oacute;leo y la hegemon&iacute;a estadounidense? &iquest;Qu&eacute; papel desempe&ntilde;a el militarismo?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Petr&oacute;leo y hegemon&iacute;a estadounidense se entrelazaron en torno a la Segunda Guerra Mundial y esa relaci&oacute;n cuaj&oacute; en las d&eacute;cadas de posguerra. Hasta entonces, el carb&oacute;n hab&iacute;a sido el combustible dominante del capitalismo industrial, sobre todo en Europa. Pero el petr&oacute;leo presentaba una serie de ventajas: era m&aacute;s denso en t&eacute;rminos energ&eacute;ticos, m&aacute;s f&aacute;cil de transportar y especialmente apto para la guerra mecanizada, el poder naval, la aviaci&oacute;n y, despu&eacute;s, el uso masivo del autom&oacute;vil. Estados Unidos result&oacute; decisivo en este viraje porque emergi&oacute; de la guerra como el principal productor mundial de crudo y como la potencia capitalista dominante. Dispon&iacute;a de la capacidad industrial y del alcance militar necesarios para reorganizar el orden de posguerra en torno al petr&oacute;leo.
    </p><p class="article-text">
        Esto sucedi&oacute; por varias v&iacute;as. Estados Unidos contribuy&oacute; a reconstruir Europa Occidental sobre un modelo de crecimiento basado en el autom&oacute;vil, el transporte por carretera, la petroqu&iacute;mica y la industria alimentada con petr&oacute;leo. Al mismo tiempo, las compa&ntilde;&iacute;as petroleras estadounidenses se expandieron por Oriente Medio, asegurando al capital occidental el acceso a crudo barato en condiciones favorables. La fijaci&oacute;n del precio del crudo en d&oacute;lares y el reciclaje de los ingresos petroleros a trav&eacute;s de los mercados financieros estadounidenses ataron entonces los hidrocarburos a la arquitectura m&aacute;s amplia del poder financiero norteamericano, sobre todo a partir de los a&ntilde;os setenta, tras la ruptura del v&iacute;nculo entre el d&oacute;lar y el oro.
    </p><p class="article-text">
        El militarismo atraviesa toda esta historia. El giro hacia el petr&oacute;leo estuvo impulsado en buena medida por la guerra, porque el crudo se volvi&oacute; esencial para las nuevas m&aacute;quinas militares: tanques, aviones, buques de propulsi&oacute;n petrolera... Pero el militarismo tambi&eacute;n contribuy&oacute; a sostener el orden petrolero una vez establecido. Estados Unidos construy&oacute; alianzas militares, bases e infraestructuras navales para asegurar los flujos de crudo y proteger las regiones estrat&eacute;gicas, especialmente el golfo. El petr&oacute;leo qued&oacute; as&iacute; profundamente imbricado con el poder coercitivo necesario para construir y reproducir el dominio global estadounidense.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Pese a la centralidad de EEUU, su relato es, en realidad, global. &iquest;C&oacute;mo influyeron &mdash;y desafiaron&mdash; la Uni&oacute;n Sovi&eacute;tica y los pa&iacute;ses poscoloniales en el sistema petrolero mundial?</strong>
    </p><p class="article-text">
        La estructura del sistema petrolero global se conform&oacute; bajo presiones, desaf&iacute;os y alternativas constantes, provenientes tanto del bloque sovi&eacute;tico como del mundo poscolonial. La URSS resultaba importante porque se situaba, en parte, fuera del orden petrolero dominado por Occidente. Desarroll&oacute; una industria petrolera propia a gran escala, suministr&oacute; energ&iacute;a a Estados aliados y ofreci&oacute; un polo alternativo de poder industrial y militar. Esto no derrib&oacute; el sistema petrolero global, pero s&iacute; signific&oacute; que el control sobre el petr&oacute;leo estuviese siempre entreverado con las pugnas por la influencia que la Guerra Fr&iacute;a libraba en Europa, Asia, &Aacute;frica y Oriente Medio.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">El giro hacia el petróleo estuvo impulsado en buena medida por la Segunda Guerra Mundial, porque el crudo se volvió esencial para las nuevas máquinas militares. Pero el militarismo también contribuyó a sostener el orden petrolero una vez establecido</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Los pa&iacute;ses poscoloniales fueron igual de importantes, en particular, los grandes Estados productores de Oriente Medio y Am&eacute;rica Latina. Tras la descolonizaci&oacute;n formal de la posguerra, esos Estados plantaron cara al poder extraordinario que las grandes petroleras occidentales hab&iacute;an ejercido durante d&eacute;cadas. La fundaci&oacute;n de la OPEP a comienzos de los a&ntilde;os 70 y la oleada de nacionalizaciones de los recursos en los 60 y 70 cuestionaron el viejo patr&oacute;n colonial seg&uacute;n el cual las firmas extranjeras controlaban la producci&oacute;n y se apropiaban de la mayor parte de la renta. Estas luchas contribuyeron a desplazar una porci&oacute;n mayor de los ingresos petroleros hacia los Estados productores y les confirieron un mayor peso geopol&iacute;tico.
    </p><p class="article-text">
        Pero aqu&iacute; tambi&eacute;n hab&iacute;a una contradicci&oacute;n. Estados productores clave, como Arabia Saud&iacute;, pudieron nacionalizar sus recursos petroleros, pero al mismo tiempo quedaron incorporados a las estructuras del poder estadounidense a lo largo de los a&ntilde;os 70 y 80, sobre todo en el plano financiero. Estados Unidos garantiz&oacute; la supervivencia de las monarqu&iacute;as del golfo a cambio de la estabilizaci&oacute;n de los mercados del crudo y de la recirculaci&oacute;n continua de los excedentes financieros hacia los mercados estadounidenses. La nacionalizaci&oacute;n del petr&oacute;leo, en otras palabras, alter&oacute; los t&eacute;rminos en que los Estados productores participaban en la econom&iacute;a mundial, pero tambi&eacute;n ayud&oacute; a edificar un orden global que sigui&oacute; dominado por Estados Unidos.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/1aeef7c8-90fc-477d-8380-b71b9aaaced5_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/1aeef7c8-90fc-477d-8380-b71b9aaaced5_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/1aeef7c8-90fc-477d-8380-b71b9aaaced5_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/1aeef7c8-90fc-477d-8380-b71b9aaaced5_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/1aeef7c8-90fc-477d-8380-b71b9aaaced5_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/1aeef7c8-90fc-477d-8380-b71b9aaaced5_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/1aeef7c8-90fc-477d-8380-b71b9aaaced5_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="Fotografía de archivo de una bomba de petróleo en Alemania. "
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                Fotografía de archivo de una bomba de petróleo en Alemania.                             </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        <strong>Dos episodios anclan la historia del petr&oacute;leo en Oriente Medio a mediados del siglo XX: el golpe de Estado de 1953 contra Mohammad Mosaddeq en Ir&aacute;n y el ascenso y posterior disoluci&oacute;n del movimiento 'Todo el petr&oacute;leo &aacute;rabe para los &aacute;rabes' bajo Gamal Abdel Nasser en Egipto.</strong>
    </p><p class="article-text">
        El golpe contra Mosaddeq supuso un punto de inflexi&oacute;n decisivo, porque demostr&oacute; que cualquier intento de someter el petr&oacute;leo a un control nacional pleno pod&iacute;a desatar la intervenci&oacute;n imperial directa. La nacionalizaci&oacute;n por Mosaddeq de la Anglo-Iranian Oil Company representaba un desaf&iacute;o m&aacute;s amplio a las estructuras a trav&eacute;s de las cuales las potencias occidentales hab&iacute;an dominado durante mucho tiempo los recursos de la regi&oacute;n. El golpe, respaldado por Reino Unido y Estados Unidos, restaur&oacute; el r&eacute;gimen mon&aacute;rquico y reafirm&oacute; la influencia extranjera sobre el sector petrolero iran&iacute;. Al hacerlo, instituy&oacute; un patr&oacute;n que resonar&iacute;a en las d&eacute;cadas siguientes: el petr&oacute;leo era demasiado central para la econom&iacute;a mundial emergente y para el poder estrat&eacute;gico occidental como para dejarlo en manos de agentes verdaderamente aut&oacute;nomos. Ir&aacute;n solo se hizo con el control efectivo de sus recursos petroleros tras la revoluci&oacute;n [isl&aacute;mica] de 1979.
    </p><p class="article-text">
        El nacionalismo &aacute;rabe, especialmente en el Egipto de los a&ntilde;os 50 y 60, expresaba la esperanza, compartida por amplios sectores en Oriente Medio, de que el petr&oacute;leo pudiera movilizarse como instrumento de soberan&iacute;a, de desarrollo regional y de unidad antiimperialista. Pero ese proyecto choc&oacute; con l&iacute;mites pol&iacute;ticos y estructurales considerables. La guerra de 1967 entre Israel y los principales Estados &aacute;rabes constituy&oacute; una ruptura profunda: debilit&oacute; al <em>nasserismo</em> y asest&oacute; un duro golpe al proyecto panarabista en su conjunto, que hab&iacute;a buscado poner el petr&oacute;leo al servicio de una transformaci&oacute;n a escala regional. Al mismo tiempo, el centro de gravedad de la econom&iacute;a petrolera se desplazaba hacia las monarqu&iacute;as conservadoras del golfo &mdash;con Arabia Saud&iacute; a la cabeza&mdash;, cuyo creciente peso en la OPEP contribuy&oacute; a alejar la pol&iacute;tica del petr&oacute;leo de las ambiciones desarrollistas y pan&aacute;rabes de Nasser.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">La nacionalización del petróleo, en otras palabras, alteró los términos en que los Estados productores participaban en la economía mundial, pero también ayudó a edificar un orden global que siguió dominado por EEUU</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <strong>&iquest;Qu&eacute; papel juega el petr&oacute;leo en </strong><a href="https://www.eldiario.es/internacional/registran-explosiones-caracas-medio-tensiones-eeuu_1_12882787.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><strong>el secuestro de Maduro por EEUU</strong></a><strong> o la guerra contra Ir&aacute;n?</strong>
    </p><p class="article-text">
        No creo que el secuestro de Maduro tuviera que ver con la captura directa del crudo venezolano, sino m&aacute;s bien con un intento m&aacute;s amplio por parte de Estados Unidos de reafirmar su autoridad en su esfera de influencia tradicional. Esto tambi&eacute;n se ha vuelto m&aacute;s urgente conforme China ha ampliado su presencia econ&oacute;mica en Am&eacute;rica Latina. La presi&oacute;n sobre Venezuela busca, por tanto, demostrar que Washington sigue fijando los l&iacute;mites de lo pol&iacute;tica y econ&oacute;micamente posible en la regi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Ir&aacute;n se sit&uacute;a en el filo m&aacute;s afilado de este proceso. La guerra est&aacute; vinculada al intento de restaurar la primac&iacute;a estadounidense en Oriente Medio a trav&eacute;s de Israel, impulsar la normalizaci&oacute;n entre Israel y las monarqu&iacute;as del golfo y consolidar un bloque regional alineado con el poder de EEUU. Ir&aacute;n obstaculiza ese proyecto. Y se ubica adem&aacute;s en un espacio regional en el que China se ha convertido en el principal comprador del crudo del golfo y en una presencia diplom&aacute;tica y econ&oacute;mica creciente, pese a que los excedentes financieros del golfo siguen profundamente enlazados con los mercados estadounidenses y con el sistema financiero centrado en el d&oacute;lar. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>&iquest;C&oacute;mo reconfiguran estos nuevos conflictos la demanda global de combustibles f&oacute;siles?</strong>
    </p><p class="article-text">
        El efecto inmediato de la guerra sobre la demanda de combustibles f&oacute;siles ha sido contradictorio. A corto plazo, los precios m&aacute;s altos, las disrupciones del transporte mar&iacute;timo y la desaceleraci&oacute;n de la econom&iacute;a mundial han deprimido el consumo. Pero el efecto pol&iacute;tico m&aacute;s amplio de la guerra apunta en sentido contrario. 
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Conflictos como estos refuerzan la centralidad estratégica de los combustibles fósiles, porque aceleran el rearme y empujan a los Estados a anteponer la seguridad energética a los objetivos climáticos</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Conflictos como estos refuerzan la centralidad estrat&eacute;gica de los combustibles f&oacute;siles, porque aceleran el rearme y empujan a los Estados a anteponer la seguridad energ&eacute;tica a los objetivos clim&aacute;ticos. El gasto militar global ya hab&iacute;a alcanzado los 2.887 billones de d&oacute;lares en 2025 &mdash;el und&eacute;cimo aumento anual consecutivo&mdash; y esta guerra est&aacute; intensificando esa tendencia, sobre todo en Europa, Oriente Medio y Asia. Los ej&eacute;rcitos modernos son instituciones extraordinariamente intensivas en el uso del petr&oacute;leo y un mundo organizado en torno a la preparaci&oacute;n permanente para la guerra es tambi&eacute;n un mundo m&aacute;s firmemente atado a los hidrocarburos.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Escribe que es falsa &ldquo;la imagen popular de las grandes petroleras como dinosaurios arrastrados a rega&ntilde;adientes hacia el inevitable final de la era f&oacute;sil&rdquo; y que estas empresas &ldquo;est&aacute;n desempe&ntilde;ando un papel protag&oacute;nico en la determinaci&oacute;n de las opciones energ&eacute;ticas futuras&rdquo;. &iquest;De qu&eacute; modos est&aacute;n configurando ese futuro?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Lo que quer&iacute;a cuestionar con esa frase es la idea reconfortante de que las petroleras se limitan a ir <em>por detr&aacute;s</em> de un viraje energ&eacute;tico inevitable. En realidad, las petroleras est&aacute;n configurando activamente el aspecto que adopta esa supuesta transici&oacute;n. Una de las v&iacute;as es orientar la inversi&oacute;n hacia formas de energ&iacute;a que preserven su poder existente. El ejemplo m&aacute;s claro es el gas, en particular el GNL (Gas Natural Licuado). La Agencia Internacional de la Energ&iacute;a se&ntilde;al&oacute; a finales de 2025 que las decisiones finales de inversi&oacute;n en nuevos proyectos de GNL se han disparado, mientras que grandes compa&ntilde;&iacute;as como Shell o TotalEnergies siguen presentando el GNL como una l&iacute;nea de negocio central en t&eacute;rminos de crecimiento. Dicho de otro modo, el futuro que se est&aacute; construyendo no desplaza los combustibles f&oacute;siles, los prolonga.
    </p><p class="article-text">
        Las petroleras tambi&eacute;n est&aacute;n moldeando el futuro mediante un control selectivo sobre los t&eacute;rminos que toma el proceso de descarbonizaci&oacute;n. En lugar de aceptar un repliegue r&aacute;pido del petr&oacute;leo y el gas, las grandes firmas se han concentrado en falsas soluciones: captura de carbono, hidr&oacute;geno vinculado al gas natural, biocombustibles, compensaciones y negocios el&eacute;ctricos que conviven con la expansi&oacute;n continua de los hidrocarburos.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Cuando uno se detiene un instante, mira a su alrededor y advierte hasta qué punto el petróleo es ubicuo. Es una paradoja: el petróleo está en todas partes, pero no podemos verlo</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Un &uacute;ltimo elemento es pol&iacute;tico. Las petroleras contribuyen a definir el horizonte de lo que los gobiernos consideran realista. Hacen <em>lobby</em>, se asocian con los Estados y atan a las econom&iacute;as a sistemas infraestructurales de larga vida &uacute;til basados en los combustibles f&oacute;siles. Una dimensi&oacute;n muy importante en este punto es el papel de Estados ricos en petr&oacute;leo no occidentales, como Arabia Saud&iacute; o Emiratos &Aacute;rabes Unidos, que est&aacute;n desempe&ntilde;ando un papel destacado en la direcci&oacute;n de la pol&iacute;tica clim&aacute;tica actual. Lo que distingue a estos Estados es que tienen un asiento fijo en la mesa donde se elabora la pol&iacute;tica clim&aacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        <strong>El libro otorga un peso poco habitual a la petroqu&iacute;mica, a la omnipresencia &mdash;y relevancia&mdash; de pl&aacute;sticos, cauchos, pinturas o fertilizantes, una dimensi&oacute;n a menudo desatendida de la supremac&iacute;a del petr&oacute;leo.</strong>
    </p><p class="article-text">
        La transici&oacute;n hacia un mundo sint&eacute;tico comenz&oacute; a mediados del siglo XX. Y supuso que productos naturales como la madera, el vidrio, el caucho natural o los fertilizantes se vieran desplazados sistem&aacute;ticamente por derivados del petr&oacute;leo: pl&aacute;sticos, fibras sint&eacute;ticas, fertilizantes sint&eacute;ticos y otros productos qu&iacute;micos de base petrolera. Esto hizo posible una expansi&oacute;n enorme de la cantidad y la diversidad de mercanc&iacute;as que pod&iacute;an producirse y consumirse, abarat&oacute; la manufactura y redujo los costes laborales y aceler&oacute; el tiempo de rotaci&oacute;n de la circulaci&oacute;n del capital. Por supuesto, todo ello vino acompa&ntilde;ado de consecuencias ecol&oacute;gicas desastrosas.
