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    <title><![CDATA[elDiario.es - Just Serrano]]></title>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[La cotidianidad de la democracia como receta para frenar a la ultraderecha]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/cotidianidad-democracia-receta-frenar-ultraderecha-cat_1_12835203.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0f50dac7-2fb8-4a80-97d5-83b84df4d488_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La cotidianidad de la democracia como receta para frenar a la ultraderecha"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Aspirar a una forma de vida democrática significa cambiar estructuras e instituciones y esto solo se puede conseguir con luchas sociales y con una acción política decidida</p><p class="subtitle">El último 'Rincón de pensar' - Paolo Pecere, filósofo: “Tras la idea del viajero aventurero suele haber ricos que se pueden permitir un yate privado”</p></div><p class="article-text">
        Desde hace alg&uacute;n tiempo observamos que nuestros conciudadanos m&aacute;s j&oacute;venes se est&aacute;n inclinando cada vez m&aacute;s hacia opciones autoritarias. Aunque no hay que sacar conclusiones apresuradas, ni demonizar a las nuevas generaciones, los datos son preocupantes. En <a href="#" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link" target="_blank">la encuesta del Centro de Investigaciones Sociol&oacute;gicas</a> de marzo de 2025, un 38% de los menores de 24 a&ntilde;os afirmaban estar dispuestos a vivir en un r&eacute;gimen menos democr&aacute;tico a cambio de mejoras en su nivel de vida.
    </p><p class="article-text">
        De momento, no es posible ver en el horizonte un l&iacute;mite a una tendencia que se replica en muchos otros pa&iacute;ses de nuestro entorno. Estos n&uacute;meros tambi&eacute;n se reflejan en nuestro d&iacute;a a d&iacute;a: adolescentes que comparten sin reparos v&iacute;deos de Franco en las redes sociales, j&oacute;venes que apoyan reyertas contra personas migrantes y que desprecian como radicales los valores m&aacute;s b&aacute;sicos del feminismo. Uno no tiene m&aacute;s remedio que preguntarse si la democracia, tal y como la conocemos, podr&aacute; sobrevivir a las pr&oacute;ximas generaciones.
    </p><p class="article-text">
        Frente este reto, proliferan todo tipo de an&aacute;lisis sobre sus causas. La presencia sobredimensionada de la extrema derecha en las redes sociales, las dificultades para acceder a la vivienda y la falta de perspectivas econ&oacute;micas, la desorientaci&oacute;n ante una transformaci&oacute;n radical de valores en lo que concierne a las relaciones de g&eacute;nero y libertad sexual, la estrategia global de una ultraderecha que va ganando terreno en diferentes partes del mundo, la falta de alternativas convincentes por el lado de la izquierda, todas estas cuestiones est&aacute;n sobre la mesa. Lo m&aacute;s probable es que todas sean relevantes para comprender el fen&oacute;meno ante el que nos enfrentamos. 
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, estos diagn&oacute;sticos a menudo olvidan ampliar el foco hacia din&aacute;micas m&aacute;s profundas que subyacen a nuestras sociedades. Se trata de las din&aacute;micas que nos afectan sin que podamos percibirlas directamente. Hay excepciones, claro. Varias autoras han mostrado que la expansi&oacute;n de la racionalidad neoliberal, esa que nos dice que tenemos que ser competitivos, no solo en el mercado de trabajo o la educaci&oacute;n, sino en el mercado del amor o del reconocimiento en las redes sociales, ha ido erosionando la vida democr&aacute;tica. Con ello han surgido subjetividades neoliberales, cada vez m&aacute;s incapaces de desarrollar relaciones de solidaridad y cooperaci&oacute;n entre la ciudadan&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Este tipo de an&aacute;lisis m&aacute;s profundos nos sirve para recordar que la democracia no es tan solo un r&eacute;gimen con sus instituciones y sus partidos en que podemos ir a votar cada cuatro a&ntilde;os. La democracia tambi&eacute;n es una forma de vida cotidiana. Designa la forma en la que nos relacionamos entre vecinos, pero tambi&eacute;n entre compa&ntilde;eros de trabajo, en la escuela, entre madres e hijas, entre miembros de una pareja o de una relaci&oacute;n poliamorosa. Incluso, por extra&ntilde;o que parezca, concierne a la forma en la que nos relacionamos con nosotros mismos.
