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    <title><![CDATA[elDiario.es - Sílvia Aldavert Garcia]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/silvia-aldavert-garcia/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Sílvia Aldavert Garcia]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Gallardón 3.0: el nuevo embate contra el derecho al aborto y el control social]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/gallardon-3-0-nuevo-embate-derecho-aborto-control-social_129_13432862.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/855ad01a-b9ee-4895-aa19-1e2ca4c88a79_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x1006y870.jpg" width="1200" height="675" alt="Gallardón 3.0: el nuevo embate contra el derecho al aborto y el control social"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El problema no está en estas palabras, sino en el significado cultural y político que adquieren cuando sustituyen el lenguaje de los derechos por el lenguaje de la protección; cuando la reproducción empieza a ser entendida y se construye como una política de Estado. Por eso el concepto de “concebido no nacido” resulta tan relevante</p></div><p class="article-text">
        Hace unas semanas asistimos en el Congreso al debate sobre la propuesta de incorporar el derecho al aborto en la Constituci&oacute;n. Durante unas horas, el escenario pol&iacute;tico ofreci&oacute; una imagen casi parad&oacute;jica: una amplia mayor&iacute;a parlamentaria defend&iacute;a, al menos formalmente, el reconocimiento de un derecho que cuenta tambi&eacute;n con un amplio respaldo social.
    </p><p class="article-text">
        Incluso el Partido Popular evit&oacute; esta vez un discurso frontalmente contrario al aborto. Sus intervenciones se acercaron m&aacute;s al lenguaje de la libertad y de la capacidad de decisi&oacute;n de las mujeres, un marco que conecta con la posici&oacute;n que hist&oacute;ricamente han mostrado buena parte de sus votantes.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, el voto contrario acab&oacute; situando al PP junto a VOX en su oposici&oacute;n sistem&aacute;tica a cualquier iniciativa impulsada por el Gobierno actual. Y en esa escena volvi&oacute; a aparecer una incomodidad permanente: la relaci&oacute;n nunca resuelta entre la derecha espa&ntilde;ola y el derecho al aborto.
    </p><p class="article-text">
        Pero lo m&aacute;s relevante de aquel debate no fue solo qui&eacute;n vot&oacute; a favor o en contra, sino observar c&oacute;mo va mutando la forma de disputar este derecho.
    </p><p class="article-text">
        Durante a&ntilde;os, la batalla se libr&oacute; de manera directa. Sobre si el Estado deb&iacute;a reconocer o restringir la capacidad de las mujeres para decidir sobre su embarazo y su cuerpo. Ese fue el terreno de la &ldquo;contrarreforma&rdquo; impulsada por Gallard&oacute;n en 2013, una propuesta que devolv&iacute;a el aborto a un modelo mucho m&aacute;s restrictivo. El <em>Anteproyecto de Ley Org&aacute;nica para la Protecci&oacute;n de la Vida del Concebido y de los Derechos de la Mujer Embarazada</em>, la llamaron.
    </p><p class="article-text">
        La respuesta social fue contundente. La movilizaci&oacute;n feminista, el rechazo ciudadano y las tensiones internas dentro del propio Partido Popular acabaron provocando la retirada de la reforma y la dimisi&oacute;n del ministro.
    </p><p class="article-text">
        Gallard&oacute;n demostr&oacute; que, en Espa&ntilde;a, el enfrentamiento directo con el derecho al aborto ten&iacute;a un coste pol&iacute;tico demasiado elevado. Pero tambi&eacute;n dej&oacute; una ense&ntilde;anza: que una batalla no pueda ganarse en un terreno determinado no significa que deje de librarse. A veces, para avanzar, hay que cambiar el escenario.