    </p><p class="article-text">
        Ese momento fue fundamental para la consolidaci&oacute;n del petr&oacute;leo como principal combustible f&oacute;sil del mundo, porque permiti&oacute; que el crudo se convirtiera en el sustrato material de pr&aacute;cticamente todas las mercanc&iacute;as que nos rodean. Cuando uno se detiene un instante, mira a su alrededor y piensa de d&oacute;nde proviene todo eso, advierte hasta qu&eacute; punto el petr&oacute;leo (y, cada vez m&aacute;s, el gas f&oacute;sil) es ubicuo. Ha tejido los combustibles f&oacute;siles en nuestra vida cotidiana, pero de manera invisible. Es una paradoja: el petr&oacute;leo est&aacute; en todas partes, pero no podemos verlo.
    </p><p class="article-text">
        Esto obliga a desplazar la conversaci&oacute;n sobre el petr&oacute;leo y sobre el origen de su aparente poder en una direcci&oacute;n distinta. Y tambi&eacute;n ayuda a pensar el problema de los pl&aacute;sticos de otro modo. La narrativa dominante sobre los pl&aacute;sticos sostiene que el problema radica en los residuos t&oacute;xicos y en la necesidad de mejorar el reciclaje. Es evidente que los residuos pl&aacute;sticos son un asunto enormemente importante, pero, cuando situamos la emergencia de la petroqu&iacute;mica en el cuadro m&aacute;s amplio de lo que aporta al capitalismo, el problema resulta ser mucho mayor. Esto ayuda asimismo a explicar por qu&eacute; la demanda de petroqu&iacute;micos y pl&aacute;sticos crece tan deprisa. Las estimaciones indican que el consumo de pl&aacute;sticos se triplicar&aacute; para 2060.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Es evidente que los residuos plásticos son un asunto enormemente importante, pero, cuando situamos la emergencia de la petroquímica en el cuadro más amplio de lo que aporta al capitalismo, el problema resulta ser mucho mayor</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <strong>A la luz del giro autoritario en EEUU y en tantos otros lugares del mundo, &iquest;se parecer&aacute; nuestro futuro a la situaci&oacute;n actual de los pa&iacute;ses del golfo, con esa fusi&oacute;n entre sistema dictatorial, riqueza familiar y dependencia f&oacute;sil? Trump no oculta su fascinaci&oacute;n por el modelo saud&iacute;.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Hay similitudes, pero yo ser&iacute;a cauto con cualquier afirmaci&oacute;n simple del tipo &ldquo;Estados Unidos se est&aacute; convirtiendo en Arabia Saud&iacute;&rdquo;. Las monarqu&iacute;as del golfo descansan sobre una estructura social muy espec&iacute;fica, con poblaciones de ciudadanos relativamente reducidas, una fuerte dependencia de la mano de obra no ciudadana temporal y sistemas pol&iacute;ticos organizados en torno a la monarqu&iacute;a y a la distribuci&oacute;n gestionada de la riqueza. Eso no es lo mismo que Estados Unidos.
    </p><p class="article-text">
        Lo que s&iacute; parece comparable es la estrecha fusi&oacute;n entre pol&iacute;tica autoritaria, desigualdad espectacular, enriquecimiento personal y un desprecio cada vez m&aacute;s abierto por los procedimientos democr&aacute;tico-liberales. La relaci&oacute;n de Trump con Arabia Saud&iacute; siempre ha sido reveladora a este respecto. Ha elogiado abiertamente al reino y ha profundizado los lazos empresariales con socios del golfo, incluidos importantes proyectos vinculados a Arabia Saud&iacute;. Esto no demuestra una imitaci&oacute;n en sentido estricto, pero s&iacute; evidencia una afinidad con un modelo en el que la riqueza del Estado y la de la familia gobernante est&aacute;n estrechamente entrelazadas.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/6c8c3018-b903-497f-b6cc-7f669af00e14_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0_x1456y384.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/6c8c3018-b903-497f-b6cc-7f669af00e14_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0_x1456y384.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/6c8c3018-b903-497f-b6cc-7f669af00e14_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0_x1456y384.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/6c8c3018-b903-497f-b6cc-7f669af00e14_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0_x1456y384.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/6c8c3018-b903-497f-b6cc-7f669af00e14_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x1456y384.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/6c8c3018-b903-497f-b6cc-7f669af00e14_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x1456y384.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/6c8c3018-b903-497f-b6cc-7f669af00e14_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x1456y384.jpg"
                    alt="Imagen de archivo de barriles en un depósito de petróleo. "
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                Imagen de archivo de barriles en un depósito de petróleo.                             </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        <strong>&iquest;Y cu&aacute;n estables son hoy los reg&iacute;menes &aacute;rabes del golfo P&eacute;rsico? </strong>
    </p><p class="article-text">
        Ninguna de las monarqu&iacute;as del golfo parece estar al borde del colapso. Conservan aparatos coercitivos formidables, mantienen grandes reservas financieras y pueden absorber choques que desestabilizar&iacute;an a Estados m&aacute;s pobres. Pero <a href="https://www.eldiario.es/internacional/paciencia-limite-paises-golfo-atrapados-represalia-iran-guerra-eeuu-e-israel_1_13086063.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">la guerra ha puesto al descubierto algunas vulnerabilidades reales</a>. El golfo aparece ahora bastante menos seguro que la imagen pulida que se proyectaba antes de la guerra.
    </p><p class="article-text">
        El conflicto ha agudizado, adem&aacute;s, las tensiones internas del Consejo de Cooperaci&oacute;n del Golfo. <a href="https://www.eldiario.es/internacional/theguardian/salida-emiratos-arabes-unidos-club-productores-petroleo-reconfigurar-oriente-medio_129_13181669.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">La decisi&oacute;n de Emiratos &Aacute;rabes Unidos de abandonar la OPEP</a> [el pasado abril] es un buen reflejo de estas fricciones. Por supuesto, estas divisiones no comenzaron con la guerra: ya eran visibles en los alineamientos pol&iacute;ticos rivales y en los grupos armados respaldados por Emiratos y por Arabia Saud&iacute; en lugares como Yemen o Sud&aacute;n. Pero la guerra ha vuelto esas fracturas m&aacute;s consecuentes.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&iquest;C&oacute;mo se ver&aacute; afectada la hegemon&iacute;a estadounidense en la regi&oacute;n por la guerra en curso?</strong>
    </p><p class="article-text">
        El panorama es incierto. En cierto sentido, la guerra ha confirmado que Estados Unidos sigue siendo la &uacute;nica potencia exterior capaz de ofrecer protecci&oacute;n militar a las monarqu&iacute;as del golfo. Arabia Saud&iacute; y Emiratos se han acercado a Washington a lo largo del conflicto. Pero la guerra tambi&eacute;n ha expuesto los l&iacute;mites del poder estadounidense. La asimetr&iacute;a militar entre Estados Unidos e Israel, por un lado, e Ir&aacute;n, por otro, es enorme. Y, sin embargo, Ir&aacute;n no necesita una paridad militar avanzada para infligir da&ntilde;os graves. Su capacidad para perturbar el tr&aacute;fico mar&iacute;timo en Ormuz &ndash;e imponer as&iacute; costes may&uacute;sculos a la econom&iacute;a global&ndash; muestra c&oacute;mo una potencia m&aacute;s d&eacute;bil puede a&uacute;n explotar las vulnerabilidades de un mundo articulado en torno al petr&oacute;leo.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">La capacidad de Irán para perturbar el tráfico marítimo en Ormuz –e imponer así costes mayúsculos a la economía global– muestra cómo una potencia más débil puede aún explotar las vulnerabilidades de un mundo articulado en torno al petróleo</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <strong>El libro se&ntilde;ala los diversos l&iacute;mites e insuficiencias de la apuesta por la bioenerg&iacute;a, los veh&iacute;culos el&eacute;ctricos y el hidr&oacute;geno verde como pilares de la transici&oacute;n verde, pero cuando trata de apuntar hacia una 'alternativa ecosocialista', las recetas parecen excesivamente lejanas, carentes de la acumulaci&oacute;n de fuerzas necesaria. &iquest;C&oacute;mo deber&iacute;a la izquierda navegar la brecha entre la cr&iacute;tica estructural l&uacute;cida y una pol&iacute;tica capaz de jugar a la vez a corto y a largo plazo?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Creo que la izquierda tiene que rechazar la falsa disyuntiva entre lo que se siente inmediatamente realista y el replegarse a un maximalismo abstracto. La cr&iacute;tica estructural importa precisamente porque nos dice qu&eacute; es lo que en &uacute;ltima instancia hay que cambiar: el capitalismo. Pero esa estrategia tiene que partir de donde la gente realmente est&aacute;. Eso significa construir demandas que mejoren la vida en el presente, al mismo tiempo que fortalezcan los movimientos a largo plazo. Por ejemplo: en lugar de reclamar m&aacute;s veh&iacute;culos el&eacute;ctricos como respuesta a la dependencia de los combustibles f&oacute;siles, deber&iacute;amos exigir sistemas de transporte p&uacute;blico gratuitos y verdes y formas distintas de organizar la vida urbana.
    </p><p class="article-text">
        A menudo, hay una confusi&oacute;n entre estrategia y t&aacute;ctica. Podemos sostener una estrategia anticapitalista orientada al cambio revolucionario y, al mismo tiempo, recurrir a un repertorio de t&aacute;cticas modeladas por las circunstancias concretas en las que nos organizamos. Eso significa pensar en serio en c&oacute;mo construir poder en el presente, sin perder de vista el horizonte m&aacute;s amplio de la transformaci&oacute;n. Las t&aacute;cticas variar&aacute;n seg&uacute;n los lugares y los momentos, pero la estrategia debe mantenerse clara respecto a la magnitud de la crisis y a la profundidad del cambio requerido.
    </p><p class="article-text">
        Como parte de esto, la izquierda necesita ser mucho m&aacute;s audaz al articular tanto la visi&oacute;n como la posibilidad de una transformaci&oacute;n social real. Una de las lecciones m&aacute;s n&iacute;tidas del vaciamiento de la socialdemocracia convencional en los &uacute;ltimos a&ntilde;os es que la timidez no nos protege. La pol&iacute;tica de la acomodaci&oacute;n no ha frenado a la derecha ni ha inspirado movimientos populares duraderos. En muchos casos, no ha hecho m&aacute;s que ahondar en el desencanto y dejar el campo pol&iacute;tico abierto a las fuerzas autoritarias y nacionalistas.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos C. Pérez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/adam-hanieh-investigador-preparacion-permanente-guerra-deja-mundo-atado-petroleo_128_13446026.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 15 Aug 2026 20:37:09 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/327ac849-d92d-47d9-a81b-010c9631698e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x957y436.jpg" length="187632" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/327ac849-d92d-47d9-a81b-010c9631698e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x957y436.jpg" type="image/jpeg" fileSize="187632" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Adam Hanieh, investigador: "La preparación permanente para la guerra deja un mundo atado al petróleo"]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/327ac849-d92d-47d9-a81b-010c9631698e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x957y436.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Petróleo,Arabia Saudí,Emiratos Árabes Unidos,Irán,Estados Unidos,Venezuela,Capitalismo,Economía,Transición energética]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Nick Srnicek, experto en economía digital: "La izquierda debe tomarse la inteligencia artificial mucho más en serio"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/nick-srnicek-experto-economia-digital-izquierda-debe-tomarse-inteligencia-artificial-serio_128_13184766.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/cf41899d-fcda-4d37-ac3e-10609147b5ae_16-9-discover-aspect-ratio_default_1142000.jpg" width="1327" height="746" alt="Nick Srnicek, experto en economía digital: &quot;La izquierda debe tomarse la inteligencia artificial mucho más en serio&quot;"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El profesor de economía digital en el King's College de Londres plantea en su nuevo libro que la batalla por el futuro de la IA se libra entre las estrategias de captura de las grandes tecnológicas, las tensiones geopolíticas entre EEUU y China, el desmoronamiento del viejo consenso 'liberal' de Silicon Valley y la emergencia de un tecnonacionalismo que fusiona al sector privado con el poder militar</p><p class="subtitle">Una nueva IA de Anthropic hace saltar las alarmas en EEUU por su capacidad para explotar brechas de seguridad </p></div><p class="article-text">
        Nick Srnicek, profesor de econom&iacute;a digital en el King's College de Londres, es autor, entre otros libros, de <em>Capitalismo de plataformas</em> (2016), que en su momento cartografi&oacute; el ecosistema de las plataformas digitales y sus modelos de negocio, o <em>Despu&eacute;s del trabajo</em> (2024, con Helen Hester), una historia del hogar, la tecnolog&iacute;a y el tiempo libre que anticipaba muchas de las preguntas sobre postrabajo y automatizaci&oacute;n que ahora la Inteligencia artificial ha tornado urgentes. 
    </p><p class="article-text">
        Su nueva obra, <em>Silicon Empires: The Fight for the Future of AI</em> (Polity, 2025), ampl&iacute;a el foco para mapear lo que el propio Srnicek describe como el terreno en el que se debe luchar por el futuro de la inteligencia artificial, un &aacute;mbito en el que convergen &mdash;y cada vez m&aacute;s a menudo colisionan&mdash; las estrategias de captura de las grandes tecnol&oacute;gicas, las tensiones geopol&iacute;ticas entre EEUU y China, el desmoronamiento del viejo consenso &ldquo;liberal&rdquo; de Silicon Valley y la emergencia de un tecnonacionalismo que fusiona al sector privado con el poder militar. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>Empecemos por lo m&aacute;s b&aacute;sico: &iquest;c&oacute;mo deber&iacute;amos concebir y definir la IA?</strong>
    </p><p class="article-text">
        La cuesti&oacute;n de qu&eacute; es la IA se ha debatido durante muchas d&eacute;cadas. Los or&iacute;genes del t&eacute;rmino se remontan a la d&eacute;cada de 1950, pero 2012 fue un punto de inflexi&oacute;n, con la renovaci&oacute;n de lo que se denomina &ldquo;aprendizaje profundo&rdquo;, en referencia a la utilizaci&oacute;n de redes neuronales a las que no se les dan instrucciones preprogramadas, como se har&iacute;a al codificar un software convencional, sino que se entrenan mediante la interacci&oacute;n repetida con datos, corrigiendo los errores que cometen en el propio proceso. Esto se repite una y otra vez hasta que esas redes neuronales aprenden a tomar una entrada concreta y producir una salida concreta.
    </p><p class="article-text">
        Hoy en d&iacute;a, sin embargo, cuando hablamos de IA casi siempre nos referimos a la IA generativa, que es tambi&eacute;n el tema central de mi libro. La mayor parte de la IA generativa se basa en la llamada arquitectura Transformer, una forma de estructurar estas redes neuronales que resulta muy &uacute;til para gestionar el procesamiento del lenguaje, como la traducci&oacute;n o la transcripci&oacute;n. Lo interesante es que este enfoque, nacido de la investigaci&oacute;n ling&uuml;&iacute;stica, result&oacute; ser extraordinariamente vers&aacute;til: hoy se utiliza no solo para producir lenguaje, sino tambi&eacute;n para tareas tan diversas como la secuenciaci&oacute;n del ADN.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&iquest;Es la IA realmente una fuerza disruptiva o revolucionaria? Parece haber dos posiciones enfrentadas a este respecto: quienes creen que estamos a cinco segundos de alcanzar la </strong><em><strong>singularidad </strong></em><strong>y quienes consideran que todo es una exageraci&oacute;n desmedida. &iquest;Cu&aacute;l es su postura? Y, sobre todo, &iquest;cu&aacute;l deber&iacute;a ser el enfoque cr&iacute;tico a este respecto? Parece que la izquierda carece de una br&uacute;jula pol&iacute;tica, estrat&eacute;gica e incluso moral clara al respecto.</strong>
    </p><p class="article-text">
        La izquierda se ha quedado un poco al margen de estos debates. Por un lado, tenemos la t&iacute;pica cr&iacute;tica que sostiene que esta tecnolog&iacute;a no tiene utilidad alguna. Hay algo de cierto en esto, pero el desarrollo de la IA va mucho m&aacute;s all&aacute; de lo que hace ChatGPT en nuestro d&iacute;a a d&iacute;a. Por eso creo que es un problema para la izquierda seguir criticando una cierta forma de concebir la IA que ya tiene tres o cuatro a&ntilde;os de antig&uuml;edad, sobre todo cuando la mayor&iacute;a de la gente, al utilizar esta tecnolog&iacute;a, entiende que no es balad&iacute;. El resultado de este tipo de mensajes conduce inevitablemente a perder la atenci&oacute;n de una gran parte de la audiencia. La izquierda necesita tomarse esta tecnolog&iacute;a mucho m&aacute;s en serio. 
