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    <title><![CDATA[elDiario.es - Vicente Montávez Aguillaume]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/vicente-montavez-aguillaume/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Vicente Montávez Aguillaume]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Cuando el comercio deja de ser comercio]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/comercio-deja-comercio_129_13409883.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/4ca7ce1f-a6d6-4422-a12f-22b8e14e7e58_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x1255y372.jpg" width="1200" height="675" alt="Cuando el comercio deja de ser comercio"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La gran pregunta es cuánta geopolítica puede soportar el comercio antes de dejar de ser comercio y convertirse simplemente en otra forma de ejercer el poder. La respuesta determinará no solo el futuro de la economía mundial. También, si el siglo XXI estará gobernado por reglas compartidas o por la capacidad de las grandes potencias para convertir su mercado en un instrumento de presión política</p></div><p class="article-text">
        Hubo un tiempo en el que las guerras comerciales eran la excepci&oacute;n y las reglas la norma. Hoy empieza a ocurrir exactamente lo contrario. Las reglas se han convertido en una excepci&oacute;n administrada por quien dispone del poder suficiente para incumplirlas. Los aranceles han dejado de ser &uacute;nicamente un instrumento econ&oacute;mico para convertirse en una herramienta de pol&iacute;tica exterior.
    </p><p class="article-text">
        Ese es el verdadero significado de la &uacute;ltima decisi&oacute;n de Donald Trump.
    </p><p class="article-text">
        Ser&iacute;a un error interpretarla como un episodio m&aacute;s del viejo debate entre proteccionismo y libre comercio. Lo que estamos presenciando es un cambio de naturaleza del poder. El comercio internacional ya no se utiliza solo para intercambiar bienes o generar prosperidad compartida. Se emplea para disciplinar aliados, castigar competidores, condicionar decisiones regulatorias y proyectar influencia geopol&iacute;tica. En el siglo XXI, el acceso al mercado se ha convertido en una forma de soberan&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Trump ha comprendido algo que Europa todav&iacute;a parece resistirse a aceptar: el mayor mercado del mundo tambi&eacute;n es un arma.
    </p><p class="article-text">
        Durante tres d&eacute;cadas dimos por sentado que la globalizaci&oacute;n reducir&iacute;a el peso de la geograf&iacute;a. Nos equivocamos. La geograf&iacute;a nunca desapareci&oacute;; simplemente dej&oacute; de verse. Hoy regresa con toda su fuerza. El &Aacute;rtico porque el deshielo abre rutas mar&iacute;timas y revela minerales cr&iacute;ticos. Taiw&aacute;n porque concentra la fabricaci&oacute;n de los semiconductores m&aacute;s avanzados del planeta. El estrecho de Ormuz porque sigue siendo una arteria energ&eacute;tica indispensable. Y el mercado estadounidense porque contin&uacute;a siendo el mayor espacio de consumo del mundo.
    </p><p class="article-text">
        La geograf&iacute;a ha vuelto convertida en geoeconom&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        No es casualidad que la Administraci&oacute;n Trump haya reconstruido jur&iacute;dicamente su pol&iacute;tica arancelaria apenas unos meses despu&eacute;s de que el Tribunal Supremo anulara el esquema anterior. Ha cambiado la cobertura legal, pero no el objetivo pol&iacute;tico. La nueva arquitectura, basada en la Secci&oacute;n 301 de la Ley de Comercio de 1974, impone grav&aacute;menes del 10 % y del 12,5 % sobre importaciones procedentes de decenas de econom&iacute;as y alcanza, con distintas excepciones, al 99,4 % de las importaciones estadounidenses. El arancel medio efectivo de Estados Unidos ronda ya el 10,8 %, el nivel m&aacute;s elevado desde hace d&eacute;cadas.
    </p><p class="article-text">
        Formalmente, Washington justifica estas medidas por la insuficiente lucha de otros pa&iacute;ses contra el trabajo forzoso. Nadie discute que el trabajo esclavo deba combatirse. Pero si ese fuera realmente el objetivo, la respuesta l&oacute;gica ser&iacute;a reforzar la trazabilidad, prohibir productos concretos, sancionar empresas y perseguir cadenas de suministro contaminadas. Aplicar un arancel pr&aacute;cticamente universal se parece tanto a combatir el trabajo forzoso como cerrar todos los bancos para acabar con el fraude fiscal. Cuando una herramienta sirve para todo, normalmente es porque su verdadero prop&oacute;sito es otro.
