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    <title><![CDATA[elDiario.es - Marina Perezagua]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/marina-perezagua/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Marina Perezagua]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA['Escuchen a las sirenas', por Marina Perezagua]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/escuchen-sirenas-marina-perezagua_1_13439024.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/4e7b029e-2b34-417a-b791-145f5f3621fb_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="&#039;Escuchen a las sirenas&#039;, por Marina Perezagua"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En esta serie, elDiario.es explora junto a cuatro escritores qué pasa en nuestras ciudades durante el mes de agosto. Marina Perezgua, autora de 'Luna Park' o 'Don Quijote de Manhattan (Testamento yankee)', pasa estos meses en Kiev y desde allí escribe sobre el sonido de una ciudad en guerra, también en verano</p><p class="subtitle">Madrid - 'Un verano en Moscardó', por Sergio Galarza</p></div><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">Pasar el verano en una ciudad trae casi siempre la misma promesa de los veranos en cualquier lugar: que el tiempo deje de exigirnos tanto como el resto del a&ntilde;o. Las terrazas se llenan al frescor de horas m&aacute;s tard&iacute;as, las ventanas quedan abiertas toda la noche, alguien decide en un caf&eacute; que hoy es un buen d&iacute;a para no hacer nada &mdash;cuando hace apenas una semana no le daba tiempo ni a terminar de despertarse, pagar, llegar al trabajo. </span>
    </p><p class="article-text">
        Hay ciudades donde el verano es igual al resto de las estaciones, como en Kiev. Aqu&iacute; el verano no suspende la realidad: la ilumina. La luz alcanza las fachadas da&ntilde;adas, los parques llenos de algunos agujeros y de muchas m&aacute;s personas, las mesas donde alguien sopla las velas mientras el m&oacute;vil de al lado sigue, en silencio, la trayectoria de un dron. Nada queda oculto en Kiev. Ni la guerra ni la vida. La primera vez que vine a Ucrania encontr&eacute; uno de los errores de traducci&oacute;n m&aacute;s bellos y afilados que conozco. Durante un tiempo, algunas aplicaciones que avisaban en ingl&eacute;s de los ataques a&eacute;reos tradujeron <em>&ldquo;sirens&rdquo;</em> como <em>&ldquo;mermaids&rdquo;.</em> El mismo desliz se extendi&oacute; a carteles y paneles informativos. Los tel&eacute;fonos y las calles repet&iacute;an la misma instrucci&oacute;n imposible: hab&iacute;a que obedecer a las sirenas del mar.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Escuchen a las sirenas&rdquo;. &ldquo;No ignoren a las sirenas&rdquo;. &ldquo;Sigan las recomendaciones de las sirenas&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        No importa qui&eacute;n cometi&oacute; el error. Importa que, entre millones de personas que podr&iacute;an haberlo corregido, ninguna lo hizo. Tal vez las lenguas, cuando una guerra se alarga durante demasiado tiempo, empiezan por s&iacute; solas a confundir aquello que anuncia la muerte con aquello que la atrae.
    </p><p class="article-text">
        Me gusta pensar que hay un dato que vuelve aquel desliz casi prof&eacute;tico. El aparato que hoy fabrica ese aullido met&aacute;lico que sale de los tel&eacute;fonos fue bautizado con el nombre de sirena en el siglo diecinueve por un f&iacute;sico franc&eacute;s, Cagniard de la Tour, porque su m&aacute;quina sonaba incluso bajo el agua, igual que las criaturas del mito. As&iacute; que cuando aquellas aplicaciones tradujeron &ldquo;<em>sirens</em>&rdquo; por &ldquo;<em>mermaids</em>&rdquo; no comet&iacute;an realmente un error: cerraban un c&iacute;rculo abierto dos siglos antes, cuando alguien decidi&oacute; que un artefacto de metal deb&iacute;a sonar como las legendarias mujeres que cantan bajo nuestros mares.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">El verano, en cualquier otra ciudad, promete descanso. En Kiev lo primero que mata la guerra no son los cuerpos: son sus funciones. El sueño deja de reparar. La memoria deja de guardar y empieza a vigilar</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        El verano, en cualquier otra ciudad, promete descanso. En Kiev lo primero que mata la guerra no son los cuerpos: son sus funciones. El sue&ntilde;o deja de reparar. La memoria deja de guardar y empieza a vigilar. Una sirena interrumpe un sue&ntilde;o y ese sue&ntilde;o ya nunca vuelve a empezar donde se quebr&oacute;, queda suspendido entre los p&aacute;rpados cansados, como una herida que no termina de cicatrizar. &iquest;Cu&aacute;nto tiempo aguanta un cuerpo sin ese descanso? &iquest;Y una ciudad entera? Tal vez la resistencia no se mida en edificios reconstruidos, sino en la energ&iacute;a que a un organismo le queda, despu&eacute;s de sobrevivir, para seguir produciendo algo parecido a la vida.