    </p><p class="article-text">
        La formulaci&oacute;n m&aacute;s conocida de esta idea la encontramos en la obra de uno de los fil&oacute;sofos norteamericanos m&aacute;s c&eacute;lebres, <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/John_Dewey" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link" target="_blank">John Dewey</a>. Para Dewey, las instituciones democr&aacute;ticas solo se sostienen en el tiempo si se acompa&ntilde;an de una serie de h&aacute;bitos y costumbres que ponemos en pr&aacute;ctica en nuestro d&iacute;a a d&iacute;a. Estos son, por ejemplo, la escucha del otro, la apertura a lo nuevo y lo diferente, la aceptaci&oacute;n de la propia falibilidad, o el ejercicio compartido de la de creatividad. Es precisamente en nuestro d&iacute;a a d&iacute;a donde tenemos ocasi&oacute;n de cultivar y reforzar estos h&aacute;bitos. Nos los hacemos nuestros y se convierten, como dir&iacute;a el fil&oacute;sofo <a href="https://encyclopaedia.herdereditorial.com/wiki/Autor:Hegel,_Georg_Wilhelm_Friedrich" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link" target="_blank">G. W. F. Hegel</a>, en nuestra segunda naturaleza. Pero es justo en estos &aacute;mbitos cuotidianos donde los h&aacute;bitos se pueden ir erosionando con el tiempo y de forma casi imperceptible.
    </p><p class="article-text">
        Algunos opinan que este tipo de planteamientos est&aacute;n del todo equivocados y prefieren quedarse en el an&aacute;lisis m&aacute;s superficial, esto es, obviar la dimensi&oacute;n intra e interpersonal de la vida de quienes componen la democracia. Critican que lo importante de este sistema es la robustez de sus instituciones. Si los derechos est&aacute;n debidamente garantizados, si el parlamento permite que se expongan libremente las posiciones de los partidos, si nos podemos expresar y reunir libremente, etc., entonces podemos decir con orgullo que vivimos en una democracia robusta. Preocuparnos por otras cosas ser&iacute;a perder el tiempo y desviarnos de lo esencial. Las instituciones democr&aacute;ticas no deber&iacute;an depender de cosas como nuestros h&aacute;bitos o nuestra vida cotidiana. Eso la har&iacute;a m&aacute;s fr&aacute;gil y vulnerable a los cambios de humor de la gente.
    </p><p class="article-text">
        Ante ello, los defensores de la democracia como forma de vida responden que la robustez de las instituciones depende precisamente que de la ciudadan&iacute;a sea capaz de practicarla en su d&iacute;a a d&iacute;a. No importa lo bien que est&eacute; redactada una ley: si las personas que se encargan de implementarla no activan una serie de disposiciones y h&aacute;bitos o deseos democr&aacute;ticos, esa ley tal vez se acabe aplicando de una forma que ponga en peligro el mismo estado de derecho. La democracia es fr&aacute;gil, s&iacute;, pero eso ya se sab&iacute;a desde un principio. De lo que se trata es de hacerla menos vulnerable garantizando que los que viven en ella sean verdaderos dem&oacute;cratas y que no experimenten la democracia como algo externo que se impone sobre ellos o como algo a lo que tienen que adherirse continuamente de forma expl&iacute;cita.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Podemos ser dem&oacute;cratas en nuestra vida cotidiana? &iquest;Y qu&eacute; puede significar esto exactamente? Parece que cada vez tenemos menos ocasiones (y motivaciones) de practicar h&aacute;bitos democr&aacute;ticos en nuestro d&iacute;a a d&iacute;a. Un ejemplo es el lugar de trabajo, donde normalmente la competitividad se impone a la cooperaci&oacute;n, el cinismo a la creencia en valores, la falsedad a la honestidad. Incluso en empresas donde se vanaglorian de incluir m&eacute;todos de toma de decisi&oacute;n horizontal y participativa pronto se terminan descubriendo las grietas producidas por las jerarqu&iacute;as invisibles y la imposici&oacute;n de la l&oacute;gica de la ganancia. De hecho, estos modelos de falsa horizontalidad son los m&aacute;s peligrosos ya que desvirt&uacute;an en la experiencia diaria el sentido de la participaci&oacute;n democr&aacute;tica. As&iacute; uno se puede preguntar: &iquest;para qu&eacute; voy a participar si finalmente lo que yo diga o haga no va a contar verdaderamente? 
