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    <title><![CDATA[elDiario.es - Raquel Plaza Garro]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/raquel-plaza-garro/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Raquel Plaza Garro]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Donde faltan libros, sobran consignas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/palabras-clave/faltan-libros-sobran-consignas_132_13570617.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a397c2f6-d8c1-4c97-9f68-9c3d8d14af6b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x638y439.jpg" width="1200" height="675" alt="Donde faltan libros, sobran consignas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Una persona que lee no tiene por qué estar de acuerdo con lo que encuentra en un libro, ni siquiera tiene por qué aceptar sus ideas, pero ha tenido la oportunidad de conocerlas, compararlas y discutirlas consigo misma. Y ahí comienza el pensamiento crítico"</p><p class="subtitle">Todos los artículos de Raquel Plaza Garro</p></div><p class="article-text">
        Hay momentos en los que una idea que parec&iacute;a escrita para cualquier tiempo adquiere, de repente, una actualidad especial. Creo que este es uno de ellos. Llevamos a&ntilde;os diciendo a nuestros j&oacute;venes que tienen que leer, que leer es importante, que los libros son necesarios, pero quiz&aacute; no nos detenemos lo suficiente en explicar por qu&eacute;. Leer no es solamente una actividad acad&eacute;mica, ni una obligaci&oacute;n escolar, ni una forma de entretenerse cuando no hay nada mejor que hacer. Leer es una forma de libertad. Y precisamente ahora, cuando vivimos rodeados de mensajes inmediatos, titulares, v&iacute;deos que duran unos segundos, opiniones lanzadas como verdades y consignas que se repiten hasta parecer ciertas, necesitamos m&aacute;s que nunca esa libertad que nos permite detenernos, comprender, hacernos preguntas y decidir por nosotros mismos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Quien lee descubre otras ideas, otras experiencias y otras maneras de comprender el mundo; la lectura abre ventanas que nadie puede cerrar. Y cuando se conocen otras posibilidades, se puede elegir y cuando se elige, se toman las riendas de la propia vida. Por eso leer tiene mucho m&aacute;s que ver con la libertad de lo que a veces pensamos. Una persona que lee no tiene por qu&eacute; estar de acuerdo con lo que encuentra en un libro, ni siquiera tiene por qu&eacute; aceptar sus ideas, pero ha tenido la oportunidad de conocerlas, compararlas y discutirlas consigo misma. Y ah&iacute; comienza el pensamiento cr&iacute;tico. No consiste en desconfiar de todo ni en llevar la contraria por sistema, sino en no aceptar como verdad aquello que simplemente se repite muchas veces o aquello que confirma lo que ya quer&iacute;amos creer.
    </p><p class="article-text">
        Posiblemente por eso todo lo que est&aacute; sucediendo estos d&iacute;as alrededor de las movilizaciones por el derecho a la vivienda resulta tambi&eacute;n una buena oportunidad para recordar la importancia de leer, contrastar y pensar. Las reivindicaciones han salido a las calles de Castilla-La Mancha y de muchas otras ciudades espa&ntilde;olas. Detr&aacute;s de esas concentraciones hay una realidad que merece ser escuchada: la dificultad de acceder a una vivienda, el precio de los alquileres, la falta de vivienda p&uacute;blica y los obst&aacute;culos que encuentran muchas familias y j&oacute;venes para desarrollar un proyecto de vida con normalidad. Podemos estar de acuerdo o no con determinadas propuestas, discutir las soluciones e incluso discrepar de las actuaciones, pero ninguna de esas diferencias deber&iacute;a impedirnos mirar los hechos y hablar de ellos con rigor.
    </p><p class="article-text">
        Y es precisamente ah&iacute; donde el pensamiento cr&iacute;tico se vuelve imprescindible. En torno a cualquier movilizaci&oacute;n aparecen im&aacute;genes, v&iacute;deos, titulares y mensajes que circulan a una velocidad enorme y que buscan provocar una reacci&oacute;n antes de que tengamos tiempo para comprobar qu&eacute; estamos viendo. Algunas informaciones son ciertas, otras est&aacute;n manipuladas, otras est&aacute;n sacadas de contexto y otras, sencillamente, son falsas. Ocurre cuando se utiliza la desinformaci&oacute;n para desacreditar protestas sociales leg&iacute;timas, pero tambi&eacute;n cuando se difunden bulos o relatos simplificados para alimentar el descontento o desacreditarlo. Hemos visto afirmaciones sobre lo que suced&iacute;a en las calles que despu&eacute;s han necesitado ser matizadas, im&aacute;genes utilizadas fuera de su contexto y contenidos difundidos para generar miedo o rechazo antes incluso de conocer los hechos. Y tambi&eacute;n hemos visto algo que deber&iacute;a hacernos reflexionar: que cuando una protesta nos gusta o coincide con nuestras ideas, tendemos a creer con facilidad aquello que la favorece, y cuando nos disgusta, hacemos exactamente lo contrario. Ah&iacute; es donde leer, comprobar y contrastar vuelve a ser una forma de libertad.
    </p><p class="article-text">
        No hace falta ser neutral para defender el pensamiento cr&iacute;tico. Yo no lo soy. Tengo mis ideas, mis convicciones y mi manera de mirar la realidad, como las tiene cualquier persona. Pero precisamente por eso creo que no debemos pedir a nadie que piense como nosotros, sino que piense por s&iacute; mismo. La verdad no deber&iacute;a depender de qui&eacute;n sostiene una pancarta, de qui&eacute;n gobierna o de qui&eacute;n protesta. Si una informaci&oacute;n es falsa, lo ser&aacute; aunque nos beneficie a nosotros; y si un hecho es cierto, seguir&aacute; si&eacute;ndolo aunque perjudique nuestras propias posiciones. Esa deber&iacute;a ser una regla sencilla, pero en tiempos de tanta polarizaci&oacute;n parece haberse convertido en algo extraordinariamente dif&iacute;cil. Compartir un v&iacute;deo que confirma lo que queremos creer requiere un segundo. Comprobarlo requiere detenerse, buscar, comparar y leer.
    </p><p class="article-text">
        Por eso me preocupa especialmente que en una sociedad con m&aacute;s acceso a la informaci&oacute;n que nunca confundamos informaci&oacute;n con conocimiento. Tener miles de mensajes al alcance de la mano no significa comprender mejor lo que sucede. Podemos estar permanentemente informados y, al mismo tiempo, ser incapaces de distinguir un argumento de una consigna, un dato de una opini&oacute;n o una noticia de un bulo. Y cuando dejamos de hacernos preguntas, cuando dejamos de contrastar, cuando aceptamos que otros decidan qu&eacute; debemos pensar, qui&eacute;n tiene la culpa de nuestros problemas o contra qui&eacute;n debemos dirigir nuestra indignaci&oacute;n, estamos renunciando a una parte esencial de nuestra libertad.
    </p><p class="article-text">
        Por eso las bibliotecas p&uacute;blicas tienen una importancia que va mucho m&aacute;s all&aacute; de los libros que contienen. En nuestros pueblos y ciudades de Castilla-La Mancha, las bibliotecas son aut&eacute;nticos corazones culturales de las comunidades. Son lugares donde se encuentran generaciones distintas, donde una ni&ntilde;a descubre por primera vez una historia que quiz&aacute; le cambie la manera de mirar el mundo, donde una persona adulta puede aprender, investigar o simplemente encontrar un espacio de silencio, y donde la cultura puede estar al alcance de todos con independencia de la situaci&oacute;n econ&oacute;mica de cada uno. Son tambi&eacute;n lugares de memoria, de encuentro y de igualdad. Cuidarlas, dotarlas de recursos y defenderlas no es un lujo ni un gasto secundario. Es apostar por una ciudadan&iacute;a m&aacute;s libre, m&aacute;s formada y con mayor capacidad para decidir.
    </p><p class="article-text">
        Porque una sociedad que deja de leer no se queda solamente sin lectores. Pierde poco a poco la capacidad de hacerse preguntas, de recordar, de comparar y de imaginar otras posibilidades. Y cuando desaparece esa capacidad, resulta mucho m&aacute;s sencillo que alguien venga a manipularnos, a decirnos qu&eacute; tenemos que pensar, qu&eacute; tenemos que temer, a qui&eacute;n debemos admirar o contra qui&eacute;n debemos enfadarnos. No necesitamos que nadie nos proh&iacute;ba pensar ni que piense por nosotros. Leer tampoco significa vivir de espaldas a la realidad. Al contrario. A veces necesitamos alejarnos durante unas p&aacute;ginas de lo que sucede a nuestro alrededor para poder regresar despu&eacute;s y mirarlo con otros ojos. Un libro puede llevarnos a otro tiempo, a otro lugar, a otra vida, y precisamente por eso puede ayudarnos a comprender mejor la nuestra. Puede ense&ntilde;arnos que existen otras formas de vivir, de pensar, de amar, de luchar o de equivocarse. Puede hacernos cambiar de opini&oacute;n. Y cambiar de opini&oacute;n despu&eacute;s de haber pensado no es una debilidad: es una de las formas m&aacute;s honestas de inteligencia.
    </p><p class="article-text">
        La cultura no nos hace superiores. Nos hace m&aacute;s libres. Y quiz&aacute; ese deber&iacute;a ser uno de los motivos fundamentales para seguir insistiendo en que nuestros hijos, nuestros j&oacute;venes y tambi&eacute;n nosotros mismos leamos. No para que todos pensemos igual, sino precisamente para que podamos pensar diferente con argumentos. No para aceptar lo que dice un libro, sino para aprender a hacernos preguntas. No para aislarnos de lo que ocurre en nuestras calles, sino para comprenderlo mejor y participar en ellas con criterio.
    </p><p class="article-text">
        Porque al final, cuando alguien nos diga qu&eacute; debemos pensar, qu&eacute; debemos creer o contra qui&eacute;n debemos dirigir nuestro enfado, siempre tendremos una herramienta sencilla y poderosa: parar, leer, preguntar y contrastar y despu&eacute;s decidir. Esa capacidad es demasiado importante como para dejarla en manos de quienes gritan m&aacute;s fuerte o de quienes consiguen que una mentira circule m&aacute;s r&aacute;pido que una verdad.
    </p><p class="article-text">
        Por eso sigo creyendo en una frase que resume, para m&iacute;, todo lo que significa leer: &laquo;Lee y conducir&aacute;s tu vida. No leas y ser&aacute;s conducido, sin saber a d&oacute;nde ni el porqu&eacute;&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        Lee. Pregunta. Contrasta. Piensa. Decide... &iexcl;Y conduce t&uacute; tu vida!
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Raquel Plaza Garro]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/palabras-clave/faltan-libros-sobran-consignas_132_13570617.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 08 Oct 2026 05:09:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Lectura,Libros]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[De Sol a Toledo: los derechos no se heredan]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/palabras-clave/sol-toledo-derechos-no-heredan_132_13549803.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1d970f63-7129-44ba-85ff-4705864bbf73_16-9-discover-aspect-ratio_default_1152225.jpg" width="1280" height="720" alt="De Sol a Toledo: los derechos no se heredan"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Una generación que durante años fue presentada como apática o desmovilizada está descubriendo que también le corresponde intervenir en la construcción de su futuro"</p></div><p class="article-text">
        La Puerta del Sol vuelve a amanecer con lonas, sacos de dormir y asambleas improvisadas sobre los adoquines. La imagen evoca otras movilizaciones hist&oacute;ricas, pero hoy tiene un rostro renovado: el de una juventud que reclama algo tan b&aacute;sico como poder acceder a una vivienda digna. Muchos de estos j&oacute;venes eran muy peque&ntilde;os cuando se produjeron anteriores olas de protesta y, sin embargo, hoy ocupan el mismo espacio p&uacute;blico para hacer visible una realidad que condiciona su futuro. Pero quiz&aacute; lo m&aacute;s importante de lo que est&aacute; ocurriendo no sea solo la reivindicaci&oacute;n de una vivienda. Sea el descubrimiento de que aquello que durante a&ntilde;os se hab&iacute;a considerado una parte natural de la vida no estaba garantizado para siempre.
    </p><p class="article-text">
        Durante mucho tiempo, muchos j&oacute;venes que hoy est&aacute;n en Sol crecieron pensando que estudiar, trabajar y esforzarse permitir&iacute;a, llegado el momento, emanciparse, formar una familia y acceder a una vivienda. No porque fueran necesariamente acomodados, sino porque hab&iacute;an crecido viendo esas posibilidades como algo normal en su entorno familiar. Lo que para sus padres hab&iacute;a formado parte de una trayectoria vital posible aparec&iacute;a tambi&eacute;n ante ellos como una expectativa razonable. Ahora descubren que esa expectativa puede romperse. Que tener un empleo no garantiza poder independizarse. Que un salario puede no ser suficiente para pagar un alquiler. Y que el esfuerzo individual no siempre abre las puertas que durante a&ntilde;os se dieron por abiertas.
    </p><p class="article-text">
        Ah&iacute; empieza una toma de conciencia que va m&aacute;s all&aacute; de la vivienda. Cuando una dificultad deja de percibirse como un fracaso personal y empieza a reconocerse como un problema compartido, aparece la conciencia colectiva. La Puerta del Sol se convierte entonces en algo m&aacute;s que el escenario de una protesta: es el lugar donde una generaci&oacute;n puede estar descubriendo que muchas de las condiciones que daba por sentadas fueron, en realidad, conquistas sociales. Y que detr&aacute;s de cada una de ellas hubo personas que tuvieron que organizarlas, reivindicarlas y defenderlas.
    </p><p class="article-text">
        Pero el problema de la vivienda no pertenece &uacute;nicamente a quienes intentan emanciparse. En Toledo, <a href="https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/vivienda/rosario-vecina-80-anos-toledo-iba-perder-vivienda-negociar-pedimos-ano_1_13545102.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">el caso de Rosario, una mujer de 80 a&ntilde;os que vive en el Casco Hist&oacute;rico</a>, ha mostrado estos d&iacute;as otra cara de la misma dificultad. Tras finalizar su contrato de alquiler y con una pensi&oacute;n cercana a los 500 euros, se ha encontrado ante la posibilidad de tener que abandonar la vivienda en la que resid&iacute;a. La movilizaci&oacute;n de vecinos y organizaciones ha conseguido abrir una negociaci&oacute;n con la propiedad para buscar una soluci&oacute;n que le permita ganar tiempo y permanecer en su entorno.
    </p><p class="article-text">
        La historia de Rosario es distinta de la de los j&oacute;venes que acampan en Madrid. No comparten edad, circunstancias ni necesidades. Pero ambas situaciones tienen algo en com&uacute;n: muestran lo que sucede cuando acceder a una vivienda o permanecer en ella deja de depender &uacute;nicamente de la voluntad de quien la habita. Para unos, la dificultad aparece al intentar comenzar una vida independiente; para otros, cuando despu&eacute;s de haber construido durante a&ntilde;os su vida en un lugar descubren que tambi&eacute;n pueden verse obligados a abandonarlo.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">En el caso de Rosario, perder su vivienda significaría también alejarse de un entorno en el que mantiene sus vínculos cotidianos</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Y ah&iacute; la vivienda deja de ser solamente una cuesti&oacute;n econ&oacute;mica. Una casa no es &uacute;nicamente los metros cuadrados que figuran en un contrato. Es tambi&eacute;n el barrio, las relaciones, las rutinas y la posibilidad de desarrollar una vida con cierta estabilidad. En el caso de Rosario, perder su vivienda significar&iacute;a tambi&eacute;n alejarse de un entorno en el que mantiene sus v&iacute;nculos cotidianos. En el caso de los j&oacute;venes, no poder acceder a una vivienda puede significar retrasar decisiones tan importantes como independizarse, formar una familia o decidir d&oacute;nde construir su futuro.
    </p><p class="article-text">
        Los derechos sociales no son una concesi&oacute;n espont&aacute;nea ni una herencia que se recibe para disfrutarla pasivamente. Son conquistas colectivas. Y, como tales, necesitan ser defendidas, mantenidas y tambi&eacute;n ampliadas. Cada generaci&oacute;n recibe un legado de la anterior, pero no puede limitarse a conservarlo intacto. Tiene que hacerlo avanzar. Lo que hoy consideramos normal como la sanidad y la educaci&oacute;n p&uacute;blicas, las pensiones, una protecci&oacute;n frente al desempleo o el derecho a una vivienda digna... son el resultado de decisiones pol&iacute;ticas, conflictos sociales y luchas ciudadanas. Nada de ello apareci&oacute; de manera natural ni est&aacute; asegurado para siempre.
    </p><p class="article-text">
        Por eso la vivienda importa tanto. Porque no se trata &uacute;nicamente de encontrar un techo. Se trata de poder construir un proyecto de vida. De poder decidir cu&aacute;ndo emanciparse, d&oacute;nde vivir, formar o no una familia y desarrollar una existencia independiente sin que todo dependa de la capacidad econ&oacute;mica de partida. Y tambi&eacute;n de poder permanecer en el lugar en el que uno ha construido su vida cuando las circunstancias econ&oacute;micas cambian. Cuando cualquiera de esas posibilidades desaparece, se estrecha el espacio de libertad y de oportunidades de las personas.
    </p><p class="article-text">
        Precisamente por eso la protesta ocupa el espacio p&uacute;blico. La plaza deja de ser durante unos d&iacute;as un lugar de tr&aacute;nsito para convertirse en un lugar de encuentro, deliberaci&oacute;n y reivindicaci&oacute;n.Las acampadas sacan a la luz un problema social que, vivido en soledad dentro de cada casa, puede parecer una suma de dificultades individuales.Al ocupar la Puerta del Sol esos problemas adquieren una dimensi&oacute;n colectiva y obligan a la sociedad a mirarlos de frente. Algo parecido ha ocurrido estos d&iacute;as en Toledo, donde la situaci&oacute;n de Rosario ha movilizado a vecinos y organizaciones en torno a una idea sencilla: nadie deber&iacute;a afrontar en soledad el riesgo de perder su hogar.
    </p><h2 class="article-text">La vivivienda como punto de partida para una vida digna</h2><p class="article-text">
        Lo que est&aacute; ocurriendo tampoco deber&iacute;a reducirse a una discusi&oacute;n sobre qui&eacute;n ocupa una plaza o sobre las molestias que pueda generar una protesta. Debajo de esa discusi&oacute;n hay una pregunta mucho m&aacute;s profunda: qu&eacute; sociedad queremos construir y qu&eacute; estamos dispuestos a considerar un derecho. La vivienda es hoy el punto de partida, pero la reflexi&oacute;n alcanza a todo aquello que permite desarrollar una vida digna. Porque cuando una sociedad deja de considerar los derechos sociales como conquistas colectivas y empieza a tratarlos &uacute;nicamente como bienes a los que cada individuo accede seg&uacute;n sus posibilidades, cambia tambi&eacute;n la idea de comunidad.
    </p><p class="article-text">
        Probablemente esa sea una de las lecciones de estos d&iacute;as. Una generaci&oacute;n que durante a&ntilde;os fue presentada como ap&aacute;tica o desmovilizada est&aacute; descubriendo que tambi&eacute;n le corresponde intervenir en la construcci&oacute;n de su futuro. Pero esa responsabilidad no pertenece &uacute;nicamente a los j&oacute;venes. Tambi&eacute;n alcanza a quienes ya han construido su vida y pueden encontrarse, como Rosario en Toledo, ante la incertidumbre de no poder seguir viviendo donde lo han hecho hasta ahora.
    </p><p class="article-text">
        No se trata de comparar unas situaciones con otras ni de decidir qui&eacute;n tiene m&aacute;s derecho a reclamar. Se trata de comprender que la vivienda puede convertirse en un problema en momentos muy distintos de la vida y que, por eso mismo, no deber&iacute;a abordarse como una suma de fracasos individuales. Cuando una dificultad se repite y alcanza a personas de edades y circunstancias diferentes, deja de ser una cuesti&oacute;n privada y adquiere una dimensi&oacute;n social.
    </p><p class="article-text">
        De la Puerta del Sol a Toledo o de Toledo a la Puerta del Sol hay, por tanto, un recorrido que va mucho m&aacute;s all&aacute; de una reivindicaci&oacute;n concreta. Son realidades diferentes, pero ambas recuerdan que una vivienda no es solamente un lugar donde dormir. Es el espacio desde el que una persona construye su vida, mantiene sus v&iacute;nculos y ejerce buena parte de su autonom&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; esa sea la verdadera lecci&oacute;n de estos d&iacute;as: que los derechos no se heredan simplemente para disfrutarlos. Se conquistan, se defienden y se ampl&iacute;an. Cada generaci&oacute;n recibe un legado de la anterior, pero tambi&eacute;n adquiere la responsabilidad de decidir qu&eacute; quiere proteger y qu&eacute; nuevas garant&iacute;as quiere construir para quienes vengan despu&eacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Porque una sociedad no se mide &uacute;nicamente por aquello que ha conseguido conquistar, sino tambi&eacute;n por aquello que est&aacute; dispuesta a no dejar perder.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Raquel Plaza Garro]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/palabras-clave/sol-toledo-derechos-no-heredan_132_13549803.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 30 Sep 2026 10:30:54 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Desahucios,Jóvenes,Puerta del Sol]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Cajas de herramientas para mundos distintos: la resiliencia generacional a examen]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/palabras-clave/cajas-herramientas-mundos-distintos-resiliencia-generacional-examen_132_13542284.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/9d0d7655-eae6-40de-b5be-d108d02e61e5_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x672y365.jpg" width="1200" height="675" alt="Cajas de herramientas para mundos distintos: la resiliencia generacional a examen"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Algunas de nuestras herramientas siguen siendo extraordinariamente útiles; otras quizá fueron necesarias entonces y hoy pesan más de lo que ayudan. Y también podemos aprender de quienes vienen detrás: quizá ellos sepan poner nombre a heridas que nosotros aprendimos simplemente a soportar"</p><p class="subtitle">Todos los artículos de Raquel Plaza Garro</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;Es que antes no mir&aacute;bamos tanto las cosas. Ahora todo son emociones, an&aacute;lisis psicol&oacute;gicos y traumas... Nosotros nos criamos de otra manera, trabajando desde j&oacute;venes, aguantando lo que ven&iacute;a y sin tanta historia; y aqu&iacute; estamos, sin habernos muerto por ello&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Estas frases, dichas entre el cansancio y el orgullo por un padre a su hijo durante una sobremesa familiar, sintetiza una brecha generacional cada vez m&aacute;s cotidiana. Por un lado, la visi&oacute;n pragm&aacute;tica de quienes consideran que el malestar actual se debe a una sobreprotecci&oacute;n o a un exceso de introspecci&oacute;n; por el otro, la experiencia de una juventud que ha aprendido a ponerle nombre a la ansiedad, a cuestionar din&aacute;micas invisibles y a buscar espacio para la salud mental.
    </p><p class="article-text">
        A menudo tendemos a caer en la trampa nost&aacute;lgica de pensar que las generaciones de los a&ntilde;os 50 y 60 cont&aacute;bamos con un blindaje emocional mucho mayor ante la adversidad. Sin embargo, cuando analizamos esto desde la ciencia y desde la pr&aacute;ctica cl&iacute;nica, de la mano de profesionales como la psic&oacute;loga Ana Gonz&aacute;lez Plaza la conclusi&oacute;n resulta mucho m&aacute;s compleja e interesante: no se trata de que una generaci&oacute;n sea gen&eacute;ticamente m&aacute;s resistente que otra, sino de que las circunstancias hist&oacute;ricas favorecieron el desarrollo de herramientas de supervivencia rotundamente distintas. Cada &eacute;poca, en definitiva, parece construir su propia caja de herramientas para enfrentarse al mundo que le toca vivir.
    </p><p class="article-text">
        En Espa&ntilde;a, quienes nacimos aproximadamente entre 1950 y 1965 crecimos bajo una coyuntura particular; &eacute;ramos hijos de una generaci&oacute;n marcada por la Guerra Civil y la posguerra, y nos educamos en el contexto del franquismo, dentro de una sociedad jer&aacute;rquica, con recursos limitados y en la que apenas exist&iacute;a un vocabulario para identificar emociones o hablar abiertamente de salud mental. 
    </p><p class="article-text">
        Al mismo tiempo, llegamos a la madurez en una Espa&ntilde;a en profunda transformaci&oacute;n social y econ&oacute;mica. Todo ese entramado social favoreci&oacute; el desarrollo de capacidades especialmente valiosas para la &eacute;poca: un alto umbral de tolerancia al esfuerzo y a la frustraci&oacute;n, sentido de la responsabilidad, capacidad pragm&aacute;tica de resoluci&oacute;n de problemas, abnegaci&oacute;n y una firme disciplina para aplazar recompensas e ir hacia adelante aun en situaciones francamente desfavorables. Eran, por decirlo as&iacute;, algunas de las herramientas que aquella &eacute;poca nos ense&ntilde;&oacute; a llevar siempre en la caja.
    </p><p class="article-text">
        En Castilla-La Mancha , especialmente en sus pueblos y entornos rurales, ese aprendizaje tuvo una expresi&oacute;n muy arraigada. Para muchos de quienes vivieron all&iacute; su infancia y juventud, el 'hay que aguantar' formaba parte de una manera de entender la vida que se aprend&iacute;a desde la infancia y se transmit&iacute;a de generaci&oacute;n en generaci&oacute;n. No porque se sufriera menos, sino porque apenas exist&iacute;an palabras ni espacios para hablar de ese sufrimiento.
    </p><p class="article-text">
        Por supuesto, hablamos de tendencias generacionales y no de experiencias id&eacute;nticas: la clase social, el g&eacute;nero, el territorio, la estructura familiar o las circunstancias personales hicieron que aquella experiencia fuera muy distinta para unas personas y otras. No todos crecimos con las mismas dificultades ni dispusimos de los mismos recursos. Pero s&iacute; compartimos, en mayor o menor medida, un contexto que convirti&oacute; determinadas formas de afrontar la vida en virtudes casi incuestionables.
    </p><p class="article-text">
        Pero toda adaptaci&oacute;n tiene otra cara menos visible y, a veces, mucho m&aacute;s dolorosa emocionalmente. Esa misma firmeza, moldeada por la m&aacute;xima imperativa del 'hay que aguantar', con frecuencia ven&iacute;a acompa&ntilde;ada de una severa represi&oacute;n emocional donde la vulnerabilidad se interpretaba como debilidad. Porque aunque la consigna del 'yo puedo con todo' otorga una enorme autonom&iacute;a, tambi&eacute;n puede levantar barreras a la hora de pedir ayuda y, en algunas personas, asociarse con el tiempo a somatizaci&oacute;n, aislamiento, estr&eacute;s cr&oacute;nico o sintomatolog&iacute;a depresiva.
    </p><p class="article-text">
        Posiblemente, el problema no estuviera en aquellas herramientas, sino en haber aprendido a utilizar casi siempre las mismas. Nos ense&ntilde;aron a apretar los dientes, a seguir adelante, a no quejarnos y a resolver. Y esas herramientas fueron extraordinariamente &uacute;tiles para el mundo que nos toc&oacute; vivir. Pero una herramienta que resulta imprescindible para atravesar una tormenta no necesariamente es la que necesitamos cuando la tormenta ha pasado.
