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    <title><![CDATA[elDiario.es - Alejandro Rodríguez Pais]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/alejandro-rodriguez-pais/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Alejandro Rodríguez Pais]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[La fobia que no existe. O tal vez sí]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/fobia-no-existe-vez-si_132_13449200.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/12879df3-7a73-4d29-ab45-3eba6c1dafe6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La fobia que no existe. O tal vez sí"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Si hay personas en Canarias que sienten algo parecido a una fobia ante la presencia creciente de actividades turísticas, capaces hoy de colonizar cualquier espacio y experiencia, la pregunta política no es cómo curarlas sino qué ha producido ese malestar y a quién le interesa reducirlo a un problema individual
</p></div><p class="article-text">
        <strong>&iquest;Eres turism&oacute;fobo? </strong>Muchas canarias y canarios han escuchado esa pregunta en alg&uacute;n momento, en una conversaci&oacute;n familiar, en un debate en redes, en boca de alg&uacute;n pol&iacute;tico o empresario del sector. Se lanza con una entonaci&oacute;n que ya lleva dentro la respuesta esperada: por supuesto que no, c&oacute;mo voy a serlo. Y ah&iacute;, sin que nadie lo haya decidido, el debate ha cambiado de terreno. La vivienda, el agua, los ecosistemas, el modelo econ&oacute;mico, todo eso queda atr&aacute;s. Lo que importa ahora no es el modelo ni sus consecuencias, sino si quien protestaba tiene un problema personal. 
    </p><p class="article-text">
        Hace unas semanas, <strong>el catedr&aacute;tico Mois&eacute;s Simancas</strong>, uno de los mayores especialistas en turismo del archipi&eacute;lago, respondi&oacute; p&uacute;blicamente a esa pregunta. No hay turismofobia en Canarias, dijo, lo que hay es rechazo a un turismo sin l&iacute;mites. Puede que tenga raz&oacute;n. Pero la pregunta que m&aacute;s me interesa no es si la turismofobia existe o no, sino por qu&eacute; esa palabra aparece siempre justo cuando alguien empieza a incomodar. 
    </p><p class="article-text">
        Pongamos que s&iacute; existe, que hay personas en Canarias que sienten un hartazgo profundo ante la masificaci&oacute;n, la p&eacute;rdida del barrio, el ruido, el precio del alquiler, el mar lleno de embarcaciones en agosto. Gente que ya no puede ver una maleta de ruedas sin incomodarse, que siente cierta aversi&oacute;n ante lo que la actividad tur&iacute;stica ha hecho con el territorio que habita. &iquest;Y qu&eacute;? Ese sentimiento puede ser perfectamente leg&iacute;timo y nos dice que algo ha fallado, que el modelo ha generado un malestar compartido. Si la turismofobia existe, no es un prejuicio ni una enfermedad sino el s&iacute;ntoma de un conjunto de descontentos y carencias que va mucho m&aacute;s all&aacute; de la experiencia individual. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>El antrop&oacute;logo Clifford Geertz</strong> describi&oacute; algo parecido hace cuarenta a&ntilde;os, en un contexto muy distinto, el del debate sobre el relativismo cultural. Geertz no quer&iacute;a defender el relativismo, quer&iacute;a atacar a quienes lo atacaban, porque hab&iacute;a descubierto algo inc&oacute;modo en la posici&oacute;n de sus cr&iacute;ticos, que se limita a rechazar algo sin proponer nada a cambio. Lo llam&oacute; el doble negativo. 
