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    <title><![CDATA[elDiario.es - Francisco J. Leira Castiñeira]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/francisco-j-leira-castineira/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Francisco J. Leira Castiñeira]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Sobre charlas, trincheras y equidistancias]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/charlas-trincheras-equidistancias_129_12959711.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/906f75de-1bf9-494f-bb2b-2315a1973ad8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Sobre charlas, trincheras y equidistancias"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Quienes mejor han jugado la partida en el debate sobre el evento 'La guerra que todos perdimos' han sido los equidistantes. Han conseguido presentarse como defensores del diálogo, han visto cómo sus críticos se enzarzaban entre sí y han reforzado la idea de que el pasado sigue siendo un campo minado del que mejor no hablar</p></div><p class="article-text">
        Hay pol&eacute;micas que nacen de grandes ideas y hay otras que nacen de algo mucho m&aacute;s sencillo: no preguntar a tiempo d&oacute;nde te metes. Lo ocurrido con las famosas jornadas organizadas por P&eacute;rez Reverte con el controvertido t&iacute;tulo &ldquo;La Guerra que todos perdimos&rdquo;, a las que, en el &uacute;ltimo momento, David Ucl&eacute;s decidi&oacute; no asistir pertenece, con toda probabilidad, a la segunda categor&iacute;a. Lo curioso no es la decisi&oacute;n &mdash;cada cual gestiona su agenda y sus principios como mejor entiende&mdash;, sino el ruido que se gener&oacute; despu&eacute;s, ese murmullo creciente que termina convertido en combate de trincheras digitales, con vencedores imaginarios y derrotas muy reales para el debate p&uacute;blico. 
    </p><p class="article-text">
        A modo de consejo, casi de urbanidad b&aacute;sica: cuando te invitan a un sitio, conviene saber qui&eacute;n organiza, con qu&eacute; enfoque, con qu&eacute; participantes y con qu&eacute; prop&oacute;sito. No es solo una cuesti&oacute;n de coherencia personal; es tambi&eacute;n una forma de respeto hacia quienes s&iacute; han decidido acudir. Todos conocemos la opini&oacute;n de los organizadores del evento, su equidistancia y como han querido, sin conseguirlo, emular a Manuel Chaves Nogales y colocarse en el &ldquo;bando&rdquo; (lenguaje que emplean a menudo) en esa &ldquo;Tercera Espa&ntilde;a&rdquo;, que nunca ha existido, que condena por igual, sin matices ni estudios en profundidad, la violencia perpetrada durante Guerra Civil espa&ntilde;ola como si fuera un todo homog&eacute;neo. Finalmente, la organizaci&oacute;n ha decidido aplazar las jornadas, en teor&iacute;a por presiones y peligro de boicots violentos, no lo voy a negar, pero s&iacute;, a falta de informaci&oacute;n, a ponerlo en duda.
    </p><p class="article-text">
        Lo llamativo es que no eran las primeras jornadas de este tipo, ni la primera vez que su principal impulsor dejaba claro su marco interpretativo sobre la Guerra Civil. Nadie acud&iacute;a a ciegas. Quien acept&oacute;, sab&iacute;a que habr&iacute;a equidistancias, que se intentar&iacute;a encajar el pasado en el c&oacute;modo molde de &ldquo;las dos Espa&ntilde;as&rdquo; y que se apelar&iacute;a a esa supuesta &ldquo;tercera v&iacute;a&rdquo; que, en el fondo, funciona mejor como marca personal que como categor&iacute;a historiogr&aacute;fica. Por eso sorprende convertir en esc&aacute;ndalo lo que era previsible. 
    </p><p class="article-text">
        Ahora bien, que algo sea previsible no lo hace necesariamente deseable. Las jornadas, por su propia estructura, reproducen un modelo agotado: mismos nombres, mismos temas, mismas conclusiones. Apenas presencia femenina, ausencia de historia de g&eacute;nero, poco espacio para debates actuales como la hambruna, los perpetradores, la vida cotidiana de los combatientes, las fosas, la violencia sexual o el papel de las mujeres en guerra y posguerra. Tampoco se aborda c&oacute;mo ense&ntilde;ar este pasado en las aulas, algo crucial en un momento en el que proliferan s&iacute;mbolos y discursos fascistas entre la juventud. No es que falten especialistas j&oacute;venes trabajando estas l&iacute;neas; es que rara vez se les da espacio. As&iacute;, el pasado termina siendo contado como si el tiempo tambi&eacute;n se hubiera detenido para la historiograf&iacute;a, que cada vez va a mayor velocidad.