    </p><p class="article-text">
        Por el contrario, las generaciones actuales han crecido con un conocimiento emocional mucho mayor que les permite detectar el malestar de forma temprana, buscar acompa&ntilde;amiento psicol&oacute;gico sin la verg&uuml;enza de anta&ntilde;o y desenvolverse en un entorno hiperconectado, caracterizado por nuevas formas de presi&oacute;n y comparaci&oacute;n social. Tambi&eacute;n ellas han construido su propia caja. Quiz&aacute; sea una caja m&aacute;s llena de palabras para nombrar lo que ocurre por dentro, de recursos para pedir ayuda y de una mayor conciencia sobre los propios l&iacute;mites. Pero tampoco est&aacute; exenta de herramientas que pueden resultar dif&iacute;ciles de manejar: la hiperexposici&oacute;n, la comparaci&oacute;n constante, la incertidumbre o la necesidad de estar permanentemente conectados.
    </p><p class="article-text">
        Desde la psicolog&iacute;a contempor&aacute;nea, como recalca la psic&oacute;loga cl&iacute;nica Ana Gonz&aacute;lez Plaza, la resiliencia no se define como una cualidad r&iacute;gida o inmutable con la que se nace, sino como un proceso din&aacute;mico de interacci&oacute;n con el medio, donde cierta dosis de adversidad puede estimular recursos de afrontamiento, pero una acumulaci&oacute;n excesiva de la misma genera vulnerabilidad. La caja de herramientas, por tanto, no viene cerrada de f&aacute;brica: se va construyendo, ampliando y modificando a lo largo de la vida.
    </p><p class="article-text">
        Y quiz&aacute; aqu&iacute; encontremos uno de los aprendizajes m&aacute;s interesantes para nuestra generaci&oacute;n. Cuando nos adentramos en la etapa de los 60 a 75 a&ntilde;os (enfrentando la jubilaci&oacute;n, el nido vac&iacute;o, las p&eacute;rdidas personales o los cambios corporales) ya no se trata &uacute;nicamente de demostrar cu&aacute;nto somos capaces de soportar. La teor&iacute;a de la selectividad socioemocional desarrollada por Laura Carstensen nos recuerda que, cuando percibimos el tiempo como un recurso limitado, tendemos a priorizar aquello que aporta significado emocional profundo. La pregunta deja entonces de ser cu&aacute;nto podemos aguantar y empieza a ser qu&eacute; merece realmente nuestro esfuerzo.
    </p><p class="article-text">
        Tal vez esa sea una de las herramientas que m&aacute;s necesitamos incorporar ahora: la capacidad de elegir. No todo tiene que ser soportado, no todo conflicto tiene que ser resuelto y no toda dificultad debe convertirse en una nueva prueba de resistencia. Despu&eacute;s de toda una vida aprendiendo a cargar con el peso, quiz&aacute; tambi&eacute;n haya llegado el momento de preguntarnos qu&eacute; cargas seguimos llevando simplemente porque nunca aprendimos a dejarlas.
    </p><p class="article-text">
        Por ello, la tarea psicol&oacute;gica madura de esta etapa no consiste en seguir demostrando cu&aacute;nta carga somos capaces de soportar en soledad, sino en ampliar la caja de herramientas disponible: conservar la valiosa cultura del esfuerzo, la responsabilidad y la capacidad de resistencia, mientras incorporamos el autocuidado, la aceptaci&oacute;n, la flexibilidad, la capacidad de poner l&iacute;mites y la reconciliaci&oacute;n con nuestra propia historia vital.
    </p><p class="article-text">
        No se trata de sustituir unas herramientas por otras, ni de decir que las nuevas generaciones han aprendido mejor que nosotros. Se trata de entender que cada generaci&oacute;n recibi&oacute; una caja diferente porque tuvo que enfrentarse a un mundo diferente. Algunas de nuestras herramientas siguen siendo extraordinariamente &uacute;tiles; otras quiz&aacute; fueron necesarias entonces y hoy pesan m&aacute;s de lo que ayudan. Y tambi&eacute;n podemos aprender de quienes vienen detr&aacute;s: quiz&aacute; ellos sepan poner nombre a heridas que nosotros aprendimos simplemente a soportar.
    </p><p class="article-text">
        Cada generaci&oacute;n hereda sus propias fortalezas y tambi&eacute;n sus propias heridas. El objetivo final no es dirimir qui&eacute;n fue m&aacute;s fuerte, sino ampliar la caja de herramientas de quienes vienen detr&aacute;s y, al mismo tiempo, permitirnos a nosotros mismos utilizar herramientas que durante d&eacute;cadas ni siquiera sab&iacute;amos que exist&iacute;an. Rescatar lo que nos sirvi&oacute; no significa estar obligados a transmitir intacto aquello que nos hizo da&ntilde;o.
    </p><p class="article-text">
        Puede ser que alg&uacute;n d&iacute;a, en otra sobremesa, ese padre le diga a su hijo: &ldquo;A lo mejor nosotros aprendimos demasiado pronto a aguantar y vosotros aprendisteis antes a pedir ayuda&rdquo;. Y el hijo le responda: &ldquo;Y nosotros tendremos que aprender de vosotros que no todo lo dif&iacute;cil se puede evitar&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Raquel Plaza Garro]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/palabras-clave/cajas-herramientas-mundos-distintos-resiliencia-generacional-examen_132_13542284.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 27 Sep 2026 17:12:44 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Cajas de herramientas para mundos distintos: la resiliencia generacional a examen]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Jóvenes,Salud mental,familias,Psicología]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Aprender cuando las respuestas ya existen]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/palabras-clave/aprender-respuestas-existen_132_13520628.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/661f749e-394a-40d9-9755-fe52e545b13d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Aprender cuando las respuestas ya existen"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Una inteligencia artificial puede responder prácticamente cualquier pregunta, pero no puede decidir por nosotros si esa respuesta merece ser aceptada. Ahí entra el criterio. Y el criterio no aparece de repente ni se descarga en ningún dispositivo"</p><p class="subtitle">Todos los artículos de Raquel Plaza Garro</p></div><p class="article-text">
        Acaba de comenzar el curso y, en casa de una amiga, ya he visto a su nieto&nbsp;de Educaci&oacute;n Secundaria haciendo los deberes de matem&aacute;ticas con ayuda de&nbsp;un programa de inteligencia artificial. Le le&iacute;a el ejercicio al dispositivo y le ped&iacute;a directamente el resultado. La m&aacute;quina se lo daba tal cual, sin explicarle el procedimiento ni ayudarle a comprender c&oacute;mo se llegaba a la soluci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Eso fue lo que me choc&oacute;. Si la herramienta le hubiera explicado el razonamiento paso a paso y el chico hubiera interactuado para entender el desarrollo del problema, me habr&iacute;a parecido un recurso educativo adecuado. Pero, al limitarse a soltarle la respuesta, no le vi ning&uacute;n sentido pedag&oacute;gico. Existen programas de IA enfocadas en la educaci&oacute;n que gu&iacute;an y explican el proceso al alumno, le hacen preguntas y le resuelven dudas. Este caso no era as&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        Me sorprendi&oacute; que usara esa tecnolog&iacute;a&nbsp;en casa para sus tareas escolares y su familia, si era consciente, no abordarse una soluci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        La escena ha seguido rond&aacute;ndome la cabeza. Pienso que seguramente todo esto ya se habr&aacute; dicho muchas veces. Aun as&iacute;, hay preguntas que merece la pena volver a hacerse. Y de esa inquietud nace este art&iacute;culo.
    </p><p class="article-text">
        Aquella escena ha dejado de parecerme una simple an&eacute;cdota. Cada d&iacute;a, miles de alumnos conviven con herramientas capaces de ofrecer respuestas en cuesti&oacute;n de segundos. Ya no tiene mucho sentido preguntarnos si van a utilizarlas. Las utilizan y seguir&aacute;n utiliz&aacute;ndolas. La pregunta importante es otra: &iquest;qu&eacute; significa aprender cuando una respuesta puede aparecer en la pantalla casi de inmediato?
    </p><p class="article-text">
        La tecnolog&iacute;a avanza a una velocidad extraordinaria y, quiz&aacute;, nosotros no siempre nos detenemos lo suficiente a pensar en lo que ese avance est&aacute; cambiando. En educaci&oacute;n, la cuesti&oacute;n me parece especialmente importante. No podemos evitar que la inteligencia artificial encuentre respuestas. Lo que s&iacute; podemos hacer es evitar que dejemos de buscarlas por nosotros mismos.
    </p><p class="article-text">
        Durante mucho tiempo, aprender ha significado adquirir conocimientos, relacionarlos, equivocarse y volver a intentarlo hasta ser capaces de utilizar lo aprendido en situaciones nuevas. Ahora tenemos al alcance herramientas que redactan textos, resuelven problemas matem&aacute;ticos, traducen idiomas o resumen informaci&oacute;n en unos segundos. Nunca hab&iacute;amos tenido un acceso tan sencillo al conocimiento. Pero tener una respuesta no significa comprenderla; y mucho menos significa que sea correcta.
    </p><p class="article-text">
        Una inteligencia artificial puede responder pr&aacute;cticamente cualquier pregunta, pero no puede decidir por nosotros si esa respuesta merece ser aceptada. Ah&iacute; entra el criterio. Y el criterio no aparece de repente ni se descarga en ning&uacute;n dispositivo. Se va formando con el tiempo: leyendo, equivoc&aacute;ndonos, contrastando fuentes, escuchando opiniones diferentes y aprendiendo tambi&eacute;n a convivir con la duda. Por eso cada vez estoy m&aacute;s convencida de que uno de los grandes retos educativos de los pr&oacute;ximos a&ntilde;os ser&aacute; ense&ntilde;ar a pensar con criterio&nbsp;propio. Y esto es algo diferente de ense&ntilde;ar a utilizar una herramienta. Podemos aprender a escribir una buena pregunta para una inteligencia artificial en muy poco tiempo, pero aprender a reconocer una mala respuesta puede llevar a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        Por otra parte, no todas las edades son iguales. Un ni&ntilde;o peque&ntilde;o necesita construir primero las bases sobre las que despu&eacute;s podr&aacute; apoyarse. Leer con soltura, escribir, comprender un problema matem&aacute;tico o intentar explicar una idea con sus propias palabras son actividades que requieren esfuerzo. Precisamente por eso son importantes.
    </p><p class="article-text">
        En esas primeras etapas, recurrir a la&nbsp;IA&nbsp;es, a mi juicio, totalmente contraproducente. Si una m&aacute;quina hace por el ni&ntilde;o una parte del trabajo que &eacute;l necesita aprender a hacer, le estamos&nbsp;privando de una parte del aprendizaje. Es un poco como aprender a montar en bicicleta. Podemos explicar a un ni&ntilde;o c&oacute;mo hacerlo, podemos ense&ntilde;arle v&iacute;deos y podemos incluso sujetarle la bicicleta durante un rato. Pero, en alg&uacute;n momento, tendr&aacute; que subirse y pedalear. Tendr&aacute; que perder el equilibrio alguna vez. Tendr&aacute; que caerse y volver a intentarlo.
    </p><p class="article-text">
        Con la edad, naturalmente, las cosas cambian. Cuando esos fundamentos ya est&aacute;n adquiridos, la inteligencia artificial puede ser una herramienta extraordinaria. Puede ayudarnos a explorar una idea, comparar distintos puntos de vista, plantear hip&oacute;tesis, buscar nuevas formas de abordar un problema o despertar la curiosidad por un tema.
    </p><p class="article-text">
        Ah&iacute; s&iacute; veo un enorme potencial. La cuesti&oacute;n est&aacute; en que la herramienta acompa&ntilde;e al aprendizaje y no lo sustituya.
    </p><p class="article-text">
        Por eso no creo que el debate deba reducirse a prohibir o permitir la inteligencia artificial. Las prohibiciones, por s&iacute; solas, rara vez resuelven los problemas educativos. Necesitamos ense&ntilde;ar a utilizar estas herramientas y, sobre todo, a utilizarlas con criterio. Igual que ense&ntilde;amos a distinguir una opini&oacute;n de un hecho, a citar una fuente o a comprobar si una informaci&oacute;n es fiable, tendremos que ense&ntilde;ar tambi&eacute;n a relacionarnos con las respuestas que nos proporciona una m&aacute;quina.
    </p><p class="article-text">
        Y hay algo m&aacute;s que, para m&iacute;, sigue siendo fundamental: Por muy avanzada que sea la tecnolog&iacute;a, un algoritmo no puede sustituir la relaci&oacute;n que se establece entre un profesor y un alumno. La IA no podr&aacute;&nbsp;captar los matices: un ni&ntilde;o que est&aacute; perdido, otro que se ha decepcionado u otro&nbsp;que acaba de comprender algo que llevaba semanas sin entender. Tampoco puede transmitir entusiasmo de la misma manera ni conocer a un alumno como lo conoce quien lo acompa&ntilde;a durante meses o a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        La inteligencia artificial procesa informaci&oacute;n. Un profesor educa a una persona.
    </p><p class="article-text">
        Los seres humanos no podemos competir con la velocidad de las m&aacute;quinas; en eso siempre llevaremos las de perder. Quiz&aacute; sea aprender a utilizar esa velocidad sin renunciar a aquello que necesita tiempo: la curiosidad, la capacidad de dudar, el juicio cr&iacute;tico, la posibilidad de cambiar de opini&oacute;n cuando aparecen nuevos argumentos y, sobre todo, las ganas de seguir haciendo preguntas.
    </p><p class="article-text">
        Pienso, a veces, en ese adolescente. Probablemente, seguir&aacute; utilizando la inteligencia artificial para estudiar, y espero que lo haga. No tendr&iacute;a sentido pedirle que ignore una herramienta que va a formar parte de su vida. Lo que me gustar&iacute;a es que, dentro de unos a&ntilde;os, antes de copiar una respuesta en su cuaderno, se detenga un momento; que&nbsp;la lea detenidamente y que se pregunte si la entiende; si tiene sentido o&nbsp;si podr&iacute;a ser de otra manera. Que interact&uacute;e&nbsp;con la m&aacute;quina hasta comprender el resultado en unos casos, o decidir qu&eacute; hacer en otros. Porque aprender no consiste solamente en encontrar respuestas. Tambi&eacute;n consiste en elegir con criterio y saber qu&eacute; hacer con ellas.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Raquel Plaza Garro]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/palabras-clave/aprender-respuestas-existen_132_13520628.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 19 Sep 2026 04:59:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Aprender cuando las respuestas ya existen]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Inteligencia artificial,Educación,Niños,Menores]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[PISA 2025: luces y sombras de la educación en España y Castilla-La Mancha]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/palabras-clave/pisa-2025-luces-sombras-educacion-espana-castilla-mancha_132_13499724.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/5d195e1f-5b17-4ee4-a1ad-b98c4d01f259_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="PISA 2025: luces y sombras de la educación en España y Castilla-La Mancha"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Cuando se conoce de cerca lo que ocurre en las aulas y se compara esa realidad con los datos que aparecen en los informes, se tiene la sensación de que seguimos teniendo una distancia demasiado grande entre lo que se plantea desde fuera y lo que realmente se puede llevar a cabo cada día con el alumnado"</p><p class="subtitle">Vuelco educativo en Castilla-La Mancha: es la única región que mejora en PISA frente al desplome estatal</p></div><p class="article-text">
        Los resultados del &uacute;ltimo <a href="https://www.eldiario.es/sociedad/espana-desploma-pisa-alumnos-dificultades-textos-400-palabras-culpa-pantallas_1_13492888.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">informe PISA en Espa&ntilde;a</a> me preocupan y, sobre todo, me llevan a analizar lo que est&aacute; ocurriendo en nuestras aulas.
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de tantos a&ntilde;os dedicada a la ense&ntilde;anza, cuesta ver que, a pesar del enorme esfuerzo que realizan cada d&iacute;a nuestros docentes, los resultados no terminen de mejorar de una manera estable. He vivido muchas reformas educativas y muchos cambios de metodolog&iacute;a, y siempre se han puesto sobre la mesa nuevas propuestas para intentar solucionar los problemas de la educaci&oacute;n. Sin embargo, cuando se conoce de cerca lo que ocurre en las aulas y se compara esa realidad con los datos que aparecen en los informes, se tiene la sensaci&oacute;n de que seguimos teniendo una distancia demasiado grande entre lo que se plantea desde fuera y lo que realmente se puede llevar a cabo cada d&iacute;a con el alumnado. Como maestra jubilada, esta situaci&oacute;n me preocupa y es el momento de detenernos, mirar lo que est&aacute; ocurriendo y preguntarnos qu&eacute; podemos hacer de otra manera.
    </p><p class="article-text">
        Hay una salvedad que considero importante hacer y que, adem&aacute;s, nos toca especialmente de cerca: <a href="https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/social/vuelco-educativo-castilla-mancha-unica-region-mejora-pisa-frente-desplome-estatal_1_13494178.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Castilla-La Mancha ha mejorado sus resultados en esta edici&oacute;n de PISA</a>. Se ha situado entre las seis comunidades aut&oacute;nomas con mejores resultados. 
    </p><p class="article-text">
        Creo que este dato merece ser destacado y reconocido, porque demuestra que, dentro de un panorama nacional que invita a la preocupaci&oacute;n, tambi&eacute;n existen experiencias y realidades educativas que avanzan en la direcci&oacute;n adecuada. Me alegra especialmente comprobar que nuestra Comunidad ha sabido mejorar y colocarse en una posici&oacute;n destacada. Precisamente por eso, considero que debemos analizar qu&eacute; se est&aacute; haciendo bien, aprender de ello y, al mismo tiempo, seguir trabajando para que esa mejora no sea puntual, sino que se consolide y alcance a todos nuestros centros y a todo nuestro alumnado.
    </p><p class="article-text">
        Pero el <a href="https://www.oecd.org/en/publications/pisa-2025-results-volume-i_73451bc5-en.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">informe en toda Espa&ntilde;a</a> no deja lugar a dudas.
    </p><p class="article-text">
        Abordando en primer lugar la Comprensi&oacute;n Lectora, me inquieta profundamente comprobar que hayamos descendido a los 451 puntos y que un tercio de nuestros chicos y chicas no alcance los m&iacute;nimos exigidos. Para revertir este deterioro, estoy convencida de que debemos abandonar la simple lectura pasiva e implantar en cada jornada escolar entre quince y veinte minutos de lectura guiada e interdisciplinar en todas las asignaturas, complement&aacute;ndola con talleres pr&aacute;cticos de an&aacute;lisis cr&iacute;tico donde ense&ntilde;emos a los alumnos a contrastar fuentes digitales, detectar informaci&oacute;n falsa y razonar las intenciones de un texto, reforzando adem&aacute;s a los que m&aacute;s se atascan con grupos reducidos de apoyo desde la educaci&oacute;n primaria.
    </p><p class="article-text">
        Al reflexionar sobre la Competencia Matem&aacute;tica, admito que me duele ver a nuestro pa&iacute;s estancado en 457 puntos y con una proporci&oacute;n de excelencia tan sumamente baja, algo que en mis a&ntilde;os de docencia atribuyo a que seguimos atados a un enfoque excesivamente memor&iacute;stico y descontextualizado. Si realmente queremos que las matem&aacute;ticas dejen de ser el gran fantasma de las aulas, considero imprescindible transformar las clases en espacios de resoluci&oacute;n de problemas reales donde los alumnos apliquen la geometr&iacute;a o el &aacute;lgebra a situaciones cotidianas como interpretar una factura, calcular un presupuesto o analizar gr&aacute;ficos estad&iacute;sticos de actualidad, apoy&aacute;ndonos de forma sistem&aacute;tica en el desdoble del alumnado durante al menos dos horas semanales para que los maestros puedan corregir los fallos de razonamiento en el momento exacto en que se producen.
    </p><p class="article-text">
        En lo que respecta a la Competencia Cient&iacute;fica, observo los 477 puntos obtenidos como un reflejo directo de la falta de tiempo y recursos para que los estudiantes experimenten la ciencia con sus propias manos, ya que las exigencias del temario a menudo nos obligan a sustituir el laboratorio por la pizarra. Mi propuesta para este &aacute;mbito es clara: debemos fijar por ley al menos una sesi&oacute;n semanal de trabajo pr&aacute;ctico y experimental en la que los chicos planteen hip&oacute;tesis, midan variables y extraigan sus propias conclusiones, creando al mismo tiempo grupos de investigaci&oacute;n escolar fuera o dentro del horario lectivo para canalizar el talento del alumnado m&aacute;s curioso y subir de una vez las cifras de excelencia cient&iacute;fica de las que tan necesitados estamos.
    </p><p class="article-text">
        Analizando la Resoluci&oacute;n Computacional de Problemas, me alegra constatar que alcanzamos los 499 puntos y nos situamos por encima de la media europea, creo que la lecci&oacute;n que debemos extraer es que las nuevas generaciones responden con entusiasmo cuando la ense&ntilde;anza conecta con el dise&ntilde;o l&oacute;gico y la tecnolog&iacute;a estructurada. Para que este buen resultado no sea un espejismo pasajero, propongo integrar la programaci&oacute;n de manera transversal en el aprendizaje de las ciencias y las matem&aacute;ticas; por ejemplo, programando simulaciones sencillas de fen&oacute;menos f&iacute;sicos o matem&aacute;ticos, garantizando al mismo tiempo que las administraciones renueven el equipamiento inform&aacute;tico de los centros para que ning&uacute;n colegio, por humilde o rural que sea, sufra brechas tecnol&oacute;gicas.
    </p><p class="article-text">
        Si me detengo en la Equidad Educativa y el Factor Socioecon&oacute;mico, contemplo una realidad que he vivido muy de cerca: Espa&ntilde;a mantiene un nivel de equidad notable debido a la Ense&ntilde;anza P&uacute;blica; pero, a mi juicio, nos enfrentamos al grave problema de que el rendimiento del alumnado de rentas altas se est&aacute; desplomando al tiempo que los m&aacute;s desfavorecidos siguen encontrando serias barreras para llegar a la cumbre. Desde mi experiencia, la &uacute;nica forma justa de intervenir es abrir las escuelas e institutos por las tardes para ofrecer tutor&iacute;as gratuitas (pagando a monitores y profesorado) y merienda a los estudiantes vulnerables que no tienen en casa apoyo familiar o recursos digitales, mientras que para el alumnado de mayor potencial debemos dise&ntilde;ar itinerarios de profundizaci&oacute;n acad&eacute;mica dentro de la propia aula que les exijan m&aacute;s anal&iacute;ticamente y frenen ese desinter&eacute;s progresivo que estamos detectando.
    </p><p class="article-text">
        En cuanto al Clima Escolar y Sentido de Pertenencia, siento un orgullo enorme como docente al comprobar que nuestros colegios siguen siendo espacios c&aacute;lidos y acogedores donde el alumnado se siente integrado, con un &iacute;ndice de 0,46, muy superior a la media europea, y con unas tasas de acoso escolar sustancialmente bajas. Para blindar este tesoro que tanto nos ha costado construir, propongo generalizar en la transici&oacute;n de primaria a secundaria la figura del 'alumno mentor' (estudiantes mayores que acompa&ntilde;an a los reci&eacute;n llegados) y dotar a cada centro escolar de un orientador o psic&oacute;logo a tiempo completo por cada 250 alumnos, asegurando que la salud mental y el bienestar emocional sigan siendo el pilar fundamental sobre el que se asiente todo el aprendizaje acad&eacute;mico.
    </p><p class="article-text">
        Por &uacute;ltimo, al evaluar la Tecnolog&iacute;a e Inteligencia Artificial, reconozco que la irrupci&oacute;n de los tel&eacute;fonos m&oacute;viles y los chatbots representa uno de los mayores desaf&iacute;os a los que se enfrentan mis compa&ntilde;eros en activo, teniendo en cuenta que m&aacute;s de la mitad del alumnado ya recurre a la IA semanalmente para ayudarle en sus tareas y aprendizajes. Frente a la tentaci&oacute;n de ponernos una venda en los ojos, mi postura como educadora es prohibir el uso del m&oacute;vil personal en el aula mediante cajetines a la entrada, pero ense&ntilde;ar activamente a usar la Inteligencia Artificial de forma &eacute;tica y cr&iacute;tica; es decir, plantear ejercicios donde la m&aacute;quina genere un texto o un resumen y la tarea evaluable del alumno sea detectar sus errores, contrastar los datos falsos y reescribir la respuesta demostrando que el criterio humano siempre debe estar por encima de la automatizaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Hay un aspecto relacionado con la tecnolog&iacute;a que considero especialmente preocupante y que quiz&aacute; no estamos valorando suficientemente: el deterioro de la capacidad de atenci&oacute;n y de la persistencia cognitiva de nuestros estudiantes. El modelo de consumo digital al que est&aacute;n acostumbrados, basado en contenidos breves, r&aacute;pidos y dise&ntilde;ados para captar nuestra atenci&oacute;n de manera inmediata, choca frontalmente con el esfuerzo sostenido que exige el aprendizaje acad&eacute;mico. Leer un texto complejo, resolver un problema, comprender un razonamiento cient&iacute;fico o mantener la concentraci&oacute;n durante una explicaci&oacute;n requiere precisamente lo contrario: tiempo, paciencia y capacidad para permanecer en una misma tarea aunque no ofrezca una recompensa inmediata.
    </p><p class="article-text">
        Desde mi experiencia, esta prisa constante est&aacute; teniendo consecuencias en la forma en que nuestros alumnos procesan la informaci&oacute;n. El salto continuo entre tareas, notificaciones y contenidos breves fragmenta la atenci&oacute;n y puede sobrecargar la memoria de trabajo, dificultando que relacionen ideas, profundicen en lo que est&aacute;n aprendiendo y construyan un pensamiento verdaderamente cr&iacute;tico. A ello se suma el ruido de un entorno hiperconectado que mantiene al alumnado en un estado de alerta permanente y que, en muchas ocasiones, deja pocos espacios para el silencio, la reflexi&oacute;n y el procesamiento pausado de la informaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Por eso, creo que tambi&eacute;n debemos ense&ntilde;ar a nuestro alumnado a recuperar la capacidad de concentrarse. En las aulas necesitamos favorecer un procesamiento m&aacute;s activo de los contenidos, pidi&eacute;ndoles que elaboren res&uacute;menes a mano, construyan esquemas, expliquen con sus propias palabras lo que han comprendido o debatan sobre las lecturas en lugar de limitarse a leerlas de manera superficial. Del mismo modo, considero necesario crear momentos y espacios de baja estimulaci&oacute;n, con aulas y tiempos libres de m&oacute;viles y notificaciones durante las explicaciones y el trabajo individual, para que puedan volver a experimentar que aprender tambi&eacute;n exige silencio y atenci&oacute;n sostenida.
    </p><p class="article-text">
        No se trata de mantener a nuestros alumnos al margen de la tecnolog&iacute;a, sino de evitar que la tecnolog&iacute;a termine condicionando su manera de pensar y de aprender. Por ello, propondr&iacute;a trabajar tambi&eacute;n con tiempos de concentraci&oacute;n progresiva: actividades de diez o quince minutos de atenci&oacute;n intensa, seguidas de peque&ntilde;os cambios de din&aacute;mica, que permitan ir aumentando gradualmente la capacidad de permanecer concentrados durante periodos m&aacute;s largos. Y, sobre todo, debemos ense&ntilde;arles a reconocer sus propias distracciones y a preguntarse cu&aacute;nto de su atenci&oacute;n est&aacute;n entregando cada d&iacute;a a las pantallas.
