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    <title><![CDATA[elDiario.es - Antonio Trashorras]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/antonio-trashorras/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Antonio Trashorras]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Tatatachaaaaaaán]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/tatatachaaaaaaan_129_13456550.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/39b33887-bd27-4223-988b-545b9e49a9b2_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x962y399.jpg" width="1200" height="675" alt="Tatatachaaaaaaán"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Tamariz fue el bufón que enseñó a creer en algo a una generación descreída. Mientras la nación se reinventaba a trompicones y el mundo se ponía serio, él se descojonaba de todo con su risa de flauta rota</p><p class="subtitle">Muere a los 83 años el mago Juan Tamariz
</p></div><p class="article-text">
        Lo ve&iacute;amos en la pantalla peque&ntilde;a de las sobremesas y las noches familiares, e inmediatamente parec&iacute;a que no hab&iacute;a nada m&aacute;s importante en cada programa que su baraja y su viol&iacute;n invisible. El mundo entero se reduc&iacute;a a su mesita plegable y sus naipes. Iba de lun&aacute;tico de verbena, de colgado entra&ntilde;able que estornudaba a gritos mientras una baraja se multiplicaba en el aire. Era un buhonero fe&uacute;cho en vaqueros, con mirada de pillo y maneras de feriante que aullaba a los cr&iacute;os como si los conociera de toda la vida: &iexcl;Tatatachaaaa&aacute;n! Hizo de la ilusi&oacute;n su feudo y all&iacute; se qued&oacute; a vivir junto al azar, el despiste y la risa contagiosa. 
    </p><p class="article-text">
        Lo mismo hac&iacute;a desaparecer un pa&ntilde;uelo que la tristeza de un martes. Fue el regocijo continuo de ver a alguien siendo &eacute;l mismo: un arlequ&iacute;n de la sorpresa, un exc&eacute;ntrico despeinado que parec&iacute;a salido de un tebeo de Bruguera, un genio del chiste malo bien contado.<a href="https://www.eldiario.es/cultura/muere-83-anos-mago-juan-tamariz_1_13454521.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> Juan Tamariz </a>fue un payaso sabio que supo c&oacute;mo rendirse al rid&iacute;culo para, al mismo tiempo, trascenderlo. 
    </p><p class="article-text">
        Ya de ni&ntilde;os sospech&aacute;bamos que ese histri&oacute;n con el baile de San Vito que materializaba palomas de la nada tal vez fuese un genio. En eso s&iacute; que no nos enga&ntilde;&oacute; del todo. Quiz&aacute; por ello acab&oacute; convirti&eacute;ndose en mito de aquella Espa&ntilde;a en transici&oacute;n, ese pa&iacute;s en desconcierto que empezaba a quitarse las lega&ntilde;as y encontr&oacute; en &eacute;l uno de sus m&aacute;s gratos alivios televisivos: la certeza de que alguien pod&iacute;a inventar una sorpresa nueva cada noche. Sorpresas mejores que las del Telediario, se entiende. 
    </p><p class="article-text">
        Los que saben del tema dicen que Juan Tamariz practicaba la magia &ldquo;de cerca&rdquo;. Y el concepto se entiende. Porque por muy brillantes, por muy admirables que fueran sus trucos a la vez ten&iacute;an algo que les hac&iacute;a no desentonar sobre cualquier mesa del Bar Manolo. Nos encantaba esa magia potagia de cartas en apariencia desordenada, apresurada, un poco ca&oacute;tica, como Espa&ntilde;a misma; como un chiste de Chiquito, como el soniquete de la pandereta, como un supuesto milagro de Lourdes o la chapuza de un fontanero. Lo importante era que, m&aacute;s o menos, las cosas funcionasen, &iquest;no? Como el pa&iacute;s...  
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                El mago Juan Tamariz, en una imagen de archivo.                            </span>
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        Tamariz fue el buf&oacute;n que ense&ntilde;&oacute; a creer en algo a una generaci&oacute;n descre&iacute;da. Mientras la naci&oacute;n se reinventaba a trompicones y el mundo se pon&iacute;a serio, &eacute;l se descojonaba de todo con su risa de flauta rota. De su baraja brotaron las esperanzas de un pa&iacute;s de extrarradio a&uacute;n dispuesto a creer que las cosas pod&iacute;an aparecer y desaparecer a capricho. Como el NO-DO, como la mili, como la peseta. Con su alarido de carraca y aspavientos de fantoche, Tamariz parec&iacute;a decirnos: &ldquo;Espa&ntilde;a es un truco mal hecho, lo s&eacute;, pero dejadme entreteneros con esta baraja&rdquo;. Y all&iacute; est&aacute;bamos todos, mir&aacute;ndole hipnotizados, aplaudiendo cuando las cartas sub&iacute;an, bajaban, desaparec&iacute;an, reaparec&iacute;an, mientras en los bares se discut&iacute;a de la democracia, de la inflaci&oacute;n, de su puta madre.
