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    <title><![CDATA[elDiario.es - Juan Nicolás Martínez]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/juan-nicolas-martinez/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Juan Nicolás Martínez]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Desde la silla]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/silla_132_13456431.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1b76bdfd-e224-415c-a0fe-e20b8e07a5fa_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x971y356.jpg" width="1200" height="675" alt="Desde la silla"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Una silla parlamentaria no debería ser una propiedad que conservar, sino un lugar desde el que representar a quienes te han colocado ahí</p></div><p class="article-text">
        Hace unos d&iacute;as me encontr&eacute; con una imagen que no he podido dejar de mirar. Una mujer sentada en una silla bailando flamenco. No necesitaba levantarse para bailar desde all&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        Es La Chana, una de las grandes bailaoras de la historia del flamenco. Su cuerpo, sus manos, sus pies, su gesto, todo parece desafiar la l&oacute;gica de aquella silla que, en principio, deber&iacute;a limitar el movimiento. Y pens&eacute; en las sillas: en las que nos permiten sentarnos, en las que nos ayudan a movernos y en las que llevamos buena parte de nuestra vida buscando.
    </p><p class="article-text">
        Porque estar sentado no significa estar inm&oacute;vil. Para muchas personas con movilidad reducida, una silla de ruedas representa una herramienta de autonom&iacute;a: una forma de desplazarse, de participar, de salir, de llegar, de estar. El problema no est&aacute; necesariamente en la silla, sino en c&oacute;mo construimos alrededor de ella: una acera demasiado estrecha, una escalera, una puerta que no se abre, un transporte al que no se puede acceder, arquitecturas que todav&iacute;a no han entendido que las personas y sus necesidades cambian.
    </p><p class="article-text">
        No es la persona la que no puede moverse. <strong>Es el mundo el que no se mueve.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Un movimiento que tambi&eacute;n se dirige desde las sillas de los despachos, los sillones de los altos cargos y las butacas reservadas. Sillas que no tienen ruedas, pero s&iacute; poder, desde las que se decide sobre la vida de quienes ocupan otras.
    </p><p class="article-text">
        En Murcia tenemos estos d&iacute;as un ejemplo cercano. En la Asamblea Regional, la nueva regulaci&oacute;n del Grupo Mixto ha convertido la portavoc&iacute;a en una silla rotatoria entre sus integrantes. No es una silla cualquiera: desde ella se habla, se ordenan tiempos y se participa en decisiones de la C&aacute;mara. Pero la verdadera importancia de esa silla est&aacute; tambi&eacute;n fuera de ella: con el PP a dos diputados de la mayor&iacute;a absoluta, los dos ex de Vox pueden resultar decisivos en algunas votaciones y, por tanto, tener capacidad para negociar. Lo curioso de las sillas de poder es que rara vez se discute por la silla, sino por lo que se permite hacer desde ella.
    </p><p class="article-text">
        Hay sillas que sirven para sentarse y <strong>sillas que sirven para mandar.</strong>
    </p><p class="article-text">
        El juego de la silla se parece demasiado a la vida adulta. Hay m&aacute;s personas que sillas. Suena la m&uacute;sica, damos vueltas y, cuando se detiene, hay que sentarse. Crecemos aprendiendo que esto es lo normal: que alguien tiene que quedarse fuera.
    </p><p class="article-text">
        Pero en vez de preguntarnos qui&eacute;n consigue sentarse, yo me pregunto <strong>por qu&eacute; decidimos poner menos sillas</strong>.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Y qu&eacute; me dicen de las sillas que est&aacute;n colocadas antes de que lleguemos? Est&aacute; la silla familiar, la social, la econ&oacute;mica, la profesional; la silla que parece corresponderte, la que otros han elegido por ti o la que las circunstancias han puesto delante y terminas ocupando porque no parece haber otra. Y nos sentamos. Pero &iquest;qui&eacute;n decide d&oacute;nde y cu&aacute;ndo debo sentarme? &iquest;Hasta qu&eacute; punto somos libres de elegir silla? 
    </p><p class="article-text">
        En ocasiones, necesitamos levantarnos para encontrar nuestro sitio. Pero no todo el mundo puede levantarse con la misma facilidad, ni parte del mismo lugar ni tiene las mismas oportunidades. Ni siquiera todas las sillas est&aacute;n a nuestro alcance.
    </p><p class="article-text">
        Hay quien lleva a&ntilde;os buscando un sitio donde sentarse, quien naci&oacute; sentado, quien se ve obligado a depender de una silla y quien tuvo que pelear para que le reconocieran una. Hay quien se aferra a la suya porque sabe lo que significa perderla y quien pasa la vida intentando descubrir si la que ocupa es realmente la que quer&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Pero una silla no tiene por qu&eacute; ser el lugar donde termina el movimiento, sino el lugar desde el que comienza. La Chana est&aacute; sentada y, sin embargo, llena un espacio vac&iacute;o, crea movimiento y abre nuevas v&iacute;as de expresi&oacute;n, presencia y existencia. Su silla no la inmoviliza; desde ella comienza a suceder algo.
    </p><p class="article-text">
        No siempre necesitamos levantarnos para que algo se mueva. A veces necesitamos que el lugar en el que estamos cambie con nosotros; que la sociedad y los espacios se transformen para adaptarse, que las reglas se revisen y que algunas sillas dejen de estar reservadas para unos pocos, mientras otros espacios siguen siendo inaccesibles para quienes tambi&eacute;n tienen derecho a ocuparlos.