    </p><p class="article-text">
        A esto se suma un problema conceptual m&aacute;s profundo que conviene se&ntilde;alar con claridad: no perdieron todos la guerra, no hubo una l&oacute;gica de &ldquo;locura generalizada&rdquo; y no todas las violencias fueron iguales, aunque todas sean moralmente censurables. Presentar el conflicto como una especie de tragedia colectiva sin responsables ni proyectos pol&iacute;ticos enfrentados es, en esencia, reproducir el relato franquista que se consolid&oacute; durante los llamados &ldquo;25 a&ntilde;os de Paz&rdquo;. Ese discurso, tan eficaz en su momento, no buscaba comprender el pasado, sino neutralizarlo, diluir responsabilidades y construir una memoria anestesiada que facilitara la estabilidad del r&eacute;gimen. De ah&iacute; deriva buena parte de ese franquismo sociol&oacute;gico que todav&iacute;a hoy condiciona el debate p&uacute;blico. Quien acude a este tipo de jornadas sabe a lo que se expone. Sabe qu&eacute; se dir&aacute;, qu&eacute; incomodar&aacute;, qu&eacute; generar&aacute; debate. Pero, la inexactitud del t&iacute;tulo no deber&iacute;a ser motivo suficiente para retirarse. Precisamente porque el marco es problem&aacute;tico, es donde m&aacute;s necesario resulta introducir matices, romper simplificaciones y dar voz a lo que a menudo no quiere ser escuchados/as. Es m&aacute;s valiente explicar con rigor qu&eacute; fue un golpe de Estado, c&oacute;mo se desarroll&oacute; la guerra y qu&eacute; signific&oacute; la posguerra que, refugiarse en espacios donde todos piensan parecido.
    </p><p class="article-text">
        Conviene hacer una distinci&oacute;n. Las decisiones personales, especialmente en el caso de un escritor que vive de su obra, son leg&iacute;timas y deben seguir si&eacute;ndolo, aunque, en mi opini&oacute;n, no gener&oacute; el efecto deseado, adem&aacute;s, no lo comparto -eso no quiere decir que me sume a la ola de insultos, algunos hom&oacute;fobos, contra David Ucl&eacute;s, los condeno f&eacute;rreamente-. Sin embargo, las negativas de &uacute;ltima hora, sobre todo cuando se hacen p&uacute;blicas, dejan de ser una decisi&oacute;n privada para convertirse en gesto pol&iacute;tico, aunque no se pretenda. Adem&aacute;s, lo present&oacute; como un acto moral, se&ntilde;alando que quienes iban a asistir y explicar sin dicotom&iacute;as, ni dogmas ideol&oacute;gicos, lo sucedido en los a&ntilde;os treinta y cuarenta en Espa&ntilde;a estaban equivocados.
    </p><p class="article-text">
        La opini&oacute;n p&uacute;blica se dividi&oacute; entre si se deb&iacute;a o no participar, pero no si se ten&iacute;a que asistir para dar razones de peso, con rigor te&oacute;rico y metodol&oacute;gico, para dejar claro que la guerra no la perdimos todos. Pero para quienes nos dedicamos profesionalmente a la historia, a la docencia universitaria, existe una responsabilidad p&uacute;blica &mdash;no moral, pero s&iacute; laboral&mdash; de intentar explicar la complejidad del pasado, incluso en contextos inc&oacute;modos. Porque ni la guerra la perdimos todos, ni Espa&ntilde;a est&aacute; condenada a dividirse eternamente en dos bloques irreconciliables, argumento esgrimido por el creador de<em> Alatriste</em>. Explicar el contexto sociopol&iacute;tico de los a&ntilde;os veinte y treinta, comprender por qu&eacute; hubo un golpe de Estado, situar el caso espa&ntilde;ol en un marco europeo donde Rusia, Finlandia, Irlanda, Francia, Italia o Grecia tambi&eacute;n vivieron conflictos internos, es parte de nuestra tarea como historiadores/as. Si no somos capaces de hacerlo en foros donde no nos sentimos del todo c&oacute;modos, corremos el riesgo de ceder el relato cultural a quienes prefieren la simplificaci&oacute;n o la nostalgia.