    </p><p class="article-text">
        Y quiz&aacute; por eso solo estamos viendo una parte de la escena. Cuando pensamos en los ataques al derecho al aborto seguimos esperando la misma imagen del 2013 con una reforma legal que reduzca derechos, una confrontaci&oacute;n directa con la capacidad de decidir de las mujeres.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, la imagen se va fracturando. Como si, en una pel&iacute;cula, la c&aacute;mara hubiera dejado de enfocar al personaje principal y hubiera empezado a detenerse en otros elementos del escenario. Al principio puede parecer que la historia ha cambiado. Que ya no estamos hablando de la misma cuesti&oacute;n. Pero a medida que avanza descubrimos que aquello que parec&iacute;a secundario era, en realidad, la clave para entender toda la trama.
    </p><p class="article-text">
        La c&aacute;mara ha dejado de enfocar &uacute;nicamente el aborto y ha empezado a enfocar aquello que lo rodea: la familia, la maternidad, la natalidad, el concebido no nacido, la crisis demogr&aacute;fica, el futuro de la naci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Cambiar el encuadre no significa cambiar la historia. Significa cambiar la manera en la que el p&uacute;blico interpreta lo que est&aacute; viendo.
    </p><p class="article-text">
        Durante a&ntilde;os, el debate sobre el aborto estuvo construido alrededor de si la persona embarazada deb&iacute;a poder decidir sobre su cuerpo y sobre su proyecto de vida. El nuevo marco introduce otra pregunta: &iquest;qu&eacute; debe proteger el Estado antes incluso de que exista una persona nacida?
    </p><p class="article-text">
        No es un desplazamiento menor. Porque cuando cambia el sujeto alrededor del cual se organiza el debate, se van creando los imaginarios sociales que condicionan todo lo que viene despu&eacute;s. Si el punto de partida es la autonom&iacute;a reproductiva, la obligaci&oacute;n del Estado es garantizar derechos y condiciones para ejercerlos. Si el punto de partida es el concebido como sujeto prioritario de protecci&oacute;n, la relaci&oacute;n entre Estado y reproducci&oacute;n empieza a construirse desde otro lugar.
    </p><p class="article-text">
        Y ese cambio de plano es precisamente lo que permite que una ofensiva contra el aborto pueda presentarse sin hablar apenas de aborto. No porque el objetivo haya desaparecido. Sino porque el debate se ha trasladado a un terreno donde resulta m&aacute;s sencillo construir consensos. Un terreno aparentemente menos conflictivo y que apela a los &ldquo;valores&rdquo; comunes.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qui&eacute;n podr&iacute;a estar en contra de proteger la vida?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qui&eacute;n podr&iacute;a estar en contra de apoyar a las madres?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qui&eacute;n podr&iacute;a estar en contra de ayudar a las familias?
    </p><p class="article-text">
        El problema no est&aacute; en estas palabras, sino en el significado cultural y pol&iacute;tico que adquieren cuando sustituyen el lenguaje de los derechos por el lenguaje de la protecci&oacute;n; cuando la reproducci&oacute;n empieza a ser entendida y se construye como una pol&iacute;tica de Estado.
    </p><p class="article-text">
        Por eso el concepto de &ldquo;concebido no nacido&rdquo; resulta tan relevante. No es &uacute;nicamente una expresi&oacute;n jur&iacute;dica, es un cambio de perspectiva, una nueva manera de mirar la escena.
    </p><p class="article-text">
        Estados Unidos muestra claramente las consecuencias que puede tener este desplazamiento. La actualidad del aborto estadounidense se explica como una sucesi&oacute;n de prohibiciones y restricciones. Sin embargo, antes de muchas de esas medidas se hab&iacute;a producido la profunda transformaci&oacute;n que introduc&iacute;a progresivamente el feto como un sujeto pol&iacute;tico con intereses jur&iacute;dicos propios.