    </p><p class="article-text">
        El verano tambi&eacute;n dilata el tiempo, lo hace m&aacute;s el&aacute;stico: tardes que no acaban nunca, cierta sensaci&oacute;n parecida a la indolencia, que se agradece. La guerra tambi&eacute;n estira tiempo, pero tirando del otro extremo. Cuando cesa una alarma nadie recupera los minutos pasados en un refugio &mdash;esas horas se rompe y sigue corriendo a la vez, como un hueso que suelda torcido. Los relojes pierden aqu&iacute; parte de su autoridad. Los calendarios cuentan otra cosa: ya no cu&aacute;nto falta para las vacaciones, sino cu&aacute;ntos d&iacute;as m&aacute;s ha aguantado una ciudad siendo ella misma.
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n la confianza cambia de significado, teniendo en cuenta que el verano suele asociarse al tiempo de la distensi&oacute;n: en muchas ciudades europeas nos relajamos m&aacute;s al volver a casa de noche, como si confi&aacute;ramos en que los pasos de un depredador fueran suficientes para avisarnos; hablamos con un desconocido con la guardia m&aacute;s baja, le ofrecemos m&aacute;s datos; En Kiev el verano no trae consigo pactos de confianza, hay hechos de cuya existencia dudamos de manera rutinaria &mdash;dormir sin saber si el techo seguir&aacute; encima al despertar, cruzar un puente pregunt&aacute;ndonos si seguir&aacute; en pie ma&ntilde;ana. Tal vez la paz no sea s&oacute;lo la ausencia de violencia, sino la cantidad de confianza y desarme que un cuerpo puede permitirse gratis.
    </p><p class="article-text">
        La guerra altera incluso la gravedad, y con ella el s&iacute;mbolo m&aacute;s veraniego de una ciudad: la terraza. De pronto, un s&oacute;tano pesa m&aacute;s que un mirador; un pasillo interior vale m&aacute;s que una azotea con vistas &mdash;el mismo lugar que este agosto, en cualquier otra ciudad europea, sigue lleno de gente pidiendo la pen&uacute;ltima cerveza. Los edificios ya no se organizan por su belleza, sino por las probabilidades de supervivencia que ofrecen. La arquitectura cambia de eje. Tambi&eacute;n la mirada: uno aprende a recorrer una ciudad siguiendo una geograf&iacute;a que no aparece en los mapas: la de los lugares m&aacute;s cercanos donde todav&iacute;a ser&iacute;a posible permanecer vivo.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">La guerra altera incluso la gravedad, y con ella el símbolo más veraniego de una ciudad: la terraza. De pronto, un sótano pesa más que un mirador; un pasillo interior vale más que una azotea con vistas —el mismo lugar que este agosto, en cualquier otra ciudad europea, sigue lleno de gente pidiendo la penúltima cerveza</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Quiz&aacute; por eso me incomodan las fotos de ciudades bombardeadas cuando aparecen vac&iacute;as. Documentan la devastaci&oacute;n, pero inducen un error: las ciudades no son sus edificios m&aacute;s fotografiados, sino sus costumbres &mdash;la palabra cotidiana, el gesto que se repite sin pensarlo. Una ciudad empieza cuando alguien abre una ventana, cuando un panadero enciende el horno, cuando una anciana reconoce de lejos el paso de su vecino. Los mapas dibujan calles. Nunca consiguen dibujar la verdadera expresi&oacute;n de sus m&aacute;s valiosos edificios: sus habitantes.