    </p><p class="article-text">
        Nada m&aacute;s alejado del prestidigitador anglosaj&oacute;n que &eacute;l. No hab&iacute;a esmoquin entallado ni pajarita, no hab&iacute;a guantes blancos, no hab&iacute;a espalda tiesa. Nada de americanas &mdash;ni americanadas&mdash; tampoco, ni lentejuelas de Las Vegas. Tamariz fue un saltimbanqui con la camisa arrugada, chaleco de vendedor de seguros y la coleta hippie de un profesor de filosof&iacute;a jubilado. Un gnomo tabernario, sin pompa ni circunstancia, un juglar que convirti&oacute; el ilusionismo en vodevil, un fil&oacute;sofo del absurdo que no necesit&oacute; gestos solemnes porque sab&iacute;a perfectamente cuanta seriedad puede haber en una carcajada. 
    </p><p class="article-text">
        Detr&aacute;s del caricato, del miope irrisorio, hubo un artista radical que entendi&oacute; que la magia mayor no radica en el conejo dentro de la chistera sino en el aliento suspendido del espectador, en ese segundo donde la incredulidad claudica y la risa se hace ilusi&oacute;n. Y por supuesto que en &eacute;l hab&iacute;a mucho de infantil, pero tambi&eacute;n de profesor loco. La inocencia del ni&ntilde;o que todav&iacute;a cree en lo imposible y la malicia del anciano que sabe fabricar cohetes. Tamariz ten&iacute;a la centella en los ojos de quien un d&iacute;a descubri&oacute; el truco final del universo y desde entonces se lo guardaba para s&iacute;; porque su misi&oacute;n no era revelar nada trascendente, sino hacerte vivir en el estupor y la duda, en el pasatiempo. 
    </p><p class="article-text">
        Tamariz fue durante d&eacute;cadas un duendecillo viejo que aparec&iacute;a en las pantallas como un conjuro inmemorial, con esas gafotas como lupas cansadas y esa melena ya de algod&oacute;n de az&uacute;car. Y ah&iacute; permaneci&oacute; mucho tiempo, con voz de cascabel oxidado, convertido en reliquia pop, otra figurita vintage de nuestro sal&oacute;n colectivo. Y cada vez que reaparec&iacute;a en televisi&oacute;n, esa que, a partir de cierto momento empez&oacute; a rebosar de publicistas e intimidades, media Espa&ntilde;a volv&iacute;a a tener diez a&ntilde;os y un bocadillo de chorizo en la mano. 
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Él fue la prueba de que una mentira bien escenificada puede salvarnos de la realidad, aunque sea a ratos sueltos. Y eso, en esta charca infame, no es poco milagro</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Y mira que surgieron magos m&aacute;s guapos, j&oacute;venes con producci&oacute;n multic&aacute;mara que vest&iacute;an pantalones apretados y sab&iacute;an ingl&eacute;s. Pero aun as&iacute;, buena parte del pa&iacute;s segu&iacute;a estando muy a gusto dentro del mazo de naipes de Tamariz. Esas cartas que &eacute;l segu&iacute;a barajando, cortando y repartiendo, para esconderse siempre la que m&aacute;s le interesaba en la manga. Y es que aqu&iacute; no creemos en nada, pero seguimos dej&aacute;ndonos enga&ntilde;ar por quien nos da la gana, porque en el fondo queremos ser enga&ntilde;ados. Porque Tamariz siempre fue un trilero bueno, uno que te timaba con cari&ntilde;o, un artista del enga&ntilde;o y la parranda, de la mentira y el jolgorio. Eso no lo ten&iacute;an por ah&iacute; fuera.
    </p><p class="article-text">
        &Eacute;l fue la prueba de que una mentira bien escenificada puede salvarnos de la realidad, aunque sea a ratos sueltos. Y eso, en esta charca infame, no es poco milagro. Eso fue Juan Tamariz: un trasgo con pelo de escoba m&aacute;gica que nos ense&ntilde;&oacute; a burlarnos de la verdad, que demostr&oacute; que, a menudo, es mejor aceptar el truco. Hoy que, seg&uacute;n nos dicen, &eacute;l ha desaparecido para no volver, reencontrarnos con sus viejos videos es volver a creer que al menos los naipes s&iacute; pueden reaparecer de la nada. Tamariz fue un tah&uacute;r de lo improbable que nos rob&oacute; la raz&oacute;n y nos devolvi&oacute; el candor. Nos hurt&oacute; las certezas y nos obsequi&oacute; risas. &Eacute;l ofrec&iacute;a enga&ntilde;os como quien regalaba caramelos en la puerta del colegio. &iexcl;Nadie hizo nunca eso! Pero qu&eacute; felices fuimos mordiendo su anzuelo&hellip;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Antonio Trashorras]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/tatatachaaaaaaan_129_13456550.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 19 Aug 2026 16:55:39 +0000]]></pubDate>
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