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    <title><![CDATA[elDiario.es - Nerea Pérez de las Heras]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/nerea-perez-de-las-heras/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Nerea Pérez de las Heras]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA['El amor': cómo relata Nerea Pérez de las Heras en 'Fantasma' el accidente que le cambió el cuerpo y la vida]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/libros/amor-relata-nerea-perez-heras-fantasma-accidente-le-cambio-cuerpo-vida_129_13476983.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/4171209e-ffbe-44fc-b359-c7f88c6b3ad6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x809y202.jpg" width="1200" height="675" alt="&#039;El amor&#039;: cómo relata Nerea Pérez de las Heras en &#039;Fantasma&#039; el accidente que le cambió el cuerpo y la vida"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En este adelanto editorial, la periodista y escritora ahonda en los días de hospital tras la pérdida de parte de su pierna derecha debido a la hélice de un barco mientras veraneaba en Baleares en el verano de 2023. Alfaguara publica 'Fantasma' el próximo 3 se septiembre, una de las novelas más esperadas del otoño</p><p class="subtitle">Rodrigo Sorogoyen e Isabel Peña, sobre ‘El ser querido’: “Ha sido el guion más difícil que hemos escrito”</p></div><p class="article-text">
        La foto nos la hizo Ana. En ella Olga est&aacute; de pie junto a la cama, me agarra la cabeza con las dos manos y me besa la coronilla, pero su mirada no acompa&ntilde;a al beso; podr&iacute;a parecer que se dirige a mi mu&ntilde;&oacute;n vendado, pero tampoco. Est&aacute; mucho m&aacute;s all&aacute;, perdida en alg&uacute;n lugar perif&eacute;rico, o quiz&aacute; interior, al que se dirigen los ruegos y los agradecimientos. Yo estoy recostada en la cama y le echo los brazos al cuello, los ojos se me cierran cuando sonr&iacute;o con mucha fuerza. Podr&iacute;a estar borracha, podr&iacute;a ser una foto de alguna de nuestras vacaciones juntas si no fuera por el camis&oacute;n deprimente lavado un mill&oacute;n de veces a noventa grados, los tubos que me salen de la piel, mi color gris&aacute;ceo y que ya no estoy entera. En la foto, Olga est&aacute; asustada y suplica en silencio; yo, sencillamente, justo en ese instante, estoy contenta de estar viva. 
    </p><p class="article-text">
        Aquella habitaci&oacute;n soleada fue el primer hogar de mi cuerpo nuevo, all&iacute; tuve todo el tiempo del mundo para observarlo. Ten&iacute;a la seguridad de que no era mi cuerpo de siempre sin el miembro perdido; no me sent&iacute;a como el fruto de una reparaci&oacute;n sino de una gestaci&oacute;n, de una g&eacute;nesis. Mi peso no era el mismo, mi equilibrio no era el mismo y casi pod&iacute;a notar mi cerebro abandonando antiguos vicios como la existencia de un pie derecho. Los profundos caminos neuronales horadados durante d&eacute;cadas empezaban a difuminarse y nac&iacute;an otros nuevos.
    </p><p class="article-text">
        La novedad m&aacute;s llamativa era el tajo cuatro dedos por debajo de la rodilla derecha. No s&eacute; si llamarlo &ldquo;mi nuevo ombligo&rdquo; es llevar las cosas demasiado lejos; desde luego era una brutal marca de nacimiento. Como suele suceder con las zonas fronterizas, se agitaba sin parar. Por las noches, el dolor y el hormigueo el&eacute;ctrico eran tan intensos que parec&iacute;a que una pierna nueva estuviera a punto de brotar, pero lo que sent&iacute;a solo era el temblor de la curaci&oacute;n. Toda herida es un estado transitorio, est&aacute; en su naturaleza luchar por desaparecer. 
