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    <title><![CDATA[elDiario.es - Sergio Galarza]]></title>
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      <title><![CDATA['Un verano en Moscardó', por Sergio Galarza]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/verano-moscardo-sergio-galarza_129_13428254.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/67c2aced-cceb-4b2d-9828-612f626c3802_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x1098y505.jpg" width="1200" height="675" alt="&#039;Un verano en Moscardó&#039;, por Sergio Galarza"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En esta serie, elDiario.es explora junto a cuatro escritores qué pasa en las ciudades cuando sus ocupantes se van a vivir eso que llamamos veraneo. El escritor peruano Sergio Galarza escribe desde Lima sobre Madrid, la ciudad a la que está a punto de regresar tras unas breves vacaciones en casa</p></div><p class="article-text">
        El verano es la &eacute;poca del a&ntilde;o que no se cansa de recordarme que no soy de aqu&iacute;. A partir de julio los jubilados de mi barrio y muchas familias espa&ntilde;olas se evaporan de las calles. No conoc&iacute; este fen&oacute;meno migratorio hasta que no me mud&eacute; al barrio Moscard&oacute;, en Usera: ellos, los jubilados y esas familias, tienen un pueblo para refugiarse y yo s&oacute;lo poseo dos aires acondicionados para sobrevivir al calor que sofoca cada a&ntilde;o m&aacute;s. En Lima, mi ciudad de origen, los que se evaporan durante el verano son los ricos, porque son casi los &uacute;nicos con casas de playa. Los jubilados de Moscard&oacute;, en cambio, han sido siempre eso que llamaban clase trabajadora. Y, mientras que estos hombres y mujeres llegaron desde las provincias a Madrid el siglo pasado, por motivos econ&oacute;micos, pol&iacute;ticos y sociales, yo aterric&eacute; el 2005 en la capital con la aspiraci&oacute;n de emular, al menos, las aventuras de uno de mis &iacute;dolos literarios, Julio Ram&oacute;n Ribeyro, que apenas vivi&oacute; una temporada en una corrala de Lavapi&eacute;s antes de instalarse de por vida en Par&iacute;s. Es cierto que tambi&eacute;n estaba harto de la delincuencia en Lima y de una rutina violenta que los peruanos hemos normalizado, pero fue mi vocaci&oacute;n la que despert&oacute; las ganas de largarme a una latitud que, aparte de todas las manifestaciones culturales que necesitaba vivir en directo, me ofreciera tambi&eacute;n la oportunidad de regresar a casa en paz.
    </p><p class="article-text">
        Si bien es sencillo aparcar en mi calle porque hay una cuesta para llegar a ella, en verano podr&iacute;a estacionar hasta un tren de Cercan&iacute;as en la misma. Los que se quedan siempre son los que no tienen a donde ir, o sea la mayor&iacute;a de inmigrantes, la nueva clase trabajadora de Espa&ntilde;a. Las pocas veces que consigo levantarme antes de las cinco de la ma&ntilde;ana para coger un autob&uacute;s hasta Atocha, y desde all&iacute; un tren hacia mi trabajo en Chamart&iacute;n, compruebo que la Espa&ntilde;a que madruga viene de otros pa&iacute;ses como yo. Lo usual es que vaya en coche por comodidad, y no apretujado como los dem&aacute;s usuarios del transporte p&uacute;blico. Pero estoy pensando que madrugar&iacute;a m&aacute;s con tal de tener un pueblo en verano, sobre todo por mis hijos. Me han dicho que all&iacute; los ni&ntilde;os corren libres por las calles y que se inventan toda clase de juegos, lo mismo que hac&iacute;a yo en Lima, cuando las calles de los barrios pertenec&iacute;an a los vecinos antes que a los coches que las cruzan a toda velocidad para escapar de la mara&ntilde;a del tr&aacute;fico lime&ntilde;o. De hecho escribo esto desde el chal&eacute; familiar en Los Sauces, mi barrio original, a pocas calles de donde la polic&iacute;a captur&oacute; a Abimael Guzm&aacute;n, el l&iacute;der del grupo terrorista Sendero Luminoso.
    </p><p class="article-text">
        Estoy de vacaciones pero el verano es muy largo para los padres, aunque en mi caso el calendario oficial existe en una dimensi&oacute;n ajena a mi realidad. Trabajo seis d&iacute;as y descanso cuatro, lo que me impide descansar casi todos los fines de semana y la mayor&iacute;a de los festivos. Adem&aacute;s los controladores de tr&aacute;fico ferroviario trabajamos a turnos en los CRC (Centro de Regulaci&oacute;n y Control): dos d&iacute;as de ma&ntilde;ana, dos de tarde y dos de noche. Es un desorden aparente al que uno se adapta. Mis quince d&iacute;as de vacaciones no los gasto en leer los libros que he comprado a lo largo del a&ntilde;o, menos en escribir mi pr&oacute;xima historia. S&eacute; que para cumplir esas metas absurdas estar&eacute; un par de semanas sin hijos. Igual, lo m&aacute;s seguro es que emplee esos d&iacute;as para hacer arreglos en casa y en el jard&iacute;n que tenemos delante del portal, pasear en bici por otros barrios cercanos, quedar con los amigos que han regresado o no se han podido ir a&uacute;n de Madrid, y para ordenar los recuerdos que guardo en un caj&oacute;n. Porque para m&iacute; el verano ha dejado de ser esa estaci&oacute;n festiva que se anuncia en los carteles de los festivales de m&uacute;sica, para convertirse en un momento de reflexi&oacute;n y de melancol&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Cuando no ten&iacute;a hijos eleg&iacute;a mis vacaciones fuera de los meses de verano porque detesto las multitudes y todo me parece m&aacute;s caro con calor. Ahora resulta inevitable pedir julio o agosto. Son las fechas en las que puedo traer a mis mellizos a Per&uacute; para que vean a su abuelo y a su t&iacute;o.