    </p><p class="article-text">
        Porque moverse tambi&eacute;n es crear, transformar, participar, cuestionar, avanzar. El tiempo pasa y nosotros pasamos con &eacute;l. Todo se mueve, incluso cuando permanecemos sentados. Lo verdaderamente est&aacute;tico no es quien est&aacute; en una silla, sino aquello que deja de ser din&aacute;mico mientras la vida contin&uacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Por eso me interesa aquella imagen de La Chana: no porque est&eacute; sentada, sino porque desde su silla consigue que algo se mueva. Y pienso tambi&eacute;n en todas las sillas que ocupamos nosotros: las que necesitamos, las que elegimos, las que nos toca ocupar y las que otros han colocado delante de nosotros.
    </p><p class="article-text">
        Desde una silla podemos movernos, participar, crear, decidir, mandar. Podemos incluso hacer que otros se muevan. Se trata de no esperar siempre a levantarnos para transformar aquello que nos rodea.
    </p><p class="article-text">
        La Chana est&aacute; sentada. Baila. El tiempo pasa y la vida sucede. 
    </p><p class="article-text">
        Y esto me hace preguntarme:<strong> &iquest;Qu&eacute; movemos nosotros desde la silla?</strong>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Juan Nicolás Martínez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/silla_132_13456431.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 20 Aug 2026 04:00:14 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Desde la silla]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[¿De verdad que me voy a quedar soltero para toda la vida?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/quedar-soltero-vida_132_13531666.html]]></link>
      <description><![CDATA[<div class="subtitles"><p class="subtitle">La frontera está en algún lugar entre la responsabilidad y el miedo, y todavía me cuesta saber exactamente dónde. He elegido estar solo, aunque sigo preguntándome cuánto hay de elección y cuánto de incapacidad en esa decisión</p></div><p class="article-text">
        Anoche estuve en &ldquo;A Gallete&rdquo;. El festival de cultura murciana que organiza elDiario.es Regi&oacute;n de Murcia terminaba la jornada con un c&oacute;ctel y, como suele ocurrir en estos encuentros, lo que se vive despu&eacute;s de los escenarios acaba siendo casi tan interesante como lo que sucede encima de ellos.
    </p><p class="article-text">
        Entre conversaciones sobre cultura, proyectos, trabajo y Murcia apareci&oacute; varias veces un asunto que no estaba en ning&uacute;n programa: las parejas. Se comentaba que una de las cosas bonitas de este festival era que hab&iacute;a muchas parejas entre quienes lo organizan, quienes participan y quienes forman parte de &eacute;l.
    </p><p class="article-text">
        No estaban hablando de m&iacute;, pero termin&eacute; pensando en m&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        Tengo 49 a&ntilde;os y nunca he tenido pareja. Bueno, s&iacute;: hubo un Castillo en el aire cuando ten&iacute;a 23 a&ntilde;os. Dur&oacute; unos cuatro a&ntilde;os, fue la primera relaci&oacute;n de mi vida y, hasta hoy, la &uacute;ltima. Y aquella conversaci&oacute;n, en mitad de un c&oacute;ctel, me devolvi&oacute; a una pregunta que llevo tiempo haci&eacute;ndome: &iquest;de verdad me voy a quedar soltero para toda la vida?
    </p><p class="article-text">
        Y si algo me inquieta es saber si mi ausencia de pareja tiene que ver con esos cambios que no he conseguido hacer o con aquellos que, en el fondo, tampoco he querido hacer.
    </p><p class="article-text">
        He gozado de la fortuna de ser amado, mucho, por personas bell&iacute;simas que han pasado por mi vida y que me han querido de una manera que todav&iacute;a hoy me conmueve recordar. En mis experiencias siempre me he entregado. 
    </p><p class="article-text">
        A&uacute;n no s&eacute; si me dej&eacute; querer; qu&eacute; carajo, s&iacute; lo s&eacute;: no. Las relaciones terminaban y yo me quedaba con la sensaci&oacute;n de hacer da&ntilde;o. Me resist&iacute;a a seguir conquistando corazones, alimentando expectativas y despu&eacute;s destroz&aacute;ndolos. Decid&iacute; renunciar a estar acompa&ntilde;ado y pagar el precio de la soledad. Me pareci&oacute; m&aacute;s justo renunciar a mi propia posibilidad de felicidad que seguir intentando encontrar la m&iacute;a en la felicidad de otra persona. Y ca&iacute; en ese t&oacute;pico: &iquest;C&oacute;mo podr&iacute;a amar a nadie si no era capaz de amarme a m&iacute; mismo?
    </p><p class="article-text">
        Dentro de m&iacute; existe una idea antigua y persistente: no soy merecedor. S&eacute; que esa idea no se corresponde con la realidad. He sido querido, he querido y he construido v&iacute;nculos profundos. Cuido con cari&ntilde;o incluso aquello que aparentemente no necesita ser cuidado: una planta, un mueble, una prenda, una piedra o una monta&ntilde;a. Tengo una enorme capacidad para querer. De eso s&iacute; estoy seguro. Lo que me cuesta es dejar que me quieran.
    </p><p class="article-text">
        Durante mucho tiempo confund&iacute; el miedo a hacer da&ntilde;o con la responsabilidad de no hacerlo, y tambi&eacute;n hay ego&iacute;smo: me he encari&ntilde;ado r&aacute;pidamente de algunas personas y despu&eacute;s he sentido que necesitaba otra cosa, porque siempre me ha atra&iacute;do lo diferente, algo m&aacute;s, algo distinto, no necesariamente mejor. Pod&iacute;a ser aburrimiento, una necesidad excesiva de libertad o esa parte de m&iacute; que nunca ha querido renunciar a determinadas cosas.
    </p><p class="article-text">
        Nunca he entendido el amor como una cuesti&oacute;n de medias naranjas, porque el amor no aparece terminado: se construye, se hace. Dos personas se encuentran, se conocen, se equivocan, se descubren, negocian, renuncian, aprenden y vuelven a elegirse; el amor es, al fin y al cabo, un camino a recorrer acompa&ntilde;ado.