    </p><p class="article-text">
        Ser anti-antiturism&oacute;fobo funciona igual. No te compromete con el turismo, igual que Geertz no era relativista. Lo que rechazas no es el turismo sino el uso de esa acusaci&oacute;n para cerrar el debate antes de que empiece. Y cerrar el debate es exactamente lo que hace la turismofobia como concepto pol&iacute;tico, no describe una realidad, la produce, convirtiendo una cr&iacute;tica razonada en una patolog&iacute;a individual. El que denuncia la expulsi&oacute;n de residentes por el alquiler vacacional no analiza un problema estructural, tiene una fobia. El que reclama proteger el uso recreativo del espacio p&uacute;blico priorizando el inter&eacute;s de los residentes es tachado de turism&oacute;fobo, a pesar de las m&uacute;ltiples formas de privatizaci&oacute;n, directa o indirecta, que sufren playas, montes, lugares emblem&aacute;ticos y toda una serie de componentes del patrimonio canario. 
    </p><p class="article-text">
        Hace unos meses escrib&iacute; sobre la trampa de la ucron&iacute;a, la operaci&oacute;n por la que el discurso hegem&oacute;nico empuja a sus cr&iacute;ticos hacia el pasado, hacia el &iquest;y si las cosas se hubieran hecho de otra manera?, para que nunca puedan hablar de lo que proponen, solo de lo que lamentan. La turismofobia es la otra cara de ese mismo mecanismo. La ucron&iacute;a opera sobre el tiempo, la turismofobia opera sobre el sujeto. Turism&oacute;fobo funciona como etiqueta descalificadora, una forma de cerrar el debate, eludir la responsabilidad y desacreditar al interlocutor sin tener que rebatir sus ideas. No hace falta demostrar que el modelo falla si puedes demostrar que quien lo dice est&aacute; enfermo. 
    </p><p class="article-text">
        El discurso que invoca la turismofobia casi nunca defiende el modelo actual con argumentos propios. No dice que la dependencia de un solo sector sea una fortaleza ni que la colonizaci&oacute;n tur&iacute;stica del territorio sea deseable. Dice, simplemente, que la alternativa es el caos, el desempleo, el fin de Canarias tal como la conocemos. Es un discurso que vive de producir miedo, no de ofrecer razones. Geertz lo dijo del anti-relativismo en su contexto, que hab&iacute;a fabricado el miedo del que se alimentaba. Del discurso antiturism&oacute;fobo habr&iacute;a que decir lo mismo, ha construido primero la dependencia que luego presenta como &uacute;nico futuro posible. 
    </p><p class="article-text">
        Si hay personas en Canarias que sienten algo parecido a una fobia ante la presencia creciente de actividades tur&iacute;sticas, capaces hoy de colonizar cualquier espacio y experiencia, la pregunta pol&iacute;tica no es c&oacute;mo curarlas sino qu&eacute; ha producido ese malestar y a qui&eacute;n le interesa reducirlo a un problema individual. La etiqueta de turism&oacute;fobo hace exactamente eso, convierte una cr&iacute;tica colectiva en una patolog&iacute;a personal, y al hacerlo cierra el debate sin tener que responder a nada. Como la trampa de la ucron&iacute;a, opera desplazando al sujeto, solo que en lugar de mandarlo al pasado lo manda al div&aacute;n. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alejandro Rodríguez Pais]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/fobia-no-existe-vez-si_132_13449200.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 15 Aug 2026 13:09:58 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La fobia que no existe. O tal vez sí]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La trampa de la ucronía]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/trampa-ucronia_132_13098680.html]]></link>