    </p><p class="article-text">
        Otro lugar no menos importante es la familia. Hay muchas voces que reivindican el retorno a los valores tradicionales y la autoridad paterna. La democratizaci&oacute;n de la familia les parece una aberraci&oacute;n que desorienta a las ni&ntilde;as y ni&ntilde;os, y que genera una crisis de la autoridad que estamos sufriendo en las escuelas. Cierto es que, tal como nos recuerda Hannah Arendt, promover la democracia no debe significar renunciar a la autoridad. Seguramente hay mucho que mejorar en el &aacute;mbito de la democracia en el interior de la familia. Sin embargo, pocos se plantean que tal vez el problema de fondo no es tanto la p&eacute;rdida de autoridad, sino las disonancias y contradicciones que experimentamos como individuos a lo largo de la vida entre lo que aprendemos en casa y c&oacute;mo se nos pide que nos comportemos fuera de ella.  
    </p><p class="article-text">
        Defender que la democracia es una forma de vida no significa politizarlo todo, en el sentido de convertirlo en un &aacute;mbito de lucha y controversia. Aunque la politizaci&oacute;n es a menudo la mejor opci&oacute;n para superar relaciones injustas y tiene que ser reivindicada, la democracia como forma de vida nos invita a hacer algo complementario, a saber, a identificar en nuestro d&iacute;a a d&iacute;a el significado democr&aacute;tico de lo que hacemos, de c&oacute;mo amamos, de c&oacute;mo trabajamos o de c&oacute;mo resolvemos los problemas con nuestros vecinos.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Contribuimos a romper lazos y a crear abismos con nuestras acciones? &iquest;Nos comportamos como seres que compiten absurdamente por el reconocimiento de los dem&aacute;s en el trabajo o en las redes sociales? No se trata aqu&iacute; de juzgarnos y moralizar la perspectiva sobre nuestras relaciones para intentar ser mejores personas. Se trata simplemente de entender mejor cu&aacute;l es el modelo de sociedad en el que queremos vivir y de abrir posibilidades de explorarlo libremente en su significado pleno. Esto, obviamente, no se puede hacer a solas desde casa.
    </p><p class="article-text">
        Aspirar a una forma de vida democr&aacute;tica significa cambiar estructuras e instituciones que nos permitan querernos mejor, trabajar mejor, o ser amigos y amantes desde el respeto, la escucha, la cooperaci&oacute;n, la autonom&iacute;a y el cuidado. Y esto solo se puede conseguir con luchas sociales y con acci&oacute;n pol&iacute;tica decidida, dispuesta a iniciar transformaciones profundas en la sociedad y que los j&oacute;venes puedan hacer tambi&eacute;n suya. Hace falta una verdadera orientaci&oacute;n hacia la democracia como forma de vida. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Just Serrano]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/cotidianidad-democracia-receta-frenar-ultraderecha-cat_1_12835203.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 13 Dec 2025 20:54:42 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Filosofía,Democracia,Extrema derecha]]></media:keywords>
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