    </p><p class="article-text">
        Ese prop&oacute;sito es pol&iacute;tico.
    </p><p class="article-text">
        Hace m&aacute;s de ochenta a&ntilde;os, Albert O. Hirschman advirti&oacute; de que el comercio pod&iacute;a convertirse en una relaci&oacute;n de dependencia pol&iacute;tica. Durante d&eacute;cadas aquella intuici&oacute;n qued&oacute; eclipsada por la expansi&oacute;n de la globalizaci&oacute;n y por la convicci&oacute;n de que la interdependencia econ&oacute;mica har&iacute;a el mundo m&aacute;s estable. Hoy recupera una actualidad extraordinaria. Washington ya no utiliza &uacute;nicamente su superioridad militar o financiera para defender sus intereses. Utiliza tambi&eacute;n el acceso a su mercado. Los aranceles sirven para discutir impuestos digitales, regulaci&oacute;n tecnol&oacute;gica, pol&iacute;tica industrial, inversiones estrat&eacute;gicas o incluso decisiones judiciales. El comercio deja de ser un espacio de cooperaci&oacute;n para convertirse en un mecanismo de coerci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Los economistas describen este fen&oacute;meno mediante elasticidades, cadenas de suministro y ventajas comparativas. Los ciudadanos lo perciben de otra manera. Una decisi&oacute;n tomada en un despacho de la Casa Blanca termina reflej&aacute;ndose en el precio de una lavadora en Ohio, en el coste de un medicamento en Mil&aacute;n o en la cuenta de resultados de una f&aacute;brica de componentes en Zaragoza. La geopol&iacute;tica siempre acaba llegando a la cocina.
    </p><p class="article-text">
        Y la realidad es mucho menos &eacute;pica que el discurso pol&iacute;tico. Los estudios de la Reserva Federal de Nueva York muestran que entre el 90 % y el 94 % del coste de los aranceles termina siendo soportado por empresas y consumidores estadounidenses. Los aranceles no los pagan los exportadores extranjeros; los pagan, sobre todo, quienes compran, producen e invierten dentro de Estados Unidos. El relato promete que la factura llegar&aacute; desde fuera. La econom&iacute;a demuestra que acaba llegando al supermercado.
    </p><p class="article-text">
        Eso no significa que la estrategia carezca de eficacia pol&iacute;tica. Al contrario. Trump ha conseguido desplazar el centro del debate. Hace apenas unos a&ntilde;os la discusi&oacute;n era si Estados Unidos deb&iacute;a levantar un muro comercial. Hoy la discusi&oacute;n consiste &uacute;nicamente en decidir cu&aacute;l debe ser su altura. Su mayor victoria no es econ&oacute;mica. Es pol&iacute;tica y cultural. Ha convertido un arancel generalizado en la nueva normalidad.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, los resultados econ&oacute;micos son mucho m&aacute;s discutibles. El Fondo Monetario Internacional prev&eacute; una desaceleraci&oacute;n del comercio mundial respecto a los ritmos de crecimiento registrados en los &uacute;ltimos a&ntilde;os. La Organizaci&oacute;n Mundial del Comercio calcula que unos 240.000 millones de d&oacute;lares de intercambios industriales ya se encuentran afectados por nuevas medidas arancelarias. La OCDE insiste en que el mayor coste no reside solo en el incremento de precios, sino en la incertidumbre permanente que paraliza inversiones, fragmenta cadenas de suministro y obliga a las empresas a sustituir criterios de eficiencia por criterios de riesgo pol&iacute;tico.
    </p><p class="article-text">
        La incertidumbre tambi&eacute;n es un impuesto.
    </p><p class="article-text">
        Adam Tooze ha resumido este cambio con una idea tan sencilla como inquietante: Estados Unidos corre el riesgo de dejar de comportarse como el garante del sistema econ&oacute;mico internacional para actuar como quien utiliza ese sistema para extraer concesiones. Es una transformaci&oacute;n silenciosa, pero profundamente estructural. La fortaleza del mercado estadounidense deja de ser un bien p&uacute;blico para convertirse en un instrumento de negociaci&oacute;n permanente.