    </p><p class="article-text">
        La otra cara de la moneda son quienes creen que estamos al borde inminente de la singularidad. Esta postura es asimismo comprensible, teniendo en cuenta el rapid&iacute;simo avance de los &uacute;ltimos a&ntilde;os. A nivel te&oacute;rico, adem&aacute;s, creo que algo as&iacute; es posible: si el cerebro se puede medir y calcular, la mente tambi&eacute;n, y, por lo tanto, deber&iacute;amos ser capaces, al menos en teor&iacute;a, de replicarla en silicio o en alg&uacute;n otro sustrato similar. Ahora bien: dudo mucho que estemos a punto de alcanzarla.
    </p><p class="article-text">
        Donde la izquierda tiene m&aacute;s que aportar es en la reflexi&oacute;n sobre el postcapitalismo, la postescasez y el postrabajo, sobre qu&eacute; significa tener m&aacute;s tiempo libre o no tener trabajo. Es un problema; considero que ahora mismo no haya una comunicaci&oacute;n real entre aquellos que reflexionan sobre c&oacute;mo configurar un mundo post-IA y aquellos que piensan en la configuraci&oacute;n de una sociedad postcapitalista. 
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">La IA, tal como se concibe y desarrolla en la actualidad, [nos lleva a] un mundo en el que la mayoría de los seres humanos son secundarios con respecto a unas máquinas que están al servicio de los intereses de un puñado de personas extremadamente poderosas</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <strong>Bueno, el debate en torno al futuro del trabajo y la automatizaci&oacute;n ha sido m&aacute;s prominente en las perspectivas de izquierda. En ese sentido, &iquest;qu&eacute; efecto cree que podr&iacute;a tener el desarrollo de la IA en el empleo y en las luchas sindicales?</strong>
    </p><p class="article-text">
        En su mayor&iacute;a, el impacto ser&iacute;a negativo. Lo que yo quiero es un mundo sin trabajo o, al menos, en el que se minimice el trabajo necesario, un mundo en el que podamos elegir libremente a qu&eacute; actividades dedicarnos. Pero alcanzar ese horizonte es lo dif&iacute;cil, especialmente hacerlo de una manera que no erosione el poder de las clases trabajadoras. El desaf&iacute;o, pues, es alcanzar ese mundo postrabajo sin que ello revierta en una concentraci&oacute;n masiva de riqueza y poder en manos de unos pocos.
    </p><p class="article-text">
        La IA, tal como se concibe y desarrolla en la actualidad, no parece ir en esa direcci&oacute;n. Las formas en que se implementar&aacute; tendr&aacute;n que ver con la automatizaci&oacute;n de la vida y el trabajo, sin ning&uacute;n tipo de sistema de compensaci&oacute;n para ayudar a las personas afectadas por estos cambios, lo cual puede derivar en desempleo estructural y en un aumento del control y la vigilancia sociales. Se trata, en resumen, del advenimiento de un mundo en el que la mayor&iacute;a de los seres humanos son secundarios con respecto a unas m&aacute;quinas que est&aacute;n al servicio de los intereses de un pu&ntilde;ado de personas extremadamente poderosas.
    </p><p class="article-text">
        Este es el tipo de cosas que la izquierda debe tener mucho m&aacute;s en cuenta. La pregunta fundamental que deber&iacute;amos hacernos es, por tanto, c&oacute;mo mantener el poder ante estas transformaciones.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/f868c912-4a4c-4e4a-a626-245df4f3f03a_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/f868c912-4a4c-4e4a-a626-245df4f3f03a_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/f868c912-4a4c-4e4a-a626-245df4f3f03a_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/f868c912-4a4c-4e4a-a626-245df4f3f03a_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/f868c912-4a4c-4e4a-a626-245df4f3f03a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/f868c912-4a4c-4e4a-a626-245df4f3f03a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/f868c912-4a4c-4e4a-a626-245df4f3f03a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="Nick Srnircek, en un acto de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo."
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                Nick Srnircek, en un acto de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo.                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        <strong>El libro aborda las transformaciones de Silicon Valley y las mutaciones de la nueva derecha tecnol&oacute;gica. Los cambios parecen sustanciales: en 2016, Peter Thiel fue probablemente el &uacute;nico magnate que apoy&oacute; p&uacute;blicamente a Trump. Hoy, la tecnoligarqu&iacute;a en su conjunto parece apoyar el proyecto trumpista de una u otra forma. Adem&aacute;s, con anterioridad, estas empresas se hab&iacute;an autoimpuesto restricciones para no trabajar con el Pent&aacute;gono ni con fines militares, limitaciones que ahora han decidido dejar atr&aacute;s.</strong>
    </p><p class="article-text">
        La &eacute;lite tecnol&oacute;gica de Silicon Valley y la &eacute;lite pol&iacute;tica de Estados Unidos compart&iacute;an anteriormente un consenso sobre el papel de la tecnolog&iacute;a digital y sobre c&oacute;mo esta facilitaba el poder estadounidense: la expansi&oacute;n de las empresas tecnol&oacute;gicas estadounidenses por todo el mundo, dentro de un marco neoliberal, tambi&eacute;n beneficiaba al Estado. Este paradigma alcanz&oacute; su punto &aacute;lgido durante la Administraci&oacute;n Obama, aunque ya se vislumbraba bajo Clinton y, en menor medida, bajo George W. Bush. Esta alianza est&aacute; empezando a desmoronarse. 
    </p><p class="article-text">
        Con todo, en el libro trato de evitar el reduccionismo de creer que exist&iacute;a un consenso en Silicon Valley bajo Obama y que luego lleg&oacute; Trump y lo rompi&oacute;, en lo que yo llamo tecnonacionalismo. No es tan sencillo. En realidad, ya hab&iacute;a una variedad de corrientes subterr&aacute;neas, en algunos casos de d&eacute;cadas de antig&uuml;edad, que estaban socavando lentamente esa relaci&oacute;n. Las rupturas m&aacute;s importantes se producen bajo la primera Administraci&oacute;n Trump, s&iacute;, pero ya estaban ah&iacute; en anteriores administraciones.
    </p><p class="article-text">
        Se trata, por ejemplo, del cambio en el papel del Estado en la innovaci&oacute;n. Antes, el poder estatal era el factor determinante de la innovaci&oacute;n militar; las grandes contratistas de defensa depend&iacute;an de &eacute;l y segu&iacute;an sus directrices. Pero en las d&eacute;cadas de 1990, 2000 y 2010 el centro de la innovaci&oacute;n se traslada en gran medida al sector privado. El control estatal sobre el sector tecnol&oacute;gico empieza a erosionarse y el Estado depende cada vez m&aacute;s del nuevo poder tecnol&oacute;gico, hasta el punto de que hoy presenciamos el auge de nuevas empresas (Palantir, Anduril o Shield) que intentan superar a las grandes contratistas de defensa e imponer una nueva l&oacute;gica de <em>startup </em>en los contratos de defensa.
    </p><p class="article-text">
        A su vez, ha cambiado la relaci&oacute;n entre Estados Unidos y China y entre sus &eacute;lites capitalistas. Uno de los argumentos principales del libro es que se produjo un viraje a lo largo de la d&eacute;cada de 2010. Durante bastante tiempo, en la d&eacute;cada de 2000, el objetivo de los capitalistas estadounidenses era integrar la econom&iacute;a china en la econom&iacute;a neoliberal global. Los beneficios les resultaban obvios: mano de obra barata, una base de usuarios masiva, una gran base de consumidores. 
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, a lo largo de la d&eacute;cada de 2000 empezaron a ver que esto no funcionaba como quer&iacute;an y que los capitalistas chinos eran cada vez m&aacute;s competitivos en una variedad de industrias. Ya no se trataba de que China trabajara en sectores de menor valor, sino de que compet&iacute;a cada vez m&aacute;s directamente con las empresas estadounidenses. Lo que antes era un consenso sobre la apertura a China se convierte, a lo largo de la d&eacute;cada de 2010, en una mayor restricci&oacute;n de las empresas chinas y en m&aacute;s poder de los halcones anti-China.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">El mundo neoliberal no era precisamente genial, pero el mundo tecnonacionalista fascista puede ser aún peor</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Finalmente, se produce una divisi&oacute;n que surge bajo la primera Administraci&oacute;n Trump, se acelera bajo Biden y ha continuado de diversas maneras bajo la segunda Administraci&oacute;n Trump. Dentro de la &eacute;lite tecnol&oacute;gica surgen al menos dos grupos. Uno es el de las grandes empresas tecnol&oacute;gicas neoliberales globales, que siguen deseando un mundo neoliberal: crecieron y prosperaron en &eacute;l y no quieren aranceles, controles a la exportaci&oacute;n, guerras comerciales, ni tensiones geopol&iacute;ticas. 
    </p><p class="article-text">
        Por el contrario, existe una nueva corriente tecnonacionalista, impulsada por las empresas de tecnolog&iacute;a de defensa y apoyada cada vez m&aacute;s por el capital riesgo, que ve en la tecnolog&iacute;a de defensa un nuevo mercado enorme. Su inter&eacute;s principal no es mantener el neoliberalismo, sino c&oacute;mo asegurar las cadenas de suministro, c&oacute;mo reindustrializar Estados Unidos, c&oacute;mo aprovecharse de las tensiones geopol&iacute;ticas.
    </p><p class="article-text">
        Estas dos facciones est&aacute;n en tensi&oacute;n abierta. Washington se alinea cada vez m&aacute;s con el grupo tecnonacionalista y hay un malestar expl&iacute;cito de las empresas m&aacute;s neoliberales: Nvidia, Oracle y Google se han pronunciado en varios momentos diciendo que lo que est&aacute; haciendo el gobierno es una cat&aacute;strofe. Es un momento no hegem&oacute;nico: no existe tal cosa como un &ldquo;consenso de Silicon Valley&rdquo;. El mundo neoliberal no era precisamente genial, pero el mundo tecnonacionalista fascista puede ser a&uacute;n peor.
    </p><p class="article-text">
        <strong>En el libro menciona que Estados Unidos y China tienen estrategias diferentes en lo que al desarrollo de la IA respecta: Estados Unidos tiene una &ldquo;estrategia de innovaci&oacute;n&rdquo; y, en el caso de China, podr&iacute;amos hablar de una &ldquo;estrategia de difusi&oacute;n&rdquo;. &iquest;En qu&eacute; consisten y cu&aacute;les son sus diferencias?</strong>
    </p><p class="article-text">
        La idea de que existe una carrera por la IA entre China y Estados Unidos es una tonter&iacute;a. No compiten; tienen metas diferentes.
    </p><p class="article-text">
        Estados Unidos apuesta por una estrategia de innovaci&oacute;n: se dedica a tiempo completo a desarrollar constantemente nuevas capacidades y posibilidades. Eso se refleja en la cantidad de inversi&oacute;n privada &mdash;<a href="https://www.eldiario.es/tecnologia/openai-comprometido-gastar-1-3-billones-ia-beneficios-saldra-dinero_1_12760825.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">OpenAI tiene algo as&iacute; como 1,5 billones de d&oacute;lares en compromisos de gasto</a>&mdash;, en una agenda desreguladora a nivel nacional &mdash;en materia de energ&iacute;a, por ejemplo, se est&aacute;n haciendo muchos esfuerzos para garantizar que la oferta energ&eacute;tica pueda crecer r&aacute;pidamente, independientemente de los costes medioambientales&mdash;, y en el intento de impedir que los 50 estados aprueben cualquier tipo de legislaci&oacute;n sobre IA que pueda obstaculizar la innovaci&oacute;n. Tambi&eacute;n hay una pol&iacute;tica industrial emergente, pero muy orientada al mercado: en muchos casos se trata de respaldar a las empresas o concederles pr&eacute;stamos sin imponerles muchas condiciones. 
    </p><p class="article-text">
        China, por el contrario, se centra mucho m&aacute;s en la difusi&oacute;n: la idea es implementar la IA en todas las escalas de su econom&iacute;a y en toda la sociedad. Si nos remontamos a su documento estrat&eacute;gico sobre IA de 2017 &mdash;el Plan de desarrollo de la IA de pr&oacute;xima generaci&oacute;n&mdash;, ya se centraba en c&oacute;mo aprovechar esta tecnolog&iacute;a, ponerla en manos de las peque&ntilde;as empresas, introducirla en diferentes industrias, en las empresas estatales y en la contrataci&oacute;n p&uacute;blica. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>&iquest;Qu&eacute; pa&iacute;s cree que tendr&aacute; &eacute;xito en sus propios t&eacute;rminos?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Es dif&iacute;cil de decir. Si tuviera que apostar, dir&iacute;a que la estrategia de China es probablemente la mejor. Hay un libro fant&aacute;stico que me ha influido mucho en esta forma de pensar: <em>Technology and the Rise of Great Powers</em>. All&iacute;, Jeffrey Ding argumenta que cuando el equilibrio de poder ha cambiado en el pasado debido a tecnolog&iacute;as de uso general como la IA, ha sido porque estas tecnolog&iacute;as se han difundido por toda la econom&iacute;a de un pa&iacute;s. 
    </p><p class="article-text">
        No han sido los <em>innovadores</em> los que han liderado el cambio, sino los <em>difusores</em>. Y creo que algo similar ocurrir&aacute; con la IA: si puede implementarse en toda la econom&iacute;a, se puede aumentar la productividad general, lo que impulsa la econom&iacute;a nacional, el poder militar y la posici&oacute;n internacional. El enfoque basado en la innovaci&oacute;n, en cambio, se concentra mucho m&aacute;s en un &uacute;nico sector.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">La idea de que existe una carrera por la IA entre China y Estados Unidos es una tontería. No compiten; tienen metas diferentes</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Ahora bien, la historia que contar&aacute; Estados Unidos es que se trata de una carrera hacia la inteligencia artificial general, y la creencia es que, si se consigue algo parecido a la IAG (Inteligencia Artificial General), las ventajas de ser el primero ser&aacute;n enormes. Esta era una creencia dominante en la Administraci&oacute;n Biden. Hab&iacute;a una sensaci&oacute;n real de que la IAG era inminente y de que, por ejemplo, los controles de exportaci&oacute;n de semiconductores forzar&iacute;an a China a desarrollar su propia industria nacional, pero su l&oacute;gica era que eso llevar&iacute;a una d&eacute;cada, mientras que la IAG llegar&iacute;a en tres o cinco a&ntilde;os. Los plazos funcionaban en escalas distintas.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Sam Altman, CEO de OpenAI, ha dicho en numerosas ocasiones que estas transformaciones requerir&aacute;n una reconfiguraci&oacute;n significativa del contrato social. &iquest;A qu&eacute; se refiere?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Por lo general, este tipo de an&aacute;lisis giran en torno a alguna forma de renta b&aacute;sica universal. La l&oacute;gica es casi siempre la misma: este pu&ntilde;ado de empresas que lideran el desarrollo de la IA acumular&aacute;n inmensas riquezas para s&iacute; mismas y luego ser&aacute;n lo suficientemente benevolentes como para compartirlas con todo el mundo. 
    </p><p class="article-text">
        El problema, claro, es que confiar en la benevolencia de dictadores ricos no es una buena estrategia, ni para la sociedad en su conjunto ni para la izquierda. Lo que hay que intentar es discernir c&oacute;mo configurar la IA de modo que se evite esa concentraci&oacute;n de riqueza en manos de unos pocos y que el valor que genera se comparta ampliamente. 
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/df8a7d21-c45e-490c-bf3f-e8f9b4cca938_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0_x4751y454.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/df8a7d21-c45e-490c-bf3f-e8f9b4cca938_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0_x4751y454.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/df8a7d21-c45e-490c-bf3f-e8f9b4cca938_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0_x4751y454.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/df8a7d21-c45e-490c-bf3f-e8f9b4cca938_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0_x4751y454.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/df8a7d21-c45e-490c-bf3f-e8f9b4cca938_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x4751y454.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/df8a7d21-c45e-490c-bf3f-e8f9b4cca938_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x4751y454.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/df8a7d21-c45e-490c-bf3f-e8f9b4cca938_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x4751y454.jpg"
                    alt="Manifestación en Londres contra la empresa tecnológica Palantir en 2023."
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                Manifestación en Londres contra la empresa tecnológica Palantir en 2023.                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        <strong>Su libro utiliza la noci&oacute;n de &ldquo;imperio&rdquo; como concepto pol&iacute;tico y herramienta de an&aacute;lisis. Recientemente, </strong><a href="https://www.eldiario.es/tecnologia/investigadora-destripa-mito-openai-sam-altman-multinacionales-ia-aceleran-retroceso-democratico_128_12845861.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><strong>Karen Hao public&oacute; </strong></a><a href="https://www.eldiario.es/tecnologia/investigadora-destripa-mito-openai-sam-altman-multinacionales-ia-aceleran-retroceso-democratico_128_12845861.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em><strong>El imperio de la IA</strong></em></a><strong>, una cr&oacute;nica del ascenso de OpenAI y de ChatGPT. Usted y ella trabajan con ideas diferentes de imperio, pero quisiera preguntarle por la utilidad de invocar un concepto tan cargado pol&iacute;ticamente y por qu&eacute; considera que resulta especialmente atractivo en el caso de la IA.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Tiene que ver con las din&aacute;micas que impulsan a estas empresas y con las que se sustentan los ensamblajes estatales que las apoyan. Me encanta el libro de Hao en muchos sentidos, pero el Estado est&aacute; notablemente ausente en gran parte de su relato, y no creo que se pueda contar la historia de la IA hoy centr&aacute;ndose &uacute;nicamente en las empresas.