      <description><![CDATA[<div class="subtitles"><p class="subtitle">Lo que ocurrió el 20 de abril no fue nostalgia. Fue una propuesta de futuro,  diversa, plural, todavía en construcción, pero propuesta al fin. Quienes salieron  a la calle no estaban pidiendo volver a ningún sitio sino exigiendo el derecho a  imaginar hacia adelante, a pensar qué tipo de islas quieren habitar, qué  economía las hace sostenibles, qué relación con el territorio es posible y  deseable</p></div><p class="article-text">
        En abril se cumplir&aacute;n dos a&ntilde;os de una de las jornadas de movilizaci&oacute;n m&aacute;s&nbsp;amplias que ha vivido el archipi&eacute;lago en d&eacute;cadas bajo el lema com&uacute;n &ldquo;Canarias&nbsp;tiene un l&iacute;mite&rdquo;. Dos a&ntilde;os es tiempo suficiente para que el debate que aquella&nbsp;jornada abri&oacute; haya sido ya metabolizado, clasificado y devuelto a su sitio por el&nbsp;discurso dominante. Tiempo suficiente, tambi&eacute;n, para intentar entender por qu&eacute;&nbsp;eso ocurre siempre. Por qu&eacute; cada vez que una movilizaci&oacute;n de esa envergadura&nbsp;irrumpe en el espacio p&uacute;blico, el poder encuentra la manera de reducirla, de&nbsp;quitarle filo, de convertirla en algo manejable. Y por qu&eacute; quienes la&nbsp;protagonizaron terminan teniendo que defender no solo sus propuestas, sino su&nbsp;derecho a tenerlas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El 20 de abril de 2024, decenas de miles de personas salieron a la calle en las&nbsp;ocho islas al mismo tiempo. Era una imagen poco habitual. Familias con ni&ntilde;os&nbsp;junto a activistas experimentados, trabajadores del sector servicios junto a&nbsp;ecologistas, j&oacute;venes que no encontraban d&oacute;nde vivir junto a personas mayores&nbsp;que recordaban un archipi&eacute;lago distinto. Las pancartas mezclaban consignas&nbsp;sobre la vivienda, el agua, el territorio, el turismo, la identidad. No era un&nbsp;movimiento uniforme ni pretend&iacute;a serlo. Era algo m&aacute;s interesante, una&nbsp;confluencia de voces que, desde lugares distintos, estaban diciendo lo mismo,&nbsp;que el modelo, en may&uacute;sculas, no funciona. Que tiene que haber otra manera.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La respuesta del poder fue predecible en su forma, aunque reveladora en su&nbsp;fondo. Antes incluso de que las manifestaciones terminaran, ya estaba en&nbsp;marcha el mecanismo habitual de reducir toda esa diversidad a nostalgia, tachar&nbsp;a quienes protestaban de rom&aacute;nticos, de enemigos del empleo, de gente que&nbsp;quiere volver a un pasado que nunca existi&oacute;. Es una operaci&oacute;n que se repite con una regularidad que deber&iacute;a llamar la atenci&oacute;n. Para entender por qu&eacute; funciona hay que hacerse una pregunta inc&oacute;moda.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hace aproximadamente sesenta a&ntilde;os, Canarias tom&oacute; &mdash;o m&aacute;s bien, le fue&nbsp;tomada&mdash; una decisi&oacute;n que marcar&iacute;a todo lo que vino despu&eacute;s. El turismo de&nbsp;masas, la construcci&oacute;n acelerada, la urbanizaci&oacute;n del litoral, la dependencia de&nbsp;un monocultivo econ&oacute;mico que necesitaba sol, playa y suelo barato para&nbsp;funcionar. No fue un accidente ni una fuerza de la naturaleza, sino una apuesta&nbsp;pol&iacute;tica y econ&oacute;mica concreta. La dictadura franquista y su necesidad de divisas,&nbsp;los intereses de grandes grupos de capital peninsular e internacional, la&nbsp;complicidad de &eacute;lites locales que encontraron en ese modelo su propia&nbsp;oportunidad de acumulaci&oacute;n. Ese proceso tuvo ganadores y los ganadores,&nbsp;como suele ocurrir, construyeron no solo infraestructuras sino tambi&eacute;n sentido&nbsp;com&uacute;n. La idea de que Canarias es eso, un destino tur&iacute;stico, una econom&iacute;a de&nbsp;servicios, un archipi&eacute;lago cuya vocaci&oacute;n natural es recibir visitantes del norte de Europa. Tan profundamente se instal&oacute; esa idea que hoy, cuando alguien la cuestiona, parece que est&aacute; cuestionando algo m&aacute;s que un modelo econ&oacute;mico.