    </p><p class="article-text">
        Reci&eacute;n nacido, mi cuerpo nuevo se puso a menstruar en la misma fecha en la que le correspond&iacute;a hacerlo al antiguo, pero con sangre de otras personas, donantes an&oacute;nimos. Perd&iacute; la cuenta de cu&aacute;ntas bolsas fue necesario vaciar dentro de m&iacute;. La vieja rutina del sangrado me puso nost&aacute;lgica y me hizo recordar que hab&iacute;a sido otra. Tambi&eacute;n me hizo pensar que seguramente gran parte de mi sangre donada a lo largo de los a&ntilde;os hab&iacute;a tenido aventuras similares en sistemas ajenos. Hab&iacute;a brotado de heridas por aqu&iacute; y por all&aacute;; puede que hubiera participado de otros renacimientos, lo que hac&iacute;a del m&iacute;o un asunto mucho menos trascendental y dejaba espacio para ocuparse de lo cotidiano.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
            <p><img style="border: 1px solid white; margin: 20px 20px 10px 0px; box-shadow: 5px 5px 10px 0px rgba(0,0,0,0.1);" src="https://static.eldiario.es/clip/7d96f50d-131a-4b22-84f9-df7bd8e13283_source-aspect-ratio_default_0.jpg" alt="" width="158" height="" align="left" data-title="" /></p>
    </figure><p class="article-text">
        Esterilizar la copa menstrual de silicona en agua hirviendo fue un problema, hab&iacute;a que calcular muy bien cu&aacute;ndo y c&oacute;mo ped&iacute;rselo a las auxiliares y enfermeras. Ahora est&aacute;bamos a merced del personal atareado y agotado que conforma el grueso del sistema sanitario y ya les hab&iacute;amos pedido unas tijeras; ten&iacute;amos que espaciar las reclamaciones, hacerlas con paciencia y delicadeza, porque todo hospital est&aacute; en un equilibro a punto de colapsar.
    </p><p class="article-text">
        Necesit&aacute;bamos las tijeras para recortar botellas de agua de pl&aacute;stico y fabricar jarrones para las flores que llegaban. Alice envi&oacute; unos c&oacute;mics en los que el protagonista ten&iacute;a una pierna amputada y los colocamos en la ancha repisa de la ventana, encima del <em>&iexcl;Hola!</em> y junto a una caja de bombones, una acumulaci&oacute;n de frascos de cosm&eacute;ticos y velas arom&aacute;ticas. La habitaci&oacute;n estaba radicalmente habitada, mucho m&aacute;s que ninguna que hubiera visto, yo que pensaba que lo sab&iacute;a todo sobre la experiencia hospitalaria. Donde mirara hab&iacute;a alg&uacute;n estallido de color, un pu&ntilde;ado de claveles, un masajeador facial de cuarzo rosa chicle, un abanico arco iris que me aliviaba el sofoco de los medicamentos anticoagulantes. El peque&ntilde;o armario de la habitaci&oacute;n emanaba un aroma a taberna lujosa completamente contradictorio con la peste a desinfectante del entorno, porque Ernesto hab&iacute;a mandado un paquete de jam&oacute;n de Jabugo. De vez en cuando un mensajero llamaba a la puerta cargado con una cesta versallesca de frutas o dulces. 
    </p><p class="article-text">
        Los grandes impactos emocionales suelen reclamar gestos f&iacute;sicos. Es muy corriente la necesidad de trasladar a actividades u objetos la conmoci&oacute;n &iacute;ntima, desde pintar un cuadro enorme despu&eacute;s de un bombardeo hasta reventarse la mano dando un pu&ntilde;etazo en la pared tras un desenga&ntilde;o amoroso. La horquilla es ampl&iacute;sima, pero el impulso siempre es el mismo: hacer algo. De aqu&iacute; sale la man&iacute;a humana de hacer ofrendas y sacrificios en todas las culturas. Nada es tan serio si para conseguirlo una no est&aacute; dispuesta a encomendarse a un ser superior degollando un carnero o abandonando la masturbaci&oacute;n dos semanas. Deseos y culpas llenan los templos de promesas y cachivaches destinados a rogarle o pedirle perd&oacute;n a lo divino.
    </p><p class="article-text">
        Lo que hab&iacute;a en la 225 eran exvotos, en poco m&aacute;s de 48 horas la habitaci&oacute;n estaba repleta de esas balizas de afecto. Una de ellas era incluso una persona: Olga hab&iacute;a cogido un avi&oacute;n y se hab&iacute;a ofrendado a s&iacute; misma. Un vuelo a Baleares en temporada alta es dejar un cuenco de plata en el altar, unos pendientes de esmeraldas en los l&oacute;bulos de madera de la Virgen; es matar al mejor buey. 