    </p><p class="article-text">
        Necesitamos recuperar tambi&eacute;n lo que podr&iacute;amos llamar un 'aburrimiento constructivo': esos peque&ntilde;os espacios de silencio en los que no ocurre nada aparentemente extraordinario, pero en los que el cerebro tiene la oportunidad de descansar, ordenar lo aprendido y generar sus propias ideas. En una sociedad que compite constantemente por nuestra atenci&oacute;n, ense&ntilde;ar a nuestros alumnos a sostenerla, protegerla y dirigirla conscientemente puede convertirse en una de las competencias educativas m&aacute;s importantes de nuestro tiempo.
    </p><p class="article-text">
        No podemos seguir pensando que cada nueva reforma educativa va a solucionar por s&iacute; sola unos problemas que llevan a&ntilde;os apareciendo en los informes. Los datos de PISA nos tienen que servir para reflexionar, pero tambi&eacute;n para escuchar a quienes est&aacute;n todos los d&iacute;as en las aulas y conocen de primera mano las dificultades que all&iacute; se presentan. Despu&eacute;s de varias d&eacute;cadas dedicada a la ense&ntilde;anza, sigo pensando que muchas veces sabemos lo que habr&iacute;a que hacer, pero nos faltan tiempo, recursos y continuidad para hacerlo bien. Por eso creo que debemos confiar m&aacute;s en los docentes, dotarlos de los medios necesarios y tomar decisiones pensando realmente en lo que necesitan nuestros alumnos. Al fin y al cabo, son ellos los que tienen que estar en el centro de cualquier cambio educativo.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Raquel Plaza Garro]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/palabras-clave/pisa-2025-luces-sombras-educacion-espana-castilla-mancha_132_13499724.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 10 Sep 2026 09:32:06 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[PISA 2025: luces y sombras de la educación en España y Castilla-La Mancha]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Informe Pisa,Educación,Colegios,Institutos,Profesores,Estudiantes]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El primer día de clase: tres miradas, un mismo corazón]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/palabras-clave/primer-dia-clase-tres-miradas-corazon_132_13494835.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/933ed30e-894b-4a62-b5c0-f87e6b2f2b90_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El primer día de clase: tres miradas, un mismo corazón"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Porque la escuela pública no solo enseña conocimientos; también debe garantizar que todos los niños puedan compartir las mismas oportunidades, sin que la situación económica de sus familias condicione su derecho a aprender, convivir y crecer junto a sus compañeros"</p><p class="subtitle">El curso escolar arranca en Castilla-La Mancha con “cierta normalidad” y algunas incidencias en el transporte</p></div><p class="article-text">
        El primer d&iacute;a de clase se vive de forma distinta seg&uacute;n el momento de la vida. En la infancia rural de los a&ntilde;os sesenta, en la experiencia de la docencia y en la maternidad, septiembre adopta rostros muy diferentes, pero mantiene un mismo latido de fondo: el de los comienzos que vuelven a abrir la vida.
    </p><p class="article-text">
        Para una ni&ntilde;a humilde en la Espa&ntilde;a castellana y rural de aquellos a&ntilde;os, el inicio de curso no tra&iacute;a estrenos ni viajes que contar, sino el regreso a la rutina tras un verano de ayuda en casa, costura por las tardes y alguna tarea en el campo. Si cierro los ojos, todav&iacute;a puedo percibir aquel aroma inconfundible: la mezcla de goma de borrar, l&aacute;pices y libros usados. Septiembre no era un tiempo de abundancia, sino de retorno a lo esencial.
    </p><p class="article-text">
        Lo m&aacute;s importante de aquel reencuentro era el entusiasmo de volver a ver a las amigas de otros barrios en una escuela segregada por sexos, donde los chicos viv&iacute;an en otro mundo, ajeno al nuestro. Era un espacio tranquilo donde aquellas vidas femeninas coincid&iacute;an. En los preparativos no se estrenaba nada: se ajustaba el bajo a los babis o ropas heredados, se pon&iacute;an tapas nuevas a los zapatos y se borraban los libros usados de hermanas mayores o vecinas. Un cuaderno y unos l&aacute;pices nuevos eran un aut&eacute;ntico tesoro. (Los estuches y las carteras nos los tra&iacute;an los Reyes Magos). El regreso nos devolv&iacute;a a un aula presidida por el crucifijo y los retratos del r&eacute;gimen, entre rezos, filas y alg&uacute;n canto patri&oacute;tico. Sin embargo, para nosotras significaba algo m&aacute;s sencillo y luminoso: recuperar nuestro espacio de juegos, confidencias, complicidad y aprendizaje.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Como maestra, el primer día de clase seguía despertando nervios, aunque de naturaleza muy distinta. El inicio del curso significaba el reencuentro con los compañeros y el conocimiento de otros nuevos; los primeros cafés compartidos, las anécdotas del verano y las ilusiones renovadas mientras revisábamos horarios, programaciones y proyectos</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Entonces no era consciente, pero aquellos comienzos me ense&ntilde;aron a encontrar luz incluso en la escasez. Y si hoy soy lo que soy, es en gran parte gracias a ellas, a mis maestras. En aquel entorno recio, aquellas mujeres nos guiaron con cari&ntilde;o y una ternura callada. Fueron mis primeros referentes, el espejo en el que, sin saberlo, un d&iacute;a querr&iacute;a mirarme.
    </p><p class="article-text">
        Con los a&ntilde;os cruc&eacute; la misma puerta, pero me sent&eacute; al otro lado de la mesa. Como maestra, el primer d&iacute;a de clase segu&iacute;a despertando nervios, aunque de naturaleza muy distinta. El inicio del curso significaba el reencuentro con los compa&ntilde;eros y el conocimiento de otros nuevos; los primeros caf&eacute;s compartidos, las an&eacute;cdotas del verano y las ilusiones renovadas mientras revis&aacute;bamos horarios, programaciones y proyectos. A todo ello se sumaba una burocracia que aumentaba con cada nueva ley. Hab&iacute;a un inevitable cansancio de los preparativos, pero tambi&eacute;n esa energ&iacute;a especial que acompa&ntilde;a a quien sabe que su profesi&oacute;n puede cambiar vidas.
    </p><p class="article-text">
        Ya no pensaba en mis cuadernos, sino en las mochilas invisibles que tra&iacute;a cada alumno: el miedo del que llegaba por primera vez, la timidez del que apenas levantaba la vista, la inquietud del que no consegu&iacute;a estar quieto o la vulnerabilidad que algunos escond&iacute;an tras una sonrisa.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Yo tenía una ventaja que pocas madres podían tener: sabía perfectamente qué estaba sintiendo la maestra que los recibía al otro lado de la puerta. Conocía sus nervios, la responsabilidad, el deseo de aprenderse cuanto antes el nombre de cada niño y la esperanza de comenzar bien el curso. Quizá por haber ocupado también ese lugar, me resultó más fácil confiar</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Con los a&ntilde;os comprend&iacute; tambi&eacute;n que no todas las mochilas pesaban lo mismo. Algunas escond&iacute;an preocupaciones que iban m&aacute;s all&aacute; de la timidez o del miedo: el esfuerzo de familias que afrontaban con dificultad el coste de los libros, el material escolar o las actividades complementarias. Siempre me result&oacute; doloroso que un ni&ntilde;o pudiera quedarse al margen de una excursi&oacute;n o de una salida educativa por falta de recursos. M&aacute;s de una vez, los maestros buscamos discretamente la manera de conseguir ayudas para que ninguno se sintiera excluido. Porque la escuela p&uacute;blica no solo ense&ntilde;a conocimientos; tambi&eacute;n debe garantizar que todos los ni&ntilde;os puedan compartir las mismas oportunidades, sin que la situaci&oacute;n econ&oacute;mica de sus familias condicione su derecho a aprender, convivir y crecer junto a sus compa&ntilde;eros.
    </p><p class="article-text">
        Mis herramientas tambi&eacute;n hab&iacute;an cambiado: los bol&iacute;grafos verdes y rojos, las listas de clase, las agendas y los proyectos que esperaba convertir en experiencias significativas. Esos bol&iacute;grafos se convirtieron en algo m&aacute;s que instrumentos: peque&ntilde;as br&uacute;julas del aprendizaje. Comprend&iacute; entonces que ense&ntilde;ar iba mucho m&aacute;s all&aacute; de explicar una lecci&oacute;n. Consist&iacute;a en ofrecer seguridad, escuchar sin prisas, despertar la curiosidad y hacer sentir a cada ni&ntilde;o que el aula era un lugar donde pod&iacute;a crecer sin miedo. Mi mayor aspiraci&oacute;n fue siempre ser un faro capaz de iluminar sus primeros pasos.
    </p><p class="article-text">
        La vida todav&iacute;a me regal&oacute; una tercera mirada, quiz&aacute; la m&aacute;s intensa desde el punto de vista emocional: la de madre. Preparar la mochila con cuidado, revisar que no faltara nada, forrar los libros, pegar las etiquetas con sus nombres y caminar juntos hasta la puerta del colegio formaba parte de un peque&ntilde;o ritual lleno de ternura. Con septiembre regresaba tambi&eacute;n el pulso cotidiano de la familia: los horarios, las prisas de la ma&ntilde;ana, las mochilas junto a la puerta y las conversaciones con otros padres. Aquel primer d&iacute;a compart&iacute;amos el privilegio de cruzar el umbral los tres juntos; una hermosa excepci&oacute;n antes de que la rutina del curso me obligara, como maestra, a entrar mucho antes que mis hijos o a salir despu&eacute;s. Despu&eacute;s llegaba ese instante inevitable: soltar su mano y confiar.
    </p><p class="article-text">
        Pero yo ten&iacute;a una ventaja que pocas madres pod&iacute;an tener: sab&iacute;a perfectamente qu&eacute; estaba sintiendo la maestra que los recib&iacute;a al otro lado de la puerta. Conoc&iacute;a sus nervios, la responsabilidad, el deseo de aprenderse cuanto antes el nombre de cada ni&ntilde;o y la esperanza de comenzar bien el curso. Quiz&aacute; por haber ocupado tambi&eacute;n ese lugar, me result&oacute; m&aacute;s f&aacute;cil confiar. Sab&iacute;a que detr&aacute;s de aquella sonrisa hab&iacute;a una profesional que pondr&iacute;a el coraz&oacute;n en su trabajo. Y eso me permiti&oacute; despedirme con m&aacute;s serenidad, aunque el coraz&oacute;n siguiera encogido. Como madre comprend&iacute; que educar tambi&eacute;n es aprender a dejar marchar poco a poco, celebrando cada paso hacia la autonom&iacute;a mientras una parte de nosotros querr&iacute;a detener el tiempo.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Hoy la emoción del primer día sigue siendo la misma: las miradas nerviosas, las manos que aprietan mochilas nuevas, las sonrisas contenidas y el abrazo rápido en la puerta</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        La educaci&oacute;n ha cambiado enormemente desde aquellos a&ntilde;os. Las pizarras de tiza dieron paso a pantallas digitales, los pupitres en fila al trabajo cooperativo y la educaci&oacute;n emocional ocupa hoy un espacio imprescindible. Han cambiado las metodolog&iacute;as y las herramientas; sin embargo, hay algo que permanece intacto: el asombro ante el conocimiento que yo sent&iacute;a de ni&ntilde;a gracias a mis maestras, el que procur&eacute; despertar en mis alumnos y el que siempre he deseado para mis hijos.
    </p><p class="article-text">
        Hoy la emoci&oacute;n del primer d&iacute;a sigue siendo la misma: las miradas nerviosas, las manos que aprietan mochilas nuevas, las sonrisas contenidas y el abrazo r&aacute;pido en la puerta. Cambian los tiempos, pero esa mezcla de temor y expectaci&oacute;n permanece viva en los ni&ntilde;os y ni&ntilde;as que cada septiembre vuelven a empezar.
    </p><p class="article-text">
        Hoy, ya jubilada, septiembre sigue despertando en m&iacute; una emoci&oacute;n dif&iacute;cil de explicar. Ya no preparo clases ni mochilas, pero la jubilaci&oacute;n no borra el pasado: lo ilumina con una luz distinta. Cada comienzo de curso me recuerda que una parte de mi vida permanecer&aacute; siempre entre los pasillos de un colegio. Quienes hemos amado la escuela p&uacute;blica desde sus tres orillas &mdash;como alumna, como maestra y como madre&mdash; sabemos que, aunque ya no crucemos cada ma&ntilde;ana esa puerta, una parte de nuestro coraz&oacute;n seguir&aacute; entrando en un aula cada mes de septiembre. All&iacute; contin&uacute;an encendi&eacute;ndose peque&ntilde;os faros que iluminan el camino de otros.
    </p><p class="article-text">
        Por eso septiembre sigue emocion&aacute;ndome. Porque cada comienzo de curso me recuerda que una parte de m&iacute; nunca dej&oacute; aquella escuela: la ni&ntilde;a que so&ntilde;aba, la maestra que ense&ntilde;aba y la madre que aprendi&oacute;, al fin, que educar tambi&eacute;n consiste en confiar.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Raquel Plaza Garro]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/palabras-clave/primer-dia-clase-tres-miradas-corazon_132_13494835.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 08 Sep 2026 11:49:17 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Colegios,Educación,Educación primaria,Educación infantil,Infancia,Estudiantes,Profesores,Docentes]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[¿A qué vuelvo, si ya no tengo que volver?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/palabras-clave/vuelvo-si-no-volver_132_13481081.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/06978f94-bb8a-4feb-b269-741d2bae7571_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¿A qué vuelvo, si ya no tengo que volver?"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Ahora ya no tengo que regresar a ninguna parte, pero sigo necesitando ese pequeño ritual para inaugurar algo. Quizá eso sea lo que hay detrás de nuestra relación con septiembre: no tanto la necesidad de cambiar de vida como el deseo de sentir que todavía podemos empezar algo"</p><p class="subtitle">Todos los artículos de Raquel Plaza Garro</p></div><p class="article-text">
        Llega el final de agosto y, de pronto, me descubro haciendo algo completamente absurdo: estoy en una papeler&iacute;a, tocando el papel de un cuaderno grande precioso con la tentaci&oacute;n infantil de compr&aacute;rmelo. Tengo ya tres en casa sin estrenar y la vista se me va a una agenda con una especie de prisa; como si me urgiese reorganizar la casa, ordenar los armarios y poner m&aacute;s disciplina en las ma&ntilde;anas. Y entonces me entra la risa, porque estoy jubilada. Y no s&eacute; por qu&eacute; todos los a&ntilde;os me sucede lo mismo.
    </p><p class="article-text">
        Ya no tengo un colegio al que regresar, ni correos esper&aacute;ndome, ni documentaci&oacute;n que preparar o revisar , ni alarmas a las siete de la ma&ntilde;ana. No le debo explicaciones a ning&uacute;n calendario. Te&oacute;ricamente, mi vida ya no tiene 'vuelta al cole'. Y, sin embargo, aqu&iacute; estoy, picando en la misma trampa de siempre. Es curioso c&oacute;mo se nos queda el tiempo pegado al cuerpo. Durante cincuenta a&ntilde;os, sumando la infancia, la maternidad y la docencia, septiembre no ha sido solo un mes; ha sido una frontera f&iacute;sica y emocional: el olor a libros nuevos, la log&iacute;stica de los ni&ntilde;os cuando eran peque&ntilde;os, el estr&eacute;s de los primeros d&iacute;as despu&eacute;s de las vacaciones. Septiembre es, sobre todo, una memoria.
    </p><p class="article-text">
        Cuando lleg&oacute; la jubilaci&oacute;n, pens&eacute; que el tiempo se convertir&iacute;a en una balsa tranquila. Hab&iacute;a so&ntilde;ado tantas veces con tener todo el tiempo del mundo que estaba segura de que disfrutarlo ser&iacute;a f&aacute;cil. Lo que nadie te cuenta es que el tiempo completamente libre tambi&eacute;n da un poquito de v&eacute;rtigo. Aquel primer lunes tras mi jubilaci&oacute;n ,el despertador son&oacute; como todas las ma&ntilde;anas. No lo hab&iacute;a apagado la noche anterior porque, en el fondo, no me atrev&iacute; a borrar la alarma, como si al hacerlo tambi&eacute;n borrara el lugar que hab&iacute;a ocupado durante cuarenta a&ntilde;os. Me estir&eacute; para silenciarla en la penumbra y, por pura inercia, busqu&eacute; con la mirada el bolso que segu&iacute;a colgado de la percha del dormitorio. El mismo que durante d&eacute;cadas llen&eacute; de tizas, cuadernos, ex&aacute;menes metidos en carpetas el&aacute;sticas y bol&iacute;grafos. All&iacute; segu&iacute;a. Vac&iacute;o.
    </p><p class="article-text">
        Entonces me golpe&oacute; un silencio tan denso que pude escuchar el tic-tac del reloj de la cocina. Me sent&eacute; en el borde de la cama y contempl&eacute; mis manos sobre las s&aacute;banas. Aquel d&iacute;a comprend&iacute; algo que no hab&iacute;a aprendido en cuatro d&eacute;cadas de docencia: tener tiempo no significa saber habitarlo. Durante d&eacute;cadas, mi vida hab&iacute;a estado organizada alrededor de horarios y urgencias. Siempre hab&iacute;a algo que hacer y, casi siempre, alguien que necesitaba algo de m&iacute;. Sin darme cuenta, acab&eacute; asociando mi valor personal a mi capacidad para ser &uacute;til. Como les ocurre a muchas personas, y especialmente a muchas mujeres, hab&iacute;a aprendido a responder antes a las necesidades ajenas que a las propias. Cuando desaparecen las obligaciones profesionales, es f&aacute;cil seguir buscando incendios que apagar: un favor para un vecino, una gesti&oacute;n para un familiar, colaborar en una asociaci&oacute;n... cualquier cosa que nos devuelva la sensaci&oacute;n de que seguimos siendo necesarias. Pero un d&iacute;a comprend&iacute; que la pregunta importante no era qui&eacute;n me necesitaba, sino qu&eacute; necesitaba yo.
    </p><p class="article-text">
        Y entonces empec&eacute; a escuchar una frase que muchas amigas me repiten con cari&ntilde;o: &ldquo;Desde que te jubilaste, no paras de escribir&rdquo;. Siempre sonr&iacute;o porque encierra un peque&ntilde;o malentendido. No empec&eacute; a escribir cuando me jubil&eacute;. Escribo desde que era una ni&ntilde;a. Mientras otras personas coleccionaban cromos o mu&ntilde;ecas, yo coleccionaba historias. Siempre fui una lectora voraz y muy pronto descubr&iacute; que leer y escribir eran dos maneras de comprender el mundo y tambi&eacute;n de comprenderme a m&iacute; misma. A lo largo de mi vida fui llenando algunos cuadernos, escribiendo durante las vacaciones o rob&aacute;ndole horas al descanso. Nunca dej&eacute; de escribir. Simplemente, lo hac&iacute;a en los m&aacute;rgenes de una vida llena de responsabilidades.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Nos incomoda el silencio. Sin embargo, cuando dejamos de llenar cada hueco con prisas o distracciones, aparece un espacio donde pueden aflorar ideas e intereses que llevaban años esperando. El aburrimiento no crea una vocación: la desentierra</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        La jubilaci&oacute;n me regal&oacute; continuidad de poder escribir. Ahora puedo sentarme cada ma&ntilde;ana frente al teclado sin la sensaci&oacute;n de estar rob&aacute;ndole tiempo al colegio, a la familia o a cualquier otra obligaci&oacute;n. No escribo para combatir el aburrimiento, sino porque la escritura siempre ha sido mi manera de pensar, de ordenar la memoria y de reconciliarme con la vida. Y quiz&aacute; el aburrimiento s&iacute; tenga algo que ver con todo esto. Vivimos empe&ntilde;ados en llenar cada minuto del d&iacute;a. Si esperamos en una cola, sacamos el tel&eacute;fono; si caminamos, escuchamos un p&oacute;dcast; si tenemos una tarde libre, buscamos enseguida algo que hacer. Nos incomoda el silencio. Sin embargo, cuando dejamos de llenar cada hueco con prisas o distracciones, aparece un espacio donde pueden aflorar ideas e intereses que llevaban a&ntilde;os esperando. El aburrimiento no crea una vocaci&oacute;n: la desentierra.
    </p><p class="article-text">
        La escritura y la ense&ntilde;anza tienen algo en com&uacute;n: ambas son formas de sembrar. Cuando ense&ntilde;amos, nunca sabemos exactamente cu&aacute;ndo germinar&aacute; aquello que intentamos transmitir. Todav&iacute;a recuerdo a una alumna que lleg&oacute; al colegio de Caba&ntilde;as de la Sagra a comienzos de los a&ntilde;os ochenta, en sexto de Primaria. Apenas levantaba la cabeza y parec&iacute;a pedir perd&oacute;n casi por respirar. Much&iacute;simos a&ntilde;os despu&eacute;s me la encontr&eacute; encabezando una manifestaci&oacute;n del 8 de marzo. Llevaba un meg&aacute;fono en la mano y una fuerza que le iluminaba la cara. Al abrazarme, me susurr&oacute; al o&iacute;do: &ldquo;Profe, usted me ense&ntilde;&oacute; a tener iniciativas y a responsabilizarme de ellas. Y... aqu&iacute; estoy&rdquo;. Aquel encuentro me record&oacute; que las maestras sembramos a largo plazo. A veces pasan d&eacute;cadas y, cuando menos lo esperamos, una antigua alumna aparece convertida en la mujer que un d&iacute;a solo se atrevi&oacute; a imaginar. Durante tanto tiempo me esforc&eacute; en ense&ntilde;ar a otras personas a confiar en su propia voz que ahora me corresponde aplicar conmigo misma aquella vieja lecci&oacute;n. Tambi&eacute;n he tenido que aprender a tratarme con amabilidad. Durante muchos a&ntilde;os me exig&iacute; cosas que jam&aacute;s habr&iacute;a exigido a mis alumnos. Si un d&iacute;a no escrib&iacute;a, me reprochaba la falta de disciplina. Si una p&aacute;gina no sal&iacute;a bien, pensaba que estaba perdiendo el tiempo. Ahora procuro hablarme de otra manera. He descubierto que la amabilidad mueve m&aacute;s que la culpa y que las grandes obras tambi&eacute;n se construyen l&iacute;nea a l&iacute;nea.
    </p><p class="article-text">
        Ya no necesito demostrarle a la sociedad que soy una mujer &uacute;til, ni convencer a mi familia de que puedo sostenerlo todo. Esas batallas ya las tengo muy superadas. Ahora la tarea es otra: permitirme vivir este tiempo sin culpa, dedicar horas a leer, a escribir, a pensar o, sencillamente, a no hacer nada. Bastantes a&ntilde;os pens&eacute; que descansar era algo que hab&iacute;a que ganarse despu&eacute;s de cumplir con todo lo dem&aacute;s. Ahora entiendo que el tiempo que no est&aacute; dedicado a una obligaci&oacute;n no tiene por qu&eacute; ser un tiempo perdido.
    </p><p class="article-text">
        Durante toda mi vida, septiembre signific&oacute; volver: volver al colegio, a los horarios, a las prisas. Ahora ya no tengo que regresar a ninguna parte, pero sigo necesitando ese peque&ntilde;o ritual para inaugurar algo. Quiz&aacute; eso sea lo que hay detr&aacute;s de nuestra relaci&oacute;n con septiembre: no tanto la necesidad de cambiar de vida como el deseo de sentir que todav&iacute;a podemos empezar algo. Para m&iacute;, este mes ya no es el juez que me exige rendir cuentas. Es una excusa amable para detenerme un momento y decidir qu&eacute; quiero hacer con los pr&oacute;ximos meses.
    </p><p class="article-text">
        Y s&iacute;, al final, me he comprado el cuaderno; pero no para llenarlo de tareas pendientes ni de compromisos con los dem&aacute;s. Lo he comprado para escribir en &eacute;l todo lo que se me ocurra sin ninguna prisa y sin ninguna obligaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Creo que los grandes cambios de la vida nos obligan a recuperar la vida que ya estaba dentro de nosotros, esperando un poco de espacio. Yo no me reinvent&eacute; nada; simplemente regres&eacute; a una parte de m&iacute; que siempre hab&iacute;a estado ah&iacute;: la ni&ntilde;a a la que le encantaba leer y que descubri&oacute; muy pronto que escribir era otra forma de estar en el mundo.
    </p><p class="article-text">
        Ya no necesito justificar mi tiempo. Ahora puedo preguntarme qu&eacute; quiero hacer con &eacute;l. El mayor regalo de esta etapa no ha sido disponer de m&aacute;s horas en el reloj: ha sido, por fin, tener el tiempo de ser yo. Y quiz&aacute; por eso septiembre siga teniendo algo de comienzo. Ya no es el regreso a las obligaciones ni la promesa de convertirme en una versi&oacute;n mejor de m&iacute; misma. Es, sencillamente, el mes en el que vuelvo a m&iacute;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Raquel Plaza Garro]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/palabras-clave/vuelvo-si-no-volver_132_13481081.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 03 Sep 2026 03:41:03 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[¿A qué vuelvo, si ya no tengo que volver?]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[septiembre,Vuelta al cole,Colegios,Institutos,Profesores]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Las hijas del silencio: una aproximación al Patronato de Protección a la Mujer en Castilla-La Mancha]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/palabras-clave/hijas-silencio-aproximacion-patronato-proteccion-mujer-castilla-mancha_132_13470446.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/08e9265b-0896-4993-8451-9dc3ffc80f60_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x667y289.jpg" width="1200" height="675" alt="Las hijas del silencio: una aproximación al Patronato de Protección a la Mujer en Castilla-La Mancha"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Cada documento recuperado y cada testimonio que sale a la luz ayudan a comprender una realidad que durante demasiado tiempo permaneció oculta"</p><p class="subtitle">Todos los artículos de Raquel Plaza Garro</p></div><p class="article-text">
        El franquismo no solo encerr&oacute; a mujeres. Consigui&oacute; algo mucho m&aacute;s duradero: que durante d&eacute;cadas nadie preguntara por ellas.
    </p><p class="article-text">
        Entre 1941 y 1985, el Patronato de Protecci&oacute;n a la Mujer vigil&oacute;, clasific&oacute; e intern&oacute; a miles de adolescentes y j&oacute;venes consideradas en &laquo;riesgo moral&raquo;. Su misi&oacute;n oficial era &ldquo;protegerlas&rdquo;; en realidad, fue una instituci&oacute;n destinada a controlar la conducta femenina y a preservar el modelo moral que la dictadura consideraba aceptable. Sin embargo, durante mucho tiempo apenas se habl&oacute; de ellas. No hubo homenajes, ni reconocimiento ni una memoria compartida.
    </p><p class="article-text">
        Mientras otras v&iacute;ctimas del franquismo comenzaban lentamente a ocupar un lugar en la historia, ellas siguieron siendo las grandes olvidadas. Como si nunca hubieran existido. Como si el silencio impuesto entre los muros de aquellos centros hubiera continuado acompa&ntilde;&aacute;ndolas mucho despu&eacute;s de recuperar la libertad.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; ese fue el mayor triunfo de aquel sistema: convertir el silencio en una segunda condena. Y el silencio, como las cicatrices, tambi&eacute;n se hereda.
    </p><p class="article-text">
        Podr&iacute;a haber ocurrido en cualquier pueblo de Castilla-La Mancha. Una ma&ntilde;ana cualquiera de finales de los a&ntilde;os sesenta. Una adolescente cruza la plaza con una peque&ntilde;a maleta entre las manos. Su madre llora y su padre apenas habla. Las campanas de la iglesia marcan la hora mientras dos mujeres la acompa&ntilde;an hasta un coche que espera a la salida del pueblo. Nadie pregunta. Algunos vecinos bajan la mirada mientras otros murmuran que &laquo;es por su bien&raquo;. El p&aacute;rroco ya ha hablado con la familia y todo parece estar decidido.