    </p><p class="article-text">
        En mi caj&oacute;n de recuerdos conviven las cartas, postales, fotos, entradas de conciertos y documentos caducados que pertenecen a mi etapa sin hijos, con los dibujos y regalos que ellos me han hecho desde que nos mudamos a la calle Escuelas. Los primeros se han ido reduciendo o se han perdido sin m&aacute;s. Hace un par de meses me fij&eacute; en un ced&eacute; que nunca hab&iacute;a escuchado porque no ten&iacute;a un aparato reproductor. Me lo grab&oacute; una amiga que hizo sus pr&aacute;cticas con mis editores. Ahora trabaja en una de las editoriales m&aacute;s importantes de Francia. Puse el ced&eacute; en el coche y por asociaci&oacute;n vino a m&iacute; la imagen de Paco Robles, la mitad original de Candaya que ya no est&aacute;. Los dibujos y regalos de mis hijos no se pueden perder y me llevan a preguntarme si la educaci&oacute;n que est&aacute;n recibiendo evitar&aacute; que cometan las mismas cagadas que hizo su padre.
    </p><p class="article-text">
        Los balances biogr&aacute;ficos suelen ser a finales de a&ntilde;o. El m&iacute;o sucede en verano porque es cuando nuestras vidas dan un cambio de verdad. Los ni&ntilde;os pasan de curso y a los padres nos enga&ntilde;an diciendo que ya podemos descansar de tanta tarea y tanto examen, cuando lo cierto es que tenemos que coordinar m&aacute;s momentos de ocio fuera de casa y cuadrar nuevos horarios. Hay que comprar entradas con anticipaci&oacute;n para las piscinas municipales, reparar las bicicletas abandonadas a lo largo del invierno, planificar excursiones a la sierra, hacer cualquier plan que nos permita escapar de un calor brutal que los negacionistas del cambio clim&aacute;tico dicen que siempre ha sido as&iacute; de bestia. Llevo m&aacute;s de veinte a&ntilde;os en la capital y que me aten a una farola en Sol al mediod&iacute;a si los negacionistas tienen raz&oacute;n. Si quieres bajar a jugar fulbito a la canchita de mi barrio en la calle Manuel Noya tiene que ser antes de las diez de la ma&ntilde;ana o despu&eacute;s de las siete de la tarde. All&iacute; la mayor&iacute;a de ni&ntilde;os son de origen latino, lo mismo que en la Plaza Romana, donde el verano se convierte en una fiesta de carnavales y se lanzan globos y toda clase de misiles de agua, como suced&iacute;a en Los Sauces de mi infancia.
    </p><p class="article-text">
        Aqu&iacute; estoy, escuchando a los Kinks en una fantas&iacute;a de <em>rock and roll</em> en Doble Nueve, &ldquo;la radio rock en Lima&rdquo;, con mis hijos reci&eacute;n levantados, mi viejo m&aacute;s viejo y m&aacute;s cansado, y mi hermano mayor dedicado a nosotros. Se han demolido muchos chal&eacute;s para construir edificios que alcanzan hasta las treinta plantas de altura. Quedan cada vez menos vecinos fundadores del barrio, pero me ha provocado una alegr&iacute;a m&aacute;s grande que esos edificios el que una vecina recordara a mi madre con tanto afecto. Las calles han vuelto a tener el aspecto de destrucci&oacute;n por culpa del traj&iacute;n de los camiones de las nuevas construcciones. Ya no hay perros paseando y tampoco ni&ntilde;os jugando en la cancha de fulbito al lado de la parroquia porque la han cercado y le han puesto candado. Al menos no hay basura desparramada como en muchos puntos negros de Usera. Es el d&iacute;a de nuestra independencia mientras corrijo y termino este art&iacute;culo. Veintiocho de julio. Keiko, la hija de Alberto Fujimori, el expresidente que pas&oacute; cerca de diecis&eacute;is a&ntilde;os en la c&aacute;rcel por cr&iacute;menes de lesa humanidad, est&aacute; jurando como nueva presidenta del Per&uacute; despu&eacute;s de quince a&ntilde;os como candidata. Se ha hecho con el poder del Senado, el que tendr&aacute; el poder real en lo legislativo, gracias al voto de un &ldquo;topo&rdquo;. Parece que en mi pa&iacute;s de origen no cambia nada mientras que en Los Sauces cambia todo.
    </p><p class="article-text">
        Mis primeros veranos en Madrid sal&iacute;a de fiesta hasta que amanec&iacute;a. Me encantaba acabar en la Sala Sol bailando y conociendo gente. Ahora me amanezco cuando me toca el turno de noche en el trabajo y salgo del CRC Chamart&iacute;n a las seis y media de la ma&ntilde;ana. He pasado de <em>El rayo verde</em> de Rohmer a <em>La ley del mercado</em> de St&eacute;phane Briz&eacute;. No espero que pase nada trascendental en verano, como lo esperaba antes cada noche. Deseo, en cambio, que el balance sea favorable para mi familia y que mi cuerpo no se rompa m&aacute;s hasta que mis hijos se vayan de casa. Debe ser la melancol&iacute;a de quien ya no espera gran cosa en la estaci&oacute;n m&aacute;s festiva del a&ntilde;o, o las preguntas que asaltan al inmigrante que regresa a un pueblo que en cada viaje se parece menos al de su infancia, esa etapa salvaje con una &uacute;nica pregunta de tus amigos: &ldquo;&iquest;Hasta qu&eacute; hora te han dado permiso?&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Sergio Galarza]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 05 Aug 2026 19:56:03 +0000]]></pubDate>
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