    </p><p class="article-text">
        Aferrarme a determinadas partes de mi vida puede ser ego&iacute;smo, pero tambi&eacute;n honestidad. Decidir vivir sin pareja porque uno sabe que carece de disposici&oacute;n para ofrecer determinadas cosas puede ser m&aacute;s honesto que prometerlas.
    </p><p class="article-text">
        La frontera est&aacute; en alg&uacute;n lugar entre la responsabilidad y el miedo, y todav&iacute;a me cuesta saber exactamente d&oacute;nde. He elegido estar solo, aunque sigo pregunt&aacute;ndome cu&aacute;nto hay de elecci&oacute;n y cu&aacute;nto de incapacidad en esa decisi&oacute;n. Quiz&aacute; termin&eacute; aqu&iacute; porque sigo sin conseguir cambiar aquellas cosas de m&iacute; que no gustan a los dem&aacute;s y tampoco a m&iacute;, pero existe una posibilidad m&aacute;s dif&iacute;cil de aceptar: que lo haya intentado y no haya podido, porque haya cosas de m&iacute; que todav&iacute;a no s&eacute; transformar. Y tampoco pasa nada.
    </p><p class="article-text">
        Llegu&eacute; a pensar que deb&iacute;a arreglarme para poder tener pareja. Eso que los americanos llaman &ldquo;you are broken&rdquo;: est&aacute;s roto. He construido una idea tan exigente del amor que nadie, ni siquiera yo, podr&iacute;a estar a la altura, cuando en realidad nadie llega completamente preparado a una relaci&oacute;n; necesitamos llegar siendo honestos: esto soy, esto puedo darte, esto todav&iacute;a me cuesta.
    </p><p class="article-text">
        Durante mucho tiempo pens&eacute; que proteger a alguien consist&iacute;a en mantener cierta distancia si exist&iacute;a la posibilidad de terminar haci&eacute;ndole da&ntilde;o. Ahora veo el ego&iacute;smo que puede haber en eso. &iquest;Y si estoy decidiendo por otra persona que no merece la pena correr el riesgo de quererme? &iquest;Y si estoy llamando responsabilidad a algo que tambi&eacute;n es miedo?
    </p><p class="article-text">
        Tengo miedo y tengo incertidumbre. Existe una parte de m&iacute; que teme que, si alguien me quiere de verdad, termine descubriendo que soy un fraude. S&eacute; que s&eacute; amar, lo que temo es que alguien me ame y yo no sea capaz de sostener ese amor y descubrir que aquello que durante a&ntilde;os he llamado responsabilidad era, en parte, una manera de esconder mi propia sensaci&oacute;n de no merecer.
    </p><p class="article-text">
        Y, al mismo tiempo, siento que la soledad tampoco es mi destino. Nos necesitamos. Una pareja puede formar parte de esa necesidad, pero tambi&eacute;n est&aacute;n los dem&aacute;s: necesitamos que nos quieran, querer, cuidar y ser cuidados, compartir y sentir que alguien nos mira y nos reconoce. He nacido para querer y para ser querido. De eso s&iacute; estoy seguro.
    </p><p class="article-text">
        Y aqu&iacute; aparece la contradicci&oacute;n que m&aacute;s me cuesta aceptar: &iquest;y si no hay nada que arreglar?
    </p><p class="article-text">
        A mis 49 a&ntilde;os tambi&eacute;n tengo que aceptar que quiz&aacute; esta vida que he construido me gusta tal como es. Que puedo querer una pareja y, al mismo tiempo, estar bien sin ella. Que una cosa es desear algo y otra necesitarlo para sentir que mi vida est&aacute; completa.
    </p><p class="article-text">
        La pregunta sigue ah&iacute;: &iquest;quiero realmente una pareja o quiero la idea de tenerla? No encuentro una respuesta y quiz&aacute; tampoco la tenga nunca. Lo que s&iacute; s&eacute; es que ya no quiero seguir buscando una explicaci&oacute;n que me convierta en culpable o en v&iacute;ctima.
    </p><p class="article-text">
        La &uacute;nica respuesta honesta que puedo darme hoy es que no s&eacute; si me voy a quedar soltero para toda la vida. Por ahora, me conformo con no necesitar buscar una respuesta.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Juan Nicolás Martínez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/quedar-soltero-vida_132_13531666.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 24 Sep 2026 04:00:04 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[¿De verdad que me voy a quedar soltero para toda la vida?]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[Región de Murcia,elDiario.es,Cultura]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Cuando la política eclipsa la gestión]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/politica-eclipsa-gestion_132_13400224.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/bdf69fc3-ac7d-45e7-88c0-21c20ce8da80_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x447y237.jpg" width="1200" height="675" alt="Cuando la política eclipsa la gestión"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Cuanto más discreto y técnico es el trabajo de una administración, más fácil resulta que pase inadvertido, mientras una polémica o una concesión puede acabar definiendo una etapa entera</p></div><p class="article-text">
        Ahora que la Asamblea Regional de Murcia ha cerrado su segundo periodo ordinario de sesiones &mdash;el Estatuto fija dos, de septiembre a diciembre y de febrero a junio&mdash;, el verano permite observar la pol&iacute;tica regional con cierta distancia y preguntarnos qu&eacute; queda de la acci&oacute;n de un Gobierno cuando se apaga temporalmente el ruido parlamentario y la confrontaci&oacute;n diaria.
    </p><p class="article-text">
        No siempre una buena gesti&oacute;n se convierte en buena pol&iacute;tica. Cuanto m&aacute;s discreto y t&eacute;cnico es el trabajo de una administraci&oacute;n, m&aacute;s f&aacute;cil resulta que pase inadvertido, mientras una pol&eacute;mica o una concesi&oacute;n puede acabar definiendo una etapa entera. Gestionar es resolver problemas y hacer funcionar los servicios p&uacute;blicos; hacer pol&iacute;tica es explicar para qui&eacute;n se gobierna, defender lo logrado y establecer l&iacute;mites. La gesti&oacute;n muestra qu&eacute; se hace; la pol&iacute;tica, por qu&eacute; y desde qu&eacute; convicciones.