    </p><p class="article-text">
        Existe un aspecto imperialista expansivo en el proceso de captura de recursos en todo el mundo. La desintegraci&oacute;n del neoliberalismo desplaza el &eacute;nfasis del libre comercio y de los mercados a la fuerza bruta y al poder de negociaci&oacute;n para conseguir lo que Estados Unidos quiere y lo que quieren sus empresas de IA. Adem&aacute;s, los recursos destinados a los centros de datos o la energ&iacute;a necesaria son rasgos cl&aacute;sicos del imperialismo.
    </p><p class="article-text">
        La otra cara de la moneda es que, una vez creada la IA, hay que expandirla por el resto del mundo. No se trata solo de capturar recursos, sino de coaccionar para imponer una pila tecnol&oacute;gica (<em>tech stack</em>) concreta. Estados Unidos, en su ret&oacute;rica, en su pol&iacute;tica y en la pr&aacute;ctica, ha utilizado su control sobre la tecnolog&iacute;a de vanguardia para obtener lo que quiere de otros pa&iacute;ses. El acuerdo con los Emiratos &Aacute;rabes Unidos es un buen ejemplo: los Emiratos reciben medio mill&oacute;n de chips de Nvidia a cambio de eliminar la pila tecnol&oacute;gica china de sus centros de datos y servicios gubernamentales. Se convirti&oacute; en una pila tecnol&oacute;gica estadounidense. Esto es un lanzamiento imperial para expandir esta infraestructura.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&iquest;Cu&aacute;l es la situaci&oacute;n y el papel de Europa? Muchos &mdash;no solo en los sectores progresistas, es algo bastante transversal&mdash; han hablado de una tercera v&iacute;a entre el modelo chino y el estadounidense.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Me gusta la idea de contar con una tercera opci&oacute;n que no sea solo China ni Estados Unidos. La UE quiere claramente ser esa tercera opci&oacute;n, pero creo que a veces se olvidan del <em>para qu&eacute;</em>. En muchos sentidos quieren seguir el modelo estadounidense, y si solo se reproduce el sistema estadounidense, sus valores, su enfoque de la IA, &iquest;qu&eacute; se ofrece que sea diferente? &iquest;Por qu&eacute; querr&iacute;a alguien seguir ese camino? En t&eacute;rminos de valores: &iquest;se va a explotar masivamente el medio ambiente para alcanzar la IAG a toda costa? &iquest;Se va a coaccionar a otros pa&iacute;ses para obtener recursos? Adem&aacute;s, creo que seguir el modelo estadounidense resulta extremadamente costoso e in&uacute;til en muchos sentidos. Invertir en entrenamientos multimillonarios para un modelo que, con suerte, estar&aacute; en lo m&aacute;s alto de las clasificaciones durante unos tres meses y luego ser&aacute; superado por otro... 
    </p><p class="article-text">
        La alternativa tiene que ser algo muy diferente: no crear un proyecto soberano de IA digital para un pa&iacute;s o una regi&oacute;n, sino un bien com&uacute;n en el que todo el mundo pueda participar, un sistema interoperable y basado en la portabilidad de los datos, alejado de la concentraci&oacute;n de recursos, tr&aacute;fico, poder y beneficios en unas pocas empresas. Creo que Europa podr&iacute;a contribuir a la construcci&oacute;n de algo parecido a un patrimonio com&uacute;n de IA, abierto a cualquiera, no solo a los pa&iacute;ses europeos, sino a cualquier pa&iacute;s del mundo que quiera adoptar estos proyectos de c&oacute;digo abierto y construir con ellos.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos C. Pérez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/nick-srnicek-experto-economia-digital-izquierda-debe-tomarse-inteligencia-artificial-serio_128_13184766.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 03 May 2026 19:35:13 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/cf41899d-fcda-4d37-ac3e-10609147b5ae_16-9-discover-aspect-ratio_default_1142000.jpg" length="273862" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/cf41899d-fcda-4d37-ac3e-10609147b5ae_16-9-discover-aspect-ratio_default_1142000.jpg" type="image/jpeg" fileSize="273862" width="1327" height="746"/>
      <media:title><![CDATA[Nick Srnicek, experto en economía digital: "La izquierda debe tomarse la inteligencia artificial mucho más en serio"]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/cf41899d-fcda-4d37-ac3e-10609147b5ae_16-9-discover-aspect-ratio_default_1142000.jpg" width="1327" height="746"/>
      <media:keywords><![CDATA[Inteligencia artificial,Estados Unidos,OpenAI,China,Tecnología,Innovación,UE - Unión Europea,Donald Trump,Sam Altman,Anthropic,ChatGPT,Nvidia,Chips]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Benjamin Balthaser, historiador: "Los verdaderos antisemitas ocupan posiciones centrales en la política de EEUU"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/benjamin-balthaser-historiador-verdaderos-antisemitas-ocupan-posiciones-centrales-politica-eeuu_128_13111196.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ec244944-0326-4e53-a0fd-60a56e69076b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x1116y859.jpg" width="1200" height="675" alt="Benjamin Balthaser, historiador: &quot;Los verdaderos antisemitas ocupan posiciones centrales en la política de EEUU&quot;"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"En los 60 se impuso en EEUU la narrativa de que ser judío era ser sionista, pero eso ha terminado", dice el historiador de la izquierda judía en EEUU</p><p class="subtitle">"Soy ciudadano de EEUU e Israel ha destruido mi casa con armas pagadas con mis impuestos"</p></div><p class="article-text">
        Una mujer jud&iacute;a de izquierdas se alista como voluntaria para combatir en la guerra &aacute;rabe-israel&iacute; de 1948. La desilusi&oacute;n, sin embargo, llega pronto. Cuando se decida a abandonar la causa, un compa&ntilde;ero sionista le lanza una frase que funciona como reproche y diagn&oacute;stico: &ldquo;Te sientes extranjera en Israel porque eres ciudadana del mundo entero<em>&rdquo;</em>. 
    </p><p class="article-text">
        Esa sentencia, que da t&iacute;tulo a un manuscrito in&eacute;dito de un desconocido intelectual jud&iacute;o antisionista, condensa con precisi&oacute;n la tensi&oacute;n entre particularismo y universalismo que atraviesa la historia del pueblo jud&iacute;o. Es tambi&eacute;n el hilo conductor del &uacute;ltimo libro de Benjamin Balthaser.
    </p><p class="article-text">
        En <em>Citizens of the Whole World: Anti-Zionism and the Cultures of the American Jewish Left </em>[Ciudadanos del mundo: antisionismo y las culturas de la izquierda jud&iacute;a estadounidense] (Verso, 2025), Balthaser, profesor de literatura en la Universidad de Indiana, reconstruye con erudici&oacute;n y pulso narrativo la densa y compleja trayectoria de la izquierda jud&iacute;a en Estados Unidos; sus tradiciones internacionalistas, sus rupturas internas y su prolongada relaci&oacute;n cr&iacute;tica con el sionismo.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&iquest;Por qu&eacute; escribir un libro como este ahora?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Conceb&iacute; el libro hace nueve a&ntilde;os, cuando empec&eacute; a observar la emergencia de un nuevo movimiento jud&iacute;o antisionista en Estados Unidos. Coincidi&oacute; con el momento en que los Socialistas Democr&aacute;ticos de Am&eacute;rica (DSA), la mayor organizaci&oacute;n socialista del pa&iacute;s, aprobaron su primera resoluci&oacute;n de apoyo al movimiento BDS (Boicot, Desinversi&oacute;n y Sanciones). 
    </p><p class="article-text">
        Hasta entonces, DSA hab&iacute;a sido la &uacute;nica organizaci&oacute;n socialista en la que era posible declararse abiertamente sionista. Aquella resoluci&oacute;n &mdash;en la que particip&eacute; activamente y cuyo &eacute;xito se debi&oacute; en buena medida al respaldo de corrientes jud&iacute;as dentro de la propia organizaci&oacute;n&mdash; marc&oacute; un punto de inflexi&oacute;n: a partir de entonces, el antisionismo pas&oacute; a ser la posici&oacute;n mayoritaria de la izquierda estadounidense. Fue en ese contexto cuando, como historiador y cr&iacute;tico cultural de la izquierda, empec&eacute; a interrogarme por los or&iacute;genes hist&oacute;ricos de ese giro y por la trayectoria de la izquierda jud&iacute;a en Estados Unidos. 
    </p><p class="article-text">
        El libro recorre, as&iacute;, un siglo de historia de la izquierda jud&iacute;a estadounidense y de sus pol&iacute;ticas antisionistas, partiendo de una premisa central: el auge actual de las cr&iacute;ticas al sionismo en el seno de la izquierda estadounidense no constituye en absoluto una novedad, ni para la izquierda del pa&iacute;s en general ni, menos a&uacute;n, para la izquierda jud&iacute;a estadounidense.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">La coyuntura actual se asemeja mucho más a la de las décadas de 1930 y 1940, cuando amplios sectores de la izquierda judía entendían el sionismo como un proyecto de clase, impulsado por las élites judías para asegurar su poder alineándose con una fuerza imperial mayor</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <strong>&iquest;Cu&aacute;l es ese recorrido hist&oacute;rico?</strong>
    </p><p class="article-text">
        La participaci&oacute;n de los jud&iacute;os inmigrantes en la izquierda estadounidense &mdash;desde las grandes oleadas procedentes de Europa del Este a finales del siglo XIX&mdash; no fue excepcional en comparaci&oacute;n con la de otros grupos inmigrantes. Como alemanes, italianos o mexicoamericanos, muchos jud&iacute;os se incorporaron a empleos precarios y a movimientos sindicales y socialistas multi&eacute;tnicos. En su caso, este proceso coincidi&oacute; con la formaci&oacute;n de una clase trabajadora y media jud&iacute;a y con la consolidaci&oacute;n de una <em>yiddishkeit</em> secular [ecosistema de pr&aacute;cticas y sensibilidades propio del mundo askenaz&iacute; de Europa del Este, atravesado por la tradici&oacute;n jud&iacute;a diasp&oacute;rica, antinacionalista y esc&eacute;ptica del Estado] que articul&oacute; una aceptaci&oacute;n culturalmente espec&iacute;fica del socialismo, expresada en instituciones, prensa y organizaciones de izquierda en lengua yiddish.
    </p><p class="article-text">
        En las d&eacute;cadas de 1930 y 1940 esta tradici&oacute;n alcanz&oacute; su apogeo. El Partido Comunista estadounidense, integrado en gran medida por jud&iacute;os de segunda y tercera generaci&oacute;n, lleg&oacute; a ser aproximadamente mitad jud&iacute;o. No todos los jud&iacute;os eran socialistas, por supuesto, pero las posiciones anticapitalistas eran extraordinariamente comunes.
    </p><p class="article-text">
        Fue en este contexto cuando el sionismo se convirti&oacute; en un objeto central de debate, tras la Declaraci&oacute;n Balfour, el crecimiento de los asentamientos jud&iacute;os en Palestina y el cierre de las fronteras estadounidenses con la Ley Johnson-Reed de 1924, que dej&oacute; a los jud&iacute;os europeos sin apenas v&iacute;as de escape.
    </p><p class="article-text">
        Dentro de la izquierda jud&iacute;a de los a&ntilde;os treinta y cuarenta, el sionismo fue mayoritariamente rechazado. Sus cr&iacute;ticas se articularon en torno a tres ejes principales: la identificaci&oacute;n del sionismo con formas de nacionalismo percibidas como cercanas al fascismo; su alineamiento con el imperialismo brit&aacute;nico y con figuras de la derecha europea (Churchill, marcadamente antisemita, era un notable sionista); y su car&aacute;cter racialista, incompatible con el antifascismo y el antirracismo que defin&iacute;an a la izquierda de la &eacute;poca. No era extra&ntilde;o que el <em>Yishuv</em> [los asentamientos jud&iacute;os en el Israel preestatal] fuera descrito como una &ldquo;sociedad Jim Crow&rdquo; [en referencia a las leyes estadounidenses de segregaci&oacute;n racial].
    </p><p class="article-text">
        Aunque existieron corrientes minoritarias favorables a un socialismo sionista o a soluciones binacionales &mdash;defendidas, entre otros, por Albert Einstein y Hannah Arendt&mdash;, la posici&oacute;n dominante en la izquierda jud&iacute;a estadounidense antes de 1948 fue que la creaci&oacute;n de un Estado &eacute;tnico contradec&iacute;a tanto los principios de la pol&iacute;tica de izquierdas como la sensibilidad <em>yiddishkeit</em>, que conceb&iacute;a la democracia multi&eacute;tnica como un rasgo central de su identidad pol&iacute;tica.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/84c1e25b-12f7-4909-a9b3-f7b8f19db0ff_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/84c1e25b-12f7-4909-a9b3-f7b8f19db0ff_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/84c1e25b-12f7-4909-a9b3-f7b8f19db0ff_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/84c1e25b-12f7-4909-a9b3-f7b8f19db0ff_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/84c1e25b-12f7-4909-a9b3-f7b8f19db0ff_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/84c1e25b-12f7-4909-a9b3-f7b8f19db0ff_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/84c1e25b-12f7-4909-a9b3-f7b8f19db0ff_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, antes de viajar a EEUU, donde pasará toda la semana reuniéndose con altos cargos."
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, antes de viajar a EEUU, donde pasará toda la semana reuniéndose con altos cargos.                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        <strong>&iquest;C&oacute;mo evolucion&oacute; el antisionismo jud&iacute;o despu&eacute;s de la partici&oacute;n de Palestina y, especialmente, despu&eacute;s de la Guerra de los Seis D&iacute;as en 1967?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Uno de los grandes puntos de inflexi&oacute;n para la izquierda jud&iacute;a y la izquierda internacional fue la posici&oacute;n de la Uni&oacute;n Sovi&eacute;tica en 1947, en particular el apoyo de Stalin a la partici&oacute;n de Palestina y su defensa del sionismo ante la ONU como una forma de reparaci&oacute;n tras el Holocausto. En aquel momento, la URSS segu&iacute;a gozando de un notable prestigio entre amplios sectores de la izquierda mundial, incluida la estadounidense, por lo que esta postura tuvo un impacto decisivo y contribuy&oacute; a normalizar el sionismo como posici&oacute;n leg&iacute;tima dentro de la izquierda.
    </p><p class="article-text">
        Al mismo tiempo, en Estados Unidos se desarrollaba la &ldquo;caza de brujas&rdquo;. Las organizaciones socialistas jud&iacute;as, multi&eacute;tnicas y de inspiraci&oacute;n yiddish fueron desmanteladas, el movimiento obrero de izquierda fue reprimido y la tradici&oacute;n socialista y marxista qued&oacute; pr&aacute;cticamente destruida. La efervescencia de la izquierda jud&iacute;a de comienzos del siglo XX se interrumpi&oacute; de manera abrupta y el sionismo pas&oacute; a ser asumido por amplios sectores de la izquierda mundial como una posici&oacute;n casi oficial.
    </p><p class="article-text">
        El siguiente gran giro lleg&oacute; en 1967. En pleno surgimiento de la Nueva Izquierda, la Guerra de los Seis D&iacute;as fue ampliamente percibida por la opini&oacute;n p&uacute;blica como una intolerable guerra de agresi&oacute;n, no defensiva, y coincidi&oacute; con la radicalizaci&oacute;n del movimiento contra la guerra de Vietnam y con una cr&iacute;tica cada vez m&aacute;s elaborada del imperialismo estadounidense. A su vez, tras 1967, el apoyo de Estados Unidos a Israel dej&oacute; de ser ambivalente y contextual y se volvi&oacute; inequ&iacute;voco. Israel pas&oacute; a ocupar as&iacute; un lugar central en la estrategia geopol&iacute;tica estadounidense.
    </p><p class="article-text">
        En este contexto, los activistas jud&iacute;os de la izquierda de los a&ntilde;os sesenta se vieron obligados a tomar posici&oacute;n. Lo que emergi&oacute; fue una rearticulaci&oacute;n de las cr&iacute;ticas antisionistas de las d&eacute;cadas de 1930 y 1940, ahora formuladas en clave antiimperialista: Israel como aliado del imperialismo occidental y la causa palestina como parte de la insurgencia anticolonial global. A diferencia del periodo anterior, el movimiento palestino pas&oacute; a ser reconocido como un actor revolucionario central, en di&aacute;logo con organizaciones tercermundistas y con movimientos como las Panteras Negras.