    </p><p class="article-text">
        Ah&iacute; aparece el concepto de <em>fetal personhood</em>, la idea de reconocer al feto una personalidad o intereses jur&iacute;dicos propios a proteger por el Estado. No todas las iniciativas han tenido los mismos efectos ni han llegado al mismo punto, pero todas comparten una misma operaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Y cuando el derecho reconoce un inter&eacute;s propio del concebido no nacido, la persona embarazada deja de aparecer como el &uacute;nico sujeto alrededor del cual se organiza la decisi&oacute;n. La autonom&iacute;a reproductiva deja de ser el &uacute;nico punto de partida y el Estado pasa a situarse entre dos intereses que &eacute;l mismo ha construido como potencialmente enfrentados.
    </p><p class="article-text">
        Lo que parece una discusi&oacute;n t&eacute;cnica sobre categor&iacute;as jur&iacute;dicas tiene consecuencias profundamente sociales. Porque el derecho no solo regula conflictos existentes, tambi&eacute;n crea nuevas formas de entender esos conflictos.
    </p><p class="article-text">
        El caso de Georgia, donde una mujer fue detenida acusada de asesinato despu&eacute;s de un aborto autogestionado, mostr&oacute; hasta qu&eacute; punto este desplazamiento puede tener consecuencias reales. M&aacute;s all&aacute; del resultado concreto del procedimiento, el caso revelaba qu&eacute; ocurre cuando la interrupci&oacute;n de un embarazo empieza a interpretarse no solo como una decisi&oacute;n personal, sino como una posible agresi&oacute;n contra un sujeto jur&iacute;dico distinto protegido por el Estado.
    </p><p class="article-text">
        Espa&ntilde;a no es Estados Unidos y establecer una equivalencia directa ser&iacute;a un error. La propuesta del &ldquo;concebido no nacido&rdquo; de Ayuso y Feijoo no supone hoy reconocer personalidad jur&iacute;dica plena al feto; todav&iacute;a. Pero las transformaciones pol&iacute;ticas no empiezan siempre con sus expresiones m&aacute;s extremas. A menudo comienzan con peque&ntilde;os desplazamientos del lenguaje, nuevas categor&iacute;as y formas de nombrar la realidad. Para que una sociedad acepte limitar un derecho, debe cambiar antes la manera en la que entiende el problema.
    </p><p class="article-text">
        Este desplazamiento nos est&aacute; entrando por puertas y ventanas diversas. Los primeros acuerdos de gobierno entre PP y VOX, como el firmado en Castilla y Le&oacute;n en 2022, permiten observar este cambio. El aborto apenas aparec&iacute;a expl&iacute;cito, pero la maternidad, la familia y la respuesta al descenso de la natalidad ocupaban un lugar central.
    </p><p class="article-text">
        Ese marco permiti&oacute; despu&eacute;s justificar medidas como la propuesta de ofrecer la escucha del latido fetal antes de un aborto o la creaci&oacute;n de las Oficinas de Atenci&oacute;n a la Maternidad. Presentadas como recursos de apoyo, fueron cuestionadas porque introduc&iacute;an la nueva l&oacute;gica de situar el embarazo bajo una mirada institucional que no solo acompa&ntilde;a una decisi&oacute;n, sino que pretende condicionarla.
    </p><p class="article-text">
        La evoluci&oacute;n resulta todav&iacute;a m&aacute;s significativa en acuerdos recientes como el de Andaluc&iacute;a. El aborto pr&aacute;cticamente desaparece del texto, pero la familia aparece una y otra vez; fomentar la natalidad, aprobar leyes de familia, desarrollar planes de apoyo a la mujer embarazada o promover la &ldquo;cultura de la vida&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Puede parecer una diferencia menor, pero no lo es. La diferencia no est&aacute; solo en las palabras que aparecen, sino en aquellas que dejan de aparecer.
    </p><p class="article-text">
        Cuando la reproducci&oacute;n empieza a discutirse principalmente en t&eacute;rminos de familia, natalidad o futuro demogr&aacute;fico, la autonom&iacute;a reproductiva deja de ser el punto de partida del debate. La mujer deja de ser sujeto pol&iacute;tico con voz y decisi&oacute;n propia para pasar al servicio de la &ldquo;prioridad nacional&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En los &uacute;ltimos a&ntilde;os, la extrema derecha europea ha vinculado cada vez m&aacute;s la cuesti&oacute;n demogr&aacute;fica con la identidad nacional. La baja natalidad deja de presentarse como un problema relacionado con los cuidados, la precariedad o las dificultades materiales para construir proyectos de vida, y pasa a interpretarse como una amenaza para la continuidad cultural de una comunidad nacional espec&iacute;fica.