    </p><p class="article-text">
        La muchacha ni ha robado, ni ha matado, ni ha cometido ning&uacute;n delito. Quiz&aacute;s se enamor&oacute; antes de tiempo o se qued&oacute; embarazada o quiz&aacute; simplemente quiso vivir una vida distinta de la que otros hab&iacute;an imaginado para ella. Cuando el coche se aleja, no solo abandona el pueblo. Deja atr&aacute;s sus amigos, su casa y su infancia. Y, durante un tiempo, tambi&eacute;n deja de pertenecerse a s&iacute; misma.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Descubrí que las Adoratrices habían dirigido numerosos centros vinculados al Patronato de Protección a la Mujer. Entonces comprendí que había convivido con uno de esos silencios sin reconocerlo</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Durante muchos a&ntilde;os pens&eacute; que esta era una historia lejana. Una de esas p&aacute;ginas oscuras que siempre ocurr&iacute;an en otros lugares. Hasta que un recuerdo regres&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        Cuando estudiaba Magisterio viv&iacute; en la residencia Jorbal&aacute;n, en &Aacute;vila, dirigida por las religiosas Adoratrices. Desde una galer&iacute;a pod&iacute;a verse un amplio patio interior y, al fondo, otro edificio., en el que, alguna vez, ve&iacute;amos alguna joven. Nunca pregunt&eacute; qu&eacute; hab&iacute;a all&iacute;. Nadie nos habl&oacute; de aquel lugar. Formaba parte del paisaje cotidiano y jam&aacute;s imagin&eacute; que, tras aquellos muros, pod&iacute;an esconderse historias que durante d&eacute;cadas permanecer&iacute;an silenciadas.
    </p><p class="article-text">
        Mucho tiempo despu&eacute;s descubr&iacute; que las Adoratrices hab&iacute;an dirigido numerosos centros vinculados al Patronato de Protecci&oacute;n a la Mujer. Entonces comprend&iacute; que hab&iacute;a convivido con uno de esos silencios sin reconocerlo. Y una pregunta comenz&oacute; a acompa&ntilde;arme.
    </p><h2 class="article-text">&iquest;Qu&eacute; ocurri&oacute; en Castilla-La Mancha? &iquest;Qu&eacute; pas&oacute; con las muchachas de nuestros pueblos?</h2><p class="article-text">
        Las respuestas no aparecieron de golpe. Fueron llegando poco a poco gracias al trabajo de quienes llevaban a&ntilde;os investigando una instituci&oacute;n pr&aacute;cticamente desconocida para la mayor&iacute;a de la sociedad. Las encontr&eacute; en documentales y reportajes que comenzaron a rescatar esta historia del olvido. Pero, sobre todo, en la investigaci&oacute;n de la historiadora Carmen Guill&eacute;n Lorente, cuya obra &ldquo;Redimir y adoctrinar. El Patronato de Protecci&oacute;n a la Mujer (1941-1985)&rdquo; constituye, hoy por hoy, una referencia imprescindible para comprender el funcionamiento y el alcance de esta instituci&oacute;n. Su trabajo desmonta una de las grandes ficciones del franquismo.
    </p><p class="article-text">
        El Patronato no fue una simple obra de beneficencia. Fue un sistema de vigilancia y control que reuni&oacute; a autoridades civiles, religiosas y judiciales con un mismo objetivo: corregir a aquellas mujeres que no respond&iacute;an al ideal femenino impuesto por la dictadura.
    </p><p class="article-text">
        Mientras le&iacute;a aquellas investigaciones me di cuenta de que segu&iacute;a existiendo una pregunta que, al menos para m&iacute;, permanec&iacute;a abierta.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;C&oacute;mo se vivi&oacute; todo aquello en Castilla-La Mancha? No encontr&eacute; una respuesta completa. Y esa ausencia tambi&eacute;n me pareci&oacute; significativa. Porque el silencio no solo afect&oacute; a las mujeres que pasaron por el Patronato. Tambi&eacute;n alcanz&oacute; a la memoria de los lugares donde vivieron. Hay documentos cuya lectura resulta dif&iacute;cil. No por el lenguaje que utilizan, sino por la normalidad con la que describen decisiones capaces de cambiar una vida.
    </p><p class="article-text">
        Los expedientes que han salido a la luz gracias al trabajo de historiadoras como Carmen Guill&eacute;n Lorente muestran una burocracia minuciosa: informes, solicitudes, autorizaciones, valoraciones morales y resoluciones administrativas. Todo aparece escrito con una frialdad que impresiona.
    </p><p class="article-text">
        Tras ese lenguaje burocr&aacute;tico no hab&iacute;a delincuentes. Hab&iacute;a adolescentes, j&oacute;venes cuya conducta era juzgada porque manten&iacute;an una relaci&oacute;n sentimental, porque hab&iacute;an quedado embarazadas, porque escapaban del control familiar o, sencillamente, porque alguien consideraba que se encontraban en &laquo;peligro moral&raquo;.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Castilla-La Mancha no permaneció al margen de aquella realidad. Las investigaciones disponibles permiten afirmar que el Patronato también desplegó aquí su estructura de control</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        La violencia del Patronato no se ejerc&iacute;a &uacute;nicamente entre los muros de los centros. Tambi&eacute;n resid&iacute;a en esa aparente normalidad administrativa que convert&iacute;a la vida de una muchacha en un expediente.
    </p><p class="article-text">
        Castilla-La Mancha no permaneci&oacute; al margen de aquella realidad. Las investigaciones disponibles permiten afirmar que el Patronato tambi&eacute;n despleg&oacute; aqu&iacute; su estructura de control, como ocurri&oacute; en el resto del pa&iacute;s. Sin embargo, la historia concreta de su funcionamiento en nuestra regi&oacute;n todav&iacute;a necesita ser reconstruida con mayor profundidad. Quedan archivos por estudiar. Edificios cuya historia apenas conocemos. Y, quiz&aacute; lo m&aacute;s importante, testimonios de mujeres que durante d&eacute;cadas nunca encontraron un espacio donde ser escuchadas.
    </p><p class="article-text">
        Resulta dif&iacute;cil no preguntarse cu&aacute;ntas adolescentes desaparecieron durante un tiempo de la vida cotidiana de nuestros pueblos sin que nadie volviera a preguntar por ellas. Cu&aacute;ntas regresaron a&ntilde;os despu&eacute;s sin explicar nunca d&oacute;nde hab&iacute;an estado. Y cu&aacute;ntas aprendieron que el silencio era la &uacute;nica forma posible de seguir adelante.
    </p><p class="article-text">
        El Patronato no desapareci&oacute; con la muerte de Franco. Continu&oacute; existiendo hasta 1985. Es un dato que todav&iacute;a sorprende porque obliga a revisar la imagen simplificada que a veces tenemos de la Transici&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Mientras Espa&ntilde;a aprend&iacute;a a convivir con la democracia, muchas de aquellas mujeres segu&iacute;an viviendo con una culpa que nunca les perteneci&oacute;. No fueron consideradas presas pol&iacute;ticas, ni recibieron reconocimiento p&uacute;blico. Su historia apenas ocup&oacute; espacio en los libros de texto. Y muchas nunca contaron lo ocurrido ni siquiera dentro de sus propias familias.
    </p><p class="article-text">
        La historia del Patronato en Castilla-La Mancha dista mucho de estar completamente reconstruida. Cada documento recuperado y cada testimonio que sale a la luz ayudan a comprender una realidad que durante demasiado tiempo permaneci&oacute; oculta.
    </p><p class="article-text">
        Necesitamos seguir investigando, leyendo, escuchando. Y, sobre todo, seguir preguntando. No para juzgar el pasado desde el presente, sino para comprenderlo. Porque la memoria no consiste &uacute;nicamente en recordar los grandes acontecimientos. Tambi&eacute;n exige devolver un lugar a quienes fueron apartadas de la historia.
    </p><p class="article-text">
        Posiblemente, ma&ntilde;ana volvamos a pasar delante de un antiguo convento, una residencia o un edificio que un d&iacute;a form&oacute; parte de aquella red de control. Lo haremos sin que nada haya cambiado en sus muros.
    </p><p class="article-text">
        Pero habr&aacute; cambiado nuestra mirada. Y eso tambi&eacute;n es memoria. Porque detr&aacute;s de cada expediente hubo una vida. Detr&aacute;s de cada decisi&oacute;n hubo una adolescente. Y detr&aacute;s de cada silencio hubo una mujer que nunca eligi&oacute; callar. No eran mujeres ca&iacute;das ni descarriadas. No eran un problema moral. Eran hijas, hermanas, vecinas... Eran j&oacute;venes de Castilla-La Mancha o de otros lugares. Y durante demasiado tiempo fueron, sencillamente, las hijas del silencio.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Raquel Plaza Garro]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/palabras-clave/hijas-silencio-aproximacion-patronato-proteccion-mujer-castilla-mancha_132_13470446.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 27 Aug 2026 12:13:07 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Las hijas del silencio: una aproximación al Patronato de Protección a la Mujer en Castilla-La Mancha]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Historia,Franquismo,Memoria Histórica]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El último refugio de la libertad: el desafío ético de asomarse al cerebro]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/palabras-clave/ultimo-refugio-libertad-desafio-etico-asomarse-cerebro_132_13455417.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/972a7d80-d86b-43fa-8891-2d9bd08b6158_16-9-discover-aspect-ratio_default_1082539.jpg" width="852" height="479" alt="El último refugio de la libertad: el desafío ético de asomarse al cerebro"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Las interfaces cerebro-ordenador, los sensores capaces de registrar la actividad cerebral o los nuevos sistemas de estimulación neuronal prometen transformar la medicina. Pero también obligan a preguntarnos cómo proteger el ámbito más íntimo del ser humano"</p><p class="subtitle">Todos los artículos de Raquel Plaza Garro</p></div><p class="article-text">
        Durante la historia de la humanidad ha existido un territorio al que ninguna tecnolog&iacute;a pod&iacute;a acceder: la mente. Se pod&iacute;an observar las acciones de una persona, escuchar sus palabras o interpretar sus gestos, pero sus pensamientos permanec&iacute;an fuera del alcance de cualquier mirada. Ese espacio invisible, donde nacen los recuerdos, las emociones, las convicciones y las decisiones, ha sido siempre el &uacute;ltimo refugio de la libertad. Hoy, por primera vez, esa certeza comienza a dejar de ser absoluta.
    </p><p class="article-text">
        Hace apenas unos a&ntilde;os este debate parec&iacute;a propio de la ciencia ficci&oacute;n. Hoy empieza a formar parte de la realidad. Las interfaces cerebro-ordenador, los sensores capaces de registrar la actividad cerebral o los nuevos sistemas de estimulaci&oacute;n neuronal prometen transformar la medicina. Pero tambi&eacute;n obligan a preguntarnos c&oacute;mo proteger el &aacute;mbito m&aacute;s &iacute;ntimo del ser humano cuando la tecnolog&iacute;a comienza a interactuar directamente con el &oacute;rgano que hace posible pensar, sentir, recordar e imaginar.
    </p><p class="article-text">
        Las oportunidades que abre este campo son extraordinarias y representan una esperanza concreta para quienes hasta hace poco no dispon&iacute;an de alternativas. Pacientes con esclerosis lateral amiotr&oacute;fica (ELA) o con par&aacute;lisis logran comunicarse, mover un brazo rob&oacute;tico o controlar un cursor mediante interfaces cerebro-ordenador, mientras que la estimulaci&oacute;n cerebral profunda reduce los s&iacute;ntomas del Parkinson y devuelve la autonom&iacute;a a miles de personas. Este potencial terap&eacute;utico constituye uno de los mayores logros de la ciencia contempor&aacute;nea y merece ser valorado sin caer en una alarma injustificada.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; me resulte dif&iacute;cil hablar de estos avances desde la distancia porque, a lo largo de los &uacute;ltimos a&ntilde;os, he conocido a familias que conviven con la ELA y tambi&eacute;n a una persona con Parkinson que esperaba poder participar en alguno de estos ensayos para recuperar parte de la autonom&iacute;a que la enfermedad le iba arrebatando. No lleg&oacute; a tiempo. Por eso me cuesta contemplar la neurotecnolog&iacute;a &uacute;nicamente desde el miedo. Para muchas personas representa, antes que nada, una esperanza.
    </p><p class="article-text">
        Precisamente porque estos avances son tan prometedores, tambi&eacute;n exigen una responsabilidad proporcional. La neurotecnolog&iacute;a no act&uacute;a sobre un &oacute;rgano cualquiera, sino sobre el sistema biol&oacute;gico que sostiene la conciencia, la memoria y la identidad personal. Como ocurri&oacute; con la energ&iacute;a nuclear o con la llegada de Internet, las grandes innovaciones son herramientas cuyo impacto final depende del uso que hagamos de ellas. El reto consiste en garantizar que el alivio del sufrimiento no abra la puerta, de manera inadvertida, a nuevas formas de vigilancia o de condicionamiento de la conducta.
    </p><p class="article-text">
        En 2021, Chile se convirti&oacute; en el primer pa&iacute;s del mundo en incorporar a su ordenamiento jur&iacute;dico la protecci&oacute;n de los llamados neuroderechos, abriendo un debate internacional sobre la necesidad de salvaguardar la privacidad mental, la identidad y el libre albedr&iacute;o. La protecci&oacute;n de los datos personales, la bio&eacute;tica o la regulaci&oacute;n de la inteligencia artificial han demostrado que el derecho suele reaccionar con retraso frente a la ciencia. En este terreno, sin embargo, la anticipaci&oacute;n resulta imprescindible.
    </p><p class="article-text">
        Si la actividad cerebral llegara a convertirse en un recurso comercial, pol&iacute;tico o de control, la frontera &eacute;tica adquirir&iacute;a una importancia decisiva. A la protecci&oacute;n de los datos neuronales se suma el reto de la ciberseguridad en dispositivos conectados, adem&aacute;s de interrogantes sobre la brecha social que podr&iacute;a abrirse si la potenciaci&oacute;n cognitiva o la modificaci&oacute;n emocional fueran accesibles solo para determinados colectivos. El progreso cient&iacute;fico no deber&iacute;a convertirse, precisamente, en un nuevo factor de desigualdad.
    </p><p class="article-text">
        Tal vez a&uacute;n estemos a tiempo de abrir este debate antes de que la tecnolog&iacute;a avance mucho m&aacute;s deprisa que nuestra capacidad para establecer l&iacute;mites. La cuesti&oacute;n no es frenar el progreso cient&iacute;fico. La cuesti&oacute;n es decidir c&oacute;mo queremos integrarlo en la sociedad. Mientras la ciencia ampl&iacute;a de forma constante el horizonte de lo posible, corresponde a la &eacute;tica y al derecho trazar los m&aacute;rgenes que protejan la dignidad humana. Es una tarea compartida entre investigadores, legisladores y la propia sociedad.
    </p><p class="article-text">
        En un momento de transformaci&oacute;n acelerada conviene recordar que sigue existiendo un espacio interior donde reside el n&uacute;cleo de la libertad individual: el lugar donde cada persona reflexiona, recuerda y duda de manera aut&oacute;noma. 
    </p><p class="article-text">
        Acompa&ntilde;ar el desarrollo cient&iacute;fico con prudencia no significa frenar el conocimiento, sino procurar que las herramientas tecnol&oacute;gicas permanezcan al servicio del bienestar humano. Despu&eacute;s de ver el sufrimiento f&iacute;sico y emocional de familias que conviven con la ELA y de conocer a quien esperaba una oportunidad que nunca lleg&oacute;, me resulta imposible contemplar este debate desde la teor&iacute;a. Y precisamente porque creo en el enorme potencial de la ciencia, tambi&eacute;n creo que debemos proteger con el mismo empe&ntilde;o la libertad, la identidad y la dignidad de las personas.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Raquel Plaza Garro]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/palabras-clave/ultimo-refugio-libertad-desafio-etico-asomarse-cerebro_132_13455417.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 20 Aug 2026 05:13:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El último refugio de la libertad: el desafío ético de asomarse al cerebro]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Biología,Tecnología,Salud,Ética]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Bajo el manto de la noche festiva]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/palabras-clave/manto-noche-festiva_132_13447724.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/5ce123cb-37bb-4b22-bc09-13d1bfcf0b39_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Bajo el manto de la noche festiva"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"¿Qué estamos enseñando a nuestros adolescentes? ¿Qué estamos permitiendo? ¿Qué estamos normalizando?
¿Y qué podríamos haber hecho antes para evitar que aquel primer roce terminara en violencia?"</p></div><p class="article-text">
        Todo comienza con un chispazo insignificante: un roce entre la multitud, una copa derramada, una mirada mal interpretada, una palabra fuera de lugar. Durante una fiesta patronal, sin embargo, un incidente que en otro contexto quiz&aacute; terminar&iacute;a con una disculpa puede convertirse, en cuesti&oacute;n de segundos, en una pelea.
    </p><p class="article-text">
        El alcohol, la presi&oacute;n del grupo, la necesidad de mantener el orgullo ante los dem&aacute;s y determinadas rivalidades pueden transformar un conflicto individual en una confrontaci&oacute;n colectiva. Y cuando hay menores implicados, las consecuencias pueden ir mucho m&aacute;s all&aacute; de aquella noche.
    </p><p class="article-text">
        No hace falta imaginarlo. Basta con repasar la prensa regional para encontrar ejemplos de reyertas ocurridas durante fiestas patronales y celebraciones locales. Algunas alcanzan una gravedad extrema y terminan ocupando titulares. Otras, afortunadamente, no pasan de un incidente puntual.
    </p><p class="article-text">
        Pero los peri&oacute;dicos solo cuentan una parte de la realidad. Existe otra mucho m&aacute;s amplia y silenciosa: la de los altercados que nunca llegan a convertirse en noticia.
    </p><p class="article-text">
        Porque no todo lo que ocurre durante una noche de fiestas acaba en un peri&oacute;dico. Hay peleas que se disuelven antes de llegar a mayores, discusiones que requieren la intervenci&oacute;n de la Polic&iacute;a Local o de la Guardia Civil, j&oacute;venes que terminan con lesiones leves, familias que tienen que acudir de madrugada a un centro sanitario y conflictos que, aunque no dejan un titular al d&iacute;a siguiente, s&iacute; dejan consecuencias entre quienes los viven.
    </p><p class="article-text">
        En los pueblos, muchos de estos episodios se gestionan de manera local. Se interviene, se separa a los implicados y, en ocasiones, todo queda aparentemente resuelto cuando vuelve la calma. No hay noticia, no hay titulares y, para buena parte de la comunidad, quiz&aacute; al d&iacute;a siguiente parezca que no ha ocurrido nada.
    </p><p class="article-text">
        Pero que un incidente no llegue a los medios no significa que sea irrelevante. Para quien ha recibido un golpe, para una familia que ha tenido que acudir de madrugada a urgencias, para unos padres que reciben una llamada porque su hijo est&aacute; involucrado en una pelea o para quienes han tenido que intervenir para evitar que un conflicto vaya a m&aacute;s, aquella noche s&iacute; ha tenido importancia.
    </p><p class="article-text">
        Y existe adem&aacute;s un efecto que resulta dif&iacute;cil de medir: la acumulaci&oacute;n. Un altercado aislado puede parecer poca cosa. Una pelea sin consecuencias graves puede quedar reducida a una an&eacute;cdota. Pero cuando a&ntilde;o tras a&ntilde;o se repiten peque&ntilde;os incidentes que nadie considera suficientemente importantes como para hablar de ellos, quiz&aacute; estemos dejando de ver el problema en su conjunto.
    </p><p class="article-text">
        Porque la ausencia de noticias no equivale necesariamente a la ausencia de problemas. Los peri&oacute;dicos cuentan aquello que alcanza determinada dimensi&oacute;n, gravedad o inter&eacute;s p&uacute;blico. La vida de un pueblo, sin embargo, transcurre tambi&eacute;n en una zona mucho menos visible: en las peque&ntilde;as peleas, en los conflictos entre grupos, en las discusiones que terminan a empujones, en los j&oacute;venes que tienen que ser separados y en esas situaciones que, por suerte, no terminan peor.
    </p><p class="article-text">
        Y precisamente por no terminar peor no deber&iacute;amos dejar de preguntarnos por qu&eacute; ocurren. Quiz&aacute; la verdadera prevenci&oacute;n consista tambi&eacute;n en prestar atenci&oacute;n a esa parte de la realidad que no llega a convertirse en noticia. Porque esperar a que una pelea sea lo suficientemente grave como para aparecer en un peri&oacute;dico significa, en cierto modo, esperar a que el problema ya haya alcanzado una dimensi&oacute;n que nadie quer&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        En una pelea, adem&aacute;s, las fronteras entre v&iacute;ctima y agresor no siempre son tan sencillas. Puede haber personas que hayan participado activamente en la confrontaci&oacute;n y que, al mismo tiempo, hayan terminado sufriendo lesiones. Una persona puede haber agredido y acabar herida. Puede haber iniciado una confrontaci&oacute;n y terminar necesitando asistencia m&eacute;dica. Y alguien que inicialmente se encontraba al margen puede acabar entrando en la pelea. Reconocer esta complejidad no significa justificar la violencia ni repartir responsabilidades de manera autom&aacute;tica, sino analizar qu&eacute; hizo cada persona, c&oacute;mo se inici&oacute; el conflicto y c&oacute;mo evolucion&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        Pero existe una dimensi&oacute;n del problema de la que hablamos mucho menos: lo que ocurre cuando termina la fiesta.
    </p><p class="article-text">
        Cuando las luces se apagan, la m&uacute;sica deja de sonar y las calles recuperan la calma, comienza otra din&aacute;mica. En pueblos donde todos se conocen, se&ntilde;alar a un vecino, identificar a un agresor o denunciar a los hijos de una familia conocida puede tener un coste social importante. Aparecen entonces los silencios, las justificaciones y la tendencia a quitar importancia a lo sucedido.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Son cosas de chavales&rdquo;. &ldquo;No ha sido para tanto&rdquo;. &ldquo;Los problemas los traen los de fuera&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Frases aparentemente inocentes pueden terminar convirti&eacute;ndose en una forma de normalizaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Y ese quiz&aacute; sea uno de los mayores riesgos: que la comunidad termine aceptando como inevitable aquello que deber&iacute;a considerar intolerable.
    </p><p class="article-text">
        Y cuando hay menores, hay otra cuesti&oacute;n especialmente delicada que tampoco deber&iacute;amos esquivar: la responsabilidad de los adultos. No para se&ntilde;alar a unos padres concretos ni para convertirlos en culpables de todo lo que hagan sus hijos, sino para preguntarnos si, como sociedad, estamos confundiendo la autonom&iacute;a de los adolescentes con la ausencia de l&iacute;mites.
    </p><p class="article-text">
        En muchos pueblos resulta habitual encontrar a chicos y chicas de 13 o 14 a&ntilde;os a altas horas de la madrugada en pe&ntilde;as y otros espacios festivos, sin una supervisi&oacute;n adulta cercana. No significa que todos ellos beban, que todos tengan problemas ni que todas las familias act&uacute;en de la misma manera. Pero s&iacute; deber&iacute;a hacernos reflexionar. Porque quiz&aacute; lo m&aacute;s llamativo no sea solamente que ocurra, sino que muchas veces ya ni siquiera nos sorprenda. &ldquo;Son fiestas&rdquo;. &ldquo;Siempre se ha hecho as&iacute;&rdquo;. &ldquo;Son cosas de chavales&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Pero &iquest;en qu&eacute; momento dejamos de preguntarnos si algo que hemos normalizado es realmente normal?
    </p><p class="article-text">
        No se trata de criminalizar a los j&oacute;venes ni de impedirles disfrutar de las fiestas. Tampoco de pretender que los padres puedan controlar cada minuto de una noche. Se trata de asumir que la autonom&iacute;a de un menor debe ir acompa&ntilde;ada de un grado de supervisi&oacute;n acorde con su edad y con las circunstancias, especialmente cuando hablamos de noches largas, consumo de alcohol, aglomeraciones y situaciones en las que un conflicto puede escalar r&aacute;pidamente.
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n significa asumir que la responsabilidad no termina en quien protagoniza una pelea. Existe una responsabilidad familiar, institucional y, en cierta medida, colectiva: la de no mirar hacia otro lado.
    </p><p class="article-text">
        La responsabilidad de una familia no empieza cuando recibe una llamada porque su hijo ha resultado herido o ha participado en una pelea. Empieza mucho antes: preguntando d&oacute;nde est&aacute;, con qui&eacute;n est&aacute;, a qu&eacute; hora volver&aacute;, qu&eacute; l&iacute;mites existen y qu&eacute; hacer si surge un problema.
    </p><p class="article-text">
        Y hay otra cuesti&oacute;n todav&iacute;a m&aacute;s dif&iacute;cil de asumir: la dificultad que tenemos, a veces, para aceptar que nuestros hijos pueden haberse equivocado. Cuando ocurre un incidente, es comprensible que lo primero que queramos sea protegerlos. Pero proteger a un hijo no significa justificar todo lo que haga. A veces protegerlo significa precisamente decirle que se ha equivocado, ayudarle a asumir las consecuencias y ense&ntilde;arle que participar en una pelea, aunque tambi&eacute;n haya terminado herido, no deja de tener importancia.
    </p><p class="article-text">
        Educar tambi&eacute;n significa eso: ser capaces de querer a nuestros hijos sin convertir ese amor en una defensa autom&aacute;tica de todas sus actuaciones.
    </p><p class="article-text">
        Y quiz&aacute; aqu&iacute; tambi&eacute;n debamos revisar una cierta tendencia a minimizar determinadas conductas cuando forman parte de las tradiciones de un pueblo. Que una pr&aacute;ctica sea habitual no la convierte necesariamente en segura. Que generaciones anteriores hayan crecido de una determinada manera tampoco significa que debamos aceptar sin m&aacute;s los riesgos que hoy conocemos mejor.
    </p><p class="article-text">
        Las fiestas son espacios de convivencia y diversi&oacute;n, pero no deber&iacute;an convertirse en un territorio sin adultos, sin l&iacute;mites y sin consecuencias. Proteger a los menores no significa encerrarlos ni impedirles disfrutar de las fiestas. Significa acompa&ntilde;ar progresivamente su autonom&iacute;a y recordar que detr&aacute;s de cada adolescente hay tambi&eacute;n adultos que tienen la responsabilidad de educar, poner l&iacute;mites y estar presentes.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">No se trata de criminalizar a los jóvenes ni de impedirles disfrutar de las fiestas. Tampoco de pretender que los padres puedan controlar cada minuto de una noche. Se trata de asumir que la autonomía de un menor debe ir acompañada de un grado de supervisión acorde con su edad y con las circunstancias</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Prevenir la violencia durante las fiestas no significa &uacute;nicamente aumentar la presencia policial. Significa trabajar antes de que llegue la noche: coordinar a ayuntamientos, organizadores, pe&ntilde;as, familias, servicios sanitarios y fuerzas de seguridad; implicar a los j&oacute;venes; dise&ntilde;ar espacios seguros; detectar los puntos de mayor riesgo y establecer protocolos claros de actuaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Significa asumir que la responsabilidad no termina en quien protagoniza una pelea. Existe una responsabilidad familiar, institucional y, en cierta medida, colectiva: la de no mirar hacia otro lado.