    </p><p class="article-text">
        De este proceso surgi&oacute; una fractura duradera: por un lado, una &eacute;lite liberal jud&iacute;a plenamente alineada con el sionismo y los intereses imperiales estadounidenses; por otro, una izquierda jud&iacute;a radical, vinculada a los movimientos antiimperialistas y de liberaci&oacute;n palestina. Esa divisi&oacute;n, gestada entre 1947 y 1967, constituye el punto de partida de la configuraci&oacute;n pol&iacute;tica actual.
    </p><p class="article-text">
        <strong>El libro traza una genealog&iacute;a hist&oacute;rica de c&oacute;mo la definici&oacute;n de antisemitismo ha sido reformulada, instrumentalizada y disputada pol&iacute;ticamente, con especial intensidad en los &uacute;ltimos a&ntilde;os.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Vivimos un momento profundamente contradictorio en el que el antisemitismo (o m&aacute;s bien el <em>antiantisemitismo</em>) es instrumentalizado por los Estados para reprimir a la izquierda, en particular al movimiento de solidaridad con Palestina. En Estados Unidos, numerosos estados y grupos oficiales han adoptado la definici&oacute;n de antisemitismo de la IHRA (Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto), que equipara el antisemitismo con la cr&iacute;tica a Israel. Mi libro muestra que el antisionismo no es intr&iacute;nsecamente antisemita, pero esta definici&oacute;n se utiliza hoy como una herramienta espec&iacute;fica para silenciar a la izquierda.
    </p><p class="article-text">
        A esta din&aacute;mica la denomino &ldquo;fascismo de los derechos civiles&rdquo;: un marco en el que los Estados presentan la represi&oacute;n como una forma de protecci&oacute;n de las minor&iacute;as. Se trata de legitimar pr&aacute;cticas autoritarias invocando la defensa de los derechos civiles, de manera an&aacute;loga al uso instrumental del derecho internacional para justificar intervenciones imperiales. As&iacute;, mientras se proh&iacute;ben o se persiguen organizaciones jud&iacute;as antisionistas, los verdaderos antisemitas prosperan en la extrema derecha.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Uno de los grandes puntos de inflexión para la izquierda judía y la izquierda internacional fue la posición de la Unión Soviética en 1947, en particular el apoyo de Stalin a la partición de Palestina y su defensa del sionismo ante la ONU como una forma de reparación tras el Holocausto</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Figuras influyentes del ecosistema conservador y fascista difunden abiertamente teor&iacute;as conspirativas antisemitas y amplios sectores de la coalici&oacute;n republicana, incluidos grupos evang&eacute;licos, sostienen visiones profundamente antijud&iacute;as, aunque apoyen a Israel por motivos escatol&oacute;gicos. 
    </p><p class="article-text">
        Para esta extrema derecha, los jud&iacute;os son agentes de una conspiraci&oacute;n global, no son plenamente blancos&hellip; El antisemitismo se utiliza como arma contra la izquierda y las coaliciones multi&eacute;tnicas, mientras los antisemitas reales ocupan posiciones centrales en la pol&iacute;tica de la principal superpotencia mundial. Es m&aacute;s: el antisemitismo constituye uno de los pilares de la derecha global contempor&aacute;nea.
    </p><p class="article-text">
        La soluci&oacute;n, considero, pasa por ser claros: la izquierda global debe oponerse a todas las formas de racismo. Es evidente que hoy el racismo se moviliza de manera m&aacute;s destacada contra los palestinos, los afroamericanos y los migrantes, pero a menudo tambi&eacute;n se manifiesta como antisemitismo.
    </p><p class="article-text">
        No hay ninguna necesidad de recurrir a marcos antisemitas para criticar a Israel. Esa confusi&oacute;n solo beneficia a la derecha. Los jud&iacute;os tienen derecho a la dignidad, la seguridad y la autonom&iacute;a, pero eso no justifica en ning&uacute;n caso el desplazamiento de otra poblaci&oacute;n. Por eso es anal&iacute;ticamente err&oacute;neo y pol&iacute;ticamente peligroso afirmar que Israel representa al &ldquo;jud&iacute;o colectivo&rdquo;. Esa idea reduce lo jud&iacute;o a un Estado &eacute;tnico violento y traiciona tanto la historia jud&iacute;a como su tradici&oacute;n &eacute;tica y diasp&oacute;rica.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/a9e945db-9b8e-4efa-953e-90d0239e3215_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/a9e945db-9b8e-4efa-953e-90d0239e3215_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/a9e945db-9b8e-4efa-953e-90d0239e3215_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/a9e945db-9b8e-4efa-953e-90d0239e3215_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/a9e945db-9b8e-4efa-953e-90d0239e3215_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/a9e945db-9b8e-4efa-953e-90d0239e3215_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/a9e945db-9b8e-4efa-953e-90d0239e3215_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, junto al presidente de Estados Unidos, Donald Trump"
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, junto al presidente de Estados Unidos, Donald Trump                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        <strong>Casi un tercio de los jud&iacute;os estadounidenses describen a Israel como un Estado de apartheid y m&aacute;s de un tercio califica el ataque de Israel a Gaza de &ldquo;genocidio&rdquo; &iquest;C&oacute;mo ha cambiado la mentalidad pol&iacute;tica de los jud&iacute;os estadounidenses? &iquest;C&oacute;mo opera la divisi&oacute;n generacional?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Desde finales de los a&ntilde;os sesenta, y especialmente tras la guerra de 1967, se impuso la narrativa de que exist&iacute;a un consenso jud&iacute;o estadounidense en torno a Israel y de que ser jud&iacute;o en Estados Unidos equival&iacute;a a ser sionista. Ese momento ha terminado. La coyuntura actual se asemeja mucho m&aacute;s a la de las d&eacute;cadas de 1930 y 1940, cuando amplios sectores de la izquierda jud&iacute;a entend&iacute;an el sionismo como un proyecto de clase, impulsado por las &eacute;lites jud&iacute;as para asegurar su poder aline&aacute;ndose con una fuerza imperial mayor. Entonces se trataba del Imperio Brit&aacute;nico; hoy, del estadounidense. 
    </p><p class="article-text">
        Esta fractura tiene una base material clara y se manifiesta de forma especialmente visible en los campus universitarios. Las encuestas muestran de manera consistente que los estudiantes jud&iacute;os de entornos m&aacute;s acomodados tienden a respaldar a las organizaciones sionistas, mientras que los estudiantes de clase media y trabajadora se identifican mayoritariamente con los campamentos pro-Palestina. A ello se suma una brecha generacional pronunciada: entre la juventud jud&iacute;a, las percepciones de Israel como Estado de apartheid y de la guerra de Gaza como genocidio superan con creces a las del conjunto de la poblaci&oacute;n jud&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Estas divisiones se entrecruzan, adem&aacute;s, con din&aacute;micas raciales y de g&eacute;nero. Organizaciones como <em>Jewish Voice for Peace</em> han buscado deliberadamente constituirse como espacios para una comunidad jud&iacute;a diversa &mdash;jud&iacute;os racializados, sefard&iacute;es y mizraj&iacute;es, jud&iacute;os queer y trans, jud&iacute;os feministas&mdash; que no se refleja en instituciones dominantes, a menudo blancas, askenaz&iacute;es y conservadoras.
    </p><p class="article-text">
        Lo que est&aacute; en juego, en &uacute;ltima instancia, es una disputa entre dos concepciones opuestas del juda&iacute;smo y dos pr&aacute;cticas materiales distintas de la vida jud&iacute;a. El desenlace depender&aacute; de la capacidad de la izquierda jud&iacute;a para organizarse de forma eficaz, un desaf&iacute;o hist&oacute;rico recurrente frente a una extrema derecha que cuenta con recursos econ&oacute;micos, arraigo institucional y s&oacute;lidas bases en la sociedad civil.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Los judíos tienen derecho a la dignidad, la seguridad y la autonomía, pero eso no justifica el desplazamiento de otra población. Por eso es erróneo y políticamente peligroso afirmar que Israel representa al &quot;judío colectivo&quot;. Esa idea reduce lo judío a un Estado étnico violento y traiciona la historia judía</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <strong>Zohran Mamdani se enfrent&oacute; a numerosas acusaciones de antisemitismo, pero logr&oacute; obtener un fuerte apoyo intergeneracional de votantes jud&iacute;os, principalmente de izquierda y centroizquierda &iquest;C&oacute;mo se explican los buenos resultados entre la comunidad jud&iacute;a pese a la campa&ntilde;a en su contra?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Se intent&oacute; desacreditar a Mamdani, como a Corbyn en Reino Unido, mediante una estrategia ya conocida: presentar el antisionismo como antisemitismo y convertir esa acusaci&oacute;n en un arma pol&iacute;tica para deslegitimar a una figura de izquierdas. La l&oacute;gica era sencilla: fabricar una supuesta crisis moral, amplificada por los grandes medios, para sembrar confusi&oacute;n sobre una trayectoria pol&iacute;tica que siempre ha sido coherente, antirracista y progresista.
    </p><p class="article-text">
        Pero la operaci&oacute;n fracas&oacute;. Y lo hizo, en gran medida, porque en Nueva York existe una izquierda jud&iacute;a organizada, con experiencia pol&iacute;tica e intelectual, capaz de distinguir entre antisemitismo real y cr&iacute;tica leg&iacute;tima a Israel. Estas organizaciones llevan a&ntilde;os elaborando una cr&iacute;tica rigurosa del antisemitismo, se&ntilde;alando su arraigo real en la extrema derecha y defendiendo que oponerse al sionismo no equivale a atacar a los jud&iacute;os. Gracias a esa pedagog&iacute;a previa las acusaciones pudieron ser desmontadas de manera sistem&aacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        Adem&aacute;s, la izquierda jud&iacute;a actuaba tambi&eacute;n en defensa de sus propios intereses pol&iacute;ticos. Sabe que ciertas instituciones jud&iacute;as, las m&aacute;s dominantes, cada vez m&aacute;s alineadas con la derecha, no solo funcionan como adversarios ideol&oacute;gicos, sino que dificultan en la pr&aacute;ctica la participaci&oacute;n jud&iacute;a en coaliciones progresistas amplias, multi&eacute;tnicas y multirraciales. La confusi&oacute;n permanente sobre qui&eacute;n es antisemita, qui&eacute;n critica a Israel o si todos los jud&iacute;os piensan lo mismo resulta profundamente t&oacute;xica para cualquier proyecto de izquierda y para la propia comunidad jud&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        En definitiva, no es solo que Mamdani no sea antisemita, sino que es probablemente el alcalde menos antisemita que ha tenido Nueva York en los &uacute;ltimos tiempos.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos C. Pérez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/benjamin-balthaser-historiador-verdaderos-antisemitas-ocupan-posiciones-centrales-politica-eeuu_128_13111196.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 31 Mar 2026 20:05:10 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/ec244944-0326-4e53-a0fd-60a56e69076b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x1116y859.jpg" length="399015" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/ec244944-0326-4e53-a0fd-60a56e69076b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x1116y859.jpg" type="image/jpeg" fileSize="399015" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Benjamin Balthaser, historiador: "Los verdaderos antisemitas ocupan posiciones centrales en la política de EEUU"]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/ec244944-0326-4e53-a0fd-60a56e69076b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x1116y859.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Israel,Guerras,Antisemitismo]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Cómo los neoliberales se obsesionaron con el cociente intelectual y abrazaron el etnonacionalismo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/neoliberales-obsesionaron-cociente-intelectual-abrazaron-etnonacionalismo_128_12872105.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/9394e311-5535-451f-8142-3186815c5a90_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Cómo los neoliberales se obsesionaron con el cociente intelectual y abrazaron el etnonacionalismo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Quinn Slobodian, historiador y autor del libro 'Los bastardos de Hayek: raza, oro, cociente intelectual y el capitalismo de la extrema derecha' conversa con elDiario.es sobre los orígenes y evolución del neoliberalismo hasta su unión con la extrema derecha</p><p class="subtitle">Entrevista - Marc-William Palen, historiador: “La guerra comercial abre la oportunidad para que la izquierda redescubra el potencial del libre comercio”
</p></div><p class="article-text">
        Tras el &eacute;xito de <em>Globalistas: El fin de los imperios y el nacimiento del neoliberalismo</em> (Capit&aacute;n Swing, 2021) y <em>El capitalismo de la fragmentaci&oacute;n: El radicalismo de mercado y el sue&ntilde;o de un mundo sin democracia</em> (Paid&oacute;s, 2023), Quinn Slobodian, profesor de historia internacional en la Universidad de Boston, explica en su &uacute;ltimo libro, <em>Hayek's Bastards: Race, Gold, IQ, and the Capitalism of the Far Right</em> (Zone Books, 2025) c&oacute;mo una parte de la derecha intelectual ha reconfigurado las ideas de Friedrich Hayek para enfrentar lo que percibe como un &ldquo;nuevo colectivismo&rdquo;: las luchas por la justicia racial, de g&eacute;nero y clim&aacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        A trav&eacute;s de conceptos como el Volk Capital (&ldquo;capital etnonacional&rdquo;) y la obsesi&oacute;n por el cociente intelectual como herramienta de jerarquizaci&oacute;n social, el libro revela un giro desde el universalismo econ&oacute;mico hacia una visi&oacute;n excluyente y biologicista. Slobodian tambi&eacute;n analiza las nuevas alianzas entre &eacute;lites tecnol&oacute;gicas y movimientos nacionalistas, la centralidad de la defensa del capitalismo en todas las mutaciones neoliberales o la emergencia de Elon Musk y el &ldquo;muskismo&rdquo; como una transformaci&oacute;n del contrato social basado en la promesa ilusoria de soberan&iacute;a tecnol&oacute;gica.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&iquest;Por qu&eacute; el t&iacute;tulo, </strong><em><strong>Bastardos de Hayek</strong></em><strong>? &iquest;Qui&eacute;nes son estos bastardos?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Es una imagen muy eficaz para mostrar c&oacute;mo las ideas se transforman con el tiempo y se reutilizan, a veces de manera impropia o imprevista, en funci&oacute;n de las necesidades coyunturales de proyectos pol&iacute;ticos distintos. Esa manera de entender la historia intelectual siempre me ha parecido convincente: no hay ideas puras; toda idea termina alter&aacute;ndose, combin&aacute;ndose con nuevas aleaciones a medida que se transmite y se adapta a contextos diferentes. Y Friedrich Hayek no constituye una excepci&oacute;n.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">La apelación al cociente intelectual siempre resurge en momentos de movilización popular a favor de la igualdad y sirve como un instrumento para deslegitimar las demandas de grupos infrarrepresentados </p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Hoy, el economista y fil&oacute;sofo austriaco sigue siendo una referencia central para libertarios, neoliberales y conservadores. Sin embargo, aquello que se pretende decir cuando se invoca a Hayek es extraordinariamente variado. Me interes&oacute; escribir este libro para examinar c&oacute;mo una generaci&oacute;n de intelectuales de derechas, vinculados al movimiento neoliberal, se apropi&oacute; y reconfigur&oacute; el pensamiento hayekiano al final de la Guerra Fr&iacute;a, en un momento en que la vieja contienda entre comunismo y capitalismo parec&iacute;a haberse resuelto de forma definitiva en favor del capitalismo. 
    </p><p class="article-text">
        Lo que muestro es que recurren a Hayek para identificar nuevos enemigos incluso despu&eacute;s del derrumbe del socialismo sovi&eacute;tico, pese a que la conexi&oacute;n con las ideas originales del austriaco sea m&aacute;s bien tenue. El libro aborda, en esencia, c&oacute;mo definen ese nuevo adversario y c&oacute;mo lo sit&uacute;an en quienes defienden la justicia racial, la igualdad de g&eacute;nero o la justicia clim&aacute;tica, frentes de lucha que los autores neoliberales interpretan como un &ldquo;nuevo colectivismo&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Tendemos a asociar el neoliberalismo con una exaltaci&oacute;n casi reductiva del individuo. Sin embargo, su libro muestra que esa lectura es insuficiente: los neoliberales dedicaron una notable energ&iacute;a intelectual a imaginar formas alternativas de comunidad y muchos de ellos incluso temieron la posible disoluci&oacute;n del Estado. En ese contexto introduce el concepto de &ldquo;Volk Capital&rdquo; [capital etnonacional]. &iquest;C&oacute;mo deber&iacute;amos entender esta conexi&oacute;n? </strong>
    </p><p class="article-text">
        La comprensi&oacute;n m&aacute;s extendida del neoliberalismo suele verlo como una doctrina que reduce a los seres humanos a una valoraci&oacute;n puramente econ&oacute;mica, a unidades de trabajo que circulan por un mercado abstracto, desprovistas de rasgos distintivos.
    </p><p class="article-text">
        Lo que me sorprendi&oacute; al estudiar a los neoliberales, especialmente a los de la d&eacute;cada de 1990, es que comenzaban a abandonar esa visi&oacute;n universalista del sujeto econ&oacute;mico. En lugar de concebir a las personas como actores intercambiables dentro del mercado, empezaron a verlas como individuos marcados de forma indeleble por su contexto cultural, nacional e incluso racial.