    </p><p class="article-text">
        Es en este marco donde los discursos sobre familia, natalidad e inmigraci&oacute;n se encuentran. La idea del &ldquo;gran reemplazo&rdquo;, difundida desde hace d&eacute;cadas como un aspersor. Y no se trata &uacute;nicamente de que nazcan m&aacute;s ni&ntilde;os, se trata de qu&eacute; poblaci&oacute;n se considera necesaria para garantizar el futuro de la naci&oacute;n. En definitiva: qu&eacute; vidas importan, cu&aacute;les tienen valor y cu&aacute;les no tanto.
    </p><p class="article-text">
        Este v&iacute;nculo entre reproducci&oacute;n e identidad nacional no es nuevo, es una herramienta de control social de las m&aacute;s antiguas que existen. Lo hemos visto recientemente en gobiernos como los de Orb&aacute;n en Hungr&iacute;a o Meloni en Italia, donde las pol&iacute;ticas familiares y de natalidad forman parte de una visi&oacute;n pol&iacute;tica m&aacute;s amplia sobre la naci&oacute;n, la pertenencia y el papel social de las mujeres. Y vuelta al principio del mandato obligatorio de la maternidad que nos imponen el patriarcado, el Estado y el capitalismo.
    </p><p class="article-text">
        Por supuesto, no toda pol&iacute;tica de apoyo a la maternidad responde a esta l&oacute;gica. Las democracias necesitan pol&iacute;ticas p&uacute;blicas que permitan decidir libremente si se quieren tener hijos, cu&aacute;ndo y en qu&eacute; condiciones. Han sido los feminismos los que han reivindicado pol&iacute;ticas de apoyo a las maternidades deseadas, garantizando cuidados, derechos y condiciones materiales dignas como centro de su proyecto de transformaci&oacute;n social.
    </p><p class="article-text">
        Pero no estamos hablando de esto. Ya no estamos hablando solo de apoyar a quienes quieren ser madres. Estamos hablando de qui&eacute;n define qu&eacute; tipo de reproducci&oacute;n merece ser protegida y promovida. Y es precisamente por eso que ser&iacute;a un error pensar que el derecho al aborto ha dejado de ser el objetivo. Sigue si&eacute;ndolo, aunque han encontrado bifurcaciones del camino que son m&aacute;s seguras y arraigadas en &eacute;pocas de crisis sist&eacute;micas y dispersi&oacute;n del miedo.
    </p><p class="article-text">
        Lo que estamos viendo es la construcci&oacute;n progresiva de un nuevo paradigma pol&iacute;tico sobre la reproducci&oacute;n. Y por eso no es casual que los derechos sexuales y reproductivos sean uno de los primeros objetivos a tumbar por parte de los proyectos autoritarios.
    </p><p class="article-text">
        No porque el aborto sea una cuesti&oacute;n aislada, sino porque controlar la reproducci&oacute;n significa intervenir sobre qui&eacute;n puede decidir sobre su cuerpo, qu&eacute; modelos de familia merecen reconocimiento, qui&eacute;n pertenece plenamente a la comunidad pol&iacute;tica y qu&eacute; futuro quiere construir una sociedad.
    </p><p class="article-text">
        En definitiva, significa intervenir sobre la propia distribuci&oacute;n del poder. &iquest;Qu&eacute; mayor herramienta de control social podemos imaginar?