    </p><p class="article-text">
        La presencia de nuestra amiga asent&oacute; la sensaci&oacute;n de hogar. La primera tarde en la que le dio un relevo de unas pocas horas a Ana, bajamos las persianas, pusimos un documental sobre Rams&eacute;s II y nos echamos la siesta &mdash;yo en mi cama y ella en una butaca&mdash;, como hab&iacute;amos hecho miles de veces, en otros tiempos y en otros lugares. Las escenas rutinarias como esta resaltaban el estado de excepci&oacute;n, pero las agradec&iacute;a. A pesar de lo diferente que era yo, ciertas cosas permanec&iacute;an imperturbables. 
    </p><p class="article-text">
        Olga se present&oacute; un d&iacute;a arrastrando sin aliento una maleta de mano. Visitas, sanitarias y paquetes aparec&iacute;an por mi puerta desde de la nada, como en el plat&oacute; de una <em>sitcom</em>. Yo no ten&iacute;a ninguna referencia del exterior, lo ignoraba todo sobre aquel lugar al que hab&iacute;a llegado ciega de dolor y por v&iacute;a a&eacute;rea. Solo sab&iacute;a lo que me contaban Ana o Carmen y su novia, las amigas que nos hab&iacute;an invitado a pasar unos d&iacute;as en Menorca, que hab&iacute;an presenciado mi accidente y que ahora estaban en shock y atrapadas con nosotras en Mallorca. Por ellas sab&iacute;a que el hospital estaba lejos de la ciudad y era dif&iacute;cilmente accesible en transporte p&uacute;blico, que era casi imposible encontrar un taxi y que la isla estaba superpoblada de turistas horteras, mal vestidos, muy a menudo borrachos y casi siempre en parejas mal avenidas. 
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Has estado a punto de morirte en el sitio m&aacute;s heterosexual de Espa&ntilde;a &mdash;me dijo Ana despu&eacute;s de una de sus expediciones al exterior. 
    </p><p class="article-text">
        Llegaba muerta de calor y hastiada. Se hab&iacute;a topado con un grupo de hombres j&oacute;venes con tatuajes, camisetas, cortes de pelo y gafas de sol de est&eacute;tica policial que ocupaban toda la calle gritando y empuj&aacute;ndose, al filo de la violencia f&iacute;sica entre ellos o con cualquier transe&uacute;nte. Estaban aprovechando sus vacaciones para performar el g&eacute;nero a todo lo que les daban sus capacidades. Sol&iacute;a volver espantada: por los precios de los restaurantes y los bares, por la escasez de transporte p&uacute;blico y por la mala educaci&oacute;n de los turistas. En la intimidad de nuestra habitaci&oacute;n reconoc&iacute;amos que de alguna manera nos estaba bien empleado; no &eacute;ramos muy distintas de los ingleses que se emborrachaban y desbordaban el archipi&eacute;lago a&ntilde;o tras a&ntilde;o. Aunque nuestro plan para aquellas vacaciones fat&iacute;dicas era quedarnos en casa de unos amigos, &eacute;ramos parte del problema. 
    </p><p class="article-text">
        Baleares es la comunidad aut&oacute;noma de Espa&ntilde;a en la que la vivienda es m&aacute;s cara, la segunda m&aacute;s cara si hablamos de alquileres. Tambi&eacute;n es la provincia con mayor concentraci&oacute;n de viviendas de lujo &mdash;las que tienen precios superiores al mill&oacute;n de euros&mdash; y de una indecencia llamada &ldquo;viviendas de ultralujo&rdquo; &mdash;las que cuestan m&aacute;s de tres millones.
    </p><p class="article-text">
        La vivienda no es un producto de especulaci&oacute;n cualquiera. Primero, porque el suelo no es ilimitado, no se puede fabricar m&aacute;s, mucho menos en una isla; y despu&eacute;s porque todo el mundo necesita una. La oferta es escasa, y en la demanda las personas que necesitan un techo sobre sus cabezas compiten en condiciones de desigualdad salvajes con los fondos buitre y los inversores que buscan un producto financiero atractivo y acaparan sin control. El mercado ha secuestrado la vivienda; ha sido un proceso lento, pero en nuestro pa&iacute;s cada d&iacute;a est&aacute; m&aacute;s naturalizada la transformaci&oacute;n de un derecho en una v&iacute;a de acumulaci&oacute;n de riqueza.