    </p><p class="article-text">
        En pol&iacute;tica social esta diferencia es especialmente visible. Sus avances rara vez producen grandes titulares. Se reconocen en logros cotidianos: simplificar un tr&aacute;mite para una familia numerosa, reducir una espera, favorecer la autonom&iacute;a de una persona mayor, garantizar apoyos a una persona con discapacidad, proteger a una mujer frente a la violencia o avanzar en igualdad y no discriminaci&oacute;n. Tambi&eacute;n en atender a quienes viven situaciones de vulnerabilidad, escuchar a las entidades sociales y recordar que detr&aacute;s de cada expediente hay una vida.
    </p><p class="article-text">
        Cuando estos avances funcionan, el problema deja de verse. Pero el silencio de la buena gesti&oacute;n tiene un riesgo: si quien gobierna no explica lo que hace, otros lo har&aacute;n desde sus intereses y con el marco pol&iacute;tico que m&aacute;s les convenga.
    </p><p class="article-text">
        La pol&iacute;tica no tolera los espacios vac&iacute;os.
    </p><p class="article-text">
        Vox ha demostrado en la Regi&oacute;n de Murcia entender bien esta l&oacute;gica. Con un peso institucional limitado, puede ejercer una influencia mayor si consigue decidir de qu&eacute; se habla y con qu&eacute; palabras. La paradoja es que parece ejercer incluso m&aacute;s fuerza cuando no gobierna que cuando forma parte del Gobierno. Liberado de gestionar, explicar sus contradicciones y asumir las consecuencias de sus decisiones, puede marcar la agenda y exigir respuestas sin cargar con sus costes. Su poder reside en delimitar el terreno en el que obliga al Partido Popular a moverse.
    </p><p class="article-text">
        Cuando un Gobierno acepta el marco que le impone otro, la gesti&oacute;n queda eclipsada. El trabajo realizado y los criterios t&eacute;cnicos pierden importancia; todo se interpreta como victoria, derrota, cesi&oacute;n o rectificaci&oacute;n. La administraci&oacute;n sigue funcionando, pero la pol&iacute;tica ya ha impuesto el significado de lo que sucede.
    </p><p class="article-text">
        Esto no afecta solo a quien ocupa una responsabilidad p&uacute;blica, sino a la credibilidad de todo el Gobierno. Cuando una decisi&oacute;n nace de una negociaci&oacute;n colectiva, pero su coste recae sobre quien debe ejecutarla o explicarla, se produce un desequilibrio injusto y pol&iacute;ticamente desacertado. Un Gobierno debe respaldar la gesti&oacute;n que considera valiosa y explicar sus avances.
    </p><p class="article-text">
        No se puede exigir lealtad en la gesti&oacute;n y ofrecer soledad en la pol&iacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        Como he escrito en otra ocasi&oacute;n, gobernar desde el centro de uno mismo no significa renunciar a los acuerdos, sino negociar sin perder la identidad, escuchar sin asumir siempre el marco del otro y comprender que aprobar unos presupuestos no deber&iacute;a implicar ceder la direcci&oacute;n pol&iacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        Porque tambi&eacute;n se gobierna cuando se decide qu&eacute; no se negocia.
    </p><p class="article-text">
        La pol&iacute;tica social no puede quedar reducida a una partida presupuestaria ni convertirse en moneda de cambio. En ella se expresa la idea que un Gobierno tiene de la dignidad, la igualdad de oportunidades y la protecci&oacute;n de las personas vulnerables. Subordinarla al ruido o a la urgencia parlamentaria debilita la identidad de todo un proyecto pol&iacute;tico.
    </p><p class="article-text">
        Comunicar la gesti&oacute;n tampoco consiste en acumular cifras, sino en explicar c&oacute;mo cambia la vida de las personas y qu&eacute; idea del servicio p&uacute;blico sostiene cada decisi&oacute;n. Un Gobierno no es m&aacute;s s&oacute;lido &uacute;nicamente porque apruebe sus presupuestos, sino cuando la ciudadan&iacute;a sabe qu&eacute; ha mejorado, hacia d&oacute;nde avanza y qu&eacute; principios lo orientan.
    </p><p class="article-text">
        Cuando la pol&iacute;tica eclipsa la gesti&oacute;n no pierde solamente quien gestiona. Pierde el Gobierno que deja de tener voz propia y la ciudadan&iacute;a, que ya no alcanza a ver lo que las instituciones hacen &mdash;o podr&iacute;an hacer&mdash; por ella.
    </p><p class="article-text">
        La buena gesti&oacute;n merece una pol&iacute;tica a su altura.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Juan Nicolás Martínez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/politica-eclipsa-gestion_132_13400224.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 23 Jul 2026 04:00:55 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[¿Una política de atención o una política de reconocimiento?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/politica-atencion-politica-reconocimiento_132_13349773.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/40ca166f-91b3-47f9-890e-af36bc468b3a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x1155y171.jpg" width="1200" height="675" alt="Archivo | Rebeca Pérez junto al presidente de Murcia, Fernando López Miras, y el secretario general del PP, Miguel Tellado, durante la sesión para nombrarla nueva alcaldesa de Murcia, a 22 de mayo de 2026"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Durante años, las pedanías de Murcia siguieron siendo nombradas en el discurso institucional, pero nombrar un territorio no significa permitirle decidir sobre sí mismo</p></div><p class="article-text">
        <em>Murcia no se entiende sin sus pedan&iacute;as. As&iacute; lo ha afirmado recientemente la alcaldesa Rebeca P&eacute;rez, y conviene tomar esa frase en serio.</em>
    </p><p class="article-text">
        Recuerdo haber escrito hace a&ntilde;os que la periferia no deb&iacute;a entenderse como un lugar menor, sino como el contorno vivo desde el que tambi&eacute;n se construye una ciudad. Por aquel entonces, coordinaba el Auditorio y Centro de Artes Esc&eacute;nicas de Beniaj&aacute;n, una experiencia que me llevaba a pensar la periferia desde la cultura: desde los centros culturales y los proyectos capaces de democratizar la creaci&oacute;n. Hoy creo que aquella intuici&oacute;n se qued&oacute; corta. En Murcia, hablar de periferia es hablar de transporte, colegios, aceras, limpieza, seguridad vial, consultorios, juventud, mayores, comercio de proximidad, presupuesto, dignidad territorial y, sobre todo, capacidad de acci&oacute;n y competencias.