    </p><p class="article-text">
        Frente a ello, es necesario recuperar con m&aacute;s fuerza el horizonte de la justicia reproductiva. La democracia no consiste &uacute;nicamente en reconocer el derecho a interrumpir un embarazo. Consiste en garantizar que todas las personas puedan decidir libremente si quieren tener hijos o no, cu&aacute;ndo tenerlos y en qu&eacute; condiciones; que puedan criarlos con dignidad, libres de violencia, discriminaci&oacute;n y precariedad; y que ninguna pol&iacute;tica p&uacute;blica convierta la reproducci&oacute;n en una obligaci&oacute;n moral, un deber patri&oacute;tico o un instrumento al servicio de un determinado proyecto ideol&oacute;gico.
    </p><p class="article-text">
        La cuesti&oacute;n nunca fue &uacute;nicamente si determinadas pol&iacute;ticas amenazan el derecho al aborto. La verdadera pregunta es qu&eacute; nos dicen esas pol&iacute;ticas sobre el modelo de sociedad que pretenden construir.
    </p><p class="article-text">
        Porque cuando un Estado comienza a disputar el control sobre la reproducci&oacute;n, nunca est&aacute; hablando solo de natalidad. Est&aacute; hablando de la reorganizaci&oacute;n autoritaria de la democracia.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Sílvia Aldavert Garcia]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/gallardon-3-0-nuevo-embate-derecho-aborto-control-social_129_13432862.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 06 Aug 2026 19:18:27 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[¿Quién tiene miedo al debate sobre el aborto?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/miedo-debate-aborto_129_13181397.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/8e98da5e-6ecf-42b2-99f3-b7f0969a6c6d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¿Quién tiene miedo al debate sobre el aborto?"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Llevar el derecho al aborto al corazón del debate parlamentario no es solo una iniciativa jurídica; es una declaración de prioridades. Significa reconocer que la soberanía corporal es un pilar de la democracia</p><p class="subtitle">El Gobierno envía al Congreso la reforma para incluir el aborto en la Constitución: “La prestación está en riesgo”
</p></div><p class="article-text">
        En la pol&iacute;tica tradicional hay momentos en los que lo m&aacute;s importante no es ganar una votaci&oacute;n, sino conseguir que una cuesti&oacute;n llegue al centro del debate. La posible admisi&oacute;n a tr&aacute;mite de <a href="https://www.eldiario.es/sociedad/gobierno-envia-congreso-reforma-incluir-aborto-constitucion-prestacion-riesgo_1_13123054.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">una reforma de la Constituci&oacute;n Espa&ntilde;ola de 1978 para incluir el aborto</a> es un ejemplo claro. Incluso antes de hablar de mayor&iacute;as reforzadas o de resultados finales, hay una pregunta previa que es profundamente pol&iacute;tica: &iquest;tenemos derecho a debatirlo?
    </p><p class="article-text">
        Durante demasiado tiempo, los derechos sexuales y reproductivos han sido tratados como una cuesti&oacute;n perif&eacute;rica, sujeta a mayor&iacute;as coyunturales y a menudo expuesta a retrocesos. Llevar el derecho al aborto al coraz&oacute;n del debate parlamentario no es solo una iniciativa jur&iacute;dica; es una declaraci&oacute;n de prioridades. Significa reconocer que la soberan&iacute;a corporal es un pilar de la democracia.
    </p><p class="article-text">
        El Congreso no es solo un espacio de decisi&oacute;n, sino tambi&eacute;n de legitimaci&oacute;n simb&oacute;lica. Aquello que se discute en &eacute;l adquiere centralidad en el imaginario colectivo y una relevancia pol&iacute;tica y social que va m&aacute;s all&aacute; del resultado inmediato. Debatir el aborto en sede parlamentaria implica sacarlo de la marginalidad, blindarlo en la agenda p&uacute;blica y obligar a todas las fuerzas pol&iacute;ticas a posicionarse. Y eso, en un contexto global de regresi&oacute;n de derechos, no es menor.