&nbsp;Parece que est&aacute; cuestionando la realidad misma.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El fil&oacute;sofo Mark Fisher llam&oacute; a esto &ldquo;realismo capitalista&rdquo;, la sensaci&oacute;n de que es&nbsp;m&aacute;s f&aacute;cil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. El sistema se vuelve sin&oacute;nimo de lo real. En Canarias ese mecanismo opera con una dimensi&oacute;n territorial muy concreta, entendiendo que el desarrollismo no solo construy&oacute; hoteles y autopistas sino el horizonte de lo posible, distribuyendo roles en el debate p&uacute;blico. A &eacute;l le correspond&iacute;a el futuro. A sus cr&iacute;ticos, el pasado. El&nbsp;profesor Roberto Gil Hern&aacute;ndez ha descrito este mismo mecanismo con su concepto de antagonismo denegado. La hegemon&iacute;a que habla en nombre del Archipi&eacute;lago necesita presentar el territorio como un espacio sin conflicto real, donde los r&eacute;cords tur&iacute;sticos y la pobreza de la mitad de su poblaci&oacute;n conviven sin disonancia aparente. Para que eso sea posible, cualquier voz que se&ntilde;ale la contradicci&oacute;n debe ser neutralizada, devuelta a un lugar seguro. El de la&nbsp;nostalgia, por ejemplo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando una plataforma ciudadana se opone a un nuevo complejo tur&iacute;stico,&nbsp;cuando un colectivo denuncia la expulsi&oacute;n de residentes por la presi&oacute;n del&nbsp;alquiler vacacional, cuando una voz propone repensar la dependencia de un solo&nbsp;sector econ&oacute;mico, su argumento casi siempre tiene que pasar por el filtro de demostrar que antes estaba mejor, que lo que se va a perder tiene un valor que el progreso no compensa, que la historia avala la protecci&oacute;n. El bloque&nbsp;desarrollista, en cambio, no necesita justificarse hist&oacute;ricamente. Habla en&nbsp;nombre del empleo, de la inversi&oacute;n, del crecimiento, del futuro, sin tener que&nbsp;demostrar que el pasado lo avala porque ha logrado que el presente le&nbsp;pertenezca. Una posici&oacute;n es reactiva por definici&oacute;n. La otra se presenta siempre&nbsp;como inevitable.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Este mecanismo tiene un nombre. Ucron&iacute;a, del griego ou-chronos, &ldquo;tiempo que&nbsp;no fue&rdquo;, es el punto de bifurcaci&oacute;n donde la historia pudo haber tomado otro&nbsp;camino y no lo tom&oacute;. Como herramienta cr&iacute;tica nos recuerda que cada presente&nbsp;es el resultado de decisiones tomadas por actores concretos con intereses&nbsp;concretos, que no hab&iacute;a nada inevitable en c&oacute;mo resultaron ser las cosas. Pero&nbsp;en el debate canario la ucron&iacute;a ha dejado de ser una herramienta libre para&nbsp;convertirse en la posici&oacute;n que se le asigna a cualquier voz disidente. Los&nbsp;colectivos ecologistas, los movimientos por la vivienda, quienes proponen una&nbsp;diversificaci&oacute;n econ&oacute;mica real, todos acaban siendo empujados al mismo lugar,&nbsp;a la misma pregunta, al contrafactual, al &iquest;y si las cosas se hubieran hecho de otra manera? Como si esa fuera la &uacute;nica legitimidad que se les reconoce, y como&nbsp;si imaginar un futuro diferente solo fuera v&aacute;lido cuando se demuestra primero&nbsp;que el pasado lo avala.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Esta asimetr&iacute;a no es nueva ni exclusiva del debate canario. El mismo patr&oacute;n&nbsp;aparece en otros archipi&eacute;lagos poscoloniales como Hawaii, Malta o Chipre, territorios donde el modelo tur&iacute;stico o extractivo tambi&eacute;n logr&oacute; presentarse como&nbsp;destino natural y no como elecci&oacute;n pol&iacute;tica.