    </p><p class="article-text">
        Muchos de estos &ldquo;bastardos de Hayek&rdquo; a los que analizo en el libro intentan explicar por qu&eacute; ciertos pa&iacute;ses producir&iacute;an, seg&uacute;n ellos, poblaciones con mayor inclinaci&oacute;n al &eacute;xito en el mercado, pueblos con valores m&aacute;s emprendedores, incluso con una supuesta disposici&oacute;n natural al ahorro. En ese esfuerzo, terminan colectivizando la noci&oacute;n de &ldquo;capital humano&rdquo; y transform&aacute;ndola en un atributo inscrito casi literalmente en el c&oacute;digo gen&eacute;tico de determinadas poblaciones y, por tanto, supuestamente inaccesible para otras. 
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/09c485f3-3681-4839-8528-97a8ad1687fe_16-9-discover-aspect-ratio_50p_1133381.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/09c485f3-3681-4839-8528-97a8ad1687fe_16-9-discover-aspect-ratio_50p_1133381.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/09c485f3-3681-4839-8528-97a8ad1687fe_16-9-discover-aspect-ratio_75p_1133381.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/09c485f3-3681-4839-8528-97a8ad1687fe_16-9-discover-aspect-ratio_75p_1133381.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/09c485f3-3681-4839-8528-97a8ad1687fe_16-9-discover-aspect-ratio_default_1133381.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/09c485f3-3681-4839-8528-97a8ad1687fe_16-9-discover-aspect-ratio_default_1133381.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/09c485f3-3681-4839-8528-97a8ad1687fe_16-9-discover-aspect-ratio_default_1133381.jpg"
                    alt="El historiador Quinn Slobodian."
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                El historiador Quinn Slobodian.                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        Este giro resulta clave para entender por qu&eacute;, desde los a&ntilde;os 90 y a&uacute;n m&aacute;s durante la d&eacute;cada de 2010, algunos neoliberales empiezan a articular formas de &ldquo;etnonacionalismo&rdquo; y a expresar un rechazo rotundo a la inmigraci&oacute;n, defendiendo el endurecimiento de las pol&iacute;ticas migratorias. Subyace en ello una nueva racionalidad econ&oacute;mica en la que el capital humano se piensa en t&eacute;rminos nacionales, &eacute;tnicos y raciales. Esa deriva es la que, en mi opini&oacute;n, justifica hablar de Volk Capital [&ldquo;capital etnonacional&rdquo;]. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>En esta misma l&iacute;nea, el libro aborda lo que denomina la &ldquo;centralidad del cociente intelectual&rdquo; en esta nueva derecha y su obsesi&oacute;n por cuantificar la inteligencia. Esa fijaci&oacute;n conduce a los neoliberales a elaborar jerarqu&iacute;as basadas en concepciones mensurables de la capacidad cognitiva, lo que produce &ldquo;neurocastas&rdquo;. &iquest;Cu&aacute;les son las ra&iacute;ces hist&oacute;ricas de este fen&oacute;meno?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Una de las caracter&iacute;sticas m&aacute;s llamativas de las apelaciones al cociente intelectual (CI), sobre todo en la cultura pol&iacute;tica estadounidense, es que tiende a resurgir en momentos de movilizaci&oacute;n popular en favor de la igualdad. 
    </p><p class="article-text">
        Pueden identificarse tres grandes episodios en los &uacute;ltimos 50 a&ntilde;os. El primero aparece tras el movimiento por los derechos civiles y el auge del feminismo a comienzos de los a&ntilde;os 70, cuando ciertos sectores conservadores, sobre todo el psic&oacute;logo Richard J. Herrnstein, empezaron a presentar el CI como un obst&aacute;culo intr&iacute;nseco y natural a la igualdad distributiva y a la representaci&oacute;n en cargos p&uacute;blicos, en consejos de administraci&oacute;n o en los niveles superiores de la &eacute;lite profesional. Su razonamiento era que, dado que la inteligencia ser&iacute;a hereditaria, exist&iacute;a un l&iacute;mite natural al n&uacute;mero de mujeres o personas pertenecientes a minor&iacute;as raciales que pod&iacute;an alcanzar posiciones de &eacute;lite. Si la distribuci&oacute;n del CI imped&iacute;a que esos grupos alcanzaran, en promedio, niveles elevados de rendimiento, entonces, seg&uacute;n esta l&oacute;gica, quiz&aacute; hab&iacute;a que resignarse a la persistencia de la desigualdad contra la que luchaban el movimiento por los derechos civiles y el feminismo. 
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/134df438-0532-40d1-b556-815674cc80b3_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/134df438-0532-40d1-b556-815674cc80b3_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/134df438-0532-40d1-b556-815674cc80b3_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/134df438-0532-40d1-b556-815674cc80b3_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/134df438-0532-40d1-b556-815674cc80b3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/134df438-0532-40d1-b556-815674cc80b3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/134df438-0532-40d1-b556-815674cc80b3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="Donald Trump durante una reunión de su gabinete de Gobierno en la Casa Blanca el pasado 2 de diciembre"
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                Donald Trump durante una reunión de su gabinete de Gobierno en la Casa Blanca el pasado 2 de diciembre                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        En la d&eacute;cada de 1990 se produce un segundo episodio, en un contexto inmediatamente posterior a la Guerra Fr&iacute;a marcado por el avance de la discriminaci&oacute;n positiva y el antirracismo. Muchos empresarios percibieron estos cambios como una amenaza a su poder en los procesos de contrataci&oacute;n y a la autonom&iacute;a con la que dirig&iacute;an sus peque&ntilde;os reinos corporativos. Y all&iacute; reapareci&oacute; de nuevo el lenguaje del CI hereditario como explicaci&oacute;n de por qu&eacute;, seg&uacute;n ellos, era irreal esperar una representaci&oacute;n equitativa de afroamericanos o mujeres en los niveles m&aacute;s altos de la &eacute;lite. En ese momento, Herrnstein regres&oacute; al primer plano acompa&ntilde;ado del pensador libertario Charles Murray, a quien dedico un espacio sustancial en el libro. Juntos escribieron <em>The Bell Curve</em> [La curva de la campana: Inteligencia y estructura de clases en la vida estadounidense], un &eacute;xito de ventas que permaneci&oacute; durante un a&ntilde;o entero en la lista del <em>New York Times</em> y que sigue imprimi&eacute;ndose a d&iacute;a de hoy. Fue decisivo en la popularizaci&oacute;n de un tipo de &ldquo;ciencia racial&rdquo; pseudocient&iacute;fica centrada en el CI, cuya influencia fue profunda y duradera.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Cuando uno se declara radical en la defensa del capitalismo, el acceso a la financiación es inconmensurablemente mayor que cuando se es radical en la causa del socialismo</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        La misma l&oacute;gica reaparece en la d&eacute;cada de 2010, en paralelo a movimientos como #MeToo, Black Lives Matter o las reivindicaciones del colectivo LGTBI. Una vez m&aacute;s, el CI resurge como un instrumento para deslegitimar las demandas de igualdad de grupos infrarrepresentados. Murray vuelve a ocupar un papel central, ahora con nuevos seguidores entre la &eacute;lite tecnol&oacute;gica emergente de Silicon Valley. Como explico en el libro, este sector es especialmente receptivo a la noci&oacute;n de inteligencia porque considera que mide rasgos que los personajes del ecosistema tecnol&oacute;gico admiran: la capacidad de detectar patrones, de pensar de forma avanzada sobre problemas de ingenier&iacute;a, de visualizar en tres dimensiones y de manejar interfaces complejas.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&iquest;C&oacute;mo conecta eso con la situaci&oacute;n actual?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Uno de los aportes del libro &mdash;inesperado incluso para m&iacute; al inicio del proyecto&mdash; es ofrecer una explicaci&oacute;n de la reciente alianza entre las grandes tecnol&oacute;gicas y el movimiento MAGA. El cociente intelectual y la obsesi&oacute;n por la capacidad cognitiva se convierten en un terreno com&uacute;n entre ambos mundos, aunque por motivos distintos.
    </p><p class="article-text">
        Figuras como Trump, Vance y otros conservadores nacionalistas operan con una visi&oacute;n jer&aacute;rquica de la raza y la capacidad mental que les permite justificar su nativismo y la exclusi&oacute;n de inmigrantes procedentes de pa&iacute;ses que <a href="https://www.theguardian.com/us-news/2018/aug/10/trump-attacks-twitter-black-people-women" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link" target="_blank">consideran de &ldquo;bajo CI&rdquo;</a>. Y ese marco crea un punto de contacto con tecn&oacute;logos que admiran a quienes ocupan los rangos m&aacute;s elevados de la distribuci&oacute;n cognitiva porque creen que de ah&iacute; surgir&aacute; la innovaci&oacute;n, cualidad que consideran a&uacute;n m&aacute;s crucial en la era de la inteligencia artificial.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Se ha escrito mucho sobre la relaci&oacute;n entre estas mutaciones de la derecha y el neoliberalismo. Su libro sostiene que estas nuevas figuras act&uacute;an m&aacute;s como una especie de vanguardia en su interior que como una reacci&oacute;n del propio neoliberalismo. Desde esta perspectiva, &iquest;c&oacute;mo interpreta los debates actuales sobre la naturaleza del trumpismo? &iquest;Podemos hablar de un mundo posneoliberal?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Una de las cosas que m&aacute;s me ayud&oacute; a pensar el neoliberalismo desde un punto de vista hist&oacute;rico es que los propios neoliberales tienden a definir su proyecto en funci&oacute;n de aquello que consideran su mayor amenaza. En la d&eacute;cada de 1930, cuando el t&eacute;rmino &ldquo;neoliberalismo&rdquo; se acu&ntilde;&oacute; por primera vez, los enemigos eran los colectivistas de izquierda y de derecha: socialistas, comunistas y fascistas. En los a&ntilde;os cuarenta y cincuenta, la amenaza pas&oacute; a ser una versi&oacute;n m&aacute;s suave, pero igualmente inquietante, a sus ojos, de keynesianismo y socialdemocracia. En los sesenta y setenta, el adversario fue el impulso descolonizador del Sur Global. Y en los noventa, y dir&iacute;a que a&uacute;n hoy, el enemigo central es lo que perciben como un socialismo &ldquo;woke&rdquo;, a menudo presentado en sus propias teor&iacute;as conspirativas bajo la r&uacute;brica del &ldquo;marxismo cultural&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Durante la oleada de populismo de izquierda, el neoliberalismo tuvo que reinventarse para frenar lo que muchos identificaban como una amenaza muy seria, una insurrecci&oacute;n profundamente igualitarista. En ese contexto, figuras asociadas a think tanks neoliberales como la Heritage Foundation o el Cato Institute comenzaron a ver una alianza t&aacute;ctica con Trump como un mal necesario para contener aquel auge. Eso implicaba aceptar elementos inc&oacute;modos de su ret&oacute;rica, en particular su rechazo al libre comercio. 
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, para figuras como Stephen Moore o Arthur Laffer, arquitectos de los recortes fiscales de Reagan en los ochenta, el sacrificio s&oacute;lo merec&iacute;a la pena si ayudaba a neutralizar un peligro mayor. Y si observamos la primera Administraci&oacute;n Trump, aunque muchos la han caracterizado como un giro contra el &ldquo;hipercapitalismo&rdquo; y el &ldquo;inicio del fin del neoliberalismo&rdquo;, lo cierto es que su &uacute;nico logro legislativo significativo fue una enorme rebaja fiscal para los ricos y una reducci&oacute;n dr&aacute;stica del impuesto de sociedades en 2017.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Defino el muskismo del mismo modo en que históricamente se ha definido el fordismo: no como una doctrina explícita formulada por su creador, sino como el resultado retrospectivo de la interacción entre una tecnología, un modo de organización productiva y un imaginario social. En este sentido, el muskismo es una promesa de soberanía a través de la tecnología altamente selectiva y profundamente excluyente</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Por eso considero altamente discutible la idea de que Trump representa un alejamiento del capitalismo global. Dentro de la coalici&oacute;n MAGA existe una batalla real entre quienes desean una reindustrializaci&oacute;n verdaderamente posneoliberal, que requerir&iacute;a alg&uacute;n grado de propiedad estatal y coordinaci&oacute;n p&uacute;blica de inversiones en sectores cr&iacute;ticos, y quienes prefieren regresar al guion reaganiano de desmantelar programas sociales y avanzar en recortes fiscales para los ricos. A&uacute;n no sabemos qu&eacute; facci&oacute;n prevalecer&aacute;. La mezcla de pol&iacute;ticas que hoy conviven en la coalici&oacute;n trumpista es tan heterog&eacute;nea que resulta dif&iacute;cil describirla como un neoliberalismo coherente.
    </p><p class="article-text">
        <em><strong>Los bastardos de Hayek</strong></em><strong> reconstruye una cronolog&iacute;a hist&oacute;rica minuciosa de la derecha neoliberal en la que sorprende la ausencia de fracturas significativas, especialmente entre las d&eacute;cadas de 1940 y 1990. &iquest;C&oacute;mo lograron mantener esa unidad a pesar de las evidentes discrepancias doctrinales?</strong>
    </p><p class="article-text">
        La capacidad de la derecha para formar cuadros ha sido extraordinaria durante d&eacute;cadas. Su disciplina de mensaje, igualmente notable. Y su habilidad para mantener las disputas pol&iacute;ticas en el &aacute;mbito interno, sin exponerlas p&uacute;blicamente, constituye uno de los secretos de su &eacute;xito. Una de las rarezas de la Administraci&oacute;n Trump en su segundo mandato ha sido precisamente la <a href="https://www.eldiario.es/internacional/mundo-maga-estalla-acusaciones-nazismo-alcoholismo-felaciones-qatar-israel_1_12828130.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">fisura de esa unidad discursiva, sobre todo en torno a la Heritage Foundation</a>, al debatir si deb&iacute;a abrirse la puerta a elementos abiertamente neonazis de la extrema derecha estadounidense. Ese episodio, en realidad, confirma la regla: por lo dem&aacute;s, han sido sorprendentemente &ldquo;leninistas&rdquo; en su disciplina y en su pol&iacute;tica de vanguardia desde los a&ntilde;os ochenta.
    </p><p class="article-text">
        Nada en este ecosistema es espont&aacute;neo ni casual. La derecha ha construido un modelo radial de educaci&oacute;n y formaci&oacute;n articulado en torno a think tanks que distribuyen materiales homog&eacute;neos entre sus organizaciones afines. A ello se suma un fuerte sentido interno de coherencia e identidad y, quiz&aacute;s lo m&aacute;s decisivo, una intensa animadversi&oacute;n hacia quienes consideran sus adversarios, acompa&ntilde;ada del deseo expl&iacute;cito de aplastarlos, humillarlos y derrotarlos.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/a228c88d-4509-4390-b16b-511269140933_16-9-aspect-ratio_50p_1133588.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/a228c88d-4509-4390-b16b-511269140933_16-9-aspect-ratio_50p_1133588.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/a228c88d-4509-4390-b16b-511269140933_16-9-aspect-ratio_75p_1133588.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/a228c88d-4509-4390-b16b-511269140933_16-9-aspect-ratio_75p_1133588.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/a228c88d-4509-4390-b16b-511269140933_16-9-aspect-ratio_default_1133588.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/a228c88d-4509-4390-b16b-511269140933_16-9-aspect-ratio_default_1133588.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/a228c88d-4509-4390-b16b-511269140933_16-9-aspect-ratio_default_1133588.jpg"
                    alt="Quinn Slobodian, historiador y autor de &#039;Hayek&#039;s Bastards: The Neoliberal Roots of the Populist Right&#039;"
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                Quinn Slobodian, historiador y autor de &#039;Hayek&#039;s Bastards: The Neoliberal Roots of the Populist Right&#039;                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        &iquest;C&oacute;mo han logrado sostener, d&eacute;cada tras d&eacute;cada, este ecosistema? Conviene recordar que cuando uno se declara radical en la defensa del capitalismo, como hacen ellos, el acceso a la financiaci&oacute;n es inconmensurablemente mayor que cuando se es radical en la causa del socialismo. Las cifras hablan por s&iacute; solas. Las cantidades que cada a&ntilde;o manejan instituciones como el Institute for Humane Studies o el Mercatus Center de la Universidad George Mason para asegurar lealtades entre j&oacute;venes promesas de su propio ecosistema pol&iacute;tico son extraordinarias. En 2024, el presupuesto operativo del Institute for Humane Studies &mdash;una instituci&oacute;n que, en esencia, se dedica a promover a Hayek y Ayn Rand&mdash; alcanz&oacute; los veinte millones de d&oacute;lares, con ingresos cercanos a los treinta. En el mundo acad&eacute;mico, una suma as&iacute; ser&iacute;a un milagro capaz de sostener durante una d&eacute;cada un programa entero. Ellos llevan construyendo estructuras de este tipo desde los a&ntilde;os treinta, cuando identificaron con claridad a su enemigo &mdash;los socialistas&mdash; y se dedicaron, generaci&oacute;n tras generaci&oacute;n, a perfeccionar su lucha contra &eacute;l.