    </p><p class="article-text">
        La frase de Rebeca P&eacute;rez no deber&iacute;a interpretarse como un eslogan amable, sino como una afirmaci&oacute;n pol&iacute;tica de primer orden. En una entrevista reciente, la alcaldesa afirmaba que &ldquo;Murcia no es Murcia sin sus pedan&iacute;as&rdquo; y recordaba que siete de cada diez habitantes residen en pedan&iacute;as y barrios perif&eacute;ricos. Tambi&eacute;n hablaba de un plan de inversi&oacute;n de 3,6 millones de euros, de juntas de gobierno itinerantes y de un contrato de mantenimiento y conservaci&oacute;n de la v&iacute;a p&uacute;blica en pedan&iacute;as que supera los 12,6 millones de euros. Son cifras importantes. Pero precisamente porque lo son, obligan a formular una pregunta m&aacute;s exigente: &iquest;estamos ante una pol&iacute;tica de atenci&oacute;n o ante una pol&iacute;tica de reconocimiento?
    </p><p class="article-text">
        No es lo mismo atender que reconocer. La atenci&oacute;n llega, escucha, arregla, programa, visita, inaugura, responde. Pero el reconocimiento va m&aacute;s all&aacute;. Reconocer un territorio es aceptar que no solo debe ser atendido desde el centro, sino que tambi&eacute;n debe poder pensar, decidir y construir el futuro del municipio desde s&iacute; mismo, con la participaci&oacute;n activa de sus habitantes y desde las necesidades espec&iacute;ficas de cada territorio.
    </p><p class="article-text">
        La atenci&oacute;n escucha una demanda. El reconocimiento convierte esa demanda en parte real de la planificaci&oacute;n municipal. La atenci&oacute;n mira hacia las pedan&iacute;as. El reconocimiento obliga a mirar desde ellas.
    </p><p class="article-text">
        Durante a&ntilde;os, las pedan&iacute;as de Murcia siguieron siendo nombradas en el discurso institucional, pero nombrar un territorio no significa permitirle decidir sobre s&iacute; mismo. En 2005, durante el mandato de Miguel &Aacute;ngel C&aacute;mara, el Reglamento de Participaci&oacute;n Ciudadana y Distritos unific&oacute; la regulaci&oacute;n sobre participaci&oacute;n, juntas de vecinos y distritos. Sobre el papel, hablaba de participaci&oacute;n ciudadana y gesti&oacute;n desconcentrada; en la pr&aacute;ctica, las juntas municipales ejerc&iacute;an las competencias conferidas por el alcalde o la Junta de Gobierno. Las pedan&iacute;as pod&iacute;an gestionar parte de la vida cotidiana, pero el centro pol&iacute;tico segu&iacute;a estando en La Glorieta.
    </p><p class="article-text">
        Aquella arquitectura institucional no las elimin&oacute;; las domestic&oacute; administrativamente. Les dej&oacute; mantenimiento, fiestas, informes, propuestas, voz vecinal y gesti&oacute;n de proximidad, pero reserv&oacute; para el centro la decisi&oacute;n estrat&eacute;gica, el presupuesto fuerte y la &uacute;ltima palabra. No fue una desaparici&oacute;n. Fue una p&eacute;rdida progresiva de peso pol&iacute;tico.
    </p><p class="article-text">
        Ah&iacute; est&aacute; una de las claves del debate actual. Las pedan&iacute;as necesitan dejar de ser tratadas como espacios menores de gesti&oacute;n. Una pedan&iacute;a no es solo el lugar donde se coloca un escenario en la plaza, se encienden las luces de Navidad o se arregla un carril. Una pedan&iacute;a es una comunidad pol&iacute;tica. Tiene necesidades propias, ritmos propios, memoria propia y tambi&eacute;n conflictos propios.
    </p><p class="article-text">
        La Glorieta es mucho m&aacute;s que una sede institucional. Es tambi&eacute;n una met&aacute;fora. All&iacute; se firma, se decide, se anuncia, se ordena y se administra. Pero Murcia no cabe entera en La Glorieta. Murcia se extiende por acequias, carriles y veredas. Respira en realidades que no son periferia por estar lejos, sino porque durante demasiado tiempo fueron miradas desde una distancia administrativa.
    </p><p class="article-text">
        El problema no es que exista un centro. Ocurre cuando el centro confunde coordinar con absorber, escuchar con decidir por otros y visitar con compartir poder. Descentralizar es preguntarse qui&eacute;n decide, con qu&eacute; presupuesto, con qu&eacute; autonom&iacute;a y con qu&eacute; capacidad de rendici&oacute;n de cuentas.
    </p><p class="article-text">
        Por eso el debate abierto por Rebeca P&eacute;rez puede ser una oportunidad si no se queda en una pol&iacute;tica de proximidad entendida como presencia. Que una alcaldesa diga que Murcia no se entiende sin sus pedan&iacute;as es importante. Que el Ayuntamiento hable de inversiones, juntas de gobierno itinerantes, mantenimiento de la v&iacute;a p&uacute;blica o mejoras en transporte p&uacute;blico tambi&eacute;n lo es. Pero el reto de fondo es pasar de mirar las pedan&iacute;as como territorios a los que se llega, a reconocerlas como territorios desde los que tambi&eacute;n se gobierna Murcia.