    </p><p class="article-text">
        Porque una fiesta puede terminar con una pelea y ser noticia al d&iacute;a siguiente. Pero cuando una comunidad decide callar, el problema puede durar mucho m&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Cuando una familia prefiere pensar que &ldquo;son cosas de chavales&rdquo;, cuando se atribuye sistem&aacute;ticamente el problema a &laquo;los de fuera&raquo; o cuando nadie quiere asumir que quiz&aacute; faltaron l&iacute;mites, supervisi&oacute;n o prevenci&oacute;n, el problema puede durar mucho m&aacute;s que aquella noche.
    </p><p class="article-text">
        La verdadera prevenci&oacute;n comienza precisamente ah&iacute;: cuando dejamos de considerar la violencia como una parte inevitable de la fiesta y nos atrevemos a hablar de ella.
    </p><p class="article-text">
        Solo entonces podremos conseguir que, a&ntilde;o tras a&ntilde;o, la noche festiva termine con m&uacute;sica, encuentros y recuerdos compartidos, y no con una nueva capa de silencio.
    </p><p class="article-text">
        Porque quiz&aacute; el verdadero problema no sea solamente que un adolescente se pelee una noche. El verdadero problema aparece cuando todos los adultos que lo rodean encuentran una raz&oacute;n para explicar por qu&eacute; aquello no tiene demasiada importancia.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; estamos ense&ntilde;ando a nuestros adolescentes?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; estamos permitiendo?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; estamos normalizando?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Y qu&eacute; podr&iacute;amos haber hecho antes para evitar que aquel primer roce terminara en violencia?
    </p><p class="article-text">
        La m&uacute;sica termina. Las luces se apagan. La plaza y las pe&ntilde;as quedan vac&iacute;as. Pero lo que ocurri&oacute; aquella noche no desaparece simplemente porque llegue el silencio. La pregunta es qu&eacute; hacemos con ese silencio.
    </p><p class="article-text">
        Si lo utilizamos para esconder lo ocurrido, probablemente volver&aacute; a suceder. Si lo utilizamos para hablar, para asumir responsabilidades y para preguntarnos qu&eacute; podr&iacute;amos haber hecho antes, quiz&aacute; entonces una fiesta deje de ser simplemente una noche que sali&oacute; bien o mal y se convierta tambi&eacute;n en una oportunidad para aprender como comunidad.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Raquel Plaza Garro]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/palabras-clave/manto-noche-festiva_132_13447724.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 14 Aug 2026 12:23:54 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Bajo el manto de la noche festiva]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Fiestas,Jóvenes,Violencia,Educación]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[¿Y ahora qué?: la emergencia climática no espera a la política]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/palabras-clave/ahora-emergencia-climatica-no-espera-politica_132_13440240.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ef6c93dd-3d64-491e-95cf-f3203e4c4c63_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¿Y ahora qué?: la emergencia climática no espera a la política"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"La prevención también pasa por mantener las parcelas y el entorno en condiciones, reducir la acumulación de vegetación y combustible cerca de las viviendas y asumir que vivir junto al monte exige una responsabilidad compartida"</p></div><p class="article-text">
        He estado all&iacute;. He caminado por las zonas quemadas estos &uacute;ltimos d&iacute;as y la sensaci&oacute;n es de un golpe en el est&oacute;mago y un pellizco en el coraz&oacute;n. Una cosa es ver las im&aacute;genes en las noticias y otra muy distinta estar sobre el terreno en Almorox, Sotillo, La Adrada o Piedralaves; y muchos otros municipios. Ver c&oacute;mo ha quedado todo: la piedra viva labrada por el calor, las tierras de labor calcinadas, laderas enteras reducidas a ceniza. Te entra una rabia dif&iacute;cil de tragar.
    </p><p class="article-text">
        Caminando por all&iacute;, entre la devastaci&oacute;n, no dejaba de hacerme la misma pregunta:
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Y ahora qu&eacute;?
    </p><p class="article-text">
        El desastre no es uniforme. De pronto te encuentras con rodales que se han salvado, franjas que han resistido mejor y vegetaci&oacute;n que, en poco tiempo, ya estar&aacute;n buscando la luz. He visto robles, encinas y alcornoques que, posiblemente, broten de nuevo, como dicen las personas mayores que conocen estos temas.
    </p><p class="article-text">
        Antes de lanzarnos a reforestar a lo loco o de meter maquinaria deprisa y corriendo, &iquest;no deber&iacute;amos pararnos a mirar lo que el propio monte est&aacute; haciendo?
    </p><p class="article-text">
        Hasta hace poco nos han ense&ntilde;ado que la &uacute;nica respuesta tras un fuego es 'plantar &aacute;rboles'. Pero la regeneraci&oacute;n natural tiene una fuerza enorme. Quiz&aacute; lo m&aacute;s sensato sea proteger primero esa capacidad de rebrote de nuestras especies aut&oacute;ctonas y actuar solo all&iacute; donde la tierra no sea capaz de responder por s&iacute; misma.
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n le he dado vueltas al comportamiento de la vegetaci&oacute;n. En un gran incendio, donde entran en juego el viento, la pendiente extrema y la falta de humedad, casi todo arde. Pero cuando hay una continuidad masiva de combustible seco acumulado durante a&ntilde;os, la propagaci&oacute;n se vuelve mucho m&aacute;s voraz. Romper esa masa homog&eacute;nea con un paisaje en mosaico (bosque, matorral, claros, pastos y cultivo) no evita el fuego, pero s&iacute; puede abrir ventanas de oportunidad para frenarlo.
    </p><p class="article-text">
        Tampoco podemos olvidarnos de las personas. De todas esas familias que han perdido su vivienda, de quienes se han encontrado con sus casas medio destruidas o llenas de humo y ceniza, y ahora tienen por delante el trabajo de limpiar, pintar y reparar. De quienes han visto arder sus jardines, sus parcelas o parte de lo que hab&iacute;an construido durante a&ntilde;os. Para ellos, el incendio no termina cuando se apagan las llamas. Queda despu&eacute;s todo lo dem&aacute;s: los da&ntilde;os, los gastos, la incertidumbre y la necesidad de volver a poner en pie una vida que de repente ha cambiado.
    </p><p class="article-text">
        Y aqu&iacute; tambi&eacute;n tenemos que hacernos preguntas. Las parcelas hay que mantenerlas limpias y las casas que est&aacute;n alrededor del monte tambi&eacute;n necesitan una atenci&oacute;n especial. No podemos hablar &uacute;nicamente de limpiar el monte y olvidarnos de todo lo que hay a su alrededor. La prevenci&oacute;n tambi&eacute;n pasa por mantener las parcelas y el entorno en condiciones, reducir la acumulaci&oacute;n de vegetaci&oacute;n y combustible cerca de las viviendas y asumir que vivir junto al monte exige una responsabilidad compartida.
    </p><p class="article-text">
        No hay recetas m&aacute;gicas con la madera quemada. La reacci&oacute;n inmediata suele ser retirarlo todo de golpe. Sin embargo, en funci&oacute;n de la ladera y del tipo de suelo, los t&eacute;cnicos valoran, a veces, usar parte de esa le&ntilde;a para frenar la erosi&oacute;n cuando lleguen las primeras lluvias o retener la tierra. En otros puntos convendr&aacute; sacarla. Hace falta criterio a pie de monte, no &oacute;rdenes dictadas desde un despacho.
    </p><p class="article-text">
        Durante d&eacute;cadas existi&oacute; una econom&iacute;a rural que sacaba le&ntilde;a, aprovechaba la madera y manten&iacute;a el monte vivo. Hoy ese tejido se ha ido apagando. Hablamos de meter ganado para desbrozar el sotobosque, pero pretender que los pastores lo hagan gratis por el simple hecho de 'ayudar' es irreal. Si el pastoreo presta un servicio ambiental preventivo, habr&aacute; que pagarlo como el trabajo que es.
    </p><p class="article-text">
        Pisando la ceniza me doy cuenta de que no tengo respuestas cerradas. Y tal vez se trate de eso: de dejar de vender soluciones f&aacute;ciles y empezar a hacernos preguntas inc&oacute;modas.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Estamos dispuestos a invertir dinero todo el a&ntilde;o en cuidar nuestros montes y no solo en apagarlo en verano?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Vamos a seguir negando la virulencia de unos incendios cada vez m&aacute;s devastadores?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Queremos de verdad que vuelva a haber pastores, agricultores y gente viviendo del territorio?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Estamos dispuestos tambi&eacute;n a ayudar a quienes han perdido sus viviendas o han sufrido da&ntilde;os en sus casas, sus parcelas y sus tierras?
    </p><p class="article-text">
        &iquest; Estamos dispuestos a ponernos de acuerdo para gestionar estos desastres?
    </p><p class="article-text">
        Y la pregunta m&aacute;s dif&iacute;cil: &iquest;qui&eacute;n va a cuidar de esto dentro de diez, veinte o treinta a&ntilde;os?
    </p><p class="article-text">
        El reto no es organizar una jornada para plantar miles de &aacute;rboles este invierno. El verdadero reto es conseguir que dentro de treinta a&ntilde;os siga habiendo alguien all&iacute; para cuidarlos. 
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">¿Estamos dispuestos a invertir dinero todo el año en cuidar nuestros montes y no solo en apagarlo en verano? ¿Vamos a seguir negando la virulencia de unos incendios cada vez más devastadores? ¿Queremos de verdad que vuelva a haber pastores, agricultores y gente viviendo del territorio?</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de todo lo ocurrido durante el a&ntilde;o pasado, hay una pregunta que ya no podemos dejar &uacute;nicamente en manos del monte: &iquest;qu&eacute; hemos hecho mientras tanto? Los incendios que golpearon Castilla y Le&oacute;n, Ourense, Extremadura y tantos otros territorios deber&iacute;an habernos obligado a cambiar algunas cosas y, sin embargo, seguimos teniendo la sensaci&oacute;n de que cada verano volvemos a empezar la misma conversaci&oacute;n. Hablamos de medios cuando llegan las llamas y de prevenci&oacute;n cuando ya hemos visto el fuego. 
    </p><p class="article-text">
        Mientras tanto, el cambio clim&aacute;tico sigue modificando las condiciones en las que se producen estos incendios: m&aacute;s calor, m&aacute;s sequ&iacute;a, menos humedad en el suelo y episodios extremos que pueden hacerlos m&aacute;s r&aacute;pidos y dif&iacute;ciles de controlar. No explica por s&iacute; solo cada incendio, pero ignorarlo o minimizarlo ya no es una opci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Por eso resulta dif&iacute;cil entender que, despu&eacute;s de todo lo vivido, sigamos sin un verdadero Pacto de Estado. No hace falta otra declaraci&oacute;n despu&eacute;s de una tragedia ni otra fotograf&iacute;a de unidad mientras est&aacute;n las c&aacute;maras. Hace falta una pol&iacute;tica estable, con financiaci&oacute;n para prevenir durante todo el a&ntilde;o, servicios p&uacute;blicos de extinci&oacute;n profesionales y permanentes y recursos para que los municipios puedan cuidar sus montes y proteger a sus vecinos. El fuego no entiende de siglas ni de competencias: cuando una familia ve las llamas acercarse a su casa necesita que las administraciones respondan, y cuando el incendio se apaga necesita ayudas para reconstruir su vida.
    </p><p class="article-text">
        Y ese pacto deber&iacute;a tener tambi&eacute;n una mirada social. No podemos pedir que se cuide el territorio mientras desaparecen las personas y las actividades que durante generaciones lo han mantenido. Si queremos pastoreo para gestionar el monte, hay que pagar ese trabajo; si queremos agricultura y ganader&iacute;a sostenibles, tienen que poder ser una forma digna de vida; y si queremos pueblos vivos, hacen falta empleo, servicios p&uacute;blicos y oportunidades. La transici&oacute;n ecol&oacute;gica no puede hacerse de espaldas al medio rural. Tiene que servir tambi&eacute;n para proteger a quienes lo habitan y reconocer el valor de lo que aportan al conjunto de la sociedad.
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de un a&ntilde;o, lo m&iacute;nimo que deber&iacute;amos preguntarnos es si hemos aprendido algo. Porque no se trata solo de apagar mejor los incendios, sino de reducir nuestra vulnerabilidad antes de que lleguen. No se trata solo de plantar &aacute;rboles, sino de conseguir que dentro de treinta a&ntilde;os siga habiendo alguien all&iacute; para cuidarlos. Y no se trata de esperar al pr&oacute;ximo verano para volver a discutir sobre lo mismo. La emergencia clim&aacute;tica no espera a la pol&iacute;tica, ni a las elecciones, ni a la pr&oacute;xima legislatura.
    </p><p class="article-text">
        La ceniza ya est&aacute; en el suelo. Ahora falta saber qu&eacute; estamos dispuestos a hacer para que no vuelva a ser el principio de la misma historia.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Raquel Plaza Garro]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/palabras-clave/ahora-emergencia-climatica-no-espera-politica_132_13440240.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 11 Aug 2026 17:30:18 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[¿Y ahora qué?: la emergencia climática no espera a la política]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Incendios forestales,Urbanismo,Medio ambiente]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Las Trece Rosas y los Cuarenta y Tres Claveles: la memoria que no debemos callar]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/palabras-clave/trece-rosas-cuarenta-tres-claveles-memoria-no-debemos-callar_132_13433481.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/69742a7c-e6d6-44bc-a9d4-bc38bb9c540b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Las Trece Rosas y los Cuarenta y Tres Claveles: la memoria que no debemos callar"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle"> "No eran generales ni estrategas de ejércitos vencidos; eran muchachas trabajadoras, modistas, estudiantes, obreros y jóvenes comprometidos con sus ideales, cuyas vidas fueron truncadas cuando apenas comenzaban a construir su futuro"</p></div><p class="article-text">
        Cada 5 de agosto conviene detenerse a recordar una de las p&aacute;ginas m&aacute;s dolorosas de nuestra posguerra. Es una historia que no puede quedar relegada al polvo de los archivos; necesita seguir cont&aacute;ndose en las escuelas, en las plazas y all&iacute; donde nos juguemos la convivencia, para que el veneno de la crispaci&oacute;n no vuelva a cegarnos.
    </p><p class="article-text">
        Es la historia de cincuenta y seis vidas segadas por la sed de venganza tras el atentado que sacudi&oacute; los cimientos del r&eacute;gimen. Entre ellas destaca el recuerdo de las <em>Trece Rosas</em> y de los <em>Cuarenta y Tres Claveles</em>. No eran generales ni estrategas de ej&eacute;rcitos vencidos; eran muchachas trabajadoras, modistas, estudiantes, obreros y j&oacute;venes comprometidos con sus ideales, cuyas vidas fueron truncadas cuando apenas comenzaban a construir su futuro.
    </p><p class="article-text">
        Imaginar la &uacute;ltima noche en las fr&iacute;as celdas de la c&aacute;rcel de Ventas resulta estremecedor. <a href="https://www.eldiario.es/sociedad/ultima-noche-trece-rosas-fusiladas-vistieron-ayudadas-manos-temblaban_1_13427164.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Las horas antes de que las j&oacute;venes fueran fusiladas</a> frente a las tapias del Cementerio de la Almudena no transcurrieron entre gritos, sino envueltas en una dignidad tan fr&aacute;gil como conmovedora. 
    </p><p class="article-text">
        Los testimonios de quienes compartieron aquellas paredes recuerdan c&oacute;mo se vivieron aquellos momentos: las dem&aacute;s presas las ayudaron a vestirse; sus manos temblaban mientras les abrochaban los abrigos y les peinaban el cabello. Eran ellas, las que iban a morir, las que intentaban consolar a quienes quedaban atr&aacute;s, pidi&eacute;ndoles que no lloraran y recordando que su sacrificio respond&iacute;a a sus ideales.
    </p><p class="article-text">
        Aquellas condenas, dictadas en un consejo de guerra sumar&iacute;simo, desembocaron en una ola de ejecuciones masivas que la dictadura &mdash;como respuesta implacable tras el asesinato del comandante Gabald&oacute;n, su hija y su ch&oacute;fer&mdash; convirti&oacute; en un escarmiento colectivo contra la oposici&oacute;n clandestina en Madrid, castigando de forma indiscriminada a decenas de j&oacute;venes, muchos de los cuales ya se encontraban encarcelados.
    </p><p class="article-text">
        Julia Conesa escribi&oacute; antes de morir: &ldquo;Que mi nombre no se borre de la historia&rdquo;. Junto a ella fueron asesinadas Ana L&oacute;pez Gallego, Blanca Brisac, Victoria Mu&ntilde;oz, Martina Barroso, Virtudes Gonz&aacute;lez, Elena Gil, Dionisia Manzanero, Carmen Barrero, Luisa Rodr&iacute;guez de la Fuente, Adelina Garc&iacute;a Casillas, Julia Vellisca y Joaquina L&oacute;pez Laffite. Pronunciar sus nombres no es un gesto ceremonial: es devolverles la humanidad que la violencia pol&iacute;tica intent&oacute; borrar. Y junto a ellas, otros cuarenta y tres j&oacute;venes &mdash;los llamados Cuarenta y Tres Claveles&mdash; compartieron el mismo destino y merecen id&eacute;ntica memoria.
    </p><p class="article-text">
        Mirar hoy hacia atr&aacute;s, desde la serenidad del presente, no es un ejercicio de nostalgia partidista, sino una imperiosa necesidad democr&aacute;tica. Nos ense&ntilde;a a valorar lo fr&aacute;gil que es la convivencia cuando la polarizaci&oacute;n gana terreno. Educar a las nuevas generaciones en el respeto y en la memoria de aquellos nombres no es mirar al pasado con rencor, sino negarnos a caminar a ciegas hacia el futuro.
    </p><p class="article-text">
        La memoria no es un ejercicio de venganza, sino un compromiso con la dignidad humana y con una democracia que nunca debe dar por sentada su propia fortaleza. Porque recordar no abre heridas; impide que vuelvan a abrirse.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Raquel Plaza Garro]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/palabras-clave/trece-rosas-cuarenta-tres-claveles-memoria-no-debemos-callar_132_13433481.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 07 Aug 2026 07:38:15 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Las Trece Rosas y los Cuarenta y Tres Claveles: la memoria que no debemos callar]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Trece Rosas,Franquismo,Víctimas del franquismo,Memoria Histórica]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El arte de no hacer nada: cuando descansar se convierte en un acto de rebeldía]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/palabras-clave/arte-no-descansar-convierte-acto-rebeldia_132_13426550.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/b3948825-2d6e-4448-bc5b-33bf9df72f0d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El arte de no hacer nada: cuando descansar se convierte en un acto de rebeldía"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Vivimos rodeados de la idea de que nuestro valor depende de lo que producimos. Siempre hay un correo pendiente, una tarea que terminar, una habilidad que aprender o un nuevo objetivo que alcanzar. El descanso queda relegado a una recompensa que solo llegará cuando todo lo demás esté hecho"
</p></div><p class="article-text">
        En plena &eacute;poca de vacaciones, muchas personas buscan recuperar fuerzas despu&eacute;s de meses de trabajo, horarios exigentes y una sensaci&oacute;n constante de no llegar a todo. Sin embargo, cuando por fin llega el momento de descansar, no siempre sabemos hacerlo. Llenamos los d&iacute;as de planes, queremos aprovechar cada minuto y, en ocasiones, regresamos con la sensaci&oacute;n de necesitar otras vacaciones.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; el verdadero lujo del verano sea mucho m&aacute;s sencillo: aprender a parar.
    </p><p class="article-text">
        Imagina un domingo por la tarde. No tienes nada urgente que hacer. Te tumbas en el sof&aacute;, miras por la ventana y, apenas unos minutos despu&eacute;s, aparece una sensaci&oacute;n inc&oacute;moda: deber&iacute;as estar haciendo algo.
    </p><p class="article-text">
        Esa peque&ntilde;a culpa dice mucho de la &eacute;poca en la que vivimos.
    </p><p class="article-text">
        Durante siglos, detenerse no fue sin&oacute;nimo de pereza. En la antigua Grecia, el schol&eacute; era el tiempo dedicado a la reflexi&oacute;n y al cultivo del pensamiento, una parte esencial de una vida plena. Mucho despu&eacute;s, los italianos resumieron esa misma idea en una expresi&oacute;n que ha llegado hasta nuestros d&iacute;as: dolce far niente, el placer de no hacer nada.
    </p><p class="article-text">
        Hoy, sin embargo, parece que hemos olvidado ese arte.
    </p><p class="article-text">
        Vivimos rodeados de la idea de que nuestro valor depende de lo que producimos. Siempre hay un correo pendiente, una tarea que terminar, una habilidad que aprender o un nuevo objetivo que alcanzar. El descanso queda relegado a una recompensa que solo llegar&aacute; cuando todo lo dem&aacute;s est&eacute; hecho.
    </p><p class="article-text">
        El problema es que ese momento casi nunca llega.
    </p><h2 class="article-text">La trampa de la hiperconectividad</h2><p class="article-text">
        Nunca antes hab&iacute;amos estado tan conectados y, parad&oacute;jicamente, tan incapaces de desconectar.
    </p><p class="article-text">
        El trabajo ya no termina al salir de la oficina. Viaja en el bolsillo. Las notificaciones interrumpen cualquier intento de calma y las redes sociales ocupan incluso esos peque&ntilde;os espacios de espera que antes pertenec&iacute;an al silencio.
    </p><p class="article-text">
        Hace no tantos a&ntilde;os era normal aburrirse. Esper&aacute;bamos un tren mirando por la ventana, camin&aacute;bamos sin auriculares o hac&iacute;amos una cola observando simplemente lo que ocurr&iacute;a alrededor.
    </p><p class="article-text">
        Hoy llenamos cualquier instante con una pantalla.
    </p><p class="article-text">
        Lo que hemos perdido no es solo tiempo. Tambi&eacute;n hemos perdido la costumbre de convivir con el silencio. Y, sin embargo, ese silencio nunca estuvo vac&iacute;o.
    </p><p class="article-text">
        La investigaci&oacute;n en neurociencia ha mostrado que, durante los periodos de descanso y de aparente inactividad, el cerebro mantiene una intensa actividad interna. Organiza recuerdos, integra experiencias, establece nuevas conexiones y favorece procesos relacionados con la creatividad y la resoluci&oacute;n de problemas.
    </p><p class="article-text">
        Mientras creemos que no estamos haciendo nada, nuestra mente sigue trabajando.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; no hemos perdido la capacidad de concentrarnos.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; hemos olvidado c&oacute;mo aburrirnos.
    </p><h2 class="article-text">Descansar tambi&eacute;n es biolog&iacute;a</h2><p class="article-text">
        El cuerpo humano tampoco fue dise&ntilde;ado para permanecer en un estado continuo de alerta.
    </p><p class="article-text">
        Nuestra fisiolog&iacute;a alterna periodos de actividad y recuperaci&oacute;n. Durante el descanso disminuye la respuesta al estr&eacute;s, se recuperan recursos energ&eacute;ticos y se restablecen numerosos procesos esenciales para mantener el equilibrio del organismo.
    </p><p class="article-text">
        Por eso descansar no es un lujo ni un capricho. Es una necesidad biol&oacute;gica.
    </p><p class="article-text">
        Cuando ignoramos esa necesidad durante demasiado tiempo, el desgaste termina apareciendo: cansancio persistente, irritabilidad, dificultades para concentrarse, problemas de sue&ntilde;o o la sensaci&oacute;n de que cualquier tarea exige un esfuerzo desproporcionado.
    </p><p class="article-text">
        El cuerpo siempre encuentra la manera de recordarnos aquello que llevamos demasiado tiempo ignorando.
    </p><h2 class="article-text">Estar ocupado no significa avanzar</h2><p class="article-text">
        Una de las grandes confusiones de nuestro tiempo consiste en identificar actividad con progreso.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Cu&aacute;ntas veces terminamos una jornada agotados y, aun as&iacute;, con la sensaci&oacute;n de no haber hecho nada realmente importante?
    </p><p class="article-text">
        Pasamos horas respondiendo mensajes, cambiando de una tarea a otra y resolviendo peque&ntilde;as urgencias que terminan ocupando todo el espacio disponible. Sabemos, adem&aacute;s, que esa alternancia constante entre tareas incrementa la carga cognitiva y reduce nuestra capacidad para concentrarnos en lo verdaderamente importante.
    </p><p class="article-text">
        Estamos ocupados, pero no necesariamente avanzamos.
    </p><p class="article-text">
        El cansancio se convierte entonces en una falsa prueba de productividad. Sin embargo, acabar exhaustos no significa haber empleado bien nuestro tiempo.
    </p><p class="article-text">
        La verdadera productividad consiste en utilizar la energ&iacute;a de forma inteligente. Y para pensar con claridad necesitamos pausas.
    </p><p class="article-text">
        El descanso no es lo contrario de la productividad.
    </p><p class="article-text">
        Es una de sus condiciones.
    </p><h2 class="article-text">El verano y el dif&iacute;cil aprendizaje de parar</h2><p class="article-text">
        Esta reflexi&oacute;n adquiere un significado especial durante las vacaciones.
    </p><p class="article-text">
        Esperamos el verano como una promesa de descanso y, cuando finalmente llega, sustituimos la agenda laboral por otra repleta de actividades. Queremos visitar todos los lugares, hacer todas las excursiones y aprovechar cada minuto.
    </p><p class="article-text">
        Pero descansar no siempre significa hacer m&aacute;s cosas en otro lugar.
    </p><p class="article-text">
        A veces significa hacer menos.
    </p><p class="article-text">
        Una conversaci&oacute;n tranquila.
    </p><p class="article-text">
        Un paseo sin destino.
    </p><p class="article-text">
        Una tarde sin horarios.
    </p><p class="article-text">
        Un rato sin ninguna obligaci&oacute;n pendiente.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; unas vacaciones realmente reparadoras sean aquellas en las que recuperamos algo que durante el resto del a&ntilde;o vamos perdiendo: la capacidad de estar presentes.
    </p><h2 class="article-text">El valor del 'dolce far niente'</h2><p class="article-text">
        Los italianos tienen esta expresi&oacute;n que resume una idea que nuestra sociedad parece haber olvidado: 'dolce far niente'.
    </p><p class="article-text">
        No habla de pereza.
    </p><p class="article-text">
        Habla de la capacidad de disfrutar de un momento sin convertirlo inmediatamente en algo &uacute;til.
    </p><p class="article-text">
        Sentarse al sol. Escuchar la lluvia. Contemplar un paisaje. Pasear sin rumbo. Permanecer en silencio.
    </p><p class="article-text">
        Son momentos que no generan ingresos, no mejoran un curr&iacute;culum y no alimentan ning&uacute;n algoritmo.
    </p><p class="article-text">
        Precisamente por eso resultan tan valiosos.
    </p><p class="article-text">
        Vivimos rodeados de m&eacute;tricas. Medimos pasos, objetivos cumplidos, productividad y resultados, hasta olvidar que algunas de las experiencias m&aacute;s importantes de la vida no admiten ninguna medida.
    </p><p class="article-text">
        La calma no aparece en una hoja de resultados.
    </p><p class="article-text">
        Pero sostiene una vida m&aacute;s equilibrada.
    </p><h2 class="article-text">Aprender a parar sin pedir perd&oacute;n</h2><p class="article-text">
        Quiz&aacute; lo m&aacute;s dif&iacute;cil hoy no sea encontrar tiempo para descansar.