    </p><p class="article-text">
        Hoy, sin embargo, se enfrentan a un desaf&iacute;o de otra naturaleza: la crisis financiera global y la erosi&oacute;n de la fe de la gente com&uacute;n en el mercado, fen&oacute;menos que hist&oacute;ricamente la izquierda ha sabido capitalizar mejor que la derecha. En Estados Unidos, donde la esperanza de vida disminuye para determinados sectores y el coste de la vida se vuelve insoportable, a la derecha le resulta cada vez m&aacute;s dif&iacute;cil convencer a la ciudadan&iacute;a de que el capitalismo act&uacute;a en beneficio suyo y de sus hijos. El desconcierto es palpable. Buscan un enemigo que vuelva a dar coherencia a su proyecto y, en ese intento, est&aacute;n forjando alianzas cada vez m&aacute;s escoradas hacia la extrema derecha, alianzas que incomodan incluso a sectores m&aacute;s centristas dentro de su propio campo.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Para cualquiera que haya participado en las estructuras de la izquierda espa&ntilde;ola, puede parecer inevitable sentir cierta envidia ante esa disciplina, esa convicci&oacute;n y esa capacidad estrat&eacute;gica.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Desde mi perspectiva en Estados Unidos, y con todas las limitaciones que implica mirar desde fuera, Espa&ntilde;a aparece hoy como una fuente de inspiraci&oacute;n. Incluso la prensa financiera internacional ha tenido que admitir, aunque a rega&ntilde;adientes, que la negativa espa&ntilde;ola a sumarse a la nueva Guerra Fr&iacute;a promovida por Washington frente a China est&aacute; produciendo resultados econ&oacute;micos tangibles: atrae inmigraci&oacute;n, acepta inversi&oacute;n china y permite desarrollar iniciativas innovadoras vinculadas a la ampliaci&oacute;n de la cogesti&oacute;n empresarial a partir de una lectura cuidadosa de la Constituci&oacute;n, adem&aacute;s de los proyectos impulsados por Yolanda D&iacute;az. Es realmente notable, un rayo de luz en un periodo particularmente sombr&iacute;o para Europa.
    </p><p class="article-text">
        Y aunque la derecha conserva ciertas ventajas estructurales &mdash;su tradici&oacute;n de elitismo, de jerarqu&iacute;a interna, de disciplina hacia el liderazgo&mdash;, la izquierda posee otra fortaleza distintiva: la voluntad de tolerar la disidencia interna y de abrirse a la controversia. En momentos como los que describi&oacute; Zohran Mamdani en su discurso de victoria, cuando la historia parece ofrecer una oportunidad inesperada, sigo creyendo que es ese el camino que puede imponerse a largo plazo. No el de engrasar un proyecto pol&iacute;tico con donaciones de los ricos para entregarles exactamente lo que demandan.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Pero no se trata &uacute;nicamente de financiaci&oacute;n. Su libro puede leerse tambi&eacute;n como la cr&oacute;nica de c&oacute;mo unas ideas inicialmente marginales llegaron a convertirse en supuestos hegem&oacute;nicos.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Lo que caracteriza al liberalismo en general &mdash;y al liberalismo cl&aacute;sico en particular&mdash; es que siempre ha estado atrapado entre dos polos, con una contradicci&oacute;n interna fundamental. El &eacute;xito del liberalismo como filosof&iacute;a &mdash;y esto vale tambi&eacute;n para el neoliberalismo&mdash; reside en su propuesta de que podemos reinventarnos sin cesar, tanto a nosotros mismos como al mundo que nos rodea. 
    </p><p class="article-text">
        Lo que Hayek llamaba el impulso hacia una &ldquo;utop&iacute;a liberal&rdquo; parte de la idea de que existe una enorme reserva de conocimiento sin explotar en la humanidad, y de que necesitamos las herramientas que ofrece el mercado para descubrir y activar esas formas singulares de saber local, recombinarlas de modos infinitamente nuevos, intercambiarlas a escala global y producir cosas que hasta entonces parec&iacute;an imposibles.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">La economía política de la derecha estadounidense contemporánea es un proyecto en retirada, atrincherado para salvar lo que queda de la ventaja competitiva que una vez tuvo y haciéndolo de una manera cada vez más frenética, divisiva y venenosa.</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Hay, en ese sentido, una promesa grandiosa en el proyecto liberal y en el neoliberal, que en muchos aspectos constituye uno de los secretos profundos de su &eacute;xito. Es la promesa que se ofrece al p&uacute;blico: nuevos horizontes, nuevos productos, nuevas formas de expresi&oacute;n, nuevas posibilidades de reinvenci&oacute;n personal. Pero la otra cara de esa moneda &mdash;presente desde los or&iacute;genes del liberalismo, ya en John Stuart Mill&mdash; es que siempre ha descansado tambi&eacute;n en el refuerzo de jerarqu&iacute;as acerca de la capacidad humana y la diferencia humana. Incluso cuando el neoliberalismo celebraba la creatividad infinita de la especie, insist&iacute;a en que esa capacidad de invenci&oacute;n no estaba distribuida de manera equitativa.
    </p><p class="article-text">
        El modo de estabilizar el potencialmente ca&oacute;tico resultado de esa energ&iacute;a consist&iacute;a en asegurar a los responsables pol&iacute;ticos que las jerarqu&iacute;as de poder nunca se invertir&iacute;an del todo. Precisamente eso consideraban su misi&oacute;n los neoliberales de los a&ntilde;os treinta y cuarenta: liberar las fuerzas del mercado sin desafiar las jerarqu&iacute;as existentes. Era, y sigue siendo, un equilibrio sumamente dif&iacute;cil.
    </p><p class="article-text">
        Creo que, en los &uacute;ltimos a&ntilde;os, especialmente dentro de la comunidad neoliberal y libertaria estadounidense, han tenido que confrontar el hecho de que la aut&eacute;ntica cualidad prometeica del capitalismo global ha producido un mundo en el que ya no ocupan la cima de la jerarqu&iacute;a. China ha aprovechado de manera extraordinariamente creativa su enorme reserva de mano de obra y su vasto mercado interno, combinando selectivamente elementos del socialismo, la socialdemocracia y el capitalismo libertario, hasta eclipsar la capacidad manufacturera estadounidense y dejar atr&aacute;s a la industria europea.
    </p><p class="article-text">
        Esto ha generado, a mi juicio, una p&eacute;rdida de confianza entre los neoliberales occidentales en la dimensi&oacute;n prometeica de su propio pensamiento. Cada vez est&aacute;n m&aacute;s interesados en preservar sus jerarqu&iacute;as internas, y ese giro termina socavando su propia filosof&iacute;a, precisamente aquella que les proporcion&oacute; el &eacute;xito inicial. Se abandona as&iacute; la funci&oacute;n creativa e instituyente, y solo queda la funci&oacute;n de preservaci&oacute;n del orden. De ah&iacute; que, como describo en el libro, mediante este nuevo proyecto de fusionismo, se aparten de la idea de que los seres humanos forman una especie universal y vuelvan a afirmar que existen jerarqu&iacute;as piramidales inscritas en nuestros genes; que el objetivo de una buena sociedad ya no es facilitar el descubrimiento de lo nuevo, sino defender lo antiguo.
    </p><p class="article-text">
        Creo que este es un punto de inflexi&oacute;n tr&aacute;gico para la filosof&iacute;a liberal en Occidente, y para el neoliberalismo en particular. Porque ahora, en parte gracias a su propia marcha triunfal, emerge un giro dial&eacute;ctico final: la victoria termina por empoderar a sus oponentes de maneras inesperadas. Hoy se encuentran a la defensiva, retrocediendo, cediendo terreno. Y as&iacute; interpreto la econom&iacute;a pol&iacute;tica de la derecha estadounidense contempor&aacute;nea: un proyecto en retirada, atrincherado para salvar lo que queda de la ventaja competitiva que una vez tuvo, y haci&eacute;ndolo de una manera cada vez m&aacute;s fren&eacute;tica, divisiva y venenosa.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/6788fa33-f4db-4a01-ac55-b7be7a94de7c_16-9-discover-aspect-ratio_50p_1129114.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/6788fa33-f4db-4a01-ac55-b7be7a94de7c_16-9-discover-aspect-ratio_50p_1129114.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/6788fa33-f4db-4a01-ac55-b7be7a94de7c_16-9-discover-aspect-ratio_75p_1129114.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/6788fa33-f4db-4a01-ac55-b7be7a94de7c_16-9-discover-aspect-ratio_75p_1129114.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/6788fa33-f4db-4a01-ac55-b7be7a94de7c_16-9-discover-aspect-ratio_default_1129114.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/6788fa33-f4db-4a01-ac55-b7be7a94de7c_16-9-discover-aspect-ratio_default_1129114.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/6788fa33-f4db-4a01-ac55-b7be7a94de7c_16-9-discover-aspect-ratio_default_1129114.jpg"
                    alt="Elon Musk recibe una motosierra como regalo del presidente argentino Javier Milei durante su aparición en la CPAC"
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                Elon Musk recibe una motosierra como regalo del presidente argentino Javier Milei durante su aparición en la CPAC                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        <strong>Su proyecto m&aacute;s reciente gira en torno a la figura de Elon Musk. Junto a Ben Tarnoff ha estado trabajando en un libro sobre el &ldquo;muskismo&rdquo; y ha impartido varias conferencias sobre este tema desde la perspectiva de la econom&iacute;a pol&iacute;tica. &iquest;Por qu&eacute; le interesa intelectualizar la figura de Musk? &iquest;Qu&eacute; entiende por muskismo y de qu&eacute; manera define nuestro momento hist&oacute;rico?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Estamos definiendo el muskismo del mismo modo en que hist&oacute;ricamente se ha definido el fordismo: no como una doctrina expl&iacute;cita formulada por su creador, sino como el resultado retrospectivo de la interacci&oacute;n entre una tecnolog&iacute;a concreta, un modo espec&iacute;fico de organizaci&oacute;n productiva y un determinado imaginario social. Henry Ford nunca redact&oacute; una filosof&iacute;a llamada &ldquo;fordismo&rdquo;, pero la combinaci&oacute;n de producci&oacute;n y consumo masivos termin&oacute; configurando un modelo social y una forma de econom&iacute;a pol&iacute;tica. Nuestro inter&eacute;s es examinar si, de manera an&aacute;loga, puede hablarse hoy de un muskismo.
    </p><p class="article-text">
        Analizar el muskismo implica preguntarse qu&eacute; tipo de contrato social est&aacute;n ofreciendo las grandes tecnol&oacute;gicas como sustituto de los rasgos centrales del Estado del bienestar estadounidense de mediados del siglo XX, que descansaba en una movilidad intergeneracional en ascenso y en un pacto, m&aacute;s o menos expl&iacute;cito, entre trabajadores y patronal. Ese modelo inclu&iacute;a participaci&oacute;n en los beneficios, acceso creciente a bienes de consumo, cr&eacute;dito barato para los hogares, aunque con niveles significativos de endeudamiento familiar, y un marco nacional que vinculaba expansi&oacute;n econ&oacute;mica y mejora de la vida dom&eacute;stica. 
    </p><p class="article-text">
        Nada de ello encaja con el tipo de futuro que alguien como Elon Musk est&aacute; prometiendo o contribuyendo a construir. En nuestra lectura, el muskismo es una promesa de soberan&iacute;a a trav&eacute;s de la tecnolog&iacute;a, pero una promesa altamente selectiva y profundamente excluyente. El viejo contrato social queda sustituido por una anticipaci&oacute;n permanente del conflicto: se invita a las personas a equiparse con los productos del imperio de Musk para protegerse de los riesgos venideros, ya sean crisis clim&aacute;ticas, apagones el&eacute;ctricos, &ldquo;invasiones&rdquo; migratorias o el fracaso del Estado en la provisi&oacute;n de servicios b&aacute;sicos.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute;, el muskismo opera como una oferta individual (&iexcl;prot&eacute;gete ante el deterioro de la civilizaci&oacute;n!), pero tambi&eacute;n como una oferta dirigida a los Estados, a los que promete soberan&iacute;a mediante sat&eacute;lites, cohetes o infraestructuras de transici&oacute;n el&eacute;ctrica. En la pr&aacute;ctica, sin embargo, esto suele traducirse en una nueva dependencia respecto del propio Musk. La promesa de soberan&iacute;a es, por tanto, ilusoria.
    </p><p class="article-text">
        Sostenemos adem&aacute;s que este suced&aacute;neo de contrato social funciona como un intento peculiar de redise&ntilde;o de la esfera p&uacute;blica mediante redes sociales, sistemas de inteligencia artificial y, en &uacute;ltima instancia, la interfaz cerebro&ndash;ordenador que Musk imagina. En el modelo fordista, el consentimiento ocupaba un lugar central; en el muskismo, ese consentimiento se concibe como un problema de ingenier&iacute;a gestionable a trav&eacute;s de bucles algor&iacute;tmicos de retroalimentaci&oacute;n que conectan a las personas con plataformas digitales y sistemas de IA. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos C. Pérez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/neoliberales-obsesionaron-cociente-intelectual-abrazaron-etnonacionalismo_128_12872105.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 01 Feb 2026 20:28:57 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/9394e311-5535-451f-8142-3186815c5a90_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="426817" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/9394e311-5535-451f-8142-3186815c5a90_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="426817" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Cómo los neoliberales se obsesionaron con el cociente intelectual y abrazaron el etnonacionalismo]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/9394e311-5535-451f-8142-3186815c5a90_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Estados Unidos,Donald Trump,Elon Musk,Neoliberalismo,Capitalismo]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA["La guerra comercial abre la oportunidad para que la izquierda redescubra el potencial del libre comercio"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/guerra-comercial-abre-oportunidad-izquierda-redescubra-potencial-libre-comercio_128_12755271.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/023706e4-77e6-4a56-9a26-ea7efaa185be_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x855y851.jpg" width="1200" height="675" alt="&quot;La guerra comercial abre la oportunidad para que la izquierda redescubra el potencial del libre comercio&quot;"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Frente a la idea dominante que lo identifica con el colonialismo y el neoliberalismo, el historiador Marc-William Palen reconstruye en su libro 'Pax Economica' la idea del librecambismo como proyecto pacifista y antiimperialista</p><p class="subtitle">Amenazas y volantazos: los nuevos aranceles de Trump siembran el desconcierto a la espera del Supremo
</p></div><p class="article-text">
        En <em>Pax Economica. Left Visions of a Free Trade World</em> (Princeton University Press, 2024), Marc-William Palen propone una lectura radicalmente distinta de la historia del libre comercio. Frente a la idea dominante que lo identifica con el colonialismo primero y el neoliberalismo despu&eacute;s, el historiador brit&aacute;nico reconstruye una genealog&iacute;a olvidada (y no exenta de controversia): la del librecambismo como proyecto pacifista y antiimperialista. En el &ldquo;largo siglo XIX&rdquo; &mdash;de la Revoluci&oacute;n Industrial al estallido de la Primera Guerra Mundial&mdash;, un sector de la izquierda internacionalista vio en la apertura de los mercados una v&iacute;a para desmontar el orden imperial y promover la paz entre naciones.
    </p><p class="article-text">
        El profesor de la Universidad de Exeter muestra c&oacute;mo figuras socialistas, cooperativistas y sufragistas defendieron la liberalizaci&oacute;n del comercio en nombre de la igualdad, la interdependencia y la justicia global. Lejos de los conflictos arancelarios y del nacionalismo econ&oacute;mico, aquel librecambismo de izquierdas imagin&oacute; un mundo donde los bienes circularan libremente, los monopolios se disolvieran y la abundancia material resultante permitiera erradicar el hambre y la guerra. Palen revisita esa tradici&oacute;n para rescatarla del olvido y distinguirla del proyecto neoliberal que, un siglo despu&eacute;s, se apropi&oacute; de su lenguaje y lo vaci&oacute; de su sentido democr&aacute;tico. 