    </p><p class="article-text">
        Hace a&ntilde;os defend&iacute;a que los centros culturales perif&eacute;ricos pod&iacute;an convertirse en espacios de creaci&oacute;n, participaci&oacute;n vecinal y desarrollo comunitario. Hoy mantengo aquella idea, pero la ampliar&iacute;a: lo que entonces llam&aacute;bamos cultura perif&eacute;rica debe convertirse ahora en ciudadan&iacute;a perif&eacute;rica. Porque la periferia no es un margen vac&iacute;o ni una categor&iacute;a menor. Es una forma concreta de vivir en el municipio.
    </p><p class="article-text">
        Murcia tiene ahora la posibilidad de hacerse una pregunta honesta: &iquest;quiere aplicar una pol&iacute;tica de atenci&oacute;n o una pol&iacute;tica de reconocimiento? La primera puede mejorar servicios. La segunda puede transformar la relaci&oacute;n entre el Ayuntamiento y sus territorios. La primera responde a demandas. La segunda redistribuye poder.
    </p><p class="article-text">
        Porque Murcia no cabe en La Glorieta. Y quiz&aacute; ha llegado el momento de que La Glorieta aprenda, de una vez, a no querer contenerla entera.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Juan Nicolás Martínez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/politica-atencion-politica-reconocimiento_132_13349773.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 02 Jul 2026 04:00:12 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[¿Una política de atención o una política de reconocimiento?]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Todavía a oscuras]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/todavia-oscuras_132_13330796.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6f12e791-2d56-4c8d-9800-99ee7342c2c7_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Todavía a oscuras"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Mi generación creció en un tiempo en el que la homosexualidad todavía estaba acompañada por el silencio. Muchos aprendimos antes a adaptarnos que a expresarnos</p></div><p class="article-text">
        Hay lugares donde la oscuridad forma parte de la arquitectura. Y otros donde forma parte de la experiencia.
    </p><p class="article-text">
        Hemos recorrido un largo camino hacia la visibilidad y, sin embargo, una parte de la homosexualidad masculina sigue desarroll&aacute;ndose en espacios donde la luz parece resultar inc&oacute;moda. Hablo del anonimato, del silencio, de encuentros donde los nombres importan menos que los cuerpos y la identidad queda amputada durante unas horas.
    </p><p class="article-text">
        Pienso en las saunas, los cuartos oscuros y fen&oacute;menos m&aacute;s complejos como el <em>chemsex</em>. Y me pregunto si detr&aacute;s de todas estas realidades existe una cuesti&oacute;n que rara vez nos hacemos: &iquest;por qu&eacute; seguimos necesitando la oscuridad?
    </p><p class="article-text">
        No escribo desde el juicio moral. La sexualidad pertenece al &aacute;mbito de la libertad individual y la oscuridad puede contener fantas&iacute;a, exploraci&oacute;n o transgresi&oacute;n. Sin embargo, me interesa menos lo que ocurre en esos espacios que aquello que simbolizan.
    </p><p class="article-text">
        Porque la pregunta no tiene que ver &uacute;nicamente con la homosexualidad, sino con la masculinidad. Los hombres homosexuales aun despu&eacute;s de haber salido del armario no necesariamente lo hemos hecho de todos los aprendizajes asociados a ser hombres. 
    </p><p class="article-text">
        Hemos conocido el rechazo por nuestras elecciones afectivas y sexuales, pero eso no significa que hayamos renunciado a todos los privilegios asociados a la masculinidad. Quiz&aacute; por eso resulta dif&iacute;cil encontrar fen&oacute;menos equivalentes con la misma intensidad en los espacios de socializaci&oacute;n sexual entre mujeres.
    </p><p class="article-text">
        Seguimos creciendo en una cultura que premia la autosuficiencia, el consumismo y la inmediatez, dificulta la expresi&oacute;n emocional y nos ense&ntilde;a a ocultar nuestra humanidad como si la cosificaci&oacute;n hubiese impregnado nuestra forma de ser y actuar. Por eso algunas din&aacute;micas presentes en determinados espacios homosexuales masculinos tienen tanto que ver con nuestra experiencia como hombres gays como con la forma en que hemos aprendido a ser hombres.
    </p><p class="article-text">
        Mi generaci&oacute;n creci&oacute; en un tiempo en el que la homosexualidad todav&iacute;a estaba acompa&ntilde;ada por el silencio. Muchos aprendimos antes a adaptarnos que a expresarnos. Antes a vigilar nuestros gestos que a comprender nuestros deseos. Las leyes cambiaron. La sociedad avanz&oacute;. Pero las heridas emocionales no siempre evolucionan al mismo ritmo que los cambios legislativos.
    </p><p class="article-text">
        Hace a&ntilde;os vi <em>Bailar en la oscuridad</em> (Lars von Trier, 2000). Nunca olvid&eacute; la sensaci&oacute;n que me dej&oacute; aquel t&iacute;tulo. Porque muchos no solo aprendimos a bailar en la oscuridad. Tambi&eacute;n aprendimos a habitar en ella para sobrevivir. Las mismas coreograf&iacute;as que nos ense&ntilde;aron c&oacute;mo sentarnos, hablar o movernos tambi&eacute;n nos ense&ntilde;aron c&oacute;mo deb&iacute;amos desear, acercarnos, protegernos y desaparecer cuando era necesario.
    </p><p class="article-text">
        Coreograf&iacute;as marcadas y aprendidas en habitaciones que contin&uacute;an abiertas dentro de nosotros.