    </p><p class="article-text">
        Los rentistas no han mutado en par&aacute;sitos sociales de repente: no devolver nada a la sociedad y aprovecharse de su mejora colectiva est&aacute; en la naturaleza de su negocio. Ya en 1909, Winston Churchill, primer ministro brit&aacute;nico y un se&ntilde;or nada sospechoso de comunista, les dedicaba estas palabras perfectamente vigentes para la situaci&oacute;n actual en Baleares: 
    </p><p class="article-text">
        Se construyen carreteras, se trazan calles, se mejoran los servicios, la luz el&eacute;ctrica transforma la noche en d&iacute;a, el agua se trae desde embalses situados a cientos de kil&oacute;metros en las monta&ntilde;as, y, mientras tanto, el propietario del suelo permanece inm&oacute;vil. Cada una de esas mejoras se lleva a cabo gracias al trabajo de otras personas y de los contribuyentes. A ninguna de esas mejoras contribuye el monopolista del suelo, en su calidad de monopolista del suelo, y, sin embargo, con cada una de ellas el valor de su tierra aumenta. No presta ning&uacute;n servicio a la comunidad, no aporta nada al bienestar general, no contribuye en absoluto al proceso del cual proviene su propio enriquecimiento.
    </p><p class="article-text">
        Desde mi contexto, a esta cita podr&iacute;a a&ntilde;adir que cuando el monopolista del suelo se abre la cabeza es una enfermera precaria que paga un alquiler abusivo quien se la cose, aunque la actividad econ&oacute;mica de uno empeore sustancialmente la vida de la otra.
    </p><p class="article-text">
        En el archipi&eacute;lago es dif&iacute;cil vivir con el sueldo medio, sobre todo desde que se ha convertido en un parque de atracciones para millonarios. A Mallorca han ido a divertirse Michelle Obama, Justin Bieber, Oprah Winfrey o las Kardashian. Tienen casa en propiedad Brad Pitt, Claudia Schiffer, Boris Becker y Michael Douglas. Es f&aacute;cil ver las vacaciones de los millonarios, sus cenas y ba&ntilde;os de sol en la cubierta de yates a tiempo real en las redes sociales. No es necesario que un fot&oacute;grafo les robe un momento &iacute;ntimo de hedonismo depredador: ellos mismos lo exponen, inocentes como ni&ntilde;os porque saben que la ostentaci&oacute;n ya no es combustible para el rencor de la clase media, sino que enciende sus deseos. Mallorca es uno de esos para&iacute;sos en los que sucede lo aspiracional; la desigualdad ya apenas enfada: seduce, se exhibe en escenarios como esta isla, en los que el lujo desfila casi al alcance de los dedos. El escaparate a todo color proclama: &ldquo;t&uacute; tambi&eacute;n puedes permitirte una cena aqu&iacute;&rdquo;, &ldquo;t&uacute; tambi&eacute;n puedes rozar la fantas&iacute;a&rdquo;, &ldquo;t&uacute; tambi&eacute;n podr&iacute;as ser un monopolista del suelo&rdquo;, &ldquo;t&uacute; tambi&eacute;n puedes navegar en un barco en busca de calas rec&oacute;nditas, aunque sea demasiado grande para tu escasa experiencia. Aunque sea de alquiler. Durante un momento, t&uacute; tambi&eacute;n puedes confundirte con los magnates&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Por aquel entonces empezaba a sospechar que la pulsi&oacute;n aspiracional de la clase media acomodada hab&iacute;a contribuido a que yo perdiera mi pierna: me hab&iacute;a llevado a compartir destino vacacional con Pierce Brosnan y la familia real espa&ntilde;ola, y me hab&iacute;a hecho acabar en un barco conducido por un hombre maduro sin ninguna pericia pero un poco m&aacute;s de poder adquisitivo que la media, demasiada autoestima y enso&ntilde;aciones de opulencia. En parte fueron las afiladas cuchillas del gran mal estructural de la aspiraci&oacute;n las que me destrozaron el cuerpo. 