    </p><p class="article-text">
        En <a href="https://www.eldiario.es/economia/amenazas-volantazos-nuevos-aranceles-trump-siembran-desconcierto-espera-supremo_1_12730133.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">plena guerra comercial</a>, <em>Pax Economica</em> invita a repensar nuestro tiempo desde otro prisma. Si en el siglo XIX fueron los imperios quienes erigieron barreras en nombre de la soberan&iacute;a, hoy es una potencia hegem&oacute;nica en declive <a href="https://www.eldiario.es/economia/trump-anuncia-acuerdos-aranceles-tierras-raras-soja-cumbre-xi-jinping-corea-sur_1_12726161.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">la que encabeza la nueva ola arancelaria</a>. Palen sugiere que este escenario podr&iacute;a ofrecer una oportunidad inesperada a una izquierda desorientada ante el desaf&iacute;o proteccionista: redescubrir su propio pasado librecambista, aquel que vinculaba el libre comercio con la promesa de un orden global basado en la no dominaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Su libro se centra en el siglo XIX y comienzos del XX, y describe dos grandes campos: por un lado, el nacionalismo econ&oacute;mico &mdash;lo que hoy llamar&iacute;amos proteccionismo&mdash; y, por otro, el libre comercio. En aquel momento, &iquest;c&oacute;mo se defin&iacute;an y qui&eacute;nes los integraban?</strong>
    </p><p class="article-text">
        En aquel entonces, el proteccionismo era, en gran medida, la bandera de los nacionalistas de derechas, algo que quiz&aacute; no sorprenda en nuestro presente, tambi&eacute;n marcado por aranceles elevados, precios de los alimentos disparados y guerras comerciales. Los proteccionistas conceb&iacute;an la geopol&iacute;tica como un juego de suma cero, un escenario de competencia permanente en el que las guerras, ya fueran econ&oacute;micas o militares, eran inevitables. Defend&iacute;an que los aranceles, al discriminar la competencia extranjera, fortalec&iacute;an a la industria nacional y le otorgaban una ventaja artificial frente a econom&iacute;as m&aacute;s avanzadas, especialmente la brit&aacute;nica.
    </p><p class="article-text">
        En cambio, el libre comercio fue la opci&oacute;n preferida por amplios sectores de la izquierda. Sus partidarios m&aacute;s progresistas sosten&iacute;an que el proteccionismo encarec&iacute;a la vida de los consumidores y generaba tensiones internacionales que pod&iacute;an desembocar en conflictos b&eacute;licos. Desde su perspectiva, el exceso de nacionalismo pol&iacute;tico y econ&oacute;mico de finales del XIX y principios del XX fue el caldo de cultivo de las dos guerras mundiales. Frente a ello, la liberalizaci&oacute;n del comercio promet&iacute;a un mundo m&aacute;s pac&iacute;fico, pr&oacute;spero e interdependiente. En mi libro intento recuperar esa lucha popular de la izquierda por desmantelar el orden imperialista y nacionalista forjado por la guerra, una lucha sorprendentemente diversa que uni&oacute; a liberales radicales, socialistas, feministas y cristianos.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">El apoyo de Marx al libre comercio, pragmático y estratégico, así como su asociación de proteccionismo y guerra ayudan a entender por qué muchos internacionalistas socialistas de comienzos del siglo XX fueron librecambistas convencidos</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <strong>El libre comercio, sin embargo, tambi&eacute;n sirvi&oacute; para justificar y sostener el imperialismo brit&aacute;nico. &iquest;C&oacute;mo puede considerarse entonces una causa antiimperialista?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Efectivamente, el mundo del siglo XIX estaba dominado por los imperios. Y es bien sabido que los brit&aacute;nicos fueron los primeros en adoptar el libre comercio, tanto como ideolog&iacute;a como pol&iacute;tica, en la d&eacute;cada de 1840. Pero lo hicieron en parte por razones sociales: los cereales importados baratos garantizaban la seguridad alimentaria y permit&iacute;an que la poblaci&oacute;n trabajadora pudiera comprar pan. Para los izquierdistas que defend&iacute;an el libre comercio, adem&aacute;s, la liberalizaci&oacute;n promet&iacute;a acabar con los monopolios creados por el proteccionismo y, con ello, con las propias estructuras imperiales. &iquest;Por qu&eacute; ir a la guerra si se pod&iacute;a comerciar pac&iacute;ficamente con los vecinos? &iquest;Y para qu&eacute; mantener colonias si era posible acceder libremente a los recursos del mundo?
    </p><p class="article-text">
        Ahora bien, Gran Breta&ntilde;a impuso el libre comercio por la fuerza en algunos de sus dominios coloniales, como China, Irlanda o India, y fueron precisamente los librecambistas brit&aacute;nicos de izquierda quienes se opusieron con m&aacute;s firmeza a esa pr&aacute;ctica. Su postura antiimperialista y no intervencionista aliment&oacute; una larga lucha por un libre comercio realmente pac&iacute;fico y sin pulsiones coloniales.
    </p><p class="article-text">
        Los brit&aacute;nicos confiaban en que sus rivales imperiales seguir&iacute;an su ejemplo al comprobar los beneficios econ&oacute;micos del libre comercio. Pero tras la depresi&oacute;n iniciada en los a&ntilde;os 1870, casi todas las potencias optaron por pol&iacute;ticas nacionalistas: altos aranceles para proteger sus industrias &ldquo;incipientes&rdquo; y expansi&oacute;n colonial para garantizar materias primas. Ese capitalismo monopolista de ra&iacute;z proteccionista necesitaba nuevos mercados coloniales para colocar su capital excedente, como explicaron J.A. Hobson y Lenin. Desde 1870, el orden econ&oacute;mico global se volvi&oacute; proteccionista, y fue entonces cuando muchos sectores de la izquierda abrazaron el libre comercio como ant&iacute;doto contra el imperialismo.
    </p><p class="article-text">
        <strong>En el seno de la incipiente tradici&oacute;n marxista se dio un debate sobre el libre comercio especialmente interesante. </strong><em><strong>Pax Economica</strong></em><strong> identifica dos tradiciones enfrentadas: &ldquo;Marx-Manchester&rdquo; y &ldquo;Marx-List&rdquo;. &iquest;En qu&eacute; se diferenciaban? &iquest;Cu&aacute;l fue la posici&oacute;n del propio Marx?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Debemos comenzar por Marx. Durante la d&eacute;cada de 1840, justo cuando Reino Unido transitaba del proteccionismo al libre comercio, Engels y &eacute;l vivieron en Manchester, epicentro del librecambismo brit&aacute;nico. Y ambos vieron en esa transici&oacute;n un paso progresivo hacia la revoluci&oacute;n socialista. El libre comercio aceleraba el desarrollo capitalista y promet&iacute;a unir a los trabajadores del mundo a trav&eacute;s de la integraci&oacute;n de mercados. El proteccionismo, en cambio, era retr&oacute;grado. Marx lo defini&oacute; como &ldquo;la organizaci&oacute;n de un estado de guerra en tiempos de paz; un estado de guerra que, aunque destinado en principio a los pa&iacute;ses extranjeros, acaba volvi&eacute;ndose inevitablemente contra la naci&oacute;n que lo promueve&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        El apoyo de Marx al libre comercio, pragm&aacute;tico y estrat&eacute;gico, as&iacute; como su asociaci&oacute;n de proteccionismo y guerra ayudan a entender por qu&eacute; muchos internacionalistas socialistas de comienzos del siglo XX fueron librecambistas convencidos. Esta nueva generaci&oacute;n, m&aacute;s que el propio Marx, asoci&oacute; el libre comercio a la paz e incluso colabor&oacute; con pacifistas y antiimperialistas no marxistas. A esa corriente la denomino la tradici&oacute;n &ldquo;Marx-Manchester&rdquo;, por la relevancia de esta ciudad industrial como epicentro de la agitaci&oacute;n librecambista.
    </p><p class="article-text">
        Frente a ella est&aacute; la tradici&oacute;n &ldquo;Marx-List&rdquo;, formada por socialistas nacionalistas inspirados en las ideas del popular economista alem&aacute;n Friedrich List, cuya obra <em>Sistema nacional de econom&iacute;a pol&iacute;tica</em> (1841) sosten&iacute;a que los rivales imperiales de Gran Breta&ntilde;a necesitaban proteger sus nacientes industrias y, al mismo tiempo, expandir sus colonias para alimentarlas. Su apuesta por el &ldquo;socialismo en un solo pa&iacute;s&rdquo; los aline&oacute; con nacionalistas de derecha en Alemania, Francia o Gran Breta&ntilde;a, favorables a las conquistas coloniales de sus imperios. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>M&aacute;s all&aacute; de los intelectuales marxistas, &iquest;c&oacute;mo se posicion&oacute; el movimiento sindical?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Depende del contexto. En Gran Breta&ntilde;a, los sindicatos se mantuvieron estrechamente alineados con el libre comercio, en sinton&iacute;a con el amplio respaldo que esta pol&iacute;tica ten&iacute;a entre la clase trabajadora. En Estados Unidos, el sindicalismo se inclin&oacute; m&aacute;s hacia la liberalizaci&oacute;n comercial en las d&eacute;cadas de 1930 y 1940, cuando el pa&iacute;s empezaba a consolidarse como una econom&iacute;a exportadora. El Partido Laborista brit&aacute;nico fue abiertamente librecambista en sus primeras d&eacute;cadas, al igual que varios partidos socialistas en Argentina o Estados Unidos.
    </p><p class="article-text">
        El movimiento cooperativo internacional resulta a&uacute;n m&aacute;s revelador. Nacido en Manchester, se convirti&oacute; en un fen&oacute;meno global que rivaliz&oacute; con el sindicalismo en los a&ntilde;os 20. Promov&iacute;a una visi&oacute;n no lucrativa del libre comercio, centrada en las personas trabajadoras y consumidoras. No es casual que el cooperativismo encabezara tambi&eacute;n el movimiento pacifista internacional tras la Primera Guerra Mundial.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Los librecambistas de izquierda vinculaban el libre comercio a la democratización, porque debilitaba el poder de las élites económicas y políticas. Los neoliberales, en cambio, consideraban la democracia un obstáculo</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <em><strong>Pax Economica</strong></em><strong> tambi&eacute;n destaca el papel del feminismo primigenio y los movimientos pacifistas cristianos. &iquest;C&oacute;mo relacionaron sus causas &mdash;el feminismo y la paz&mdash; con el libre comercio?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Las feministas de la &ldquo;primera ola&rdquo; lideraron el movimiento sufragista y, durante la Primera Guerra Mundial, se convirtieron en firmes defensoras de la paz. El hambre sufrida durante la Gran Guerra por mujeres y ni&ntilde;os, dos grupos sin voz pol&iacute;tica en lo que a cuestiones b&eacute;licas se refiere, gener&oacute; una movilizaci&oacute;n masiva que dio origen al movimiento internacional de mujeres por la paz. El libre comercio era una pieza esencial en su cosmovisi&oacute;n feminista de un mundo sin guerras ni escasez: hab&iacute;a alimentos suficientes para todos, siempre que se distribuyeran libre y equitativamente.
    </p><p class="article-text">
        La mayor&iacute;a del activismo cristiano de base compart&iacute;a esa idea. Imaginaban un mundo interdependiente y pac&iacute;fico, sustentado en el libre comercio, como el cumplimiento del designio divino: la voluntad de Dios al repartir los frutos de la tierra entre todas las naciones. Las ideas de esta izquierda beb&iacute;an, en ese sentido, de una visi&oacute;n milenarista del mundo.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/858c21cc-1dc5-4f79-8480-98342278b58f_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/858c21cc-1dc5-4f79-8480-98342278b58f_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/858c21cc-1dc5-4f79-8480-98342278b58f_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/858c21cc-1dc5-4f79-8480-98342278b58f_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/858c21cc-1dc5-4f79-8480-98342278b58f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/858c21cc-1dc5-4f79-8480-98342278b58f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/858c21cc-1dc5-4f79-8480-98342278b58f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="Fotografía del presidente de EEUU, Donald J Trump. "
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                Fotografía del presidente de EEUU, Donald J Trump.                             </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        <strong>&iquest;En qu&eacute; se diferencia el libre comercio que abraz&oacute; aquella izquierda tan heterog&eacute;nea del que impuls&oacute; el neoliberalismo d&eacute;cadas despu&eacute;s?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Los pensadores neoliberales como Friedrich Hayek o Milton Friedman bebieron de las mismas fuentes del liberalismo econ&oacute;mico decimon&oacute;nico y tambi&eacute;n asociaron el libre comercio con la paz. Pero sus conclusiones fueron muy distintas. Los librecambistas de izquierda vinculaban el libre comercio a la democratizaci&oacute;n, porque debilitaba el poder de las &eacute;lites econ&oacute;micas y pol&iacute;ticas. Los neoliberales, en cambio, consideraban la democracia un obst&aacute;culo. No dudaron en apoyar reg&iacute;menes autoritarios como el de Pinochet en Chile o el <em>apartheid</em> sudafricano, siempre que respaldaran los mercados libres.
    </p><p class="article-text">
        Adem&aacute;s, legitimaron el intervencionismo militar en nombre de la defensa del libre mercado &mdash;el derrocamiento de Salvador Allende es un ejemplo claro&mdash; y mostraron escasa empat&iacute;a hacia las demandas del Sur Global tras 1945. En definitiva, priorizaron los beneficios empresariales y los derechos de propiedad sobre los derechos de las personas trabajadoras y la protecci&oacute;n del medioambiente. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>La pol&iacute;tica arancelaria de Trump ha sorprendido a muchos, pero no es nueva. &iquest;De d&oacute;nde viene esta tradici&oacute;n en Estados Unidos?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Mucha gente recuerda que el Partido Republicano, el partido de Lincoln, naci&oacute; en la d&eacute;cada de 1850 como fuerza antiesclavista. Lo que suele olvidarse es que tambi&eacute;n fue el partido del proteccionismo y de las grandes corporaciones. Tras la Guerra Civil, defendi&oacute; aranceles elevados para proteger la industria y la agricultura estadounidenses, y pronto se convirti&oacute; en el partido de la expansi&oacute;n imperial. 
    </p><p class="article-text">
        Trump ha expresado abiertamente su admiraci&oacute;n por esa pol&iacute;tica proteccionista de finales del XIX, que produjo monopolios, guerras comerciales y enormes desigualdades. Su equipo ha recuperado incluso estrategias del viejo manual imperial republicano: usar los aranceles como armas para coaccionar a los pa&iacute;ses vecinos. En 1890, por ejemplo, el partido trat&oacute; de emplear el conocido como &ldquo;arancel McKinley&rdquo; [que aument&oacute; de forma dr&aacute;stica, hasta un promedio del 48,8%, los aranceles sobre las importaciones] para forzar la uni&oacute;n de Canad&aacute; a Estados Unidos. El n&uacute;cleo duro de Trump conoce bien ese pasado proteccionista, aunque la mayor&iacute;a de los analistas lo hayan olvidado.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">El regreso del proteccionismo, el nacionalismo populista, las guerras comerciales, las restricciones migratorias y la carestía alimentaria pueden empujar a redescubrir el pasado librecambista y antiimperialista de la izquierda</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <strong>Nuestro mundo parece alejarse cada vez m&aacute;s del libre comercio. Las cadenas de suministro se </strong><em><strong>reterritorializan</strong></em><strong> y resurgen las esferas de influencia. &iquest;C&oacute;mo hemos llegado hasta aqu&iacute;? &iquest;Estamos ante un fen&oacute;meno nuevo? </strong>
    </p><p class="article-text">
        En parte, hemos llegado aqu&iacute; por arrogancia. La euforia globalista posterior a la Guerra Fr&iacute;a ceg&oacute; a muchos ante el hecho de que el nacionalismo pol&iacute;tico, &eacute;tnico y econ&oacute;mico todav&iacute;a atra&iacute;a a amplios sectores, un nacionalismo que ha terminado regresando con fuerza. En perspectiva hist&oacute;rica, la era del nacionalismo econ&oacute;mico de finales del XIX y comienzos del XX, marcada por guerras y proteccionismo, resulta muy &uacute;til para entender el momento actual.
    </p><p class="article-text">
        Pero hay una diferencia importante: en los a&ntilde;os 30, la potencia hegem&oacute;nica de entonces, Gran Breta&ntilde;a, fue la &uacute;ltima en sucumbir al proteccionismo. Hoy, en cambio, el pa&iacute;s que encabeza esa ola es Estados Unidos, la potencia hegem&oacute;nica actual.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&iquest;Abre esta &ldquo;nueva guerra fr&iacute;a&rdquo; una oportunidad para que la izquierda recupere la defensa del libre comercio?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Creo que s&iacute;. La era neoliberal, que comenz&oacute; a desvanecerse en 2016, hab&iacute;a distanciado a la izquierda de ese legado. Pero el regreso del proteccionismo, el nacionalismo populista, las guerras comerciales, las restricciones migratorias y la carest&iacute;a alimentaria pueden empujar a redescubrir el pasado librecambista y antiimperialista de la izquierda.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos C. Pérez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/guerra-comercial-abre-oportunidad-izquierda-redescubra-potencial-libre-comercio_128_12755271.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 22 Nov 2025 21:27:33 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/023706e4-77e6-4a56-9a26-ea7efaa185be_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x855y851.jpg" length="1554955" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/023706e4-77e6-4a56-9a26-ea7efaa185be_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x855y851.jpg" type="image/jpeg" fileSize="1554955" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA["La guerra comercial abre la oportunidad para que la izquierda redescubra el potencial del libre comercio"]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/023706e4-77e6-4a56-9a26-ea7efaa185be_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x855y851.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Aranceles,Donald Trump,Guerra comercial]]></media:keywords>
    </item>
  </channel>
</rss>