    </p><p class="article-text">
        Porque la oscuridad no siempre es un lugar f&iacute;sico. A veces es una forma de relacionarse. Una forma de encontrarse sin necesidad de explicar qui&eacute;n eres, contar tu historia o mostrar tus miedos.
    </p><p class="article-text">
        Pero &iquest;qu&eacute; ocurre cuando el anonimato deja de ser una posibilidad y se convierte en una costumbre?
    </p><p class="article-text">
        No creo que el problema sean las saunas, los cuartos oscuros o el sexo an&oacute;nimo. El problema aparece cuando desaparecen el nombre, la conversaci&oacute;n y la posibilidad de reconocer a la persona que existe detr&aacute;s del deseo.
    </p><p class="article-text">
        Recuerdo una frase de la pel&iacute;cula <em>Shortbus</em> (John Cameron Mitchell, 2006): &ldquo;Antes deseaba transformar el mundo; ahora solo aspiro a salir de esta habitaci&oacute;n con algo de dignidad&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Ah&iacute; reside una parte del problema. 
    </p><p class="article-text">
        Vivimos en una &eacute;poca que nos invita constantemente a buscar m&aacute;s: m&aacute;s experiencias, m&aacute;s placer, m&aacute;s validaci&oacute;n. Sin embargo, detr&aacute;s de algunas b&uacute;squedas compulsivas no hay &uacute;nicamente deseo. Tambi&eacute;n hay soledad. La sensaci&oacute;n de que el siguiente encuentro conseguir&aacute; llenar un vac&iacute;o que reaparece una y otra vez.
    </p><p class="article-text">
        Por eso fen&oacute;menos como el <em>chemsex</em> no deber&iacute;an analizarse &uacute;nicamente desde la salud p&uacute;blica o el consumo de sustancias. Tambi&eacute;n invitan a reflexionar sobre la necesidad de pertenencia, la b&uacute;squeda de reconocimiento y las distintas formas que encontramos para escapar temporalmente de nosotros mismos.
    </p><p class="article-text">
        Porque hay vac&iacute;os que el sexo no puede llenar.
    </p><p class="article-text">
        Durante a&ntilde;os pensamos que la oscuridad era una consecuencia de la discriminaci&oacute;n. Y probablemente lo fue. La pregunta es si parte de esa oscuridad sigue acompa&ntilde;&aacute;ndonos incluso ahora que las circunstancias han cambiado.
    </p><p class="article-text">
        No para culpabilizarnos, sino para comprendernos mejor.
    </p><p class="article-text">
        Porque la verdadera libertad no consiste &uacute;nicamente en poder desear a quien queremos. Tambi&eacute;n tiene que ver con poder hacerlo sin escondernos de nosotros mismos.
    </p><p class="article-text">
        No seguimos todav&iacute;a a oscuras porque nos guste la oscuridad.
    </p><p class="article-text">
        Seguimos volviendo a ella porque durante demasiado tiempo fue el &uacute;nico escenario donde nos sentimos protegidos y aprendimos a bailar.
    </p><p class="article-text">
        Y algunas de aquellas coreograf&iacute;as marcadas y aprendidas siguen acompa&ntilde;&aacute;ndonos mucho despu&eacute;s de haber abandonado la pista. La soledad reaparece cuando termina la noche y vuelven a encenderse las luces.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Juan Nicolás Martínez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/todavia-oscuras_132_13330796.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 25 Jun 2026 04:00:08 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[#Más allá de una bandera]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/bandera_132_13314275.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0d89be9b-0c44-49a1-bd17-c808d25c1f6b_16-9-discover-aspect-ratio_default_1145546.jpg" width="3352" height="1885" alt="#Más allá de una bandera"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Seguimos asociando la masculinidad al poder y la feminidad a la vulnerabilidad, incluso en espacios que nacieron precisamente para cuestionar esas categorías</p></div><p class="article-text">
        Hace unos d&iacute;as, en Totana, volvi&oacute; a producirse una pol&eacute;mica en torno a la bandera LGTBIQ+. No es la primera vez que ocurre en la Regi&oacute;n de Murcia. Probablemente tampoco ser&aacute; la &uacute;ltima. Cada mes de junio reaparece el mismo debate: qui&eacute;n puede exhibirla, d&oacute;nde debe colocarse o si representa a toda la ciudadan&iacute;a. Sin embargo, sospecho que el verdadero debate nunca ha sido una bandera.
    </p><p class="article-text">
        Porque las banderas son, en el fondo, s&iacute;mbolos. Superficies sobre las que proyectamos conflictos mucho m&aacute;s profundos. Lo que realmente discutimos cuando discutimos sobre una bandera es qui&eacute;n tiene derecho a ocupar el espacio p&uacute;blico, qu&eacute; identidades consideramos leg&iacute;timas y qu&eacute; formas de vivir aceptamos como normales.
    </p><p class="article-text">
        Por eso la bandera LGTBIQ+ contin&uacute;a generando incomodidad en determinados sectores. No porque represente &uacute;nicamente una orientaci&oacute;n sexual o una identidad de g&eacute;nero, sino porque cuestiona algo mucho m&aacute;s profundo: la idea de que existe una &uacute;nica forma correcta de vivir, de amar, de relacionarse o incluso de ser hombre y de ser mujer.
    </p><p class="article-text">
        Durante mucho tiempo pens&eacute; que la heteronormatividad era algo que ocurr&iacute;a fuera de m&iacute;. La imaginaba como un conjunto de normas impuestas por la sociedad, la familia, la escuela o las instituciones. Un sistema que establec&iacute;a qu&eacute; cuerpos eran aceptables, qu&eacute; relaciones eran leg&iacute;timas y qu&eacute; formas de masculinidad o feminidad deb&iacute;an ocupar el centro del escenario. Con los a&ntilde;os comprend&iacute; algo bastante m&aacute;s inc&oacute;modo: la heteronormatividad no solo vive fuera de nosotros. Muchas veces tambi&eacute;n vive dentro.