    </p><p class="article-text">
        Europa observa este proceso desde una posici&oacute;n inc&oacute;moda. En t&eacute;rminos relativos ha evitado el peor escenario. El acuerdo comercial con Estados Unidos limita el impacto inmediato de los nuevos aranceles y fija un techo del 15% para buena parte de las exportaciones europeas. Esa estabilidad tiene un valor econ&oacute;mico evidente. Evitar una guerra comercial abierta era una obligaci&oacute;n pol&iacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        Pero conviene no confundir estabilidad con equilibrio.
    </p><p class="article-text">
        Europa cree haber comprado certidumbre. Quiz&aacute; solo haya alquilado tiempo.
    </p><p class="article-text">
        Mientras la Uni&oacute;n Europea ha eliminado los aranceles sobre buena parte de los bienes industriales estadounidenses, Washington mantiene un gravamen general sobre las exportaciones europeas y contin&uacute;a amenazando con nuevas represalias si Bruselas regula las grandes plataformas digitales, aplica su legislaci&oacute;n de competencia o mantiene los impuestos sobre los servicios digitales. La relaci&oacute;n empieza a adquirir una preocupante asimetr&iacute;a: Europa garantiza acceso; Estados Unidos administra excepciones.
    </p><p class="article-text">
        Ese es el verdadero riesgo. No que exista un arancel del 15 %. Sino que ese 15 % deje de ser un l&iacute;mite para convertirse en el punto de partida de la siguiente negociaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Hay otro dato que invita a la prudencia. Pese a toda la ret&oacute;rica sobre la reindustrializaci&oacute;n, distintos an&aacute;lisis muestran que la recuperaci&oacute;n del empleo manufacturero estadounidense dista mucho de justificar el coste econ&oacute;mico de una protecci&oacute;n permanente. Proteger una industria puede darle tiempo para modernizarse. Protegerla indefinidamente rara vez la hace m&aacute;s competitiva.
    </p><p class="article-text">
        Durante d&eacute;cadas Estados Unidos construy&oacute; su liderazgo ofreciendo reglas, instituciones y previsibilidad. Ese fue el verdadero activo del orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial. Hoy parece confiar cada vez m&aacute;s en otra l&oacute;gica: utilizar el tama&ntilde;o de su mercado para condicionar las decisiones soberanas de los dem&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Europa no debe responder imitando ese modelo. Una guerra arancelaria permanente empobrecer&iacute;a a ambas orillas del Atl&aacute;ntico y acelerar&iacute;a la fragmentaci&oacute;n de la econom&iacute;a mundial. Pero tampoco puede aceptar que su pol&iacute;tica industrial, su regulaci&oacute;n tecnol&oacute;gica o su fiscalidad dependan de la amenaza constante de represalias comerciales.
    </p><p class="article-text">
        La autonom&iacute;a estrat&eacute;gica no consiste en alejarse de Estados Unidos. Consiste en poder cooperar con Estados Unidos sin depender de su benevolencia.
    </p><p class="article-text">
        Eso exige una pol&iacute;tica industrial capaz de reducir dependencias cr&iacute;ticas; una pol&iacute;tica comercial orientada a diversificar mercados; un mercado interior verdaderamente integrado; y la disposici&oacute;n a utilizar, cuando sea necesario, el Instrumento Anti-Coerci&oacute;n de la Uni&oacute;n Europea. No para alimentar una l&oacute;gica de confrontaci&oacute;n, sino precisamente para impedir que la coerci&oacute;n resulte rentable.
    </p><p class="article-text">
        Porque la gran cuesti&oacute;n de nuestro tiempo ya no es cu&aacute;nto comercio soporta la geopol&iacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        La verdadera pregunta es cu&aacute;nta geopol&iacute;tica puede soportar el comercio antes de dejar de ser comercio y convertirse simplemente en otra forma de ejercer el poder.
    </p><p class="article-text">
        La respuesta a esa pregunta determinar&aacute; no solo el futuro de la econom&iacute;a mundial. Determinar&aacute; tambi&eacute;n si el siglo XXI estar&aacute; gobernado por reglas compartidas o por la capacidad de las grandes potencias para convertir su mercado en un instrumento de presi&oacute;n pol&iacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        Y esa, mucho m&aacute;s que el porcentaje de un arancel, es la discusi&oacute;n que Europa no puede permitirse perder.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Arancha González Laya, Vicente Montávez Aguillaume]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/comercio-deja-comercio_129_13409883.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 28 Jul 2026 04:01:56 +0000]]></pubDate>
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