    </p><p class="article-text">
        Mientras tanto, quienes mejor han jugado esta partida han sido los equidistantes. Han conseguido presentarse como defensores del di&aacute;logo, han visto c&oacute;mo sus cr&iacute;ticos se enzarzaban entre s&iacute; y han reforzado la idea de que el pasado sigue siendo un campo minado del que mejor no hablar. Un gesto utilizado por la derecha pol&iacute;tica y medi&aacute;tica, dando una nueva oportunidad al PP y Vox en esa batalla cultural carente de matices.&nbsp;Curiosamente, son los mismos sectores que llevan a&ntilde;os insistiendo en que la Guerra Civil ya estaba superada, que removerla solo genera divisi&oacute;n y que mirar atr&aacute;s es un lujo innecesario. Lo hemos visto en repetidas ocasiones: desde declaraciones pol&iacute;ticas que cuestionan la apertura de fosas comunes hasta la resistencia institucional a pol&iacute;ticas de memoria que buscan identificar a las v&iacute;ctimas y reconocer a los verdugos. Cada vez que se plantea la necesidad de investigar desapariciones, reparar a familiares o contextualizar la represi&oacute;n, reaparece el argumento de que &ldquo;hay que dejar el pasado atr&aacute;s&rdquo; o que &ldquo;todos fueron culpables&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Esa postura, aparentemente conciliadora, en realidad perpet&uacute;a la desigualdad en el reconocimiento del sufrimiento. Porque no todas las v&iacute;ctimas han tenido el mismo lugar en la memoria p&uacute;blica, ni todos los muertos han recibido el mismo trato institucional. Negarse a hablar de fosas, de desaparecidos o de responsabilidades pol&iacute;ticas no es neutralidad; es una forma de posicionamiento que favorece el olvido selectivo. El resultado de todo este episodio es, en cierto modo, una victoria para quienes prefieren el pasado como terreno de ambig&uuml;edad permanente. Mientras discutimos sobre qui&eacute;n asiste o qui&eacute;n se retira, el debate sobre c&oacute;mo explicar la guerra, c&oacute;mo integrar la memoria en la educaci&oacute;n o c&oacute;mo renovar los enfoques historiogr&aacute;ficos queda relegado a un segundo plano. As&iacute;, pasan los a&ntilde;os, se repiten los mismos esquemas y volver&aacute;n a organizarse jornadas con t&iacute;tulos desafortunados que, lejos de abrir el di&aacute;logo, lo encorsetan, por muchos &ldquo;Davides Ucl&eacute;s&rdquo; que acepten la invitaci&oacute;n y se nieguen posteriormente.
    </p><p class="article-text">
        Tal vez convendr&iacute;a recordar que el pasado no desaparece por decreto ni se neutraliza con simetr&iacute;as ret&oacute;ricas. Se comprende, se discute y, en el mejor de los casos, se integra en una cultura democr&aacute;tica capaz de convivir con sus contradicciones. Para eso hacen falta espacios plurales, s&iacute;, pero tambi&eacute;n claridad, renovaci&oacute;n generacional y menos dramatizaci&oacute;n de lo anecd&oacute;tico. Al final, la literatura seguir&aacute; siendo literatura, la historia seguir&aacute; exigiendo m&eacute;todo y el debate p&uacute;blico seguir&aacute; oscilando entre el matiz y el eslogan. Quiz&aacute; la lecci&oacute;n m&aacute;s &uacute;til de todo esto sea que no todo gesto necesita convertirse en s&iacute;mbolo ni toda pol&eacute;mica merece elevarse a categor&iacute;a hist&oacute;rica. A veces, la mejor forma de defender el pasado es hablar de &eacute;l con menos ruido y m&aacute;s precisi&oacute;n. Sobre todo, recordar que no hay equidistancia posible entre el rigor y la comodidad intelectual.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Francisco J. Leira Castiñeira]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/charlas-trincheras-equidistancias_129_12959711.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 03 Feb 2026 20:53:13 +0000]]></pubDate>
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