    </p><p class="article-text">
        Probablemente una de las mayores paradojas del colectivo LGTBIQ+ sea precisamente esa. Hemos dedicado d&eacute;cadas a cuestionar una norma que nos exclu&iacute;a y, sin embargo, en ocasiones hemos terminado reproduciendo parte de sus mecanismos. Basta observar algunas din&aacute;micas presentes dentro del propio colectivo para comprobar hasta qu&eacute; punto siguen funcionando viejas jerarqu&iacute;as. Seguimos asociando la masculinidad al poder y la feminidad a la vulnerabilidad, incluso en espacios que nacieron precisamente para cuestionar esas categor&iacute;as.
    </p><p class="article-text">
        A veces basta mirar c&oacute;mo nos presentamos en determinadas aplicaciones para ligar. Una de las primeras preguntas que suelen aparecer es aparentemente sencilla: &iquest;activo o pasivo? La pregunta parece inocente y, sin embargo, muchas veces moviliza un imaginario cultural heredado durante siglos. Con demasiada frecuencia seguimos asociando lo activo a la masculinidad, la iniciativa o el poder, y lo pasivo a la feminidad, la receptividad o la dependencia. Como si incluso dentro de las relaciones entre hombres continu&aacute;ramos necesitando reproducir viejos papeles para comprendernos. Como si la heteronormatividad siguiera funcionando incluso all&iacute; donde aparentemente ha sido cuestionada.
    </p><p class="article-text">
        La llamada pluma contin&uacute;a siendo otro ejemplo revelador. Todav&iacute;a hoy determinadas formas de expresarse siguen siendo juzgadas dentro y fuera del colectivo. Como si lo masculino siguiera ocupando una posici&oacute;n privilegiada y lo femenino necesitara justificarse constantemente.
    </p><p class="article-text">
        Pero la cuesti&oacute;n va todav&iacute;a m&aacute;s lejos. Porque la heteronormatividad no solo nos ense&ntilde;a c&oacute;mo deben relacionarse los hombres y las mujeres. Tambi&eacute;n nos acostumbra a clasificar, etiquetar y ordenar la experiencia humana en categor&iacute;as aparentemente estables y binarias: heterosexual u homosexual, masculino o femenino, hombre o mujer. Como si la complejidad de una vida pudiera resumirse siempre en dos casillas.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, la experiencia humana rara vez permanece inm&oacute;vil. Cambiamos de ideas, de v&iacute;nculos, de deseos y de formas de habitar nuestro cuerpo. Una de las cuestiones m&aacute;s inc&oacute;modas para nuestra &eacute;poca es hasta qu&eacute; punto somos libres para definir qui&eacute;nes somos.
    </p><p class="article-text">
        Durante a&ntilde;os buena parte del debate se ha articulado alrededor de la idea de la orientaci&oacute;n sexual. Pero tambi&eacute;n existen perspectivas que ponen el acento en algo diferente: nuestra capacidad para explorar, elegir, redefinir o transformar aspectos de nuestra identidad y de nuestros afectos. No se trata de negar la experiencia de quienes sienten su identidad como algo estable, sino de reconocer que la experiencia humana suele ser m&aacute;s compleja que las categor&iacute;as con las que intentamos explicarla.
    </p><p class="article-text">
        La libertad no consiste &uacute;nicamente en que se respeten nuestras orientaciones, sino tambi&eacute;n en reconocer nuestra capacidad de elecci&oacute;n sexual: la posibilidad de explorar, descubrir, cambiar, transitar y redefinir aquello que cre&iacute;amos inmutable. Y junto a esa libertad aparece tambi&eacute;n una responsabilidad. Porque si no somos responsables de nuestras decisiones, tampoco somos responsables de nuestras transformaciones. Y si no tenemos capacidad para elegir, dif&iacute;cilmente podremos tener capacidad para cambiar.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; la verdadera libertad no consista &uacute;nicamente en ser reconocidos por quienes somos, sino en asumir la responsabilidad de elegir qui&eacute;n queremos ser, explorar qui&eacute;n podr&iacute;amos llegar a ser y conservar siempre la posibilidad de transformarnos. Porque una vida verdaderamente libre no es aquella que permanece inm&oacute;vil, sino aquella que conserva el derecho, y tambi&eacute;n la responsabilidad, de cambiar.
    </p><p class="article-text">
        Las personas trans han contribuido de manera decisiva a ampliar nuestra comprensi&oacute;n de la identidad. No &uacute;nicamente porque cuestionen las fronteras tradicionales entre hombre y mujer, sino porque nos recuerdan que la experiencia humana es siempre m&aacute;s compleja que las categor&iacute;as con las que intentamos describirla.
    </p><p class="article-text">
        Por eso me resulta tan interesante la bandera. Porque muchas veces olvidamos que no representa &uacute;nicamente derechos. Representa tambi&eacute;n una invitaci&oacute;n permanente a cuestionar la norma; a preguntarnos qui&eacute;n define qu&eacute; es normal y hasta qu&eacute; punto seguimos reproduciendo dentro de nosotros mismos aquello que creemos haber dejado atr&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Tal vez el verdadero debate nunca haya sido una bandera. Quiz&aacute; el verdadero debate siga siendo qui&eacute;n tiene derecho a definir las reglas del juego. Y quiz&aacute; la bandera contin&uacute;e resultando inc&oacute;modo precisamente porque nos recuerda algo que todav&iacute;a no hemos terminado de resolver: que la norma sigue ah&iacute;. 
    </p><p class="article-text">
        Fuera de nosotros. Y, a veces, tambi&eacute;n dentro.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Juan Nicolás Martínez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/bandera_132_13314275.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 20 Jun 2026 04:00:40 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[#Más allá de una bandera]]></media:title>
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