    </p><p class="article-text">
        Aunque fuera como invitada, hab&iacute;a llegado a aquel archipi&eacute;lago para ocupar el lado da&ntilde;ino. Durante las escasas veinte horas previas al accidente fui una veraneante gentrificadora m&aacute;s; parte de la responsabilidad de que las cosas fueran muy dif&iacute;ciles para la gente que viv&iacute;a all&iacute; era m&iacute;a. En un golpe de karma despiadado, el accidente me lanz&oacute; desde la vida vacacional a la vida normal, la que est&aacute; llena de listas de espera para hacerse una radiograf&iacute;a, carreteras mal asfaltadas y autobuses que nunca llegan. Ocupaba una cama de hospital, pero hab&iacute;a que resolver d&oacute;nde iban a dormir mi novia, Carmen y la novia de esta, que de golpe hab&iacute;an sido catapultadas junto a m&iacute;, muy lejos de las vacaciones. Cualquier techo libre ten&iacute;a precios inaccesibles, as&iacute; que sin que yo me enterara de los detalles se activ&oacute; una eficiente red de apoyo l&eacute;sbico y la amiga de la amiga de una exnovia de Ana acogi&oacute; a mis tres acompa&ntilde;antes en su casa. All&iacute; formaron un peque&ntilde;o hogar sat&eacute;lite, una especie de extensi&oacute;n de mi habitaci&oacute;n de hospital, con sus tortillas francesas, sus duchas por turnos, sus palabras de consuelo y sus risas nerviosas para camuflar la preocupaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Nunca tuve acceso a esa rutina, la vida privada de las cuidadoras en cualquier r&eacute;gimen &mdash;remunerado o altruista&mdash; suele quedar oculta. En ese punto ciego solo resaltaba Irene, que era la due&ntilde;a de la casa y pagaba un precio abusivo por su piso. Se lo prest&oacute; a unas desconocidas siguiendo un c&oacute;digo bondadoso que brillaba con fuerza en aquel contexto predatorio. Le conmovi&oacute; la historia de aquellas pobres bolleras de Madrid, traumatizadas y aturdidas, que necesitaban ayuda. Tarde o temprano en toda vida humana aparece el proverbial f&eacute;mur roto y hay que elegir si eres de las que contribuyen a su curaci&oacute;n o de las que pasan de largo. 
    </p><p class="article-text">
        Podemos tender a pensar que las sociedades con mucha distancia econ&oacute;mica entre unos y otros se organizan en burbujas estancas, que los humanos de un estrato no se enteran de lo que hacen los del superior, o el inferior o los de tres por encima y por debajo, pero esto no es del todo cierto. Moralmente, incluso ideol&oacute;gicamente, es posible vivir al margen de lo que les sucede a tus semejantes, pero en la pr&aacute;ctica, las consecuencias de la desigualdad acaban por salpicar a quienes se consideran a salvo. Es algo que deber&iacute;amos haber aprendido en la pandemia.
    </p><p class="article-text">
        En una crisis sanitaria de esa escala, la &uacute;nica manera de evitar la propagaci&oacute;n del virus era asegurar el acceso de toda la poblaci&oacute;n, toda, a vacunas y cuidados. La emergencia nos record&oacute; que &eacute;ramos indiscutiblemente interdependientes, que redistribuir la riqueza acumulada por unos pocos para garantizar el bien com&uacute;n no solo era justo, sino una garant&iacute;a de supervivencia. Pero tambi&eacute;n nos hizo sentir delicados. La conciencia de la propia fragilidad no siempre es la mejor maestra, asusta y el miedo nos torna ego&iacute;stas, mezquinos, paranoicos. La sociedad se volvi&oacute; m&aacute;s permeable a las teor&iacute;as de la conspiraci&oacute;n y los bulos, mucho m&aacute;s receptiva al orden a trav&eacute;s de la tiran&iacute;a. Fueron los movimientos autoritarios los que aprovecharon la desorientaci&oacute;n y el miedo, se apresuraron a dar respuestas simples y siempre parciales o falsas a problemas complejos que solo se pod&iacute;an arreglar colectivamente.