    </p><p class="article-text">
        Destruir una biblioteca no es solo derribar un edificio: es borrar el lugar donde una lengua guardaba los significados que tuvo antes, los que a&uacute;n no hab&iacute;an cambiado de sitio. Una escuela es donde una comunidad ensaya, cada ma&ntilde;ana, c&oacute;mo nombrarse. Hay guerras que no buscan amputar miembros, sino inutilizar &oacute;rganos &mdash;y el lenguaje, cuando deja de decir lo que sol&iacute;a decir, es el primer &oacute;rgano amputado.
    </p><p class="article-text">
        Tal vez el acuerdo t&aacute;cito de lo cotidiano sea la forma m&aacute;s profunda &mdash;y la m&aacute;s vulnerable&mdash; de una cultura. Antes que los museos est&aacute; la costumbre de salir a la calle, de dar los buenos d&iacute;as, de regar una planta dando por hecho que ma&ntilde;ana seguir&aacute; ah&iacute;. Lo fr&aacute;gil nunca fue la piedra: fue el gesto que se repite sin que nadie le preste atenci&oacute;n. Una civilizaci&oacute;n no muere el d&iacute;a que caen sus edificios. Muere el d&iacute;a en que deja de repetir, sin darse cuenta de que eso es una forma de cuidado y amor, lo que cre&iacute;a no tener ninguna importancia.
    </p><p class="article-text">
        En Kiev las sirenas siguen viviendo lejos del mar. Cantan desde los tel&eacute;fonos, no prometen nada, ni verdades ni mentiras, pero abren siempre una grieta en el tiempo: antes de ellas, la vida; despu&eacute;s, la posibilidad de que esa vida tenga que reorganizarse. Quiz&aacute; por eso aquella traducci&oacute;n no estuviera tan equivocada.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Una civilización no muere el día que caen sus edificios. Muere el día en que deja de repetir, sin darse cuenta de que eso es una forma de cuidado y amor, lo que creía no tener ninguna importancia</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Con el tiempo tambi&eacute;n he comprendido que aquel desliz no hablaba de una sola palabra. Hablaba de todas: de esas que s&oacute;lo revelan su significado verdadero cuando el mundo deja de parecerse a s&iacute; mismo. Toda guerra termina siendo un problema de traducci&oacute;n, no porque cambie el idioma, sino porque las palabras dejan de significar lo que significaban &mdash; como si alguien, mientras dorm&iacute;amos, hubiera cambiado lo que significa cada color de un sem&aacute;foro, dejando las luces exactamente donde estaban: el rojo sigue ah&iacute;, en su sitio, pero ya no quiere decir alto. El verde tambi&eacute;n sigue estando en su lugar, pero ya no nos permite pasar.
    </p><p class="article-text">
        Dormir deja de significar <em>descansar</em>. <em>Casa</em> deja de ser un lugar y se convierte en una distancia respecto al refugio m&aacute;s cercano. <em>Esperar </em>ya no es que llegue alguien: es que no llegue un misil. <em>Silencio</em> deja de ser la ausencia de ruido; pasa a ser ese instante incierto en que uno intenta averiguar si la explosi&oacute;n ya termin&oacute; o si a&uacute;n viene otra, sigilosa, a lo lejos, como el sonido de un tren que a&uacute;n no vemos cuando acercamos nuestro o&iacute;do a la tierra. Hasta <em>verano</em> deja de significar <em>vacaciones</em>. Significa <em>luz</em>. Y la luz, aqu&iacute;, no oculta nada: revela las fachadas abiertas, las mesas ocupadas, las conversaciones que una alarma interrumpe y que, minutos despu&eacute;s, se retoman con una naturalidad casi insoportable para quien llega de fuera. Luz de d&iacute;a, luz de noche. La guerra es la promesa de luz m&aacute;s espantosa.
    </p><p class="article-text">
        Todas las sirenas cantan el rumbo. Las antiguas apartaban a los navegantes de su destino, y sobrevivir era resistirse a ellas: atarse al m&aacute;stil. En Kiev sobrevivir es lo contrario &mdash;obedecerlas&mdash;, y cada d&iacute;a, con lo que ha quedado en pie, una ciudad entera vuelve a traducir su propia ruta, desear su propio destino.
    </p><p class="article-text">
        Escuchen a las sirenas.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Marina Perezagua]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 11 Aug 2026 20:05:58 +0000]]></pubDate>
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