    </p><p class="article-text">
        Lo verdaderamente complicado es concedernos permiso para hacerlo.
    </p><p class="article-text">
        Muchas personas sienten la necesidad de justificar incluso sus momentos de descanso: me lo he ganado, esta semana ha sido muy dura, ma&ntilde;ana recuperar&eacute; el tiempo.
    </p><p class="article-text">
        Cuando el descanso necesita una excusa, deja de ser descanso para convertirse en una recompensa.
    </p><p class="article-text">
        Y descansar no deber&iacute;a ser un premio. Deber&iacute;a formar parte de una vida saludable, igual que dormir, alimentarse bien o cuidar nuestras relaciones.
    </p><p class="article-text">
        No se trata de idealizar la inactividad, sino de aceptar que una vida humana necesita alternar esfuerzo y recuperaci&oacute;n. Actividad y pausa.
    </p><h2 class="article-text">La rebeli&oacute;n empieza en el sof&aacute;</h2><p class="article-text">
        En una sociedad obsesionada con producir, quiz&aacute; uno de los actos m&aacute;s dif&iacute;ciles sea hacer algo aparentemente sencillo: parar.
    </p><p class="article-text">
        No comprar otra agenda. No descargar otra aplicaci&oacute;n para organizarnos mejor. No convertir el descanso en un nuevo proyecto. Simplemente detenerse.Apagar el m&oacute;vil durante un rato. Ignorar el reloj. Sentarse en un banco. Mirar c&oacute;mo cambia la luz al final de la tarde. Escuchar el viento entre los &aacute;rboles. Permanecer en silencio. Sin publicar una fotograf&iacute;a. Sin medir el tiempo.
    </p><p class="article-text">
        Sin convertir ese instante en una tarea m&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; el verdadero lujo del siglo XXI no sea viajar m&aacute;s, ganar m&aacute;s dinero o tachar m&aacute;s objetivos de una lista interminable.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; el verdadero lujo sea recuperar la capacidad de estar tranquilos sin sentir que estamos perdiendo el tiempo.
    </p><p class="article-text">
        Porque descansar no es dejar de vivir. Es permitir que el cuerpo recupere fuerzas, que la mente encuentre claridad y que la vida vuelva a un ritmo m&aacute;s humano.
    </p><p class="article-text">
        Tal vez el verdadero acto de rebeld&iacute;a en una sociedad que nunca deja de correr no consista en hacer m&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Tal vez consista, simplemente, en atreverse, de vez en cuando, a no hacer absolutamente nada.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Raquel Plaza Garro]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/palabras-clave/arte-no-descansar-convierte-acto-rebeldia_132_13426550.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 04 Aug 2026 05:14:27 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El arte de no hacer nada: cuando descansar se convierte en un acto de rebeldía]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Descanso,Desconexión]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Mirar al otro: el deber cívico del 'buenos días']]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/palabras-clave/mirar-deber-civico-buenos-dias_132_13420528.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d02c3c9d-4b21-4f63-8059-6585e6184733_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x1017y242.jpg" width="1200" height="675" alt="Mirar al otro: el deber cívico del &#039;buenos días&#039;"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Esas palabras no cotizan en bolsa, no aparecen en los índices macroeconómicos y apenas consumen un segundo de nuestro tiempo. Sin embargo, tienen un poder profundamente subversivo: rebajan la tensión, dignifican a quien las recibe y también a quien las pronuncia"</p></div><p class="article-text">
        Hace unos d&iacute;as entr&eacute; en un ascensor. &Eacute;ramos cuatro personas. Durante los pocos segundos que dur&oacute; el trayecto nadie levant&oacute; la vista del tel&eacute;fono ni pronunci&oacute; una sola palabra. Al salir pens&eacute; que quiz&aacute; la cortes&iacute;a no est&aacute; desapareciendo por mala educaci&oacute;n, sino por falta de atenci&oacute;n. Nos hemos acostumbrado tanto a vivir encerrados en nuestro propio mundo que, a veces, quienes est&aacute;n a nuestro lado parecen simplemente parte del paisaje.
    </p><p class="article-text">
        Cada generaci&oacute;n cree asistir al declive definitivo de la buena educaci&oacute;n. Nuestros abuelos aseguraban que los j&oacute;venes ya no respetaban a los mayores. Nuestros padres lamentaban que se estuvieran perdiendo las formas. Y hoy volvemos a escuchar que la cortes&iacute;a ha desaparecido. Quiz&aacute; haya algo de verdad en cada una de esas quejas, pero el problema de nuestro tiempo no es que hayamos olvidado los buenos modales. Es mucho m&aacute;s profundo: hemos dejado de prestar atenci&oacute;n a quienes nos rodean.
    </p><p class="article-text">
        Vivimos acelerados. Caminamos mirando la pantalla del tel&eacute;fono, respondemos mensajes mientras esperamos el autob&uacute;s y entramos en un comercio sin levantar la vista. No es mala educaci&oacute;n en el sentido cl&aacute;sico; es otra forma de invisibilidad. La prisa, el individualismo y la crispaci&oacute;n han ido erosionando esos peque&ntilde;os gestos que hacen m&aacute;s amable la vida en com&uacute;n. Resulta parad&oacute;jico que, precisamente en una &eacute;poca en la que hablamos tanto de derechos, igualdad e inclusi&oacute;n, nos cueste algo tan sencillo como mirar a alguien a los ojos y decir: &ldquo;Buenos d&iacute;as&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Es una realidad que suele percibirse con mayor intensidad en las grandes ciudades, donde el anonimato y el ritmo acelerado favorecen esa distancia entre las personas. En nuestros pueblos, en cambio, todav&iacute;a pervive la costumbre de saludar al cruzarse por la calle, de intercambiar unas palabras con el dependiente o de dar los buenos d&iacute;as al entrar en un establecimiento. Lo preocupante es que ese modo de vivir m&aacute;s impersonal empieza tambi&eacute;n a extenderse a los peque&ntilde;os municipios, llevado, en parte, por quienes trasladan all&iacute; unos h&aacute;bitos aprendidos en la ciudad. Ser&iacute;a una l&aacute;stima que esa sencilla cultura del saludo acabara convirti&eacute;ndose tambi&eacute;n en una especie en peligro de extinci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        La amabilidad se confunde con frecuencia con la sumisi&oacute;n o la debilidad. Parece que quien levanta la voz tiene m&aacute;s personalidad que quien sonr&iacute;e y que el cinismo resulta m&aacute;s inteligente que la cortes&iacute;a. Sin embargo, ocurre exactamente lo contrario. Ser amable con quienes queremos es relativamente f&aacute;cil; lo verdaderamente dif&iacute;cil es serlo con el desconocido, con la persona que nunca volveremos a ver, con quien no puede ofrecernos nada a cambio.
    </p><p class="article-text">
        La cortes&iacute;a no es hipocres&iacute;a ni sumisi&oacute;n. Es inteligencia social. Es autocontrol. Es empat&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        En una sociedad cada vez m&aacute;s digital y acelerada, esos gestos pueden parecer insignificantes. Sin embargo, nunca hab&iacute;an sido tan necesarios. Sucede cuando cedemos el paso, cuando escuchamos sin mirar el tel&eacute;fono, cuando pedimos disculpas tras un tropez&oacute;n involuntario o cuando saludamos al conductor del autob&uacute;s. Son gestos m&iacute;nimos, casi invisibles, pero poseen un enorme valor c&iacute;vico. Transmiten un mensaje silencioso y rotundo: &ldquo;Te veo. Reconozco que existes. Compartimos este espacio y mereces el mismo respeto que yo&rdquo;. La cortes&iacute;a tiene la extraordinaria capacidad de humanizar los lugares donde solo parec&iacute;a haber prisa.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; por eso estos gestos sean hoy m&aacute;s necesarios que nunca. Vivimos rodeados de discursos que alimentan la desconfianza, el enfrentamiento y la polarizaci&oacute;n. Se nos invita con demasiada frecuencia a clasificar a las personas entre los nuestros y los otros, entre quienes piensan como nosotros y quienes merecen nuestro desprecio. La cortes&iacute;a rompe esa l&oacute;gica binaria. Nos recuerda que, antes de ser votantes, consumidores o usuarios de una red social, somos, simplemente, personas.
    </p><p class="article-text">
        Tal vez estemos midiendo el progreso con las m&eacute;tricas equivocadas. Nos fijamos en el crecimiento econ&oacute;mico, en el n&uacute;mero de t&iacute;tulos universitarios o en los avances tecnol&oacute;gicos. Todo eso importa. Pero la verdadera madurez de una sociedad se descubre en algo mucho m&aacute;s humilde: en la naturalidad con la que sus ciudadanos siguen diciendo <em>por favor, gracias, perd&oacute;n o buenos d&iacute;as.</em>
    </p><p class="article-text">
        Esas palabras no cotizan en bolsa, no aparecen en los &iacute;ndices macroecon&oacute;micos y apenas consumen un segundo de nuestro tiempo. Sin embargo, tienen un poder profundamente subversivo: rebajan la tensi&oacute;n, dignifican a quien las recibe y tambi&eacute;n a quien las pronuncia. Nos recuerdan que nadie deber&iacute;a sentirse invisible.
    </p><p class="article-text">
        Porque, al fin y al cabo, la verdadera comunidad no se construye con grandes declaraciones. Empieza cada ma&ntilde;ana, cuando decidimos mirar al otro y decirle, simplemente: &ldquo;Buenos d&iacute;as&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Raquel Plaza Garro]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/palabras-clave/mirar-deber-civico-buenos-dias_132_13420528.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 31 Jul 2026 11:10:44 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Mirar al otro: el deber cívico del 'buenos días']]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Educación,Ciudadanía]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Un país no se sostiene solo: la fuerza de los servicios públicos, la prevención y la justicia fiscal]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/palabras-clave/pais-no-sostiene-fuerza-servicios-publicos-prevencion-justicia-fiscal_132_13410249.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/357effc6-b6c6-42c7-8c0e-a028737d2623_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x1040y490.jpg" width="1200" height="675" alt="Un país no se sostiene solo: la fuerza de los servicios públicos, la prevención y la justicia fiscal"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"En una comunidad como Castilla-La Mancha, marcada por el envejecimiento de la población y la dispersión territorial, estas políticas adquieren una importancia aún mayor"</p><p class="subtitle">Aquí puedes leer todos los artículos de Raquel Plaza Garro</p></div><p class="article-text">
        Hay realidades cuya importancia solo descubrimos cuando dejan de estar presentes. Mientras funcionan, apenas reparamos en ellas; forman parte de la normalidad cotidiana. Sin embargo, basta imaginar su ausencia para comprender hasta qu&eacute; punto sostienen nuestra vida.
    </p><p class="article-text">
        Lo comprobamos cada d&iacute;a, aunque pocas veces nos detenemos a pensarlo. La escuela donde aprendieron nuestros hijos, el centro de salud que nos atendi&oacute; de madrugada, el agua que brota al abrir un grifo, la carretera por la que viajamos con seguridad o la ayuda que recibe una persona dependiente forman parte de ese entramado silencioso que hace posible nuestra convivencia.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; ocurrir&iacute;a si ma&ntilde;ana dejara de salir agua del grifo? &iquest;Si una ambulancia no llegara cuando la necesitamos? &iquest;Si la escuela p&uacute;blica dejara de ofrecer oportunidades a quienes nacen en familias con menos recursos? 
    </p><p class="article-text">
        Solo cuando imaginamos ese vac&iacute;o comprendemos el verdadero valor de aquello que siempre ha estado ah&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        Los mejores servicios p&uacute;blicos son, muchas veces, aquellos cuya ausencia nunca llegamos a notar porque hicieron bien su trabajo antes de que apareciera el problema. Son la red invisible que sostiene la vida cotidiana y permite que la sociedad funcione con normalidad.
    </p><p class="article-text">
        Los servicios p&uacute;blicos representan una de las mayores conquistas de las democracias modernas. Son mucho m&aacute;s que un conjunto de prestaciones: garantizan que derechos esenciales no dependan del patrimonio familiar ni del lugar donde una persona haya nacido. Constituyen el patrimonio com&uacute;n de la ciudadan&iacute;a y la expresi&oacute;n m&aacute;s tangible del Estado del bienestar.
    </p><p class="article-text">
        Detr&aacute;s de ellos trabajan miles de profesionales &mdash;docentes, sanitarios, bomberos, agentes medioambientales, trabajadores sociales, jueces, polic&iacute;as, investigadores, t&eacute;cnicos y tantos otros servidores p&uacute;blicos&mdash; que convierten los derechos reconocidos por las leyes en una realidad cotidiana. Gracias a su labor, la igualdad deja de ser una aspiraci&oacute;n para convertirse en una experiencia concreta.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">¿Qué ocurriría si mañana dejara de salir agua del grifo? ¿Si una ambulancia no llegara cuando la necesitamos? ¿Si la escuela pública dejara de ofrecer oportunidades a quienes nacen en familias con menos recursos? </p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Defender los servicios p&uacute;blicos no significa ignorar que siempre pueden mejorar. Significa comprender que una sociedad solo puede aspirar a ser verdaderamente libre cuando garantiza unas condiciones b&aacute;sicas desde las que cada persona pueda desarrollar su propio proyecto de vida.
    </p><h2 class="article-text">Educaci&oacute;n y territorio: la mejor barrera contra la desigualdad</h2><p class="article-text">
        Si existe un instrumento capaz de reducir las desigualdades de origen, ese es la educaci&oacute;n. Ninguna democracia puede considerarse plenamente justa cuando el lugar de nacimiento o la renta familiar condicionan las oportunidades de toda una vida.
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de casi cuatro d&eacute;cadas en la ense&ntilde;anza p&uacute;blica he comprobado que el talento no entiende de rentas, de apellidos ni de c&oacute;digos postales. Lo &uacute;nico que necesita es un suelo f&eacute;rtil donde crecer. Para miles de ni&ntilde;os y ni&ntilde;as, ese suelo sigue siendo la escuela p&uacute;blica.
    </p><p class="article-text">
        He conocido muchas familias preocupadas por el coste de los libros o del comedor escolar y tambi&eacute;n c&oacute;mo una beca, un profesor comprometido o una oportunidad ofrecida a tiempo pueden cambiar el rumbo de una existencia.
    </p><p class="article-text">
        Cuando la educaci&oacute;n funciona como un verdadero ascensor social, el esfuerzo y la capacidad pesan m&aacute;s que el patrimonio familiar. La igualdad de oportunidades deja entonces de ser un principio abstracto para convertirse en una posibilidad real. En cambio, cuando la calidad educativa depende cada vez m&aacute;s de la capacidad econ&oacute;mica, la desigualdad termina hered&aacute;ndose de una generaci&oacute;n a otra.
    </p><p class="article-text">
        Algo semejante ocurre con la sanidad p&uacute;blica. Un sistema sanitario universal garantiza que nadie tenga que elegir entre recibir un tratamiento o comprometer la econom&iacute;a de su familia. La enfermedad no distingue entre ricos y pobres; la respuesta de una sociedad justa tampoco deber&iacute;a hacerlo.
    </p><p class="article-text">
        En comunidades como Castilla-La Mancha, la dispersi&oacute;n geogr&aacute;fica convierte la prestaci&oacute;n de los servicios p&uacute;blicos en un desaf&iacute;o permanente. Precisamente por eso resultan a&uacute;n m&aacute;s necesarios.
    </p><p class="article-text">
        Mantener un Colegio Rural Agrupado (CRA), un consultorio m&eacute;dico o una l&iacute;nea de transporte p&uacute;blico significa mucho m&aacute;s que prestar un servicio: significa garantizar que vivir en un pueblo no suponga renunciar a derechos.
    </p><h2 class="article-text">Los servicios sociales: una medida de humanidad</h2><p class="article-text">
        La calidad moral de una sociedad tambi&eacute;n se mide por la protecci&oacute;n que ofrece a quienes atraviesan momentos de mayor vulnerabilidad.
    </p><p class="article-text">
        La Ley de Dependencia constituye uno de los avances sociales m&aacute;s importantes de nuestra democracia. Gracias a ella, cientos de miles de personas pueden mantener su autonom&iacute;a y afrontar la vejez o la enfermedad con mayor dignidad. Es una realidad que hoy observo muy de cerca en mi propia generaci&oacute;n y en la de nuestros padres.
    </p><p class="article-text">
        En una comunidad como Castilla-La Mancha, marcada por el envejecimiento de la poblaci&oacute;n y la dispersi&oacute;n territorial, estas pol&iacute;ticas adquieren una importancia a&uacute;n mayor.
    </p><p class="article-text">
        La ayuda a domicilio, la teleasistencia o los centros de d&iacute;a permiten que muchas personas mayores contin&uacute;en viviendo en sus pueblos, rodeadas de sus recuerdos, de sus vecinos y de su comunidad. Al mismo tiempo, generan empleo, fijan poblaci&oacute;n y contribuyen a mantener vivos numerosos municipios.
    </p><blockquote class="quote">

    
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      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">En una comunidad como Castilla-La Mancha, marcada por el envejecimiento de la población y la dispersión territorial, estas políticas adquieren una importancia aún mayor</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Adem&aacute;s, estas pol&iacute;ticas han ayudado a corregir una injusticia hist&oacute;rica: durante d&eacute;cadas, el cuidado de las personas dependientes recay&oacute; casi exclusivamente sobre las mujeres de las familias. Profesionalizar esos cuidados tambi&eacute;n supone avanzar en igualdad.
    </p><p class="article-text">
        Proteger a quien m&aacute;s lo necesita no es un acto de caridad. Es una obligaci&oacute;n de justicia y una de las expresiones m&aacute;s nobles de una sociedad verdaderamente civilizada.
    </p><h2 class="article-text">Los servicios p&uacute;blicos tambi&eacute;n crean riqueza</h2><p class="article-text">
        Con frecuencia se plantea un falso dilema entre lo p&uacute;blico y lo privado, como si ambos fueran incompatibles. La realidad demuestra exactamente lo contrario. Las econom&iacute;as m&aacute;s din&aacute;micas suelen ser tambi&eacute;n aquellas que cuentan con instituciones s&oacute;lidas y unos servicios p&uacute;blicos de calidad.
    </p><p class="article-text">
        Ninguna empresa puede prosperar sin infraestructuras adecuadas, seguridad jur&iacute;dica, universidades que formen profesionales cualificados o un sistema sanitario que cuide de los trabajadores. Tampoco puede desarrollarse la innovaci&oacute;n sin investigaci&oacute;n p&uacute;blica ni atraer inversiones un territorio que carezca de estabilidad institucional.
    </p><p class="article-text">
        Los servicios p&uacute;blicos no son un obst&aacute;culo para el crecimiento econ&oacute;mico. Constituyen la infraestructura f&iacute;sica, jur&iacute;dica y humana que hace posible la actividad productiva. La educaci&oacute;n forma el talento; la sanidad protege el capital humano; la justicia genera confianza; la investigaci&oacute;n impulsa la innovaci&oacute;n; la protecci&oacute;n del medio ambiente preserva recursos que tambi&eacute;n son riqueza.
    </p><p class="article-text">
        Por eso resulta un error contemplar el gasto p&uacute;blico &uacute;nicamente como un coste. Buena parte de &eacute;l constituye una inversi&oacute;n que fortalece el desarrollo econ&oacute;mico, mejora la competitividad, incrementa la cohesi&oacute;n social y genera confianza.
    </p><h2 class="article-text">Cuando el monte arde, comprendemos el valor de la prevenci&oacute;n</h2><p class="article-text">
        Estos d&iacute;as asistimos con preocupaci&oacute;n a los incendios forestales que vuelven a golpear distintos puntos de nuestro pa&iacute;s. Las im&aacute;genes de montes calcinados, vecinos desalojados y profesionales jug&aacute;ndose la vida nos conmueven porque recuerdan la enorme fragilidad de nuestro patrimonio natural y de tantas poblaciones que viven junto al bosque.
    </p><p class="article-text">
        En esos momentos reconocemos el trabajo extraordinario de los equipos de extinci&oacute;n y comprendemos el valor de contar con unos servicios p&uacute;blicos preparados para responder ante la emergencia. Pero la verdadera reflexi&oacute;n deber&iacute;a comenzar cuando las llamas se apagan.
    </p><p class="article-text">
        Los incendios no empiezan el d&iacute;a que vemos el humo. Empiezan mucho antes.
    </p><p class="article-text">
        Empiezan cuando los montes dejan de gestionarse adecuadamente, cuando faltan labores preventivas, cuando disminuyen los recursos destinados a la limpieza forestal o cuando los profesionales que conocen el territorio solo encuentran trabajo durante la campa&ntilde;a de verano.
    </p><p class="article-text">
        Por eso conviene recordar una idea tan sencilla como decisiva: los incendios se apagan en verano, pero se previenen en invierno.
    </p><p class="article-text">
        Mantener equipos forestales estables durante todo el a&ntilde;o, invertir en gesti&oacute;n forestal, conservar cortafuegos, apoyar la actividad del mundo rural y planificar con visi&oacute;n de futuro no son gastos prescindibles. Son inversiones que protegen vidas humanas, biodiversidad, econom&iacute;a local y patrimonio natural.
    </p><p class="article-text">
        En comunidades como Castilla-La Mancha, donde el monte forma parte de nuestra identidad y muchos municipios conviven con amplias masas forestales, la prevenci&oacute;n adquiere un valor todav&iacute;a mayor. Proteger nuestros bosques es tambi&eacute;n proteger nuestros pueblos.
    </p><blockquote class="quote">

    
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      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">En comunidades como Castilla-La Mancha, donde el monte forma parte de nuestra identidad y muchos municipios conviven con amplias masas forestales, la prevención adquiere un valor todavía mayor. Proteger nuestros bosques es también proteger nuestros pueblos</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Porque la prevenci&oacute;n es, quiz&aacute;, el servicio p&uacute;blico m&aacute;s silencioso. Cuando funciona, apenas ocupa titulares. Cuando falla, el precio puede ser irreparable.
    </p><h2 class="article-text">Cuando lo p&uacute;blico se debilita</h2><p class="article-text">
        Precisamente porque los servicios p&uacute;blicos sostienen buena parte de nuestra vida cotidiana, conviene preguntarse por qu&eacute;, en ocasiones, terminan deterior&aacute;ndose.
    </p><p class="article-text">
        Lo p&uacute;blico rara vez se debilita de un d&iacute;a para otro. Normalmente es el resultado de un proceso lento y silencioso: inversiones que se aplazan, plantillas insuficientes, infraestructuras que envejecen y servicios que, poco a poco, van perdiendo capacidad de respuesta.
    </p><p class="article-text">
        Resulta especialmente preocupante comprobar que algunas comunidades aut&oacute;nomas han convertido la reducci&oacute;n de la inversi&oacute;n en servicios p&uacute;blicos esenciales en una opci&oacute;n pol&iacute;tica. Mientras se anuncian rebajas fiscales o se destinan recursos a otras prioridades, la sanidad, la educaci&oacute;n, la atenci&oacute;n a la dependencia, la prevenci&oacute;n de incendios o los servicios sociales ven c&oacute;mo disminuye su capacidad para responder a las necesidades de la ciudadan&iacute;a. Los presupuestos nunca son neutros: reflejan el modelo de sociedad que se quiere construir. Y cuando los servicios p&uacute;blicos dejan de figurar entre las prioridades, el deterioro acaba siendo inevitable.
    </p><p class="article-text">
        Con frecuencia, ese deterioro sirve despu&eacute;s para presentar la privatizaci&oacute;n como una soluci&oacute;n casi inevitable. Sin embargo, el problema rara vez reside en la naturaleza p&uacute;blica del servicio. Lo que suele faltar son recursos suficientes, planificaci&oacute;n a largo plazo y una voluntad pol&iacute;tica decidida de fortalecerlo.
    </p><p class="article-text">
        La colaboraci&oacute;n entre el sector p&uacute;blico y el privado puede ser positiva cuando responde al inter&eacute;s general y contribuye a mejorar la calidad de los servicios. El problema aparece cuando la l&oacute;gica del beneficio econ&oacute;mico desplaza a la l&oacute;gica del derecho.
    </p><p class="article-text">
        La sanidad, la educaci&oacute;n, la atenci&oacute;n a la dependencia o la protecci&oacute;n de nuestros montes no son simples bienes de consumo. Su finalidad consiste en garantizar que cualquier ciudadano reciba una atenci&oacute;n digna, con independencia de su nivel de renta o del lugar donde resida.
    </p><blockquote class="quote">

    
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      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">La colaboración entre el sector público y el privado puede ser positiva cuando responde al interés general y contribuye a mejorar la calidad de los servicios. El problema aparece cuando la lógica del beneficio económico desplaza a la lógica del derecho</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Cuando el acceso a esos derechos depende cada vez m&aacute;s de la capacidad econ&oacute;mica, la sociedad comienza a fragmentarse. Quienes disponen de mayores recursos encuentran alternativas; quienes no pueden permit&iacute;rselas dependen de unos servicios p&uacute;blicos que, si contin&uacute;an debilit&aacute;ndose, tendr&aacute;n cada vez m&aacute;s dificultades para cumplir su funci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Esa din&aacute;mica incrementa la desigualdad y erosiona uno de los pilares de toda democracia: la igualdad de oportunidades.
    </p><p class="article-text">
        Una sociedad cohesionada necesita un sector privado din&aacute;mico, innovador y creador de riqueza, pero tambi&eacute;n unos servicios p&uacute;blicos fuertes que garanticen derechos b&aacute;sicos para todos.
    </p><p class="article-text">
        Defender unos servicios p&uacute;blicos s&oacute;lidos no significa rechazar la iniciativa privada. Significa reconocer que existen bienes cuya protecci&oacute;n afecta al conjunto de la sociedad y cuya garant&iacute;a no puede quedar subordinada exclusivamente a las reglas del mercado.
    </p><h2 class="article-text">Justicia fiscal: contribuir seg&uacute;n la capacidad de cada uno</h2><p class="article-text">
        Nada de todo ello surge por generaci&oacute;n espont&aacute;nea. Cada colegio, cada hospital, cada carretera, cada ambulancia, cada agente forestal, cada parque de bomberos, cada brigada forestal o cada ayuda a domicilio existen porque millones de ciudadanos contribuyen mediante sus impuestos.
    </p><p class="article-text">
        Ese esfuerzo solo resulta leg&iacute;timo cuando se apoya en un principio esencial: la justicia fiscal.
    </p><p class="article-text">
        Quien m&aacute;s capacidad econ&oacute;mica tiene debe aportar m&aacute;s, no para castigar el &eacute;xito, sino para repartir el esfuerzo de manera equitativa y garantizar el sostenimiento de unos servicios p&uacute;blicos que benefician al conjunto de la sociedad.
    </p><p class="article-text">
        Pero ese principio tambi&eacute;n obliga a las administraciones p&uacute;blicas.
    </p><p class="article-text">
        Los ciudadanos tienen derecho a exigir que cada euro recaudado se gestione con honestidad, eficiencia y transparencia. La confianza en las instituciones se construye tanto mediante una fiscalidad justa como a trav&eacute;s de una gesti&oacute;n ejemplar de los recursos p&uacute;blicos.
    </p><p class="article-text">
        Porque el dinero malversado o el impuesto evadido nunca desaparecen en abstracto.
    </p><p class="article-text">
        Siempre tienen un rostro concreto: un profesor menos en un aula, una lista de espera m&aacute;s larga, una carretera que tarda en repararse, un monte que no recibe el mantenimiento necesario, una ayuda a domicilio que no llega o una oportunidad perdida para quien m&aacute;s la necesita.