    </p><p class="article-text">
        El aturdimiento que sucedi&oacute; a la pandemia nos dej&oacute;, adem&aacute;s de una internacional ultraderechista asentada en muchos pa&iacute;ses, un desaliento existencial, un sentido de que si ni eso nos despertaba, nada lo har&iacute;a. En lugar de una voluntad por reforzar la solidaridad, el planeta sucumbi&oacute; a un triste s&aacute;lvese quien pueda. Y aun as&iacute;, a pesar del contexto salvaje, una noche, cuando ya llevaba muchas hospitalizada, mientras el mundo se segu&iacute;a devorando a s&iacute; mismo ah&iacute; fuera, una de las enfermeras nos ofreci&oacute; ayuda.
    </p><p class="article-text">
        Ten&iacute;a acento andaluz, como muchas de las que me atend&iacute;an. Todas hab&iacute;an huido de un territorio en el que las condiciones laborales eran precarias, los sueldos eran bajos y los contratos, siempre de unos pocos meses o incluso unos pocos d&iacute;as; buscando cierta estabilidad hab&iacute;a llegado al coraz&oacute;n mismo de la crisis habitacional espa&ntilde;ola. Enseguida detect&eacute; que era de Almer&iacute;a. Se llamaba Ana y era demasiado eficiente y seria para su juventud, una seriedad que reconoc&iacute;a end&eacute;mica de Andaluc&iacute;a oriental: m&aacute;s que seriedad era una contenci&oacute;n, como si siempre estuviera pensando algo gracioso y siniestro que ten&iacute;a que callar. Le record&oacute; a mi novia que no era humanamente posible dormir m&aacute;s de siete d&iacute;as seguidos en la butaca para acompa&ntilde;antes, que no sab&iacute;a c&oacute;mo nos las est&aacute;bamos apa&ntilde;ando con el alojamiento pero que, si lo necesitaba, pod&iacute;a contar con su techo.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Yo pagaba 750 euros por un piso en una zona humilde, mi vecino de abajo vend&iacute;a droga. Pero despu&eacute;s de la pandemia empez&oacute; a llenarse de alemanes que quer&iacute;an <em>vivir bien</em>, teletrabajar en un sitio en el que hiciera buen tiempo todo el a&ntilde;o y la zona se volvi&oacute; impagable. Entonces me mud&eacute; a otro piso, m&aacute;s caro y en un pol&iacute;gono industrial. Es peque&ntilde;o, pero puedes dormir en el sof&aacute; cama alg&uacute;n d&iacute;a si te quedas colgada.
    </p><p class="article-text">
        La conversaci&oacute;n se abri&oacute; paso entre sus movimientos mec&aacute;nicos para cambiarme la bolsa de suero y revisar los tubos que me sal&iacute;an del cuerpo. Sin grandes ceremonias, nos dej&oacute; aquella prenda de generosidad, su perfecta ofrenda, y se apresur&oacute; a la siguiente habitaci&oacute;n. A ella el contexto la hab&iacute;a zarandeado con fuerza. Hab&iacute;a tenido que mudarse innumerables veces, los cambios eran siempre tortuosos; los caseros siempre se resist&iacute;an a devolver las fianzas, siempre ten&iacute;a que presionar, a veces hab&iacute;a tenido hasta que denunciar. Al ser Ana &mdash;Ana la enfermera y no cualquier otra Ana&mdash;, el maltrato de los monopolistas del suelo resultaba a&uacute;n m&aacute;s ruin. Durante la pandemia en Espa&ntilde;a se rutiniz&oacute; el emotivo gesto de aplaudir al personal sanitario desde las ventanas y balcones cada d&iacute;a a las ocho de la tarde. Cuando la emergencia sanitaria se calm&oacute;, los mismos trabajadores cuyo sacrificio se hab&iacute;a reconocido con esta y otras manifestaciones simb&oacute;licas cursis &mdash;coreograf&iacute;as grabadas en v&iacute;deo, carteles infantiles colgados de los balcones, torpes mosaicos humanos formando la palabra &ldquo;gracias&rdquo;&mdash; siguieron haciendo lo suyo en condiciones iguales o peores, y la misi&oacute;n privatizadora de la derecha, que acababa de revelarse como asesina, continu&oacute; su curso con normalidad.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Nerea Pérez de las Heras]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/libros/amor-relata-nerea-perez-heras-fantasma-accidente-le-cambio-cuerpo-vida_129_13476983.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 31 Aug 2026 19:30:10 +0000]]></pubDate>
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