    </p><p class="article-text">
        Pero hay un elemento adicional que hace este debate especialmente urgente: la extrema derecha lleva tiempo situando el aborto en el centro de su ofensiva y lo ha convertido en batalla cultural. No es una cuesti&oacute;n te&oacute;rica ni futura; es una realidad presente. En todo el mundo, actores pol&iacute;ticos reaccionarios utilizan el aborto como puerta de entrada para cuestionar derechos m&aacute;s amplios y negar grandes avances sociales vinculados a la igualdad de g&eacute;nero, las violencias machistas o la propia idea de autonom&iacute;a personal.
    </p><p class="article-text">
        Ante esto, no debatir no es una opci&oacute;n neutral. Es, en la pr&aacute;ctica, dejar el marco en manos de quienes quieren restringir derechos. Cuando la extrema derecha marca la agenda y el resto de actores pol&iacute;ticos se limita a reaccionar de forma t&iacute;mida o defensiva, el terreno de juego ya est&aacute; desplazado. Por eso, llevar el derecho al aborto al centro del debate institucional es tambi&eacute;n una forma de recuperar la iniciativa pol&iacute;tica y disputar el relato.
    </p><p class="article-text">
        Adem&aacute;s, abrir este debate permite confrontar argumentos, desmontar discursos desinformadores y generar una conversaci&oacute;n p&uacute;blica m&aacute;s madura. Frente a la ofensiva de los movimientos antiderechos, que han convertido los cuerpos de las mujeres en un campo de batalla, el silencio institucional no es neutralidad: es una forma de renuncia. En cambio, el debate es una herramienta activa de defensa democr&aacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        Somos conscientes de que el recorrido parlamentario de una reforma constitucional puede ser largo y exigente. Las mayor&iacute;as necesarias son amplias y los equilibrios pol&iacute;ticos, complejos. Pero precisamente por eso, el primer paso &mdash;admitir a tr&aacute;mite la propuesta&mdash; tiene un valor propio. No compromete el resultado final, pero s&iacute; abre una ventana de oportunidad. Permite construir consensos, explorar alianzas y, sobre todo, situar el derecho al aborto y los derechos de las mujeres como una cuesti&oacute;n de Estado.
    </p><p class="article-text">
        Habr&aacute; quien argumente que abrir este debate sin tener asegurada su aprobaci&oacute;n final es in&uacute;til o incluso contraproducente. Pero esta mirada confunde la pol&iacute;tica con una simple aritm&eacute;tica parlamentaria. Quienes creemos y trabajamos en una pol&iacute;tica no tradicional sabemos que esta tambi&eacute;n es agenda, marco, narrativa y correlaci&oacute;n de fuerzas. Y en ese terreno, poder debatir ya es avanzar. No tengamos miedo al debate: hablar de aborto es confrontar a la extrema derecha, romper el tab&uacute; y acabar con el estigma.
    </p><p class="article-text">
        Porque cada vez que una instituci&oacute;n democr&aacute;tica pone sobre la mesa el derecho a decidir sobre el propio cuerpo, est&aacute; enviando un mensaje claro: que ese derecho importa, que no es negociable en silencio y que merece ser protegido con las m&aacute;ximas garant&iacute;as. Aunque el camino sea largo, el simple hecho de iniciarlo ya transforma el punto de partida.
    </p><p class="article-text">
        En tiempos de incertidumbre y retrocesos, defender el debate es, en s&iacute; mismo, una forma de defensa de los derechos. Y eso, hoy, es m&aacute;s necesario que nunca.
    </p><p class="article-text">
        <em><strong>S&iacute;lvia Aldavert Garc&iacute;a&nbsp;</strong></em><em>es polit&oacute;loga y activista feminista, experta en Derechos Sexuales y Reproductivos. Es directora de L&rsquo;Associaci&oacute; de Drets Sexuals i Reproductius e impulsora del proyecto Quiero Abortar</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Sílvia Aldavert Garcia]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/miedo-debate-aborto_129_13181397.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 29 Apr 2026 20:10:09 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[¿Quién tiene miedo al debate sobre el aborto?]]></media:title>
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