    </p><h2 class="article-text">Cada fraude fiscal tiene una v&iacute;ctima invisible</h2><p class="article-text">
        Pero tambi&eacute;n la tienen las decisiones presupuestarias que relegan los servicios p&uacute;blicos esenciales. Reducir de forma continuada la inversi&oacute;n en aquello que garantiza derechos puede no producir efectos inmediatos, pero termina debilitando la cohesi&oacute;n social, aumentando las desigualdades y deteriorando la confianza de los ciudadanos en las instituciones.
    </p><h2 class="article-text">Una inversi&oacute;n en nuestro futuro</h2><p class="article-text">
        El siglo XXI nos enfrenta a desaf&iacute;os que hace apenas unas d&eacute;cadas resultaban dif&iacute;ciles de imaginar: el envejecimiento de la poblaci&oacute;n, el reto demogr&aacute;fico, la transici&oacute;n ecol&oacute;gica, la revoluci&oacute;n tecnol&oacute;gica, el cambio clim&aacute;tico, las nuevas desigualdades o el incremento de fen&oacute;menos extremos como los grandes incendios forestales.
    </p><p class="article-text">
        Responder a todos ellos exige fortalecer unos servicios p&uacute;blicos capaces de anticiparse a los problemas, no solo de reaccionar cuando ya se han producido.
    </p><p class="article-text">
        Porque una sociedad inteligente no espera a que un alumno abandone la escuela para apoyar a su familia. No espera a que una enfermedad se agrave para garantizar la atenci&oacute;n sanitaria. No espera a que una persona mayor quede desatendida para ofrecerle ayuda. Y tampoco deber&iacute;a esperar a que un bosque arda para comprender la importancia de invertir en su cuidado.
    </p><p class="article-text">
        La prevenci&oacute;n, casi siempre silenciosa e invisible, constituye una de las formas m&aacute;s eficaces y rentables de proteger el bienestar colectivo.
    </p><p class="article-text">
        Del mismo modo, los impuestos no son un castigo al &eacute;xito ni una carga arbitraria. Son la expresi&oacute;n pr&aacute;ctica de un compromiso compartido: que cada persona contribuya seg&uacute;n su capacidad para que nadie quede desprotegido cuando m&aacute;s lo necesite.
    </p><p class="article-text">
        Defender unos servicios p&uacute;blicos fuertes, una fiscalidad progresiva, combatir el fraude y exigir una gesti&oacute;n p&uacute;blica honesta y transparente no es una cuesti&oacute;n ideol&oacute;gica. Es una cuesti&oacute;n de responsabilidad democr&aacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n lo es exigir que quienes gobiernan sit&uacute;en estos servicios entre sus prioridades presupuestarias. Porque gobernar consiste, en buena medida, en decidir qu&eacute; merece ser protegido. Y pocas decisiones tienen mayor trascendencia que garantizar la educaci&oacute;n, la sanidad, la dependencia, la protecci&oacute;n del medio ambiente, la seguridad o la atenci&oacute;n social como pilares irrenunciables del bienestar com&uacute;n.
    </p><p class="article-text">
        La grandeza de un pa&iacute;s no se mide por el n&uacute;mero de sus millonarios ni &uacute;nicamente por el crecimiento de su producto interior bruto.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Mientras haya responsables públicos que consideren estos servicios una prioridad, estaremos invirtiendo en un país más libre, más justo y más cohesionado. Pero cuando dejan de serlo, no solo se deterioran las prestaciones: se debilita el propio contrato social que sostiene nuestra convivencia democrática</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n se mide por la escuela donde aprende un ni&ntilde;o; por el hospital que atiende una urgencia; por la ayuda que permite a una persona mayor seguir viviendo en su casa; por el agente medioambiental que cuida del monte cuando nadie lo ve; por el bombero que acude cuando todo parece perdido; por la investigadora que busca nuevos tratamientos; por el trabajador social que acompa&ntilde;a a quien atraviesa un momento dif&iacute;cil.
    </p><p class="article-text">
        Detr&aacute;s de cada servicio p&uacute;blico hay personas cuidando de otras personas.
    </p><p class="article-text">
        Y mientras haya responsables p&uacute;blicos que consideren estos servicios una prioridad, estaremos invirtiendo en un pa&iacute;s m&aacute;s libre, m&aacute;s justo y m&aacute;s cohesionado. Pero cuando dejan de serlo, no solo se deterioran las prestaciones: se debilita el propio contrato social que sostiene nuestra convivencia democr&aacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        Porque, al fin y al cabo, la definici&oacute;n m&aacute;s sencilla &mdash;y quiz&aacute; tambi&eacute;n la m&aacute;s hermosa&mdash; de una sociedad digna es aquella en la que las personas cuidan de otras personas.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Raquel Plaza Garro]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/palabras-clave/pais-no-sostiene-fuerza-servicios-publicos-prevencion-justicia-fiscal_132_13410249.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 27 Jul 2026 15:12:39 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Un país no se sostiene solo: la fuerza de los servicios públicos, la prevención y la justicia fiscal]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Servicios públicos,Ley de dependencia,Educación,Sanidad,Bienestar social,Incendios forestales,Privatizaciones]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Cada incendio me devuelve al primero]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/palabras-clave/incendio-devuelve_132_13400558.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0915409c-b387-4cd7-bcfb-d744f5520dbf_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Cada incendio me devuelve al primero"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Cuatro personas perdieron la vida intentando defender el monte. Hoy descansan juntas bajo una misma lápida en el cementerio de mi pueblo. De vez en cuando me detengo ante ella y siempre pienso lo mismo: detrás de cada incendio hay mucho más que hectáreas calcinadas. Hay nombres, hay familias y hay una ausencia que el tiempo nunca termina de borrar"</p><p class="subtitle">Crean una canción con IA que reivindica el territorio por el fuego de La Mierla: “Gracias por defender la Sierra, volveremos a empezar”</p></div><p class="article-text">
        Hay recuerdos que nunca desaparecen. Permanecen dormidos durante a&ntilde;os hasta que una columna de humo vuelve a despertarlos.
    </p><p class="article-text">
        Estos d&iacute;as, mientras ve&iacute;a las im&aacute;genes de los incendios que asolan Espa&ntilde;a, una y otra vez volv&iacute;a al mismo recuerdo. Y hoy, cuando el humo ha vuelto a aparecer en Almorox, ese recuerdo ha regresado con toda su fuerza.
    </p><p class="article-text">
        El primero me lleva a mi infancia.
    </p><p class="article-text">
        En mi pueblo, cuando las campanas de la iglesia sonaban de una forma distinta, nadie preguntaba qu&eacute; ocurr&iacute;a. Todo el mundo lo sab&iacute;a. Hab&iacute;a un incendio.
    </p><p class="article-text">
        No exist&iacute;an los grandes dispositivos de extinci&oacute;n que conocemos hoy ni los medios a&eacute;reos que ahora vemos sobrevolando los montes. Eran los propios vecinos quienes dejaban lo que estaban haciendo y corr&iacute;an hacia el fuego con azadas, ramas o cualquier herramienta que pudiera servir para abrir un cortafuegos o sofocar las llamas. Era una lucha desigual, pero era la &uacute;nica que conoc&iacute;an.
    </p><p class="article-text">
        Aquel incendio termin&oacute; de la peor manera posible. Cuatro personas perdieron la vida intentando defender el monte. Hoy descansan juntas bajo una misma l&aacute;pida en el cementerio de mi pueblo. De vez en cuando me detengo ante ella y siempre pienso lo mismo: detr&aacute;s de cada incendio hay mucho m&aacute;s que hect&aacute;reas calcinadas. Hay nombres, hay familias y hay una ausencia que el tiempo nunca termina de borrar.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Incendio de Selas (Guadalajara) en julio de 2026"
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                Incendio de Selas (Guadalajara) en julio de 2026                            </span>
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                </figure><p class="article-text">
        Con los a&ntilde;os comprend&iacute; que aquella tragedia no hab&iacute;a sido una excepci&oacute;n. El fuego ha seguido llev&aacute;ndose vidas en muchos rincones de Espa&ntilde;a. Nunca olvidar&eacute; el incendio de Riba de Saelices, en Guadalajara, en el verano de 2005. Once integrantes del operativo de extinci&oacute;n &mdash;nueve bomberos forestales y dos agentes medioambientales&mdash; quedaron atrapados por las llamas y perdieron la vida intentando salvar el monte. Aquella tragedia conmovi&oacute; a todo el pa&iacute;s y marc&oacute; un antes y un despu&eacute;s en la lucha contra los incendios forestales.
    </p><p class="article-text">
        Pero, por desgracia, tampoco fue la &uacute;ltima. Despu&eacute;s, han seguido llegando noticias de otros incendios, de otros compa&ntilde;eros ca&iacute;dos, de otros vecinos que no lograron escapar, de otras familias rotas. Cambian los lugares, cambian los nombres y cambian los a&ntilde;os, pero el dolor siempre es el mismo.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; por eso, cada vez que alguien reduce un incendio al n&uacute;mero de hect&aacute;reas quemadas, siento que falta una parte esencial de la historia. Porque un incendio nunca consume solo &aacute;rboles. Tambi&eacute;n deja cicatrices en quienes sobreviven, en las familias que pierden a los suyos y en quienes tienen que empezar de nuevo despu&eacute;s de ver desaparecer, entre las llamas, todo aquello que hab&iacute;an levantado con a&ntilde;os de trabajo.
    </p><p class="article-text">
        Con el paso de los a&ntilde;os pens&eacute; que aquellos recuerdos quedar&iacute;an atr&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Pero el fuego volvi&oacute; a cruzarse en mi camino.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text"> Porque un incendio nunca consume solo árboles. También deja cicatrices en quienes sobreviven, en las familias que pierden a los suyos y en quienes tienen que empezar de nuevo después de ver desaparecer, entre las llamas, todo aquello que habían levantado con años de trabajo</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Cuando la vida me llev&oacute; a Almorox, nunca imagin&eacute; que aquel monte acabar&iacute;a formando parte de mi propia historia. Con el tiempo se convirti&oacute; en mi pueblo de acogida y aprend&iacute; a querer su pinar como si tambi&eacute;n fuera un poco m&iacute;o.
    </p><p class="article-text">
        All&iacute; viv&iacute; el gran incendio de 1994, que arras&oacute; parte del monte. Despu&eacute;s llegar&iacute;an otros. Cada uno distinto, pero todos dejando una enorme cicatriz.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, tambi&eacute;n tuve la suerte de contemplar el otro lado de la historia.
    </p><p class="article-text">
        Tiempo despu&eacute;s de aquel incendio, subimos al pinar con los ni&ntilde;os del colegio a repoblar parte de la zona quemada con pinos pi&ntilde;oneros. Todav&iacute;a recuerdo aquella ma&ntilde;ana. Pis&aacute;bamos ceniza mientras los ni&ntilde;os plantaban peque&ntilde;os &aacute;rboles con una ilusi&oacute;n contagiosa. Nosotros segu&iacute;amos viendo la devastaci&oacute;n; ellos solo eran capaces de imaginar el bosque que alg&uacute;n d&iacute;a volver&iacute;a a crecer.
    </p><p class="article-text">
        Y, en buena medida, as&iacute; ocurri&oacute;.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Una columna de humo se ve en la distancia, a 17 de julio de 2026, en La Mierla, Guadalajara, Castilla-La Mancha (España). La evolución del incendio declarado este jueves, 16 de julio, en la población guadalajareña de La Mierla ha provocado que el Gobierno"
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            <span class="title">
                Una columna de humo se ve en la distancia, a 17 de julio de 2026, en La Mierla, Guadalajara, Castilla-La Mancha (España). La evolución del incendio declarado este jueves, 16 de julio, en la población guadalajareña de La Mierla ha provocado que el Gobierno                            </span>
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        Muchas zonas fueron recuper&aacute;ndose gracias a las repoblaciones impulsadas por el Ministerio de Agricultura y al trabajo constante de los agentes medioambientales, cuyo esfuerzo merece siempre nuestro reconocimiento. Pero la naturaleza tambi&eacute;n hizo su parte. Poco a poco comenzaron a aparecer encinas, alcornoques y otras especies aut&oacute;ctonas que demostraban que el monte posee una extraordinaria capacidad para regenerarse cuando se le da una oportunidad.
    </p><p class="article-text">
        Durante todos estos a&ntilde;os he visto c&oacute;mo ese paisaje cambiaba. No solo por los incendios. Tambi&eacute;n porque cambi&oacute; nuestra forma de relacionarnos con el monte.
    </p><p class="article-text">
        Cuando yo era peque&ntilde;a, y tambi&eacute;n cuando llegu&eacute; a Almorox, el monte estaba lleno de vida. Se recog&iacute;an las pi&ntilde;as del pino pi&ntilde;onero, hab&iacute;a ganado pastando, se aprovechaba la le&ntilde;a y exist&iacute;a una actividad constante que, sin llamarla as&iacute;, tambi&eacute;n era gesti&oacute;n forestal. Aquellos usos manten&iacute;an limpio el terreno y evitaban que la vegetaci&oacute;n se acumulara como ocurre hoy.
    </p><p class="article-text">
        Ahora muchos de esos aprovechamientos han desaparecido. La le&ntilde;a apenas se recoge, el pastoreo ha disminuido y los pinares acumulan una enorme cantidad de combustible vegetal. A ello se suma otro problema: la presencia de urbanizaciones integradas en el monte o muy pr&oacute;ximas a &eacute;l, donde no siempre todas las parcelas se mantienen en las condiciones adecuadas. Cuando el fuego llega a esos lugares ya no solo amenaza al bosque; amenaza tambi&eacute;n las viviendas y la vida de quienes las habitan.
    </p><p class="article-text">
        Pero ser&iacute;a injusto pensar que esa es la &uacute;nica explicaci&oacute;n.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="El rastro del incendio en La Mierla (Guadalajara) el 21 de julio de 2026"
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            <span class="title">
                El rastro del incendio en La Mierla (Guadalajara) el 21 de julio de 2026                            </span>
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        Los incendios de hoy tambi&eacute;n son consecuencia de una realidad clim&aacute;tica muy distinta. Las olas de calor son m&aacute;s intensas, las sequ&iacute;as se prolongan durante meses y el viento convierte cualquier conato en un incendio extremadamente dif&iacute;cil de controlar. Quienes trabajan en la extinci&oacute;n lo saben mejor que nadie. Lo saben bien quienes estos d&iacute;as luchan sin descanso contra los grandes incendios que vuelven a golpear a nuestro pa&iacute;s y, de forma especial, a Castilla-La Mancha.
    </p><p class="article-text">
        Mientras segu&iacute;amos pendientes de Guadalajara, el humo volv&iacute;a a aparecer tambi&eacute;n en Almorox. Es imposible no sentir un nudo en el est&oacute;mago.
    </p><p class="article-text">
        Afortunadamente, ya no son las campanas las que movilizan a los vecinos. Hoy contamos con bomberos forestales, agentes medioambientales, brigadas y medios a&eacute;reos extraordinariamente preparados que realizan un trabajo admirable y que merecen todo nuestro reconocimiento. Gracias a ellos se salvan montes, pueblos y muchas vidas. Pero ni siquiera ellos pueden vencer solos una batalla que empieza mucho antes de que aparezca la primera llama.
    </p><p class="article-text">
        Cada vez que veo una columna de humo vuelvo a escuchar aquellas campanas de mi infancia.
    </p><p class="article-text">
        Por todo ellos, estoy convencida de que la verdadera lucha contra los incendios no empieza cuando despega el primer helic&oacute;ptero. Empieza mucho antes: cuando cuidamos el territorio durante todo el a&ntilde;o, cuando entendemos que la prevenci&oacute;n es tan importante como la extinci&oacute;n, cuando mantenemos limpias las parcelas, recuperamos los aprovechamientos compatibles con la conservaci&oacute;n y dejamos de dar la espalda al monte.
    </p><p class="article-text">
        Porque un monte no es solo un paisaje. Es la memoria de quienes lo han trabajado, de quienes han crecido en &eacute;l y de quienes han aprendido a quererlo. Forma parte de nuestra historia y tambi&eacute;n de lo que somos.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; por eso, cada vez que veo una columna de humo, sigo escuchando aquellas campanas de mi infancia. Y entonces comprendo que hay incendios que nunca terminan de apagarse.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Raquel Plaza Garro]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/palabras-clave/incendio-devuelve_132_13400558.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 23 Jul 2026 07:55:52 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Cada incendio me devuelve al primero]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Incendios,Fuego,Incendis forestals,Prevención incendios,Bomberos forestales]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Donde descansan los nuestros]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/palabras-clave/descansan_132_13391842.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/19bdcd23-d830-41e6-8605-d89f38094628_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Donde descansan los nuestros"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"La democracia también se mide por la forma en que cuida la memoria de quienes nunca pudieron volver a casa"</p></div><p class="article-text">
        Agustina Recio ten&iacute;a seis a&ntilde;os cuando vio c&oacute;mo se llevaban a su padre.
    </p><p class="article-text">
        Era noviembre de 1936. La familia cenaba en el patio de su casa, en Recas, un peque&ntilde;o pueblo de Toledo, cuando varios hombres llamaron a la puerta. Florentino Recio apenas tuvo tiempo de levantarse de la mesa. Agustina, sin comprender, le pidi&oacute; que no hiciera caso y siguiera cenando. &Eacute;l la mir&oacute;, dej&oacute; el plato y sali&oacute; con quienes hab&iacute;an ido a buscarlo. Aquella fue la &uacute;ltima vez que lo vio.
    </p><p class="article-text">
        Durante d&eacute;cadas, su padre no tuvo una tumba. No hubo un lugar donde llevar flores, ni una l&aacute;pida donde leer su nombre, ni una fecha que permitiera cerrar el duelo. Solo exist&iacute;a una ausencia que llenaba la casa y que nadie pod&iacute;a nombrar.
    </p><p class="article-text">
        Ochenta y siete a&ntilde;os despu&eacute;s, en febrero de 2023, la ciencia pudo responder a una pregunta que hab&iacute;a atravesado tres generaciones. Los trabajos arqueol&oacute;gicos y las pruebas gen&eacute;ticas permitieron identificar los restos de Florentino Recio, fusilado junto a otros vecinos y sepultado en una fosa com&uacute;n del cementerio municipal. Cuando Agustina recibi&oacute; la peque&ntilde;a caja con los restos de su padre, no habl&oacute; de pol&iacute;tica, ni de leyes, ni de bandos. Entre los objetos recuperados aparecieron una tabaquera de cuero y un mechero de pedernal. Ella solo expres&oacute; el deseo que hab&iacute;a custodiado toda una vida: <em>&ldquo;Solo quiero que est&eacute; junto a mi madre y mi hermana&rdquo;</em>
    </p><p class="article-text">
        Porque la memoria democr&aacute;tica no comienza en un bolet&iacute;n oficial, ni en un debate parlamentario, ni en una sentencia judicial. Comienza el d&iacute;a en que una hija deja de preguntarse d&oacute;nde est&aacute; su padre.
    </p><h2 class="article-text">El lenguaje de las familias</h2><p class="article-text">
        Durante a&ntilde;os, el debate p&uacute;blico ha girado alrededor de conceptos como reparaci&oacute;n, exhumaci&oacute;n o reconciliaci&oacute;n. Son palabras necesarias, pero a veces demasiado abstractas para explicar el peso de una espera que roza el siglo. Los arque&oacute;logos hablan de excavaciones. Los antrop&oacute;logos forenses, de identificaci&oacute;n. Los genetistas, de perfiles de ADN. Pero las familias utilizan un lenguaje mucho m&aacute;s elemental. Ellas hablan de volver a casa.
    </p><p class="article-text">
        <em>&ldquo;Los cient&iacute;ficos recuperan restos humanos; las familias recuperan personas&rdquo;.</em>
    </p><p class="article-text">
        Ese mismo hilo invisible se hizo visible en el cementerio de Manzanares, en Ciudad Real. Entre 2021 y 2025, un proyecto de exhumaci&oacute;n sistem&aacute;tica en las fosas comunes del municipio permiti&oacute; devolver la identidad a veintiuna personas. En noviembre de 2025, sus familias recibieron los restos de sus padres y abuelos. El Ayuntamiento defini&oacute; el acto con tres adjetivos que explican el proceso mejor que cualquier discurso: humano, hist&oacute;rico y necesario.
    </p><p class="article-text">
        Entre quienes esperaban estaba Marne Garc&iacute;a-Abadillo Padilla. Cumpl&iacute;a una promesa heredada. Su padre, Bernardo Garc&iacute;a-Abadillo, dedic&oacute; buena parte de su vida a intentar localizar a su propio progenitor, fusilado tras la contienda. Muri&oacute; sin conseguirlo. Fue su hija quien termin&oacute; cerrando el c&iacute;rculo.
    </p><p class="article-text">
        Historias como las de Agustina y Marne no son excepcionales. Precisamente por eso resultan extraordinarias. Castilla-La Mancha ocupa un lugar singular en la geograf&iacute;a de la Guerra Civil y la posguerra. Aqu&iacute; se libraron algunos de los episodios m&aacute;s determinantes del conflicto: Toledo qued&oacute; ligada al asedio del Alc&aacute;zar; Guadalajara fue el escenario de la primera gran derrota de las tropas fascistas enviadas por Mussolini; Albacete acogi&oacute; el cuartel general de las Brigadas Internacionales, y en numerosos pueblos de Ciudad Real, Cuenca y Toledo la violencia de la retaguardia dio paso a una represi&oacute;n institucionalizada y tard&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Pero la historia de la regi&oacute;n no se escribi&oacute; &uacute;nicamente en los frentes de batalla. Se escribi&oacute; tambi&eacute;n en las cocinas donde se impuso el mutismo, en las habitaciones donde una fotograf&iacute;a permaneci&oacute; escondida tras el marco de una estampa religiosa, y en las tapias de los cementerios donde muchas familias intu&iacute;an la verdad, aunque nadie se atreviese a se&ntilde;alarla con el dedo.
    </p><h2 class="article-text">El peso del silencio</h2><p class="article-text">
        Historiadores como Francisco Al&iacute;a Miranda, en sus investigaciones sobre el alcance de la represi&oacute;n en el centro peninsular, y Juli&aacute;n Casanova coinciden en un diagn&oacute;stico que hoy cuenta con un s&oacute;lido consenso acad&eacute;mico: tras el conflicto, el nuevo Estado construy&oacute; una memoria oficial que monopoliz&oacute; el duelo. Los ca&iacute;dos del bando vencedor recibieron honores p&uacute;blicos, pensiones, inscripciones en fachadas e iglesias, y sepulturas dignificadas. Sus nombres se integraron en el relato heroico del r&eacute;gimen.
    </p><p class="article-text">
        Por el contrario, las familias de los ejecutados o desaparecidos por la represi&oacute;n franquista quedaron excluidas de cualquier reconocimiento. Muchas ni siquiera supieron d&oacute;nde yac&iacute;an sus familiares; otras comprendieron pronto que preguntar implicaba un riesgo directo. No se trata de establecer una jerarqu&iacute;a del sufrimiento. La muerte de un padre o de un hijo doli&oacute; igual en todas partes. Lo que la investigaci&oacute;n hist&oacute;rica documenta es que el reconocimiento p&uacute;blico de ese dolor fue radicalmente desigual.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; por eso Agustina nunca supo exactamente d&oacute;nde estaba enterrado su padre. Sab&iacute;a, como tantas otras familias, que hab&iacute;a una ausencia. Pero durante d&eacute;cadas nadie pudo convertir esa intuici&oacute;n en una certeza.
    </p><p class="article-text">
        El silencio se convirti&oacute; as&iacute; en una herramienta de supervivencia. Durante d&eacute;cadas, en miles de hogares manchegos hubo conversaciones que solo se manten&iacute;an con las ventanas cerradas. Los ni&ntilde;os crec&iacute;an escuchando consignas que se repiten de forma id&eacute;ntica en los archivos de fuentes orales: &laquo;De eso no se habla&raquo;, &laquo;No preguntes&raquo;, &laquo;Ya lo entender&aacute;s&raquo;. No era olvido. Era miedo. Y el miedo tambi&eacute;n se hereda.
    </p><p class="article-text">
        En medio de ese silencio, fueron las mujeres quienes sostuvieron el recuerdo. La historiograf&iacute;a ha preferido a menudo los grandes despachos, las directrices pol&iacute;ticas y los movimientos de tropas, pero la permanencia del hilo familiar dependi&oacute; de un gesto cotidiano e invisible: una mujer que abre un caj&oacute;n, saca una fotograf&iacute;a gastada por las esquinas, la limpia y la vuelve a guardar.
    </p><p class="article-text">
        Fueron ellas quienes memorizaron la ubicaci&oacute;n difusa de una fosa en una linde o un camino, y quienes transmitieron los nombres en voz baja para que no se disolvieran con el tiempo. Muchas sufrieron castigos espec&iacute;ficos encaminados a la humillaci&oacute;n p&uacute;blica, la exclusi&oacute;n econ&oacute;mica y el rapado de pelo, pero reducirlas a la condici&oacute;n de v&iacute;ctimas desbuja su papel principal: fueron las guardianas de la memoria. Sin ellas, los equipos cient&iacute;ficos que hoy abren la tierra no habr&iacute;an encontrado a nadie esperando al borde de la zanja.
    </p><h2 class="article-text">La verdad documentada</h2><p class="article-text">
        Hoy, la tecnolog&iacute;a ha cambiado la gesti&oacute;n del duelo. La arqueolog&iacute;a y la gen&eacute;tica han aportado una certeza que sustituye a la conjetura. En la regi&oacute;n, el Proyecto de Memoria Democr&aacute;tica de la Universidad de Castilla-La Mancha (UCLM) ha resultado decisivo para cartografiar fosas y documentar identidades que parec&iacute;an perdidas en la burocracia penitenciaria.
    </p><p class="article-text">
        El antrop&oacute;logo forense Francisco Etxeberria suele repetir una premisa fundamental: las exhumaciones no abren heridas, sino que ayudan a cerrarlas. El verdadero desenlace de una investigaci&oacute;n cient&iacute;fica no ocurre en el laboratorio, sino en el instante en que una familia puede escribir, por fin, un nombre y un apellido sobre una l&aacute;pida.
    </p><p class="article-text">
        <em>&ldquo;Las dictaduras imponen una &uacute;nica memoria. Las democracias tienen la obligaci&oacute;n de escuchar todas las memorias, investigarlas con rigor y reconocer la dignidad de todas las v&iacute;ctimas&rdquo;.</em>
    </p><p class="article-text">
        Este proceso plantea debates l&oacute;gicos sobre la fisonom&iacute;a del espacio p&uacute;blico, como ha sucedido en Llanos del Caudillo o Alberche del Caudillo, o en las disputas jur&iacute;dicas por la nomenclatura de las calles. Conviene distinguir dos planos: la historia no se borra al retirar un s&iacute;mbolo; los libros, los archivos y el conocimiento permanecen intactos. Lo que se modifica es el honor p&uacute;blico. No se trata de reescribir el pasado, sino de decidir qu&eacute; valores fundamentan la convivencia actual. Resulta dif&iacute;cil sostener el equilibrio democr&aacute;tico cuando una persona acude a buscar los restos de su abuelo al cementerio atravesando una avenida que homenajea a los responsables directos de su desaparici&oacute;n.