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El malogrado antrop&oacute;logo Fernando&nbsp;Est&eacute;vez Gonz&aacute;lez llevaba d&eacute;cadas se&ntilde;alando que el desprecio por la nostalgia&nbsp;popular esconde siempre una operaci&oacute;n de poder, que asigna qu&eacute; memorias son&nbsp;leg&iacute;timas y cu&aacute;les son mero sentimentalismo. Que no podemos ser anti nost&aacute;lgicos, sino anti-anti-nost&aacute;lgicos. El problema no es la nostalgia en s&iacute;, sino qui&eacute;n tiene el privilegio de ejercerla y qui&eacute;n queda reducido a ella, qui&eacute;n puede&nbsp;invocar el pasado como argumento de autoridad y qui&eacute;n es acusado de vivir en&nbsp;&eacute;l.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Porque hay una diferencia fundamental entre usar la memoria como herramienta&nbsp;de an&aacute;lisis y quedar atrapado en ella como condici&oacute;n de entrada al debate. Los&nbsp;barrancos sellados, los ecosistemas arrasados, las comunidades locales desplazadas, el agua esquilmada, el suelo impermeabilizado, todo eso ocurri&oacute; y tiene nombre y fecha. Recordarlo no es nostalgia, es diagn&oacute;stico. Pero si las&nbsp;alternativas al modelo solo pueden hablar desde el &ldquo;&iquest;y si se hubieran hecho las&nbsp;cosas de otra manera?&rdquo;, nunca podr&aacute;n hablar desde el &ldquo;esto es lo que&nbsp;proponemos para ma&ntilde;ana&rdquo; en igualdad de condiciones. Quedar&aacute;n siempre en el&nbsp;territorio de la ucron&iacute;a, del tiempo que no fue, mientras el desarrollismo se&nbsp;reserva el derecho exclusivo de imaginar el tiempo que vendr&aacute;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Lo que ocurri&oacute; el 20 de abril no fue nostalgia. Fue una propuesta de futuro,&nbsp;diversa, plural, todav&iacute;a en construcci&oacute;n, pero propuesta al fin. Quienes salieron&nbsp;a la calle no estaban pidiendo volver a ning&uacute;n sitio sino exigiendo el derecho a&nbsp;imaginar hacia adelante, a pensar qu&eacute; tipo de islas quieren habitar, qu&eacute;&nbsp;econom&iacute;a las hace sostenibles, qu&eacute; relaci&oacute;n con el territorio es posible y&nbsp;deseable. Reducir todo eso al lamento por lo que se perdi&oacute; es una operaci&oacute;n&nbsp;pol&iacute;tica, no un juicio neutral. Es la manera en que el marco dominante se protege a s&iacute; mismo, convirtiendo cualquier alternativa en nostalgia, cualquier cr&iacute;tica en&nbsp;romanticismo, cualquier propuesta en ucron&iacute;a.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Dos a&ntilde;os despu&eacute;s del 20A, la pregunta no es si aquel movimiento tuvo raz&oacute;n.&nbsp;La pregunta es si va a conseguir el derecho a seguir teniendo voz en los t&eacute;rminos que &eacute;l mismo se plantea, y no en los que le impone quien lleva d&eacute;cadas&nbsp;controlando el relato. El reto es negarse a habitar ese lugar que se les ha&nbsp;asignado, usar la memoria como herramienta y no como jaula, y exigir el derecho&nbsp;a imaginar Canarias hacia adelante sin tener que pagar ese peaje cada vez.&nbsp;Porque el futuro no deber&iacute;a ser propiedad de quienes construyeron el presente. Especialmente cuando construirlo les cost&oacute; tan poco, y nos ha costado tanto a&nbsp;todos los dem&aacute;s.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alejandro Rodríguez Pais]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/trampa-ucronia_132_13098680.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 25 Mar 2026 20:57:22 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[La trampa de la ucronía]]></media:title>
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