    </p><h2 class="article-text">El final del duelo</h2><p class="article-text">
        Al final, desprovista de la ret&oacute;rica partidista, queda una pregunta estrictamente humana, universal, ajena a cualquier filiaci&oacute;n ideol&oacute;gica: &iquest;Qu&eacute; har&iacute;a cualquiera de nosotros si nuestro padre o nuestro abuelo llevase casi noventa a&ntilde;os en una cuneta? Probablemente har&iacute;amos lo mismo: buscar, preguntar y esperar a que alguien nos diese una respuesta.
    </p><p class="article-text">
        Por eso este asunto trasciende los boletines oficiales. No hay revancha en el deseo de depositar unas flores en un lugar concreto; no hay partidismo en exigir que el nombre de un ciudadano deje de ser una inc&oacute;gnita en un legajo borroso.
    </p><p class="article-text">
        No todas las historias terminan como la de Agustina. En Castilla-La Mancha a&uacute;n hay familias que siguen esperando una llamada, una identificaci&oacute;n o una certeza. Tambi&eacute;n por ellas merece la pena seguir buscando.
    </p><p class="article-text">
        Cuando Agustina Recio sali&oacute; del cementerio de Recas llevaba entre las manos una peque&ntilde;a caja. Para la ciencia conten&iacute;a unos restos identificados. Para ella era su padre. Ochenta y siete a&ntilde;os despu&eacute;s sab&iacute;a, por fin, d&oacute;nde dejar unas flores.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; la memoria no consista en cambiar el pasado, sino en impedir que una familia tenga que vivir para siempre sin un lugar donde recordar a los suyos. Solo entonces las flores dejan de buscar una cuneta, encuentran una tumba, un nombre, unos apellidos y un lugar donde, por fin, descansan los nuestros.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Raquel Plaza Garro]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/palabras-clave/descansan_132_13391842.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 19 Jul 2026 17:01:08 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Donde descansan los nuestros]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Memoria Histórica,Franquismo,Represión franquista,Dictadura,Democracia]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Micromachismos: la desigualdad que sigue escondida en lo cotidiano]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/palabras-clave/micromachismos-desigualdad-sigue-escondida-cotidiano_132_13376500.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/4bfe26de-44bc-41e6-bbc1-d96f3372b386_16-9-discover-aspect-ratio_default_1101331.jpg" width="1280" height="720" alt="Micromachismos: la desigualdad que sigue escondida en lo cotidiano"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Quizá por eso resultan tan difíciles de combatir: porque se confunden con la costumbre y terminan pareciendo normales"</p><p class="subtitle">Todos los artículos de Raquel Plaza Garro</p></div><p class="article-text">
        Peque&ntilde;os gestos cotidianos (frases, actitudes y automatismos que apenas se cuestionan) siguen colocando a muchas mujeres en un segundo plano. Aunque la sociedad ha cambiado y los avances hacia la igualdad son evidentes, estas din&aacute;micas persisten de forma silenciosa en muchos &aacute;mbitos de la vida diaria.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; por eso resultan tan dif&iacute;ciles de combatir: porque se confunden con la costumbre y terminan pareciendo normales.
    </p><p class="article-text">
        Los micromachismos no suelen identificarse a primera vista. No hay gritos, insultos ni conflictos abiertos. Son gestos peque&ntilde;os, frases cotidianas y reacciones autom&aacute;ticas que muchas veces pasan desapercibidas, pero que, sumadas, contribuyen a mantener desigualdades que a&uacute;n no han desaparecido por completo.
    </p><p class="article-text">
        Conviene matizar algo importante: afortunadamente, estas din&aacute;micas est&aacute;n cambiando. Hay hombres que no reproducen estos comportamientos, parejas que se reparten las responsabilidades de forma equitativa y nuevas generaciones cada vez m&aacute;s conscientes de la necesidad de construir relaciones basadas en el respeto y la corresponsabilidad. Sin embargo, el cambio social sigue siendo desigual y, en muchos &aacute;mbitos, todav&iacute;a insuficiente.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Por qu&eacute; siguen existiendo?
    </p><p class="article-text">
        La mayor&iacute;a de los micromachismos no nacen de una intenci&oacute;n consciente de discriminar. Son, en gran medida, el resultado de una educaci&oacute;n recibida durante generaciones y de modelos culturales profundamente arraigados. Durante mucho tiempo se educ&oacute; a hombres y mujeres para desempe&ntilde;ar papeles diferentes: ellos como principales proveedores y ellas como responsables del cuidado de la casa y de la familia. Aunque la sociedad ha evolucionado de forma extraordinaria, muchas de esas inercias siguen reproduci&eacute;ndose de manera casi autom&aacute;tica, incluso entre personas que defienden sinceramente la igualdad.
    </p><h2 class="article-text">En casa: cuando el trabajo se da por hecho</h2><p class="article-text">
        En muchos hogares sigue ocurriendo una escena f&aacute;cilmente reconocible. &Eacute;l est&aacute; sentado viendo la televisi&oacute;n mientras ella recoge la cocina despu&eacute;s de cenar. Entonces comenta:
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Si necesitas ayuda, me dices.
    </p><p class="article-text">
        No es una frase agresiva, pero encierra una diferencia significativa: la responsabilidad principal parece recaer en ella, mientras &eacute;l se ofrece a colaborar de forma puntual.
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n es frecuente que alguien abra la nevera y diga:
    </p><p class="article-text">
        &mdash;No hay nada para comer.
    </p><p class="article-text">
        Detr&aacute;s de esa afirmaci&oacute;n suele haber una realidad invisible: alguien ha pensado en la compra, ha planificado los men&uacute;s y ha organizado lo necesario para que la casa funcione d&iacute;a a d&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        En reuniones familiares ocurre algo parecido. Servir el caf&eacute;, recoger los platos o atender a los ni&ntilde;os suele recaer de forma casi autom&aacute;tica sobre determinadas personas, generalmente mujeres, mientras el resto contin&uacute;a la conversaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        A ello se suma lo que muchos estudios denominan carga mental: recordar citas m&eacute;dicas, cumplea&ntilde;os, compras pendientes, reuniones escolares o gestiones administrativas. Son tareas poco visibles, pero esenciales para la organizaci&oacute;n cotidiana, y todav&iacute;a hoy siguen recayendo con frecuencia sobre ellas.
    </p><p class="article-text">
        Otro ejemplo muy habitual es hablar de que un hombre 'ayuda en casa'. En realidad, cuando ambos conviven y comparten un proyecto de vida, no se trata de ayudar, sino de asumir responsabilidades comunes. El propio lenguaje refleja, a veces sin pretenderlo, qui&eacute;n sigue consider&aacute;ndose el responsable principal de las tareas dom&eacute;sticas.
    </p><h2 class="article-text">En pareja: cuando el control se disfraza de cuidado</h2><p class="article-text">
        Otra situaci&oacute;n habitual aparece cuando una mujer va a salir y escucha preguntas como:
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Con qui&eacute;n vais exactamente?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;No vuelvas muy tarde, que es peligroso.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Av&iacute;same cuando llegues.
    </p><p class="article-text">
        Por supuesto, estas expresiones pueden nacer de una preocupaci&oacute;n sincera. El problema surge cuando se convierten en algo constante, unilateral o condicionan la autonom&iacute;a de la otra persona. En esos casos pueden transformarse en formas sutiles de control.
    </p><p class="article-text">
        Algo parecido sucede con comentarios relacionados con la apariencia o las decisiones personales:
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Vas a salir as&iacute;?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;No es que no puedas, pero luego te miran.
    </p><p class="article-text">
        O cuando una mujer dedica tiempo a su trabajo, sus aficiones o sus amistades:
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Siempre est&aacute;s ocupada &uacute;ltimamente.
    </p><p class="article-text">
        No son prohibiciones directas, pero pueden generar presi&oacute;n y hacer que determinadas decisiones se tomen bajo la influencia de expectativas ajenas.
    </p><h2 class="article-text">En la carretera: cuando conducir parece un examen</h2><p class="article-text">
        Muchas mujeres reconocen una situaci&oacute;n parecida: van conduciendo y el acompa&ntilde;ante masculino comenta continuamente:
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Frena antes.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Ah&iacute; no entres.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Vas muy pegada.
    </p><p class="article-text">
        Aunque no exista un peligro real, la sensaci&oacute;n puede ser la de estar siendo evaluada constantemente.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, cuando es el hombre quien conduce, ese nivel de supervisi&oacute;n suele ser menor. Esta diferencia refleja un estereotipo que todav&iacute;a persiste en algunos sectores de la sociedad: la idea de que las mujeres conducen peor.
    </p><p class="article-text">
        Los datos disponibles no respaldan esa creencia. Diversos estudios sobre siniestralidad vial muestran que los hombres est&aacute;n implicados con mayor frecuencia en conductas de riesgo al volante, como el exceso de velocidad o la conducci&oacute;n temeraria. Aun as&iacute;, el prejuicio contin&uacute;a presente en muchos comentarios cotidianos.
    </p><h2 class="article-text">En el trabajo: cuando no se escucha igual</h2><p class="article-text">
        En el &aacute;mbito laboral tambi&eacute;n pueden aparecer situaciones sutiles de desigualdad.
    </p><p class="article-text">
        Una mujer expone una idea durante una reuni&oacute;n y apenas obtiene respuesta. Minutos despu&eacute;s, un compa&ntilde;ero plantea una propuesta muy similar y recibe reconocimiento por ella.
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n es habitual que determinadas tareas organizativas &mdash;tomar notas, coordinar detalles o preparar reuniones&mdash; recaigan autom&aacute;ticamente sobre mujeres, sin que exista un acuerdo previo ni una distribuci&oacute;n consciente de responsabilidades.
    </p><p class="article-text">
        A ello se suma otra situaci&oacute;n frecuente: las interrupciones. Diversos estudios muestran que las mujeres son interrumpidas con mayor frecuencia durante reuniones o debates y que, en ocasiones, sus explicaciones se cuestionan m&aacute;s que las de sus compa&ntilde;eros.
    </p><p class="article-text">
        La forma de valorar el liderazgo ofrece otro ejemplo frecuente. Cuando una mujer se expresa con firmeza, a veces se la percibe como demasiado exigente o autoritaria. Sin embargo, esa misma actitud en un hombre suele interpretarse como capacidad de liderazgo o seguridad.
    </p><p class="article-text">
        Son diferencias sutiles, dif&iacute;ciles de detectar en ocasiones, pero que pueden influir en el reconocimiento profesional y en las oportunidades de desarrollo laboral.
    </p><h2 class="article-text">Lo que est&aacute; cambiando (aunque no al ritmo deseado)</h2><p class="article-text">
        Es importante insistir en que estas situaciones no representan a todos los hombres ni aparecen en todas las relaciones. Existen hogares donde las responsabilidades se comparten de manera equilibrada, empresas comprometidas con la igualdad y personas que cuestionan activamente estos comportamientos.
    </p><p class="article-text">
        Los avances logrados durante los &uacute;ltimos a&ntilde;os son reales y merecen ser reconocidos. Sin embargo, tambi&eacute;n es cierto que algunas inercias culturales contin&uacute;an presentes y siguen manifest&aacute;ndose en peque&ntilde;as acciones cotidianas que rara vez se cuestionan.
    </p><p class="article-text">
        Conviene recordar, adem&aacute;s, que los micromachismos no perjudican &uacute;nicamente a las mujeres. Tambi&eacute;n pueden limitar a muchos hombres cuando se espera de ellos que no expresen sus emociones, que asuman siempre el papel de proveedores econ&oacute;micos o que no participen plenamente en el cuidado de sus hijos por considerarlo una tarea secundaria. Superar estos estereotipos beneficia a toda la sociedad.
    </p><p class="article-text">
        Los micromachismos no siempre son conscientes ni intencionados. Precisamente por eso resultan tan dif&iacute;ciles de identificar y transformar. Su importancia no reside en cada gesto aislado, sino en el efecto acumulativo que generan cuando se repiten una y otra vez.
    </p><p class="article-text">
        Son como el polvo que se acumula en una casa. Un solo grano parece insignificante, pero cuando se van sumando durante a&ntilde;os terminan cubriendo toda la superficie. Cada gesto aislado puede parecer irrelevante; el problema aparece cuando todos ellos se convierten en una forma habitual de relacionarnos.
    </p><p class="article-text">
        Detectar un micromachismo no significa convertir cualquier conversaci&oacute;n en un enfrentamiento. Muchas veces basta con hacerlo visible mediante una pregunta serena, repartir las responsabilidades con mayor equilibrio o revisar costumbres que siempre se han considerado normales. La igualdad no se construye &uacute;nicamente con leyes; tambi&eacute;n nace de esos peque&ntilde;os gestos cotidianos que transforman la convivencia.
    </p><p class="article-text">
        Nombrarlos no es acusar, sino observar. Y observar es siempre el primer paso para cambiar.
    </p><p class="article-text">
        Porque la igualdad no se alcanza &uacute;nicamente cuando desaparecen las grandes discriminaciones, sino tambi&eacute;n cuando dejamos de aceptar como normales esas peque&ntilde;as desigualdades que se cuelan, casi sin hacer ruido, en la vida de cada d&iacute;a.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Raquel Plaza Garro]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/palabras-clave/micromachismos-desigualdad-sigue-escondida-cotidiano_132_13376500.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 15 Jul 2026 03:43:51 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Micromachismos: la desigualdad que sigue escondida en lo cotidiano]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Micromachismos,Machismo,Machistas,Mensajes machistas,Violencia machista,Mujer,Feminismo]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El talento no absuelve]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/palabras-clave/talento-no-absuelve_132_13371133.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/eaa15cca-452c-41f1-8af8-52cd39ee452e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El talento no absuelve"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Podemos admirar un cuadro sin ignorar el sufrimiento de quienes rodearon al pintor. Podemos emocionarnos con una novela sin convertir a su autor en ejemplo moral. Podemos disfrutar de una obra y, al mismo tiempo, condenar una conducta"</p></div><p class="article-text">
        Durante demasiado tiempo confundimos admiraci&oacute;n con impunidad. La historia est&aacute; llena de genios, artistas, deportistas y figuras de poder a quienes se les toleraron comportamientos reprobables porque su talento parec&iacute;a situarlos por encima del juicio moral. Hoy, por fin, esa coartada empieza a resquebrajarse.
    </p><p class="article-text">
        Hubo un tiempo en que bastaba con escribir una obra inmortal, pintar un cuadro revolucionario, marcar un gol hist&oacute;rico o acumular poder institucional para disfrutar de una indulgencia social que rara vez se conced&iacute;a al ciudadano com&uacute;n. El talento actuaba como salvoconducto y la fama como escudo. Se admiraba la obra hasta el punto de cerrar los ojos ante la conducta.
    </p><p class="article-text">
        La reciente pol&eacute;mica surgida en torno a Juan Carlos Arag&oacute;n (el c&eacute;lebre autor del Carnaval de C&aacute;diz, conocido como el Capit&aacute;n Veneno), ha reabierto un debate que trasciende el carnaval de C&aacute;diz. Nadie discute su relevancia art&iacute;stica ni la huella que dej&oacute; en la cultura popular gaditana. Sin embargo, la difusi&oacute;n p&uacute;blica de una sentencia por malos tratos en el &aacute;mbito familiar ha obligado a muchos admiradores a enfrentarse a una pregunta inc&oacute;moda: &iquest;qu&eacute; hacemos cuando el creador admirado no est&aacute; a la altura de su propia obra?
    </p><p class="article-text">
        La cuesti&oacute;n no afecta &uacute;nicamente al mundo de la cultura. La historia contempor&aacute;nea est&aacute; llena de ejemplos que muestran c&oacute;mo el prestigio y el poder pueden convertirse en mecanismos de protecci&oacute;n. Ocurri&oacute; en el Reino Unido cuando, tras la muerte de Jimmy Savile, salieron a la luz centenares de denuncias por abusos sexuales que hab&iacute;an permanecido ocultas durante d&eacute;cadas. La muerte, lejos de cerrar el juicio social, abri&oacute; una investigaci&oacute;n moral que cambi&oacute; para siempre la percepci&oacute;n de quien hab&iacute;a sido considerado una instituci&oacute;n nacional.
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n sucede con figuras que siguen ocupando un lugar central en la historia cultural. Pablo Picasso contin&uacute;a siendo uno de los mayores genios de la pintura moderna, pero cada vez son m&aacute;s los historiadores y bi&oacute;grafos que analizan cr&iacute;ticamente la relaci&oacute;n que mantuvo con muchas de las mujeres que compartieron su vida. Nadie cuestiona la trascendencia art&iacute;stica del creador del cubismo; lo que se cuestiona es la antigua costumbre de considerar que el genio exime de cualquier examen moral.
    </p><p class="article-text">
        Algo parecido ocurre con Camilo Jos&eacute; Cela. Su inmenso legado literario es indiscutible y su aportaci&oacute;n a la literatura espa&ntilde;ola resulta fundamental para comprender el siglo XX. Sin embargo, junto a la admiraci&oacute;n por el escritor han convivido cr&iacute;ticas a determinados comportamientos personales, actitudes p&uacute;blicas y episodios de su biograf&iacute;a que hoy ser&iacute;an observados con mucha menos indulgencia que en la Espa&ntilde;a de su tiempo. La grandeza literaria y las sombras humanas pueden coexistir en una misma persona.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">También en Castilla-La Mancha hemos conocido episodios que demuestran que el abuso de poder adopta múltiples formas</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Lo que une estos casos no es el arte, la literatura o el espect&aacute;culo. Es el poder. La convicci&oacute;n de que el reconocimiento social, la fama o la autoridad otorgan un margen de impunidad que no est&aacute; al alcance de los dem&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Y ser&iacute;a un error pensar que este fen&oacute;meno pertenece &uacute;nicamente al universo de los famosos. Tambi&eacute;n en Castilla-La Mancha hemos conocido episodios que demuestran que el abuso de poder adopta m&uacute;ltiples formas. Lo hemos visto en responsables p&uacute;blicos condenados por el uso indebido de fondos p&uacute;blicos, en alcaldes inhabilitados por prevaricaci&oacute;n administrativa o urban&iacute;stica y en servidores p&uacute;blicos que utilizaron sus cargos vulnerando los principios de legalidad que deb&iacute;an defender. Cambian los nombres, las instituciones y las circunstancias. Lo que permanece es la tentaci&oacute;n de creer que una posici&oacute;n de privilegio permite actuar al margen de las normas.
    </p><p class="article-text">
        Ante esta realidad surge una pregunta recurrente: &iquest;debemos borrar la obra cuando descubrimos las miserias de quien la cre&oacute;? La respuesta no est&aacute; en destruir el pasado, sino en comprenderlo con honestidad. Las canciones seguir&aacute;n sonando, los cuadros seguir&aacute;n colgados en los museos y los libros seguir&aacute;n ocupando las estanter&iacute;as. La cultura no desaparece porque conozcamos mejor a sus autores.
    </p><p class="article-text">
        Pero una sociedad madura tampoco puede seguir rindiendo homenaje acr&iacute;tico a quienes utilizaron su posici&oacute;n para humillar, abusar o maltratar a otros. Preservar una obra no obliga a santificar a su creador. Recordar una contribuci&oacute;n art&iacute;stica no exige silenciar a las v&iacute;ctimas.
    </p><p class="article-text">
        La verdadera grandeza de una comunidad no consiste en fabricar &iacute;dolos perfectos, sino en ser capaz de mirar de frente la complejidad humana. Podemos admirar un cuadro sin ignorar el sufrimiento de quienes rodearon al pintor. Podemos emocionarnos con una novela sin convertir a su autor en ejemplo moral. Podemos disfrutar de una obra y, al mismo tiempo, condenar una conducta.
    </p><p class="article-text">
        Porque el talento puede emocionar, inspirar e incluso cambiar una &eacute;poca. Lo que nunca deber&iacute;a hacer es absolver la miseria. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Raquel Plaza Garro]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/palabras-clave/talento-no-absuelve_132_13371133.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 11 Jul 2026 18:46:50 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El talento no absuelve]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Arte,Literatura,Violencia,Abusos]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[¿Quién puede permitirse ser juez?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/palabras-clave/permitirse-juez_132_13361131.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/62570dff-fa21-43f1-b45a-115c630538ee_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¿Quién puede permitirse ser juez?"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Las condiciones materiales de partida pueden influir en quién llega a ejercer una de las funciones más relevantes del Estado y qué implicaciones tiene ello para la igualdad de oportunidades y la legitimidad del sistema judicial"</p></div><p class="article-text">
        Preparar las oposiciones a la Judicatura en Espa&ntilde;a exige, de media, entre cinco y siete a&ntilde;os de dedicaci&oacute;n exclusiva. Para muchos j&oacute;venes, el verdadero examen comienza mucho antes de enfrentarse a los m&aacute;s de 320 temas de estudio: comprobar si su familia puede sostener econ&oacute;micamente ese largo periodo sin ingresos. 
    </p><p class="article-text">
        Esta realidad invita a reflexionar sobre c&oacute;mo las condiciones materiales de partida pueden influir en qui&eacute;n llega a ejercer una de las funciones m&aacute;s relevantes del Estado y qu&eacute; implicaciones tiene ello para la igualdad de oportunidades y la legitimidad del sistema judicial.
    </p><p class="article-text">
        La Constituci&oacute;n espa&ntilde;ola establece que la justicia emana del pueblo. Sin embargo, al observar el sistema de acceso a la judicatura, surge una pregunta leg&iacute;tima: &iquest;reflejan nuestros tribunales la diversidad social del pa&iacute;s o tienden a reproducir determinados perfiles econ&oacute;micos? El debate sobre el llamado 'filtro de clase' ha dejado de ser una conversaci&oacute;n de pasillo para convertirse en una reflexi&oacute;n necesaria sobre la salud de nuestra democracia. No se trata de cuestionar el m&eacute;rito de quienes superan una de las oposiciones m&aacute;s exigentes del Estado, sino de preguntarse cu&aacute;ntos j&oacute;venes con talento quedan fuera antes siquiera de poder intentarlo.
    </p><h2 class="article-text">El coste del m&eacute;rito: a&ntilde;os de dependencia econ&oacute;mica</h2><p class="article-text">
        En Espa&ntilde;a, alcanzar la toga no depende &uacute;nicamente de la capacidad intelectual. Exige, ante todo, una estabilidad econ&oacute;mica familiar capaz de sostener durante a&ntilde;os una preparaci&oacute;n exclusiva. Seg&uacute;n datos del Consejo General del Poder Judicial, la preparaci&oacute;n de las oposiciones a judicatura y fiscal&iacute;a requiere, por t&eacute;rmino medio, entre cinco y siete a&ntilde;os. El modelo, basado en el &laquo;cante&raquo; de m&aacute;s de 320 temas, contrasta con otros sistemas europeos que priorizan f&oacute;rmulas m&aacute;s pr&aacute;cticas y, en algunos casos, remuneradas, frente a una memorizaci&oacute;n intensiva que aqu&iacute; dificulta enormemente cualquier compatibilidad laboral.
    </p><p class="article-text">
        A la ausencia de ingresos se suma el gasto en preparadores privados &mdash;con frecuencia magistrados en activo&mdash;, cuyos honorarios se sit&uacute;an habitualmente entre 300 y 600 euros mensuales. Para un opositor de Castilla-La Mancha, el reto es doble: al coste acad&eacute;mico se a&ntilde;ade, en muchos casos, el desplazamiento o incluso el desarraigo al tener que trasladarse a ciudades donde se concentran las academias y preparadores. La hemeroteca reciente recoge numerosos testimonios de j&oacute;venes que, cerca ya de la treintena, contin&uacute;an dependiendo econ&oacute;micamente de sus familias para mantener viva su vocaci&oacute;n.
    </p><h2 class="article-text">El capital cultural y las sagas familiares</h2><p class="article-text">
        Este sistema no solo pone a prueba la capacidad econ&oacute;mica, sino que tambi&eacute;n puede favorecer a quienes cuentan con un mayor capital cultural heredado. No parte de la misma casilla de salida quien prepara la oposici&oacute;n en solitario que quien ha crecido en un entorno familiar de juristas y conoce desde dentro los c&oacute;digos, las din&aacute;micas y las exigencias de la profesi&oacute;n. Ello no resta m&eacute;rito alguno a quienes proceden de familias vinculadas al mundo jur&iacute;dico, pero s&iacute; evidencia que algunos aspirantes disponen de apoyos y referencias que otros no tienen. Sin propon&eacute;rselo, el modelo actual dificulta enormemente el acceso de quienes carecen de respaldo econ&oacute;mico o de una red familiar capaz de sostener a&ntilde;os de preparaci&oacute;n.
    </p><h2 class="article-text">Las becas p&uacute;blicas: un avance, pero no una meta</h2><p class="article-text">
        En los &uacute;ltimos a&ntilde;os, el Ministerio de la Presidencia, Justicia y Relaciones con las Cortes ha impulsado las Becas SER&Eacute; con el objetivo de favorecer un acceso m&aacute;s igualitario. La convocatoria para 2026 prev&eacute; 1.425 ayudas, dotadas con hasta 12.600 euros anuales y un presupuesto cercano a los 18 millones de euros. Se trata de un reconocimiento institucional de que existe un problema y de un paso en la direcci&oacute;n correcta, aunque todav&iacute;a insuficiente frente al n&uacute;mero de aspirantes y al coste acumulado que supone una preparaci&oacute;n de varios a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        Mientras la <em>Asociaci&oacute;n Profesional de la Magistratura</em> defiende el rigor del sistema actual como garant&iacute;a de objetividad e independencia, sectores como <em>Juezas y Jueces para la Democracia</em> sostienen que la verdadera igualdad de oportunidades exige revisar un modelo que, de forma indirecta, favorece a quienes disponen de mayores recursos econ&oacute;micos.
    </p><h2 class="article-text">Una justicia que se parezca a su pueblo</h2><p class="article-text">
        El problema no reside en la profesionalidad de nuestros jueces, cuya preparaci&oacute;n es incuestionable, sino en la posible homogeneidad de las experiencias vitales de quienes acceden a la carrera judicial. 
    </p><p class="article-text">
        La sensibilidad ante la precariedad, los desahucios, la vulnerabilidad laboral o las dificultades cotidianas tambi&eacute;n se nutre del conocimiento directo de la realidad social. En una comunidad como Castilla-La Mancha, donde el progreso de tantas familias ha descansado en el esfuerzo, la educaci&oacute;n p&uacute;blica y la igualdad de oportunidades, esta reflexi&oacute;n resulta especialmente pertinente.
    </p><p class="article-text">
        Una democracia s&oacute;lida necesita jueces excelentes, pero tambi&eacute;n necesita que el camino hacia la toga dependa &uacute;nicamente del talento, la constancia y el esfuerzo. 
    </p><p class="article-text">
        Cuando la situaci&oacute;n econ&oacute;mica de una familia condiciona qui&eacute;n puede aspirar a impartir justicia, no solo se limita una vocaci&oacute;n: tambi&eacute;n se empobrece la representaci&oacute;n social de uno de los pilares fundamentales del Estado de derecho. Porque la &uacute;nica barrera para defender la ley deber&iacute;a ser la dificultad del Derecho, nunca la cuenta corriente.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Raquel Plaza Garro]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/palabras-clave/permitirse-juez_132_13361131.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 07 Jul 2026 06:07:09 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[¿Quién puede permitirse ser juez?]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Jueces,Igualdad laboral,Democracia]]></media:keywords>
    </item>
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